Infiernos por Joachim Schwabing - muestra HTML

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i

Infiernos

Joachim Schwabing

ii

iii

Plural porque arquetipo, porque la palabra no lo refiere.

iv

Gen contraído

v

Infierno.

Hombre o mujer. En pie, la espalda contra un poste sobre el suelo

clavado. Las manos y los brazos enlazados tras la madera.

Hombre o mujer y poste en un extremo visible de una plaza, de un

patio, de una calle. Quien está sujeto carece de abertura en las

facciones de la cabeza que poder llamar boca en una continuidad

de piel y carne; en un afán, intenta comunicarse con otros

hombres y mujeres que ante sí observa evolucionar, cerca y lejos.

Diferidos en sus quehaceres, el hombre o la mujer contra el poste

no es vez alguna atendida.

vi

Infierno.

Interior de un habitáculo de frío. Mesas de metal, elevadas.

Cuerpo de mujer, tendida, muerto, en una de ellas. Consciente, no

desconoce aquel espacio iluminado en azul. Sabe que cerca del

lugar donde yace hay una puerta que no recuerda haber cruzado.

Reconoce el zumbido eléctrico sobre su cabeza. O tras ella.

De súbito se han erguido junto a la mesa varias figuras. Entonces,

luego, dolor desde el cuerpo insensible, insentido.

vii

Infierno.

Umbral. Cada vez el umbral. La escalera antes. Cada vez la

escalera antes. Palabra, voz que miente plural. Palabra. Saludo o

bienvenida. Cada vez. En un anterior presente aspiró a dejar la

puerta tras de sí cerrada. A no recordar el gesto. En aquel

posterior presente cada repetición sostenía el recuerdo del gesto y

en ella se conmovió no desear ya tal aspiración; mas un

mecanismo es ajeno a las emociones. Mecanismo que le justificó,

que le legitimó. La cobardía que a él le ajustó entonces conforme.

De sí traidor a sí impelido. Coherencia del mecanismo en el

definitivo presente; el desapego, indicador de presente

disconformidad … No prevista. No previsto que pudiera preverse.

Que debiera. Que debiera de. Ya inevitable el desapego … nuevo

recuerdo. Cada vez.

A todos los creadores de todos los ( in ) Corpore Sano.

viii

Infierno.

Enfermedad.

Desconocer el olvido.

ix

Infierno.

Ebrio.

No querer cerrar los párpados. Deleite en su deseo, orgullo por

una posibilidad que no se cede y se realiza.

Sobrio.

No querer cerrar los párpados. Esfuerzo porque una resistencia.

Orgullo. Sería ceder. Perder, negar aquel deleite. Señalarse en

error, tribunal de sí en la imagen de sí.

x

Infierno.

La imagen que en el espejo observaba era, cada vez, uno tras

otro, el rostro diferente que en ella percibieron y hubieran llegado

a percibir quienes la encontraran de no haber ya dejado de hollar

arenas. Obviado aquél en una decisión resaltado o inclinado.

Recordado, presente.

Desconcierto.

La familiaridad de una constante denunciando vínculos sin

correspondencias. Filo de la incertidumbre y de su duración.

Se resaltó, se inclinó un rostro. Voluntad, persuadida de sí en la

decisión que se manifiesta. Daño de la individuación que se

asume. Estricta medida de la desesperación, fe de fuerza que hace

destino del azar de un rostro. Del azar de la elección y lo elegido.

De la determinación que se ignora del azar. Individuo que así se

promueve independiente para sentirse artesano de un plan, de un

control. Afán de inevitabilidad por afán de sentido por afán de

salvación. Azar, también de los afanes.

Ante ella, sobre un cristal, la expresión continuada de un azar de

rostros que la vinculaban a un azar íntimo desconocido en el cual

halló la determinación pasajera o inestable de una personalidad.

Es desconcierto el término que nombra el error.

xi

Infierno.

De nuevo asido a las rejas. Desconocedor de si jaula. Si jaula,

desconocedor de si dentro de ella, de si fuera.

Agente de dolor. Espera o anhela compañía. Aquella. Pero

cualquiera. Por ello presentida inminente. Amistosos enemigos a

las puertas. Caballo de madera cuyo vientre contenedor se sabe no

hueco. Bienvenido. Bienvenidos.

Agente de dolor habitante de la imagen de la llegada posible.

Como aquella. Como aquellas.

Suspenso en la inclinación, en la no resolución. Ahora preñado.

Parto imposible.

Infierno del sólo demorado.

xii

Infierno.

Ante él. Cuando la respiración no consistía en esa rutina de un

pecho vaciando nada. Llenando de nada. Ante él, cuando la

respiración era una rutina validada, quienes prefirió nombrar en

vínculo. Sólo. Porque impronta de un indudado estado. Estado en

rechazo cuya imagen ante él nombra en vínculo, y diferenciada.

Sabedor de imagen, pues.

Ante él, cuando la respiración consiste en rutina de pecho

vaciando nada, llenando de nada, la inminencia de la revelación

para quien es sabedor de imagen y teme revelarse que es sabedor

de imagen.

Revelarse. Indudado estado.

Infierno del objeto llamado sí. Infierno de la mentida ingenuidad

sabida de los objetos sí apartados.

xiii

Infierno.

El Creador se promovió en cristal. Aunque ya actualizada la

rotura o quiebra.

