Vidas de Santos 2 por Alban Butler - muestra HTML

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1 DE ABRIL

SAN MELITON

Obispo de Sardes Año 180

Eusebio y otros escritores eclesiásticos recomiendan los escritos de San Melitón, obispo de Sardes de Lidia.

Compuso éste, en el siglo II, una apología del cristianismo dedicada al emperador Marco Aurelio y muchas otras obras de teología y ética. Eusebio y San Jerónimo dan una lista de varios títulos de las obras de San Melitón; pero sólo se conservan algunos fragmentos de las mismas.

Según el testimonio de Tertuliano, que no apreciaba particularmente el lenguaje y el estilo oratorios del obispo, muchos consideraban a San Melitón como un profeta. Su nombre aparece en varios martirologios antiguos; pero lo único que sabemos de él es que era célibe y que regía su vida por las enseñanzas del Espíritu de Dios.

Como el nombre latino de Sardes y el de Cerdeña se parecen mucho, se ha confundido frecuentemente a San Melitón con uno de sus homónimos imaginarios, el cual, según la tradición, fue discípulo de San Bonifacio, primer obispo de

Cagliari, y sufrió el martirio en Cerdeña, durante la persecución de Domiciano.

SAN VALERIO

Abad Año 620

San Valerio nació en Auvernia, en el seno de una familia humilde. Guillermo el Conquistador mandó exponer solemnemente sus reliquias para obtener del cielo un viento favorable a fin de que zarpara su expedición a Inglaterra. El santo, que era pastor, se las arregló para aprender a leer mientras cuidaba el ganado y llegó a conocer de memoria el salterio. Un día, su tío le llevó a visitar el monasterio de Autumo; Valerio insistió en quedarse y su tío le permitió continuar ahí su educación, aunque no es del todo cierto que el Santo haya tomado el hábito en ese convento. Algunos años después, pasó a la abadía de San Germán de Auxerre; pero no parece que haya vívido ahí mucho tiempo.

En aquella época los monjes podían pasar libremente de un convento a otro; algunos eran simplemente espíritus inquietos, incapaces de establecerse en un sitio, pero otros cambiaban de monasterio con verdadero espíritu de perfección, en busca de directores espirituales capaces de ayudarlos a santificarse.

San Valerio se contaba entre estos últimos. La fama de San Columbano y sus discípulos le movió a ir a Luxueil para ponerse bajo la dirección del gran Santo irlandés. Con él fue su amigo Bobo, un noble a quien Valerio había convertido y que abandonó todas sus posesiones para seguirle. Ambos se establecieron en Luxeuil, donde encontraron el director espiritual y la forma de vida que necesitaban. San Valerio estaba encargado de cultivar una parte del huerto. Los otros monjes consideraron como un milagro que los insectos no atacasen la parte del huerto confiada a Valerio, en tanto que devastaban todo el resto; también parece que esto fue lo que movió a San Columbano, quien tenía ya una idea muy elevada de la santidad de Valerio, a admitirle a la profesión después de un noviciado excepcionalmente breve.

El rey Teodorico expulsó al abad del monasterio y sólo permitió que partiesen con él los monjes irlandeses y bretones. San Valerio, que no quería quedarse en el monasterio sin su maestro, obtuvo permiso de acompañar a un monje llamado Waldolano, quien iba a partir a una misión de evangelización. Se establecieron en Neustria, donde predicaron con gran libertad; la elocuencia y los milagros de Valerio lograron numerosas conversiones. Sin embargo, el Santo se sintió pronto llamado de nuevo a retirarse del mundo, esta vez a la vida eremítica.

Siguiendo el consejo del obispo Verecundo, escogió un sitio solitario cerca del mar, en la desembocadura del río Somme. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos por ocultarse, no consiguió permanecer ignorado; pronto se le reunieron algunos discípulos y las celdas empezaron a multiplicarse en lo que más tarde se convertiría en la célebre abadía de Leuconaus.

San Valerio partía, de vez en cuando, a predicar misiones en la región; obtuvo un éxito tan grande, que se cuenta que evangelizó no sólo lo que ahora se llama Pas-de-Calais, sino toda la costa oriental del estrecho.

San Valerio era alto y de figura ascética; su singular bondad suavizó la rigidez de la regla de San Columbano con excelentes resultados. Los animales acudían a él sin temor: los pájaros iban a posarse sobre sus hombros y a comer en sus manos; en más de una ocasión, el buen abad dijo a los que iban a visitarle: “Dejad comer en paz a estas inocentes criaturas de Dios”.

San Valerio gobernó el monasterio durante seis años por lo menos y murió hacia el año 620. Los numerosos milagros que obró después de su muerte, contribuyeron a propagar rapidamente su culto. Dos poblaciones francesas le deben su nombre: Saint-Valéry-sur-Somme y Saint-Valéry-en-Caux. Ricardo Corazón de León trasladó las reliquias del Santo a esta última ciudad, que se halla en Normandía, pero más tarde fueron nuevamente llevadas a Saint-Valéry-sur-Somme, a la abadía de Leuconaus.

SAN MACARIO

El Taumaturgo Año 830

Macario el Taumaturgo nació en Constantinopla. Recibió una excelente educación y mostró particular aptitud para la Sagrada Escritura, “que aprendió entera en breve tiempo”, según leemos. Después, se trasladó de Constantinopla al monasterio de Pelekete, donde cambió su nombre de bautismo, que era Cristóbal, por el de Macario. Como era un monje modelo, fue elegido abad, y pronto se hizo famoso por las curaciones milagrosas que obró. Las multitudes acudían a Pelekete para obtener la curación de enfermedades de cuerpo y alma.

San Tarasio, patriarca de Constantinopla, quien había oído hablar mucho de su santidad y milagros, quiso entrevistarse con él; para escoltarle, envió al patricio Pablo, pues tanto a éste como a su esposa, ya desahuciada por los médicos, San Macario había devuelto la salud. Cuando se encontraron los dos santos, Tarasio bendijo a Macario y no le dejó volver a su monasterio, sino después de haberle conferido la ordenación sacerdotal. El Santo abad no estaba destinado a vivir mucho tiempo en la paz del monasterio; el emperador Leo el Armenio se dedicó a perseguir a todos los que defendían el culto de las imágenes, y Macario fue torturado y estuvo prisionero hasta la muerte de Leo.

El sucesor de éste, Miguel el Tartamudo, devolvió la libertad al Santo y trató de ganarle con amenazas y promesas; pero, como San Macario permaneciese inflexible, el emperador lo desterró finalmente a Afusia, en la costa de Bitinia, donde murió el Santo el 18 de agosto, pero es imposible precisar el año.

SAN CELSO

Arzobispo de Armagh Año 1129

Celso es el nombre latino de Ceallach mac Aedha, en cuya familia la sede de Armagh había sido hereditaria durante varias generaciones. Como sus ocho predecesores, Celso era laico, al asumir la sede en 1105, a los veintiséis años de edad. Consagrado obispo, fue un excelente pastor. San Bernardo de Claraval escribió sobre él: “Era un hombre bueno y temeroso de Dios”. Fue muy asiduo en las visitas pastorales, administró sabiamente las posesiones de su diócesis y restauró la disciplina eclesiástica. Con este último punto se relaciona su presencia en el gran sínodo de Rath Breasail, al que asistieron no menos de cincuenta obispos, bajo la presidencia del legado pontificio Gilberto de Limerick. El pueblo no recibió de buen grado ni las reformas, que llevó al cabo el sínodo, ni la nueva división de las diócesis.

Los anales de Four Masters cuentan que San Celso reconstruyó la catedral de Armagh. La época en que vivió fue muy agitada; tuvo que ejercer el oficio de mediador en las discordias de los príncipes irlandeses y sufrió las invasiones de los O'Rourke y los O'Brien.

En todas sus dificultades le asistió San Malaquías, quien fue primero archidiácono suyo y después obispo de Connor. Poco antes de su muerte, ocurrida en Ardpatrick de Munster, en 1129, Celso acabó con la costumbre de la sucesión hereditaria, nombrando por sucesor a Malaquías. Según su deseo, fue enterrado en Lismore.

El cardenal Baronio introdujo el nombre de San Celso en el Martirologio Romano. Su fiesta se celebra el 1 de abril, día de su muerte, en todas las diócesis de Irlanda.

SAN HUGO

Obispo De Grénoble Año 1132

San Hugo nació en Chateauneuf, cerca de Valences del Delfinado, en 1052. Su padre, Odilón, que se había casado dos veces, entró en la Cartuja y murió a los cien años de edad; su propio hijo, en cuyos brazos expiró, le administró el Santo viático. Hugo empezó su educación en Valences y la terminó brillantemente en el extranjero. Aunque era todavía laico, obtuvo una canonjía en la catedral de Valences, pues en aquella época se conferían ciertos beneficios eclesiásticos a los estudiantes que aún no habían recibido las sagradas órdenes.

Hugo, obispo de Die, quedó conquistado por las cualidades de nuestro Santo y decidió tomarlo a su servicio. Nada tiene esto de extraño, pues San Hugo era muy joven, simpático y extremadamente tímido; por otra parte, su cortesía y su modestia, que le llevaban a ocultar su talento y su ciencia, le habían ganado los corazones. El obispo de Die tuvo pronto ocasión de comprobar las excelentes cualidades de su protegido, en unas difíciles negociaciones de la campaña contra la simonía.

