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Historia del Sexo por Juan - muestra HTML

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Juan Eslava Galán

Historia del sexo

En España

Segunda edición: Noviembre de 1991

CAPITULO UNO

Prehistoria

Nuestros remotos antepasados, en su adánica inocencia, se entregaban gozos amente al frenesí de vivir. Ni por un momento sospecharon que el sabroso fornicio fuera pecaminoso ni, por consiguiente, advirtieron mal alguno en la complacencia de los sentidos. Esto duró hasta que el cristianismo los sacó de su error y les mos tró que el mundo que ellos pretendían convertir en lugar de esparcimiento y honesto recreo es, en realidad, un valle de lágrimas. No obstante, hasta que fueron evange lizados, nada les impidió entregarse al libre ejercicio de la gozosa coyunda que e llos, cándidamente, tenían por necesidad tan legítima como la de procurarse sustento.

Según los prehistoriadores, hace cosa de cuarenta y cinco mil años, en la ho rda paleolítica, imperaba una promiscuidad paradisíaca. Libres de normas y leyes, lo s hombres primitivos resolvían prontamente la perentoria calentura, sin dengues ni inhibiciones, aquí te cojo aquí te mato. Colijo que la damisela melindrosa sería tan desconocida como el verriondo salido. No obstante, interés por el sexo tuvo que ha berlo, desde luego, pues se trata ya de ejemplares evolucionados del Homo sapien s. De hecho, en cuanto descubrieron que la preñez de la hembra era consecuencia de l coito, veneraron como partes sagradas la vulva y el falo. Lo atestiguan las vu lvas dibujadas en el Abri Castanet y en la cueva de Tito Bustillo (Ribadesella, Asturias). Estas pintadas, lejos de ser obscenas, tienen un sentido puramente mági co, como receptáculo de la fecundidad, lo mismo que esas espléndidas figurillas de v enus auriñacienses que podemos considerar el ideal de belleza femenino del hombre de Cromagnon: impresionantes glúteos, generosísimos pechos, pubis acogedoramente mol lares. Al abate Breuil le parecían «realmente horripilantes». Algunas de estas figuril las tienen una forma y tamaño sospechosos, ¿no serían consoladores? Por supuesto que n o. Rechacemos todo pensamiento malicioso. Es dudoso que en aquel tiempo existier an mujeres desconsoladas; lo más probable es que se trate de instrumentos ideados para la desfloración ritual. Algunos pueblos primitivos actuales los siguen usando para ese fin.

La aparición de la agricultura, en el Neolítico, originó interesantes rituales sexuales. Los celebrantes se metían por los sembrados y copulaban alegremente sob re el mullido surco para estimular la fecundidad de la tierra. La hierogamia, el apareamiento sagrado, es una forma de magia simpática. De aquí proceden no sólo Pan y todos los otros dioses libidinosos, sino las cristianas romerías de primavera y l os retozos de mozos y mozas en eras y prados. Ya lo dice el sapientísimo refranero

: «Ni fruta sin desperdicio, ni hombre sin vicio, ni romería sin fornicio».

Causa consternación considerar que actos tan justificados y ancestrales no siempre hayan sido cabalmente entendidos por la autoridad competente.

Si damos crédito al geógrafo Estrabón, la vida de nuestros remotos antepasados debió ser bastante triste y desalentadora: vestían de negro, dormían en el suelo y se alimentaban de bellotas. Parece razonable pensar que uno de los pocos consuelos que les aliviaría tan lamentable existencia sería la jocosa coyunda, el joder alegr e y rugidor. En caso necesario se masturbaban, como prueba la espléndida escultura ibérica de Porcuna (Jaén) que reproducimos en estas páginas. El catálogo oficial señala: Lo más sobresaliente de esta figura es el gran falo que sujeta fuertement e con la mano derecha. Es demasiado grueso y en él se aprecia parte del bálano y está claro que le ha sido practicada la circuncisión.

La valoración negativa del calibre del instrumento es quizá desacertada. Ten dríamos que haber sondeado la opinión del propietario de la pieza y de su pareja ant es de atrevernos a descalificar tan rotundamente el carajo más antiguo del arte es pañol.

