Historias de Vida y Muerte por Carlos Maza - muestra HTML

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         Un año después lo encontramos viviendo en Palencia, lejos de Dueñas, abandonados sus propósitos de tomar los hábitos, alcanzar algún día la titularidad musical en su localidad natal. Lo ha abandonado todo y trata de construir otro futuro lleno de incertidumbres pero junto a aquella muchacha frente a la cual su voluntad, antes que deshacerse, se volverá más fuerte que nunca.

“No se olvide de pedir también por mí, Gregoria, haga ese favor, ya sabe V. lo que me pasa y en las circunstancias en que me hallo, pero sea lo que Dios quiera, no se olvide nunca jamás de mí” dice el enamorado en una conmovedora carta de 1887. Alejado de Dueñas, tal vez con la reprobación de sus padres, que veían para él un hermoso futuro de comodidad y provecho, con el rechazo del titular musical de la iglesia de origen, que le habría enseñado todo lo que sabía. Frente a un inexorable suegro, que le exigía una posición con la que sostener a su hija pero que, mientras tanto, le acogía en su casa cuando iba a visitar a su novia, Hilario peleó por labrarse un futuro.

         Fue entonces, el 11 de marzo de 1887, vísperas del cumpleaños de ella, cuando le escribe una carta cuyo texto ha llegado hace tiempo a mis manos:

“El fin de ésta creo no le extrañará puesto que ayer se lo indiqué; me es imposible pasar el día de mañana sin darla un testimonio que la aprecio y no la olvido, y aunque dicho testimonio sea de poquísimo valor, o mejor dicho de nada, sin embargo Gregoria le ruego no lo desprecie, aunque sea de un pobre, y de una persona que no reúna en sí ninguna clase de cualidad buena para V. y por la que se hiciera digno que V. la dispensara este favor”.

         Esa carta ha sobrevivido al tiempo y a todos sus avatares. La llevó encima su destinataria durante cincuenta años, hasta su muerte. Luego pasó a manos de su hija y después, cuando ésta murió, a las de mi padre. Varios años antes del fallecimiento de éste, sabiéndome tan gustoso de los recuerdos familiares, me la confió.

         Pese a la retórica decimonónica, tan propia por otra parte de su educación, late por debajo de ella un amor encendido que no es tan habitual encontrar.

         “Deseo de lo más íntimo de mi corazón celebre su cumpleaños con muchos, muchísimos millones de felicidades, en unión de su querido padre y hermanos, que pasen el día con grande alegría y santamente todos, y que por la intercesión de su Santo bendito la conceda el Señor toda clase de beneficios que la convengan, tanto espirituales como temporales; y Dios la conduzca en todos los momentos por buen camino, para que después de servirle perfectamente en este mundo, consiga V. el cielo; esto y todo cuanto a V. se la pueda imaginar se lo deseo con un amor ardientísimo; ¡Quién tuviera Gregoria…!”.

         Puedo imaginar a aquel muchacho, tal vez en la habitación de una fonda o pensión donde pasara sus días, escribiendo febrilmente esta carta sin apenas tachaduras ni correcciones, redactada del tirón, volcando su amor y sus deseos llenos de respeto hacia aquella mujer. Puedo imaginar la cara de ella al leer estos hermosos párrafos, sus manos que quizá temblaran ante unos sentimientos tan intensos que hacían que su corazón galopara de un modo que no habría de conocer jamás sino con aquel apuesto muchacho de Dueñas, que lo había dejado todo por ella. Imagino esa carta cuidadosamente doblada en su bolsillo mientras celebraba el cumpleaños con la familia al día siguiente, cómo iría a su cuarto luego para volverla a leer tal como haría durante medio siglo.

         Tengo ante mí esa carta, su pulida letra, los adornos que rodean el texto (eligió un papel adecuado al mensaje), su despedida.

“A Dios, querida Gregoria, reciba V. adjunto a ésta el corazón de este siempre suyo. Afectmo que la quiere, la aprecia, está a su disposición y sabe nunca la olvidará”.

Dos años después Hilario se encontraba en Medina de Rioseco. Había obtenido por oposición una plaza titular de organista en la iglesia de aquel pueblo vallisoletano. Eso era por lo que había luchado desde Palencia, mientras cortejaba a su novia Gregoria. Las condiciones de su padre Félix eran razonables: debía ofrecer a su hija una posición adecuada, él colaboraría en todo lo demás con la dote correspondiente.

La suerte parecía sonreírle. No debía ser manco en la música porque obtuvo muy pronto esa titularidad al órgano en la iglesia principal de un pueblo grande como era Rioseco por entonces. Al poco de casarse, Gregoria quedó embarazada. Un futuro espléndido se presentaba ante ellos, un destino de felicidad compartida, de asentamiento en la profesión para él, de entrega a la naciente familia para ella.

Un día de finales de abril nació Teodora, su hija. A pesar de ser primeriza, el parto no fue difícil y pronto estuvo la madre en cama con aquel bebé en sus brazos mientras el médico daba el visto bueno al parto habido y pronunciaba los últimos consejos antes de irse.

Al día siguiente, Hilario marchó hasta el Registro civil para inscribir a la niña. Debía ir cansado pero con una enorme alegría por dentro. Casi, casi como si volviera a sentir un nuevo amor dentro de sí hacia aquella niña, hacia Gregoria, la vida que había construido con esfuerzo y unas ganas locas de ser feliz y hacer feliz a la compañera de su vida.

Cuando iba hacia allá empezó a sentir algunas molestias pero lo atribuyó a una mala digestión, a los nervios de aquellos momentos. Cuando volvió del Registro el dolor se agudizó, apenas pudo llegar a casa porque parecía que le estaban clavando un cuchillo en el vientre.

Cuando vino de nuevo el médico su mirada de conmiseración hacia la recién parida le dio a ésta las claves de su desgracia. “Es un cólico miserere” afirmó el doctor, “no podemos hacer nada. Sólo esperar, rezar y confiar en Dios”.

¿Qué sintió entonces Gregoria? ¿Qué desesperación pudo ser la suya quebrando el que había sido uno de los momentos de mayor felicidad? Aún la niña dormitaba reclamando su alimento periódicamente mientras su padre yacía convulso, agarrado a los barrotes de la cama, inmerso en un dolor desgarrador que nada paliaba en aquella época. La peritonitis avanzaba sin descanso mezclando los llantos de la niña con los gritos del padre sintiéndose morir.

“Todos los días (y no piense exagero) me acuerdo de pedir a Dios especialmente por V. en mis pobres y humildes oraciones” decía en su carta, “pero mañana lo haré de una manera extraordinaria y lo dirigiré todo en beneficio de V.; no la quiero dar a entender con esto que yo la tengo por malas y que la hagan falta mis ruegos, sino es porque quiero entrañablemente su felicidad, aquí y en la otra vida”.

Sin otra posibilidad, volvió Gregoria a casa de su padre Félix. Regresaba viuda apenas dos años después de marchar de allí, con una niña acunada en su brazo. Su dolor debió ser inmenso. De vez en cuando abriría esa carta para recordarle en silencio, sin molestar a nadie con sus quejas ni llantos, como lo haría durante el medio siglo que aún le tocó vivir. “Dio todo en su vida y hasta su final” decía mi padre, su nieto, “por su única hija Teodora y sus doce nietos, a los que crio y enseñó a conocer a Jesús”. Jesucristo como consuelo, como sentido a su vida que fue larga y penosa y llena de entereza ante la adversidad.

Nueve años después concluyeron los trámites necesarios para traerlo a su lado, hasta el cementerio especial de la parroquia de Allende el Río.

 

“En la Ciudad de Palencia a seis de Diciembre de mil ochocientos noventa y seis, yo el infraescrito Cura propio de la parroquia de Nuestra Señora de Allende el Río, previas las órdenes y licencia de los Sres Gobernadores de Valladolid, de Palencia y la del Sr Obispo de esta diócesis, mandé dar sepultura en el cementerio especial de esta Parroquia a los restos mortales de Hilario Ruiz Gutiérrez, que falleció en Rioseco el primero de mayo de mil ochocientos ochenta y nueve, y fue sepultado en aquel cementerio, de donde han sido trasladados para su inhumación en el de esta parroquia de mi cargo”.

