La Palabra Justa. Literatura, Crítica y Memoria en la Argentina, 1960-2002 por Miguel Dalmaroni - muestra HTML

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Dalmaroni, Miguel

La palabra justa : Literatura,

crítica y memoria en la

Argentina, 1960-2002

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Cita sugerida

Dalmaroni, M. (2004) La palabra justa : Literatura, crítica y memoria en la Argentina, 1960-2002 [En línea]. Mar del Plata : Melusina ; Santiago de Chile : RIL. Disponible en:

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Introducción

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Miguel Dalmaroni

La palabra justa

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La palabra justa

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Introducción

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Miguel Dalmaroni

La palabra justa

Literatura, crítica y memoria en la Argentina

1960-2002

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La palabra justa

Colección Letras críticas

Diseño de tapa e interiores: Melusina

© Miguel Dalmaroni, 2004

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B7602CHF – Mar del Plata

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ISBN 956-284-386-6

Introducción

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para Manuel y Tomás,

para Luciana

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La palabra justa

Introducción

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Introducción

Las armas y las letras

En una larga entrevista, hacia el final de su exilio, Juan Gelman contó que un día de los ajetreados años setenta, el poeta y guerrillero Francisco Urondo le propuso esta frase: “Yo empuñé las armas porque busco la palabra justa”. La ocurrencia, como se ve, disuelve, mediante una extrema continuidad causal, el dilema que la cultura moderna nombra con la referencia a Cervantes, “las armas y las letras”, al identificar la obsesión esteticista de Flaubert por la palabra exacta con la tradición opuesta, la del “gobierno de la ciudad por los poetas”. Flaubertiano, luego quijotesco: la lógica paradojal del desafío que Gelman atribuye a Urondo parece condensar la historia de los debates que durante el siglo XX se acaloraron en torno de la figura del artista como “intelectual” y que, especialmente en América Latina hacia los años sesenta, naturalizaron una constelación de creencias dominadas por la convicción de que solo cierto ajuste con la ac-ción política revolucionaria legitimaba cualquier otra práctica, especialmente la del escritor.

Casi tres décadas después, Martín Prieto tituló “La palabra justa”

el octavo capítulo de una novela en la que un grupo de jóvenes amigos –lectores, poetas, intelectuales– planifica asesinar a un torturador de la dictadura: “A mí me cuesta mucho, me costó mucho, encontrar el adjetivo calificativo”, dice un personaje que intenta hablar del destinatario de esa venganza, y agrega pocas líneas más adelan-10

La palabra justa

te: “hay un dirigente de izquierda que dice que no se pueden proponer ideas nuevas a partir de una retórica antigua”1. La novela así, pone en boca de un político –no de un poeta–, una creencia que apli-caba el principio romántico y modernista (digamos, flaubertiano) de validez estética por la adecuación entre fondo y forma, a la literatura que se pretendiera revolucionaria, es decir a la vanguardia poética que se autorizaba por la política y que soñaba irrumpir con las credenciales de la novedad, la ruptura, la transgresión (el ejemplo más ecuménico está en lo que fue un lugar común de nuestra doxa cultural: la idea de que Julio Cortázar se contaría entre quienes termina-ron de liberar el cuello de los escritores latinoamericanos de izquierda de la piedra de molino del stalinismo literario y sus variantes: Cortázar habría contribuido a modernizar el idioma de la cultura literaria de izquierda, lo que quiere decir que habría provisto una textualidad de vanguardia a la imaginación y a las subjetividades políticas vinculadas con la revolución social; pudimos creer que Cortázar escribió con eficacia ciertos sueños colectivos porque supo encontrarles la palabra justa, porque supo darles la forma –verbal, narrativa– que les correspondía: retórica nueva para ideas nuevas).

Al año siguiente en que Prieto fecha la composición de su novela, y mientras se discute en la Argentina de qué modo narrar el horror del exterminio dictatorial, el sueño del desaparecido Urondo ya suena remoto, pero no la búsqueda de una legitimación controvertida e inevitable del arte por la moral: en 1996, Ricardo Forster sostenía, por ejemplo, que el film Noche y niebla de Resnais, sobre los campos de exterminio nazis, no podría ser calificado de “bello” sino de “justo”2.

Este libro relee diversos momentos, episodios y textos en los que se dirimieron modos de imaginar las relaciones entre literatura y política, entre justeza artística y justicia ideológica, por parte de escritores, críticos e intelectuales argentinos entre 1960 y 2002. Mi propia escritura crítica estuvo y está todavía comprometida con esos modos de imaginar; no soy, por tanto, quien deba medir hasta qué punto ni específicamente con cuáles, y por eso mismo no me he propuesto morigerar las marcas de ese compromiso que puedan leerse en las páginas que siguen.

Las primeras versiones de buena parte de los ensayos que, corregidos y reescritos, recopilo aquí, aparecieron en publicaciones más o menos especializadas. Otros fragmentos y apartados permanecían inéditos. La reunión de estos trabajos no compone una historia ni 1 Prieto, Martín, Calle de las Escuelas n° 13, Buenos Aires, Perfil Libros, 1999, pp.

37-38. Tras el capítulo final se lee la datación “Rosario, 1994-1995” (p. 137).

2 Vuelvo sobre el texto de Forster en el capítulo IV de este libro.

Introducción

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una visión de conjunto del período al que corresponden los episodios y los textos que analizo (que, más bien, voy presentando en una sucesión semejante a la que propongo arriba con las citas de Urondo, Prieto y Forster, como fragmentos de un relato aún conjetural del que podrían formar parte). En todo caso, el libro podrá ser útil para la tarea más o menos colectiva de escribir ese relato, que algunos otros trabajos ya han iniciado con aliento abarcador y comprensivo: el ya clásico de Oscar Terán sobre los años sesenta, el pormenorizado estudio de José Luis De Diego sobre intelectuales y escritores argentinos entre 1979 y 1986, algunos ensayos de Graciela Montaldo y Claudia Gilman, entre tantos otros3, además de los incontables estudios y debates en torno de los llamados “trabajos de la memoria”

(con algunos de los cuales discuto en el capítulo IV). “Memoria” es una palabra que conlleva varias dificultades, por lo menos dos. Como dice el protagonista moribundo de Las invasiones bárbaras, la película de Denis Arcand, no hay museo del holocausto para los varios centenares de millones de personas exterminadas por el prolongado horror de la empresa imperialista en América Latina (para no hablar de todo el “Tercer Mundo”).

Por otra parte, “memoria” (a semejanza de “narrativas”) suele opa-car la dimensión ideológica y siempre controversial de los relatos sobre el pasado (cuando uno se pregunta quiénes usan la palabra sin incomodarse, sospecha que la respuesta reúne demasiada gente). Con estas prevenciones, me arriesgo desde el título a mantenerla, porque para los interlocutores que imagino al libro, “memoria” refiere de modo eficaz al conjunto de prácticas de disputa por el sentido del pasado dictatorial y, por extensión, a momentos históricos recientes de violencia estatal extrema sobre los cuerpos físicos y sociales.

3

De Diego, José Luis, ¿Quién de nosotros escribirá el Facundo? Intelectuales y escritores en Argentina (1970-1986), La Plata, Ediciones Al Margen, 2001; Gilman, Claudia, Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003; Montaldo, Graciela, “Intelectuales, autoridad y autoritarismo: argentina en los ’60 y los ’90”, en Javier Lasarte Valcárcel (coord.), Territorios intelectuales. Pensamiento y cultura en América Latina, Caracas, Fondo Editorial La Nave Va, 2001, pp. 59-74.

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Introducción

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I. Polémicas

La injuria “populista”

(episodios literarios de un combate político)

Pero estuve pensando en el obrero caído

y mi corazón está hecho pedazos.

Raúl González Tuñón 1

Las manos callosas del padre proletario

En octubre de 1980, a propósito de una entrevista que le hizo la revista Lecturas críticas, Osvaldo Lamborghini decía que el enemigo de la revista Literal, que él publicaba junto con Germán García, había sido “el populismo”2; y agregaba:

La estética del populismo es la melancolía [...]. ¿Querés que te diga la verdad? ¿Cuál es el gran enemigo? Es González

Tuñón; los albañiles que se caen de los andamios, toda esa sanata, la cosa llorona, bolche, quejosa, de lamentarse [...]. Esto 1

De “Epitafio para la tumba de un obrero”, en Todos bailan. Los poemas de Juancito Caminador, Buenos Aires, Tierra Firme, 1987, p. 74.

2 Literal se publicó en tres entregas: 1, noviembre de 1973; 2/3, mayo de 1975; 4/5, noviembre de 1977. Respecto del antipopulismo de la revista véanse especialmente “La flexión literal”, N° 2/3, pp. 9-14 (“Que el realismo y el populismo converjan en la actualidad para formar juntos el bricola-ge testimonial es sólo el efecto de una desorientación que ya conoce su horizonte, es decir, sus límites y sus fracasos”, p. 14); también “La historia no es todo”, N° 4/5, pp. 9-18. Para una historia crítica de la revista, véase el imprescindible ensayo de Alberto Giordano, “Literal y El frasquito: las contradicciones de la vanguardia”, en su Razones de la crítica. Sobre literatura, ética y política, Buenos Aires, Colihue, 1999, Colección Puñaladas, pp. 59-87.