Los bastetanos danzaban en corro promiscuas danzas de fertilidad que seg uramente terminaban en revolcón. Es posible que parte de sus rituales consistiera en el apareamiento del rey con el animal totémico (una yegua, una cerda), represen tativo de la divinidad. Este animal era luego sacrificado y comido por la comuni dad en una especie de banquete ritual.

También nos dice Estrabón que ya entonces mandaban las mujeres. En la cornis a cantábrica incluso se adornaban con un tocado fálico, especie de vistoso moño en for ma de pene erecto que sostenía el manto negro. Un evocador conjunto que quizá podamo s considerar el más ilustre ancestro de las españolísimas peineta y mantilla. Este fal o capilar se usó en el País Vasco hasta el siglo XVII a pesar de las reiteradas proh ibiciones de los obispos.

La costumbre de aquellas recias tierras cantábricas que más espantaba al cur ioso viajero mediterráneo era la de la covada. Llegado el momento del parto, el ma rido se metía en la cama, comenzaba a sudar, engarfiaba las manos en sus imaginari as preñeces y se quejaba de dolores.

La esposa, parturienta como estaba, lo atendía solícita y amorosa y así daba a luz, de pie, como si la cosa no fuera con ella. Esta probable supervivencia de usos neolíticos indoeuropeos se ha observado también en otros pueblos matriarcales, los indios iroqueses y algunas tribus caribeñas.

Es posible que fuera un modo de reconocer la paternidad de la criatura, vaya usted a saber.

En la época en que los pueblos colonizadores aportaron a la península el ben eficio de la cultura, los indígenas habían evolucionado y abrigaban ya el tabú del inc esto (como refleja la mitología: Gargoris engendró en su hija un retoño y luego preten dió eliminarlo). Otro tabú establecido era el de la virginidad. En algunas tribus, l a mujer debía conservarse virgen hasta el matrimonio; en otras, por el contrario, debido a influencias orientales, es posible que la virginidad se ofrendase a la diosa del amor. El ilustre Escipión, conocedor de estos miramientos, mantuvo intac tas a las doncellas confiadas a su custodia y ello le granjeó la amistad de los ca udillos indígenas.

En Cádiz existió un templo dedicado a Astarté, la diosa fenicia del amor y de la fecundidad.

Al igual que en Oriente, este culto implicaría cierta forma de prostitución sagrada, probablemente ejercida a la manera asiática, sobre lechos rituales profus amente decorados con escenas eróticas. Las devotas que acudían al templo ofrecían sus favores a los forasteros a cambio de un donativo que pasaba a engrosar el tesoro sacerdotal. Probablemente el sacerdote de Astarté desfloraría a las niñas con un cuch illo de oro, como se hacía en la metrópolis Fenicia.

Roma la civilizadora

La conquista de la península por los romanos alteró la conducta sexual de la población sometida. Apresurémonos a decir que los hábitos sexuales de los romanos no eran tan disolutos como aparecen en el cine americano, o por lo menos no siempre lo fueron. Los primeros romanos, en la época republicana, cuando se produjo la co nquista de España, eran un pueblo de severas costumbres más parecidas a las de la Es paña autárquica de nuestra sufrida mocedad posguerrera que a la disoluta, orgiástica y jaranera Roma que nos transmite el tecnicolor.

Al igual que otros pueblos de la antigüedad, los primeros romanos sacraliz aron los órganos sexuales, especialmente el falo, al que incluso consagraban alegr es romerías primaverales, las phalephoria. Este es el sentido de esos sorprendente s vestigios arqueológicos denominados hermas, unos pilares de piedra con un falo d e notables proporciones en relieve. Son propiciadores de la fecundidad. Lo mismo cabe decir de los Príapos, dioses frigios de los jardines, o los Phalés, personific aciones del falo. Convertido en amuleto protector (apotropaion), el falo adoptó la s más variadas funciones: lámparas, medallas, pebeteros, etc. A los sátiros o silenos, figuras silvestres relacionadas con la fecundidad de la Naturaleza, los represe ntaban en posición itifálica, es decir, con el pene erecto. Esta familiaridad acabó pe rdiéndose cuando la sacralidad del falo dio paso a significados más mundanos, ya en la época imperial.

