Relato Erótico. La Complicidad por Luis Cabello Muñoz - muestra HTML

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LA COMPLICIDAD

Nadie había avisado a Rosa de los inconvenientes que podía acarrearle la

especial circunstancia que acompañaba a su futuro marido; ella siempre

había creído que la condición masculina era algo invariable, y que su novio

de toda la vida, nada tenía que envidiarle a cualquier otro hombre o a

cualquier otro novio, como los de sus amigas.

Cierto que Juan era algo más tímido y retraído de lo normal, cierto

también que aquellas cosas intimas que algunas veces contaban las

descaradas de sus amigas, aquellas pasiones desenfrenadas en la última fila

del cine, nunca las había hecho Juan con ella, pero todo esto ella lo atribuía

a la sólida formación religiosa de su novio, que le hacía considerar que toda

relación sexual debía comenzar después del matrimonio.

Tanta era su convicción en este aspecto, que tras cuatro años de

noviazgo, nunca la había tocado, ni tampoco había permitido que ella lo

hiciera; a pesar de la espectacular belleza física de Rosa; la muchacha,

además de tener un bellísimo rostro enmarcado en una exuberante

cabellera negra ribeteada de tirabuzones; poseía un cuerpo adornado por

magnificas curvas y abundantes redondeces que ella portaba con gracia y

una plasticidad, que hacía a los hombres volver su rostro cuando caminaba

por la calle; todo ello a pesar de que su vestir era discreto y procuraba

pasar inadvertida y no resaltar en exceso sus femeninas formas.

Poseía también Rosa otra característica que aún no había descubierto,

pero que no tardaría en sentir. Era la muchacha portadora de un ardor

femenino y un ímpetu sexual fuera de lo común; aunque sí había ella

notado, que tenía que hacer ímprobos esfuerzos por no dejar fijos sus ojos

en ciertas partes del cuerpo de los hombres que pasaban cerca de ella; tenía

Rosa que esforzarse en apartar su mirada de ciertas zonas masculinas, a

fin de no ser descubierta por los que la rodeaban.

Cuando Rosa apreciaba la entrepierna abultada de algún hombre que

había tomado asiento frente a ella, en especial la del novio de su amiga

Ana, que poseía la peculiaridad de marcar un exagerado paquete; tenía la

muchacha que realizar un esfuerzo enorme por apartar su vista de ella y

procurar no regresar con sus ojos al mismo lugar una y otra vez.

Pensaba Rosa que todas esas cosas desaparecerían de su mente cuando

por fin se casara con su amado novio, y este, libre ya de toda traba

religiosa, se entregara a ella con ardor. Hacía ya varios meses que siempre

soñaba con eso y que sus sueños no terminaban hasta que tras hacerse

algunos tocamientos acurrucada en su cama, conseguía un húmedo

orgasmo que la tranquilizaba y le permitía dormir.

El día de la boda todo funcionó perfectamente, todo lo referente a la

ceremonia y al convite, a la fiesta, que duró hasta la madrugada; pero una

vez terminada esta y cuando ya estaban los dos solos en la habitación del

hotel, cuando Rosa salió del cuarto de baño ataviada con un camisón

transparente e ínfimo, que había elegido para esa noche, camisón que

dejaba al descubierto todos sus abundantes encantos; pudo comprobar que

Juan se había dormido, y que incluso tenía un suave ronquido.

Rosa se culpo por haber tardo en ataviarse, también culpó al vino y al

cava, que quizás habían bebido en exceso y que habían traído el sueño a su

ya incipiente marido. Cosas que pasan pensó la muchacha, y resignada

procuró dormir.

La segunda noche de su luna de miel no dio tiempo a Juan a dormirse, fue

ella la que inició los juegos en la cama pero tras media hora de tocamientos,

desistió y pensó que debía consultar aquello con su madre cuando

regresaran a su casa, el miembro de Juan permanecía pequeño y flácido, y

aunque en algún momento el muchacho puso voluntad, y él mismo puso

manos a la obra, aquello no cambió de tamaño ni de actitud; y ella sabía de

buena tinta por los comentarios de sus desvergonzadas amigas, que eso

solía suceder de otra manera.

