VIP Membership

Yo te Miro por Irene Cao - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

index-1_1.jpg

index-2_1.jpg

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Gracias

Notas

Sobre la autora

De próxima aparición

Créditos

Grupo Santillana

A Manuel, mi hermano

1

El amarillo absorbe la luz del sol, se torna naranja y después adquiere un

matiz rojo encendido. Un corte, poco menos que una herida, deja entrever

los minúsculos granos de color morado resplandeciente. Hace horas que

mis ojos están clavados en esta granada. Es un simple detalle, desde luego,

pero es a la vez la clave del mural.

El tema es el rapto de Proserpina, una instantánea del momento en que el

severo señor de los infiernos, un Plutón envuelto en la nube purpúrea de su

túnica, aferra con fuerza por la cintura a la diosa, que está cogiendo una

enorme granada a orillas de un lago.

El fresco no está firmado, de manera que el autor está rodeado por un

halo de misterio. Lo único que sé es que vivió a principios del siglo XVIII y

que tuvo que ser un auténtico genio, considerando el estilo del dibujo, los

granos del color y el delicado juego de sombras y claroscuros. Estudió cada

pincelada, y yo me esfuerzo para estar a la altura de su voluntad de

perfección. A distancia de varios siglos, mi tarea es interpretar su gesto

creativo y reproducirlo en el mío.

Esta es la primera restauración merecedora de ese nombre que me han

encargado y en la que trabajo completamente sola. A mis veintinueve años,

la siento como una gran responsabilidad, pero también con una pizca de

orgullo: desde que salí de la Escuela de Restauración he estado esperando

una oportunidad y ahora que ha llegado haré todo lo que pueda para ser

digna de ella.

Por eso estoy aquí, subida desde hace horas en esta escalera, vestida con

un mono de tela encerada y un pañuelo rojo que sujeta el casco marrón —

aunque algunos mechones rebeldes se obstinan en soltarse y me tapan los

ojos—, sin dejar de mirar a la pared. Por suerte aquí no hay espejos, porque

a buen seguro tengo la cara demacrada y ojeras. Da igual. Son las señales

visibles de mi determinación.

Miro por un momento afuera: soy yo, Elena Volpe; estoy sola en el

inmenso vestíbulo de un palacio antiguo que lleva mucho tiempo

deshabitado y que está situado en el corazón de Venecia. Soy, ni más ni

menos, lo que quiero ser.

He pasado una semana limpiando el fondo del fresco y hoy usaré el color

por primera vez. Una semana es mucho tiempo, puede que demasiado, pero

no he querido arriesgarme. Hay que proceder con la máxima precaución,

porque basta equivocarse en una pincelada para comprometer todo el

trabajo. Como decía uno de mis profesores: «Si lo limpias bien, tienes

medio trabajo hecho».

Algunas partes del fresco están completamente destrozadas, así que

tendré que resignarme a enlucirlas de nuevo con yeso. La culpa es de la

humedad de Venecia, que penetra todo: la piedra, la madera, el ladrillo. No

obstante, alrededor de las zonas dañadas hay otras en las que los colores

han conservado todo su brillo.

Esta mañana, mientras subía por la escalera, me dije: «No bajaré hasta

que no encuentre los tonos justos para la granada». Pero ahora pienso que

tal vez me dejé llevar por el optimismo… Ni siquiera sé cuántas horas han

pasado; sigo aquí, probando toda la escala del rojo, del naranja y del

amarillo sin dar con un resultado que me satisfaga. He tirado ya ocho

cuencos de prueba en los que mezclo los polvos pigmentados con un poco

de agua y unas cuantas gotas de aceite para dar consistencia al compuesto.

Cuando estoy a punto de aventurarme con el noveno cuenco oigo un

timbre. Procede del bolsillo del mono. Por desgracia. De nada sirve tratar

de ignorarlo, así que cojo el móvil, corriendo un gran riesgo de caerme, y

leo el nombre que parpadea con insistencia en la pantalla.

Es Gaia, mi mejor amiga.

—Ele, ¿qué tal? Estoy en el Campo Santa Margherita. ¿Vienes a beber

algo al Rosso? Hay más gente de lo habitual, es estupendo, ¡vente! —dice

de golpe, sin preguntarme antes si me pilla en buen momento y sin dejarme

hablar, dado que lo único que pretende es que le responda enseguida.

Gaia está en plena fase mundana. Mi amiga trabaja para los locales de

moda de la ciudad y del Véneto, organiza eventos y fiestas vip. Empieza a

eso de las cuatro de la tarde y no para hasta altas horas de la noche. Pero

para ella no se trata exclusivamente de un trabajo, sino de una auténtica

vocación; apuesto a que lo haría igual aunque no le pagaran.

—Perdona…, ¿qué hora es? —pregunto intentando contener el chorro de

palabras.

—Las seis y media. Entonces ¿qué?, ¿vienes?

El Rosso es un pub donde se reúne la juventud veneciana que no da

golpe, el tipo de personas que necesitan a alguien como Gaia para saber

cómo ocupar sus veladas.

Dios mío, ¿ya es tan tarde? El tiempo ha pasado volando y no me he

dado ni cuenta.

—Ele…, ¿sigues ahí? ¿Estás bien? Di algo, coño… —Gaia grita y su voz

me taladra el tímpano—. Ese maldito fresco te está agilipollando…, ¡debes

venir aquí enseguida! Es una orden.

—Vamos, Gaia, media hora más, te lo prometo —inspiro hondo—, pero

cuando acabe me iré a casa. No te enfades, por favor.

—Claro que me enfado. ¡Eres una capulla! —suelta.

Un clásico. Representamos siempre la misma escena: al cabo de dos

segundos vuelve a estar serena y feliz. Menos mal que en lo que concierne

a mis negativas Gaia tiene memoria de pez.

—Vale, escucha: ve a casa si quieres, descansas un poco y más tarde

vamos al Molocinque. Solo te digo que tenemos dos entradas para el

privé…

—Gracias por pensar en mí, pero no tengo ninguna gana de meterme en

ese maremágnum —me apresuro a decir antes de que siga.

Sabe que no soporto las multitudes, que soy poco menos que abstemia y

que para mí bailar significa, en el mejor de los casos, mover un pie al

ritmo de la música; un ritmo muy personal, a decir verdad. Soy tímida, no

me va ese tipo de diversión, me siento siempre fuera de lugar. Pero Gaia no

da su brazo a torcer: una y otra vez trata de arrastrarme a sus veladas. Y en

el fondo, pese a que nunca se lo confesaré, se lo agradezco.

—¿Has acabado ya de trabajar? —le pregunto, intentando alejar la

conversación de territorios potencialmente peligrosos.

—Sí, hoy me ha ido genial. He estado con una directora rusa. Hemos

pasado tres horas en Bottega Veneta mirando bolsos y botas de piel, luego

la llevé a Balbi y allí a la señorona le dio por comprar dos jarras de cristal

de Murano. Por cierto, en Alberta Ferretti he visto un par de vestidos de la

nueva colección que parecen hechos a propósito para ti. De un color beis

que quedaría fantástico con el tono avellana de tu pelo… Un día de estos

vamos y te los pruebas.

Cuando no está ocupada sugiriendo a la gente adónde ir por la noche,

Gaia les explica cómo gastarse el dinero: en la práctica, es una personal

shopper. Es ese tipo de mujer que tiene las ideas claras sobre todo y una

gran habilidad para convencer a los demás. Tan grande que algunos están

incluso dispuestos a pagar con tal de dejarse convencer.

