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Matriarcado II - Mujeres de Leyenda por Elizabeth Blackwood - muestra HTML

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Leurnóat iBlcaanca Matriarcado II

Mujeres de leyenda

Más historias

de mujeres

maduras

con hombres

jóvenes

Elizabeth Blackwood

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Matriarcado II

Mujeres de leyenda

Título: Matriarcado II - Mujeres de Leyenda

Autor: Elizabeth Blackwood

© 2014 Luna Blanca

Global Copyright Registry Nro: 1401059767446

Fecha 05-ene-2014 16:27 UTC

Licencia de SAFE CREATIVE

Todos los derechos reservados

p

Existe un mundo gobernado por los hombres,

pero existe otro gobernado por las mujeres… Ellos

se mueven en la luz del día, pero ellas se mueven,

invisibles, en las sombras. La noche es su dominio

y allí son soberanas. Nadie puede derrotarlas en su

tierra. Prefieren la oscuridad a la luz. La noche a

la claridad. El misterio a la revelación. Porque son

hijas de la fuerza primordial. Fueron hechas de

jirones de tinieblas…

Para la mujer, el hombre no gobierna, sólo

gestiona. Ella es la que mueve los hilos. Para bien

o para mal. Es así como ellas lo ven. El mundo de

los hombres y el de las mujeres son como mundos

paralelos. Coexisten en un mismo espacio, pero

sin tocarse. Apenas si se miran. Pero a veces esos

mundos se tocan. Entran en cortocircuito. Se

abren pequeños portales. De repente una mujer se

introduce en el mundo luminoso de los hombres

u otras veces es un hombre el que penetra en el

mundo oscuro de las mujeres. Cuando se producen

esos entrecruzamientos, nacen las historias más

extraordinarias. Ambos planos se ven afectados

y tanto hombres como mujeres se alteran. El

hombre, entonces, ve afectada su estabilidad.

Su mundo racional entra en crisis, llegándose a

cuestionar sus valores. La mujer, por su parte, ve

alterada sus emociones. Se siente transformada

por la luz y experimenta el deseo de amar...

Estas historias que compuse para mis lectores

tratan de estos extraños entrecruzamientos. De esta

pérdida del equilibrio entre el mundo de la luz y el

mundo de la oscuridad. En ella los hombres deben

debatirse en un mundo gobernado por poderosas

mujeres. Brujas, lobizonas, vampiras y hasta

simples mortales, todas ellas intentarán poseer sus

corazones para devorar sus almas o protegerlos

de la oscuridad. El hombre, en cualquier caso,

deberá elegir qué camino ha de seguir. Sobre

qué mujer recostarse… Si elige la mujer correcta

se salvará, pero si elije la mujer equivocada,

irremediablemente irá a su perdición. Mientras los

hombres deciden en manos de quiénes pondrán

su destino, las hembras se debaten a duelo para

conquistar el mundo de las sombras... y a ellos.

Elizabeth Blackwood

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MATRIARCADO I

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INDICE

1 ~ Lobizonas (11)

2 ~ La Mujer Demonio (50)

3 ~ El Campesino y la Princesa (93)

4 ~ Secretos de Familia (102)

5 ~ El Huésped (122)

6 ~ Psicopompo (161)

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LOBIZONAS

I

Samantha no terminaba nunca de arreglarse

y su hermana Sabrina estaba perdiendo la

paciencia. Eran cerca de las 8 de la noche y la luna llena

ya brillaba en el cielo. Sabrina se levantó de la silla y

fue a dónde estaba su hermana. Cuando entró en el

dormitorio, la vio parada frente al espejo probándose

una pollera negra. Samantha se dio vuelta para mirar a

su hermana y con voz risueña le preguntó: “¿Te parece

que me queda más sexy la «tubo» o me queda mejor un pantalón

ajustado?” . Sabrina respiró profundo y en tono nervioso

le respondió: “¡Ponte cualquiera de las dos cosas pero salgamos

de una puta vez! ¿No te das cuenta que ya son las ocho y nosotras

todavía estamos cociendo las habas...? ¡Siempre me haces lo

mismo!” . Samantha se encogió entre sus ropas. No le

gustaba ver a su hermana enojada. Ella era una bruja

poderosa y su enojo podía tomar forma de maldición…

Se apresuró a dar los toques finales y cuando terminó,

le avisó que estaba lista. A los pocos minutos ambas

hermanas estaban caminando en dirección al pueblo.

Las hermanas Dávalos no eran bien vistas por sus

vecinos. Tenían fama de ser sorginak, y es por eso que

no tenía amigos. Nunca se las vieron metidas en líos y

11

MATRIARCADO II

algunos hasta decían que curaban el mal de ojo, pero

la superstición de la gente del campo era más fuerte

que el sentido común. Vivían a pocos kilómetros de

Santiago de Compostela (ciudad de fama mundial por

los tradicionales peregrinajes cristianos) en una modesta

casa de madera rodeada por abundantes árboles. La

cabaña donde vivían se erigía en un paraje solitario, y la

única forma de llegar hasta allí era siguiendo un camino

de tierra. Era raro ver a algún ser humano merodeando

por esa zona y casi nadie elegía internarse por ese sendero

abandonado. Si se le preguntaba a algún lugareño si

alguien vivía en ese bosque, éste hacía un gesto con

la cabeza negando dicha posibilidad. Animales, solían

decir algunos. Y otros, palabras inentendibles. Sólo las

hermanas Dávalos decían que allí vivía “gente”, y sólo

ellas sabían cuál era el trayecto exacto que conducía

hasta su cabaña.

Sabrina y Samantha se estaban aproximando

a la avenida que las llevaba al pueblo. Habían estado

caminando cerca de veinte minutos por un camino

de tierra tan oscuro como la boca de un lobo. La más

joven de las dos hermanas escuchaba música desde su

mp3. Sabrina, la mayor, sólo escuchaba el susurro de

los árboles. Esa noche era una noche especial, pues

en el pueblo celebraban el día de Txitxiburduntzi.

*Sorginak* significa brujas hijas de la Madre Tierra en la mitología Vasca.

12

LOBIZONAS

En el día de Txitxiburduntzi los campesinos iban al

monte, preparaban una gran hoguera y cocinaba allí

productos animales, como carne, chorizo y chistorra,

que luego servían ensartados en un palo. Dicha fiesta

se extendía hasta la noche y en algunos lugares se

organizaban romerías con festejos, juegos, música y

bailes tradicionales. Samantha gustaba de bromear

con ese importante día pues decía que txitxiburduntzi

significaba, literalmente, “tener sexo”, pero Sabrina

–siempre indignada– le discutía que no era así, y que esa

festividad vasca tenía un origen sagrado. Según su punto

de vista, la fiesta se remontaba a la época de los antiguos

celtas, que fue una cultura milenaria que desapareció

hace más de 2.000 años.

– Este día es el que más me gusta porque vamos a hacer

«txitxiburduntzi» con los hombres…

– ¡Ya te dije que txitxiburduntzi no significa eso que tú

piensas!

