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Sin posibilidad de negociación

A Constantine Atraeus no le bastaba con tener el control de Perlas

Ambrosi si no conseguía que Sienna Ambrosi volviera a ocupar su

cama. Sin embargo, Sienna no estaba dispuesta a ceder a las simples

promesas ni a los planes de seducción de Constantine; por eso,

él tuvo que redactar un contrato legalmente vinculante: le propuso

matrimonio.

Si Sienna accedía a casarse, podría salvar la empresa familiar que

tanto significa para ella, pero le pertenecería para siempre. Se trataba

de una unión que valía muchos millones y ese era un precio que

Constantine estaba más que dispuesto a pagar. ¿Lo estaría también

Sienna?

Capítulo uno

Con una fría mirada, Constantine Atraeus observaba a las

personas que asistían al entierro de Roberto Ambrosi. Buscaba algo

incansablemente... hasta que por fin lo encontró.

Con su largo cabello rubio, ojos oscuros y elegantemente

vestida, Sienna, la hija de Roberto, destacaba entre el resto de los

asistentes al entierro como un ave exótica.

Él apretó la mandíbula al ver las lágrimas en el rostro de Sienna

y descartó la compasión que, a su pesar, se había apoderado de él.

También apartó los recuerdos. Por muy inocente que fuera el aspecto

de Sienna, no se podía permitir olvidar que su antigua prometida era

la nueva directora gerente del decadente imperio de las perlas de su

familia. Era, principal y primordialmente, una Ambrosi. Descendientes

de la que había sido una familia muy acaudalada, los Ambrosi eran

famosos por dos cosas: su radiante belleza y su capacidad para

concentrarse en lo que importaba de cada asunto.

En aquel caso, lo que importaba era el asunto que había llevado

a Constantine hasta allí.

–Dime que no te vas a encarar con ella ahora mismo.

Lucas, el hermano de Constantine, que aún sufría los efectos del

largo vuelo que lo había llevado desde Roma hasta Sídney, salió del

Audi que Constantine había utilizado para ir a recoger a sus dos

hermanos al aeropuerto.

Lucas ya llevaba dos días en Sídney por motivos de trabajo e

iba elegantemente vestido, aunque hacía ya mucho tiempo que había

desechado la americana y la corbata. Zane, que ya había salido del

coche y estaba observando a los asistentes al entierro, iba ataviado

con unos vaqueros negros y una camisa del mismo color. Las gafas

oscuras que llevaba puestas le daban un aspecto aún más distante.

Lucas era muy guapo, tanto que la prensa lo acosaba sin

piedad. Zane era en realidad hermanastro de los otros dos Atraeus.

Se había pasado un tiempo en las calles de Los Ángeles durante su

adolescencia hasta que su padre lo encontró y, en aquel momento,

tenía un aspecto sencillamente arrebatador. Aparte de su aspecto

físico, Constantine confiaba en que sus dos hermanos se comportaran

como esperaba de ellos a la hora de proteger los intereses de la

familia.

Con cierta tristeza, pensó que la atracción física que lo había

apartado de las oficinas principales del Grupo Atraeus le estaba

nublando su buen juicio.

Hacía dos años que Constantine había aprendido por fin a

separar el deseo sexual de los negocios. En aquella ocasión, si se

daba el caso de que Sienna Ambrosi terminara en su cama, sería bajo

sus condiciones y no bajo las de ella.

–No he venido aquí para poner unas flores en la tumba de

Roberto.

–Ni permitirle a ella que llore a su padre. ¿Has pensado en

dejarlo para mañana? –le preguntó Lucas mientras se ponía la

americana y cerraba de un portazo el Audi.

Constantine hizo un gesto de dolor al ver cómo trataba Lucas el

vehículo. Su hermano era más pequeño que él y no recordaba los

días de necesidad, cuando la familia Atraeus era tan pobre que ni

siquiera se podían permitir un coche. El hecho de que su padre

descubriera una rica mina de oro en la isla de Medinos, en el

Mediterráneo, no había alterado ninguno de sus recuerdos de la

infancia. Jamás se olvidaría de lo que se sentía cuando no se tenía

nada.

–En lo que se refiere a la familia Ambrosi, mañana es

demasiado tarde –replicó él. Entonces, miró con resignación a los

reporteros, que se arremolinaban en torno a los invitados como si

fueran buitres a punto de darse un festín–. Además, parece que la

noticia ya se ha filtrado. A pesar de que no sea el momento adecuado,

necesito respuestas.

Y recuperar el dinero que Roberto Ambrosi le había arrebatado

mediante engaños a su padre moribundo mientras que Constantine

estaba fuera.

Dejaría al descubierto el engaño que había descubierto hacía

poco más de una semana. Después de que no contestaran sus

llamadas telefónicas durante muchos días y de pasar horas frente a la

residencia de la familia Ambrosi, que parecía haber estado vacía,

había perdido por completo la paciencia y el deseo de dar por

terminado aquel asunto discretamente.

Lucas comenzó a caminar junto a su hermano. Constantine se

dio cuenta de que la atención de Lucas se centraba en Carla, la más

pequeña de las hijas de Ambrosi.

–¿Estás seguro de que Sienna estaba implicada?

Constantine no se molestó en ocultar su incredulidad. ¿Qué

posibilidades había de que la mujer que había accedido a casarse con

él hacía dos años sabiendo que su padre estaba rematando los flecos

de un acuerdo secreto con el de él no hubiera conocido el último

engaño de Roberto?

–Claro que lo está.

–Ya sabes cómo era Roberto...

–Más que dispuesto a aprovecharse de un hombre moribundo.

Constantine estableció un breve contacto visual con los dos

guardaespaldas que los habían acompañado en otro vehículo. No

deseaba tener escoltas, pero ser director gerente de una empresa

multimillonaria suponía que tenía que enfrentarse con más amenazas

de las que le gustaría.

Mientras se acercaban, se dio cuenta de la ausencia de los

miembros masculinos de la familia y de los guardaespaldas. La rica y

poderosa familia Ambrosi, para la que su abuelo había trabajado de

jardinero, estaba formada ahora tan solo de Margaret, la viuda de

Roberto; Sienna y Carla, las dos hijas; y una serie de ancianas tías y

de primas lejanas.

Cuando se detuvo junto a la tumba, las nubes que habían

estado tapando el sol se apartaron. La oscura mirada de Sienna se

cruzó con la de él. En aquel instante, algo parecido a la alegría

pareció surgir, como si ella se hubiera olvidado de que dos años atrás,

cuando había tenido que elegir entre él o el dinero, se había inclinado

por el vil metal.

