Primer Amor por Iván Serguéyevich Turguénev - muestra HTML

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PROEMIO

Los invitados ya se habían ido. El reloj dio las doce y media. Sólo quedaban el anfitrión, Serguey Nicolayevich y VIadimir Petrovich.

El anfitrión tocó la campanilla y ordenó retirar lo que quedaba de la cena.

-Entonces, está decidido- dijo, sentándose có-

modamente en la butaca y encendiendo su cigarri-llo-. Cada uno tiene que contar la historia de su primer amor. Le toca a usted, Serguey Nicolayevich.

Serguey Nicolayevich, rechoncho, de pelo castaño, cara fofa y redonda, miró a su anfitrión y luego levantó la vista hacia el techo.

-No tuve un primer amor. Empecé directa-mente con el segundo.

-¿Y cómo fue eso?

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-Muy fácil. Tenía dieciocho años cuando por primera vez empecé a cortejar a una señorita en-cantadora. Pero lo hacia como si no fuese una no-vedad para mí. Así cortejé después a todas las demás. A decir verdad, a los seis años me enamoré por primera y última vez, precisamente de mi niñe-ra. Desde entonces ha pasado mucho tiempo. Los detalles de nuestra relación se han borrado de mi memoria. Y aunque me acordase, ¿a quién podría interesarle?

-Entonces, ¿qué hacemos?- dijo el anfitrión-. En mi primer amor tampoco hay nada extraordinario.

Antes de conocer a Ana Ivanovna, mi mujer, no estuve enamorado. Todo marchó a mil maravillas.

Nuestros padres concertaron la boda, inmediatamente iniciamos el noviazgo y nos casamos sin dila-ción. Mi historia se cuenta en dos palabras. Yo, señores, tengo que confesar que, cuando propuse el tema del primer amor, lo hice pensando en ustedes, hombres no diría viejos, pero tampoco jóvenes solteros. Bueno, usted, VIadimir Petrovich, ¿no podría amenizar un poco la velada?

-Mi primer amor, en efecto, fue poco corriente-contestó después de una pausa Vladimir Petrovich, 4

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hombre de unos cuarenta años, de pelo negro, ya canoso.

-¡Ah!- exclamaron simultáneamente el anfitrión y Serguey Nicolayevich-. Mucho mejor. Cuénte-noslo.

-Bien... O mejor dicho, no voy a contarlo. No soy un buen narrador. Cuando narro, o soy lacónico y seco, o prolijo y amanerado. Si me permiten, voy a apuntar todos mis recuerdos en un cuaderno y luego se los leo.

Al principio los amigos no estuvieron de acuerdo, pero VIadimir Petrovich insistió. Dos semanas después se reunieron de nuevo y VIadimir Petrovich cumplió su promesa.

Esto es lo que había anotado en su cuaderno.

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Capítulo I

Tenía entonces dieciséis años. Era el verano de 1833.

Vivía con mis padres en Moscú; ellos tenían al-quilada una dacha en Kaluzhskaya Zastava frente al parque Nescuchnoye. Estaba preparándome para ingresar en la Universidad, pero estudiaba poco, sin hacer el menor esfuerzo.

Nadie ponía trabas a mi libertad. Hacía lo que me venía en gana, sobre todo cuando se fue mi tu-tor francés, que nunca pudo hacerse a la idea de que había caído «como una bomba» ( comme une bombe) en Rusia y se pasaba la vida tumbado en la cama con cara de mal humor. Mi padre me trataba con una mezcla de indiferencia y cariño. Mi madre apenas me hacía caso, a pesar de ser su único hijo, pues otras preocupaciones acaparaban su atención. Mi 6

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padre, joven y bien parecido, se había casado con ella por interés. Ella era diez años mayor que él. Mi madre llevaba una vida triste. Siempre nerviosa y comida por los celos, se ponía de mal humor, pero nunca en presencia de mi padre, a quien temía.

Él, en cambio, era seco y frío con ella y la mantenía a distancia... No he visto jamás a un hombre de una tranquilidad tan digna, tan seguro de sí y tan dominante.

Nunca olvidaré las primeras semanas que pasé en la dacha. Hacía un tiempo espléndido.

Nos instalamos el 9 de mayo, el mismo día de San Nicolás. A veces me iba a pasear por el jardín de nuestra dacha, o por Nescuchnoye o Kaluzhskaya Zastava. Me llevaba algún libro, por ejemplo el manual de Kaidanov, pero raramente lo abría. Y

más que leer, recitaba en voz alta (me sabia muchos versos de memoria). La sangre me hervía, el corazón se me encogía ridícula y dulcemente. Esperaba y temía algo. Todo me sorprendía y estaba como a la expectativa. Mi imaginación jugaba y revoloteaba en torno a las mismas ideas, como los pájaros alrededor de un campanario. Me quedaba meditabundo, me entristecía y hasta llegaba a llorar. Pero detrás de las lágrimas y la tristeza, provocadas por un dulce 7

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verso o un bello atardecer, brotaba corno hierba de primavera la sensación de felicidad que produce una vida joven en plena ebullición.

Tenía un pequeño caballo. Yo mismo lo ensilla-ba y me iba solo, al galope, lo más lejos posible. Me imaginaba que era un caballero actuando en un tor-neo (¡qué alegre soplaba el aire en mis oídos!). Al mirar al cielo se me llenaba el alma de su azul y de su luz radiante.

Me acuerdo de que entonces la imagen de una mujer, el fantasma de un amor, casi nunca aparecía de manera clara y nítida en mi mente, pero en todo lo que pensaba, en todo lo que sentía se escondía el presentimiento de algo nuevo, inimaginablemente dulce, femenino, algo de lo que sólo a medias era consciente, pero que hería mi pudor.

Este presentimiento, esta espera inundaba mi ser, recorría mis venas y cada gota de mi sangre...

Pronto quiso el destino que esto fuese realidad.

Nuestra dacha era una casa señorial de madera, con columnas y dos alas muy bajas. En el ala izquierda había una minúscula fábrica de papel barato para empapelar. Muchas veces me acercaba a ver cómo una docena de niños escuálidos y desarregla-dos se subían sobre las palancas de madera, que 8

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presionaban sobre un cuadrilátero, también de madera, que servía de prensa, y así, haciendo peso con sus débiles cuerpos, imprimían dibujos de vivos colores. El ala derecha permanecía vacía y se alqui-laba. Un día, tres semanas después del 9 de mayo, las contraventanas, que permanecían cerradas, se abrieron y en las ventanas aparecieron unos rostros femeninos. Una familia desconocida acababa de instalarse allí. Recuerdo que ese mismo día, a la hora de comer, mi madre preguntó al mayordomo quié-

nes eran nuestros vecinos. Al oír el nombre de la princesa Zasequin, dijo, no sin cierto respeto:

-¡Ah, la princesa!...- Pero luego añadió- Debe de ser alguna venida a menos.

-Han llegado en tres carruajes de alquiler- dijo el mayordomo mientras servía uno de los platos-. No tienen carruaje propio. Y los muebles son de los más baratos.

-Sí- dijo mi madre-. Pero es mejor estar aquí.

Mi padre la miró fríamente. Ella se calló.

Desde luego, era imposible que la princesa Zasequin fuera una mujer rica. El ala pequeña de la casa que había alquilado era tan vieja, diminuta y baja de techo, que nadie, medianamente acomoda-do, accedería a habitarla. Pero creo que entonces no 9

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presté mucha atención a esto. Y el título principesco no me impresionaba gran cosa, pues acababa de leer Los bandidos de Schiller.

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Capítulo II

Tenía la costumbre de andar por el jardín con una escopeta esperando que un cuervo se pusiera a tiro. Siempre había odiado a estos pájaros precavi-dos, voraces y astutos. El día referido llegué al jardín después de haber merodeado sin éxito alguno por todos los caminos (los cuervos ya me conocían y se limitaban a graznar desabridamente desde lejos) y me acerqué por casualidad a una valla muy baja, que dividía nuestra propiedad de la franja estrecha de jardín que se extendía detrás del ala derecha, a la cual pertenecía. De repente oí unas voces. Miré a través de la valla y me quedé de piedra... Vi algo insólito.

A pocos pasos, en un claro, entre matorrales de frambuesa aún verde, estaba una mujer joven, alta y esbelta, vestida con un traje rosa a rayas y con un 11

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pañuelo blanco en la cabeza. A su alrededor había cuatro hombres jóvenes, en cuyas frentes hacía estallar por turno unas florecitas grises, cuyo nombre no conozco, pero que los niños conocen muy bien.

Estas flores tienen como unas bolsitas que estallan con un chasquido al chocar contra algo duro. Los jóvenes ponían la frente con tanto entusiasmo, y en los movimientos de la muchacha (la veía de perfil) había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos de-ditos encantadores hiciesen estallar una flor sobre mi frente. Se me cayó la escopeta, deslizándose sobre la hierba y me olvidé de todo. Devoraba con la vista su talle tan esbelto, su cuello, sus bellas manos, sus cabellos rubios despeinados bajo el pañuelo blanco, los ojos entreabiertos de mirada inteligente, las pestañas, sus tiernas mejillas.

