Tijuana, Mexico por Juan Carlos Fernández Fernández-Avilés - muestra HTML

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TIJUANA, MÉXICO

 

I

 

El aspecto de la estancia era sórdido y siniestro. No se trataba de un lugar que inspirase temor, sino más bien angustia por el desdichado que se viese forzado a malvivir entre las cuatro paredes de la habitación número 105 del Motel La Esperanza, cuyo nombre intentaba, sin mucho éxito, disimular la desgracia de sus moradores.

          El cuarto era tan pequeño que apenas cabía en él la cama de matrimonio, la cual hacía las veces de improvisada mesa, a juzgar por los rastros de comida y migas de pan que quedaban sobre las sábanas. Éstas, absolutamente amarillas por el uso exagerado de la lejía y los años de uso continuo, estaban cubiertas de agujeros sin que realmente se llegase a saber con certeza si habían sido provocados por las polillas, quemaduras de cigarrillos o incluso disparos de bala. En todo caso, poco descanso iba a encontrar el huésped en esas raídas y profundamente ásperas sábanas. Las paredes del cuarto eran de cal, pero habían sido pintadas en un color marrón oscuro que, junto con la moqueta verde que cubría todo el suelo, provocaba una sensación de ahogo a todo el que entraba, haciendo parecer la habitación aún más pequeña de lo que en realidad era.

 

Diego estaba sentado en la cama con la mirada perdida, justo enfrente de un televisor que colgaba de la sucia pared el cual, atendiendo a su apariencia, podría contar con más de 20 años de servicio. Llevaba más de treinta minutos esperando, en la misma posición, sin apenas moverse ni hacer ningún ruido. De repente, el teléfono de la habitación comenzó a sonar insistentemente durante unos segundos y Diego se levantó rápidamente. Su curtida y gruesa cara no mostraba emoción alguna, sino más bien una indiferencia pasmosa, como si lo que estuviese haciendo lo repitiese uno y otro día de forma mecánica. Sin detenerse, abrió la puerta del cuarto de baño, se metió dentro y la volvió a cerrar, situándose de cara a la misma. Apenas un minuto más tarde, la puerta de la habitación se abrió y alguien entró. Diego pudo escuchar a través de la puerta del baño como esa persona se tumbó en la cama, se quitó las botas y comenzó a rezar en voz alta.

 

Diego esperó durante casi una hora encerrado en el baño, hasta que le pareció que aquel perfecto desconocido que se encontraba a unos pocos metros se había quedado dormido, según delataban sus sonoros ronquidos. Fue en ese momento cuando se puso unos guantes negros de piel que guardaba en el bolsillo de sus pantalones vaqueros, empuñó la pequeña pistola que escondía en su cintura, la  encajó un silenciador y salió del baño lentamente. Efectivamente, el joven tumbado en la cama se encontraba plácida e inocentemente dormido. Su nombre era Vicente y era uno de los mensajeros de los Mendoza, una de las familias de narcos que controlaban el tráfico de cocaína en Tijuana. Diego se quedó mirándole durante unos minutos. Casi podía sentir pena por él. Nada hacía pensar que aquel chaval de apenas veinte años, que tan pacíficamente dormía, había matado a más de diez personas y todas ellas pertenecían a los Rivera, otro de los grupos mafiosos más importantes de la ciudad, cuyos negocios se centraban fundamentalmente en la cocaína, aunque también en la prostitución y el tráfico de armas.

No era tiempo para meditar sobre lo que se proponía a hacer. Estaba allí para cumplir con un trabajo por el que los Rivera le iban a pagar 250.000 pesos. Sin pensarlo más, apuntó fríamente a la cabeza de Vicente y le disparó dos veces. Era su asesinato número veinticinco. Sin tocar nada, quitó el silenciador de la pistola, se guardó el arma y el silenciador, abrió un poco la puerta de la habitación para ver si había alguien fuera y, al comprobar que el pasillo estaba desierto, salió y bajó por las escaleras hasta llegar al garaje. Una vez allí, subió a pie la rampa que llevaba a la calle y salió al exterior.

          Eran las 2:54 de la madrugada y la calle estaba desierta, a pesar de que el calor, incluso a esas horas, era insoportable. El ambiente era tan pegajoso que hacía difícil respirar. Sin mirar atrás, caminó a paso rápido hasta la calle Barrera, un acomodado barrio del norte de Tijuana, compuesto por edificios idénticos de cuatro plantas, en donde principalmente vivían empresarios que habían tenido suerte en sus negocios, aunque no tanta como para vivir en otro barrio más elegante. El área estaba configurada como una urbanización privada, de tal manera que sólo se podía acceder por determinadas entradas custodiadas por guardas de seguridad y en las que siempre, o casi siempre, se requería identificación. Diego llegó hasta la urbanización en apenas veinte minutos, teniendo la precaución de ponerse su gorra de Capitán Especial Antidroga de la Policía Federal Mejicana, la cual tenía guardada en su bolsillo trasero del pantalón. En cuanto llegó a la entrada norte, los agentes de seguridad que allí se encontraban se levantaron, miraron de reojo la gorra policial y, sin preguntar por identificación alguna, le dejaron pasar.

Una vez dentro de la urbanización, se dirigió directamente al edificio donde vivía Marta, su madre, subió al cuarto piso, abrió la puerta y, tras mirar atrás por si alguien le venía siguiendo, cerró y se dirigió directamente al salón. Allí se sirvió un gran vaso de Bourbon con un poco de agua, se tumbó en el sofá y se quedó dormido pensando cómo era posible que hubiese matado en sólo dos años a veinticinco personas.

 

II

 

Diego no había sido siempre un asesino a sueldo, aunque su pasión por las armas le arrastraba desde muy pequeño, cuando acompañaba a su padre a los campos de tiro y le veía como practicaba su puntería disparando a pequeñas latas que colocaba en línea a unos metros de distancia. Ya con diez años había decidido que quería ser policía, aunque su padre siempre había luchado por convencerlo para que se dedicase a cualquier otra cosa. Los esfuerzos de su padre fueron en vano, ya que con sólo dieciocho años ingresó en la academia de policía y dos años más tarde se graduó como número uno de su promoción, especializándose técnicas de lucha antidroga.