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es poesía quejosa, hacer esta especie de orgullo de padre proletario, que se levantaba a las cinco de la mañana con sus manos callosas; que traía pan crocante a la mesa... [...]. No hay, te digo, una cosa personal con Castelnuovo, más bien con la ideología liberal de izquierda, esa cosa llorosa. Es decir, que los escritos tienen que valer por el sufrimiento que venden y por las causas nobles de ese sufrimiento3.

¿Qué podría tener en común esta impugnación de Lamborghini con el Juan Carlos Portantiero que casi veinte años antes, en 1961, reivindicaba la poesía de Raúl González Tuñón como una de “las realizaciones más afortunadas de un nuevo realismo inserto en la cultura contemporánea”?4.

En su libro Realismo y realidad en la narrativa argentina, Portantiero había anotado, pocas páginas antes de exaltar a González Tuñón, que

nuestra primera literatura de izquierda fue literatura de tesis, grandilocuente, abstracta, perturbada por la retórica. Su concepción del pueblo le impedía reflejarlo a no ser dentro de los marcos de la filantropía, del “pietismo”. Era necesario describir su dolor, las llagas de la explotación. Populismo y “pietismo”

están en las bases de nuestra literatura de izquierda...

Resumidos, estos lastres de nuestra primitiva literatura de izquierda pueden darnos el siguiente panorama: En lo filosófi-co, concepción populista de la clase obrera, filantropismo, mesia-nismo proletario, tendencia maniquea a no profundizar en

las relaciones humanas sino a presentar arquetipos: El Obrero, injustamente castigado, sujeto de todos los dramas posibles y El Burgués, visto a través de una imagen que, a fuerza de maldad, sería invencible (...). En lo literario, esta teorética abstracta degeneraría generalmente en retórica. (...) Una literatura plañidera, en fin, que niega... al realismo... (...). Muchos de los elementos del anarquismo del 900 (...) se prolongan naturalmente en Castelnuovo: sobre todo el populismo, el naturalismo, la visión piadosa de la clase trabajadora ... (...) un tono quejo-so, poseído por una elocuencia liberal izquierdista...5.

¿Cómo pensar esa coincidencia inesperada? ¿Por qué dos intelectuales tan diferentes y distantes, y que se oponen tan diametralmente en su juicio sobre el maestro y tutor de algunos jóvenes poetas 3 Lamborghini, Osvaldo, “El lugar del artista. Entrevista a O.L.”, Lecturas críticas, I, 1, Buenos Aires, diciembre 1980, p. 49.

4 Portantiero, Juan Carlos, Realismo y realidad en la narrativa argentina, Buenos Aires, Procyon-Lautaro, 1961, p. 119.

5 Portantiero, J. C., op. cit. , pp. 114, 115, 120. Cursiva en el original.

A partir de la cita de Portantiero, hago referencia en adelante a textos y episodios que se enmarcan en una historia política y cultural más amplia, que no reseño; para la cuestión de la historia de los debates teóricos, las Polémicas

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del sesenta, disponen de la misma retórica y de las mismas categorías para separar la paja del trigo?

Pero la persistencia del aparente malentendido es aún más prolongada: desde que comenzó a regresar del exilio dictatorial y se lo releyó en Buenos Aires, Leónidas Lamborghini mantiene la discusión de los sesenta en términos similares a los que habían planteado su hermano en 1980 y Portantiero casi treinta años antes, y en su caso la paradójica torsión del calificativo “populista” resulta incluso más fuerte o simétrica. Todavía en 1993, Leónidas sostenía que “hay gente que hace caer a los obreros de los andamios envueltos en seda, otro que se queja de la sirvientita. Llora, llora urutaú. Y no me gusta eso”6; y en 1987 recordaba los principios de su poética como la combinación de una estrategia formal y la construcción de un corpus preferido: por una parte, define sus ejercicios de reescritura como “anti-revistas y el problema del realismo en el contexto del Partido Comunista Argentino, véanse los trabajos de Horacio Crespo, “Poética, política y ruptura” y de Horacio Tarcus, “El corpus marxista”, los dos en Cella, Susana (dir.), La irrupción de la crítica, vol. 10 de Jitrik, Noé, Historia crítica de la literatura argentina, Buenos Aires, Emecé, 1999, pp. 423-446 y 465-500, respectivamente La mejor síntesis crítica de los debates argentinos en torno del realismo literario (que toma la intervención de Portantiero y otras de intelectuales del PC) es “El realismo y sus destiempos en la literatura argentina”, de María Teresa Gramuglio, especialmente el tercer apartado

“Polémicas y defensas en la literatura argentina” (en Gramuglio, María T.

(dir.), El imperio realista, volumen 6, de Jitrik, Noé, Historia crítica de la literatura argentina, Buenos Aires, Emecé, 2002, pp. 28-38). Para una historia de la literatura argentina de izquierda entre los años ’20 y ’30: Montaldo, Graciela, “Literatura de izquierda: humanitarismo y pedagogía”, en Montaldo, G. (comp.), Yrigoyen entre Borges y Arlt, Buenos Aires, Contrapunto, 1989, pp. 367-391; Sarlo, Beatriz, “La revolución como fundamen-to” en Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930, Buenos Aires, Nueva Visión, 1988, pp. 121-153; y Eujanián, Alejandro y Giordano, Alberto, “Las revistas de izquierda y la función de la literatura: enseñanza y propaganda”, en Gramuglio, El imperio realista, op. cit., pp. 395-415 (en el mismo volumen, se incluye el excelente trabajo de Adriana Astutti sobre Elías Catelnuovo). El agudo trabajo de Sergio Pastormerlo, “Las desigual-dades de una diferencia. Las relaciones de dominación entre vanguardia y boedismo en la década del ’20”, presenta una descripción socioló-

gica de los vínculos de la literatura argentina de izquierda con la diná-

mica del campo literario (en Vázquez, María Celia y Pastormerlo, Sergio, Literatura argentina. Perspectivas de fin de siglo, Buenos Aires, Eudeba, 2001, pp. 293-296.

6 Dalmaroni, Miguel, “Entrevista con Leónidas Lamborghini: Romper con el sonsonete elegíaco”, en La muela del juicio, VIII, N° 4, La Plata, octubre-diciembre 1993, p. 19. Leónidas ha sugerido discretamente pero más de una vez que es de sus propias obsesiones anti-elegíacas contra la poética de Raúl González Tuñón de donde las tomaría su hermano Osvaldo.

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lirismo, anti-lagrimita” y “antihumanismo”; “contra esas humedades

–propone–, dureza, sequedad”, es decir un “rechazo” que produjo cierta “ruptura”; a la vez, reivindica una “continuidad con la línea de los gauchescos, el grotesco, los saineteros, Arlt, el Olivari de La musa de la mala pata, los letristas del tango, Marechal...”. Ahora bien, trazado ese programa doble –una estrategia compositiva de vanguardia, es decir elevada, sobre un repertorio bajo–, lo razona como el cau-sante de dos descalificaciones antagónicas que habría recibido su obra poética: “¡Populismo! Y ya está la etiqueta. O si no, desde ciertos autores de la ‘izquierda’: ¡Elitismo! Otra etiqueta”7.

El pueblo es uno, bueno y bello

Hasta hace poco, el problema “cultura popular” estuvo de moda.

Se repetía al respecto que uno de los fenómenos propios de la llamada modernidad es el de la escisión de la “cultura”; o, dicho según la experiencia de los sujetos letrados, el descubrimiento de la heterogeneidad de la cultura, especialmente desde que comienza a ser advertida la existencia de una cultura “otra”, la llamada “cultura popular”, o luego “de masas”, “industrial” o “comercial”. Se recordaba que este fenómeno estuvo indisolublemente vinculado con los procesos de secularización y democratización del modo social de vida, y con la paulatina pero por momentos espectacular emergencia de un mercado cultural, de alcance “popular”, masivo o, mejor, socialmente heterogéneo, inestable y múltiple, y con el consiguiente reemplazo de los sujetos lectores conocidos, próximos y minoritarios, por la poderosa y nueva categoría de “público” (una noción que se superpone con las nuevas concepciones de ciudadanía). Como se sabe, este último dato forma parte de las tensiones constitutivas de la literatura moderna: condición de su autonomización económica y simbólica respecto del poder político y religioso, y a la vez novedosa amenaza de disolución de las “bellas letras” o de la cultura “clásica”, la democratización a un tiempo de la política y de la cultura puede pensarse como el punto en torno del que se aglutinan todos los conflictos de las prácticas literarias durante el capitalismo. Esas tensiones inclu-7

“Reportaje: el solicitante descolocado. Contra las humedades de la cana-lla elegíaca” [Entrevista a Leónidas Lamborghini], en La danza del ratón, VII, N° 8, Buenos Aires, agosto de 1987, p. 4. La estrategia autodescriptiva de Lamborghini tuvo algún eco; el miércoles 15 de julio de 1987, por ejemplo, el matutino Página/12 publicaba una nota de R. Ríos, “Una revolución poética que no cesa”, en cuya bajada se anunciaba que entre las “claves de su obra” se contaba “una ausencia absoluta de populismo”.