 

Sin yo saber por entonces esta historia, vi sus restos hace ahora casi medio siglo, cuando volvieron a ser exhumados para adecentar su tumba, barrida por una riada. Conociéndola finalmente, he estado hace unos días de nuevo ante ella en aquel pequeño cementerio anejo a la iglesia donde conoció a Gregoria y cambió la vida de ambos. La muerte, ese azar inexorable, tenía su fecha marcada, pero la felicidad de los años precedentes fue suya y solo debida a su voluntad y el amor que le cupo vivir por aquella muchacha del coro, que guardaría su recuerdo toda su vida. Como lo hizo mi padre, como lo hago yo casi siglo y medio después. Porque alguien a quien yo quise me transmitió su memoria y yo he querido honrarla tanto como quiero el recuerdo de mi bisabuelo Hilario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gregoria

 

         Aquel día de Navidad salí del metro en Noviciado. El día era frío pero luminoso, un cielo azul casi desprovisto de nubes. Empecé a caminar alejándome de la Gran Vía madrileña por la acera de la izquierda, sin saber cuándo encontraría lo que mi padre, no hacía mucho tiempo fallecido, me había señalado. Hoy sé que se trata de la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat.

         Obra notable del siglo XVII, fue construida para acoger a los monjes expulsados de la abadía catalana por sus hermanos de aquella región, hartos de tener por abad siempre a un castellano. Era la insurrección de Cataluña a la que se enfrentó, armas en mano, Felipe IV. Convertida en 1837 en cárcel de mujeres bajo el nombre de “Casa Galera”, hoy es una iglesia algo retirada del tráfico ciudadano pero que sigue siendo hermosa dentro de su estilo.

         No la buscaba por sus evidentes cualidades arquitectónicas sino por otros motivos relacionados con el recuerdo de mi bisabuela Gregoria. Durante un tiempo pensé que tendría que dirigirme a una iglesia de Francos Rodríguez, cercana a la casa familiar, pero mi padre me corrigió señalándome hacia el final de la calle San Bernardo.

         Terminé por encontrarla. Su imponente masa no pasa inadvertida. En aquella hora temprana del día de Navidad la calle, habitualmente colapsada de tráfico, aparecía extrañamente vacía. Me detuve cerca de la puerta de la iglesia, donde unos escalones permiten la entrada a su interior. Había allí un mendigo que, al verme sacar la cámara, se introdujo en el vestíbulo atisbándome, sin embargo, desde el borde de la puerta.

         Le vi tan intranquilo que me acerqué a él, incluso le expliqué por qué estaba allí. Él se calmó y fue explicándome que no necesitaba estar en ese lugar, que había venido a despedirse de las mujeres que le habían socorrido durante un año. “Ahora me he colocado de guarda de seguridad” me explicó, “en casa tengo el uniforme. Yo sólo he venido a despedirme de las que me han ayudado todo este tiempo. Éste es el último día que estoy aquí”. Le di la enhorabuena, sin acabar de creerme lo que me decía. Me eché la mano al bolsillo y él, muy digno, me dijo que no hacía falta, que iba a tener un sueldo dentro de poco.

         “Mi bisabuela pedía en estos mismos escalones hace muchos años, más de setenta. He venido para recordarla” dije inútilmente. Me miró sin comprender y tornó a contarme la suerte que tenía de disponer de un nuevo trabajo. Le dejé hablar. Se lo debía por respeto y por haberle molestado, aunque creyera que era una fantasía de un hombre que deseaba mantener su dignidad ante mí, no sé por qué.

 

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Escaleras de la iglesia

         Aquí la encontró por casualidad un miembro de la familia, tal vez un vecino, a mediados de los años treinta, cuando más difíciles estaban las cosas en casa. En 1933 la familia entera (padres y ocho hijos, más Gregoria) había tenido que salir de la Casa Grande palentina en dirección a Madrid. Lo habían hecho a escondidas, con nocturnidad, porque las deudas se habían comido la finca, la casa y aún debían más que eran incapaces de pagar. Con los restos de préstamos, con el producto de alguna venta de terreno, mi abuelo Juan había conseguido adquirir un pequeño chalecito en Madrid, en la calle Juan Pradillo, cerca de Cuatro Caminos.

         Para llegar hasta él tenían que eludir a los acreedores. Por ello, me dijo mi padre, salieron de noche, tirando los colchones desde las ventanas, acumulando algunos enseres imprescindibles, ocho jóvenes que debían asistir demudados a aquella mudanza clandestina. ¿Qué pensaría Gregoria de todo ello? ¿Qué íntimo dolor habría de sentir al ver la tierra de su padre, de todos sus antepasados, cubierta de deudas? ¿Cerraría los ojos cuando se alejaran de la Casa Grande? La misma donde había convivido con sus hermanos y hermanas, donde aún podría recordar a su madre, muerta del corazón cuando ella tenía 22 años, a su padre Félix, que había cuidado con tanto mimo la hacienda.

         Desde hacía siglos esa tierra era de su familia. En esa casa entró un día aquel muchacho organista para pedir su mano, en la sala le había mirado sintiendo que el amor la hacía temblar de deseo y felicidad. Allí había visto morir a su padre de una congestión cerebral, a su hermano mayor, Mateo. Todo había ido a la deriva desde entonces. Una serie de malas decisiones, un riesgo mal calculado por parte de su yerno, el inútil deseo de éste de recuperar la fortuna mediante el juego. “Llegó a jugarse la cosecha del año siguiente al dominó” me contó mi padre. Todo había conducido a aquel terrible momento.

         ¿Lloraba Gregoria al alejarse de toda una vida en aquella casa? Puede que sí o tal vez sólo fuera rezando, pidiendo por los suyos, por aquellos jóvenes y niños que se arracimaban en una de las carretas mientras atravesaban el río Carrión.

         “Que Dios la conduzca por el buen camino” le había dicho su marido, cuando eran novios y aún no se tuteaban. Por ese camino, tan estrecho en su caso a partir de entonces, fue caminando Gregoria. Se instalaron en Madrid, en aquella casa que yo habitaría muchos años después, cuando su yerno era sólo un recuerdo nunca conocido, su hija una ruina que afrontaba sus últimos meses de vida. Cuando aquellos niños y jóvenes eran ya adultos y peinaban canas, cercanos o rebasando la cincuentena. Fue entonces cuando viví en la casa de Juan Pradillo, siquiera por año y medio.

         Pero no fue allí donde encontré los ecos, la presencia de mi bisabuela, sino en las palabras nostálgicas de sus nietos, en el recuerdo emocionado de mi padre. Tan interesado siempre por las historias familiares, le fui tirando de la lengua, haciéndole contar todo aquello que suponía para él revivir una persona tan cercana en su memoria.

         Su malhadado yerno, el causante de la ruina familiar, se colocó como guarda de una obra, pero el jornal era muy escaso, había muchas necesidades que cubrir con ocho hijos que alimentar, vestir y dar estudios. Sobre todo el último de los chicos, llamado Hilario en recuerdo de su abuelo. Parecía inteligente y muy trabajador. Cuando apenas había dinero en Palencia, cuando el negocio de las vacas se había venido abajo al enfermar y morir todas ellas, el pequeño Hilario desarrollaba su bachillerato en Toulouse, el lugar desde donde escribía a su padre hablando de sus progresos.

         “Si me dejarais aquí 506 años no iría entodavía ingeniero, pero como mi madre lo dice porque se empeña en que tengo mucha memoria para estudiar, a Setiembre ya sé que iré para ya, porque cuesta mucho dinero la pensión y encima con lo que es mi padre, para dejarme aquí”.

         En aquella carta de febrero de 1931 que ha llegado a mis manos, mi padre no podía reprimir la nostalgia de la casa familiar. Apenas era un chiquillo de once años.

