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LA NOCHE DE LOS

GITANOS

Alfredo García Francés

Copyright © 2012 Alfredo García

Francés

Reservados todos los derechos. De

acuerdo con la legislatura vigente

pueden ser castigados quienes sin la

preceptiva autorización del autor

reprodujeran, o plagiaren, en todo o

en parte, una obra literaria, artística

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de cubierta, puede ser reproducida,

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forma, ni por ningún medio, sea

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mecánico, magneto-óptico,

grabación, fotocopia o cualquier

otro, sin previa autorización escrita.

Todos los personajes son producto

de la imaginación del autor.

ISBN 978-84-938065-5-2

Diseño de cubierta: Fernanda

Fernández-Bogotá

¿Quién habló de victorias?

Sobrevivir lo es todo.

Rainer María Rilke. Réquiem.

Ya no hay patriotismo, porque ya no

hay patria.

José Cadalso. Cartas marruecas.

Solo puede ser vencido el pueblo

que quiere serlo.

Augusto Roa Bastos. Yo, el

Supremo.

Cuando la sangre corra por las

calle compra propiedades. Barón de

Rothschild.

Llegado el caso tendrá que ser La

Corona quién, respaldada

firmemente por las Fuerzas

Armadas, sea la que salvaguarde la

unidad de España si los políticos la

ponen en peligro y la Justicia no

interviene.

Discurso del Teniente General José

Mena, en la reserva, ante el Consejo

Superior del Ejército el 26 de

octubre de 2005.

Me seguiré esforzando por

mantener la esperanza de que el

Ejército quiera,

sepa y pueda reaccionar antes de

que sea demasiado tarde para

España.

Carta del General de Brigada Blas

Piñar al Consejo Superior

del Ejército al pasar a la reserva.

AGRADECIMIENTOS

Para mi tía Inmaculada Mondragón y

mis primos Juan, Vicente y Mónica

Francés, por vuestro cariño y por

todas las atenciones que dedicáis a

mi madre. Gracias por considerarme

parte de la piña. Al Dr. Don Jesús

Chamorro, infatigable lector y sabio

recomponedor de todas mis pequeñas

calamidades cotidianas.

En el BLOG y en FACEBOOK hay

personas de las que aprendo a diario,

mi agradecimiento por su paciencia y

afecto. También hay tocapelotas que

figuran como amigos.

Para Luis Muñoz Deive, padrino

entrañable, generoso y siempre

preocupado por todos menos por sí

mismo.

A Leda Calvo, madrina querida,

hermana que viene y va pero

constantemente cercana y

familiar. Para Carolina y Marilyn

García-Sicilia, ferozmente alegres e

incondicionales, que nos

acompañasteis en nuestra dicha

bogotana.

A José María Ruíz y Chon, ilustres

restauradores y rumbosos patrones

de las Cenas Aurelianas que, cada

año, llenan de sabor una segoviana

noche veraniega.

Como siempre, agradezco a mi

esposa su eterno desvelo porque

escriba menos y camine más. Se lo

cuento para que sepan que es la

mujer que más quiero en el mundo.

Gracias, mi amor, andaré.

ÍNDICE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 1

Miles de cuerpos volaban en

cenizas sobre las chimeneas de los

hornos crematorios. Pero, los recién

llegados aún no sabían que su destino

era cubrir de hollín los bosques

cercanos, sucios, de un verde

envilecido por el tizne humano. Era

una cálida noche del mes de agosto

en el campo de Auschwitz-Birkenau

(1).

Los reflectores arrancaban

destellos azules de los raíles, las

alambradas y las insignias plateadas

de los SS (2). El tren silbó

acercándose bajo la luna y se detuvo

chirriando entre los gritos de los

soldados. ¡Schnell, raus, raus! (3).

Los ocupantes de los vagones de

ganado descendieron

atropelladamente. Los hombres y

niños, por la izquierda, las mujeres

por el otro lado. Entre insultos y

golpes se formaron columnas

vigiladas por soldados con

ametralladoras. Las órdenes

restallaban en la oscuridad rasgada

por los focos que giraban sin sentido,

malgastándose en la noche.

Un oficial y sus ayudantes, con

batas de médico sobre los uniformes

de SS, preguntaban, vociferando, si

había hermanos gemelos (4) en algún

vagón.

Los kapos (5), elegidos entre los

presos más crueles de cada barracón,

apaleaban a los recién llegados

haciéndolos avanzar sin que supieran

a donde. En el tumulto, un anciano

tropezó con su maleta y cayó de

bruces. Brillantes las calaveras del

uniforme, un alemán saltó con todo su

peso sobre la espalda del viejo que

aulló aplastado mientras soltaba un

chorro de sangre por la boca y sus

huesos se partían con un chasquido

de astillas rotas. Aún vivo, miró

atónito al joven oficial alemán. Él,

sonriente, montó su pistola y le

disparó en la cara. El anciano,

reventado y vomitando sangre, vio

volar hacia sus ojos la bala que lo

mató.

Se hizo el silencio y los

deportados avanzaron entre los

perros que les desgarraban la ropa

con los dientes. De nuevo, más

ladridos, órdenes vociferadas, palos

y empujones mientras cruzaban un

arco metálico. Escrito en él e

iluminado por un foco, Arbeit macht

frei (6). Tras el arco una gran

explanada y, a derecha e izquierda,

dos enormes corrales cercados por

vallas electrificadas de las que

pendían cadáveres chisporroteantes.

En el centro de cada recinto una

gigantesca montaña de ropa, zapatos,

maletas destripadas y bultos de mano

y, ante ella, desnudos en la noche, los

pasajeros del tren anterior.

Los recién llegados, detenidos en

el patio entre ambos cercados, no

entendían el porqué de los grupos

organizados por los nazis. Por un

lado, mujeres, niños, impedidos y

ancianos, por otro, los hombres y

unas pocas jóvenes hermosas. Todos

desnudos, pastoreados a gritos y

patadas por presos armados con

garrotes.

Tres SS, seguidos de un kapo,

avanzaban entre el gentío con un

perro pastor atado a una correa; lo

soltaron y el animal, hasta entonces

tranquilo, corrió excitado entre las

hileras de presos. De pronto, se

detuvo ante un hombre al que gruñía

y ladraba mostrando los colmillos

babeantes. Un alemán se acercó y ató

al animal, los otros le acompañaban

a unos pasos de distancia. El kapo

hizo avanzar al prisionero pateándole

el culo. El oficial cedió la correa y

tomó el garrote del auxiliar.

Sopesándolo, se situó ante el

deportado desnudo y, de un golpe, le

partió la cabeza. Cayó fulminado.

Riendo, los alemanes dejaron al

perro lamer la masa encefálica

esparcida por el suelo. Luego, se

alejaron charlando, buscando dónde

comenzar de nuevo el juego. El kapo

los seguía obediente con la estaca en

la mano.

