VIP Membership

Lengua Erótica. Antología Poética para Hacer el Amor por Juan Gustavo Cobo Borda - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

index-1_1.jpg

www.elortiba.org

a poesía nace en la lengua. En la lengua física de quien habla y en la lengua que emplea para comprender, designar y hacer suyo el mundo.

L La poesía erótica en lengua española tiene una carga expresiva de una intensidad sin igual. Desde sus orígenes mismos, en el monasterio de Santo Domingo de Silos, cerca de Burgos y hace mil años, las primeras palabras en español son glosas “de las diversas clases de fornicación”, a partir de un texto latino, y con destino a un penitencial.

Es revelador entonces que del arcipreste de Hita a la conturbadora relación entre mística y erotismo, con san Juan de la Cruz, la lírica inicie su andadura bajo esta doble constelación de gozo y culpa, de esplendor y pecado. Igual sucede cuando en el siglo de oro español, y con jubiloso fervor, Lope de Vega, Góngora y Quevedo cantan, denigran y exaltan la pasión, e incluso otro gran poeta, el conde de Villamediana, muere en oscuro lance por haber seducido, al parecer, a la reina de España. Esta vocación se mantiene aun en la música incomparable con que Rubén Darío extrae del cuerpo de Venus, eterno símbolo del deseo, un acorde único: aquel que irriga y dulcifica toda la poesía en lengua española hasta nuestros días, de José Martí a José Asunción Silva, de Borges a Neruda, de Federico García Lorca a Octavio Paz.

Estos son algunos de los nombres claves de este libro, una vasta antología de la poesía erótica en lengua española, donde fray Luis de León traduce el Cantar de cantares, sor Juana Inés de la Cruz, Delmira Agustini y Alejandra Pizarnik dan voz a la mujer, y Luis Cernuda, Porfirio Barba Jacob y César Moro consideran en sus versos el cuerpo masculino como un espacio de revelación. Pero hay mucho más.

El corpus de la poesía erótica es tan denso como sutil, supera sexos y nacionalidades, vence al tiempo y hace del poema la única patria real. El posible paraíso recuperado en la tierra. Con acento propio y auténtica capacidad expresiva. Grandes poemas, como “Las furias y las penas”

de Neruda, la “Oda a Walt Whitman” de García Lorca o el “Diálogo entre Venus y Príapo” de Rafael Alberti, conviven en este libro delicioso y revelador con el humor, gracia e ingenio de pequeñas joyas luminosas cuya lectura no es sólo un placer. Es también una revelación sobre nosotros mismos, y sobre ese otro que desnudo cubrimos con palabras ardientes y exaltadas: las que una lengua erótica, el español, nos brinda para aprender a amar. Para hacer el amor.

La poesía erótica incita y petrifica a la vez. Esto fue una vez: esto será siempre. Puede lindar con la obscenidad y la pornografía, con aquello aparentemente sucio que la moral margina como tal. Cae en el manido estereotipo, en la cursilería que puede ser sublime.

De Rubén Darío a Agustín Lara sólo hay un paso. Pero en sus momentos más altos es una piedra de toque que pulveriza toda esa turbiedad adolescente, toda esa inmadurez verbal.

Porque la auténtica poesía erótica es creación pura: inventa, fabula. A partir de las ruinas, del abandono o la humillación, de la súplica —¿cómo era, Dios mío, cómo era?—, yergue su castillo de palabras.

Juan Gustavo Cobo Borda

Lengua erótica

Texto de: Juan Gustavo Cobo Borda

L a poesía no sólo ha cantado al deseo. Es el deseo mismo quien se expresa y se hace palabra a través de la poesía. Es el deseo quien está en los orígenes —un reino al pie del Himalaya, un rey que ansía a la mujer de otro en Asia Menor— y así surge este mar infinito al cual ahora buscamos ponerle nombre y rostro.

Paradójico intento: la poesía disuelve todos los rasgos en el tumultuoso curso de una lengua que utiliza a los poetas para decir su verdad, la del deseo, y luego los deja de lado. Son ellos apenas los mediadores para que brille el fuego de esos cuerpos perdurables. Ese cuerpo que otros llaman poema.

Fray Luis de León lo hace con el Cantar de cantares del rey Salomón en una España inquisito-rial que lo condenará, entre otros motivos por este, a cinco años de cárcel.1 Gabriel Zaid, en México y en nuestros días, se sorprende con unas canciones creadas en la India hacia 1400: están más vivas que cuanto ve a su alrededor.

El eterno retorno del deseo no se da sólo en la traducción que universaliza. Está en la lengua misma, la lengua española, que desde sus comienzos, con el Arcipreste de Hita, el anónimo romancero, el marqués de Santillana nos trae vaqueras y pastores. Bosques y cuevas, ásperos y mullidos, para retozar lejos del ojo ajeno —no de la lengua del poeta. Noches demasiado cortas ante el canto del alba del ruiseñor.

Ya desde entonces el poeta poniéndose máscara de hombre o de mujer, de animal o de árbol, como Dafne, más allá de sexo, política, clase, iglesia o nación, en la búsqueda de su voz. Voz densa y urgida, o leve y musical, como en el conde de Villamediana, que abre el baile de los vocablos, el acoplamiento de las sílabas, el entrelazamiento de las frases que se unen y deslizan para dibujar la silueta de la única patria posible: el cuerpo amado, la forma verbal. Definición de lo humano: seres que balbucean y ordenan los verbos de la pasión.

Por ese cuerpo vamos al alma, sin olvidar aquellos versos del poeta brasileño Manuel Bandeira titulados “Arte de amar”:

Si quieres sentir la felicidad de amar, olvídate de tu alma.

El alma arruina el amor.

Sólo en Dios ella puede encontrar satisfacción.

No en otra alma.

Sólo en Dios —o fuera del mundo.

Las almas son incomunicables.

Deja que tu cuerpo se entienda con otro cuerpo.

Porque los cuerpos se entienden pero las almas no.

(Versión: Estela Dos Santos)

Por ello desde los Vedas, desde el Cantar de los cantares, compiten la ley y el deseo en pos de la miel del placer. Nos miramos a los ojos para descender al oscuro pozo de lo innombrable, donde hay siempre un feroz combate: basta pensar en “Las furias y las penas” de Neruda. En el coito feroz, como de espadas al tajar la carne, de que habla la poeta uruguaya Idea Vilariño, quien dedicó sus poemas de amor a ese otro buzo de las profundidades, Juan Carlos Onetti.

