Miriam, las ventanas de Dios por Miguel Cruz - muestra HTML

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Miriam,

las ventanas de Dios

Novela

de

Miguel Cruz

Sólo el amigo dice verdad y la verdad molesta al poderoso.

El poderoso no tiene amigos, todo lo más, aliados.

1

“Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor, pero al que poco se le perdona, poco ama”.

Lucas 7

“Pero tenemos que alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado”.

Lucas 15

2

CAPÍTULO I

Un taxi negro con franjas laterales amarillas paró en la puerta del hotel “Can Grau Platja” dejando en la entrada del establecimiento a su pasajera y su ligero equipaje. La joven abandonó el vehículo en cuanto paró y, sofocada por el plomizo calor que tuvo que soportar durante parte del trayecto, buscó alivio para su rostro en la suave brisa marina que soplaba, a la vez que trataba de acomodar con las manos la desordenada cabellera y la ahuecaba con el peine de sus dedos.

-

Lamento el contratiempo, señora, y lo único que se me ocurre para compensarle de la inesperada avería del aire acondicionado es cobrarle la mitad de lo que marca el contador, ¿le parece bien? – propuso el taxista, asomando su cabeza por la ventanilla contraria a la del conductor.

-

¡Tenga y cóbrese lo que quiera! – contestó visiblemente enojada la pasajera, entregando un billete suficiente.

-

No, señora, no, de ninguna manera – rechazó el taxista el billete - . Al averiarse el aparato del aire, yo debí parar y buscarle otro taxi en condiciones, pero, ya lo vio usted: se estropeó en plena carretera.

La pasajera, algo recuperada, le respondió:

-

Bueno, señor, no nos pongamos ahora a discutir. Tenga y cóbrese lo que corresponda y admítame una propina para que se tome una cerveza - dijo conciliadora, dedicándole una sonrisa.

-

¡Con esa sonrisa, señora, ya me doy por bien pagado! – dijo galante el taxista -. ¡Qué tenga una feliz estancia, señora! – añadió poniendo el coche en marcha.

-

Le agradezco el piropo, gentil caballero, pero le recomiendo que repare la avería cuanto antes, porque, de no hacerlo, se arruinará haciendo carreras gratis – se despidió con una renovada sonrisa la pasajera al recobrar su ánimo.

Miriam atravesó el vestíbulo del hotel con paso firme y decidido, dirigiéndose directamente hacia el salón. El poco equipaje que llevaba le permitía un andar ligero. Albert, que la esperaba desde hacía un buen rato, al verla, saltó de su asiento y salió a su encuentro con los brazos abiertos. Ella, al verlo venir, se sonrió y sacudió la cabeza mostrando con un ademán, no exento de medida coquetería, el cansancio del viaje.

3

Albert no sabía de dónde venía: siempre ocurría lo mismo.

Miriam vestía ropa ligera, cómoda. Pantalones cortos de algodón, sandalias y una camiseta finísima de tirantes, muy ceñida y escotada, que realzaba su figura y afirmaba la velada hermosura de unos senos desnudos, firmes y rotundos. Sobre el hombro, una única bolsa de viaje. Ambos se fundieron en un largo abrazo sin decirse palabra alguna y así permanecieron unidos en un solo espacio.

-

¿De dónde vienes? – le susurró Albert al oído, sin deshacer el abrazo.

Las palabras de Albert eran titubeantes, sin convicción, y carecían de verdadero interés. En realidad, no le importaba. Lo importante era que, como el año anterior, ella había acudido a la cita a la que ambos se comprometieron cuando se alojaron por primera vez en ese hotel de Sitges, haciéndose la promesa de encontrarse en el mismo lugar y en la misma fecha todos los años, estuvieren en donde estuviesen.

-

Vengo de Atenas - respondió Miriam con voz suave, sin separarse de Albert -.

Allí dejé a mi marido con unos amigos.

-

¿Y qué le has dicho esta vez? – preguntó Albert con desgana.

Permanecían abrazados. Sus corazones latían deprisa, diciéndose con su palpitar lo que las palabras nunca podrían expresar en ese momento. Al rato, Miriam apartó ligeramente su rostro de la cara de Albert para responderle:

-

Que tenía que venir a España porque quería ver a mis padres. Bueno, la verdad es que, como teníamos que regresar a Londres el domingo, le he dicho a Peter que anticipaba el viaje para visitarlos. Estaré con él el lunes, así que ¡tenemos todo el fin de semana para nosotros, Albert! – exclamó Miriam con la misma ilusión y el arrebatado entusiasmo que la primera vez.

-

Y, ¿no temes que se le ocurra llamarte a casa de tus padres?

-

¡No! – respondió rotunda - . De sobra sabes que no lo hará.

Albert la miró enardecido. Miriam estaba encantadora, realmente bella, preciosa.

Bronceada por el sol, ligeramente maquillada y siempre con ese aire mágico de su tierra natal, Marruecos, África, como decía ella con orgullo y un cierto aire de superioridad. Entre distante y tímida, pero decididamente femenina y discretamente coqueta, resultaba irresistiblemente atractiva. Albert advirtió que la mirada de Miriam era más brillante que nunca. Miriam le ofreció su boca y él la besó dulcemente.

-

¿Qué tal estás? – le dijo Miriam posando las manos sobre sus hombros.

4

-

¡Bien! – le respondió Albert con entusiasmo mientras se dejaba acariciar por la amorosa mirada de aquellos ojos negros, grandes e intensos.

-

¿Nada más que bien? - insistió Miriam con zalamería y fingida contrariedad.

-

¡Oh, bueno! Quiero decir que aún no termino de creerme que estés aquí, conmigo. Me parece increíble, un milagro. ¡Me siento tan feliz!

-

De milagro, ¡nada! - protestó Miriam con voz seductora -. He tardado más de tres horas en venir de Atenas, en donde, por cierto, hacía un calor tan sofocante como en Barcelona. Llego a El Prat, tomo un taxi en el aeropuerto para venir a Sitges, lo que me lleva una hora más y, para colmo, durante el trayecto, el conductor me dice que acaba de sufrir una avería el aire acondicionado. Con esta temperatura tan alta y la humedad tan pegajosa, casi me asfixio por el camino. Si añades las horas de espera en los aeropuertos, calculo que habré empleado unas cinco o seis horas en venir a nuestro encuentro.

La verdad era que el semblante de Miriam reflejaba un gran cansancio. Albert le ofreció beber algo para refrescarse a la vez que se ocupaba de su escaso equipaje.

Se sintió aliviada al verse libre de la bolsa.

-

Arriba, en la habitación - le respondió Miriam con una amplia sonrisa, entre pícara y desafiante -. Necesito darme una buena ducha.