Una vez rapados, avanzaban con

lentitud; los hombres fuertes recibían

una chaqueta y un pantalón con la

Estrella de David (7) y un número

cosidos, un gorro, unos zuecos y un

tazón metálico. Después tatuaron en

sus antebrazos el mismo el número

del traje y, en columnas de cinco en

fondo, los nazis sacaron a varios

miles del cercado. Arrancaron los

bebés de los brazos de las mujeres

jóvenes para entregárselos a las

viejas del grupo grande. Si

enloquecían de sufrimiento los kapos

las golpeaban con los bastones y, si

el dolor no las calmaba, un soldado

les disparaba en la cabeza. Después,

guiadas por mujeres de las SS, el

grupo de hembras desapareció entre

los edificios de ladrillo rojo.

La multitud formada por unas

cuatro mil personas, mujeres, niños,

inválidos y ancianos, era conducida

siguiendo unas flechas que indicaban

“desinfección” (8); las alambradas de

aquella zona, cubiertas por lonas,

impedían ver al otro lado de los

portones de acceso. Al entrar, se

veía un camión de la Cruz Roja y

algunos oficiales nazis con máscaras

antigás que empujaban a la gente

hacia una puerta metálica sobre la

que se leía “duchas” (8). El portón se

cerró tras los últimos deportados.

Sobre los muros, las chimeneas

despedían un humo dulce que

empastaba la boca.

Eran seis mil judíos procedentes

de los guetos del corazón de Europa

en el transporte anterior y, salvo los

hombres y mujeres en edad de

trabajar, el resto, unas cuatro mil

personas, morirían durante las cuatro

horas siguientes a su llegada.

Pero esto, no lo sabían los que

venían detrás y para quienes

comenzó de inmediato la misma

rutina. Ningún cambio. Los mismos

golpes, idénticas torturas a seres

despavoridos, similar separación por

grupos y, cuando ya estaban

desnudos ante los montones de su

propio pelo y ropa, silbó otro tren y

una nueva remesa de esclavos y

muertos vivientes comenzó a

descender de los vagones.

Todo se aceleró de nuevo; más

golpes, más ladridos y más órdenes

rugidas… Comenzaba otro círculo

infernal de cuatro horas (9).

Dolorosas separaciones, trágicas

despedidas. Pero esta vez, en lugar

de una estrella amarilla, los válidos

recibieron un triángulo invertido de

color negro (10).Mujeres con el

uniforme de las Waffen-SS (11) se

llevaron a unas pocas jóvenes

bonitas entre los edificios. Y, para

los demás, desnudos y aterrados,

comenzó el camino hacia las

“duchas”. Les aseguraron que

volverían a por los uniformes y les

dieron un cordel con el que atar sus

zapatos que recogerían después de la

“desinfección”. Esto, los tranquilizó.

No podía pasarles nada malo si

debían ducharse y volver a recoger

sus zapatos.

Camino de las “duchas”, una mujer

avanzaba con dos niños; iban

desnudos y caminando en los últimos

lugares de la fila. El mayor agarrado

a su cintura y, el pequeño, un bebé de

meses, abrazado contra el pecho de

su madre. No hacía frío pero las

mujeres de la fila, quizá por la

vergüenza, caminaban pegadas unas

contra otras. En silencio, avanzando

lentamente. Sin deshacer la columna.

Un kapo con un triángulo rojo

marcado con la letra S (12) las

azuzaba intentando que no se

rezagaran. Levantó el garrote

amenazador. La madre lo miró sin

asustarse, buscó bajo la lengua, sacó

cuatro diamantes pequeños y,

llorando, le tendió al crío. El kapo

miró alrededor bajando la estaca,

tomó al niño y se retiró

escondiéndolo bajo el uniforme

rayado. En su puño apretaba las

cuatro piedras preciosas. Acaso, su

salvación.

Ser kapo era una de las maneras

de sobrevivir en los campos de

exterminio gracias a los privilegios

que los nazis concedían a sus

auxiliares de verdugo. Aunque,

colaborar en la matanza, no siempre

garantizaba la vida.

La brisa arrancaba vida al bosque,

aroma a resina de pino, que

disimulaba el olor a matadero. Antes

de salir el sol, los cuatro mil gitanos

del convoy fueron gaseados e

incinerados. Los supervivientes

jamás olvidarían el retumbar

metálico de las compuertas de la

cámara de gas cerrándose. Era el

amanecer del día 1 de agosto en el

campo de Auschwitz-Birkenau. La

historia lo recuerda como

Zigeunernacht (13). La noche de los

gitanos.

(1). Lo que conocemos hoy por

Auschwitz estaba formado por tres

campos principales: Auschwitz I,

Auschwitz II-Birkenau, donde

fueron los gitanos, Auschwitz III-

Buna y varios campos adyacentes.

El megacampo hacía todas la

funciones: campo de trabajo, de

concentración y de exterminio.

Fábricas de muerte.

(2 ) . Schutzstaffel. Escuadrones de

protección o seguridad del Partido

Nacionalsocialista Alemán de los

Trabajadores.

(3). ¡Rápido, afuera!

(4). El Dr. Mengele acababa de ser

trasladado al campo de Auschwitz y,

cuando llegaban los convoyes,

buscaba entre la multitud hermanos

gemelos

y

enanos

para

sus

experimentos genéticos.

( 5 ) . Los nazis los comenzaron a

utilizar en el campo de Dachau y

ante el éxito extendieron su uso a

todos los campos.

(6). El trabajo os hará libres.

(7). Señal identificativa de los

judíos.

(8). Con estas señales trataban de

tranquilizar

a

los

deportados

camino de la cámara de gas.

(9 ) . Desde la llegada del tren al

campo hasta que los pasajeros eran

gaseados e incinerados en los

hornos

crematorios

apenas

transcurrían cuatro horas. En

Treblinka,

liquidaban

6000

personas en 76 minutos.

(10). Señal identificativa de los

gitanos.

(11). Las Waffen-SS, el ala militar

de las SS, en contraste con las

Allgemeine-SS, el ala política,

evolucionaron como un segundo

ejército dentro de la Wehrmacht, el

ejército de tierra alemán.

(12). Señal identificativa de los

presos políticos españoles.

(13). Aquella noche murieron 4000

gitanos gaseados e incinerados en

Auschwitz-Birkenau

Capítulo 2

De pronto, salida Dios sabe de

dónde, una mano que no esperaba me

alcanzó en la mandíbula. Envuelta en

cuero estalló sobre mi cara lanzando

al aire cientos de gotas de sudor,

hundiéndome en la oscuridad y

haciendo que mis rodillas parecieran

de algodón.

Medio groggy (1), no pude

sostenerme y caí. La lona olía a

caucho y a esparadrapo. Vi al árbitro

inclinado sobre mí, lanzándome a la

cara la cuenta fatal con los dedos:

cuatro, cinco, seis... Aún estaba a

tiempo.

—Tengo que levantarme —pensé.

Antes debía tragarme las lágrimas

envueltas en sudor y sangre, olvidar

el dolor del golpe y, sobre todo,

rechazar la idea de correr a

esconderme entre los brazos de mi

madre.