– ¿Ah no? –le contestó Samantha– ¿Y entonces para qué

nos vestimos esta noche con ropas súper sexys? ¿Acaso para

comprar en la feria y bailar con algún monaguillo de la

Iglesia?

*Txitxiburduntzi* es un vocablo formado por los términos “txitxi”, que

significa “carne” y “burduntzi” que significa “palo”. La unión de los dos

vocablos forman la frase “carne en el palo” o “carne empalada”.

13

MATRIARCADO II

– Estas fiestas son ancestrales –le respondió solemnemente

Sabrina– y son fundamentales para nosotras pues podemos

captar mucha energía del «medio». Esto nos posibilita elevar

al máximo nuestro poder interior. ¡Mira como brilla la luna!

¿Acaso te olvidaste que somos buxas?

Samantha no le prestaba atención a los conocimientos

esotéricos de su hermana pues prefería, en ese momento,

escuchar la música de Mecano. Casi toda la música de su

mp3 estaba llena con música de ese grupo. También

le gustaba escuchar la música del gaitero Hevia.

Especialmente la composición “Taramundi 130”, que

la usaba por las noches para hacer alguna invocación.

En ese momento un auto apareció en la ruta. Las luces

brillaban en la oscuridad como dos ojos de gato. Sabrina

se acercó a la calzada y le hizo señas a su hermana.

– Seguro que éste nos lleva. Acércate, que es hora de partir.

Samantha le vio hacer a su hermana un raro

movimiento con su mano. Si mirabas eso desde lejos

parecía ser una seña pero si mirabas eso de cerca veías

que era algo diferente... Una mudra. Eso fue lo que hizo

Sabrina. Movimientos mágicos con su mano para atrapar

la conciencia de las personas. El auto se detuvo al lado de

ellas y éstas se acercaron al vehículo.

*bruxas* significa “brujas” en vasco, aunque también se utiliza ese término

en el idioma portugués.

14

LOBIZONAS

– Te dije que el tipo nos iba a parar. Mi magia infalible

siempre funciona.

– No fue tu magia «infalible» hermanita. Fueron las tetas

carnosas que te brotan por el escote… Coincido con vos

en que esa «magia ancestral» que tenemos las mujeres casi

nunca falla. Al menos con los hombres.

Sabrina le miró con ojos de fuego, pero luego se

tranquilizó. Tenía que darle las gracias al caballero que

esperaba en el auto. El hombre les abrió la puerta y éstas

se acomodaron en la parte de atrás. Después de quince

minutos de viaje, las hermanas Dávalos ya estaban en el

pueblo.

II

Se estaban haciendo las diez de la noche y Paco y

José no podían encontrar el trayecto que los llevara

a su casa. Había sido una mala idea cortar camino

por el monte boscoso. El camino se extendía por una

sierra sinuosa mucho más escarpada que las que había

alrededor. Algunos viajeros acortaban su trayecto

atravesando el solitario monte, pero si no se conocía

bien el lugar se corría el riesgo de quedarse perdido.

José le había dicho a su hermano que una vez había

15

MATRIARCADO II

cruzado por allí, pero ese día los sentidos le fallaron y

terminaron extraviados en un lugar inhóspito. Quizás

hubieran tenido más suerte si no les hubiera cogido la

noche. Y hubiese sido muchísimo peor si esa noche

no hubiera habido luna llena. A medida que la noche

avanzaba se hacía más difícil encontrar la salida. Ambos

adolescentes eran pastores de la zona, aunque ese día no

tuvieron que sacar los animales. El pueblo celebraba la

fiesta de Txitxiburduntzi, por lo que se suspendían las

tareas rurales. Paco y José venían de visitar a un amigo,

compañero de ellos de la escuela secundaria, pero se

habían quedado en su casa demasiado tiempo y a causa

de ello se les había hecho muy tarde.

– ¿Qué hora serán José? Papá y mamá deben estar muy

preocupados.

– ¿Cómo quieres que sepa la hora? Por cómo está la luna deben

ser cerca de las once, o un poco más.

– Papá y mamá se van a enojar mucho. Seguro que cuando

lleguemos se van a enfurecer con nosotros…

– ¡Cállate de una vez y déjame pensar! Necesito «pensar» para

poder encontrar el camino, coño.

José se detuvo y empezó a mirar alrededor.

Trataba de orientarse mediante la posición de la luna.

Su hermano no se despegaba ni un centímetro de él. La

oscuridad del lugar lo ponía bastante nervioso. Eso hizo

16

LOBIZONAS

que se acordara de una historia que le habían contado...

– Marcos me contó una vez que por estos lugares ocurren cosas

extrañas… Su hermana le dijo que una noche pudo ver a un

hombre con orejas de lobo.

– ¡Ya te dije que esas cosas no existen! Los hombres lobos son

cosas de las películas. La hermana de Marcos está un poco

chalada. Él mismo me dijo que vive imaginando cosas.

– A mí me parece que es una tía bastante cuerda.

– ¡Es una loca, una chiflada, y déjame pensar de una buena vez!

Si sigues hablando así te ataré la lengua con los cordones de tus

botas.

Paco se quedó en silencio. Temía que su hermano

cumpliera su palabra. Sacó un crucifijo que llevaba en el

pecho y empezó a rezar una oración en voz baja. “Ángel

de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni

de día…” . El chico apretaba el crucifijo con fuerza. Se

acordaba de memoria la oración que había aprendido

cuando había hecho el catequismo. Los padres de Paco

eran gente devota. Asistían todos los domingos a misa

y colaboraban con la Iglesia todas las veces que podían.

Su padre era gran amigo del padre Ignacio, el único cura

del pueblo. Él fue uno de los pocos que le había ayudado

al párraco a refaccionar la Iglesia el día que había sido

afectada por una terrible tormenta. En la casa de Paco y

José se veía muy poca televisión. Los chicos tenían muy

17

MATRIARCADO II

restringido el acceso al popular aparato. Según la idea

de sus padres “la televisión daba malos ejemplos” . Su mamá

siempre les repetía que la televisión era “cosa del demonio”,

y los reprendía severamente si los descubría viendo cosas

“indecentes” . Los dos asistían a una escuela religiosa y

no tenían mucho roce con la gente. El ir a una escuela

religiosa –donde los estudiantes eran todos varones–

impedía que los chicos se mezclaran con las chicas. Los

padres de Paco y José tenían una muy mala opinión de la

educación pública. Sobre todo Isabel, su rigurosa madre.

Eso de que los chicos y las chicas asistieran todos juntos

a clase le sentaba a “anormalidad”. “En las escuelas públicas

siempre aparece una niña embarazada…” era una de las

frases de la madre cuando salía el tema de la educación.

“Cuando vivía el «general» esas cosas no ocurrían…” subrayaba

el padre, lacónico, recordando épocas pasadas.

– ¿Falta mucho para llegar, José?

– No, ya estamos cerca…

– ¿Estamos llegando a la ruta?

– Me parece que sí. No estoy seguro.

