Vocerrante 22 - Heroica por Raúl Ceruti - muestra HTML

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VOCERRANTE (22)

Heroica

Apertura(Sobre "White ManSleeps II", por KronosQuartet):

(Andante tranquilo)

"Las palabras vagan, yerran, buscan. Van y vienen por ahí hasta que encuentran un refugio. En las manos, en los ojos, en cualquier cosa que las rescate del olvido."

Daniel

Este es el vigésimo segundo programa de

VOCERRANTE.

Bienoídos y bienoídas.

Daniel

La seguridad de la inconsistencia.

Salir a la aventura es la afirmación de la duda.

La absoluta certeza de la incertidumbre

Vamos a la Aventura.

Salir a la aventura es la insistencia de la duda. La inquebrantable fe en la sobrevivencia de lo vulnerable.

La permanencia de lo inestable.

La sostenibilidad del desequilibrio.

La aventura o el relato.

La aventura o el cuento

Del abrazo

Más lejano.

Vamos a la Aventura.

Paola

Roberto sabía que cuando atravesara la puerta de la Gerencia, sería despedido. Era su turno. Salió Santiago, sin mirarlo y entró él. Silencioso, pero desafiante. Con la audacia que te da saberte afuera. Cuando escuchó su nombre de boca del jefe de personal, en la continuidad de una lista, inmediatamente lo detuvo.

Daniel

Tomé el sobre de la indemnización, estrujado, sin contar el dinero, y salí a la calle. Saludé con una sonrisa a los compañeros que aún estaban en su faena de cobrar por no tomar la fábrica. Quise encontrar a Santiago afuera, pero la calle estaba vacía.

Paola

"Hay ritos para salir de la infancia a la pubertad, de la pubertad a la adolescencia, de la adolescencia a la adultez -pensó Roberto- "Hay ritos para salir del colegio, de la universidad, del país. Hay ritos para morirse. No hay ritos para perder el trabajo".

Los destinos del desocupado son la miseria o el heroísmo. La santidad por martirologio, o la proclamación por desmesura.

Un héroe es un desocupado. Alguien que no prevé más allá del otro día. La épica ocurre constante en el presente. Sin obligaciones, nada más que los deberes más allá de sí.

¿En dónde celebrar los desconciertos?. La llama de la duda. El brazo desarmado. El héroe sin seguridades. Transparente en su contradicción.

Daniel

Me senté en una plaza oscura. Era cerrada la noche. Sobre el banco de madera, con la espalda erguida y las piernas firmes, eché un vistazo a los olores que me cercaban. Una frescura musgosa. Un perfume dormido, como campanas enterradas. No había detrás, ni debajo, ni principio ni adelante. Sólo aromas. Inabarcables.

Al lado mío no había nadie. Ni nadie había antes que yo. Pero una carta acusaba una presencia imperativa. El viento comenzó a levantase con furia. Así, con un atrevimiento vergonzoso, temiendo que se perdiera, me metí la carta en el bolsillo.

Paola

El héroe es siempre un extraño. Monstruo o minusválido. Ignorancia o perplejidad. Rescatando cosas que ni siquiera sabe.

Daniel

Perdido es desterrado. Esa noche decidí dormir afuera. Pero ¿dónde?.

Afuera es la falta de lugar, el texto sin memoria. El encuentro con personas sin historia. La palabra como toda identidad. La acción como todo alarde.

Un grupo de muchachos se acercaba. Venían discutiendo. Permanec í en el lugar, sin hacer el menor ruido y pude escucharlos un buen rato.

Aparentemente, era un problema que sólo podía ser definido por una pelea, de la que no habían tenido noticia. Barry Jason y Downey Finnegan. "Dinamita" y "Contundente". Aparentemente, en ese ring, se había celebrado un rito que modificaba las relaciones de poder. Los grupos se mostraban ansiosos de conocer el resultado del encuentro. En los tiempos de la Grecia homérica, también el curso de la historia era decidido de acuerdo a las alternativas de una lucha entre iguales. Las culturas posteriores sostuvieron la batalla previsible, entre débiles y poderosos. Así que el orden político de esos jóvenes se adecuaba de algún modo a la tradición heroica. Ingenuidad al fin, ya que muchas veces el resultado de las peleas se sabía decidido por el peso de las apuestas o el dinero de los sponsors.

Al salir de aquella calle cerrada tomé por la avenida principal, hasta donde se torna oscura. Por allí, una esquina penumbrosa me llamó la atención. Durante el día, esa esquina estaba deshabitada. Mas, detrás de unos cristales turbios, una lámpara oscilaba dulcemente. Una suave sombra desplazaba en ella su agonía. Era difícil seguirla. Parecía deshacerse y recomponerse de una ventana a otra, de una vereda a otra del caserón. Preferí no acercarme demasiado, y ver la escena desde enfrente. Persiguiendo una silue ta interior, vaga y silenciosa. Candil cerrado. Me acomodé con la espalda apoyada en un árbol. Hacía tiempo que no tocaba la corteza viva. Rugosa soledad a la ventura. "¿Será cálida la savia?". Como ese candil dentro de la casona. Pálido, discreto, ondulante.