Tras dos años patrullando por las calles de México D.F., ciudad en la que nació y creció, fue seleccionado para formar parte del recién creado Grupo Especial Antidroga de la Policía Federal, cuerpo de élite para combatir las mafias de la droga, especialmente en Tijuana. De esta forma, fue trasladado Tijuana, paraíso de los narcos de la droga, donde se fue con su madre, ya que por aquel entonces vivían juntos tras haber enviudado ésta hacía apenas un año.

Allí, Diego se siguió formando y, progresivamente, fue interviniendo en distintas operaciones antidroga. Gracias a estas misiones fue adquiriendo la fama de policía duro, luchador e incorruptible, lo cual le granjeó muchos enemigos tanto fuera como dentro del cuerpo pero que, al mismo tiempo, le permitió llegar al rango de capitán en tan sólo tres años. Su cargo era extraordinariamente complejo en una ciudad controlada literalmente por los narcos. Cualquier paso podía ser entendido como un ataque tanto por la policía como por los capos y su cabeza tenía precio desde el mismo día en que accedió al puesto de  capitán.

 

III

 

El ruido del molinillo de café le despertó sobre las seis y media de la mañana. Reposadamente, se levantó del sofá y todavía con la gorra puesta se dirigió hacia la cocina. Dentro estaba María, la joven asistenta que cuidaba de su anciana madre y vivía con ella en la casa. María era de una belleza pura. Originaria de Sinaloa, se había marchado a vivir a Tijuana a los cinco años de edad, cuando sus padres se trasladaron allí por motivos laborales. Poco después, su madre y su padre tuvieron la mala suerte de verse sorprendidos en medio de un tiroteo entre dos narcos rivales cuando se encontraban dentro de su automóvil en un semáforo en rojo, siendo alcanzados por unas balas perdidas que les ocasionaron la muerte al instante.

María fue acogida por la congregación de San Asís, viviendo con las monjas hasta que con dieciocho años tuvo que buscarse la vida por ella misma, al no poder prolongar la estancia allí por más tiempo. Tras dormir incluso en las calles de Tijuana durante casi quince días, Diego la encontró en una patrulla rutinaria y, tras ver la claridad de su mirada y la ternura de su expresión,  decidió llevarla a casa de su madre y ofrecerle un trabajo como asistenta. Eso sucedió hace un año, y ahora María era parte de su reducida familia.

 

Aquella mañana María, con sólo diecinueve años de edad, parecía más hermosa que nunca. Sus grandes ojos verdes brillaban con una intensidad que absorbía totalmente la mirada de Diego. Delgada, morena de piel y de pelo castaño, era normalmente el centro de atención allá donde estuviese lo que, por culpa de su extraordinaria timidez, le impedía salir a menudo a la calle.

          Diego se sentó en una de las sillas blancas de la cocina y dio los buenos días a María, la cual le respondió con una leve sonrisa, dejándole sobre la mesa un café bien cargado con un poco de leche, tal y como a él le gustaba. Dio un primer sorbo sin apartar la mirada de María, que estaba terminando de prepararse una taza de café. Cuando la terminó, se sentó junto a Diego, le miró a los ojos y le volvió a dedicar una agradecida sonrisa. Diego agachó la cabeza y comenzó a mirar fijamente su caza de café, ya casi vacía.

 

-¿Por qué te has quedado a dormir aquí esta noche? -Preguntó María casi susurrando, para no despertar a Marta.

          -No me apetecía volver a mi casa -respondió rápidamente Diego-. Tengo mucho trabajo estos días  y estar sólo en mi casa se me hace muy duro. No me gusta estar sólo aunque pueda parecer lo contrario-. María volvió a sonreír de una manera tan dulce e inocente que Diego se estremeció.

 

          Diego se tomó la taza de café de un sorbo, sin poder apartar la mirada de  María. El tiempo parecía transcurrir de una forma vertiginosa y, sin darse cuenta, el reloj del salón había dado las ocho de la mañana, hora en la que habitualmente se incorpora al trabajo. Sin apurarse, se despidió de ella y se dirigió al cuarto donde su madre dormía. Sin entrar, apoyado en el marco de la puerta, se detuvo allí durante unos minutos, observando tiernamente a la persona que durante tantos años le había cuidado. La profunda tristeza de ver enferma a la única mujer que a lo largo de su vida se había preocupado sinceramente por él, le hacía sentirse profundamente angustiado, desamparado, perdido y solo. Culpándose a sí mismo por sentir de tal forma, cerró los ojos y salió corriendo de la casa, bajo siempre la atenta mirada de María, la cual no extrañaba el repentino cambio de humor de Mario.

          Una vez llegó al portal del edificio, se volvió a colocar la gorra de la policía y caminó hasta la salida de la urbanización, la cual seguía estando custodiada por el mismo personal de seguridad que la noche anterior. Sin mediar palabra alguna, los agentes le abrieron la gruesa valla de seguridad que bloqueaba el paso y le dejaron salir.

          Sin darse muy bien cuenta, comenzó a caminar velozmente hasta que se percató que se estaba comportando de forma extraña, por lo que decidió caminar algo más lento para no levantar sospechas en una ciudad en donde alguien podría estar siguiendo los pasos del capitán de la policía especial antidroga. Sin embargo, no transcurrieron más de cinco minutos hasta que volvió a acelerar el paso rumbo a su pequeño despacho de la comisaría. Por suerte, la comisaría de policía estaba  próxima a la casa de su madre, por lo que no tardó más de quince minutos en llegar.

 

IV

 

          El ambiente de la comisaría en aquella mañana era relativamente tranquilo. La temperatura de aquel mes de abril era inusualmente alta, incluso para una ciudad como Tijuana, superando ampliamente en aquel momento del día los treinta y cinco grados centígrados. Por ello, los pocos agentes que habían llegado se encontraban sentados detrás de sus escritorios, la mayoría de ellos utilizaba un vetusto ventilador que más que enfriar, extendía el agobiante calor por toda la oficina, haciendo del sitio un lugar en el que era difícil respirar.