         “Recuerdos a los Maristas y a mi profesor. De la clase voy bien y del français aussi. Pero lo que veo es que no me decís si vive el jilguero y si están las criadas que me decían: ‘hasta otro año’”. ¿Criadas? me pregunto, ¿tenían criadas aún dos años antes de escapar huyendo de los acreedores? ¿En qué mundo vivían? ¿Qué clase de glorias pasadas querían mantener? ¿Por qué mandar a aquel muchacho de buena memoria para los estudios, a hacer un bachillerato en Francia nada menos?

         Gregoria, en cambio, tuvo los pies en la tierra siempre. No se derrumbó ante la adversidad, no se quejó de las necesidades ni se fijó en los setenta y siete años que tenía al llegar a Madrid. Hacía casi cincuenta que defendía su viudedad frente al estrago del tiempo, que mantenía intactas sus creencias religiosas, la entereza que una tradición secular había sostenido a la familia de hortelanos apegados a la tierra que siempre habían sido.

         Por eso, a escondidas de todos, marchaba cada mañana y se sentaba en esos escalones de aquella iglesia. Buscó una donde fueran bastantes feligreses y, al tiempo, estuviera lejos del hogar familiar, para que nadie supiera su secreto. La que había sido propietaria de aquella finca, la heredera de una tradición de trabajo y sacrificio, se sentaba en esos escalones y tendía la mano cada mañana para ayudar en lo que podía al pobre pecunio familiar.

         Los chicos estudiaban en el instituto Cardenal Cisneros, cerca de la misma calle de San Bernardo, pero ella pedía cuando estaban en clase y no podían verla. Tuvo que ser otra persona, quizá un vecino, quien alertara a la familia de que la habían visto pidiendo a las puertas de una iglesia. Su hija montó en cólera. Su madre no debía humillarse así porque no sólo lo hacía ella sino que humillaba a toda la familia. ¿Qué van a pensar en el barrio? exclamaría su hija, indignada, ¿que no tenemos para comer? ¿Que he enviado a mi propia madre a pedir?

         Frente a esa mujer terrible, poderosa y dominante que era Teodora, mi abuela Gregoria opuso su firme decisión de no ser un trasto inútil, de ayudar dentro de sus posibilidades. Probablemente fuera la única capaz de resistir a esa fuerza de la naturaleza que resultaba ser su hija.

         Por eso encontró una colocación vendiendo lotería de aquella mujer que levantaba entonces su negocio, hoy en día de larga tradición en la Puerta del Sol: doña Manolita. Así caminaba por las calles portando sus décimos cada día, ofreciéndolos a todo aquel que pasara. Luego volvería hasta la sede principal donde aguardaba la propietaria del negocio a que volviesen todos los que paseaban por calles y cafés ofreciendo sus décimos.

         Manolita fue algo más que una jefa, resultó ser una amiga. Mi padre llegó a conocerla porque ambas mujeres charlaban con frecuencia, hablaban de sus familias y obligaciones, de las necesidades de un tiempo cada vez más revuelto en lo político.

         La guerra la sorprendió trabajando en las calles de Madrid. Mi padre aún recordaba al final de su vida la ocasión en que canjeó un lujoso abrigo de doña Manolita por huevos, chorizos, pan de pueblo y demás alimentos. Por entonces, en el año de 1936, aquel estudiante que dominaba el francés tenía dieciséis años. Algunas mañanas iba hasta la carretera de Valencia cargado con una enorme cesta, al igual que otros muchachos. Esperaban la llegada de los camiones de milicianos que recorrían en un sentido y otro la carretera entre Madrid y Valencia.

         Al paso de cualquiera de ellos se echaban a correr persiguiéndolos hasta que los soldados ocupantes, compadecidos, les echaban una mano ayudándoles a subir. Mi padre hizo este trayecto varias veces, desde que le enseñara su padre, mi abuelo. Supo en qué pueblos hacían trueque de alimentos por los bienes que él pudiera llevarles.

         “Doña Manolita también pasaba necesidad” me dijo en cierta ocasión, “por eso le dio a mi abuela un abrigo de lujo para que se lo cambiara por comida”. El trayecto tenía sus vicisitudes, no obstante. Tras caminar varios kilómetros, mi padre tuvo aquel día mucho sueño y se echó debajo de una tapia a dormir, agarrando fuertemente el reluciente abrigo.

         En un momento dado sintió un tirón y, despertado bruscamente, vio que un muchacho algo mayor que él le había arrebatado la prenda y corría campo a través. Ni corto ni perezoso salió corriendo detrás mientras le daba gritos y profería amenazas, aún sabiendo que aquel muchacho era más grande y fuerte. La persecución duró un rato hasta que el ladrón, que le vio incansable, tiró el abrigo y prosiguió su huida. Fue así como mi padre culminó un adecuado trueque y puedo llevarle a mi bisabuela el producto del canje sin merma alguna.

         En 1937 la guerra cercaba Madrid. Gregoria se acercaba a los ochenta años pero seguía vendiendo lotería por las calles. Fue al atravesar una de ellas cuando, torpe en su andar, una moto la atropelló arrojándola al suelo. Ni siquiera se detuvo. Mi bisabuela quedó tirada en el suelo entre ayes y lamentos hasta que, con la ayuda de varios, la llevaron a casa.

         Por entonces no habitaban en la calle Juan Pradillo. La proximidad de los bombardeos había hecho que ocuparan el piso de la hija mayor, ahora en Valencia con su marido, en la calle Álvarez de Castro. Curiosamente, según me contó mi padre, un obús llegaría a impactar en el propio piso sin llegar milagrosamente a explotar, mientras que la casa de la que habían huido por su proximidad al frente, permanecería intacta hasta el final de la guerra.

         El caso es que Gregoria estuvo en cama durante varias semanas. Tenía la cadera rota y algo así, a su edad y con la falta de medios de entonces, era una condena segura. Doña Manolita la fue a visitar, recibió la atención de sus nietos. Fue una noche violenta, cuando las explosiones se sucedían en el barrio y el resto de la familia se había refugiado en el sótano, cuando quedó a solas con una de sus nietas. Ésta no quiso que quedara desamparada en su indefensión, pese al peligro que se corría en el piso elevado donde vivían. Allí le sostuvo la mano mientras la escuchaba decir, en voz baja: “Jesús, José y María, os entrego el corazón y el alma mía”. Fue así, en un tiempo de desolación y muerte, cuando entregó su vida al Dios a quien siempre quiso, en quien siempre confió.

         Tal vez recordara, aquella última noche, al hombre con el que había conocido la felicidad, el amor y la esperanza. El mismo que le había escrito: “porque quiero entrañablemente su felicidad, aquí y en la otra vida”. En ese consuelo que tienen los creyentes confiaría en encontrarle de nuevo, caminar a su lado, sentarse junto a él para contarle cómo fue su vida tras aquella muerte prematura, escuchar a cambio alguna de esas promesas de amor eterno que él le hizo hacía cincuenta años.

         No soy creyente, no tengo la fe de mis antepasados, no rezo cada día como mi padre. Pero, como le sucedió a él en el momento de su muerte, sé cuán grande es el consuelo que acarrean esas creencias frente a lo inevitable. Yo no tendré la misma fortuna y, enfrentado al momento final, sé que temblaré entero y me resignaré apenado pensando que todo se acaba, que no habrá más mañanas que vivir ni más sueños que conquistar. Pero, al menos, quisiera dejar un recuerdo, que no se me olvidase del todo, que alguien tuviera un pensamiento para mí, los errores que cometí, los logros que llegué a realizar. Somos pobres almas en busca de amor, de felicidad, capaces de lo mejor y lo peor, del bien y del mal. Somos frágiles y nos derriba cualquier viento, una mala fortuna. Pero a veces, cuando termina la vida, queda una historia como la de mi bisabuela, un cuento hecho realidad de coraje y valentía, de humildad y paciencia, de un callado amor que va más allá de las manifestaciones vacías del mismo. Ése que queda al fondo del alma en aquellos que la conocieron y que supieron transmitírmelo para que, al igual que yo deseo que me recuerden, poder recordarla a mi vez, aunque no llegara a conocerla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi abuelo Juan

 

         Caminamos mis padres y yo por aquel cementerio tan conocido en Madrid pero que yo recorría por primera vez. La Almudena resultaba extraño y atractivo, un camposanto donde podías pasear, incluso internarte en coche pasando junto a las tumbas a través de diversos caminos que zigzaguean entre extensiones de nichos y alfombras verdes de césped, además de bancos estratégicamente situados.