En ese ámbito donde las palabras no alcanzan, el poeta a riesgo de su salud —como en el caso de la suicida Alejandra Pizarnik, de la suicida Alfonsina Storni— corre el riesgo y explora la noche. Elabora los nuevos alfabetos, para ese sol que ciega y deslumbra. No el desangelado lenguaje del mercado, con su guiño falaz de comerciante que busca aquí “un pesito más”, que ofrece allá “una rebajita”, en esa falacia de los diminutivos engañosos, de buhonero de feria, si-no en el esplendor de quien se brinda íntegro, mientras más desnudo más lleno de sugerencias y atisbos. La poesía asume así humor y lujuria. Exacerbación y placidez. Mira y se tensa. Cierra los ojos e imagina. La realidad es aquel cuerpo inabarcable que se fragmenta en seno y labios.

“Falo el pensar y vulva la palabra”, como dijo Octavio Paz desde la India en su complejo poema

“Blanco” al buscar que sensación e idea, percepción y tacto, logren abolir las dicotomías ram-plonas e integren un solo texto: el texto feliz del poema, al abolir el tiempo rapaz con su blanca agua desencadenada.

“Las palabras hacen el amor”, recordaba André Breton. Y ellas no son un espejo donde nos re-flejamos distantes. Las palabras son el propio cuerpo, erguido y urgido o distendido y reconci-liado. No es de extrañar que Rubén Darío se vuelva uno con Rufo Galo, legionario romano, quien antes de ser devorado por los perros recuerda como hizo suya a “la imperial becerra”.

“Yo fui un soldado que durmió en el lecho/ de Cleopatra la reina” y quien ahora se pregunta por qué sus “dedos de bronce no apretaron/ el cuello de la blanca reina en broma?/ Eso fue todo”. Quien entra a la cámara nupcial de la Diosa Blanca —la musa de la poesía— debe estar dispuesto a enfrentarse a sus miedos más recónditos, a sus silencios estremecedores, a la muerte misma que suscita la vida. Federico García Lorca y Luis Cernuda, Porfirio Barba Jacob y César Moro hacen del cuerpo masculino la otra llama arrasadora: que aún arde y quema o deambula insomne, como en los nocturnos de Xavier Villaurrutia.

La poesía erótica incita y petrifica a la vez. Esto fue una vez: esto será siempre. Puede lindar con la obscenidad y la pornografía, con aquello aparentemente sucio que la moral margina co-mo tal. Cae en el manido estereotipo, en la cursilería que puede ser sublime. De Rubén Darío a Agustín Lara sólo hay un paso. Pero en sus momentos más altos es una piedra de toque que pulveriza toda esa turbiedad adolescente, toda esa inmadurez verbal. Porque la auténtica poesía erótica es creación pura: inventa, fabula. A partir de las ruinas, del abandono o la humillación, de la súplica —¿cómo era, Dios mío, cómo era?— yergue su castillo de palabras. De modo certero lo dijo Antonio Machado en sus otras canciones a Guiomar:

Todo amor es fantasía;

el inventa el año, el día,

la hora y su melodía,

inventa el amante y, más,

la amada. No prueba nada,

contra el amor, que la amada

no haya existido jamás.

La poesía restituye las cosas a su sitio: les da valor, peso y jerarquía. Demuestra la nauseabunda indolencia de los medios nutriéndose de flácidos lugares comunes. Repitiendo lo que otros antes han dicho. Al asegurar, impávidos, que Borges no puede ser un poeta erótico por tímido y discreto, por elegante y ciego. Pues no: en el erotismo la reticencia también puede ser una virtud explosiva. Todo brillará aun más, con claridad milenaria. Así los poetas arábigo-andaluces.

El mejor Neruda, el de Residencia en la tierra, dirá a mi izquierda: “Hay miedo en el mundo de las palabras que designan el cuerpo”, en su célebre “Ritual de mis piernas”. Borges, a mi derecha, hablará de “La dicha”: “El que abraza a una mujer es Adán. La mujer es Eva”.

Todo sucede por primera vez.

Los tranquilos animales se acercan para que yo les diga su nombre.

Los libros de la biblioteca no tienen letras. Cuando los abro surgen

..................

Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída,

pero los dos se entregan.

Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.

El que lee mis palabras está inventándolas.

Como lectores encarnar las palabras del otro: tal el secreto designio de este libro.

Rubén Darío en “La poesía castellana”, un poema de 1882, realiza una pequeña historia de la misma, desde el Cantar de Mio Cid hasta

los Heredia, los Caro,

los Palma y los Marroquín.

Se apropia así de toda su herencia; esa herencia que él retoma, transforma y enriquece de mo-do singular, gracias a su genio y a su ingenio. A la luz cordial (y musical) de su energía creativa, el poeta de las sombras y los abismos es el poeta del sol, de la marcha rítmica y sonora. Y es también el poeta de la pesadumbre meditativa, poniéndose a sí mismo en duda, ante esa sucesión de cisnes que lo interrogan, de perplejidades que lo cercan y acosan.

Sólo que los años pasan y mengua su fuerza. Le queda el recurso de tornar al agua primordial, al núcleo central: el fuego del deseo.

Si en “La poesía castellana” repasa con nombres propios nuestra tradición, la de la lengua espa-

ñola como instrumento de creación, en un poema como “Divagación” Darío colocará sobre el rostro de la musa las sucesivas máscaras teatrales de la pasión. “¿Te gusta amar en griego?”, la pregunta, y se responde:

Amo más que la Grecia de los griegos

la Grecia de la Francia, porque en Francia,

el eco de las Risas y los Juegos

su más dulce licor Venus escancia.

Venus en todos los idiomas: griego, francés, alemán, japonés, hindú. Recurrirá al exotismo y a la reina de Saba porque en definitiva es latinoamericano. Tiene todos los rostros y ninguno. Un espacio verbal abarrotado de influjos y la desierta página en blanco donde debe colocar los signos de su emoción y de su incertidumbre. El deseo que incendia el mundo, con “hambre de espacio y sed de cielo”, como lo dice en forma única. Y donde rasga la negrura con trazo incandescente:

En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,

como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

Ante esa Diosa se inclina,

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar.