En 1080, le llevó consigo al sínodo de Aviñón, que se había reunido, entre otras cosas, para tomar medidas contra los abusos que se habían introducido en la sede vacante de Grénoble. Tanto el concilio como los delegados de Grénoble vieron en el canónigo Hugo al hombre capaz de poner fin a los desórdenes de Grénoble, pero tuvieron gran dificultad en hacerle aceptar esa elección unánime. El delegado pontificio le confirió las órdenes sagradas y le llevó consigo a Roma para que recibiese la consagración episcopal de manos del Sumo Pontífice. La bondadosa acogida que le dispensó San Gregorio VII, movió a San Hugo a consultarle acerca de las tentaciones de blasfemia que le asaltaban con frecuencia, pues naturalmente le hacían sufrir mucho y, según pensaba él, le hacían inepto para la dignidad episcopal. El Papa le tranquilizó, explicándole que Dios permitía esas pruebas para purificarle y convertirle en un instrumento más apto para la realización de sus planes. San Hugo fue presa de las mismas tentaciones hasta su última enfermedad, pero jamás cedió a las instigaciones del demonio.

La condesa Matilde regaló al nuevo obispo, que no tenía más que veintiocho años, el báculo pastoral y algunos libros, entre los que se contaban el De officiis ministrorum de San Ambrosio y un salterio que contenía algunos comentarios de San Agustín. San Hugo partió a su diócesis inmediatamente después de la consagración y quedó aterrado al ver el estado de su grey. Se cometían abiertamente los más graves pecados; la simonía y la usura abundaban; el clero hacía caso omiso de la obligación del celibato; el pueblo carecía de instrucción; los laicos se habían apoderado de las propiedades de la Iglesia y la sede estaba en bancarrota. La tarea que el Santo tenía frente a sí era inmensa.

Durante dos años luchó contra los abusos, predicando incansablemente, denunciando a los culpables, ayunando rigurosamente y orando sin interrupción. Sin embargo, los excelentes resultados que consiguió con ello eran patentes a todos, excepto para él; no veía sino los fracasos, que atribuía a su ineptitud. Desalentado, se retiró furtivamente a la abadía cluniacense de Chaise-Dieu, donde tomó el hábito benedictino. Pero su retiro no duró mucho, ya que el Papa le ordenó que volviese a Grénoble a continuar en el gobierno de su diócesis. A su vuelta de la soledad, San Hugo, como Moisés cuando bajó de la montaña, predicó con mayor fervor y éxito que antes. San Bruno y sus compañeros acudieron a él, decididos a abandonar el mundo, y el Santo obispo les regaló el desierto de Chartreuse, del que la nueva orden tomó el nombre de Cartuja. San Hugo concibió gran cariño por los monjes; gustaba mucho de ir a visitarlos en la soledad, se les unía en los ejercicios de piedad y en los más humildes oficios.

Algunas veces se quedaba tanto tiempo con ellos, que San Bruno se veía obligado a recordarle sus deberes pastorales.

Esos períodos de retiro eran como claros oasis en una existencia dura y agitada. San Hugo tuvo gran éxito con el clero y el pueblo, pero los nobles le opusieron resistencia hasta el fin de su vida. Por otra parte, durante los últimos cuarenta años sufrió de terribles dolores de cabeza y trastornos gástricos y se vio atormentado por tremendas tentaciones. Pero Dios no dejó de concederle algunos consuelos espirituales que le llenaban de gozo.

Cuando San Hugo predicaba, no era raro que llorasen todos sus oyentes y que algunos se sintiesen movidos a hacer confesiones públicas. El Santo tenía gran horror al pecado; las calumnias le disgustaban tanto, que tenía dificultad en cumplir su deber de leer los informes oficiales y cerraba los oídos a las noticias del día. Las cosas temporales le parecían tediosas en comparación con las espirituales en las que tenía puesto el corazón. En vano rogó a varios Papas que le diesen permiso de renunciar al gobierno de su diócesis; siempre recibió negativas rotundas. Honorio II, a quien se quejó de su edad y su debilidad, replicó que prefería tenerle a él, viejo y enfermo, en el gobierno de la sede de Grénoble, que al hombre más fuerte y más sano que pudiese encontrar.

San Hugo era muy generoso con los pobres. En una época de hambre, vendió un cáliz de oro y muchas joyas y piedras preciosas de su iglesia. Su ejemplo movió a los ricos a combatir el hambre del pueblo y a contribuir a las necesidades de la diócesis. Hacia el fin de su vida, San Hugo sufrió una dolorosa enfermedad, pero jamás habló de ello ni pronunció una sola palabra de queja. Olvidado de mismo, sólo se preocupaba por los demás. Su humildad era tanto más extraordinaria, cuanto que todos le manifestaban la mayor reverencia y afecto. Alguien le preguntó un día: “¿Por qué lloras tan amargamente, que no has ofendido jamás a Dios a sabiendas?” El Santo respondió: “La vanidad y los afectos desordenados bastan para condenar a un hombre. Sólo la misericordia de Dios puede salvarnos, de suerte que no debemos dejar de implorarla”.

Poco antes de su muerte, perdió totalmente la memoria, excepto para la oración y pasaba el tiempo repitiendo el salterio y el Padrenuestro. Su muerte ocurrió el 1 de abril de 1132, dos meses antes de que cumpliese ochenta años, después de haber gobernado su diócesis durante cincuenta y dos años. El Papa Inocencio II le canonizó dos años más tarde.

San Hugo se cuenta entre los escritores eclesiásticos sobre todo por su contribución a los cartularios; en la biblioteca de Grénoble existen algunas copias, con curiosas notas históricas. Con frecuencia se cita a San Hugo con San Bruno como cofundador de la “Grande Chartreuse”.

SAN HUGO DE BONNEVAUX

Abad Año 1194

En una de sus cartas San Bernardo prodiga grandes alabanzas a un novicio llamado Hugo, que había renunciado a una fortuna considerable y entrado en la abadía de Mézieres siendo muy joven, contra los deseos de sus parientes. Se trataba de un sobrino de San Hugo de Grénoble.

Un día en que le asaltaban terribles tentaciones de volver al mundo, entró a un templo a pedir el auxilio divino. La Virgen de la Merced se le apareció, le miró con gran cariño, y le dijo: “Muestra que eres hombre y abre tu corazón a la fortaleza de Dios. Puedes estar seguro de que jamás te asaltará de nuevo esta tentación”. Hugo se entregó a penitencias tan severas, que acabó con su salud y empezó a perder la memoria; pero logró restablecerse gracias al sentido común de San Bernardo, quien le envió a la enfermería con instrucciones de que le atendiesen bien y le dejasen hablar con quien quisiera.

Poco después, Hugo fue nombrado abad de Bonnevaux, y la abadía floreció mucho bajo su gobierno. Se cuenta que podía leer el pensamiento y que tenía un sentido especial para descubrir las tentaciones de sus hermanos. Los relatos que han llegado hasta nosotros confirman sus dones de Profecía y Exorcismo. Como el de tantas otras lumbreras de la vida monástica, el celo de Hugo no se confinaba a su monasterio ni a su orden.

Movido por divina inspiración, fue a Venecia en 1177 para actuar como mediador entre el Papa Alejandro 111 y el emperador Federico Barbarroja. Gracias a él, se hizo la paz entre los dos. San Hugo murió en 1194, y su antiquísimo culto fue aprobado en 1907.

SAN GILBERTO

Obispo De Caithness Año 1245

Los escoceses honraron desde antiguo a San Gilberto como a un gran patriota, porque defendió la libertad de la Iglesia escocesa contra las amenazas de Inglaterra, según cuenta la tradición. Nacido en Moray, San Gilberto recibió las órdenes sagradas y fue nombrado archidiácono de Moray.

Según la tradición, siendo todavía muy joven, fue convocado con los obispos de la Iglesia de Escocia a un concilio que tuvo lugar en Northampton, en 1176. Como portavoz de los obispos escoceses, se opuso con fervor y elocuencia a la idea de convertir a los prelados del norte de la Gran Bretaña en sufragáneos del arzobispo de York. Sostuvo firmemente la tesis de que la Iglesia de Escocia había sido libre desde el principio y que sólo estaba sujeta a la autoridad del Papa; por tanto, habría sido injusto someterla a la autoridad de un metropolitano inglés, tanto más cuanto que los ingleses y los escoceses vivían perpetuamente en guerra. Según parece, ésta fue la idea que se impuso en el concilio.

Según el Breviario de Aberdeen, San Gilberto sirvió a varios monarcas. La leyenda cuenta que sus amigos quemaron los libros en que guardaba las cuentas, con la esperanza de desacreditarle; pero las oraciones del Santo lograron que los libros aparecieran íntegros. Después del asesinato del obispo Adam, el rey Alejandro nombró a Gilberto obispo de Caithness. El Santo gobernó su diócesis sabiamente durante veinte años, construyó varios albergues para los pobres, erigió la catedral de Dornoch y, con su predicación y ejemplo, contribuyó a la civilización de su pueblo.

En su lecho de muerte dijo a los que le rodeaban: “Os recomiendo tres máximas que yo he tratado de observar toda mi vida: No hagáis daño a nadie y no tratéis de vengaros si os lo hacen. Soportad con paciencia los sufrimientos que Dios os envíe, teniendo presente que Él purifica así a sus hijos para el cielo. Por último, obedeced a la autoridad para no escandalizar a nadie”.

BEATO LUIS PAVONI

Fundador de los Hijos de María Inmaculada de Brescia Año 1849

Luis Pavoni fue uno de los predecesores de San Juan Bosco en la educación y cuidado de los niños huérfanos y desamparados. Nació en Brescia de Lombardía, en 1784. Sus padres eran Alejandro Pavoni y Lelia Pontecarli, descendientes de familias nobles y con suficientes riquezas para mantener su posición.

