Tierra sin Héroes por Abel Bri - muestra HTML

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locuras. Pero quizás valiese la pena, hacer algo por la gente,

conseguir que las personas queridas pudiesen vivir más

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tranquilas. Que la gente honrada no tenga que vivir asustada.

Sería una tarea digna del sacrificio.

¿Qué posibilidades tiene una persona normal de realizar

esa limpieza? En realidad, matar no es difícil, lo difícil es que no

te cojan. Pero si no temes el castigo, como sucede a los

terroristas islámicos, que se inmolan porque no temen la muerte,

es muy sencillo acabar con la vida de alguien. No hay más que

pensar en Colombine.

Sin darme cuenta empezaba a sonreír mientras fraguaba la

idea, me reía viéndome ajusticiando a los delincuentes.

Yo ya había matado. Sí, aunque no quisiera admitirlo

había matado a aquel yonqui. Aunque no supe que estaba

muerto hasta que pasó un tiempo y lo leí en el diario. Mis

patadas no le dejaron sin vida, pero le arrojé al contenedor y

luego lo aplastaron. Por lo tanto lo maté, sin que supusiera un

cargo a mi conciencia.

Ello se debía a que me había amenazado, era uno de esos

aprovechados que no trabajan, viven en una nube, colocados, y

hacen lo que sea para conseguir otro pinchazo, sin importarles

nada ni nadie.

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Tal vez volver a matar no sería tan complicado. Y la parte

más dura, la conciencia, la tendría limpia si mataba a un asesino,

como el que mató sin piedad, sin razón ni motivo, a mi hermano.

El pobre murió sólo por no haber pasado unos minutos más en

los recreativos, no nos habríamos topado con esos dos

desgraciados.

Ya no se puede cambiar, pero quizá haya muchas más

vidas que puedan salvarse, que podrían salvarse si no viviesen

los asesinos.

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9. Sin marcha atrás

Concentrado como estaba no podía escuchar lo que me

decía Pedro, sólo oía el zumbido de sus palabras. Por eso asentía

de vez en cuando y le dedicaba una sonrisa cuando creía que

tocaba. Me encontraba demasiado absorto leyendo el diario

como para hacerle más caso a mi amigo.

Un curioso orgullo me tenía embriagado por la mañana, el

motivo era que una vez más me había convertido en

protagonista. En esta ocasión habían dedicado una doble página

a la noticia. Acuchillan a un vecino del Toscar en su propia casa,

era el titular. Después lo explicaba un subtítulo que rezaba: Un

ajuste de cuentas parece el móvil del brutal asesinato.

Entre la Policía y el periodista que firmaba la noticia

habían intentado reconstruir lo sucedido. Pero se acercaban poco

a lo que realmente aconteció en el interior del piso. Si bien he de

reconocer que en parte el móvil era acertado, las drogas fueron

el motivo que le llevaron a la muerte violenta.

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Se puede decir que hice un seguimiento de aquel tipo.

Resulta que el tal Juan Clemente ya había tenido problemas con

la ley. Hacía poco había salido la resolución de su juicio en los

paneles del Juzgado. El individuo vendía drogas, pasaba casi de

todo. Uno de sus clientes habituales, menor de edad, murió por

una pastilla de éxtasis en mal estado. A ese cabrón le gustaba

adulterar lo que vendía para sacar más beneficio.

Pero en el juicio no fueron capaces de demostrar que el tal

Juan hubiese vendido la droga al chaval, tampoco encontraron

pruebas de que fuese traficante, ya que, obviamente, al enterarse

de la muerte del chaval se deshizo de la droga.

Pero el juicio que se había celebrado hacía unos días se

remitía a unos sucesos que tuvieron lugar hacía tres años y en

ese tiempo Juan se había seguido ganando el pan vendiendo la

muerte.

Él no pasaba exclusivamente en macrodiscotecas, tenía

buenos contactos y conseguía introducir droga en colegios e

institutos. Ese canalla atrapaba a sus futuros clientes desde

jóvenes.

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Una vez más las leyes no se ajustaban a la justicia.

Alguien debía ajusticiarlo. Me pareció un buen comienzo para

mi empresa personal. Por eso empecé a seguirle y vigilarle con

discreción.

Pasaron dos semanas desde que comencé a vigilarle hasta

que encontré el momento adecuado. Lo planifiqué, no tendría

por qué ser complicado. Una madrugada esperé cerca de su

portal, él estaba en casa, esperando clientes, por eso el portal

estaba abierto. Esperé a que uno de sus clientes subiera y bajase,

después fui yo. Toqué el timbre y me situé de espaldas a la

mirilla.

Asomó su ojo, preguntó quién era, asomé un fajo de

billetes por encima de mi hombro izquierdo. Quitó la cadena.

Me giré veloz, de una patada en el estómago le hice entrar a su

piso, después avancé con el bate de béisbol que hube escondido

y anoté un strike en su boca.

Le rompí la mandíbula y ya no podría gritar, sólo gemir.

Cerré la puerta a mis espaldas. Le recordé por qué iba a recibir

una paliza. Le mostré recortes de periódicos con las fotos del

niño que había muerto por culpa de sus drogas. Decía ser

inocente, yo no lo consideré así.

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Con el bate machaqué su cuerpo. Rebusqué en la cocina,

regresé y lleno de ira le acuchillé hasta la muerte. No volverán a

morir más niños por su culpa, eso es seguro. Me limpié la sangre

que había salpicado mi cara, grité, gruñí, gemí. Era un diablo, un

asesino, un justiciero. La adrenalina me había subido y me

sentía eufórico, un loco psicópata. Pero no, sólo fue la emoción

del momento. Su sangre caliente hirviendo en mi piel. Su cuerpo

muerto abonando las losas de mármol.

En su casa lavé escrupulosamente mis manos y el bate. El

agua roció fría mi rostro y me sentí purificado. La causa bien

merecía la pena. También yo miré la foto del niño. Era pequeño,

inocente, joven y engañadizo. Pateé el cuerpo sin vida, el saco

de mierda. El muy cabrón había mezclado cal con la cocaína que

vendió al niño. Por eso murió. La muerte subió por sus fosas

nasales taladrando su cerebro de forma instantánea. El

sensacionalista diario describía las convulsiones del pequeño y

cómo la gente pensaba que era epiléptico. No llegó con vida al

hospital. Seguramente sufrió más que el tal Juan, el desgraciado

asesino.

Me llevé el dinero en efectivo que tenía y su droga la tiré

por el retrete. Después me abrigué con la chaqueta larga, así

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ocultaba la sangre de mi ropa y el bate de madera maciza.

Finalmente cerré la puerta con cuidado y me marché.

Pensé en lo arriesgado de haber dejado huellas en la

puerta, pero mi mente se alivió pronto: bien mirado, por esa casa

pasarían decenas de personas y no podrían diferenciar unas

huellas de otras.

Me largué satisfecho, ¿el crimen perfecto? No lo

consideraba un crimen, sólo justicia, como cuando ahorcaban a

los ladrones, o les aplicaban el garrote vil. Son medidas

drásticas, cualquiera me tomaría por un derechista o un facha

por mi actitud, pero no se trataba de ideologías.

Me sentía orgulloso porque se trataba de una cuestión

mucho más sencilla: ya nadie moriría por las drogas que les

vendiera aquel camello.