Mientras subían en el ascensor, abrazados, no dejaban de mirarse con emoción contenida, con amorosa ternura. Ambos sabían que sus breves encuentros anuales, incomprensibles para cualquiera, tenían la extraña magia de mantener viva la llama de un amor sincero y, al mismo tiempo, prohibido. Por ello vivían con intensidad desbordante los pocos momentos que podían estar juntos.

El suyo era un amor cimentado en la naturaleza humana que había tenido la grandeza de cristalizar en el amor pleno, en el amor que llena, en el amor total, pese a las dificultades que debían afrontar y a las que no eran ajenos.

Albert abrió la puerta y tomó a Miriam en brazos para traspasar el umbral como una novia que entra en el nuevo hogar. Así lo hizo la primera vez y así lo repetía año tras año. Sin despegar los labios de los de Miriam, la depositó suavemente en la cama. No hizo falta que Albert le mostrara dónde estaba el cuarto de baño. Todo le era familiar, como si le perteneciera. Era la misma habitación que siempre ocupaban desde la primera vez, hacía ya seis años. Miriam, encaminándose hacia la ducha, se fue despojando de la poca ropa que vestía y le pidió a Albert agua para beber.

-

¿Qué te parece, cariño? - preguntó Miriam, inesperadamente, girándose 5

sobre sí misma y abriendo los brazos, invitando a Albert a admirar su bella desnudez -. ¿Estoy más gorda que el año pasado? – le retó pícara.

Cuando Albert se disponía a afirmar la certeza de su convicción abrazando aquel cuerpo joven, hermoso, sensual y desafiante que se le ofrecía, Miriam, entre juguetona y provocadora, le dio la espalda y soltando una sonora carcajada se introdujo en la ducha y corrió las cortinas.

-

¡Espera, no seas impaciente! - objetó Miriam, seductora -. Estoy sudando y necesito refrescarme antes. Abre la bolsa y extiende sobre la cama la ropa: estará muy arrugada.

Mientras Miriam se duchaba, le iba contando a Albert cómo habían sido las vacaciones en Atenas con su marido. Él escuchaba con relativa atención, mientras deshacía su equipaje.

-

Como hacía tanto calor en Atenas, Peter apenas si salía del hotel porque, como sabes, él no puede vivir sin el aire acondicionado. Además, se pasaba el día bebiendo, ya fuera solo o con un grupo de ingleses que conocimos en el mismo hotel.

Albert se acercó al cuarto de baño y, mientras Miriam hablaba, se fue desnudando.

Se introdujo en la ducha con ella. Miriam lo esperaba. Se abrazaron con pasión desesperada, ansiosos por satisfacer el deseo que los oprimía. Era el primer contacto entre los dos seres que se amaban una vez cada año. Sus bocas se buscaban con fruición y los besos y las caricias despertaron el deseo que sólo se calmó cuando, mojados y fundidos el uno con el otro, se abandonaron al disfrute de sus cuerpos, respondiendo a la imperiosa llamada de la naturaleza humana.

Jadeantes de felicidad, Miriam y Albert se miraban con la placidez instalada en sus miradas, acariciándose con ternura. Salieron de la ducha y se tendieron sobre la cama, desnudos, mojados. Se miraban con dulzura, tiernamente. Se sentían plenamente dichosos. Se quedaron dormidos.

Al despertar, Miriam, como impulsada por un resorte, preguntó a Albert:

-

Todavía no me has contestado a la pregunta que te hice.

-

¿A qué te refieres? - respondió confuso.

-

A que si estoy más gorda que el año pasado.

Albert la encontraba más atractiva y más hermosa que nunca. Miriam se sabía bella y se cuidaba. Tenía pánico a envejecer, a perder la firmeza de sus pechos, la tersura de su piel. Hacía grandes sacrificios por mantenerse joven y en su peso, 6

sobre todo desde que tuvo a su hija. El rigor que se impuso a sí misma le llevaba a privarse de todo aquello que le gustaba y que temía que pudiera aportarle algún gramo de más. Hacía mucho ejercicio y le gustaba caminar, dar largos paseos, a veces, de varios kilómetros. Sus largas piernas, torneadas, tersas, firmes, partían de una fina cintura desde donde nacía un torso esbelto, perfectamente esculpido y poderosamente femenino que terminaba en un elegante cuello, al que Miriam gustaba descubrir con medida coquetería sacudiendo la cabeza con garboso ademán para apartar su negra y larga cabellera, ligeramente ondulada.

-

Te encuentro arrebatadoramente hermosa - respondió Albert después de admirar, una y otra vez, aquel cuerpo primorosamente modelado, hecho para el deleite de todos los sentidos -. Tienes el mismo tipo que cuando nos conocimos - añadió -. No has cambiado en nada, sigues igual que siempre, ni siquiera parece que seas mamá.

-

¡Mamá de una hija y he tenido dos abortos, no lo olvides!

Tenerla de nuevo entre sus brazos, tan hermosa, tan llena de vida, tan palpitante, lejos del marido con el que se casó sin estar enamorada y con el que convivía sin sentir otra cosa que la costumbre inveterada de la rutina doméstica, y, sobre todo, saberla y sentirla suya y feliz, hizo que Albert la encontrara irresistible. La atrajo hacia sí y la besó con pasión, disfrutando de unos labios que se le ofrecían cálidos, sensuales.

Miriam se incorporó y recorrió complacida con la mirada el cuerpo de su amante para, seguido, besarlo suavemente con el aleteo de sus labios y el extremo de sus senos, que notó se endurecían y agrandaban. La masculinidad de Albert no tardó en responder al nuevo despertar y Miriam quiso disfrutar observando el efecto de petrificación de sus caricias en aquella incitante virilidad. La recogió entre sus manos con delicadeza para prodigarle mimos con la lengua y los labios, como si de una sabrosa fruta tropical se tratara. Albert se mantenía con los ojos cerrados, protagonista de un sueño del que no querría despertar, pero era imposible permanecer impávido, sobre todo cuando sintió en su boca el contacto sedoso del vello del centro del placer de Miriam. Albert besó con fruición el manjar y lo lamió hasta notar cómo se endurecía el garbancito encapuchado que escondía el tesoro.

Quiso incorporarse, pero Miriam se lo impidió para continuar con el placentero y provocador juego, hasta que sintió que pronto llegarían al punto de no retorno.

Entonces, con un gesto propio de un malabar, Miriam se giró y, echándose sobre Albert, cobijó en su edén el fruto erecto del deleite, ofreciendo sus labios ardientes.

-

¡Por nada del mundo renunciaría a sentir tu cálida descarga en mis entrañas, Albert! – exclamó con deleite.