Paola

El héroe en la guerra es el alma ubicua. La batalla es una red de quiebras acentuadas. Uno es el que cae, el que mata, el que ciega, el que alza su espada y el que cansado, la suelta. El héroe quieto, fijo, como piedra o árbol. Con un extenso y demorado desplome como epopeya.

Pero el héroe en la calle es el cuerpo múltiple, recogiendo sus tendones de todos los costados de los ruegos y las sombras.

Daniel

Un brazo corre una cortina. Es un ademán tranquilo, confiado. Alguien pasa por enfrente, con cierto apuro. El brazo es apenas una luz fosforescente. Ahora la luz se ahueca, enrojeciendo en un punto. Queda temblorosa en el centro de la habitación, como un suspiro mantenido. El sueño o el cansancio y el aroma del pasto de la noche humedecido me hacen dormir.

Mi cabeza reposa sobre el musgo en el que acaba de orinar un perro.

Paola

¿Cómo ser el héroe de la amenaza trivial?. No hay resguardo ni merecimiento que no sea racional. Hay orden en el heroísmo. Que desorganiza las redes de un daño lógico, sensato y secuencial. No hay héroe que te salve de la picadura de una avispa. Salvo que sea la Avispa Gigante del malvado profesor "Sdrunter". No hay héroe que te salve de un tropezón en medio de la calle. Salvo que sea causado por el rayo disparado de una nave espacial.

Resulta cómodo ser héroe cuando se tiene un objetivo. Cuando las cosas no tienen sentido, ni siquiera para destruirlas, es donde comienza la verdadera valentía. El coraje de comer, beber, asearse, y encima de todo, levantarse a trabajar.

El vacío es la espera de algo. No hay el vacío en sí. Aparece solamente detrás de la pérdida. O del extrañamiento.

Daniel

Iba rehaciendo el camino al trabajo. Antes de llegar ví los restos de una pancarta a favor de los despedidos, desgarrada entre dos árboles. Al fin, alcancé la puerta de hierro y el cartel de venta.

No probé la puerta grande de acceso a las oficinas. Mecánicamente empujé el portón de su taller. Estaba abierto.

Entré. Encendí las luces del panel y quedé frente al lugar donde debía estar su torno. La sala vacía, las herramientas silenciosas.

Unas palmadas en la puerta, a modo de saludo, me recogieron del estupor. Había estado recorriendo las miradas de aquellos sectores de la fábrica en los que nunca había estado, tan cercanos adonde siempre trabajé.

"¿Quién es?" – dije, como todo saludo. No respondió, pero viéndole expresión centrada y amigable, me acerqué.

Me contó que era artesano, que hacía muñecos. Y que le vendría muy bien un torno de precisión... Y como ahí no se le iba a dar uso... Me pedía ayuda para retirar la máquina y llevarla ahí nomás, a su tallercito. Así que empujamos uno de los tornos al carrito que había traído con ese objeto.

Me contó que hacía muñecos de héroes. Para los chicos. Que se dedicaba a aquellos héroes ya pasados de la última moda y que no quedan en las jugueterías, pero pueden seguir siendo buscados. Que la matriz de todos era siempre la misma. Para cualquier héroe. Para todos los héroes. Ya que los héroes no tienen rostro. Sólo atributos. Y es en ellos, sólo en ellos que difieren. Por ejemplo, me explicó, Súbito tiene una capa y un pararrayos. Pitros tiene un cinturón y un sombrero. Armond tiene una copa mágica, y Gartum, una enciclopedia. Agregando una y otra cosita, se transforma al mismo muñeco en el héroe que se te dé la gana.

El artesano, antes de irse, me tiró unos mangos y me regaló un ejemplar de "Welger Máximo", héroe al que nunca había conocido, y cuyos atributos eran una linterna y un lápiz.

Recordé entonces que los artesanos de la iglesia usan el mismo sistema para los santos y las vírgenes, sólo reconocibles por las espigas de trigo, los trajes de pastor, el báculo derecho, el libro en las manos, la herida en los hombros o el perrito al pie. Los mismos rostros, brazos, piernas, pecho y espalda. Luego, sólo una composición de detalles diferenciales.

Con el muñeco de regalo bajo el brazo, como los chicos, me quedé en paz.

Pero me sustrajo a esa relajación un ruido de cadenas y cerrojos. Entró al taller un tipo grandote y pesado, que avanzaba con torpeza (parecía que no veía bien), por lo que se clavó una manijuela inferiores en la pierna. Gritó, apenas un quejido.

El tipo observó sus manos con profundo interés. Eran manos pesadas y latientes. Como envueltas por un guante. Después, movió la boca como en un rezo rústico, y avanzó unos pasos hacia el interior, con más cuidado.