Me incorporé con las sienes

latiendo por el pánico y por los

rugidos del público, aterrado porque

sabía que mi adversario se lanzaría

en tromba a rematarme. Erguido, con

el corazón coceándome el pecho

mientras el sudor se despeñaba

desde mi cara hasta la lona, ante mí,

sólo veía una sombra borrosa.

Intentaría esquivar su próximo golpe

y quedar con ventaja para conectarle

el mío. O, al menos, para aguantar

los suyos hasta el final del asalto. Lo

rehuí hasta que sonó el gong. Caí

sentado. Debía tomar aire, tragar la

saliva que como una esponja seca

atascaba mi garganta y, cuando

sonase la campana, salir del rincón a

tumbar al hijoputa que me había roto

la mandíbula. Las palabras de mi

preparador llegaban confusas entre

los abucheos de los espectadores.

Me importaba un carajo mientras

mantuviera la bolsa de hielo sobre

mi cara. Pero, sesenta segundos,

pasan rápido.

Aquel Escorpión era un asesino

rapidísimo, venenoso y letal pero

con menos inteligencia que una mula

lobotomizada. De andar estúpido y

pendenciero, a saltos, como los

canguros que se abalanzan puños en

ristre. A mi favor, la velocidad y la

sorpresa ante quien piensa que su

víctima está noqueada. Me toqué la

cara para ver si aún la tenía ahí.

Estaba, sí, pero parecía de corcho.

No la sentía. Mejor.

Campana. Tres minutos de asalto

para matarlo o para que me

despedazara. El tipo vino hacia mí

lanzando golpes de todos los

calibres. Esquivé, aguanté y,

súbitamente, me desplacé para

conectarle un derechazo con la rabia

de quien depende de un solo golpe.

Impactó en su nariz que soltó un

chorro de sangre. Su cabeza quedó

colgante, sus ojos vidriosos y sus

piernas flojas sin poder sostenerlo.

Cayó a plomo sobre la lona. Knock

Out. Ganó la velocidad y la esgrima.

Gané yo.

Cuando pudo levantarse, abandonó

el ring directo a urgencias. Se fue

avergonzado, intentando sonreír con

el aire ausente de un retrasado

mental, la cabeza hundida entre los

hombros, queriendo pasar

inadvertido entre sus cuidadores.

Como el ladrón de gallinas que, por

las calles de su pueblo, marcha

esposado entre guardias civiles

camino del cuartelillo.

—¡Mamá, soy Paco, gané, mamita

linda! —grité llorando por teléfono

—. ¡Soy el Campeón...! La

bendición, por favor, mamá…

Era el año 64. Yo era boxeador y

acababa de ganar el Campeonato

Panamericano de los pesos wélter (2).

Recuerdo muy bien aquel día.

Llegué al boxeo de la mano de mi

tío y lo que comenzó como una

manera noble de hacer deporte, se

convirtió en una forma de ganarme la

vida, de salir de la estrechez a hostia

limpia para devolver a mi mamá

viuda algo de lo que me había dado.

Yo me sabía honrado y valiente,

pero frágil. No debía exponerme a

los golpes porque, cualquiera de

ellos, por inofensivo que pareciera,

podía derribarme; por eso, en lugar

de usar la fuerza bruta y el

intercambio de puñetazos para sumar

puntos, buscaba la victoria en la

potencia, la rapidez y el talento. Así,

sin hacer caso del público que pide

sangre a gritos, siempre trataba de

conectar un golpe que derribase al

contrario. Que lo noquease. Rápida y

limpiamente. Sin sufrir, sin palizas.

Intercambiando únicamente los

peligrosos pero inevitables golpes en

la media distancia, en ese terreno

antes del clinch (3), donde las

cabezas chocan como arietes

buscando abrir las cejas del

contrario. Estilismo, velocidad y

destreza. Así boxeaba yo entonces.

Seguro de mí. Conociéndome.

Porque para ganarse la vida a

golpes hay que estar convencido,

sentir en el corazón y en las tripas

que uno tiene madera de campeón. Si

no, es mejor elegir otro oficio. No el

boxeo. Creo que por eso me

admiraban, y aún se acuerdan de mí,

los aficionados a las doce cuerdas.

Antes de sumergirme en mis

recuerdos estaba viendo la tele por

cable. Era un espectacular combate

del Consejo Mundial de Boxeo por

el título de los superwélter entre

Óscar de la Hoya, El Niño Bonito, y

el joven norteamericano, veloz y

hambriento de gloria, Floyd

Mayweather. Siempre dijeron de mí

lo mismo que dicen hoy de Óscar de

la Hoya: que era un boxeador

cerebral, inteligente, que sabía

aguardar sin desesperarme el

momento justo para dar la estocada.

Ganó Mayweather. No dio a De la

Hoya la paliza que deseaba y se

conformó con ganar a los puntos. Una

pelea apretada. Pero la ganó.

En el décimo asalto llamó Tano.

Demasiado tarde para venir a casa y

ver juntos el combate; solamente

quedaban dos asaltos.

—Tano, chico, no jodas, ¡estoy

viendo un combate! —dije riendo—.

No quiero perderme el final, te llamo

cuando haya ganador...

—Paco, no me falles, mulato de

mierda —respondió—. Es muy

importante, necesito hablarte con

urgencia...

—No sé, Tano... Después... —era

raro, él nunca hablaba así—. Venga,

¡te llamo cuando termine el combate!

—dije, y colgué.

Luego, lo olvidé.

Cuando faltaban veinte segundos

para el final, De la Hoya se tambaleó

al recibir un derechazo que terminó

con una andanada de golpes. Supe,

sin esperar el veredicto que, pese al

abucheo de los dieciséis mil

espectadores, los jueces darían

ganador a Mayweather. Y, como

siempre, al final quedaría la alegría

del vencedor y la tristeza del

vencido, aunque, en este caso el

perdedor, el mejicano-

estadounidense De la Hoya, se

llevara una bolsa de veinticinco

millones de dólares.

Entre tanta sensación conocida,

victoria, derrota, lágrimas de alegría

o de tristeza, recordé que debía hacer

algo. Sin palabras, pregunté a las

sombras de mi cabeza, deseando

acordarme de lo que se me escapaba.

Miré los papelitos amarillos pegados

en el espejo del cuarto de baño y en

el frigorífico, agendas diarias del

desmemoriado, pero no vi nada

pendiente. No obstante, algo se me

olvidaba.

Mi memoria estaba más vacía que

el orinal de un prostático. Blanca y

vacía, no sé por qué. Parecía uno de

esos muebles con muchos cajones

abiertos que, día a día, van

cerrándose. De uno en uno. Porque la

memoria no desaparece poco a poco,

difuminando lentamente los

contornos de los pensamientos y

recuerdos; no… De pronto, elimina

selectivamente, como el borrador en

la pizarra, la tecla del ordenador o

las hojas del almanaque que

desaparecen dando paso a otras que

se esfumarán mañana. ¡Zas!, blanco.

Y después, el salto del blanco al

negro: la nada. Ni siquiera la

percepción de haber perdido algo;

una anécdota menos, una emoción, un

querer. Sólo queda la sensación de

que, al igual que la memoria, la vida

se pierde y uno va muriendo poquito

a poco.