Para concluir con este lancinante acierto:

Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.

El erotismo termina por recordarnos nuestra condición mortal. De la juventud a la vejez, de quien quería ser una Margarita Gautier hasta Francisca Sánchez, la sirvienta en la pensión de Madrid que Enrique Molina exaltó en un poema fulgurante, Rubén Darío está en el centro de nuestra actual constelación poética, y a partir de él podemos remontarnos, vía Quevedo, hasta Lope de Vega y el romancero y los manantiales mismos del origen. Sin olvidar nuestra fe de bautismo, que nos ha recordado Antonio Alatorre en un libro excepcional: Los 1001 años de la lengua española (México, Fondo de Cultura, 1989).

El español nace hacia el 950 en dos monasterios cerca a Burgos: San Millán y Santo Domingo de Silos, donde monjes y novicios copian manuscritos medievales en latín e intercalan glosas y comentarios, ya en español. Anota Alatorre:

El manuscrito de San Millán contiene sobre todo unas homilías o sermones de San Agustín, y el de Silos un penitencial, especie de ‘recetario’ de penitencias para los distintos pecados o los distintos grados de maldad de un pecado. (Es curioso observar que el capítulo más abundante en glosas es el que trata ‘de las diversas clases de fornicación’. Se ha sugerido que el glosador era un estudiante de latín, no precisamente un monje; bien podemos imaginar que era un novicio joven (p.

104).

En definitiva: un poeta. Sin olvidar que la otra figura, san Agustín, como lo vio bien el chileno Gonzalo Rojas también fue un poeta que pecó en la carne de la palabra:

ni Agustín

de Hipona que también fue liviano y

pecador en Africa hubiera

hurtado por una noche el cuerpo

a la diáfana fenicia.

(“Quedeshim Quedeshot”)

Tal el origen de esta lengua erótica: la nuestra. Allí donde variadas aguas se funden en la misma medida en que los cuerpos se unen y dialogan entre sí.

Este libro es en consecuencia un cuerpo verbal ramificándose en mil deltas, pero siempre animado por un único impulso: el que la lengua española ha forjado como poesía erótica sin demasiados melindres académicos ni preocupaciones de épocas y escuelas. Más bien como el po-deroso torrente que desde el comienzo de los tiempos agolpa en la garganta su ansia expresiva para decir deseo. Para tatuar en otra piel la constelación pasional de esas estrellas que Quevedo llamó “las fieras altas de la piel luciente”.

Sí, esos “volcanes florecidos”, o esos “relámpagos de risa carmesíes”, serán nuestro asunto. El deleite de ver cómo la palabra hace del animal humano un ser que habla. Una persona que en el don gratuito de la poesía encuentra su definición y su destino. Esa “¡Carne, celeste carne de la mujer!”, de que hablara Darío no morirá, por cierto, como tampoco los dioses paganos o las figuras del efebo, Safo, la hetaira o el hermafrodita. Tenemos el privilegio de recorrerlas de nuevo, entre la emoción y el duelo. Entre la exaltación feliz y el arduo combate para preservarlas, en esas cápsulas de tiempo que son los poemas. Quizás por ello Rafael Alberti, un gran poeta erótico como lo revela su “Diálogo entre Venus y Príapo”, también hizo, como Darío, su propia Canción de canciones (1995), los mejores poemas de amor de la lengua castellana, y allí pu-so, al terminar el siglo xx estos versos del siglo xvii escritos por Lope de Vega, que bien pueden ser adecuado epígrafe, para mostrar como ese “dueño de quien soy cautivo”, el poeta quien cree usar la lengua y ésta lo traspasa con su resplandor y su certeza, detiene el tiempo e impide que el hombre se disgregue en bestia. El poema le ha recordado que existen poderes más sólidos y perdurables que los del dinero o las armas, que los de la tecnología y el (aparente) pro-greso. Diosas blancas pendientes en todas nuestras encrucijadas, ellas nos obligan a decir, con Lope de Vega:

Hermosísima pastora,

señora de mi albedrío,

reina de mis pensamientos,

esfera de mis sentidos:

cielo de mi alma, que os doy,

sol que adoro, luz que miro,

fénix de quien soy el fuego,

dueño de quien soy cautivo,

regalo de mi memoria,

retrato del paraíso,

alma de mi entendimiento

y entendimiento divino.

Hermosa señora, reina,

esfera, cielo, sol mío,

luz, fénix, dueño, regalo,

imagen, alma y aviso,

si os he ofendido,

mátenme celos y en ausencia olvido.

Notas

1. Ver el bello libro de Karl Vossler: Fray Luis de León, Madrid, Espasa Calpe, Austral 565, 1946.

Salomón

Cantar de cantares

Versión en octava rima de Fray Luis de León

Capítulo I

Esposa

Bésame con su boca á mí el mi amado,

son mas dulces, quel vino, tus amores:

tu nombre es suave olor bien derramado,

y no hay olor, que iguale tus olores:

por eso las doncellas te han amado,

conosciendo tus gracias, y dulzores:

llévame en pos de ti, y correremos,

no temas, que jamás nos cansaremos.

Mi Rey en su retrete me ha metido,

donde juntos los dos nos holgaremos:

no habrá allí descuido, no habrá olvido,

los tus dulces amores cantaremos:

en ti se ocupará todo sentido,

de ti, por ti, en ti nos gozaremos:

que siendo sin igual tu hermosura,

á ti solo amará toda dulzura.

Morena soy, mas bella en lo escondido,

ó hijas de Sión, y muy hermosa:

porque allí en lo interior no ha podido

hacerme daño el sol, ni empecer cosa:

á tiendas de Cedar he parescido:

que lo que dentro está, es cosa preciosa,

velo de Salomón, que dentro encierra

la hermosura, y belleza de la tierra.

Mi color natural bien blanco ha sido:

que aquesta tez morena me causára

el sol, que andando al campo me ha herido:

fuerza de mis hermanos me forzára,

de aquellos, que la mi madre ha parido,

que unas viñas suyas yo guardára:

guardé sus viñas con mucho cuidado,

y la mi propria viña no he guardado.

Dime, amor de mi alma, ¿dó apascientas

el tu hermoso ganado, y tu manada?

¿adónde haces tu siesta, dónde asientas?