Santos estaba defraudado, cuatro días de trabajo en el

mismo caso y se hallaba en el mismo lugar que al principio.

Ninguna persona vio entrar al asesino en el edificio ni escuchó

nada extraño, porque ya ningún ruido ni gemido extrañaba a los

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vecinos. Muchos se alegraron en secreto y no tan en secreto de

la muerte del camello, no tendrían que soportarle más.

"El que a fuego mata a fuego muere", comentó el viejo del

quinto a Santos. Tampoco él sentía pena por el fallecido,

aunque no porque fuese camello, sino porque cada día estaba

más inmunizado. Veía la muerte, los crímenes, como un trabajo,

como algo exterior que no le afectaba, sólo de vez en cuando

conseguía impresionarle una muerte.

Deseaba cerrar pronto el caso, pero la presión era

constante por el hecho de que no hubiese ningún detenido. Mas

cómo detener a alguien, si ni tan siquiera había sospechosos, a

no ser que tomasen como posibles culpables a todos sus clientes.

No le quedaba más remedio que seguir ese sistema.

Empezar a detener a gente por si a alguno le daba por confesar.

Descubrí pronto que además de la satisfacción de haber

acabado con alguien que vendía la muerte envuelta en papel de

aluminio, el golpe me había proporcionado una jugosa

financiación. Ese cabrón guardaba mucho dinero. Esa pasta que

yo utilizaría para subvencionar mis nobles fines. Conté la plata y

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comencé a hacer planes, partidas presupuestarias. No me

compraría un uniforme como el de Spiderman, pero sí podría

adquirir algo útil.

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10. Afinando el olfato

No pasó demasiado tiempo antes de que localizara a mi

siguiente víctima. Leí en el periódico que un tipo había apaleado

a su mujer hasta dejarla medio muerta. Le deformó la cara con

un martillo y la pobre tuvo que hacerse la cirugía estética. No

obstante, su rostro seguía siendo el de un monstruo, una mujer

elefante.

Él ya cumplió condena en el pasado por robar coches,

estaban separados. Él seguía libre aunque ella le había

denunciado en numerosas ocasiones, no parecía suficiente para

enviarle a la cárcel. Casi a diario amenazaba con matarla, pero

hasta que no lo hiciese no le encerrarían.

No estaba dispuesto a consentirlo. En este tipo de casos la

mujer siempre acaba muerta o mutilada, a veces el marido se

suicida y otras cumple una leve condena. En la prensa daban

pocos datos, pero los suficientes para encontrar a la víctima y al

agresor. Venía escrita la calle en la que vivía la mujer, acudí al

bar de la esquina, seguro que sabrían alguna cosa.

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Allí no tuve más que pegar bien la oreja a las

conversaciones ajenas para conseguir una dirección, pronto uno

de esos cotillas se interesó por el nuevo hogar del marido

maltratador. Ni siquiera tuve que hablar con nadie, ni desvelar

mi voz, sólo intenté pasar desapercibido.

Cogí una gorra de las de cartero y la metí en mi bolsillo.

Agarré varios sobres y los escondí. Llamé a su interfono, dije

traer un correo certificado y que me abriese para subir a que

firmara. No me puse la gorra hasta que estuve arriba y me

observó por la mirilla, así los posibles testigos no podrían decir

que habían visto a un cartero. De cualquier manera, subiendo no

encontré a ningún vecino.

Din don, la muerte llama otra vez a la puerta, din don, te

espero con un bate y un cuchillo de cocina.

Me abrió la puerta, yo llevaba varios sobres en la mano.

Eché mano a un bolsillo, "Vaya, me he dejado el bolígrafo, ¿no

tendrá usted uno para firmarme?". "Sí, espere que voy a buscarlo

a mi habitación", contestó ese tipejo.

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Media hora después salí por la misma puerta dejando una

sangrienta muerte a mis espaldas y con un fajo de dinero de

plástico y de papel en el bolsillo.

Saqué dinero de un cajero automático, el muy imbécil

llevaba el número secreto anotado en la billetera y era el mismo

para todas las tarjetas, le limpié, eso sí, procurando dar la

espalda a la cámara de vigilancia del cajero, toda precaución es

poca.

Ya en casa saboreé la comida a solas, con el paladar

inundado por la esencia de un trabajo bien hecho. Ese cabrón no

volvería a ponerle la mano encima a nadie. No sólo le había

castigado por el daño que había hecho a su esposa, sino que

evité que terminase matándola y la liberé de sus temores.

Cuando le comunicasen que su marido había fallecido podría

descansar tranquila al fin.

—No es posible... en estas ocasiones me gustaría poder

conseguir que la prensa no se enterase.

Habían pasado cuatro días antes de que apareciese el

cuerpo asesinado en su casa. Los vecinos denunciaron el mal

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olor que despedía su casa y los policías entraron con mascarilla.

Santos, aún advertido de la monstruosa pestilencia, se

sorprendió de las arcadas que le producía.

—¿Cuánto más va a tardar en llegar el juez?

—No lo sé— contestó a su superior—, se supone que

tendría que haber venido hace media hora.

—Bueno, entonces habrá que ir adelantando trabajo, no

pongas esa cara hombre, o esperabas ponerte a ver la tele.

—Joder... déjame aunque sea cinco minutos, van a poner

los deportes.

—Bueno, haz lo que te venga en gana— dijo Santos.

—¿Cómo va eso?— preguntó Santos a un compañero que

lo fotografiaba todo.

—Estupendo, es espectacular... rara vez tenemos la

ocasión de ver un asesinato como este, y ahora mira por donde,

en muy poco tiempo llevamos dos de los que merece la pena

fotografiar.

—Lo sé... ¿necesitas algo?

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—A decir verdad... me vendría de lujo que cerrasen esas

cortinas.

—Hecho.

Santos tapó la luz que entraba al pasillo desde el salón.

Después observó la escena, en parte se alegró de que hubieran

descubierto el cuerpo en su turno, no es lo mismo verlo en vivo

que mirar las fotos y el trabajo ya hecho. En una foto el muerto

aun parecía más fiambre. En cambio en la escena del crimen

casi podía hablar. La sangre trepaba por la pared hasta el techo,

el impacto en su cabeza tuvo que ser brutal, un golpe vertical, de

arriba abajo, con las dos manos en alto.

Fue a la habitación, buscó dinero por la casa, le habían

limpiado. Pero la puerta estaba sin forzar.

Apareció el juez.

Santos redactaba lo observado y guardaba para sí sus

propias teorías, aunque lo que parecía claro y todos tendrían en

mente, es que habría que buscar al culpable en un círculo

reducido.

—Perdone.

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—Dime, Sotomayor...

—Ya hemos localizado a la esposa.

—Vale, y ¿qué más sabemos de él hasta el momento?

—Un hombre casado y separado, con dos hijas, condenado

por malos tratos y en libertad por haber cumplido la pena.

—Vaya. Muy interesante, habrá que hablar con la mujer,

es la primera sospechosa.

La muerte se había producido por el aplastamiento del

cráneo. Le habían golpeado con un objeto contundente, tal vez

el rodillo de madera que un ama de casa utiliza en la cocina le

sirviera para liberarse de quien la maltrataba.

—¿Cariño? ¿quieres escucharme mi amor? Cariño ¿qué te

pasa?