Polémicas

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yen además cambios particulares de las relaciones entre elites sociales, Estado y elites culturales: los escritores en su sociabilidad y los textos en sus figuraciones postulan una y otra vez sueños o pesadillas de orden social; o, a la inversa, conciben la literatura como la práctica de desujeción de la cárcel del orden. Formas y ocurrencias –

estentóreas o asordinadas– del llamado “lector letrado” en un sentido no restringido, es decir, como un campo de determinaciones que explican las condiciones de la literatura “culta” o dominante de la modernidad en términos de construcción –siempre a la vez contenciosa y ambigua, confrontativa y negociada– de nuevos lugares de enunciación. Divergencias e irritaciones como las protagonizadas por los Lamborghini pueden encuadrarse, así, en esa prolongada historia política de la literatura.

Por otra parte, “populismo” y “populista” integran el diccionario usual tanto de la cultura política como de las ciencias sociales, particularmente o con mayor énfasis en América Latina. Aunque ese campo de usos y abusos parezca infinito, creo que es posible recordar algunos episodios y registrar algunas notas críticas acerca de las numerosas ocurrencias de “populismo” y “populista” en lo que podríamos llamar la cultura literaria argentina de izquierda, desde el libro de Portantiero en adelante. Especialmente en discursos polémicos o con alguna pretensión beligerante –poéticas, manifiestos, declaraciones, editoriales, reportajes, artículos y notas críticas, ensayos8– se hablaba de “literatura populista” para referir un conjunto variado de textos y prácticas literarios a los que se atribuían algunos de estos rasgos: a) parentesco con poéticas de tipo naturalista, o con alguna de las formas del “realismo” recomendadas desde discursos provistos de alguna autoridad teórica o normativa (la versión más sofisticada teóricamente estaría en algunos momentos o por lo menos en algunos usos de la obra crítica y teórica de G. Lukács; la más preceptiva y formularia, en la doctrina oficial del zhdanovismo o “realismo socialista” soviético y en su acatamiento por parte de las políticas culturales del Partido Comunista Argentino; la que instala el debate en la cultura argentina de izquierda, en episodios como el rescate –por parte de algunos escritores de “Boedo”– de la estética de la novela social de Manuel Gálvez9); b) propósitos pedagógicos, didácticos o 8 Intentamos englobar en esta enumeración clases de textos que compartan un carácter de intervención en el debate público referido a la literatura.

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Olivari, Nicolás y Stanchina, Lorenzo, Manuel Gálvez: ensayo sobre su obra, Buenos Aires, Agencia General de Librería y Publicaciones, 1924. Sobre la significación de ese libro, véase Sarlo, Beatriz, Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930, op. cit, especialmente pp. 189-196.

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moralizantes; c) concepción instrumental y expresiva del lenguaje, que apela por consiguiente a un repertorio reconocible de materiales discursivos (lo que Portantiero especifica como “retórico”); d) optimismo revolucionario” o “histórico” más o menos obligatorio; e) búsqueda de determinados efectos de lectura de identificación emocional o compasiva; f) preferencia por temas y tópicos del imaginario proletario: el texto se presenta como “pintura” de tipos definidos por su presunta correspondencia con una clase social directamente identificable fuera del texto, y por tanto, como representación de las desgracias, infortunios y tribulaciones de ese sujeto (el “pietismo” de Portantiero). Pero si estos rasgos tienen mucho de proyección retroactiva del término sobre polémicas literarias anteriores al contexto de los debates que citamos, el siguiente parece en cambio el más constante:

“populismo” como maniqueísmo moral (a veces emparentado con ideologías humanistas, religiosas, etc.) en la distribución de roles estereotipados según la distinción clasista anterior: los burgueses son irredimible y completamente malos; los proletarios, naturalmente buenos. O también, en correlación directa con los discursos más próximos a lo que en política se ha entendido como “populismo”, caracterización “paternalista” y “demagógica” del “pueblo” como sujeto social uniforme, naturalmente progresivo y ejecutor de la justicia, la verdad o las conductas “correctas”, acertadas, etc. Este último rasgo es quizás el más persistente en los sucesivos usos de “populismo” en los debates a que me refiero, y coincide en gran medida con las definiciones politológicas más recurrentes del término:

Pueden ser definidas como populistas aquellas fórmulas

políticas por las cuales el pueblo, considerado como conjunto social homogéneo y como depositario exclusivo de valores

positivos, específicos y permanentes, es fuente principal de inspiración y objeto constante de referencia10.

10 Incisa, Ludovico, “Populismo”, en Bobbio, Norberto y otros, Diccionario de política, México, Siglo XXI, 1992, 6ª edición, p. 1247. Son muy numerosas las revisiones recientes del problema que retoman los enfoques clásicos de Germani, Di Tella y Laclau, y la relación populismo/peronismo; algunas pueden hallarse en Touraine, A., Actores sociales y sistemas políticos en América Latina, PREALC-OIT, Santiago de Chile, 1987, pp. 139 y ss.; De Ipola, Emilio , Investigaciones políticas, Buenos Aires, Nueva Visión, 1989, pp. 21 y ss.; Svampa, Maristella, El dilema argentino: civilización o barbarie, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1994, pp. 211 y ss.; y Viguera, Aníbal, “‘Populismo’ y ‘neopopulismo’ en América Latina”, en Revista Mexicana de Sociología, LV, 3, julio-setiembre de 1993, pp. 49 a 66.

Una definición semejante puede inferirse sin dificultades del análisis histórico de la cultura argentina de los años cincuenta que propone Oscar Terán, sobre la que volveré inmediatamente; en Terán, Oscar, “Rasgos de Polémicas

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La culpa la tiene Perón 11

Fueron varios los factores que alentaron la carrera exitosa de la injuria “populista”, manteniendo cierto nudo estable de sentido y, a la vez, la posibilidad de su aplicación a posiciones y prácticas literarias, estéticas, culturales y políticas sumamente diversas y a veces opuestas.

Entre las circunstancias que propiciaron esa vigencia con variaciones, se cuentan dos o, mejor, su combinación: ciertas discusiones de la izquierda, en el contexto del peronismo. En primer lugar, me refiero a que el ingreso a la cultura literaria argentina de ciertos debates estéticos de la izquierda, calza con polémicas análogas o relativamente coincidentes en la fase de desarrollo del debate político que le es contemporáneo en América Latina y sobre todo en el Río de La Plata. Específicamente, el tipo de debate entre el “realismo” de Lukács y el “modernismo” vanguardista de Brecht (que se desarrolla en Europa durante la década de 1930) encuentra un campo propicio, un contexto de reemergencia, en el ambiente literario argentino poco después de iniciada la larga serie de disidencias y desprendimientos del Partido Comunista a fines de los años cincuenta. Esas rupturas habían autorizado y abierto a la vez una situación cultural que esti-mularía la crítica y el abandono de los cánones estéticos oficiales, más o menos ligados al “realismo socialista”12. En la Argentina de los años sesenta y setenta, ese debate encuentra su paralelo menos en un incidente teórico (menos aun en una disputa preceptiva entre, por ejemplo, “lukácsianos” y “brechtianos”) que en el conjunto disperso de numerosas prácticas específicas y coyunturas generadoras de po-lémicas. Habría que hablar de un intermitente y a veces sordo pero sostenido debate en el campo de la cultura de izquierda, o de un sentido común antes que de un debate, entre estéticas representativistas (ligadas en mayor o menor medida al prestigio del “realismo”

como una de sus tradiciones más fuertes y, por tanto, a la literatura la cultura argentina en la década de 1950”, en En busca de la ideología argentina, Buenos Aires, Catálogos, 1986, pp. 195 y ss.

11 Lamborghini, Leónidas: “En todo caso, si esta obrita mereciera el calificativo de deleznable la culpa es del General. ¿Acaso, según opinión mayoritaria en nuestros días, la culpa de todo no la tiene Perón?”, en Perón en Caracas, Buenos Aires, Folios y Ediciones La Gandhi, p. 7.

12 La polémica citada puede leerse en Brecht, Bertold, El compromiso en literatura y arte, Barcelona, Península, 1984 (1ª ed.: 1973); y en Lukács, G., Significación actual del realismo crítico, México, Era, 1963 (uno de los textos de Lukács que más circuló y se discutió en Buenos Aires durante los años sesenta; la fórmula “realismo crítico” se convirtió en uno de los automatismos discursivos más usuales en los debates literarios).

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de Boedo y al problemático Roberto Arlt) y estéticas de vanguardia (más en general, modernizantes) con componentes productivistas.

Durante los años sesenta en Buenos Aires, la historia política sigue estimulando un tipo de disputa que ya tenía su forma local por lo menos desde los años veinte, es decir que, en la imaginación cultural, la modernización estética se vincule a alguna clase de elite y se presente como un escollo para las morales literarias de la izquierda.