Yo, sin embargo, no: a lo largo de los veintitrés años de amistad que nos

unen he desarrollado anticuerpos.

—Claro que iremos; así acabarás comprándotelos tú, para variar.

—Tarde o temprano conseguiré que te pongas algo decente. ¡Has de

saber que el reto que tengo contigo sigue pendiente, querida!

Desde que éramos adolescentes Gaia lleva adelante la cruzada contra mi

forma, digamos un poco descuidada, de vestir. Para ella ir con vaqueros y

zapato plano no representa una cómoda posibilidad, sino la intención

explícita e incomprensible de mortificarse. Si fuera por ella, iría todos los

días a trabajar con minifalda y unos tacones de doce centímetros, sin

importar que luego tenga que subir y bajar por unas escaleras de pintor

como mínimo poco peligrosas o que pase horas en ciertas posiciones que,

desde luego, no se pueden definir como cómodas. «Si yo tuviese tus

piernas…», me repite siempre. Y luego me recita el mantra de Coco

Chanel: «Hay que ir siempre elegantes, todos los días, porque el destino

puede estar esperándonos a la vuelta de la esquina». De hecho, no sale de

casa si no está perfectamente maquillada, peinada y con los complementos

adecuados. A veces resulta increíble comprobar hasta qué punto estamos

en las antípodas. Si no fuera mi mejor amiga, es muy probable que no la

soportara.

—Pero, Ele —vuelve a la carga, impasible—, esta noche tienes que

venir al Molo…

—Vamos, Gaia, no te enfades, te he dicho que no puedo.

Cuando se le mete una cosa en la cabeza me saca de mis casillas.

—Pero ¡si va a venir Bob Sinclar!

—¿Quién? —le pregunto, a la vez que en mi frente parpadea la frase FILE

NOT FOUND .

Gaia resopla exasperada:

—El DJ francés, ese tan famoso. Estaba en el jurado de la Mostra del

Cinema hace una semana…

—¡Ah, en ese caso…!

—Sea como sea —prosigue como si nada pudiese hacer mella en ella—,

sé de buena tinta que en el privé habrá varios personajes famosos, entre los

cuales, ojo al parche, estará… —hace una pausa estudiada— ¡Samuel

Belotti!

—Dios mío, ¿el ciclista de Padua? —gimo irritada, en un tono de total

desaprobación. Es uno de los numerosos medio novios «famosos» que Gaia

ha ido sembrando por todos los rincones de Italia.

—Ni más ni menos.

—No entiendo qué ves en él; es un cretino, un arrogante, no sé por qué te

parece tan estupendo. —Tampoco en cuestión de hombres tenemos los

mismos gustos.

—Pues porque sé dónde es tan estupendo… —replica riéndose.

—De acuerdo. —Paso de largo—. ¿Y a él le apetece?

—Le he escrito un SMS. No me ha respondido, ahora está con la

bailarina de la tele —explica exhalando un suspiro—, pero yo no cejo,

porque no me ha dado del todo el pasaporte… Creo que solo está ganando

tiempo.

—No sé cómo te las arreglas para conocer a cierta gente, aunque quizá

prefiero no saberlo.

—Trabajo, querida, puro trabajo —dice, y puedo imaginar de maravilla

la sonrisita maliciosa que tiene dibujada en este momento en la cara—. Las

relaciones públicas, ya se sabe, requieren un gran esfuerzo…

—Las palabras «trabajo» y «esfuerzo» dichas por ti suenan vacías,

carentes de significado —la provoco escondiendo una pizca de envidia. En

eso me gustaría parecerme un poco a ella, lo reconozco. Yo soy toda rigor

y sentido de la responsabilidad; ella, ligereza y descarada inconsciencia.

—No me quieres, Ele. ¡Eres mi mejor amiga y no me quieres! —dice

risueña.

—Como quieras, ve al Molo y diviértete. ¡Y procura no cansarte

demasiado, querida!

—La verdad es que siempre me dices que no…, pero me importa un

comino, seguiré machacándote, ya lo sabes. No me rindo así como así,

cariño…

Claro que lo sé. Todo ese teatro es nuestra manera de decirnos cuánto

nos queremos.

—Es que ahora estoy pasando por un momento muy malo; no puedo

acostarme a las tres, si no mañana no me levantaré.

—De acuerdo, te dejo ganar por esta vez. —Por fin…—. ¡Pero tienes

que prometerme que este fin de semana nos veremos! —concluye, yendo al

grano.

—Te lo prometo. A partir del sábado estoy a tu disposición.

Tengo que tirar también el noveno cuenco de rojo Tiziano: he acercado el

color a la piel de la granada y es evidente que aún no lo he conseguido. Me

resigno a volver a empezar desde el principio, pero un ruido a mis espaldas

llama mi atención. Alguien ha entrado por la puerta principal y está

subiendo la escalinata de mármol: son pasos de hombre, sin duda; por un

momento he temido que Gaia hubiese improvisado algo. Me apresuro a

bajar por la escalera de mano procurando no tropezar con los cuencos que

he dejado caer de cualquier manera sobre la tela protectora.

La puerta del vestíbulo se abre antes de lo previsto y en el umbral

aparece el cuerpo seco de Jacopo Brandolini, el propietario del palacio,

además de mi cliente.

—Buenas tardes —lo saludo con una sonrisa de circunstancias.

—Buenas tardes, Elena —me contesta sonriéndome a su vez—, ¿cómo

va el trabajo?

Al tiempo que se anuda a la altura del pecho las mangas del suéter —de

cachemira, claro está— que lleva sobre los hombros, mira el cementerio de

cuencos que se extiende a nuestros pies.

—Muy bien —miento, asombrada de mi descaro, pero no me apetece

explicarle los detalles que, en cualquier caso, no comprendería. No

obstante, debo añadir algo para aparentar tono profesional—: Acabé de

limpiar ayer y a partir de hoy puedo concentrarme en el color.

—Estupendo. Confío en usted, dejo todo en sus manos —dice alzando la

mirada del suelo y posándola en mí. Sus ojos son pequeños y azules, dos

grietas de hielo—. Como ya sabe, me interesa mucho ese mural. Quiero

que quede lo mejor posible. A pesar de que no está firmado, se ve que el

autor tenía buena mano.

Asiento con la cabeza.

—El que lo pintó era, sin lugar a dudas, un gran maestro —me apresuro

a decir.

Brandolini esboza una sonrisa que revela un punto de satisfacción. Tiene

cuarenta años, pero aparenta varios más. Su apellido es antiguo —es el

vástago de una de las familias de nobles venecianos más célebres— y

también él lo parece un poco. Es delgadísimo, tiene la tez clara, la cara

demacrada y nerviosa y el pelo rubio ceniza. Además, se viste como un

viejo. O, mejor dicho, la ropa produce sobre él un efecto extraño, un tanto

retro; por ejemplo, en este momento lleva un par de vaqueros Levi’s y una

camisa azul de manga corta, pero, dado que parece flotar dentro de ella

debido a lo delgado que está, el resultado tiene algo de añejo que no sabría

explicar. Con todo, se dice que el conde tiene un discreto éxito con las

mujeres. Es muy rico, no me lo puedo explicar de otra forma.

—¿Cómo se encuentra aquí? —pregunta al tiempo que mira alrededor

como si estuviese verificando que todo está en su sitio.

—¡De maravilla! —respondo a la vez que me suelto el pañuelo que llevo

al cuello, consciente de que mi aspecto no es muy presentable.