—¿Eh? No, nada ¿qué me decías?

—Te estaba preguntando si te parece bien que el domingo

vayamos a comer con mi hermano y su mujer...

—Sí, bueno, vale.

Santos no terminaba de reaccionar, miraba al filete de

carne como a un paisaje, observando los pliegues del pedazo de

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ternera que fluían formando una masa desértica y porosa

aderezada con piedras de pimienta.

—Cariño... ¿qué te pasa? Hemos terminado de comer y tú

aun estás mareando el filete, ¿te encuentras bien? ¿no tienes

hambre?

—No, no es eso...

—¿Qué te pasa, Manuel?— Santos levantó la vista y

encontró a su paciente y joven esposa.

—Es por el trabajo, a veces es difícil no llevarlo a casa.

—¿Me lo puedes contar?

—Sí... claro, ese último asesinato, el del maltratador... lo

más seguro es que la mujer se haya vengado, que le haya matado

—¿Y cuál es el problema?

—Dos problemas, primero: no creo que tengamos

bastantes pruebas para encerrarla, han registrado su casa y no ha

aparecido el arma del crimen, se habrá deshecho de ella,

tampoco nadie la vio llegar al piso de su marido.

—¿Y el segundo problema?

—Creo que eso me alegra.

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—¿A qué te refieres?

—A que estoy seguro de que ese cabrón merecía morir.

Ya había estado en la cárcel por golpearla, pero no tardó en

volver a la calle. Además, desde que estaba suelto no dejaba de

amenazarla, decía que un día la cogería por la calle y la mataría

a cuchilladas, una vez la llamó por teléfono y juró que le echaría

gasolina y la quemaría mientras dormía. Mira por dónde es él

quien ha muerto. Yo no sería feliz si esa mujer acabara

encerrada por intentar defenderse, aunque fuera culpable. No sé,

¿crees que está bien que piense así?

—No es la primera vez que hablamos de esto y ya sabes lo

que creo, que es normal que pienses de esa manera de vez en

cuando. Yo soy la primera en celebrar que muera uno de esos

mierdas que pegan a sus mujeres, igual que tampoco me

entristecí cuando mataron a aquel camello que vendía droga a

los niños en el colegio, al mismo colegio que va nuestro Manuel.

—Lo sé...

—Claro, tú me lo dijiste... oye, Manuel.

—¿Sí?

—Dame un beso anda.

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Santos besó la mejilla de su esposa y esbozó una sonrisa,

después se llevó un trozo de carne a la boca mientras asentía con

su cabeza.

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11. La red de pescar

Apenas supe qué hacer con el ordenador que me había

comprado en las dos semanas que iban a tardar en conectarme a

Internet. Se me pasó por la cabeza aprovechar para hacer un

viaje.

Mi nueva afición, o el nuevo sentido de mi vida, iba

cobrando fuerza y forma. Había conseguido hacer realidad mi

sueño, convertirme en un justiciero. Pero tendría que llevar más

cuidado y ser más profesional para poder seguir adelante.

Precisamente por ese motivo se me ocurrió hacer un viaje.

Iría a Toledo, un sitio bonito para visitar, un lugar donde

nadie me conoce y un perfecto mercado armamentístico para mi

causa.

Me fui a solas, pero engañé a mis amigos y familiares, les

di a entender que me llevaba una compañía femenina a la que

prefería no nombrar. Estuve un fin de semana en Toledo. Fui a

tres armerías y en todas adquirí algo interesante.

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Disfruté como un ludópata en Las Vegas. Recuerdo

especialmente un lugar, un espadero medieval. Levantaba las

espadas con mis manos y me miraba al espejo. Parecía un héroe

de acción. Acaricié mi brazo desnudo con el frío metal de una

espada a medio forjar. El hombre puede desarrollar su talento y

su arte en cualquier actividad, también en el arte de matar.

Dagas, espadones, cimitarras, alabardas, mazas y un largo

etcétera. Lo que realmente me privó fue una katana. El de la

tienda me explicó que era idéntica a las que se hacían en Japón.

Cada detalle de la funda y la empuñadura estaba cuidado con

esmero. Estaba forjada para convertirse en un instrumento de

muerte y amputación nada más ser desenfundada.

Volví con el maletero del coche de mi padre repleto. Al

llegar a casa metí las armas en el armario del dormitorio, el más

grande. Escondidas bajo la ropa en los cajones. Eso sí, no había

comprado armas de fuego, para eso hacía falta licencia y eran

demasiado ruidosas.

También creí que sería conveniente buscar algo así como

un disfraz, que nadie pudiese recordar mi rostro en el lugar de

un crimen. Afortunadamente el invierno y su oscuridad ofrecen

un buen refugio, busqué alguna prenda que me pudiese

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camuflar. Entre mi ropa vieja hallé un chándal oscuro con

capucha incorporada, me ofrecía el disfraz perfecto, así en mis

salidas nocturnas parecería un deportista, a lo Rocky Balboa.

Alquilé algunas películas de samuráis, no sólo porque me

gustaban las historias que tanto recordaban a los westerns

norteamericanos, sino porque así aprovechaba para ensayar con

mi espada mientras las veía.

Esa espada de un solo filo y curvada era fascinante, imité

torpemente a los samuráis hasta que adquirí algo de destreza.

Estaba deseando estrenarla.

Una tarde volvía a casa con una de esas películas de

samuráis y me encontré con el instalador de Internet. Poco

después ya era un internauta más enganchado a la red en mis

ratos libres. Pasé toda una semana trasnochando mientras

descubría las maravillas del ciberespacio.

Parece mentira hasta qué punto consiguió engancharme el

chat. Jamás creí que hablar a través de un teclado pudiese llegar

a ser tan fascinante. Tanto fue así que aprendí mecanografía a

marchas forzadas, escribiendo a cuatro dedos, los dos índices y

corazones.

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Debatí y hablé de los temas más diversos. Durante algunos

días también intenté lo de ligar por Internet, pero acabé

desencantado al comprobar lo repetitiva que puede ser la gente.

Es como si sólo hubiesen tres o cuatro personas en todo el

mundo y se clonaran hasta el infinito, pero con rostros y

nombres diferentes, esparcidos aleatoriamente por la geografía

del planeta y reproduciéndose como conejos. Las palabras en la

pantalla revelan esa esencia inmanente que todos tienen en

común descubriendo que son una misma persona escondida

eternamente bajo el anonimato. Porque los mismos estereotipos

de gente se repetían constantemente.

A pesar de todo, logré hacer un amigo en la red, alguien

diferente a la amalgama de inútiles y fracasados. Un chico algo

más joven que yo que compartía mis gustos y mi afición por el

cine. Su nick, o sobrenombre en la red, era Memento. A mí

costó más de lo que esperaba encontrar un nick o sobrenombre

que fuese digno. No sólo estaba la dificultad de encontrar un

nombre que me definiese en la red, sino que además ningún otro

usuario tendría que tenerlo registrado, o yo no podría usarlo.

Tras mucho escurrir mis sesos, apareció el nombre: Otomo. Es

el apellido del autor de Akira, esa película de animación manga

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que tanto me gusta. Milagrosamente el nombre no estaba

registrado, me apresuré a apropiármelo.

