Magia, Ciencia y Religión por Bronislaw Malinowski - muestra HTML

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BRONISLAW MALINOWSKI

MAGIA, CIENCIA

Y RELIGIÓN

PLANETA-AGOSTINI

1

Título original: Magic, Science and Religion, and Other Essays (1948)

Traducción: Antonio Pérez Ramos

PLANETA-AGOSTINI

Indice:

MAGIA, CIENCIA Y RELIGIÓN ................................................................................................................. 3

I. EL HOMBRE PRIMITIVO Y SU RELIGIÓN............................................................................................ 3

II. EL DOMINIO RACIONAL QUE EL HOMBRE LOGRA DE SU ENTORNO........................................ 6

III. VIDA, MUERTE Y DESTINO EN EL CREDO Y CULTO PRIMITIVOS ........................................... 10

1. Los actos creativos de la religión......................................................................................................... 11

2. La providencia en la vida primitiva ..................................................................................................... 13

3. El interés selectivo del hombre por la naturaleza................................................................................ 14

4. La muerte y la reintegración del grupo................................................................................................ 15

IV. EL CARÁCTER PÚBLICO Y TRIBAL DE LOS CULTOS PRIMITIVOS .......................................... 18

1. La sociedad como substancia de dios .................................................................................................. 19

2. La eficacia moral de las creencias salvajes ......................................................................................... 21

3. Contribución social e individual en la religión primitiva .................................................................... 23

V. EL ARTE DE LA MAGIA Y EL PODER DE LA FE.............................................................................. 24

1. El rito y el hechizo................................................................................................................................ 25

2. La tradición de la magia ...................................................................................................................... 27

3. El mana y el poder de la magia............................................................................................................ 28

4. Magia y experiencia ............................................................................................................................. 28

5. Magia y ciencia .................................................................................................................................... 31

6. Magia y religión ................................................................................................................................... 32

EL MITO EN LA PSICOLOGÍA PRIMITIVA.......................................................................................... 34

DEDICATORIA A SIR JAMES FRAZER................................................................................................... 34

I. EL PAPEL DEL MITO EN LA VIDA ...................................................................................................... 34

II. MITOS DE ORIGEN ............................................................................................................................... 41

III. LOS MITOS DE MUERTE Y DEL CICLO PERIÓDICO DE LA VIDA .............................................. 47

IV. MITOS DE MAGIA ............................................................................................................................... 52

V. CONCLUSIÓN ....................................................................................................................................... 53

BALOMA: LOS ESPIRITUS DE LOS MUERTOS EN LAS ISLAS TROBRIAND.............................. 57

I .................................................................................................................................................................... 57

II ................................................................................................................................................................... 59

III.................................................................................................................................................................. 63

IV.................................................................................................................................................................. 67

V................................................................................................................................................................... 77

VI.................................................................................................................................................................. 88

VII ................................................................................................................................................................ 91

VIII............................................................................................................................................................... 98

2

MAGIA, CIENCIA Y RELIGIÓN

I. EL HOMBRE PRIMITIVO Y SU RELIGIÓN

No existen pueblos, por primitivos que sean, que carezcan de religión o magia. Tampoco existe, ha

de añadirse de inmediato, ninguna raza de salvajes que desconozca ya la actitud científica, ya la ciencia, a

pesar de que tal falta les ha sido frecuentemente atribuida. En toda comunidad primitiva, estudiada por

observadores competentes y dignos de confianza, han sido encontrados dos campos claramente

distinguibles, el Sagrado y el Profano; dicho de otro modo, el dominio de la Magia y la Religión, y el

dominio de la Ciencia.

Por un lado, hallamos los actos y observancias tradicionales, considerados sacros por los aborígenes

y llevados a efecto con reverencia y temor, encercados además por prohibiciones y reglas de conducta

especiales. Tales actos y observancias se asocian siempre con creencias en fuerzas sobrenaturales,

primordialmente las de la magia, o con ideas sobre seres, espíritus, fantasmas, antepasados muertos, o

dioses. Por otro lado, un momento de reflexión basta para mostrarnos que no hay arte ni oficio, por

primitivo que sea, ni forma organizada de caza, pesca, cultivo o depredación que haya podido inventarse

o mantenerse sin la cuidadosa observación de los procesos naturales y sin una firme creencia en su

regularidad, sin el poder de razonar y sin la confianza en el poder de la razón; esto es, sin los rudimentos

de lo que es ciencia.

El mérito de haber establecido los cimientos de un estudio antropológico de la religión pertenece a

Edward B. Tylor. En su conocida teoría mantiene que la esencia de la religión primitiva es el animismo, o

sea, la creencia en seres espirituales, y muestra cómo tal creencia se ha originado de una interpretación

equivocada pero congruente de sueños, visiones, alucinaciones, estados catalépticos y fenómenos

similares. El filósofo o teólogo salvaje, al reflexionar sobre tales cosas, dio en distinguir el cuerpo del

alma humana. Pues bien, es obvio que el alma continúa viviendo tras la muerte porque se aparece en los

sueños, persigue y obsesiona a los vivos en visiones y recuerdos y parece influir en los destinos de los

hombres. De tal suerte se originó la creencia en los aparecidos y en los espíritus de los muertos, en la

inmortalidad y en el mundo de más allá de la muerte. Ahora bien, el hombre en general, y el primitivo en

particular, tiende a imaginar el mundo externo a su propia imagen. Y como los animales, las plantas y los

objetos se mueven, actúan, están dotados de una conducta, ayudan al hombre o le son adversos, es el caso

que habrán de estar animados por un alma o espíritu. De tal modo el animismo, esto es, la filosofía y la

religión del hombre primitivo, se ha visto construido sobre la base de observaciones e inferencias

equivocadas pero comprensibles en una mente impulida y tosca.

La interpretación de la religión primitiva debida a Tylor, a pesar de la importancia que en su día

tuvo, se basaba en una serie de datos demasiado angosta y concedía al salvaje un status de racionalidad y

contemplación demasiado alto. El trabajo que sobre el terreno ha sido llevado a término por recientes

especialistas nos muestra el primitivo más interesado en pesca y horticultura, en hechos y festejos de su

tribu, que en especulaciones sobre sueños y visiones o en explicaciones de «dobles» o estados

catalépticos, a la vez que revela otros muchos aspectos de la religión primitiva que es imposible encajar

en el esquema de Tylor referente al animismo.

El enfoque mucho más extenso y profundo de la antropología moderna encuentra su expresión más

adecuada en los eruditos e inspirados escritos de sir James Frazer. En tales obras ha establecido éste los

tres problemas madres que, en lo relativo a la religión primitiva, son los que ocupan a la antropología de

hoy: la magia y su relación con la religión y la ciencia, el totemismo y el aspecto sociológico del credo

salvaje; los cultos de la fertilidad y la vegetación. Será mejor que examinemos estos temas por orden.

El libro de Frazer, La rama dorada, ese gran código de la magia primitiva, muestra con claridad que

el animismo no es la única, ni tampoco la dominante, creencia de la cultura salvaje. El primitivo busca

ante todo consultar el curso de la naturaleza para fines prácticos y lleva a cabo tal cosa de modo directo,

por medio de rituales y conjuros, obligando al viento y al clima, a los animales y a las cosechas, a

obedecer su voluntad. Sólo mucho después, al toparse con las limitaciones del poder de su magia, se

dirigirá a seres superiores, con miedo o con esperanza, en súplica o en desafío; tales seres superiores

serán demonios, espíritus de los antepasados o dioses. Es en esa distinción entre lo que, por una parte, es

control directo y, por otra, propiciación de poderes superiores donde sir James Frazer ve la diferencia

entre magia y religión. La magia, basada en la confianza del hombre en poder dominar la naturaleza de

modo directo, es en ese respecto pariente de la ciencia. La religión, la confesión de la impotencia humana

en ciertas cuestiones, eleva al hombre por encima del nivel de lo mágico y, más tarde, logra mantener su

independencia junto a la ciencia, frente a la cual la magia tiene que sucumbir.

3

Esta teoría de la religión y la magia ha sido el punto de partida de los más modernos estudios

consagrados a esos dos temas gemelos. El profesor Preuss en Alemania, el doctor Marett en Inglaterra,

Hubert y Mauss en Francia, han elaborado independientemente ciertos enfoques que, en parte, son

críticas a Frazer y, en parte, siguen las líneas de su investigación. Estos estudiosos postulan que, a pesar

de su similar apariencia, ciencia y magia difieren sin embargo de un modo radical. La ciencia nace de la

experiencia, la magia está fabricada por la tradición. La ciencia se guía por la razón y se corrige por la

observación; la magia, impermeable a ambas, vive en una atmósfera de misticismo. La ciencia está

abierta a todos, es decir, es un bien común de toda la sociedad; la magia es oculta, se enseña por medio de

misteriosas iniciaciones y se continúa en una tradición hereditaria o, al menos, sumamente exclusiva.

