¿Por qué no soy cristiano? por Bertrand Russel - muestra HTML

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Título original en inglés:

"WHY I AM NOT CRISTIAN"

Traducido por Josefina Martínez Alinari

Diseño Diego Pedra

1.a edición: octubre, 1977

2.a edición, marzo, 1978

3.a edición: enero, 1979

®Editora y Distribuidora

Hispano Americana, S.A. (EDHASA)

Av. infanta Carlota, 129

Tlfs. 239 39 30- 230 18 51 Barcelona 29

Esta edición ha sido autorizada por la

Editorial Hermes de México.

IMPRESO FN FSPANA

IBSN: 84-350-0173-3

Depósito legal: B. 240 – 1979

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INDICE

INTRODUCCIÓN DEL COMPILADOR.......................................................................................................................4

1.- POR QUÉ NO SOY CRISTIANO..............................................................................................................................9

2.- ¿HA HECHO LA RELIGIÓN CONTRIBUCIONES ÚTILES A LA CIVILIZACIÓN?.......................................19

3.- LO QUE CREO ........................................................................................................................................................31

4. ¿SOBREVIVIMOS A LA MUERTE?.......................................................................................................................50

5.- ¿PARECE, SEÑORA? NO, ES ................................................................................................................................53

6.-SOBRE LOS ESCÉPTICOS CATÓLICOS Y PROTESTANTES ..........................................................................58

7.- LA VIDA EN LA EDAD MEDIA ...........................................................................................................................62

8.- EL DESTINO DE THOMAS PAINE.......................................................................................................................65

9.- GENTE BIEN ...........................................................................................................................................................72

10. LA NUEVA GENERACIÓN..................................................................................................................................76

11. NUESTRA ÉTICA SEXUAL..................................................................................................................................82

12. LA LIBERTAD Y LAS UNIVERSIDADES .........................................................................................................88

13.- LA EXISTENCIA DE DIOS.................................................................................................................................95

14. ¿PUEDE LA RELIGIÓN CURAR NUESTROS MALES? ..................................................................................110

15. RELIGIÓN Y MORAL..........................................................................................................................................116

apéndice........................................................................................................................................................................117

CÓMO SE EVITÓ QUE BERTRAND RUSSELL ENSEÑASE EN LA UNIVERSIDAD DE LA CIUDAD DE

NUEVA YORK............................................................................................................................................................117

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INTRODUCCIÓN DEL COMPILADOR

Bertrand Russell ha sido un prolífico escritor durante toda su vida y algunas de sus mejores obras están contenidas en pequeños folletos y en artículos publicados en diversos periódicos. Esto se aplica en especial a sus estudios sobre la religión, muchos de los cuales son poco conocidos, fuera de ciertos círculos racionalistas. En el presente volumen he reunido cierto número de estos ensayos referentes a la religión, a la vez que otras obras, co-mo los artículos acerca de "La libertad y las universidades" y "Nuestra ética sexual", que son aún de gran interés.

Aunque ha sido muy honrado por sus contribuciones a temas tan puramente abstractos como la lógica y la teoría del conocimiento, se puede esperar justamente que Russell sea igualmente recordado en los años venideros como uno de los grandes herejes en moral y religión. No ha sido nunca un filósofo puramente técnico. Siempre ha estado profundamente preocupado con las cuestiones fundamentales a las cuales las religiones han dado sus respuestas respectivas, las cuestiones acerca del lugar del hombre en el universo y la naturaleza de la vida buena. Ha tratado estas cuestiones con la misma profundidad, ingenio y elocuencia y expresándose con la misma prosa brillante que han hecho famosas sus otras obras. Estas cualidades hacen de los ensayos incluidos en este libro quizás la más impresionante y donosa presentación de la posición del librepensador desde los tiempos de Hume y de Voltaire.