Durante un largo instante, Constantine tuvo la extraña sensación

de haber vivido ya aquel momento, una poderosa unión que estaba

seguro de que jamás volvería a sentir.

Experimentó una sensación en el pecho, un pulso errante de

emoción y, en vez de apartar la mirada, se permitió verse atrapado,

enredado...

Un segundo más tarde, el viento alborotó las hojas que habían

caído al suelo. En el poco tiempo que Sienna tardó en colocarse el

cabello detrás de una oreja, la ensoñación que se había apoderado de

él y lo había engañado tan completamente dos años atrás

desapareció por completo y se vio reemplazada por una total

incredulidad.

Evidentemente, a pesar de todo lo ocurrido había estado a punto

de perderse de nuevo. La ira se vio reemplazada muy pronto por el

alivio. Había estado a punto de caer de nuevo entre sus redes.

Apartó la mirada de ella y centró su atención en la tumba, que

en aquellos momentos se encontraba cubierta por hermosas coronas

de flores. Aquello reafirmó sus propósitos y le recordó lo que había ido

a hacer allí.

Roberto Ambrosi había sido un mentiroso, un ladrón y un

estafador, pero Constantine le daría su merecido. Él había sabido muy

bien cuándo era el momento de escapar.

Sienna, por el contrario, no tenía posibilidad ninguna de hacerlo.

El corazón de Sienna comenzó a latir con fuerza cuando

Constantine cerró la distancia que los separaba. Durante unos

instantes, exhausta por la tristeza y agotada por la lucha que le había

supuesto sentirse aliviada por no tener que enfrentarse ya a la

adicción al juego de su padre, se había olvidado de que estaba en el

cementerio.

Se había preparado para pensar siempre en positivo pero

aquella ensoñación había sido demasiado. Una reinvención del

pasado, donde el amor era lo primero en vez de ser uno más en la

larga y compleja lista de bienes y agendas. Entonces, se había dado

la vuelta y, durante un instante, el pasado, que aún le había parecido

que le pertenecía y que tanto había deseado que siguiera

acompañándola, había vuelto a cobrar vida: Constantine.

La realidad de sus poderosos y masculinos rasgos, del cabello

negro, los anchos hombros y del aroma que siempre le aceleraba los

latidos del corazón la había devuelto al presente de un plumazo.

–¿Qué estás haciendo aquí? –le preguntó ella secamente.

Desde lo ocurrido hacía dos años, los Ambrosi y los Atraeus habían

mantenido una gélida distancia. Constantine era la última persona que

esperaba ver en el entierro de su padre y, además, la menos

bienvenida.

Constantine le agarró la mano. Aquel cálido contacto le provocó

un vibrante hormigueo por todo el cuerpo. Respiró profundamente y

notó el aroma de la colonia que, segundos atrás, la había transportado

hasta el pasado. En aquella ocasión, le provocó un nudo en el

estómago.

Sin duda alguna, Constantine seguía siendo un hombre guapo e

impresionante. La había fascinado hasta el punto de que ella había

sido capaz de romper la norma que regía su vida. Había dejado de

pensar para sentir. Grave error.

Constantine había estado muy por encima de ella. No había más

que decir. Era demasiado rico, demasiado poderoso, y estaba

demasiado centrado en proteger el imperio empresarial de su familia.

Con amargura, se dio cuenta de que la prensa sensacionalista

había estado en lo cierto. Cruel en los negocios, lo mismo en la cama.

El director gerente del Grupo Atraeus era un buen partido, pero no se

podía esperar llegar al altar con él.

Constantine se inclinó hacia delante, lo suficiente para que el

rostro perfectamente afeitado estuviera a punto de rozar la mejilla de

Sienna. Durante un instante, ella pensó que Constantine iba a besarla

pero cuando vio la expresión distante de su rostro borró por completo

aquel pensamiento.

–Tenemos que hablar –le dijo él con voz profunda y seca–. Te

espero dentro de cinco minutos en el aparcamiento.

Sienna le soltó la mano y dio un paso atrás. ¿Reunirse con el

hombre que le había pedido en matrimonio para, a la semana

siguiente, descartarla porque creía que ella tan solo era una

cazafortunas? Eso sería cuando se helaran las llamas del infierno.

–No tenemos nada de lo que hablar.

–Cinco minutos. Asegúrate de estar allí.

Con un nudo en el estómago, Sienna observó cómo se alejaba

entre las tumbas. Se percató también de la presencia de Lucas y

Zane, los hermanos de Constantine. Los dos guardaespaldas

mantenía a los periodistas y a los curiosos a raya.

Notó que alguien le tocaba en el brazo. Era su hermana Carla.

Con gran fuerza de voluntad, Sienna se sacudió la sorpresa que le

había producido la presencia de Constantine y su propia reacción. La

repentina muerte de su padre y la delicada situación financiera

subsiguiente había consumido cada instante de su vida desde hacía

unos días. A pesar de eso, tan solo le había hecho falta una mirada de

Constantine para olvidarse de dónde estaba y por qué.

Carla frunció el ceño.

–Estás muy pálida. ¿Te encuentras bien?

–Sí.

Desesperada por recuperar el equilibrio, Sienna metió la mano

en el bolso y sacó la polvera para mirarse en el espejo. Después de

las lágrimas y del húmedo calor, el ligero maquillaje que se había

aplicado aquella mañana había desaparecido. Tenía el cabello

revuelto y los ojos enrojecidos, exactamente lo contrario de su habitual

fachada fría y sofisticada.

Carla, que tenía un aspecto más mediterráneo que ella con su

brillante cabello negro y unos maravillosos ojos azules, observaba a

los hermanos Atraeus con una extraña expresión en el rostro.

–¿Qué están haciendo aquí? Por favor, no me irás a decir que

has vuelto a salir con Constantine.

Sienna cerró la polvera y volvió a meterla en el bolso.

–No te preocupes. No estoy loca.

–Entonces, ¿qué quería?

Por el bien de su familia y de su empresa, tenía que mantenerse

controlada, fría, a pesar de lo preocupada que se sentía.

–Nada.

Recordó lo que le había dicho Constantine y su cerebro se puso

en funcionamiento. Tenía que pensar y hacerlo rápidamente.

Durante los últimos tres días, se había pasado largas horas

revisando los papeles y la contabilidad de su padre. Había descubierto

varios depósitos muy grandes que no podía relacionar con la

empresa. El dinero llevaba entrando un periodo de dos meses.

Cantidades muy grandes. El dinero se había utilizado para engordar

las flacas finanzas de Perlas Ambrosi y cubrir las recurrentes deudas

de juego de su padre, pero desconocía la fuente de aquellos ingresos.