-¡Oiga, joven!- dijo alguien a mi lado-. ¿Cree usted que está permitido mirar a las damas de los otros?

Tuve como una sacudida y me quedé lívido...

junto a mí, al otro lado de la valla, estaba un desconocido de pelo negro muy corto, que me miraba con ironía. En ese mismo instante la joven se volvió 12

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hacia mí... Vi unos inmensos ojos grises en un rostro que ahora expresaba excitación e hilaridad. De pronto la cara se estremeció, empezó a reír, sus dientes blancos brillaron, sus cejas se elevaron en un gesto cómico... Me puse colorado, levanté del suelo la escopeta y, perseguido de una carcajada sonora, aunque no maliciosa, me escapé a mi cuarto y me tiré sobre la cama cubriéndome la cara con las manos. El corazón no dejaba de darme brincos en el pecho. Me sentía muy nervioso y alegre. Una emoción nunca experimentada me inundaba.

Cuando hube descansado, me peiné, me lavé y bajé a tomar el té. La imagen de la joven seguía per-siguiéndome. El corazón dejó de darme vuelcos, pero se contraía dulcemente.

-¿Qué te pasa?- dijo mi padre-. ¿Es que has matado un cuervo?

Estuve a punto de contárselo todo, pero no lo hice y sólo sonreí, imperceptiblemente para los de-más. Antes de acostarme, sin saber por qué, di tres vueltas sobre un pie y me di crema. Luego me acosté y dormí toda la noche de un tirón. Antes de amanecer, me desperté durante unos segundos, levanté la cabeza, miré extasiado a mi alrededor y me volví a dormir.

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Capítulo III

«¿Cómo conocerlos?» Fue lo primero que pensé al despertarme por la mañana. Antes de tomar el té me fui al jardín, pero no me acerqué demasiado a la valla y no pude ver a nadie. Después del té di varios paseos por la calle delante de la dacha, lanzando desde lejos miradas a las ventanas. Creí ver su cabeza detrás de las cortinas y, atemorizado, me apresuré a escapar. «Pero hay que conocerlos», pensé, andando sin rumbo por el arenoso descampado que se extendía delante de Nescuchnoye. «Pero, ¿cómo?»

Este era el problema. Recordé los más pequeños detalles de nuestro encuentro de la víspera. No sé por qué, pero con especial relieve surgía el recuerdo de cómo se había reído de mí... Pero mientras, ex-citado, andaba pensando distintos planes, el destino ya se había preocupado de mí.

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Durante mi ausencia, mi madre había recibido una carta de nuestra vecina, escrita en papel gris y sellada con lacre de color marrón, de ese que se emplea en los avisos de correo o para lacrar botellas de vino barato. En la carta, escrita en un estilo poco elegante y descuidada caligrafía, la princesa pedía a mi madre protección. Mi madre, al decir de la princesa, conocía gente importante, de la cual dependía su suerte y la de sus hijos, ya que tenía pendientes unos asuntos graves. «Me dirijo a usted- escribíacomo una dama noble a otra dama noble. Es para mí un placer aprovechar esta ocasión.» Al terminar, pedía permiso a mi madre para visitarle. Cuando llegué, encontré a mi madre de mal humor. Mi padre no estaba en casa y no tenía a nadie que le acon-sejase. No contestar a una noble dama, y más aún a una princesa, no parecía correcto. Pero mi madre ignoraba cómo contestar. Le parecía inoportuno redactar la carta en francés, pero la ortografía rusa tampoco era su punto fuerte. Ella lo sabía y por eso no quería comprometerse. Se alegró con mi llegada y me mandó que fuese a ver a la princesa y le expli-case de palabra que ayudaría a su alteza en lo que estuviera s su alcance y que le rogaba que la visitase hacia la una. El hecho de que se cumplieran mis 15

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deseos de forma tan inesperada y rápida me alegró y me asustó. Pero procuré que nadie notase el azora-miento que se apoderó de mí y, antes de marchar-me, fui a mi habitación, a ponerme una corbata nueva y una chaqueta. En casa, aunque muy a mi pesar, andaba con blusón y cuello vuelto...

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Capítulo IV

En la antesala, estrecha y vetusta, adonde entré-

tembloroso y agitado mi cuerpo-, me recibió un criado viejo y de pelo canoso, con cara de cobre oscuro, ojos porcinos, de mirada tosca y en la cara y en las sienes las arrugas más profundas que jamás haya visto. En un plato llevaba la espina roída de un arenque. Abriendo con el pie la puerta que conducía a la habitación, dijo bruscamente:

-¿Qué desea?

-¿Puedo ver a la princesa Zasequin?

-¡Bonifacio!- gritó una estridente voz femenina.

El criado me dio la espalda sin decir palabra, viéndose entonces la gastada tela de su librea, que tan solo tenía un botón amarillento con un escudo estampado. Se retiró, dejando el plato en el suelo.

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-¿Estuviste en la comisaría del barrio?- repitió la misma voz.

El criado dijo algo inaudible.

-¿Qué? ¿Que ha venido alguien? ¡Ah, el señorito de al lado! Dile que pase.

-Tenga la bondad de pasar a la sala- dijo el criado, apareciendo delante de mí y levantando el plato del suelo.

Me levanté y pasé a la sala.

Me encontré en una habitación pequeña, bastante desordenada, con muebles baratos que parecían haber sido colocados muy deprisa. Al lado de la ventana, sentada en un sillón que tenía uno de los brazos roto, estaba una mujer de unos cuarenta años, despeinada y fea, ataviada con un vestido viejo de color verde y con un pañuelo chillón, de estam-bre, alrededor del cuello. Sus pequeños ojos de color negro se clavaron en mí.

Me acerqué a ella y le hice una reverencia.

-¿Tengo el honor de hablar con la princesa Zasequin?

-Yo soy la princesa Zasequin. ¿Usted es el hijo del señor V.?

-Sí, vengo con un encargo de mi madre.

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-Siéntese, por favor. Bonifacio, ¿has visto dónde están mis llaves?

Transmití a la señora Zasequin la respuesta de mi madre a su nota. Me escuchó golpeando con sus gruesos y rojos dedos sobre la ventana. Cuando terminé, volvió a mirarme fijamente.

-Muy bien, estaré sin falta- dijo al fin-. ¡Qué joven es usted todavía! ¿Cuántos años tiene? Permí-

tame que se lo pregunte.

-Dieciséis- dije, haciendo sin querer una pausa.

La princesa sacó del bolsillo unos papeles mu-grientos que tenían algo escrito, se los acercó casi hasta la nariz y se puso a inspeccionarlos.

-Buena edad- dijo dando una vuelta y remo-viéndose en la silla-. Por favor, considérese en su casa. Aquí no guardamos cumplidos.

«Demasiados pocos cumplidos», pensé, observándola detenidamente y sintiendo una repulsión involuntaria al presenciar su desgarbada figura.

En ese mismo instante la otra puerta se abrió y apareció una joven, la misma que había visto el día anterior en el jardín. Alzó la mano y una sonrisa cruzó por su cara.

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-Esta es mi hija- dijo la princesa señalándola con el codo-. Zenaida, el hijo de nuestro vecino V.

¿Cómo se llama, por favor?

-VIadimir- contesté, levantándome y tartamu-deando de emoción.

-¿Su patronímico?

-Petrovich.

-Sí. Conocí a un jefe de policía que también se llamaba VIadimir Petrovich. Bonifacio, no busque las llaves. Las tengo en el bolsillo.

La joven seguía mirándome con la misma sonrisa, frunciendo un poco el ceño e inclinando la cabeza hacia un lado.

-Ya he visto a monsieur Voldemar- dijo ella. (Percibí como un dulce frescor el sonido plateado de su voz.)-. ¿Me permite que le llame así?

-¡Por Dios!- dije, balbuceando.

-¿Dónde fue eso?- preguntó la princesa.

La joven no contestó a su madre.

-¿Tiene algo que hacer ahora?- dijo al fin, sin dejar de mirarme.

-No.

-¿Quiere ayudarme a devanar una madeja? Venga conmigo.

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Me hizo una señal con la cabeza y salió de la sala. Me fui detrás de ella.

En la habitación donde entramos los muebles eran algo mejores y estaban distribuidos con mucho gusto, aunque tengo que confesar que en esos momentos no me pude fijar en nada. Me movía como si estuviera soñando y sentía un bienestar estúpidamente tenso.