El deseo satisfecho, el gozo del placer, la certeza de un amor compartido sin exigencias, puso la felicidad en sus rostros y ambos quedaron plácidamente 7

adormilados, uno junto al otro, abrazados.

-

¿Cuántos años ya? – preguntó al rato Miriam, apartando de él la mirada y refugiándola en un indeterminado lugar del techo. Sin esperar respuesta, añadió:

-

Como comprenderás, Albert, la pregunta es ociosa. Lo que quiero decir es que aún no dejo de sorprenderme al comprobar cómo, año tras año, es posible mantener una relación tan especial como la nuestra, que dure tanto tiempo, en unas circunstancias poco corrientes, viviendo uno lejos del otro y estando los dos casados.

Miriam hizo una pausa. Fijó su mirada amorosa en Albert y dijo:

-

Y sólo para disfrutar de un breve encuentro durante el primer fin de semana de cada mes de junio de cada año.

-

¡Este es el milagro al que me refería antes! – exclamó Albert, triunfante -.

Después de seis años, mantenemos la misma ilusión que el primer día, con un amor y un deseo que aumentan con el tiempo y un inquebrantable propósito de acudir a nuestra cita anual, estemos donde estemos.

-

¿Seis años ya, dices? Pues, ¿cuántos tienes? - preguntó Miriam mientras le acariciaba el cabello, adquiriendo su rostro un aire entre maternal y coqueto, con una tierna dulzura no exenta de cierta provocación. De pronto, descubrió:

-

¡Tienes canas! – advirtió jocosa.

-

Siempre he tenido diez años más que tú, Miriam - respondió Albert con cierta resignación.

-

Me gusta que seas mayor que yo, Albert - le tranquilizó Miriam -. Me siento segura, protegida. Además, amas de otra manera, más intensa, más íntima, definitiva. Amas casi como una mujer ama a otra mujer.

-

¿Qué dices? - respondió Albert con gran curiosidad.

-

Verás, cariño - repuso Miriam -. Cuando estuvimos en Hong-Kong el año pasado, Peter y yo fuimos a un espectáculo erótico de mujeres. No creas que era algo desagradable, nada de eso. Lo mismo que en San Pauli, en Hamburgo, puedes ver cómo un hombre y una mujer practican el sexo hasta el coito en un escenario después de hacerse todo tipo de caricias y juegos eróticos, en Hong-Kong lo hacen dos mujeres. La gran diferencia, aparte lo 8

evidente, claro está, es que una mujer sabe exactamente cómo hacer el amor a otra mujer, sabe lo que quiere, lo que necesita. Y la mujer, cualquier mujer, en el fondo, desea que el hombre, su pareja, le haga el amor como lo haría una mujer. Todo es sensibilidad, ternura, amabilidad, dulzura y el cuerpo no tiene ningún secreto para ella y lo hace lo mismo que a ella le gustaría que se lo hicieran. Viendo este espectáculo, la mujer se siente presa de una gran excitación que a duras penas puede disimular.

-

¡Lo mismo le pasa al hombre! - respondió Albert tras escucharla con atención y, luego, añadió:

-

Bueno, quiero decir que, para algunos hombres, no hay excitación mayor que la que le produce ver a una mujer acariciándose.

-

¡No, tonto, no! - protestó Miriam -. No se trata de ver a dos mujeres masturbándose. Se trata de ver a dos mujeres haciéndose el amor en el sentido más literal de la palabra. ¡Esta es la gran diferencia!

-

¿Y qué tiene que ver eso conmigo? - repuso Albert, extrañado.

-

Pues que tú lo haces tan delicadamente que pareces una mujer y eso me fascina, me emociona y me excita enormemente cuando te siento dentro de mí.

-

¡Caramba, qué descubrimiento! - dijo Albert halagado, fingiendo desconcierto

-. Y, ¿me lo dices ahora, después de tantos años?

Miriam no lo dejó continuar y lo interrumpió:

-

No seas tonto, Albert. Lo que intento decirte es que el lado femenino que todos los hombres tenéis, todos, no lo dudes, lo pones tú en el amor con tal delicadeza y entrega que es algo realmente maravilloso, fascinante. Eres un amante delicado y atento, como una mujer. Me gusta como lo haces y me gustas tú, con tus canas y con tus diez años más que yo, y te amo con locura En ese instante, Miriam rubricó su afirmación depositando un sonoro beso en los labios de Albert y se dispuso a levantarse de la cama.

-

¡Vamos, vístete! - ordenó Miriam -. Vayamos a comer algo. Estoy hambrienta. Ahora caigo que no he comido nada después del desayuno esta mañana, en Atenas, y no he probado bocado durante el viaje.

-

¿Qué te apetece? - propuso Albert mientras también se incorporaba.

9

-

¡Un buen arroz, por supuesto, con ese vino blanco seco de esta bendita tierra, bien frío! - contestó sin dudar, con contundencia.

Bajaron al restaurante del propio hotel, un lugar único donde se puede degustar el mejor arroz marinero de la costa. Para mayor alegría de Albert, Miriam eligió la mesa que tenía por asientos una rinconera, al lado de una gran ventana con vistas al mar. Sabía que él quería estar muy cerca de ella.

-

“Las mesas de los restaurantes de París son las mejores para estar contigo, Miriam, debido a sus reducidas dimensiones, pero muy incómodas para comer”, te recuerdo que me sueles decir cuando vamos a un restaurante, pero tampoco olvido que, también, te agrada distanciarte un poco de mí para contemplarme y asegurarte de que no es un sueño, me dices, y esta rinconera se presta muy bien a este sutil juego – evocó Miriam, una vez que se acomodaron en la mesa.

Miriam tomó una mano de Albert y se la besó. Luego, mimó la otra acariciándola entre las suyas. El mar, presente a través de los amplios ventanales, fue mudo testigo de la ternura de Miriam.

-

Son unas manos bonitas - musitó amorosa -. Me gustan. Son pequeñas pero largas, proporcionadas. Suaves, delicadas, flexibles y tienes unas muñecas tan finas. Son manos expresivas, llenas de vida, creativas y algo autoritarias.

Son las manos de un director de orquesta. Si lo fueras, Albert, estoy segura de que conducirías la orquesta sin batuta.

De nuevo, las amorosas palabras de Miriam, expresadas con su habitual ternura y con su inconfundible acento cariñoso y amable, embriagaron a Albert. Él la miró con dulzura y tomando una de sus manos, depositó en el hueco un cálido beso que encerró con sus dedos.

-

Para luego, cariño.

-

¡No! – protestó Miriam -. Luego, quiero besos frescos, recién horneados para mí. Éste, lo guardaré para cuando no te tenga cerca.