          Diego entró a paso ligero por la entrada principal de la comisaría de policía, saludó a los compañeros que se encontraban en la recepción y se dirigió directamente a un pequeño cuarto agosto y sin apenas luz, en donde se encontraban instaladas un par de máquinas de café y un dispensador de agua junto a un destartalado sofá. Era el cuarto que utilizaban los policías de la comisaría cuando querían descansar o cuando, simplemente, no les apetecía trabajar. Curiosamente, era una de las salas más utilizadas de todas las instalaciones ya que era la única que tenía un aparato de aire acondicionado.

          Sin ni siquiera encender la luz (a esas horas del día el sol no entraba apenas por la diminuta ventana que estaba entreabierta en el extremo derecho superior del cuarto), caminó hasta una de las dos máquinas de café, colocó un pequeño vaso de plástico en el interior de la cafetera y apretó el interruptor de encendido de la misma. En apenas veinte segundos un líquido marrón, ciertamente denso, comenzó a caer por el dispensador hasta que el vaso de plástico estuvo completamente lleno de lo que parecía ser café. A continuación, cogió dos sobres de azúcar, los abrió y vació su contenido en el vaso, pudiéndose afirmar que muy posiblemente el contenido de azúcar era ampliamente superior al de café. Agarró el vaso con fuerza, derramando sobre la mesa en la que estaba la cafetera gran parte del líquido, y se sentó en el sofá de la habitación.

          A Diego siempre le había gustado ese extraño cuarto de descanso y, especialmente, el viejo sofá que presidía el cuarto, tan viejo y desgastado que era difícil saber cómo todavía no se había partido en dos. Acudía a esa sala a menudo, sobre todo cuando buscaba en lugar en el que meditar, lo cual acostumbraba a hacer después de haber cumplido alguno de los encargos que los Rivera le encomendaban. La práctica en la comisaría había creado un código implícito entre los policías de la comisaría, que sabían que si el capitán se encontraba dentro no debían entrar hasta que decidiese salir del cuarto por su propia voluntad y continuar, o empezar, con sus funciones diarias.

          Tras aproximadamente treinta minutos de reflexión y, sin ninguna conclusión clara sobre el rumbo que había tomado su vida, se levantó, tiró el vaso de plástico en una bolsa de basura que alguien había depositado justo en la puerta y salió con dirección a su despacho. Sabía que el día de hoy iba a ser complicado. No tardaría mucho en que llegase alguna llamada a la comisaría informando del asesinato que la noche anterior se había producido en la habitación número 105 del Motel La Esperanza y tenía que estar preparado para llegar en primer lugar, junto a sus hombres de confianza, a la escena del crimen.

 

          El despacho de Diego podía considerarse como uno de los mejores de toda la comisaría. Aunque no era demasiado amplio, tenía todas las comodidades que un agente de policía podía esperar encontrarse en Tijuana. La luz impregnaba todo el cuarto durante gran parte del día, desde las siete de la mañana hasta que sobre las seis y media de la tarde empezaba a oscurecer. La mesa de trabajo era espaciosa y flanqueada de un buen número de cajones a cada lado de la misma. Asimismo, debido a su condición de capitán, disponía un ordenador que, aunque no era último modelo (contaba con más de cinco años), podía considerarse como uno de los más modernos de todo el cuerpo de policía de la ciudad. Tenía asimismo, justo en frente de la puerta de entrada, un conjunto de estanterías donde podía guardar todos los expedientes de los casos que investigaba, las cuales cubrían completamente una de las cuatro sucias paredes del despacho. Todas las estanterías estaban abarrotadas de desordenados expedientes, escritos, investigaciones y documentación varia, aparentemente sin gran correlación entre sí. Diego siempre se enorgulleció de tener estanterías. Sus compañeros, por falta de espacio, se veían obligados a guardar todos sus papeles policiales donde podían, principalmente en el suelo que rodeaba sus mesas.

          Como buen capitán de policía, se había traído hacía tiempo un pequeño armario donde siempre guardaba una botella de bourbon, otra de tequila y par de vasos de cristal. En un principio lo utilizó como kit de supervivencia pensado para aquellos días donde debía enfrentarse a demasiados asuntos desagradables. Sin embargo, en los últimos tiempos, desde que los trabajos que le encargaban los Rivera se habían multiplicado, era raro el día en donde no recurría al armario y se dejaba ayudar por sus dos compañeras.

 

Al entrar a su despacho, como era habitual, cerró rápidamente la puerta y se sentó trás de la mesa de trabajo, en una silla antigua de madera oscura, coja y agrietada por varias partes del asiento, la cual se movía constantemente cada vez que la utilizaba y que resultaba realmente incómoda hasta que, por necesidad y, con el paso del tiempo, dejó de percatarse del continuo balanceo de la silla. Sin demora, cogió el último expediente de la pila de dossieres que tenía en el lado derecho de su mesa y sacó un informe que estaba guardado dentro de una carpeta azul que firmó todas sus hojas.

Se trataba del informe que había redactado sobre el último asesinato que había investigado. Era una de las decenas de muertes violentas que se producían en Tijuana cada mes y que claramente se producían por un ajuste de cuentas entre cárteles rivales. El departamento no disponía ni de fondos ni de hombres para hacer una investigación más profunda y, cuando no se encontraba ningún tipo de evidencia en la escena del crimen que pudiese servir de hilo de inicio para la investigación, tal y como era el caso, el expediente se archivaba directamente y se pasaba al Juez de turno el cual, muy posiblemente, archivaría también el caso sin más trámite.

 

          Eran apenas las diez y media de la mañana y el calor comenzaba a hacer irrespirable el ambiente. Sudando, se levantó, se secó el sudor con un pañuelo de tela que guardaba en el bolsillo y encendió un pequeño ventilador que colgaba de la pared izquierda del despacho, cerca de las estanterías plagadas de expedientes. Comenzaba a sentirse nervioso. Era extraño que todavía no hubiese reportado nadie el asesinato de la noche de ayer. Prefería no pensar demasiado sobre ese asunto, por lo que se volvió a sentar y estuvo finalizando, revisando y firmando algunos informes policiales que tenía pendientes hasta aproximadamente las doce del medio día, cuando decidió descansar un momento y salir a hablar con sus compañeros y quizá comer algo.