La princesa se sentó, sacó una madeja de lana roja y señalando una silla, que estaba enfrente de mí desató con cuidado la madeja y la puso en mis manos. Todo esto lo hacía sin decir palabra, con una lentitud burlona y con la misma sonrisa, amplia y maliciosa, de sus labios entreabiertos. Empezó a enrollar la lana en una carta de baraja doblada por la mitad y, de pronto, me sorprendió con una mirada clara y fugaz, que me hizo bajar la cabeza. Cuando abría del todo sus ojos, que tenía normalmente se-micerrados, su cara cambiaba por completo. Era como si apareciese la luz en ella.

-¿Qué pensó de mí ayer, monsieur Voldemar?-

preguntó después de una pausa-. ¿Le he causado mala impresión?

-Yo, princesa... yo no pensé nada... ¿Cómo po-dría...?- contesté muy azorado.

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-Escúcheme- contestó ella-. No me conoce todavía. Soy muy rara y quiero que siempre me digan la verdad. Usted, según he oído, tiene dieciséis años y yo tengo veintiuno. Como ve, soy mucho mayor que usted y por eso tiene que decirme siempre la verdad... y obedecerme- añadió-. Míreme, ¿por qué no me mira?

Me azoré aún más, pero levanté la vista hacia ella. Ella sonrió, aunque no como antes, sino como si quisiera darme ánimo.

-Míreme- dijo, bajando cariñosamente la voz-.

No me desagrada que me miren. Me gusta su cara.

Presiento que seremos amigos. Y yo, ¿le gusto?- dijo con picardía.

-Princesa...- empecé yo.

-En primer lugar, llámeme Zenaida Alexandrovna. Y segundo, ¡vaya una costumbre la de los ni-

ños, la de la gente joven- rectificó ella- de no decir llanamente lo que sienten! Eso es bueno para los mayores, pero no para nosotros. Porque yo le gusto,

¿no es así?

-Naturalmente, me gusta usted mucho, Zenaida Alexandrovna. No quisiera ocultarlo.

Ella movió lentamente la cabeza.

-Tiene usted ayo, ¿no?- preguntó de repente.

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-No, hace mucho que no tengo ayo.

Mentía. No hacía ni un mes que me había des-pedido de mi ayo francés.

-¡Oh, ya lo veo! Es usted ya mayor.

Me dio un ligero golpe en los dedos.

-Tenga derechas las manos- me advirtió. Y empezó a devanar con cuidado la lana.

Aprovechando que no levantaba la vista, empecé a mirarla, primero furtivamente, luego cada vez con más confianza. Su rostro me pareció aún más hermoso que el día anterior. ¡Era tan fino, inteligente y hermoso! Estaba sentada de espaldas a la ventana, que tenía echada una cortina blanca. La luz del sol, atravesando la cortina, bañada con una luz suave sus cabellos abundantes y dorados, su casto cuello, sus redondeados hombros y el pecho, suave y tranquilo. La miraba, y ¡qué entrañable y querida empezaba a ser para mí! Empecé a tener la sensación de que la conocía desde hacía mucho tiempo y que antes de conocerla no sabía nada y no había vivido. Llevaba un vestido oscuro, algo gastado, y un delantal. Pienso que hubiese acariciado con gusto cada pliegue de ese vestido y de ese delantal.

La punta de los zapatos asomaba debajo de su vestido. Me hubiera inclinado reverentemente ante esos 23

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zapatos... «Estoy sentado delante de ella- pensaba-.

La he conocido. ¡Qué dicha, Dios mío!» Poco faltó para que saltara de emoción de la silla, pero sólo moví un poco los pies, como un niño que tiene en sus manos una golosina.

Me sentía a gusto, tal como se siente el pez en el agua. Me hubiera gustado quedarme en la habitación y no salir de ella durante un siglo.

Sus pestañas se levantaban suavemente. Otra vez brillaron cariñosos sus ojos claros, volviendo ella a sonreír.

-¡Qué manera de mirar es esa!- dijo lentamente, haciéndome un gesto amenazante con el dedo.

Me puse colorado... «Todo lo comprende, todo lo ve- pensé-. ¡Y cómo no lo va a comprender y ver todo!»

De repente, en la habitación contigua se oyeron unos golpes y el tintineo de un sable.

-¡ Zenaida!- gritó la princesa desde la sala-. Belovsorov te ha traído un gatito.

-¡Un gatito!- exclamó Zenaida, que, levantándose bruscamente de la silla, tiró el ovillo de lana sobre mis rodillas y salió corriendo.

Yo también me levanté y, después de colocar la madeja y el ovillo sobre la ventana, entré en la sala y 24

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me detuve desconcertado: en medio de la habitación había un gatito a rayas, espatarrado. Zenaida estaba de rodillas delante de él y le acariciaba con cuidado el hocico. Al lado de la princesa, tapando casi el lienzo de la pared, entre ventana y ventana, vi un buen mozo, un húsar rubio, de pelo encrespado, cara sonrosada y ojos saltones.

-¡Qué gracioso!- repetía Zenaida-. Sus ojos no son grises, sino verdes, ¡y qué grandes! Muchas gracias, Víctor Egorovich. Es usted muy amable.

El húsar, a quien conocí como uno de los jóvenes que había visto el día anterior, sonrió e hizo una reverencia haciendo tintinear las espuelas y los anillos del sable.

-Como ayer se dignó usted expresar su deseo de tener un gatito a rayas y con grandes orejas... pues me he encargado de encontrarlo. Mi palabra es ley-manifestó, repitiendo la reverencia.

El gatito emitió un sonido débil y empezó a ol-fatear el suelo.

-Está hambriento. ¡Bonifacio!, ¡Sonia! Tráiganle leche.

La criada vestida con un traje amarillo, ya viejo, y un pañuelo desteñido al cuello, entró con un pla-tito de leche en la mano y lo puso delante del gatito.

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Este se estremeció, cerró los ojos y empezó a sorber le leche.

-¡Qué lengüita tan rosada tiene!- dijo Zenaida bajando la cabeza casi al ras del suelo y mirándolo, ladeando la cabeza, casi por debajo de su nariz.

El gatito sació su hambre y empezó a ronro-near, moviendo con coquetería las patas. Zenaida se levantó y, volviéndose hacia la criada, le dijo sin el menor interés:

-Llévatelo.

-Zenaida, su mano por el gatito- pidió el húsar enseñando los dientes y cimbreando su enorme cuerpo ceñido por un ajustado uniforme nuevo.

-Las dos- replicó Zenaida y le dio las dos manos. Mientras las besaba el húsar, Zenaida me miraba por encima del hombro.

Permanecía inmóvil en el mismo sitio, y no sa-bía si reírme, decir algo, o simplemente seguir callado. De repente, vi por la puerta de la sala, que estaba abierta, la figura de nuestro lacayo Fiodor.

Me hacia señales con las manos. Salí automáticamente hacia él.

-¿Qué quieres?- le pregunté.

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-Su mamá me ha mandado por usted- dijo en voz baja-. Está enfadada porque todavía no ha re-gresado con la respuesta.

-¿Llevo aquí mucho tiempo?

-Más de una hora.

-¡Más de una hora!- repetí sin poder contener-me. Y, volviendo a la sala, empecé a hacer la reverencia de despedida, moviendo los pies.

-¿A dónde va?- preguntó la princesa, asomando la cabeza por detrás del húsar.

-Tengo que ir a casa. Bueno- añadí dirigiéndome a la vieja- diré que vendrán ustedes dos.

-Dígalo así, hijo.

La princesa sacó precipitadamente la caja del rapé y lo aspiró emitiendo un sonido tan fuerte que hasta sentí una sacudida.

-Dígalo así- repitió, moviendo sus párpados llo-rosos y tosiendo.

Volví a hacer la reverencia, me di la vuelta y salí de la habitación con esa sensación incómoda que siente todo hombre demasiado joven cuando sabe que están mirándolo.

-Oiga, monsieur Voldemar, venga de nuevo a visitarnos- dijo la princesa y rió otra vez.

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«¿Por qué se reirá siempre?, pensaba cuando volvía a casa acompañado de Fiodor, que no decía nada, pero iba detrás de mí mostrando su desapro-bación. Mi madre censuró mi tardanza. Estaba in-trigada con lo que podía haber estado haciendo durante tanto tiempo en casa de la princesa. No le dije nada y me marché a mi habitación. Me sentí muy triste de repente... Hacía esfuerzos para no llorar... Tenía celos del húsar.

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Capítulo V

La princesa, tal como había prometido, visitó a mi madre, pero no le cayó simpática. No estuve en la visita, pero mi madre le comentó a mi padre, cuando estábamos comiendo, que la princesa Zasequin le parecía « une femme très vulgaire», que la había cansado con sus peticiones de que intercediera por ella ante el príncipe Sergio sobre no sabía qué liti-gios y asuntos « des vilaines affaíres d'argent» y que debía ser muy chismosa. Pero mi madre también añadió que había invitado a ella y a su hija a que vinieran al día siguiente a comer (al oír «y a su hija» hundí la nariz en el plato), porque, a pesar de todo, era vecina y con título. A esto, mi padre dijo que recordaba quién era esa señora, ya que conoció de joven al príncipe Zasequin, ya fallecido, hombre de una educación esmerada, pero poco inteligente y capricho-29

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so. Era conocido en sociedad por el apodo de « le Parisien», porque había vivido largo tiempo en París.