—¿Qué coño estoy olvidando? —

pensé.

Porque preguntarme, cierto que me

preguntaba concienzuda,

desesperadamente. Sin embargo, las

respuestas no siempre eran

definitivas. A veces me venían sin

orden, abruptamente, como un chorro

caudaloso. Otras, sin saber por qué,

llegaban deshilvanadas. Quizá,

porque entre pregunta y pregunta, no

era raro que pasara momentos

divagando. Vamos que, pese a mi

voluntad, a ratos me quedaba en

Babia.

Tengo que recordar. Debo

pararme a pensar y recordar. El

médico dice que me conviene

hacerlo, que es un buen ejercicio

para mí. Así que, además de

tragarme las medicinas, también le

hago caso en esto. Pensar. Recordar.

Para no olvidarme de ser yo.

Hubiera preferido ir abajo a jugar

la partida pero mis compañeros de

dominó aún no estaban jubilados y no

la echábamos todos los días. Por eso

me quedé, sentado ante mis

recuerdos, mis trofeos y mis fotos

con los puños en alto, preguntándome

todo lo que uno se pregunta cuándo

piensa y que jamás me hubiera

inquietado de no tener que entrenar

mis neuronas por prescripción

facultativa.

¿Existe Dios? ¿Serán putas las

vecinas que reciben tantas visitas?

¿Tendrá que ver el calentamiento

global con lo cachondo que estoy?

¿Ganará la liga el Real Madrid?

La primera era fácil de responder.

Si existiera Dios no consentiría todas

las putadas de este mundo: bombas

que destrozan niños en guerras

absurdas, piedras que lapidan

mujeres indefensas ante el

fanatismo… incluso, podría hacer

algo para que el “euromillón” no le

tocara siempre al más cateto. Ese

Dios bondadoso tampoco toleraría

las enfermedades ni que yo, un viejo

campeón y un buen hombre, perdiera

la memoria algún día. Las otras

preguntas, tenían difícil respuesta.

Pero debía concentrarme.

Necesitaba recordar para no olvidar,

para seguir siendo. Preguntarme a mí

mismo, una y otra vez,

continuamente, sin parar, para atraer

los pensamientos y recordar qué

coño tenía que hacer ahora.

Pensar, me recomendaban,

siempre ayuda. Aunque, a ratos, yo le

daba un respiro al coco porque, a mi

edad, tampoco iba a convertirme en

filósofo. A veces se necesita una

sacudida para liberar la mente y que

los pensamientos afloren, decían. Si

es que hay algo pensado, gruñía yo,

porque no deseaba engañarme con

eso. Si había algún jodido

pensamiento en mi cabeza, bien; y si

no, también.

Todo el mundo opina que pensar

es un gran mérito.

—Pero, realmente, ¿tienen tanto

valor los pensamientos? —me

pregunté por milésima vez.

Me gustaría saber en qué piensan

los burros cuándo los dejan atados al

sol y se les pone la verga tiesa.

Serían pensamientos muy elevados

para conseguir erecciones de ese

tamaño; elevadísimos, para que se

les ponga tan dura. ¿Existiría un cielo

para burros y estarían pensando en

él? ¿Sería el mismo cielo al que iba

la gente corriente?

Supongo que no porque cuando yo

pensaba en el cielo no me

engorilaba (4). No, ciertamente no

debía ser el mismo porque,

evocándolo, yo me aburría y los

burros se empalmaban.

Pero, ahora, no se trataba de

pensar sino de hacer memoria. Como

el minero que busca oro cribando el

río con un cedazo, tenía que

escudriñar mi cabeza en busca de un

detalle perdido. Lo hacía respirando

lento y hondo, despacio, sin

apurarme; no tenía prisa, sólo un

vago deseo de obedecer, de

satisfacer a médicos y familia, de

alcanzar la complacencia del deber

cumplido, del trabajo bien hecho.

Porque, en definitiva, escrutar los

oscuros recovecos de mi cabeza en

busca de ese detalle escondido era

cuestión de paciencia.

A menudo, tanta introspección me

agitaba. Mi respiración se

entrecortaba y me faltaba el aire

como si boqueara bajo un inmenso

montón de trigo o encerrado en un

ataúd bajo tierra. Cuando esto

ocurría, aparecía en mi boca, un

gustillo metálico que me

desasosegaba, impidiéndome pensar,

haciéndome sentir mal y dejándome

sin aliento. Entonces, hallado o no lo

que buscaba, debía interrumpir la

sucesión de fotogramas que

vertiginosamente desfilaban por mi

cerebro.

Al cerrar los ojos y poner mi

cabeza en marcha surgían un alboroto

de fantasmas, de sueños e historias.

Pero, los fantasmas me asustaban,

soñar me parecía cosa de mujeres

románticas y nunca supe apreciar las

historias. Así que, bañado en sudor,

confundido y sabiendo que hacía mal,

intentaba cerrar mi mente a la

búsqueda. Pero tampoco era la

solución. Al final, lo sabía por

experiencia, si conseguía perseverar

y encontraba lo perdido, me producía

tanta alegría como recuperar las

gafas o las llaves siempre

extraviadas cuando las necesitaba. Y,

hoy era uno de esos días. Conseguí

superar el susto y lo encontré. Aquel

cajón de la memoria aún no se había

cerrado.

—¡Sí, coño! Tano.

El cabrón del gitano me había

llamado durante el combate y tenía

que devolverle la llamada. ¡Eso era!,

recordé satisfecho por haber resuelto

el problema. Inspiré a fondo,

desapareció el mal sabor de boca y

regresó la calma. Ahora sabía qué se

me había escapado durante este rato,

qué tenía que hacer. Lo difícil estaba

solucionado. Llamar era fácil.

Mi amigo se llamaba Cayetano,

Tano y era un hijo de siete frailes

hermafroditas y de una monja

menopáusica; un jodioporculo al que

había que encerrar dos veces al año

para calmarle el delirium tremens, el

ataque de paranoia o las ganas de

matar a alguien.

Ahora se había aplacado algo

gracias a la edad y a su novia

porque, no en balde, tenía casi 64

tacos muy trabajados y una rara

relación, o lo que cojones fuera

aquello, con una militar llamada

África.

Lo conocí en 1964, cuando yo

estaba muy arriba en España. Él era

uno de esos admiradores que

aparecían alrededor de todo

boxeador, torero o flamenco de éxito.

No sé cómo, se coló varias veces en

los vestuarios para saludarme, con

respeto, entre cuidadores, managers y

otros seguidores, amigos del olor a

sudor y linimento.

Después vino a buscarme al

gimnasio y hablamos; el hijoputa me

emocionó con su historia y me pidió

que le enseñara a pelear. Tomamos

unas cervezas, luego unos bocadillos

y, cuando acabamos con unas copas,

supe que aquel tipo siempre sería mi

amigo. A pesar de todo. Pese a ser el

mejor y el peor hombre del mundo, el

más valiente y el mayor cobarde,

sincero y mentiroso, traidor y leal.