          Cuando llegó al espacio común de la oficina que compartían varios agentes, se dispuso iniciar una conversación con ellos, para ver si tenían alguna novedad que contarle. Nada de eso, la mañana había sido relativamente tranquila y únicamente habían realizado trabajo de oficina. No se había reportado ni una sola llamada reportando un homicidio. La incertidumbre continuaba acrecentándose en Mario, por lo que propuso a algunos de sus compañeros salir a comer y beber algo. Sin duda todo se vería diferente con un poco de alcohol en el cuerpo.

          Precisamente cuando Mario se disponía a salir junto a otros compañeros, se recibió una llamada en la recepción de la comisaría que parecía responder a un asunto grave. No era para menos. El recepcionista del Motel La Esperanza había llamado para reportar un asesinato que se había producido en la habitación 105. Una de las limpiadoras había descubierto el cuerpo hacía cinco minutos. Era el momento que Diego esperaba. Aunque algunos de sus compañeros eran reticentes a aplazar la comida e ir inmediatamente al Motel, la voluntad del Capitán se impuso y, sin más dilación, se montaron en dos coches patrulla y se dirigieron a la escena del crimen.

 

V

 

Cuando llegaron al aparcamiento del Motel les estaban esperando el director, el recepcionista y la trabajadora que había encontrado el cuerpo, los cuales empezaban a ser rodeados de una creciente horda de huéspedes curiosos que se iban congregando en círculo y que no hacían más que mirar y señalar a la habitación 105 que ahora se encontraba cerrada y con un cubo de basura bloqueando la puerta. Ello evitaría en la medida de lo posible (ciertamente poco) que el cártel al que pertenecía el joven asesinado entrase a la habitación y se pudiese apropiar de alguna pista que les permitiese tomarse la justicia por su mano.

 

          Diego se dirigió directamente a la limpiadora que había descubierto el cuerpo, no sin antes asegurarse que el resto de los agentes no entraban al cuarto antes de que lo hiciese él. Las instrucciones que había dado a sus hombres eran claras. Nada de investigar la habitación sin que entrase él en primer lugar. La trabajadora le señaló con la mano la puerta de la habitación 105, situada en la primera planta y que, al dar a un patio exterior, era perfectamente visible desde donde se encontraban. Poco más pudo aclarar. Su estado no era de gran nerviosismo (parecía acostumbrada a estas situaciones) pero tampoco se mostraba muy dispuesta a colaborar con la policía. Únicamente informó que había ido a limpiar la habitación aproximadamente hacía media hora y se encontró al joven tumbado y cubierto de sangre. Después, salió corriendo y avisó al recepcionista, que fue el que llamó a la policía.

          Diego estaba contento con la primera aproximación a la limpiadora. Parecía no haber visto nada anormal ni estar dispuesta a contar nada de lo que se había encontrado. No era un mal comienzo. Con suerte no encontrarían a nadie más que pudiese dar alguna pista o información sobre lo que allí había sucedido.

Como estaba previsto, Diego fue el primero en entrar a la habitación mientras sus hombres se habían quedado fuera intentando encontrar alguna huella. Conocía perfectamente el lugar y los alrededores, pero se esforzaba por transmitir una imagen de cierto desconocimiento y confusión. Dejó la puerta de la entrada abierta para no levantar ninguna sospecha, entró directamente al cuarto de baño, abrió la ventana trasera y posteriormente se sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña bolsa de plástico donde guardaba una colilla. Esta colilla fue recogida mientras rastreaba el lugar de otro asesinato producido hace unos meses y que, tras los correspondientes análisis posteriores, se determinó que pertenecía a un sicario que era conocido por no pertenecer a ningún cártel o grupo criminal específico, sino que solía trabajar para el mejor postor del momento.

Sin remordimiento alguno, se puso los guantes de látex, abrió la bolsa de plástico y dejó caer la colilla en un lugar visible del cuarto de baño, cerca de la ducha, preocupándose de que fuera lo primero que cualquier persona encontrase cuando entrase. Se guardó la bolsa y pasó al cuarto donde se encontraba el cuerpo inerte del joven sicario y cuya vida le había arrebatado hacía menos de 24 horas. La visión de aquel infeliz era horrorosa, tumbado boca arriba y con la cabeza totalmente reventada por dos disparos. Un gran charco de sangre cubría la totalidad de la cama y el calor que se empezaba a concentrar en el cuarto hacía de éste un lugar nauseabundo.

Llamó a sus compañeros y pronto entraron tres de ellos. Diego les pidió que tomasen huellas y revisaran el lugar en busca de alguna pista que pudiese dar con el asesino, lo cual hicieron inmediatamente. Dos de ellos se quedaron junto al cuerpo intentando descubrir algo que les pudiese ayudar. El tercer policía se dirigió inmediatamente al cuarto de baño y localizó la colilla que apenas un minuto antes Diego había colocado allí. Avisó a sus compañeros sobre su hallazgo y guardó la colilla en una bolsa de pruebas para pasa enviarla al laboratorio tan pronto llegasen a la comisaría.

Diego salió de la habitación y sus compañeros se quedaron rebuscando durante más de dos horas sin ningún éxito. Lo único que habían encontrado era la colilla. Hambrientos, salieron a la calle y vieron a Diego hablando de nuevo con la limpiadora. Sin duda, quería asegurarse de que no había visto, oído o cogido nada que pudiese posteriormente situarle en una situación complicada, pero Julita, que así se llamaba la señora de la limpieza, insistía en que ni vio ni cogió nada, limitándose a abandonar la habitación tan pronto como vio el cuerpo tendido en la cama cubierto de sangre. Diego parecía conforme, recogió los puntos básicos de su declaración en un cuaderno de notas, tal y como había hecho con el director y en recepcionista del hotel, y anotó igualmente su teléfono personal. Eran casi las 4 de la tarde y, en vista de que sus hombres ya habían bajado, cogieron los coches patrulla y se fueron a comer unos tacos.