Mientras que la ciencia se basa en la concepción de ciertas fuerzas naturales, el hontanar de la magia es la

idea de un poder místico e impersonal en el que creen la mayor parte de los pueblos primitivos. Tal

poder, llamado mana por algunos melanesios, arungquiltha por ciertas tribus australianas, wakan,

orenda, manitu por algunos indios de América, y que en otros lugares carece de nombre, es, se ha

establecido, una idea casi universal que se encuentra en cualquier lugar donde florezca la magia. De

acuerdo con los estudiosos que acabo de mencionar, podemos encontrar, entre los pueblos más primitivos

y entre los más bajos salvajes, una creencia en una fuerza sobrenatural e impersonal que mueve todas

aquellas operaciones que son pertinentes para el salvaje y son causa de todos aquellos sucesos

verdaderamente importantes que acaecen en la esfera de lo sacro. De esta suerte, el mana, y no el

animismo, es la esencia de la «religión preanimista» y, a la vez, constituye la esencia de la magia que, de

tal modo, resulta radicalmente diferente de la ciencia.

La pregunta, empero, de qué será el mana sigue en pie: en efecto, ¿qué es esa fuerza mágica

impersonal que, en la suposición del salvaje, domina todas las formas de su credo? ¿Se trata de una idea

fundamental, de una categoría innata de la mente primitiva, o acaso puede explicarse por elementos aún

más simples y más primordiales de la psicología humana o de la realidad en la que el primitivo vive? Las

contribuciones más originales y más importantes a este problema han sido ofrecidas por el difunto

profesor Durkheim, y tocan también el otro tema que abrió sir James Frazer: el del totemismo y los

aspectos sociológicos de la religión.

El totemismo, citando la clásica definición de Frazer, «es una íntima relación cuya existencia se

supone, por un lado, entre un grupo de gentes emparentadas y una especie de objetos naturales o

artificiales por el otro, objetos a los que se llama tótems del grupo humano». De suerte que el totemismo

tiene dos caras: es un modo de agrupamiento social y un sistema religioso de creencias y prácticas. Cual

la religión, expresa el Interés que el hombre primitivo confiere a lo, que le rodea, el deseo de postular

afinidades y de dominar los mas importantes objetos: por encima de todo las especies vegetales o

animales, más raramente objetos inanimados que son útiles y, por fin y por gran infrecuencia, cosas que

son producto de su propia industria. Como regla general las especies de animales y plantas que

constituyen el alimento cotidiano o, en todo caso, los animales comestibles o útiles comparten una forma

especial de reverencia totémica y son tabúes para los miembros del clan que está asociado con esa especie

y que en ocasiones lleva a efecto ritos y ceremonias destinados a favorecer su multiplicación. El aspecto

social del totemismo consiste en la subdivisión de la tribu en unidades menores, apellidadas en

antropología clanes, gentes, sibas o fratrías.

En el totemismo vemos, por consiguiente, no el resultado de las tempranas especulaciones del hom-

bre en torno a misteriosos fenómenos, sino una combinación de ansiedad utilitaria por los más necesarios

objetos de sus inmediaciones con cierta preocupación por aquellos que captan su imaginación y atención,

como, por ejemplo, hermosos pájaros, reptiles y animales peligrosos. Merced a nuestro conocimiento de

lo que puede llamarse la actitud totémica de la mente, la religión primitiva se ve más cerca de la realidad

y de los intereses prácticos de la vida del salvaje que lo que parecía en su aspecto «animista», cual lo

acentuaron Tylor y los primeros antropólogos.

Mediante su aparentemente extraña asociación con una forma problemática de división social me

estoy refiriendo al sistema de clanes; el totemismo ha enseñado, además, otra lección a la antropología: le

ha revelado la importancia del aspecto sociológico en todas las formas culturales tempranas. El salvaje

depende del grupo con el que directamente está en contacto a la vez para la cooperación en lo práctico y

para la solidaridad en lo mental, y tal dependencia es mucho mayor que la del hombre civilizado. Siendo

el caso que cual puede apreciarse en el totemismo, la magia y muchas otras prácticas el culto pri-

mitivo, así como el ritual, están cercanamente relacionados con preocupaciones prácticas y con necesi-

dades mentales, tiene que haber una conexión íntima entre la organización social y el credo religioso. Tal

cosa ya la entendió aquel pionero de la antropología religiosa que fue Robertson Smith, cuyo principio de

que la religión del primitivo «era esencialmente asunto de la comunidad y no de los individuos» se ha

convertido en un leit motiv de la investigación moderna. De acuerdo con el profesor Durkheim, quien

postuló este enfoqué con gran energía, «lo religioso» es idéntico a «lo social». Pues «de una manera

4

general... una sociedad posee todo lo que se precisa para hacer nacer la sensación de lo divino en las

mentes de los hombres tan sólo mediante el poder que sobre ellas detenta; pues para sus miembros es lo

que Dios es para sus adoradores». 1 El profesor Durkheim llega a esta conclusión mediante el estudio del

totemismo, del que cree que se trata de la más antigua forma de religión. De tal forma que el «principio

totémico», que es idéntico al mana y al «Dios del clan..., no puede ser otra cosa sino el clan mismo».2

Estas extrañas y, en parte, oscuras conclusiones serán criticadas más tarde; y se mostrará en qué

consiste el pedazo de verdad que indudablemente contienen, así como hasta qué punto pueden ser fruc-

tíferas. De hecho ya han producido su retoño al influir en algunos de los más importantes escritos de

antropología combinada con humanidades clásicas, por mencionar tan sólo las obras de Jane Harrison y

Cornford.

El tercer gran tema que Frazer introdujo en la ciencia de la religión es el de los cultos de la

vegetación y la fertilidad. En La rama dorada recorremos, partiendo del horrendo y misterioso ritual de

las divinidades del bosque de Nemi, una asombrosa variedad de cultos mágicos y religiosos, ideados por

el hombre para estimular y controlar la fertilizadora labor de cielos y tierra, del sol y de la luna, y nos

quedamos con la impresión de que la religión primitiva está preñada de las fuerzas mismas de la vida

salvaje, de su joven crudeza y hermosura, de poder y exuberancia tan violenta que conducen una y otra

vez a actos suicidas de autoinmolación. El estudio de La rama dorada nos muestra que para el hombre

primitivo la muerte tiene significado primordialmente como un paso hacia la resurrección, el declinar

como un estadio del renacer, la plenitud del otoño y el decaimiento del invierno como prólogos del

resurgimiento de la primavera. Inspirados por tales pasajes de La rama dorada, un número de estudiosos

han desarrollado, a menudo con precisión mayor y análisis más completo que los del propio Frazer, lo

que podría llamarse el enfoque vitalista de la religión. De esta suerte Crawley en su Tree of Life, Van

Gennep en su Rites de Passage y Jane Harrison en varios trabajos, han expuesto evidencias de que la fe y

el culto brotan de las crisis de la existencia humana, esto es, de «los grandes sucesos de la vida, el

nacimiento, la adolescencia, el matrimonio, la muerte... Es hacia tales acontecimientos a donde la

religión, en gran parte, apunta».3 La tensión de las necesidades instintivas, las fuertes experiencias de la

emoción, conducen, de una u otra suerte, al culto y al credo. «El deseo insatisfecho es el mutuo hontanar

del Arte y de la Religión. »4 Más tarde evaluaremos cuánta verdad existe en esta afirmación un tanto vaga

y también cuánta exageración puede medirse en ella.

Existen dos importantes contribuciones a la teoría de la religión primitiva que voy a mencionar sólo

aquí porque de alguna manera han permanecido fuera de la corriente principal del interés antropológico.

Tratan éstas respectivamente, de la primitiva idea de un solo dios y del lugar que ocupa la moral en la

religión primitiva. Es de notar que tales contribuciones no hayan merecido, y aún no merezcan, atención,

pues ¿no son acaso esas dos cuestiones las primeras y principalísimas en la mente de todo aquel que

realiza un estudio de la religión, por tosca y rudimentaria que ésta sea? Tal vez la explicación esté en la

idea preconcebida de que los «orígenes» han de ser muy simples y bastos al compararse con las «formas

desarrolladas», y también en la noción de que el «salvaje» y «primitivo» es de verdad salvaje y primitivo.

