Morir por la República por Carlos Maza - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

 

 

 

 

 

 

Morir por la República

El motín de la Numancia, 1911

 

 

 

 

 

 

Carlos Maza Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

©  Carlos Maza Gómez, 2012

       Todos los derechos reservados

 

 

 

 

Índice

 

Nueve de agosto ……………….

5

Revolución en Portugal ……......

15

La vieja Numancia ……..……...

27

Suceso sin importancia ……..…

37

El motín ………..……………...

49

El fusilamiento …………………

59

Las últimas protestas ……...…...

73

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nueve de agosto

 

         En el mes de agosto de 1911, Cádiz no pasaba por sus mejores momentos como población, una situación que a grandes rasgos recuerda a la actual. Con unos setenta mil habitantes, había conocido pocos años atrás el cierre de sus astilleros, por falta de trabajo, y a cambio trataba de potenciar el turismo. Por una parte, se había inaugurado en 1907 el Balneario de la Victoria y, por otra, se amplió el muelle para que pudiera recibir a grandes barcos.

         La ciudad, reducida a lo que había sido siempre hasta entonces, el recinto amurallado, se encontraba extrañamente paralizada e inquieta aquel día 9.

 

“Desde muy temprano invade la gente las calles, presa de gran ansiedad… Grupos de obreros recorren los comercios invitando al cierre. Los comerciantes acceden a la invitación y los establecimientos están todos cerrados a las nueve de la mañana. La vida de la ciudad está en absoluto paralizada.

No trabajan los obreros en ninguna parte. Los tranvías tampoco circulan. En el mercado se han levantado todos los puestos movibles y cerrado los fijos. La tristeza es general” (El País, 10.8.1911, p. 1).

 

         Toda la población fue afluyendo hacia las murallas que dan a la bahía. Desde el parque Genovés, pasando por la Alameda Apodaca hasta la Punta de San Felipe, miles de personas se agolpaban observando la bahía. Era un día caluroso, de poco viento, según las crónicas, el mar apenas se mostraba rizado de algunas olas.

         Los que podían habían llevado binoculares para no perder detalle de lo que se avecinaba. Desde el día anterior, en medio de la bahía, se encontraban el acorazado Pelayo con el almirante de la escuadra, el crucero Princesa de Asturias y el crucero Cataluña.

         Sobre las doce los pacientes habitantes pudieron ver que llegaban el cañonero de primera Álvaro de Bazán, donde viajaba el ministro de Marina, señor Pidal, así como los cañoneros de segunda Vasco Núñez de Balboa y General Concha, todos procedentes del muelle de la Carraca, en San Fernando. También en aquel pueblo la población permanecía en suspenso, el ánimo encogido, ante la inminencia del suceso temido y esperado.

 

image002.jpg

Murallas de Cádiz, frente a la Bahía

 

         Fue a las doce y media cuando la gente apostada en las murallas comenzó a señalar, entre comentarios y silencios, la presencia de la Numancia. Fragata acorazada de casi cincuenta años por entonces, en otro tiempo orgullo de la Marina española, terminaría su vida útil del modo más triste, hundiéndose de puro vieja frente a las costas portuguesas, pero no sin antes protagonizar otro suceso que los gaditanos se aprestaban a adivinar.

         La nave pasó junto a la escuadra que permanecía en ese momento entre la población de Rota y el castillo de San Sebastián, en Cádiz. Tras un breve intervalo, los observadores la vieron alejarse pausadamente del resto de barcos y detenerse. Un silencio expectante se fue apoderando de los gaditanos. Se comentaba en voz baja hasta el menor detalle, se discutía su significado.

         De repente, en el aire de la mañana sonaron unas salvas. Una mujer se echó a llorar, otras la siguieron, los hombres se movieron nerviosos, discutían qué estaría pasando. Alguien debió decir: “Se ha cumplido la sentencia” y otro, que disponía de prismáticos, gritó: “Están arriando la bandera”. A proa, efectivamente, la enseña de la Numancia descendía. Los comentarios se fueron extendiendo, el dolor se percibía en todas las caras contraídas, en las mujeres que se alejaban hacia el barrio de la Viña para colocar los primeros crespones negros que, a la tarde, inundarían los balcones.