Hijo de sí, hombre de sí,

Ninguna precisión. Inmortalidad o miedo.

Y partió, aún aborreciendo el cristal. O sí.

Sufrimiento sabido perpetrado.

Creador, infierno de sí.

xiv

Infierno.

El cuervo.

Caminaba en las calles del agua. Evitaba otras. En ellas, en el

agua, solo su reflejo perseguía hallar. Aguardaba la lluvia. Apatía

de los días en sol trazados. Desconfianza de los vidrios. Debían

mentir. Debían de mentir. La ciudad había dejado de serlo. Fue

curiosidad para ser después melancolía para dejar de ser

melancolía. Despavorido, luego, acaso. Ya solo suspenso. Alarma

de la posibilidad desvanecida. Textura del arrepentimiento.

Agitación y esperanza.

Alcanzó una esquina y olvidó que no podía frotarse los ojos.

Gesto que, también, olvidaría. Fue entonces que apareció el

cuervo que cerca de él se detuvo. El animal sostenía una rama en

el pico. Girando la cabeza en dirección a la esquina, fijó la mirada

en un punto junto a ella y dejó caer la rama sobre la acera. Aquel

que su reflejo perseguía asistía a una atención. El cuervo miraba

hacia arriba. Poco después, a pequeños saltos, fue golpeando la

rama, acercándola al punto mirado junto a la esquina.

La melancolía reverberó como un recuerdo imposible: ser

reconocido. Sólo hallado, … Calidez porque destacado. O

agradecimiento.

El cuervo sacudió las plumas y giró el cuello inclinando la

cabeza. No sabía que esperaba. Aquel a quien se había dirigido se

condensó en movimiento o deferencia; se inclinó hacia la rama.

Se aprestó a un gesto sólo ademán que fue observado. Un

graznido precedió la partida. Súbito solo. Ya erguido, siguió el

alejamiento del animal. Sonreía y ningún reflejo podía

enunciárselo. Creyó que acudieron lágrimas y su arquetipo

condujo un orgullo. También la inarticulada convicción en el

reflejo en el agua. Ignorado que tampoco en los ojos del cuervo.

xv

Atraído por la lejana vecindad de unas luces sentidas nuevas,

quien las viera se dirigió a ellas, avivándose en una significación.

No se concernía alterno, ni la prioridad era consentida. Sólo una

corriente erizada de nuevo, sólo oculta u ocultada. En un presente

indefinido. No su presente indefinido. Corriente que tampoco

terminó. Constancia que pudo alguna vez ser un rubor, un

encuentro.

Aquel que su reflejo perseguía lastimó inercia en el

descubrimiento de la ausencia de agua. Mecanismo de luces

acusado en patología. Destino ocioso inaprehensible, desprecio de

motivo pues motivo.

Un aleteo regresó al cuervo. De nuevo una rama. De nuevo la

rama, aquella que fuera dejada atrás por quien en un resentimiento

se acuciaba. Ante él la empujó otra vez y otra vez no sería

recogida, mas sin dimanar ejercicio alguno hacia el animal.

Extraviadas la sonrisa, las lágrimas, el orgullo tras la convicción.

Tras el cuidado. Quien no había hallado su reflejo, quien no hacía

fe del aún, no desviaba causa pero la imaginaba. Veto del

consuelo, íntima función de la espera. Victoria de la pérdida

indefinida, de la mano a sí sólo asida.

El animal tomó en el pico la rama, detenido en una vibración de

plumas. Desconocida. Le seguiría para dejar de seguirle en una

disposición que lo aislaba del ofrecimiento. Quien su reflejo no

hallaría presenciaría otro sol que no le descubrió la ausencia de

una sombra que no había encontrado. El anhelo mantenido,

despreció su objeto a resguardo de la tarea. Veto adecentado.

Desplazado.

Plan. Razón de espectro si posible. Rechazo de la pérdida

indefinida porque ninguna victoria.

xvi

Infierno.

Rogar a la conmiseración.

Una incerteza.

Quien la ha creado sabe de su cualidad. También quien la ha

escuchado o leído. Aquél que la creara tampoco esto desconoce.

Ruego a quien ha escuchado o leído: muestra que no lo

descubriste; aparenta que no conoces que sé que lo hiciste. Sólo tú

conoces la tristeza en esta sonrisa. No las digas. Avala mi

incerteza en la por mí requerida deferencia que yo finjo no

estimar; en tu conmiseración, a la que apelo en la ficción de una

firmeza.

Es ésta mi necesidad: la caridad de tu comprensión.

xvii

Convalecencia

xviii

Ofrenda.

La rama extendida lejos del tronco. Su extremo soporta un peso.

Una soga en él permite la caída de un hombre, a su cuello

abrazada.

Abajo, sobre la tierra, niños sentados disponen un círculo.

Habían dejado de observar a quien colgaran.

Habló, hablaba.

Los niños se observan ahora. Acaso no tardarán en hablar, en

hablarse. Pero ya se sonríen. Encuentro. Llegado, decidido.

El hombre colgado fue una consecuencia porque fue cómplice.

Fruto. Pronto carroña. Ida la comunión. El pacto. Otorgar.

Permitir. Recibir.

Demostrado. Elación.

xix

xx

© Joaquín César Plana Alcaraz.

xxi

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