Una Sola Noche por Bárbara Yesenia - muestra HTML

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UNA SOLA NOCHE

 

 

 

 

Capítulo 1

Estaba tan absorta en su trabajo que no se dio cuenta del humo que inundaba la oficina. Empezó a toser, de forma aguda y continua. Casi no podía respirar. La alarma de incendios había saltado. No podía pedir ayuda. Estaba sola. ¿Qué era lo que quemaba? ¿Era en su despacho? Se levantó con dificultad de su silla y fue mirando cada una de las salas. Tenía que agarrarse a cualquier cosa que le permitiera seguir en pie. La sala de juntas estaba intacta, al igual que la recepción. Se dirigió a la habitación del material de oficina. Nada. Consiguió llegar a la cocina, de donde no salía aquella espesa humareda. Cogió un paño, lo humedeció bajo el grifo y se lavó la cara. Se lo llevó consigo para intentar respirar mejor. Notaba que los ojos le quemaban, los notaba enrojecidos. En el pequeño baño de la oficina, la ventana estaba abierta. Por ahí se filtraba el humo, que llegaba desde el patio de luces. Pero, ¿dónde estaba el fuego? No lograba ver nada, sólo humo y más humo. Un breve mareo hizo que se deslizara por la pared del pasillo y se sentara en el suelo. Logró no perder el conocimiento y se maldijo. ¡Mierda! ¡No debí hacer esto! Debí largarme de aquí enseguida. No intentó reincorporarse, así que se arrastró por el suelo. Recordó que una vez, en un simulacro, los bomberos habían dicho que la mejor manera de salir de un incendio era arrastrarse por debajo del humo, cerca del suelo, ya que el fuego tendía a subir, a buscar oxígeno. Logró llegar a la puerta de entrada de la oficina. La tocó, y sintió que estaba fría. Miró por debajo de ella, no vio que el humo se filtrara por ahí. Se levantó un poco, quedando de rodillas frente a la puerta y alcanzando la cerradura. La abrió muy lentamente, esperando no sentir ninguna llamarada sacudiéndola. Cuando comprobó que todo estaba bien, salió al pasillo. Todo estaba cubierto por una espesa humareda y se dio cuenta de que era la oficina que estaba justo al lado de la suya la que ardía. Podía ver el humo por debajo de la puerta y una intensa oleada de calor la recorrió cuando pasó por su lado. Esa puerta estaba conteniendo el fuego dentro, pero no tardaría en ceder y explotar. Al gatear por el suelo, pudo ver a un hombre, o eso creía, ya que le escocían los ojos y no podía ver con claridad. Era Víctor, estaba segura, el propietario de la oficina que se estaba quemando. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué no se iba? Estaba inmóvil, aferrado a la pared y mirando como el fuego devoraba todo su trabajo. Intentó hablarle, gritarle que se marchara de allí, pero no salía ningún sonido de su garganta. La tenía llena de un sabor asqueroso, un sabor que le quemaba las entrañas. Sólo conseguiría tragar más humo. Siguió avanzando por la superficie, pero algo la detuvo, una voz. Alguien hablaba, pero no a ella, aunque sí pudo escuchar con claridad lo que decía:

-Se acabó. Todo se acabó.

No entendía a qué se refería, pero no le importaba. Lo único importante era que tenía que salir de allí lo antes posible. En ese preciso momento, oyó un ruido espantoso, un estruendo ensordecedor que hizo, como por instinto, protegerse la cabeza con ambas manos. Se quedó allí tirada un segundo, sin moverse. Tenía un miedo atroz, que la dejó paralizada. Los ojos le seguían escociendo, pero esta vez no solo se debía al fuego, sino también a las lágrimas que le brotaban sin control. Estaba bloqueada. ¡No mierda, ahora no! ¡Tienes que salir de ésta! Siguió avanzando. Sin saber por qué, giró la cabeza y vio que la puerta de la oficina de Víctor había desaparecido y que el revestimiento del rellano había saltado por los aires. No conseguía ver a ese hombre, no sabía si seguía allí o la explosión lo había abatido. ¡Dios! ¿Estará muerto?

En ese instante otro ruido la sobresaltó. Era la puerta cortafuegos de la escalera, que se cerró. ¡Había conseguido salir! ¡Cabrón! ¡La había dejado allí tirada!, aunque claro, ella tampoco hizo nada por salvarlo, no consiguió ni siquiera gritarle. Tenía que dejar de pensar en eso y salir de allí cuanto antes. Temía que las llamas que salían de ese despacho la alcanzaran por el descansillo, así que intentaba que el pánico no se apoderase de ella. ¡Cómo si eso fuera posible! Sabía que no podía utilizar el ascensor, así que la escapatoria eran las escaleras. Abrió la puerta cortafuegos y la cruzó. Notó que el aire del rellano de las escaleras estaba limpio. Dio una profunda bocanada. Estaba híper ventilando. Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Intentó tranquilizarse, pero no podía quedarse ahí, tenía que bajar y llegar hasta la calle. Empezó a bajar las escaleras, pero cuando llevaba cinco escalones, comenzó a marearse. Notó que las fuerzas la abandonaban, las piernas no respondían a sus órdenes, los brazos le pesaban una tonelada y todo se nubló. Bajó los escalones restantes rodando. Cuando dejó de rodar, y su cuerpo chocó contra el pavimento, volvió a tomar consciencia de donde estaba. Y estaba allí, tirada en el frío piso de la quinta planta de un edificio de oficinas, donde trabajaba desde hacía siete años. No tenía intención de morir allí, sola, pero estaba tan cansada que ya todo le daba igual. No sentía nada, solo el cálido frío del terreno en sus mejillas. Y entonces entendió las palabras que dijo Víctor:

Se acabó, todo se acabó.