El difunto Andrew Lanz indicaba la existencia, entre ciertos aborígenes australianos, de la creencia

en un tribal Padre de todas las cosas y el reverendo Wilhelm Schmidt adujo gran evidencia probando que

tal creencia es universal en todos los pueblos de las más simples culturas y que no ha de despreciarse

como un fragmento mitológico carente de importancia ni, menos aún, como un eco de la enseñanza

misionera. De acuerdo con Schmidt ello parece, con mucha mayor probabilidad, un indicio de una forma

pura y simple de temprano monoteísmo.

El problema de la moral como una primera función religiosa fue también dejado a un lado hasta que

recibiera tratamiento exhaustivo no sólo en las obras de Schmidt, sino también en dos trabajos de

importancia extraordinaria: Origin and Development of Moral Ideas del profesor E. Westermarck y Mo-

rals in Evolution del profesor L. T. Hobhouse.

No es tarea fácil el resumir de forma concisa la dirección de los estudios antropológicos relativos a

nuestro tema. En conjunto, podemos decir que el curso seguido ha ido hacia un enfoque cada vez más

elástico y comprensivo de la religión. Todavía Tylor hubo de refutar el embuste de que existen pueblos

primitivos que carecen de religión. En nuestros días estamos un poco perplejos ante el descubrimiento de

que para el salvaje todo es religión, de que vive perpetuamente en un mundo de mística y ritualismo. Si la

religión significa lo mismo que «vida» y, además y por añadidura, que «muerte», si brota de todo culto

«colectivo» y de todas «las crisis de la existencia individual», si comprende toda la «teoría» del salvaje y

cubre todas sus «preocupaciones prácticas», estamos obligados a preguntar, no sin cierta consternación:

1 The Elementary Forms of the Religious Life, p. 206

2 Ibid

3 J. Harrison, Themis, p. 42.

4 J. Harrison, op cit., p. 44.

5

¿qué es, pues, lo que queda fuera, cuál es el mundo de lo «profano» en la vida del primitivo? Este es un

problema de primera importancia sobre el que la moderna antropología, como puede verse por el rápido

examen que hemos expuesto arriba, ha arrojado, merced a este número de enfoques contradictorios, cierta

confusión. Podremos contribuir a solucionarlo en el próximo apartado.

La religión del primitivo, según sale de las manos de la moderna antropología, ha ido asimilando

toda suerte de cosas heterogéneas. Confinada en un principio al animismo en las solemnes figuras de es-

píritus ancestrales, aparecidos y almas, además de algunos fetiches, fue admitiendo gradualmente el del-

gado, fluido y omnipresente mana; a continuación, cual el Arca de Noé, se enriqueció con la cargazón del

totemismo y de sus animales, y no por parejas, sino por manadas y especies, además de plantas, objetos e

incluso artículos manufacturados; vinieron después las actividades y preocupaciones humanas y el

fantasma descomunal del Alma Colectiva y de la Sociedad Divinizada. ¿Puede tal mezcolanza de cosas y

principios conformarse según un orden o sistema? La tercera parte de este ensayo se refiere a tal cuestión.

Hay un logro de la moderna antropología que no hemos de negar: el reconocimiento de que, magia y

religión no son solamente doctrina o filosofía, ni cuerpo intelectual de opiniones, sino un modo especial

de conducta, una actitud pragmática que han construido la razón, la voluntad y el sentimiento a la vez. De

la misma suerte que es modo de acción, es sistema de credo y fenómeno sociológico además de

experiencia personal. Pero todo esto, la relación exacta entre las contribuciones que a la religión le vienen

de lo social y de lo individual, no está claro, como hemos visto por las exageraciones que a ambos lados

han sido cometidas. La futura antropología tendrá que tratar estas cuestiones y solamente nos será

posible, en este corto ensayo, sugerir algunas soluciones e indicar ciertas líneas de discusión.

II. EL DOMINIO RACIONAL QUE EL HOMBRE LOGRA DE SU ENTORNO

El problema del conocimiento primitivo se ha visto singularmente descuidado por la antropología.

Los estudios sobre la psicología del salvaje se han confinado exclusivamente a la religión primitiva, mi-

tología y magia. Tan sólo recientemente las obras de varios estudiosos ingleses, alemanes y franceses, en

especial las osadas y brillantes especulaciones del profesor Lévy-Bruhl, han dado ímpetu al interés del

científico por lo que el salvaje hace en su más sobrio estado mental. Los resultados han sido en verdad

sorprendentes: el salvaje, nos dice el profesor Lévy-Bruhl, por poner sus enunciados en pocas palabras,

carece en absoluto de tal sobriedad mental y está, sin remisión y de modo completo, inmerso en un marco

espiritual de carácter místico. Incapaz de observación desapasionada y congruente, horro del poder de

abstracción, y con el obstáculo de «una decidida aversión al razonamiento», no consigue extraer

beneficio alguno de la experiencia, ni construir o comprender siquiera las más elementales leyes de la

naturaleza. «Para mentes así orientadas no hay hecho alguno que sea meramente físico.» Tampoco

existirá para ellas ninguna idea clara de sustancia y atributo, de causa y efecto, de identidad y

contradicción. Su mentalidad es la de una confusa superstición, «prelógica», hecha a base de

«participaciones místicas» y de «exclusiones». He resumido aquí un cuerpo de opinión del que el

brillante sociólogo francés es el más decidido y competente portavoz, pero que está respaldado por

muchos antropólogos y filósofos de renombre.

Existen, sin embargo, voces que disienten. Cuando un estudioso y antropólogo de la categoría del

profesor J. L. Myres intitula un artículo de Notes and Queries con las palabras «Ciencia Natural» y

cuando en él leemos que el «conocimiento del salvaje basado en la observación es definido y correcto»,

tenemos que hacer una pausa antes de aceptar como un dogma la irracionalidad del hombre primitivo.

Otro autor de gran competencia, el doctor A. A. Goldenweiser, al hablar de los «descubrimientos,

invenciones y progresos» del primitivo que con dificultad podrían atribuirse a una mente preempírica y

prelógica afirma que «no sería prudente atribuir a la mecánica primitiva únicamente un papel pasivo en

el origen de las invenciones. Muchos pensamientos felices han de haber cruzado la mente del salvaje y

éste no ha de haber sido indiferente a la emoción que nace de una idea de acción realmente efectiva».

Aquí contemplamos, pues, al salvaje dotado de una actitud mental del todo afín a la de un moderno hom-

bre de ciencia.

Para salvar la enorme distancia entre las dos opiniones extremas al uso, a propósito de la razón del

hombre primitivo, será mejor que dividamos el problema en dos cuestiones.

La primera, ¿posee el salvaje una actitud mental que sea racional y detenta un dominio también ra-

cional sobre su entorno, o, cual mantienen Lévy-Bruhl y su escuela, es completamente «místico»? La

respuesta será que toda comunidad primitiva está en posesión de una considerable cuantía de saber,

basado en la experiencia y conformado por la razón.

A continuación viene nuestro segundo problema: ¿puede considerarse a este conocimiento primitivo

como una forma rudimentaria de ciencia o, por el contrario, es totalmente distinto, tratándose de una

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tosca empiría, de un corpus de habilidades prácticas y técnicas, reglas rutinarias y de oficio que carecen

de valor teórico alguno? Esta segunda cuestión, que es epistemológica antes que perteneciente al estudio

del hombre, será ligeramente estudiada al final de este apartado y a ella daremos sólo una respuesta

provisional.

Al referirnos al primer problema hemos de examinar el lado «profano» de la vida, las artes, oficios y

actividades económicas y trataremos de descubrir en todo ello un tipo de conducta, claramente separada

de la religión y la magia y basada en el conocimiento empírico y en la confianza en la lógica. Trataremos

de hallar si las líneas de tal conducta vienen definidas por reglas tradicionales, son conocidas, tal vez

incluso discutidas en algunas ocasiones, y probadas. Investigaremos si el escenario sociológico de la

conducta racional y emotiva difiere de la del ritual y el culto. Ante todo preguntaremos: ¿distinguen los

nativos los dos terrenos y los mantienen separados o está el campo del conocimiento continuamente

invadido por la superstición, el ritualismo, la religión y la magia?

Siendo el caso que en el asunto sobre el que estamos disertando la falta de observaciones pertinentes

y dignas de confianza es aterradora, me veré obligado a hacer uso a gran escala del material que, en su

mayor parte inédito, yo mismo compilé durante varios años de prácticas sobre el terreno con las tribus

melanesias y papuo-melanesias del este de Nueva Guinea y de archipiélagos adyacentes. Sin embargo,

como los melanesios tienen la reputación de ser particularmente dados a la magia, esto nos proporcionará

una prueba concluyente de la existencia de conocimientos racional y empírico en salvajes que viven en la

edad de la piedra pulimentada en el tiempo presente.