Realmente estaban bien el uno con el otro. Vivían momentos mágicos, aunque cortos, pero intensos. La misma brevedad de sus esporádicos encuentros hacía crecer la intensidad de sus sentimientos y, a pesar de todo lo que se interponía entre ellos, sabían que el amor que sentía el uno por el otro, aún siendo prohibido, era limpio, puro, que no dañaba a nadie, ni siquiera a ellos mismos, y eso los mantenía cada vez más unidos, más enamorados. Se sentían muy felices y aunque ninguno reclamaba la exclusividad para el otro, se guardaban una fidelidad absoluta. No lo sabían, pero se necesitaban mutuamente.

10

-

Y, dime - inquirió repentinamente Miriam -, ¿qué ha sido de tu vida este año?

Albert no quería emplear el tiempo hablando de sí mismo, así que respondió:

-

Nada importante, ya sabes: trabajo, viajes, muchos viajes, demasiados restaurantes y hoteles, y un no saber en qué aeropuerto estás o a qué escala o a qué huelga obedece la larga espera que te ves obligado a soportar sin poder hacer nada. También muchos quebraderos de cabeza y no pocas preocupaciones. Es la monótona vida de una persona como yo, dedicado por completo a su empresa y que alguien, que no sabe qué es esto, envidiaría creyendo que todo es una pura diversión, cuando hay mucho más de lo contrario, sin negar lo que de lo primero pueda tener. En fin, una rutina.

-

¡No! - protestó Miriam interrumpiéndole -. Sabes perfectamente que pregunto por tu vida personal, por tu mujer, por tus hijos. Y, además, tu vida profesional no es, ni mucho menos, tan aburrida como pretendes. Tú tienes la rara habilidad de hacer divertido lo tedioso y siempre, desde que te conozco, aprovechas, después del trabajo, para darte el gusto de ir a una librería, a una tienda de discos en busca de ese raro ejemplar que crees que te falta y que no sabes cómo has podido vivir hasta entonces sin tenerlo y que, luego, ya en casa, te das cuenta de que lo tienes duplicado, cuando no triplicado, si no más. Haces por ahí lo que aquí no haces habitualmente: vas a los conciertos, al teatro, escribes, paseas, contemplas lo que te rodea, hablas con la gente, te recreas en la elección de un buen vino para acompañar lo que has decidido comer, nunca una vulgaridad. Haces lo que realmente te apetece y te gusta, y eso es lo divertido.

Miriam hizo una pequeña pausa para acariciar las manos de Albert y llevárselas a la boca. Lo miró, le sonrió y continuó:

-

Recuerdo perfectamente cómo antes, cuando yo era tu secretaria, a tu regreso de algún viaje, y mientras me dabas el regalo que me habías comprado como recuerdo, me contabas lo que habías visto, en dónde habías estado, qué habías hecho, qué habías imaginado, y lo hacías con tal entusiasmo y con tanto realismo que me hacías vivirlo con tus propias palabras. Te lamentabas de no poder compartir tus vivencias y tu tiempo con la mujer adecuada.

Evidentemente, en tu ánimo estaba el despertar en mí el deseo de acompañarte, ¡y a fe que lo conseguiste!

Siempre que se veían, Miriam le hacía a Albert la misma pregunta, pero sin ninguna intención. Sólo era una curiosidad sana y, de verdad, Miriam se preocupaba por Albert y se interesaba por su vida de familia. No había nada que ocultar. Albert seguía viviendo con su esposa, aunque ya hacía mucho tiempo que su vida marital había terminado. Continuaban juntos por rutina y, como excusa, por los hijos que tenían y que también vivían en la casa. No se habían separado porque nunca había 11

sido una exigencia para el amor que Miriam y Albert se tenían, de la misma manera que Miriam continuaba conviviendo con Peter, su marido, y tampoco representaba un obstáculo para los sentimientos de ambos. Todo era conocido y consentido mutuamente y no había amenaza para su amor. Se habían aceptado tal y como eran.

-

Bueno, bueno, luego te cuento, Miriam – se excusó Albert -, porque, mira, ahí viene el camarero para tomarnos nota. Pero, ahora, prefiero que me hables de ti. Tú eres más importante que yo, Miriam.

-

La verdad, confiésalo, Albert - le replicó Miriam con su amorosa amabilidad -, lo que te interesa es saber cómo van mis relaciones con Peter. ¡Eres un celoso incorregible!

Lo miraba amorosamente y, acariciando con mimo su barbilla, añadió afable y con su habitual sonrisa:

-

Él es mi marido y yo estoy aquí, contigo, porque te quiero y porque deseo estar contigo y eso es lo que importa. ¿No te basta, Albert?

-

Por favor, Miriam, ¡claro que me basta! – protestó Albert con complacencia -, pero no te enfades, mujer, que yo solo quería saber cómo os lleváis últimamente.

-

Cada vez, peor. Discutimos todos los días, desde el primer momento en que nos vemos, ya desde por la mañana temprano. Y, además, ya no soporto los tediosos días grises de Londres, que cuando no llueve es porque va a llover.

¡Se me hacen eternos!

-

Parece que exageras un poco, ¿no? – bromeó Albert -, después de tanto tiempo, ya deberías estar acostumbrada.

-

No, no digo una cosa por otra. Aparte las discusiones con Peter, al que tú sabes que no quiero, es que todos los días me parecen iguales y, vayas donde vayas, tienes que ir preparada para un chaparrón inoportuno. Botas, gabardina, paraguas,... ¡Qué fastidio, siempre nublado y amenazando lluvia!

¡Es demasiado para mí, nacida bajo el sol abrasador de África!

Mientras hablaba, la voz de Miriam iba perdiendo su calidez habitual y se iba tornando cada vez más melancólica. Después de una pequeña pausa, Miriam dijo:

-

No olvides, Albert, que he nacido en Marruecos, que soy africana, vamos, y que allí el cielo casi siempre es azul y el sol luce radiante. Además, me gusta la vida a la que estoy acostumbrada desde pequeña y, como mediterránea 12

que soy, me gusta salir de casa, pasear por las calles, comer al aire libre. Me encanta tomar el sol y el aire. Necesito mezclarme con la gente, hablar, ir de tiendas, aunque sea sin comprar, por el puro placer de mirar y pasear. Soy medio mora, tú ya me entiendes. Londres será mi tumba, si continuo viviendo allí. Me siento desdichada cuando abro la ventana y no veo el sol, me echo a llorar y me deprimo.