 

VI

 

Diego quiso conducir y se puso en camino a una antigua taquería que se encontraba a unos 10 kilómetros de Tijuana, en un pueblo llamado La Joya. Era uno de sus restaurantes favoritos puesto que, más que un restaurante, era un pequeño cobertizo situado a ras de la carretera, donde el anciano Jeremías, propietario y cocinero del lugar desde hacía más de 40 años, servía única y exclusivamente tacos de carne de considerable tamaño y extremadamente picantes, utilizando para ello unas tortillas de maíz que él mismo preparaba en la parte trasera de su cobertizo. Acompañaba los tacos con tequila, la única bebida que estaba disponible en el local. Todo ello, taco y vaso de tequila, por únicamente treinta pesos. Tabasco ilimitado por cuenta de la casa.

No tardaron más de 20 minutos en llegar a la taquería. Aparcaron justo en la puerta y se bajaron de los coches. El aspecto del lugar era ciertamente deprimente. El local era pequeño, contaba únicamente con una planta y su fachada no era muy ancha, de aproximadamente unos cinco metros, pintada de color amarillo que, con el paso del tiempo y el polvo del lugar, había tornado a un tono marrón. Justo en el medio de la fachada aparecía una pequeña ventana desde donde se podían ver las dos mesas que se encontraban en su interior. Tanto a la izquierda como a la derecha del local se habían construido dos casuchas, claramente sin licencia, de una planta de altura y con un aspecto bastante endeble. El color elegido por su moradores fue el verde y el rojo, respectivamente. El desierto y las montañas eran claramente visibles detrás de la taquería y de las casas de alrededor. Era un día seco y un ambiente amarillento lo cubría todo.

La calle estaba vacía y Diego fue el primero que abrió la puerta de metal oxidado de la taquería y entró al local, siguiéndole sus compañeros. Jeremías no se encontraba allí, pero seguramente llegaría en los próximos minutos. No era conocido por ser el hombre más rápido de Méjico. Diego se sentó junto a tres de sus hombres y los tres restantes se sentaron en el mesa contigua. Afortunadamente, el local estaba vacío y quiso aprovechar la ocasión para iniciar una conversación sobre la forma y el camino que debía seguir la investigación del caso. Por ello y, teniendo la precaución de hablar en voz baja (aunque había elegido precisamente ese lugar por su seguridad), instruyó a sus agentes para que basasen las pesquisas en la colilla encontrada en el baño de la habitación del hotel ante la inexistencia de cualquier otra prueba física. Claramente no había ningún testigo y la limpiadora de la habitación no parecía haber visto o percibido nada, por lo que Diego se encontraba tranquilo en este aspecto. Su intención era que, tras el análisis de la colilla por el laboratorio de la policía, se identificase a un sospechoso, se preparase el correspondiente informe y se dejase dormir en un archivo. Estaban tan enfrascados en la conversación que ya habían olvidado completamente que tenían hambre cuando, repentinamente, apareció Jeremías.

Su aspecto no era agradable, pues no inspiraba confianza alguna. Era ciertamente una persona alta, quizás mediría un metro noventa, de piel muy morena y con un rostro difícil de olvidar. Lo que más llamaba la atención de su semblante era que nunca sonreía y su cara mostraba en todo momento un gesto de desprecio hacia el que se atrevía a mirarle, incluso si éstos eran clientes de su restaurante. Sus ojos eran muy pequeños, de color negro intenso, amenazadores y siempre parecían esconder algún secreto que sólo él conocía. El poco pelo que aún conservaba lo tenía descuidado, revuelto, canoso y bastante grasiento. Su ropa tampoco ayudaba a concebir una mejor imagen de él. Siempre solía vestir lo mismo. Unos pantalones vaqueros azules roídos y una camiseta de hombros amarillenta y con manchas de sudor por todo el pecho. No era tampoco conocido por hablar demasiado. De hecho, no solía preguntar a los clientes de la taquería lo que querían comer. Al servir únicamente tacos de carne y tequila, los comensales se limitaban a pedirle el número de tacos y tequilas que querían y con ello Jeremías desaparecía y volvía en unos minutos con todo ello. Otra manía que tenía era el abono de la consumición, que debía ser hecha en el momento en que la comida y la bebida eran servidas. Parece ser que había tenido problemas más de una vez con clientes que no pagaban. Diego conocía a Jeremías y nunca acudió a su taquería para disfrutar de su compañía, sino para tomar los que le parecían los mejores tacos de todo el país y, en ciertas ocasiones, emborracharse. De igual forma, solía acudir a este lugar porque era un sitio solitario, ideal para mantener alejadas posibles ojos y oídos indiscretos.

 

Entre todos pidieron un total de 14 tacos, el mismo número de tequilas y se apropiaron de dos botes de tabasco que encontraron por allí. Era sólo la primera ronda. A medida que fueron comiendo y bebiendo la conversación se relajó y dejaron de hablar del asesinato del Motel La Esperanza y pasaron a temas más livianos. Alguien propuso organizar una barbacoa el fin de semana y Juan Manuel, primer oficial y hombre de confianza de Diego, ofreció su casa y su humilde jardín para organizarla. Enseguida aceptaron todos y se pusieron de acuerdo con el día. Sería el sábado, justo dentro de tres días. Era una idea excelente y, para celebrarlo, pidieron a Jeremías otra ronda de tequilas. Entre todos acordaron que cada uno debería llevar algo de comida y que la bebida, tequila seguramente, la pondría Juan Manuel. Asimismo, decidieron que podrían acudir con sus esposas, novias o amantes, según las circunstancias personales aplicables a cada uno.

Diego se quedó pensativo y se apartó momentáneamente de la conversación. Nunca le había preocupado mucho el encontrarse sólo en la vida, sin una pareja que estuviese junto a él en cada momento, pero últimamente comenzaba a sentirse algo agobiado por su situación personal y, el hecho de que sus compañeros fuesen a acudir a la fiesta con sus respectivas parejas, le recordó lo solo que se había encontrado siempre. No obstante, tenía demasiado que ocultar y mucho que mentir si se tuviese que enfrentar a una relación continuada de pareja, lo que muchas veces le impedía centrarse seriamente en estar junto a alguien. Ahora parecía diferente. Estaba dispuesto incluso a abandonar su doble vida, pero cada vez que pensaba en ello el miedo le invadía y paralizaba, haciendo de esta intención un reto que parecía imposible.