Fue al día siguiente, el tercero de matrimonio, cuando a la hora de la

comida, entre el primero y el segundo plato, en ese momento, Juan tomo

valientemente el tema e inició la comprometida conversación.

- Mi querida Rosa, habrás comprobado que tengo un pequeño problema

con mis erecciones; no creas que es que no te quiero o que no te deseo, nada

de eso; y hoy estoy decidido a demostrártelo; se trata de que tengo una

disfunción eréctil y me es imposible provocar una erección normal, pero

considero que esto no debe ser impedimento para nuestro amor; considero

que debemos basar nuestro matrimonio en lo espiritual, yo me esforzaré en

darte todo el placer que pueda con mis caricias y con mis palabras.

- Pero Juan, está también el problema de que no podremos tener hijos;

además considero que esto me lo debías haber dicho antes del matrimonio.

- No, lo de los hijos no será un problema; hoy es fácil lo de la

fecundación “in Vitro”, y yo ya me he hecho análisis de esperma y este es

normal, podremos tener hijos; mi única disfunción es la eréctil.

Rosa quedó muda con estas explicaciones, no sabía que decir, todo aquello

le había caído de golpe, como un jarro de agua fría, tiraba por tierra todas

sus esperanzas de felicidad, su marido era un disminuido, un impotente;

además se sentía engañada, traicionada en sus deseos de una vida normal.

Aquella noche todo fue diferente, esta vez Juan si se empleó a fondo con

ella, la llenó de caricias, de besos, de tocamientos, incluso la penetró con sus

dedos. No le fue difícil al marido arrancar varios orgasmos de la ardiente

mujer, su cuerpo se estremeció hasta la contorsión física y tras el esfuerzo

la muchacha quedó dormida.

Cuando se despertó de madrugada, Rosa regresó a sus pensamientos, era

cierto que Juan la había hecho sentir mucho placer esa noche, pero sabía

ella que eso no sería siempre así, que al no sentir él el placer en aquel acto

que además consideraba impuro, su ímpetu y su frecuencia disminuiría con

el tiempo.

Rosa se durmió de nuevo haciendo volar su imaginación por entre una

multitud de hombres potentes y con erecciones imposibles, estos

pensamientos la llenaron de satisfacción y de deseos aberrantes.

Su vida matrimonial fue haciéndose cada vez más monótona y menos

edificante, no pasó mucho tiempo, cuando ella tomó la iniciativa y habló con

claridad a Juan en una de las monótonas tardes que pasaban frente al

televisor, viendo sórdidos programas grabados para mentes enanas.

- Mira Juan, estoy muy desilusionada de nuestro matrimonio, esto no es

lo que yo esperaba; creo que debíamos pensar en separarnos, yo no quiero

hacerte daño Juan, y antes de traicionarte y mancillar tu honor, prefiero

que nos separemos.

- ¿No eres capaz de conformarte con lo que te ha dado Dios y la vida?

- No Juan, te soy sincera, la vista se me va tras cualquier entrepierna

de un hombre, y solo sueño con eso, me tiene obsesionada y cualquier día

puedo hacer una barbaridad y no quiero hacerla.

- Esta bien Rosa, dame un par de días para que lo piense, sabes lo

importante que es para mí tener un matrimonio normal a los ojos de la

sociedad, de mi familia, una separación me hundiría moralmente,

concédeme dos días.

- Te concedo dos días y más si quieres, pero piensa en que debemos

darle una solución, yo soy una mujer muy ardiente y necesito otra cosa para

mi estabilidad.

Pasaron dos y tres días, y una tarde llegó Juan con cara de alegres

noticias, tomó del brazo a Rosa y le dijo.

- Prepara una pequeña maleta, nos vamos fuera a pasar el fin de

semana, creo que tengo la solución a nuestros problemas, así que no hagas

muchas preguntas y pon en la maleta lo imprescindible para pasar fuera

estos dos días.