– Es porque le pedí a los ángeles.

– Bien. Sígueles rezando

Paco renovó sus oraciones, pero esta vez con

más entusiasmo. Su hermano le había dicho que la

18

LOBIZONAS

ruta probablemente estaba cerca. Dicha ruta estaba,

exactamente, a menos de 500 metros de donde estaban

ubicados. El problema era que del otro lado de los cerros

(el lugar hacia donde se dirigían) no había ninguna

ruta. José se había vuelto a equivocar y vez de dirigirse

hacia el norte se estaba desviando hacia el noroeste. De

repente, a doscientos metros de distancia, José divisó un

resplandor. Parecía ser una fogata, y eso le brindó una

nueva idea…

– Parece que estamos con suerte. Veo una fogata como a unos

doscientos metros…

– ¿Una fogata?

– Sí. Una fogata. Seguramente habrá gente que sabrá decirnos

dónde estamos.

– Un chico del colegio me dijo que no debemos seguir las fogatas

si las vemos en el medio del campo…

– ¿Y qué de malo tiene una fogata? ¿Quién fue el estúpido que

te dijo eso?

– Los chicos lo dicen… Dicen que esas fogatas son obras del

Diablo. Que si las sigues te irás al Infierno.

– ¡Estupideces! ¿Cómo una fogata te va a llevar al Infierno? Tú

vives creyendo tonterías.

– Lo dicen en el pueblo…

19

MATRIARCADO II

– El pueblo está lleno de gente supersticiosa. Nosotros somos

cristianos. Creemos en Dios nuestro Señor. ¿Acaso te olvidaste lo

que nos enseñó el padre Ignacio?

– Y lo que nos enseñó mamá…

– Sí, mamá. Y tú parece que no has aprendido nada. Ven, camina

rápido, que parece que fueras una niña... No tenemos mucho

tiempo que perder y nuestros padres han de estar preocupados.

José y Paco apresuraron su paso en dirección a la

fogata que brillaba a lo lejos. Se abrieron camino entre

los abundantes matorrales con la esperanza de encontrar

a alguien que los socorriera. La luna brillaba sobre un

cielo estrellado, completamente libre de nubarrones

molestos. Mientras los hermanos caminaban en medio

del monte, en el pueblo la gente ya estaba de fiesta. Los

puestos de comida vendían bebidas y variados platillos

tradicionales de la región. La música alegraba el espíritu

de la comunidad y una gran fogata cocinaba la carne. La

calle estaba repleta de personas, participando en juegos

o recorriendo puestillos. Todos parecían disfrutar de la

velada, menos Isabel y su marido Francisco. Sus hijos

tendrían que haber llegado hace rato, pero, hasta el

En el campo se tiene la creencia de la existencia de los “fuegos fatuos” .

También se le llama “luz mala” o “luz del demonio” según las culturas. Se cree que el objeto de esas luces es desviar a los hombres de su camino para

que se queden extraviados en el campo y no puedan jamás regresar a sus

hogares.

20

LOBIZONAS

momento, no habían aparecido. Habían llamado a la

casa de la familia Elcano, pero éstos le habían dicho que

sus hijos se habían marchado de su casa hacía dos horas.

Francisco se dirigió a uno de sus amigos y le comunicó

que José y Paco se habían perdido... El hombre dejó el

vaso de vino en la mesa y le miró con ojos asustados.

– ¿Estás seguro que se perdieron en el monte?

– Como que me llamo Francisco Ayala. Seguro que tomaron el

atajo del bosque y se fueron para el lado de la vía muerta... Voy a

buscar el rifle. Necesito que alguien me acompañe.

El hombre tomó el último sorbo de vino y

acompañó a su amigo hasta su casa. Se llevaron, además

del rifle, unas linternas y dos barras de hierro. Su mujer,

antes de irse, le ofreció un crucifijo bendecido, pero el

hombre lo rechazó aludiendo que no era necesario. Se

subieron a la camioneta y en silencio se marcharon de

allí. Lo hicieron sin llamar la atención de la gente. Como

subidos a un carro fantasma. En cuestión de minutos los

dos hombres ya estaban recorriendo la ruta.

III

Sabrina intentaba reanimar al sujeto que las había

llevado hasta el pueblo. El hombre yacía inmóvil en el

21

MATRIARCADO II

asiento trasero del auto. Estaba sentada sobre su pecho,

intentando reactivar su corazón. Pese a los prolongados

intentos de reanimación, el hombre no daba signos de

vida. Sabrina no paraba de saltar, inútilmente, sobre el

cuerpo del hombre. Su rostro lucía preocupado. Sabía

que se pasó de la raya…

– Por más que le sigas dando culazos no vas a lograr que

despierte… ¿Por qué no nos largamos ya? ¿Acaso esperas que

nos coja la policía?

– ¡No podemos dejarlo así! Debemos cerciorarnos de que no esté

muerto.

– No está muerto. Sólo ha sufrido un «desmayo».

– ¿Y cómo estás tan segura de que no palmó?

– Ningún hombre se muere por una follada…

– No fue una follada. Fueron dos. Tú también te lo follaste.

– Sí, pero yo no apliqué la técnica “caperucita roja”.

– ¿Y qué tiene que ver mi caperuza? Todas las bruxas lo hacen

cuando follan con un hombre que les gusta. Ningún hombre se

muere por eso.

– Por allí tenía un problema en el corazón ¿Quién sabe? ¿Acaso

conoces su historial médico?

Las hermanas Dávalos seguían discutiendo

22

LOBIZONAS

mientras el conductor del vehículo seguía sin reaccionar.

El hombre sufría desmayos periódicos, acompañados

con pérdida de la memoria. Su médico le había prohibido

conducir, pero al hombre le daba igual estar vivo o estar

muerto. Su mujer lo había dejado por otro tío y, desde

aquel día, se había abandonado a la bebida. Trabajaba

en una empresa de seguros y por la noche solía salir

de juega. Esa noche no había la mejor… O quizás fue la

mejor de su vida. Depende de cómo se lo viera. Sabía que

por las noches las chicas que salían de los bailes hacían

dedo al costado de la ruta para que un buen hombre

las acercara a su casa. Muchas de ellas venían medio

ebrias y entonces él aprovechaba y les echaba manos.