Lo ví pasar como a un remolque. Puro ruido y trabajo.

Paola

El héroe tímido. Silencioso. El que lleva la carga, que otros le reclaman. Exigencia de osadía que se impone a los cansancios. Trueno espeso.

Daniel

El tipo volvió a la máquina. Tomó la manijuela que se había clavado en la pierna con destreza, y haciendo palanca con el brazo, la dobló. El hombre forzudo.

Después de la proeza, sin aplauso, notó que lo miraba. El tipo respiró muy fuerte y tanteó el aire que los separaba con la mano abierta.

"Buenas noches" – le dije. "Yo trabajaba aquí. Ese era mi puesto". El tipo se movía hacia mí, pero sin dirección. Orientado por un bulto, no por mí sino por mi sombra.

Más cerca, me miró extrañado pero conforme. Su rostro (hablaba con toda la cabeza) pronunció: "Agua preciso", con una voz breve y clara. Así que lo llevé al baño.

Abrió la canilla, que corroía un agua viscosa, marrón, oscura. Pese a ello, volcó su cara debajo del inmenso chorro.

Demasiado tiempo sin trabajar, las cañerías se habían estancado. Levanté la llave de luz que abría el circuito eléctrico. La bomba de extracción comenzó a funcionar, haciendo que soplidos enervados de agua turbulenta se desecharan sobre la nuca del grandote.

Así también comenzó a funcionar una de las máquinas distribuidoras. Al grandote le molestó esa novedad. Revolvió un cajón de herramientas del que sacó una llave francesa, y con el más despejado aburrimiento comenzar a golpear los tornos, las distribuidoras, los empalmes, los caños de irrigación y los cables embutidos. A medida que la máquina avanzaba, la hacía retroceder. Donde un émbolo encajaba, lo desencajaba. Donde una rueda se movía, él buscaba detenerla. Como un engranaje invertido y desaforado.

Violencia paciente.

Paola

Héroes de fuerza. Sin más coraje que los brazos y las piernas. Resistencia y subordinación. Roberto acometía contra un objeto, y tras él lo hacía el Otro. Roberto lanzaba sus golpes contra el suelo, y tras él lo hacía el Otro. En el mismo ángulo, con la misma intención e intrascendencia. Dúctil brutalidad.

El alma es perversa. El cuerpo es transparente. Apetece, descarga, sufre, duele, inquieta, tiembla y acaricia. El alma encubre. El cuerpo es el perfecto, sin mácula. Órganos sensibles, piel vibrante. Gracia y sencillez. La terrible es el alma, sustancia voluble, oculta, abstrusa, desgarrada. Ella tiene los rostros de tu soledad y las manchas de tus culpas, opresiones y egoísmos. De allí que sólo sean puros los héroes de fuerza. Hombres forzudos, cuya robustez se entrega a la agonía.

Daniel

Cerré la llave de la luz y a medida que se apagaban las máquinas el grandote se fue sosegando. Hasta que sin más, se fue.

No lo podía recordar de frente. Sí su cara, pero no su cuerpo. Parecía no tener sino una sola espalda, que le daba toda la vuelta, de atrás a adelante. L o seguía con la vista. No podía dejar de mirarlo. Del mismo modo en que se persigue un barco, hasta que desaparece en el horizonte.

Primer tema: "Perchance", de Zbigniew Preisner, por Teresa Salgueiro (01:10)

Acabamos de escuchar "Perchance", de Zbigniew Preisner, por Teresa Salgueiro (01:10)

Daniel

Entonces aparecí o me ví en esa casa. La casa iluminada de la esquina. Donde las sombras eran aún más brillantes que la luz. La casa hipnótica de la primera noche fuera de la mía.

Paola

La suma de tus partes no está en vos. Tus partes no están en vos. Sentado sobre la cama improvisada, mirándola dormir, Roberto pensaba.

La belleza es un gesto furtivo. Un borde, un desvío. Que no pueda habitarse sin estar perdido. O mejor, ausente. La belleza es lo que sustrae de todo centro, de todo yo, de todo sustantivo.

Héroes de belleza. Desgajados. Proteger belleza, como rezar un grito.

Daniel

Ella dormía, despreocupada. Las piernas libradas a la sábana sinuosa. Las piernas que él sentía de perezosa gracia. Detener el aire, y deslizarlo en las almohadas. Esfuerzo y quietud de su respiración. Noche escondida.

Sus piernas, levemente dobladas, recogían la angustia placentera. El descanso en el ser conservado por la nada.

La curva de esas piernas hacían el tiempo posible.

Paola

Roberto, inmóvil, dejando transcurrir esa quietud, cierra los ojos. Al día siguiente la casa de Ella estaba poblada de voces. Extrañas y coloquiales.

Podía en el murmullo de todas, reconocer su propia voz, aunque su boca estuviera cerrada. Labios y lenguas entregados a un esfuerzo incontenible.