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 2

Ya eran las siete de la tarde, la hora en la que Sara acababa su jornada laboral, aunque sólo la finalizaba a esa hora los meses de invierno. Pero el día de hoy era diferente. Era viernes, para empezar, y como cada viernes, salían todos a cenar al restaurante italiano de Pietro. Y la verdad, que lo mejor de Pietro eran sus manos. Tenía un encanto especial para la cocina. Y siempre les tenía un plato nuevo preparado, esperándolos. Pero aparte de ser viernes, era el cumpleaños de Javier, el jefe de Sara y el dueño del estudio de arquitectura donde trabajaba. Y eso significaba que después de la cena, irían a alguna discoteca. Y eso a Sara le apetecía muchísimo. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que iba a ser una gran noche. Entre ella y sus dos compañeros, Helena y David, le habían comprado un regalo a Javier, un bono para una escapada romántica con su mujer, Ana.

-Vamos Sara, ¡levanta tu precioso culo de la silla que nos vamos a cenar!- . Le gritó Javier.

-¡Un segundo por favor, que ya acabo!-. Increíble que un jefe tenga prisa porque su empleado salga del trabajo.

Aún sabiendo que esa noche iba a salir, no se vistió para tal ocasión, aunque si se acordó de llevarse un calzado que la estilizara un poco, y se viera algo más alta de lo que realmente era. Llevaba una blusa negra, bastante escotada, con unos tejanos y unas botas altas del mismo color que la blusa. No podía presumir mucho de cuerpo, ya que era una chica bajita, pero le encantaban los tacones, que le daban unos cuantos centímetros de más.

-Ya estoy lista. Cuando queráis nos vamos-. Dijo Sara.

- Bien, pues vámonos. He quedado con Ana en la puerta del restaurante.

-¿Viene con nosotros también de fiesta? Vaya ¡te va a tener toda la noche vigilado!-. Agregó David.

-Eso me temo- . Dijo con un tono de resignación.

El despacho de arquitectura estaba ubicado en el quinto piso de un edificio que albergaba sólo oficinas. Un edificio de doce plantas enmarcado en la zona del eixample de Barcelona. Hacía dos años que habían vuelto a ese edificio, todo restaurado, después del aparatoso incendio que se produjo y del que Sara, afortunadamente había salido ilesa. Fue una suerte que no lo hubiera derribado después de ser devorado por las llamas. Era una finca muy característica de la ciudad. Una con mucha historia. La oficina seguía teniendo la misma distribución. Unos techos altos le daban un aspecto de elegancia, de amplitud, y, que pintados de blanco, reflejaban más la luz que entraba por los grandes ventanales que cubrían toda la estancia. La recepción en la que Sara se pasaba las horas trabajando, era un modelo recto, de color oscuro, que contrarrestaba con el color neutro de la pared. Detrás y del mismo color, tenía un amplio armario donde guardaba los expedientes del despacho. En esa recepción se albergaba todo lo necesario para llevar el trabajo del día a día. Al lado de la puerta de entrada, habían colgados cuadros de los diferentes monumentos característicos de varias ciudades. A la recepción le acompañaba un pasillo larguísimo y ancho, que distribuía los despachos de sus compañeros. Primero estaba el de Helena, que era un completo arco iris. Estaba pintado de blanco y colgaban de sus paredes cuadros de diferentes formas y colores. Estaban llenos de vida. Su escritorio era de color Burdeos, algo llamativo cuando lo veías la primera vez. Chocaba un poco ver un despacho tan alegre, sobre todo cuando eras un cliente, pero eso lo hacía divertido. Helena era así, viva, alegre y trabajaba mucho mejor si se rodeaba de luz. Por suerte, a la mayoría de los clientes se les atendía en la sala de reuniones. Los despachos de los chicos, de David y de Javi, eran más austeros. Ambos pintados también de blanco, con los muebles de color neutro y con cuadros pequeños que había pintado Ana, la mujer de Javi. Tenía un gran talento para la pintura, aunque ella tenía un pequeño negocio, una tienda de bombones, que era un auténtico pecado. Más de una vez Sara y Helena habían pasado por allí a comprar esos terroríficos y tentadores manjares, para llevar así mejor las penas. Las paredes que no estaban ocupadas por los cuadros de Ana, estaban vestidas por armarios altos que almacenaban documentación. La sala de reuniones estaba junto a la recepción, era la habitación más grande de todas. Estaba amueblada con una mesa ovalada de color caoba, llena de sillas a juego y con las paredes de cristal. Había un carrito para transportar a los clientes alguna bebida, si la deseaban, porque también el despacho disponía de cocina, totalmente equipada. No le faltaba de nada. Era como la cocina de tu casa. Y no nos olvidemos de los baños. De los dos, uno para las chicas y el otro para los chicos. Revestidos iguales y con lo necesario para cualquier emergencia que pudiera ocurrir.

Salieron los cuatro de la oficina en dirección al restaurante, que estaba a dos calles del despacho, por lo que decidieron ir andando. Cuando llegaron, Ana estaba esperándolos en la puerta, tal y como quedó con su marido.