Había sido muy rico, pero perdió toda su fortuna en el juego, y no se sabe por qué, probablemente por dinero, aunque podía haber elegido mejor- añadió mi padre y sonrió fríamente-, se casó con la hija de un oficinista y, después de casarse, se metió en ne-gocios y se arruinó definitivamente.

-Seguramente pedirá dinero prestado- dijo mi madre.

-Es muy posible- dijo fríamente mi padre-.

¿Habla francés?

-Muy mal.

-Hum... Es igual. Me parece que te he oído decir que has invitado también a la hija. Alguien me ha dicho que es una chica simpática y bien educada.

-¡Ah!, entonces no ha salido a su madre.

-Ni a su padre- contestó mi padre-. Era también una persona bien educada, pero poco inteligente.

Mi madre suspiró y se quedó pensativa. Mi padre calló. Yo me sentí muy azorado durante esta conversación.

Después de comer me fui al jardín, pero sin la escopeta. Me prometí no acercarme al «jardín de los Zasequin», pero algo más fuerte que mi voluntad 30

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me empujaba hacia aquel lugar y no sin causa. Apenas me había acercado a la valla, cuando vi a Zenaida. Esta vez estaba sola. Tenía en las manos un libro pequeño y andaba lentamente por el camino.

No advirtió mi presencia.

Casi me la dejé escapar, pero me di cuenta a tiempo y tosí, mas no se detuvo, sino que se echó hacia atrás con la mano una cinta ancha de color, azul que colgaba de su sombrero redondo de paja, me miró, sonrió apenas y otra vez volvió la vista hacia el libro.

Me quité la gorra y, demorándome un poco, me marché muy pesaroso. « Que suis-je pour elle», pensé (Dios sabe por qué) en francés.

Oí detrás de mí un sonido de pasos que conocía. Me volví, y vi que mi padre, con su rápida y li-gera manera de andar, se acercaba a mí.

-¿Es la princesa?- me preguntó.

-Sí, es ella.

-¿Es que la conoces?

-La he visto hoy en casa de su madre.

Mi padre se detuvo y girando súbitamente sobre sus talones se fue en la dirección que había venido.

Al alcanzar a Zenaida le hizo una reverencia cortés.

Ella también le contestó con una reverencia, no sin 31

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expresar cierto asombro. Vi cómo lo seguía con la vista. Mi padre siempre se vestía elegantemente, con originalidad y sencillez. Pero nunca su figura me pareció esbelta, nunca llevó con tanta distinción el sombrero sobre su cabello encrespado, que ya empezaba a caer.

Quise acercarme a ella, pero ni me miró. Levantó su libro a la altura de los ojos y se marchó.

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Capítulo VI

Pasé la tarde y la mañana del día siguiente en un estado de triste somnolencia. Recuerdo que quise trabajar y abrí el manual de Kaidanov, pero en vano miraba las líneas del libro y pasaba las páginas del famoso manual. Por lo menos diez veces leí que

«Julio César se distinguió por su valor militar», pero no comprendía nada y cerré el libro. Antes de la comida otra vez me di crema y me puse la chaqueta y la corbata.

-¿Para qué te vistes así?- preguntó mi madre-.

No eres todavía estudiante y sólo Dios sabe si aprobarás. ¿Es que hace tanto que te han hecho el blusón? ¿O quieres que lo tiremos ya?

-Es que tenemos invitados- dije en voz baja, casi al borde de la desesperación.

-¡Vaya tontería! ¿Qué invitados son ésos?

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Había que obedecer. Me cambié la chaqueta por el blusón, pero no me quité la corbata. La princesa madre y su hija llegaron media hora antes de comer.

La vieja se había puesto encima de su vestido verde, que ya conocía, un chal amarillo y se puso una cofia pasada de moda con cintas de color chillón. Enseguida empezó a hablar de sus letras de cambio. Sus-piraba, lamentaba su pobreza, «daba la murga», pero no se andaba con ceremonias, aspiraba el rapé con el ruido acostumbrado, se revolvía sobre la silla co-mo la vez anterior. Daba la sensación de que ni siquiera le pasaba por la cabeza que era princesa. En cambio, Zenaida adoptó un aire grave, casi de superioridad, como una verdadera princesa. Su cara ad-quirió una expresión de fría inmovilidad y dignidad.

No la conocía, ni reconocía tampoco su manera de mirar y sonreírse, aunque esta nueva imagen suya me parecía bellísima. Llevaba un vestido ligero de gasa con dibujos de color azul claro. El pelo le caía en bucles por las mejillas, según la moda inglesa.

Este peinado le iba muy bien a la expresión fría de su cara. Durante la comida mi padre estaba sentado a su lado y daba conversación a su vecina con esa cortesía elegante y reposada que le caracterizaba. De vez en cuando la miraba y ella también, pero de una 34

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manera muy extraña, casi con hostilidad. Hablaban en francés. Me acuerdo de que me sorprendió la pureza del acento de Zenaida. En el transcurso de la comida la princesa madre seguía sin arredrarse por nada, comiendo mucho y haciendo elogios de los platos. Mi madre, al parecer, estaba ya cansada de ella y le contestaba con aire de ligero y resignado desprecio. Mi padre, de vez en cuando, fruncía el ceño. Zenaida tampoco le gustó a mi madre.

-Es una soberbia- dijo al día siguiente- ¿Y por qué presume tanto? Avec sa mine de grisette!

-Me parece que no has visto nunca a las grisettes-

dijo mi padre.

-¡Gracias a Dios!

-Desde luego... Pero, ¿cómo puedes opinar de ellas?

Zenaida no me hacía ningún caso. Al poco rato de terminar la comida, la princesa empezó a despedirse.

-Confío en su protección, Maria Nikolayevna y Piotr Vasilievich- dijo, como si entonase una melo-día, a mi padre y a mi madre-. ¿Qué puede uno hacer? Tuvimos buenos tiempos, pero ya se fueron.

Heme aquí, con categoría de alteza- añadió riéndose 35

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desagradablemente-. Pero, ¿de qué sirve la nobleza si no da para comer?

Mi padre le hizo una reverencia cortés y la acompañó hasta la puerta de salida. Yo estaba de pie, vestido con mi blusón corto, y miraba al suelo, como si me hubieran condenado a muerte. La actitud de Zenaida hacia mí me aniquiló definitivamente. Cuál no sería mi sorpresa, cuando, al pasar a su lado, me dijo muy de prisa en voz baja, con esa expresión cariñosa en los ojos que ya conocía:

-Venga a visitarnos hoy a eso de las ocho, ¿me oye? Venga sin falta.

Yo sólo pude expresar mi sorpresa moviendo las manos, pero ella ya se había ido, echándose sobre la cabeza un chal blanco.

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Capítulo VII

A las ocho en punto, vestido con la chaqueta y peinado con esmero, entraba yo en la antesala del ala de la casa donde vivía la princesa. El criado viejo me miró hoscamente y se levantó de la silla con desgano. En la sala se oían voces alegres. Abrí la puerta y, a causa del asombro, di un paso hacia atrás. En medio de la habitación, subida sobre una silla, estaba la princesa sujetando con sus manos un sombrero de caballero. La rodeaban cinco hombres.

Querían meter la mano en el sombrero, pero ella lo subía y lo agitaba. Cuando me vio, dijo en voz alta:

-Un momento, un momento. Tenemos un nuevo invitado. Hay que darle también un billete- y, saltando de la silla con agilidad, me cogió por la solapa de la chaqueta-. Vamos- dijo-, ¿por qué se queda parado? Messieurs, permítanme que les presente a 37

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monsieur Voldemar, el hijo de nuestro vecino. Aquí-

dijo, dirigiéndose a mí y mostrándome por turno a los invitados- el conde Malevskiy, el doctor Lushin, el poeta Maidanov, el capitán Nirmatskiy, ya retirado, y Belovsorov, el húsar que usted ya conoce. Espero que sean buenos amigos.

Estaba tan aturdido que no saludé a nadie. El doctor Lushin resultó ser aquel señor moreno que tan despiadadamente me hizo avergonzarme en el jardín. A los otros no los conocía.

-¡ Conde!- siguió Zenaida-. Escríbale su billete a monsieur Voldemar.

-Eso no es justo- replicó el conde, con ligero acento polaco, hombre moreno, de bellas facciones, vestido con mucha elegancia, ojos castaños muy expresivos, nariz blanca y fina y un bigotito sobre una boca minúscula-. El señor no jugó con nosotros a las prendas.

-No es justo- repitieron Belovsorov y el que ha-bía sido presentado como capitán retirado, de unos cuarenta años, que tenía la cara feamente picada de viruelas, el pelo rizado como un moro, y era cargado de hombros, torcido de piernas, vestido con una chaqueta militar sin galones, que llevaba desabro-chada.