Se abrían bocas en los pies, en las piernas, brazos, cuellos, y palabras. Húmedas, vibrátiles. Volcándose en idiomas alejados y disímiles. Frases largas, vocales imposibles. Consonantes adheridas a los nervios.

Ella y él, detenidos. Con la torre de Babel asomada en sus entrañas.

Sin comprender el significado, multiplicábanse las voces. Aumentaban la intuición de los fonemas. Los hacían dudar, errar, golpearse y sostenerse.

Vocablos enredados a las cosas que nombraban. Oraciones escanciadas como sombras. Asomadas a la piel, como germen del susurro. Alaridos movimientos.

Poco a poco fueron diluyéndose. El tránsito y la huella se fueron confundiendo. Del enjambre de quejidos a los tibios escarceos. Descendiendo desde los extremos hasta la ignota superficie. Borbotando los secretos en los poros de la piel.

"Sólo fuera, más afuera de ti estarás tranquilo. Puentes a una esquina derribada.

Horizontes apagados. El héroe es aquel que está llegando o ya se fue. Profecía o epopeya. Héroe es quien no está. Ausencia necesaria."

Daniel

Cuando cesó el abrigado susurro, las bocas lentas del cuerpo fueron replegadas. Otros ruidos, ajenos, violentos y cercanos acudían a la casa. Un seco ardor se instaló sobre mi piel. Áspera y dura, como un manto de sal.

Cuando me levanté, Ella no estaba.

Ni la calle, ni la casa. Sólo un pedazo de sábana raído, que había arrancado esa noche y que me puse sobre los hombros.

Paola

Para el héroe es imposible toda vuelta, todo hogar, todo regreso. Disponible a la aventura porque viene de transitar todos los fracasos.

Ella, quienquiera que hubiera sido, había sido real.

Y le había dado el poder que nadie le pedía: El de la exasperación de la misericordia.

Daniel

Atardecía, y al mismo tiempo que bebía las gotas de un naranja pálido sobre las paredes, un grito desgarró su pecho. Hacia la izq uierda.

Una señora a punto de ser impactada contra el piso. Atraído por un simple impulso, sin arrojo ni valentía, alcancé a una señora, que caía sobre la acera, con las piernas dobladas y la frente rasguñada. Como pude, después ubiqué su cuerpo, sentándola sobre un escalón.

Ella me explicó, prácticamente con señas, que se había desplomado desde la ventana. Me frotó la mano, con saña cariñosa, reteniéndolo. Me senté a su lado y esperé a que se tranquilizara.

Algunos testigos se acercaron a la escena con gra ndes ademanes de admiración y perplejidad.

Bastante tiempo después llegó una ambulancia. En el aturdimiento general, firmé unos papeles como si fuera su marido. Así que me dejaron acompañarla en la camilla. Ella me miraba extrañamente agradecida.

Fue cuando comenzaron a preguntarme mis detalles ciudadanos (nombre, apellido, teléfono, dirección) que me dí cuenta que me había quedado mudo.

Los testimonios eran precisos y concordantes: Todos aseguraban que me habían visto volar. Lo que a mí le había parecido un mero inclinarse sobre la señora había sido el rescate espectacular de una caída de cinco pisos.

Unas cuantas felicitaciones, golpecitos en la espalda, y periodistas de todas partes terminaron por confirmarlo.

Me senté en uno de los bancos del pasillo entre las habitaciones, y el personal de enfermería se encargó de esparcir a los curiosos.

Para una personalidad retraída como la mía, no era difícil mantenerse en el anonimato. Sobre todo si a ese retraimiento se me agregaba ahora la mudez, en medio de un universo aludido, no real, atravesado por el cansancio de los signos.

Paola

Cuando alcances tus poderes, perderás el habla. Como si no hubiera otra forma de nombrar las cosas, más que con la acción de tus propias manos.

Para que no haya verbos sino brazos ocupados; ni sustantivos, sino sangre que las venas atraviese, o el vigor del músculo o los huesos firmes.

Daniel

Fuí a desayunar al bar. Últimamente era mi primera y única comida del día. Hasta donde me alcanzara el dinero de la indemnización. Después vería qué hacer.

Una foto en los periódicos lo bautizaba "héroe de la capa raída". Por suerte aún no había fotos mías publicándose groseramente, en blanco y negro, y a la vista de cualquiera.

Pensé: "Quizás ahora consiga un trabajo, pero... ¿quién necesita un hombre volador, más que un circo itinerante?. La función del héroe no es un acto permanente, sino una serie de eventos espasmódicos." Nadie desea estar agradecido en convivencia.

Entonces, unos gritos confusos me despertaron de su extrañamiento.