Rosa se contagió del optimismo de Juan y se puso a preparar la maleta;

trascurría la tarde del viernes y parecía que el fin de semana traería

noticias esperanzadoras. Juan obligó a Rosa a que metiera en la maleta su

camisón más provocador, aquel que utilizó la noche de bodas, también le

dijo que pusiera su ropa más insinuante, que asistirían a una fiesta y era

necesario. Cuando todo estuvo metido y a gusto de Juan, este informó a

Rosa de que no cogerían el coche; llamarían un taxi e irían al aeropuerto, el

viaje era largo y prefería llegar descansado y aprovechar el tiempo.

El vuelo duró poco más de media hora, solo habían recorrido quinientos

quilómetros, estaban en Valencia, una ciudad de clima muy apropiado para

aquella época del año; tras tomar un taxi de nuevo, no tardaron en estar en

el hotel; aquí llegó la primera sorpresa de Rosa, Juan había tomado dos

habitaciones, contiguas pero separadas, enseguida Rosa le preguntó el

porqué de aquella actitud.

- Mira Rosa subamos a las habitaciones coloquemos la ropa y en media

hora nos vemos en la cafetería, allí te lo explicaré todo.

Juan estaba sentado tomando una copa cuando llegó Rosa, estaba

radiante, bella como una novia el día de la boda, fue a la mesa y se sentó

frente a Juan, este le aconsejó que pidiera una copa; el camarero no tardó

en traérsela.

- Juan, soy toda oídos, cuéntame lo que pasa.

- Recordaras que hace tres días me exigiste una solución para nuestro

matrimonio; bien, pues lo he pensado y se me ha ocurrido una forma de

salvarlo. Con muy buen criterio, dijiste que si tú tenías una aventura con un

hombre, mancillarías mi honor y además romperías nuestro matrimonio;

por otro lado si nos separamos, mi prestigio y consideración social y en mi

familia también se vería gravemente afectado. Para dar solución a todo

esto, se me ha ocurrido una solución, que quiero someter a tu parecer; como

no es menos cierto que tú tienes derecho a gozar de tú Sexualidad, se me ha

ocurrido venirnos a una ciudad donde nadie nos conozca, aquí en el hotel,

nos presentaremos como hermanos, y esta noche tú la dedicaras a ligar con

el hombre que te apetezca, podrás si quieres pasar la noche con él, y yo

estaré lo suficientemente cerca como para protegerte si fuera necesario.

- Me dejas de piedra Juan, y eso no te enfadará.

- Nada de eso, tú me lo presentarás diciendo que soy tu hermano y que

venimos a esta ciudad por motivos de trabajo. Los dos disfrutaremos de tus

maniobras para ligarlo, incluso te ayudaré en lo que pueda, podrás pasar

con él dos noches si quieres, y el Domingo regresaremos a casa y

seguiremos con nuestra vida de casados. Esto podemos repetirlo cuantos

fines de semana queramos, siempre en ciudades diferentes y con personas

diferentes. No debes darle ningún dato nuestro ni de nuestra casa.

- Déjame un minuto para que me lo piense, me has dejado fría.

Siguieron cambiando pareceres sobre el asunto y concretando los datos

que podrían dar y como debían actuar cada uno llegado el momento, cada

vez le gustaba más la idea a Rosa, que veía como podría disfrutar de

diferentes hombres y a la vez puede que consiguiera salvar su matrimonio.

Ya se le hacía a la muchacha la boca agua, y comenzaba a fijarse en todo

el que pasaba cerca, mirándolo como una posible presa, un objeto con el

que satisfacer sus ardorosos deseos.

- Quizás debas subir de nuevo a la habitación, y ponerte un vestido más

corto, algo más insinuante; aunque no debes pasarte, no debes resultar

chabacana, estoy seguro de que tu sabes hacerlo con discreción y buen

gusto.

Rosa decidió subir a cambiarse, por el camino hasta su habitación, dejó su

mirada recorrer todos los objetos de su deseo, Tomó una minifalda de su

vestuario, que aunque era bastante discreta, ella se encargó de subirla en

su cintura hasta descubrir buena parte de sus espectaculares muslos.

También procuró ceñir sus pechos, destacándolos y subiéndolos; el resultado

fue magnifico, su aspecto cambió a más provocativo, sin llegar a ser

excesivo y soez.

