Un Amor en la Esquina por Luis Ernesto Romera - muestra HTML

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que el amor oculto

Proverbio bíblico

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La historia que les pretendo contar no es una historia de

amor como otra cualquiera, por lo menos no es la típica de chico

conoce a chica. Tampoco se trata de un amor de un héroe buscando

a su heroína, ni de un galán tratando de conquistar a la mujer fatal.

Bueno, es cierto que hay esperanzas, desengaños, malos entendidos,

sufrimiento, gozos y sombras. Pero eso es parte de la vida, en mi

historia sin embargo, es algo así como la dama y el vagabundo,

salvando algunos matices, y que ni el vagabundo es del todo

vagabundo, ni la dama es lo que es.

En fin para que explicar todo ahora, mejor es que lo vayan

asimilando poco a poco. Me llamo Berenice, aunque desde pequeña

mis padres se empecinaron en usar el diminutivo Beri, que por

cierto, nunca me ha gustado que me llamen así, y por supuesto solo

se lo tolero a mis padres, que después de veinticinco años ya no

puedo hacerles cambiar en eso. Así que aunque resulte largo, todos

mis amigos y amigas me tienen que llamar así, Berenice.

Soy una chica desde mi punto de vista del montón, ya sé que

eso lo suelen decir las que no están muy agraciadas, pero no es mi

caso, no me considero fea, por lo menos los que me rodean no me lo

dicen, claro que tampoco te puedes fiar por lo que te digan los que te

aprecian. La mejor prueba para saber cómo luces es como te vean

los hombres, por supuesto no cualquier hombre, si le preguntas a un

albañil posiblemente solo te vean de cuello para abajo y en eso

realmente no destaco, soy más bien de poca carne y no creo que por

arriba llegue a los famosos noventa. Pero mi cara, no ha salido tan

mal, mi nariz, bien perfilada y proporcionada a mi rostro, sin

embargo no me agrada mucho mi boca, para mi gusto quizás un

poco pequeña y labios poco carnosos, pero mis ojos, esos son los

más bellos del planeta, y eso me lo ha dicho un hombre con buen

criterio. Claro que si no te lo dicen otros y ese hombre de buen

criterio es tu padre, quizás no vale, pero yo me quedo con eso. Y si

dicen que recuerdo a mi madre cuando era joven y ella traía locos a

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todos los hombres del barrio, eso me halaga, además está

confirmado por mi madre, no he podido preguntar a los que dice ella

que fueron sus amantes, pero no es necesario, ella se conserva muy

guapa, no sé si yo estaré así cuando alcance su edad.

Yo sin embargo no puedo presumir de muchos pretendientes,

como mi madre, y eso que a cualquier mujer de mi categoría le

causaría un trauma, a mi no, pues es por propia voluntad que no he

tenido ningún otro novio que aquel amor de mi adolescencia. Y este

no me llegó hasta que cumplí los veintisiete. ¿Cómo es eso posible?,

se preguntara mucha gente. Bueno en realidad si he tenido

pretendientes, o por lo menos creo pensar que lo fueron, pero no les

hice ni caso, sobre todo desde que mis ojos conocieron al hombre de

mi vida.

Créanme que no es fácil para una chica como yo, viviendo en

un pueblo del Languedoc francés con ciertas costumbres

tradicionales en lo que respecta a la manera en que una chica

encuentra novio, y proviniendo de una familia muy tradicional en

esos aspectos y siendo yo también excesivamente celosa de guardar

esas tradiciones, siempre he esperado que sea el chico quien tome la

iniciativa y se declare como rigen las costumbres en mi pueblo.

Claro que no siempre es fácil, sobre todo si el que te gusta, ni

siquiera te conoce, vive lejos y solo sigues su vida desde la

distancia. Mi madre a la que consulté en cierta ocasión sobre qué

hacer cuando te gusta un chico que aún no se ha fijado en ti porque

ni siquiera has cruzado palabras con él me dijo:

-mira hija, nunca olvides lo que te voy a decir: tú ofrece el

producto, ponle un precio competitivo, pero nunca regales la

mercancía.

Dicho así, suena como muy comercial, pero es que mi madre,

comerciante desde los quince años, era de lo que entendía. Mis

padres tenían una tienda de deportes, mi padre era amante del

ciclismo y montó en su momento una tienda de bicicletas que pronto

evolucionó hacia otros deportes en general hasta que se convirtió en

una prestigiosa tienda de artículos deportivos, una de las más

grandes de la comarca. Cuando mi padre se convirtió en concejal de

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deportes de Laucane, mi madre se encargó del negocio familiar y la

verdad es que lo llevó muy bien. Por eso ella todas las cosas las

entendía desde el punto de vista de las mercancías, y en el fondo

tenía razón, una se debe mostrar a los hombres, debe darse a conocer

y que aprecien sus cualidades como persona y por supuesto físicas,

pero no entregarse sin más a cualquier postor, una debe saber

valorarse como persona. Así que he permanecido casta hasta ahora y

no me avergüenzo por ello, mis amigas nunca entendieron mi

postura, me consideraban un raro espécimen, pero yo no creo en la

experimentación sin más, también la verdad es que he sido una

persona de estudios, mi carrera me ha ocupado el 90% de mi tiempo

entre los 19 y los 25 años, así que no he tenido tiempo apenas para

otras cosas.

Bueno, sí que me he enamorado, ya lo dije antes, pero eso

siempre ha estado allí, tal vez ha sido un tema que no he sabido

manejar bien. Yo soy muy cabezona y tenaz, cuando algo se me

mete en la cabeza, es difícil que se me salga y aquel chico, no ha

salido de mi cabeza nunca.

