Los Exploradores del Meloria por Emilio Salgari - muestra HTML

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CAPITULO PRIMERO

PESCA EXTRAORDINARIA

Al atardecer de un día de agosto de 1868,

una de esas barcas de pesca que los marine-

ros de ambas orillas del Adriático llaman bra-

gozzi, bogaba lentamente frente a la desem-

bocadura del Brenta, a lo largo de la costa de

Sottomarina, casi frente a la antigua pero

aún resistente fortaleza de Brondolo.

Era una bonita barca de poco tonelaje, de

forma bastante redondeada, con dos mástiles

que aguantaban otras tantas velas teñidas de

rojo, según uso de los pescadores de Crioggia

y dálmatas, y un pequeño bauprés que sus-

tentaba un foque del mismo color que las

otras velas.

Acababan de lanzar a popa una de esas

grandes redes sostenidas por grandes trozos

de corcho que aparejan de un modo especial

los chiogueses, y que tantas veces son retira-

das a bordo repletas de pesca, por cuanto el

Adriático, más abundante siempre en pesca

que el Tirreno, es probablemente el rincón del

Mediterráneo más poblado de habitantes

acuáticos.

El mar, tranquilo, casi tan terso como un

cristal, no podía presentarse más favorable

para una buena pesca. La luna, que acababa

de salir, hacíale centellear como si, mezcla-

dos con el agua, hubiese miriadas de hilillos

de plata, luz tan agradable a doradas y sal-

monetes, que suben a la superficie para dis-

frutar de ella.

Terminada la redada con mucha lentitud,

mientras una leve brisa se dejaba sentir ape-

nas, habíase parado la embarcación frente a

la punta septentrional del islote de Bacucco,

junto a la desembocadura del antiguo curso

del Brenta. Era el momento oportuno para

recoger la red, que era de presumir estuviese

llena de prisioneros.

Vicente, el patrón, que hasta entonces

había permanecido junto al timón, hizo señal

a los cinco marineros para que virasen a so-

tavento, y luego, amarrada la barra al frenel,

comenzó a gritar:

-¡A popa, muchachos!. . . ¡La noche va a

ser buena!. . .

El patrón, capitán y al propio tiempo ar-

mador del barco, era un hombre de cuarenta

años, de musculosas formas, cuello de toro,

capaz de habérselas con un atleta, extrema-

damente tostado por el sol y las sales mari-

nas. Era el verdadero tipo del lobo de mar

véneto, con modales bruscos pero sencillos,

que sabía su obligación mejor que el pesca-

dor más aventajado de todo el Adriático y

que jamás había temblado a bordo de su em-

barcación.

Había sido primeramente grumete, como

todos los marineros venecianos; luego, mari-

nero, y después, reunida cierta suma a fuerza

de economías, habíala invertido en aquel

bragozzo, prefiriendo pescar por su cuenta y

riesgo a servir a otros amos.

Al oír su orden habíanse apresurado los

cinco marineros a trasladarse a popa. Eran

cinco jóvenes robustos y valientes como su

patrón; cuatro de ellos, nacidos en las playas

venecianas. El quinto era eslavo.

Veíase la red perfectamente. Las pequeñas

boyas de corcho brincaban sobre las argén-

teas olas como una inmensa serpiente mue-

llemente tendida.

Unas cuantas brazadas dadas con vigor, y

la pesca se hallaría a bordo; besugos, merlu-

zas, salmonetes, rayas y acaso también algún

atún, que podría venderse con bastante ga-

nancia en Chioggia o en Venecia.

-¡Arriba, muchachos!-exclamaba el patrón,

remangándose y descubriendo sus musculo-

sos brazos-. Parece que la red pesa...

Los cinco marineros, alineados sobre la

borda de babor, habían comenzado a cobrar

las primeras mallas, tirando con fuerza de la

gómena en que se sujetan los corchos, mien-

tras el patrón inclinado sobre la popa, miraba

atentamente para juzgar por el brillo de las

olas y la agitación del agua si la presa era

abundante.

Habían ya cobrado los marineros diez bra-

zas de red, cuando a uno de ellos se le esca-

pó esta exclamación:

-¡Así me trague un tiburón, me parece que

la pesca, patrón, más que abundante va a ser

lo contrario; lo que es esta noche...

-Creo que tienes razón, Miguel -dijo el

pescador frunciendo el ceño-. ¡Parece imposi-

ble; que con una luna tan hermosa falta aquí

la pesca!...

-¿Tendrá la culpa algún escualo, patrón?

-No hemos visto uno siquiera antes de la

puesta del sol.