Me caía bien el tal Memento. Se conectaba por las noches

al igual que yo. Me recomendó muchos sitios web bastante

interesantes, sobre cine y música y también me enseñó a

desenvolverme mejor por la red y a hacer cosas como guardar

nuestras conversaciones más interesantes.

Otro de los aspectos que me gustaba de Memento era su

forma de escribir. Se definía a sí mismo como un defensor de la

palabra escrita y decía que Internet y los teléfonos móviles

estaban consiguiendo que cada vez la gente hablase y escribiese

peor.

Creo que tenía razón, porque en casi los internautas

utilizaban cientos de abreviaturas que terminarían

convirtiéndose en vicios que arrastrasen al escribir en otros

medios. Pero no quise que la red me atrapase del todo, por eso

salí a la calle a patrullar como un buen justiciero, a seguir

imponiendo orden antes de olvidar el nuevo sentido de mi vida.

Creí que la propuesta de mi amigo Pedro sería ideal para

localizar a unos cuantos indeseables.

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12. Periodismo puro y duro

—Vaya rachita llevas ¿eh, Paco? Te estás comiendo unos

buenos marrones.

—Bah, no te creas, ¿qué son un par de asesinatos? A mi

edad estoy acostumbrado a esto y a asuntos mucho peores.

—¿En serio?— insistió su compañero de trabajo— yo

también llevo mi tiempo en el periódico, casi quince años, y aún

así, entre rutina y rutina, siempre sale algo nuevo... la verdad,

dos asesinatos tan seguidos en esta ciudad no los recuerdo, el

morbo está servido señores.

—Es posible, pero a mí todo me da la sensación de

repetirse, un ciclo incesante.

—Bueno... —su compañero de trabajo se encendió un

segundo cigarro en la única sala en la que les estaba permitido

fumar, lugar que aprovechaban para tomar un respiro mortecino,

aunque también aliviador— y ¿qué ha averiguado la Poli hasta

ahora? ¿quién creen que mató a ese tío en su casa?

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—Todo apunta a su esposa, lo que pasa es que no hay

pruebas para demostrarlo. —Brotóns dio una enorme calada que

arrugó el cigarro dejándolo seco.

—¿Tú qué crees que pasó?

—Supongo que sería ella, pero ya sabes que la suposición

es una mala compañera de trabajo. Lo más seguro es que se

hartara de recibir palos y amenazas y tomase la iniciativa, es

bastante comprensible, no sólo se defendía a ella misma, sino

también a sus hijas.

—Bueno, ¿qué? ¿nos vamos o yo también me tendré que

hacer fumador?— preguntó Joaquín al entrar en la sala con la

cámara de fotos colgada del hombro.

—Venga, nos vamos, si tanta prisa tienes apagaré el

cigarro. Nos vamos de entierro, aunque al menos podías haberte

puesto algo más oscuro y con menos colorido, joder, si con unas

bermudas de flores irías más discreto que como has venido. Qué

poca vergüenza de verdad, y qué poca profesionalidad

—Paco... no toques los cojones.

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El fotógrafo tomó un par de imágenes de la gente que

había acudido al funeral. Podían verse sus espaldas, caras de

medio perfil y el ataúd junto al cura.

No eran ellos los únicos profesionales de la comunicación

que habían acudido. Se dieron cita algunos compañeros de otros

medios locales. Brotóns charló con un amigo de la competencia,

pusieron datos en común y compartieron su cinismo, bromeando

sobre la merecida muerte de un marido que no pudo domar a su

esposa. Cómo nos escuche Rocío nos corta las pelotas de raíz,

decían refiriéndose a una redactora de otro medio que siempre

les tomaba, con razón, por dos machistas frustrados.

La mujer del fallecido había acudido también al entierro,

aunque la Policía estaba presente por si a algún familiar de la

víctima se le iba la mano contra ella.

Al salir de la capilla cada periodista buscó alguien a quien

sacar información. Brotóns halló a un conocido y sacó provecho

de la situación.

—Hombre, tú por aquí... ¿de qué conocías al muerto?

—Era un amigo, bueno, más bien solíamos coincidir en el

bar.

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—Ya... ¿y qué sabías de él?

—Lo mismo que todo el mundo, hasta vosotros los de la

prensa, que era un tío que pegaba a su mujer y pasó un tiempo

en la cárcel. No sé cómo sería en su casa, pero fuera de ella era

buena gente, un tío amable. Aunque como puedes ver, Paco,

tampoco es que fuera de muy buena familia...

Unos gritos interrumpieron la conversación, alguien había

perdido la poca paciencia que tenía. Eran dos los que se habían

encarado con un periodista, uno de ellos le empujó, estaban

cerca de Brotóns.

—Sois unos malditos buitres, ¡siempre al acecho hijos de

puta! ¡Largaos de aquí o de lo contrario os partiré los morros!—

gritó escupiendo saliva a doquier— ¡Malditos!

—Eres una puta víbora— uno de los dos estaba

empujando a un periodista de la televisión local, pero vio a

Brotóns y se dirigió hacia él— ¿y tú que miras viejo? te

conozco, eres el peor de cuántos hay aquí, eres rastrero, no

puedes caer más bajo, deshonráis vuestra profesión y el buen

nombre del muerto, ¡te enterraré vivo viejo cabrón!

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Afortunadamente para Brotóns el amigo con quien había

estado hablando se llevó, ayudado por otros tres hombres, a

aquel tipo que hubiese estado dispuesto a apalear al veterano

informador.

En unos minutos el alboroto a la puerta de la capilla se

disolvió, gracias también a que el cura salió a hacer de

pacificador "No por haber salido de la casa del Señor quedáis

excusados, comportaos como hombres, no como niños." Los

exaltados se marcharon a casa y Brotóns volvió a dirigirse a su

amigo.

—Oye, ¿quiénes eran esos dos piraos? Esta vez han

andado cerca de calentarme.

—Ja, ja, ¿sí que ha ido cerca eh? Me debes una y buena.

—Sí... ya te lo compensaré, la próxima vez que te vea te

invito a una cerveza, palabra de honor, pero ¿quiénes eran esos?

¿familiares?

—Sí, eran sus dos hermanos... ¿no lo habías deducido?

Pues vaya periodista estás hecho, tendrías más futuro como

árbitro de fútbol.

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—Me imaginaba que eran sus hermanos, pero en este

trabajo hay que confirmarlo todo. Bueno, me ha alegrado verte,

doblemente...

Ese conflicto ayudó a que en la redacción Brotóns pudiese

completar las líneas que de otra manera no hubiese sabido llenar

sobre el entierro. Así pudo llegar a casa más pronto de lo

esperado. No había nadie y aprovechó para relajarse. Sacó uno

de los puros que todavía conservaba de la boda de su hijo

pequeño, abrió la ventana y se sentó en el sofá con los pies en la

mesita. “¿A quién coño le importa el riesgo de un cáncer de

pulmón pudiendo disfrutar de uno de estos momentos?”

Llegar a casa temprano y que su esposa estuviera fuera era

lo único que le permitía ilusionarse con acabar pronto por las

tardes, así podía disfrutar de sus vicios prohibidos. Era un lujo

que rara vez se podía permitir.

Gracias a las horas extra que había hecho por culpa del

asesinato, su jefe había sido benigno y le dejó marcharse antes a

descansar y reponer fuerzas.