Lo conocí con 15 años, recuerdo muy bien el momento, llegó a

la tienda de mis padres a comprar una bicicleta, lo primero en lo que

me fijé fue en sus ojos claros y en otra cosa por la que guardo

extraña fijación en los hombres, su nuca. Sí, me llamó la atención lo

perfilado de su corte de pelo y la forma de su cabeza, esa cuadratura

de su rostro, también llamó la atención su voz, tan varonil, pese a

que no creo que alcanzase los veinte años. Observé que era ciclista

y desde entonces, pedí a mi padre que me regalara una bicicleta,

todo por si me encontraba con el chico en alguno de sus paseos, me

pasé muchos fines de semana paseando por todos los carriles bici de

mi ciudad, incluso en una carretera muy frecuentada por los amantes

del ciclismo, pero nada. Sin embargo, poco tiempo después se

acercó a la tienda para comprar equipación y otros artículos

relacionados con el ciclismo y tuve la oportunidad de contemplarle

más de cerca, incluso de envolver los productos que compró,

mientras escuchaba su voz, observaba sus ojos y al irse contemple su

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nuca, sin que se diera cuenta, pues lamentablemente seguía siendo

invisible para él.

La verdad es que desde ese día no le volví a ver, hasta cinco

años después, ¿Que cómo lo reconocí? Pues por su inconfundible

lunar en el cuello, su perfilada nuca, por sus ojos y esa sonrisa que le

caracterizaba. El, por supuesto no se acordaba de mí, en realidad

nunca me había visto, pues como ya he dicho, en las visitas a la

tienda yo era invisible para él. Pero esta vez hubo algo que significó

un cambio en las circunstancias, en aquella época, mi padre era

concejal de deportes y se celebraba la final de una etapa del tour de

Montpellier en Laucane, ocurrió que el chico en cuestión había

ganado la etapa. Casualmente mi padre me escogió como azafata en

la entrega de premios, ya saben, la que entrega el ramo de flores y el

mallot amarillo de la victoria. Yo no quería participar de aquello al

principio y rechacé el ofrecimiento de mi padre, pero mi madre me

empujó a ir para alegrar a mi padre que sobre todo quería presumir

de hija. Cuando vi quien había sido el ganador, agradecí esa

insistencia de mi madre. Bien, por aquello de los nervios y la

tensión, primero olvidé el ramo, que tampoco entiendo a que viene

entregarle un ramo a un hombre, cuando debería ser al revés, pero

bueno la tradición es la tradición; el caso es que me volví para

entregar el trofeo y con los nervios, en el cruce de besos,

accidentalmente nuestros labios chocaron, es de esas veces que tu

vas a la derecha y el a su izquierda y en fin, nos besamos en la boca,

yo dije: ¡tierra trágame! Y el sonrió

Sentí un calor en la cara y un frio en el cuerpo difícil de

explicar, le miré y el creo que también se ruborizó, fue una

experiencia que jamás olvidaré, en ese momento no sabía si él había

sentido lo mismo o no, el caso es que no pude dormir esa noche

soñando con mi campeón. Ludovic Jabart se llamaba, desde

entonces seguí su carrera, mi habitación se llenó de fotos suyas,

incluida por supuesto la de aquel día como campeón. Incluso con la

influencia de mi padre, me inscribí en la sección femenina del club,

por asi conicidíamos, pero mi paso por el club, fue fugaz, no daba la

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talla. Total, de poco me sirvió tanto esfuerzo, nunca le pude ver por

allí.

Pero pocos años después de ese incidente, oí la terrible noticia

de que un accidente había truncado la carrera de mi ciclista.

Recuerdo que me atreví a ir al hospital, a verle, pero no tuve el valor

para entrar en su habitación y hablar con el directamente, no sabía

cómo entrarle, ¿Qué iba a decir? -Hola soy la del beso accidental,

¿Te acuerdas de mí? Y si respondía: -No se, he besado a tantas que

no te recuerdo, perdona... Eso sería arruinar mi vida.

Así que lo único que me atrevía hacer fue entregar una nota

anónima a una enfermera para que la hiciera llegar al muchacho, por

supuesto no puse mi nombre, ni se lo dije a la enfermera, quizás fue

un error mío, pero tampoco quería identificarme tan rápido. Fue un

error, no haber puesto algun dato que me identificara, incluso el

número de teléfono, eso me dijo una amiga, pues, como iba a saber

de quién eran la notas y como iba a conocerte si no, me decía, con

buen criterio.

Por eso, tras varios meses de hacer visitas secretas, decidí dejar

la nota definitiva, donde puse mi número y mi nombre de pila, pero

al parece cuando llegué con esa nota, él ya no estaba allí, había sido

dado de alta y nadie sabía ya de su paradero. Me sentí totalmente

abatida, me invadió un sentimiento de estupor y desaliento, aquella

había sido una gran oportunidad echada a perder. ¿Por qué no habré

hablado con mi amiga antes?

Lo único que podía hacer ahora era comprar revistas

especializadas a fin de saber algo de aquel ciclista, pero por alguna

desconocida razón, su nombre desapareció de todas partes. Hasta

que una pequeña reseña apareció en un artículo, en el que se hablaba

de ciclistas accidentados, entre ellos se mencionó a Ludovic Jabart y

se dijo que ahora vivía en París alejado del mundo del deporte y

viviendo de una pensión.