         Los hombres continuaban viendo a los barcos volver lentamente por donde habían venido, en dirección a la Carraca. Cuando a la una y media el Numancia pasó frente a la Punta de San Felipe, muchos gaditanos permanecían allí, contemplando al barco que llevaba no se sabía cuántos cadáveres en su interior, hombres humildes fusilados por defender unas ideas que crecían en los corazones de todos aquellos que veían, mudos, desfilar los navíos.

 

“La sentencia estaba cumplida. En el público de la muralla se escuchó un sordo rumor como el del mar que llegaba mansamente a romperse a sus pies. Muchas personas abandonaron los lugares desde donde adivinaron, más que vieron, el luctuoso espectáculo” (El Imparcial, 10.8.1911, p. 1).

 

         A la tarde, esos obreros de Cádiz acudirían en masa hasta el Gobierno Civil. Se arracimaron en su puerta protestando airadamente contra la pena de muerte. El gobernador, atemorizado, dio permiso para que entrara una comisión de ellos, pero los primeros momentos fueron muy tensos. Algunos guardias jóvenes, que custodiaban el acceso, se opusieron al paso de aquella manifestación.

         Algunos obreros, los de menor edad, arrancaron piedras de las murallas y se las tiraron. Uno de los guardias resultó herido en la cabeza, sangrando abundantemente. Eso condujo a que los mismos obreros se calmaran. No deseaban llegar a la agresión. Los más maduros querían tan sólo dejar constancia ante las autoridades del dolor y la rabia, de la impotencia y la protesta que deseaban manifestar.

         La situación se recondujo adecuadamente. La comisión llegó hasta el gobernador para entregarle un escrito contra la pena de muerte, éste se comprometió a reenviarla al gobierno. Los obreros Guillermo Vázquez y Juan Santander, presidente de la sociedad de tipógrafos, salieron hasta el balcón para hablar a sus compañeros. El primero hizo suyo el sentir unánime de todos contra la pena de muerte, el segundo pidió calma y que se fueran disolviendo para evitar enfrentamientos inútiles.

         Tras unos gritos y aplausos, los obreros fueron volviendo a sus barrios formando corrillos, sin dejar de comentar lo ocurrido. Se hablaba de siete fusilados, otros decían que sólo había sido el cabecilla quien cayera bajo las balas. Hasta dos días después no se sabría con certeza.

         El ministro Pidal salió aquella misma tarde desde San Fernando en dirección a Madrid, para informar al presidente de gobierno, el señor Canalejas.

 

“El Sr. Pidal vestía de paisano, traje oscuro y corbata negra. Al despedirse aquí me ha dicho con visible emoción:

- Ha sido el de hoy un día de luto para todos; pero la ley tenía que cumplirse.

El gobernador civil de la provincia ha acompañado al Sr. Pidal hasta Jerez de la Frontera. Al decirle el alcalde de San Fernando que los obreros irían luego ante él a protestar de la imposición de la pena de muerte, ha dicho el Señor Pidal:

- Recuérdeles usted que el Sr. Canalejas prepara un proyecto de abolición de la pena de muerte. Cierto que no será para los delitos militares, como el que hoy lamentamos. No quiero engañar a nadie” (La Correspondencia de España, 10.8.1911, p. 1).

 

         Al día siguiente las tiendas de Cádiz empezaron a abrir sus puertas, pero algo más tarde de lo habitual, con el temor probablemente de que la huelga continuara. Pero no fue así, los obreros regresaban a sus puestos poco a poco, conversando, discutiendo noticias y rumores, con el dolor aún de la muerte anunciada y consumada del que parecía el cabecilla de aquel amotinamiento en el Numancia.

         En la población de Cartagena, una mujer lloraba a su marido muerto. Era tal su pobreza que las ropas de luto se las tuvieron que prestar varias vecinas compasivas. Al único periodista que apareció por allí para indagar apenas en su estado de ánimo le dijo: “Mi marido era muy bueno, muy aficionado a leer”. Seguramente añadiría entre lágrimas: “No hizo nunca mal a nadie”. Efectivamente, tendría razón. Le enseñaría, nerviosa, su última carta fechada en Tánger el 26 de julio, una semana antes del amotinamiento.

 

“Le relataba grandes penalidades y expresaba el deseo de verlas terminar; es decir, de cumplir con el tiempo que le quedaba de servicio, comparando la tristeza de su suerte con la alegría de sus compañeros” (La Época, 11.8.1911, p. 2).