En segundo lugar (y este es un factor decisivo, que en términos históricos se corresponde con el primero), casi todos los usos de

“populismo” en el debate literario establecen algún grado de contacto con el contexto que se ha denominado del “posperonismo”, que en adelante teñirá en mayor o menor medida todas las prácticas del campo cultural. Esto significa, específicamente, que el espacio de la cultura de izquierda incorpora como variable para identificar a sus actores (es decir para aprobarlos o impugnarlos), el grado de rechazo, distancia crítica o proximidad que cada uno establezca con la versión argentina de lo que en política se denomina “populismo”, esto es, con el peronismo. Esa variable de identificación se fue haciendo cada vez más disponible para ciertas fracciones de izquierda a medida que iba tomando forma la revisión del peronismo que, desde diversas zonas del intercambio intelectual, se inició durante el último lustro de los cincuenta: digamos, desde el arrepentimiento paternalista hacia las masas por parte de Sábato13, hasta esa exitosa reemergencia del nacionalismo que J. J. Hernández Arregui protagonizó y denominó “izquierda nacional”14, pasando incluso por algunas consideraciones casi populistas (la cursiva no alcanza a resolver la inevitabilidad del término) de Martínez Estrada15.

En relación con esos dos factores pueden pensarse los usos de

“populismo” en los debates de la izquierda acerca de la literatura.

13 Sábato, Ernesto, El otro rostro del peronismo. Carta abierta a Mario Amadeo, Buenos Aires, Imprenta López, 1956.

14 Hernández Arregui, Juan José , Imperialismo y cultura, Buenos Aires, Amerindia, 1957.

15 Martínez Estrada, E., Qué es esto. Catilinaria, Buenos Aires, Lautaro, 1956.

Para un análisis detallado de este proceso, véase el trabajo de Terán ya citado, además de su Nuestros años sesenta, Buenos Aires, Puntosur, 1991, pp. 97 a 128 especialmente; y en el trabajo de Beatriz Sarlo, La batalla de las ideas (1943-1973), el apartado “¿Qué hacer con las masas?” del “Estudio prelimiar”, así como la selección de textos, donde se incluyen fragmentos de los que menciono aquí y de otros (Buenos Aires, Ariel, “Biblioteca del Pensamiento Argentino”, pp. 19-42 y 117-179). También Sigal Silvia, Intelectuales y poder en la década del sesenta, Buenos Aires, Puntosur, 1991; y Federico Neiburg, Los intelectuales y la invención del peronismo, Buenos Aires, Alianza, 1998.

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Tomando el de Portantiero como un caso típico, se puede distinguir la significación del término entre la disidencia intelectual que comienza a generarse con la crisis del Partido Comunista desde fines de los años cincuenta. Es preciso tener en cuenta al respecto que el libro de Portantiero es una novedad, y que tal novedad está estrechamente ligada a la crisis que el peronismo produjo en la historia de los intelectuales argentinos de izquierda: Realismo y realidad en la narrativa argentina es uno de los primeros libros de crítica literaria gramsciana escritos en el país (si no el primero cuando se considera su ambición abarcadora)16, y es directa y explícitamente de la obra del marxista italiano de donde provienen tanto sus concepciones de los vínculos entre “fondo y forma” artísticos como la importancia concedida al

“nexo intelectuales-sociedad” y a la categoría de pueblo-nación como definidora del sujeto colectivo revolucionario; en efecto, la ansiada correlación entre los dilemas de “fondo y forma” e “intelectuales y pueblo” muestra, como lo ha señalado recientemente Graciela Montaldo17, que la discusión se dirime en torno de un concepto a la vez estético y político, el concepto de representación: cuál es la forma en que ha de representarse literariamente la realidad social para que los artistas e intelectuales cumplan así su misión como representantes del pueblo. Es en ese sentido que se puede comenzar a despejar el interrogante acerca de la divergente coincidencia entre los Lamborghini y Portantiero, es decir, a partir de una común pero muy prevenida preocupación por “el pueblo” que los aproxima en distinta medida al peronismo a la vez que los distancia tanto del sesgo

“liberal” y antiperonista del PC argentino como de sus preceptos literarios. Según eso, ya no resultaría tan paradójico que unos y otro difieran en su juicio sobre el poeta de La rosa blindada: para Portantiero, que aún no está tan lejos del PC18, Raúl González Tuñón podía ser releído como el único poeta argentino prominente en quien una esté-

tica de la novedad vinculada a las vanguardias poéticas –es decir, que había evitado el anacronismo literario stalinista– pero sin los excesos elitistas del experimentalismo, se había combinado característicamente, esto es sin las moderaciones de otros casos, con una 16 La importancia del dato me fue sugerida por un oportuno comentario de Horacio González.

17 Montaldo, Graciela, “Intelectuales, autoridad y autoritarismo: argentina en los 60 y los 90”, en Javier Lasarte Valcárcel (coord.), Territorios intelectuales. Pensamiento y cultura en América Latina, Caracas, Fondo Editorial La Nave Va, 2001, pp. 59-74 (especialmente el apartado “1. Primer problema: intelectuales, estado, poder”, pp. 61-64).

18 Portantiero terminaría expulsado del Partido Comunista en 1963, el año en que comienza a editar junto a José Aricó la revista Pasado y presente.

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militancia política revolucionaria; para los Lamborghini, en cambio, la firma de González Tuñón seguía aunando cierto “humanismo”

paternalista, compatible con un tipo de subjetividad lírica convencional, a la pertenencia por décadas a uno de los partidos comunistas más desprestigiados de América Latina y en el marco del cual resultaba imposible revisar el peronismo (y los dos hermanos mantienen vínculos muy importantes con el peronismo). Por lo mismo que para unos Tuñón no dejaba de ser un intelectual inclinado a lo popular (inclinado desde arriba hacia abajo), es decir un populista, era para el otro un artista del “pueblo-nación”.

En el mismo contexto en que se produce la intervención de Portantiero se explica, por ejemplo, una de las articulaciones (o quiebres) de la poesía de Juan Gelman. En el conjunto de sus libros previo al corte del exilio, esto es, en los que se editan entre 1956 y 1975, suelen distinguirse dos fases: la que va de Violín y otras cuestiones (1956) hasta Gotán (1962), por una parte; por otra, la que se inicia en Cólera buey (1962-1968) e incluye Traducciones III. Los poemas de Sidney West (1968-1969), Fábulas (1971) y Relaciones (1971-1973). La primera etapa está signada por una relación directa con el espacio político y cultural del PC: el grupo de poetas “El Pan duro” que Gelman anima junto a otros jóvenes comunistas y bajo la tutela de Raúl González Tuñón, quien prologa elogiosamente su primer libro de poemas; la participación de Gelman en los grupos de las revistas Nueva Expresión, primero, y La rosa blindada, más tarde, donde se canaliza buena parte de esa disidencia cultural de algunos jóvenes intelectuales comunistas, incluidos Portantiero y su libro sobre el realismo; y en correlación con esa inserción institucional, la presencia en su poesía de visibles elementos estéticos e ideológicos provenientes de esa tradición, identificada específicamente con la “poesía social” de los años veinte: “Pedro el albañil”, incluido en Gotán, es una imitación de “Elogio a los albañiles italianos” de Gustavo Riccio, o de “Desde la ventana” de Aristóbulo Echegaray; en el mismo poemario, “Ma-ría la sirvienta” remite claramente a “Una sirvienta”, también de Riccio19, además de los textos dedicados a la Unión Soviética, a la Repú-

19 Los poemas citados pueden verse en Barletta, L. y otros, Los escritores de Boedo. Selección, Buenos Aires, CEAL, 1968, pp. 85, 82 y 86, respectivamente. Por supuesto, incluso en esos mismos poemas, en libros como Gotán ya anticipa las disonancias que Gelman comienza a introducir en la tradición con la que se enlaza en sus comienzos: puede decirse, por ejemplo, que

“María la sirvienta” se aleja sensiblemente del tono dramático y serio de

“Una sirvienta”, de Riccio, al desplazarse hacia la ironía y la parodia discursiva: “Qué manera era esa de pecar de pecar,/ decían las señoras acostumbradas a la discreción/ ...Los señores/ ...decían severos: Polémicas

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blica Popular China o a “los arrozales” vietnamitas en los que “mata el invasor”. La segunda fase de la poesía de Gelman coincide con su alejamiento definitivo del PC y, a la vez, del imperativo politizante y

“conversacional” de su primera poesía, a través de una serie de procedimientos de extrañificación que Gelman identifica con la categoría (brech-tiana) de “distanciamiento”20. En 1972, cuando describe ese quiebre en su trayecto de escritura, Gelman lo justifica en estos términos: Hay una corriente populista en la poesía de nuestros paí-

ses, que además insiste demasiado en nombrar las cosas que se supone deben provocar emociones21.

Y en 1992, rememorando su alejamiento del grupo “El pan duro”

y del PC hacia 1962, Gelman explicaba:

...se fueron cristalizando más las tendencias, las diferencias, esencialmente de tipo poético y estético, y finalmente de tipo político. (...) Sí, tenían que ver las políticas del PC, y tenía que ver el zhdanovismo (...) ...desde el punto de vista estético nosotros precisamos mucho más –en el grupo Nueva expresión

nuestra posición al respecto del stalinismo en la cultura y todo lo que bajaba del PC. Esto no quiere decir en modo alguno que los demás fueran estalinistas. (...) El otro tema era también una visión... digamos estética ... no me gusta usar la palabra porque no me gusta lastimar, no sé cómo la vas a usar vos, me gustaría que no usaras la palabra: tal vez una visión menos populista de la poesía. Yo no sé si es muy exacta la expresión, te ruego que busques otra porque... ahí había gente muy formidable, qué sé yo... Héctor Negro es un gran tipo... Incluso la gente que se quedó en el PC

como Hugo Ditaranto es buena gente, y calificarlos a ellos de

“populistas” sería injusto22.