No siempre las cosas le salían bien. Algunas, pese a su

borrachera, se daban cuenta que él quería pringarlas

y entonces éstas le paraban en seco. “Oye tío, ¿qué te

pasa? ¿Es que te has fumado un porro…?” . Sin embargo,

aunque a veces «rebotaba», siempre había alguna que

cedía y eso hacía que terminara ligando. Allí las llevaba

a la parte de atrás... Esa noche había salido de juega,

aprovechando la fiesta de Txitxiburduntzi. No tenía ni

la más remota idea de que en su camino se encontraría

con dos brujas. Las hermanas Dávalos trabajaban con

la energía de la Naturaleza y estaban consagradas a la

diosa Lilith. Lilith fue una diosa sumeria relacionada

con la sexualidad, y cuando había algún Sabbat o se

celebraba una festividad popular –vinculada a menudo

23

MATRIARCADO II

con tradiciones paganas– salían a nutrirse con la energía

del sexo. Rechazaban practicar el “vampirismo”. Habían

hecho un pacto sagrado de no practicar nunca la magia

negra (salvo que sea en defensa propia o como respuesta

a una agresión). Algunas de las brujas que conocían –en

el país Vasco había a montones– absorbían las energías

de los hombres, volviendo a éstos débiles o tontos. En

algunos casos extremos, esas brujas aprovechaban esa

debilidad psíquica para exprimir materialmente a la

víctima hasta dejarla en la pobreza. Muchos hombres que

deambulaban por el pueblo quebrados financieramente

habían sido víctimas de estas arpías. Sabrina y Samantha,

a diferencia de esas brujas, practicaban la Alta Magia,

contenida en viejos grimorios que estaban en su poder.

Pertenecían a un poderoso linaje de brujas vascas

que pasaban la tradición mágica de madre a hija o de

abuela a nieta, y su especialidad era la magia sexual. Eran

expertas en el «viejo arte» y habían leído y practicado casi

TODO sobre sexo, a tal punto que en la antigüedad las

hubieran considerado prostitutas sagradas. Pero esa noche

algo les salió mal y un desenlace imprevisto las había

asaltado. Cuando vieron que no podían hacer nada,

tomaron el celular del hombre y marcaron el número de

“emergencias”. No tardaron mucho en encontrarlo pues

lo tenía al lado de la caja de cambio junto a un paquete

de cigarrillos Marlboro. Después de haber llamado a una

ambulancia las hermanas Dávalos se largaron de allí.

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LOBIZONAS

IV

La calle principal parecía un hormiguero. Las

tabernas y fondas desbordaban de clientes. Cuando

Sabrina y Samantha ingresaron al gentío, no pasaron

en absoluto desapercibidas. Sus prendas ajustadas y sus

carnes voluptuosas hicieron las delicias de las miradas

viriles… También la envidia de alguna mujer y el

rechazo total de las devotas de Dios. A las dos veteranas

no les importó. Al fin y al cabo ese era el «objetivo».

Aunque eran mujeres bastante adultas aparentaban, por

lejos, menos edad. Estuvieron recorriendo el pueblo

e hicieron de las suyas con los pobres lugareños. Se

“cargaron” a un conductor de camiones, a un hombre

que trabajaba en la secretaría de cultura, e incluso

hicieron un trío con el padre Ignacio –que justo andaba

parrandeando por allí. Ni la Santa Iglesia estuvo a

salvo de estas dos maestras del arte corporal. Cuando

estuvieron saciadas completamente de sexo, se colaron

en un auto que viajaba hacia el sur. Mientras estaban de

regreso en el coche, Samantha acomodó un paquete con

mercadería.

– ¿Por qué gastaste tanto dinero? ¿No sabes que debemos llegar

a fin de mes?

26

MATRIARCADO II

– ¿Y quién dijo que no vamos a llegar?

Sabrina la miró y frunció el ceño… Conocía como

nadie a su hermana.

– No me mires así… Lo compré con el dinero del cura.

– ¡Cómo fuiste capaz de hacer eso! Las Dávalos somos bruxas

pero no ladronas…

– Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón.

– ¿Cómo sabes que ese dinero no era del cura?

– Los curas no trabajan. Viven del dinero de la gente. No te

preocupes por las finanzas de la Iglesia, que mientras exista el

Vaticano, nunca a los curas les va a faltar «pasta». El Vaticano

tiene uno de los Bancos más grandes del mundo… ¿No lo

sabías?

– Eso no es una excusa.

– ¡Bueno! Sólo son unos pocos euros… Tampoco le robé todo. Le

dejé «algo» de dinero para que pudiera comprar en las fondas…

Sabrina seguía estando seria, pero a los pocos

segundos se relajó. Sabía que su hermana era traviesa

pero no una mala persona. Era verdad que habría sido

incapaz de robarle a un hombre POBRE. Y también

sabía que a los curas les invitan a comer cuando hay

una fiesta. Luego, después de un minuto, Samantha se

27

LOBIZONAS

animó a dirigirle la palabra a su hermana.

– ¿Viste que larga la tenía el padre Ignacio?

– Los curas católicos son buenos sementales –le respondió ella.

– Yo diría que son los mejores… En el pasado hubo muchos

casos de bruxas que copulaban con ellos. El tener sexo con un

sacerdote otorga a la bruxa un poder mayor.

– Es verdad. Como practican la abstinencia y la devoción, logran

acumular gran cantidad de energía…

– Además son más aguantadores que un hombre casado, y

eyaculan mucho más.

– No me hagas acordar… ¡No me dejaste probar ni una gota de

su sabrosa leche!

– No tenías derecho. Tú te bebiste la leche del camionero y del

hombre de barba… Esta vez era mi turno.

– Zorra… Te guardaste la mejor leche. La de un hombre

consagrado a Dios.

– ¿Me estás diciendo que yo «sabía» que el último tío iba a

ser un cura? Ya te dije mil veces que yo no practico la magia

adivinatoria. Eso fue pura casualidad…

– ¿Casualidad? ¿Y la última vez que te pringaste a un adolecente

virgen? Esa sí que me la debes…

– ¡Espera!

28

MATRIARCADO II

El hombre del volante manejaba su Peugeot

406 tranquilamente. Era un hombre bastante mayor,

de aproximadamente 68 años. Al lado de él estaba su

mujer, más o menos de su misma edad. Aunque la

pareja escuchaba la conversación de las hermanas, no

podían entender ni una palabra de lo que decían. Ambas

mujeres, cuando estaba en público, se comunicaban en

una lengua muy antigua. Era un tipo de dialecto vasco

que se dejó de usar desde la época de la conquista romana,

cuando el emperador le prohibió al pueblo celta escribir

y hablar su propia lengua. Solo las brujas conservaban ese

idioma, que fue trasmitido de generación en generación

conjuntamente con el saber mágico. Después de los

romanos vino la Inquisición Católica, pero aún así la

tradición fue conservada. Una de las mujeres le avisó al

hombre que detuviera su auto…

– ¿Se van a bajar acá?

– Sí señor. Vivimos detrás de esas colinas… –dijo la hermana

menor.

El hombre se rascó la cabeza, tratando de imaginar

qué cristiano podía vivir en esos montes .

– No sabía que había un pueblo detrás de las colinas. Debe ser

un pueblo muy pequeño…

– Bueno, en realidad son una comunidad de gitanos que se

instalaron allí hace poco tiempo… Nosotras no somos gitanas

29

LOBIZONAS

pero tenemos una casita allí. Nos gusta la vida “natural”.

– Bueno. Cada uno es feliz a su manera –respondió el buen

hombre, no dando crédito a lo que ellas decían– Tengan cuidado

de no lastimarse pues esos lugares son muy escabrosos. ¿Quieren

llevarse una linterna?