Luis era de carácter serio desde niño; su hermana Paulina declaró; “Luis fue desde niño muy devoto, en tanto que yo era muy traviesa”. El joven empezó a descubrir su vocación durante las vacaciones que pasaba en Alfinello, donde jugaba con los hijos de los campesinos y les enseñaba el catecismo. En cierta ocasión arrojó desde la ventana su camisa a un mendigo que tiritaba de frío en la calle. Luis tenía aptitudes para las bellas artes y probablemente habría sido un buen pintor o arquitecto, pero a nadie sorprendió que decidiese estudiar para sacerdote. Como la revolución había acabado con todos los seminarios, el joven tuvo que estudiar bajo la dirección de los dominicos, hasta que fue ordenado sacerdote en 1807.

El P. Pavoni no tenía cargo fijo, sino que ayudaba en diversas parroquias de Brescia, particularmente en los “oratorios” fundados por el P. Manelli y algunos otros. En este género de trabajo demostró extraordinaria habilidad.

En 1818, cuando sólo tenía treinta y cuatro años, fue nombrado canónigo de la catedral de Brescia y párroco de San Bernabé. Junto a la Iglesia había un antiguo convento de agustinos, en una de cuyas secciones se alojaba el párroco, en tanto que el resto servía de almacén militar.

El nuevo párroco concibió el proyecto de transformar el edificio en “oratorio permanente”, es decir en un instituto que albergase en un ambiente de familia y preparase para la vida a los niños abandonados. Viendo todas las dificultades que se oponían a su proyecto, el P. Pavoni lo consultó con el crucifijo y tuvo la impresión de que Cristo le animaba a lanzarse a la empresa. El obispo, Mons. Nava, le prometió su apoyo, y el P. Pavoni inauguró su oratorio en un rincón del antiguo monasterio, llamado “el nido de ratas”.

El primer oficio que escogió para sus chicos fue el de impresor. Los veinte años siguientes de la vida del Beato son un tejido de notables éxitos y enojosas negociaciones con las autoridades para conseguir el permiso de imprimir y de utilizar todo el monasterio para el orfanatorio. En aquella época, Lombardía dependía aún de Austria; la Revolución Francesa y Napoleón seguían ejerciendo su influencia y la voz del difunto José II de Austria (“nuestro hermano el sacristán”), todavía se dejaba oír.

Como el deseo de independencia agitaba ya al pueblo, las autoridades veían con gran desconfianza la fundación de una imprenta italiana. En cuanto a la cuestión del monasterio, aunque el gobernador austriaco admiraba al P. Pavoni, era demasiado josefinista para devolver a la Iglesia una propiedad que el Estado le había arrebatado. Además, las dificultades inherentes a toda burocracia eran aún más grandes en Lombardía.

En 1823, se concedió al P. Pavoni la licencia de imprimir (aunque la imprenta ya estaba funcionando desde antes), pero el permiso de ocupar el monasterio entero no se le concedió sino hasta 1841. Con la ayuda de sus generosos bienhechores, entre los que se contaban Mons. Nava y la hermana del beato, Paulina Trivellini, pudo éste instalar por fin una escuela de oficios, de dibujo y de música. Naturalmente, no le faltaron las dificultades pecuniarias.

El oratorio tuvo que sufrir toda clase de vejaciones. Durante el carnaval de 1828, el ayuntamiento de la ciudad concedió el permiso de que un circo acampase en el patio del monumento. El lector puede fácilmente imaginar lo difícil que resultaría conservar el orden entre los chicos, en tales circunstancias.

En 1832, el trabajo de la imprenta del oratorio se distinguió en la exposición de Brescia y el año siguiente, el Papa Gregorio XVI alabó la fundación como “Cosa buona” (una buena cosa). Pero en 1836, la fundación tuvo que hacer frente a los efectos del cólera, que dejó en Brescia a centenares de niños huérfanos. Entre las enfermeras que más se distinguieron durante la epidemia, se hallaba Paula di Rosa, fundadora de las Siervas de la Caridad (15 de diciembre), quien sugirió a Mons. Pinzoni que organizara una escuela para niños sordomudos. Dicha escuela se confió al P. Pavoni.

Por otra parte, el gobernador civil le pidió que se encargase también del Orfanatorio de la Misericordia. La generosa conducta del Beato logró por fin que el Concejo Municipal le regalase el edificio de San Bernabé. Luis Pavoni era un hombre de mediana estatura, robusto y de cabello sedoso. Era de temperamento ardiente e impulsivo y hablaba con soltura y autoridad. La paciencia y serenidad que había adquirido a fuerza de dominarse, producían una impresión de energía reprimida. Era un hombre bastante culto, de intereses variados y equilibrados. No era superficial, pero tampoco podía decirse que fuese un sabio. Su ideal de la educación, muy abierto, consistía en formar a todo hombre para que pudiese ser realmente bueno.

Hay que notar que, cincuenta años antes de la publicación de la “Rerum novarum”, el Beato comprendió la transcendencia religiosa de la justicia social y la puso en práctica con sus empleados. Aunque muchos de sus chicos eran literalmente el desecho de la sociedad, el P. Pavoni estaba decidido a hacer de ellos hombres buenos, buenos trabajadores, buenos ciudadanos y buenos cristianos. Sus métodos pedagógicos, como los de San Juan Bosco, consistían más bien en prevenir y alentar, que en reprimir.

El Beato prefería la bondad a la severidad. “El rigorismo -decía- no lleva a nadie al cielo”. Sin embargo, no faltarán sin duda quienes encuentren todavía demasiado severos los métodos del P. Pavoni, olvidando que el material humano que tenía que educar no era precisamente fácil.

El P. Pavoni deseaba que en el oratorio hubiese una atmósfera de familia y no de institución. Basta con leer un poco sobre su manera de tratar a los chicos para convencerse de que se trataba de un Santo “que amaba a los niños de todo corazón, y al que éstos pagaban con la misma moneda”. El P. Pavoni expulsaba sin piedad a los malos elementos para evitar que corrompieran a los buenos; pero, en vez de abandonarles a su suerte, seguía velando por ellos fuera del oratorio.

Cierto que la elección del “Tratado de Perfección” del P. Rodríguez como libro de lectura espiritual para los niños, no era de lo más acertado. Pero había en cambio, cosas magníficas. Por ejemplo; el Beato consideraba tan importante la cocina, que el cocinero y sus ayudantes estaban bajo la vigilancia inmediata del director, quien les exigía buena comida, puntualidad y buenas maneras con los niños; el vino no estaba prohibido, simplemente había que beberlo “con discreción”; una de las formas de recreo que más recomendaba el Beato a sus chicos era la representación de comedias. Esto último significaba atraerse las críticas de la sociedad bien pensante de la época, y ni siquiera la presencia del obispo, de los seminaristas y de los alumnos del colegio de los jesuitas, en la primera representación teatral del oratorio, consiguieron acallarlas del todo.

Durante largos años el Beato había acariciado el proyecto de fundar una congregación religiosa que se encargase de continuar su obra. Poco a poco había elaborado las reglas y constituciones de una congregación de sacerdotes y hermanos legos que debían trabajar en sus oficios respectivos. Después de pensarlo y orar mucho, consultó el asunto con Mons. Nava y con el cardenal Ángelo Mai, quienes le alentaron a realizar sus planes. Esto decidió al P. Pavoni a poner manos a la obra, a pesar de las críticas de quienes consideraban indigno de un religioso enseñar artes y oficios, aunque encontraban muy normal que enseñase ciencias y literatura. No faltaba razón a Santa Teresa cuando pedía a Dios que la protegiese de los tontos piadosos...

El Beato compró una propiedad para el noviciado, en Saiano, cerca de Brescia; restauró los antiguos edificios; estableció una colonia agrícola y trasladó ahí la escuela de sordomudos. En 1844, obtuvo de la Santa Sede el permiso de recibir novicios. Pero para ello necesitaba también la licencia de las autoridades civiles austriacas, de suerte que pasaron todavía tres años antes de que la congregación de los Hijos de María Inmaculada quedase formalmente fundada.

El 8 de diciembre de 1847, Luis Pavoni, que había sido nombrado previamente superior general, hizo la profesión religiosa. El día anterior había renunciado a la canonjía y transferido a la nueva congregación los títulos de su casa de Brescia, de sus propiedades personales y de los edificios de San Bernabé y de Saiano. Sin duda que, junto con la cruz de canónigo, renunció también a la condecoración de caballero de la corona de bronce que le había conferido en 1844 el emperador Fernando I. En esa ocasión, el Beato había comentado en privado: “¿Por qué no me mandó el emperador un saco de harina para la comida de mis chicos en vez de esta medalla?”

Poco después de fundada la congregación, estalló la rebelión de los lombardos contra Austria. La situación fue haciéndose más angustiosa de día en día. En enero de 1849, el gobierno impuso una gravosa multa a la ciudad de Brescia; los ánimos se enardecieron tanto, que el Beato juzgó prudente clausurar su querida imprenta. La tormenta se desató el 26 de marzo, con lo que se llamó “la decena de Brescia”. Al día siguiente, el Beato partió con todos sus chicos a Saiano, bajo una lluvia tempestuosa. Cuando pasó por Torricelle, su hermana Paulina quiso prestarle un carruaje, pero el anciano se rehusó, diciendo: “No, yo puedo ir a pie como mis chicos”. Finalmente, la caravana llegó a su destino, exhausta y empapada. El Beato subió todavía a la cumbre de la colina para ver arder Brescia y el oratorio en el que había pasado treinta años de su vida. En ese momento tuvo el primer espasmo cardíaco, que había de llevarle a la tumba en unos cuantos días.

El párroco de Santa María le mandó inmediatamente a la cama, y el P. Pavoni obedeció. Era la primera vez que se acostaba en sábanas de lino, desde que había salido de la casa de su padre. Poco a poco se fue debilitando; murió una semana más tarde, a los sesenta y seis años de edad, entre las lágrimas de sus hermanos y de sus chicos. Era el Domingo de Ramos, l de abril de 1849.