—Si necesita algo pídaselo a Franco. Si hay que ir a buscar material

puede mandarlo a él.

Franco es el portero del palacio. Es un hombrecillo achaparrado y muy

simpático, aunque también discreto y silencioso. En los diez días que llevo

trabajando aquí solamente nos hemos cruzado dos veces: en el jardín del

patio interior, mientras él regaba el agapanthus, y delante de la puerta de

entrada, mientras sacaba brillo a los picaportes de latón.

—Me las arreglo muy bien sola, gracias. —Me doy cuenta demasiado

tarde de que mi respuesta es un poco brusca y me muerdo la lengua.

Brandolini alza los brazos en señal de rendición.

—En cualquier caso —carraspea—, he pasado para decirle que a partir

de mañana habrá un inquilino en el palacio.

—¿Un inquilino?

No. No es posible. No estoy acostumbrada a trabajar con gente alrededor

creando confusión.

—Se llama Leonardo Ferrante, es un célebre chef de origen siciliano —

me explica complacido—.Viene directamente de Nueva York para abrir

nuestro nuevo restaurante en San Polo. Supongo que sabrá que lo

inauguramos dentro de tres semanas.

En colaboración con su padre, el conde dirige ya dos restaurantes en

Venecia; uno se encuentra detrás de la plaza de San Marcos y el otro, más

pequeño, al abrigo del puente de Rialto. Los Brandolini tienen otro en Los

Ángeles, además de dos clubes privados, un café y una residencia. El año

pasado abrieron dos más en Abu Dabi y en Estambul. En fin, que no es raro

ver fotografías suyas en las revistas de papel satinado o de cotilleo que

tanto le gustan a Gaia.

A mí lo mundano no me interesa. Pero, sobre todo, lo último que

necesito ahora es que algo me estorbe.

—Hemos dado saltos mortales para hacerlo todo en poco tiempo y,

como sabe, la logística veneciana no es de gran ayuda —prosigue él sin

notar mi contrariedad—, pero cuando se desea algo con intensidad el

esfuerzo que se hace para obtenerlo no pesa.

Por si fuera poco, también da lecciones de vida. Asiento mecánicamente

con aire de aprobación. La idea de tener que trabajar con un desconocido

vagando por el palacio me irrita sobremanera. ¿Cómo es posible que

Brandolini no entienda que el mío es un trabajo delicado? ¿Que basta una

nimiedad para que pierda la concentración y lo ponga en peligro?

—Ya verá que se lleva de maravilla con Leonardo, es una persona

exquisita.

—No lo dudo, el problema es que este vestíbulo…

No me deja acabar.

—No puedo obligarlo a vivir en una fría habitación de hotel —continúa

Brandolini con el aplomo de quien no tiene que pedir permiso a nadie—.

Leonardo es un espíritu libre y aquí se sentirá a sus anchas, podrá cocinar

cuando quiera, desayunar de noche y comer por la tarde, leer un libro en el

jardín y disfrutar del canal desde la terraza.

Estoy en un tris de hacerle notar que desde el vestíbulo donde trabajo se

accede a las restantes habitaciones del palacio, que no hay otro acceso y

que, por tanto, el tipo en cuestión pasará por aquí a saber cuántas veces al

día. Pero Brandolini también lo sabe, así que, evidentemente, ha decidido

hacerse el sueco. Dios mío, estoy al borde de una crisis de nervios.

—¿Cuánto tiempo se quedará aquí el chef? —pregunto deseando que la

respuesta sea alentadora.

—Al menos dos meses.

—¡¿Dos meses?! —repito sin molestarme ya por ocultar mi irritación.

—Sí, dos meses, puede que incluso más, al menos hasta que el

restaurante esté completamente en marcha.—El conde se vuelve a ajustar

el suéter en los hombros, luego me mira resuelto a los ojos—. Espero que

no le suponga un problema. —Como si pretendiese decir: «Lo quiera o no,

tendrá que aguantarse».

—Bueno, si no hay más remedio… —Que, a su vez, es mi manera de

decir: «No me apetece en absoluto, pero ¿qué puedo hacer?».

—De acuerdo, en ese caso le deseo un buen trabajo. —Me tiende su fina

mano—. Adiós, Elena.

—Adiós, señor conde.

—Me llamo Jacopo, por favor.

¿Trata de dorarme la píldora acortando las distancias? Le concedo una

sonrisa forzada.

—Adiós, Jacopo.

Cuando sale Brandolini me siento en el sofá de terciopelo rojo que hay

pegado a la pared este de la sala. Me encuentro inquieta, intolerante: he

perdido la concentración. No quiero saber nada de su restaurante, de su

aristocrático chef, me importa un carajo su inauguración de las mil y una

noches. Lo único que quiero es trabajar en paz, sola y en silencio. ¿Pido

tanto? Me llevo las manos a la cabeza y miro los cuencos abarrotados de

pintura al temple que parecen estar allí con el único objetivo de echarme

en cara mi fracaso. Haciendo un gran esfuerzo decido ignorarlos. ¡Al

infierno también el mural! Son las siete y media y mi concentración se ha

ido a hacer puñetas. Basta. Estoy cansada. Me voy a casa.

Salgo a la calle y me dejo envolver por el aire húmedo y dulzón del mes de

octubre. Se siente ya el fresco de la noche. El sol se ha puesto casi por

completo en la Laguna y empiezan a encenderse las farolas.

Recorro las calles a paso rápido, con la mente luchando aún por

liberarse. Tengo la impresión de que ha quedado atrapada en el polvoriento

vestíbulo y temo que permanezca allí mucho tiempo, dada mi propensión a

rumiar las cosas. Gaia y mi madre me lo suelen reprochar: dicen que

cuando se me mete algo en la cabeza me abstraigo, que estoy distraída, en

las nubes. Es cierto, me pierdo de buena gana en mis pensamientos, los

secundo cuando me llevan lejos…, pero es tan solo una pequeña evasión de

la realidad, un vicio personal al que no estoy dispuesta a renunciar. Por eso

me encanta andar sola por la calle: dejo que sean mis pies los que me guíen

con la mente finalmente libre y sin nadie que exija ser el centro de mi

atención.

Una leve vibración me obliga a volver de golpe a la realidad. Tengo un

SMS sin leer en la pantalla del iPhone.

Bibi, ¿vienes al cine? Esta noche ponen la última de Sorrentino en el Giorgione. Besos

Filippo. Alguien con el que me apetece pasar la velada, incluso después

de un día como este, pero no creo tener la energía suficiente para

arrastrarme hasta el Giorgione. Estoy agotada y no me entusiasma la idea

de encerrarme durante dos horas en una sala. Necesito repantigarme en un

sofá.

De manera que le envió este:

¿Y si cenamos en mi casa y luego vemos una película? Estoy muerta, no creo que hoy

pueda disfrutar de Sorrentino…

Contestación inmediata:

Ok. Nos vemos en tu casa ;-)

Conozco a Filippo desde la época de la universidad. Nos vimos por

primera vez en el curso de Arquitectura de Interiores; yo aún era una

novata, en su caso era el tercer año. Un día me propuso que estudiásemos

juntos y yo acepté. Me parecía alguien del que me podía fiar, sentía, de

manera aún misteriosa, que entre nosotros existía cierta afinidad. No tenía

ninguna razón en especial para pensar así, lo sabía sin más.