Mientras bajaba en el ascensor, dos pisos más abajo, subió al ascensor un

hombre de unos cuarenta años, elegantemente vestido, de casi un metro y

noventa centímetros, cuerpo atlético y rostro aseado y simpático; tras

saludarla muy cortés, procuró iniciar una conversación con Rosa.

- ¿Es la primera vez que viene a Valencia, señora?

- Sí, es la primera vez, ¿Pero como puede saberlo?

- Porque si yo la hubiera visto, me acordaría, de eso estoy seguro, y por

mi trabajo paso casi la mitad de mi tiempo en hoteles de Valencia.

- Pues tiene usted razón, y gracias por decir que se acordaría.

- ¿Puedo invitarla a una copa en la cafetería?

- Me dirijo yo ahora a la cafetería, en ella me espera mi hermano,

viajamos los dos juntos por cuestiones de trabajo.

- ¿Se molestará su hermano si le acompaño?

- No, mi hermano Juan es muy simpático y no se entromete en mi vida.

No pudo evitar Rosa pasear sus ojos por la anatomía de Alberto, ese era el

nombre de su nuevo amigo, quizás fue un poco descarada en su

observación, porque dio lugar a que Alberto se diera cuenta de tan

indiscreta forma de mirar.

Juan estaba sentado en la misma mesa en que lo había dejado, desde allí

vio llegar a Rosa acompañada por Alberto, su primera mirada fue de

sorpresa, no esperaba que Rosa fuera tan eficaz y decidida en sus

relaciones; cuando se acercaron a él, Juan se levantó, besó a Rosa en la

mejilla y tendió la mano a Alberto. Rosa hizo las presentaciones.

Procuró Rosa sentarse frente a Alberto, y se aseguró de que este viera sus

bragas al cruzar sus piernas, dejando al descubierto sus espectaculares

muslos. Varias veces tuvo que desviar su mirada, que tendía a quedar fija

en la entrepierna de Alberto, que después de su exhibición se había

inflamado ostensiblemente, resaltándose sobre manera en su pernil

izquierdo.

- Le decía yo a su bellísima hermana, que puesto que ustedes no

conocen a nadie en este hotel, para que no cenen solos, tendré mucho gusto

en invitarlos en el restaurante del hotel, les aseguro que se come muy bien.

- No puedo permitir que se moleste usted, don Alberto, puesto que

nosotros somos dos, seré yo el que invite.

- No don Juan, sepa usted además, que la cena en la cuenta del hotel,

entrará dentro de mi cuenta de gastos y pagará la empresa; además

después de la cena, los invitaré a unas copas en el bar del hotel, en el que

hay una fantástica música; hasta puede que encuentre usted una chica de

su agrado, ya que es normal que se beba y se baile hasta bien entrada la

noche.

- Eso último no me parece mala idea don Alberto, seguro que nos

divertiremos.

- Procuraré que así sea, ahora tengo que ir a un asunto de negocios,

pero a las diez nos veremos en el comedor, ¿Si les parece bien?

- esa es una buena hora, Rosa y yo, daremos una vuelta por las tiendas

de los alrededores, y nos vemos a las diez en el comedor del hotel.

Alberto se levantó, besó la mano de Rosa que continuaba con sus piernas

cruzadas, y después estrechó la mano de Juan; caminaba Alberto con

decisión hacia la puerta de salida, y los ojos de Rosa lo seguían con avidez.

Juan y Rosa, también salieron del hotel, faltaban dos horas para las diez

de la noche, y aun las tiendas estaban abiertas, caminaron por la acera

mirando los escaparates mientras comentaban los pormenores de su plan.

Antes de las nueve regresaron al hotel, para tener tiempo de cambiarse

para la cena; Juan se colocó un discreto traje y Rosa se puso un vestido

largo y ceñido a sus caderas, con un generoso escote tanto por delante

como por detrás, mientras tapaba las carnes desnudas de sus hombros con

un chal transparente y brillante.

A las diez en punto, entraron en el comedor Rosa y Juan, Alberto los

esperaba sentado en una mesa algo apartada; se levantó para recibirlos,

luego aproximó la silla de Rosa procurando inhalar con fuerza su perfume.