En el recuerdo de Gelman se hace evidente, entonces, toda la fuerza impugnatoria de una calificación que terminaba resolviendo en términos intensamente morales un debate estético regido por la política.

Si, por una parte, entre los jóvenes intelectuales del PC “populismo” ingresa al diccionario de una izquierda histórica que entra en crisis, la otra zona insoslayable de los usos del término está en la desdeluegoquerida”. Gestos similares pueden entreverse en “El facto y los poetas” y “Anclao en París”.

20 Simplifico aquí la trayectoria de Gelman en sus términos más característicos. He intentado una descripción más detallada en “Juan Gelman: del poeta-legislador a una lengua sin estado” , incluido en el capítulo II.

21 Reportaje concedido a Mario Benedetti, citado en Boccanera, Jorge, Gelman, Montevideo, Cuadernos de Crisis, 1988, p. 51.

22 En Dalmaroni, M., “Entrevista a Juan Gelman”, Buenos Aires, 31 de agosto de 1992, inédita, subrayado nuestro.

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producción crítica del grupo de la revista Contorno, y especialmente en los trabajos de David Viñas: desde un encuadre inicial independiente en lo político y teóricamente sartreano, pasando por el conflic-tivo contexto del frondizismo, hasta desembocar sobre los sesenta en una colocación marxista, en los escritos de Viñas el posperonismo funciona ya no solo en tanto horizonte o contexto implícito de las disputas (como en el caso de los disidentes comunistas), sino más directamente como foco del análisis23. Y, en líneas generales, se distribuye en dos grupos de escritores y de prácticas a las que se califica de “populistas”: los que provienen de la cultura de izquierda y los que lo hacen desde la revista Sur o sus proximidades. Entre estos últimos, Viñas privilegia a quienes asumen cierta tendencia “populista” como consecuencia de la revisión del peronismo a que se entre-gan: “el integracionismo populista” y “el enternecido paternalismo”

de Sábato en el “centro”, y hacia la izquierda y en relación con la Revolución Cubana, desde Martínez Estrada hasta el “cristianismo populista” de Marcehal, quien “lamentablemente (...) no iba mucho más allá de eso: la izquierda populista y cristiana de Sur; la izquierda del martinfierrismo peronista”. Es también el contexto en que ubica a Cortázar, según algunas coordenadas: Sur, el viaje a Europa, Cuba y la “radicalización y límites ideológicos del populismo peronista”24.

En cuanto al “populismo” de la cultura de izquierda, la crítica de Viñas lo razona como uno de los elementos que componen “el viaje de la izquierda”. Especialmente al ocuparse de la última etapa de ese itinerario, la “nacionalización de la izquierda”, Viñas distingue allí una penetración de “elementos populistas” como una de las dos “de-formaciones” (junto con el “internacionalismo abstracto”) que se com-paginan con las clásicas ‘tentaciones’ de la izquierda, el oportunismo y el sectarismo. Pero el populismo se proyecta también hacia la etapa anterior de la izquierda, la que en el período de entreguerras “se llama Boedo”: “su desfasamiento se vincula al populismo que se toma por realismo, al humanitarismo que se cree revolución”. Y en esa construcción del viaje de la izquierda, Viñas enlaza la lectura de Contorno con la de la disidencia comunista, al menos en un punto de cruce: precisamente, la cita del libro de Portantiero para sintetizar la tardía

“inserción del marxismo en la problemática intelectual argentina”25.

23 Cito en adelante Literatura argentina y realidad política (Buenos Aires, CEAL, 1982; 1ª ed.: Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1964) y De Sarmiento a Cortázar (Buenos Aires, Siglo XX, 1974). Entre uno y otro la frecuencia de

“populismo” crece notoriamente.

24 Viñas, D., De Sarmiento. .., op. cit. , pp. 79, 103, 105, 108, 117.

25 Viñas, D., Literatura argentina..., op. cit. , pp. 69, 72-73; reproducido con algunas modificaciones en De Sarmiento..., op. cit., pp. 190. y ss.

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En los dos casos, Viñas está escribiendo sobre sus contemporáneos, y en un tono intensamente polémico que, al contrario de rehuirlas, enfatiza las valoraciones, “populismo” es casi en todas sus ocurrencias la designación de un límite ideológico definido desde el marxismo y que arrastra una inequívoca descalificación. Pero como puede verse, desde una perspectiva como la que Osvaldo Lamborghini recuerda haber tomado en Literal, el apego de Viñas y de Contorno a las estéticas del “realismo” sería condenado, más cerca de los setenta y junto con el “populismo”, al basurero fracasado del “bricollage testimonial”26.

Una enciclopedia de antipopulismo cultural

Estos y otros usos más o menos semejantes de “populismo” se ha-llan reunidos en el libro El populismo en la Argentina, una compilación de José Isaacson editada en 1974 que incluye trabajos de intelectuales tan diversos como Osvaldo Bayer, Bernardo Canal-Feijóo, Norberto Rodríguez Bustamante, Juan José Sebreli, Gregorio Weinberg y el propio Isaacson27. No obstante, todos los ensayos comparten algunas características. Se trata más bien de intervenciones polémicas referidas siempre al debate contemporáneo, destinadas a razonar una descalificación ideológica del populismo (especialmente de sus aspectos y raí-

ces culturales) que Isaacson subraya en el “Prólogo”:

Golpeados por una realidad crecientemente populista, nos

detuvimos a reflexionar el tema desde una perspectiva que, en nuestro caso, era inevitablemente argentina (...).

Llegamos así a la conclusión que el desarrollo de la cultura nacional era gravemente lesionado o interferido por el populismo, cuyas banderas aparentemente nacionalistas y liberadoras ocultan un proceso regresivo tendiente a hacer de la cultura nacional una cultura cada vez más dependiente de los países centrales, contrariamente a lo que vocean los persone-ros del populismo.

Pensamos que el populismo enfocado desde distintos án-

gulos por algunos intelectuales que se hubiesen destacado por 26 Cfr. nota 2.

27 Isaacson, José (comp.), El populismo en la Argentina, Buenos Aires, Plus Ul-tra, 1974, Colección “Temas contemporáneos 1”. El libro incluye: “Un movimiento popular en un gobierno populista”, de Bayer; “Cultura popular y populismo”, de Canal-Feijóo; “Populismo y cultura dependiente”, de Isaacson; “Sociología del populismo”, de Rodríguez Bustamante; “Raíces ideológicas del populismo”, de Sebreli; “Populismo y educación en Amé-

rica Latina” de Weinberg.

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su adhesión a los temas nacionales, y en terrenos distintos, podría ser un aporte para el necesario esclarecimiento, o al menos para la discusión, de un problema tan enmascarado

por falaces presupuestos ideológicos y por slogans tan atractivos como retóricos (p. 10).

Como se ve, la irritación antipopulista parece arrastrar aquí ya no solo a quienes se inscriben con claridad en la izquierda marxista, sino también a quienes comparten con el clima “nacional-populista” de los sesenta esa “adhesión a los temas nacionales” (“El populismo demora el alumbramiento de una auténtica cultura nacional”, p. 119) y, en algunos casos, la lectura de tales cuestiones según las teorías de la “dependencia”, que organizan la tesis de Isaacson en su artículo: “una cultura populista (...) es una cultura dependiente. (...) Populismo y cultura dependiente, más que sinónimos resultan ser gemelos idénticos” (pp.

97 y 119). Aunque, en el otro extremo del amplio arco antipopulista que el libro reúne, Sebreli prefiere incluir en el “populismo o tercermundismo” (p. 155) a algunos católicos que combaten la “dependencia” y predican la “liberación” desde “las filas de cierto peronismo universitario” que retoma “el proyecto mureniano de una ontología del ser americano, sin mencionar las fuentes ahora desprestigiadas”; para tales “populistas”, señala Sebreli, “la dependencia de América Latina ya no era económica sino ontológica” (p. 177)28.

Si es innegable, por una parte, que el proyecto del libro se apoya en algunos presupuestos comunes (combatir el populismo,

caracterizarlo como “paternalista”, “demagógico”, “burgués”, refe-rirlo explícita o implícitamente al peronismo –en ese momento de nuevo en el gobierno argentino–), no es menos cierto por otra parte que la compilación de Isaacson atestigua la plasticidad del término en el debate político-cultural del momento: “populismo” es más o menos compañero o sinónimo de “dependencia” (cuando se adhiere a la teoría que se designaba con esa noción) pero también de “liberación” (cuando se la impugna), de “nacionalismos” tradicionalistas y de derecha pero también “socialistas” o de izquierda, de

“tercermundismo”, de “reformismo”, de la política de las “sociedades de masas”, de “voluntarismo”, de “irracionalismo”, de “fascismo”, de xenofobia e integrismo. Sus fuentes doctrinarias pueden hallarse en Herder, Rousseau, Fichte, Schelling, Maurras, Lasalle, en las concepciones cíclicas de la historia (Spengler, Toynbee, Danilevsky, Sorokin), y en Ortega y Gasset, Haya de la Torre, Franz Fanon, Regis 28 Sebreli se refiere especialmente a dos libros que cita: Enrique Dussel, Amé-

rica Latina: dependencia y liberación (es decir a una de las principales fuentes de la exitosa “teoría de la dependencia”); y Mario Casalla, Razón y liberación.