 

         Es muy poco lo que se sabe de aquel humilde fogonero, natural de Mula, un pueblo cercano a Cartagena, donde conoció de joven a Antonia Rubio, que habría de ser su mujer. Se sabe, por lo dicho, que era aficionado a leer en un tiempo en que muchos obreros apenas sabían hacerlo. Debía consumir muchos de esos panfletos y directrices anarquistas que predominaban entre la clase campesina y obrera de Andalucía. Pero la influencia mayor sobre sus aspiraciones republicanas no fue solo la de los libros, sino a través de las realizaciones concretas del país vecino.

 

“Los recientes sucesos revolucionarios de Portugal han influido sin duda notablemente en el espíritu del fogonero del Numancia, perfectamente abonado para que en él prendiesen aspiraciones de notoriedad.

Por eso se explica perfectamente que viéndose amarrado en la barra, y al advertir que habían venido a tierra todos los castillos de naipes forjados por su imaginación, se lamentase con esta frase, que reflejaba todas sus ambiciones y sus anhelos:

- ¡Qué lástima! ¡Yo hubiera sido el Machado dos Santos de España!” (Heraldo de Madrid, 10.8.1911, p. 2).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Revolución en Portugal

 

         Somos hijos de nuestro carácter y del tiempo que nos toca vivir, del lugar donde la vida nos sitúa. Antonio Moya Sánchez, de 36 años, había nacido en una pequeña población murciana, Mula, en 1875. Hoy en día es una localidad con un número apreciable de habitantes que viven de una agricultura de secano y regadío a la que las nuevas técnicas agrícolas han dado un empujón considerable. Pero en aquel tiempo no era así.

         Antonio debió marchar hacia la costa, Cartagena, el lugar donde tuvo su hogar andando el tiempo. Alguien pobre como él, sin apenas recursos, tenía como objetivo preferente ingresar en un barco de pesca, alcanzar incluso un buque mercante o la Marina.

         De Mula era también, once años mayor que él, Juan de la Cierva y Peñafiel, el que fuera férreo ministro conservador en el gobierno Maura, hasta la malhadada Semana Trágica de Barcelona. Mula, como toda Murcia, era su terreno electoral, donde tenía repartidos intereses y clientes que cuidaban de asegurar la elección conservadora de la provincia cuando le convenía al cacique.

         Los tiempos estaban cambiando, el caciquismo seguía existiendo pero nuevas fuerzas sociales y políticas se abrían paso en la política nacional: los obreros y campesinos empezaban a ser defendidos por socialistas y anarquistas, los republicanos aspiraban a ampliar su influencia.

         Antonio Sánchez era hijo de su tiempo, como digo, y además debió ser de fuerte carácter, como demostró durante el juicio, proclamándose republicano y responsable de todo lo que había sucedido, sin dejar otro resquicio a los jueces que determinar su ejecución. No pidió compasión como sus compañeros de motín, tan sólo les reprochó que no dieran un paso al frente como él, defendiendo sus firmes creencias (ideas exaltadísimas, decía un periódico) en el advenimiento de una nueva república. Fue valiente, fue un loco. Un impaciente, dijeron incluso sus compañeros. Alguien que no quiso esperar a que los republicanos fueran ampliando su poder, que no quiso esperar los veinte años que aún permanecería Alfonso XIII como monarca español.

         El ejemplo siempre lo tuvo en Portugal. Allí habían sucedido hechos muy graves, una auténtica revolución, desde el 5 de octubre de 1910. Por entonces Antonio Sánchez llevaba ocho meses como fogonero de la Numancia, fondeada casi permanentemente en Tánger, casi jubilada del servicio activo después de haber protagonizado grandes momentos en la historia de la Marina española.

         Gobernaba en el país vecino el que sería último rey de la casa Braganza: Manuel II. Había llegado al trono por el asesinato, dos años antes, de su padre Carlos I y el príncipe heredero Luis Felipe, su hermano. Él mismo resultaría herido en el brazo por los disparos de dos republicanos cuando volvía toda la familia a Lisboa en un carruaje descubierto.

         Lo primero que hizo el nuevo rey, en 1908, fue forzar la dimisión del denostado Joao Franco, político que intentaba gobernar con mano de hierro el país sin el concurso del Parlamento, que permaneció cerrado mucho tiempo. Por entonces, los diarios republicanos españoles le comparaban con el conservador Antonio Maura, pero su papel, con la perspectiva del tiempo, es más semejante al que ejercería el general Primo de Rivera para la monarquía Borbón.