-¡¡Llegáis tarde chicos!!-. Dijo Ana, mirando su reloj.

-Lo siento, mea culpa-. Sara se acercó a Ana y le dio dos besos. Javier se acercó a su mujer y ésta le plantó un suave beso en los labios, acompañado de un feliz cumpleaños.

-No sé por qué me lo imaginaba. Anda, vamos dentro que me estoy congelando aquí en la puerta -. Ana sonrió a Sara.

Entraron dentro del restaurante, y aunque todavía era algo pronto para cenar, estaban todas las mesas ocupadas. Fabiola, la mujer de Pietro, salió de la cocina cuando los vio entrar y los saludó. Minutos después, apareció su marido e hizo lo mismo.

Se quedaron alrededor de unos quince minutos sentados en la barra, tomando unas copas, a las que invitaba la casa, a la espera de que una mesa quedase libre. Los acomodó un camarero en dicha mesa y enseguida Pietro acudió a encontrase con ellos.

-¿Que nos tienes preparado hoy, Pietro? Sorpréndenos-. Inquirió Sara.

-Hoy os he preparado unos panzottis rellenos de carne y queso de cabra con una salsa de nueces. ¿Qué os parece?

-¡Suena de maravilla!-. Aclamaron al unísono.

-Bien, pues enseguida os lo traigo.

Pietro se marchó, para volver a cabo de un rato con una ensalada para los cinco, y el plato prometido. Comenzaron a cenar y la verdad es que aquel manjar que les había preparado el cocinero, estaba mucho mejor de lo que esperaban. Cuando terminaron de cenar, tanto Pietro como Fabiola se acercaron a la mesa a preguntar si les había gustado la comida. Todos coincidieron. Estaba deliciosa.

-Fabiola, ¿puedo preguntarte una cosa?-.Comentó Sara.

-Si claro.

-¿Tu marido tiene la misma mano para todo?-.Sara sonrió pícara.

-¡¡¡Sara!!!! ¿Cómo le preguntas eso?-. Ana se sonrojó.

-Tranquila, cariño. Ella es así-.Argumentó Javier, que ya no se escandalizaba de las barbaridades de Sara.

-Algún día te contaré de lo que mi marido es capaz de hacer con los fettuccine-. Le guiñó Fabiola un ojo a Sara.

Todos rieron y ambos cocineros volvieron a sus quehaceres. Los comensales, terminaron de cenar, acompañando la velada con unos postres, cafés y alguna otra copa. Antes de pagar, Sara, Helena y David, le entregaron a Javier su regalo.

-¡¡Muchas gracias chicos, es todo un regalazo!! –. Dijo el jefe, emocionado.

-A ver si te relajas un poco el fin de semana y vienes el lunes al despacho con mejor humor-.Comentó Helena.

-Vaya, así que tengo mal humor,¿¿eh??

-No siempre, Javi. Cuando el lunes vienes contento, eso quiere decir que el finde te ha ido de perlas. Cuando llegas enfadado, es que tu mujer te ha tenido castigado.

-Helena, ¿qué quieres decir con eso?- .Dijo Ana, que no entendía a que se refería.

-Cariño, mejor no preguntes, luego te lo explico.

Salieron del restaurante un par de horas después. Fueron a buscar los coches para dirigirse a la discoteca. Llegaron al parking del despacho y se montaron en el coche de Javier, ya que cada semana que salían, le tocaba a uno de ellos hacer de chofer.

-Señor del cumpleaños, ¿a dónde le apetece que vayamos ahora?-. Preguntó David.

-Había pensado en que podíamos pasarnos un rato por la disco de Alba, aunque estoy abierto a sugerencias. ¿A ti que te parece Sara?

-Por mí, ningún problema, aunque si lo dices por ahorrarte el invitarnos a unas copas, no te saldrás con la tuya, porque no pienso dejar que mi hermana nos invite.

-Está bien os invito yo. ¡Parecéis mis hijos, que caros me salís!

Aclarado el lugar donde pasar un buen rato, Javier puso el coche en marcha y se dirigieron hacia el local. La discoteca de Alba se encontraba al otro lado de la ciudad, y en el trayecto Ana se puso a contar anécdotas sobre su marido. Llegaron a la calle donde se encontraba la discoteca, y como para variar, no había sitio en la calle, Javier paró el coche en doble fila y Sara salió de él.

-Esperadme aquí, voy a ver qué vigilante hay en la puerta y le pido que me abra el parking.

Sara se dirigió a la entrada del local, llamado “Delight”, un nombre bastante sugerente, ya que no sólo podías bailar, y tomar unas copas. También podías pasar un buen rato en una de sus habitaciones de la planta superior.

-Buenas noches Guillermo-.Sara saludó al chico de seguridad que vigilaba el parking.

-Buenas noches Sara. Me alegro de verte.

-Yo también a ti. ¿Puedes hacerme un favor? He venido con unos amigos y no encontramos sitio para aparcar. ¿Te importaría abrirme el parking, por favor?

-Ya sabes que no me importa. Enseguida os abro-. Dijo Guillermo con una sonrisa-. He de avisar a tu hermana que dejáis el coche.

-Ningún problema. Gracias Guillermo-. Y le dio un beso en la mejilla.

Sara le hizo un gesto a Javier para que avanzara con el coche y lo metiera en el parking.