         “La tumba de tu abuelo amenaza ruina. Tenemos que trasladarle. ¿Quiero ir a verlo antes?” me había dicho mi padre. Bien sabía que se refería a su padre, puesto que mi otro abuelo murió en la pobreza y su mujer era incapaz de adquirir una tumba a perpetuidad. Dije que sí, que iría.

         Por entonces, mi abuelo Juan arrastraba mala fama en mi familia. Mi propio padre, su hijo, no hablaba apenas de él y, las raras veces en que lo hacía, era para mostrar a un hombre colérico, llevado por algunos vicios como el juego, incapaz de controlar su vida, en la que se le podía considerar fracasado. Nunca escuché, sea de él o sus hermanos, mis tíos, una palabra de encomio, el reconocimiento de alguna buena cualidad. Era alguien de quien se ocultaba el recuerdo en la mayoría de las ocasiones.

Fui a ver su tumba, sin sentir nada de especial, por mera curiosidad. A su mujer, mi abuela Teodora, la había conocido, tenía de ella un recuerdo. De algunos de mis bisabuelos había sabido de su generosa actuación con la familia, de la bondad que presidía sus actos. Aunque no les hubiera conocido, podría haberme acercado a ellos como, de hecho, lo hice mucho después. Pero mi abuelo Juan era diferente. Mi propio padre no podía ocultar un claro rechazo ante el que prefería callar.

         Un bloque de nichos se elevaba desde una posición inferior al nivel del suelo. De hecho, había que descender unos escalones para llegar hasta la base de dicho bloque. Mi madre dijo que no lo hiciera porque había peligro de derrumbe. Ciertamente, aquellos nichos parecían estar a punto de caer por sí mismos entre el deterioro y el olvido. Para remediarlo es para lo que se había previsto la reducción de restos, a la que yo no acudiría.

         En todo caso, no hacía falta acercarse mucho. El lugar de reposo de mi abuelo estaba en la parte superior, muy cerca de la vista. No sentí nada, como digo, el personaje no me parecía atractivo, tal como lo había dibujado toda la familia paterna. El responsable de la ruina de la finca familiar, el culpable de jugarse al dominó la cosecha del año siguiente, el que pidió préstamos y se endeudó hasta que la forma de vida familiar, que en el caso de mi abuela había durado siglos, se vino abajo con estrépito.

         Pese a los silencios y la aparente ausencia de recuerdos que le acogieron más allá de su muerte, algunos datos se habían filtrado hasta mí de forma desordenada. Mi padre de pequeño, yendo hasta la taberna para decirle que, de parte de la abuela, volviera a casa, que era hora de cenar. El quedarse allí de pie, una vez dicho el recado, observando cómo aquel hombre ponía piezas de dominó sobre la mesa de mármol con golpes tan incesantes como los que propinaban sus compañeros de juego. Las apuestas, alguna vez elevadas, como cuando se jugó esa cosecha ante la cual mi padre había sido testigo. La ruina de la familia, escapándose por entre los dedos y las fichas de marfil.

         Su decisión equivocada al mandar talar todos los árboles frutales de la finca. “Mira” me dijo mi padre paseando a orillas del Carrión hace medio siglo, “toda esa extensión que ves ahí era nuestra finca. Aquella del fondo, la casa donde nacimos todos los hermanos”. “¡Qué hermosura era con todos los árboles ¿verdad Hilario?” respondió su hermana, “¿te acuerdas cuando nos subíamos a ellos y nos tirábamos manzanas a la cabeza?” continuó, los ojos llenos de nostalgia. “Pero padre mandó cortarlos” concluyó mi padre, como volviendo de un sueño. “Todo para las vacas” reconoció ella. Él lo repitió: “Todo para las vacas”.

         Para entonces, yo sabía qué significaba aquel diálogo. La familia materna, de larga tradición hortelana en aquel barrio a la ribera del río, había tenido que ver cómo aquel hombre mandaba talarlo todo para crear una pradera donde pudieran pacer aquellos animales. La decisión fue completamente desafortunada porque, al poco tiempo, empezaron a enfermar y morir, hasta el extremo de que aquella gran inversión que suponía adquirirlas, se había venido abajo. Fue el comienzo de la ruina familiar. La afición al juego hizo el resto. Pocos años después, los padres y sus ocho hijos, incluido mi padre, debían escapar por la noche huyendo de sus acreedores. Nada dejaban atrás salvo las deudas y la vergüenza, hasta el extremo de que mi padre tardaría más de treinta años en volver. Ni siquiera entonces, cuando me enseñó la casa donde había venido al mundo, quiso ir a visitarla. Se lo pregunté: “¿Por qué no vamos a verla? Vamos, quiero ver donde naciste”. “No, no” dijo tajante, “ya es de otros señores, no merece la pena”. Ninguna de las hermanas presentes me secundó y tuve que contentarme con verla de lejos. Hoy, que soy dueño de mis preguntas y curiosidades, nada queda de la casa ni de la finca, todo engullido por viviendas residenciales y calles que han desfigurado el pasado, haciéndolo desaparecer para siempre.

         Sobre el carácter de mi abuelo Juan me llegaron también comentarios que parecían mostrar a un hombre bruto, incapaz de controlar su ira. Mi padre me contó aquella anécdota de que, llevando en un burro dos alforjas bien grandes, volvía una noche bordeando el río Carrión. Una pareja de guardias civiles le dio el alto y preguntó qué llevaba, sospechando de algún producto de contrabando. Uno de ellos, no satisfecho con la respuesta, pretendió clavar un pincho, que portaban al efecto, en una de las alforjas. La reacción de mi abuelo fue tan violenta que terminó con los dos guardias civiles en el río y él, finalmente, detenido.

         De forma menos evidente, con breves comentarios que tuve que escuchar con atención, había otros aspectos poco recomendables en la vida familiar. En particular, aquella vez que su mujer debió despedir a su peluquera, ya en Madrid, porque se entendía con su marido. Infiel, colérico, autor de la ruina familiar, no parecía un sujeto muy recomendable.

 

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Juan y Teodora, con sus hijos, en 1912

 

         Ha pasado mucho tiempo desde aquella niñez en que escuchaba estas historias. Mi abuela Teodora murió al poco de llegar yo mismo a Madrid. Casi cuarenta años después falleció mi padre y con él, poco antes y después, se fueron yendo sus hermanos, los hijos de mi abuelo Juan. Yo mismo tengo la edad suficiente para haber cometido mis propias equivocaciones y, sin llevar a mi familia a la ruina, he causado quebrantos y dolor, también algo de felicidad, quiero imaginar. No soy capaz de juzgar con severidad a un hombre que no conocí, al que me acerca de nuevo la curiosidad, ciertamente, pero también la constancia de no haber recibido más que reproches en vida y rechazo tras su muerte. ¿Fue justo que fuera así? me llego a preguntar, ¿caben otras posibilidades? ¿Cómo vivió él aquel fracaso, la responsabilidad de haber conducido a todos hacia un exilio forzado, lejos del hogar familiar?

         He visto fotos suyas, no quedaron muchas de aquel tiempo. Me acuerdo en particular de una en que pasea con su hija mayor, Rosa, creo que por la Gran Vía madrileña. Ya es un hombre mayor pero sonríe junto a ella, una belleza al uso entonces, una mujer que viste un abrigo de lujo en aquella época, rica hasta cierto punto, una mujer acomodada desde la boda con un ingeniero. Ambos sonríen, ella más, parece radiante, él más circunspecto pero también, indudablemente, contento, con un gran paquete bajo el brazo. Debían haber ido de compras, parecían satisfechos de lo adquirido, el buen rato pasado juntos.