-Lo cierto es que la red está vacía - dijeron

los otros marineros.

-¿Nada aún?

-Nada, patrón -dijo Miguel-. ¡Ni una sardi-

na!...

-Es cosa extraña. No hace aún dos sema-

nas que en este mismos lugar, y en un espa-

cio de pocas horas, pescamos cuatro quin-

tales de peces. ¿Os acordáis, muchachos?

-Ya lo creo --exclamó un jovencillo flaco

como una sardina-. Gané doscientas setenta

liras en una sola noche.

-¡Arriba, muchacho!

-¡Es inútil, patrón! No hemos cogido ni una

dorada; pero... ¡oh...!

-¿Qué pasa?

La respuesta fue una salva de diversas ex-

clamaciones.

-¡Por vida de...!

-¿Qué hemos pescado?

-¡Pesa como un demonio...!

-¡Por San Pedro de Nembo!¿Qué es esto?

Habíanse detenido los cinco marineros y se

miraban mutuamente a la cara. Habían dado

a la red tres o cuatro violentas sacudidas,

pero ésta había resistido con tenacidad sus

esfuerzos, como si un peso enorme o cual-

quier otro obstáculo la retuviese en el fondo

del mar.

-¡Ea, muchachos!- exclamó Vicente, -el

patrón-. ¡Arriba con ella!

-No cede, patrón - dijo Miguel.

-¿Habremos pescado atunes?

-No, no es posible - exclamaron los mari-

neros a coro.

-¿No viene?

-No, patrón.

-¡Fuera...!¡A ver yo...!

Inclinose el patrón sobre la borda, asió la

gómena con ambas manos y dio un fuerte

tirón, diciendo

-¡Vamos...!¡Arriba!

Secundáronle los marineros de un modo

admirable, pero la red no cedió.

-¡Mil tiburones!-exclamó asombrado el pa-

trón-. ¿La sujetará el diablo con los cuer-

nos...? ¡Vamos...!¡Coraje, muchachos...!

-Vamos a romper la red, patrón - dijo Mi-

guel, indeciso.

-No la hemos de abandonar en el mar para

siempre.

-Son mil doscientas liras, patrón.

-Como si fuesen cuatro mil. ¡Quiero la red

a bordo!-respondió el lobo de mar-. Quiero

ver lo que se ha enredado en las mallas. ¡No

será una ballena, supongo...!¡Animo, mucha-

chos...

Dieron un nuevo tirón, más potente aún

que los anteriores; pero la red no cedió tam-

poco esta vez. Parecía como si un objeto la

hiciera pesada en extremo.

-¡Mil demonios!-exclamó el lobo de mar,

comenzando a perder la paciencia-. ¿Qué va

a ser esto? Hemos de vencer este obstáculo,

aunque haya que dejar media red en el fon-

do...

-No viene, patrón - dijo Miguel, meneando

la cabeza.

El marinero eslavo levantó la mano

haciendo ademán como de querer hablar.

Aquel dálmata era el más viejo, por cuya

razón eran a veces tenidas en cuenta sus

palabras por todos, incluso por Vicente, el

patrón.

Puede decirse, sin exageración, que era un

gigante. Alto, fuerte como un granadero de

Pomerania, rubio como la mayoría de sus

compatriotas y con ojos azules que lanzaban

rayos acerados y causaban una impresión

bastante profunda.

Por demás grosero, violento, brutal, tole-

rado únicamente por su fuerza extraordinaria,

condición muy apreciada por el patrón, que,

ante todo, era un pescador.

-Lo adivino - dijo, mientras sus compañe-

ros le miraban esperando que abriese la bo-

ca..

-¿Y qué es lo que adivinas, Simón Storvik?

-preguntó el patrón con cierto aire burlón-.

¿Querrás acaso hacerme creer que la red se

ha enganchado en los cuernos del diablo? Tú

eres capaz de creerlo.

-No, patrón - respondió el eslavo.

-¿Qué vas a decir, entonces?

-Que la red se ha enganchado en la arbo-

ladura de algún buque náufrago.

El patrón movió la cabeza, cómo persona

que no presta mucha fe a lo que oye, y luego

dijo:

-Puede ser.

-Hay que echar mano del cabrestante, pa-

trón - indicó Miguel.

-¡Y la haremos trizas...!¡Mil doscientas li-

ras!... ¡Mal hayan las naves que vienen a

naufragar aquí precisamente...!¡Ea, jóvenes,

al cabrestante...!¡Por lo menos, recuperare-

mos un buen trozo.