De manera que nos hicimos amigos enseguida. Íbamos juntos a las

exposiciones, al cine, al teatro. O pasábamos noches enteras charlando.

Filippo me llama «Bibi» desde entonces. Me repetía una y otra vez que me

parecía a una tal Bibi de un cómic japonés que había leído, un personaje un

poco torpe y con tendencia a rumiarlo todo y a perderse en fantasías

retorcidas y carentes de sentido.

Después de la universidad, no recuerdo bien por qué, nos perdimos un

poco de vista. Hace un año Gaia me dijo que él había empezado a trabajar

para Carlo Zonta, un famoso arquitecto italiano, y que se había mudado a

Roma.

Luego, hace un mes, como si solo hubiese pasado un día desde aquellos

años que me parecían ya tan remotos, volvió a dar señales de vida con un

correo electrónico: «He vuelto a Venecia. ¿Cuánto tiempo hace que no

vamos al palacio Grassi?». Una invitación inesperada que me pilló tan

desprevenida que, de repente, me di cuenta de lo mucho que lo había

echado de menos. Acepté al vuelo.

Era la primera vez que volvíamos a vernos después de mucho tiempo y,

sin embargo, daba la impresión de que nada había cambiado. Paseamos por

las salas del museo con calma, parándonos delante de nuestras obras

preferidas —yo recordaba aún las suyas y él las mías— y contándonos

nuestras vidas desde el momento en que nos habíamos perdido de vista.

Después nos volvimos a ver: una vez salimos a cenar y otra al cine. Nos

dijimos también que sería estupendo organizar un reencuentro con los

demás compañeros de universidad, pero, quién sabe por qué, ni siquiera lo

intentamos.

Falta poco para las nueve y el sonido del telefonillo me obliga a salir del

cuarto de baño con un poco de maquillaje en los ojos y el pelo recogido,

como aquel que dice. Me obligo a no pensar en la expresión que pondría

Gaia si me viese de esta guisa. Abro la puerta en vaqueros, camiseta de

tirantes blanca y chanclas, y mientras espero a que suba me sumerjo en una

sudadera enorme . Es mi look casero, pero estoy segura de que Filippo no se

escandalizará…

Sube corriendo la escalera con dos cajas de pizza en las manos. Cuando

llega lo recibe la voz dulce y cálida del último CD de Norah Jones.

—¡Vamos, deprisa, que se enfrían! —dice nada más entrar. Tira al suelo

su bolsa, me da un beso fugaz en la mejilla y se dirige como un rayo a la

cocina.

—¿Tienes hambre?

Lo sigo y hago sitio en la mesa.

—¡Me estoy muriendo de hambre!

Ha abierto ya un cajón —tras adivinar enseguida el correcto, pese a que

hace años que no mete el pie en mi piso— y ha encontrado el cortador de

pizza. Se ocupa en primer lugar de la mía.

Lo miro. Su cara es, en cierta manera, abierta y luminosa, casi

tranquilizadora; quizá esa sea otra de las razones por las que decidimos ser

amigos en la universidad. Tiene unos ojos grandes y profundos, de forma

alargada; pasarían por asiáticos si no fuera porque son verdes y por la mata

de pelo rubio y desgreñado que le cubre la cabeza.

—Verdura sin pimientos, tu preferida —me dice al tiempo que me

tiende la pizza ya troceada.

Se acuerda hasta de eso. Asiento con la cabeza complacida y él me

escruta con sus ojos, que son casi una anomalía y que capturan a la fuerza

la mirada. Permanecemos así un segundo; luego Filippo se concentra de

nuevo en la pizza y yo me pongo a buscar los vasos por hacer algo. Es

apenas un instante, pero los dos somos conscientes de que el aire está

cargado de una extraña electricidad.

—Esta noche yo también soy vegetariano, así te sentirás menos sola —

dice mientras abre la segunda caja. Sonríe, dejando a la vista sus dientes,

blancos y regulares. Otra cosa que me gusta de él. Al igual que el hoyuelo

que tiene en la mejilla derecha—. No obstante, Bibi, ¿te puedo decir que la

pizzería de abajo es un asco?

—Sí, puedes decírmelo —contesto a la vez que doy el primer mordisco a

la pizza—; de todas formas seguiré yendo…, es el único medio rápido e

indoloro que tengo para alimentarme.

—¿No será que ha llegado la hora de que aprendas a cocinar?

Finjo que reflexiono sobre ello un par de segundos antes de responder:

—No.

Coge una aceituna de su pizza y me la tira.

Después de cenar, mientras preparo mi infusión de melisa, Filippo echa un

vistazo a mis DVD, que están colocados de cualquier manera en el último

estante de la librería.

—¿Y esto? —Se echa a reír—. ¿De dónde sale? —dice agitando en el

aire la funda de ¿Bailamos?

—¡Dios mío, Gaia debió de olvidarlo aquí hace tiempo! —Me tapo la

cara con un brazo.

Me mira con aire grave y comprensivo.

—A mí me da igual… Puedes decírmelo, si ahora te gustan estas cosas

no debes avergonzarte; admitirlo es el primer paso para superarlo. Puedes

hablar con un amigo…, si quieres puedo ayudarte.

—Idiota.

El cine es una de las pasiones que Filippo y yo siempre hemos

compartido. A menudo nos veíamos en los foros de cine universitarios, los

dos solos en la sala, y nos quedábamos a mirar hasta los créditos del final

de las películas desconocidas de unos directores ignotos, pertenecientes a

una soporífera e igualmente olvidada vanguardia rusa, abandonados por

nuestros compañeros, que, hacía ya un buen rato, se habían ido a tomar una

copa.

Filippo sigue mirando los títulos de las películas y saca Un día especial,

de Ettore Scola.

—Debo de haberla visto ya cuatro veces, pero me apetece volver a verla.

¿Y a ti?

—En mi caso sería la tercera, así que de acuerdo.

Filippo se echa en el sofá. Trajina con el mando a distancia mascullando

entre dientes algo sobre las nuevas tecnologías. Resulta cómico, me hace

sonreír. Me uno a él con dos tazas humeantes en las manos. Las dejo sobre

la mesita, lanzo a un rincón las chanclas, bebo un sorbo de infusión

olvidando que aún está ardiendo y me quemo la lengua… Luego me dejo

caer sobre el sofá a su lado.

Mientras en la pantalla de plasma empiezan a pasar los créditos

iniciales, noto que Filippo pone su rodilla encima de la mía. Ese contacto

me agita inesperadamente, como si, de buenas a primeras, me diera cuenta

de lo cerca que estamos. Me acomodo en el sofá apartándome de él unos

centímetros. Él no parece darse cuenta, puede que sea simplemente una de

mis paranoias…

La película prosigue, dulce y amarga, tal y como la recordaba. La vemos

envueltos en un silencio religioso, a la vez que damos sorbos a la infusión,

que, en el ínterin, ha alcanzado una temperatura humana. De cuando en

cuando retrocedemos para volver a ver las escenas más memorables.

Mastroianni y Sofia Loren dan en este momento unos pasos de baile

siguiendo el dibujo del pavimento.

Con el rabillo del ojo veo que Filippo me está observando; a decir

verdad, sé que lo está haciendo desde que empezó la película. Me vuelvo

hacia él y lo escruto.

—¿Qué pasa?

Sonríe, como si lo hubiese pillado in fraganti.

—Estaba pensando que no has cambiado nada en estos años. —No deja

de mirarme. Su interés me produce cierta inquietud.

—Y yo que pensaba que había mejorado con los años… —digo tratando

de salir del apuro.