¿dónde tienes tu albergue, y tu majada?

que no es justo, mi Esposo, que consientas,

qu’entre pastores tantos yo ande errada:

qu’en tierra, dó apascientan mil pastores,

¿cómo podré yo hallar los mis amores?

Esposo

Si no sabes, bellísima pastora,

el valle, dó apasciento el mi ganado,

toma tus cabritos, y á la hora

seguirán el camino mas hollado;

caminando por él vernás dó mora

el tu dulce pastor, y desposado;

allí podrán pascer los tus cabritos

entre los de los otros pastorcitos.

A la yegua de mi carro presciada

paresces en el brio, Esposa mia,

bella, gentil, lozana, y bien tallada,

y lleno ese tu rostro de alegría,

tu mexilla es de perlas arreada,

y el cuello con collar de pedrería:

zarcillos de oro fino te daremos,

y un esmalte de plata les pondremos.

Esposa

Quando estaba el Rey mio en su reposo,

mi nardo dió su olor muy mas crescido:

manojuelo de mirra es el mi Esposo,

por eso entre mis pechos le he metido,

racimo de Copher muy oloroso,

qu’en viñas de Engaddi se ha cogido:

para mí quiero yo los sus olores,

pues sé que están en él los mis amores.

Esposo

¡O cómo eres hermosa, amiga mia!

¡ó cómo eres muy bella, y muy graciosa!

tus ojos de paloma en la alegría.

Esposa

O dulce Esposo mio, y que no hay cosa

que iguale á tu belleza, y gallardía:

no hay cosa acá en la tierra ansí olorosa:

nuestro lecho es florido, y la morada

de cedro, y de cipres está labrada.

Capítulo II

Esposa

Yo soy rosa del campo muy hermosa,

y azucena del valle muy preciada.

Esposo

Qual entre las espinas es la rosa,

tal entre las doncellas es mi amada.

Esposa

Como es ver un manzano, estraña cosa,

entre robles, y encinas estimada;

tal es á mí la vista de mi Esposo,

qu’entre todos los hijos es gracioso.

Debaxo de su sombra he deseado

sentarme, y me asenté, y ansí he cogido

la hermosa, y dulce fructa, que él me ha dado:

la cual por su dulzor bien me ha sabido.

A la casa del vino me ha llevado,

y el su divino amor allí he sentido:

cercadme de manzanas, y de olores,

que herida, y muy enferma estoy de amores.

La mano de mi amor izquierda quiero

para me reclinar, y esto me place:

presto, no se detenga, que me muero,

y con la su derecha que me abrace.

Esposo

¡O, hijas de Sion! de aquí os requiero

por cabra, y corzo, que en el monte pasce,

no desperteis mi amada, que ya duerme,

fasta que ella de suyo se recuerde.

Esposa

Vos de mi amado es esta; vedle, viene,

los montes, y el collado atravancando:

ninguna sierra, ó monte le detiene,

las cabras, y los corzos semejando;

vedle como se allega, y se detiene,

detrás de mi pared está acechando:

¿no veis como se asoma al agujero,

ya se quita, y se pone muy ligero?

Hablado me ha el mi amado, y mi querido:

Levántate del lecho, amiga mia,

vénte conmigo, qu’ el invierno es ido,

y las flores nos muestran ya alegría:

el campo está muy bello, y muy florido,

y el tiempo del podar se descubria,

voz de la tortolilla ha ya sonado,

despierta con su voz nuestro cuidado.

La higuera muestra ya el fructo sabroso,

las viñas, que florescen, dán su olor:

levántate, quel tiempo es deleytoso,

y vén, paloma mia, vén, mi amor,

gocemos deste campo tan hermoso:

que en aquellas penas de mayor altor,

en unos agujeros abscondidos

haremos nuestro albergue, y nuestros nidos.

Descúbreme tu vista amable, y bella,

muéstrame tus facciones tan hermosas,

suene tu voz suave, hermosa estrella.

Esposa

Cazadme, dixe yo, aquellas raposas,

las raposas pequeñas, que gran mella

hacen en mi viña las rabiosas:

á todas las tomad, haced que huyan,

ántes que la mi viña me destruyan.

Mio es el Esposo, mio, y muy amado,

y yo soy toda suya, y él me quiere

de aquel, qu’ entre las flores su ganado

apascienta, seré mientras viviere.

Quando las sombras huyan por el prado,

vendraste á mí, mi amor, si te pluguiere,

como la cabra, ó corzo bien ligero,

saltando por los montes, que te espero.

Capítulo III

En mi lecho en las noches he buscado

al que mi alma adora, y no le hallando,

torné á buscarle con mayor cuidado,

y saltando del lecho sospirando,

entré por la ciudad, y he rodeado

las plazas y las calles caminando;

de tanto caminar cansada estaba,

mas nunca pude hallar al que buscaba.

Halláronme las guardas, que rondando

andaban la ciudad la noche escura;

y yo acerquéme á ellas preguntando,

¿habeis visto á mi amado por ventura?

y desque un poco dellos alejando

me voy, hallé el mi amor, y mi hermosura:

túvelo yo abrazado, y bien asido,

y en casa de mi madre lo he metido.

O hijas de Sion, yo os ruego, y pido

por la cabra, y el ciervo, y el venado,

no hagais bullicio alguno, ni ruido,

porque no desperteis mi dulce amado,

que sobre el lecho mio se ha dormido;

esperad qu’ el despierte de su grado:

juntaos aquí conmigo, y velaremos,

y este su sueño dulce guardaremos.

Compañeras

¿Quién es esta, que sube del desierto

como coluna bella, y muy hermosa,

qu’ el humo del encienso ha descubierto,

hasta dar en las nubes olorosa?

el cielo de su olor lleno está cierto:

¡ó cómo es la su vista hermosa cosa!

la mirra, y los perfumes olorosos

en ella muestran ser muy mas preciosos.

Cercad bien con los ojos aquel lecho

del gran Rey Salomón tan adornado;

sesenta fuertes hombres muy de hecho

le tienen todo en torno rodeado,

hombres de gran valor, y fuerte pecho,

y en armas cada qual bien enseñado:

todos tienen al lado sus espadas

por temor de la noche, y empuñadas.

Una morada bella ha edificado

para sí Salomón de extraña hechura;

el su monte de líbano ha cortado,

para de cedro hacer la cobertura;

de plata las colunas ha labrado,

y el techo de oro fino, y la moldura,

y el estrado de púrpura adornado,

y en medio dél mi amor está asentado.