Las fiestas del sexo eran las lupercalia (en torno al 15 de febrero, sor prendente coincidencia con nuestro Día de los Enamorados) y más adelante los ludi fl orales (sobre el 28 de abril). Se trataba de fiestas campestres, de contenido or giástico, que han perdurado en el cristianismo, en los aquelarres medievales y en las mayas.

Los romanos casaban a sus hijas apenas habían alcanzado la pubertad, sin n oviazgo previo, ordinariamente por acuerdo entre los padres de los contrayentes.

«No sabemos hasta después de la boda —se queja Séneca— si la mujer que nos han endosado e s mala, estúpida, deforme o maloliente». La esposa llegaba virgen, intacta, al tálamo nupcial, y aun santificada por el sacramento evitaba que el marido la viera desn uda. Tanto recato daba lugar a desagradables sorpresas como comprobamos en Horac io:

¡Qué piernas, qué brazos! Pero no tiene culo, es nariguda y tiene poco talle y el pie grande. De una señora, excepto la cara, nada puedes ver.

A pesar de esta gazmoñería institucional, ciertas parejas avanzadas llegaron a dominar una depurada técnica amatoria por procedimientos puramente empíricos, com o viene a corroborar Plauto:

Ahora, nuestros amores, costumbres, relaciones,

bromas, juegos, conversaciones, dulcibesar,

estrechos apretones de cuerpos enamorados,

blandos mordisquillos en labios tiernos,

achuchoncillos de las teticas tiesicas

de todos estos placeres para mí y a la vez para ti.

Pero las personas de orden copulaban a oscuras y de noche. Como es natur al se detecta un cierto inconformismo de la parte del marido. Propercio, poeta d el siglo I, advierte a su amada: Si te obcecas y te acuestas vestida probarás mis manos, que te rasgarán el vestido.

Más aún, si la ira me lleva más lejos

enseñarás a tu madre los brazos lastimados.

Jugar no te prohiben las tetas que aún te cuelgan

mientras el destino lo permite, saciemos de amor los ojos.

Debido a la escasez de mujeres, la alta sociedad romana practicaba una e specie de poligamia sucesiva, un poco al estilo de Hollywood. Séneca se quejaba po rque muchas mujeres cambiaban de marido cada año y de que «hoy día se considera la cas tidad prueba de fealdad». Marcial viene a decir lo mismo: «Me pregunto si existe en la ciudad una mujer capaz de decir no. Las castas no dicen sí, pero tampoco dicen no.» En los baños, donde antaño imperaba la rígida separación de sexos, se juntaban promis cuamente hombres desnudos y mujeres apenas vestidas con un sucinto taparrabos qu e apenas alcanzaba a cubrirles el cunnus. Si los hombres se emparejaban frecuent emente con sus esclavas, las mujeres no les iban a la zaga. Algunas damas de la alta sociedad senatorial llegaron a vivir en concubinato con libertos u hombres de condición inferior con los que la ley les impedía contraer matrimonio.

En general, el romano sólo conoció tres limitaciones al libre ejercicio de l a sexualidad: el adulterio, el incesto y el escándalo público. Como toda sociedad ma chista, la romana observaba una doble moral: la mujer gozaba de escasa libertad, pero el hombre podía hacer lo que quisiera, desde mantener una querida (delicium) a frecuentar prostíbulos. Sólo se censuraba la incontinencia del obseso sexual (anc illa-riolus) que no piensa en otra cosa que en solazarse con sus esclavas.

Los romanos no ignoraban las doce posturas del amor egipcias y griegas, pero dado que algunas de ellas parecen más bien ejercicios acrobáticos, preferían aten erse a las cuatro fundamentales: la

«del misionero», cara a cara; la posterior more bestiarum, llamada coitus a tergo o «a la pompeyana»; la del «caballo de Hermes», con la mujer a horcajadas sobre el hombre vuelto boca arriba, lo que asegura una profunda penetración, «hasta la séptima costilla» en expresión romana un tanto hiperbólica, y la de costado, especialmente ap ta para compensar erecciones insatisfacto-rias. En cualquiera de estas posicione s apreciaban como metas muy deseables el recreo previo y la simultaneidad del or gasmo. Para ello Ovidio aconseja: «Cuando encuentres los puntos que a la mujer le gusta que le toques, no te impida el pudor tocárselos.» Y más adelante: «Créeme, el placer venéreo hay que provocarlo insensiblemente con lenta tardanza (...) el gusto debe n obtenerlo simultáneamente macho y hembra. Abomino de los coitos que no desmadeja n a los dos.»