 

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Mi abuelo y su hija Rosa

 

         Luego dispongo de otra foto tomada al año siguiente, pocos meses antes de su muerte por una hemorragia cerebral. “Estaba sentado” me comentó en cierta ocasión mi padre, “y sin mediar palabra cayó hacia delante, golpeándose la cara. Empezó a sangrar por la nariz. Dicen que algo como eso es bueno ante las hemorragias de este tipo, pero en su caso no fue así”. Aprecio en la foto a un hombre mayor que me produce cierto escalofrío: mi padre, en sus últimos años, tenía la boca exactamente igual.

 

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Mi abuelo, 1947

 

         Contaba, en el momento de su muerte, la edad que yo tengo ahora, cuando aún creo que me quedan unas cuantas cosas por vivir, cuando todavía tengo sueños y deseos de felicidad, pese a las derrotas, sobre el fracaso de las intenciones erróneas, frente al dolor causado en otros y el sentido dentro de mí. Aún hay vida cuando ni siquiera se han cumplido los sesenta. Pero él no tuvo más oportunidades.

         Con los años, voy comprendiendo las limitaciones de las opiniones que escuché. En primer lugar, mi abuelo nació en la Vega de Pas, en Santander. Aquella es tierra de vacas y, de hecho, cuando su padre se trasladó a la ciudad de Palencia fue para huir de la pobreza de aquel terruño y montar una vaquería en la parroquia de Santa Marina, muy cerca de donde vivía aquella muchacha a la que este chico enamoró. La chica era la heredera futura de algunas tierras al otro lado del río, él quien podría llevar el negocio de su padre andando los años. La alianza era prometedora para ambas partes. También había que considerar que aquel Juan que habría de casarse con mi abuela Teodora teniendo 18 y 17 años respectivamente, era un guapo mozo y además, con un encanto que nadie le pudo negar nunca.

         “¡Ay! yo conocí a tu abuelo” me dijo aquella señora, cuando la encontré a la puerta del mercado donde acudía acompañando a mi madre. “¿Usted le conoció?” pregunté admirativamente porque aquella guapa mujer era mayor, sí, pero no parecía tener cien años precisamente. “Yo era muy pequeña entonces” me respondió, “ayudaba a mi tía en la tienda, pero era verle entrar con ese desparpajo y esa gracia y todas las mujeres nos quedábamos ¿cómo decirte?”. No hacía falta que me explicara más.

 

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Juan, Teodora y sus hijos, en 1920

 

         Mi abuelo fue siempre uno de esos hombres encantadores, “con desparpajo y gracia”, propicios a seducir a una mujer. ¿No era mi padre igual en su juventud? Cuando mi madre, su novia oficial, le fue a ver al hospital tras un grave accidente con su bicicleta, y allí llegó otra muchacha con un gran ramo de flores. Por supuesto, las flores terminaron en la basura, mi madre hervía de indignación.

         Sin embargo, esa alegría de vivir en mi padre venía paliada por sus creencias fuertemente religiosas y muy estrictas en cuanto a moralidad. “Son cosas de juventud” podría haberme dicho de aquella anécdota que mi madre seguía contando, cuarenta años después de producirse, “pero la familia es la familia” concluiría. Por esa dicotomía que mi padre vivió toda su vida con facilidad adjudicándola a distintas edades (la alegre inconsciencia de la juventud, donde todo estaba permitido, y la grave responsabilidad del cabeza de familia, donde las veleidades mueren), juzgó severamente a mi abuelo cuando engañó a su mujer. Sin embargo, aquello no pasó a mayores y, aunque la peluquera fue despedida, las aguas volvieron a su cauce.

         La opinión de mi padre, pues, hay que matizarla mucho. Tuvo la característica de llevarse mal con aquellos que vivían de forma parecida a como él mismo lo hizo en su juventud: juzgaba estrictamente las aventuras de su padre a edad avanzada como juzgaría el deseo de vivir en alguno de sus hijos. Cuando, en realidad, todos ellos habían compartido el mismo encanto y atractivo hacia los demás, ese carácter extrovertido y alegre, que yo nunca conocí.

         Pero volvamos atrás. Habíamos dejado a Juan recién casado con aquella jovencita que no era fea pero tampoco guapa en sentido estricto. Además, con el tiempo ganaría en corpulencia, aumentada por su baja estatura y por los sucesivos partos (hasta doce hijos habrían de tener).

         La finca familiar fue regida por un tío de mi abuela durante más de diez años desde su boda. Cuando éste murió, el único hombre que quedaba a cargo de aquellas huertas fue mi abuelo Juan. Contaba treinta años. No sé si había vivido a la sombra del heredero de las tierras, hombre soltero por otra parte, o trabajando con su padre en la vaquería.

         El caso es que tomó la responsabilidad de aquella gran huerta en 1918, quince años antes de que tuvieran que salir huyendo de las deudas en dirección a Madrid. Como resulta evidente tras el diálogo antes referido, la decisión de convertir aquella hermosa huerta con árboles frutales en un verde campo donde pudieran pastar las vacas, fue errónea, un completo desacierto que les abocó a la ruina a todos.

         ¿Es cierto eso? Resulta fácil juzgar a toro pasado, cuando la epidemia había acabado con la importante inversión realizada en dichos animales, cuando las deudas se acumulaban. En ese sentido, me ha resultado chocante, cuando he acudido al pequeño cementerio de la parroquia aneja donde están enterrados muchos de los antepasados de mi abuela, cómo a su lado hay una vaquería donde se alineaban como mínimo veinte de estos animales.

         ¿Fue una decisión desacertada? La tierra aquella es propicia, como digo, a criar este tipo de ganado. Bien podía saberlo él porque su padre tenía una vaquería en la que el hijo había trabajado toda su vida. Era un negocio rentable para su padre ¿por qué no iba a serlo para él? Además, él entendía de cosechas y huertos lo justo. Sin embargo, en cuanto a vacas lo sabía todo. ¿No era una forma de hacer crecer el patrimonio familiar? ¿De dar una salida a las ambiciones propias y las aún más desmedidas de su mujer? ¿No querían ambos que su hijo más destacado fuera ingeniero? ¿Que todos llegaran a buenos matrimonios, que hubiera músicos como el padre de mi abuela, maestros, grandes propietarios? ¿No eran los arrebatados sueños de grandeza de mi abuela los que lo llevaban a imaginar cómo acrecentar su fortuna?

         Pero la vida es un azar inescrutable. Te arriesgas y elevas tu posición o te hundes. Incluso si no quieres arriesgarte, la caída es posible, la suerte resulta extraña e imposible de prever. En efecto, la suerte viene cuando la llamas, o tal vez no. Cuando la deseas, no acude, cuando la necesitas de verdad, parece perderse, mientras te llega cuando es tarde o su acción ya resulta inútil.

         Mi abuelo Juan fue un hombre sin suerte. Las vacas podrían haber sido un buen negocio, tal vez sus hijos hubieran montado una empresa lechera en algún terreno cercano, quizá no hubieran tenido que sortear la pobreza tras la guerra, mi padre no tendría que haber emigrado ni yo hubiera nacido tan lejos de la Península como lo hice. La vida hubiera sido otra muy distinta para todos si aquellas vacas, en vez de enfermar una tras otra, hubieran producido su buena leche, como pasaba con su padre en la vaquería.

         ¿El contrabando no era una forma de engañar a la mala fortuna? Y cuando llegó la desesperación, cuando las deudas crecían sin que aquel campo desbastado pudiera producir casi nada aún, al constatar que no tenía dinero para empezar de nuevo, para comprar nuevos animales que le permitiesen remontar ¿el juego no fue su última baza? Jugarse la vida y la fortuna a todo o nada, tratar de engañar al azar de las piezas de dominó para llegar a ser el que soñó, el hombre fuerte y acomodado, el que cumpliese los sueños propios y de su mujer: adquirir más tierras colindantes, conocer un negocio floreciente, ver a sus hijos crecer, educados y conocedores de la vida, prestos a ayudarle en la vaquería que habría de expandirse en toda la región.