Un libro de Bertrand Russell acerca de la religión merecería ser publicado en toda época. En la actualidad, cuando estamos presenciando la campana para el renacimiento de la religión que se lleva a cabo con la precisión de las modernas campanas de publicidad, el presentar de nuevo la tesis del incrédulo parece especialmente deseable. Desde todos los rincones y en todos los ambientes, llevamos varios anos bombardeados con propaganda teológica, la revista Life nos asegura editorialmente que, "excepto para los materialistas dogmáticos y los fundamentalistas", la guerra entre la evolución y la creencia cristiana "ha terminado hace muchos anos" y que "la ciencia misma... desaprueba la noción de que el universo, la vida o el hombre sean fruto del azar". El profesor Toynbee, uno de los más dignos apologistas, nos dice que "no podemos combatir él desafío comunista en un terreno profano". Norman Vincent Peale, Monseñor Sheen y otros profesores de psiquiatría religiosa exaltan los beneficios de la fe en artículos que leen millones, en libros de venta excepcional H en programas nacionales de radio y de televisión. Los políticos de todos los partidos, muchos de los cuales no eran nada famosos por su piedad antes de que comenza-sen a competir para los cargos públicos, se aseguran de que se les conozca como frecuen-tadores de las iglesias, y nunca dejan de citar a Dios en sus eruditos discursos. Fuera de las aulas de las mejores universidades, el aspecto negativo de ésta cuestión se presenta raramente.

Un libro como este, con su afirmación intransigente de un punto de vista secularista, es doblemente necesario hoy porque la ofensiva religiosa no ha quedado restringida solamente a la propaganda en gran escala. En los Estados Unidos ha asumido también la forma de numerosas tentativas, muchas de ellas triunfantes, para minar la separación de la Iglesia y el Estado, tal como la estipula la Constitución. Estas tentativas son demasiadas 4

para que las detallemos aquí; pero quizás dos o tres ejemplos indicarán suficientemente la tendencia perturbadora que, si no halla obstáculos, convertirá en ciudadanos de segunda clase a los que se opongan a la religión tradicional. Hace unos cuantos meses, por ejemplo, una subcomisión de la Cámara de Representantes incluyó en una Resolución Concu-rrente la proposición asombrosa de que la "lealtad a Dios" es una condición esencial para el mejor servicio del gobierno. "El servicio de cualquier persona en cualquier capacidad, que gobierne o esté sometida al gobierno —afirmaban oficialmente los legisladores—, de-be estar caracterizado por la devoción a Dios." Esta resolución no es ley aún, pero lo será pronto, si no es enfrentada vigorosamente. Otra resolución, que hace de "Confiamos en Dios" el lema nacional de los Estados Unidos, ha sido aprobada por ambas Cámaras y ahora es ley nacional. El profesor George Axtelle, de la Universidad de Nueva York, uno de los pocos críticos francos de estos movimientos y otros similares, se refirió apropiada-mente o ellos en un testimonio ante una comisión del Senado, llamándolos "erosiones di-minutas pero significativas" del principio de la separación de la Iglesia y el Estado.

Las tentativas de inyectar religión donde la Constitución lo prohíbe expresamente no están limitadas a la legislación federal. Así, en la Ciudad de Nueva York, para poner un ejemplo particularmente elocuente, la Dirección del Consejo de Educación preparó en 1955 una "Guía para Inspectores y Maestros" que declaraba redondamente que "las escuelas públicas fomentan la creencia en Dios, reconociendo el simple hecho de que nosotros somos una nación religiosa" y además que las escuelas públicas "identifican o Dios como la fuente última de la ley natural y moral". Si se hubiera adoptado esta declaración, casi ninguno de los temas del programa, escolar de la Ciudad de Nueva York habría quedado libre de la intrusión teológica. Incluso los estudios aparentemente seculares, como las ciencias y las matemáticas, debían ser enseñados con armónicos religiosos. "Los científicos y los matemáticos —decía la declaración— conciben el universo como un lugar lógico, ordenado y pronosticable." Su consideración de la inmensidad y el esplendor de los cielos, las maravillas del cuerpo y de la mente humana, la belleza de la naturaleza, el misterio de la fotosíntesis, la estructura matemática del universo o la noción del infinito sólo pueden hacernos humildes ante la obra de Dios. Uno sólo puede decir "Cuando considero los Cielos, la obra de Tus Manos", un tema tan inocente como "Artes Industriales" no fue pasado por alto. Los filósofos del, Consejo afirmaron: "la observación de las maravillas de la composición de los metales, el grano y la belleza de las maderas, las formas de la electri-cidad, y las propiedades características de los materiales usados, invariablemente da origen a la especulación acerca del plan y el orden del mundo natural, y de la maravillosa obra de un Poder Supremo". Este informe fue recibido con tal indignación por los grupos cívicos y varios de los grupos religiosos más liberales que su adopción por el Consejo de Educación se hizo imposible. Una versión modificada, con supresión de los pasajes más censurables, fue adoptada subsiguientemente. Sin embargo, incluso la versión revisada, contiene suficiente lenguaje teológico para hacer estremecer a un librepensador, y es de esperar que su constitucionalidad sea discutida en los tribunales.