La maestría en la lid venérea corresponde —según Ovidio— a gente experimentada y a lgo madura: «Estas ventajas no las concedió la Naturaleza a la primera juventud: sue len llegar rápidamente después de los treinta y cinco (...) el que desee tocar una V

enus madura, con que tenga paciencia se llevará dignas recompensas.» Lo que no quier e decir que no existieran personas jóvenes expertas en el amor. «La muchacha rica —esc ribe Horacio— aprende pronto figuras de danza jonia y algunas artes de la lujuria.»

Digamos unas palabras sobre estas artes de la lujuria, sin pretensión algu na de descubrir el Mare Nostrum. La felación (de fellatum que viene a su vez defel lare, chupar, mamar) fue singularmente practicada en Roma, como atestiguan su li teratura y su arte. Tan divulgada estuvo que algunas mujeres la preferían a cualqu ier otra suerte amorosa. Unos versos de Marcial: No hay entre el pueblo ni en to da Roma, quien pueda demostrar que se ha jodido a Taide, aunque muchos la desean y se lo piden. ¿Tan casta es Taide?, pregunto.

¡Qué va! la chupa.

El cuadro más estimado de la colección pornográfica del emperador Tiberio repr esentaba precisamente a Atalanta practicando una felación a Meleagro. La destreza en la estimulación oral era una dote muy apreciada por el romano. Sin ir más lejos, parece ser que el secreto encanto de Cleopatra, la faraona que fascinó a Marco Ant onio y a César, consistió en sus excelsas cualidades como felatriz. Ese atractivo, y no el de la nariz excesiva, fue lo que encandiló a los dos prohombres romanos.

La felación estaba considerada un arte oriental. Aristófanes y Luciano de Sa mosata la denominan «fenicianizar», es decir, hacer el fenicio. Nuestras compatriota s, las puellae gaditanae, tan admiradas por los crápulas romanos, debieron ser fel atrices singularmente hábiles.

En cuanto al cunnilingus (del latín cunnum linguere, lamer el coño) y el ani lingus (de anum linguere), no estaban tan aceptados, aunque también fueron practic ados. Veamos unos versos de Marcial:

Devora por completo a las muchachas a media altura. Que los dioses te c oncedan, Filénide, tu propia mentalidad, tú que consideras viril lamer un coño.

Cuando los cristianos tomaron el relevo en la dirección de la sociedad, la felación comenzó a adquirir mala prensa, como casi todo lo referente al sexo. Algun os padres de la Iglesia se horrorizaron con Tertuliano al considerarla una forma de antropofagia. Esos prejuicios han perdurado hasta nuestros pecadores días. Rec ordemos que en muchos prostíbulos de los años cuarenta existían carteles que advertían: «E

n esta casa no se hace el francés.»

Los cristianos tampoco aprobaron la socorrida masturbación, ya desaconseja da por los estoicos con razones puramente médicas, pues suponían que desarrollaba pr ematuramente el organismo de los jóvenes. Los cristianos fueron más lejos declarándola pecaminosa. Es posible que hubieran leído a Marcial: «Créete que eso que echas a perd er con los dedos, Póntico, es un hombre.»

La masturbación femenina se ayudaba a veces de un olisbo, artefacto de uso cotidiano en la antigua Grecia (Aristófanes en Lisístrata los llama «consoladores de viudas»). En Roma fueron a veces considerados sagrada imagen de Hermes-Príapo, al qu e las jóvenes desposadas ofrendaban su virginidad. En la novela Satiricón se mencion a el olisbo como instrumento de castigo, untado de pimienta e introducido por vía rectal.