Desde el parking accedieron directamente a la planta de la pista de baile. Era temprano, y no había mucha gente. La sala era enorme, y tenía que reconocer que su hermana no escatimaba en gastos a la hora de convertir el lugar en uno de los clubes más exclusivos de la zona y de la ciudad. Sara vio a su hermana salir de su despacho, y ésta la saludó con la mano.

-¡Mana, que alegría verte por aquí!-. Sonrió Alba y la abrazó.

-Hola mana-. Sara le devolvió el abrazo-. ¿Recuerdas a mis compañeros de fatigas?

-Sí, claro, ¡cómo olvidarlos! Sobre todo a David, que acabó empapado de vodka porque aquella pobre chica no quiso acostarse con él-. Dijo Alba sonriendo.

-Aquella pobre chica, como tú la llamas, perdió la oportunidad de su vida de acostarse con un tío como yo-. Dijo sarcásticamente David.

-Lo que hay que oír-. Dijo Sara, dando unos golpecitos en la espalda de su compañero.

- Y bien, ¿a qué debo el honor de vuestra visita a mi humilde morada?

-Hoy es mi cumpleaños y hemos venido a celebrarlo-. Respondió el cumpleañero.

- Vaya, ¡muchas felicidades!-. Dijo Alba y le dio dos besos-. Venga, os invito a una ronda.

Se acercaron a la barra y comenzaron a beber chupito tras otro. Cuando llevaban cinco rondas, decidieron parar, ya que les quedaba mucha noche por delante. Comenzó a llenarse de gente el local y Alba se despidió de ellos, ya que tenía que velar que no hubiera ningún incidente. Los cinco se acoplaron en un rincón de la pista de baile y comenzaron a bailar. La música era actual, lo que se llevaba en ese momento. Al cabo de un rato, se dirigieron de nuevo a la barra a pedir la copa que les había prometido Javier. Las recogieron y siguieron bailando. Eran las tres de la mañana, cuando Sara empezó a encontrarse cansada. No estaba tan acostumbrada a salir de fiesta como sus amigos, y eso le pasaba factura cada vez que trasnochaba.

-Chicos, voy a salir un rato fuera a despejarme.

-¿Qué te pasa, estás bien?-. Se preocupó David.

-Estoy bien, sólo necesito que me dé un poco el aire. Estoy mayor para esto.

-¿Quieres que te acompañe fuera?-. Preguntó Helena, acariciándole el hombro.

-No, no te preocupes Helena, estoy bien, de verdad. Quédate aquí y sigue divirtiéndote. Enseguida vuelvo.

Sara tuvo que abrirse camino entre la multitud de la gente que había en el recinto para conseguir llegar a la salida. Finalmente consiguió salir a la calle y allí, una vez fuera, agradeció el aire que le recorrió la cara. Se sintió cansada y apoyó la espalda en la pared, dobló un poco las rodillas y apoyó sus manos en ellas. Inclinó la cabeza un poco hacia abajo, con la intención de que el aire le acariciara la nuca. Cerró los ojos y en esos momentos notó que unas manos se cerraban en torno a sus brazos.

-Perdona, ¿te encuentras bien?-. Le dijo una voz.

Sara abrió los ojos y a medida que levantaba la cabeza, pudo ver la silueta de un chico, que era el dueño de esas manos que la agarraban.

-Si estoy bien, gracias.

-Disculpa si te he molestado, es que estaba aquí fuera, te he visto y….-. Sara no le dejó terminar.

- Estoy bien, en serio, algo cansada, nada más-. Dijo con brusquedad.

Sara se quedó mirándolo. No estaba nada mal ese chico. Era un chico alto, aunque claro, cualquiera era más alto que ella, con el pelo castaño y algo despeinado que le daba un aire juvenil. Tenía unos ojos marrones increíbles, grandes, que junto a un pequeño lunar bajo el párpado izquierdo, le otorgaba una mirada intensa. Una de esas miradas en las que no te importaría perderte. Su rostro se complementaba a la perfección con una barbita de dos días y su tez morena, curtida por el sol. Vamos que era el típico morenazo ¡Pero qué morenazo! Por lo poco que su chaqueta dejaba entrever y por cómo se marcaba la camiseta de color negro en su pecho, seguro que tenía un cuerpazo. No le pasaba muy a menudo que un macizo como ese se acercara a su lado, pero ya que tenía la oportunidad, ¿por qué no tentar a la suerte?

-Siento si he sido un poco borde contigo, no suelo ser así. Estoy agotada y mis amigos, ahí dentro, con cuerda para rato. ¡Dios, deben de haber hecho un pacto con el diablo!

-No tienes que disculparte, te entiendo-. La disculpó con un tono suave.

Sara que seguía apoyada en la pared, cruzó los brazos sobre su pecho, para resguardase un poco del frío que empezaba a notar, sobretodo en sus pezones y para que sus manos no se abalanzaran sobre ese torso.

-Ten, ponte esto, te vas a quedar helada-. Dijo el chico, ofreciéndole su cazadora y pasándola por encima de los hombros de Sara. ¡Dios! ¡Para qué te has quitado la cazadora! ¡Me estoy poniendo malísima!

-Gracias- . Le dijo Sara ensimismada.

Él sujetó la cazadora por el cuello para que no se le cayera, y se quedó a escasos centímetros de su cuerpo. Podía sentir el vaho que salía de su boca, apreciar los rasgos de su rostro con mayor claridad, y el color de sus ojos era lo más bonito que había visto en su vida.

-¿Te han dicho alguna vez que tienes unos ojos preciosos?

-Gracias-. Respondió mirándolo fijamente, sin saber qué más decir.