A una señal los cinco marineros pusieron

las manivelas al cabrestante, pasaron la gó-

mena alrededor del tambor y comenzaron a

hacerle girar con fuerza.

-¡Animo, muchachos!- exclamó el patrón

viendo que la red comenzaba a ponerse en

tensión, mientras el pequeño velero re-

trocedía por la tracción del cabrestante.

Los cinco marineros redoblaron su esfuer-

zos sobre las manivelas.

De repente cedió la resistencia que hasta

entonces oponía la red, y los cinco cayeron

de bruces, unos sobre otros, mientras el

tambor, a consecuencia del último impulso

giraba vertiginosamente.

-¡Al fin!- exclamaron a coro.

-O se ha roto la red o hercios arrancado el

obstáculo que la retenía -dijo Vicente--. ¡Ea,

muchachos, arriba, mil truenos!...

Corrieron a popa todos ellos y agarraron la

red con ambas manos.

-¿Viene? - preguntó el patrón.

-Pesa; pero el obstáculo ha sido venci-

do-respondió Miguel.

-¿Le habremos arrancado los cuernos al

diablo? ¿Qué te parece, Simón Storvick? -

dijo el patrón, mirando con malicia al eslavo.

-Ya lo veremos - respondió el gigante, en-

cogiéndose de hombros.

La red no oponía ya resistencia y presta-

mente iba quedando a bordo; pero sentíase

algo muy pesado que debía hallarse entre las

últimas mallas.

Impacientes los cinco marineros por saber

lo que era, trabajaban con ahínco febril. Has-

ta el patrón había puesto manos a la obra,

ayudando eficazmente con sus poderosos

músculos.

Mientras izaban la red a bordo, los seis

hombres hacían suposiciones a cual más dis-

paratadas.

-¿Habremos pescado algún áncora? - decía

Miguel.

-Lo que hemos cogido es algún monstruo

marino - decía Roberto, un joven moreno

como un meridional, de negro bigotillo y ar-

dientes ojos.

-¡Quiá!-dijo Simón Storvik-. Apostaría a

que lo que hemos cogido en la red ha sido

una carga de cadáveres.

-¡Al diablo con tus cadáveres!...

-¡Callad, cotorras!-gritó el patrón-. ¡Char-

láis más que una bandada de grullas!... ¡Ea,

otro tirón y ya veremos lo que viene a bor-

do!¡Mil truenos!... ¿Qué es eso?

Vicente, el patrón, estaba inclinado sobre

la borda y miraba atentamente al agua. Bajo

la popa, entre las mallas de la red, divisábase

una masa negra, no bien definida aún, pero

que no tenía apariencia de pez.

-¡Por San Pedro de Nembo!¡Es una caja de

muerto!- dijo Simón Storvik.

-¿Quieres dejar en paz a los muertos, gi-

gante miedoso? -exclamó el patrón-. ¡Vamos,

venga, arriba!

Mediante un último tirón, la red salió del

agua, presentando ante los asombrados ma-

rineros una especie de cofre que se, había

enganchado en las mallas.

De boca de los cinco marineros escapó es-

ta exclamación

-¡Un tesoro!

Vicente, el patrón, agarró la red con am-

bas manos y sacó aquella caja hasta colocarla

sobre la borda, y, cogiéndola luego entre sus

brazos, no obstante su gran peso, la llevó

sobre cubierta, depositándola junto a la barra

del timón.

Los seis estaban fijos en aquel objeto, tan

extrañamente pescado, mirándolo con avidez,

como abrigando la esperanza de que fuera un

arca de caudales repleta de oro.

Era una caja de forma cuadrada, de medio

metro de alta, de madera de encina tallada,

con ganchos de hierro y reforzada con varias

planchas de acero.

Al exterior no tenia inscripción alguna; en

cambio, los ganchos, que, como hemos dicho,

eran de hierro, hallábanse sumamente oxida-

dos. Habíanles atacado las sales marinas,

señal evidente de que se hallaban sumergidos

en el mar hacia mucho tiempo, muchos años

quizá.

-¿Cómo habrá venido a flote este cofre?

-preguntábase el patrón-. No comprendo có-

mo la red ha podido cogerlo.

-Muy sencillo, patrón -dijo Miguel-. Fijaos

en esas dos chapas que sobresalen un poco;

en ellas se ha enganchado la red, y con ellas

la caja.

-¿Y cómo me explicas la resistencia que

oponía?

-Acaso se había encajado entre dos rocas

o entre los restos de algún barco.

-Admitámoslo -dijo el patrón-. Ahora nos

queda por saber lo que contiene.