Al principio, pensó que tenían que ser ganancias, pero la similitud de

las cantidades la había confundido. Roberto Ambrosi había ganado

grandes sumas de dinero en el pasado, pero las cantidades habían

diferido mucho.

Y Constantine quería una conversación.

Desesperada por negar la conclusión a la que estaba llegando y

para distraer a Carla, que aún seguía mirando a los hermanos

Atraeus, miró a su alrededor para buscar a su madre.

–Mamá necesita ayuda.

Carla también había visto al periodista que estaba charlando con

Margaret Ambrosi. La viuda estaba agotada y aún algo aturdida por

los sedantes que el médico le había prescrito para poder dormir.

–Voy a por ella. Además, ya va siendo hora de que nos

marchemos. Se suponía que teníamos que estar en la casa de la tía

Via para comer hace diez minutos.

Sienna había decidido que un almuerzo privado para la familia

en el apartamento de su tía Octavia, la hermana de su padre, era

mejor que una recepción más formal, algo que ella consideraba un lujo

innecesario.

Los cuatro días que habían pasado desde que su padre murió

de un ataque al corazón habían sido una montaña rusa, pero eso no

cambiaba la realidad. Los días de gloria de Perlas Ambrosi, cuando su

abuelo trasladó la empresa de la zona catastrófica en la que Medinos

se había convertido durante la Segunda Guerra Mundial a Sídney,

habían pasado a la historia hacía mucho tiempo. Sienna tenía que

apoyar el negocio dando la impresión de riqueza y estabilidad a pesar

de que estaban operando con un presupuesto muy apretado. Por

suerte, su padre había tenido una pequeña póliza de seguros que

había resultado suficiente para cubrir los gastos básicos del entierro, y

ella tenía la excusa de la mala salud de su madre para evitar tener

que socializar con los asistentes al entierro.

–Dile a Via que no voy a poder llegar a almorzar. Te veré en

casa más tarde.

Constantine miró pensativo el cielo mientras abría el Audi y se

acomodaba en él para esperar a Sienna. Desde el asiento trasero,

Zane miraba con desaprobación a los periodistas, que estaban

tratando de esquivar a los guardaespaldas de Constantine para poder

hablar con él.

–Veo que le sigues gustando.

Constantine ahogó su irritación. Zane, que tenía veinticuatro

años, era más joven que él. Algunas veces, parecían llevarse mucho

más de seis años.

–Son negocios.

Lucas tomó asiento junto a él.

–¿Tuviste oportunidad de hablar del préstamo con Roberto?

Constantine se aflojó la corbata.

–¿Por qué crees que le dio un ataque al corazón?

Aparentemente, Roberto había tenido problemas de corazón. En

vez de presentarse en la casa de Constantine, como habían quedado

para la reunión que él mismo había pedido, se había sentado en una

mesa de blackjack. Al ver que Roberto no se presentaba, Constantine

había realizado algunas llamadas y había descubierto que Roberto se

había ido directamente al casino, aparentemente con un deseo febril

por ganar el dinero que necesitaba.

Constantine había enviado a Tomas, su asistente personal, para

recoger a Ambrosi. Al llegar, Tomas había descubierto que, segundos

después de ganar una suma considerable, Roberto se había

empezado a sentir indispuesto. Tomas llamó a una ambulancia, pero,

instantes después, Roberto se agarró el pecho y cayó fulminado.

El propio Constantine estuvo a punto de tener un ataque al

corazón cuando se enteró. Al contrario de los rumores que lo

tachaban de cruel e insensible, él se había mostrado dispuesto a

hablar con Roberto, aunque aquello no solo tenía que ver con él.

Tenía que considerar su negocio y su familia y Roberto Ambrosi había

engañado a su padre.

–¿Sabe Sienna que tú te ibas a reunir con su padre? –le

preguntó Lucas.

–Todavía no.

–Pero lo sabrá.

–Sí.

Constantine se quitó la corbata porque, de repente, le parecía la

soga de un ahorcado, y se desabrochó dos botones de la camisa.

Quería atraer la atención de Sienna. Por eso se ocupaba él del

problema personalmente. Después de ser prácticamente el

responsable de la muerte de su padre, estaba completamente seguro

de que ya la tenía.

***

Los truenos rugían en el cielo mientras Sienna se dirigía hacia

su coche con la intención de tomar el paraguas que tenía en el asiento

trasero. Mientras atravesaba el aparcamiento, se abrió la puerta

corredera de una furgoneta y salió un periodista justo delante de ella

con una cámara entre las manos. Automáticamente, ella levantó un

brazo para ocultarse del flash.

Un segundo periodista se unió al primero. Sienna se dio la vuelta

y cambió de dirección. Justo en ese instante, se dio cuenta de que

otra furgoneta acababa de entrar en el aparcamiento. Aquellos no

formaban parte del grupo de periodistas respetuosos que habían

estado presentes en el entierro. Aquellos habían acudido con toda

seguridad atraídos por la presencia de Constantine y con la esperanza

de reinventar un viejo escándalo.

¿Cómo se había atrevido Constantine a presentarse en el

entierro? ¿Acaso había planeado exponerlos a todos a un nuevo circo

mediático?

Un nuevo trueno restalló en el cielo y la lluvia comenzó a caer

con fuerza. Agarró bien el bolso y apretó el paso y, al rodear un seto,

echó a correr. Un segundo más tarde, se chocó contra la sólida

barrera de un torso masculino: Constantine.

Él le indicó con la cabeza un roble.

–Por aquí. Hay más periodistas al otro lado del aparcamiento.

Le colocó la mano en la espalda. Sienna reprimió un temblor al

sentir el calor que emanaba de la palma de la mano. Sintió que el

corazón le daba un vuelco. Sabía que Constantine la había seguido

con la intención de protegerla.

–Gracias.

Constantine la animó a refugiarse bajo el árbol. Las espesas

ramas les protegían de la lluvia, pero no podían evitar que algunas

gotas cayeran, mojándole aún más el cabello y los hombros del

vestido.

Sacó un pañuelo del bolso y se secó un poco el rostro.

Afortunadamente, al cabo de pocos minutos la lluvia comenzó a

escampar y el sol volvió a salir, iluminando el aparcamiento y el

cementerio a través de los árboles. De repente, los ojos volvieron a

llenársele de lágrimas y estas volvieron a caerle por el rostro. Trató de

enjugárselas con el pañuelo.