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¡Escriba el billete, se lo ordeno!– repitió la princesa-. ¿Qué motín es este? Monsieur Voldemar está con nosotros por primera vez. Hoy no hay leyes para él. ¡Nada de protestar! ¡Escriba, pues así lo quiero yo!

El conde levantó los hombros, pero, inclinando sumisamente la cabeza, cogió la pluma con su mano blanca adornada con varias sortijas, cortó un trozo de papel y empezó a escribir en él.

-Por lo menos, permítame explicarle al señor Voldemar de qué se trata- empezó Lushin con voz socarrona-, porque está completamente desconcertado. Verá usted, joven, y estamos jugando a las prendas. A la princesa le toca pagar una sanción. El que saque el billete de la suerte tendrá derecho a besarle la mano. ¿Ha comprendido usted lo que le acabo de decir?

Sólo pude dirigirle una mirada. Seguía de pie, como enajenado. La princesa subió de nuevo a la silla de un salto y empezó otra vez a mover el sombrero. Todos alargaron sus manos y yo con ellos.

-Maidanov- dijo la princesa a un joven alto, en-juto de cara, de ojos pequeños miopes y pelo muy largo de color negro-. Usted, como poeta, debería 39

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ser generoso y ceder su billete a monsieur Voldemar, para que tenga dos oportunidades en vez de una.

Pero Maidanov hizo un gesto negativo con la cabeza y agitó su cabello. Yo metí último la mano en el sombrero y abrí mi billete... ¡Dios mío, lo que me pasó cuando vi escrita la palabra! «beso»!

-¡Beso!- grité sin querer.

-¡Bravo, ha ganado!- dijo la princesa-. ¡Qué contenta estoy!

Bajó de lasilla y me miró a los ojos con una mirada tan diáfana y dulce que mi corazón se estremeció.

-Y usted ¿está contento?- preguntó.

-¿Yo?- respondí apenas.

-Véndame su billete- rugió inesperadamente en mi oído Belovsorov-. Le daré cien rublos.

Contesté al húsar con una mirada que expresaba tal indignación, que Zenaida batió palmas y Lushin exclamó: ¡«Bravo»!

-Pero- siguió él-, como maestro de ceremonias, tengo la obligación de supervisar el cumplimiento de todas las reglas. Monsieur Voldemar, doble una rodilla. Esa es la costumbre.

Zenaida se plantó delante de mí, ladeó un poco la cabeza como para verme mejor y me tendió la 40

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mano con mucha dignidad. La vista se me nubló.

Quise doblar una rodilla, pero caí sobre las dos.

Acerqué los labios a la mano de Zenaida con tanta torpeza que me arañé un poco la punta de la nariz con una uña.

-¡Bien!- gritó Lushin y me ayudó a levantar.

El juego de las prendas seguía. Zenaida hizo que me sentara a su lado.

¡Qué castigos no inventaría! Tuvo que hacer, por cierto, de estatua y eligió como su propio pe-destal al feo Nirmatskiy. Le mandó que se y tirara al suelo y se escondiera su cara bajo el pecho. Las risas no cesaban ni un minuto. A mí, niño educado en la soledad y en el ambiente de una casa señorial seria, se me subió a la cabeza esta alegría sin convencio-nes, casi impetuosa, esta manera de relacionarme con gente desconocida. Simplemente me emborra-ché, como si hubiese bebido vino. Empecé a reírme y hablar subiendo la voz más que nadie, de manera que hasta la vieja princesa, que estaba en la habitación de al lado con un gestor de Iverskiye Vorota, a quien había llamado para pedirle consejo, salió de la habitación para verme. Pero me sentía tan feliz, que, como suele decirse, me importaba todo un bledo y no hacía ningún caso a las réplicas irónicas y mira-41

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das de reprobación. Zenaida seguía mostrándome su predilección y no me dejaba marchar de su lado.

Durante una sanción pude estar junto a ella, cubierto con su mismo pañuelo de seda. Tenía que decirle mi secreto. Me acuerdo de cómo nuestras cabezas entraron en una penumbra sofocante, se-mitransparente y penetrada de un aroma que ma-reaba. ¡Con qué suavidad brillaban sus ojos en esta penumbra! íCómo respiraban con ansiedad sus labios semiabiertos! ¡Cómo se veían sus dientes mientras las puntas de su cabello me rozaban quemándome! Yo callaba. Ella sonreía con misterio y malicia y por fin me dijo:

-Bueno, ¿qué?

Las prendas nos cansaron y empezamos a jugar a la cuerda. ¡Dios mío! ¡Qué arrebato sentí, cuando, al distraerme, me gané un brusco y fuerte golpe en los dedos! Después intentaba adrede hacer como si me descuidaba, pero ella se burlaba de mí y no tocaba las manos que le tendía.

¡Qué no hicimos durante esa tarde! Tocamos el piano, cantamos, bailamos, representamos un cam-pamento gitano: vestimos a Nirmatskiy de oso y le dimos de beber agua con sal. El conde Malevskiy nos enseñó varios juegos malabares con las cartas y 42

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terminó barajándolas y quedándose con todos los ases en el juego del whist, por lo que Lushin «tuvo el honor de felicitarlo». Maidanov nos recitó frag-mentos de su poema El asesino (estábamos en pleno auge del romanticismo). Lo quería editar con pastas negras, con el título en letras de color de la sangre.

Robamos al tendero de Iverskiye Vorota el gorro que tenía sobre las rodillas y le obligamos, como rescate, a bailar la danza kazachoc. Al viejo Bonifacio le pusimos una cofia, y la princesa se puso un sombrero de caballero... No es posible contarlo todo.

Sólo Belovsorov no salía del rincón, donde permanecía ceñudo y enfadado... A veces sus ojos se lle-naban de sangre, enrojecía y parecía que en ese mismo momento iba a lanzarse sobre todos nosotros y que nos tiraría, como astillas, por todos los lados. Pero la princesa le lanzaba una mirada, le amenazaba con el dedo y él volvía a permanecer iracundo en su rincón.

Por fin, se nos agotaron las fuerzas. La princesa era, como ella misma decía, incansable. No le arre-draba ningún esfuerzo, pero también ella sintió cansancio y dijo que quería descansar. A las doce de la noche la cena, que consistía en un pedazo de queso ya rancio y unas empanadillas frías de jamón picado, 43

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que me parecieron más ricas que cualquier foie-gras.

Había sólo una botella de vino, cuya forma era algo rara: oscura, con el cuello dilatado, de tal manera que el vino en ella parecía tinta roja. Aunque la verdad es que nadie lo bebía. Cansado y feliz hasta la extenuación, me marché de la casa. Al despedirse Zenaida, me apretó la mano y sonrió de una manera misteriosa.

La noche lanzó su aliento pesado y húmedo sobre mi cara acalorada. Parecía que se estaba prepa-rando una tormenta. Nubes negras crecían y se extendían por el cielo, cambiando, a la vista de nuestros ojos, sus contornos de humo. El viento tiritaba impaciente en los árboles oscuros, y en al-gún lugar de la lejanía, detrás del horizonte, murmuraba en voz baja, enfadado, el trueno.

Entré en la habitación por la puerta de atrás. Mi criado dormía en el suelo y tuve que pasar por encima de él. Se despertó y me comunicó que mi madre otra vez se había enfadado conmigo y que quería enviar a alguien a buscarme, pero que mi padre la convenció para que no lo hiciera. (Yo nunca me acostaba sin despedirme de mi madre y sin pedirle la bendición). ¡No había nada que hacer!

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Dije al criado que me quitaría la ropa solo y me metería en la cama y apagué la vela... Pero ni me desvestí, ni me acosté...

Me senté en la silla y estuve así sentado durante mucho tiempo como hechizado... ¡Lo que sentía era tan nuevo y tan dulce! Seguía sentado, mirando un poco hacia atrás, sin moverme, y sólo de vez en cuando me reía calladamente, recordando algo, o me estremecía al pensar que estaba enamorado, que lo que sentía era el amor. Delante de mí el rostro de Zenaida flotaba calladamente en la oscuridad. Flotaba y no acababa de pasar. Sus labios seguían son-riendo misteriosamente; sus ojos me miraban un poco ladeados, interrogantes, pensativos y cariñosos... como en el instante en queme despedí de ella.

Por fin me levanté, me acerqué de puntillas a mi cama y puse con cuidado mi cabeza sobre la almohada, sin desnudarme, como si tuviese miedo de ahuyentar con algún movimiento brusco el sentimiento que me embargaba...

Me acosté, pero ni siquiera cerré los ojos.