Curiosamente, siempre que le llegaba a su mente esta idea le venía asimismo a su imaginación la cara de María. Por mucho que se resistiese y luchase por convencerse de lo contrario, era evidente que, cada vez más, pensaba en ella. No lo hacía como una adolescente que ayudaba en casa de su madre, sino que parecía sentir por ella algo más profundo. No sabía muy bien qué sentimientos le despertaba, pero tenía claro desde hacía un tiempo que no podía dejar de pensar en ella y ésto le preocupaba sobremanera.

 

Entre tequilas y conversaciones, se habían hecho la seis de la tarde y Jeremías llevaba un rato de pie mirándoles. No cabía duda de que ya no eran bienvenidos y debían abandonar el local lo antes posible. Diego se percató de sus miradas, se levantó de la silla y ordenó a sus hombres que fueran saliendo. Una vez en la calle, que seguía igual de solitaria pero ciertamente más oscura, entraron a los coches patrulla y cogieron la carretera hacia Tijuana. Jeremías se asomó a la ventana de la taquería y se quedó observando fijamente la nube de polvo que desprendían los coches al marcharse. Una vez desaparecieron de su vista, se dio la vuelta para meterse en la sucia cocina en donde preparaba sus tacos, la cual se encontraba en la parte trasera del comedor. Una vez dentro, cogió el teléfono que colgaba de la pared y comenzó a marcar un número que tenía anotado en un trozo de papel de periódico.

 

VII

 

Una vez aparcaron los coches en el diminuto garaje de la comisaría, guardaron las escasas pruebas y notas tomadas en la escena del crimen, se quitaron el uniforme policial, y cada uno de los agentes se dirigió por separado a la salida de la comisaría y desaparecieron por caminos diferentes. Sin embargo, Diego que continuaba sentado en su despacho, con la mirada absorta en la pared y perdiendo el tiempo hasta que fuesen las 8 de la tarde, hora en la que tendría que acudir a un viejo edificio en ruinas, no muy lejos de la comisaría, donde alguien le esperaría con los 250.000 pesos por el trabajo de ayer. Sentado en su silla y tras su mesa de trabajo, no dejaba de pensar en la posibilidad de invitar a María a la barbacoa del sábado, acudir con ella y pasar un buen día juntos, aunque cada vez que recapacitaba, lo veía como una locura y automáticamente procuraba pensar en otra cosa diferente. El esfuerzo era en vano. No tardaba más de un par de segundos en volver a pensar en María y en la oportunidad única que se le presentaba de ir junto a ella a esa fiesta.

Decidido, se levantó y miró al reloj digital que tenía a la derecha de su mesa, junto a varios expedientes policiales que tenía dispersos. Faltaba apenas una hora para su cita pero no tenía prisas, podía llegar en apenas diez minutos andando, por lo que aprovechó para adelantar algo de trabajo para el día siguiente. Se dirigió al cuarto donde custodiaban las pruebas y en donde sus compañeros habían depositado la colilla que habían recogido en la escena del crimen. Cogió la bolsa de plástico donde la guardaban y la miró fijamente. Sabía que esa diminuta y asquerosa colilla era su puerta de salvación y la prueba perfecta para imputar el asesinato a un sicario que, por supuesto, no tenía nada que ver con esta muerte. Tras unos segundos sonrió. Si le capturaban, pagaría por un crimen que no cometió aunque a sus espaldas contaba con decenas de los que sí era responsable. Uno más no haría la diferencia. En cambio, si no le capturaban, a nadie le importaría otro asesinato más. No en vano se trataba de la muerte de otro sicario a sueldo de los muchos que poblaban Tijuana.

Diego rgresó con la bolsa de plástico a su mesa de trabajo y cogió un formulario para comenzar a redactar el expediente. Era imprescindible que lo preparase él mismo para no dejar lugar a un posible fallo o error que echase todo por tierra.  Comenzó a redactarlo, indicando claramente que no habían encontrado testigos de ninguna clase y la total ausencia de pistas o pruebas, salvo la propia colilla cuyo análisis de ADN no se había aún preparado, estando pendiente de enviar al laboratorio. Apuntó los nombres del director, recepcionista y limpiadora que habían entrevistado en el Motel, sus escasas declaraciones y sus números de teléfono, no sin antes tener la precaución de apuntar incorrectamente el número de teléfono de esta última. Tras ello, se levantó para coger de un armario archivador un formulario de solicitud de análisis de ADN que, rápidamente, completó y, junto a la propia bolsa que portaba la colilla, lo metió en un sobre cerrado y lo dejó en la bandeja de salida de la valija interna con destino al laboratorio.

Tras ello, apagó la luz de su despacho y se fue a los vestuarios para ducharse y cambiarse. En apenas veinte minutos ya salía por la puerta de la comisaría, despidiéndose de los tres agentes que allí se quedaban para cubrir el turno de noche. Una vez en la calle, torció hacia la derecha y tras caminar aproximadamente cinco minutos en línea recta, volvió a girar a la derecha y se metió por un estrecho y largo callejón, sucio y lleno de tierra. El callejón finalizaba en un solitario patio sin asfaltar que se encontraba totalmente rodeado de edificios decrépitos, de ladrillo rojo y en estado de semiruina. Ninguno de ellos superaba los cuatro pisos de altura.

Diego se dirigió al edificio que tenía justo enfrente suyo y se metió por un agujero que había en la pared, ya que tanto las ventanas como las dos puertas de entrada al edificio estaban tapiadas con ladrillos. Sin duda no era la primera vez que acudía a este lugar y conocía muy bien por dónde meterse. Eran las 8 en punto cuando accedió al edificio y tan pronto levantó la mirada vio a una persona que le esperaba de pie, bajito, de complexión fuerte y con semblante serio. Se trataba de un mensajero de los Rivera. En su mano derecha portaba una bolsa de papel marrón abultada. Diego sabía que eran los 250.000 pesos por su trabajo, por lo que, sin intercambiar palabra alguna con el mensajero, se limitó a permanecer de pie frente a él esperando a que su interlocutor hiciese algún movimiento.