         A cambio, golpeado por una realidad cambiante e imprevisible, tratando de salvar el último rescoldo de dignidad, huir del reproche en los ojos de su mujer, adquiriría con los últimos restos de dinero una casita en Madrid para escapar una noche de la casa familiar llevando a sus ocho hijos, a una mujer que nunca le perdonaría, a una suegra resignada a la mala suerte.

         Él, que habría de ser el empresario, el autor de la creciente fortuna familiar, se colocaría de guarda de una obra en la capital. Su hija mayor haría un buen matrimonio atrapando a un ingeniero, el hijo de la casa donde servía. Mi padre habría de interrumpir sus prometedores estudios técnicos, los demás hijos sobrevivirían con humildad, adaptándose a un país en guerra, a una posguerra llena de necesidades.

         No debía tener gran cosa por entonces: un oficio humilde vigilando los materiales de una obra, una mujer que siempre le juzgaría mal y que habría de extender la opinión entre todos sus hijos. Él, un hombre arrinconado al que le vencía, pese a todo, la debilidad de su carácter y el encanto que una señora, una niña entonces, aún recordaría muchos años después para mí. ¿Qué le quedaba en su madurez sino esa alegría de vivir y gozar incontenibles? La misma que mi padre reprimiría en su vida familiar gracias a la moral católica que su abuela le enseñó, las firmes creencias en la estabilidad familiar, en el amor debido a su mujer. Porque mi padre nunca gustó de cómo había sido el suyo, aunque sintiera dentro de él la misma forma de vida.

         Por eso la opinión y el juicio de mi padre, que de joven creí a pies juntillas, hoy me sirve mucho menos. Porque no se puede vivir contra uno mismo. Eso no quiere decir que mi padre hubiera de ser como el suyo, pero sí que debía haber aceptado tal vez esa parte de sí mismo para verla con benevolencia.

         Ignoro dónde fueron sus restos en el cementerio de la Almudena. Mi padre, que intervino en el proceso, y su hermana que lo llevó a cabo, ya murieron. No sé si algún día podré localizar dónde está finalmente enterrado, ahora que vivo lejos de la capital. Pero si algún día es así iré a verle de nuevo, no con la prevención de antaño, sino con la comprensión del que ha llegado a cierta edad y ha cometido sus propios errores y vio la suerte esquivarle alguna vez, muchas veces por su propia responsabilidad.

         Porque, pese a todo lo dicho, no soy capaz de juzgarle a él ni a mi padre, pese a haberle conocido tanto. No me considero capaz de juzgar a nadie sino de observarles, tratar de comprenderles, cuidar su recuerdo y ser fiel a los que un día nos permitieron vivir como lo hacemos, para bien o para mal.

 

 

 

 

 

 

 

Una tumba olvidada

 

         Aquella misma mañana en que fuimos a visitar el nicho donde yacían los restos de mi abuelo Juan, hicimos un inesperado recorrido por otra zona. Intento recordar cómo salió a la luz la historia que voy a contar. Tal vez, extrañado de aquel bonito cementerio, preguntase a mi padre si podíamos visitar a algún otro familiar enterrado allí.

         Creo que habló de alguien bastante lejano y que, por otra parte, desconocía dónde podía estar. Nos encontrábamos paseando mis padres y yo por un sendero asfaltado rodeado de césped, cuando se acordó de aquella muchacha.

         Incluso el nombre que llegaría a descubrir se me ha olvidado hoy. “Recuerdo el caso de una chica venida de provincias, un caso triste, creo que estaba enterrada hacia ese lado” dijo mi padre.

         Mi abuela materna, a primeros del siglo pasado, fue una de esas muchachas de diecisiete o dieciocho años que se alejaban de la miseria y la necesidad yendo a servir a la capital. Primero huyó de un pequeño pueblo aragonés para instalarse en Calatayud, en casa de un matrimonio algo mayor, que la trató muy bien. Un año después, sin embargo, la mujer murió, pese a lo cual mi abuela continuó acudiendo a su trabajo, quizá más necesario que nunca para un viudo muy afectado por su soledad.

         Sin embargo, pese a su edad o tal vez por ello mismo, aquel hombre terminaría por hacerle una proposición a la chica aragonesa que le atendía para que le sirviese también como consuelo en su viudez. No era extraña por entonces una situación así. Hablando vulgarmente, le calentabas la cama al viejo viudo, luego pasarías a cuidarle, a cambio de una porción jugosa de la herencia. Eso siempre que no hubiera hijos que deseasen mantener intacto el legado e hiciesen lo posible para expulsar (generalmente con éxito) a la usurpadora. Delibes describió magníficamente una situación de este tipo en su novela “La hoja roja”.

         Mi abuela no se avino a tal componenda y prefirió seguir la senda de algunas amigas que la habían precedido en su camino a Madrid, instalándose junto a la carretera de Aragón, en ese barrio llamado la Guindalera.

         Mucho tiempo después, en los años cuarenta del pasado siglo, otra muchacha vino desde algún pueblo de Palencia. Llegaba recomendada por no sé quién, algún conocido común, un familiar lejano, y se instaló en casa de una prima segunda de mi padre.

         Tenía dieciocho años. Al parecer, era trabajadora y se esforzaba en quedar bien con la dueña de la casa. Como tantas otras, vivía en un cuartito donde también planchaba y en el que desarrollaba su vida diaria, cuando no estaba trabajando. Como las demás chicas de su posición, dispondría de la tarde del domingo, con suerte también la del sábado, para pasear con sus amigas, ir al cine si le llegaban los reales de la semana, si no había comprado alguna ropa que lucir en el paseo, atenta a los muchachos que las observaban y acompañaban.

         Mi abuela conoció a mi abuelo, un zapatero remendón por entonces, gracias a coincidir en la misma casa que una de sus más íntimas amigas, de las que el chico era primo. Varios encuentros hubo en aquella escalera, en el piso de la prima, antes de que él se ofreciera a acompañarla en la salida y luego de aquello hubiera otra propuesta para ir a un baile, a una fiesta de barrio.

         Todo rodaba así. Esa muchacha de Palencia quizá habría podido fijarse en alguno de los chicos que bromeaban, que las acompañaban al cine, al baile, un zapatero también, un empleado en una taberna, el encargado de una lechería, uno de tantos oficios humildes y dignos en aquel Madrid de hambre y pobreza que peleaba con la posguerra como aguantó el conflicto armado durante tres años.

         Tal vez su vida pudiera haber sido otra. Conocer a ese muchacho que hiciera brillar sus ojos, que la requebrara con el acento chulapón de tantos madrileños, con esa gracia ya perdida para el cortejo que acompañaba a la clase baja y humilde en la capital. Sentir sus manos en su talle en la verbena, respirar agitada tras el primer beso.

         Mi madre, que también fue una muchacha así, que limpiaba pisos cuando conoció a mi padre, recordaría mucho después de sus primeros encuentros, cuando paseábamos por el barrio de Chamberí, al doblar la esquina de la calle San Hermenegildo, cómo había sido aquel lugar algo especial en su vida. “Mirad”, nos dijo a mi hermana y a mí, “aquí fue donde vuestro padre me dio el primer beso”. Mi hermana quiso que la fotografiáramos en aquel mismo lugar, como recuerdo.

         Son cosas que no se olvidan. Mi madre, como la suya propia, eran mujeres estrictas, de aquellas que hicieron bueno el dicho de que la española, cuando besa, es que besa de verdad. No hubo veleidades ni excesivos coqueteos, sólo un beso entre ellos que habría de durar más de cincuenta años.

         Sí, así pudo suceder para aquella jovencita palentina, pero no fue de ese modo. Su destino era otro. El destino le reservaba el amor, pero también la desesperación y la muerte. Porque fue el caso que vino a enamorarse perdidamente de la persona equivocada. Ignoro qué pareja harían la prima de mi padre y su marido, no debían ser muy mayores, mi propio padre era joven por entonces, frecuentaba los billares de Callao y los bailes donde acertaría a conocer a mi madre en uno de ellos.