Nada nuevo bajo el sol

El ideal de belleza femenino del romano evolucionó con el tiempo. Primero gustaba la mujer delgada, de pechitos pequeños pero duros como membrillos. Las dam as de la alta sociedad dejaron de amamantar a sus hijos para evitar que las teta s se les ablandaran y vendaban las de sus hijas púberes para que no se les desarro llaran más de la cuenta. A cierta edad, usaban sostenes (fascia pectoralis) que la s mantenían erguidas. Más adelante, quizá por influencia de los sensuales pueblos orie ntales cuyas costumbres amorosas se introdujeron prontamente en Roma, el ideal d e belleza evolucionó hacia la hembra monumental, exuberante, de cabello abundante, grandes y oscuros ojos, labios sensuales, pechos y nalgas opulentos y firmes. S

e esculpieron entonces muchas copias o imitaciones de la Afrodita Calípige (la de las bellas nalgas).

La vida continuaba siendo, no obstante, menos atrevida que el arte. La úni ca parte de su anatomía que la romana honesta mostraba sin recato eran los brazos, que deberían ser regordetes y níveos. El perito romano sabía deducir, a partir de los brazos, el calibre y contextura de los muslos. Las otras partes objeto de estim ación solían permanecer ocultas, pero no por eso dejaron de ser debidamente inventar iadas por los buenos tratadistas. Regresemos al maestro Ovidio: Cuando, desnuda, quedó de pie ante mis ojos en todo su cuerpo no había tacha por ningún lado. ¡Qué hombros

! ¡Qué brazos vi y toqué! La forma de las tetas, ¡qué apropiada para apretárselas! ¡Qué vientr tan liso bajo el pecho escultural! ¡Qué caderas tan hermosas! ¡Qué muslos más jóvenes! ¿Para q ué contarlo todo? No vi nada que no fuese admirable. La apreté desnuda contra mi cue rpo sin dejar hueco.

Lo demás ¿quién lo ignora? Fatigados, descansamos ambos. ¡Ojalá se me presenten m uchos mediodías como ése!

Por influencia oriental y griega se introdujo la costumbre de depilar el cuerpo de la amante, especialmente su sexo. La Lisístrata de Aristófanes recomienda que «tengamos el delta bien depilado». Las prostitutas solían recurrir a un esclavo e specializado, el alipilarius, diestro en aplicar cataplasmas de resina y pez. Un cruel epigrama de nuestro compatriota Marcial alude a este uso:

¿Por qué te depilas, Ligea, tu viejo coño?

Semejantes exquisiteces están bien en las muchachas, (...) Si tienes vergüe nza, Ligea, deja

de arrancar la barba a un león muerto.

También depilaba sus partes el bardaje o sodomita paciente. El general Gal ba, gobernador militar de Hispania, se entusiasmó tanto cuando supo la muerte de N

erón que, tras besar apasionadamente al mensajero, un tal Icelo, le rogó que se depi lase enseguida y se encerró con él en su alcoba.

En la época imperial, las costumbres sexuales se relajaron por influencia del mundo helenístico y oriental y la población se entregó al sexo con alegre frivolid ad. Fue en esta época cuando se acuñó el siguiente proverbio: «Baño, vino y amor acaban co n uno pero son la verdadera vida.» Esta nueva actitud se manifestaba en todas las esferas de la vida, pero sobre todo en el arte. El teatro se volvió especialmente chocarrero y pornográfico e incurrió en un consciente voyeurismo que afectaría también a l circo, donde hacían las delicias del público los apareamientos entre animales e in cluso de toro con mujer, remedando leyendas mitológicas.

Si creemos a Horacio, en esta época las urgencias sexuales eran rápidamente satisfechas:

«Cuando se te empalme la polla, si tienes a tu alcance una esclava o un es clavillo sobre quien descargar al punto, ¿acaso prefieres aguantarte la erección? Yo no, a mí me gusta el amor asequible y fácil.» En este ambiente podemos suponer que el adulterio fue bastante común.

Según Propercio, «secar el mar o alcanzar las estrellas es más fácil que impedir que nuestras mujeres pequen (...) la fidelidad femenina sólo existe en el lejano Oriente». Séneca lo corrobora:

«El que no tiene fama por sus aventuras amorosas o no paga renta anual a u na casada, no está bien visto por las mujeres y es despreciado.» Los libertinos apro vechaban los banquetes para urdir sus redes en busca de fresca carne femenina. «Lo s ojos ávidos —escribe Plinio el Viejo—

tasan atractivos femeninos, aprovechando la embriaguez de los maridos.»