—Bueno, el único defecto que tenías lo has eliminado, por suerte. —Le

dirijo una mirada inquisitiva—. Valerio, tu ex.

Le doy un puñetazo en el brazo fingiendo que me ha ofendido. Con

Valerio empecé a salir el último año de universidad. Filippo no lo

soportaba y no hacía nada por disimularlo. «Es demasiado superficial e

inmaduro para ti», me repitió mil veces, hasta la exasperación.

—Me costó un poco entenderlo, pero he de reconocer que tenías razón

—admito.

—¿Cuánto tiempo hace que rompisteis?

—Año y medio.

—¿Y ahora no sales con nadie?

Directo al grano. No me lo esperaba.

—No.

A saber por qué el silencio que sigue a continuación me parece

oprimente. Me gustaría tener una ocurrencia para romper esta especie de

tensión palpable, pero no es el caso. No sé qué pretende Filippo, lo único

que sé es que yo nunca he pensado en ello. Al menos hasta ahora. Estoy

encantada de haberlo recuperado como amigo y jamás he considerado la

posibilidad de que entre nosotros pueda haber algo más. Pero, de repente,

mi castillo de certezas parece estar a punto de derrumbarse.

—Esta es mi escena preferida —dice Filippo volviéndose de nuevo hacia

la pantalla. Mastroianni y la Loren han subido a la azotea y están doblando

las sábanas tendidas. Quizá Filippo ha notado mi incomodidad y ha

decidido salir en mi ayuda. Ese tipo de detalles son propios de él.

Exhalo un leve y silencioso suspiro de alivio. Intento distraerme, quizá

sean solo fantasías mías y él no se haya propuesto nada. Me concentro en

la película y, poco a poco, me relajo de verdad.

Fuera ha empezado a llover y tengo la sensación de que las gotas que

caen en el tragaluz rozan también mi corazón. Es una sensación agradable,

y siento un deseo irresistible de abandonarme…

De repente, como si estuviese emergiendo de un coma muy profundo, oigo

que una voz delicada me susurra:

—Bibi, me marcho.

Abro los ojos y veo a Filippo de pie, inclinado hacia mí. Los créditos de

cierre se deslizan por la pantalla. Hago ademán de levantarme.

—Pero ¿por qué no me has despertado?

—Chis, quédate ahí. —Me echa con dulzura una manta sobre los

hombros—. Te robo el paraguas roto.

—Puedes llevarte el bueno.

—No te preocupes…, no voy muy lejos. —Me acaricia la mejilla con

una ternura inaudita en él y me roza la frente con un beso—. Adiós, Bibi.

2

Esta mañana he decidido descansar un poco del mural. Tengo un montón

de aburridísimas tareas domésticas que hacer. Digamos que nunca he sido

un ama de casa perfecta. El cesto de la ropa sucia rebosa y me resigno a

poner una lavadora. Luego paso por la tintorería a recoger un vestido que

lleva allí desde el verano y me aventuro en el supermercado para hacer la

compra a mi manera: en pocas palabras, me abastezco de platos preparados

y congelados, que son, desde siempre, mi especialidad. Una vez en casa me

dejo tentar unos segundos por la idea de ordenarla un poco, pero las ganas

de hacerlo se pasan enseguida; prefiero trabajar, de manera que cojo las

llaves y salgo.

Antes de ir al palacio entro en Nobili: necesito medio gramo de polvo

azul ultramar, por si no basta con el que tengo. Prefiero comprar yo el

color y asegurarme de que es el correcto. Si mandase a Franco, como

sugiere Brandolini, me arriesgaría a que en Nobili no volvieran a verlo por

haberse equivocado de color.

A las dos de la tarde la calle del palacio está desierta. La ventaja de

trabajar como autónoma en un edificio del que prácticamente solo yo tengo

las llaves —bueno, al menos hasta ayer…— es que, en caso de que vaya

retrasada, puedo dedicar el sábado a mi tarea, cuando la ciudad está menos

frecuentada: no hay estudiantes ni personas que vayan a trabajar, y los

turistas se concentran en San Marcos y en Rialto, que queda lejos de aquí.

Introduzco la llave larga en la cerradura del portón de la entrada, doy

una vuelta a la izquierda y dos a la derecha y noto que gira en vacío. El

portón está abierto y la alarma desconectada. Mejor así, porque en una

ocasión saltó por error y fue la única vez en que tuve que recurrir a Franco.

Probablemente esté dentro. Subo la larga escalinata de mármol y empujo la

puerta de servicio, que da acceso al vestíbulo.

Por desgracia, el momento que tanto temía ha llegado.

Delante de mí se recorta una espalda robusta, envuelta en una camisa de

lino rojo. Es él. El inquilino. No esperaba que estuviese ya aquí. Está

observando el mural y parece hechizado por él. Inmóvil. Enorme. A sus

pies hay una bolsa de viaje que tiene aspecto de haber pasado por más de

un aeropuerto de la que asoma el borde de una cazadora vaquera.

Finjo un ligero golpe de tos para indicar mi presencia; él se vuelve y me

embiste con una mirada tan intensa que casi me hace retroceder. Sus ojos

son de un color negro impenetrable, pero, tras las cejas espesas, emanan

una luz que, no sé por qué, me deja sin aliento.

—Hola, soy Elena —digo recuperando cierto aplomo y mirando el

fresco—. La restauradora.

—Hola. —Sonríe—. Leonardo, encantado. —Me estrecha la mano y

siento su piel áspera sobre la mía. Debe de ser el trabajo el que le ha

estropeado tanto las manos—. Jacopo me ha hablado mucho de ti.

Ojeras, labios carnosos, nariz pronunciada, barba descuidada y en parte

rojiza y una cabellera oscura que hace tiempo que no ve las tijeras de un

barbero: parece salido de un cuadro de Goya. Debe de rozar los cuarenta

años, pero su presencia es tan sólida e indispensable como la de un árbol

secular.

—Esta pintura es sumamente sensual —afirma volviéndose de nuevo

hacia la pared, con leve acento sículo.

Aprovecho para estudiarlo a fondo: viste unos pantalones negros de lino,

al igual que la camisa, abotonada a medias, bajo la cual se intuye una

poderosa musculatura. En su pecho moreno se entrevé un mechón de vello

oscuro. Va calzado con un par de zapatillas de deporte rotas en varios

puntos. Parece encerrar una energía misteriosa e indómita que podría

estallar de un momento a otro bajo la ropa.

—Técnicamente se trata de una violación —preciso. Cuando me siento

incómoda y quiero mantener las distancias tiendo a comportarme como

una sabionda, no puedo evitarlo. Me mira y bajo los ojos. La vergüenza me

incendia la cara—. Representa una escena de la mitología clásica, el rapto

de Proserpina —añado en tono algo menos arrogante.

Asiente con la cabeza, absorto aún en la contemplación del mural.

—Plutón rapta a Proserpina y la lleva al Hades. Antes de acompañarla de

nuevo a la Tierra, donde permanecerá seis meses, la obliga a comer nueve

granos de granada. Es un mito que guarda relación con el tiempo y las

estaciones.

Uno a cero para el cocinero siciliano, que conoce a los clásicos: me ha

hecho callar, me lo merecía.

Leonardo mira en derredor aparentemente admirado y exhala un hondo

suspiro. Noto que lleva un minúsculo pendiente de plata en el lóbulo

derecho.

—La verdad es que el palacio es magnífico; es una suerte estar aquí, ¿no

te parece?