Constantine le ofreció un enorme pañuelo blanco. Ella se secó

las lágrimas y ahogó con él sus sollozos. Un instante más tarde, se

encontró rodeada por los brazos de Constantine y apretada contra su

pecho. Tras un instante de tensión, ella se relajó y aceptó el consuelo.

No obstante, parecía que, después de empezar a llorar, le resultaba

imposible parar. Poco a poco, empezó a llorar más tranquilamente.

Dejó que él le masajeara la espalda. El dolor la había dejado tan

agotada, que, simplemente, se dejó consolar y tranquilizar.

–Tenemos que marcharnos –le dijo Constantine–. Aquí no

podemos hablar.

Ella se movió ligeramente y se dio cuenta de que Constantine

tenía una erección. Los recuerdos se apoderaron de ella, unos muy

sensuales y otros dolorosos y humillantes.

Se apartó de él con tanto ímpetu que el bolso se le cayó al

suelo. Se inclinó para recogerlo.

Si Constantine quería hablar con ella, tendría que ser otro día.

No iba a quedarse allí para sufrir la misma humillación en los medios

que había padecido dos años atrás.

–Maldita sea, Sienna.

¿Le pareció notar amabilidad en su voz?

Había vuelto a empezar a llover. Ya no le importó, porque

estaba completamente mojada. El cabello húmedo se le pegaba al

rostro y parecía que el vestido se le había pegado al cuerpo.

El aspecto de Constantine no era mucho mejor. Tenía la ropa

pegada al cuerpo y, a través de la camisa blanca, se adivinaba el color

bronce de su piel.

Sienna apartó la mirada de una visión tan turbadora.

–Lo siento...

–Ya hablaremos en otro momento. Como ves, estoy empapada.

Con eso, se dio la vuelta y buscó una salida que no tuviera

periodistas con micrófonos o con cámaras. Sin embargo, Constante le

rodeó la cintura con un brazo y la estrechó de nuevo contra su cuerpo.

–Llevo llamándote cuatro días sin que te hayas dignado a

contestarme –le gruñó al oído, provocándole a Sienna un escalofrío

por la espalda–. Si crees que voy a seguir esperando, estás muy

equivocada.

Capítulo dos

Enfurecida por la intimidad de aquel abrazo y las sensaciones no

deseadas que estaba experimentando, Sienna agarró los dedos de

Constantine para tratar de soltarse.

–Déjame ir.

–No.

De soslayo, captó movimiento a su alrededor y oyó que se

cerraba la puerta de un coche.

Constantine murmuró algo en voz baja. Después de que lo peor

de la tormenta hubiera pasado, los periodistas parecían estar saliendo

de nuevo de sus coches. La hizo girar entre sus brazos.

–¿Qué es lo que hice yo para hacerte daño, Constantine? –

replicó ella. Le colocó las manos en el pecho y empujó.

Él murmuró una frase en medinio.

–Estate quieta...

El idioma de Medinos, un dialecto italiano con influencias griegas

y árabes, tuvo un devastador efecto sobre ella. Maldita sea... ¿Por qué

tenía que gustarle tanto? Sin que pudiera evitarlo, una parte de su ser

se sentía excitada por aquella situación. Trató por todos los medios de

mantener la distancia que había entre ellos, pero que, de todos

modos, no parecía bastar dada la explosiva reacción que había

sentido.

Tal vez, la prensa consideraría aquello una muestra de consuelo

por parte de Constantine en vez de un encuentro amoroso muy poco

digno.

–¿Quién ha llamado a la prensa? –le espetó ella–. ¿Tú?

Él lanzó una carcajada.

Cara, yo pago a la gente para que los aleje de mí.

–No me llames....

–¿Qué? ¿Cariño? ¿Nena? ¿Cielo?

Constantine le agarró la mandíbula con los largos dedos. Se

inclinó lo suficientemente cerca como para que cualquiera que los

estuviera observando pensara que el abrazo era íntimo, que él estaba

a punto de besarla.

Una sensación agridulce se apoderó de ella. Recordó la primera

vez que se vieron, hacía ya dos años.

Al igual que en esta ocasión, se trataba de un día oscuro y

lluvioso. Sienna salió de un taxi para dirigirse hacia la entrada de un

restaurante con la visión restringida por el paraguas cuando los dos se

chocaron. Ella había terminado sobre la acera mojada. Como llevaba

también un vestido negro, aunque más estrecho y más corto, la

pequeña abertura lateral se había desgarrado un poco más. Además,

había perdido el paraguas y un zapato.

Constantine se había disculpado y le había preguntado si se

encontraba bien. Su voz era profunda y sensual. Además, se había

arrodillado junto a ella para volver a ponerle el zapato, por lo que

Sienna tuvo, por un instante, la sensación de que se encontraba en su

cuento de hadas favorito. De hecho, cuando él se marchó, a ella le

pareció que el corazón se le había roto.

La presión de las manos de Constantine en los brazos la

devolvió al presente. Al ver el gesto que él tenía en el rostro, se dio

cuenta de que estaba tan turbado como ella.

–Ya basta... –gruñó él.

Constantine se apartó de ella para borrar el deseo que, a pesar

de todos sus esfuerzos, jamás había sido capaz de erradicar.

–Llevas puesto el mismo vestido...

–No.

–Pues el tacto es idéntico.

–Quítame las manos de encima y así no tendrás que sentir

nada.

La voz de Sienna sonaba fría y cortante, pero el hecho de que

ella fuera incapaz de mirarlo a los ojos le contaba una historia muy

diferente. Debería dejarla marchar. Evidentemente, estaba muy

afectada.

Hacía dos años, Sienna lo había engañado amargamente. En

aquellos momentos, tocarla debería ser algo repugnante para él. Sin

embargo, se veía atrapado por el desafío de aquellos ojos oscuros.

–No hasta que tenga lo que he venido a buscar.

Sienna pareció tan preocupada que Constantine no dudó ni por

un instante que ella pudiera haber tenido algo que ver con el

comportamiento de su padre. Estaba metida en el asunto hasta su

elegante cuello. La confirmación le resultó inesperadamente

deprimente.

Ella se sonrojó.

–Si lo que quieres es discutir, tendrás que esperar. Por si no te

has dado cuenta, los dos estamos empapados y acabo de enterrar a

mi padre.

Constantine le agarró los brazos con un poco más de fuerza.

Sienna miró por encima del hombro.

–Tranquilízate –dijo él mientras observaba a los periodistas que

se estaban acercando a ellos–. A menos que quieras salir en las

noticias, quédate conmigo y guarda silencio. Hablaré yo.

De repente, los dos guardaespaldas de Constantine se

materializaron a su lado y se dirigieron hacia los periodistas.