Los ojos de Sara eran de un color azul verdoso, que le concedían una mirada penetrante y llenaban de vida sus redondas facciones. Ella era una chica menuda, con un tono de piel claro, pero a la vez algo sonrojado. Su cabello era corto, con un corte que dejaba entrever su nuca y que llevaba uno de los lados más largo que otro y de un color rubio caramelo que le regalaba a su cara un toque de delicadeza exquisita. Se quedaron así un rato, mirándose directamente a los ojos, sin decirse nada, sólo observándose el uno al otro. A él le gustaba lo que veía. A ella le apetecía probar ese dulce que tenía delante. A tomar por saco, ¡esta noche huele a polvo! Y en ese momento cogió al chico por la camiseta y lo acercó hasta su boca. El primer beso lo pilló desprevenido, no lo esperaba, pero con el segundo se dejó llevar. Abrió sus labios para dejar entrar la lengua de Sara, que deseaba inspeccionar cada rincón de su boca. Besaba muy bien, sabía mover su lengua con sensualidad. Sus labios eran tiernos, y podía saborear el fuego que manaba de ellos. Esa chica, que acababa de conocer lo estaba poniendo cachondo, pero que muy cachondo. Sintió como crecía su deseo, el deseo de arrancarle la ropa, tenerla en su cama, y penetrarla durante toda la noche. Ella lo tenía abrazado, y por la respuesta a sus besos, sabía que ella quería lo mismo.

-¡Maldita sea!-. Dijo separándose de Sara.

-¿Qué pasa?- . Dijo ella sin entender muy bien ese cambio de actitud.

-Lo…lo siento, no sé que me ha pasado….no debí corresponderte a ese beso. Perdona

-¿Qué lo sientes? ¿Por qué?- Sara empezaba a enfadarse. -¿Qué pasa, tienes novia o algo así?

-No, nada de eso. Lo que no quiero que pienses que soy de esos tíos que “aquí te pillo aquí te mato”-. Aunque Dani sabía muy bien que era de esa clase de tíos, pero ella no era del tipo de chica con las que se acostaba. Pero le había gustado cómo lo besaba y estaba un tanto excitado por esas caricias. Le había gustado….

-¿Crees que estoy en condiciones de pensar ahora mismo? ¿Cuál es el problema?-. Sara estaba bastante encendida, interiormente hablando y no iba a permitir que la dejara así.

-Ninguno, pero….

Sara no le dejó acabar la frase. Lo cogió de la cabeza y volvió a besarlo. Ella tampoco era de esa clase de chicas, que cuando sale de fiesta, espera ir de caza, pero este chico era….como decirlo…. la primera oportunidad de echar un polvo en un año. Porque claro, el vibrador no cuenta como tal. Le gustaba, había sido atento con ella y aunque su boca sabía a tabaco y a menta, sus labios eran deliciosos, su lengua exquisita. La estaba poniendo cardiaca, notaba como su sexo se humedecía cada vez más, como sus manos le recorrían el cuerpo…Dios tenía que llevárselo a otro sitio sino quería follárselo allí mismo, en la calle. Fue él quien rompió el contacto de sus cuerpos.

-¿Te apetece que vayamos a mi coche?

-¿Para qué?- . Preguntó Sara, sonriendo lujuriosa.

-Podemos terminar muy bien la noche tú y yo juntos, pero necesitamos algo de intimidad, ¿no crees?

-Estoy de acuerdo, pero se me ocurre un lugar mucho mejor para empezar y acabar contigo.

-Ummm suena muy bien….-. Dijo el chico, besándole el cuello.

Sara, que recogió la cazadora que se había caído al suelo, lo cogió de la mano y se lo llevó hacía el interior de la discoteca. El chico se quedó un poco extrañado. Eso no era lo que él entendía como intimidad.

-¿Estás de broma? ¿Quieres que lo hagamos aquí en la discoteca? ¡Esto es intimidad, si señor!

-Si además de guapo, eres gracioso. Joder que suerte la mía, menuda noche me espera-. Espetó Sara con sarcasmo.

-Perdona pero me has descolocado un poco.

-¡Un poco sólo! Vaya voy a tener que esmerarme algo más-. Sonrió.-. Confía en mí, conozco esta discoteca y en la parte de arriba hay habitaciones. Subamos a ver si hay alguna libre.

-¿Habitaciones en una discoteca?-. Preguntó el chico sorprendido.

-Sí, no es algo muy común, pero esta discoteca es una caña. Te facilita ese servicio y así no te gastas el dinero en un hotel, o te ahorras el clavarte el freno de mano del coche.

Ambos rieron con el comentario que hizo Sara. Lo que no comentó fue que la discoteca era propiedad de su hermana y que por eso la conocía tan bien. No lo encontró relevante. Total, iba a echar un polvo, para qué explicaciones. Subieron a la planta superior, la tercera que estaba rodeada de puertas que daban acceso a las habitaciones. En total había siete, un número mágico, según Alba. Fuera de las habitaciones, había un hombre, al que Sara conocía como Tony, que llevaba el control de las mismas.

-Buenas noches Tony-. Lo saludó Sara.

-Hola Sara, buenas noches. Veo que vienes con compañía.

-Sí, bueno….-. Notó que se ruborizó un poco delante del vigilante-. ¿Hay alguna habitación libre?

-Espera, deja que mire la lista….ah, ¡estás de suerte! Toma la llave. Es la número cinco.