El grandote había entrado a pedir agua con un pesado botellón antiguo, y fue rechazado con un gesto desaprensivo. El grandote quedó tieso, sorprendido, con el brazo extendido sosteniendo el inútil y ostentoso recipiente. Dos mozos intentaron retirarlo. Él se aferró violentamente al botellón. Habrá creído que querían robarle. Levantó el botellón, para alejarlo de los mozos. Empezaron los gritos, desde alguna de las mesas. Habrán creído que podría descargar un golpe contra ellos. Alguno se levantó, otro se ofendió. En poco tiempo, el forcejeo estaba en todas partes.

Me puse de pie con una media medialuna atrapada entre los dientes. Levanté mi brazo derecho, para darle una palmada al grandote. El se recogió con cierta parsimonia, lo que fue visto como una demostración de autoridad por quienes ya se le iban al humo.

La sumisión elocuente. El descanso del golpe sobre un lomo de silencio. Desde el piso, la rodilla doblada, la espalda vencida, el grandote le dirigió una mirada. Como pude, di a entender a los mozos que pusieran agua en el botellón. Poco tiempo después, el Otro se retiraba, con los ojos admirados y rendidos, con la confusa satisfacción del sucio recipiente lleno de agua. Incomodado por todo lo sucedido, me fui también, pero sin seguirlo.

Tuve que retirarme, con la dignidad de la lentitud, y la única ventaja de no haber pagado.

Paola

Se sentó en el mismo banco a la mañana siguiente, ante la misma mesa. Los héroes suelen ser rutinarios. Sobre todo, quizás, para no someterse a cada instante a una serie de preguntas insidiosas. Quienes conocen al héroe, quienes forman parte de su circuito de acciones cotidianas, no tienen ninguna pregunta que hacerle, o piensan quizás poder hacerla en otro cualquier día, y comparten su sólido silencio con la mejor de las indiferencias. Quienes conviven con un héroe sienten miedo más que admiración, y más pena que agradecimiento. Por lo demás, Roberto volvía al mismo bar para no tener que hacerse entender por nuevas señas. Pero esa mañana había allí alguien más, que recalaba en ese sitio por mera casualidad. Uno de los peligrosos "no asiduos", a los que todos, desde el portero de enfrente hasta el mozo más diligente, observaba con humilde desconfianza. Llevaba casi una hora sentado y aún no había pedido un miserable vaso de agua. Había traído un bolso enorme que colocó en la silla de enfrente, como toda compañía, y parecía esperar solamente lo inevitable. Lo que de todos modos pasaría.

Roberto miraba el cielo encapotado a través de la ventana. Llovería en cualquier momento. Si nadie podía detenerlo. El voluntarismo parece regir las historias de los héroes. Como si todas las cosas pudieran evitarse, menos el heroísmo.

Daniel

Pero si todas las cosas pueden ser evitadas o controladas, entonces siempre hay un culpable… ¿Y a quién sino a mí mismo culparme de la huida de Ella?.

Me trajeron el cortado con el que sobrevivía durante las mañanas. Miré al mozo con aire de distracción. Le devolví la sonrisa de medir con otra de pesar.

Esas que se intercambian en las guardias de los hospitales, o en las salas de espera de las comisarías.

Miré a mi alrededor, observando al extraño. "Si siempre hay un culpable, entonces estamos llenos de enemigos."

En tanto la lluvia se volvía más insidiosa, manoteé uno de los papeles que aún llevaba en sus pantalones, la carta que recogiera en el banco de la plaza, con la idea de secarse el agua que caía por su frente. Empero, ese papel, blanco y húmedo, me recordó a Ella, y lo proteg í entre los brazos mientras cruzaba la cuadra.

Alcancé un refugio bajo el viejo toldo de una verdulería, y ya que tenía que esperar el cese de la lluvia, romp í el sobre de la carta y puse el papel bajo mis ojos.

Al principio, los signos, un poco borroneados por el ajetreo y el agua, me parecieron extraños. Luego, a medida que repasaba sus líneas, iba encontrando islas de significados, como si no hubiera sido escrito de un lugar a otro, de acuerdo a un decurso determinado, sino en tumultos y por agresivas compulsiones. Eran fases de un ritual, de un ir y venir del signo al hecho. Detalles de un encuentro por llegar o por volver. Ritmos de un cencerro lento, ritmos del silencio o del arrullo, ritmos que resuenan en las lejanías.

Segundo Tema: "25:15", de y por Bobby Mc Ferrin. (03:58)

Acabamos de escuchar: "25:15", de y por Bobby Mc Ferrin

Daniel

Dos noches después, uno de los muchachos de la banda signada por la pelea entre "Dinamita" y "Contundente", me acercó unos mendrugos de carne, algo pegajosos, para que lo tocara con mis manos,

- "Límpielo, y le doy unos pedazos" – me arengó, sonriente.

Tomé los pedazos que me daba. Se había corrido la voz de que tenía el poder, don, suerte o milagro, de limpiar los alimentos. De hacer de cualquier comida mustia, ajada, podrida, un plato sano, nuevo, como vuelto a cocinar. Hasta tibio, o caliente, decían algunos.