Pronto noté que empezaban a entrar en mi habitación unos débiles destellos. Me incorporé y miré a la ventana. El marco se distinguía ya claramente de los cristales, que emitían una tibia y misteriosa luz blan-45

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ca. «Hay tormenta», pensé, y, en efecto, había tormenta, pero sonaba muy lejos. Apenas los truenos se oían: sólo se veían en el cielo unos rayos opacos, largos y ramificados. Mas que brillar se sacudían convulsivamente, como el ala de un pájaro mori-bundo. Me levanté, me acerqué a la ventana y estuve allí hasta la mañana del día siguiente. Los rayos no cesaban ni un solo momento. Era lo que en el pueblo llaman una noche de gorrión. Miraba ab-sorto el descampado de arena, la masa oscura del jardín Nescuchnoye, las fachadas amarillentas de los edificios lejanos, que también parecían estremecerse a cada destello... Miraba y no podía dejar de mirar: esos rayos mudos, esos destellos contenidos parecían armonizar con los estremecimientos mudos que destellaban en mi interior. Empezó a amanecer.

Manchas de color carmín anunciaban la aurora.

Conforme amanecía, los relámpagos palidecían y se hacían más cortos. Ya iban perdiendo intensidad y al fin desaparecieron ahogados por la luz del nuevo día.

También desaparecieron los destellos luminosos en mi interior. Sentí un gran cansancio y el peso del silencio... pero la imagen de Zenaida seguía volando triunfante sobre mi alma. Sólo que esta imagen pa-46

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recía que estaba ya apaciguada. Como un cisne blanco se sacude las hierbas del pantano, así se separó ella de otras figuras prosaicas que la circunda-ban, y yo, durmiéndome ya, le rendí con mi recuerdo un culto confiado de despedida...

¡Oh, sentimientos humildes, sonidos blandos, bondad y tranquilidad de un alma conmovida, alegría diluida de las primeras devociones del amor!

¿Dónde estáis? ¿Dónde estáis...?

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Capítulo VIII

Al día siguiente por la mañana, cuando bajé para tomar el té, mi madre me riñó, pero menos de lo que esperaba, y me obligó a contar cómo había pasado la tarde del día anterior. Le contesté en pocas palabras, omitiendo muchos detalles y tratando de presentarlo de la forma más inocente.

-A pesar de todo, no son gente comme il faut- dijo mi madre-. No tienes por qué meter la nariz en esa casa, en lugar de preparar tu examen y estudiar.

Como sabía que las preocupaciones de mi madre por mis estudios no iban más allá de estas palabras, no creí necesario contradecirle, pero, después de tomar el té, mi padre me cogió del brazo y, sa-liendo conmigo al jardín, me hizo contarle todo lo que había visto en casa de los Zasequin.

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Era extraña la influencia que tenía mi padre sobre mí, y extrañas eran nuestras relaciones. No se ocupaba en absoluto de mi educación, pero jamás me insultaba. Respetaba mi libertad hasta tal punto, que era, si se puede decir así, cortés conmigo..., sólo que no accedía a que me acercase a él. Le quería, le admiraba, me parecía un modelo de hombre, y,

¡Dios mío, con qué pasión me hubiese acercado a él, si no hubiese sentido la mano que nos separaba! En cambio, cuando quería, sabía casi instantáneamente, con una sola palabra, con un solo movimiento, inspirar en mí una confianza sin límites. En esos momentos mi alma se abría, hablaba con él sin trabas, como si fuese un amigo comprensivo, un mentor benevolente... Después me dejaba de una manera igualmente inesperada y su indiferencia volvía a se-pararme de él de un modo suave y cariñoso, pero decidido.

A veces estaba de buen humor y entonces era capaz de jugar y hacer travesuras conmigo, como si fuese un niño (le gustaba cualquier movimiento corporal que exigiese esfuerzo.) Una vez (¡una sola vez!) me acarició con tanta ternura, que faltó poco para que llorase..., pero su buen humor, junto con su ternura, desaparecieron sin dejar rastro y lo que 49

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ocurrió entre nosotros no me dio esperanza alguna para el futuro, como si todo hubiera sido un sueño.

Me ponía a veces a contemplar su rostro inteligente, diáfano, de bellas facciones... y mi corazón empezaba a temblar. Todo mi ser se dirigía hacia él... parecía que comprendía lo que estaba pasando en mí.

Entonces me acariciaba la mejilla y luego se mar-chaba, o empezaba a ocuparse de otra cosa, o de repente adoptaba una actitud fría, como sólo él sa-bía hacerlo. En ese mismo instante yo me quedaba helado y me replegaba sobre mí mismo.

Estos momentos de ternura hacia mí, a los que pocas veces se entregaba, nunca estaban motivados por mis súplicas, silenciosas aunque evidentes.

Siempre venían de una manera inesperada. Medi-tando más tarde sobre el carácter de mi padre llegué a la conclusión de que otras cosas le impedían pensar en mí y en la vida familiar. Amaba otra cosa y supo gozar de esa otra cosa plenamente. «Coge todo lo que puedas, pero no te dejes dominar. Ser dueño de uno mismo, ése es el truco de la vida», me dijo una vez. Otra vez, en calidad de joven demócrata, me puse en su presencia a razonar sobre la libertad (ese día tenía un momento «bueno», como yo lo 50

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llamaba. Entonces se podía hablar con él de lo que fuese).

-Libertad- repitió-. ¿Sabes tú lo que puede hacer libre a un hombre?

-¿Qué?

-Su voluntad, su propia voluntad, y le dará también poder, que es mejor que libertad. Aprende a querer y así serás libre y mandarás.

Mi padre, antes que nada y más que otra cosa, quería vivir... y vivía. Quizá presentía que no dis-frutaría durante mucho tiempo del «truco» de la vi-da: murió a los cuarenta y dos años.

Le conté a mi padre con todo detalle la visita a la casa de los Zasequin. Me escuchaba medio aten-to, medio distraído, sentado en un banco y dibujan-do algo con la punta de una vara. Se reía de vez en cuando, me miraba de una manera inocente y socarrona, y me incitaba con preguntitas y objeciones.

Al principio no me atreví a pronunciar el nombre de Zenaida, pero no me pude contener y empecé luego a cantar sus alabanzas. Mi padre de vez en cuando se reía. Luego se quedó pensativo, se ende-rezó y se levantó.

Me acordé de que al salir de casa había mandado que le ensillaran un caballo. Era un buen jinete y 51

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sabía domar, mucho antes que el señor Reri, a los caballos díscolos.

-¿Voy contigo, padre?- le pregunté.

-No- contestó, y en su rostro adoptó la expresión indiferente y atenta de siempre-. Vete solo si quieres, y dile al caballerizo que esta vez no salgo.

Me dio la espalda y rápidamente se marchó. Le seguí con la vista, hasta que desapareció detrás de la puerta. Vi cómo su sombrero se movía por encima de la valla: entró en casa de los Zasequin.

No estuvo allí más de una hora, pero inmediatamente después se marchó a la ciudad y no volvió a casa hasta la tarde.

Después de la comida fui yo mismo a ver a los Zasequin. En la sala encontré a la vieja princesa so-la. Al verme, se rascó la cabeza por debajo de la cofia con el extremo de la aguja de hacer punto y, sin más, me preguntó si podría pasarle a limpio una instancia.

-Con mucho gusto- contesté y me senté en el borde de una silla.

-Sólo que cuide de poner las letras lo más grandes posible- dijo la princesa, tendiéndome una hoja llena de garabatos-. ¿Podría hacerlo hoy?

-Hoy lo hago.

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La puerta de la habitación contigua se entrea-brió un poco y pude ver en el hueco de la puerta el rostro de Zenaida, pálido, pensativo, con el pelo descuidadamente echado hacia atrás. Me miró con sus ojos grandes y fríos y cerró con cuidado la puerta.

-¡ Zenaida, Zenaida!- dijo la vieja.

Zenaida no contestó. Me llevé la instancia de la vieja y la estuve copiando toda la tarde.

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Capítulo IX

Mi «pasión» empezó ese día. Recuerdo que sentí algo parecido a lo que debe sentir un hombre que ha encontrado un empleo: dejé de ser simplemente un joven adolescente para convertirme en un enamorado. He dicho anteriormente que desde aquel día empezó mi pasión. Podría añadir que mis sufrimientos también empezaron ese mismo día. Sufría en ausencia de Zenaida. Mi mente no podía fijarse en nada y todo se me caía de las manos. Durante días enteros pensaba obstinadamente en ella... Su-fría... pero en su presencia me sentía más aliviado.

Tenía celos, comprendía que era poca cosa para ella, me enfadaba tontamente y tontamente me humilla-ba. A pesar de todo, una fuerza irresistible me llevaba hacia ella, y cada vez que traspasaba el umbral de su casa sentía una bocanada de felicidad. Zenaida 54

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comprendió en seguida que estaba enamorado, y yo no pensé nunca en ocultarlo. Ella se reía de mi pa-sión, jugaba conmigo, me mimaba y me hacía sufrir.