-

Sí, te comprendo – dijo Albert acariciando sus mejillas para que borrara el gesto de contrariedad que se había apoderado de su semblante -, pero en Londres tienes amigos, amigos de tu cultura, de tu religión. Sé que os reunís para vuestras celebraciones y eso debe hacer que no eches tanto de menos tu tierra, dejando aparte el sol. Además, allí, en Londres, tienes a tu hija, tienes tu casa, la familia de tu marido. Son tus nuevas raíces, Miriam.

-

¡Oh, no vayas a creer! – negó Miriam con un gesto muy expresivo -. Sí, la familia de Peter y mis amigos son judíos, como yo, pero se consideran ingleses y han renunciado a muchas cosas. Yo me siento una extraña entre ellos y, a veces, creo que hago el ridículo cuando intento que los demás celebren conmigo una pascua a la manera que lo hacemos los sefarditas.

De nuevo su mirada se perdía entre sus recuerdos y su semblante adquiría un aire de triste añoranza. Hizo una mueca, se encogió de hombros y prosiguió:

-

¡Bah, siempre es lo mismo! Cuando los amigos se reúnen con Peter, lo hacen para beber hasta ponerse como cubas, pero, eso sí, en casa. Estoy harta de la lluvia, de la cerveza, de los chistes malos, de las nubes, de las risotadas estúpidas, de los "week-end", de los "picnic" y de los “party”. ¡Con lo que a mí me gusta el campo! No aguanto tanta monotonía. De verdad te digo, Albert, que si el clima fuese causa de divorcio, me separaría inmediatamente, créeme.

Ambos se echaron a reír.

-

Y eso que aún no te he dicho nada de la comida.

-

No es necesario, Miriam, la conozco, y no me satisface nada.

-

Sí, pero te quiero contar.

Albert la miró expectante.

-

Un día que Peter quiso sorprenderme, se metió en la cocina y se dispuso a hacer un guiso que, según me aseguró, había aprendido de su madre. Lo dejé hacer y al cabo de un rato, cuando toda la casa estaba impregnada de un extraño olor que en absoluto respondía a los ingredientes que había 13

preparado, me dijo con cierto triunfalismo:

-

“Anda, pruébalo y dime si le falta algo”.

-

Con extrema seriedad y convicción, le respondí:

-

“La comida inglesa no hay ni que probarla: no tiene remedio”.

Terminaron por festejar a carcajadas el agudo sarcasmo de Miriam, quien continuó con su ocurrente mordacidad:

-

¿Sabes qué me preguntó un día Peter sobre Larache? – espetó dibujando en su rostro una mueca desafiante.

-

No, ¿cómo lo voy a saber? – respondió Albert divertido.

-

Es una forma de hablar, Albert. Como sabes, los ingleses son muy suyos, muy domésticos, y piensan que fuera de Inglaterra sólo hay ignorantes que no hablan inglés, que conducen en sentido contrario y que tienen una moneda extraña. No les interesa nada fuera de la isla, pero un día, Peter quiso halagarme y me preguntó por mi tierra, que en dónde estaba.

-

“¿Larache?” – le respondí sorprendida por su súbito y, a todas luces, fingido interés.

-

“Sí, Larache” – me replicó incómodo.

-

“Larache está en Marruecos y Marruecos está en África” – respondí burlona.

-

“¿Y cómo es África?” – volvió a preguntarme Peter, contrariado por el tono de mi respuesta. Era evidente, Albert, que no había ningún interés en Peter, sólo ánimo de iniciar una conversación insulsa, como cuando hablan entre ellos del tiempo. Así que, cuando él esperaba que yo iniciara una disertación socio-geo-política inacabable, le respondí con sequedad:

-

“Es grande, muy grande, pero cansa. Está bien para un rato, pero, después, agota”.

Albert rió con entusiasmo la ingeniosa respuesta de Miriam y ambos celebraron la nueva ocurrencia.

Después de degustar un exquisito arroz con abundante marisco y precedido de unos mejillones al vapor, todo ello bien acompañado por un excelente vino blanco a la temperatura idónea, dieron un paseo por la playa. No había mucha gente y se 14

podía andar por la orilla sin molestar ni ser molestados. Iban cogidos de una mano y, en la otra, sujetaban los zapatos. Hundían con fuerza los pies en la arena en la inútil pero divertida tarea de intentar dejar allí sus huellas, como mudos y efímeros testigos de su paseo, pero el mar, en su eterno vaivén, se encargaba de borrarlas, como si se tratara del cómplice amigo que debiera destruir las pruebas de su amor.

Así continuaron paseando durante un buen rato. De pronto, Albert se sintió muy excitado y Miriam lo notó sin dificultad. Al mirarse, Albert advirtió que en los ojos de ella también ardía el deseo.

-

Estoy como la superficie del mar – dijo Miriam casi en un susurro.

-

¿Qué quieres decir? – preguntó Albert un tanto desconcertado.

-

Excitada y húmeda – aclaró provocadora.

Decidieron regresar al hotel.

Se quedaron profundamente dormidos tras el placentero deleite que habían gozado al entregarse sin reservas a la apasionada batalla amorosa a la que habían sido convocados.

Una reparadora siesta repuso los ánimos y, al despertar y contemplar su propia desnudez, la excitación fue inmediata y reclamó con vehemencia la consumación del intenso deseo que la naturaleza humana volvía a convocar. Se miraron, se abrazaron y se fundieron en un solo cuerpo que exigía insistente la culminación de la invitación al gozo, al placer, al deleite, delicias sofocadas largamente durante un año y cuya convocatoria no admitía demora. La efímera felicidad que se conjuraba durante el fin de semana, acrisolada entre gemidos y gritos de intenso placer, acuñaba el recuerdo hasta vivirlo en la realidad del año siguiente.

Dichosos y amorosamente abrazados, Miriam, llenando de besos el rostro de Albert, le preguntó:

-

Dime, amor mío, ¿cómo empezó todo?

Pregunta que solía hacer todos los años y que, como todos los años, Albert se afanaba en contar como nueva:

-

Hace seis años, a primeros de junio, tuve que venir a Barcelona para una reunión con varios japoneses que requería una gran atención y mayor prudencia, pues una pregunta, o una respuesta, inadecuadas, dada la gran diferencia de costumbres y hábitos de una y otra cultura, podrían dar a traste un negocio largamente pergeñado. Te propuse que me acompañaras y te dije que necesitaba una intérprete de inglés. De sobra sabías tú que no era 15

cierto.

-

Sí, Albert – interrumpió Miriam –, y lo que tú pretendías es que, con la excusa de que tenías que esperar mi traducción a lo que ellos dijeran, te dabas tiempo para pensarte mejor tu respuesta, o tu proposición.

-

Pero lo que sucedió es que tu presencia, tu simpatía y tu seducción, hicieron más fácil llegar a un acuerdo recíprocamente beneficioso – aseveró Albert.