En ese momento, comenzaron las preguntas.

–Señorita Ambrosi, ¿es cierto que Perlas Ambrosi está a punto

de declararse en quiebra?

–¿Tiene que decir algo sobre el hecho de que, presuntamente,

su padre robó dinero mediante engaños a Lorenzo Atraeus?

Se

dispararon

varios

flashes

y

cegaron

a

Sienna

momentáneamente. Una atractiva pelirroja se coló por debajo de uno

de los brazos de los guardaespaldas y le colocó un micrófono en el

rostro. Sienna reconoció a la reportera.

–Señorita Ambrosi, ¿nos puede decir si se han presentado

cargos?

–¿Cargos? –repitió Sienna sin comprender.

–A menos que quieran una demanda por difamación –intervino

Constantine–, les sugiero que retiren esas preguntas. Para que

conste, Perlas Ambrosi y el Grupo Atraeus están negociando un

acuerdo comercial. La muerte de Roberto Ambrosi ha complicado las

negociaciones. Eso es lo único que estoy dispuesto a decir.

–Constantine, ¿tiene esto que ver con los negocios? –le

preguntó la pelirroja–. ¿Podría ser que, si se estuviera preparando una

fusión, fuera esta por medio de una boda?

Constantine empujó a Sienna hacia un elegante Audi negro que

se había detenido a pocos metros de ellos.

–No vamos a hacer más comentarios.

Lucas salió por la puerta del conductor y le arrojó las llaves.

Constantine las recogió y abrió la puerta del copiloto. Cuando Sienna

se dio cuenta de que Constantine quería que se metiera en el coche

con él, se tensó.

–Puedes venir conmigo o quedarte –le susurró él–. Tú eliges.

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

–Iré contigo.

Se vio en el interior del lujoso Audi. Los cristales tintados

bloqueaban lo que ocurría en el exterior. Constantine arrancó

rápidamente.

–Ahora que estamos solos, ¿me podrías decir a qué ha venido

todo eso? ¿Cargos? ¿Engaños? ¿Y eso de que estamos negociando

un acuerdo?

Sienna era la consejera legal de Perlas Ambrosi. Su padre no le

había vuelto a hablar sobre el Grupo Atraeus desde hacía más de dos

años. Después de que fracasara el préstamo que Roberto quería

conseguir y el compromiso de Siena, el tema había sido tabú para

ellos.

–Hay un problema, pero no estoy dispuesto a hablar del tema

mientras voy conduciendo.

–Si no quieres hablar de ello, al menos dime por qué, si Perlas

Ambrosi ha hecho algo supuestamente tan malo, estás dispuesto a

ayudarme en vez de arrojarme a las garras de las hienas de la prensa.

–¿Del mismo modo que te traté hace dos años?

–Sí.

–Porque acabas de perder a tu padre.

–No te creo. Hay algo más...

Durante la breve conversación en la que Constantine rompió su

compromiso, Sienna había tratado de hacerle comprender las

complicaciones de las crecientes deudas de juego de su padre y de la

lucha que ella tenía para mantener a su padre y a la empresa familiar

a flote. Que, en los estresantes días antes de que Constantine

descubriera el trato, la lógica de que su padre le pidiera ayuda a

Lorenzo Atraeus le había parecido perfectamente viable.

No le había servido de nada.

–Como has oído de boca de los periodistas, ciertamente hay

algo más. Si recuerdas bien, esa fue la razón de que terminara

nuestro compromiso.

–Mi padre le propuso al tuyo un acuerdo que él también quería.

–Reestablecer una fábrica de perlas en Medinos era una

proposición basada en el oportunismo y en la nostalgia, no en los

beneficios. Ni tenía sentido entonces ni lo tiene ahora. El Grupo

Atraeus tiene negocios más lucrativos que restaurar la industria de las

perlas cultivadas en Medinos.

–Negocios que no requieren ni historia ni sentimiento, como

extraer oro y construir hoteles de lujo.

–No recuerdo que te molestara nunca el concepto de ganar

dinero –replicó él mirándola fijamente–. Hace dos años, el dinero era

antes que el sentimiento.

Sienna se sonrojó.

–Me niego a disculparme por un acuerdo comercial que yo no

instigué. Mi único pecado fue no tener el valor de contarte lo de ese

trato.

Se puso a mirar por la ventana mientras Constantine entraba en

el aparcamiento de un centro comercial. Era demasiado tarde para

admitir que se había temido que la adicción de su padre al juego y los

problemas económicos de su familia le harían daño a su compromiso.

El tiempo demostró que tenía razón. Constantine se mostró

convencido de que ella lo había traicionado y de que su único interés

por él había sido siempre monetario.

–Me disculpé contigo por no habértelo contado, pero,

francamente, di por sentado que eso era algo de lo que se ocuparía tu

padre.

Constantine aparcó el Audi y se quitó el cinturón de seguridad.

Se giró en su asiento y apoyó un brazo en el respaldo del de ella

–¿Incluso sabiendo que la falta de transparencia de mi padre

indicaba que me lo estaba ocultando?

Justo en aquel momento, el coche de Sienna apareció en el

espacio de al lado, conducido por el guardaespaldas. Sienna se quitó

también el cinturón y agarró su bolso.

–No sabía que tú estabas tan en contra de la idea de restablecer

una fábrica de perlas en Medinos.

–Igual que yo no pude comprender por qué tú no comentaste

nada del acuerdo, que se redactó justamente el día después del

anuncio de nuestro compromiso.

Sienna lo miró.

–¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Yo no tuve nada que ver

con el préstamo. Piénsalo, Constantine. Si yo era tan egoísta y

maquiavélica, debería haber esperado hasta que nos hubiéramos

casado.

Un intenso silencio paralizó el interior del coche. Sienna no

podía respirar. Como pudo, abrió la puerta del coche para salir, pero

Constantine se inclinó sobre ella y la cerró antes de que ella pudiera

hacerlo. De inmediato, se vio atrapado entre el deseo de protegerla y

el deseo de poseerla para hacerle el amor hasta que se rindiera por

completo a él.

–Eso sí que es interesante. Di por sentado de que la razón por la

que guardaste silencio sobre el préstamo era porque tu padre

necesitaba el dinero desesperadamente y no podía esperar.

Ella palideció inmediatamente. Constantine supo en aquel

instante que había ido demasiado lejos. Entonces, el color volvió a

teñirle las mejillas a Sienna y el aura de fragilidad se evaporó

inmediatamente.

–Tal vez simplemente estaba obedeciendo órdenes.

Constantine la miró fijamente.