-Gracias Tony. Cuando acabemos te la devuelvo.

-No hay prisa…tomaros vuestro tiempo-. Dijo Tony, con sonrisa pícara y guiñándole un ojo.

El chico que acompañaba a Sara se quedó un poco perplejo ante el buen rollo entre su chica, al menos durante esa noche, y el tío de seguridad. Seguramente que ella ya había estado allí en otras ocasiones. Pero, ¿le molestaba eso? Sacudió la cabeza y volvió a la realidad, apartando esa pregunta de su mente.

Sara introdujo la llave en la cerradura y la puerta cedió. El chico entró detrás de ella, mirando asombrado la decoración de la habitación.

-¡¡Uau!! Nunca había visto nada semejante. Es muy erótico todo lo que hay aquí dentro.

-¿Te gusta?-. Le preguntó Sara.

-No está nada mal. ¿Y todas las habitaciones son iguales?

-No exactamente. Sara le explicó cómo eran las estancias, que disponían de servicio de limpieza y reposición de los artículos que encontrabas en cada una de ellas. Lo sabía bien, había ayudado a su hermana y la verdad, es que no había quedado tan mal.

-También hay juguetitos sexuales, lubricantes, preservativos…

-¿Cómo sabes todo eso?-. Preguntó el chico, pero al momento se arrepintió-. Perdona, no he debido preguntar eso, no es asunto mío.

-¿Sabes una cosa?, eres un encanto y muy educado, pero hace media hora que nos conocemos y me has pedido perdón varias veces. No te disculpes tanto.

-Per…vale, lo he captado.

Sara desvió su mirada de la suya y se giró de espaldas a él, quedando delante de la cama. Él se acercó por detrás, y empezó a besarle el cuello y a acariciarle los hombros, bajando por sus brazos y desviándose hacía su cadera. Pasó sus manos por su culito, masajeándolo suavemente por encima del pantalón, para volver a subir sus manos, esta vez por delante y por debajo de la camisa de ella. Notar su estómago, sentir cómo su piel respondía a su contacto, tocar ambos pechos por encima del sujetador y notar la respuesta de los pezones a sus caricias. Sara inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola en su hombro derecho. Esas simples caricias la hacían estremecerse. Le gustaba como la tocaba y eso que estaba vestida. Tenía unas manos suaves, perfectas, unas manos sabias, sabían dónde tenían que tocar. Hacía tiempo que no sentía ese deseo, casi no recordaba como su cuerpo reaccionaba a las atenciones masculinas. Notó como las fuertes manos del chico descendían de sus pechos, masajeaban su torso, llegaban a su vientre y se topaban con la cintura del pantalón. Estaba desabrochando su cinturón cuando, de pronto Sara se separó de él.

-No, para, por favor

-¿Qué?, ¿qué pasa?-. Dijo él desconcertado.

-No…no puedo hacer esto-. A Sara le temblaba la voz.

-¿Qué no puedes? ¿Por qué? Cuando estábamos en la calle ibas muy lanzada, ¿ahora te rajas?

-Lo siento, es que….

-¿Te arrepientes de estar aquí?-. Preguntó él algo más calmado, pues sabía que antes había sido duro con ella, y había hablado su entrepierna, no su cabeza.

-No, no es eso.

-¿Estás asustada? ¿Me tienes miedo?

-No te tengo miedo-. Sara acarició su mejilla, ofreciéndole una tímida sonrisa-. Pero sí que estoy asustada.

-No tienes porque sentirte así.

A Sara le gustaba que le hablara así, con ese tono tranquilizador. Realmente era un chico muy adorable.

-Es que no sé si sabré estar a la altura. Hace tiempo que no estoy…..bueno, con un chico y creo que estoy algo oxidada

-¿¡Oxidada!?-. Preguntó sonriendo-. Bueno, para eso estoy yo, para lubricarte.

-¡No te rías de mí, señor graciosillo!-. Dijo Sara con un tono amable. Esa sonrisa la había dejado helada. ¡Pero si hasta cuando sonríe está guapísimo! ¡Estoy completamente perdida!

-No sé si me acordaré de cómo se hace esto-. Respondió ella, intentando centrarse en lo realmente importante.

-Claro que te acordarás. Además yo estoy a tu lado para ayudarte.

Se acercó a ella. Cogió su cara entre sus manos y la besó tiernamente, sin prisas, intentando suavizar la tensión que emanaba de todo su cuerpo. Cuando se separaron, fue él quien le habló susurrante al oído, abrazándola, acariciando su pelo para que se sintiera segura.

-Respira profundamente. Tienes que tranquilizarte. Intenta relajarte. Estamos aquí para eso. No voy a dejar que te pase nada malo, todo lo contrario.

Bajó sus manos hasta la camisa de Sara. Comenzó por desabrocharle el primer botón.

-Respira- .Le dijo ofreciéndole un pequeño beso-. Relájate-. Otro pequeño beso y el siguiente botón-. Déjate llevar. Tercer beso y botón-. Tú sólo disfruta de este momento-. Beso y último botón.

Arrastró la camisa con las manos por su cuerpo hasta que cayó al suelo, dejándola sólo con el sujetador. Tenía unos bonitos pechos, aunque si así eran bonitos, sin la tela que los cubría, deberían de ser todavía más hermosos. Volvió a besarla y notó como ella estaba algo más relajada, pues lo besaba apasionadamente y lo envolvía con sus brazos. Las manos de él abrazaban la suave espalda de ella, llegando a los corchetes del sujetador. Eso le molestaba e intentó desabrocharlos. Viendo que con una mano no podía, le ordenó a la otra que lo ayudara. ¡Pero ni con esas! “¡Dios, ¿quien había inventado semejantes cierres?!”