Sin inmutarse, el mensajero tiró la bolsa con el dinero a los pies de Diego.

 

-Ahí tienes la recompensa por tu trabajo -musitó el mensajero mientras señalaba la bolsa-. Ahora escúchame detenidamente, tienes una nueva encomienda que realizar.

 

Diego se quedó petrificado en ese momento. Por su mente no había pasado la posibilidad de volver a trabajar para los Rivera, al menos en los próximos meses, aunque ahora se daba cuenta que había sido demasiado iluso. Una vez aceptas el primer encargo y lo cumples con éxito, el resto llegará irremediablemente con el tiempo y la única forma de que cese este trabajo llega a través de la muerte o la cárcel. No le quedaba más remedio, como había pasado con los encargos anteriores, que aceptarlo sin condiciones y cumplirlo a la perfección. Su vida dependía de ello.

 

-¿Qué es lo que tengo que hacer? -contestó Diego en cuanto recobró el aliento.

-Es fácil -rió el mensajero mientras sacaba un sobre marrón del bolsillo de su camisa.- Toma este sobre. Dentro podrás ver una foto. Debe ser eliminado lo antes posible. Sin pistas. Te daremos tus habituales 250.000 pesos si todo sale como tiene que salir. Si fallas y algo nos relaciona, estás muerto.

 

Sin habla, Diego cogió el sobre de la mano del mensajero, lo dobló y se lo guardó en un bolsillo. Cuando levantó la mirada, únicamente pudo ver como la sombra del hombre se perdía en la lejanía de aquel vacío y tenebroso edificio. Esperó un tiempo prudencial hasta que el mensajero desapareció totalmente, recogió la bolsa, la abrió, comprobó que efectivamente se encontraba llena de dinero y salió por donde había entrado.

Al regresar al patio, le sorprendió que la oscuridad ya era patente, por lo que tenía que darse prisa por abandonar ese lugar. Sin más dilación, entró en el callejón y, a paso rápido, lo recorrió en apenas tres minutos, consiguiendo salir de él sin ver a nadie, aunque estaba seguro que desde algún punto le estaban vigilando. Ya en la calle, decidió que lo mejor era irse a su casa, pero se percató que hoy no había ido en coche a la comisaría, por lo que no tenía otra opción que regresar a la comisaría y coger un coche patrulla para llegar hasta su domicilio. Y así lo hizo, retrocedió a paso firme hasta el aparcamiento y cogió de un cajetín las llaves del primer coche patrulla que vio. Se metió en él, guardó la bolsa con el dinero dentro de la guantera y abandonó el parking rumbo a su casa, a donde llegó en unos quince minutos.

 

VIII

 

Diego vivía en una modesta casa unifamilar en un barrio de nueva construcción donde todavía no residían demasiados vecinos. La zona se había construido a imagen y semejanza de una urbanización americana, con casas levantadas sobre espacios compartimentados de terrenos, cada parcela con un garaje y un pequeño jardín delantero y trasero. Sin embargo, aunque el proyecto era bueno, la realidad de la ciudad y la situación que vivía hizo que se urbanizase la zona y se delimitasen las parcelas, pero que sin que se construyesen todas las casas que estaban proyectadas, quedando la mayoría de terrenos eriales y abandonados. Lo que tenía que ser un barrio lleno de vida y placentero, se había convertido en otra parte más del desierto, aislado y sin moradores. La arena y la tierra lo cubrían todo y aquellos jardines delanteros de las casas habían acabado transformándose en terrenos yermos dominados por la arena y el lodo.

          La casa de Diego era de las más pequeñas de la urbanización y estaba situada en lo alto de la colina, en una ladera estrecha que tenía forma de curva. La vivienda era tenía forma cuadrada y estaba pintada de color blanco. Únicamente tenía un piso y toda la fachada delantera quedaba cubierta por un gran ventanal. Diego había decidido quitar el césped del jardín delantero y cubrir el suelo con baldosas de color marrón, donde aprovechaba para aparcar su coche cuando no le apetecía meterlo al garaje. En cambio, el jardín trasero, el cual sólo era accesible desde el interior de la casa, estaba totalmente descuidado. El césped se había secado y la arena dominaba todo el terreno. A la derecha de la casa se estaba terminando de construir una vivienda muy similar a la de Diego, que estaba siendo pintada de color amarillo. A la izquierda únicamente se encontraba un solar vacío, sin ninguna construcción. Lo mismo sucedía en la acera de enfrente, todas las parcelas se encontraban sin construir, lo que hacía de la zona un lugar bastante desolador.

         

Diego aparcó el coche patrulla en el garaje, se bajó, lo cerró con llave y accedió por una puerta directamente al interior del domicilio. Lo primero que hizo fue ir al salón, encender las luces y bajar todas las persianas. Se sentó a continuación en el sofá y sacó todos los billetes de la bolsa de papel para contarlos  detenidamente. Todo era correcto, tenía exactamente 250.000 pesos. Más tranquilo, se dirigió a su cuarto con la bolsa, volvió a bajar todas las persianas y apartó una cómoda que tenía colocada cerca de su cama. Justo debajo del mueble había una tabla de madera del suelo que estaba algo más desencajada que las demás. Con un pequeño movimiento, Diego levantó la tabla y metió los 250.000 pesos en el agujero que ésta dejaba descubierto. Una vez guardados los billetes, volvió a colocar con cuidado la tabla y situó de nuevo la cómoda en su lugar original.