Aún así, o quizá por eso, fuimos

amigos.

Conmigo fue buen amigo, muy

bueno. Solidario y generoso.

Protector de su gente aunque ésta se

contase con los dedos de la mano de

un manco. Y era valiente, más que

valiente; era un hombre con dos

cojones, cabal, de los que se visten

por los pies.

También fue mezquino, egoísta,

racista, déspota y cobarde. Nada

importó. Siempre le perdoné cuando

vino a mí, arrepentido, humilde.

Cuando necesitaba ayuda la pedía sin

hablar, en silencio, mirándote a los

ojos; o peor, a grito limpio y dándote

de hostias si no le entendías. Con él

había que intuir rápido porque si no

te daba la espalda y te mandaba a

tomar por culo. Tanto si venía a

pedir como a dar. Daba lo mismo. O

adivinabas o desaparecía cagándose

en tus muertos.

Tano era una fiera, un animal de

ojos como ascuas con las costillas

marcadas por un hambre eterna de

superviviente; era un puto lobo, y a

esos no se les amaestra para que te

traigan las zapatillas.

Un sesentón muy bien construido,

con una excelente genética heredada

de sus ancestros gitanos. Desde

luego, hubiera sido una pena que los

nazis incineraran en Auschwitz esos

cojonudos cromosomas suyos.

Aunque luego, él, no fuera capaz de

engendrar un hijoputa a quien

legárselos.

No demasiado alto, tenía un

cuerpo delgado y fibroso por

naturaleza; nada de gimnasios y

dietas hiperprotéicas, incluso

comiendo mierda, bebiendo

matarratas y sin levantar el culo del

sofá, el cuerpo de Tano pareció

siempre el de un gladiador. Mi amigo

tenía el cabello corto y canoso, barba

rapada y tan blanca como el pelo y,

como resultado de mil cruces

centroeuropeos, una nariz grande y

rota por la práctica del boxeo. Ojos

inquietos, en constante movimiento,

del que ya lo ha visto todo. Y,

firmando su cara, una sonrisa

indefinida, mitad mueca, mitad

descarado alarde de cinismo.

En las duchas-cueva del gimnasio

atraía a los chasers (5) en busca de

osos y lobos (6) violentos y duros.

También a las musculocas (7)

pichadulces que pasaban el rato

dejando caer el jabón y agachándose

a recogerlo por si alguien, al ver sus

nalgas depiladas, desea abrirles el

maletero. Manos y pies pequeños,

perfectos. Desnudo bajo el agua lucía

una cintura estrecha, vientre

musculado y muslos poderosos, más

propios de un treintañero atlético que

de un tipo deslizándose a toda hostia

por la pendiente de la tercera edad.

Siempre vestido con ropa cómoda

y barata de grandes almacenes o

mercadillos pero que en él, colgada

de sus anchas espaldas, adquiría, no

elegancia, que sería mucho decir,

sino algo parecido a la dignidad.

Poco sensible al frío y al calor,

nunca había gran diferencia en su

vestuario, fuera verano o invierno.

Un hombre. Uno auténtico. Bueno

y malo. Capaz de ser un santo y un

cabrón. Con un cuerpo de modelo de

anuncio de colonia, como el de esos

tipos que corretean por las playas

con el torso desnudo. Un hombre con

mirada de animal y que, a veces,

cuando no se lleva bien con el

mundo, rehúsa avanzar y se clavaba

de manos como hacen los caballos

para no saltar un obstáculo que les

desagrada. Ese era Cayetano, Tano,

mi amigo gitano, salvado por un

milagro de las cámaras de gas y los

hornos crematorios de Auschwitz.

Uno de esos hombres que si tiene que

escoger prefiere hacerse enemigos y

que por eso no goza de demasiadas

simpatías.

No respondía nadie en casa de

África. Hoy no estuve ágil y ya había

desaparecido.

(1). Aturdido, mareado, sin aire,

lento de reflejos, al borde de perder

la pelea.

(2). Categoría por peso en el boxeo,

wélter desde 63 hasta 66 Kilos.

(3). Abrazarse o cogerse los

boxeadores entre sí para evitar

golpes o descansar.

(4). No me excitaba sexualmente.

(5). Cazadores, ligones gays.

(6). Hosexuales viriles.

(7). Mariquitas de gimnasio

Capítulo 3

Llamé una y otra vez y, mientras

esperaba respuesta, continué

recordando. Mi nombre es Paco

Escorpión Dávila. Fui campeón

Panamericano de pesos wélter y, más

tarde, me robaron el campeonato de

Europa. Después, trabajé en los

talleres de una multinacional de la

comunicación. Allí vi cómo

asesinaban el boxeo periodistas

cobardes que nunca se hubieran

enfrentado en un ring con otro

hombre igual a ellos. Años después

me jubilé y me dedico al dominó,

ayudo en una ONG y paseo con mi

mujer quien es, por cierto, una

negrita que cocina como en

Cartagena de Indias. Hoy vivo feliz.

Sereno. Sufro principio de

Alzheimer.

Guardé buenos amigos de mi

época de boxeador aunque, incluso

entre aquellos a quienes me enfrenté

al llegar a España. Siempre tuve que

aguantar bromas sobre uno de los

mejores, un campeón ecuatoriano del

que decían que era mi amigo porque,

al ser sordomudo, ni me escuchaba ni

podía hablarme. Bobadas. Durante

aquellos duros años de la

emigración, los sesenta y setenta,

España produjo gran cantidad de

boxeadores, algunos de ellos,

excelentes. Sombrita, Fred Galiana,

Miguel Velázquez, José Legrá, Kid

T… Todos amigos, todos valientes y

buena gente. Grandes compañeros.

Yo, mulato colombiano, orgullo de

Cartagena de Indias, estuve entre

ellos. Con los mejores.

Se hicieron algunas películas de

boxeo como Cuadrilátero, con José

Legrá, Urtain, El rey de la selva… o

así, El marino de los puños de oro,

protagonizada por Pedro Carrasco y

otra, cuyo título no recuerdo, en la

que se narraban historias de

boxeadores españoles, sobre todo la

del campeón europeo Fred Galiana.

También viví aquello.

Pero la que a mí más me gustaba

era Epílogo, una película de Gonzalo

Suárez protagonizada por Charo

López, Paco Rabal y José Sacristán.

Ellos, los actores, por muy buenos

que fueran, me importaban un carajo.

Yo sólo tenía ojos para Charo. Era

bellísima y no podía evitar volver a

ver la peli una y otra vez. Imaginaba

que a ella le encantaría ser adorada

aunque fuera por alguien tan vulgar

como un boxeador colombiano bajito

y en mi ilusión sufría si ante mis

piropos, se reía sarcástica, con

brevedad, con aquel sonido gutural,

tan hondo y sensual, que brotaba

dulce y seco de sus adentros;

después, me imaginaba en el lugar de

uno de los actores, y ella detenía en

mí sus ojos deslumbrantes y me

rozaba la cara con las yemas de los

dedos.

—Estás gracioso con ese buzo de

tirantes. Tienes pinta de travieso.