         El caso es que aquella muchacha de la que no recuerdo el nombre (sí su historia) se enamoró por completo del marido de aquella prima. Lo tenía frente a sí cada día, lo veía relajado y cómodo con su mujer, escucharía como un martirio prolongado los murmullos de cada noche, los gritos sofocados del amor, el rebullir en la cama, el deseo que se le enredaba en el interior como una yedra venenosa.

         En ocasiones le miraría para observarlo mientras hacía cualquier tarea o descansaba en un sillón, fatigado del trabajo diario. No había televisión entonces, tan sólo en ocasiones una radio donde la mujer escucharía aquellos seriales de amor no correspondido, de tragedias sin cuento y sentimientos desgarrados. Leería, si sabía leer, algunas de esas novelitas románticas que se cambiaban en el mercado por otras exactamente iguales a cambio de algunos reales.

         Un día les vería arreglarse en especial para la boda de una amiga de ella, apreciaría lo elegante que iba, qué apostura la suya, qué aire más varonil. Soñaría con que aquellas manos se posaban sobre ella, el brazo rodearía su cintura y unos labios se posarían en los suyos para dejarla sin aliento. Como en las novelas, igual que en ellas. Entonces sería su momento de felicidad, el gozo de entregarse sin pensar en nada más, viviendo la alegría del primer amor.

         Pasó el tiempo y la chica soñaba, seguía soñando con un destino preciso que ignoraba por completo ser objeto de tales deseos. Un día, una tarde tal vez, la mujer había ido a visitar a su madre, el hombre había quedado solo. Le dijo que hiciera el favor de plancharle una camisa o ella se decidió entonces a quitar el polvo justamente en la sala donde él permanecía sentado. Le hizo levantarse mientras sus manos temblaban y sentía una fuerza incontrolable dentro de sí, quiero imaginar esa escena en que ella posase sus manos en él, cuando su cuerpo buscase enloquecido el suyo.

         También, por desgracia, puedo imaginar el rechazo de él, la alarma en sus ojos, su pregunta “¿Qué haces?”, el rechazo más decidido. Luego llamarla mientras ella, enloquecida de dolor, avergonzada hasta el último pliegue de su corazón enamorado, se encerraba en su cuarto.

         El hombre permanecería sentado de nuevo, algo nervioso, un punto halagado pero sintiendo que aquella muchacha nada fea, sencilla, algo ignorante también, tuviera que irse a la mañana siguiente. Porque algo así no podía ocultárselo a su mujer, él era un hombre cabal. Empezó a calcular mentalmente disponer del dinero suficiente para saldar su sueldo y añadir una generosa propina. Pensó incluso en pedirle a su mujer que no mencionara el hecho por no agravar el despido con una fama tan poco deseable en alguien tan joven.

         Su mujer aún tardaría un tiempo en volver. Cuando ya se hacía de noche y Madrid se cubría de sombras, se oyó la llave en la puerta. Entró ella, se sorprendió de que la cena no estuviera preparada aún. Él, haciendo un esfuerzo, tuvo que contarle, algo dulcificada, la escena. Medió ante la indignación de su mujer: “¡La mosquita muerta! ¿Cómo se atreve? ¡Ahora me va a escuchar!”.

         El hombre quedó en la sala pensando que aquello era cosa de mujeres, que ya no tenía que intervenir. Oyó los golpes en la puerta, repitiéndose, otro golpe más fuerte, un silencio y luego un grito que le llamaba. Acudió. Sobre la cama, con la cara aún contraída por el dolor que había ahogado con la almohada, estaba aquella muchacha. Había vomitado, pero aún así el matarratas que tomara horas antes había hecho su efecto.

         “Por aquí” decía mi padre, “debe estar por esta zona”. Mi madre no entendía el propósito de esa búsqueda. “Pero ¿quién era?” preguntaba. No había atendido apenas a las explicaciones de mi padre. Entonces no se me ocurrió preguntarle por qué sabía el emplazamiento de aquella tumba, si había asistido como parecía al entierro, por qué lo hizo. ¿Sólo por la relación con su prima? Ahora recuerdo que en aquel tiempo era soltero, ni siquiera conocía a mi madre, y era conocido por frecuentar a muchas chicas como aquella.

         “Mira, es ésta, me parece que es ésta” exclamó al fin. Era una lápida donde apenas se distinguían las letras. Musgo y verdín habían ennegrecido sus contornos hasta casi hacer indistinguible el nombre, ese nombre que he olvidado. Me incliné con afán, fui repasando con la punta de los dedos esos perfiles enterrados en el tiempo. Muchas de las letras parecían coincidir con la persona buscada.

         Mi padre sólo quería encontrar esa tumba, contarme su penosa historia. Para mí, en cambio, no bastaba con eso. Hacía menos de media hora que la buscábamos, mi madre estaba harta, pero para entonces aquella muchacha me había ganado el corazón. Me incliné sobre su tumba tras buscar una piedra algo afilada y fui quitando pacientemente el musgo, liberando su nombre del olvido antes de caer de nuevo en él. Mi padre se quedó de pie, algo sorprendido de mi afán, sin saber qué hacer, si esperar como yo deseaba o atender la petición de mi madre para que nos fuéramos.

         Optó por inclinarse a mi lado y entre los dos limpiar pacientemente aquellas letras que la recordaban. No sé por qué no atendí a mi madre, qué se me iba y se me venía de aquella tumba hasta hace unos minutos completamente desconocida. Pero trabajé sin descanso, sin levantar cabeza, hasta que incluso mi padre se cansó y ambos, mi madre ahora enmudecida, se quedaron mirando mientras yo culminaba la tarea.

         Luego aparté con cuidado las hojas otoñales que se habían depositado sobre los pies de la lápida, miré el resultado irregular de nuestros esfuerzos. El nombre que ya olvidé aparecía, si no con el esplendor de antaño, al menos de una manera claramente legible.

         Ahora trato de recordar la escena en todos sus detalles, incluso viene a mi memoria su nombre en forma de letras dispersas, una S, una C, tal vez una I ¿cuál pudo ser? Imagino a aquellas amigas que tuvo alrededor de la tumba, impresionadas aún por esa muerte temprana, mirando de soslayo a la pareja y, en concreto, al hombre que había causado sin querer la ruina de la chica. Murmurarían si él habría hecho algo, si le habría dado alguna clase de esperanza, qué habría pasado en realidad. Algunas la recordarían con ramalazos de tristeza, sin ese coqueteo necesario para pasear y hacer amigos, inadaptada a aquella vida madrileña que finalmente la había vencido.

         He tardado mucho tiempo en entender por qué no puedo olvidar esa historia, aunque no recuerdo el nombre de su protagonista. He entendido por qué me arrodillé frente a su tumba para limpiar aquellas letras cubiertas por el tiempo, tratando de recuperar del olvido, como hago ahora por escrito, su pequeña y triste historia. La de una chica tan joven, tan tonta y enamorada.

         Sí, he comprendido qué me impulsó a hacer todo eso ante la sorpresa de mis padres. Fue la piedad como no la he sentido nunca más en mi vida. Es cierto que resulta un sentimiento que no está de moda, de hecho no lo he vuelto a sentir con esa intensidad nunca más. Más de cincuenta años después me hubiera gustado hacerla revivir, mostrarle el mundo tan distinto que pudo vivir, los años de amor y felicidad que la aguardaban, hacerle sentir la fuerza que brotaría en ella frente a la adversidad y el temor, la desgracia y el dolor. Hacerle saber que la vida es amplia y grande, no demasiado pero mucho más de lo que imaginó en aquel cuartito cerrado mientras sus manos temblaban asiendo la caja de aquel veneno.

         La vida es pequeña para todos pero, para algunos, resulta diminuta y la vista no alcanza a divisar un horizonte. Cuando pienso en las oportunidades que desperdicié, en la clase de vida que llevo, con sus propias limitaciones, podría recordar a aquella muchacha que vivió intensamente un amor no correspondido, un amor imaginado, el más grande amor que ella supo vivir. ¿Quién puede reprochárselo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Teodora

 

         Llegamos a Madrid en el verano de 1965. Yo contaba tan sólo once años. Culminaba el sueño de mi madre, un largo deseo acariciado en tantos días lejos de su ciudad natal, de su madre y su hermana, de las calles en las que había transcurrido toda su juventud. Por ello aceptó sin rechistar los múltiples inconvenientes de nuestra situación.