Estos nativos, y me refiero principalmente a los melanesios que habitan los atolones coralinos del

NE de la isla principal, esto es, el archipiélago de las Trobriand y los grupos adyacentes, son expertos

pescadores, industriosos comerciantes y fabricantes de manufacturas, pero la horticultura es el principal

soporte de su subsistencia.

Con los instrumentos más rudimentarios, una pequeña hacha y una vara de excavar terminada en

punta, son capaces de conseguir cosechas que resultan suficientes para mantener una densa población e

incluso almacenar un sobrante que hoy se exporta para alimentar a los braceros de las plantaciones, pero

que antaño dejaban pudrir sin ser consumido. El éxito de su agricultura depende

aparte de las

excelentes condiciones naturales de las que gozan de su extenso saber sobre todas las clases de suelo,

las diversas plantas cultivadas, la mutua adaptación de esos dos factores y, por último, pero no en menor

medida, de su conocimiento de la importancia de un trabajo adecuado y serio. Han de seleccionar el suelo

y las semillas, han de fijar con propiedad el tiempo de desmonte y desbrozamiento del matorral, de

plantación y escarda, y de poner en espaldar las viñas del ñame. En todo esto se guían por un

conocimiento claro del tiempo y las estaciones, las plantas y las enfermedades, el suelo y los tubérculos, y

por la convicción de que tal saber es cierto y seguro, de que se puede contar con él y, de que es menester

obedecerlo escrupulosamente.

Sin embargo, en medio de todas estas actividades encontramos la magia, esto es, una serie de ritos

realizados año tras año en los huertos de acuerdo con una secuencia y orden rigurosos. Como la dirección

del trabajo hortícola está en las manos del brujo, y como el trabajo ritual Y práctico están asociados

íntimamente, un observador superficial podría suponer que la conducta mística y racional se ha mezclado

y que ni los nativos distinguen sus efectos ni éstos resultan ya discernibles en un análisis científico.

¿Ocurre así de verdad?

Indudablemente, la magia está considerada por los aborígenes como algo absolutamente indispensa-

ble para el bienestar de sus huertos. Nadie podría decir qué sucederá sin ella, pues a pesar de unos treinta

años de gobierno europeo e influencia misionera y a pesar de más de un siglo de relaciones comerciales

con los blancos, ningún huerto ha sido plantado sin tal ritual. Pero es cierto que varias formas de desastre,

cual una enfermedad en las plantas, o tal vez lluvias o sequías extemporáneas, cerdos salvajes y langostas

podrían destruir el jardín que la magia no hubiera santificado.

¿Significa esto, sin embargo, que los aborígenes atribuyen todo buen resultado a la magia? Por

supuesto que no. Si sugiriésemos a un nativo que al plantar su huerto atendiera ante todo a la magia y

descuidase las labores se sonreiría de nuestra simplicidad. Él sabe, tan bien como nosotros, que existen

condiciones y causas naturales y, gracias a sus observaciones, conoce también que es capaz de controlar

tales fuerzas naturales por medio del esfuerzo físico y mental. Su conocimiento es limitado, sin duda,

pero en tanto existe es resoluta y abiertamente antimístico. Si las vallas se quiebran, si la semilla se

destroza o se seca o se la lleva el agua el nativo echará mano no a la magia, sino a su trabajo, guiado por

el conocimiento y la razón. Por otro lado, su experiencia también le ha enseñado que, a pesar de toda su

previsión y allende todos sus esfuerzos, existen situaciones y fuerzas que un año prodigan inesperados e

inauditos beneficios de fertilidad, hacen que todo resulte perfectamente, que sol y lluvia aparezcan en los

momentos en los que son menester, que los insectos nocivos permanezcan lejos y que la cosecha rinda un

superabundante fruto; y otro año esas mismas circunstancias traen mala suerte y adversa fortuna,

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persiguiéndole del principio a fin y dando al traste con sus más arduos esfuerzos y su mejor fundado

saber. Es para controlar tales influencias para lo que empleará la magia.

Por consiguiente, existe aquí una división claramente diferenciada: tenemos, en primer lugar, el con-

junto de condiciones conocidas, cual el curso natural del crecimiento y las enfermedades y peligros

ordinarios de los que el desmonte y escarda pueden dar cuenta. Por otro lado está el terreno de las in-

fluencias adversas e imprevisibles, así como del inaudito incremento de coincidencias afortunadas. A las

primeras condiciones se las hace frente con el conocimiento y el trabajo, a las segundas con la magia.

Tal línea divisoria puede trazarse también en lo relativo al status social respectivo de ritual y trabajo.

Aunque el brujo del huerto es también, por regla general, el jefe de las actividades prácticas, estas dos

funciones permanecen separadas con todo rigor. Toda ceremonia mágica tiene su propio nombre

distintivo, su tiempo apropiado y su lugar en el esquema de la labor, y, queda completamente fuera del

curso ordinario de las actividades. Algunas de éstas son ceremonias a las que asiste toda la comunidad, y

todas son públicas en el sentido de que se sabe cuándo se llevan a término y de que cualquiera puede

estar presente. Se celebran en parcelas seleccionadas dentro de los huertos y, dentro de tal parcela, en un

rincón especial. El trabajo es tabú en tales ocasiones, a veces sólo por el tiempo que dura la ceremonia, a

veces por uno o dos días. El jefe y brujo dirige, en su carácter laico, la labor, fija las fechas para el

comienzo y arenga y exhorta a los hortelanos perezosos o descuidados. Pero ambos papeles nunca se

interfieren ni confunden: siempre están claros y cualquier nativo nos informará, sin sombra de duda, si el

hombre actúa como brujo o como director del trabajo hortícola.

Lo que se ha dicho referente a la horticultura halla su paralelo en cualquiera de las muchas otras

actividades en las que trabajo y magia tienen lugar uno al lado del otro sin que nunca existan interfe-

rencias. Así, en la construcción de canoas el conocimiento empírico del material, de la tecnología y de

ciertos principios de estabilidad e hidrodinámica funcionan en compañía y cercana asociación con la ma-

gia, aunque no se inmiscuyan mutuamente.

Por ejemplo, los aborígenes entienden perfectamente bien que cuanto más ancho es el espacio del

pescante de la piragua, más grande será la estabilidad, pero menori la resistencia contra la corriente.

Pueden explicar con claridad por qué han de dar a tal espacio una tradicional anchura, medida en

fracciones de la longitud de la canoa. También pueden explicar, en términos rudimentarios pero clara-

mente mecánicos, cómo han de comportarse en un temporal repentino, por qué la piragua ha de estar

siempre del lado de la tempestad, por qué un tipo de canoa puede voltejear y el otro no. De hecho poseen

todo un sistema de principios de navegación, al que da cuerpo una terminología rica y variada que se ha

trasmitido tradicionalmente y a la que obedecen de modo tan congruente y racional como hacen con la

ciencia moderna los marinos de hoy. ¿Cómo les sería posible navegar de otra manera en condiciones

eminentemente peligrosas y en sus frágiles y primitivas barcas?

Pero incluso con todo su sistemático conocimiento metódicamente aplicado están a la merced de

mareas incalculables y poderosas, de temporales repentinos en la estación de los monzones y de des-

conocidos arrecifes. Y aquí es donde entra en escena su magia, que se celebra sobre la canoa durante su

construcción y que se continúa al comienzo y fin de singladura en momentos de auténtico peligro. Si el

marinero de hoy, entrenado en ciencia y razón, con previsión de toda suerte de instrumentos de seguridad

y navegando en buques de acero, si incluso él tiene una singular tendencia hacia la superstición que no

le despoja de su conocimiento o razón ni le hace enteramente prelógico , ¿podemos acaso maravillarnos

de que su salvaje colega, en condiciones más precarias, y con mucho, recurra a la seguridad y alivio de la

magia?

La pesca y sus ritos mágicos de las islas Trobriand nos proporcionan aquí una prueba que, además

de interesante, es crucial. Mientras que en los poblados de la laguna interior la pesca se lleva a cabo de

manera fácil y absolutamente confiada mediante el método de envenenamiento de las aguas, que produce

resultados abundantes sin peligro ni incertidumbre alguna, existen a la orilla del mar abierto peligrosos

modos de pesca y también ciertos tipos en los que la captura varía sobremanera de acuerdo con el evento

de si hay bancos de peces que aparecen de antemano o no. Es del todo significativo que en la pesca de

laguna, en la que el hombre puede confiar por entero en su conocimiento y pericia, la magia no existe,

mientras que en la pesca de mar abierto, preñada de peligros o incertidumbres, se haga uso de un extenso

ritual mágico para asegurar protección y resultados prósperos.