Paola

Sólo el aroma del pan caliente le recordaba a Ella. Sólo el aroma de la lluvia le devolvía el aire que había respirado junto a Ella. Toda la tibieza era melancolía.

Daniel

Ocurrió que encontrándome en ese menester de sanar los pedazos de comida rescatados de entre la basura para una bandita de muchachos del barrio, otra banda que también había sido favorecida noches anteriores con ese don, también a cambio de otras tantas menudencias rescatadas de las bolsas de la calle, reclamó su exclusividad.

"Sólo a nosotros, quienes primero confiamos en él, nos corresponde gozar de sus servicios".

No entendía por qué razón esa prioridad les podía otorgar derechos. Pero, en seguida se apretujaron en una lucha tremenda.

Paola

El heroísmo es elegir entre unos y otros. Asistir a la lucha desgarrante por ocupar esos lugares, por ser elegido, tocado, bendecido por él. Una magia que destruye.

El poder es la capacidad de no elegir, la no elección en cuanto pueda tener de perdurable.

Daniel

Uno de una banda destrozó el ya desmantelado carrito de madera de la otra, con la sola descarga de sus brazos. En represalia, uno de los niños del carrito se lanzó contra uno de esos brazos, como si ese brazo fuera un ser vivo independiente de su dueño. En un momento todos se trenzaron en una feroz disputa en nombre de los trozos de comida, que entonces resultaron pisoteados, despreciados y sucios.

Muy lentamente para mí, pero estrepitosamente rápido para ellos, detuve un cuchillo que oculto dentro de una bolsa de residuos, se blandía contra un muchacho de campera marrón. Más tarde deb í también voltear a este muchacho, cuando apartó una baldosa de hormigón para arrojarla sobre el otro. Contra unos y otros debía actuar con increíble velocidad.

Como resultado de esa exitosa y desigual pelea, que pude evitar entre ellos, pero no conmigo, debí aislarme por dos noches sucesivas, encontrando protección en la esquina de la casa ilumi nada. Un pudor absurdo impedía a las bandas agarrarse a trompadas con tanta luz.

A partir de entonces, los alimentos que limpiaba a través de la imposición de manos, cobraron un sabor amargo.

Ahora que podía comer de la basura, me tenía sin cuidado el problema del dinero. Pero necesitaba un modo de ocultarme, otro de viajar y uno más de guarecerse.

Pasar desapercibido no era demasiado difícil. Haber salido en el diario no lo hacía más reconocible. Esas noticias (alguien al que se vio volar para salvar a otro) se leen sin creer, sin molestarse, con cómoda e inevitable desconfianza.

Viajar me era necesario, ya que consistía en mi único disfraz, ante la corredera de estos dones o poderes, que ya me habían traído problemas.

También necesitaba guarecerme, ya que vendría el frío y necesitaba encontrar un lugar al que volver, ya que no volvería a mí mismo.

Ya no entraba al viejo bar a desayunar, sino que esperaba que tiraran las primeras bolsas de la mañana y me sentaba en cualquier sitio, luego de una breve caminata. Había aprendido a dominar mis dones, de forma tal que el café podía calentarse entre la cuenca de sus manos, y las medialunas se volvían nuevamente crocantes y despiertas.

Paola

Poco le importa al héroe la actualidad, ya que vive en una suerte de segundo plano. De un deber, de una pulsión. O de un deseo.

La noche devolvía las estrellas a quien tuviera el coraje de mirarlas.

Daniel

Me quedé de pie en medio de la vereda, mirando hacia el cielo nocturno, a pesar de la cortina de agua que estaba cayendo. Con los ojos abiertos, podía identificar y retener cada una de las gotas que caía. Contándolas, hice también el recuento de mis dones:

Volar sólo cuando era estrictamente necesario. Como en la oportunidad de la señora que se desplomó sobre la acera. O en la del brutal atropello de un perro que casi se produce cerca de una esquina. O con el fin de desviar una bandada de palomas de la radiación de unos paneles de compañías de celulares. Para allanar el camino de una ambulancia. Para que una bala perdida no caiga sobre un transeúnte. Para que el violento custodio llegue tarde a su ocasión de torpeza. O para que el viento envuelva unas palabras de las que luego te arrepentirías.

Volar era causa y consecuencia de perder las referencias. Ni adelante ni atrás, ni arriba ni abajo. Es la permanencia en ningún sitio. Una espera desatenta, que no busca a nadie, a la que nadie acude, en la que nadie confía. Las delicadas hebras de sábana, los tajeados jirones, los fue perdiendo paulatinamente.

Limpiar y calentar la comida era causa y consecuencia de perder los cuidados. Ni crudo ni cocido, ni fresco ni pasado. Ni frío ni caliente. Hasta que no hubiera más alimento que el que te dan tus propias manos. Que el que tus propias manos sirven para los demás.

Encontrar y regresar objetos perdidos. Pero no a sus dueños, sino a quienes más hiriera su recuerdo. A quienes su recuerdo más los contuviera. Ni tuyo ni mío. Ni perdido ni abandonado. Sólo él permanecía extraviado y aje no.