«Lo ha sido hasta hoy, hasta antes de que llegaras», pienso, pero jamás

tendré el valor de decírselo.

—Todo en orden, amigo, podemos irnos —tercia Jacopo. Ha salido de

pronto del pasillo que hay a la izquierda del vestíbulo, y en cuanto nota mi

presencia se apresura a saludarme—: Hola, Elena.

—Buenos días, conde…, esto…, Jacopo. —Todavía me cuesta un poco

llamarlo por su nombre.

—Veo que os habéis presentado ya.

—Sí —asiente Leonardo—. Elena es muy amable, me estaba explicando

su trabajo —miente por mí, que no he sido mínimamente amable, y busca

mi complicidad con una mirada a la que, sin embargo, no correspondo.

Brandolini sonríe complacido.

—Ven, Leo —lo coge de un brazo—, te enseñaré tus habitaciones. Olga

vino ayer para prepararlo todo.

Leonardo agarra la bolsa del suelo, se la echa al hombro y se dispone a

seguir al conde.

Me siento angustiada al pensar en la asistenta.

—Disculpe, Jacopo… —La voz me sale más chillona de lo que desearía.

—¿Sí? —El conde se da media vuelta, al igual que Leonardo.

—No es nada, solo quería pedirle un favor. —Uso un tono más cordial

—. Si puede, dígale a Olga que no limpie el vestíbulo; si levanta polvo

podría echar a perder la restauración.

—Por supuesto, no se preocupe —me tranquiliza—. Ya se lo he

advertido.

Noto de nuevo que Leonardo me mira. Trato de ignorarlo, pero no

puedo, sus ojos son como imanes.

—Gracias —contesto al conde, y me vuelvo para escapar de su

magnetismo. Los dos se despiden y desaparecen en las salas que hay detrás

del vestíbulo.

Respiro hondo para liberarme de la extraña turbación que siento —

aunque no sirve de mucho— y me pongo de inmediato manos a la obra:

quiero probar el azul que he comprado hace un rato. Me dirijo al grifo de la

cocina y lleno a medias la jarra que tiene un filtro que ayuda a eliminar las

impurezas. La cal de Venecia es letal, daña gravemente el color. Lo he

aprendido sola, por desgracia en la práctica, y me siento muy orgullosa de

haber hecho ese descubrimiento.

Oigo las voces y los ruidos que hacen los dos intrusos en el ala derecha

del palacio. Me tendré que acostumbrar a ellos, pero todavía no sé cómo.

Espero que el tal Leonardo sea un tipo discreto. Confío en que pase el día

en el restaurante y que esté el resto del tiempo en su habitación. No quiero

tenerlo rondando por aquí, su presencia me turba.

Me arrodillo en la tela de protección y empiezo a mezclar los pigmentos

blanco y azul en los tres cuencos. El color de la túnica de Proserpina no

supone un gran problema, a diferencia de la granada. Cuando voy por el

tercer cuenco tengo la impresión de que me estoy aproximando al

resultado. El verdadero motivo de esta prueba es secundar mis manías

incontroladas de perfeccionismo y comprobar que el pigmento es,

efectivamente, de buena calidad.

—Mi querida Elena, yo me marcho. —Brandolini aparece de nuevo en el

vestíbulo al cabo de un rato. Solo—. La dejo en buena compañía. Ya verá

como le gusta estar con Leo. —Es la segunda vez que me lo dice y, no sé

por qué, me parece de mal agüero. Pasa el dedo índice por el picaporte de

la puerta de servicio, como si pretendiese quitar una capa de polvo

inexistente—. Le deseo un buen trabajo. Adiós.

—Adiós, señor conde…, mejor dicho, Jacopo.

Son casi las seis y Leonardo aún no ha dado señales de vida. Durante un

rato he oído música clásica en el piso de arriba, pero después se ha vuelto a

sumir en el silencio. Supongo que dormirá durante toda la tarde, dado que

ha viajado desde Nueva York y tendrá que recuperarse de la diferencia

horaria. Sea como sea, si se queda en su madriguera y no sale, por mí

encantada.

Entro en el cuarto de baño para arreglarme. Me quito la camiseta de

trabajo y los vaqueros y me pongo unos pantalones limpios y una camisa

de algodón que he traído en una bolsa de gimnasio. Diga lo que diga Gaia,

así es como entiendo yo la elegancia.

Esta noche voy a casa de mis padres, a una cena familiar para celebrar

que mi padre deja la Marina Militar, si bien aún no se ha producido el

anuncio oficial. Después de cuarenta años de honrosa carrera, el teniente

Lorenzo Volpe se retira del escenario. Ironías del azar, soy hija de un

exmarino y apenas sé nadar. Quizá sea culpa de mi madre, quien, cuando

íbamos a la playa en verano, siempre temía no volver a verme en cuanto

me alejaba un poco de la orilla. Estoy segura de haber heredado de ella el

carácter ansioso y, he de reconocerlo, en cierta medida paranoico. En

cambio, a mi padre le debo una testarudez ilimitada y la plena dedicación

al trabajo.

Sé ya que en cuanto cruce el umbral de casa mi madre saldrá a mi

encuentro y me dirá que estoy demasiado delgada, demasiado cansada,

hecha un desastre, vaya, a pesar de mis penosos intentos de ocultar el

estrés a golpe de rímel y colorete. Mi padre, en cambio, me observará en

silencio durante toda la velada y cuando llegue el momento de marcharme

me acompañará a la puerta con las manos a la espalda, bien erguida.

—¿Cómo van las cosas? —me preguntará antes de que salga—. Si

necesitas algo, aquí nos tienes. A tu disposición.

Yo le diré que no se preocupe, le daré un beso en la mejilla, como de

costumbre, y volveré a casa serena y en paz conmigo misma, como solo me

sucede cuando estoy en su compañía.

Hace bastante que no los veo y tengo muchas ganas de que me mimen.

Me froto los labios delante del espejo para mezclar bien el pintalabios

que he extendido apresuradamente y meto todo en la bolsa. Estoy lista.

Antes de salir echo una ojeada furtiva a la escalera. Según parece,

Leonardo sigue atrincherado en sus habitaciones; no sé si despedirme de él.

No tengo muy claro que sea oportuno.

Al final decido no despedirme.

Salgo por el portón de madera maciza procurando no hacer ruido y una

vez en la calle me vuelvo instintivamente a mirar el palacio. La luz está

encendida en la planta noble. Me produce un extraño efecto pensar que a

partir de hoy ya no volveré a estar sola con mi fresco.

Son las últimas horas de la tarde de un tedioso domingo veneciano. He

quedado con Gaia en el Muro, en Rialto, para tomar el aperitivo. Hace un

rato me amenazó seriamente por teléfono: «¡Si no vienes vestida de mujer,

juro que pediré a los gorilas que te echen!». Por lo general, ignoro sus

consejos, pero de vez en cuando me gusta complacerla. Aun así me niego

en redondo a ponerme un monstruoso tacón de doce centímetros, de

manera que he elegido una sandalia de raso verde con un tacón que no pasa

de los ocho. A ello se añade un minivestido de seda sin tirantes y una

chaqueta negra. En mi caso se trata de un gesto de valor nada desdeñable,

dado que no alcanzo a imaginar algo que resulte más femenino (bueno,

reconozco que quizá podría haberme mostrado un poco más atrevida con el

gorrito de colegiala…). Sé ya que, en todo caso, me arrepentiré, porque de

noche en Venecia nos movemos a pie entre puentes y adoquines; el taxi

cuesta una fortuna y los vaporetti funcionan al ralentí. Gaia tendrá que

reconocer mi sacrificio.