Esposa

Salid, hijas de Sion, salí á porfía,

vereis á Salomón Rey coronado

con la corona rica, que en el dia

de su gozo su madre le habia dado,

quando con regocijo, y alegría

conmigo desposó el mi lindo amado:

salid, vereis la cosa mas hermosa,

quel mundo tiene acá, y más graciosa.

Capítulo IV

Esposo

¡O cómo eres hermosa, dulce amada!

y tus ojos son bellos y graciosos,

como de una paloma muy preciada,

entre esos tus copetes tan hermosos:

tu cabello paresce una manada

de cabras, y cabritos, que gozosos

del monte Galaad vienen baxando,

el pelo todo liso, y relumbrando.

Los tus hermosos dientes parescian

un rebaño de ovejas muy preciado,

las quales de lavarse ya venian

del rio, el vellon viejo trasquilado,

tan blancas, tan parejas, que se vian

pasciendo por el campo, y por el prado:

estéril entre todas no la habia,

dos cordericos cada qual trahia.

Hilo de carmesí bello, y polido

son los tus labios, y tu hablar gracioso:

tus mexillas á mí me han parescido

un casco de granada muy hermoso:

y aquese blanco cuello liso y erguido,

castillo de David fuerte, y vistoso:

mil escudos en él están colgados,

las armas de los fuertes, y estimados.

Los tus pechos dos blancos cabritillos

parescen, y mellizos, que pasciendo

están entre violetas ternecillos,

en medio de las flores revolviendo:

mientras las sombras de aquellos cerrillos

huyen, y el dia viene reluciendo,

voy al monte de mirra, y al collado

del encienso á cogerle muy preciado.

Del todo eres hermosa, amiga mia,

no tiene falta alguna tu hermosura,

del líbano desciende, mi alegría,

vente para mí, y esa espesura

de Hermon, y de Amana, que te tenia,

dexayla de seguir, qu’ es muy obscura,

donde se crian onzas, y leones

en las obscuras cuevas, y rincones.

El corazon, Esposa, me has robado

en una sola vez, que me miraste,

con el sartal del cuello le has atado;

¡quán dulce es el amor, con que me amaste!

mas sabroso quel vino muy preciado:

¡ó quán suave olor, que derramaste!

panal están tus labios destilando,

y en leche, y miel tu lengua están nadando.

Tu vestido, y arreo tan presciado

en su olor al del líbano paresce,

eres un huerto hermoso, y bien cerrado,

que ninguno le daña, ni le empesce:

fuente sellada, qu’ él que la ha gustado,

en el tu dulce amor luego enternesce:

jardin todo plantado de granados

de juncia, mirra, y nardos muy presciados.

Donde tambien el azafran se cría,

canela, y cinamomo muy gracioso,

y toda suavidad de especería,

linaloe con todo lo oloroso:

fuente eres de los huertos, alma mia,

pozo de vivas aguas muy sabroso,

que del líbano baxan sosegadas,

y en este pozo están muy reposadas.

Sus vuela, cierzo, ea, no parezcas

por mi hermoso huerto, que he temor,

que con tu dura fuerza me le empezcas,

llevándome mis fructos, y mi olor:

vén, ábrego, que ablandes, y enternezcas

mis plantas, y derrames el su olor:

Esposa

Venga á mi huerto, y coja sus manzanas,

mi amado, y comerá las muy tempranas.

Capítulo V

Esposo

Vine yo al mi huerto, hermana Esposa,

y ya cogí mi mirra, y mis olores,

comí el panal, y la miel sabrosa,

bebí mi vino, y leche, y mis licores:

venid, mis compañeros, que no es cosa,

de dexeis de gustar tales dulzores:

bebed hasta embriagaros, que es suave

mi vino: el que mas bebe, mas le sabe.

Esposa

Yo duermo, al parescer, muy sin cuidado,

mas el mi corazon está velando:

la voz de mi querido me ha llamado.

Esposo

Abreme, amiga mia, que esperando

está la tu paloma este tu amado:

ábreme, que está el cielo lloviznando:

mi cabello, mi cabeza está mojada

de gotas de la noche, y rociada.

Esposa

Todas mis vestiduras me he quitado,

¿cómo me vestiré, que temo el frio?

y habiéndome tambien los pies lavado,

¿cómo me ensuciaré yo, amado mio?

Con su mano mi Esposo habia probado

abrirme la mi puerta con gran brio,

por entre los resquicios la ha metido,

el corazon en mí ha estremecido.

Levantéme yo á abrirle muy ligera,

de mis manos la mirra destilaba,

la mirra, que de mis manos cayera,

mojó la cerradura, y el aldaba:

abríle; mas mi amor ya ido era,

qu’el alma, quando abria, me lo daba:

busquéle, mas hallarle no he podido;

llaméle, mas jamas me ha respondido.

Halláronme las guardas, qu’en lo obscuro

de la noche velaban con cuidado:

hiriéronme tambien los que en el muro

velaban, y aun el manto me han quitado.

O hijas de Sion, aquí os conjuro,

digais, si acaso viéredes mi amado,

quán enferma me tienen sus amores,

quán triste, y quán amarga, y con dolores.

Compañeras

¿Qué tal es ese, que tú tanto amaste,

ó hermosa sobre todas las mugeres,

aquel por quien ansí nos conjuraste?

Dinos las señas dél, si las supieres,

que aquel que con tal pena tú buscaste,

hermoso debe ser, pues tú le quieres.

Esposa

Mi amado es blanco, hermoso, y colorado:

vandera entre millares ha llevado.

La su cabeza de oro es acendrado,

son crespos, y muy negros sus cabellos,

los ojos de paloma á mi amado,

grandes, claros, graciosos, y muy bellos,

de paloma qu’ en leche se ha bañado,

tan lindos que bast’ á herir con ellos,

en lo lleno del rostro están fixados,

del todo son hermosos, y acabados.

Son como heras de plantas olorosas

de confeccion suave sus mexillas,

sus labios son violetas muy hermosas,

qu’ estilan mirra, y otras maravillas,

reiletes de oro muy preciosas

sus manos, quando él quiere descubrillas:

su vientre blanco de marfil labrado,

de zafíros muy ricos adornado.