Acabó su puro y borró las huellas del crimen antes de que

llegase su mujer, calculó que volvería media hora antes de la

91

hora a la que tienen acostumbrado cenar, mientras veían la serie

Cuéntame cómo pasó. Para ellos, al igual que cuando solo había

dos cadenas de televisión, era la programación quien dirigía sus

relojes y costumbres.

Poco después de limpiar las pruebas, no quedaba ni un

resto del olor a puro, llegó su esposa.

—Hoy has llegado más pronto de lo normal.

—Sí, me han dado un poco de descanso, saben que ya

estoy mayor y tanto trabajar no es bueno para mí. Si es que estos

jovenzuelos son todos unos vagos mal acostumbrados. Sigo

siendo yo el que más escribe de todos, a mi edad.

—Anda no te quejes tanto, que todavía te quedan cinco

años para jubilarte y hace veinte que te estás quejando, tú

naciste viejo.

—Qué graciosa has venido hoy ¿y se puede saber de

dónde vienes tan contenta?

—Pues de ver a mis nietos— al abuelo se le encendieron

los ojos.

—¿Y qué tal están los bribones?

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—Enormes, no se paran quietos. ¿Oye sabes algo más del

hombre ese al que mataron?

—Bah, no mucho más, hoy he estado en el entierro, lo

único que he descubierto es que sus hermanos también tienen

mal genio, casi me calientan, jajaja.

—Lo que me extraña es que en todo este tiempo no te

hayas llevado ninguna torta, sobre todo con lo cínico que eres.

Parece que siempre vayas buscando que te den una paliza, pero

debes haberle caído en gracia a alguien ahí arriba para que no te

hayan apaleado todavía.

—He tenido suerte— guiñó un ojo a su esposa como

cuando trataba de seducirla.

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13. Salida nocturna

Con la edad se supone que la gente se hace más tranquila,

que sienta la cabeza. Yo estuve a punto de hacerlo, pero tras

romper con Eva volví a las juergas de juventud. Si bien íbamos

menos de discotecas que antes, de cuando en cuando también

nos metíamos en uno de esos gigantescos y grotescos

hormigueros infestados de humo, sudor y drogas.

Me había animado para ir el sábado a una nueva

macrodiscoteca que habían abierto en el polígono industrial, a

las afueras de la ciudad. Llevaba un mes funcionando y todo el

mundo hablaba de ella, es como si se hubiese convertido en un

fenómeno social, era lo que se suele decir: el sitio de moda.

Pensé que sería interesante, porque a esos lugares acude una

inmensa multitud de jóvenes (y no tan jóvenes) delincuentes.

Nuestra costumbre de quedar cada vez más tarde para salir

de fiesta ha terminado aburriéndome. Antes nos íbamos de

marcha a las nueve de la noche como mucho, pero pasados los

21, era extraño que algún día saliésemos antes de la una de la

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madrugada. Por eso desde que acababa de cenar hasta la hora de

salir de fiesta, el riesgo de caer dormido entre los brazos del sofá

de casa era muy grande. Afortunadamente mi nueva afición,

Internet, estaba en pleno auge y me mantuvo despierto en los

canales de chat hasta las 00:45 horas, que había quedado con

Pedro.

Aunque quería salir preparado, no podía llevarme ni mi

bate de béisbol (que por cierto estaba ya astillado y quizás

tendría que deshacerme de él) ni tampoco la espada japonesa

(algo que me decepcionaba por no poder estrenarla). Pero mi

viaje había sido fructífero y tenía un amplio y polivalente

arsenal entre el que escoger el instrumento de precisión más

adecuado para cada situación y contexto.

En esta ocasión decidí que sería idóneo llevarme la

nudillera de hierro con un puñal incorporado. Ocupaba poco

sitio y podría ser eficaz en las distancias cortas. También cogí

una daga mediana, por si acaso. Llevar la daga era más por

confianza que otra cosa. Era un objeto casi mitológico. La

empuñadura era un mango con una cobra enroscada. Tenía el

certificado que aseguraba que era una réplica exacta de la daga

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que salía en un episodio de Cónan el Bárbaro. Me até la daga al

tobillo y metí el puño americano en el bolsillo.

Esperé a Pedro en la puerta de casa, mascando dos chicles

al mismo tiempo, uno de menta y otro de fresa, uno de azúcar y

el otro sin azúcar: mejor que el tabaco en todos los sentidos. Me

recogió y fuimos directamente a la discoteca en cuestión.

Mientras conducía Pedro me dio una agradable sorpresa, había

traído un par de petacas que escondía en la chaqueta para

compensar que no habíamos ido a las tascas a tomar unas copas.

—He llenado una con vodka y limón y la otra con whisky

y cola.

—Gran idea... ya lo creo.

—Te imaginarás que en la discoteca cobran a cinco euros

la copa. De esta manera por lo menos podremos coger el

puntillo alegre sin tener que empeñar el piso.

—Sí, ha sido muy buena idea, pero no te creas que con eso

me vas a compensar que lleves puesta una cinta de Madona.

—¿Qué pasa tío? Venga Rodrigo que está bien, y además

es movidilla, así nos vamos animando, entramos en ambiente.

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—Venga ya... como si no fuese a tener suficiente con la

mierda que pondrán en la discoteca para que me vengas ahora

con Madona, joder, ¿Madona? Tío, ¿Madona? “Like a virgin,

uh, fucked for the very first time, uh”, Por Dios, lo que hay que

aguantar. Por cierto... ¿con quién hemos quedado? ¿te han dicho

estos si van a venir?

—¿Quiénes?

—¿No ibas a llamar a Luis, a Javi y a la tropa?

—Ah sí, han dicho que luego nos veríamos allí.

—¿Y la Sandrica? ¿Va a ir o qué?

—Sí, también me ha dicho que luego se pasaría.

—Me lo podías haber contado antes y le pedía el coche a

mi padre, si quieres irte luego con ella dilo y me vuelvo con Javi

o algo.

—Vale, tú tranquilo que si hay ganas de mojar te aviso o

te dejo antes en casita ¿vale señorito?

Habíamos llegado de los primeros, la discoteca no era gran

cosa. Bien decorada aunque no demasiado grande. Tomamos la

consumición obligatoria y poco después empezó a llenarse el

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antro. Conocía a mucha gente, me aburrí saludando a

indeseables y deseables. Buscamos un lugar más escondido para

ver a la plebe sin tener que saludarla.

Muchos excompañeros de instituto, alguna ex novia, algún

examigo y otros que simplemente eran imbéciles. ¿Amigos?

Quizás uno o dos, si contamos a Pedro.

Fui observando. Tanto ellas como ellos con pinturas de

guerra, buscando igualmente la seguridad, la dignidad y

reafirmación en el éxito social. Y por tanto sustentando su

persona y personalidad en el ser artificial logrado a base de

dinero invertido en moda, una ropa que enseñaba todo lo

enseñable, pinturas destinadas a esconder bultos y defectos,

horas de gimnasio y también de cirujanos. Con la inestimable

ayuda del ruido que nublaba los sentidos. Un ruido no sólo

acústico sino visual en una distorsión compuesta por humo,

alcohol, oscuridad, drogas, tabaco y miles de vatios de sonido

que idiotizan por igual a los sentidos y al cerebro al recibir e

interpretar la información. Toda la semana trabajando esperando

a ese día, para ser embutidos en una máquina del engaño

masivo, pues bien.