Aquel día lloré con un gran desconsuelo, el problema es que no

podía hablar con nadie de esto, me tomarían por loca, estar sufriendo

por un desconocido. Porque en realidad, era un perfecto

desconocido, aunque yo no lo quería ver así, había seguido su

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carrera durante todos estos años y había leído sus entrevistas, sabía

de sus gustos, de sus lugares favoritos, de sus pasiones, hobbies,

incluso sabía con seguridad que estaba soltero, pues reconoció en

una entrevista mientras aún era ciclista de élite, que la bicicleta le

impedía tener mucha vida social por eso no se había casado, ni tenía

novia, y yo me alegraba por eso. Yo también le había estado

esperando, estaba guardando mi virginidad para el, vale, en ciertos

periodos de tiempo, ha habido algún que otro noviete, pero eran

cosas pasajeras que no cuentan, él siempre volvía a mi corazón, de

una manera u otra. El problema es que ahora su vida había cambiado

y probablemente ahora el si tenga que hacer vida social y por lo

tanto esos ojos llamen la atención de otra que lo encandile.

Con el tiempo, cuando terminé la universidad y me licencié,

decidí buscar trabajo en París, donde había leído que se había

mudado. Sabía que encontrarle iba a ser la aguja en el pajar y

menudo pajar con doce millones de habitantes, aún si al menos

supiera que vive en el límite administrativo, es decir en plena ciudad

y no en los suburbios, la búsqueda se limitaría a dos millones y

medio, desde el punto de vista de la razón, un imposible. Pero como

la razón, no le sirve al corazón, mi corazón decía que debía ir a vivir

y trabajar allí. Mi madre encantada con la idea, pues si bien me

especialicé en economía y finanzas, tenía a mi hermano en la ciudad

quien era gerente de una empresa de importación de artículos de

deportes, así podía encargarme de la cuentas de la empresa. Y a eso

llegué a París, pero por circunstancias de la vida, trabajar con mi

hermano Renou no siempre era fácil, además su mujer que era

contable también llevaba demasiado bien las cuentas, así que acabé

trabajando en una empresa de seguros.

Encontré un apartamento en la en la Rué Didot, un edificio

ruinoso, con un portal un tanto abandonado, pero mi apartamento si

estaba en buenas condiciones, limpio bien arreglado y lo más

importante, cerca de mi trabajo.

Yo siempre he sido muy meticulosa, y de costumbres

rigurosas, llegaba a mi trabajo, siempre a la misma hora a las 8:45,

iba al banco, que estaba en la esquina, a las 10:00 y a las 11:00,

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bajaba a tomar un desayuno a la cafetería Berlitz, en la calle debajo

justo de mi oficina, creo que se llama DÁlesia o algo así, la verdad

es que no me fijo mucho en los nombres de las calles. En el Berlitz

se toman unos croissants únicos, los había con chocolate por dentro,

por fuera, con mantequilla, con queso, con nata, con crema, con

fresas, en fin, para aburrirte. Había un camarero que estoy segura

que quería algo conmigo, se mataba por ser él quien me atendiera,

dándoselas de simpático y chistoso. Búa, le olía el aliento, me daba

nauseas, le llamabamos el pegajoso. También es posible que me

tocara siempre este chico porque yo soy de costumbres fijas y

siempre me siento en el mismo sitio, cuando voy en metro o autobús

también me pasa lo mismo, siempre busco la ventana de emergencia,

quizás a él siempre le tocaba atender esa mesa, en cualquier caso no

era mi tipo.

El caso es que, no sé por qué casualidades del destino, cierto

día al salir del banco, me encuentro a Ludovic. Allí estaba él,

sentado en una banca de madera de la esquina, justamente enfrente

del banco, si bien ya no tenía aquel tipo de ciclista, se le notaba un

poco más ancho de hombros y de cuerpo, sus ojos le delataron, no

tenía ninguna duda que se trataba de él. Noté que me estaba

observando, lo cual me hizo sentirme nerviosa, ¡No podía creer que

la vida me diera una segunda oportunidad! Pero como aprovecharla,

yo seguía siendo muy tradicional y no me iba a lanzar, por otro lado

tenía que ofrecer el género, como decía mi madre. ¿Pero cómo me

iba a dar a conocer, si ni siquiera me recuerda?

Bueno tal vez, si le pidiera un autógrafo, y con ese pretexto, al

halagarle, le haría sentirse importante, y al mismo tiempo a mi me

serviría para decirle “sin palabras”, que aquí estoy, que se fije en mi,

en fin, decirle que existo. Claro en ese momento no podía ser, no iba

a lanzarme sin más, ¿Y si no era él? Qué tontería, claro que era él,

pero así a palo seco, no podía lanzarme. Tenía que planear algo. En

principio no hice nada, di la vuelta a la esquina y subí a mi oficina,

pero rápidamente subí la persiana lo suficiente para ver si estaba allí

y ver hacia donde se dirigía. Para mi sorpresa, el tío no se movía de

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allí, no sé si estaba esperando algo o yo que sé, el caso es que

simplemente estaba allí.

Bien, bajé a mi hora al Berlitz y de nuevo me lo encontré, pero

esta vez nuestras miradas se cruzaron y a punto estuve de acercarme

para lo del autógrafo, pero en ese momento llegó Elieen, mi

compañera, una parlanchina de las de no terminar. Así que no pude

realizar mi plan.

Lo curioso es que al día siguiente, de nuevo el chico estaba

allí, esta vez leía un periódico, alcancé a ver que era prensa de

economía. ¡Qué bien, le gustan las finanzas como a mí! Ya tenemos

más cosas en común, un punto a mi favor. Pasaron varios días y no

hacía más que preguntarme por qué razón siempre estaba allí

sentado. ¿Esperaba a alguien? ¿Quizás a su novia? Eso sería lo peor

que me podía pasar, pero no era eso, en alguna ocasión le vi

levantarse y le seguí con la vista alejándose calle abajo, cojeaba un

poco, quizás secuelas del accidente. ¡Que lastima! ¡Pobre mío! Lo

que debe estar sufriendo por no poder realizar sus metas.