Sara notaba que su compañero estaba pasando apuros para llevar a cabo una tarea bastante sencilla para las mujeres, y decidió colaborar. Se separó de sus labios y sin poder evitar una sonrisa, le preguntó.

-¿Te hecho una mano?

-Te lo agradecería mucho. Me está poniendo nervioso este sujetador tuyo.

-Sssshhhh-. Le puso un dedo en sus labios. Tranquilo. Respira. Relájate-. Dijo ella utilizando sus mismas palabras. Sara colocó sus dos manos a su espalda, cogiendo los cierres del sujetador y los desató en un segundo-. Ya lo tienes. Ahora puedes continuar con lo que estabas haciendo- .Sugirió ella.

A él eso le pareció una declaración de intenciones, así que continuó con la faena. Metió los dedos índices debajo de los tirantes del sujetador, lo deslizó por sus brazos y lo sacó de sus pechos. Realmente eran bonitos, los pechos más bonitos que había visto en su vida y eso que había visto muchos y de todos los tamaños, pero esos eran perfectos, suaves, sugerentes. No pudo evitar la tentación de probarlos con sus propios labios. Primero empezó con el derecho, besándolo despacio, luego lo volvió a recorrer con la lengua, parándose en el pezón para dedicarle pequeñas succiones a las que Sara respondía con leves gemidos. Luego pasó al otro pecho y lo torturó. A Sara le gustaba eso ¡vaya si le gustaba! Tenía las manos alrededor de su cabeza, sintiendo la suavidad de su pelo, y porque no decirlo, para tenerlo agarrado y que no escapara. Tanto tiempo sin sentir esa sensación, ese temblor en el cuerpo que la hacía sentir viva y deseada que temía que eso fuera a terminar más pronto que tarde. Notó como en ese momento, el chico dejó descansar a sus pechos y le recorrió con la lengua todo el abdomen. Volvió hacia arriba, lamiéndole el cuello, la barbilla y besando de nuevo sus labios. Sara bajó sus manos por el torso de él, agarrando su camiseta por los bajos para desprenderse de ella. Él levantó los brazos para que ella lo tuviera más fácil, y así se quedó, desnudo de cintura para arriba. Sara se quedó mirando su cuerpo, atontadamente. ¡Joder!, tiene mejor cuerpo que el que se dibujaba debajo de su camiseta. ¡Madre mía, y es todo mío, al menos esta noche!

-¿Te gusta lo que ves?-. Le dijo él todo pícaro.

-No está nada mal. Creo que me lo pasaré muy bien esta noche-. Contestó ella, pasando sus manos por su torso desnudo, a la vez que lo lamía. Era increíblemente erótico aquello que saboreaba. Era un chico fuerte, con los músculos bien definidos. Simplemente estaba buenísimo.

-Me gusta tu tatuaje

-Me gusta que te guste-. Dijo él casi en un susurro. Hacía años que se lo había hecho, justo en el lado izquierdo de la cadera. Era un pequeño dragón, con una expresión tierna en la cara. Recordar el motivo por el cual se lo había hecho, seguía haciéndole daño.

Unieron de nuevo sus labios, esta vez sus besos eran más desatados, más furiosos, más llenos de deseo. Él le desabrochó el pantalón y se lo bajó por sus piernas junto a sus braguitas. Ella levantó ambos pies para sacarse la poca ropa que le quedaba y así quedar expuesta ante él. Él la observó de arriba abajo, y sin dejar nada a la imaginación, pudo apreciar su pequeño cuerpo. Cierto era que no lo tenía de modelo, que era a lo que estaba acostumbrado, pero estaba bien proporcionado y era precioso. Tenía un tacto suave y en sus dedos podía notar cómo se erizaba esa piel. Todo su cuerpo desprendía un cierto aroma a ser saciado, reclamaba a los cuatro vientos que lo poseyera.

-¿Te gusta lo que ves?-. Repitió ella.

-Mucho, pero me gusta más tocarlo-. Le dijo al oído.

-Pues ahora me toca a mí descubrirte-. Sara posó sus manos en el pantalón, y, despacio fue deshaciéndose de él, desabrochando los botones a la vez que lo miraba fijamente a los ojos. Luego los bóxer. Y así se quedó, como su madre lo trajo al mundo, aunque con una gran diferencia. Estaba excitadísimo.

Dios, ¿¿¡esto se lo he provocado yo!??

Sara se sentía poderosa. Lo agarró por la nuca y apoyó sus labios en los de él, volviendo a besarlo con ímpetu. Lo tumbó en la cama, y ella quedo a horcajadas encima de él, balanceándose, moviendo las caderas de manera sexy, y haciendo que el miembro de él deseara entrar dentro de ella. Él estaba abrazado a ella, rozándole la espalda y dejando que sus manos anduvieran a su antojo por su cuerpo. Le excitaba lo que tocaba, cada centímetro de su piel era puro fuego y notaba, con cada roce, como ella se estremecía. Notaba que su cuerpo estaba listo para ser conquistado. El suyo también lo estaba, pero antes hizo un alto en el camino.

-Oye-.Le dijo mirándola a los ojos-. Antes has dicho que en esta habitación había preservativos.