Ha habido una falta de oposición asombrosa a la mayoría de las intromisiones de los intereses eclesiásticos. Una razón de ello parece ser la extendida creencia de que la religión es hoy suave y tolerante y que las persecuciones son una cosa del pasado. Esta es una peligrosa ilusión. Mientras muchos jefes religiosos son indudablemente sinceros amigos de la libertad y la tolerancia, y además firmes creyentes en la separación de la Iglesia y el Estado, desgraciadamente hay otros muchos que perseguirían si pudiesen, y que persiguen cuando pueden.

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En Gran Bretaña, la situación es un poco distinta. Hay iglesias oficiales y la instrucción religiosa está sancionada legalmente en todas las escuelas del Estado. Sin embargo, el carácter del país es mucho más tolerante y los hombres públicos no temen tanto que les conozcan públicamente como incrédulos. Pero también en Gran Bretaña abunda la propaganda religiosa vulgar y los grupos religiosos más agresivos hacen todo lo posible para evitar que los librepensadores defiendan su posición. El reciente Informe Beveridge, por ejemplo, recomendaba que la B.B.C. dejase oír a los representantes del racionalismo. La B.B.C. oficialmente aceptó esta recomendación, pero no ha hecho nada para llevarla a ca-bo. Las charlas de Margaret Knight acerca de "Moral sin religión" son una de las pocas tentativas de presentar la posición de los incrédulos sobre un tema importante.

Las charlas de la señora Knight provocaron furiosos arrebatos de indignación por parte de diversos fanáticos, que al parecer han logrado que la B.B.C., vuelva a su antigua sumisión a los intereses religiosos.

Para contribuir a disipar la complacencia acerca de este tema he añadido, como apéndice de este libro, un relato completo de cómo Bertrand Russell no fue aceptado como Profesor de Filosofía de la Universidad de la Ciudad de Nueva Yok. Lo ocurrido en este caso merece ser más conocido, aunque sólo sea para mostrar las increíbles deformaciones y los abusos de poder que los fanáticos están dispuestos a emplear cuando se disponen a vencer a su enemigo. La gente que logró la anulación del nombramiento de Russell son los mismos que ahora destruirían el carácter secular de los Estados Unidos. Ellos y sus amigos de Inglaterra son, en general, más poderosos hoy de lo que eran en 1910.

El caso de la Universidad de la Ciudad de Nueva York debería ser escrito en detalle en justicia a Bertrand Russell, que fue calumniado tanto por el juez que accedió a la demanda, como por gran parte de la prensa. Los actos y las opiniones de Russell fueron objeto de ilimitadas deformaciones y la gente que desconocía sus libros tiene que haber recibido una impresión completamente errónea de lo que él sustentaba. Yo espero que, al relatar nuevamente la historia aquí, unida a. la reproducción de algunos de los estudios reales de Russell sobre los temas "ofensivos", ayudará a poner las cosas en su punto.

Varios de los ensayos incluidos en este volumen se publican de nuevo gracias a la amable autorización de sus editores originales. A este respecto, deseo expresar mí agradecimiento a los señores Watts and Co., editores de Por qué no soy cristiano y ¿Ha hecho la religión contribuciones útiles a la civilización?; a los señores Routledge and Kegan Paúl, que publicaron Lo que creo; a los señores Hutchinson and Co., que publicaron ¿Sobrevi-vimos a la muerte?; a los señores Nicholson y Watson, editores originales de El destino de Thomas Paine; y al American Mercury, en cuyas páginas aparecieron por primera vez

«Nuestra ética sexual» y «La libertad y las universidades». También deseo dar las gracias a mis amigos el profesor Anthony Flew, Ruth Hoffman y Sheila Meyer y a mis alumnos Ma-rilyn Chamey, Sara Kilian y John Viscide, quienes me ayudaron de muchas maneras en la preparación de este libro.

Finalmente, deseo expresar mi gratitud al propio Bertrand Russell, que ha patrocina-do este proyecto desde el principio y cuyo vivo interés fue una primordial fuente de inspiración.

Ciudad de Nueva York, octubre 1956.