La víspera, el Beato había oído todo el día y toda la noche el rugido de los cañones que bombardeaban la ciudad de Brescia.

El P. Pavoni fue sepultado en Saiano. Su cuerpo fue más tarde trasladado a Brescia, donde reposa actualmente en el templo de la Inmaculada. La causa de beatificación se introdujo en 1919; veintiocho años más tarde, en 1947, Luis Pavoni fue solemnemente beatificado.

No hay que confundir esta Congregación con la de los Hijos de la Inmaculada Virgen María, fundada en Lucón por el Venerable Luis Baudouin, en 1828.

2 DE ABRIL

SAN FRANCISCO DE PAULA

Fundador de los Frailes Mínimos Año 1507

Francisco nació hacia 1416 en Paula, pequeña ciudad de Calabria. Sus padres eran humildes e industriosos y ponían todo su empeño en amar y servir a Dios. Como no tenían hijos después de varios años de matrimonio, pidieron ardientemente a Dios que les concediese uno que, al nacer, recibió el nombre de Francisco en honor del “Poverello” de Asís, a cuya intercesión se había acudido especialmente.

A los trece años de edad, Francisco entró en la escuela del convento franciscano de San Marcos, donde aprendió a leer y empezó a practicar las austeras virtudes en que había de distinguirse durante toda su vida. Aunque no estaba obligado a seguir las reglas de la orden, casi sobrepasaba a los religiosos en la observancia, a pesar de su tierna edad. Al cabo de un año, acompañó a sus padres en una peregrinación a Asís y a Roma. A la vuelta, obtuvo permiso para retirarse a un sitio que distaba unos dos kilómetros de Paula y más tarde, a una cueva a la orilla del mar.

Cuando tenía veinte años, se le reunieron otros dos compañeros. Los vecinos les construyeron tres celdas y una capilla, en la que cantaban las divinas alabanzas y un sacerdote de la Iglesia más próxima les celebraba la misa.

El año de 1436 se considera como el de la fundación de la congregación. Unos diecisiete años más tarde, cuando el número de discípulos había ya aumentado, el arzobispo de Cosenza les permitió construir un monasterio en el mismo sitio. El pueblo quería tanto a los religiosos, que todos los vecinos ayudaron en la construcción. Se cuenta que San Francisco obró varios milagros cuando se levantaba el edificio; uno o dos de ellos constan en el proceso de canonización. Cuando el nuevo convento quedó terminado, el Santo se consagró enteramente a establecer la disciplina regular en la comunidad, en la que precedía a todos con su austero ejemplo. Aunque su lecho ya no era la dura roca, no pasaba de ser una tabla o el piso de la celda; una piedra le servía de almohada. La penitencia, la caridad y la humildad formaban la base de sus reglas. San Francisco escogió la caridad como lema de su congregación e inculcaba constantemente a sus religiosos la humildad.

Además de los tres votos ordinarios, impuso a sus discípulos la obligación de observar una cuaresma perpetua, con abstinencia de carne, huevos y alimentos lácteos. El Santo consideraba el ayuno como el camino real para la conquista de mismo; deplorando la mitigación de la estricta regla cuaresmal que la Iglesia se había visto obligada a conceder, esperaba que la abstinencia que practicaban sus religiosos serviría de ejemplo y de reparación por la tibieza de tantos cristianos.

Además del don de milagros, San Francisco poseía también el de profecía. Escribiendo al Papa León X sobre la futura canonización de Francisco de Paula, el obispo de Grénoble (tío de Bayardo, “el caballero sin miedo y sin tacha”) decía: “Santísimo Padre, Francisco me reveló muchas cosas que sólo Dios y yo conocemos”.

El Papa Pablo II envió un delegado a Calabria para que investigara las maravillas que se contaban del santo. Al ver llegar al visitante, San Francisco, que estaba ocupado con los obreros en la construcción de la iglesia, los dejó al punto para salir a su encuentro. El delegado papal trató de besarle las manos; en vez de permitirlo, el Santo protestó que a él era a quien correspondía besar aquellas manos santificadas por treinta años de celebrar el Santo sacrificio. Sorprendido el delegado al ver que Francisco sabía exactamente cuánto tiempo hacía que había recibido la ordenación, le pidió una entrevista, sin revelarle su verdadera misión. Siguió al Santo al interior de la clausura y habló con elocuencia de los peligros de la singularidad y manifestó que la regla del convento, le parecía demasiado austera para la naturaleza humana. El Santo trató de defender la regla para demostrar al delegado lo que la gracia era capaz de hacer soportar a quienes estaban decididos a servir a Dios, sacó del fuego unos carbones ardientes y los tuvo en sus manos varios minutos, sin recibir la menor quemadura. Digamos de paso que existen muchos otros ejemplos de la inmunidad de que gozaba el Santo respecto del fuego.

El delegado papal volvió a Roma lleno de veneración por el siervo de Dios, y la nueva familia religiosa recibió la aprobación pontificia en 1474. En aquella época, casi todos los miembros de la comunidad carecían de instrucción y sólo había un sacerdote entre ellos. El pueblo los llamaba “los ermitaños de San Francisco de Asís”.

En 1492, a instancias del fundador, que quería que sus religiosos fuesen los más pequeños en la mansión del Señor, adoptaron el nombre de “mínimos”.

San Francisco de Paula hizo varias fundaciones en el sur de Italia y en Sicilia. El rey Fernando de Nápoles, molesto por las severas amonestaciones que tanto él como sus dos hijos habían recibido del santo, dio la orden de arrestarle y conducirle a Nápoles. El encargado de ejecutar el mandato real quedó tan impresionado por la personalidad y humildad de San Francisco, que volvió a la corte sin el prisionero y persuadió al rey a que le dejase en paz. A decir verdad, ya en aquella época toda Italia celebraba a Francisco de Paula como santo, profeta y taumaturgo.

En 1481, Luis XI de Francia estaba agonizando lentamente a resultas de un ataque de apoplejía. El amor por la vida y el terror a la muerte de aquel monarca eran verdaderamente excepcionales; la enfermedad le había vuelto tan impaciente e irritable, que nadie se atrevía a acercársele. Dándose cuenta de que su estado empeoraba, el rey ordenó que trajesen a la corte a San Francisco, prometiéndole que el monarca apoyaría su congregación. Como el Santo se llegase a ir, Luis XI recurrió al Papa Sixto IV, quien ordenó a Francisco ir a la corte. San Francisco se puso inmediatamente en camino; el rey regaló diez mil coronas al heraldo que anunció la llegada del siervo de Dios y envió al delfín a escoltarle a Plessis-les-Tours. Luis XI se arrodilló ante San Francisco y le rogó que le devolviese la salud. El Santo replicó que las vidas de los reyes están en las manos de Dios y tienen un límite, como la del resto de los mortales y que a Él era a quien había que dirigir las súplicas.

Muchos nobles acudieron a ver a San Francisco. Aunque era éste un hombre sin instrucción, Felipe de Commines, que tuvo ocasión de escucharle varias veces, escribió que la sabiduría de sus palabras demostraba que el Espíritu Santo hablaba por su boca. La oración y el ejemplo del siervo de Dios cambiaron el corazón del monarca, quien murió con gran resignación en brazos de Francisco. Carlos VIII honró al santo, tanto como su padre y le consultaba en todos los asuntos de conciencia y aun de Estado. Igualmente construyó un convento de la congregación en el parque de Plessis y otro en Amboise, en el sitio en que había encontrado a San Francisco por primera vez. Además, construyó en Roma el monasterio de Santa Trinita dei Monte, en el Pinicio, donde sólo se admitía a los franceses.

San Francisco pasó veinticinco años en Francia y murió en ese país. El Domingo de Ramos de 1507 cayó enfermo y el Jueves Santo, reunió a sus hermanos y los exhortó al amor de Dios, a la práctica de la caridad y a la observancia de las reglas. En seguida recibió el Viático, descalzo y con una cuerda al cuello, según la costumbre de su congregación.

Murió al día siguiente, “Viernes Santo”, a los noventa y un años de edad. Su canonización tuvo lugar en 1519.

San Francisco compuso para sus religiosos las reglas y un “correctorium” o método de imponer penitencias. Igualmente redactó un ceremonial, unas reglas para religiosas y otras para las personas que vivían en el mundo. En la actualidad se ha reducido el número de los “mínimos” y apenas se encuentran fuera de Italia.

SANTOS APIANO Y TEODOSIA

Mártires Año 306

Entre los mártires de Palestina, a los que Eusebio conoció personalmente y cuyos sufrimientos describió, se cuentan dos, cuya tierna edad impresionó especialmente al escritor. Uno era Apiano, joven de veinte años y la otra era una muchacha de dieciocho años, llamada Teodosia.

Apiano había nacido en Licia y había estudiado en la famosa escuela de Berytus de Fenicia, donde se había convertido al cristianismo. A los dieciocho años se fue a vivir a Cesaréa. Poco después, el gobernador de la ciudad recibió la orden de exigir que todos los habitantes ofreciesen sacrificios públicos. Al tener noticia de ello, Apiano, sin comunicar a nadie sus planes -”ni siquiera a nosotros”, dice Eusebio, que vivió entonces con él-, se dirigió al sitio en que el gobernador Urbano estaba ofreciendo sacrificios y logró llegar hasta él, sin que los guardias lo advirtiesen. Tomando a Urbano por el brazo, le impidió ofrecer el sacrificio y clamó contra la impiedad que cometía quien abandonaba el culto del verdadero Dios para adorar a los ídolos. Los guardias se lanzaron sobre Apiano y le molieron a puntapiés; después le arrojaron en un oscuro calabozo, donde pasó veinticuatro horas con apretados grilletes en los tobillos. Al día siguiente tenía el rostro tan hinchado, que era imposible reconocerle. El juez mandó desgarrarle con garfios hasta los huesos, de suerte que las entrañas del Santo quedaron a la vista. A todas las preguntas respondía de la misma manera: “Yo soy siervo de Cristo”. Después se le aplicaron en las plantas de los pies lienzos mojados en aceite hirviente; pero, por más que le quemaron hasta los huesos, no consiguieron vencer su constancia. Cuando los guardias le decían que ofreciese sacrificios a los dioses, Apiano respondía: “Yo confieso al Cristo, el Dios verdadero que es uno con el Padre”. Al ver que no flaqueaba en su resolución, el juez le condenó a ser arrojado al mar. Inmediatamente después de ejecutada la sentencia, ocurrió un milagro que, según dice Eusebio, tuvo lugar en presencia de toda la población, ya que un violento temblor arrojó a la playa el cuerpo del mártir, a pesar de que los verdugos le habían atado al cuello losas muy pesadas.