         El nuevo rey portugués intentó enderezar el perdido rumbo de la monarquía. Tras la dimisión de Franco convocó elecciones libres que, al amparo del regicidio, consiguió ganar para su causa, no sin una presencia creciente del bando republicano. Sin embargo, el desprestigio de la casa Braganza era irreversible.

         El momento clave en que comenzó su divorcio con el pueblo tuvo lugar en 1890. El 11 de enero de aquel año se recibió en el gobierno portugués un ultimátum británico. Debía desalojar de presencia militar el amplísimo terreno comprendido entre sus colonias de Angola y Mozambique, objeto de los deseos británicos de penetración colonial en la parte central de África.

         En España, algo parecido habría de suceder ante el nuevo imperio norteamericano en Cuba y Filipinas, cuando en 1898 la escuadra española, fondeada en la bahía de Cuba, fue hundida, perdiéndose estas colonias. Esa profunda crisis de final de siglo, con su necesidad de regeneración de la vida política y social, no se vivió de la misma manera en el cercano Portugal.

         La monarquía Braganza, pese a sus otras raíces alemanas, siempre tuvo a Gran Bretaña como aliada. Ahora, de repente, esta nación amiga le decía que se apartara sin negociar la retirada, con un ultimátum que humillaba la otrora importante presencia colonial portuguesa en África. El rey Carlos optó por ordenar la completa retirada de sus tropas, aceptando la orden imperiosa de sus habituales aliados.

         Una ola de humillación y rabia atravesó al pueblo portugués ante lo que entendían una dejación y cobardía de su monarca. Pocos meses después, Brasil, envalentonada por la actitud mostrada por la hasta entonces potencia colonizadora, proclamó su independencia y una nueva forma republicana de gobierno. Miles y miles de emigrantes portugueses se vieron obligados a regresar entre el desánimo y la indignación. Junto a ello, la caída de las importaciones de materias primas en las condiciones tan ventajosas que disfrutaba hasta entonces, produjo una crisis financiera de gran envergadura en Portugal, que también debió sufrir sobre todo el pueblo llano.

         El rey Carlos era muy impopular. Es cierto que las crónicas hablan de su gran inteligencia, de los muchos viajes que llevó a cabo por las naciones europeas (pero que no le sirvieron para tener aliados que le sostuvieran), pero también mencionan sus dispendios económicos, sus múltiples aventuras sentimentales, la cesión de un poder omnívoro a la Iglesia católica, particularmente a los jesuitas.

         Todo ello fue un caldo explosivo que, junto a la pérdida del pulso de los dos partidos alternantes en el gobierno (el progresista y el regenerador), condujeron a la dictadura de Joao Franco. En ese contexto se sitúa la muerte del rey y su heredero, junto a la entronización de un joven que sería incapaz de cambiar el rumbo de la historia.

         Nadie hablaba mal de Manuel II pero resultaba, para el pueblo, más de lo mismo. Es cierto que no incurría en los defectos de su padre, pero el rechazo a la monarquía era creciente. En la siguiente elección, la presencia republicana en el Parlamento fue más numerosa, sobre todo en el distrito de la capital, Lisboa. Una parte de los republicanos abogaban directamente por la lucha armada para conseguir sus objetivos.

         A principios de octubre, el malestar era muy alto, tanto entre los obreros como en el propio Ejército y la Marina. Se hablaba de intentos de golpe de estado, hasta el punto de que el gobierno mandó poner en alerta a las tropas en Lisboa. Fue entonces, el 3 de octubre de 1910, cuando los republicanos tuvieron una reunión en la capital al objeto de acordar, efectivamente, un alzamiento militar.

         Surgieron dudas, todos sabían que el enfrentamiento armado con otras fuerzas militares estaba asegurado. Algunos abogaban por esperar un momento más oportuno. El almirante Cándido dos Reis se levantó entonces, diciendo: “¡Si hay uno que cumpla, ese seré yo!”. Sus palabras galvanizaron el ambiente pero continuaron las dudas.

         Mientras ellos debatían, un comandante de la Marina, Machado dos Santos, optó por no asistir a la reunión y, decidido a todo, se presentó en el Regimiento de Infantería nº 16. En él tenía amigos, buenos contactos que le apoyarían decididamente en la acción que quisiera emprender. Desde allí fue de un cuartel a otro de manera que el 5 de octubre, en un movimiento acordado, varias columnas de infantería marcharon por las calles de Lisboa atrincherándose en la plaza Marqués de Pombal.