Asimismo, en la guerra, saben los aborígenes que la fuerza, la valentía y la agilidad representaba un

papel decisivo. Sin embargo, también aquí practican la magia para domeñar los elementos de la suerte y

el azar.

En parte alguna, empero, está la dualidad de causas naturales y sobrenaturales divididas por línea

tan delgada e intrincada, aunque, de seguirla cuidadosamente, tan bien marcada, tan decisiva e ins-

tructiva, cual en las dos más fatídicas fuerzas del destino humano: la salud y la muerte. La salud es, para

los melanesios, un estado de cosas natural y, a menos que se altere, el cuerpo humano se conservará en

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perfectas condiciones. Pero los nativos saben perfectamente bien que existen medios naturales que

pueden afectar la salud e incluso destruir el cuerpo. Venenos, heridas, quemaduras, caídas causan, como

ellos saben, incapacitaciones o muertes por vía natural, y tal cosa no es un asunto de opinión privada de

éste o aquel individuo, sino que está establecido por un saber tradicional e incluso por creencias

religiosas, pues se considera que hay varios caminos hacia el mundo del más allá para los que han muerto

por brujería y para los que han hallado su muerte «natural». También se reconoce que el calor, el frío, el

exceso de ejercicio, de sol o de comida, pueden causar desarreglos menores que se tratan con remedios

naturales, cual los masajes, el vapor, el calor del fuego y ciertas pociones.

Saben que la vejez conduce a la decrepitud corporal, y los nativos explican el óbito de los muy an-

cianos diciendo que se debilitan y que su esófago se cierra, con lo cual les sobreviene, lógicamente, la

muerte.

Pero además de estas causas naturales está el campo enorme de la brujería y la mayoría, con mucho,

de los casos de enfermedad y muerte se le adscriben a ésta. La línea divisoria entre brujería y las demás

causas es clara en teoría y en la mayor parte de los casos de la práctica, pero ha de entenderse que está

sujeta a lo que pudiera llamarse la perspectiva personal. Esto es, cuanto más cercanamente le pertine un

caso a la persona que lo considera, menos será «natural» y más será «mágico». Así, un anciano cuya

amenazadora muerte será considerada natural por los demás miembros de la comunidad, temerá tan sólo a

la brujería y nunca pensará en lo que es su natural destino. Una persona con algún ligero trastorno

diagnosticará brujería en su propio caso, mientras que los demás quizás hablarán de excesos en el

consumo de betel, en la comida o en algún otro plano.

Y, no obstante, ¿quién de nosotros cree que los propios trastornos corporales y la muerte que los si-

gue son sucesos puramente neutros, tan sólo un evento insignificante en la cadena infinita de las causas?

La salud, la enfermedad, la amenaza de morir flotan para el más racional de los hombres civilizados en

una niebla emotiva que puede tornarse cada vez más densa y más impenetrable según se nos aproximan

esas fatales formas. Es en verdad sorprendente que unos «salvajes» puedan lograr una actitud mental tan

desapasionada y sobria, cual de hecho es la suya.

De suerte que en su relación con la naturaleza y el destino, ya sea que se trate de explotar a la pri-

mera o de burlar al segundo, el hombre primitivo reconoce las fuerzas e influencias naturales y sobre-

naturales, y trata de usar de ambas para su beneficio. En las ocasiones en que la experiencia le ha

enseñado que el esfuerzo que guía el conocimiento es de alguna eficacia, no escatimará el uno ni echará

al otro en olvido. Sabe que una planta no crecerá por influjo mágico tan sólo, o que una piragua no podrá

flotar o navegar sin haber sido adecuadamente construida y preparada, o que una batalla no puede

ganarse sin habilidad y valentía. El nativo nunca fía en su magia solamente, aunque en algunas ocasiones

prescinda de ésa en absoluto, cual en encender el fuego o en ciertos oficios y quehaceres. Pero recurrirá a

ella siempre que se vea compelido a reconocer la impotencia de su conocimiento y de sus técnicas

racionales.

He dado las razones por las que, en esta argumentación, he tenido que basarme principalmente en el

material recogido en la tierra clásica de la magia, o sea, en Melanesia. Pero los hechos discutidos son tan

fundamentales y las conclusiones obtenidas de naturaleza tan universal que será fácil probarlas en

cualquier relación etnográfica detallada y moderna. Comparando el trabajo hortícola y su magia en otras

regiones, la construcción de armas, el arte de curar con ella y con remedios naturales, las ideas en torno a

las causas del morir, podría establecerse fácilmente la validez universal de lo que se ha probado aquí. Sin

embargo, como no hay observación metódica alguna que se haya hecho con referencia al problema del

conocimiento primitivo, los datos procedentes de otros estudiosos sólo podrán espigarse aquí y allí Y su

testimonio, por más que claro, habrá de ser indirecto.

He preferido enfocar la cuestión del conocimiento racional del hombre primitivo de manera directa

contemplándolo en sus principales ocupaciones, viéndole pasar del trabajo a la magia y de ésta al trabajo

otra vez, entrando en su mente, prestando oído a sus opiniones. El problema podría haberse enfocado por

el camino del lenguaje, pero esto nos hubiese llevado demasiado lejos en cuestiones de lógica, semántica

y teoría de las lenguas primitivas. Las palabras que sirven para expresar ideas generales, cual existencia,

sustancia y atributo, causa y efecto, lo fundamental y lo secundario; las palabras y expresiones usadas en

complicados quehaceres como la navegación, la edificación, la medida y la prueba; los numerales y las

descripciones cuantitativas, las clasificaciones correctas y detenidas de los fenómenos naturales, de los

animales y las plantas, todo ello, nos habría llevado exactamente a la misma conclusión: el hombre

primitivo puede observar y pensar y posee, incorporados en su lenguaje, sistemas de conocimiento que es

en verdad metódico, aunque rudimentario.

Se podrían extraer conclusiones similares a partir de un examen de aquellos esquemas mentales y

artefactos físicos que pueden describirse como diagramas o fórmulas. Los métodos de indicar los puntos

principales del círculo, los agrupamientos de estrellas en constelaciones, la coordinación de éstas con las

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estaciones, los nombres de las lunas en el año, los nombres de los cuartos de la luna: todos estos logros

son propiedad de los salvajes más simples. También saben dibujar mapas diagramáticos en la arena o el

polvo, indicar convenios mediante piedras, conchas o bastones colocados en la tierra, y planear

expediciones o ataques sobre tales rudimentarios mapas. Coordinando espacio y tiempo son capaces de

organizar grandes concentraciones tribales y combinar los movimientos de la tribu sobre extensas áreas.5

El uso de hojas, bastones mellados y similares recursos nemotécnicos es bien conocido y parece ser casi

universal. Todos los diagramas de esa suerte son medios de reducir un complejo e indómito girón de

realidad a una forma manejable y simple y proporcionan al hombre un control mental relativamente

sencillo sobre aquélla. ¿En cuanto tales no son acaso

en forma muy rudimentaria, sin duda

fundamentalmente afines a las desarrolladas fórmulas y «modelos» científicos, que también son

paráfrasis manejables y simples de un complejo de realidad abstracta y que proporcionan al físico

civilizado dominio mental sobre ella?

Esto nos lleva al segundo problema: ¿podemos considerar que el conocimiento del primitivo, el

cual, como hemos visto, es racional y empírico a la vez, es un estadio rudimentario del saber científico o,

por el contrario, no guarda relación alguna con él? Si entendemos por ciencia un corpus de reglas y

concepciones basadas en la experiencia y derivadas de ella por inferencia lógica, encarnadas en logros

materiales y en una forma fija de tradición, continuada además por alguna suerte de organización social,

entonces no hay duda de que incluso las comunidades salvajes menos evolucionadas poseen los

comienzos de la ciencia, por más que éstos sean rudimentarios.

Es cierto, sin embargo, que la mayor parte de los epistemólogos no se satisfarían con tal «definición

mínima» de ciencia, pues también podría ser válida para las reglas de un arte u oficio. Mantendrán que

las leyes de la ciencia han de formularse de manera explícita, y han de permanecer abiertas a control por

el experimento y a crítica por la razón. No han de ser leyes de conducta práctica tan sólo, sino leyes

teóricas del conocimiento. Pero incluso aceptando esta crítica apenas podremos abrigar duda alguna sobre

que muchos de los principios del conocimiento salvaje sean científicos en tal sentido. El nativo

constructor de canoas no sabe de flotación, palancas y equilibrio únicamente de un modo práctico, ni ha

de obedecer tales leyes tan sólo en el agua, sino que le es menester tenerlas en mientes mientras hace su

canoa. Los que le ayudan reciben instrucción en ellas. Les enseña las reglas tradicionales y, de manera

tosca y, simple, haciendo uso de las manos, de trocitos de madera y de un limitado vocabulario técnico,

les explica algunas leyes generales de equilibrio e hidrodinámica. La ciencia no se ha separado del oficio,

ello es ciertamente verdad, es sólo un medio para un fin, es tosca, rudimentaria e incipiente, pero cuenta

con todo aquello que es la matriz de la que han de haber brotado los progresos superiores.