– ¡Oh, no! No nos va a hacer falta. ¡Se lo agradecemos

muchísimo! Ya conocemos perfectamente el camino. Lo hemos

recorrido cientos de veces.

– Bien. Tengan mucho cuidado. Adiós.

– Igualmente y ¡Gracias por llevarnos!

El Peugeot retomó la ruta y se alejó rápidamente

del lugar. Cuando ya había desaparecido, las dos mujeres

se internaron en el monte.

– ¿Estás segura de lo que vas a hacer?

– Claro que estoy segura. Como que me llamo Samantha

Dávalos. No soy una bruxa adivina pero sí bastante intuitiva.

¿Se dice «intuitiva», no? Bueno, no importa... Mi olfato salvaje

nunca falla. Tú sígueme, que tenemos trabajo que hacer. No

tenemos mucho tiempo que perder.

Sabrina, la mayor de las dos, siguió a su hermana y

se internaron en el monte. La luna llena seguía brillando,

ahora, más fuerte que nunca. Un viento se despertó de

repente y empezó a recorrer las colinas. Las dos mujeres

30

MATRIARCADO II

desaparecieron en la oscuridad, iniciando su trayecto al

lugar señalado. Cuando llegaron a dicho lugar, Samantha

echó un vistazo alrededor. Quería cerciorarse de haber

llegado al sitio que sus sentidos le habían indicado.

– Es acá. Ayúdame a juntar muchas ramas.

Sabrina y su hermana armaron una montaña con

palos y hojas secas dispersas en el monte. Una vez que

el montículo estuvo terminado hicieron juntas una

imposición de manos. Alrededor de un minuto o más las

ramas empezaron a arder. Cuando la gran hoguera brilló

en todo su esplendor, empezaron a danzar alrededor

del fuego. Era una danza que habían aprendido de

las mujeres de su familia cuando fueron pequeñas.

El calor de la hoguera y el ritmo de sus movimientos

hicieron que se sintieran sumamente excitadas. Cada

vez que echaban un vistazo a la luna llena, les parecía

que ésta incrementaba su brillo. Sus cuerpos femeninos

empezaron a traspirar, y entonces comenzaron a quitarse

sus ropas. Primero quedaron con el torso desnudo.

Luego, mientras bailaban, se sacaron el resto. Cuando

ya se habían despojado de la última prenda, iniciaron un

baile frenético que no dejó indiferente ni al más antiguo

de los dioses. Sus pies se movían con tanta rapidez que

parecía que volaban por encima del suelo. Sus torsos

brillantes se contorneaban como serpientes al punto que

parecían carecer de esqueletos. En su danza ancestral

31

LOBIZONAS

dibujaban runas que invocaban poderes olvidados por

los hombres. Mudras, mandalas y símbolos extraños que

llamaban la atención de los antiguos espíritus… El baile

frenético continuó sin pausa hasta que pronto comenzaron

a cambiar de forma... Se empezaron a «transfigurar». A

conectarse con su antigua genealogía. Sus naguales

nativos se apoderaron de sus cuerpos y es por eso que

su danza se hizo más animal. El éxtasis las invadía. El

poder de la Naturaleza las dominaba. Ya no eran mujeres

normales sino lobas en época de celo. Criaturas deseosas

de lujuria, de júbilo salvaje, de placer animal…

De repente un ruido imprevisto las puso en

estado de alerta. Alguien se acercaba por detrás de los

arbustos. Las mujeres-lobo detuvieron su baile y se

escondieron rápido detrás de unos árboles. Los intrusos

ingresaron al lugar del ritual. Uno de ellos echó un

vistazo al terreno y alzó una de las prendas que estaban

tiradas en el piso. La miró y se dirigió a su compañero,

sin entender bien lo que pasaba. Intercambiaron algunas

palabras y después caminaron alrededor de la hoguera.

Las hermanas Dávalos, mientras tanto, contemplaban la

escena a escondidas.

V

32

MATRIARCADO II

El trayecto había resultado más difícil de lo

esperado. Los espinos y los matorrales habían dificultado

por mucho su llegada. Al final, los dos jóvenes ya estaban

en el lugar de donde procedía el resplandor.

– ¿Qué es esto? –preguntó Paco– ¿A dónde se habrá ido la

gente?

José se acercó unos metros y levantó una bombacha

roja que estaba tirada en el piso. Su rostro adolescente

se puso del mismo color que el calzón que tenía en

su mano. No estaba acostumbrado a eso. Rápidamente

se dio media vuelta y volvió a donde estaba Paco. José

comprendió que esa gente no estaba en condiciones de

ayudarle...

– Tenemos que largarnos de aquí. Hemos llegado al lugar

equivocado…

– Te dije que era obra del Diablo. ¡Y tú no me quisiste hacer

caso! Paco empezó a lloriquear.

– ¡No seas imbécil! ¡No es obra de ningún Diablo! Es una

pareja que está haciendo el… bueno ¡Qué va! Eso no te importa.

Debemos largarnos pronto.

José dejó en el piso la prenda que llevaba en la

mano y empezó a caminar alrededor de la hoguera.

Antes de largarse de allí quería cerciorarse de que no

hubiera moros en la costa. Su hermano lo seguía atrás,

33

LOBIZONAS

sin despegarse un centímetro de él. Las prendas de

Samantha y Sabrina estaban esparcidas por todos lados.

Un corpiño de encaje, una pollera negra, una blusa

semitrasparente, un par de portaligas… Todo daba la

sensación de que allí había ocurrido una “orgía”. Una

pareja de amantes excéntricos que se habían internado

en medio del monte para entregarse a los placeres

del amor. José, mientras caminaba, no podía evitar la

tentación de mirar lo que había en el piso. Cada cosa que

observaba le traía el recuerdo de las formas de mujer.

De repente entró en la cuenta de que había algo que no

encajaba bien…. Como una pieza fundamental que faltaba

en un rompecabezas. Su mente daba vueltas y vueltas

intentando comprender lo que pasaba, hasta que pronto

se le encendió la «lamparita» y lo vio todo con absoluta

claridad. Perfectamente, como a través de un prisma.

Como si estuviera mirando el mundo desde el último

piso de un rascacielos. Y entonces el terror se apoderó

de él. Lo que había ocurrido allí no era una “orgía” de

hippies calentorros. No eran pecados de la carne, como

decía el padre Ignacio, sino algo mucho peor… Miró a

su hermano y le dijo:

– ¡Bruxas!

– ¿Bruxas?

– ¡Sí! ¡Aquelarre! ¡Larguémonos de aquí!

34

MATRIARCADO II

José lo tomó por el brazo a su hermano y corrió

en dirección de donde habían venido. Su pié derecho

se enganchó accidentalmente con una blusa que estaba

en el piso. Cuando se dio cuenta que venía arrastrando

algo, sacudió fuertemente su pie logrando desprenderse

de la molesta prenda. Una vez liberado de aquello,

ambos hermanos se dirigieron hacia el monte. Pero una

figura lupina les salió al paso y los hizo retroceder.