Más tarde, dar certeza a la esperanza, causa y consecuencia de eliminar el juicio. Ni malo ni bueno, ni bueno ni malo. Ni culpa ni inocencia. Sólo abrazo. Sólo un abrazo que te sostenga en toda la largueza del camino.

Paola

Nuevamente en el banco de la plaza, Roberto se tapó con unos diarios. Sólo por la molestia, ya que no sentía frío hacía tiempo. Giró hacia un lado, hacia otro, las gotas de lluvia lo zaherían como si fueran granos de arena. Un rayo fulguró en el horizonte. Entonces notó que el diario estaba abierto sobre sus hombros con la noticia de una antigua pelea por el título mundial, y un recuadro sobre el paradero del "hombre volador". En ese momento quiso incorporarse. Pero sus piernas no se lo permitieron.

Sus amigos ocasionales de cirujeo, una vez que amenguó la lluvia, viéndolo luchar en el suelo para ponerse de pie, o apenas para sentarse, lo levantaron.

Gratificante fue su sorpresa al notar que el cuerpo de Roberto parecía no tener peso, y se deslizaba casi a su mismo paso, como si levitara.

Al llegar al hospital, fue colocado en una camilla y enviado a la Sala de Guardia.

Desnudo, en la cama de la habitación que le tocara en suerte, la señora que salvara de una caída mortal notó su presencia desde el pasillo y entró a verlo. Roberto no la reconoció. Sin embargo, al verla vestida con los atuendos del nosocomio, la saludó cortésmente bajando la cabeza y levantando su brazo.

"Buen día" – contestó la señora, un poco avergonzada de esa visita. La incomodaba estar ahí, simplemente de pie, frente a su héroe. Así que agregó: "¿Podría ayudarlo en algo?"

Roberto señaló sus pantalones, colgados en la silla. La señora se los acercó. Él llevó la mano de ella hasta el bolsillo exterior, le hizo sacar la carta que aún estaba allí, algo humedecida, y le señaló los ojos, la carta y sus oídos.

La señora desplegó su carta ante sí. Estaba extrañamente dirigida a su nombre.

Paola

Por entonces su vigilia se reducía a dos o tres minutos de agradable despertar, en los que recibía visitas de rostros amables, sin continuidad. Entre un despertar y otro podían transcurrir dos segundos o nueve horas. Para él no había diferencia. Alguien le acomodaba la almohada. Alguien le masajeaba el pecho. Alguien le dedicaba oraciones. Alguien dormía al lado suyo. Alguien le aplicaba alguna dosis de algo, que le haría bien. Alguien retiraba sus excrementos. Alguien sonreía cuando levantaba la vista.

Un grito profundo, confuso, penetrante, poblaba todos los pasillos del hospital, desovillándose como un eco arrastrado por el cuello roto.

Nadie supuso que lenta pero inevitablemente, esa noche calurosa sentiría un frío insoportable, se poblaría su piel de escamas doradas, verdes, negras y rojas. Los síntomas de cualquier cuadro clínico, obediente de las descripciones en los tratados de anatomía, se revelaban con un afán monstruoso aunque pausado. El héroe sería el culpable. En un raudo sacrificio. Se alzarían sobre sus espaldas, como un desprendimiento de los pulmones, dos enormes y nudosas alas azules, y echaría fuego por la garganta, convertido en dragón.

Afuera, los bomberos mantenían controladas las llamas, dentro de los márgenes del hospital. Algunos acudía n a prestar ayuda a los enfermeros, a fin de sacar a tiempo las camillas, algunas chamuscadas, que buscaban la calle, la claridad, el agua y el aire, todo junto.

Los gritos se perdían apenas eran disparados. Arreciaban nubes de perdón y vientos poderosos de arrepentimientos. El humo había puesto lágrimas en los ojos de todos, pero todos salían a la calle con el esbozo de una sonrisa.

No llovía, pero la persistente labor de las mangueras mantenía fresca la puerta de emergencia.

Era de noche, pero las luces de la autobomba, el clamor de las ambulancias y la blancura de los guardapolvos, daban la impresión de una temprana bienvenida.

El lento acarreo de agua por el grandote, la lenta parsimonia de una banda de niños, el limpio abandono de unos blandos jirones de sábanas blancas, habían tejido un refugio en la intemperie.

Daniel

En la calle había tiempo. La frontera de la urgencia. En el tiempo se podía respirar. A muchos se les harían inolvidables los tres o cuatro rostros de desconocidos con los que se encontraron apenas transpuestas las puertas del incendio. Las llamas comenzaban a rodearme cuando un grupo de enfermeros me alzaron en una camilla y trasladaron por las rampas del hospital. Tenía la extraña sensación del esfuerzo en sus brazos. A través del fuego, las imágenes se me volvían poderosamente transparentes, sin secretos. Afuera y adentro eran entonces la misma cosa. El mal, si hay un mal, es la falta de abrazo.