Teodosia parece haber sido también martirizada durante la persecución de Maximino. Eusebio describe así su triunfo: “A los cinco años de persecución, el cuarto día después de las nonas de abril, que era la fiesta de la Resurrección del Señor, llegó a Cesaréa una joven muy Santa y devota, llamada Teodosia, originaria de Tiro. Teodosia se aproximó a unos prisioneros que estaban esperando la sentencia de muerte delante del pretorio, con la intención de saludarles y, probablemente también, de pedirles que no la olvidasen al llegar a la presencia de Dios. Los guardias cayeron sobre ella como si hubiese cometido un crimen y la arrastraron ante el presidente, quien se dejó llevar por la crueldad y la condenó a terribles tormentos; los verdugos le desgarraron los costados y los pechos hasta dejar los huesos al descubierto. La mártir respiraba todavía y su rostro reflejaba una deliciosa sonrisa, cuando el presidente mandó que la arrojasen al mar”.

SANTA MARIA EGIPCIACA

Ermitaña Siglo V

Según parece, la biografía de Santa María Egipciaca se basa en un corto relato, bastante verosímil, que forma parte de la “Vida de San Ciriaco”, escrita por su discípulo Cirilo de Escitópolis. El Santo varón se había retirado del mundo con sus seguidores y, según parece, vivía en el desierto al otro lado del Jordán.

Un día, dos de sus discípulos divisaron a un hombre escondido entre los arbustos y le siguieron hasta una cueva. El desconocido les gritó que no se acercasen, pues era mujer y estaba desnuda; a sus preguntas, respondió que se llamaba María, que era una gran pecadora y que había ido ahí a expiar su vida de cantante y actriz. Los dos discípulos fueron a decir a San Ciriaco lo que había sucedido. Cuando volvieron a la cueva, encontraron a la mujer muerta en el suelo y la enterraron ahí mismo.

Este relato dio origen a una complicada leyenda muy popular en la Edad Media, que se halla representada en los ventanales de las catedrales de Bourges y de Auxerre. Podemos resumir así la leyenda:

Durante el reinado de Teodosio, el Joven, vivía en Palestina un Santo monje y sacerdote llamado Zósimo. Tras de servir a Dios con gran fervor en el mismo convento durante cincuenta y tres años, se sintió llamado a trasladarse a otro monasterio en las orillas del Jordán, donde podría avanzar aún más en la perfección.

Los miembros de ese monasterio acostumbraban dispersarse en el desierto, después de la Misa del primer domingo de cuaresma, para pasar ese Santo tiempo en soledad y penitencia, hasta el Domingo de Ramos. Precisamente en ese período, hacia el año 430, Zósimo se encontraba a veinte días de camino de su monasterio; un día, se sentó al atardecer para descansar un poco y recitar los salmos. Viendo súbitamente una figura humana, hizo la señal de la cruz y terminó los salmos. Después levantó los ojos y vio a un ermitaño de cabellos blancos y tez tostada por el sol; pero el hombre echó a correr cuando Zósimo avanzó hacia él. Este le había casi dado alcance, cuando el ermitaño le gritó: “Padre Zósimo, soy una mujer; extiende tu manto para que puedas cubrirme y acércate”. Sorprendido de que la mujer supiese su nombre, Zósimo obedeció.

La mujer respondió a sus preguntas, contándole su extraña historia de penitente. “Nací en Egipto -le dijo-. A los doce años de edad, cuando mis padres vivían todavía, me fugué a Alejandría. No puedo recordar sin temblar los primeros pasos que me llevaron al pecado ni los excesos en que caí más tarde”. A continuación, le contó que había vivido como prostituta diecisiete años, no por necesidad, sino simplemente para satisfacer sus pasiones. Hacia los veintiocho años de edad, se unió por curiosidad a una caravana de peregrinos que iban a Jerusalén a celebrar la fiesta de la Santa Cruz, aun en el camino se las arregló para pervertir a algunos peregrinos. Al llegar a Jerusalén, trató de entrar en el templo con los demás, pero una fuerza invisible se lo impidió. Después de intentarlo en vano dos o tres veces más, se retiró a un rincón del atrio y, por primera vez reflexionó seriamente sobre su vida de pecado. Levantando los ojos hacia una imagen de la Virgen María, le pidió con lágrimas que le ayudase y prometió hacer penitencia. Entonces pudo entrar sin dificultad en el templo a venerar la Santa Cruz. Después volvió a dar gracias a la imagen de Nuestra Señora y oyó una voz que le decía: “Ve al otro lado del Jordán y ahí encontrarás el reposo”. Preguntó a un panadero por dónde se iba al Jordán y se dirigió inmediatamente al río. Al llegar a la Iglesia de San Juan Bautista, en la ribera del Jordán, recibió la comunión y, en seguida cruzó el río y se internó en el desierto, en el que había vivido cuarenta y siete años, según sus cálculos. Hasta entonces no había vuelto a ver a ningún ser humano; se había alimentado de plantas y dátiles. El frío del invierno y el calor del verano le habían curtido y, con frecuencia había sufrido sed. En esas ocasiones se había sentido tentada de añorar el lujo y los vinos de Egipto, que tan bien conocía. Durante diecisiete años se había visto asaltada de éstas y otras violentas tentaciones, pero había implorado la ayuda de la Virgen María, que no le había faltado nunca. No sabía leer ni había recibido ninguna instrucción en las cosas divinas, pero Dios le había revelado los misterios de la fe.

La penitente hizo prometer a Zósimo que no divulgaría su historia sino hasta después de su muerte y le pidió que el próximo Jueves Santo le trajese la comunión a la orilla del Jordán. Al año siguiente, Zósimo se dirigió al lugar de la cita, llevando al Santísimo Sacramento y el Jueves Santo divisó a María al otro lado del Jordán. La penitente hizo la señal de la cruz y empezó a avanzar sobre las aguas hasta donde se hallaba Zósimo. Recibió la comunión con gran devoción y recitó los primeros versículos del “Nunc Dimittis”. Zósimo le ofreció una canasta de dátiles, higos y lentejas dulces, pero María sólo aceptó tres lentejas. La penitente se encomendó a sus oraciones y le dio las gracias por lo que había hecho por ella. Finalmente, después de rogarle que volviese al año siguiente al sitio en que la había visto por primera vez, María pasó a la otra ribera, en la misma forma en que había venido.

Cuando fue Zósimo al año siguiente al sitio de la cita, encontró el cuerpo de María en la arena; junto al cadáver estaban escritas estas palabras: “Padre Zósimo, entierra el cuerpo de María la Pecadora. Haz que la tierra vuelva a la tierra y pide por mí. Morí la noche de la Pasión del Señor, después de haber recibido el divino Manjar”. El monje no tenía con qué cavar, pero un león vino a ayudarle con sus zarpas a abrir un agujero en la arena. Zósimo tomó su manto, que consideraba ahora como una preciosa reliquia y regresó, para contar a sus hermanos lo sucedido. Siguió sirviendo a Dios muchos años en su monasterio y murió apaciblemente a los cien años de edad.

Esta leyenda se difundió mucho y alcanzó gran popularidad en el oriente. Según parece, San Sofronio, patriarca de Jerusalén, que murió en el año 638, fue quien le dio forma definitiva. Sofronio tenía a la vista dos textos: la digresión que Cirilo de Escitópolis introdujo en su Vida de San Ciriaco y una leyenda semejante relatada por Juan Mosco en el Prado Espiritual. Tomando numerosos datos de la vida de San Pablo de Tebas, dicho autor construyó una leyenda de dimensiones respetables.

San Juan Damasceno, que murió a mediados del siglo VIII, cita largamente la Vida de Santa María Egipciaca, que considera aparentemente como un documento auténtico.

SAN NICECIO

Obispo de Lyon Año 573

San Nicecio, que era tío abuelo de San Gregorio de Tours, descendía de una familia de Borgoña y había sido destinado al servicio de la Iglesia desde muy joven. Después de su ordenación sacerdotal, siguió viviendo con su madre, que era viuda, obedeciéndola con la sencillez del último de los criados.

Nicecio tenía en tan alta estima la instrucción, que insistía en que todos los niños nacidos en sus posesiones aprendiesen a leer y a recitar los salmos; ello no le impedía ayudar personalmente a sus criados y servidores en el trabajo manual para cumplir con el precepto apostólico y tener algo que dar a los pobres. Cuando San Sacerdote, obispo de Lyon, se hallaba en París en su lecho de muerte, el rey Childeberto fue a visitarle y le rogó que nombrase a su sucesor. El anciano prelado nombró a su sobrino Nicecio, quien fue poco después consagrado obispo.

Era un hombre de vida irreprochable, que combatía con todas sus fuerzas las conversaciones ligeras y poco caritativas, predicando contra ellas siempre que podía. Sus poderes de exorcista le ganaron gran fama. Durante su episcopado, que duró casi veinte años, San Nicecio resucitó y mejoró el canto en las iglesias de su diócesis. San Gregorio de Tours cuenta muchos milagros obrados en su tumba.