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Debray, Lin Piao, y por alguno de sus componentes hasta en “el culto del campesino (...) de los escritores de la burguesía terrate-niente”: Güiraldes, Lugones, Larreta y Eduardo Mallea (p. 170).

Sebreli es quien, en este sentido, parece llegar más lejos, al encontrar elementos del populismo hasta en los europeos importados por Victoria Ocampo y Sur (Këyserling, David Lawrence, Waldo Frank)29. Y es relevante comparar su enfoque con el que defiende Canal-Feijóo en su contribución al mismo libro. Mientras Sebreli denuncia las fuentes románticas del populismo entre las “viejas ideas reaccionarias del pensamiento de derecha europeo” (p. 155), Canal-Feijóo no oculta cierta nostalgia por la organicidad de una “cultura popular” perdida a causa de la “sociedad masificada” que “ha devorado al pueblo” (digamos: para Sebreli, más de un segmento del artículo de Canal-Feijóo debió haber merecido la calificación de populista tradicionalista).

Desde esa acumulación, “populismo” designa en la compilación de Isaacson la ideología de movimientos políticos, políticas culturales y líderes históricos que ofrecen no solo familiaridades: Yrigoyen y Nasser, Perón y Senghor, Vargas y Bismarck, Duvalier y Fanon, Gadaffi y Gandhi. Y también, en el ensayo del compilador,

“populismo” sirve para traducir “izquierdismo”, “disfraz” de “los mejores aliados del sistema” (p. 100), por donde toca nada menos que a “uno de los intelectuales más respetados por la izquierda de todo el mundo”, Jean-Paul Sartre, cuando reclama “la disolución de los intelectuales” y el deber de “comprender el lenguaje de las masas” (pp. 105 y ss.)30. Allí está otra vez el centro neurálgico que el dilema arrastra desde mucho antes: qué clase de vínculo establecen los intelectuales y sus discursos, qué clase de vínculo deben establecer, con qué sujeto colectivo.

29 Habría que separar de esta generalización el artículo de O. Bayer, cuyo propósito es “presentar como modelo del arte populista de gobernar lo ocu-rrido en el debate de la Cámara de Diputados de la Nación que trató la masacre de obreros en la Patagonia” en 1920 (p. 19) para apoyar la tesis de que “Yrigoyen es el ejemplo más puro de un gobernante populista” (p. 17).

30 Una ocurrencia, entonces, de ese lugar común de los debates del período que Claudia Gilman ha estudiado como “antiintelectualismo” de los intelectuales. En Gilman, C., “El intelectual como problema. La eclosión del antiintelectualismo latinoamericano de los sesenta y los setenta”, en Pris-mas. Revista de historia intelectual, N° 3, 1999, Universidad Nacional de Quilmes, pp. 73-93.

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El arte de injuriar

Aníbal Viguera ha estudiado cómo esa plasticidad funcional de

“populista” también hace problemático su uso en la historia de los estudios acerca de los “populismos” latinoamericanos31. El repaso de Viguera de tales usos de “populismo”, al poner en cuestión su utilidad descriptiva a raíz de su variable funcionalidad, envía una vez más al origen predominantemente polémico del término en la tradición de la izquierda32.

Entonces, en torno de 1960 “populismo” y “populista” se usaron en ciertos debates literarios y culturales no tanto o no solo como concepto en el sentido de instrumento descriptivo o explicativo que postula una objetivación, sino más bien (o de manera creciente, y en primera instancia) como activismos discursivos con propósitos fuertemente ideológicos y morales. Calificar de “populista” a una práctica cultural o a un texto literario consistía en detonar un sistema de exclusiones no solo culturales y estéticas sino también ideológicas, políticas y éticas, frente al cual el interlocutor debía tomar posición y, sobre todo, defenderse. En este sentido, la variabilidad de los usos y de los contextos de uso de “populismo” conduce a pensarlo como un término intensamente funcional, que se carga de sentidos diversos según se lo integre en diferentes alternativas donde señala siempre la desviación respecto de la “línea” o de la “norma” correcta (populismo/literatura auténticamente revolucionaria; populismo/

verdadero realismo; populismo/vanguardia; populismo/

experimentalismo; populismo/popular; etc.). “Populista” es un anate-ma que se carga de sentidos según la posición estética y política (o política, luego estética) que quien lo emite sostenga como legítima, auténtica, correcta, etc. y por oposición a ella.

31 Viguera, Aníbal, op. cit.

32 Con “predominantemente polémico” queremos señalar que el origen del término en la cultura política de izquierda está menos en discursos teóricos, obras clásicas o textos fundacionales (vg.: como “ideología”, que remite a la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel y a La ideología alemana), que en debates históricamente situables sin pretender ignorar que a partir de tales debates se produjeron desarrollos teóricos considerables. En ese sentido, este análisis no implica ignorar que en el horizonte de lecturas de quienes utilizan el término como una palabra-acción pudieran ju-gar un papel decisivo o en nada marginal algunas teorías del populismo.

Por más que, elaboradas con posterioridad a su origen polémico, las teorías gramscianas de lo nacional-popular y del populismo no anulen la fuerza pragmática característica de estos términos, en buena medida tales teorías organizan su uso y lo legitiman (por ejemplo, como quedó señalado, en el libro de Portantiero).

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Pero la aplicación del término a objetos y fenómenos diversos o –como en el caso González Tuñón– para descalificar o canonizar la misma práctica, no se implica solo ni necesariamente de la plasticidad del concepto. Hay que insistir en que los episodios reseñados aconsejan pensar, en cambio, que aquello que hizo de “populismo” un arma discursiva intensamente funcional fue no solo la de por sí plástica amplitud del concepto (con el que se explicaban el peronismo y Gandhi, Boedo y Cortázar, Fanon y Vargas, Hernández Arregui y Ernesto Sábato, el Tercer Reich y el “tercermundismo”, fenómenos demográficos o estéticos, económicos o ideológicos); sino además, la eficacia descalificadora que “populismo” fue adquiriendo en el curso de las polémicas en que intervino, particularmente a causa de las conflictivas relaciones políticas y teóricas entre la izquierda y la intervención de las masas a la vez en una política “burguesa” que identificaba a su sujeto como “el pueblo” (es decir, en el peronismo para el caso argentino) y en la modernización, una vez más ampliada, de los mercados culturales urbanos: como se sabe, ya a fines de los años cincuenta, para los intelectuales argentinos se torna crecientemente dilemática no solo la masificación de la participación política sino también, y a la vez, la calidad de la producción y de las formas de circulación de los bienes culturales (o, en otros términos, las formas y los medios de la política de masas –que se autocalifica de “popular”–

son las formas y los medios de la cultura de masas que también a veces se autoelogia como cultura popular).

Según estas notas, entonces, hablamos de una fase de las prácticas literarias y estéticas que buscó y pudo encontrar en el discurso político un concepto adecuado para integrar su propia problemática a los términos en que discurrían los debates en el espacio de lo políti-co, que como señala Oscar Terán, fue entre los sesenta y los setenta la zona dadora de sentido respecto del resto de las prácticas sociales33.

Digamos: estéticamente agotados los modelos y poéticas más o menos convencionales e históricos de las izquierdas, el uso de una impugnación tan fuerte en el terreno político-ideológico resuelve un problema en principio estético, es decir, no completa ni directamente reductible a la política; luego, por ejemplo, la preferencia estética por la poesía de vanguardia puede ser defendida como un ejercicio de la literatura revolucionario o a salvo del vicio ideológico de los tiempos. O la descalificacíon hacia Elías Castelnuovo y la narrativa de Boedo por “populistas” resuelve en términos políticos una cuestión estética, que, en rigor, venía debatiéndose de modo similar aunque mediante otras nomenclaturas ya desde los años de 1920 y 1930; en 33 Terán, O., Nuestros años sesentas, op. cit. , p. 15.

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este sentido, es interesante observar que tanto Portantiero como Osvaldo Lamborghini proyectan una calificación política elaborada al calor de las relecturas del peronismo no sobre algún “populismo” en el sentido político más o menos común del término, sino sobre lo que denominan “ideología liberal de izquierda” o “izquierdista”; y entonces resuena claramente en los dos una descalificación que se dirige de manera directa contra las políticas culturales del Partido Comunista Argentino; aunque Lamborghini, en una operación de ida y vuelta más compleja, atribuye a su vez esa “ideología” a la juventud universitaria: “Eva Perón es popular, los chicos de clase media de Filosofía y Letras son populistas”34. Si se revisa la historia del uso del término en la cultura de izquierda en general, parece evidente que el problema se resuelve principalmente por una transferencia del debate político al estético, sobre todo porque se trata de un contexto histórico en que semejantes transferencias están legitimadas y naturalizadas; dicho en otros términos, que algunos usos de “populismo” en el campo cultural argentino confirman un hábito histórico propio de la cultura de izquierda, cual es referir una práctica específica a una totalidad que se define en términos políticos (o sociopolíticos, o sociológicos); parece evidente además que en los años sesenta y setenta ese hábito se generaliza hasta adquirir un carácter casi normativo. Para que esta evidencia no resulte esquemática ni se convierta en un principio de simplificación, conviene agregar tres consideraciones: en primer lugar, intentamos aquí plantear el asunto en términos históricos y no en nombre de una ley sobre la determinación causal de un “campo” sobre los otros. En segundo lugar, por lo menos a partir de la apropiación que se hace del término en diversos ámbitos de prácticas y ante el análisis de contextos específicos, conviene pensar en un juego de, en principio, posibilidades asimétricas, de transferencias y desplazamientos de dirección variada. Tercero, agregar que, por otra parte, esa remisión obligada de lo estético a lo político, aun en sus momentos de mayor prestigio, entra muy a menudo en conflicto con el no menos discutido valor de la especificidad de lo estético35.