Diego se encontraba algo cansado, por lo que prescindió de prepararse la cena y optó por quitarse la ropa y ponerse un pantalón corto para irse a dormir. Activó el reloj-despertador para que sonase a las seis y media de la mañana, apagó las luces de la casa y se tumbó en la cama. Aunque ya eran casi las once de la noche, no lograba dormirse, la imagen de María le golpeaba con fuerza. Se colocó boca arriba, abrió los ojos y la luz roja intermitente del detector de incendios que estaba en el techo del cuarto le hizo espabilarse aún más. Volvió a cerrar los ojos y se quiso concentrar para poder dormirse cuando, de pronto, escuchó el molesto zumbido de un mosquito. Abrió los ojos de nuevo, giró la cabeza a su izquierda y vio como el insecto estaba justo encima de la mesilla de noche. Diego fue siguiendo con la mirada el movimiento del mosquito, como subía y bajaba, se posaba en diferentes lugares de la habitación y volvía a revolotear cuando, tras varios minutos de seguimiento, los párpados se le cerraron y cayó profundamente dormido.

Diego pasó la noche prácticamente en vela, sin poder dejar de pensar en María, por lo que cuando el despertador sonó a las seis y media de la mañana no le costó salir de la cama. Se levantó completamente envuelto en sudor debido al angustioso calor de la noche, así como por las innumerables vueltas que dio en la cama. Se fue directo a la ducha sin ni siquiera desayunar primero, tal y como solía hacer habitualmente. Una vez terminó de ducharse, entró a la cocina, encendió una radio antigua de color marrón que tenía sobre la encimera, y comenzó a prepararse el desayuno. Extrañamente, continuaba sin tener apetito, cosa extraña puesto que tampoco había cenado. Así, se preparó un café en una cafetera italiana de metal que le regaló su madre hacía unos años y cogió dos rebanadas de pan de molde para hacerse unas tostadas que posteriormente untaría con algo de mantequilla.

          Mientras desayunaba, en un arrebato de valor, se le ocurrió la idea de comer en casa de su madre, así aprovecharía para ver a María e invitarla a la barbacoa del sábado. Era una opción algo atrevida y directa pero, vistas las circunstancias, parecía la mejor forma de proceder. De esta forma, si aceptaba la invitación tendría un par de días para mentalizarse y prepararlo todo, especialmente a sí mismo. En caso de que se encontrase con una negativa, se podría hacer la idea lo antes posible de que, definitivamente, había sido rechazado. Fuese cuál fuese la respuesta, la incertidumbre acabaría pronto. Se apresuró a coger el teléfono que tenía en la cocina y llamó a casa de su madre con la idea de que lo cogiese María y la pudiese avisar de su intención de comer con ellas. Aunque siempre solía preparar comida en abundancia, no quería correr el riesgo de que precisamente ese día no cocinasen lo suficiente para que él pudiese comer. No pasaron más de tres segundos desde que marcó cuando la cálida voz de María respondió al teléfono. Diego la saludó y, algo nervioso por lo que sabía iba a suceder a la hora de la comida, le comunicó su idea de pasarse sobre la una de la tarde para poder comer con ellas dos. No era muy habitual que un día laborable fuese a comer con ellas, máxime cuando había dormido allí la noche anterior, por lo que puso como excusa que gran parte de sus compañeros iban a acudir a un hipotético curso de formación durante todo el día, sin que le apeteciese comer solo. María pareció encantada con la idea, respondiendole que prepararía un buen guiso de ternera para los tres. Su madre iba a ponerse muy contenta.

          Algo aliviando, aunque sabía que se trataba de un alivio muy temporal, y envalentonado por lo que él consideraba un acto casi heroico por su parte, se dispuso a recoger los platos y el vaso que utilizó para el desayuno, vestirse y meterse en el coche patrulla camino a la comisaría.

 

          IX

 

La mañana transcurrió con una espesura notable, sin que Diego hiciese nada realmente productivo salvo suspender indefinidamente la investigación de otro expediente por falta de pruebas o pistas sobre la autoría del asesinato. Como era habitual, recogía en el informe los pocos testimonios de los testigos potenciales, alguna que otra prueba física que hubiesen encontrado, normalmente inconcluyente, apuntaba los datos más relevantes y enviaba una copia de todo ello al Juzgado de instrucción de turno, mientras que el original se quedaba en algún archivador de la comisaría acumulando polvo, tal y como sucedería con la copia que enviaba al Juez.

          Curiosamente, tampoco habían recibido en toda la mañana ninguna llamada que exigiese la intervención del capitán de policía. Por primera vez en bastantes meses, no se había reportado ningún asesinato en toda la ciudad de Tijuana, lo cual extrañaba y a la vez intranquilizaba a toda la comisaría. Vista la inactividad de la mañana y que la ansiedad recorría por completo su cuerpo, Diego decidió por fin dirigirse a casa de su madre sobre la una de la tarde, sin apetito pero con la convicción de cumplir su cometido con María.

         

Cuando llegó a casa de su madre María le recibió en la misma puerta, le sonrió, le dio dos besos y le invitó a entrar al salón, donde su madre esperaba sentada. Contenta y, algo sorprendida por lo pronto que había llegado, se apresuró levantarse para abrazarle y besarle, enfrascándose en una conversación en la que Diego no se podía concentrar teniendo a María delante. Al poco tiempo, Diego y su madre se sentaron en el sofá del salón y María abandonó la estancia camino a la cocina para terminar de preparar el guiso de carne en el que había estado trabajando gran parte de la mañana. Diego quería enormemente a su madre, pero se encontraba bastante nervioso como para poder prestarla atención, por lo que optó por disculparse e ir a beber un poco de agua a la cocina.

          María no se percató de la presencia de Diego y continuó preparando la comida. Estaba lavando y pelando las patatas que posteriormente echaría en la gran olla que estaba utilizando para preparar el guiso. Sin querer revelar su presencia, Diego veía como María manipulaba el cuchillo de una forma magistral. Sus movimientos eran mecánicos y precisos, casi hipnóticos. Cogía una pequeña patata con la mano derecha mientras que con la izquierda abría el grifo del agua y la colocaba debajo del chorro durante cinco segundos exactos. Posteriormente cogía el cuchillo y pelaba la patata completamente en otros cuarenta segundos. Cuando acababa, volvía a abrir el grifo, la lavaba de nuevo y la metía en la olla. Y así sucesivamente.