-

Y, al darme cuenta, Albert, me sentí utilizada como mujer y te odié – recordó Miriam.

-

Bien sabes, Miriam, que yo jamás intenté jugar la baza de tu belleza, lo mismo que sabes que, cuando yo advertí que los japoneses estaban encantados contigo, me di toda la prisa posible para ultimar la reunión. Y

estaba dispuesto a echar al traste todo.

-

¿Por qué? – preguntó Miriam, aún conociendo la respuesta.

-

Porque, sin decírtelo, yo ya me sentía enamorado de ti y me incomodaba la situación involuntariamente sobrevenida.

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Yo lo vi en tus ojos y en tus gestos, y me sentí muy satisfecha y orgullosa: al fin te habías fijado en mí – me dije -. Yo estaba enamorada de ti, pero nada te dije nunca, aunque al aceptar tu invitación sin resistencia, te diste cuenta que yo me encaminaba voluntaria y feliz a donde tú quisieras llevarme.

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Luego, al terminar la reunión y firmar los acuerdos, nos fuimos a celebrarlo al restaurante “El Pexeirot”, donde los japoneses, hartos de arroz y de vino, al terminar el almuerzo, expresaron su deseo de retirarse a su hotel a descansar.

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Y tú, Albert, me propusiste venir a pasar la tarde a Sitges, a pasear por la playa. Tu invitación estaba llena de sugerentes y provocativas tentaciones, lo vi en tu mirada. Sabía que mi respuesta era más trascendente que un simple sí o un no. Un no, hubiera sido una renuncia estúpida a una vida contigo que intuía maravillosa. En cambio, un sí, significaba una entrega, pero no una entrega para una aventura pasajera, sino una entrega definitiva y aceptarte como amante y que tú me hicieras tu amante para ser amada, no amante de mi amante.

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Y dijiste sí, Miriam – recordó Albert emocionado.

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Y nunca me arrepentí, Albert, y cada día estoy más enamorada.

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Y, después de pasear, nos sentamos en la terraza de este hotel y nuestros ojos dijeron lo que nuestras palabras se negaban a pronunciar.

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Y fue nuestro primer fin de semana juntos, Albert, un seis de junio de…

¡Mejor no recordarlo!

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Recordar, es hermoso, Miriam, porque recordamos el mismo retal de nuestras vidas, un trozo de tiempo lleno de vivencias que sólo nos pertenece a nosotros y nadie nos podrá quitar.

Y los días sucedieron implacables a las noches y aquel fin de semana, el sexto, pareció transcurrir con inusitada celeridad.

Cuando amaneció, ya era lunes y ninguno de los dos se atrevía a recordárselo al otro. Habían vivido el fin de semana con tanta intensidad que parecía el último de sus vidas. Temprano, tal y como habían encargado la noche anterior, les subieron el desayuno a la habitación. Al aparecer la camarera con la mesa de ruedas, un aire de tristeza se apoderó de ambos. Parecía el último desayuno del condenado. Lo tomaron en silencio, sin apenas hablar. Al terminar, se pusieron a hacer las maletas con las mismas ganas que el condenado va al cadalso. Bajaron a la recepción y, mientras Albert se ocupaba de la factura, Miriam fue acomodando el equipaje en el taxi que ya aguardaba.

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¿Adónde, señores? - preguntó el taxista.

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Al aeropuerto - contestó Albert, visiblemente desalentado.

Durante el trayecto, apenas si intercambiaron palabra. Iban con las manos cogidas, dándose ánimos mutuamente. Se consolaban sonriéndose y haciendo que sus miradas se encontraran. De vez en cuando y como afirmando que el sueño dejaba paso a la realidad, Miriam acompañaba su sonrisa acariciando la barbilla de Albert con la punta de los dedos que luego se llevaba a los labios.

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¿Llevas todo, Albert? – rompió el silencio Miriam -. Nunca se está seguro.

Cuando dejo un hotel, siempre creo que se me olvida algo, no lo puedo remediar.

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En realidad, siempre nos dejamos algo en este hotel cuando nos vamos. Nos dejamos lo mejor de nosotros mismos – repuso Albert con aire sombrío.

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No es justo lo que dices, Albert – protestó Miriam amorosa –. Lo mejor de nosotros mismos lo seguimos conservando y nos lo ofrecemos cuando nos vemos. Así ha sido durante los últimos seis años y así seguirá siendo mientras no ocurra algún contratiempo que lo impida.

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Miriam lo miró con ternura y añadió:

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Y siempre el primer fin de semana de todos los meses de junio.

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Perdona, Miriam. Tienes razón – reconoció Albert besándole los labios.

Tras un largo y elocuente silencio, Miriam recuperó su ánimo habitual y con una sonrisa picarona, preguntó melosa:

- ¿De quién fue la idea de venir aquí?

La pregunta era del todo inútil, repetida, pero a Miriam le pareció que se prolongaba el silencio y era necesario quebrarlo.

-

¡Tuya, y bien lo sabes, Miriam! No podía ser de otra persona. Tú eres así, romántica, soñadora, y tú propusiste vernos aquí para revivir nuestro primer encuentro. Aquí nos amamos por primera vez.

-

¡Lo recuerdo como si fuera ayer, Albert, y me gusta recordarlo contigo!

Habían llegado al aeropuerto. Albert, mientras se acercaban al mostrador de British Airways, le preguntó burlón:

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¿Por qué los británicos siempre viajáis con British Airways? Es raro veros volar en otra compañía, ¿verdad?

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¡Alto ahí, que yo no soy británica, que ya soy inglesa! - protestó Miriam con aire de superioridad -. Pero son cosas de Peter. A mí me da lo mismo volar con una compañía que con otra. Para mí, todas son iguales: los mismos aviones, las mismas tripulaciones adiestradas por los mismos fabricantes y en los mismos simuladores, y el personal de cabina es igualmente atento en cualquier aerolínea. La diferencia puede estar en el servicio a bordo, en el trato al pasajero y en eso, precisamente, yo incluiría en una lista negra a muchas compañías de las llamadas de bandera que tiene un pésimo servicio.

A mí lo que me importa es que los aviones vuelen y que el viaje sea cuanto más rápido y corto, mejor.

Mientras Miriam hablaba y mostraba su inusitada contrariedad en un tono deliberadamente alto que llamaba la atención tanto de los demás pasajeros que guardaban la cola como la del personal de la aerolínea, pero, en realidad, lo que estaba haciendo era dar muestras de su creciente ansiedad porque el momento de tomar el avión se acercaba y, aunque ella sentía pánico a volar, su agitación se debía a la inminente separación de Albert y al comienzo de un largo año de espera para un nuevo encuentro. Sus ojos acuosos a punto de romper en lágrimas y su 18

mirada intensa eran muy elocuentes.