Si aplicamos además otro criterio, a saber, el de la actitud realmente científica o búsqueda desintere-

sada del conocimiento y la comprensión de razones y causas, la respuesta no será, ciertamente, una

negación directa. Es claro que en una comunidad salvaje no existe una ansia extendida por conocer; las

cosas nuevas, cual los temas europeos, les resultan francamente aburridas y lo que constituye su interés es

casi exclusivamente el mundo tradicional de su cultura. Pero en éste existe la actitud del anticuario que

apasionadamente se interesa por mitos, cuentos, detalles tic costumbres, genealogías y acontecimientos

antiguos, y también la del naturalista que es paciente y esforzado en sus observaciones, y capaz de

generalizaciones y de poner en relación largas cadenas de sucesos en la vida de los animales, en el mundo

marino y en la jungla. Ya es bastante con que tengamos en cuenta lo mucho que los naturalistas europeos

a menudo han aprendido de sus salvajes colegas en la apreciación del interés que por la naturaleza siente

el aborigen. Filialmente está, como todo estudioso sobre el terreno sabe bien, el sociólogo y el informador

ideal entre los nativos, que es capaz de dar, con maravillosa pulcritud y penetración, la raison d'être, la

función y la organización de muchas de las instituciones más simples que existen en la tribu.

Está claro que la ciencia no existe en ninguna sociedad incivilizada en cuanto poder conductor que

critica, renueva y construye. La ciencia nunca se hace, allí, de manera consciente. Pero según tal criterio

tampoco tendrían los salvajes ley, gobierno o religión.

La cuestión, sin embargo, de si hemos de llamar a tal cosa ciencia o solamente conocimiento

empírico y racional no es de importancia primaria en este contexto. Hemos tratado de clarificar la idea de

si el salvaje tiene tan sólo un dominio de la realidad o dos, y hallamos que, además de la región sacra del

credo y culto, cuenta con un mundo profano de actividades prácticas y de puntos de vista racionales. Nos

ha sido posible señalar separaciones entre ambos terrenos y dar del uno una descripción más detallada.

Ahora pasaremos al otro.

III. VIDA, MUERTE Y DESTINO EN EL CREDO Y CULTO PRIMITIVOS

5 B. Malinowski, Argonautas del Pacífico Occidental, cap. XVI.

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Entramos ahora en el dominio de lo sacro, esto es, de los credos y ritos mágicos y religiosos. La

revisión histórica que hemos hecho de las diferentes teorías nos ha dejado en cierto sentido descon-

certados con tal caos de opiniones y tal amasijo de fenómenos. Mientras era difícil no admitir en el

campo de lo religioso, uno tras otro, a espíritus y fantasmas, a tótems y a acontecimientos sociales, a la

muerte y a la vida, la religión, sin embargo, parecía tornarse cada vez más confusa, a un tiempo nada y

todo. Ciertamente, no puede definírsela en un sentido estricto refiriéndonos a lo que es su terna principal,

o sea, el «culto de los espíritus», «de la naturaleza», o «de los antepasados». La tal incluye el animismo,

el animatismo, el totemismo y el fetichismo, pero no es ninguno de ellos con exclusividad. La definición

a base de ismos de lo que la religión es en sus orígenes ha de abandonarse, pues ésta no se resuelve en

unos objetos o clase de objetos aunque incidentalmente pueda tocarlos y sacralizarlos a todos. Tampoco

es la religión idéntica a la sociedad o a lo social, como hemos visto, ni nos es posible quedar satisfechos

con una vaga insinuación de que tan sólo apunte a la vida, puesto que la muerte abre tal vez la

perspectiva más vasta por lo que al otro mundo se refiere. En cuanto «recurso a poderes superiores», tan

sólo es posible distinguir la religión de la magia y no definir aquélla en general, pero incluso tal

definición ha de ser ligeramente modificada y tendrá que ampliarse.

El problema al que hacemos frente es, por lo tanto, el de lograr una cierta ordenación en los hechos.

Esto nos permitirá determinar, con un poco más de precisión, el dominio de lo sacro y separar a éste del

de lo profano. Y ello nos dará ocasión para establecer la relación entre religión y magia.

1. Los actos creativos de la religión

Consideremos los hechos en primer lugar y, para no estrechar el campo de nuestro estudio, tomare-

mos como santo y seña el más vago y más general de los índices: la «Vida». Es un hecho que incluso la

más ligera idea de bibliografía etnológica convence a cualquiera de que, de hecho, las fases fisiológicas

de la vida humana y, ante todo, sus crisis, cual la concepción, el embarazo, la pubertad, el matrimonio y

la muerte, forman los núcleos de numerosas creencias y ritos. De esta suerte existen, en casi todas las

tribus y revistiendo una u otra forma, creencias sobre la resurrección, la posesión por un espíritu o el

embarazo mágico. Y las tales están a menudo asociadas con diferentes ritos y prácticas. En lo que dura el

embarazo la madre ha de guardar determinados tabúes y ejecutar ciertas ceremonias, en ocasiones

acompañada, en ambas cosas, por su marido. Antes y después del parto existen varios ritos mágicos

destinados a evitar peligros y conjurar la brujería, ceremonias de purificación, festividades comunitarias y

actos de presentación del recién nacido a poderes superiores o a la comunidad. Más tarde, los muchachos,

y con mucha menor frecuencia las muchachas, habrán de pasar por los a menudo prolongados ritos de

iniciación que, por lo general, tienen lugar en una atmósfera de misterio y están acompañados por

pruebas obscenas y crueles.

Podemos ver, ya sin ir más lejos, que incluso los más lejanos principios de la vida humana están ro-

deados por una inexplicable y confusa mezcolanza de ritos y credos. Éstos parecen arracimarse en cada

acontecimiento de importancia para la vida, cristalizar en torno suyo y rodearlo con una rígida capa de

fórmulas y rituales; pero ¿a qué fin? Como no podemos definir culto y credo en atención a lo que son sus

objetos, tal vez nos sea posible colegir su función.

Un análisis más detallado de los hechos nos permite clasificarlos, ya desde el principio, en dos gru-

pos principales. Comparemos un rito celebrado para evitar la muerte en el parto con otra costumbre tí-

pica, una ceremonia que tenga lugar con ocasión de un nacimiento. El primer rito se lleva a efecto como

un medio para un fin. Tiene un sentido práctico bien definido el cual resulta conocido para todos los que

son partícipes en él y que, además, puede ser comunicado por cualquier informador nativo. La ceremonia

postnatal, verbigracia una presentación del recién nacido o una fiesta de júbilo por tal suceso, carece de

propósito: no es un medio para un fin, sino que es un fin en sí misma. La tal expresa los sentimientos de

la madre, el padre, los parientes, la comunidad entera, pero no existe acontecimiento alguno al que esta

ceremonia prologue ni esté destinada a causar o impedir. Esta diferencia va a servirnos como una

distinción prima facie entre religión y magia. Mientras que en el acto mágico la idea y el fin subyacentes

son siempre claros, directos y definidos, en la ceremonia religiosa no hay finalidad que vaya dirigida a

suceso alguno subsecuente. Tan sólo al sociólogo le será posible establecer la función, esto es, la raison

d'être sociológica de tal acto. Al nativo siempre le será posible constatar el fin de un rito mágico, pero de

una ceremonia religiosa no dirá sino que se lleva a efecto porque tal es el uso, o porque ha sido ordenado,

o quizá narrará un mito explicativo.

Para comprender mejor la naturaleza de las ceremonias religiosas primitivas y de su función, exa-

minaremos las ceremonias de iniciación. Éstas presentan, en la vasta serie de su frecuencia, ciertas cu-

riosas similitudes. Por ejemplo, los novicios han de pasar por un período de reclusión y preparación más

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o menos prolongado. A continuación viene la iniciación propiamente dicha, en que los jóvenes, tras haber

sufrido una serie de pruebas, son finalmente sometidos a un acto de mutilación corporal. En los casos más

suaves se trata de una ligera incisión o de la extracción de un diente o, en los más severos, de la práctica

de la circuncisión; o, en los verdaderamente peligrosos y crueles, de una operación como la subincisión

practicada por ciertas tribus australianas. La prueba está generalmente relacionada con la idea de la

muerte y el renacer del iniciado, lo que en ocasiones se lleva a escena en forma de mimo. Pero, a más de

la ordalía, está el segundo aspecto de la iniciación, menos manifiesto y dramático, pero en realidad más

importante, a saber, la instrucción sistemática del joven en los mitos y tradiciones sacras, el

desvelamiento paulatino de los misterios tribales y la exhibición de los objetos sagrados.