34 En Lamborghini, O., op. cit. , p. 49. Digamos de paso que en el clima de debates que intentamos reconstruir aquí, la elección de Eva Perón para justificar el enfrentamiento de los términos bien podría haber sido califi-cada, a su vez, de “populista” (por ejemplo, desde una perspectiva como la de Portantiero).

35 En relación con estos problemas metodológicos, el concepto de “campo intelectual” puede seguir prestando alguna utilidad mientras no se le rinda una fidelidad teórica que conduzca a decisiones interpretativas innecesariamente enfáticas o a preguntas ahistóricas. Un criterio como ese torna preferible encarar el estudio de las prácticas “intelectuales” y simbólicas Polémicas

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De Los libros a Punto de vista , de Literal a Babel Un ejemplo de la complejidad de estos procesos de cruce puede hallarse en la revista Los libro s. Se ha dicho que en la historia de esta publicación pueden distinguirse dos etapas, separadas por el cambio de epígrafe que acompañaba su nombre entre los números 21, de agosto de 1971, y 22, del mes siguiente: de “un mes de publicaciones en América Latina”, a “Para una crítica política de la cultura”36. Es decir, un desplazamiento desde la especificidad de la crítica literaria ligada a los avatares de la industria del libro, hacia una franca politización de la temática de la revista: “se trata ahora de leer con lucidez (...) también esos otros textos que constituyen los hechos histó-

ricos sociales”37. En esa misma entrega, entre los “Puntos de partida para una discusión” sobre el caso Padilla, varios colaboradores de la revista atacan dos modelos extremos para entender la relación entre intelectuales y “producción”: uno es el que separa los dos términos, y atribuye al “saber” una “función social de negación”; el otro es el modelo populista, que está, del revés, inscripto en la misma problemática ideológica. Cuando Gabriel García Márquez menos como un espacio que como un cierto tipo de procesos donde intervienen ideologemas o habitus variables en el sentido de valores y creencias que son a la vez disposiciones prácticas no siempre constantes– como la especialización (antes que la “especificidad”) o la “autonomía” del arte; ideologemas que de ningún modo están distribuidos de manera uniforme ni para toda práctica intelectual, ni siquiera para toda práctica artística; en ese sentido, la teoría de los “campos” puede conducir a construir falsos problemas si se interroga, por ejemplo, acerca de si Borges y Mariátegui, o Raúl González Tuñón y Victoria Ocampo, o Bioy Casares y Aníbal Ponce, o Francisco Urondo y Roberto Juárroz, pertenecen o no al mismo “campo”. Por otra parte, cuando se piensa en las relaciones de los intelectuales de las izquierdas latinoamericanas con la política no es posible olvidar sus tradiciones, entre las que se incluyen tanto la convivencia conflictiva del valor de “autonomía” del arte con el valor de inespecificidad, como las intervenciones estatales o partidarias más o menos directas en el debate ar-tístico, literario e intelectual (intervenciones en que tomaron parte muchos y muy diversos artistas y escritores a lo largo del siglo XX, a veces en papeles protagónicos, lo cual previene históricamente respecto de la utilidad metodológica de estabilizar una distinción como la de “campo del poder” y “campo intelectual”).

36 Para una consideración más pormenorizada de la historia de Los libros: Panesi, Jorge, “La crítica argentina y el discurso de la dependencia”, en Filología, XX, 1, 1985; compilado también en Panesi, Jorge, Críticas, Buenos Aires, Norma, 2000, Colección “Vitral”. También De Diego, José Luis,

¿Quién de nosotros escribirá el Facundo? , op. cit. , especialmente pp. 85-103.

Sobre Punto de Vista, véase la nota 10 del capítulo IV de este libro.

37 “En este número”, sin firma, Los libros, Año 3, N° 21, agosto de 1971, p. 3.

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avala sus razones con las respuestas de los taxistas, poseedores del sentido común, o cuando Rodolfo Walsh desplaza la discusión y esquiva la especificidad del tema recurriendo a consignas políticas de seguro impacto emocional, señalan su desconfianza en la problemática misma. (...) se niega la teoría a través de una demagógica defensa del sentido común (realizada, por lo demás, como intelectuales), y de las falsas evidencias... (p. 4).

De allí en más, “populismo” es para Los libros una de las desvia-ciones que deben evitarse si se pretende dilucidar “qué significa la lucha de clases en este particular sistema que llamamos literatura”:

“simplismo populista”, “empirismo populista”, populismo estigmatizado como “moda entre los intelectuales”, etc.38.

En el número 22 de Los libros, de septiembre de 1971, justamente en el inicio de la segunda fase que suele señalarse en la revista, puede leerse un “documento” que ocupa la mitad de la entrega con textos acerca de los procesos políticos de Bolivia y Perú; allí la revista reproduce un artículo de José Carlos Mariátegui, “el primer marxista del continente”, titulado “Populismo literario y estabilización capitalista”. Mariátegui la emprende contra los escritores “populistas”

franceses de los años treinta39, y según el copete con que lo presenta la revista, “su interés actual no reside en el episodio y en los nombres más o menos circunstanciales que le dieron origen sino en el lúcido juicio que contiene sobre el significado social y político de ciertas variantes ‘populares’ de la literatura”. Y en efecto, algunos de lo recursos discursivos de Mariátegui parecen citas del debate argentino de la época acerca de la literatura “populista”:

El populismo, en tanto, no es sino la más especiosa maniobra por reconciliar las letras burguesas con una cuantiosa cliente-la de pequeñas gentes [...] La demagogia es el peor enemigo de la revolución, lo mismo en la política que en la literatura. El populismo es esencialmente demagógico. [...] No es a causa de un honesto retorno a la objetividad y al realismo que surge el populismo. [...] El populismo se caracteriza íntegramente como un retorno a uno de los más viejos procedimientos de la literatura burguesa. [...] Pequeño-burguesa, pero con los más despreciables estigmas de degeneración y utilitarismo, es toda 38 Los libros, III, 25, marzo de 1972, pp. 3 y 25; IV, 28, setiembre de 1972, pp. 5 y 7.

39 Se trata del movimiento protagonizado principalmente por André Thérive y L. Lemonnier. Algunas consideraciones sobre este pueden hallarse en Bourdieu, Pierre, “Los usos del ‘pueblo’”, en Cosas dichas, Buenos Aires, Gedisa, 1988, p. 153; en Grignon, Claude y Passeron, Jean Claude , Lo culto y lo popular. Miserabilismo y populismo en sociología y literatura, Buenos Aires, Nueva Visión, 1991, p. 71; y en Gramsci, Antonio, “Las tendencias populistas” en su Literatura y vida nacional (Cuadernos de la cárcel 4), Méxi-co, Juan Pablos Ed., 1986, pp. 152-153.

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especulación populista en la literatura y en la política contemporáneas40.

Instalado en una polémica que el posperonismo le deparó al campo de la cultura e inmerso ya en el clima social del “retorno” de Perón, el gesto de Los libros se vuelve sobre esa doxa antipopulista. El propó-

sito es documentarla con un texto que permite reapropiársela al releerla y jerarquizarla teóricamente mediante tres atribuciones: se trata de un problema literario, es decir, que la historia de la literatura registra por lo menos desde los años treinta; se trata, también desde entonces, de un problema tan literario como político; y que ha sido definido de esa manera por un intelectual estrechamente ligado a la cultura literaria, y cuyo anti-populismo no puede ser siquiera sospe-chado de anti-popular, de elitista ni de extranjerizante: es marxista y latinoamericano; y también: intelectual y revolucionario: el copete del artículo se encarga de subrayar que además de ser el primero que en el continente hizo del marxismo “el medio para el examen de la historia, la economía y la cultura de un país latinoamericano”, Mariátegui vinculó esa empresa intelectual con “un proyecto políti-co: la revolución socialista en el Perú”. La aclaración funciona implí-

citamente como prevención de ese reproche “anti-intelectualista” que suele incluirse –como lo hacía Isaacson respecto de Sartre– entre los componentes del populismo, de la “izquierda nacional” y hasta de las izquierdas de los setenta en general.