Albert se ocupó de facturar su equipaje.

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Toma, tu tarjeta de embarque. Tu asiento es de ventanilla y delantero, en la primera fila de turista. El avión es inglés, para que todo quede en casa –

bromeó -. Se trata de un BAC One-Eleven.

-

¿Qué tiene de particular ese avión, Albert? – dijo Miriam, enjugándose los las mejillas con los dedos, gesto al que ayudó Albert con sus labios.

-

Pues que la mitad de los asientos están colocados en sentido contrario al de la marcha, pero como tu asiento es delantero y en sentido convencional, el despegue se notará menos que si estuvieras en el centro o en la cola. Hace un día tranquilo y tendrás un buen vuelo, aunque siempre hay que esperar alguna ligera turbulencia al cruzar El Canal. Estamos en verano y a pesar de que el aire está en calma, los vientos fríos del norte harán sentir su presencia al chocar con los cálidos que ascienden del sur y pueden provocar alguna perturbación, pero no te preocupes, no será nada. ¡Ah!, recuerda que el avión está diseñado para volar, ¿eh?

Albert sabía que a Miriam le tranquilizaba una ligera explicación técnica antes de iniciar el vuelo, aunque no la comprendiera ni prestara mucha atención, pero aquello de que Albert dijera que “el avión está diseñado para volar”, le daba mucha seguridad.

El vuelo a Londres ya se había anunciado, pero Miriam y Albert permanecían mirándose, sin atreverse a decirse adiós. Minutos después, la insolente megafonía anunció la última llamada y la inminente salida del avión. Miriam se puso nerviosa, más de lo habitual, y apenas podía controlar su ansiedad. Era así y no lo podía remediar, pero se le pasaría enseguida, tan pronto como se sintiera en el aire, después del despegue.

Súbitamente y con gran nerviosismo, se abrazó a Albert y lo besó.

-

¡Hasta el año que viene, Albert!

Tras fundirse en un largo abrazo de despedida, Miriam se incorporó a la fila de pasajeros. Albert la siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta del control de pasajeros. Así se quedó durante largo tiempo, incapaz de moverse, con la vista fija en aquel lugar donde ya no había nadie conocido. De repente, una amarga soledad lo invadió y con lágrimas a duras penas contenidas, exclamó para sí mismo:

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¡Dios mío, Dios mío, cómo la necesito! ¡Ya la echo de menos! ¡Qué largo se hará la espera este año!

Miriam también necesitaba a Albert, tanto o más que él a ella. Albert le infundía fuerza, seguridad. Se sentía mujer, se sentía importante. Se sentía amada.

Cada vez que se despedían, se renovaban la promesa de verse al año siguiente y se habían jurado que, si alguna vez uno de los dos no acudía a la cita, sería por una causa realmente grave y que nunca, nunca, nada se interpondría en sus deseos.

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“La única causa para faltar a la cita, sería la muerte de uno o de los dos”, se decían cada vez que se despedían.

Miriam y Albert pudieron cumplir con su promesa y continuaron encontrándose en los años posteriores, durante los cuales siguieron viéndose en el mismo lugar, en el mismo hotel, en la misma fecha y vivieron intensamente la brevedad de sus encuentros anuales que tanta dicha les proporcionaba.

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CAPÍTULO II

Habían transcurrido tres años más y sus encuentros se fueron produciendo con la misma ilusión que la del primer día, siempre en la fecha a la que ambos se habían comprometido, sin que nada ni nadie lo impidiera. Los vivían con la intensidad y la pasión de quienes se vieran y se amaran por primera vez, por última vez, como si un augurio les advirtiera que no habría una próxima.

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”Carpe Diem” – se decían al reencontrase.

Al año siguiente, que debía ser el décimo de sus citas amorosas, aquel primer fin de semana de junio, Albert aguardaba impaciente en el hotel “Can Grau Platja” la llegada de Miriam.

Pero Albert no sabía que esperaba en vano. Miriam no acudiría a la cita anual de aquel nuevo junio.

Aquel fin de semana se le hizo inmensa y desesperadamente largo, insoportable.

No sabía a dónde llamar ni qué hacer. Siempre se encontraban en el mismo sitio, pero nunca sabían en dónde estaban uno y otro durante todo el año y desde dónde acudirían. Dejarían todo para encontrarse en el lugar y en la fecha convenidos, pero no había contactos previos. Durante el año, raramente se llamaban o se escribían. Todo se lo decían cuando estaban juntos. Esperaban todo un año para amarse y decirse lo que, al verse, no recordaban.

Albert preguntaba continuamente en la recepción si se había recibido algún mensaje, alguna señal de Miriam. Nada. Pensó que, como se habían dicho, algo serio habría ocurrido, pues, en caso contrario, por algún medio, Miriam, le hubiera hecho llegar un recado.

Resignado a su incapacidad y con la preocupación que provoca la incertidumbre, siempre mayor que la propia certeza, esperó inútil y pacientemente a que llegara el lunes y, como seguía sin tener noticias, finalmente, decidió abandonar el hotel de Sitges. Solicitó la factura y, mientras la confeccionaban y esperaba la llegada del taxi solicitado, se adueñó de Albert una profunda amargura y negros nubarrones acudieron a su mente. Un gran desasosiego se apoderaba de él.

Miriam podía haber sufrido un terrible accidente o estar en cama con alguna enfermedad. Para comprobarlo, Albert debiera telefonear a su casa y, si el marido contestara, ¿qué le habría dicho? ¿Quizá llamar haciéndose pasar por un simple amigo? No le parecía correcto. Si algo grave le pasaba a Miriam, Albert se podría 21

traicionar ál saberlo y ella quedaría en evidencia. ¿Que una tercera persona llamara por él y se interesara por Miriam? A estas alturas, si algo serio había acontecido, todo el mundo a su alrededor lo sabría y la llamada despertaría suspicacias. Albert ya no sabía qué hacer con su existencia. Necesitaba estar seguro de que no le había pasado nada a Miriam, pero era preciso verificarlo.

Alguien respondió al teléfono:

-

No, la señora no está – contestó una voz desconocida y que se identificó como la sirvienta de la casa -. Le repito, señor, que la señora no está en casa. Se marchó de viaje y aún no ha regresado. No le puedo decir más.

Llame esta noche y hable con el señor.

Albert se tranquilizó. Al menos, Miriam no estaba enferma ni había sufrido ningún accidente, como llegó a creer en ese vagabundear de negras ideas que vinieron a su mente.