La cena transcurrió tranquila y placentera, hablaron de cosas poco

profundas, poco personales, y dejaron que llegara el tiempo de bajar al bar

del hotel; tras los postres, los tres caminaron atravesando el enorme salón y

bajaron unas cortas escaleras hasta llegar al bar que se mantenía en una

tenue penumbra; tomaron posesión de una mesa y llamaron al camarero;

había poca gente a esas horas.

Pronto regresó el camarero con tres copas y una botella de cava; el

brindis lo pronunció Alberto.

- Por nuestra incipiente amistad, para que sea profunda y duradera.

Los tres bebieron de sus copas, y tras unos pocos sorbos, volvió a hablar

Alberto, que ardía en deseos de tener a Rosa entre sus brazos.

- Si no te molesta Juan, yo invitaría a Rosa a bailar.

- Por supuesto que no me molesta, eso pregúntaselo a Rosa.

Rosa ya se había puesto en pie y le tendía su mano a Alberto; ambos

caminaron cogidos de la mano hasta la apartada y pequeña pista de baile;

la luz era escasa, pero ellos no necesitaban más; Rosa se abrazó con fuerza

a la cintura de Alberto y apoyó su cara y su cabeza en su pecho.

Sus cuerpos se acoplaron a la perfección y Alberto decidió dejar hacer a

Rosa, la notaba ansiosa y ardiente, y consideró que era mejor que ella

impusiera su ritmo, su secuencia de las cosas.

Cuando la música cesó, Alberto aprovechó el momento y se despojó de su

chaqueta, que dejó abandonada en un sillón cercano. Las manos de Rosa

comenzaron a acariciar su cintura, a palpar su carne y pronto notó Alberto

que la muchacha ya había sentido en su pierna el producto de su erección.

Rosa, acopló su pierna para sentir mejor aquel contacto que hasta ese

momento le resultaba extraño; Alberto la dejó hacer durante un rato, luego,

tomó la mano de rosa con la suya, la subió hasta su boca , la besó, y

después, aun entrelazada con la suya, la dejó caer a lo largo de sus dos

cuerpos unidos con fuerza.

Con su mano derecha, la que tenia libre, acarició Alberto la majilla de

Rosa, y colocó su cara para poderla besar con pasión en su ardiente boca,

que permanecía entreabierta y jadeante.

Mientras la besaba, la mano izquierda, con la que tenía agarrada la mano

derecha de Rosa, condujo la mano de la muchacha por entre sus cuerpos

hasta que contactó con su miembro en erección. Rosa soltó la mano de

Alberto y palpó a través de los pantalones aquel extraño objeto, tan

deseado y soñado por ella.

Le pareció enorme y duro, lo apretaba con fuerza mientras sus bocas

seguían unidas en un ansioso beso en el que bebían sus bocas la una de la

otra.

Alberto pudo sentir el temblor del cuerpo de Rosa cuando tuvo su primer

orgasmo, después quedó tan flácida que tuvo él que sostenerla con sus

brazos, de lo contrario, le pareció que hubiera caído al suelo.

- Mira Rosa, creo que los dos estamos igual de deseosos y apasionados;

estoy seguro de que tienes tantas ganas de subir a mi habitación como yo;

pero no se como decirle a tu hermano que nos vamos.

- Lo que haremos, será ir a la mesa, tomarnos una copa de cava y tú

dices que tienes que ir un momento a llamar por teléfono; lo demás déjalo

de mi cuenta, procura que nos suban una botella y te esperaré en mi

habitación dentro de diez minutos, es la cuatrocientos diez. La puerta

estará abierta.

Ambos marcharon hasta la mesa en la que los esperaba Juan, este no les

perdía ojo, se sirvieron unas copas y dieron algunos sorbos.

- Perdonarme, tengo que ir un momento a hacer una llamada, son solo

unos minutos.

Alberto se levantó, fue a por su chaqueta y se marchó. Rosa le explicó a

Juan que aquella era la excusa, que se subirían a la habitación de ella y

pasarían allí la noche.

- De acuerdo Rosa, yo me terminaré la botella y subiré a mi habitación,

desde allí estaré atento a cualquier posible incidencia; ya sabes que estaré

escuchando tras la puerta que comunica ambas habitaciones y que esta,

estará sin llave ni cerrojo.