-Oro, dé seguro - dijeron los marineros a

coro.

-¡Ejem...!¡Ya lo veremos, jóvenes!

Intentó abrirla sin romperla, pero pronto

hubo de convencerse de que jamás lo conse-

guiría sin romper la cerradura.

-Venga un hacha - dijo.

Miguel fue en busca de una, que le entre-

gó.

El vigoroso lobo de mar levantó la pesada

arma, dejándola caer con gran ímpetu sobre

una de las cerraduras. Resistió, sin embargo,

a pesar de la violencia del golpe.

-Es firme como una roca - dijo el patrón.

Tras seis golpes consecutivos, a cual más

fuerte, la cerradura saltó hecha pedazos y

cedió la tapa. Diez brazos la agarraron y la

arrancaron, destrozando los goznes.

Los marineros miraron ansiosamente al in-

terior, al mismo tiempo que un grito de estu-

por salió de todos los pechos.

Dentro de aquella caja había otra más pe-

queña de acero, de forma redondeada y de

un espesor considerable al parecer. La hume-

dad, penetrando poco a poco a través de las

paredes de la primera, había oxidado el me-

tal, pero sin corroerlo.

Vicente, el patrón, tomó, en sus manos

aquel segundo cofre e hizo un significativo

gesto.

-Adiós, tesoro -murmuró entre dientes-. Si

el cofre estuviese lleno de oro pesaría el do-

ble.

-¿Y entonces, patrón? - preguntaron los

cinco marineros con ansiedad.

-Creo, muchachos, que desde este mo-

mento debéis renunciar a la esperanzan de

haceros ricos -respondió el lobo de mar-.

Aquí no hay ni siquiera una insignificante

moneda de la antigua república.

-¿Pues qué contendrá? - preguntó el esla-

vo, apretando los dientes desilusionado.

-¿Qué sé yo? Algún documento, quizá.

-¿Creéis que se podrá abrir ese cofre?

-¡Hum...!Me parece tan sólido que ni un

pico le harta mella. Hará falta una lima:

-Hay que abrirlo, patrón - dijo Simón Stor-

vik.

-¿Abrirlo? Prueba.

-¿Pensáis acaso entregarla en la, capitanía

de Chioggia?

-Esa es mí intención.

-No haréis tal cosa - dijo amenazador el

eslavo.

-¿Y por qué? ¿Tienes aún la esperanza de

que aquí haya un tesoro?

-Háyalo o no, la caja nos pertenece y la

abriremos.

-¿Lo quieres? Prueba a romperla, querido

gigante - dijo el patrón en tono de burla.

Simón Storvik empuñó el hacha e hirió con

ella el cofre en lugar en que se hallaban las

cerraduras. Al golpe saltó de la gruesa cuchi-

lla una ráfaga de chispas y se hendió en toda

su longitud, sin haber logrado hacer mella en

el metal de la caja.

-¡Por San Pedro de Nembo!-rugió el gigan-

te, furibundo-. ¡Venga otra segur!

-Perderás el tiempo inútilmente -dijo el pa-

trón- y destrozarás todas las hachas que hay

a bordo.

-Hay que abrirla, cueste lo que cueste.

-La abriremos.

-Y en mi presencia.

Vicente, el patrón, se acercó al gigante, y

sacudiéndole con violencia, le dijo con voz

airada:

-Eslavo, ¿qué quieres decir?

-Que ese cofre puede contener un tesoro y

yo quiero mi parte, patrón.

-¿Y tú me juzgarías capaz de cometer con-

tigo un fraude? ¡Vamos, gigante, no te tengo

miedo!¿Entiendes, eslavo? - dijo .el lobo de

mar, sacudiéndole con furia.

Volviéndose luego hacia Miguel, que se

había colocado, como sus compañeros, detrás

del eslavo para lanzarse sobre él al menor

conato de rebelión, díjoles:

-En mi caja hay más limas; ve tú a buscar-

las, Roberto.

Desapareció el marinero por la escotilla de

popa y momentos después volvía, llevando

en la mano dos limas casi nuevas. Tomolas el

patrón y las arrojó desdeñosamente a los pies

del eslavo, diciéndole

-Abre esa caja.

El gigante se quedó indeciso.

-Abre esa caja -repitió el lobo de mar con

voz tonante-. ¡Aquí mando yo!

Y mientras el eslavo se inclinaba para re-

coger las limas, fue a sentarse junto a la caña

del timón; cargó flemáticamente su vieja pi-

pa, la encendió y se puso a fumarla, sin per-

der un solo movimiento del gigante.