Es creencia que tanto la prueba como el descubrimiento de los misterios de la tribu han sido ins-

tituidos por uno o varios antepasados legendarios o héroes culturales o por un ser superior de carácter

sobrehumano. En ocasiones se dice que éste se traga a los jóvenes, o que los mata, y que después los res-

tituye a la vida como hombres completamente iniciados. Se imita su voz con el zumbido de la bramadera,

para inspirar temor a las mujeres y niños. Mediante tales ideas, la iniciación pone al novicio en contacto

con los poderes y personalidades superiores, cual los Espíritus Guardianes y las Divinidades Tutelares de

los indios de Norteamérica, el tribal Padre-de-Todas-Las-Cosas, de algunos aborígenes australianos, o los

Héroes Mitológicos de Melanesia y de otras partes del mundo. Éste es el tercer elemento fundamental,

aparte de la ordalía y de la enseñanza de las tradiciones, que hallamos en los ritos del paso a la madurez.

Pues bien, ¿cuál es la función sociológica de estas costumbres, qué papel representan en el man-

tenimiento y desarrollo de la civilización? Como hemos visto, mediante ellas se enseña a los jóvenes las

tradiciones sacras bajo las más impresionantes condiciones de preparación y prueba, y bajo la sanción

sagrada de Seres Sobrenaturales. La luz de la revelación tribal desciende sobre ellos desde las sombras

del temor, la privación y el dolor corporal.

Advirtamos que, en condiciones primitivas, la tradición es de supremo valor para la comunidad y

nada importa tanto como la conformidad y el conservadurismo de sus miembros. El orden y la civili-

zación sólo pueden mantenerse mediante la estricta adhesión al saber y conocimiento recibidos de ge-

neraciones pretéritas. Cualquier descuido en este contexto debilita la cohesión del grupo y pone en peli-

gro su avío cultural, hasta el punto de amenazar su misma existencia. El hombre no ha ideado aún el

extremadamente complejo aparato de la ciencia moderna que, en nuestros días, le capacita para fijar los

resultados de la experiencia en moldes imperecederos, probar los tales siempre que guste, expresarlos

paulatinamente en formas más adecuadas y enriquecerlos constantemente con adiciones nuevas. La

porción de conocimiento que posee el hombre primitivo, su fábrica social, sus costumbres y creencias son

el producto invalorable de la tortuosa experiencia de sus antepasados, comprada a precio muy alto y que

ha de ser mantenida a cualquier coste. De esta suerte, de entre todas sus cualidades, la fidelidad a la

tradición es la que más importa y una sociedad que hace sagrada a su tradición ha ganado con ello una

inestimable ventaja de permanencia y poder. En consecuencia, tales creencias y prácticas, que colocan un

halo de santidad en torno a la tradición y un sello sobrenatural sobre ella, tendrán un «valor de

supervivencia» para el tipo de civilización en el que han surgido.

Podemos, por consiguiente, formular las funciones principales de las ceremonias de iniciación como

sigue: éstas son una expresión ritual y dramática del poder y valor supremos de la tradición en las socie-

dades primitivas; también valen para imprimir tal poder y valor en la mente de cada generación y, al

mismo tiempo, son un medio, en modo extremo eficiente, de transmitir el poder tribal, de asegurar la

continuidad a la tradición y de mantener la cohesión en la tribu.

Aún hemos de preguntar: ¿cuál es la relación existente entre el acto puramente fisiológico de la

madurez corporal que tales ceremonias marcan, y su aspecto social y religioso? Al punto vemos que la re-

ligión realiza algo más, infinitamente más, que la mera «sacralización de una crisis de la vida». De un

suceso natural hace una transición social, al hecho de la madurez del cuerpo le añade la vasta concepción

de entrada en la plena condición de ser humano con todos sus deberes, privilegios, responsabilidades y,

por encima de todo, con todo su conocimiento de la tradición y la comunión con los seres y cosas

sagradas. De esta manera existe un elemento creativo en los ritos de naturaleza religiosa. El acto acredita

no sólo un suceso social en la vida del individuo, sino también una metamorfosis espiritual, asociados

ambos con el suceso biológico, pero trascendiéndolo en importancia y también en significación.

La iniciación es un acto típicamente religioso y en él podemos ver claramente cómo la ceremonia y

su finalidad son una misma cosa, esto es, cómo el fin se realiza en la mismísima consumación del acto. Al

mismo tiempo, vemos también la función de tales actos en la sociedad, en cuanto que son creadores de

hábitos mentales y usos sociales de valor inestimable para el grupo y, su civilización.

Otro tipo de ceremonia religiosa, el rito de matrimonio, es también un fin en sí mismo en cuanto que

crea un vínculo sancionado de manera sobrenatural que se sobreañade al hecho primariamente so-

ciológico: la unión de hombre y mujer para asociación de por vida en afecto, comunión en lo económico

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y procreación y crianza de los hijos. Tal unión, el matrimonio monogámico, ha existido siempre en todas

las sociedades humanas: la moderna antropología nos enseña esto en contra de las vetustas y fantásticas

hipótesis de la «promiscuidad» y del «matrimonio de grupo». Al dar al matrimonio monogámico un sello

de santidad y valor, la religión ofrece un nuevo don a la cultura de los hombres. Y ello nos lleva a

considerar las dos grandes necesidades humanas de la procreación y la nutrición.

2. La providencia en la vida primitiva

Reproducción y nutrición ocupan un lugar de la mayor importancia entre las urgencias vitales del

hombre. Su relación con el credo y las prácticas religiosas se ha reconocido a menudo, e incluso se ha

exagerado. De modo particular, el sexo ha sido frecuentemente considerado, desde algunos estudiosos

antiguos hasta la escuela psicoanalítica, como la principal fuente de la religión. De hecho, lo sexual

representa un papel insignificante en ésta, si consideramos su fuerza y solapamiento en la vida humana en

general. Aparte de la magia amorosa y del uso del sexo en ciertas ceremonias mágicas fenómenos que

no pertenecen a la esfera de la religión , nos quedan tan sólo por mencionar los actos de licencia que

acaecen en las celebraciones de las cosechas y en otras reuniones públicas, los hechos de la prostitución

eclesial y, en el nivel del barbarismo y las civilizaciones inferiores, el culto de divinidades fálicas. Al

contrario de lo que cabría esperar, los cultos sexuales representan un papel insignificante entre los

salvajes. Ha de recordarse también que los actos de ceremonias licenciosas no son mera orgía, sino que

expresan una actitud reverente hacia las fuerzas de la generación y la fertilidad en la naturaleza y en el

hombre, fuerzas sobre las que depende la misma existencia de la sociedad y la cultura. La religión, la

fuente permanente de control moral, que muda su incidencia, pero permanece eternamente vigilante, ha

de poner su atención en tales fuerzas, en un principio con la mera asimilación a su propia esfera y

apuntando más tarde a la sumisión y represión, para establecer finalmente el ideal de la castidad y la

santificación de la ascesis.

Si consideramos ahora la nutrición, lo primero que nos es menester notar es que el acto de comer

está rodeado, para el hombre primitivo, de etiqueta, prescripciones y prohibiciones especiales y de una

tensión emotiva general que llega a un extremo desconocido por nosotros. Aparte de la magia de la

comida, destinada a hacerla durar o a conjurar, en términos generales, su escasez

y en absoluto nos

referimos aquí a las formas innumerables de la magia que está asociada con la consecución de

alimento , la comida desempeña un papel manifiesto en ceremonias de definido carácter religioso. Las

ofrendas de primicias, las ceremonias de la cosecha, las grandes fiestas de las estaciones en las que los

productos del campo se acumulan, se exponen y, de una u otra suerte, se sacralizan, desempeñan un

importante papel entre los agricultores. Los cazadores, además de los pescadores, celebran las grandes

capturas, o la apertura de la estación en la que se desarrollan su actividad, con fiestas y ceremonias en las

que la comida es presentada ritualmente y los animales resultan propiciados o son objeto de adoración.

Todos esos actos expresan el regocijo de a comunidad, su sentido del gran valor del alimento; y, por su

mediación, la religión consagra la reverente actitud del hombre para con «el pan nuestro de cada día».