Rosa cogió su chal y salió del bar, subió a su habitación y entró en el

cuarto de baño dejando la puerta de entrada a la habitación abierta; Luego

comprobó que la puerta que comunicaba ambas habitaciones estuviera sin

llave, tras una leve ducha, se puso el pequeño camisón transparente sobre

su cuerpo desnudo, apenas tapaba sus nalgas, y sus pechos parecían

quererse salir del largo y amplio escote; sobre él, se puso una bata larga y

se calzó unas zapatillas. Escuchó desde el cuarto de baño, como entraba

Alberto acompañado por un camarero que empujaba un carrito tintineante,

en el que sin duda portaba la bebida; oyó a Alberto despedir al camarero y

cerrar la puerta, entonces salió ella del cuarto de baño.

Alberto la esperaba ya con dos copas de cava en la mano, ofreció una a

Rosa y ambos brindaron y dieron unos sorbos.

- Si quieres Alberto, puedes entrar en el cuarto de baño, tras la puerta

hay un albornoz blanco que creo que te estará bien, así estaremos los dos

más cómodos.

Alberto soltó su copa en la pequeña mesa camarera y entró en el cuarto

de baño; Rosa escuchó el sonido de la ducha, su impaciencia era grande, se

imaginaba a Alberto bajo la ducha, para parar su imaginación tuvo que dar

un gran trago a la copa de cava y servirse otra bien fría.

Alberto se colocó el fino albornoz que parecía hecho a su medida, y se

calzó unas zapatillas también blancas, con esta indumentaria salió del

cuarto de baño y se puso al lado de Rosa, que le tendió una copa de cava.

Con la copa en la mano fue a poner la música, manteniendo el volumen

muy bajo, soltaron las dos copas y comenzaron a bailar muy abrazados,

tras algunos pasos comenzaron un largo beso, Rosa se quitó la bata y quedó

con el pequeño camisón.

Alberto la separó de él un momento para poder admirarla, luego la

abrazó y permanecieron muy juntos. La mano de Rosa, comenzó a buscar

por entre los dos, bajo el albornoz blanco de Alberto; su mano tropezó con

algo que le hizo dar un pequeño grito de sorpresa; sus esperanzas eran

muchas, pero no esperaba tanto, lo agarró con mucha fuerza, como si

quisiera estrujarlo, pero estaba duro y muy grueso, tanto que su mano no

conseguía abarcarlo, sus dedos índice y pulgar no conseguían llegar a

tocarse, tal era el grosor del miembro de Alberto.

Durante un minuto, Alberto creyó que la mujer cortaría la circulación

sanguínea de su miembro erecto, tanta era la fuerza con la que lo apretaba,

mientras jadeante tenía un orgasmo sostenido y largo. Cuando Alberto vio

que la presión disminuía, señal de que había terminado su orgasmo, la

separó de sí y la colocó en una posición adecuada, ahora que Rosa estaba

dócil y relajada.

La puso bocabajo sobre el respaldo del sillón, con su vientre doblado por

encima del respaldo y su cabeza caída hacia el asiento; ambos brazos

extendidos y con sus manos sobre los brazos del sillón. Sus redondos y

amplios glúteos quedaban sobre el respaldo, mirando al techo,

entreabiertos, permitiendo que Alberto pudiera ver su negro sexo entre sus

muslos blanquísimos, anchos y fuertes.

Su camisón no conseguía cubrir sus glúteos, ni siquiera en una mínima

parte; estando Rosa en esta postura, Alberto se despojó del albornoz

dejando al descubierto todo su cuerpo, y la penetró; introducía y sacaba con

suavidad su miembro en el sexo de Rosa, primero un poco, luego hasta tocar

el fondo de su vagina. La mujer comenzó a lanzar grandes gemidos de

placer, pequeños gritos entrecortados salían de su boca abierta y babeante.

Su marido, Juan escuchaba desde la habitación adjunta; aprovechando

que ambos amantes estaban solo atentos a su placer, entreabrió la puerta

que comunicaba ambas habitaciones para poder observar discretamente la

escena, también tenía previsto valerse de un pequeño catalejo, de los que se

utilizan en la opera o el teatro, para poder ver más de cerca los detalles; en

el fondo de su espíritu, celebraba que su mujer estuviera gozando de esa

manera; un gozo que él no podía proporcionarle, y que esperaba que la

tranquilizara y consiguiera salvar su matrimonio, al menos en su apariencia

social.