–No –afirmó él.

Sienna había sido la mano derecha de Roberto durante los

últimos cuatro años. Había dirigido el negocio familiar con consumada

habilidad y ambición mientras su padre se jugaba los beneficios en el

casino. La última vez que ella había aceptado una orden de Roberto,

había sido en la cuna. La única debilidad que ella tenía era que

necesitaba dinero.

El dinero de Constantine.

Y seguía necesitándolo.

Respiró profundamente. Constantine sintió que los pechos de

ella le rozaban el brazo y que el aliento le acariciaba suavemente la

mandíbula. El aroma ligero y evocador que se desprendía de su piel lo

torturaba mientras los recuerdos lo atenazaban.

Alguien llamó a la ventana del copiloto; la tensión se rompió. Era

uno de los guardaespaldas.

Constantine vio cómo Sienna salía del coche. Él mismo

descendió del Audi y le dio instrucciones al guardaespaldas. Llevaba

cuatro días con escolta permanente, pero, durante la próxima hora,

requería absoluta intimidad.

Se quitó la chaqueta mojada y la arrojó al asiento trasero.

Entonces, frunció el ceño al ver que Lucas estaba hablando con

Sienna. Por la brevedad del intercambio, él supo que su hermano

simplemente le había dado el pésame. Sin embargo, la sonrisa de

Sienna evocó en él una turbadora respuesta. Sabía muy bien el éxito

que su hermano tenía entre las mujeres y eso le molestaba.

Se acercó a Sienna justo cuando ella sacaba el móvil del bolso

para contestar una llamada. Lucas le saludó con un breve movimiento

de cabeza.

–¿Estás seguro de que sabes lo que estás haciendo? –le

preguntó.

–Por supuesto –respondió Constantine.

–En el cementerio, no parecía que estuvierais hablando de

negocios.

–Mientras tú te acuerdes de que Sienna Ambrosi es asunto

mío...

Lucas frunció el ceño.

–Mensaje recibido.

Constantine observó cómo su hermano se metía en el asiento

del copiloto del coche y levantó una mano para despedirse. Tal vez no

habría sido necesario advertir a Lucas, pero el impulso para hacerlo

había sido completamente primitivo. En ese momento, había

reconocido un hecho evidente: durante el futuro más cercano, hasta

que hubiese conseguido olvidarse de ella, Sienna Ambrosi era suya.

Mientras esperaba que Sienna terminara su llamada, repasó

todo lo ocurrido en la última hora. La tensión se había apoderado de él

desde el momento en el que había visto a Sienna en el entierro.

Se puso unas gafas oscuras y se cruzó de brazos mientras

observaba el perfil de Sienna. La combinación de cremosa y delicada

piel, ojos oscuros y sugerente boca era irresistible.

Un detective privado, a quien él había encargado que investigara

Perlas Ambrosi, le había entregado un informe: había descubierto que

Sienna se había visto en al menos tres ocasiones con Alex

Panopoulos, un rico comerciante.

Aún recordaba el momento de desorientación, de furia, que

había experimentado al pensar que Panopoulos podía ser el amante

de Sienna.

Muy pronto había descartado esa posibilidad.

Según el detective privado, Panopoulos trataba de seducirla

activamente, pero también lo intentaba con Carla. Aún no había

conseguido cazar a ninguna de las hermanas Ambrosi.

Sienna terminó su conversación con Carla y vio la impaciencia

que Constantine mostraba.

–¿Dónde hablamos? –le preguntó él sin preámbulos–. ¿En tu

casa o en la mía?

Sienna se metió el teléfono en el bolso sin poder ocultar las

pocas ganas que tenía de ir al apartamento de Constantine. De igual

modo, pensar que él podría estar en el santuario de su pequeño

apartamento le resultaba igualmente inaceptable.

–Ahora vivo en una casa en la costa.

Constantine abrió la puerta del pequeño descapotable de

Sienna. Ella se sentía muy nerviosa, pero tomó asiento tras el volante

sin mirarlo a los ojos.

–Carla se ha llevado a mi madre a almorzar a casa de mi tía Via,

por lo que estarán ocupadas durante las próximas dos horas. Puedo

reunirme contigo en la casa de la playa de mis padres en Pier Point.

Me he estado alojando allí desde que mi padre murió.

Constantine le cerró la puerta y se apoyó sobre el coche

mirándola a los ojos.

–Eso explica por qué no has estado en tu apartamento, aunque

no por qué no me has devuelto las llamadas en tu despacho.

–Si tantas ganas tenías de hablar conmigo, deberías haber

llamado a mi madre.

–Lo hice en dos ocasiones –replicó–. En ambas hablé con Carla.

Sienna se sonrojó. Después de que rompiera con Constantine,

su hermana se había mostrado muy protectora con ella. Carla jamás

hubiera permitido que hablara con ella.

–Lo siento –repuso ella–. La casa de la playa está lo

suficientemente lejos como para que no nos acose la prensa. Si esta

conversación va a tomar la dirección que creo, es mejor que nos

reunamos allí.

–¿Qué dirección exactamente crees que va a tomar esta

conversación? –le preguntó él secamente.

–¿Una conversación con Constantine Atraeus? –preguntó ella

con una tensa sonrisa en los labios–. Veamos... Tengo dos opciones,

sexo o dinero. Dado que no puede ser el sexo, voto por el dinero.

Capítulo tres

Mientras conducía hacia Pier Point seguida de Constantine, era

muy consciente de su fuerza sexual. Sabía que él la deseaba y no

había mostrado reparo alguno a la hora de hacérselo saber.

El hecho de que Constantine la deseara no significaba nada más

que era un hombre sano y sexualmente activo. En los últimos dos

años, se le había relacionado con varias mujeres hermosas y

acaudaladas, todas con grandes posibilidades de convertirse en su

esposa.

Tras comprobar que él la seguía, tomó el mando para abrir la

verja de entrada a la casa y, tras aparcar, agarró el bolso y salió del

coche. Entonces, atravesó el patio delantero de la casa. Constantine

también descendió de su vehículo. Sienna se dio cuenta de que se

había remangado y que mostraba unos antebrazos fuertes y

bronceados. Abrió la puerta de la casa y dejó que él la alcanzara. Con

perfectos modales de caballero, Constantine le cedió el paso.

–¿Qué ha pasado con los muebles? –preguntó él al entrar.

Sienna examinó las paredes, de las que había colgado en el

pasado una valiosa colección de pinturas.

–Todo vendido, junto con las pinturas que mi abuelo coleccionó.