         La casa de mi abuela Teodora era pequeña para tanta gente como llegamos a instalarnos en ella. Además de la propietaria estaban mis dos tíos, Rafita y Juanito, después mis padres y nosotros, sus tres hijos. Aquel chalecito cerca de la calle Francos Rodríguez pasó de acoger a tres personas hasta las ocho que nos apiñábamos en él. Los dos chicos y mi hermana nos acostábamos en un salón donde apenas cabíamos en camas plegables improvisadas, sacadas de no sé dónde.

         Aprendí a dormirme mirando un hermoso piano, testigo de los sueños inconclusos de mi padre, las grandes copias de cuadros clásicos velazqueños, particularmente aquel cuadro de los borrachos ante el que me detuve no pocas veces, sorprendido de la cara de satisfacción del hombre que mira hacia el pintor junto a un dios que se me antojaba distraído. Aprendimos de mala manera a soportar los arranques indignados de mi tía, hecha un manojo de nervios con nosotros, víctimas propiciatorias de su malestar ante tal invasión, protagonistas también de los mayores desajustes en su vida cotidiana.

 

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Los Borrachos, de Velázquez

 

         A los once años aceptas cualquier cosa que te venga. Nada has controlado hasta entonces, salvo tu pequeño mundo personal que no tiene que ver con el de los adultos, sus condiciones y normas. Mis aspiraciones eran tan pequeñas que forzosamente me veía obligado a aceptar los grandes cambios que estaban sucediendo en mi vida, sin apenas cuestionarlos. Lo que de mayor resulta inaceptable, lo acatas entonces sin más, lo que con la edad te indignará lo miras con un simple encogerte de hombros.

         Para mis padres y, sobre todo, mi madre, que debía convivir cada día y a todas horas con aquella mujer enferma que daba grandes voces, con aquella cuñada que rozaba la histeria en no pocos momentos, ese tiempo tuvo que ser difícil. “¿Cuánto me quieres?” me preguntaba mi madre en aquella tierra lejana donde nací. Yo, con seis o siete años, le respondía: “Como de aquí a Madrid”. “¿Sólo?” parecía escandalizarse ella. “Como de aquí a Madrid, ida y vuelta” rectificaba yo, y ella sonreía satisfecha.

         Madrid, siempre Madrid como meta, como sueño. Volver a la tierra donde vivían su madre y hermana, tan queridas. La nostalgia de la familia, que se le apoderaba de repente y la dejaba mustia y triste durante algún día, hasta que una trastada mía la hacía volver a la vida habitual.

         Yo lo miraba todo con ojos asombrados pero, al tiempo, aceptando todo lo que se me ofrecía. Incluso aquellas filas disciplinadas para entrar en el colegio religioso, tan distintas de la alegre dispersión de los niños que llegábamos al instituto español de mi ciudad natal. El cura que daba campanillazos para que nos alineáramos, amenazándonos con su ira y algún pescozón si no sucedía así en poco tiempo. Las misas interminables, las palabras fulminantes y amenazadoras de los curas durante algo que llamaban ejercicios espirituales, ese revisar de conciencia en un interior lleno de limpieza, que se poblaba de sombras de culpa y pecado donde tenía que haber risas y alegría y un mundo nuevo por descubrir.

         Me adaptaba a todo, como tuvimos que hacer todos en aquellas condiciones poco deseables de vida. Mis hermanos mayores empezaron a salir con otros jóvenes del barrio, de la parroquia, yo me entretenía jugando al fútbol cada tarde, haciendo deberes, construyendo grúas, coches y toda clase de artilugios con aquel mecano que llegó a mis manos como uno de los regalos más apreciados de mi infancia.

         Con el tiempo, mi tía Rafita empezó a ver algunas ventajas en la nueva situación. Cuando mi abuela Teodora enfermó, ella se había visto obligada a permanecer, no solamente soltera, sino unida a su madre por la necesidad de ésta de obtener ayuda para cada necesidad.

 

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Rafita y Rosa, en 1944

 

         Como había sucedido antes en esta familia y tantas otras de la época, cuando no había residencias para mayores sino asilos infectos, una de las hijas más jóvenes había de sacrificar una soltería irremediable para cuidar del padre o la madre viejos o enfermos. Ese papel le había correspondido a Rafita desde que se presentaron en su madre, durante los años cincuenta, los primeros síntomas de  parkinson.

 

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Juan y Rafita, con mi abuela Teodora, en 1960

 

         Cuando nosotros llegamos a su casa, aquella mujer rechoncha y baja, tal como la he visto en fotos antiguas, permanecía sentada en un cómodo sillón todo el día. Por la noche se escuchaban sus gritos: “¡Rafi, Rafi!” y la respuesta inmediata de su hija, que dormía a su lado: “¿Qué quieres, mamá?”. Luego, la agarraba por los brazos, la incorporaba de la cama con esfuerzo y ambas iban hasta el retrete cercano, la hija de espaldas sin dejar de asirla por los brazos, mi abuela medio cayéndose, arrastrando penosamente un pie tras otro, unas piernas hinchadas y con graves problemas de circulación, como hoy puedo saber y entonces ignoraba.

         Las primeras veces las contemplaba en ese extraño movimiento combinado, que debía estarse prolongando desde hacía quince años al menos. Luego nos fuimos acostumbrando y ni siquiera despertábamos, escuchando la llamada de mi abuela entre las nieblas del sueño.

         Algunas tardes, sin embargo, mi tía parecía otra. Se vestía bien, hasta nos sonreía, y era que iba a pasar la tarde con sus amigas, siquiera unas horas. Sea mi madre o yo mismo, nos encargaríamos de mi abuela mientras tanto. Cuando me correspondía, le ponía el televisor (le gustaba ver las corridas de toros sobre todo) y me sentaba a su lado junto a la mesa camilla, para hacer mis deberes.

         Mis tareas con ella eran bien simples y aprendí a ejecutarlas con destreza. Si quería agua le acercaba el vaso a los labios para que bebiera sorbo a sorbo, cuidando de no atragantarla. Para ello le izaba con energía la frente y contemplaba con atención que bebiera. Si la veía derrumbada, la cabeza casi inclinada hacia el suelo, le tomaba la mano derecha y se la ponía mejor sobre la mesa, de manera que se equilibrara. Lo más importante de todo, lo que ella misma me recordaba de vez en cuando si era invierno, es que no se le quemaran los pies.

         Calzaba zapatillas cómodas de estar por casa, con suela de goma. Pero tenía los pies tan fríos por sus problemas de circulación que inevitablemente tenía que recurrir al brasero en las tardes del invierno madrileño. El problema es que, entre la insensibilidad que ya padecía y su incapacidad para mover las piernas, que se estuviera abrasando dependía de que ella o yo detectáramos el olor a quemado de las zapatillas.

         Debía tener un gran temor a eso, tal vez lo sufriera en el pasado, porque me advertía de vez en cuando y yo me agachaba diligente para retirarle un poco las zapatillas, olisquear bajo la mesa, tranquilizarla luego. Me hacía gracia, a mis pocos años, cuidar de mi abuela tan enferma. Tengo algunas fotos de aquel tiempo, una incluso donde se me ve, detrás de mis gafas de miope, mirando a la cámara mientras mi abuela trata de inclinar la cabeza y hacer otro tanto, ambos sentados a la mesa que estoy describiendo.

 

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Mi abuela, tal como la conocí

 

         No sabía nada de ella por entonces. Cuando viajábamos a Madrid para pasar las Navidades, siempre nos alojábamos en casa de la otra abuela, la madre de mi madre. Era tan cordial, se alegraba tanto de vernos, era tan diligente y trabajadora (lo fue hasta su muerte), que esta otra malhumorada, enferma, derrumbada sobre una mesa camilla, se me antojaba algo extraordinario. De hecho, antes de nuestra llegada desde tan lejos, no recordaba haber ido a esa casa ni una sola vez.