A mi no me importaba aunque estuviera lisiado, creo que es un

buen hombre. Lo que no lograba entender es que liandres hacía allí,

mirando hacia el banco... ¡Dios mío! No será un ladrón de una

banda, quizás vigilando cuando llega el furgón blindado, o cuando

abren las cajas fuertes. Espero que no, que yo no quiero compartir

mi vida con un delincuente. En cierto modo me sentía decepcionada,

pues si bien había visto lo que había venido a buscar a París, ahora

no sabía qué hacer con él, incluso si volviera a verle, ¿cómo podría

contactar? ¿Qué hacer? ¿Cómo llamar su atención?

Me empecé a arreglar un poco más y vestirme de forma un

poco más llamativa, y noté que eso despertó su interés, sé muy bien

cuando un hombre sigue a una mujer con su mirada, con solo un par

de disimuladas vistas de reojo, pude darme cuenta, pero eso no

significaba nada, algo tenía que hacer para acercarme a él y hablar.

Incluso consulté con mi compañera Elieen, y sin decirle quién era el

chico en cuestión le expuse el caso, ella me dijo que lo del pañuelo

todavía funciona, o lo de dejar caer algo que te dé a conocer, una

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tarjeta de visita, un pase identificativo, o cualquier cosa que le

indique tu nombre.

-Claro, -me dijo-, ¿estás segura que no es peligroso?, chica,

que dar tus datos a un desconocido tiene sus riesgos.

Pensé que podía ser una buena idea, aunque es verdad, era un

desconocido, estaba confiando en alguien del que no sabía nada

salvo su truncada carrera.

Sea lo que sea, a los pocos días de verle por allí, un buen día se

esfumó, sin que pudiera tener la oportunidad de pedirle su autógrafo,

ni tirar un pañuelo, una nota con mi nombre, ni nada de nada y sobre

todo sin poder hablar con él. La idea de que vigilara el banco, me

asustó e impidió que diera más pasos, ni siquiera me atrevía a

preguntarle la hora para escuchar su voz, y ahora ya es tarde. En fin,

pensé, por lo menos se que se mueve por este barrio y es posible que

me lo encuentre en otra ocasión. Reconozco que durante varios días

imaginé encontrarme el banco desbalijado, pero no pasaba nada,

todo iba como siempre.

Empecé a hacerme de amigas y tener vida social, pensé que me

ayudaría a olvidar ese amor imposible, esa ilusión de niña que no iba

a ningún puerto. Pero en honor a la verdad, no conocí a nadie que

me atrajera lo suficiente, ninguno de los muchachos que me

presentaron, tenía el efecto de aquel ciclista, algunos se acercaban y

parecían simpáticos, incluso los había muy guapos, pero tanto se lo

creían, y eso es algo que no aguanto en un hombre, que se sienta

más guapo que una.

-¿Qué te pasa Beri? -me preguntaba Elieen, que para ese

tiempo se había convertido en mi mejor amiga- ¡Se te va a escapar el

tren!

-No me vengas con eso Elieen, no me gusta nada esa

expresión, y no me llames Beri, que me recuerdas a mi madre.

¿Sabes que te digo? si ese no es mi tren ¿por qué diantres lo tengo

que coger?

-Tienes que disfrutar de la vida, Beri, perdón Berenice, no

puedes estar enamorada toda la vida de tu amigo invisible, la

juventud no dura mucho, luego que, a coger al primero que llegue.

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-No te preocupes, ya llegará el mío -le contestaba, para luego

añadir: ¿Bueno y como te va en el trabajo?

Cuando Elieen sacaba el asunto de los hombres, yo siempre

quería cambiar de tema, y lo mejor era en esos casos, sacarle lo del

trabajo, porque entonces se olvidaba de todo y empezaba a

despotricar de su jefe. Si bien se repetía mucho, reconozco que en el

fondo tenía razón. Elieen, era de la opinión que la mujer tenía cuatro

etapas, entre los 16-20, en el que el mundo se acaba y tienes que

probar lo que sea; luego entre 21-26 quiero algo, pero yo lo escojo;

después entre los 27-35, prefiero disfrutar sola, me siento libre sin

nadie, para finalmente, de 35 en adelante, de nuevo se acaba el

mundo; todo eso si no acabas viviendo con alguien fijo en la primera

o la segunda etapa.

Vaya, yo ya estoy en la tercera, pero tampoco es que quiera

estar sola, llevo enamorada desde los dieciséis, lo que pasa es que

quizás, como decía Elieen, de un amante imaginario, porque en ese

caso la invisible soy yo para él. ¡Caramba!, ¿Por qué tiene que ser la

vida tan difícil para una mujer como yo? Yo soy feliz así, no siento

que me falte algo, salvo cuando le veo a él y noto ese cosquilleo

extraño. La próxima vez me meto en el charco y me dejo de rodeos,

que se me escapa el tren.

Pasaron varios días y no le vi, en su lugar me fui encontrando

durane varios días seguidos con un mendigo sentado en el mismo

banco, así que triste y cabizbaja, me someto a la dura realidad de

perdedora y me dirijo a mi trabajo y del trabajo a casa. Hasta que

uno de esos días, no sé cuánto tiempo habrá pasado, pero solo

entonces le veo la cara al mendigo, esos ojos, me resultan familiares

y su voz, cuando le escuché su tono mientras hablaba con una

ancianita que le bajaba bocadillos, este me suena de algo. Yo para

eso tengo un don, suelo reconocer a la gente al vuelo por la voz,

aunque la haya escuchado una sola vez hablar y aunque sea por

teléfono, sé muy bien identificar a quien me habla, algunos se

sorprenden de mi memoria auditiva.