Colunas son de un mármol bien fundadas

en basas de oro fino muy polido,

sus piernas, fuertes, recias, y agraciadas;

y el su semblante grave, y muy erguido

como plantas de cedro, que plantadas

en el líbano están, me ha parescido;

su paladar manando está dulzura,

y todo él es deseo, y hermosura.

Tal es el mi querido, tal mi amado,

tales son sus riquezas, sus haberes,

por este tal os he yo conjurado,

porque en él solo están los mis placeres.

Compañeras

¿Dó fué ese amado tuyo tan presciado,

ó hermosa sobre todas las mugeres?

dinos, ¿dó fué? que todas nos iremos

juntas contigo, y te le buscaremos.

Capítulo VI

Esposa

Mi amado al huerto suyo ha descendido,

á las heras de plantas olorosas:

su ganado en mi huerto le ha metido,

á apascentarlo allí, y coger rosas,

á solo aquel mi amado he yo querido,

y el tambien á mí sola entre sus cosas:

el mi querido es solo entre pastores,

qu’ el ganado apascienta entre mil flores.

Esposo

Como Thirsa, mi amada, eres hermosa,

y como Hierusalem polida y bella,

como esquadron de gente eres vistosa,

y fuerte, mil vanderas hay en ella:

vuelve de mí tus ojos, dulce Esposa,

tu vista me hace fuerza solo en vella:

tu cabello paresce á las manadas

de cabras, que de Galaad salen pintadas.

Una manada, linda mia, de ovejas,

me han tus hermosos dientes parescido,

que trasquiladas ya las lanas viejas,

del rio de bañarse han subido,

tan blancas, tan lucientes, tan parejas,

cada qual dos corderos ha parido:

tus mexillas un casco de granada

entre esos tus copetes asentada.

Sesenta reynas todas coronadas,

y ochenta concubinas me servian,

las doncellas no pueden ser contadas,

que número, ni cuento no tenian;

mas una es mi paloma, y humilladas

todas á mi perfecta obedescian:

y única á su madre aquésta fuera,

esta es sola, que otra no pariera.

Las hijas que la vieron, la llamaron

la bienaventurada, y la dichosa,

reynas, y concubinas la loaron

entre todas por bella, y graciosa:

todos los que la vieron, se admiraron,

diciendo, ¿quién es esta tan hermosa,

que como el alba muestra su frescura,

y como luna clara su hermosura?

Como el sol entre todas se ha escogido,

fuerte como esquadron muy bien armado.

Al huerto del nogal he descendido,

por ver si daba el fructo muy preciado,

mirando si la viña ha florescido,

y el granado me daba el fructo amado.

Esposa

No sé cómo me pude ir tan ligera,

que mi alma allá en un punto me pusiera.

Carros de Aminadab muy presurosos

los mis ligeros pasos parescian,

y los que me miraban deseosos

de verme, ó Sunamite, me decian,

vuelve, vuelve esos ojos tan graciosos,

ten tus ligeros pies, que ansí corrian:

decian, Sunamita, que mirastes,

que como un esquadron os adornastes.

Capítulo VII

Compañeras

Quán bellos son tus pasos, y el de tu andar,

los tus graciosos pies, y ese calzado,

los muslos una aljorca por collar,

de mano de maestro bien labrado:

tu ombligo es una taza circular,

llena de un licor dulce muy preciado,

monton de trigo es tu vientre hermoso,

cercado de violetas, y oloroso.

Tus pechos son belleza, y ternura,

dos cabritos mellizos, y graciosos;

y torre de marfil de gran blancura

tu cuello, y los tus ojos tan hermosos

estanques de Esebon de agua pura,

qu’en puerta Batrabim están vistosos:

tu nariz una torre muy preciada,

del líbano á Damasco está encarada.

Tu cabeza al carmelo, levantado

sobre todos los montes, parescia:

y el tu cabello roxo, y encrespado,

color de fina púrpura tenia:

el Rey en sus regueras está atado,

que desasirse de ahí ya no podia:

¡ó quán hermosa eres, y agraciada,

amiga, y en deleytes muy presciada!

Una muy bella palma, y muy crescida

parece tu presencia tan preciada,

de unos racimos dulces muy ceñida,

que son tus lindos pechos, desposada.

Dixe, yo subiré en la palma erguida,

asiré los racimos de la amada,

racimos de la vid dulces, y hermosos

serán tus pechos lindos, y graciosos.

Un olor de manzanas parecia

el huelgo de tu boca tan graciosa,

y como el suave vino bien olia:

tu lindo paladar, ó linda Esposa,

qual vino que al amado bien sabia,

y á las derechas era dulce cosa,

que despierta los labios ya caidos,

y gobierna la lengua y los sentidos.

Esposa

Yo soy enteramente de mi Esposo,

y él en mí sus deseos ha empleado:

ven pues, amado dulce, y muy gracioso,

salgamos por el campo, y por el prado,

moremos en las granjas, qu’ es sabroso

lugar para gozar muy sin cuidado,

muy de mañana nos levantarémos,

y juntos por las viñas nos iremos.

Verémos, si la vid ya florescia,

y al granado nos muestra ya sus flores,

si el dulce fructo ya se descubria:

allí te daré yo los mis amores,

la mandrágora allí su olor envia,

y allí las fructas tienen sus dulzores;

que yo todas las fructas, dulce amado,

allá en mi casa te las he guardado.

Capítulo VIII

¿Quién como hermano mio te me diese,

qu’el pecho de mi madre hayas mamado?

dó quiera que yo hallarte pudiese,

mil besos, mil abrazos te habria dado,

sin que me despreciase el que me viese,

sabiendo que en un vientre hemos andado:

en casa de mi madre te entraria,

y allá tu dulce amor me enseñaria.

Del vino que adobado yo tenia,

haria que bebieses que es preciado,

y el mosto de granadas te daria;

la su mano siniestra del mi amado

baxo la mi cabeza la ponia,

y con la su derecha me ha abrazado.

O hijas de Sion, no hagais ruido,

porque mi dulce amor está dormido.

Compañeras

¿Quién es esta, que sube recostada

del desierto, y echada la su mano

sobre su amado tiene, y delicada?

Esposa

Allí te desperté só aquel manzano,

adonde te parió tu madre amada;

allí sintió el dolor, que no fué vano.

Esposo

Sobre tu corazon me pon por sello,

amada, y sobre el brazo, y en tu cuello.