Decir que la calificación de “populista” a una práctica literaria ha sido más un gesto de provocación beligerante que una herramienta explicativa o descriptiva implica, por una parte, establecer el grado de persistencia, repliegue o desaparición de ese carácter performativo cuando la calificación aparece en medio de textos críticos menos directamente comprometidos con polémicas muy situadas; en otros términos, cuando se lo usa con manifiestos propósitos descriptivos, y en circuitos discursivos que reducen la proximidad con las prácticas que se analizan. Por otra parte, implica interrogarse acerca de la utilidad de “populismo” como conceptualización apropiada ya no para los sujetos participantes de los debates históricos que se reconstruyen, sino para quien los reconsidera desde una perspectiva crítica y con posterioridad. Pero si planteo este problema es sobre todo porque se puede reconocer otro que lo provoca: el de si las disputas culturales que tienen como protagonistas discursivos al “populismo” y sus derivados forman parte ya de un pasado cultural, o si por el contrario siguen operando en algún nivel de los debates literarios y culturales contemporáneos.

40 Los libros, III, 22, septiembre de 1971, pp. 20-21.

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La palabra justa

Tales interrogaciones, que podrían dirigirse por ejemplo a los tonos con que en 1986 Oscar Terán analizaba “la carrera expansionista de los temas populistas”41, sirven también para examinar ciertos itinerarios de “populismo” más recientes, que reconocerían algunos de sus principales precedentes en Literal y en Los libros: una revista que identificaba su antirrealismo literario como “antiprogresismo” polí-

tico, la primera42; otra que mantenía, en cambio, el propósito afirmativo –progresista– de intervenir en la historia desde una “crítica polí-

tica de la cultura”; las dos, sin embargo, persistentes en sus respectivas versiones de la convicción antipopulista.

En 1977, el trabajo crítico de Josefina Ludmer se hallaba aún ligado al espacio de Literal. Sin embargo, ese año se publicó su libro Onetti.

Los procesos de construcción del relato 43: se trata de un texto en el que Ludmer, lejos de meramente impugnar las doctrinas de la representación, procura construir una teoría y una crítica de la complejidad de los “modos de [la] representación” literaria. En la “Introducción”, donde se desarrolla una teoría de la relación plural y compleja que la literatura establece con la referencia, Ludmer comienza descartando las simplificaciones que sobre el asunto afectaron a dos poéticas históricas enfrentadas, a las que se refiere como “las posiciones antirrepresentativas que postulan ciertas vanguardias” y “su indis-pensable enemigo, el populismo naturalista” (p. 12). Si bien es innegable que la polémica cultural paradigmática que evocan los términos de Ludmer es la disputa entre formalistas y marxistas en la Rusia de los años veinte, suponer que el contexto a que remite “populismo”

en su libro se halla en las relaciones que el stalinismo restablece con ciertas tradiciones de la historia cultural rusa es ir demasiado lejos, por lo menos en cuanto al punto que nos ocupa. No interesa aquí la conjetural constatación de efectivas intenciones polémicas por parte de Ludmer: parece innegable, en cambio, que en 1977 y en la Argentina la definición del enemigo de las vanguardias como “populismo naturalista” se lee como calificación crítica, en tanto remite, antes que a otra cosa, a un código forjado por la historia política y cultural más inmediata.

41 Terán, O., op. cit. , especialmente a partir de la p. 222.

42 Así la caracterizaría Josefina Ludmer años después: refiriéndose a un texto que escribieron juntos con Osvaldo Lamborghini y que se publicó sin firma en Literal 2/3, lo describe como “una diatriba antialucinatoria (quiero decir antirrealista) y antiprogresista: los dos términos van siempre juntos aunque se cambien de lugar” (en Ludmer, J., El género gauchesco. Un tratado sobre la patria, Buenos Aires, Perfil, 2000, 2° edición, p. 158-159; también en la primera edición: Buenos Aires, Sudamericana, 1988).

43 Buenos Aires, Sudamericana, 1977, “Introducción”, apartado II (pp. 12-14).

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En un trabajo posterior acerca de Juan Moreira y el moreirismo, en cambio, Ludmer parece replegar el término a la función descriptiva de su uso politológico: “populismo político” –”liberal” o “rosista”–

refiere a sujetos sociales del siglo diecinueve y principios del veinte que se apropian de “textos literarios que hacen uso de la cultura popular”. Hay dos zonas de su artículo en que la identidad de esos sujetos parece proyectarse hacia la historia de las políticas culturales más recientes. Primero, cuando anota que “Es [Moreira] un hé-

roe popular y quizás un asesino serial de hoy, ‘real’ y televisado, que representa la justicia por mano propia en los estados neoliberales”. Luego, cuando señala que “la muerte de Moreira y el legado es (sic) uno de los puntos que más trabajó una literatura y un cine que se quiso ligada con lo popular y su violencia alrededor de 1972”, y que el cine de Leonardo Favio “se quiso totalmente popular

(subrayados nuestros)44. El texto no autoriza ni sugiere, sino como interpretaciones de imposible corroboración, inferencias del tipo

“neoliberales, luego neopopulistas” para el primer caso; o “que, populista, se quiso popular” para el segundo.

Pero en una nota periodística posterior, Ludmer retoma el problema en su aspecto estrictamente político y con un giro

antirrepresentativista, al dar un paso más allá respecto de la tradición antipopulista argentina en una de cuyas versiones más radicales se había inscripto desde los años de Literal: en medio de la crisis institucional y de la prolongada sucesión de irritadas protestas callejeras que se habían iniciado con la caída del gobierno de Fernando de La Rúa un mes antes (las semanas de “saqueos”, “piquetes” y

“cacerolazos”), Ludmer publicó el 19 de enero de 2002 una celebración de la idea de “multitud”, tomada de los escritos de Paolo Virno, en oposición a la clásica noción de “pueblo”. En consonancia con la teoría del Estado como delincuente en la que había sustentado su libro de 1999, El cuerpo del delito, Ludmer proponía ahora que, a diferencia del “pueblo”, la multitud –una multiplicidad sin unidad polí-

tica– “cuestiona la facultad de mando del Estado”, y obstruye los mecanismos de la representación política; y que “oponerse a esta tendencia [hacia la restricción de la democracia] desde el valor de la representación es un gesto patético”45.

44 Ludmer, Josefina. “Los escándalos de Juan Moreira”, en Ludmer, J. (comp.), Las culturas de fin de siglo en América Latina, Buenos Aires, Beatriz Viterbo, 1994, pp. 102 y ss. Ludmer retoma ese texto en su libro El cuerpo del delito. Un manual (Buenos Aires, Perfil, 1999), del que nos ocupamos más adelante.

45 Ludmer, Josefina: “La multitud entra en acción”, en Clarín, Suplemento Cultura y Nación, Buenos Aires, 19 de enero de 2002, p. 2. Ludmer conjetu-raba que “el presente de los cacerolazos” que decía “no y basta ante el 36

La palabra justa

Si en 1977, el momento más sangriento de la dictadura genocida, la firma crítica más fuerte de Literal recuperaba un interés teórico por el problema de la mimesis, más de dos décadas después, en medio del final del derrumbe estrepitoso de las ilusiones de la llamada transición democrática, el mismo nombre rubricará una descalificación inapelable de la representación política. Aunque las distancias sean muchas, tal descalificación no deja de remitir a las posiciones políticas de Literal, que en los setenta se había ocupado de desmontar el discurso populista, como recuerda Alberto Giordano, insistiendo en la “imposibilidd de un Orden social, completo, autosuficiente, como condición de posibilidad de las experiencias políticas”46.

La otra versión del antipopulismo de la crítica literaria de izquierda, la de Los libros, tiene su perduración con variaciones en el sostenido trabajo crítico de Beatriz Sarlo hasta mucho después del cierre de aquella revista. “Populismo” parece formar parte de su diccionario más recurrente; además, en distintos puntos de la trayectoria de sus ensayos, el término se usa alternativa o simultáneamente como concepto y como impugnación.

Fuera de las coordenadas que entre los sesenta y los setenta liga-ban “populismo” y estéticas anacrónicas, y enfrentaban a su vez esa dupla al parentesco entre ausencia de populismo y vanguardia, Sarlo ha caracterizado el proyecto estético del Borges de los años veinte y treinta como “populismo urbano de vanguardia”47. En la fórmula y en su desarrollo argumentativo, el uso del término como descalificación parece absolutamente ausente; aunque se puede notar que describe un tipo de poética en que era posible comprometer los términos de la disputa forma experimental / fondo popular –como lo había señalado Leónidas Lamborghini respecto de las reacciones antagónicas contra su obra–.

Estado” era quizás “la primera protesta urbana antiglobalización en Argentina”, una idea discutible si se tiene en cuenta que esas mismas protestas, atravesadas más por la contradicción que por el “éxodo” de cualquier adhesión a un Estado, intensificaron la demanda de una fuerte, urgente y directa intervención del Estado –o de algún tipo de autoridad pública– a favor de los derechos y del bienestar perdidos de algunas fracciones de la población. Tampoco parece difícil de imaginar que aún en 2002 alguien pudiese calificar de neopopulista esa descripción teorizada de los caceroleros y piqueteros argentinos que proponía Ludmer.

46 Giordano, Alberto, “Literal y El frasquito...”, op. cit. , p. 69.

47 Sarlo, Beatriz, “Vanguardia y criollismo: la aventura de Martín Fierro” , en Altamirano, Carlos y Sarlo, Beatriz, Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia, Buenos Aires, Ariel, 1997, 2° edición, p. 251 (1° edición: Buenos Aires, CEAL, 1983).

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En cambio, otra de las ocurrencias de “populismo” en los trabajos de Sarlo se aproxima más claramente a la que registrábamos en la