Paola

Afuera parecía sumergido. En un mar cálido, repleto de navíos blandos como voces. Después sólo quedó una fosforescencia.

Un niño sintió que alguien levantaba su mirada y la llevó hasta una niña que lo estaba observando. Había encontrado tiempo para sonrojarse en medio de la lucha contra el fuego.

Alguien escuchó un crujido en medio de los truenos y temblores, y recogió un muñeco por el que un niño lloraba. un enfermero dejó caer sobre sus labios una gota de lluvia, que luego llevó con un beso a la señora de la camilla, la que abrió los ojos sorprendida. Alguien rescataba de las cenizas una carta única, sencilla e irrepetible y la entregaba a su destinataria, sin conocerla. Un perro, detenido en la esquina, miraba la escena con ojos de agua, que aliviaban la mirada de los transeúntes. La niña vio a la madre mirar a Roberto. Y la puerta de la casa de la esquina se abrió como una fuente.

Roberto fluía, disperso, arrojado y demorado al mismo tiempo. Arrojado y demorado desde los deshechos de una voluntad, ahora convertida en gesto puro y bello.

Sus ojos se despegaron y desplegaron, como si pudieran abarcarlo todo…Y pudo ver cómo de la boca del dragón se desprendía un hálito suave, pero firme. Que comenzaba a levantar las hojas del piso.

"Al final, el héroe será un gesto, un consuelo, una rima, llama , lluvia o melodía que simplemente sane y tranquilice."

Daniel

Con una tranquila rapidez podía ver los gritos y susurros. Y notar el espacio entre el cansancio y la espera, la espera y el perdón, el deseo y la caricia.

Suavemente podía deslizarme en cada uno de esos intersticios y llenar el lugar con mi presencia. Apenas un nexo, pero un nexo corpóreo, que ocupa espacio. Un instante en la piel, o un lugar en el silencio.

A mi alrededor nadie abría la boca, pero todos cantaban. Cantaban mientras tejían. Tejían a mi alrededor los antiguos jirones de sábanas sucias.

A través de la ventana, todo parecía oscuro, pero era evidente que aún no había bajado el Sol. La luz que se guardaba dentro de la casa era tan abrumadoramente blanca, que apenas permitía vislumbrar los gestos, no los rostros. Sólo por los movimientos inteligía la presencia de los otros.

Ella se me acercó. Me tomó las manos. Me sonrió.

Paola

Como un ímpetu agradecido, desde el extremo de sus fuerzas, abriéndose camino entre los pulmones, el esternón y la garganta, después de varios días sin hablar, Roberto explotó:

Daniel

"Vuelvo" – asombrado de mi propia voz, y del involuntario término que le sobrevino a la garganta, la cerró de golpe. Una sola voz me sostenía despierto. Una pequeña voz humana le daba su tono a la noche. Como si la noche vibrara toda a través de ella.

Avancé por cada una de las notas reverberadas por sus huesos sonoros.

Paola

Comenzaba el regreso del héroe. Adonde ya nadie lo esperaba, excepto la mecánica del trámite contable de expensas, alquileres y servicios, acumulados en el fondo de un buzón. La sonrisa ajena de un vecino que apenas notó su falta en todos esos días, y la puerta de su casa, abierta para adentro, aguardándolo con dos o tres cebadas de mate frío. La mirada llorosa de su hermana. La caricia que devuelve el brillo de las lágrimas. El viento de la ventana. El abrazo de sus compañeros.

La victoria, la verdadera, la genuina victoria, es anónima.

Daniel

Todo puede sanarte. El portero inescrutable que limpiando la vereda, silba un tango que cantabas. Una brisa que desordene las hojas que acabas de pisar. Una gota de lluvia en la nariz. La palmada en el hombro de quien no te conoce. El niño pequeño que te pide su pelota. El transeúnte que te pregunta por una calle, en la que fuiste bueno. Alguien que toca un piano en la noche inescrutable. Alguien que enciende una luz, lejos, muy lejos, haciendo fácil la inmensidad. Alguien que te mira sin sombra. Un curioso resplandor que te devuelve las ganas de mirar. La voz de alguien que te escucha y recupera. Los versos que atraviesan tu boca. Los besos que quedaron en los labios de los otros. El gesto de quien no puede ver, y levanta su mirada hacia donde está la Luna. Todos los brazos que no permiten tu caída. Todos los verbos de las manos abiertas. Semillas de tiempo arrojadas de unos en otros. Semillas arrojadas en la tierra húmeda, tibia y abierta de los otros.

Cierre

(Sobre "Línverno" Segundo Movimiento – Antonio Vivaldi, por IlGiardinoArmonico):

(Lento - Grave)

"Siguen vagando las palabras, criaturas del aire, harinas de tiempo, hurgando por las cuerdas, y los labios y la boca, para vibrar de nuevo."

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