Ansí como la muerte es el amor,

duros como el infierno son los zelos,

las sus brasas son fuego abrasador,

que son brasas de Dios, y de sus cielos,

muchas aguas no pueden tal ardor

apagar, ni los rios con sus hielos;

el qu’...este amor alcanza, ha despreciado

quanto haber este mundo le ha enviado.

Esposa

Pequeña es nuestra hermana, aún no tenia

pechos; mientras le nascen, ¿qué haremos,

quando se hablare della, vida mia?

Esposo

Una pared muy fuerte labrarémos,

y un palacio de plata yo le haria;

y las puertas de cedro le pondremos;

y dentro del palacio ella encerrada,

estará muy segura, y muy guardada.

Esposa

Yo soy bien fuerte muro, Esposo amado,

y mis pechos son torre bien fundada.

Esposo

Bien segura estará puesta á mi lado.

Esposa

No hay donde pueda estar mejor guardada:

que luego que á tus ojos he agradado,

quedé yo en paz, temida, y aceptada;

y ansí con tal Esposo estoy segura,

que no me enojará de hoy mas criatura.

En Bal-hamon su gran viña tenia

Salomón, entregada á los renteros,

cada qual por los fructos que cogia,

de plata le trahia mil dineros;

mas me rentará á mí la viña mia,

que me la labraré con mis obreros:

mil dan á Salomón, y ellos ganaban

docientos, de los fructos que sacaban.

Esposo

Estando tú en el huerto, amada Esposa,

y nuestros compañeros escuchando,

haz que oya yo tu voz graciosa,

que al tu querido Esposo está llamando.

Esposa

Vén presto, amigo mio, que tu Esposa

te espera, vén corriendo, vén saltando,

como cabras, ó corzos corredores,

sobre los montes altos, y de olores.

Anónimo

(España)

Al alba venid

Al alba venid, buen amigo,

al alba venid.

Amigo el que yo más quería,

venid al alba del día.

Amigo el que yo más amaba,

venid a la luz del alba.

Venid a la luz del día,

non trayáis compañía.

Venid a la luz del alba,

non traigáis gran compaña.

Anónimo

(España)

Romance de la guirnalda

«Esa guirnalda de rosas, hija, ¿Quién te la endonara?» «Donómela un caballero que por mi puerta pasara;

tomárame por la mano, a su casa me llevara,

en un portalico oscuro conmigo se deleitara,

echóme en cama de rosas en la cual nunca fui echada,

hízome —no sé qué hizo— que d’él vengo enamorada;

traigo madre la camisa de sangre toda manchada.»

«¡Oh sobresalto rabioso, que mi ánima es turbada!

Si dices verdad, mi hija, tu honra no vale nada:

que la gente es maldiciente, luego serás deshonrada.»

«Calledes, madre, calledes, calléis, madre muy amada,

que más vale un buen amigo que no ser mal maridada.

Dame el buen amigo, madre, buen mantillo y buena saya:

la que cobra mal marido vive malaventurada.»

«Hija, pues queréis así, tú contenta, yo pagada.»

Anónimo

(España)

Romance de blanca niña

Blanca sois, señora mía, más que el rayo del sol:

¿si la dormiré esta noche desarmado y sin pavor?

Que siete años había, siete, que no me desarmo, no.

Más negras tengo mis carnes que un tiznado carbón.

«Dormilda, señor, dormilda, desarmado sin temor,

que el Conde es ido a la caza a los montes de León.»

«Rabia le mate los perros, y águilas el su halcón,

y del monte hasta casa a él arrastre el morón.»

Ellos en aquesto estando su marido que llegó:

«¿Qué hacéis, la blanca niña, hija de padre traidor?»

«Señor, peino mis cabellos, péinolos con gran dolor

que me dejáis a mí sola y a los montes os váis vos.»

«Esa palabra, la niña, no era sino traición:

¿cúyo es aquel caballo que allá bajo relinchó?»

«Señor, era de mi padre, y envióoslo para vos.»

«¿Cúyas con aquellas armas que están en el corredor?»

«Señor, eran de mi hermano y hoy os las envió.»

«¿Cúya es aquella lanza desde aquí la veo yo?»

«Tomalda, Conde, tomalda, matadme con ella vos,

Que aquesta muerte, buen Conde, bien os la merezco yo.»

Anónimo

(España)

Romance de Gerineldo

«Gerineldo, Gerineldo,

Paje del rey más querido,

Quién te tuviera esta noche

En mi jardín florecido.

Válgame Dios, Gerineldo,

Cuerpo que tienes tan lindo!

— Como soy vuestro criado,

Señora, burláis conmigo.

— No me burlo, Gerineldo,

—Que de veras te lo digo.

—Y cuando, señora mía,

Cumpliréis lo prometido?

—Entre las doce y la una,

Que el rey estará dormido.

Media noche ya es pasada,

Gerineldo no ha venido,

«Oh malhaya, Gerineldo,

Quien amor puso contigo!

—Abráisme, la mi señora,

Abráisme, cuerpo garrido.

—Quién a mi estancia se atreve,

Quién llama así a mi postigo?

—No os turbéis, señora mía,

Que soy vuestro dulce amigo.»

Tomáralo por la mano

Y en el lecho lo ha metido;

Entre juegos y deleites

La noche se les ha ido,

Y allá hacia el amanecer

Los dos se duermen vencidos.

Despertado había el rey

De un sueño despavorido:

«O me roban a la infanta

O traicionan el castillo.»

Aprisa llama a su paje

Pidiéndole los vestidos:

«Gerineldo, Gerineldo,

El mi paje más querido!»

Tres veces le había llamado,

Ninguna le ha respondido.

Puso la espada en la cinta,

A donde la infanta ha ido;

Vio a su hija, vio a su paje

Como mujer y marido.

«Mataré yo a Gerineldo,

A quien crié desde niño?

Pues si matare a la infanta,

Mi reino queda perdido,

Pondré mi espada por medio,

Que me sirva de testigo.»

Y salióse hacia el jardín

Sin ser de nadie sentido.

Rebullíase la infanta

Tres horas ya el sol salido;

Con el frío de la espada

La dama se ha estremecido.

«Levántate, Gerineldo,

Levántate, dueño mío,

La espada del rey mi padre

Entre los dos ha dormido.