PAÚL EDWARDS

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PREFACIO

La nueva publicación de varios ensayos míos, relativos a temas teológicos, realizada por el profesor Edwards, es para mí una causa de gratitud, especialmente por sus admirables observaciones preliminares. Me alegra en particular que me haya dado una oportunidad de afirmar otra vez mis convicciones sobre los temas de que tratan los diversos ensayos.

Recientemente, ha habido un rumor de que yo era menos contrario a la ortodoxia religiosa de lo que había sido. Ese rumor carece totalmente de fundamento. Creo que todas las grandes religiones del mundo —el budismo, el hinduismo, el cristianismo, el islam y el comunismo— son a la vez mentirosas y dañinas. Es evidente, como materia de lógica que, ya que están en desacuerdo, sólo una de ellas puede ser verdadera. Con muy pocas excepciones, la religión que un hombre acepta es la de la comunidad en que vive, lo cual hace obvio que la influencia del medio es la que le ha llevado a aceptar la religión en cuestión. Es cierto que la escolástica inventó lo que sostenía como argumentos lógicos que probaban la existencia de Dios, y que esos argumentos, u otros similares, han sido aceptados por muchos filósofos eminentes, pero la lógica a que apelaban estos argumentos tradicionales es de una anticuada clase aristotélica rechazada ahora por casi todos los lógicos, excepto los católicos. Hay uno de estos argumentos que no es puramente lógico. Me refiero al argumento del designio. Sin embargo, este argumento fue destruido por Darwin; y, de todas maneras, sólo podría ser lógicamente respetable mediante el abandono de la omnipotencia de Dios. Aparte de la fuerza lógica, para mí hay algo raro en las valuaciones éticas de los que creen que una deidad omnipotente, omnisciente y benévola, después de preparar el terreno mediante muchos millones de anos de nebulosa sin vida, puede considerarse adecuadamente recompensado por la aparición final de Hitler, Stalin y la bomba H.

La cuestión de la verdad de una religión es una cosa, pero la cuestión de su utilidad es otra. Yo estoy tan firmemente convencido de que las religiones hacen daño, como lo estoy de que no son reales.

El daño que hace una religión es de dos clases, una dependiente de la clase de creencia que se considera que se le debe dar, y otra dependiente de los dogmas particulares en que se cree. Con respecto a la clase de creencia, se considera virtuoso el tener fe, es decir, tener una convicción que no puede ser debilitada por la prueba en contrario. Ahora bien, si la prueba en contrario ocasiona la duda, se sostiene que la prueba en contrarío debe ser suprimida. Mediante tal criterio, en Rusia los niños no pueden oír argumentos en favor del capitalismo, ni en Estados Unidos en favor del comunismo. Esto mantiene intacta la fe de ambos y pronta para una guerra sanguinaria. La convicción de que es importante creer esto o aquello, incluso aunque una investigación libre no apoye la creencia, es común a casi todas las religiones e inspira todos los sistemas de educación estatal. La consecuencia es que las mentes de los jóvenes no se desarrollan y se llenan de hostilidad fanática hacia los que tienen otros fanatismos y, aun mas virulentamente, hacia los contrarios a todos los fanatismos. El hábito de basar las convicciones en la prueba y de darles sólo ese grado de seguridad que la prueba autoriza, si se generalizase, curaría la mayoría de los males que padece el mundo. Pero, en la actualidad, la educación tiende a prevenir el desarrollo de dicho hábito, y los hombres que se niegan a profesar la creencia en algún sistema de dogmas infundados no son considerados idóneos como maestros de la juventud.

Los anteriores males son independientes del credo particular en cuestión y existen igualmente en todos los credos que se ostentan dogmáticamente. Pero también hay, en la 7

mayoría de las religiones, dogmas éticos específicos que causan daño definido. La condenación católica del control de la natalidad, sí prevaleciese, haría imposible la mitigación de la pobreza y la abolición de la gue rra. Las creencias hindúes de que la vaca es sagrada y que es malo que las viudas se vuelvan a casar causan un sufrimiento innecesario. La creencia comunista en la dictadura de una minoría de Verdaderos Creyentes ha producido toda clase de abominaciones.