– ¿Hacia dónde piensan ir chicuelos?

Samantha los venía observando y se preparó

para cortarles el paso. Se dirigió al otro flanco del solar

mientras Sabrina se quedó en la parte de atrás. Al igual

que los lobos grises cuando atrapan a su presa, las

hermanas los habían estado esperando hasta que al final

pudieron cogerlos. Paco y José retrocedieron asustados

e intentaron escapar por atrás, pero Sabrina les cortó el

camino y al final tuvieron que rendirse. Ya no tenían

posibilidades de liberarse de sus captoras. Estaban

completamente indefensos frente a esas dos criaturas

salvajes. Las dos veteranas mujeres condujeron a los

adolescentes hasta donde estaba la hoguera. El cuerpo

juvenil de ambos chicuelos hizo que ambas hembras

se relamieran del gusto. Los hicieron sentar en el piso,

mientras pensaban qué hacer con ellos.

– Mira cómo me dejaron la blusa. Ahora no sirve para nada.

35

LOBIZONAS

Sabrina se lamentaba de haber perdido una prenda

valiosa. Le había costado cerca de 80 euros...

– Hay miles de blusas como esa… Deja de lamentarte por una

simple prenda.

– ¿A cuál de los dos quieres? –le preguntó Sabrina– Si no te

apresuras me llevo al pequeño…

– ¿Acaso nos van a comer? –preguntó el menor de los hermanos

que estaba temblando como una hojilla. José, por su parte, estaba

tieso como una estatua.

– ¿Comer? ¡Oh, sí! Hoy es la fiesta de Txitxiburduntzi. Y

estamos hambrientas de «carne». Sobre todo, de tiernos pastorcillos

¿Verdad hermana? –Samantha le guiñó un ojo a Sabrina.

– ¡Por favor, no nos hagan daño! ¡Les daremos lo que

QUIERAN pero no nos coman!

José no aguantó más su silencio e imploró

misericordia a sus captoras. En pocos minutos se había

convertido en algo más pequeño que su propio hermano.

Su mente campesina y cristiana le hizo ver que ocurriría

lo peor. Su rostro estaba blanco como la luna y su frente

transpiraba a raudales. Sabrina empezó a sonreír.

– ¿Comer? ¿Y quién dijo que los íbamos a «comer»?

Los dos hermanos se miraron extrañados.

Hubieran jurado que, en la oscuridad, habían visto a dos

36

MATRIARCADO II

mujeres-lobo. Ahora, con la hoguera iluminándolas,

les parecían más normales que al principio. El menor, con

bastante cautela, tomó la palabra y les preguntó.

– ¿Acaso ustedes no son lobizonas?

– ¿Lobizonas? Ja, ja. ¿Escuchaste eso hermana?

– Sí, lo escuché. Estos chicos son muy supersticiosos.

Los chicos se volvieron a mirar. Seguían estando

confundidos pero tenían menos miedo que antes. José

observó con atención sus cuerpos. Estaban desnudas,

pero sin nada anormal. Sintió un poco de vergüenza

al verlas desprovistas de ropas, pero el terror que había

experimentado le había borrado el pudor. Al final, ya

más relajado, les formuló de nuevo la pregunta:

– ¿Entonces no nos van a comer?

– ¡Claro que no! Nosotras no «comemos» a nadie.

– ¿Acaso viste que llevábamos colmillos? Samantha se levantó

los labios para mostrarles que eran completamente «humanas».

Los dos jovencitos respiraron profundo. Por lo

menos las extrañas se parecían a ellos. Aún así, el peligro

no había pasado. Debían averiguar por qué ellas no los

dejaban partir...

– Nosotros nos perdimos en el monte… –dijo Paco, titubeando–

Nuestros padres nos están esperando. Seguro que cuando nos

37

LOBIZONAS

encuentren nos darán una tremenda paliza. No les gusta que les

desobedezcamos.

– ¡Que crueldad! –dijo Sabrina– ¿Cómo un padre puede ser

tan cruel con sus hijos? No os preocupéis, que nosotras nos

encargaremos de que eso no les ocurra…

– ¿Nos van a ayudar a regresar a casa?

Sabrina miró a Samantha y vio que ésta le hizo

una seña. Luego se dirigió a los chicos.

– Claro que les ayudaremos a volver a sus casas. Y les diremos

qué tienen que decirles a sus padres para que éstos no les castiguen,

pero antes tienen que hacernos un favor…

– ¡Haremos CUALQUIER cosa! –respondió José

entusiasmado, al ver que el peligro había desaparecido.

El chico no veía la hora de regresar a su hogar,

y pensó que no mostrarse «servicial» no era la mejor

estrategia.

– ¡Muy bien! Veo que sois unos niños dóciles y eso es bueno

para ustedes y nosotrasSabrina, con una sonrisa, le lanzó una

mirada a su hermana– ¿Ya te decidiste a quién vas a elegir?

–Sí. Me llevo al más chiquillo, si es que eso no te molesta. Me

muero por probar su…. (mencionó una palabra en vasco antiguo

indescifrable al oído humano).

– OK. Yo me quedo con el mayor.

38

MATRIARCADO II

– ¿Qué cosa tenemos que hacer? –preguntó uno de los chicos.

– No se preocupen por eso, en su momento lo van a saber... – Los

ojos de las dos mujeres, en ese instante, brillaban como el fuego.

Samantha recogió sus ropas y las metió dentro de

una bolsa. Después cogió a Paco y se lo llevó detrás de

unos arbustos. Sabrina hizo lo mismo con sus prendas

llevándose a José a un arbusto más lejano. Aunque los

arbolillos estaban ubicados a varios metros de distancia

de la fogata, podía escucharse, desde allí, la conversación

que ellas tenían con los niños…

– ¿Cuál es tu nombre, precioso?

– Paco –respondió el chicuelo.

– ¿Sabes por qué hoy celebramos Txitxiburduntzi Paquito?

– No lo sé… ¿Tiene que ver con el Señor?

– Bueno, no exactamente…

– ¿Me dijiste que te llamabas José?

– Sí señorita. José Ayala.

– Los “Joselillos” tienen fama de mujeriegos.

– ¿Mujeriegos? ¡Yo no pienso en las mujeres!

– ¿De veras? Eso lo podemos averiguar...

39

LOBIZONAS

La luna seguía brillando en una noche cada vez

más negra. Las bestias salvajes y los antiguos dioses eran

los únicos habitantes de ese lugar. Las mujeres habían

desaparecido entre los arbustos cada una con su chico.

Ningún humano que pasara por allí tendría alguna

posibilidad de encontrarlos. Sólo los dioses y las bestias

salvajes podían verlos como si fuera de día. Y también

algún alma en pena que deambulara errante buscando

su hogar. Pero si tienes suficiente visión para ver más allá del

mundo visible, verás, cómo en lo oscuro del monte, los arbustos

se movían… y no por el viento.

Y pasaba el tiempo y los arbustos se seguían moviendo...