Fueron subastadas –admitió–, junto con todas las joyas que mi madre,

Carla y yo teníamos. Incluso las perlas. ¿No te parece un chiste malo?

Tenemos un negocio de perlas, pero no nos podemos permitir

nuestros propios productos.

Abrió unas imponentes puertas, que daban al despacho de su

padre, y se hizo a un lado para que Constantine entrara también. Allí

solo había un escritorio y un par de sillas.

Él observó las estanterías vacías y las marcas sobre la pared

que indicaban que había habido colgados allí unos cuadros. Tampoco

se le pasó por alto el gancho del que había colgado una maravillosa

araña de cristal.

–¿Qué fue lo que tu padre no tuvo que vender para pagar sus

deudas de juego?

–Bueno, aún tenemos la casa y el negocio. No es mucho, pero

se trata de un comienzo. Ambrosi tiene más de cien empleados,

algunos llevan décadas trabajando para nosotros. Espera aquí –dijo–.

Voy a por unas toallas.

Sienna agradeció poder tener un respiro y subió las escaleras

para dirigirse a su habitación. Se quitó los empapados zapatos, se

puso unos secos y luego se miró en el espejo. Se quedó atónita al ver

que el brillo que tenía en los ojos y el suave rubor de las mejillas. Esa

imagen, junto con la del vestido arrugado y el cabello revuelto le

daban un aspecto turbador y sensual.

Después, se dirigió al cuarto de baño y se secó el cabello con

una toalla, se lo peinó y decidió no molestarse en cambiarse de

vestido dado que, de todos modos, estaba casi seco. No debería

importarle si Constantine pensaba que era atractiva o no y, si así

fuera, debería olvidarse del tema. Cuanto antes terminara con aquella

conversación y él se marchara de su casa, mejor.

Sacó una toalla limpia y regresó al despacho.

Constantine se dio la vuelta. Estaba junto a la ventana,

contemplando una maravillosa vista del océano Pacífico. Cuando la

miró, lo hizo directamente a los ojos. Sienna sintió que se le detenía el

corazón y le entregó la toalla, con cuidado de no dejar que se rozaran

sus dedos. Entonces, le indicó la vista.

–Una de las pocas cosas que aún no hemos tenido que vender,

pero tan solo porque mi madre vendió la casa de la ciudad esta misma

semana. Desgraciadamente, esta casa está hipotecada.

Constantine se secó el cabello con la toalla antes de dejarla

sobre el respaldo de una silla.

–No sabía que las cosas estaban tan mal.

–¿Y por qué ibas a saberlo? Perlas Ambrosi no tiene nada que

ver con Medinos o con el Grupo Atraeus –dijo mientras le indicaba a

Constantine que tomara asiento y rodeaba el escritorio de su padre

para sentarse al otro lado, tomando así el papel de directora gerente

de Perlas Ambrosi–. No hay muchas personas que conozcan el

estado financiero en el que se encuentra esta empresa y te

agradecería mucho que no se lo dijeras a nadie. Con los periódicos

especulando ya sobre pérdidas, me está costando mucho convencer a

algunos de nuestros clientes de que Ambrosi es una empresa sólida.

Constantine hizo caso omiso a la silla y se colocó directamente

frente a ella, con los brazos cruzados sobre el torso, neutralizando así

toda intención de Sienna por dominar la situación. Ella apartó la

mirada de la húmeda tela y del poder tan masculino que lo envolvía.

–Debe de haber sido muy difícil tratar de dirigir un negocio con

un jugador empedernido al mando.

–Creo que no podrías entenderlo. ¿Le gustaba apostar a tu

padre?

–Solo del mejor modo posible.

–Por supuesto –dijo ella. Lorenzo había sido un excelente

hombre de negocios–. Al contrario que mi padre, que siempre

encontraba el modo de perder dinero, tanto en los negocios como en

la mesa de blackjack.

–Mi familia tiene algo de experiencia en eso.

La expresión del rostro de Constantine era remota, triste, lo que

le recordó a Sienna que la familia Atraeus había vivido en la pobreza

en Medinos durante años, dedicados a la cría de cabras. El abuelo de

Constantine incluso había trabajado para el de ella. Todo aquello

había ocurrido hacía muchos años.

Él colocó las palmas de la mano sobre la mesa y, de repente, los

dos estuvieron casi nariz con nariz.

–Si tan malo era, ¿por qué no lo dejaste todo?

–¿Y abandonar a mi familia y a todos los que dependen de

nuestra empresa para vivir? –replicó ella–. Eso jamás fue una opción y

espero no tener nunca que llegar a ese punto. Eso me lleva a la

conversación que tan desesperadamente deseabas tener. ¿Cuánto

debemos?

–¿Sabías que, hace dos meses, tu padre fue de visita a

Medinos?

–No –respondió ella muy sorprendida.

–¿Sabías que tenía planes para instalar una fábrica de perlas

allí?

–Eso es imposible. Casi no tenemos suficiente capital para

operar aquí, en Sídney. Constantine indicó un documento que había

dejado sobre la mesa mientras ella estaba fuera del despacho. Sienna

estudió el papel y sintió que se le doblaban las rodillas. Un segundo

más tarde, tuvo que sentarse en el sillón de su padre sin poderse

creer lo que estaba leyendo.

No solo un préstamo, sino varios. El primero coincidía con la

primera suma que había descubierto en las cuentas personales de su

padre hacía semanas.

–¿Por qué le prestó Lorenzo dinero a mi padre? Sabía que él

tenía un problema con el juego.

–Mi padre era un enfermo terminal y, evidentemente, no estaba

en sus cabales. Cuando falleció hace un mes, sabíamos que había un

déficit. Desgraciadamente, los documentos que confirmaban los

préstamos a tu padre no fueron descubiertos hasta hace cinco días.

–¿Por qué no se lo impediste?

–Créeme si te digo que lo habría hecho si hubiera estado allí,

pero, por aquel entonces, yo estaba fuera del país. Para redactar los

documentos, ignoró las vías habituales e hizo que un viejo amigo se

ocupara de redactar los contratos. Veo que estás empezando a

comprender la situación. Tu padre ha estado financiando Perlas

Ambrosi y su adicción al juego con el dinero del Grupo Atraeus. Una

cantidad que él tomó prestada de un moribundo sobre la premisa de

un negocio que no tenía intención alguna de crear.

En aquel momento, Sienna comprendió las preguntas que la

reportera le había hecho.

–¿Es eso lo que le dijiste a la prensa?

–Creo que me conoces bien como para pensar eso.

Ella se sintió aliviada. No debería importarle que Constantine no

hubiera sido quien había filtrado la noticia, pero así era. Alguien,

seguramente un empleado, había vendido la información.