BEATO JUAN PAYNE

Mártir

Año 1582

Según parece, el Beato Juan Payne nació en Peterborough. Lo único que sabemos de su familia es que uno de sus hermanos era un protestante muy fervoroso, lo cual permite conjeturar que tal vez el Beato se había convertido del protestantismo.

La primera noticia cierta que tenemos sobre Juan es que llegó a Douai, en 1574, a estudiar teología en el seminario. Menos de tres semanas después de su ordenación, partió a la misión inglesa. Su sitio de destino era Essex, en tanto que su compañero, el Beato Cutberto Mayne, se dirigía a Devonshire. El Beato se alojó en Ingatestone, en casa de Lady Petre, como si fuera uno de los criados que estaban a su servicio; pero tenía también un cuarto en Londres.

Parece que el Beato Juan era muy activo; a diferencia de tantos otros mártires, el éxito coronó sensiblemente sus esfuerzos.

En una de sus cartas escribe: “En todas partes y cada día más se multiplican las reconciliaciones con la Iglesia católica, con gran asombro de los herejes”. A continuación, explica que eso exige que el seminario de Douai envíe más sacerdotes. Menos de un año después de su llegada, fue hecho prisionero en casa de lady Petre; pero cuatro semanas más tarde, le pusieron en libertad. A los nueve meses salió de Inglaterra, aunque ignoramos por qué razón y por cuánto tiempo.

Lo cierto es que en la Navidad de 1579 estaba ya de vuelta en Essex, pues el hombre que le traicionó afirmó que le había visto por primera vez, en esa fecha, en casa de lady Petre y no hay razón para dudar de ello. En la casa de Lady Petre, llamada “Ingatestone Hall”, se refugiaban con frecuencia los sacerdotes que pasaban por el lugar; en 1855, se redescubrió casualmente la covacha en que se ocultaban, que tenía unos cuatro metros de largo por sesenta centímetros de ancho y tres metros de alto.

El P. Payne fue arrestado por segunda y última vez en Warwckshire. Aunque estaba acusado de conspiración, el juez Walsingham, después de interrogarle, declaró a Burleigh que la acusación carecía de fundamento. Pero, como era sacerdote, no pareció prudente dejarle en libertad, aunque todavía no existía la ley que consideraba como traición el hecho de recibir la ordenación sacerdotal en el extranjero. Así pues, el hombre que había denunciado a Payne hubo de declarar que éste había tratado de enredarle en una conspiración para asesinar a la reina, al tesorero y a Walsingham. Dicho testigo se llamaba Juan Eliot (más tarde conocido con el sobrenombre de “Judas Eliot”), quien había ocupado puestos de confianza en casa de Lady Petre y de otras familias católicas y demostró ser un bribón y un asesino. Para escapar del castigo y ganar dinero, denunció a más de treinta sacerdotes, entre los que se contaba Edmundo Campion.

La simple acusación de un testigo tan dudoso, costó al P. Payne ocho meses de prisión en la Torre de Londres, antes de ser juzgado. Fue torturado varias veces. El 31 de agosto se lee en el diario de la Torre de Londres: “Juan Payne, sacerdote, fue sometido a terrible tortura en el potro”.

La noche del 20 de marzo de 1582, los verdugos despertaron al P. Payne y le condujeron inmediatamente a la prisión de Chelmsford, sin darle tiempo de vestirse y tomar su cartera. Lady Hopton recuperó más tarde la cartera. Ante los jueces, Eliot repitió la acusación. No había ningún otro testigo, cosa que importó bien poco a los jueces. El mártir se declaró inocente y protestó que era contrario a todas las leyes divinas y humanas condenarle por el testimonio de un solo testigo, por añadidura muy sospechoso. A pesar de ello, los jueces le condenaron a muerte. La sentencia se ejecutó el 2 de abril. La multitud, compadecida del mártir, impidió que el verdugo le descuartizase y desentrañase antes de morir. La fiesta del Beato Juan Payne se celebra en las diócesis de Northampton y Brentwood, el 3 de abril.

BEATO LEOPOLDO DE GAICHE

Sacerdote Año 1815

El Beato Leopoldo nació en Gaiche de la diócesis de Perugia. Era hijo de una familia humilde y recibió en el bautismo el nombre de Juan. Un sacerdote de la Iglesia vecina le enseñó las primeras letras. Juan tomó el hábito franciscano en el convento de Cibotola y recibió el nombre de Leopoldo.

Ordenado sacerdote en 1757, sus superiores le destinaron a predicar los sermones cuaresmales, que le hicieron pronto muy famoso. Con su elocuencia y fervor, obtuvo numerosas conversiones; los enemigos se reconciliaban y los penitentes asaltaban su confesionario.

Durante diez años, a partir de 1768 en que fue nombrado misionero pontificio en los Estados de la Iglesia, predicó misiones en varias diócesis. Después fue nombrado provincial de su orden, pero ello no le impidió continuar su trabajo apostólico. Movido por el ejemplo del Beato Tomás de Cori y de San Leonardo de Puerto Mauricio, decidió fundar una casa para los ejercicios espirituales de los misioneros y predicadores, en la que pudiesen también hacer sus retiros los miembros de su orden y sus amigos; pero tuvo que superar muchas dificultades y decepciones antes de conseguir fundar la casa en la solitaria colina del Monte Luco, en las cercanías de Espoleto.

En 1808, cuando Napoleón ocupó Roma y tomó prisionero al Papa Pío VII, las casas religiosas fueron suprimidas. El Beato Leopoldo, que tenía ya setenta y tres años, hubo de abandonar su amado convento para retirarse con otros tres de sus hermanos a una miserable casucha de Espoleto. Ahí trabajó como ayudante de un párroco; más tarde se le confió una parroquia, cuyo pastor había sido desterrado por los franceses.

Estuvo en la cárcel por haberse negado a prestar un juramento que él consideraba pecaminoso; pero su prisión duró poco, pues algún tiempo después estaba ya entregado nuevamente al trabajo misional. Su don de profecía y los extraños fenómenos de que era objeto no hacían sino aumentar su fama; por ejemplo, sus oyentes le veían con frecuencia coronado de espinas mientras predicaba.

Cuando cayó Napoleón, el Beato se apresuró a volver a Monte Luco, donde trató de recomenzar la vida normal de la casa; pero sólo sobrevivió unos cuantos meses. El Señor le llamó el 15 de abril de 1815, a los ochenta y tres años de edad. Como en su tumba se obraron muchos milagros, la causa de beatificación se introdujo rápidamente y llegó a feliz término en 1893.

3 DE ABRIL

SAN PANCRACIO

Obispo de Taormina Año 90

No existe ningún documento fidedigno acerca de la vida y muerte de San Pancracio. Aunque mucho menos conocido que su homónimo romano, es muy venerado en Sicilia.

Según la leyenda, San Pancracio nació en Antioquía y fue convertido y bautizado junto con sus padres por San Pedro.

El mismo San Pedro le mandó a evangelizar Sicilia y le consagró primer obispo de Taormina. Ahí predicó San Pancracio, destruyó los ídolos y, con su elocuencia y milagros, convirtió al prefecto de la ciudad, llamado Bonifacio, quien le ayudó a construir un templo. Después de haber bautizado a muchos neófitos, fue asesinado a pedradas por unos bandoleros que bajaron de la montaña y le capturaron por sorpresa.

El culto de San Pancracio parece ser muy antiguo. El Hieronymianum le menciona dos veces, y hasta en Georgia se conserva la tradición de que fue discípulo de San Pedro.

SAN SIXTO I

Papa y Mártir Año 127

San Sixto I sucedió a San Alejandro I hacia fines del reinado de Trajano y gobernó la Iglesia durante diez años, en una época en que la dignidad pontificia era un preludio del martirio.

Todos los martirologios antiguos le veneran como mártir, pero carecemos de detalles sobre su vida y su muerte. Era romano de nacimiento. Se supone que la casa de su padre se hallaba en la antigua Vía Lata, en el sitio en que se levanta actualmente la Iglesia de Santa María de Calle Ancha.

Según el Líber Pontificalis, San Sixto ordenó que sólo los miembros del clero tocasen los vasos sagrados y que el pueblo se uniese al sacerdote en el canto del “Sanctus”.

Probablemente el Sixto del que se hace mención en el canon de la Misa es San Sixto II, cuyo martirio fue mucho más famoso.

SANTAS AGAPE, QUIONIA E IRENE

Vírgenes y Mártires Año 304

El año 303, el emperador Diocleciano publicó un decreto que condenaba a la pena de muerte a quienes poseyesen o guardasen una parte cualquiera de la Sagrada Escritura.

En aquella época vivían en Tesalónica de Macedonia tres hermanas cristianas, Agape, Quionia e Irene, hijas de padres paganos, que poseían varios volúmenes de la Sagrada Escritura. Tan bien escondidos los tenían, que los guardias no los descubrieron sino hasta el año siguiente, después de que las tres hermanas habían sido arrestadas por otra razón.

Dulcicio presidió el tribunal, sentado en su trono de gobernador. Su secretario, Artemiso, leyó la hoja de acusaciones, redactada por el procurador. El contenido era el siguiente: “El pensionario Casandro saluda a Dulcicio, gobernador de Macedonia, y envía a su Alteza seis cristianas y un cristiano que se rehusaron a comer la carne ofrecida a los dioses. Sus nombres son: Agape, Quionia, Irene, Casia, Felipa y Eutiquia. El cristiano se llama Agatón”.