Y el tiempo seguía pasando...

¡Y los arbustos se sacudían cada vez más!

VI

Estuvieron en el monte alrededor de una hora sin

hallar el menor rastro de los chicos. Ninguna prenda

enganchada en los arbustos o alguna zapatilla tirada

por allí. Habían creído escuchar algunos griteríos en

el medio del monte –como si un grupo estuviera de

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MATRIARCADO II

juerga– pero no habían podido dar con ellos. Cuando

se movían siguiendo el origen de esas voces, éstas

cambiaban misteriosamente de lugar, lo que los obligaba

a reiniciar la búsqueda. Siguieron a esas voces durante un

tiempo pero se les hizo imposible poder interceptarlas.

Lanzaron unos disparos pero nada. También unos gritos

y tampoco. Cansados de girar en círculos, se dieron

por vencidos y regresaron a la camioneta. Parecía no

quedar más remedio que avisar a la policía para que se

encargue del asunto. Francisco se veía abatido. Cuando

los hombres llegaron a la ruta, divisaron a lo lejos dos

pequeñas figuras. Eran Paco y José haciendo dedo a un

camión que pasaba por allí. El vehículo siguió de largo,

sin prestarle la menor atención.

– ¿Esos no son Paco y José? –dijo el hombre que acompañaba a

Francisco.

– ¡Por la Virgen! Son ellos. Te dije que se habían perdido.

Ambos hombres subieron a la camioneta y se

dirigieron a donde estaban los chicos. Los menores,

al ver a su padre, saltaron de alegría y se subieron al

vehículo. La camioneta arrancó rápidamente y en

quince minutos ya estaban en casa. Una vez allí, los

hijos de Francisco relataron lo sucedido. Les dijeron a

sus padres que un grupo de ladrones quisieron robarles

y que no tuvieron más remedio que internarse en el

bosque. Allí los delincuentes los perdieron de vista, pero

42

LOBIZONAS

luego no supieron cómo regresar. Su padre no estaba

muy convencido de esa historia, pero la madre de los

chicos aceptó su explicación. De esa forma quedaron

excusados.

Eran como las once de la noche y la fiesta no había

terminado todavía. Los palos con los pedazos de carne,

chorizo y chistorra desfilaban por las mesas. Había vino

y también ensaladas. Y jugo para los niños y las mujeres.

La música animaba la reunión y todos parecían disfrutar

del momento. El espíritu de Txitxiburduntzi se había

adueñado de esa buena gente. Y así fue pasando la noche

hasta que el reloj de la Iglesia marcó las doce. Constanza,

en ese momento, venía con una jarra de vino. Se acercó

a una de las mesas y la cambió por una jarra vacía.

Había tenido mucho trabajo ese día atendiendo a los

comensales, y aunque la pasaba bien en esas fiestas, no

veía la hora de irse a dormir. La mujer tenía una hija de

trece años llamada Margarita. La jovencita siempre le

ayudaba a preparar los platillos cuando había una fiesta.

Era una chica muy aplicada que siempre hacía lo que su

madre le decía. Digamos que era la clase de hija que toda

madre quisiera tener. Cuando Constanza puso la jarra

en la mesa, los hombres le dieron las gracias y uno de

ellos le preguntó por su hija.

– ¿Dónde anda Margarita que hace rato que no la vemos, doña

Constanza?

43

MATRIARCADO II

– Seguramente debe estar con unas amigas –respondió la

madre, un poco intrigada– Hoy la pobre ha trabajado como una

santa…

– Tenga cuidado doña Constanza, que si la sigue cuidando

así como la cuida, un día va a venir un mocito guapo y se la

va a llevar “pa” su granja. El hombre tenía algunas copas

encima.

– Cuando cumpla la mayoría de edad que se vaya con el mozo

que quiera... pero mientras sea menor de edad, ya le dije que debe

pensar sólo en el estudio.

Los hombres celebraron la respuesta de doña

Constanza en medio de risas compartidas. El hombre

pasado de copas también se rió, y se sirvió otro vaso de

vino. La mujer se retiró de la mesa y se fue a la cocina

a buscar a su hija. Como no la encontró en la cocina,

fue a buscarla a su habitación. Tampoco la encontró

allí. Margarita no estaba durmiendo. Cuando salió de

nuevo al patio, se topó con Isabel Ayala, la mujer de don

Francisco.

– ¿No vio a mi Margarita doña Isabel?

– Hace media hora la vi en una mesa levantando unos

platos…

– Qué extraño… vengo de la cocina y no estaba allí.

– ¿Y no estará durmiendo en su dormitorio? La pobrecilla

44

LOBIZONAS

trabajó toda la noche.

– Tampoco la hallé en su pieza…

– Entonces hay que ir a buscarla. Ya es muy tarde para que una

niña ande sola por la calle…

Las dos mujeres iniciaron la búsqueda,

preguntándole a la gente si la habían visto. Recorrieron

mesa por mesa pero nadie conocía el paradero de

Margarita. Volvieron a recorrer la casa y luego molestaron

a algunos vecinos. La calle se estaba vaciando y la

chiquilla seguía sin aparecer. Cuando se encontraron

con su respectivos maridos, alarmadas, les informaron

de la situación.

– ¿Que desapareció Margarita?

– Sí Pedro, pareciera que se la tragó la tierra…

– Yo tampoco veo a Paco y José –dijo Francisco– Estos dos

cabronazos han vuelto a desaparecer. Me parece que ya se les está

haciendo costumbre esto de perderse.

– ¿Pero a dónde se podrían haber ido esos mocosos? –se

preguntaron las dos mujeres.

– ¿Revisaron el establo de las cabras? –preguntó Francisco.

– No…

– Pues vayamos allá.

45

MATRIARCADO II

Los padres de los niños se dirigieron al establo y

cuando llegaron al lugar, encontraron todo tranquilo. El

establo estaba ubicado detrás de la vivienda de la familia

Ayala y era el único lugar que quedaba por revisar. Casi

sin hacer ruido, abrieron el portón principal, y una vez

que estuvieron adentro encendieron inmediatamente las

luces. Cuando la luz iluminó todo el recinto, la sorpresa

los dejó paralizados. Allí estaban los tres adolecentes en una

situación para nada imaginable…

– ¡Paquillo!

– ¡Margarita!

– ¡¡Niños!!

Los padres de los críos no daban crédito a lo

que veían. Evidentemente, no estaban preparados para

eso. Los tres jóvenes estaban agolpados copulando en un

trío perfecto. José montado sobre la espalda de Marga,

como si fueran cabrito y cabrita, y Paco debajo de la

jovenzuela saboreando sus pequeñas tetas. Los chicos, al

verse descubiertos, se separaron con algo de dificultad.

Tenían sus cuerpos cubiertos de paja y sus ropas todas

desarregladas. Se acomodaron –como pudieron– sus

prendas, a la vista de sus atónitos padres. Después se

sacudieron el pelo y se quedaron parados esperando el

«sermón». Los chicos no se mostraron «avergonzados».