Bien, un día quise acercarme al mendigo para confirmar una

sospecha que si bien era descabellada, tenía visos de parecer cierta.

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Aproveché para echarle unas moneditas y entonces me fijé bien que

esa barba no era suya, ¡llevaba una barba postiza! Y la voz al darme

las gracias... ¡Era él! ¡Pero cómo podía estar así! ¿Qué le había

pasado? ¿Se habrá trastornado, estará tocado de la cabeza? ¡Dios

mío! Tal vez el accidente le dejó mal

Esa mañana no me pude concentrar en el trabajo, nada me salía

bien. Al bajar al Berlitz, me acompañó Elieen y le hice la

observación de la barba, por si ella se daba cuenta de que era falsa,

yo no quería ser tan descarada viéndole.

Elieen me lo confirmó, si, llevaba una barba postiza y según

me indicó también su pelo, el color de sus cejas era muy distinto del

de su cabello,

-ese era un disfraz. -me dijo-, ese es un rumano, esos se

disfrazan para dar más lastima, y para que la policía no los

identifique, vete a saber si lo que está es vigilando el banco.

-No lo creo, muchas veces está leyendo, y se va siempre a la

misma hora...

-Pero chica ¡tú qué haces vigilando la vida a un mendigo!

-no solo que me suena su cara.

-¿En que más te has fijado?

-su voz

-no me digas que te has puesto a hablar con un mendigo.

-no solo que me acerqué y le eché una monedas para

escucharle

-Hay, no sigas Berenice, tú estás, loca o algo trastornada, ¿qué

te estás fijando en un tío tirado en la calle?, ¿tu estás bien? tu debes

tener un problema.

-Tonterías, que dices, simplemente que me parece familiar, creí

conocerle.

-¿Algún amigo de la infancia, o un familiar?

-no un antiguo amigo...

-Un amigo, mira Berenice, solo te digo una cosa, si está en la

calle es por algo, o es un borracho o un delincuente salido de

prisión, un arruinado de la vida, vamos, no merece la pena prestarle

atención. Tú ya sabes.

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-tranquila que no es lo que tu crees.

Bueno, la verdad es que aunque me dé vergüenza reconocerlo,

empecé a pensar que aquel hombre con esas pintas de abandonado,

no representa lo que realmente es. Quizás se había disfrazado por

mí, para verme, rápidamente rechazo la idea, porque si pienso eso

significaría que quizás mi amiga tenga razón y estoy perdiendo la

cabeza. En cualquier caso, me preocupa que ese hombre haya caído

tan bajo y se encuentre pidiendo, o será verdad que está vigilando el

banco.

El otro día, no hacía más que vigilar los movimientos del

mendigo, veo como se levanta, va de un lado a otro, luego cuando

bajo siempre está en la esquina sentado en el banco. Y al poco

tiempo de subir de nuevo yo a la oficina, simplemente ese levanta y

se va. Bueno salvo algunos días que al salir lo veo allí, pero eso solo

en contadas ocasiones.

No hago más que pensar en cómo me las ingeniaría para hablar

con ese hombre y preguntarle la razón por la que está en esa

situación. Quizás el pobre esté endeudado y como no encuentra

trabajo ha caído en la mendicidad. Sé que no es un borracho, porque

yo observo a otros y casi todos tienen las mejillas coloradas, los ojos

vidriosos y la nariz hinchada por el alcohol, pero este no, sus

facciones son finas, detrás de esa careta puedo ver a un hombre

sano, sin vicios, pero parece tan desgraciado, como siga en la calle

pronto se va a hechar a perder. ¿Tendría que ayudarle a salir de esto?

El otro día hablé con mi hermano sobre Ludovic, le expliqué

que él sabe mucho de cosas del ciclismo y le vendría muy bien para

asesorarle sobre ese tema. Si tan solo le ofreciera un empleo, eso le

haría salir de esa situación, claro que no le mencioné a Renou que

me refería al mendigo de la esquina, si así fuera me tomaría por

loca. La única respuesta de su parte fue: que me traiga su currículo.

¿Cómo le pido un currículo? Bueno ¿y si se lo hago yo?, tengo

fotos y conozco su trayectoria, sus conocimientos sobre el deporte, o

sea, podría perfectamente hacerlo, de hecho el otro día lo hice. Solo

que no me he atrevido a entregarselo a mi hermano, claro que si lo

aprueba me metería en un buen lio, mejor que no.

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Hoy mientras iba hacia mi trabajo, me abordaron una pareja

muy simpática, que me ofrecieron unas revistas religiosas, las tomé

porque ya había leído antes otros números, cuando en la tienda de

mis padres también las habían dejado. Me gustaba una sección sobre

los jóvenes con consejos muy interesantes, esta vez trataba sobre

como sobrellevar un desengaño amoroso, que bien me venía a mí. Si

porque lo mío era un desengaño constante, el otro día pensaba que el

mendigo me iba a abordar, pues le vi acercase cuando yo salía de la

cafetería, pero tan solo se levantó porque la viejecilla de los

bocadillos le llamó.

La obsesión por mirar por la ventana de mi despacho me

estaba haciendo desconcentrar de mi trabajo, decidí por ello, con el

consejo de mi jefe tomar unas vacaciones, y despejar mi mente.

Aproveché para ir a Holanda, allí tenía una tía a la que había

prometido visitar hace años, así que pasé unos estupendos días

visitando los molinos y sobre todo el famoso museo Van Gogh, mi

pintor favorito, me traje pañuelos, bolígrafos, libretas, camisetas y

hasta un porta documentos con ilustraciones de sus pinturas.