Adiós, Escorpión, cuídate —

decía, con un mohín voluptuoso.

Lo mismo me decía en mis

fantasías la dueña de la tienda de

chucherías, Flo-Flo, la puta a la que

un boxeador español chuleaba en la

película y que se reía tanto conmigo

que un día tuvo que escurrir las

bragas. Pero sonaba mejor cuando

me lo decía Charo.

Nunca hice películas. Sólo boxeo.

¡Qué más hubiera querido yo que

abrazar a aquella hembra! Recuerdo

la escena en que el boxeador que

rondaba a Charo en la peli se plantó

ante Martillo, el otro púgil que, en la

ficción, le despojaba injustamente el

título.

—Deseo boxear contigo, Martillo,

hasta que uno caiga y no pueda

levantarse –le retaba.

Esta frase me encantaba y yo la

imitaba todos los días ante el espejo.

El rodaje tuvo que ser divertido

porque el director les hacía saltar

tapias y tirarse de trenes en marcha.

Lo que más me gustaba ver era la

pelea final en la playa.

Intercambiaban golpes con el agua

por la cintura, y, al final, se veía que

los guantes y el calzón les pesaban

como el plomo. Pero, por fin, ¡Dios

es justo!, el boxeador enamorado de

Charo le metía tres manos perfectas:

un directo de izquierda (1) a la boca

con todo el impulso de la cadera, del

hombro y del giro del cuerpo; un

crochet (2) paralelo al suelo que

explotó en la nariz y un gancho de

derecha (3) que levantó un palmo su

mandíbula. Y dejándolo tirado en la

arena, se alejaba victorioso a

contraluz, caminando por la playa al

atardecer. Rodar tiene que ser como

sentir de nuevo los aplausos del

público, como cuando ganaba una

pelea allá en mi tierra natal.

Esta película se la hice ver a Tano

más de cinco veces. Comentábamos

el papel del boxeador que hacía de

chulo porque algunos preparadores

recomendaban a sus pupilos que se

dedicaran al macarreo para

redondear sus ingresos; él ponía cara

de asco y yo también. Nunca viví de

las mujeres. Sin embargo, Tano me

advertía que, cuando me acostara con

una mujer, llevase limpia la muda y

fuera recién duchado, con calcetines

nuevos. Debía verme algo guarrillo,

no sé por qué. Quizás darme

consejos era su forma de pagar mis

enseñanzas de boxeo. O simplemente

era un canalla respetuoso con las

mujeres, lo que no le impedía vivir a

costa de sus novias.

Nunca chuleé a ninguna aunque

tuve ocasiones, aquí y también en

Cartagena de Indias, hasta que me

casé con mi negra. El sudor y los

golpes siempre han calentado a las

mujeres y supongo que seguirán

haciéndolo. No fui un santo, pero,

nunca me gustó sacarles la pasta.

Tampoco pagar. Entonces ganaba

mucho dinero pero vivía con

sencillez. Compré una casa para mi

mamá y el resto lo administró la

negra palenquera que ahora es mi

mujer. Otros boxeadores

despilfarraban en una noche lo que

ganaban en meses de sudar sangre en

doce asaltos a cara de perro.

Marqué de nuevo. Nada. ¡Jodido,

Tano! Estaba preocupado, aunque no

había por qué. Después de todo,

aquel hombre podía sobrevivir al

ataque de cien terroristas locos

cargados de explosivos hasta los

huevos. En realidad, Tano no era un

enfermo, ni un drogadicto, ni un

borracho, ni un malvado. O sí, era

todo eso pero, al mismo tiempo,

también alguien que nunca se sintió

sano y que, inconscientemente,

deseaba enfermar o morir para huir

del horror del que vino y del infierno

que fue su vida.

Porque los hombres sólo logran

ser buenos cuando los ha triturado la

vida; cuando los años han mordido a

dentelladas sus sueños, sus ilusiones,

sus deseos y su salud; entonces sí.

Antes no, porque la vida es un

proceso curativo que sólo te mejora

si no te ha matado antes. De ese

crisol de sufrimiento es de donde, no

siempre y generalmente en la

madurez, surge la bondad. Pero, es

difícil ser bueno, ser humano. Lo

habitual es ser un auténtico cabrón

aunque, incluso para eso, se necesita

un duro aprendizaje. Él había

logrado algo que no está al alcance

de todos. Ser bueno y, al mismo

tiempo, un cabronazo tan grande que,

de apuntarse a la Legión, los novios

de la muerte habrían desertado

espantados.

Tuvo buena escuela en Auschwitz-

Birkenau. Según la doctrina nazi, los

gitanos también eran genéticamente

inferiores y estaban destinados a

seguir el mismo camino que la

infrahumana y fétida raza judía.

Llegó al lager (4) siendo un bebé

de meses, acompañado de su familia.

Su madre y su hermano murieron

pocas horas después de llegar. Su

padre nunca supo que el pequeño

sobrevivió. Él también murió en el

campo, según consta en los perfectos

archivos nazis. A cambio de cuatro

diamantes que su madre ocultaba en

la boca, un preso español, kapo de

los sonderkomandos (5), salvó a

Tano de la cámara de gas. Curtido

por la supervivencia del campo, fue

su salvador entonces y su padre

adoptivo después. Su ángel y su

demonio.

Por fin, descolgaron el teléfono.

Era África, la extraña novia de Tano.

Estaba nerviosa, alterada. Dijo no

saber nada de él, y que le dejaría una

nota para que me llamase. Colgó.

Ella era superuniversitaria y militar

de la Guardia Real. Tano me confesó

una noche, borracho y con mucho

secreto, que ella trabajaba como

técnico operativo y de inteligencia (6)

en los servicios contraterroristas. En

el CNI (7), o algo así. Según mi

amigo el gitano, había seguido cursos

en Langley (8) y hablaba árabe y

bereber. Viajaba a menudo a los

países del Magreb (9) y Tano

afirmaba que su trabajo consistía en

organizar los Campeonatos

Deportivos Militares de España y las

Competiciones Internacionales de los

Ejércitos Mediterráneos. Desde

luego, si era militar, pisaba los

cuarteles menos que un mujahidin

(10) las charcuterías. Evidentemente,

era una espía o agente o como coño

se llamen. Así era Tano, capaz de

delatar estúpidamente a su novia con

tal de prolongar una cena y retrasar

el hecho de enfrentarse solo al

pánico de sus noches de insomnio. Y

si me lo decía a mí, también podía

contárselo a cualquier cabrón al que

esa información le sirviera para algo

malo.

África tenía el pelo color caoba,

con un reflejo natural, no ese rojo

papagayo de las progres de ahora;

ojos verdes, nariz recta y respingona

en la punta, boca ancha de labios

bien dibujados, siempre pintados de

rojo intenso y piel muy blanca y

traslúcida como la porcelana china.