Es dulce ser la única fuente, la causa tiránica e ina-pelable de las grandes dichas y de la desesperación más honda de otro ser, y yo era, en manos de Zenaida, como la blanda cera.

Hay que decir que no era el único que se había enamorado de ella. Todos los hombres que visita-ban su casa estaban locos por Zenaida y ella los te-nía a todos a sus pies. Le divertía inspirarles unas veces confianza y otras, dudas, y manipularlos según su capricho (a esto llamaba «hacer que los hombres choquen los unos contra los otros»), y ellos no pen-saban hacer resistencia y se sometían con gusto. En todo su ser, lleno de vitalidad y belleza, había una mezcla de astucia y despreocupación, de afectación y sencillez, de calma y vivacidad. Sobre todo lo que hacía o decía, sobre cada movimiento suyo lleno de fina y delicada gracia, sobre todo su ser se traslucía su fuerza original y juguetona. Su cara también cambiaba constantemente, como en un juego ince-sante: casi al mismo tiempo expresaba ironía, serie-dad y apasionamiento. Pasaban sin cesar por sus ojos y labios los más diversos, inestables y fugaces 55

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sentimientos, como sombra de nubes en un día de sol y viento.

Cada uno de sus admiradores le era necesario.

Belovsorov, a quien llamaba «mi animal», o simplemente «mío», se hubiera dejado gustoso prender fuego por ella. No esperando nada de sus capacidades mentales y demás virtudes, le propuso, sin embargo, casarse con él, insinuando que lo de los otros sólo eran palabras. Maidanov respondía a la vena poética de su alma. Hombre bastante frío, como casi todos los escritores, trataba obstinadamente de convencerla-probablemente también a sí mismo- de que la adoraba. La cantaba en versos interminables y se los declamaba con entusiasmo poco natural, pero sincero. Ella le compadecía, y a la vez se burlaba un poco de él. No le creía demasiado y, después de haber escuchado atentamente sus expansiones, le obligaba a leer algo de Pushkin, para despejar el aire, como decía. Lushin, hombre mordaz, aparentemente cínico y médico de profesión, la conocía mejor que todos y la amaba más que nin-guno, aunque a sus espaldas y en presencia de ella la injuriaba. Lo respetaba, pero no le hacía ninguna concesión y, algunas veces con un deleite especial y 56

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maligno, le hacía sentir que él también estaba en sus manos.

-Soy una coqueta, no tengo corazón, soy una actriz- le dijo una vez delante de mí-. Pues bien, deme su mano, que le voy a clavar un alfiler. Sentirá vergüenza ante este joven, sentirá dolor, pero sin duda tendrá la bondad de reírse.

Lushin se sonrojó, se dio la vuelta, se mordió el labio, pero todo terminó con que le dio la mano. Le pinchó, y él, efectivamente, empezó a reírse... y ella se reía también, introduciendo bastante profundamente el alfiler y mirándole a los ojos, que él en va-no procuraba mover de un sitio a otro.

Lo que peor comprendía eran las relaciones que existían entre Zenaida y el conde Malevskiy. Este era un hombre de buen ver, hábil y listo, pero, a pesar de ser un niño a mis dieciséis años, creía adivinar en él algo falso, algo sospechoso, y me sorprendía que Zenaida no notara nada de esto.

Pudiera ser que ella percibiera esa falsedad, pero no le molestaba. Una educación equivocada, extrañas amistades y costumbres, la presencia continua de su madre, la pobreza y el desorden de su casa, todo ello, empezando por la libertad de que gozaba la joven y la conciencia de su superioridad sobre los 57

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que la rodeaban, desarrollaron en ella una actitud de abandono e indolencia semidesdeñosa. Ocurría que, pasase lo que pasase, ya viniese Bonifacio a anunciar que no había azúcar, ya saliese a relucir algún chis-me desagradable, o que se peleasen los invitados, ella sólo sacudía sus rizos y decía:

-Tonterías.

Y ya no había más problema.

En cambio, sentía hervir la sangre cuando Malevskiy se acercaba a ella balanceándose como un zorro, se apoyaba con elegancia en el respaldo de su silla y empezaba a decirle algo en voz baja al lado con una sonrisita servil y autosuficiente. Ella cruza-da las manos, le miraba atentamente, sonreía y mo-vía la cabeza.

-¿Qué necesidad tiene de escuchar al señor Malevskiy?- le pregunté una vez.

-Es porque tiene un bigotito muy bonito- contestó-. Pero eso a usted no le importa.

-¿Piensa usted que le quiero?- me dijo en otra ocasión-. No, no amo a los que tengo que mirar de arriba abajo. Necesito alguien me domine... No encontraré a nadie así, si Dios quiere. No me someto a nadie. ¡Ni hablar!

-Entonces, ¿no amará usted nunca?

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-¿Y es que a usted no lo amo?- dijo y me dio un golpe en la nariz con la punta del guante.

Sí, Zenaida se reía mucho de mí. Durante tres semanas la vi a diario, y ¡qué cosas no haría conmigo! Rara vez nos visitaba, pero yo no lo lamentaba: en nuestra casa se transformaba en una señorita, una joven princesa, y eso me cohibía. Temía descu-brirme delante de mi madre- a quien Zenaida no caía en gracia-, que siempre nos observaba hostil-mente. A mi padre le tenía menos miedo: parecía que no advertía mi presencia, dedicándose a hablar en algunas ocasiones con ella, pero siempre de cosas que tenían mucho sentido. Dejé de estudiar, leer y hasta de dar paseos y montar. Como un escarabajo al que le han atado la pata con un hilo, siempre daba vueltas alrededor del ala tan querida de la casa. Me habría quedado allí siempre... Pero era imposible: mi madre se enfadaba y a veces la propia Zenaida era la que me echaba. Entonces me encerraba en mi habitación o me iba al otro extremo del jardín, me su-bía a las ruinas de un alto invernadero de piedra y, con los pies colgando sobre la carretera, permanecía sentado en el muro exterior durante horas y miraba, miraba sin ver nada. Cerca de mí, sobre las ortigas cubiertas de polvo, revoloteaban con parsimonia 59

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mariposas blancas, mientras un diestro gorrión se sentaba cerca sobre un rojo ladrillo roto y piaba enfadado, moviendo el cuerpo y desplegando la cola.

Los cuervos, todavía recelosos, graznaban de vez en cuando, sentados en lo alto de la copa abierta de un abedul. El sol y el viento jugueteaban tranquilos en su escaso ramaje, mientras el repicar tranquilo y triste de las campanas del monasterio Donskoy llegaba de vez en cuando. Yo seguía sentado mirando y escuchando, y mientras todo mi ser se impregnaba de un sentimiento inenarrable, en el que estaba con-centrado todo: la melancolía, la alegría, el presentimiento del futuro, el deseo y miedo de vivir. Pero entonces no comprendía absolutamente nada de eso y no sabía llamar por su propio nombre nada de lo que bullía en mi interior. Hoy lo llamaría con un solo nombre, el nombre de Zenaida.

Y Zenaida seguía jugando conmigo, como un gato con un ratón. Unas veces coqueteaba conmigo y yo entonces me excitaba y perdía la noción del tiempo; otras veces ella se alejaba de mí y yo entonces no tenía el valor de volver a acercarme a ella o de mirarla.

Recuerdo que durante unos días estuvo muy fría conmigo. Yo, completamente acobardado, entraba 60

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sigilosamente en su casa e intentaba sentarme junto a la vieja princesa, a pesar de que precisamente entonces refunfuñaba y gritaba continuamente: sus asuntos financieros iban mal y había tenido dos dis-cusiones con el policía del barrio.

Una vez pasaba por el jardín al lado de la valla y vi a Zenaida. Estaba inmóvil, sentada sobre la hierba, la cabeza apoyada en las manos. Quise mar-charme sigilosamente, pero quedé clavado en el sitio. No la comprendí al momento. Repitió su gesto. En un instante salté la valla y corrí contento hacia ella. Pero me detuvo con la vista y me mostró un camino a dos pasos de ella. Aturdido, sin saber lo que hacía, me puse de rodillas al borde del camino. Estaba tan pálida, se traslucían cada uno de los rasgos de su rostro una melancolía tan amarga, un cansancio tan grande, que mi corazón se encogió.

Sin poder contener balbuceé:

-¿Qué le pasa?

Zenaida alargó la mano, cortó la hierba, la mordió y la tiró lejos.

-¿Me quiere mucho?- me preguntó al fin-. ¿De verdad?

No dije nada: ¿para qué tenía que decirlo?

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-Sí- dijo sin dejar de mirarme-. Así es. Sus ojos lo demuestran- añadió y, quedando pensativa, se tapó la cara con las manos-. Todo me produce náu-sea- dijo en voz baja-. Me iría al fin del mundo, ya no aguanto más, ya no puedo con esto... ¿Y qué me espera después...? ¡Qué martirio, Dios mío, qué martirio!

-¿Por qué?- pregunté tímidamente.