Al volver a la rutina diaria, de nuevo volví a encontrarme el

barrio como siempre, y allí estaba él, como si no me hubiera echado

de menos, de verdad que no le entiendo, ¿que pretende ese hombre?,

va se sienta, no dice nada, me mira de arriba a abajo, y sin ninguna

explicación se va. Más que enamorada me tiene intrigada, las pocas

esperanzas que tenía de que algo diferente surgiera entre nosotros, se

estaban esfumando. Mientras el tiempo transcurría sin novedad

empecé a relacionarme con Josephine, otra compañera de la oficina

que casualmente también pertenecía al grupo de los de las revistas,

esta me explicó todo lo que tenía que ver con ellos y el sentido que

le daban a la vida, me animó a acompañarla a donde se reunían, un

día lo hice. Cuando estuve allí, me di cuenta que eran muchos más

de los que yo me imaginaba y parecía que todos se conocían, no era

como en la iglesia que cada uno iba a su aire.

El día siguiente ya nada sería igual, cuando las cosas entre el

mendigo y yo se iban enfriando, al no observar ninguna iniciativa de

su parte, empezaba a pensar en olvidarme de todo y hacer mi vida,

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ignorarle. Eso pensaba hacer cuando aquel día bajé al Berlitz y ni

siquiera le miré y eso que me lo encontré de frente y noté que se

sobresaltó al verme de frente, bueno si le miré, sino como me iba a

dar cuenta de su sobresalto, pero lo hice solo de reojo.

Cuando me senté en mi mesa, vi que había un papel muy bien

doblado debajo del azucarero, miré para un lado y otro y tomé el

papel. Este contenía una nota que me dejó estupefacta e hizo que mi

corazón casi se saliera de mi pecho. ¡Qué palabras más bonitas!:

No puedo borrarte de mi mente, eres la que me insufla de

esperanza y ganas de vivir” Las concluía con una hermosa

declaración: de tu amor escondido. Por un momento, pensé que

quizás alguien haya olvidado esa nota de un enamorado a su

enamorada, aunque me quedé muy desconcertada con las últimas

frases. ¿Qué significa eso de amor escondido? Será la dedicación del

amante secreto de alguien que estaba a punto de arruinar su

matrimonio. O será un adolescente cuya relación sus padres no

consienten. No se tampoco si se trataba de expresiones de cariño de

un hombre hacia una mujer o al revés. En cualquier caso me

parecieron unas palabras muy bonitas, ¿cuando me dedicarán algo

así a mí?

Lo que en un principio pensé que era una nota dirigida hacia

otra persona, pronto me di cuenta que esa persona podría ser yo. Tan

solo dos días después de haber encontrado en mi mesa del Berlitz,

aquel papelito, ahora me encuentro otro. Esta vez más explicito: tu

eres la luz que en mi oscura vida ilumina mi corazón, te quiero,

quiero que seas mía algún día, deja que tus bellos ojos se sigan

posando sobre los míos y me infundan la esperanza de poder algún

día ser tuyo. Tu admirador secreto.

Aquello me dejó sin aliento, era mucha casualidad que dos

veces casi seguidas encontrase mensajes de amor, y esta vez no

había dudas que provenían de un chico hacia una chica. Al día

siguiente, un día frió como pocos, llevaba lloviendo casi hielo toda

la mañana, se me hizo larga la espera para bajar al Berlitz, era como

abrir una caja de sorpresas, esta vez mi amigo el mendigo no parecía

estar allí, claro que con ese día, como para estár en la calle, aunque

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lo había visto en otros días parecidos, en cualquier caso no verle me

desalentó y me hizo sospechar que quizás no hubiera papalito con

mensaje. Pero al llegar, había un grupo de chicos, riéndose a cosa de

otra nota que si estaba en mi mesa, en lugar de sentarme en otra

mesa, esperé a que el grupo de adolescentes bulliciosos se

marcharan.

Cuando estos se fueron, me puse a buscar como una

desesperada la nota, con la determinación de alguien que busca algo

de gran valor, por fin pude dar con ella, pisoteada, arrugada, pero

completa, la recogí, limpie y estiré con mucho cuidado, y la leí con

gran atención:

Aquel mes de febrero tiritaba en su albura

de la escarcha y la nieve; azotaba la lluvia

con sus rachas el ángulo de los negros tejados;

Y decía: ¡Dios mío! ¿Cuándo voy a poder

encontrar en los bosques las violetas que quiero?

Mira, el árbol negruzco su esqueleto perfila;

se engañó mi alma cálida con su dulce calor;

no hay violetas excepto en tus ojos verdes,

y no hay más primavera que tu rostro encendido.

Debe ser un verso de un poeta famoso, lo conocía muy bien pues en

el instituto nos lo hicieron leer y comentar, aunque hace tanto que no

me acuerdo de quien es, pero es bonito. ¡Además, la de los ojos

verdes tengo que ser yo! -pensé-, mientras miraba a un lado y a otro,

pero allí no había nadie al que yo considerara fuente de esas bellas

palabras, ¿Será el camarero pesado? Fue el único que interrumpió

con su ¿qué tal guapa, me das tu número o te pongo lo de siempre?

No, a ese pegajoso desde luego que no lo veo capaz de leer a poetas

clásicos y citarlos, no, más bien está más cerca de los piropos del

albañil. Tras pedir mi café con un croissant con nata, continué

leyendo de aquel arrugado papel, después del poema hablaba de su

deseo de conocerme mejor: Quiero conocerte, estar cerca de ti.