         La acción parecía un suicidio. El comandante Machado había arrastrado a 250 soldados en total, junto a algunos civiles, a una situación fácil de abortar por parte de las fuerzas monárquicas que permanecían en estado de alerta. Algunos regimientos, aunque simpatizantes, consideraron prematuro este levantamiento, mal coordinado, y se negaron a apoyarlo. La rebelión republicana parecía estar condenada. El almirante Cándido dos Reis se refugió en su casa, esperando su detención inmediata. Antes de que tal cosa sucediera tomó una pistola y se voló la cabeza.

         Inesperadamente, las fuerzas monárquicas que debían sofocar el levantamiento de Machado dos Santos, no se decidieron a salir de los cuarteles. Sólo unos pocos lo hicieron para entablar combate con otros republicanos que iban acudiendo a socorrer a los atrincherados, que asistían desesperados a un pronto final.

         A la vista de la situación indecisa, varios barcos en la bahía lisboeta empezaron a bombardear los ministerios y el Palacio das Necesidades, donde supuestamente permanecía el rey Manuel. El golpe de estado republicano encontró al presidente brasileño de visita oficial en la capital. La sorpresa debió ser mayúscula para él colocándole en una extraña situación, puesto que representaba a una república pero era huésped del monarca luso. Se habló incluso de que había acogido en su barco al mismo rey cuando éste, en realidad, huía hacia otro palacio para embarcar, finalmente, en un buque británico que le llevaría hasta Gibraltar, primer eslabón de su exilio.

         Todas las comunicaciones con España se interrumpieron. El gobierno Canalejas pudo tener noticia de lo que estaba sucediendo gracias a lo que se denominaba un “marconigrama” (telegrafía sin hilos) entre un barco español que asistía a los hechos en Oporto y otro mercante en la bahía de Santander.

         Por entonces, los combates se extendían por otros lugares del país, pero lo cierto es que las fuerzas leales a la monarquía decidieron desde el principio no combatir, salvo algunas excepciones. Lisboa fue pronto un escenario republicano donde, el mismo día cinco, se proclamaba la República desde los balcones del Ayuntamiento, nombrándose un gobierno provisional con el prestigioso literato Teófilo Braga al frente.

         Varios factores eran remarcados en el diario republicano “El País” al cabo de los días:

 

“La Marina se ha sublevado en la desembocadura del Tajo, como en Cádiz y el Ferrol se sublevó en Septiembre de 1868 la Marina española, al grito de ¡Viva España con honra!

La sublevación del Ejército no ha sido total; pero sí lo suficientemente poderosa para inclinar la suerte de la Revolución del lado de la República…

Preside la República un hombre civil, de reputación universal; la supremacía del poder civil queda a salvo, y en el ministerio de la Guerra figura un coronel.

Todo es grande en esta revolución; todo hace esperar que la República reverdezca las glorias de la nación portuguesa, pequeña en territorio, grande en hazañas” (El País, 7.10.1910, p. 1).

 

         Antonio Sánchez conocería en persona este ambiente de exaltación y triunfo. Del mismo modo que algunos vapores ingleses fueron enviados urgentemente a distintos puntos de la costa portuguesa y, en particular a Lisboa, el gobierno Canalejas querría tener noticias de primera mano de lo que allí ocurría. Uno de los barcos españoles que llegó a la capital portuguesa fue, precisamente, la Numancia.

         Como se supo durante el juicio, Antonio Sánchez y varios miembros de la marinería, bajaron a tierra para entrar en contacto con miembros republicanos, asistiendo a los debates existentes en algunas de sus reuniones. El futuro se abría lleno de esperanza para el pueblo portugués tras deshacerse de los vicios y corruptelas, de una decadencia y humillación permanentes en la figura de su rey.

