Vocerrante 9 - Soledades por Raúl Ceruti - muestra HTML

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VOCERRANTE (9)

 

Apertura (Sobre “White Man Sleeps II”, por Kronos Quartet):

 

(Andante tranquilo)

 

“Las palabras vagan, yerran, buscan. Van y vienen por ahí hasta que encuentran un refugio. En las manos, en los ojos, en cualquier cosa que las rescate del olvido.”

 

(Raúl)

 

Este es el noveno programa de

 

           VOCERRANTE.

 

Bienoídos y bienoídas.

 

Alguien sale disparado desde una montaña rusa.

Mientras se afirma en el aire, está solo.

 

Pero soledad

 

no es

 

estar solo.

 

Soledad es desasimiento.

 

El yo ensimismado, como burda redundancia.

 

El yo, que de ficción de los verbos

 

pasa a ser

 

    objeto

 

             sustantivo y acabado.

 

Un significante significado.

 

Espejo tapado.

 

Lluvia seca.

 

El agotamiento de un cansancio. O el aletargamiento de la renuncia.

 

La pared en la pared. El canario en el canario. El rostro en la cara.

 

Soledad es desasimiento.

 

Cuando cada cosa sólo quiere decir esa cosa. Límite en el límite de la sombra. Reflejo exacto.

 

    Certeza

 

        Perpleja.

 

Soledad es desasimiento, no olvido.

 

Es cortedad de la distancia. Lejanía en el centro de las manos.

 

Horizonte vertical.

 

Camino cumplido.

 

Exacto contorno.

 

Estar solo es conservar los rostros que te dieron rostro,

 

Las voces que te dieron boca,

 

Los abrazos que te dieron cuerpo,

 

Los sonidos que te dieron aire,

 

Los oídos que te dieron voz,

 

Las voces que te dieron huellas,

 

Las huellas que te dieron piernas,

 

Las heridas que te dieron sangre

 

Las bocas que te dieron lengua,

 

Los gestos que te dieron el habla.

 

Las palabras que te dieron nombre,

 

Las miradas que te dieron forma,

 

Las manos que te dieron manos.

 

Estar solo es escuchar el silencio múltiple.

 

Ya que la apartada y verdadera soledad, es ruptura de la polisemia.

 

Fernando

 

La soledad habitada o la soledad desierta.

 

La soledad sonora o la soledad reseca.

 

Raúl

 

Pero hay una vasta soledad en la que nada se encuentra.

 

Soledad en el extremo de las brisas y los gritos.

 

Una soledad en la que nada suena.

 

Y el yo, el puro y absoluto y ficcionado

 

    yo,

 

       se levanta, mayestático.

 

Daniel

 

Había vuelto Sieno a ese exacto lugar, a esa misma mañana. Quería reconstruir con todas sus señas, el momento en que había sido por fin aquel que ahora buscaba.

 

Había sido muy penosa la búsqueda, muy ardua la preparación, muy dificultosa la llegada. Pero, al fin, él estaba allí. Ahora se veía tomar ese café nuevamente, dejar la taza sobre la mesa y mirar hacia la ventana, por la que venía ella.

 

Los deseos y los milagros no se repiten.

 

Sieno ahora miraba a través de la misma ventana, a la misma chica, pero con ojos de recuerdo.

 

Las llegadas y las partidas son similares. Sieno movió el brazo de él en un saludo modesto, que ella retribuyó con una sonrisa extrañada.

 

Para estar solo hace falta mucho trabajo. Hace falta, por ejemplo, haberla conocido primero.

 

Raúl

 

Soledad compartida de la radio, una y múltiple.

 

Sola y acompañada.

 

Divergente y convergente, del decurso de los pensamientos.

 

Aquí y allá.

 

Lejos y cerca.

 

Central y periférica.

 

Dicha y oída y vuelta a decir o a generar en el aire sus palabras.

 

La voz errante que encuentra un lugar

 

Para continuar su vocación vagabunda.