¿Cómo podría yo? porque mi amor por ti es tan fuerte como la

muerte...el fuego de mi corazón no puede contener las llamaradas

de este amor.... Las muchas aguas mismas no pueden extinguir ese

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fuego, ni pueden los ríos mismos arrollarlo.... y después la misma

despedida de antes. Mientras leía esto sentía como un temblor en

mis entrañas, estoy segura que si me pusiera de pie, mis piernas no

me sostendrían. Sin embargo luego no hay un nombre, ni ninguna

referencia a quien es el remitente, ni la destinataria. Todo esto me

estaba dejando confundida, a la vez que embaucada por este nuevo

amor secreto.

Estaba deseando que llegara el día siguiente para leer mas, me

embargaba una emoción tan fuerte que cuando el pegajoso de Joel,

el camarero se acercó para entregarme el café di un salto, este con su

típica galantería y con el romanticismo de un minero, dijo -vaya, te

has sobresaltado al verme, y eso que no me has visto por dentro, -

rebuznaba, mientras guiñaba un ojo-. ¡Como odio a ese hombre!

Solo espero que no sea este pelmazo el de la nota. Regresé tan

ensimismada en mis pensamientos y emociones que no esperé a los

demás en la cafetería, y ni siquiera me percaté de mi mendigo, total

ahora presentía que estaba naciendo en mí un nuevo amor, mi amor

secreto.

A la mañana siguiente, bajé lo más deprisa que pude, aunque

me acompañaba mi hermano, contando sus típicos chistes machistas,

siempre está igual, y encima tengo que reírle las gracias, porque si

no se molesta. Pero esta vez, no había nota, ni mensaje, así que tuve

que esperar al siguiente día.

Como las anteriores veces, procuré bajar sola, así que sin

avisar salí pitando al Berlitz, aquella mañana había más gente de lo

habitual en la calle, había muchas madres con sus hijos creo que

tenían un descanso escolar, si, había muchos niños en la calle, hasta

al mendigo lo visto desde la ventana hablando con alguno de ellos.

Vaya, si resulta que habla, ¿por qué conmigo no? Temía que la

cafetería estuviera atestada y alguien tomara el mensaje y no me

llegara, pero creo que llegué tarde, no había mensaje y mi mesa

ocupada. De nuevo me tocó esperar, aunque esta vez fui yo quien le

dejé un mensaje, tuve que pedirle al pegajoso camarero que me

prestara su boligrafo, esperando que le escribiera algo a él, en fin

dejé el mensaje debajo del azucarero, de la misma manera que me

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los encuentro. Le puse una nota agradeciendo los poemas y escribí

mi nombre, junto a una cita para esta tarde en la esquina del banco a

las seis de la tarde.

Pero una de dos, o no leyó la nota, o no le llegó, o quizás su

timidez le impidió hacerlo, la calle estaba bastante desierta por las

tardes y se me hizo de noche sin que nadie llegara, lo cual me

decepcionó.

Al día siguiente ocurrió algo que me dejó estupefacta, sucedió

antes de ir al trabajo, algunas veces, cuando no hace demasiado frio

acostumbro a ventilar el apartamento y me asomo por el balcón para

ver cómo está el tiempo, desde la cuarta planta puedo observar toda

mi calle, no es que sea muy larga, pero es fácilmente observable.

Esta vez si mi vista no falla, en un momento dado veo entrar por mi

calle a Ludovic el ciclista, pero vestido normal, pantalón vaquero y

cazadora marrón. ¿Qué hace en mi calle? Y lo más sorprendente, se

dirige a mi portal, retrocedí por precaución, por si le daba por

levantar la cabeza y me descubría vigilándole, esperé un segundo y

volví a asomarme, pero ¡qué veo! ¡Entra en mi portal! Corriendo

me vestí y recogí todo lo que había dejado la noche anterior por

medio, los restos de mi cena, algún que otro trapo, no es que no

acostumbre a hacerlo, pero normalmente me tomo mi tiempo, pero

ahora había una posible urgencia, menos mal que mi apartamento

era pequeño. Entonces pensé ¿Por qué ha de venir a mi casa?, es

más, ¿quien le ha dado mi dirección?

Esperé a que sonara la puerta o el timbre, pero nada, pasaron

casi cinco minutos y decidí volver a asomarme, pero no había nadie,

nadie salía ni entraba. ¿Será que vive en este mismo edificio? ¡Dios

mío! Y si resultase que somos vecinos. Al bajar a mi trabajo,

observé el nombre que aparece en los buzones de los diferentes

apartamentos, pero en ninguno vi su nombre. Quizás tenga novia o

compañera o simplemente viene a casa de un amigo, ¿pero a las 8 de

la mañana? Desde luego no es una hora normal para visitar a nadie,

salvo que te espere.

En fin, en cualquier caso, estaba segura que era él, de eso no

tenía ninguna duda. Y que me estaba volviendo loca con esa absurda

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obsesión por ese desconocido, también lo reconozco. En el camino,

iba pensando que quizás hoy se presentaría a la esquina vestido

normal, quizás dispuesto a hablar de una sola vez.

El caso es que al llegar al trabajo, allí estaba en la esquina de

siempre el mendigo, y entonces me pregunté, si he visto a Ludovic

entrar en mi edificio, el mendigo no es el disfrazado, como yo

pensaba. ¿Quién es entonces este mendigo y por qué me he fijado en

él? Y lo más importante, ¿quién es el de los mensajes? Empecé a

temer que ese mendigo me estuviese vigilando a mí por algo, quizás

para secuestrarme o algo así, si sabía que mis padres o mi hermano

manejaban dinero, por eso desde ese día decidí bajar con Renou,

solo como precaución, aunque eso significaba arriesgarme a que él

se enterara de lo de los menajes.