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Me miré a mí mismo, no iba demasiado arreglado. En

otras ocasiones había sido uno más entre ellos, intentando

desenmascarar alguna belleza entre la masa amorfa, no me

avergonzaba. Pero esa noche era distinto, tenía otro objetivo

diferente, algo trascendente que me había convertido en alguien

más digno que el resto. Mi cacería era diferente. De mí dependía

velar por la seguridad de las buenas personas, no trabajaba por

dinero, sino por algo honesto.

Mis ojos se convirtieron en un escáner que barría a la

masa buscando a aquellos que mereciesen ser castigados por el

ángel vengador.

Diez minutos después vi al candidato perfecto.

Nuestros amigos ya se habían unido a nosotros, yo era el

único que conservaba su cubata cuando lo divisé. Era un

delincuente habitual y bastante reputado en la ciudad. Llevaba

años cometiendo todo tipo de delitos, pero lo que le había dado

fama era atracar a chicos más jóvenes y débiles que él, a

menudo usando la violencia y otras veces sólo la intimidación a

punta de navaja. Con sus miles de atracos a niños y adolescentes

había ganado dinero, pero también le iba bien gracias a que

vendía droga. La Policía lo conocía de sobra por los cientos de

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denuncias que habían recibido contra él, pero eran delitos

menores y su repetición no importaba a la ley.

Dije haber visto a una chica que me gustaba y me excusé

de mis amigos. Fue a aquel ratero a quien perseguí por la

discoteca. También a mí me había robado en dos ocasiones, una

a los doce y otra a los catorce.

Era la segunda la que más recordaba, me humilló. Quería

demostrarle mi entereza, mi valor, y me negué a darle el dinero.

No dudó en sacar su cuchillo y ponerlo en mi cuello, mi corazón

latió con tanta fuerza que no me dejaba respirar, la imagen de mi

hermano enfrentándose a los ladrones y muriendo acuchillado

era lo único que podía ver. Me quedé petrificado, eché la mano

al bolsillo y le di lo que llevaba, un billete de mil pesetas que a

mi edad no era sencillo conseguir. Me dio una bofetada que me

escoció todo el día y se fue corriendo con su botín, eso por

vacilón, me dijo antes de huir.

No se lo conté a nadie, no hubiese servido de nada. Pero el

tiempo es sabio y vengativo. El tiempo supo ponerme en esta

situación, hacer que nos encontrásemos en esa discoteca esa

noche y que no hubiese olvidado su cara.

100

Al fin se iba a hacer justicia. Porque a él le iban las cosas

demasiado bien, apenas había pisado la cárcel y tenía de todo,

gracias a haber amargado la vida a muchos otros.

—Ha llegado tu momento.

Durante media hora le observé desde lejos. Me cercioré

una vez más de lo despreciable que era. Empujaba a quien le

parecía, se hacía el gallo con cualquiera y babeaba a las chicas,

aprovechando los descuidos para meterles mano.

Le seguí sin que se percatara hasta los lavabos. A otra hora

hubiese sido imposible que no hubiese nadie más en el aseo,

pero aún no estaba llena la discoteca y en el lavabo masculino sí

era posible. Me había ido colocando los guantes transparentes

mientras seguía sus pasos hacia el lavabo por un enorme pasillo.

Dentro del aseo me coloqué la nudillera, él había optado por

entrar a uno de los retretes con puerta.

Abrí silenciosamente y me puse a su espalda. Era

arriesgado, tenía que ser rápido. Le clavé el pincho en la yugular

mientras aun meaba. Saqué el arma blanca teñida de rojo con

velocidad y la sangre fue escupida a presión contra la pared.

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Intentó frenar la hemorragia con la mano en el cuello al

tiempo que meaba por el suelo y las paredes. Con el mismo

pincho entré a matar al toro, dándole la estocada en la nuca.

Clavé tanto el filo que tocaba su piel con mis nudillos. Sentí

cómo astillaba una de sus vértebras. Le propiné una patada en la

pierna y cayó de rodillas. Agarré el pelo y chafé su cabeza

contra la taza, estruendo imposible de escuchar gracias a los

miles de vatios de música. Repetí el aplastamiento unas cuatro o

cinco veces mientras él, arrodillado, moría meneando sus

piernas indefensas. En esos sucesivos golpes le fueron saltando

los dientes, las narices y rompiéndosele cada uno de los huesos

de la cara. Busqué su navaja (estaba claro que también él llevaba

una) en el bolsillo de sus pantalones y la coloqué en su mano

derecha, cerrando sus graciosos deditos inertes.

Entró alguien al lavabo, eran dos amigos. Les escuchaba

hablar tras la puerta cerrada. Aproveché para limpiar con

papeles la sangre que me chorreaba de los brazos y la cara.

Terminaron de orinar y se fueron, sin molestarse en enjuagar sus

manos. Yo estaba perdido. Parecía venir de la fiesta de la

sangre.

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Salí rápido y dejé el cuerpo sin vida bañado en rojo sobre

el váter. Atranqué la puerta del meadero, que tenía el pestillo

roto. Me quité los guantes y los guardé en el bolsillo. Lavé mis

manos y guardé la nudillera con cuchillo. Fui inteligente

vistiendo de negro, las manchas eran casi inapreciables en mi

ropa, por lo que sólo tuve que enjuagar bien mi piel.

La suerte no podía ponérseme más de cara. Al salir del

baño me encontré con una buena amiga, Julia, la misma chica

con la que había pasado la noche hacía un par de semanas.

Estaba aburrida, su novio no había salido y tenía ganas de volver

a ver mi piso. Yo le dije que genial, porque quería ir a casa

cambiarme. Un capullo me ha vomitado encima, por eso estoy

mojado y pringado. Prefiero que no te acerques a mí hasta que

me duche, ahora mismo doy un poquito de asco.

Me acerqué a mis amigos, aunque no íbamos cogidos para

no dar que hablar más de lo necesario. Le susurré a Pedro que

me iba con ella, los otros, sin escucharlo, también

comprendieron lo que sucedía. Pedro se alegró, me insistió para

que me llevase una de las petacas, acepté el obsequio y se la

cedí a Julia.

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Pensaba salir de la discoteca de todas maneras, aunque no

hubiera visto a mi antigua compañera de instituto. Temía el

alboroto que se produciría si alguien encontraba el cadáver,

podría ser que nos registrasen a todos y me descubrieran con el

arma del crimen y mi ropa llena de sangre.

Nadie descubrió que había un cadáver hasta que la mujer

de la limpieza entró a los aseos el día siguiente. Supongo a que

quienes abrieron ese retrete no les importó demasiado ver a un

tipo tirado de boca en la taza del váter. Es triste que nadie se

preocupe por los demás, adónde hemos llegado.

Podría haber sido una persona decente que necesitaba

ayuda, pero no se molestaron en tenderle una mano.

Afortunadamente era un desgraciado que merecía una muerte

ruin.

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14. El hilo conductor

—En serio, no me explico cómo no se pudo dar cuenta

nadie en toda la noche, de que había un tío muerto tirado en el

aseo, con la cabeza dentro del inodoro y el suelo encharcado de

sangre. ¿Nadie vigila los aseos?