Después de poseerla sobre el sillón, de haberle provocado varios

orgasmos, durante los que Rosa creía que algo se le habría en su interior,

como si su vagina fuera forzada hasta casi romperse en una mezcla de

dolor y placer, Alberto la condujo al baño, ya casi sin fuerzas, tuvo que

ayudarla a meterse de pie; luego la introdujo en el baño, que contenía un

poco de agua tibia; también se introdujo Alberto en el agua y enjuagaron

sus sexos exhaustos.

Juan no perdía detalle ayudándose de su pequeño catalejo, centraba sobre

todo su atención en el miembro erecto de Alberto, comprendiendo que le

diera tanto placer a su mujer. También Juan comenzó a sentir una erección,

por primera vez en su vida comenzaba a sentir la excitación y el deseo

sexual, al ver el miembro erecto y potente de un hombre; comprendió Juan

cual era su verdadera tendencia sexual.

Tras el corto baño, fueron los dos a la cama, Rosa mantenía puesto su

camisón, que apenas tuvo que subírselo para mantenerlo seco en el baño;

tras secarse con una pequeña toalla, ambos se tendieron sobre la cama; allí

Alberto comenzó a hacerle un “sesenta y nueve”, con suavidad y permitiendo

que Rosa jugara con su pene, hasta que pocos minutos después provocó otra

erección; la mujer gozaba con aquel enorme objeto en su boca, mientras

Alberto trasteaba con su lengua cada rincón de su sexo, calido y exhausto,

jugaba con su clítoris en erección, que sobresalía de los labios entreabiertos

de su vulva.

Cuando consideró que era el momento adecuado, puso a Rosa boca arriba

y le sugirió que se cogiera las rodillas con sus manos para sostenerlas en

alto, hacia el techo y abiertas; Alberto se metió entre sus piernas y la

poseyó de nuevo.

Como en esta ocasión, Alberto tardó más en eyacular, Rosa tuvo un sinfín

de orgasmos, hasta que sintió el dulce y calido liquido caer en el fondo de su

vagina, después, los dos quedaron tendidos el uno junto al otro y se

durmieron.

Al observar que cesaba el alboroto, también Juan fue a dormir, sobre la

cama y mientras recordaba todo lo que había visto por la rendija de la

puerta, Juan se masturbó y tuvo un orgasmo, después, pudo quedarse

dormido.

Varias veces despertaron a Juan los jadeos de Rosa durante la noche, al

menos cuatro veces la poseyó Alberto, cada vez que se despertaba con una

erección, la reducía a expensas de la mujer.

Por la mañana temprano, mientras Rosa dormía bocabajo sobre la cama,

Alberto fue a la ducha, después se vistió y salió en silencio del dormitorio,

esa mañana tenía cosas que hacer; y aunque al ver el redondo trasero de

Rosa tuvo la tentación de poseerla de nuevo, se contuvo y se marchó, le dio

pena y quiso dejarla descansar en sus dulces sueños.

La siguiente noche fue una replica de la pasada, todo se repitió con la

misma secuencia y con la misma avidez; durante el regreso a casa, una vez

en el avión, Rosa tuvo que buscar una postura adecuada para poderse

sentar, estaba muy dolorida y no podía sentarse de cualquier manera, pero

fue Juan el que hizo un comentario sobre su cara de satisfacción.

- Espero que esto te tranquilice en tu espíritu y tu cuerpo, el próximo fin

de semana elegiremos otra ciudad, nunca debemos repetir ni la ciudad ni la

presa; el único que debe representar la continuidad en nuestro matrimonio

debo ser yo.

El viernes por la mañana, después de una semana sosegada y tranquila,

en la que Rosa solo se había ocupado de su casa y su marido, la mujer

preguntó.

- ¿Dónde iremos esta tarde, mejor a un sitio del sur, en el que los

hombres sean ardientes y apasionados, quizás Sevilla?

FIN

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