         Antonio Sánchez supo del importante papel de la Marina, conoció el arrojo y la valentía llena de locura del comandante Machado dos Santos, el iniciador de la revuelta que culminaría en un éxito inesperado. Debió sentirse exaltado, entusiasmado ante el claro paralelismo entre las situaciones de ambos países. Tal vez entonces se preguntara ¿por qué no puedo ser el Machado dos Santos español? Cuando volviera a su barco, en vez de contemplar la vieja nave que llevaba medio siglo combatiendo por todos los mares, tal vez la viera como una nueva semilla que llevaría la República a España, superando el dolor causado por la derrota de 1898 y la pérdida de las colonias, la erradicación del caciquismo con la presencia de esos políticos caducos frente a las nuevas fuerzas que emergían en muchos lugares tanto de Europa como de América. Tal vez pensara que estaba destinado a otro papel muy distinto del fogonero humilde que hasta entonces había sido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La vieja Numancia

 

         El motín tuvo lugar la noche del tres de agosto. Posteriormente, algunos periódicos se harían cruces sobre la insensatez que suponía comenzar un movimiento revolucionario en un barco envejecido, que se mantenía además lejos de la Península, amarrado al muelle de Tánger. Veinticinco años después la insurrección armada comandada por el general Franco tendría su origen, precisamente, en las costas africanas, de manera que no sólo era posible sino además podía llegar a ser recomendable por cuanto el control político y militar estaba alejado de su centro.

         Por otra parte, la Numancia era un barco con una amplia historia que conviene repasar porque incluso había llegado a protagonizar la rebelión cantonal de Cartagena muchos años antes. Así que tradición tenía de sobra.

         En 1859 se botó la primera fragata acorazada de la historia: la Gloire. Sólo cuatro años después, en 1863, surcaba los mares la primera nave de tales características en España: la Numancia. Ciertamente, no podía ser realizada en nuestro país donde los astilleros aún utilizaban técnicas propias de los barcos de madera del siglo XVIII. Fue construida por la compañía francesa “Forges et Chantiers de la Mediterranée”, con astilleros en Tolón.

 

image004.jpg

Fragata acorazada Numancia

 

Trafalgar había acabado con esas pesadas reliquias de otro tiempo y ahora se imponían los cascos cubiertos de planchas de hierro, como era el caso de estas nuevas fragatas. En ese sentido, la Numancia venía a ser el primer intento de renovación de la Armada española.

         Radicada en Cartagena en 1864 y en Cádiz un año después, fue destinada a integrarse en la escuadra del Pacífico que cubría tanto el Sudeste asiático como los países sudamericanos que pugnaban por su independencia. En ese sentido, estuvo presente en el bombardeo de Valparaíso de 1866, participando posteriormente en la famosa batalla de El Callao contra el nuevo gobierno peruano. Aunque el resultado fue indeciso (las defensas costeras fueron dañadas pero también los barcos, que hubieron de retirarse), la Numancia participó activamente con sus 34 cañones de 68 libras.

         La fragata tenía 96 metros de eslora y podía llevar una carga de 7.500 toneladas. Era un hermoso barco, disponiendo de un motor al tiempo que una amplia arboladura. Fue la elegida para transportar hasta el puerto de Cartagena desde Génova al futuro y efímero rey de España, Amadeo de Saboya. Posteriormente, cuando se declaró el cantón de Cartagena durante un año (de 1873 a 1874), la Numancia constituyó el buque insignia que puso en jaque a la convulsa Primera República española, por cuanto cuatro de las siete fragatas existentes resultaron afectas al cantón.

         Su posición dentro de este movimiento rebelde fue activa, participando en diversos ataques a las ciudades de Alicante o Barcelona, intentando extender el movimiento cantonalista por la costa levantina. En ese tiempo, el Numancia fue considerado un barco pirata.

         El tiempo pasó para el primer barco moderno de la Flota española. Las dificultades financieras del Estado español, las deudas que trataba de enjugar con cierto éxito el ministro Raimundo Fernández Villaverde, no habían permitido aumentar las escuadras españolas con naves renovadas y adelantos actuales.

         Ambos aspectos fueron decisivos para impedir la participación de la Numancia en los combates de la bahía de Cuba que habrían de terminar con la derrota frente a la más moderna escuadra norteamericana. Por entonces, la Numancia, junto a su hermana Victoria, estaban siendo transformadas en la misma base que las vio nacer, en Tolón. A partir de ese momento perderían gran parte de su arboladura original, convirtiéndose en guardacostas acorazados, además de aumentar las calderas y la artillería.

         La desaparición de tantos barcos hizo que la Numancia, destinada en principio a labores menores, hubiera de protagonizar todavía diversas acciones en la costa marroquí, particularmente en 1909, donde sería el buque almirante en los combates de Melilla.