—Los de seguridad tienen orden de entrar cada cierto

tiempo, sobre todo si hay mucha gente, pero no comprueban si

hay alguien dentro de los retretes... usted me entiende... —se

justificó uno de los cinco dueños de la discoteca, que era quien

había acudido.

—Aún así no me lo explico, en serio, alguien tendría que

verlo, alguna persona tuvo que entrar al retrete a mear, a cagar o

a vomitar y ver a ese hombre muerto, tirado en el suelo, que

estaba lleno de sangre...

—Usted no suele ir mucho a las discotecas ¿verdad?

—Sólo por trabajo... y nunca es agradable.

—La gente viene a pasarlo bien, cada uno va a lo suyo,

nadie se preocupa por nadie, piensan en divertirse. Además, una

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gran parte de la gente se emborracha... y no crea que es tan

extraño ver a un tío tumbado de cabeza en la taza del váter, ojalá

no fuese habitual, pero sí lo es. Y si un tío viene a una discoteca

y al entrar al aseo se encuentra a un desgraciado tirado en el

suelo, se la suda, no va a ir corriendo a los de seguridad. Lo

dejará ahogarse en lo que él cree que es su propio vómito,

porque no es problema suyo.

—Que quiere que le diga, yo sigo boquiabierto— Santos

se pasó la mano por la cabeza apartando algunos cabellos del

flequillo, suspiró y observó el lugar del crimen. Alguien tiene

que haberlo visto, pensó. —¿Le habéis cogido los datos a la de

la limpieza?

—Sí.

—Pues que se vaya la mujer que encontró el muerto

—Gracias agente— respondió la de la limpieza al

escucharle, ya era mediodía y tenía que llegar pronto a casa a

preparar la comida.

Santos permanecía en su despacho con la mirada perdida

en la pared, tres casos de asesinato sin resolver, jamás se había

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enfrentado a nada parecido. Sonó el teléfono y despertó de su

letargo. Era el comisario quien le había llamado, le dijo que

quería hablar con él y que se acercase por su oficina. A él le

sonó bastante mal estando en aquella situación.

Apuesto a que me dirá cómo debo llevar las

investigaciones, sin ayudarme en absoluto, qué sabrá él lo que

está pasando, soy yo quien se patea la calle y ve las escenas del

crimen, bueno, al tajo.

Salió del despacho del comisario deseando dar un portazo.

Se cruzó con un compañero de paisano. ¿Qué tal? ¿Te ha echado

alguna bronca? No me extrañaría, porque parece que se

complica el campo de homicidios ¿no?

—Sí, aun no hemos resuelto ninguno de los tres asesinatos

y sólo en uno de ellos tenemos a un sospechoso, a la mujer

maltratada. Y será complicado llevarla a juicio, sólo hay

sospechas contra ella. Tiene una coartada perfecta. Encima el

comisario quiere que se resuelvan los tres casos en una semana

como mucho, para que no haya alarma social, ¿pero ese qué

piensa? ¿cree que hay una oferta de tres por el precio de uno o

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qué? Además, ya es tarde, las televisiones nacionales y

autonómicas se empiezan a interesar por lo que pasa en la

ciudad.

Cómo resolver tres asesinatos que no tienen nada que ver

en el tiempo que se tardaría en resolver uno solo. Porque no

tienen nada que ver ¿no? lugares diferentes, víctimas sin

ninguna relación, métodos distintos, aunque igualmente

salvajes... sí eso es, algo que relaciona a las tres víctimas, los

tres eran delincuentes con antecedentes. Un maltratador, un

camello y un delincuente juvenil que ha hecho de todo, desde

robar hasta pasar droga... quizás tenga algo, pero no, no creo...

supongo que sólo será una casualidad. Al fin y al cabo eso qué

puede significar ¿que hay mucha delincuencia?

No era complicada mi nueva distracción, como cualquier

otro oficio exigía dedicación, empeño y buen hacer, pero el resto

era pan comido. Aprendí el método y me era cada vez más

sencillo acabar con mis víctimas. En una semana conseguí quitar

de las calles a tres delincuentes y asegurarme de que nunca más

harían daño a nadie. Ese es un resultado con el que ni el mejor

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de los policías puede soñar, sólo yo había conseguido algo

semejante.

A dos de ellos los maté juntos, me divertí bastante ese día.

Bajé a correr a la rambla, allí había un par de yonquis,

delincuentes habituales, que se estaban pinchando las venas. Yo

me había acercado hasta el lugar con una mochila de deporte

que escondí entre unas palmeras jóvenes. Al ver a aquellos dos

comprendí que era mi ocasión. Fui a por la mochila y saqué mi

espada oriental, deseoso de estrenarla.

No me equivocaba con ellos. Molestaban e intentaban

robar a todo el que pasaba por la zona, pero era tarde y no

quedaba nadie corriendo ni paseando al perro, era el momento.

Me subí la capucha cubriendo mi rostro entre las sombras

y me acerqué a ellos por detrás, desenvainé la espada y acabé

con sus vidas en menos de un par de minutos. No me lo pusieron

difícil. Ya empezaba a acostumbrarme a las vísceras, a la sangre

y a los cuerpos descuartizados, me afectaba poco y gracias a ello

me era más sencillo continuar mi trabajo.

Tras cortar medio cuello al primero, el otro se levantó y

me miró como si yo fuese la parca. Le atravesé el estómago en

109

un instante. Cayó de rodillas, retorciéndose, sujetando la tripas y

mirando a su compañero, dio con la cabeza en el suelo y resbaló

unos metros por la ladera hacia el río, entre la tierra, las matas y

los árboles.

—Tío, no te mueras, nos morimos los dos, joder... qué

putada.

Dijo el muy colgado mirando a su amigo que yacía muerto

o inconsciente. Me planté junto a él, empujé su cabeza con la

espada para que me mirase. ¿Te apetece sufrir amigo? Le

pregunté. Lloró y me dijo que no quería morir y que le llevase al

hospital. Que no diría nada, que me perdonaba.

—¿Que me perdonas? No eres tú quien debe perdonarme.

La pregunta es ¿quieres sufrir? ¿pagarás tus pecados aquí como

en el infierno?

Lloró un poco más. No me mates, no me mates. Dudaba si

darle el toque de gracia o esperar a que se desangrara. Alguien

podría descubrirme en mi regocijo, no debía arriesgarme.

Rematé a su compañero ante sus ojos, de tres espadazos en el

cuello. Aunque no logré separarle la cabeza del cuerpo y eso me

frustró, me faltaba técnica, sus huesos estaban duros. Luego dije

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adiós al otro, que soltó un gran alarido antes de que atravesara

su boca abierta con el frío metal. Al extraer la espada un trozo

de la lengua se había quedado pegado con sangre cuajada y

algunos trozos de piel y músculos de la garganta al brillante filo

de la espada.

Me dio un poco de asco separar la lengua del metal, pero

lo hice. Sonreí, podría hacerme un pendiente con ella o alguna

cosa ingeniosa. No. Yo era un héroe, no un psicópata. Le metí la

lengua en la boca y me fui.

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15. Oleada de asesinatos

Cuando Paco Brotóns cerró la puerta de su casa su esposa

le estaba esperando viendo el informativo y algo nerviosa. Se

levantó de inmediato, el periódico estaba desplegado sobre la

mesa.

—Hola, cariño.

—Hola, oye, Paco, ¿tú crees que tenemos un asesino en

serie en la ciudad?

