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Los Secretos de la

Inquisición

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Génesis de la Inquisición

La convocatoria de la primera cruzada por el papa Urbano II en 1096 cabe verla como el comienzo de una época de guerras, cambios económicos y cataclismos sociales que transformaron radicalmente la Europa medieval. Entre la mitad del siglo XI y la partida de los ejércitos cruzados que protagonizaron el intento, tanto tiempo esperado, de reconquistar Jerusalén, la perspectiva para la Europa occidental había cambiado en casi todos los aspectos concebibles. R. W. Southern ha resumido del modo siguiente las transformaciones esenciales:

«El gobernante secular había sido degradado de su posición de esplendor casi sacerdotal, el papa había asumido un nuevo poder de intervención y dirección tanto en los asuntos espirituales como en los seculares, la regla benedictina había perdido su monopolio en la vida religiosa, el derecho y la teología habían recibido un impulso totalmente nuevo y se habían dado varios pasos importantes hacia la comprensión, e incluso el control, del mundo material.»

Esta transformación fue el resultado de un súbito aceleramiento de la tasa de desarrollo económico, que recibió un nuevo impulso cuando la creación del Reino Latino de Jerusalén hizo que una sociedad feudal y cerrada se abriera a nuevas rutas comerciales. Pero estas rutas sirvieron también para forjar un vínculo directo con la herejía oriental: las ideas fluyeron junto con las mercancías y llevaron a la espectacular proliferación de movimientos heréticos, que fue uno de los rasgos más distintivos de la Europa del siglo XII.2 El diluvio de herejías que empezó alrededor del 1150 obligó al papado a inventar una respuesta protectora y un medio de represión.

Así, hacia las postrimerías del citado siglo, la Iglesia introdujo una serie de medidas provisionales que culminarían con la fundación del tribunal eclesiástico conocido por el nombre de la Inquisición.

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Escena de la primera cruzada, en 1097. La predicación de la primera cruzada abrió las puertas de Oriente a la sociedad medieval europea y significó un cambio profundo y a largo plazo en el desarrollo histórico de Europa. Las principales herejías y víctimas del Santo Oficio (cataros, templarios, disidentes, magos, etc.) deben mucho a este primer contacto con el Próximo Oriente.

Los antecedentes de la herejía

Estas herejías arraigaron rápidamente en un terreno fértil que había sido preparado, al menos en parte, por la laxitud moral y la corrupción del clero, cuyo comportamiento no era un modelo válido para un laicado que buscaba una guía moral y espiritual en un período de cambio tan tumultuoso. El Concilio de Evreux (1195) menciona que el clero vendía indulgencias y que los obispos vendían los óleos santos y las reliquias; el Concilio de Aviñón (1209) cita el ejemplo de un sacerdote que se jugaba las penitencias a los dados, y de otros que abrían tabernas utilizando el alzacuello como muestra del establecimiento; el Concilio de París (1209) prohibió a los fieles asistir a misas celebradas por sacerdotes casados y concubinarios, y también habla de monjas que organizaban fiestas y erraban de noche por las calles. La caza, el juego y la bebida eran muy comunes, de la misma manera que miembros de las órdenes religiosas, tanto masculinas como femeninas, tomaban amantes, como dieron a entender los cánones del cuarto Concilio de Letrán al castigar severamente estas costumbres. Se creía que el contacto con Oriente había introducido el hábito de tomar concubinas entre la nobleza francesa, y se consideraba que lujos tales como los perfumes, la seda, el marfil y los ornamentos de oro o de plata fomentaban la codicia y la inmoralidad. Aunque la Iglesia juzgaba que la poesía amorosa de los trovadores era decadente, y que la tradición del amor cortesano era una forma de paganismo licencioso, difícilmente puede decirse que la conducta de su propio clero fuese mejor. En su alocución inaugural al cuarto Concilio de Letrán, Inocencio III afirmó que la corrupción del pueblo tenía su origen en la del clero.