Daban la apariencia de ser mayores de edad... Incluso, en algún

46

LOBIZONAS

momento, pareció que José le sonreía a su hermano.

Sólo la joven Margarita se mantuvo inexpresiva como al

principio.

Después de lo sucedido aquella noche, los

adolecentes fueron vistos pocas veces fuera de sus casas.

Sus padres les tenían terminantemente prohibido salir

sin permiso o llegar tarde a sus hogares. Habían sufrido

una fuerte reprimenda la noche de Txitxiburduntzi,

aunque, para fortuna de ellos, no hubo violencia física.

Por lo que se supo de los vecinos, a la buena de Margarita

la cambiaron a un colegio de monjas. La habían puesto

medio pupila, por lo que la dejaban volver a su casa los

fines de semana. A Paco y a José no les dejaron por un

año visitar a sus amigos ni jugar a la pelota. Vivían todo

el tiempo confinados en su casa ayudando en la granja

o haciendo las tareas escolares. Después de un tiempo,

a Margarita la expulsaron del colegio por conducta

indecente. Aunque la hermana superiora –para protejer

la moral de la niña– le había dicho a sus padres que la

causa de la expulsión había sido su “mala conducta”.

Cuando Marga retornó a la escuela estatal, volvió a

reencontrarse con sus viejos amigos. Fue así como

47

MATRIARCADO II

Paco y José volvieron a frecuentarla todas las veces que

podían, ya que no pudieron olvidarse de quién había

sido su compañera de juegos. Ya por ese entonces los tres

amigos eran bastante mayores y, cuando había alguna

fiesta, se perdían juntos en lo profundo del monte a

salvo de miradas intrusas. Paco y José se turnaban para

estar con Marga. Uno se quedaba haciendo guardia a

unos metros del lugar del encuentro mientras que el

otro se quedaba con su amiga escondido detrás de unos

arbustos. Y entonces, a los pocos minutos, los arbustos

se empezaban a mover...

Y pasaba el tiempo y los arbustos se seguían moviendo...

Y el tiempo seguía pasando...

¡Y los arbustos se sacudían cada vez más!

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LA MUJER DEMONIO

Me llamo María Salas y tengo 38 años.

Trabajo como asistente social en una

de las Juntas Municipales de Madrid. En mi trabajo

como asistente social tuve la posibilidad de conocer a

mucha gente. Sobre todo a gente de bajos recursos y

pertenecientes a otras nacionalidades. No me considero

una mujer atractiva, aunque todos me dicen que soy

bastante agradable. Incluso algunos suelen bromear

diciendo que he tenido muchos pretendientes. Por

supuesto que eso no es verdad, aunque yo me lo tomo

con muy buen humor. Más allá de los elogios ajenos, mi

suerte con los hombres no es mayor que la de cualquier

otra mujer. Quería contaros esta historia que me ocurrió

hace un año con un chico que conocí y que ahora es mi

actual pareja. Sí, dije bien, un chico. Pues el sujeto en

cuestión no supera los 23 años. Enrique es su verdadero

nombre y estaba por aquel entonces estudiando en la

Universidad. Había conseguido un empleo en la misma

junta donde trabajo yo y allí nos conocimos. Era un

trabajo de medio turno que le ayudaba a costearse los

estudios. Pese a la gran diferencia de edad, no me costó

mucho entablar amistad con él. Soy una mujer que suelo

tener una buena relación con todos mis compañeros,

50

MATRIARCADO II

más allá de la edad o del tipo de trabajo que realicen.

Enrique era un joven entusiasta. De ideas

socialistas, soñaba con un mundo mejor. Era un chico que

se preocupaba por los otros, y eso hacía que en su trabajo

siempre estuviera pendiente más de las necesidades

ajenas que de las propias. Como trabajaba de asistente

conmigo –lo habían asignado a mi departamento–

siempre estaba involucrado en algún problema que

tuviera algún inmigrante. En aquel momento estábamos

trabajando con un asentamiento de gente proveniente

de Europa del este. Rumanos, eslavos y turcos ilegales

que tenían problemas con sus papeles. Muchos de

ellos tenían pasaportes falsos. Y otros, ni siquiera eso.

Nuestra función era la de ayudarles a conseguir un

permiso de residencia –siempre que se pudiera– y

sobre todo asistencia legal para que pudieran defender

sus derechos. Les brindábamos cobertura sanitaria,

conforme a las leyes del Estado Español, y acceso a

comedores populares, ya que muchos no tenían qué

comer. Como había dicho anteriormente, la gente que

asistíamos provenía del Este de Europa. Habían ocupado

unas tierras privadas por la zona de las Sierras del Rincón

y allí habían levantado sus viviendas. Cuando nosotros

llegamos al lugar, estaban por ser exportados a su país,

pero detuvimos ese accionar y reubicamos a la gente en

unos asentamientos que nos daba el Estado. En ese grupo

de personas, Enrique conoció a una joven rumana. Era

51

LA MUJER DEMONIO

una chica casi de su edad, de ojos melancólicos y cuerpo

enfermizo. Se llamaba Tatiana Potcoava, y había arribado

a España –según ella– por medio de una organización de

transporte de gente ilegal. A poco de haberla conocido,

Enrique entabló una fuerte empatía con ella. Comenzó

a visitarla seguido y se preocupaba de que no le faltara

nada. Estaba obsesionado con conseguirle un empleo

pues quería que tuviera los papeles pronto. Yo sabía de

su inclinación por los necesitados. Lo había visto varias

veces hacer cosas por la gente que ni yo hubiera podido o

querido hacer. Pero no pude entender, por ese entonces,

a qué se debía tanto interés por ella. Con el tiempo

frecuenté el asentamiento con el objeto de conocerla y

descubrir qué era lo que a Enrique tanto le atraía. Pero

por más que me esforcé en descubrir sus cualidades,

no pude encontrar ni siquiera una. La joven no parecía

demostrar interés por nada. Ni siquiera por la ayuda que

le daba Enrique.

Enrique era un buen estudiante y pocas veces

faltaba a clase. Trabajaba en el ayuntamiento hasta las

catorce horas y a las seis ingresaba a la Universidad.

Siempre se lo veía de buen humor y era atento y servicial

con todo el mundo. Llegaba puntual a su oficina y

nunca se retiraba antes de hora. Un día se ausentó al

trabajo, y con el tiempo eso se hizo más frecuente. Yo

no quería que lo despidieran. Sabía que si faltaba era

por algo y además sabía que necesitaba el dinero para

52

MATRIARCADO II

poder financiarse los estudios. Cuando le pregunté si

tenía algún problema, me contestó que no, que estaba

algo «cansado». Le aconsejé que fuera a ver al médico

para ver si tenía una enfermedad. Me preocupó que

pudiera tener meningitis, un síndrome de fatiga crónica,

o lo que es peor, algún tipo de cáncer. Pero desistió de

ir al médico como le aconsejé, y continuó como si no

pasara nada. Un día se me ocurrió ir a visitarlo. Quería