 

image006.jpg

Guardacostas Numancia

 

         En el momento de los sucesos aquí narrados, había quedado como guardacostas radicado en Tánger, en labores de ayuda frente a los diversos conflictos que surgían en Marruecos. Sin embargo, la revolución portuguesa la llevó durante un tiempo hasta Lisboa para volver a recalar en Tánger.

         El 3 de agosto llevaba un mes en la misma situación, en labores de vigilancia. Dos días después, las primeras noticias de un suceso de importancia llegaban a las redacciones de los periódicos.

 

“Según informes que tenemos por fidedignos, es exacto que a bordo del Numancia ha habido un acto de insubordinación por parte de un fogonero y varios marineros.

El hecho ocurrió hace dos días, estando en Tánger el citado barco de guerra… El Gobierno ordenó que el Numancia zarpase enseguida para San Fernando, y tal vez a eso obedeciese el viaje a aquella isla del ministro de Marina…

En Sevilla y otras poblaciones andaluzas, según nuestras noticias, han circulado rumores muy alarmantes, y se dio a la insubordinación un carácter que seguramente no tiene. También circuló la noticia de que los principales autores de la insubordinación habían sido fusilados. Creemos que esta noticia y aquellos rumores son completamente inexactos” (Heraldo de Madrid, 5.8.1911, p. 2).

 

         Comenzaba así un proceso que sería breve en el tiempo pero que causaría una gran alarma entre la población cercana. La falta de información, que será característica del mismo a todos los niveles, hasta el extremo delirante de que el presidente del Consejo de ministros afirmaría no saber nada del tema ante los periodistas, provocaría una oleada de rumores entre la población. Se hablaba de una rebelión armada, de muchos implicados, de vivas a la República pronunciados por los responsables del motín. Se decía que eran seis los implicados, otros afirmaban que más de veinte, los últimos llegaban a la cifra de ochenta. Se supo enseguida que el día cuatro arribaba el Numancia al muelle de Poza de Santa Isabel, en el Arsenal de la Carraca (San Fernando, Cádiz). Los detenidos, que venían “amarrados a la barra”, fueron conducidos de inmediato a la prisión allí existente y que aún se mantiene en pie: el Castillo de las Cuatro Torres.

         El caso Numancia, el motín de inspiración republicana, al decir del pueblo, algo negado por el Gobierno y los periódicos conservadores durante varios días, nacía de esta manera. La vieja fragata, ahora convertida en guardacostas, cobraba protagonismo en sus últimos años de vida activa.

         Tan sólo un año después de estos sucesos sería dada de baja. Situada en Cádiz, se intentó durante un tiempo transformarla en hospital de huérfanos y hasta en museo de la Marina. Sin embargo, su destino sería otro. Vendida como chatarra a una empresa bilbaína, inició su periplo hacia el norte en 1916.

 

“Por tres veces se intentó sacar de Cádiz el casco de la Numancia remolcado, para conducirlo a Bilbao. En las dos primeras, hubo de volver a aquel histórico solar, para evitar el peligro del naufragio. A la tercera…, se desencadenó un temporal, y no pudiendo arribar al puerto de Setúbal, fondeó al abrigo de la costa de Zecimbra.

La fuerza del viento fue destrozando las defensas del buque, y se pidió auxilio a Lisboa, solicitando el envío de remolcadores que socorriesen a la Numancia. No los había disponibles, por hallarse todos en la costa norte; pero el Ministerio de Marina, a instancias de nuestro ministro, el Sr. López Muñoz, envió un barco de los que están al servicio de aquel departamento.

El auxilio fue tardío; la Numancia había roto ya las amarras, yéndose contra las rocas de la costa, donde quedó medio deshecha. Treinta y dos tripulantes que iban a bordo, pudieron salvarse por un cable de vaivén.

La Numancia tuvo así una muerte honrosa, luchando bravamente con el mar: la muerte que correspondía a un buque de su historia” (El Año Político, 1916, p. 500).

 

         En las costas de Zecimbra fue parcialmente desguazada y sus restos permanecen desde entonces en aquel lugar, a una profundidad de cinco o seis metros. Con él se fue una gran parte de la historia de la Marina española entre siglos y el recuerdo de un fogonero exaltado, que quiso iniciar un movimiento que llevara la República a toda España.