Era una falsa flaca, alta, con manos

de dedos fuertes y venas marcadas y

piernas interminables con músculos

definidos perfectas para medias y

tacones; sus tobillos, finos y frágiles,

parecían quebrarse a cada paso,

incapaces de soportar el peso de su

cuerpo. Caminaba con la misma

ligereza de algunos boxeadores que

se deslizan sobre el ring como si

temieran que al pisotear la lona se

fuesen a romper sus piernas.

La conocí poco y, la verdad, nunca

comprendí por qué aquella hembra

perfecta soportaba a un piojoso

medio trastornado como Tano. Nunca

supe si alguna vez se habían

planteado abiertamente que vivían en

dos planetas diferentes y que les era

imposible alcanzarse. El gitano me

dijo que amarla era como tirarse a un

río de lava y encontrar debajo una

profunda corriente de agua helada,

como hundirse en hierro fundido

para, finalmente, sentirse aterido.

Vamos, que era más fría por dentro

que caliente por fuera.

Un día Tano llegó a mi casa

sobreexcitado. Intenté calmarle y,

ante un ron, me contó, remontándose

en el tiempo, que cuando vivían

juntos ella quedó embarazada y

abortó. Perturbada, se empeñó en

creer que Tano, mosqueado, le había

administrado hierbas abortivas en las

infusiones como una especie de

maléfico curanderismo gitano.

Aunque era una mujer del siglo XXI,

nadie pudo convencerla de lo

contrario. Cuando superó la

depresión, se arrepintió de haber

dudado. Se llamó racista e hijaputa,

le pidió perdón humildemente y

siguieron viviendo juntos en su piso

de Lavapiés. Entre ellos ya no

quedaba nada de la antigua pasión,

que sustituyeron por complicidad,

amistad y ternura; ella le tenía

comechado (11), le cuidaba para que

no se convirtiera en un sin techo.

Yo no salía de mi asombro

pensando cómo una mujer joven y

audaz, tan jodidamente intelectual

que no tenía ni un solo libro de

adorno en su biblioteca, pudo caer en

esos prejuicios paranoicos. Tano

decía que era cosa de las hormonas,

que las de ellas son diferentes.

Quizás mi amigo tuviera razón y se

tratara de eso, pero yo pienso que los

dos estaban algo perturbados, cada

uno por un motivo diferente: ella por

su doble vida y él por recordar el

infierno del que venía. Nunca más

durmieron juntos. Yo ni se lo

mencionaba porque mi amigo se

cagaba en todo si se tocaba el tema.

África, tras una etapa de confuso

folleteo indiscriminado, trasladó su

afecto platónico a una preciosa

morita de la que no se separaba.

Asmah, una rifeña orgullosa de sus

antepasados bereberes, pero triste

por pertenecer a un país sojuzgado

por Marruecos.

—En mi tierra los hombres son

hombres y las mujeres, mujeres,

decía.

Durante un desayuno, Tano,

furioso porque África hizo más caso

a su nueva amiga que a él, montó el

número. Quizá tenía una resaca

atómica de garrafón, o las

alucinaciones desatadas y no había

tomado la medicación, y la lió.

La vecina de abajo amaba a un

gato siamés bastante cabrón. El bicho

se escondía en el rellano de la

escalera y cuando el gitano bajaba, la

jodida bestia saltaba a morderle los

tobillos y arañarle con el lomo

arqueado y ojos de odio. Mi amigo

estaba hasta los cojones, y un tipo tan

malo como él, cabreado, es

peligroso. Así que ese día bajó

preparado y cuando el animal saltó,

él se giró y, en el aire, le dio una

patada y lo estampó contra la pared.

La bestia cayó atontada al suelo.

Entonces, él se acercó y le aplastó la

cabeza con el tacón. Maulló el

animal mientras crujían sus huesos.

Tano se restregó el zapato en el

felpudo.

Asmah fue la siguiente en bajar.

Iba con los periódicos viejos y, al

ver el cuadro y sabiendo lo que la

vieja quería al animal y que además

era una tocahuevos, ocultó el cuerpo

del delito que acabó en el contenedor

de reciclaje de papel. Así, según le

contó a África, se convertía en

cómplice pero evitaba las incómodas

acusaciones. No había cuerpo, así

que no había delito. Cuando la vieja

echó en falta al minino y lo buscaba

llorando por las escaleras, Tano,

fingiendo asombro por la

desaparición, dio otra vuelta de

tuerca a su venganza.

—No lo busque más, señora, a ese

pobre animal se lo ha comido alguno

de los chinos del barrio —dijo

pensando que los animales le

atacaban porque intuían que era

peligroso.

Su novia estuvo a punto de ponerlo

de patitas en la calle pero,

finalmente, se apiadó de él una vez

más. África, ocultándose tras una

sonrisa fría, calló, quizás porque a

ella tampoco le caía bien ni la vecina

ni su asqueroso gato. Desde aquel

día Asmah dejó de hablarle. Mi

amigo me decía que era porque

desconfiaba de él, y yo pensaba que

la morita rumiaba si no sería ella la

próxima.

Mientras tanto, el tiempo pasaba.

Llegaron a casa mi mujer y mis hijos,

cenamos, vimos una peli y todos se

fueron a la cama excepto yo, que

seguía intentando ponerme en

contacto con mi amigo; pero ni el fijo

ni el móvil respondían.

(1). Golpe recto y potente,

generalñmente de izquierda y más

fuerte que el jab que sólo trata de

contener al adversario.

(2). Es un golpe lateral dirigido al

rostro del rival.

(3). Golpe de abajo arriba buscando

el mentón del adversario.

(4). Campo de concentración y

exterminio.

(5). Grupos de trabajo escogidos

por los SS y formados por

deportados iguales a quienes

ayudaban a gasear e incinerar.

Cuando se extenuaban o se volvían

locos a su vez eran exterminados.

(6). Los técnicos operativos

consiguen la información y los

técnicos de inteligencia la analizan.

(7). Centro Nacional de Inteligencia

de España.

(8). Sede de la CIA, Agencia Central

de Inteligencia, en Virginia (USA).

(9). Marruecos, Argelia, Túnez y

Libia.

(10). El que se esfuerza, el guerrero

musulmán. El terrorista.

(11). Término usado por Alfredo

Bryce Echenique que significa

mantener a alguien a sábanas y

manteles.

Capítulo 4

Aquella noche, cada vez que

llamaba, el jodido Escorpión

comunicaba. El fijo siempre

comunicando y en el móvil saltaba el

buzón de voz. Sabía por experiencia

que el boxeador nunca escuchaba los

mensajes. Se hacía la picha un lío

con la tecnología celular, con los

mensajes y los buzones y, cuando oía

sonar su móvil pensaba que era el

teléfono del vecino.

Mientras insistía recordé que, a

menudo, había seguido a Asmah para

ver si se la pegaba a mi África con

los moros y así poder malmeter

contra ella, delatarla. Además,

quería saber si estaban liadas y

guardar una baza, porque un poco de

egoísta mezquindad, de bajeza

machista, nunca ha matado a nadie. Y

menos, a alguien como yo. A Tano, el

gitano. En cualquier caso, los

sentimientos, creencias y códigos, la

bondad y el honor, no son dogmas

universales. Cada uno sobrevive con

los suyos como puede. Y mi forma de

vivir era una jodida vorágine de

autodestrucción, un vertiginoso viaje

de ida y vuelta, en caída libre, desde

el abismo hasta el infierno. En este

punto para qué hablar de lealtad.