Al día siguiente, tuve que bajar sola, mi hermano tenía asuntos

urgentes que atender y Elieen estaba también muy ocupada y bajaría

más tarde. Por un lado quizás mejor así, y efectivamente, porque ese

día encontré algo que me dejó perpleja y totalmente sorprendida, no

solo encuentro un mensaje en el que definitivamente se que va

dirigido a mi, aunque no aparezca mi nombre, sino que incluye un

obsequio, unos pendientes preciosos con forma de corazón, parecían

de oro con piedrecitas brillantes, quizás sea zirconita, pero me da

igual, me gustó mucho el detalle. Sabía que era para mí, pues el

mensaje era aun más directo, tenía que tratarse de alguien que me

observaba, que me había visto muchas veces, pues mencionaba mi

forma de vestir, admiraba no solo mis ojos, sino mi pelo, mi nariz,

mi boca, mi forma de caminar, desde luego si se presentara en ese

momento me iría con él con los ojos cerrados, hasta incluso que

fuera el camarero pegajoso ese, con esas palabras me había

conquistado de pleno. Debo parecer tonta, pues a cualquier otra,

recibir esto la asustaría, pero no era miedo lo que yo sentía, sino un

subidón de adrenalina, de autoestima, y una sensación de sentirme

deseada, hasta el grado de casi flotar, es difícil expresar el

sentimiento de felicidad que suponía leer esos halagos de un

desconocido, que quizás resultase un conocido.

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Después de aquello, durante unos días no recibí mensajes, pero

si pude ver antes de ir a trabajar acercarse a Ludovic, una de las

veces abrí la puerta para ver si escuchaba desde la escalera hacia que

piso se dirigía, quizás si vivía en el edificio y trabajaba de noche por

eso llegaba tan pronto. Pero solo notaba un misterioso silencio,

como si al entrar al portal, la tierra se lo tragara, es posible que

subiera al primero, el caso es que ni siquiera escuchaba cerrar puerta

alguna.

No fue hasta una semana después cuando recibí otro mensaje

de mi amante secreto, valió la pena esperar, se trataba de otro

hermoso poema, que venía a decir:

Hace ya tanto tiempo que te adoro,

Son años atrás, son muchos días...

eres de color rosa, yo soy pálido,

yo soy invierno y tú primavera.

Lilas blancas como en un camposanto

en torno de mis sienes florecieron,

y pronto invadirán todo el cabello

enmarcando la frente ya marchita.

Deja al menos que caiga de tus labios

sobre mis labios un tardío beso,

para que una vez esté en mi tumba,

en paz mi corazón pueda dormir.

Tu amante secreto Ludovic.

Leer esas últimas palabras me dejó paralizada, mis sueños se

hacían realidad, la persona que deseaba que fuera era quien escribía

los menajes, miré para todos lados por si se trataba de una broma,

aunque nunca he hablado a nadie sobre Ludovic, por lo menos nadie

debía saber su nombre, por lo tanto nadie haría una broma así.

Además no cabe duda que la letra era la misma que en anteriores

misivas. También aparecía una posdata en la que me invitaba a

dejarle un mensaje con su nombre, eso significaba que el mensaje

anterior no le llegó, que alivio, pensé. Pero, ¿por qué no me cita de

una vez? ¡Tánto cuesta poner un día y una hora! El caso es que de

nuevo bajé sin boli y sin papel, ¡qué mujer tan poco preparada para

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esta situaciones soy! Menos mal que el camarero pegajoso, siempre

estaba dispuesto a dejarme uno. Puse mi nombre de pila y nada más,

lo deposité donde siempre y en ese momento llegó Elieen,

rápidamente guardé el mensaje y tras un rato me fui. No cabía en mi

de felicidad, tanto es que recibí a mi hermano al quien me encontré

en la esquina detrás del mendigo y le di un fuerte abrazo, el,

extrañado me acompañó a mi oficina.

Sigo teniendo dudas, y después de lo de ayer aún mas, porque

si yo le veo entrar a mi portal, supuestamente viene de trabajar o

algo parecido, y luego no le veo salir, ¿Cuándo deja los mensajes en

Berlitz? ¿Y si fuera el mendigo el de los mensajes? Eso no,

demasiado descabellado, mucha casualidad ya es que se le parezca,

que encima se llame igual, no, hay algo que no me encaja en toda

esta historia. Salvo que el mendigo y él estén de acuerdo y este

último le dé información a Ludovic, ¡claro esto si encaja! Muchas

veces desde la ventana de mi oficina, veo moverse al mendigo hacia

la cafetería, no sé si entra o no, no llego a ver eso, y el otro día al

salir estaba al otro lado de la calle, quizás pendiente de si leía los

mensajes o no. Mañana estaré más pendiente de eso cuando esté en

la cafetería.

A la siguiente mañana, por fin descubrí el misterio, vi salir al

mendigo de mi portal, fue por pura casualidad, miré para ver si venía

Ludovic a la hora acostumbrada pero no le ví, sin embargo de

repente salía con sus harapos el mendigo. Pero bueno ¿es que todos

vamos a ser vecinos? No alcanzo a entender que está pasando aquí.

La próxima vez voy a bajar al portal para encontrarme a uno o a

otro, o a los dos y voy a poner en claro que pretenden. Esa misma

mañana, no le vi llegar, lo cual no significa que no lo haya hecho, es

posible que se adelantara unos minutos, intercambiaran información

y luego el mendigo abandonara su casa, ¿será que viven juntos? Ese