Se nos dice a veces que sólo el fanatismo puede hacer eficaz un grupo social. Creo que esto es totalmente contrarío a las lecciones de la historia. Pero, en cualquier caso, sólo los que adoran servilmente el éxito pueden pensar que la eficacia es admirable sin tener en cuenta lo que se hace. Por mi parte, creo que es mejor hacer un bien chico que un mal grande. El mundo que querría ver sería un mundo libre de la virulencia de las hostilidades de grupo y capaz de realizar la felicidad para todos mediante la cooperación, en lugar de mediante la lucha. Querría ver un mundo en el cual la educación tienda a la libertad mental en lugar de a encerrar la mente de la juventud en la rígida armadura del dogma, calculado para protegerla durante toda su vida contra los dardos de la prueba imparcial. El mundo necesita mentes y corazones abiertos, y éstos no pueden derivarse de rígidos sistemas, ya sean viejos o nuevos.

BERTRAND RUSSELL

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1.- POR QUÉ NO SOY CRISTIANO 1

Como ha dicho su presidente, el tema acerca del cual voy a hablar esta noche es «Por qué no soy cristiano». Quizás sería conveniente, antes que todo, tratar de averiguar lo que uno quiere dar a entender con la palabra «cristiano». En estos días, la emplean muy ligeramente muchas personas. Hay quienes entienden por ello la persona que trata de vivir virtuosamente. En tal sentido, supongo que habría cristianos de todas las sectas y credos; pero no creo que sea el sentido adecuado de la palabra, aunque sólo sea por implicar que toda la gente que no es cristiana —todos los budistas, confucianos, mahometanos, etc.—, no trata de vivir virtuosamente. Yo no entiendo por cristiano la persona que trata de vivir decente-mente, de acuerdo con sus luces. Creo que debe tenerse una cierta cantidad de creencia definida antes de tener el derecho de llamarse cristiano. La palabra no tiene ahora un significado tan completo como en los tiempos de San Agustín y Santo Tomás de Aquino. En aquellos días, si un hombre decía que era cristiano, se sabía lo que quería dar a entender. Se aceptaba una colección completa de credos promulgados con gran precisión, y se creía cada sílaba de esos credos con todas las fuerzas de las convicciones de uno.

¿QUÉ ES UN CRISTIANO?

En la actualidad no es así. Tenemos que ser un poco más vagos en nuestra idea del cristianismo. Creo, sin embargo, que hay dos cosas diferentes completamente esenciales a todo el que se llame cristiano. La primera es de naturaleza dogmática; a saber, que hay que creer en Dios y en la inmortalidad. Si no se cree en esas dos cosas, no creo que uno pueda llamarse propiamente cristiano. Luego, más aún, como el nombre implica, hay que tener alguna clase de creencia acerca de Cristo. Los mahometanos, por ejemplo, también creen en Dios y en la inmortalidad, pero no se llaman cristianos. Creo que hay que tener, aunque sea en una proporción mínima, la creencia de que Cristo era, si no divino, al menos el mejor y el más sabio de los hombres. Si no se cree eso acerca de Cristo, no creo que se tenga el derecho de llamarse cristiano. Claro está que hay otro sentido que se encuentra en el Whita-kers Almanack y en los libros de geografía, donde se dice que la población del mundo está dividida en cristianos, mahometanos, budistas, fetichistas, etc.; y en ese sentido, todos nosotros somos cristianos. Los libros de geografía nos incluyen a todos, pero en un sentido puramente geográfico, que supongo podemos pasar por alto. Por lo tanto, entiendo que cuando yo digo que no soy cristiano, tengo que decir dos cosas diferentes; primera, por qué no creo en Dios ni en la inmortalidad; y segunda, por qué no creo que Cristo fuera el mejor y el más sabio de los hombres, aunque le concedo un grado muy alto de virtud moral.

De no haber sido por los triunfantes esfuerzos de los incrédulos del pasado, yo no haría una definición tan elástica del cristianismo. Como dije antes, en los tiempos pasados, tenían un sentido mucho más completo. Por ejemplo, comprendía la creencia en el infierno. La creencia en el fuego eterno era esencial de la fe cristiana hasta hace muy poco. En este país, como es sabido, dejó de ser esencial mediante una decisión del Consejo Privado, de cuya 1 Esta conferencia fue pronunciada el 6 di: marzo de 1927. en el Ayuntamiento de Battersea. bajo los auspicios de la Sociedad Secular Nacional (Sección del Sur de Londres).

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decisión disintieron el Arzobispo de Canterbury, y el Arzobispo de York; pero, en este país, nuestra religión se establece por Ley del Parlamento y, por lo tanto, el Consejo Privado pu-do imponerse a ellos, y el infierno ya no fue necesario al cristiano. Por consiguiente no insistiré en que el cristiano tenga que creer en el infierno.