El juez dijo a las mujeres: “¿Estáis locas? ¿Cómo se os ha metido en la cabeza desobedecer al mandato del emperador?” Después, volviéndose hacia Agatón, le preguntó: “¿Por qué te niegas a comer la carne ofrecida a los dioses, como lo hacen los otros súbditos del emperador?” “Porque soy cristiano, replicó Agatón. “¿Estás decidido a seguir siéndolo?” “Sí”. Entonces, Dulcicio interrogó a Agape sobre sus convicciones religiosas. Su respuesta fue: “Creo en Dios y no estoy dispuesta a renunciar al mérito de mi vida pasada, cometiendo una mala acción”. “Y tú, Quionia, ¿qué respondes?” “Que creo en Dios y por consiguiente no puedo obedecer al emperador”. A la pregunta de por qué no obedecía al edicto imperial, Irene respondió: “Porque no quiero ofender a Dios”. “¿Y tú, Casia?”, preguntó el juez. “Porque deseo salvar mi alma. “¿De modo que no estás dispuesta a comer la carne ofrecida a los dioses?” “¡No!” Felipa declaró que estaba dispuesta a morir antes que obedecer. Lo mismo dijo Eutiquia, una viuda que pronto iba a ser madre.

Por esta razón, el juez mandó que las condujesen de nuevo a la prisión y siguió interrogando a sus compañeros: “Agape, preguntó, ¿has cambiado de decisión? ¿Estás dispuesta a hacer lo que hacemos quienes obedecemos al emperador?” “No tengo derecho a obedecer al demonio”, replicó la mártir; todo lo que digas no me hará cambiar”. “¿Cuál es la última decisión, Quionia?”, prosiguió el juez. “La misma de antes”. “¿No poseéis ningún libro o escrito referente a vuestra impía religión?” “No. El emperador nos los ha arrebatado todos”. A la pregunta del juez de quién las había convertido al cristianismo, Quionia respondió simplemente: “Nuestro Señor Jesucristo”. Entonces Dulcicio dictó la sentencia: “Condeno a Agape y a Quionia a ser quemadas vivas por haber procedido deliberada y obstinadamente contra los edictos de nuestros divinos emperadores y césares y porque se niegan a renunciar a la falsa religión cristiana, aborrecida por todas las personas piadosas”. “En cuanto a los otros cuatro, los condeno a permanecer prisioneros hasta que yo lo juzgue conveniente”. Nada sabemos sobre la suerte que corrieron estos otros cuatro compañeros.

Después del martirio de sus hermanas mayores, Irene compareció de nuevo ante el gobernador, quien le dijo: “Ahora se ha descubierto vuestra superchería; cuando te mostramos los libros, pergaminos y escritos referentes a la impía religión cristiana, tuviste que reconocer que eran tuyos, aunque antes habías negado los hechos. Sin embargo, a pesar de tus crímenes, estoy dispuesto a perdonarte, con tal de que adores a los dioses... ¿Estás dispuesta a hacerlo?” “No”, replicó Irene, “pues con ello correría peligro de caer en el infierno”. “¿Quién te aconsejó que ocultaras esos libros y escritos tanto tiempo?” “Nadie me lo aconsejó fuera de Dios, pues ni siquiera lo dijimos a nuestros criados para que no nos denunciaran”. “¿Dónde os escondisteis el año pasado, cuando se publicó el edicto imperial?” “Donde Dios quiso: en la montaña”. “¿Con quién vivíais?” “Al aire libre; a veces en un sitio, a veces en otro”. “¿Quién os alimentaba?” “Dios, que alimenta a todos los seres vivientes”. “¿Vuestro padre estaba al corriente?” No, ni siquiera lo sospechaba”. “¿Quién de vuestros vecinos estaba al tanto?” “Manda preguntar a los vecinos”. “Cuando volvisteis de las montañas, ¿Leísteis esos libros a alguien?” “Los libros estaban escondidos y no nos atrevíamos a sacarlos; eso nos angustiaba, pues no podíamos leerlos día y noche, como estábamos acostumbradas a hacerlo”.

La sentencia que dictó el gobernador contra Irene fue más cruel que la pena impuesta a sus hermanas. Dulcicio declaró que Irene había incurrido también en la pena de muerte por haber guardado los libros sagrados, pero que sus sufrimientos serían más prolongados. En seguida ordenó que la llevasen desnuda a una casa de vicio y que los guardias vigilasen las puertas. Como el cielo protegió la virtud de la joven, el gobernador la mandó matar. Las actas afirman que pereció en la hoguera, obligada a arrojarse ella misma a las llamas. Esto es muy poco probable y algunas versiones posteriores dicen que murió con la garganta atravesada por una flecha.

Ante el ejemplo de estas mujeres que prefirieron morir antes que entregar la Sagrada Escritura y, ante el ejemplo de los monjes que pasaron su vida más tarde en copiar e iluminar los Evangelios, se impone un examen del aprecio en que tenemos la Palabra de Dios. Irene y sus hermanas se angustiaban de no poder leer la Sagrada Escritura día y noche. Muchos de nosotros no la leemos cada día, a pesar de que tenemos la oportunidad de hacerlo. La historia de Agape, Quionia e Irene es una lección saludable.

SANTA BURGUNDÓFORA

Virgen Año 657

Uno de los cortesanos más famosos del rey Teodoberto II fue el conde Agnerico, tres de cuyos hijos estaban destinados a llegar a los altares. Eran éstos San Cagnoaldo de Laon, San Faro de Meaux y Santa Burgundófora, conocida en Francia con el nombre de Fara. San Columbano había bendecido a Burgundófora cuando era niña, una vez que fue huésped de Agnerico. Burgundófora decidió abrazar la vida religiosa, a pesar de la terrible oposición de su padre, quien quería casarla. Esta oposición hizo sufrir tanto a la joven, que perdió la salud, pero San Eustacio la curó de su prolongada enfermedad. Aunque el conde no se dio por vencido, Burgundófora consiguió finalmente ingresar en el convento.

Al cabo de algún tiempo, los sentimientos del conde se transformaron de tal modo, que construyó un convento para su hija y lo dotó generosamente. A pesar de su juventud, Santa Burgundófora fue nombrada abadesa del nuevo convento, según la costumbre de la época, y lo gobernó hábil y santamente durante treinta y siete años. El convento, que abrazó la regla de San Columbano, se llamaba Evoriaco; pero después de la muerte de la Santa tomó su nombre y con el tiempo llegó a ser la célebre abadía benedictina de Faremoutiers.

Existen bastantes documentos primitivos sobre la vida de Santa Burgundófora; el principal de ellos es la narración de las maravillas obradas en Faremoutiers, escrita por el abad Jonás de Bohío.

SAN NICETAS

Abad Año 824

Los Padres de San Nicetas residían en Cesaréa de Bitinia. La madre del Santo murió cuando éste tenía apenas unas cuantas semanas de nacido y su padre se retiró al convento unos días después. El niño creció en la austeridad monástica. Tan buena educación produjo excelentes frutos, pues Nicetas ingresó muy joven al monasterio de Medikión, en el Monte Olimpo, en Asia Menor. Dicho monasterio había sido fundado poco antes por un eminente abad llamado Nicéforo, quien fue más tarde venerado como santo.

El año 790, Nicetas recibió las sagradas órdenes de manos de San Tarasio. Primero fue coadjutor de Nicéforo y después le sucedió en el cargo. El emperador iconoclasta, Leo el Armenio, arrancó a Nicetas y a otros abades de la paz de sus monasterios, convocándolos a Constantinopla para que manifestasen su adhesión al usurpador de la sede patriarcal de San Nicéforo. Como Nicetas se negase a obedecer, fue enviado a una fortaleza de Anatolia; ahí le encerraron en una prisión sin techo, en la que tenía que dormir expuesto a la nieve y a la lluvia.

Trasladado de nuevo a Constantinopla, se dejó persuadir, junto con los otros abades, por los engaños del emperador; todos recibieron la comunión del pseudopatriarca y volvieron a sus monasterios. Pero- Nicetas reconoció pronto su error. Aunque se había embarcado ya con rumbo a la isla de Proconeso, su conciencia le obligó a volver a Constantinopla, donde se retractó de la adhesión que había prestado al usurpador de la sede patriarcal y protestó que no abandonaría jamás la tradición de los Padres sobre el culto de las sagradas imágenes.

En 813, fue desterrado a una isla, donde estuvo encarcelado seis años en un oscuro calabozo. Todo su alimento consistía en el pan viejo que le introducían por un agujero y en un poco de agua corrompida. Cuando el emperador, Miguel el Tartamudo, subió al trono, puso en libertad a Nicetas y a otros muchos prisioneros. El Santo volvió a las cercanías de Constantinopla, donde se retiró a una ermita, en la que murió apaciblemente.

SAN RICARDO DE WYCHE

Obispo de Chichester Año 1253

Ricardo de Wyche, o Ricardo de Burford, como se le llama algunas veces, nació hacia 1197, en Wyche (actualmente Droitwich), ciudad famosa entonces por sus fuentes de agua salada. Su padre era un modesto caballero que poseía algunas tierras; pero tanto el padre como la madre de San Ricardo murieron cuando sus hijos eran todavía pequeños, y las posesiones perdieron todo su valor por el descuido del hombre a quien se confiaron. Ricardo era el menor de los hijos. Aunque era muy dado al estudio desde niño, tenía un temperamento más vivo que su hermano; cuando se dio cuenta del estado en que se hallaban sus tierras, tomó el arado y se puso a trabajar como simple campesino hasta que, con su industriosidad y buena administración, logró rehacer la fortuna de la familia.