—Y adónde iré, mi señora,

Que del rey no sea visto?

—Vete por ese jardín

Cogiendo rosas y lirios;

Pesares que te vinieren

Yo los partiré contigo.

—Donde vienes, Gerineldo,

Tan mustio y descolorido?

—Vengo del jardín, buen rey,

Por ver como ha florecido;

La fragancia de una rosa

La color me ha desvaído.

—De esa rosa que has cortado

Mi espada será testigo.

—Matadme, señor, matadme,

Bien lo tengo merecido.»

Ellos en estas razones,

La infanta a su padre vino:

«Rey y señor, no le mates

Mas dámelo por marido,

O si lo quieres matar,

La muerte será conmigo.»

Anónimo

(España)

El que tiene mujer moza y hermosa

—El que tiene mujer moza y hermosa

¿qué busca en casa y con mujer ajena?

¿La suya es menos blanca y más morena,

o floja, fría, flaca? —No hay tal cosa.

—¿Es desgraciada? —No, sino amorosa.

—¿Es mala? —No por cierto, sino buena.

Es una Venus, es una Sirena,

un blanco lirio, una purpúrea rosa.

—Pues ¿qué busca? ¿A dó va? ¿De dónde viene?

¿Mejor que la que tiene piensa hallarla?

Ha de ser su buscar en infinito.

—No busca éste mujer, que ya la tiene.

Busca el trabajo dulce de buscalla,

que es lo que enciende al hombre el apetito.

Anónimo

(España)

Coplas

¡Al amor! ¡al Amor! muchachas,

que viene desnudo y anda sin bragas.

Viendo Amor que el Interés

gozaba de tantas damas,

por ponerse a lo galán

se puso un día unas calzas.

Por parecer caballero,

fuese un día por la casa

de estas mozuelas que sirven

de hacer encajes y randas.

¡Al amor! ¡al Amor! muchachas,

que viene desnudo y anda sin bragas.

No llevaba allí más fuego

que lo que lleva en el alma,

ni en la mano el arco y flechas,

ni en la faltriquera blanca.

Concertó con una dellas,

que era trigueña de cara,

de dormir aquella noche

y pagar a la mañana.

¡Al amor! ¡al Amor! muchachas,

que viene desnudo y anda sin bragas.

Las nueve toca el reloj,

cuando el Amor se levanta,

y cuando la niña pide

de su trabajo la paga :

«Fíame, dice el Amor,

hasta la tarde, mi alma»;

y ella, que entiende la flor,

las calzas metió en el arca.

¡Al amor! ¡al Amor! muchachas,

que viene desnudo y anda sin bragas.

En carnes salió Cupido,

por una calle se escapa;

las vecinas que lo sienten

se asoman a la ventana;

doncellas le tiran piedras,

zanahorias las casadas,

y las viudas y monjas

güevos de azar y naranjas.

¡Al amor! ¡al Amor! muchachas,

que viene desnudo y anda sin bragas.

Anónimo

(España)

¿Qué hacéis, hermosa?

—¿Qué hacéis, hermosa? —Mírome a este espejo.

—¿Por qué desnuda? —Por mejor mirarme.

—¿Qué veis en vos? —Que quiero acá gozarme.

—Pues, ¿por qué no os gozáis? —No hallo aparejo.

—¿Qué os falta? —Uno que sea en amor viejo.

—Pues, ¿qué sabrá ése hacer? —Sabrá forzarme.

—¿Y cómo os forzará? —Con abrazarme,

sin esperar licencia ni consejo.

—¿Y no os resistiréis? —Muy poca cosa.

—¿Y qué tanto? —Menos que aquí lo digo,

que él me sabrá vencer si es avisado.

—¿Y si os deja por veros regurosa?

—Tenerle he yo a este tal por enemigo,

vil, necio, flojo, lacio y apocado.

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita

(España, s. XIV)

Des las propriedades que

las dueñas chicas han

Quiero vos abreviar la predicación,

que siempre me pagué de pequeño sermón,

e de dueña pequeña et de breve razón,

ca lo poco e bien dicho finca en el corazón.

Del que mucho fabla ríen, quien mucho ríe es loco;

es en la dueña chica amor grande e non poco;

dueñas hay muy grandes que por chicas non troco,

e las chicas por las grandes, non se arrepiente del troco.

De las chicas que bien diga, el amor me fizo ruego,

que diga de sus noblezas; yo quiero las dezir luego:

dirévos de dueñas chicas, que lo avredes por juego:

son frías como la nieve, e arden como el fuego.

Son frías de fuera, con el amor ardientes:

en la cama solaz, trebejo, plazenteras, rientes:

en casa cuerdas, donosas, sosegadas, bien fazientes.

Mucho ál falleredes, bien parad í mientes.

En pequeña girgonça yaze grand resplandor,

en açúcar muy poco yaze mucho dulçor,

en la dueña pequeña yaze muy grand amor,

pocas palabras cumplen al buen entendedor.

Es pequeño el grano de la buena pemienta,

pero más que la nuez conorta e calienta;

así dueña pequeña, si todo amor consienta,

non ha plazer en el mundo que en ella non sienta.

Como en chica rosa está mucho color,

en oro muy poco grand precio e gran valor,

como en poco blasmo yaze grand buen olor,

ansí en chica dueña yaze muy grand amor.

Como robí pequeño tiene mucha bondat,

color, virtud e precio e noble claridad,

ansí dueña pequeña tiene mucha beldat,

fermosura, donaire, amor e lealtad.

Chica es la calandria e chico el ruiseñor,

pero más dulce cantan que otra ave mayor;

la muger, por ser chica, por eso non es pior;

con doñeo es más dulce que açúcar nin flor.

Son aves pequeñuelas papagayo e orior,

pero cualquier dellas es dulce gritador;

adonada, fermosa, preciada cantador:

bien atal es la dueña pequeña con amor.

De la muger pequeña non hay comparación,

terrenal paraíso es e consolacíon,

solaz et alegría, placer et bendición:

mejor es en la prueva que en la salutación.

Siempre quis’ muger chica más que grande nin mayor,

non es desaguisado del grand mal ser foidor;

del mal tomar lo menos, dízelo el sabidor:

por ende de las mugeres la mejor es la menor.

Íñigo López de Mendoza,

Marqués de Santillana

(España, 1398-1458)

Serranillas