Para el primitivo, que nunca, ni en las mejores condiciones, está libre del peligro de morir de ham-

bre, la abundancia de alimentos constituye una condición primaria de la vida normal. Significa la po-

sibilidad de mirar allende sus urgencias cotidianas, de concentrar más atención en aspectos de su civil-

ización que son más espirituales y remotos. Si consideramos de este modo que el alimento es el nexo

principal entre el hombre y su entorno, que por su recepción siente las fuerzas de la providencia y el

destino, nos es entonces posible entender la importancia no sólo cultural, sino biológica, de la religión en

la sacralización de la comida. En ello vemos los gérmenes de lo que en tipos superiores de religión

evolucionará en el sentido de dependencia de la Providencia, de gratitud y de confianza.

La comunión y el sacrificio, las dos formas principales en que el alimento se oficia ritualmente, pue-

den entenderse ahora de otra manera, sobre el trasfondo de la misma actitud de reverencia religiosa que el

hombre guarda hacia la abundancia providencial de comida. Que la idea de donación, la importancia del

intercambio de dones en todas las fases de contacto social desempeña un gran papel en el sacrificio

parece incuestionable (a pesar de la impopularidad que en nuestros días rodea a tal teoría) en vista del

nuevo conocimiento de la primitiva psicología económica. 6 Como la donación de presentes acompaña

normalmente a toda relación social entre los primitivos, los espíritus que visitan el pueblo, o los

demonios que acechan algún lugar consagrado, o las divinidades, reciben cuando llegan lo que es suyo,

esto es, una porción que ratifica la abundancia general como ningún otro visitante o visitado habría de

recibir. Sin embargo, bajo esta costumbre está un elemento religioso de profundidad aún mayor. Como la

6 B. Malinowski, Argonautas del Pacífico Occidental (1923); y el artículo «Primitive economics», en Economic Journal (1921);

también el informe del profesor Rich. ThurnwaId «Die Gestaltung der Wirtschaftsentwicklung aus ihren Anfangen heraus», en

Erinnerungsgabe für Max Weber (1923).

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comida es para el salvaje la señal de la bondad del mundo, como la abundancia le proporciona el primero

y más elemental vislumbre de la Providencia, al compartir mediante el sacrificio el alimento con sus

espíritus o divinidades, el salvaje reparte con ellos los dones que ha recibido de los poderes benéficos de

la providencia que previamente ha sentido pero que aún no ha asimilado. De esta suerte, en las

sociedades primitivas, las raíces de las ofrendas de los sacrificios se encuentran en la psicología del

regalo, lo que está relacionado con la comunión en la abundancia del beneficio.

La comida sacramental es tan sólo otra expresión de la misma actitud mental, expresada de la más

apropiada manera por el acto según el cual la vida se retiene y se renueva, esto es, el acto de comer. Pero

tal rito parece ser extremadamente raro entre los salvajes inferiores, y el sacramento de la comunión, que

prevalece en un nivel cultural en el que la primitiva psicología del alimento ya no existe, ha adquirido

para entonces un significado simbólico y místico diferente. Tal vez el único caso de comunión

sacramental, bien atestado y conocido con ciertos detalles, es el llamado «sacramento totémico» de las

tribus del centro de Australia y éste requiere una interpretación que es, en cierto sentido, especial.

3. El interés selectivo del hombre por la naturaleza

Esto nos lleva al tema del totemismo, que hemos definido brevemente en la primera sección. Como

hemos visto, en relación con el totemismo hemos de preguntarnos lo siguiente: en primer lugar, ¿por que

una tribu salvaje selecciona para ser tótems suyos un número limitado de especies, primordialmente

animales y plantas, y en qué principios se basa tal selección? En segundo lugar, ¿por qué tal actitud

selectiva se expresa en creencias de afinidad, en cultos de multiplicación, especialmente en las

prohibiciones de los tabúes totémicos y también en los mandatos de comida ritual, cual en el «sacramento

totémico» de los australianos? Finalmente y en tercer lugar, ¿por qué, paralela a la subdivisión de la

naturaleza en un número limitado de especies seleccionadas, existe una subdivisión tribal en forma de

clanes correlatados con tales especies?

La psicología perfilada arriba sobre la actitud del primitivo para con el alimento y su abundancia, y,

nuestro principio de la perspectiva mental de carácter práctico y pragmático que es propia del hombre,

nos proporcionan, directamente, una respuesta. Hemos visto que el alimento es el nexo primero entre el

primitivo y la providencia. Y la necesidad de la comida y el deseo de su abundancia han llevado al

hombre a afanes económicos, cual la recolección, la caza y la pesca, a la vez que esos mismos afanes iban

englobando emociones intensas y variadas. Cierto número de especies vegetales y animales, las que

constituyen el alimento base de la tribu, dominan el interés de sus miembros. Para el hombre primitivo, la

naturaleza es una despensa viva a la que, primordialmente en los estadios inferiores de la cultura, le es

menester recurrir para recoger alimentos, cocinar y comer cuando le acosa el hambre. La ruta desde la

naturaleza hasta el estómago del salvaje es muy corta y, en consecuencia, también lo es hasta su mente, y

el mundo, para él, es un fundo indiscriminado del que sobresalen las especies de plantas y animales que

son útiles, y primordialmente las comestibles. Los que han vivido en la jungla en medio de los salvajes y

han tomado parte en expediciones de depredación o caza, o han navegado con ellos por las lagunas, o han

pasado noches enteras a la luz de la luna en los arenales marinos, acechando los bancos de peces o la apa-

rición de la tortuga, saben hasta qué punto el interés del primitivo es selectivo y afinado y cuán ce-

losamente sigue las indicaciones, pistas y costumbres de su presa mientras que resulta indiferente a

cualquier otro estímulo. Toda especie que sea habitualmente perseguida constituye un núcleo en torno al

cual giran todos los intereses, impulsos y emociones que una tribu tiende a cristalizar. Un sentimiento de

naturaleza social viene construido alrededor de cada especie, sentimiento que, naturalmente, halla

expresión en el folklore, el credo y el rito.

Es menester recordar aquí que el mismo tipo de impulso que hace deleitarse a los niños pequeños

con los pájaros y tomar agudo interés por las alimañas y tener miedo de los reptiles, coloca a los animales

en el más importante puesto de la naturaleza para el hombre primitivo. En atención a su afinidad general

con el hombre

se mueven, emiten sonidos, manifiestan emociones, tienen cuerpos y caras como él

mismo y a sus superiores poderes los pájaros vuelan en lo abierto, los peces nadan bajo las aguas,

los reptiles renuevan su piel y su vida y pueden desaparecer en la tierra por todo esto el animal, el nexo

intermedio entre naturaleza y hombre, a menudo su aventajado en fuerza, agilidad y destreza y

usualmente su indispensable presa en la caza, ocupa un lugar de excepción en la visión que del mundo

tiene el primitivo.

El salvaje se interesa profundamente por la apariencia y propiedades de los animales; desea ser su

dueño y, en consecuencia, controlarlos como cosas útiles y comestibles. Todos estos intereses se com-

paginan y, al hacerse más fuertes en su fusión, producen el mismo efecto: la selección, entre las

principales preocupaciones del hombre, de un determinado número de especies, primero animales y

vegetales después, mientras que las cosas inanimadas o productos de su industria no constituyen in-

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cuestionablemente sino un orden secundario, una introducción por analogía de objetos que no guardan

relación alguna con lo que es la substancia del totemismo.

Es claro que la naturaleza del interés que el hombre pone en las especies totémicas indica también el

tipo de credo o culto que habrá de esperarse. Puesto que su deseo es el de dominar la especie, por pe-

ligrosa, útil o comestible, tal deseo ha de conducir a una creencia ya sea en un poder especial sobre esa

especie, ya en una afinidad con ella o en una esencia común entre el hombre y el animal o la planta. Tal

creencia implica, por un lado, ciertas consideraciones y restricciones

la más evidente será la pro-

hibición de matar y comer ; por otro lado concede al hombre una facultad sobrenatural de contribuir

ritualmente a la abundancia de la especie, a su propagación y a su vitalidad.

Este ritual conduce a actos de naturaleza mágica mediante los cuales se consigue la prosperidad. La

magia, como veremos en breve, tiende, en todas sus manifestaciones, a especializarse, a volverse exclu-

siva, dividida en compartimentos, y a ser hereditaria en el ámbito de un clan o familia. En el totemismo la

multiplicación mágica de cada especie se convertirá de modo natural en el deber y privilegio de un

especialista al que su familia asiste. En el curso del tiempo las familias se convierten en clanes, contando

cada uno con un jefe en cuanto caudillo mágico de su tótem. En sus formas más elementales el

totemismo, tal como se encuentra en Australia central, es un sistema de cooperación mágica más cierto