El Muro está ya atestado, la gente se amontona entre el mostrador y los

ventanales que dan a la plaza. La idea de mezclarme con el gentío no me

entusiasma, pero tengo que hacerlo, al menos para dar un sentido al

esfuerzo inhumano que me ha supuesto soportar los tacones para llegar

hasta aquí. A codazos consigo abrirme paso entre la multitud que se

apelotona delante de la puerta y en dos zancadas, propias de una top model

al final de su carrera, entro en el local sana y salva. El caos reina soberano

—la banda sonora no es, lo que se dice, de las más delicadas— y el índice

de alcoholemia está ya por las nubes, pese a que apenas son las siete. Dado

que soy prácticamente abstemia, nunca consigo integrarme del todo en las

situaciones en las que el alcohol constituye el único placer. En cambio,

Gaia es capaz de beberse tres mojitos en una hora y quedarse tan fresca.

¡Aquí está, la reina de la mundanidad! Va de una mesa a otra dedicando

a todos su sonrisa más engatusadora, salpimentada con unos saludos

melosos y tan agudos que rozan el ultrasonido. Su cola de caballo rubia

destaca entre la multitud. Gaia es ya de por sí alta, pero, como de

costumbre, también en esta ocasión luce sus tacones de combate. Se ha

parado en el centro de un grupo de gente que conozco. Me pongo de

puntillas y le hago una señal desde lejos. Por suerte, me ve. Bracea

excitada invitándome a acercarme. Chocando con una decena de personas,

me hundo en el gentío y me aproximo a ella.

—¡Por fin! ¿Dónde demonios te habías metido? —Me estampa un beso

en la mejilla. Luego, como era de prever, me mira de arriba abajo—. ¿Y

esas sandalias? Qué verde tan estiloso… ¡Así se hace, Ele, me gusta!

Examen aprobado. Al menos esta noche no tendré que enfrentarme a los

gorilas.

—¿Y bien? ¿Cómo te fue con tu ciclista la otra noche? —le digo al oído

pellizcándole un costado.

—No me fue. —Gaia pone una carita de dolor poco creíble—. Me temo

que tiene otras cosas en la cabeza en estos momentos…

—¿Qué me dices? —digo fingiendo estupor.

—Sea como sea, ¡no dejaré que Belotti me encadene! No, ni hablar… —

Recupera la agresividad en un abrir y cerrar de ojos—. Bueno…, un sitio

en mi corazoncito sigue teniéndolo, pero debo dejar que se decida. Si me

quiere tendrá que venir a buscarme.

—Ya veremos… —Sigo sin entender por qué le interesa tanto ese tipo.

Los misterios insondables del amor. O de las hormonas, en el caso de Gaia.

—En cualquier caso, anoche, en el Pequeño Mundo, vi a Thiago

Mendoza. ¿Sabes quién es? El modelo de Armani. Nos dimos el número de

teléfono.

—Veo que no te cuesta nada consolarte… —No sé quién es la nueva

adquisición, pero es típico de Gaia reaccionar ante un rechazo lanzándose a

una nueva conquista.

Suelta una sonora carcajada y prosigue, dirigiéndose también al resto del

grupo:

—Tengo sed, chicos. ¿Otro spritz para todos?

El grupo acepta por unanimidad y Gaia me coge del brazo y me arrastra

de nuevo a la multitud.

—Nico, ¿me preparas ocho spritz al Aperol? —le dice al camarero

cuando llega a la barra moviendo las pestañas cargadas de rímel.

—Enseguida, amor.

Es típico de los venecianos, tanto hombres como mujeres, llamar

«amor» a las personas que conocen desde hace menos de una hora. Y Nico,

el camarero aspirante a actor, no es una excepción.

—Y también una Coca-Cola para mi amiga —añade Gaia anticipándose

a mis deseos.

Mientras tanto, el resto del grupo se ha acercado a la barra y en menos

que canta un gallo los vasos pasan de mano en mano rozándose para

brindar.

—¿Vamos a fumar? —propone alguien.

La manada se desplaza pacíficamente al exterior. Gaia se queda conmigo

y se sienta en el taburete que está frente al mío. La Coca-Cola tarda en

llegar.

—¿Filippo viene a cenar con nosotros?

—Por lo visto sí.

—Me alegro de volver a verlo.

Cuando conocí a Filippo ella había dejado la universidad hacía ya mucho

tiempo. Se lo presenté yo, pero los dos descubrieron enseguida que tenían

varios amigos en común: Venecia es bastante pequeña, uno acaba por

conocer a casi todos, sobre todo si las relaciones sociales constituyen una

enfermedad, como en el caso de Gaia.

De repente, alguien la llama desde el rincón donde están los sofás.

—Perdona, voy a hablar con unas personas —dice devolviendo el saludo

y bajando de un salto del taburete.

—Ve, ve —contesto—. ¡Cumple con tu deber!

Gaia me guiña un ojo y desfila con sus leggings superceñidos. No hace

mucho descubrí, obviamente gracias a ella, que los vaqueros ceñidos,

rayanos en lo asfixiante, se llaman así. Gaia los luce a menudo, pese a que

tiene los gemelos un poco gruesos, el defecto de su cuerpo que más la

atormenta. Disfruto del espectáculo desde mi taburete: unos movimientos

de gata y una camiseta de tirantes de algodón desteñida que deja poco

espacio a la imaginación, si bien todo es mérito del push-up con relleno,

porque Gaia al natural no pasa de la setenta y cinco (aunque eso solo lo

sabemos los hombres que se han acostado con ella y yo).

Nico me pone, por fin, la Coca-Cola.

—¿Me echas un poco de hielo? —le pido.

—¿Quieres también limón, amor?

—Sí, gracias.

Después de dar el primer sorbo con la pajita oigo sonar el teléfono. Un

SMS de Filippo.

Bibi, me he retrasado.

Llego dentro de media hora.

Beso

Le respondo enseguida, con la esperanza de que no tarde mucho.

Ok, ¡te esperamos!

Cuando acabo de responder, una mano me acaricia un hombro. Me

vuelvo de golpe y veo a Leonardo Ferrante, el inquilino.

—Hola, Elena —dice—. Venecia es realmente un pañuelo…

Va descuidado, como antes; lleva la camisa por fuera de los pantalones,

que no debe de haber planchado en su vida. Con todo, parece de verdad

contento de verme.

—Hola… —Me ha pillado por sorpresa. Me acomodo mejor en la silla.

Yo no me alegro tanto de verlo. Este hombre me desconcierta. Cuando lo

tengo delante ni siquiera logro prever mis pensamientos. Y eso no es

bueno.

Toma asiento en el taburete que Gaia ha dejado libre sin esperar a que lo

invite y me escruta con sus ojos negros.

—¿Estás sola? —Me roza el brazo con una mano y, a saber por qué, el

gesto me turba.

—No, estoy con unos amigos… —contesto agitando una mano en el aire

como si pretendiese explicarle que, si bien cada uno va por su lado, todos

seguimos aquí.

Hay algo en Leonardo que me inquieta, que me llega directo a la tripa,

como un golpe seco. Me gustaría que se fuese. Aunque no lo tengo muy

claro.

Se vuelve de repente hacia un grupo de gente que se está sentando a una

mesa.