Cuando mi novia decidió que ya

no podía volver a meter mi culo en

su cama, lo entendí. Me gustaba, y si

pudiera querer a alguien, sería a ella,

pero desde que dejamos de hacer el

amor me sentí liberado, y creo que

África también. Tampoco me importó

demasiado. El caso era que me

permitiese seguir junto a ella, a la

vera de su calor de hembra. Después

del aborto, el folleteo ya no

funcionaba. Sólo nos teníamos un

inmenso cariño salpicado por

colosales peleas. Al final, los

insultos nos agotaron y paramos.

Endlösung (1). La solución final.

Esta palabra cambió mi vida y la de

millones de judíos, gitanos,

homosexuales, discapacitados y

deportados de diversos pelajes. Lo

referente a todos ellos, su esclavitud

infrahumana y sus atroces muertes,

me importó siempre un carajo. Pero,

a mí, porque sobreviví, los nazis me

jodieron la vida. No es

autocompasión. Mi familia murió,

junto a miles de gitanos, nada más

llegar al campo de exterminio de

Auschwitz, en Polonia. Mi padre

adoptivo me contó que fue en agosto

de 1944 y que llegamos al campo en

un tren procedente de algún lugar de

Centroeuropa. Yo era un bebé de

apenas un año y si hubiera muerto

allí con ellos ni siquiera habría

tenido miedo.

Mi adoptador era el único español

de Auschwitz. Nunca supe porqué

llegó del campo de Mauthaussen y lo

nombraron responsable del barracón.

Se hizo cargo de mí a cambio de

cuatro diamantes que le dio mi

madre. Juró salvarme. Mi hermano

era demasiado grande para

esconderlo y mi madre sólo pudo

comprar mi vida a las puertas de la

cámara de gas. Ella murió aquella

noche, y mi hermano también. Mi

padre tardó algo más en morir.

Ignoro gracias a qué villanías los

nazis hicieron kapo a mi padrastro,

lo que, desde luego, decía bien poco

en su favor. Se arriesgaba a ser

incinerado vivo por los SS si le

descubrían ocultándome, pero en el

campo se moría todos los días y

cuatro diamantes compraban mucha

vida. En el lager, la única razón de la

existencia era sobrevivir mientras la

gente moría a miles a tu alrededor.

Vivir un día más, y otro y, si era

posible, aún otro más a cambio de lo

que fuera, porque no se sobrevive sin

pagar un precio, cualquier precio.

Esto lo saben bien los que escaparon

con vida. Por eso callan.

La muerte era lo habitual en

Auschwitz, lo insólito era la noche

en que nadie fallecía en el barracón.

Según mi padrastro, muchos la

enfrentaban con alivio porque morir

era mejor que continuar viviendo

aquella existencia espeluznante.

Palmar, era tan normal, como

respirar o mear. A nadie extrañaba.

En mi caso, cuando ya me

zarandeaba con los colmillos

clavados en mi cuerpo, la muerte

aflojó sus quijadas y me dejó vivir.

Pero, en otros, cuando un alemán

descubría un bebé escondido entre

montones de ropa, la muerte, en

forma de bayoneta nazi, le hincaba

los dientes atravesando su cuerpecito

berreante. Quizá el alma de mi

madre, volando en cenizas sobre

Auschwitz, vigilaba para que yo

viviera, pese a ser sólo un trozo de

carne indefensa. Mi padrastro,

aunque no era un caballero, cumplió

con su promesa de cuidarme.

Hoy comprendo que era un hombre

voluntarioso pero con un cerebro de

tan pequeña cilindrada que siempre

lo mantuvo fuera del podium de los

Grandes Premios. Quiero decir del

Nobel y todo eso. Tal vez por no ser

Einstein pudo ser kapo y vivir

cebando los hornos crematorios con

carne humana. Quizá eligió salvarme

para redimirse. Otro más inteligente

se habría guardado las piedras y me

habría arrojado a las llamas sin

tentar la suerte.

¿Cómo me mantuvo con vida hasta

la liberación? Organizando (2). Una

vez pasada la selección (3), compró

la voluntad de una familia gitana (4)

para que me ocultaran entre ellos.

Eso costaba dos raciones de pan

diarias, una para el kapo del block (5)

y otra para los gitanos. En la

Alemania nazi sólo había una cosa

peor que ser judío, homosexual o

comunista: ser las tres cosas a la vez.

Pero todavía era peor ser gitano, así

que una ración diaria de pan por

cuidar otro niño pareció a la familia

una bendición del cielo. Sin saber

dónde iba a conseguirla, compró las

primeras veinticuatro horas de mi

nueva vida entregando su ración y la

de un penado al que quitó a golpes la

que llevaba en la mano. Ese día

estaba pagado.

Más tranquilo, se dirigió al Este

del campo, al Ka-Be (6), ocho

barracones enfermería de donde se

salía curado o hacia la cámara de

gas. Mi padrastro dominaba el arte

del regateo y la corruptela y era un

maestro suplicando y esquivando

peligros. Allí, en el block 23, tenía

un buen amigo, uno de los médicos.

Un judío polaco, con una impecable

bata blanca sobre un traje rayado

también nuevo. Cosidos en la bata, su

número y la estrella de David. Mi

padrastro me contó que el médico,

orondo y mofletudo, sin el traje de

preso hubiera pasado por alemán.

Trabajar bajo techo (7) y organizar le

permitían una dieta de las que

distinguían a los famélicos de los

satisfechos y, cubiertas sus

necesidades, se dedicaba a

especular. El polaco fiaba la

mercancía a mi padre y luego

repartían beneficios.

De la enfermería salían cosas que

eran tesoros en el lager: vendas,

alcohol, yodo, jeringuillas,

pastillas… incluso leche en polvo y

drogas. Todo tenía un precio y, los

que tenían con qué, lo pagaban

gustosos. Especialmente, los

prisioneros ingleses, que no dudaban

en cambiar relojes, gruesos

calcetines de lana, botas o las

magníficas pellizas de los pilotos

fallecidos, por medicinas y artículos

sanitarios. Un inglés cambiaba su

reloj de oro por dos vendas. Un

cocinero del campo recompraba el

reloj pagando por él una marmita de

cuatro raciones de potaje del fondo

de la olla (8) y un litro de leche

durante tres días. Mi padrastro

entregaba al médico dos raciones de

potaje y medio litro de leche. Él se

comía una ración y cambiaba la otra

entre los prominenten (9). La leche

era para mí y mientras me la daban

estaba presente para que los gitanos

no robaran ni una sola gota.

Por la ración de potaje extra, un

camarero alemán de los SS le pagaba

con una botella de vino húngaro; el

camarero, comunista, era el chulo de

una de las muchachas polacas del

Frauenblock (10) y le cedía a ella el

potaje. La muchacha, tan bien