Contempló la cifra en cuestión y sintió que su optimismo y que

los planes de futuro para Perlas Ambrosi se disolvían. Tenía que

haber algún modo de salir de aquella situación. Ya había sacado a la

empresa de situaciones muy delicadas con anterioridad. Solo tenía

que pensar.

–Y pensaste que yo formaba parte de todo esto –dijo, tras

repasar la actitud que Constantine había tenido cuando se lo encontró

en el entierro de su padre.

La expresión de él no varió.

Sienna se puso de pie y dejó caer el documento al suelo.

Cuando murió Lorenzo Atraeus, había dejado una enorme fortuna

basada en una rica mina de oro, varios negocios y una cadena

hotelera a sus tres hijos. Entonces, de repente, se dio cuenta de que

Perlas Ambrosi estaba en deuda con el Grupo Atraeus. Y eso

significaba que estaba en deuda con Constantine.

–Por fin lo has comprendido –dijo él, con una mirada vacía y

extraña–. A menos que puedas encontrar el dinero, en estos

momentos yo soy el dueño absoluto de Perlas Ambrosi.

Capítulo cuatro

La vibración de un teléfono móvil rompió el silencio. Constantine

respondió la llamada, agradecido de tener una excusa para apartarse

de una situación que se había escapado a su control.

Prácticamente, acababa de amenazar a Sienna, una táctica a la

que él raramente había recurrido.

Colgó y contempló cómo Sienna recogía las páginas que había

tirado al suelo y las dejaba ordenadamente sobre la mesa. Incluso con

el vestido arrugado y sin maquillar, tenía un aspecto elegante, con

clase. El de una verdadera dama.

De repente, se escuchó cómo un vehículo se detenía en la

distancia. El taconeo de unos zapatos de mujer se acercaba a la casa,

seguido del ruido de la puerta principal al abrirse.

Constantine fue testigo de la mirada de desesperación que se

produjo en el rostro de Sienna. Aquel gesto de pánico le hizo mucho

daño. Estaba allí para enmendar el mal que se le hizo a su padre,

pero Sienna también estaba tratando de proteger a su familia, más

concretamente a su madre, de él.

–No te preocupes –le dijo–. No le diré nada.

Sienna tuvo tiempo de lanzar un suspiro de alivio y de mirar a

Constantine con gratitud antes de que Margaret Ambrosi entrara en el

despacho, seguida de Carla.

–¿Qué es lo que está pasando aquí? –preguntó con firmeza–. Y

no tratéis de engañarme porque sé que ocurre algo malo.

–Señora Ambrosi –dijo Constantine muy amablemente–, mi más

sentido pésame. Sienna y yo estábamos hablando de los detalles de

un acuerdo comercial que su esposo inició hace unos cuantos meses.

–No creo que mi padre hubiera hecho nada sin... –comenzó

Carla. Su madre le impidió seguir.

–Por eso Roberto hizo ese viaje a Europa –comentó–. Me lo

tendría que haber imaginado.

Carla frunció el ceño.

–Fue a París y a Frankfurt. No fue cerca del Mediterráneo.

–Roberto se marchó un día antes porque quería pasarse primero

por Medinos. Dijo que quería visitar el lugar de la fábrica de perlas

original y también la tumba de sus abuelos. Me tendría que haber

dado cuenta de que estaba tramando algo porque Roberto no tenía ni

un gramo de sentimentalismo en su cuerpo. Fue a Medinos en viaje

de negocios.

–Efectivamente –afirmó Constantine.

–Si me perdonan, tengo otra cita. Una vez más, mis disculpas

por haberme entrometido en este día tan doloroso para usted.

Entonces, miró a Sienna con unos fríos ojos grises. El mensaje

resultaba evidente. Aún no habían terminado aquella conversación.

–Te acompaño a la salida –dijo ella mientras metía los

documentos del préstamo en un cajón.

Entonces, salió con Constantine al vacío vestíbulo.

–Ten cuidado.

La mano de Constantine le agarró el codo. El gesto no fue más

que una cortesía, pero fue suficiente para reavivar la tensión.

Apretó el paso para alejarse de él al tiempo que le decía:

–Gracias por no decirle nada a mi madre sobre la deuda.

–Si hubiera pensado que tu madre tenía algo que ver, se lo

habría mencionado.

–Eso significa que estás convencido de que yo sí que estoy

implicada.

Constantine la siguió hasta el exterior de la casa. Una vez en el

patio, apretó la llave automática del Audi para que se abrieran las

puertas.

–Tú llevas dieciocho meses ocupándote en solitario de la

empresa. Y pagando las deudas de Roberto.

Sienna sacó un mando a distancia de su coche y abrió la verja

de entrada. Por lo que a ella se refería, cuanto antes se marchara

Constantine, mejor.

–Vendiendo posesiones familiares, no para tratar de conseguir

más préstamos de los que ya teníamos.

El teléfono de Constantine volvió a sonar. Él tomó la llamada y

habló brevemente en medinio. Sienna oyó el nombre de Lucas y cómo

se mencionaba el abogado de la empresa, Ben Vitalis. Negocios. Eso

explicaba que los tres hermanos estuvieran en Sídney al mismo

tiempo, aunque fuera por un breve periodo de tiempo. También

enfatizaba el hecho de que, aunque podría ser que Constantine

estuviera allí solo para ocuparse del lío en el que los había metido a

ambos su padre, ella era tan solo un punto más en el radar del Grupo

Atraeus.

La tensión se apoderó un poco más de ella.

–Tenemos muchas cosas de las que hablar –dijo él cuando

terminó la llamada–, pero esa conversación tendrá que esperar hasta

esta noche. Enviaré un coche para que venga a recogerte a las ocho.

Hablaremos durante la cena.

–Por si no te has dado cuenta, acabo de enterrar a mi padre.

Tenemos que hablar, pero yo necesito un par de días.

Así, tendría oportunidad de hablar con su contable y pensar en

las opciones que tenía. No tenía muchas posibilidades de conseguir el

dinero, pero debía que intentarlo. También tendría tiempo de alejarse

de las reacciones que él le provocaba. Ya no lo amaba ni él le

gustaba. Era imposible que lo deseara.

Constantine abrió la puerta de su coche.

–Hace unos pocos días, lo podría haber organizado así, pero

decidiste ignorarme. Me marcho mañana a medianoche. Si no puedes

encontrar tiempo antes de entonces, mañana hay un cóctel en mi casa

en honor de los socios del Grupo Atraeus.

–No –replicó ella. No quería asistir a un cóctel en casa de