Zenaida no me contestó, sólo encogió los hombros. Yo seguía de rodillas mirándola, invadido de tristeza. Cada palabra suya se me clavaba en el corazón. En ese instante hubiese dado con gusto mi vi-da para que no sufriera. Seguía mirándola, aunque sin comprender por qué sufría tanto, cuando se levantó de repente, en un arrebato de tristeza, y se fue del jardín y se dejó caer al suelo como si la hubiesen segado. Todo era luz y verdor alrededor. El viento murmuraba en el follaje, moviendo de vez en cuando una rama larga de frambueso sobre la cabeza de Zenaida. En algún sitio se arrullaban las palomas, mientras las abejas zumbaban volando bajo sobre la hierba. Encima dulcemente se extendía el cielo azul.

Y yo estaba tan triste...

-Recíteme algunos versos- me dijo Zenaida a media voz, apoyándose sobre el codo-. Me gusta 62

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usted cuando recita, porque parece que canta. Usted es joven. Recíteme En los montes de Georgia. Pero siéntese antes.

Me senté y recité En los montes de Georgia.

Porque no puede dejar de amar- repitió Zenaida-. Por eso la poesía es buena. Porque nos habla de lo que no hay y de que no sólo es mejor que lo que hay, sino que es más verdadero... Porque no puede dejar de amar... Quisiera, ¡pero no puede!

Quisiera, ¡pero no puede!

Se calló y de repente volvió y se levantó.

-Vámonos. Maidonov está ahora con mamá. Me ha traído su poema y lo he dejado solo. También él está disgustado ahora... ¡Qué se le va a hacer! Alguna vez lo sabrá..., pero no quiero que se enfade conmigo.

Zenaida me estrechó rápidamente la mano y se marchó corriendo a casa. Yo la seguí. Maidanov nos empezó a leer su Asesino recién publicado, pero yo no lo escuchaba. Salmodiaba con voz alta sus yam-bos, las rimas se sucedían y sonaban como cascabe-les, vacías y resonantes, pero yo seguía mirando a Zenaida y trataba de comprender el sentido de sus últimas palabras.

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¿O un rival oculto

Te ha sojuzgado con alevosía?

dijo con resonancia nasal Maidanov. Mis ojos y los de Zenaida se encontraron. Ella los bajó y se sonrojó levemente. Advertí que se sonrojaba y me quedé helado del susto. Ya antes tenía celos de ella, pero ahora por primera vez la idea de que estuviese enamorada pasó como un relámpago por mi cabeza.

«¡ Dios mío, está enamorada!»

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Capítulo X

Mi verdadero suplicio empezó entonces. Me cansaba de pensar en ella, de darle vueltas y, continuamente, en la medida de lo posible, espiaba sin cesar a Zenaida. Había cambiado y eso era obvio. Se iba sola a pasear y estaba paseando durante mucho tiempo. A veces no salía a ver a sus invitados. Se pasaba horas y horas en su habitación. Antes jamás lo hacía. De pronto, me hice muy perspicaz.

-¿No será éste el elegido? ¿O el otro?- me preguntaba, mientras mi imaginación volaba de un admirador a otro. El conde Malevskiy (aunque me avergonzaba, por causa de Zenaida, confesar esto ante mí mismo) me parecía más peligroso que otros.

Mi capacidad de observación no iba más allá de la punta de la nariz. Al parecer, mi actitud reservada no pudo engañar a nadie. Por lo menos el doctor 65

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Lushin muy pronto me comprendió. Pero él también había cambiado en los últimos días. Había pa-lidecido y se reía tan a menudo como antes, pero con una risa más baja, mordaz y corta. Su suave ironía anterior y su aparente cinismo habían dado paso a una irritabilidad incontrolada.

-¿Por qué se pasa aquí las horas muertas, joven?- me dijo un día cuando nos quedamos solos en la sala de los Zasequin. (La joven princesa no había vuelto todavía y la voz estridente de su madre se oía desde el ático de la casa. Estaba regañando a la criada.)-. Usted tiene que estudiar y trabajar mientras es joven. Pero, ¿qué está haciendo?

-¿Cómo puede usted saber si trabajo o no en ca-sa?- le contesté con cierta soberbia, pero también con confusión.

-¿De qué trabajo puede usted hablar? No es eso lo que tiene en la cabeza. Bueno, no discuto... a su edad es normal. Pero lo que pasa es que su elección ha sido poco afortunada. ¿Es que no ve qué casa es ésta?

-No le comprendo- dije.

-¿Que no comprende? Peor para usted. Me veo en el deber de reprenderle. Nuestra raza, la de los viejos solterones, puede pasarse por aquí. Porque, 66

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¿qué nos puede pasar? Somos gente curtida, no se nos atraviesa nada. En cambio, usted tiene todavía la piel muy fina. El aire de aquí resulta viciado para usted, puede contraer una enfermedad.

-¿Qué quiere decir?

-Pues eso. ¿Es que está usted sano ahora?

¿Es que es usted normal? ¿Es que lo que siente es provechoso y bueno para usted?

-Pero ¿qué siento?- respondí, aunque comprendí que el doctor tenía razón.

-Joven, joven- siguió el doctor con un severo tono de voz, como si en estas dos palabras hubiera algo muy humillante para mí- no está usted todavía para poder engañar. Porque lo que lleva dentro lo dice la cara. Pero,¿para qué hablar? Tampoco yo vendría, si no (el doctor apretó los dientes)... si no fuese un loco como usted. Lo único que me sor-prende es cómo usted, con la inteligencia que tiene, no ve lo que está pasando a su alrededor.

-¿Qué es lo que pasa?- pregunté y me replegué a la espera de sus palabras.

El doctor me miró con un aire de ironía compa-siva.

-¡ Estoy bueno yo también!- dijo como si hablase para sí-. ¡Pues sí que hay necesidad de decírselo a él!

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En una palabra-añadió, levantando la voz-, el aire que se respira aquí no te conviene. Le gusta estar aquí, bueno ¿y qué? En un invernadero también se está muy bien, pero no se puede vivir allí. Oiga, há-

game caso, empiece otra vez a estudiar el manual de Kaidanov.

Entró la princesa madre y empezó a quejarse al doctor de un dolor de muelas. Luego llegó Zenaida.

-Fíjese usted, doctor- dijo la princesa-, regáñela.

Todo el día está bebiendo agua con hielo. ¿Es que es bueno esto para el pecho tan débil que tiene?

-¿Por qué hace eso?- preguntó Lushin.

-¿Y qué puede pasar?

-Que puede constiparse y morirse.

-¿De veras? Bueno, pues que así sea.

-¡Vaya...!- murmuró el doctor. La vieja princesa se marchó.

-¡Vaya...!- repitió Zenaida-. ¿Es que el vivir es tan divertido? Mire alrededor. ¿Qué me puede decir? ¿Es bueno todo lo que ve? ¿O es que usted cree que yo no lo comprendo, que no lo siento? Me gusta beber agua con hielo y usted quiere conven-cerme seriamente de que una vida así vale tanto como para no arriesgarla por un instante de placer...

no hablo ni siquiera de felicidad.

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-De acuerdo. Si, el capricho y la independencia-dijo Lushin-. Estas dos palabras la definen. Todo su ser está en estas dos palabras.

Zenaida rió nerviosamente.

-Sus cartas han llegado tarde, querido doctor.

Observa usted mal, está equivocado. Es en los caprichos en lo que menos pienso ahora. Distraerme con usted, distraerme conmigo misma... ¡vaya una suerte! Y en cuanto a la independencia... monsieur Voldemar, no ponga esa cara tan triste. No aguanto que nadie se compadezca de mí- dijo y se marchó.

-Muy viciado, muy viciado está aquí el aire para usted- me dijo otra vez Lushin.

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Capítulo XI

Por la tarde, en la casa de los Zasequin se reunieron los invitados de costumbre.

La conversación giró alrededor del poema de Maidanov. Zenaida lo elogió sinceramente.

-Pero, ¿sabe qué le digo?- le explicó a Maidanov-. Si yo fuese poeta escogería otros poemas.

Puede ser que sean tonterías, pero a veces me vie-nen a la cabeza pensamientos extraños, sobre todo antes de que amanezca, cuando el cielo empieza a ponerse rosa y gris. Por ejemplo... Pero, ¿no se reirá de mí?

-¡No!, ¡no!- gritamos a una voz.

-Yo me imaginaria- dijo, cruzando las manos y mirando hacia un lado- un grupo de chicas jóvenes, de noche, en una gran barca, en un río tranquilo. La 70

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luna brillando y ellas vestidas de blanco y cantando un himno.

-Comprendo, comprendo, siga- dijo Maidanov con aplomo y como soñando.

-De repente, en la orilla se oye un alboroto: voces, risas, antorchas, panderos. Es una multitud de bacantes, que corre cantando y gritando. Ahora ya es de su incumbencia pintar el cuadro señor poeta...