Sin embargo, la palabra «herejía» se emplea de un modo más o menos libre para referirse a una amplia variedad de fenómenos. Algunos movimientos llamados heréticos no eran más que expresiones de disgusto ante los excesos del clero y la riqueza de la Iglesia, al mismo tiempo que

«la sociedad feudal de la Europa cristiana chocó con grupos sociales a los que no podía asimilar y consideró como "herejía", al principio, la defensa que de su propia identidad hacían tales grupos». La Inquisición nació para erradicar herejías mucho más serias que éstas: grupos de personas claramente definidos y organizados, que propagaban ideas que constituían algo más que la simple oposición a la Iglesia y amenazaban la base de la sociedad medieval.

Cabe definir la herejía como «opinión o doctrina teológica que se sostiene contra la doctrina

"católica" u ortodoxa de la Iglesia católica». (Oxford English Dictionary. La piedra de toque de Tertuliano en De praescrip-tione haereticorum, una de las primeras obras cristianas sobre las herejías (hacia el 200 d. de C.), era si el origen de una nueva doctrina podía localizarse en los Apóstoles).

En cierto sentido, pues, sólo podía nacer cuando existía un conjunto de doctrina ortodoxa: a finales del siglo XII no existía tal conjunto y, por ende, tampoco había leyes contra la herejía.

Transcurrió un siglo entero antes de que santo Tomás de Aquino —cuyos escritos aún sostienen la base de la doctrina católica en nuestros días— pudiera decir de la herejía que era «un pecado que merece, no sólo la excomunión, sino también la muerte». Antes de santo Tomás de Aquino la definición que acabamos de dar hubiera sido imposible, y la Summa contra gentes y la Summa Teológica son el fruto de la respuesta de la Iglesia a este brote de herejías tanto como lo es la propia Inquisición.

El incremento de las herejías guardaba proporción directa con el aumento del poder de la Iglesia, que alcanzó su cénit durante el pontificado de Inocencio III (1198-1216), el primero y más importante de la gran serie de «papas legisladores» que dominaron el siglo XIII. Pero el renacimiento del Derecho romano que caracterizó a la reconquista parcial del poder de Roma, además de proporcionar la base jurídica para el nuevo poder del papado, entrañó también el resurgir de su antítesis: las creencias paganas y la oposición a la ortodoxia. Se ha argüido que la verdadera causa de semejante proliferación de movimientos heréticos no fue la diferencia doctrinal, sino la protesta contra una Iglesia secularizada.

El concepto moderno del poder papal y del control universal de la Iglesia no comenzó a aparecer hasta la década de los años 1140 a 1150. Poco a poco, el papado fue convirtiéndose en una burocracia centralizada y legisladora cuyo poder alcanzaba todas las esferas de la vida cotidiana de los seres humanos: «... daba a los laicos una disciplina que era clara pero no onerosa; marcaba reglas y condiciones para la totalidad de las principales ocasiones y facetas de la vida cristiana: el bautismo, la confirmación, la confesión, la comunión, la penitencia, el matrimonio, la enseñanza y los deberes religiosos, las limosnas, la usura, las últimas voluntades y los testamentos, los últimos ritos, el entierro, los cementerios, las plegarias y las misas para los difuntos. Con parecida claridad y contundencia se ocupaba de todos los aspectos de la vida religiosa: la indumentaria, la educación, la ordenación, las obligaciones, las categorías, los delitos y los castigos». Este pasaje da cierta idea de la secularización opresiva que provocó fuertes reacciones y empujó al pueblo a buscar la protección de señores laicos como Federico II de Suabia en vez del papa.

El punto culminante de este proceso se registró durante el pontificado de Inocencio III, si bien incluso en el seno de la Iglesia, san Bernardo de Clairvaux (1090-1153) ya había reconocido los peligros de la burocratización legalista y la correspondiente alienación del papado respecto de su función espiritual. Es natural que este grado de control y vigilancia pareciera asfixiante para algunos y crease resistencia; es igualmente natural que esta maquinaria legalista se concentrara, tarde o temprano, en el problema de la herejía, tal como lo percibía la Iglesia.

En 1200, dos años después de que Inocencio fuera elegido papa, existían dos tradiciones heréticas principales, las cuales serían, blanco de la Inquisición durante la primera fase de su existencia. La primera, a la vez que la más peligrosa desde el punto de vista de la Iglesia, era el dualismo de los cataros; la segunda, que la Inquisición nunca logró exterminar y que perdura en nuestros días, era la de los valdenses u «hombres pobres de Lyon».