—Chicos, pedid lo que queráis —dice con aire autoritario—, enseguida

estoy con vosotros. —Después se dirige de nuevo a mí—: Es el equipo del

restaurante, mis colaboradores —me explica señalándolos.

—Ah, entonces tiene que irse… —me apresuro a responder.

—No, me alegro de haberte visto. —De manera que es oficial: pese a

que yo sigo hablándole de usted, él ha decidido por su cuenta acortar las

distancias.

—¿Por qué no me tuteas? —continúa.

Me miro las manos enfurruñada. Ni que me hubiera leído el

pensamiento.

—Sí, claro… —murmuro. Por buena educación y para superar la

vergüenza, hago un esfuerzo para entablar conversación—: Ayer salí del

palacio procurando no hacer ruido. Espero no haberte despertado. —De

inmediato me arrepiento de mis palabras. En el fondo, es él quien debe

tratar de no tocarme las narices. ¿Por qué me justifico?

—Tranquila, cuando duermo no oigo nada.

Capta la mirada del camarero, que, mientras tanto, se ha acercado a

nosotros.

—Un Martini blanco.

Nico le llena el vaso y él saca la cartera.

—Pago también el suyo —dice señalándome.

—No, no es necesario… —Intento oponerme hundiendo la mano en el

bolso. Él me lo impide. Mi muñeca parece minúscula entre sus dedos;

apenas me roza, pero lo hace resuelto. Sacude mínimamente la cabeza y yo

me rindo al instante—. De acuerdo, gracias.

Mientras bebe a sorbos su Martini observa mi vaso.

—¿Por qué no bebes alcohol?

—Soy abstemia —me justifico encogiéndome de hombros.

—Eso está muy mal. —Esboza una sonrisa un tanto falsa—. Las

personas que solo beben agua tienen algo que esconder.

—Pero yo no bebo solo agua. Esto, por ejemplo, es Coca-Cola.

Leonardo se echa a reír dejando a la vista unos dientes blancos y feroces.

Tengo la impresión de que no se ríe de mi ocurrencia, sino de mí. A

continuación da un nuevo sorbo a su vaso y adopta un aire serio.

—Te molesta mucho que viva en el palacio.

—No… —respondo sin pensar, pero dejo la frase a medias. La suya no

es una pregunta y salta a la vista que mi falsa cortesía no le interesa. Lo

intento de nuevo—: La verdad es que habría preferido seguir sola —me

arriesgo a decir—. Soy así, no puedo concentrarme con gente alrededor.

Además, los trabajos de restauración deberían hacerse en un ambiente lo

más aislado posible.

Espero que diga algo así como: «Comprendo, procuraré molestarte lo

menos posible». Pero no lo hace. Sigue escrutándome como si acabase de

comprender algo fundamental que, sin embargo, a mí se me escapa.

De repente alarga una mano hacia mí. Retrocedo instintivamente —

¿cuándo le he dado permiso para tocarme?—, pero sus dedos se hunden en

mi pelo donde las puntas rozan el cuello.

—Cuidado, se te ha caído esto.

Sujeta uno de mis pendientes entre el pulgar y el índice. Lo miro

atontada; luego lo cojo a toda prisa y me lo vuelvo a poner.

—Me ocurre a menudo, no están bien hechos —me justifico evitando su

mirada. Mi cara se tiñe de todas las tonalidades del rojo. Ahora sí que daría

lo que fuese por que se marchase.

Por suerte, uno de sus colaboradores lo llama. Leonardo le contesta con

un ademán y después se gira de nuevo hacia mí.

—Perdona, tengo que volver con ellos —me dice—. Nos vemos mañana.

—Por supuesto, hasta mañana.

Veo cómo se reúne con el grupo sentado a la mesa, y mientras verifico

que el pendiente escurridizo está en su sitio trato de sobreponerme a esta

absurda sensación de vergüenza.

Gaia reaparece poco después. Ha conseguido liberarse de los deberes que

conllevan las relaciones públicas. Se sienta de nuevo en el taburete y me

escudriña con una mirada poco menos que policiaca. Me preparo

psicológicamente para el interrogatorio.

—Ele, tesoro —ya sé adónde quiere ir a parar—, ¿quién es ese tipo?

—¿Quién?

—No disimules —me ataja—, ese con el que estabas hablando hace un

minuto.

—Es el tipo que Brandolini ha tenido la amabilidad de meterme en el

palacio. Se llama Leonardo y es chef. —Mi voz delata cierta crispación.

—Qué interesante… —Gracia lo observa a distancia—. Pero ¿cuántos

años tiene?

—¿Y yo qué sé? Solo he cruzado dos palabras con él.

—Podrías habérmelo presentado…, ¡es supersexi!

—¡Dios mío, Gaia! ¿Será posible que siempre estés de caza? —Abro los

brazos—. Además, no entiendo qué le ves, es un grosero —digo mirándolo

también.

—Se ve a la legua que no es uno del montón, es un hombre de pies a

cabeza. Hazme caso, Ele… —Gaia se muerde el labio.

Busco las palabras para contradecirla, pero no doy con ellas.

—¡Chicas! —Una voz familiar me salva de la lección de anatomía

masculina que Gaia está a punto de iniciar.

Filippo se abre paso entre la gente y nos saluda besándonos en las

mejillas.

—Perdonad, he tenido un problema en el estudio. El gilipollas de Zonta

me hace trabajar hasta en domingo. Él y sus clientes millonarios…

¿Cuánto tiempo hace que no nos veíamos, Gaia?

—Dos años, Filippo. Por favor, dime que no he envejecido, aunque no lo

pienses. —Nos echamos a reír los tres. Luego Gaia le da un spritz—. Ahora

te bebes esto y luego vamos a cenar.

—¿Habéis decidido ya dónde? —Filippo da un sorbo al spritz sin

protestar.

—¿Por qué no vamos al restaurante vegetariano del gueto? —propongo.

Por la forma en que me miran entiendo de inmediato que mi idea no ha

sido bien recibida.

—Ele —dice Gaia—, cómo te lo diría… Estamos un poco hartos de ti y

de tus manías con la carne.

—Bueno, retiro la propuesta. Eres una insensible. —Pongo expresión de

ofendida, pese a que jamás me enfado de verdad cuando es Gaia la que

hace comentarios sobre mis manías vegetarianas.

—Vamos al Mirai —tercia Filippo—, el restaurante japonés de

Cannaregio.

—¡Sí! —exclama Gaia—. Me encanta el sushi y allí lo bordan.

—Vale, así podré comer un poco de arroz y verduras.

—Entonces, ¿aceptado? —Filippo me mira como si dijese: «Espero

haber propuesto un buen acuerdo».

Le sonrío y asiento con la cabeza.

—¡Vamos!

En el Mirai la cena fue agradable. Al final la mesa era de diez, porque en el

Muro Gaia invitó a unas cuantas personas. El gesto, claro está, era

intencionado. Sí, porque una vez acabada la cena, la reina de la noche logró

arrastrar a todos al Pequeño Mundo, una de las discotecas en las que

trabaja como relaciones públicas. A todos salvo a Filippo y a mí.

Cuando rechacé la invitación, Filippo me propuso que prosiguiéramos la

velada juntos y ahora estamos caminando sin rumbo por la ciudad. Todavía

hay gente por la calle, la temperatura es bastante templada y apetece estar

fuera. Los bares se hallan abarrotados y de vez en cuando vemos a alguien

salir de uno de ellos tambaleándose. Yo también empiezo a trastabillar,