En un arranque de gratitud, Roberto su hermano le cedió los títulos de las posesiones; pero cuando Ricardo descubrió que quería casarlo con una rica heredera, le devolvió los títulos, le cedió a la joven y partió, casi sin un centavo, a la Universidad de Oxford. La pobreza no era una vergüenza ni un obstáculo en las universidades medievales; más tarde, Ricardo consideraba sus años de Oxford como los más felices de su vida. Poco le importaba haber pasado hambres y haber sido tan pobre, que no podía permitirse el lujo de comprar leña y tenía que correr, durante el invierno, para calentarse. Y no se avergonzaba del hecho de que él y los compañeros que compartían su habitación no tuviesen más que una túnica, que vestían por turno para asistir a las clases. Lo importante era aprender y en aquella época, la Universidad de Oxford tenía maestros muy famosos; Grossatesta era profesor en la casa de estudios de los franciscanos.

Por otra parte, los dominicos llegaron a Oxford en 1221 e inmediatamente atrajeron a los más brillantes talentos. No sabemos cómo se las arregló Ricardo, que era un simple estudiante, para entrar en contacto con el gran canciller de la Universidad, Edmundo Rich; pero no hay razones para dudar de que entonces empezó la amistad que habría de unirles toda la vida. Ricardo pasó de Oxford a París, pero volvió a su “alma mater” para recibir el título de Maestro. Algunos años más tarde, fue a Bolonia a estudiar derecho canónico en la que pasaba entonces por ser la principal escuela de derecho de Europa. Ahí permaneció siete años, obtuvo el grado de doctor y se ganó la estima de todos; pero cuando uno de sus profesores trató de hacerle su heredero, casándole con su hija, Ricardo, que se sentía llamado al celibato, renunció cortésmente y volvió a Oxford. La Universidad había seguido su carrera con interés.

Casi inmediatamente fue nombrado canciller de la Universidad, y poco después, San Edmundo Rich, que era ya arzobispo de Canterbury, junto con Grossatesta, que era obispo de Lincoln, le convidaron a trabajar con ellos. Ricardo aceptó la invitación de San Edmundo y se convirtió en confidente y brazo derecho suyo, ayudándole cuanto podía en su difícil cargo. El dominico Ralph Bocking, más tarde confesor y biógrafo de San Ricardo, escribe: “El uno descansaba en el otro: el Santo en el santo, el maestro en el discípulo y el discípulo en el maestro, el padre en el hijo y el hijo en el padre”. San Edmundo necesitaba mucho la ayuda y el cariño de su canciller para hacer frente a las dificultades. La principal de ellas era la reprensible e inveterada costumbre de Enrique III de mantener vacantes los beneficios eclesiásticos para gozar de las rentas, o nombrar para ellos a sus favoritos.

El arzobispo hizo cuanto pudo para corregir ese estado de cosas, sin lograr nada; al fin se retiró, ya viejo y enfermo, al monasterio cisterciense de Pontigny, a donde le acompañó Ricardo y le asistió hasta su muerte. Después, como no se sintiese llamado a permanecer en el monasterio, pasó a la casa de estudios de los dominicos de Orleans, donde ejerció el cargo de maestro durante dos años y recibió la ordenación sacerdotal, en 1243. Aunque tenía intenciones de entrar en la Orden de Santo Domingo, volvió a Inglaterra, no sabemos por qué, a trabajar en una parroquia de Deal.

Muy probablemente, San Edmundo, siendo arzobispo, le había concedido las rentas de ese beneficio. Pero un hombre de los méritos y cualidades de San Ricardo, no podía pasar inadvertido mucho tiempo y el nuevo arzobispo de Canterbury le llamó a seguir ejerciendo su antiguo cargo de canciller de la arquidiócesis.

En 1244, murió el obispo de Chichester, Ralph Neville. Haciendo presión sobre los canónigos, Enrique III consiguió que eligiesen a Roberto Passelewe, hombre sin cualidades, quien, según Mateo Paris, “había obtenido el favor regio mediante una transacción injusta que había añadido algunos miles de marcos al tesoro real”. El arzobispo de Canterbury, Bonifacio de Saboya, se negó a confirmar la elección y reunió a sus sufragáneos en capítulo, el cual declaró inválida la elección y escogió a Ricardo, que era el candidato del primado, para ocupar la sede. El rey montó en cólera al oír la noticia; retuvo todos los beneficios de la diócesis y prohibió que se admitiese a San Ricardo en cualquier baronato o posesión secular de su diócesis. En vano intentó el obispo entrevistarse con el monarca en dos ocasiones: no logró obtener ni la confirmación de su elección, ni la devolución de los beneficios a los que tenía derecho. Finalmente, el obispo y el rey presentaron el caso al Papa Inocencio IV, que estaba entonces en Lyon, presidiendo el Concilio. El Papa resolvió en favor de San Ricardo y le consagró el 5 de marzo de 1245.

Al llegar a Inglaterra, San Ricardo se encontró con la noticia de que el rey, lejos de renunciar a las rentas de los beneficios, había dado la orden de que nadie le prestase dinero ni le ofreciese albergue. El obispo encontró las puertas del palacio de Chichester cerradas. Los que hubiesen podido ayudarle temían la ira del rey. El Santo habría tenido que errar, por su diócesis como un vagabundo, a no ser por un buen sacerdote, llamado Simón de Tarring, que le ofreció su casa. San Ricardo, según la expresión de Bocking, “Se albergó en aquella hospitalaria casa, compartiendo la comida con un extraño y calentando sus pies al calor de un hogar ajeno”.

Teniendo esa modesta casa por residencia, San Ricardo trabajó dos años como obispo misionero. Visitaba a los pescadores y campesinos, viajaba casi siempre a pie y aun así logró reunir varios sínodos a pesar de las dificultades, según consta por las “Constituciones de San Ricardo'', colección de las leyes eclesiásticas que el Santo dictó para acabar con los abusos de la época.

Finalmente, amenazado por el Papa con la excomunión, Enrique III reconoció al obispo y le devolvió los beneficios, aunque nunca le pagó las rentas atrasadas. Con ello cambió totalmente la posición de San Ricardo, quien, una vez entronizado, pudo ofrecer la generosa hospitalidad y dar las espléndidas limosnas acostumbradas por los prelados medievales. Pero lo que no cambió fue la austeridad personal del santo; en tanto que sus huéspedes comían ricamente, el obispo observaba su modesta dieta, de la que estaban excluidos el pescado y la carne. Cuando veía que sus criados llevaban a la cocina los pollos y los corderos, decía con cierta tristeza no exenta de humor: “¡Pobres criaturas, si pudierais razonar y hablar, cómo nos maldeciríais porque os condenamos a muerte, sin que lo hayáis merecido!” Los vestidos del Santo obispo eran lo más sencillos posible, en vez de pieles finas usaba lana y en el interior, llevaba una camisa de pelo y una especie de coraza de acero.

Durante los ocho años que duró su gobierno, se ganó el afecto de su pueblo; pero, aunque era muy paternal, se mostraba muy severo con la avaricia, la herejía y la inmoralidad del clero. Ni siquiera la intercesión del arzobispo y del rey, lograron que suavizara el castigo que había impuesto a un sacerdote que había cometido un pecado contra la castidad. Tenía tal horror al nepotismo, que jamás dio la preferencia a sus conocidos, alegando el ejemplo del Divino Pastor que no dio las llaves del cielo a su primo San Juan, sino a San Pedro. Cuando el mayordomo de su casa anunció al obispo que sus limosnas eran más grandes que sus rentas, éste le dio la orden de vender las vajillas de oro y de plata. “También puedes vender mi caballo, agregó; como es robusto, te darán un buen precio; tráeme el dinero para darlo a los pobres”.

San Ricardo tenía la más baja opinión de mismo y de sus propias fuerzas alguien ha hecho notar que casi todos los numerosos milagros que obró, los hizo a petición de otros. A las abrumadoras cargas de su oficio, el Papa añadió la de que predicara una Cruzada contra los sarracenos. Precisamente cuando San Ricardo volvió a Dover, después de una intensa campaña de predicación en la costa, le sobrecogió su última enfermedad. Murió en una casa para sacerdotes pobres y peregrinos, llamada la “Maison Dieu”, acompañado por Ralph Bocking, Simón de Tarring y otros fieles amigos. Tenía entonces cincuenta y cinco años de edad.

Fue canonizado nueve años después. No se conserva en Chichester ningún vestigio de sus reliquias ni de su tumba. Las diócesis de Westminster, Birmingham y Southwark celebran la fiesta de San Ricardo.

BEATO GANDULFO DE BINASCO

Franciscano Año 1260

Los Sicilianos tienen gran devoción al Beato Gandulfo de Binasco. Era un franciscano, originario de Binasco, cerca de Milán, que vivió y murió en Sicilia.

Había ingresado en la Orden Seráfica cuando San Francisco vivía aún, y llevó una vida de gran abnegación. Temiendo que las alabanzas le hiciesen caer en la tentación de vanagloria, el Beato decidió retirarse a la soledad; así pues, en compañía del hermano Pascual, partió del convento de Palermo, al sitio que había escogido para retirarse. De vez en cuando, dejaba por algún tiempo la soledad para ir a evangelizar las regiones circundantes. Sus sermones y milagros le ganaron gran fama.

En cierta ocasión en que se hallaba predicando en Polizzi, el alboroto de los gorriones impedía que el auditorio oyese lo que decía; el Beato Gandulfo pidió a los gorriones que se callasen y, según cuenta la tradición, éstos guardaron silencio hasta el fin del sermón. En esa ocasión, Gandulfo anunció al pueblo que era la última vez que predicaba. Su predicción se cumplió, pues a su vuelta al hospital de San Nicolás, donde se alojaba, fue presa de una grave fiebre y murió el Sábado Santo de 1260.

Los que asistieron al entierro del Beato en el templo declararon que una parvada de golondrinas que invadió el recinto, se había dividido en dos grupos y cada uno cantó el “Te Deum”, en coro alternado.