-

No se preocupe, señor - intentó aquietar a Albert el gerente del hotel -, porque si no ha venido la señora Miriam, no será por nada importante, ya verá. Quizá un vuelo cancelado, un enlace perdido o un teléfono que no funciona, algo, así, nada importante. Váyase tranquilo, señor Albert, y dígame si puedo llamarlo a su despacho o a algún otro sitio, por si llegara algún mensaje.

-

No, señor Matías, déjelo. Yo lo llamaré a usted esta noche por si hubiera alguna novedad.

El hotel “Can Grau Platja” es un establecimiento pequeño y antiguo, pero reformado y con toda clase de comodidades, muy confortable. Está situado al borde del mar, en la playa de Sitges, y dispone de una amplia zona ajardinada, tranquila y agradable, en donde están dispuestas las mesas al aire libre, bajo la sombra de una gran marquesina. Lo regenta la familia Grau desde que el abuelo, el señor Roque, lo fundara allá por los años veinte del pasado siglo. El negocio cuenta con un excelente restaurante, tanto interior como de terraza en la playa, en cuya cocina se crean unos exquisitos y celebrados guisos típicos de la costa catalana y otros manjares no menos enjundiosos a base de pescado, marisco, arroz y verduras, todo lo cual hace las delicias de los clientes. Se come muy bien, a pesar de ser un restaurante de hotel y un hotel de playa, y el secreto no es otro que la cocina está a cargo de la madre y la esposa de Matías, mientras que el hijo mayor es el responsable de ir al mercado todos los días, muy temprano, para hacer la compra y seleccionar sólo productos de óptima calidad. De las dos hijas del matrimonio, una se encarga de la recepción del hotel y la otra es el maître del restaurante. Todo es familiar, amable, íntimo, y ese ambiente acogedor lo percibe el cliente desde el primer momento y hace que se encuentre a gusto y que su estancia sea placentera.

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Los clientes asiduos, agradecidos, suelen decir que mi hotel es un restaurante con habitaciones, lo que nos llena de orgullo, más a mi madre y a mi esposa por el reconocimiento a su quehacer culinario, y, cierto es, señor Albert, que nos gusta que los clientes estén contentos y satisfechos: ellos hacen aumentar la clientela – le confesó Matías.

-

Y yo, señor Matías, soy el primero de sus clientes en propagar la calidad de su establecimiento – aseveró Albert.

El señor Matías Grau, gerente y dueño actual del hotel y nieto del fundador, conocía a Miriam y a Albert desde la primera vez que se alojaron en su establecimiento, y la natural familiaridad establecida por el trato a lo largo de los años, nunca estuvo reñida con su discreción. El señor Matías, como buen empresario, sabía muy bien cómo cuidar de su negocio.

Albert estrechó la mano que amablemente le tendía el señor Matías y se despidieron. Tomó el taxi y se dirigió al aeropuerto. Horas más tarde se encontraba en su despacho de Madrid, lejos del entrañable “Can Grau Platja”. Durante el vuelo se atropellaban en su mente miles de ideas, ninguna buena, y , a pesar de haberse sosegado ligeramente después de hablar con la casa de Miriam, no pudo sustraerse a la idea de que algo grave había ocurrido para que ella no apareciera ni dejara ningún mensaje.

Durante los días siguientes, Albert siguió sin noticias de Miriam. Llamaba al hotel de Sitges a diario, pero la efímera esperanza creada mientras buscaban el posible mensaje, se deshacía en mil pedazos cuando le respondían:

-

”No se ha recibido nada, señor Albert”

Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses y el tiempo transcurría sin que Miriam diera señales de vida. Albert no podía dormir y apenas si se alimentaba. Inquieto, permanecía en el despacho horas y horas después de que todos se hubieran ido, abrigando la esperanza de recibir alguna noticia de ella, a pesar de que Miriam nunca lo había hecho antes. Quizá en esta ocasión, pensaba Albert, Miriam haría una excepción y llamaría.

Eran baldías las esperas y Albert regresaba a su casa fatigado, agotado. Al poco tiempo, empezó a encontrase mal y le afectaba su equilibrio emocional, por lo que temió cometer errores en su empresa que hubieran perjudicado a otras personas.

Estaba desesperado por la incertidumbre.

Tenía que poner remedio y sobreponerse. Veinte familias trabajaban en su empresa y dependían de él.

Pasó el tiempo y Albert se fue haciendo poco a poco a la idea que él mismo se 23

había forjado y que le convenía creer: que Miriam estaba bien y que lo único que pudo haber pasado no era otra cosa que ella, finalmente, se había rendido a la evidencia y había terminado por aceptar a su marido y vivir tranquila, en Londres, con su hija. Miriam habría renunciado a sus encuentros anuales con Albert, pero, de ser así, ¿por qué no se lo dijo?

Ya habían transcurrido varios meses de silencio cuando, un día, en el despacho de Albert se recibió una llamada telefónica.

-

Es personal, señor. Se la paso.

Albert cogió el teléfono con gran nerviosismo. Intuía de quién podía ser la llamada.

-

¡Diga! - dijo secamente en un vano intento de disimular su agitación.

Era la inconfundible voz de Miriam, siempre tan amorosa, tan tierna, tan suave y dulce. Albert no se había equivocado en su intuición. Él siempre había dicho que le gustaba oír la voz de Miriam, y ella lo sabía. Era una voz amable, que acariciaba el oído, y su tono siempre era de amorosa dulzura.

-

Pero, ¡Dios mío!, ¿de verdad eres tú?

Y antes de que Miriam pudiese contestar, Albert continuó:

-

¿Cómo estás? ¿Desde dónde me llamas? ¿Dónde estás?

-

¡Tranquilízate, Albert, por favor! Me encuentro bien y estoy aquí, en Madrid.

-

¿En Madrid?

-

Sí, desde hace diez meses.

-

¿Qué?

Albert no daba crédito a lo que acababa de escuchar.

-

¿Cómo es que no me has llamado antes? ¡Dime dónde estás que ahora mismo voy a verte!

El natural nerviosismo de Albert iba en aumento y, a medida que pasaban los minutos, su inquietud se trocaba en ansiedad que se acrecentaba con el paso del tiempo. Miriam intentaba con su ternura habitual calmar los nervios de Albert pero, conociéndolo, también sabía que era un empeño poco menos que baldío.

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-

Albert, te lo ruego: no te inquietes por lo que voy a decirte. Es importante que estés tranquilo y que no te preocupes por nada, por favor. Antes de nada, debes saber que estoy bien. Eso es lo importante. ¿Me has entendido?

-

Sí, Miriam, te he entendido, pero, ¿qué quieres decirme? ¿Dónde estás?

-

Estoy en una clínica.