-Sí, están en el primer cajón de esa mesita-. Señaló Sara una mesita que había al lado de la cama-. Espera, no te muevas, yo lo cojo.

Sara se separó de él para alcanzar el cajón de los preservativos y abrirlo. Había una gran variedad de profilácticos, desde los normales, de sabores…

-¿Cuál te apetece probar?-. Sara sacó una tira de preservativos y se la enseñó al chico.

-¡Vaya, este sitio es una caja de sorpresas!-. Rió él-. No sé, el que quieras, pero date prisa que no quiero que te enfríes.

Sara rasgó el primero que había, que era uno de los normales, y se lo tendió al él.

-No soy buena poniendo estas cosas.

-No te preocupes, a mí se me da de maravilla-. Comentó él, cogiendo su miembro y deslizando la gomita.

Sara volvió a su posición anterior, y así, sin más preámbulos, notó como él se hundía en su interior. No pudo evitar soltar un gemido de placer. Oh, ¡qué bueno era aquello! Empezó a moverse, al principio despacio, tenía que acoplarse a ese miembro que le prometía una noche inolvidable, se balanceaba con una gratificante lentitud, pero a medida que iba sintiendo más, el movimiento se volvió más rápido, dejando a su paso notas de placer mutuo. Sara sintió que no iba a durar mucho más, que ese sexo volvía a despertarla. Él estaba fatal. Esas embestidas que le sacudían eran mucho peor de lo que esperaba. El sexo con esa chica era fabuloso, lo estaba acercando al clímax de una manera que no había sentido jamás. Era imposible que, una chica a la que no conocía, lo llevara hasta esos extremos, pero era lo que realmente estaba pasando. No podía explicarlo.

-Creo que estoy llegando…...

-Vamos, hazlo-. Esas palabras fueron la perdición de ella.

-¡¡¡Joder!!!-.Sara se tensó mientras el orgasmo la recorría. Y eso fue la perdición de él.

Una vez acabado el primer asalto, Sara se quedó tumbada encima de él, intentando relajar su respiración. Cuando pudo incorporarse, se dirigió al baño.

-¿A dónde vas?

-Voy al baño. Vuelvo enseguida.

-¿Pero también hay baño? No dejo de sorprenderme con este lugar.

Él la acompañó y ambos se asearon.

-¿Te importaría quedarte un rato conmigo, aquí, en la cama?-.No sabía por qué había dicho, pero la verdad es que le apetecía pasar un rato más con ella.

-No, no me importa, pero ¿de verdad quieres que me quede?-. Él afirmó con la cabeza.

Volvieron a la cama, y él la atrajo hacia sí para poder abrazarla. “¿Qué es lo que estoy haciendo?”

-Oye, ¿puedo preguntarte una cosa?-. Dijo Sara, sacándolo de sus pensamientos.

-Dime.

-¿Cuál es tu nombre?

- Me llamo Dani.

-Encantada Dani-. Sara le tendió la mano para estrechársela-. Soy Sara.

-Es un placer conocerte Sara, un verdadero placer-. Le dijo, mirándola a los ojos y aceptando su mano.

Me vuelve a mirar de esa manera, de esa forma en la que he caído la primera vez, y me temo que esto va a acabar con una segunda. Pero, ¿ya ha vuelto a cargar pilas?, ¡¡por Dios!!

Y vaya si las cargó.

Después de algo más una hora encerrados en la habitación, decidieron despedirse de su noche de sexo. Recogieron sus ropas, se vistieron y se encaminaron hacia la puerta de salida. Pero antes de salir, Dani la retuvo. Cogió su cara entre sus manos y le dio un dulce beso. A Sara le pillo por sorpresa.

-Me ha encantado pasar este rato contigo. Me lo he pasado muy bien.

-De eso se trataba, de pasar un rato agradable.

-No lo digo sólo por el sexo. Me ha gustado tu compañía. Me ha gustado conocerte.

Sara estaba un poco descolocada ante las palabras de Dani. No esperaba que le tirase flores y que le dijera que había sido el mejor polvo de su vida, pero tampoco esperaba aquellas palabras tan gratas. ¡¡Joder Si que han cambiado los hombres en el año que he estado fuera de los ruedos!!

-Yo también lo he pasado muy bien contigo, Dani. En todos los aspectos-. No podía decirle que sólo le había gustado el sexo con él, porque le mentiría.

La soltó y salieron juntos de la habitación. Sara le devolvió la llave a Tony y bajaron al segundo piso. Se quedaron apoyados en la baranda, mirando hacia la pista de baile. Sara quería encontrar a sus amigos para volver con ellos, y desde arriba tenía mejor vista que si se dirigía directamente a la planta inferior.

-¿Localizas a tus amigos?-. Preguntó Dani.

-Pues ahora mismo no los veo, no sé donde se han podido meter

-Me quedo contigo hasta que logres dar con ellos-. Le dijo Dani con una mano en su espalda.

-No hace falta que te quedes conmigo, en serio. Ve a buscar a tus amigos, seguro que están preocupados por ti.

-No pienso dejarte aquí sola. Además mis amigos estarán más preocupados en buscar una buena compañía que a mí.

-¿No eres buena compañía?-. Rió Sara-. A mí me parece que sí lo eres-. Le dio un golpecito en el hombro a Dani.

-Ya, pero a mí no pueden llevarme a la cama- . Le guiñó un ojo.

-¡Oh, allí están!-. Señaló Sara a su grupo de amigos.