—Eso he escrito en el periódico, lo has leído ¿no?

—Sí que lo he leído, pero ¿por qué no me lo has dicho

antes?

—Porque sé cómo eres y no quería asustarte, sabía que

ibas a escandalizarte.

—¿A cuántos ha matado ya?

—Al menos a tres, ¿qué han dicho en la tele?

—Lo mismo que tú, he estado viendo la autonómica y en

la Primera también lo dirán cuando empiece.

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Brotóns comió rápido y se marchó, a las cinco de la tarde

tendría que acudir a una rueda de prensa. No era normal que el

comisario convocara a los medios de comunicación, tendría que

prepararse algunas preguntas inteligentes, no se le podía escapar

nada.

—No, Santos, ya no sirve de nada que intentemos que no

cunda el pánico, la gente está aterrorizada porque la prensa ya lo

sabe, de nada sirve ocultarlo.

—Tiene razón— aunque Santos decía estar de acuerdo, en

absoluto compartía el pensamiento del comisario.

—Lo mejor será que en la rueda de prensa de esta tarde

hagamos público el retrato robot.

—Pero...

—Pero nada, quiero que ahora mismo hagas veinte

fotocopias para dárselas a los medios, tal vez consigamos que

alguien identifique al asesino.

El policía iba camino de la fotocopiadora observando el

dibujo realizado a través de la descripción de la testigo. La

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mujer paseaba de noche cuando vio a una persona con la cara

cubierta matar a otros dos hombres utilizando una espada.

Estaba en lo cierto, seguramente todos los asesinatos

recientes los cometió la misma persona, los resultados de las

nuevas autopsias tardarán un día más en llegar. Ha habido que

desenterrar a algunos cuerpos, pero seguro que fue el mismo, la

pena es que no va a servir de nada difundir esta imagen de un

hombre con la cara cubierta, sólo podremos asustar más a la

gente.

Después le encomendó a un compañero de trabajo que

fuese a todas las armerías de la ciudad y averiguase quién había

comprado una espada en los últimos días.

—El asesino en serie cometió uno de los crímenes más

sanguinarios de los últimos tiempos. Se acercó encapuchado a

sus víctimas y los despedazó con la espada, según declaró la

testigo a la Policía. La testigo no pudo ver su rostro, huyó

temiendo que el asesino la descubriera. La Policía afirmó ayer

que es probable que los seis asesinatos cometidos en los últimos

meses sean obra de la misma persona, pero no lo sabrán hasta

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que lleguen las pruebas de la autopsia. De momento, sí están

seguros en atribuir a esa persona los tres últimos crímenes, por

lo que ya se puede hablar de un asesino en serie o de una oleada

de asesinatos.

Además, todas las víctimas tenían en común que habían

sido delincuentes y habían estado alguna vez en prisión. Por ello

entre los móviles que se barajan no se descarta que haya una

persona que esté intentando ejercer de justiciero o un asesino

profesional que esté ajustando cuentas con otros delincuentes.

No obstante, hasta el momento todo son especulaciones. Los

cuerpos de Seguridad han extremado su vigilancia para intentar

localizar al asesino y evitar nuevos crímenes.

—Sigue, sigue leyendo...

—No pone más, Rodrigo, aquí acaba el texto.

—Joder, es increíble ¿no?

—Ya lo creo— Pedro dio un sorbo a su café. —Estaría

bien que alguien estuviese intentando poner justicia en la

ciudad, pero creo que si fuera así tendría mucho trabajo por

delante, cada vez hay más delincuencia y no se le ve fin.

—Sí, supongo que tienes razón.

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Esa tarde no tenía pensado hacer nada en especial, quizás

pasear y observar si el dispositivo policial había aumentado por

mi culpa. Pero una llamada inesperada alteró mis planes. Me

sorprendió escuchar una voz femenina y joven (ya que mi madre

sí me llama a menudo) pronunciando mi nombre por el auricular

del teléfono.

No la reconocí, pero cuando me dijo que tenía ganas de

volver a verme y que si podíamos quedar a las ocho de la tarde,

comprendí que era Julia. No me apetecía verla, pero tampoco

tenía nada mejor que hacer, pensé que sería un buen momento

para romper la relación.

No me sentía bien acostándome con ella y sabiendo que

tiene novio. Puede parecer complicado comprender que matar a

otras personas no me produjese ningún cargo de conciencia y sí

lo hiciera el estar con una chica con novio. Pero precisamente

acababa con esos delincuentes porque pensaba que era lo

correcto, que estaba actuando bien, no merecían seguir viviendo,

estaban mejor muertos, porque así no harían más daño a nadie.

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Sin embargo, con Julia era diferente. Seguramente su

novio no se merecía que ella le pusiera los cuernos, o tal vez sí,

pero no era ese el problema. El auténtico problema, más egoísta

y razonable por ello, era que yo no estaba enamorado de ella. Si

seguía viéndome con Julia y haciéndole ilusiones, terminaría por

dejar a su novio para salir conmigo. Y aunque a mi me caía muy

bien, nos divertíamos y me gustaba acostarme con ella, no la

quería como para mantener una relación seria.

Lo mejor que podía hacer era dejarla antes de que ella

dejase a su novio, era lo más honesto y también lo mejor para

ella, aunque me costaría renunciar a sus caricias.

Habíamos quedado en su piso, me preparó un café y se

sentó a mi lado.

—¿Hoy no quedas con tu novio?

—No, está de viaje, hace de representante de su fábrica y

se ha ido a una feria en Madrid— me acarició la barbilla —

¿quieres quedarte a cenar?

—No sé, aun es pronto, de momento me tomaré el café —

miré sus ojos, parecía ilusionada, la encontré más guapa.

Siempre es dolorosa una ruptura, incluso cuando la relación no

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existe. Intenté ser cuidadoso con las palabras, la apreciaba.

Hubiera sido más fácil decirle que no la quería, pero le expliqué

que no estaba preparado para otra relación seria, que necesitaba

seguir solo. Le dije que si seguíamos viéndonos terminaría por

enamorarme tanto que querría estar con ella noche y día, en

parte era cierto. Pero no quería arriesgarme a que dejase a su

novio y lo nuestro fallase, soy un desastre para las relaciones y

no quería seguir llevándome chascos. Le prometí que si más

adelante me sentía preparado la llamaría y la obligaría a dejar a

su novio, aun a riesgo de que me dijera que no. Me preguntó si

todavía seguía enamorado de Eva, pensaría que ese era el

motivo. Le dije que la seguía queriendo (a lo mejor así entendía

que no quisiera salir con ella). Parecía haber comprendido lo que

me pasaba, no se puso demasiado triste, aunque sí decepcionada.

Me abrazó y me dio un beso en los labios.

—Espero que de todas maneras nos sigamos viendo.

—Claro que sí Julia.

Volvió a acariciar mi rostro y me propuso que nos

acostáramos juntos por. Mi cabeza me decía que no era nada

aconsejable, que debería dejarlo ya o me costaría más zanjar la

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relación. Pero mi cuerpo y mi cabeza estaban aliados, terminé

cediendo y me llevó a su cama.

De madrugada me desperté, seguía dormida, con un

gracioso pijama de Disney. Insistió en que me quedase a dormir

y no me esforcé en decir que no. Aparté su brazo de encima de