¿Cuál era la reacción del marido engañado? En principio lo compadecían y nadie se mofaba de él. Al fin y al cabo, como la mujer se consideraba una especie de menor de edad no del todo responsable de sus actos, a cualquier casado le podía acontece r la desgracia de ser traicionado por su esposa. No obstante, se daban casos de maridos engañados que mataban a la esposa y al amante. El aragonés Marcial advierte los peligros de rondar a la mujer de otro: Te jodes, joven Hilo, a la esposa de un tribuno militar y sólo temes un castigo ligero. ¡Ay de ti, mientras juegas, te va n a castrar! Claro que me dirás: «Eso no está permitido.» ¿Pues qué? ¿Es que está permitido lo ue tú haces, Hilo?

Los varones prudentes preferían mantenerse alejados de mujeres ajenas y pr ocuraban buscar amores transeúntes y mercenarios, libres de sobresaltos. Oigamos a Horacio: Cuando una se pone debajo de mí, costado derecho contra costado izquierd o, es Ilia o Egeria. Le doy el nombre que me da la gana, y no temo que mientras me la jodo el marido regrese corriendo del campo, eche abajo la puerta con gran estrépito y, pálida de muerte, salte de la cama la mujer, la cómplice se llame desgrac iada y tema por sus piernas, la tía cogida in fraganti por su dote y yo por mí. Hay que escapar con la túnica abierta, descalzo, para no perder los dineros, el culo o el buen nombre. Es una desgracia que te cojan in fraganti: aunque Fabio actúe de juez nadie me quitará la razón.

Para conjurar los peligros de ser sorprendidas por el marido, las romana s infieles recurrían frecuentemente a la magia. Estaban convencidas de que si saca ban los ojos a una corneja (confingere oculos), el marido nunca descubriría que le estaban poniendo los cuernos. No existía entonces la Sociedad Protectora de Anima les.

Cuando no existía vínculo matrimonial, no había lugar a reclamación. En este cas o, el amante traicionado se conformaba con dirigir inflamados versos a la amada.

Leamos a Ovidio: Únicamente no perpetras tu delito delante de mis ojos, si dudas en respetar tu buen nombre, respétame a mí. Se me va la cabeza y muero cada vez que confiesas que me has sido infiel y fluye por mis miembros una gota helada. Enton ces te amo, entonces te odio, pero en vano, porque necesito amarte.

La literatura nos ha legado también las quejas de la mujer ardiente y sexu almente insatisfecha. Leamos en Horacio:

Cuando le viene el gusto rompe los muelles de la cama y el techo o cuan do censura mi desgana con palabras crueles: «Con Inarquia te cansas menos que conm igo. A Inarquia le echas tres en una noche, conmigo siempre andas remiso para un polvo.

Muera de mal modo Lesbia que, cuando yo buscaba un toro, te recomendó a t i, un calzonazos, teniendo como tenía a mano a Amintos de Cos, en cuyo carajo hay un nervio más firme que el árbol nuevo que arraiga en el collado.»

La potencia sexual da pie a baladronadas poéticas memorables. Así en Catulo: Invítame a tu casa después de mediodía que nadie eche el cerrojo a tu puerta y no se te ocurra ausentarte. Quédate en casa y prepárame nueve polvos consecutivos (Nouem c ontinuas fututiones).

O en Ovidio:

Ninguna muchacha se ha sentido defraudada por mi actuación. Muchas veces consumí las horas de la noche en el placer y por la mañana mi robusto cuerpo seguía ri ndiendo.

El atleta sexual ovidiano aspira a morir heroicamente en el ejercicio de l amor: Que languidezca en el movimiento de Venus y que muera desarmado en medio de un polvo, y que la gente al derramar lágrimas en mi funeral comente: Tu muerte ha sido coherente con tu vida.

En contraste con tan bienaventurada abundancia, el gatillazo traidor, ta mbién en Ovidio: Ella desde luego abrazó mi cuello con sus brazos de marfil, más blanc os que la nieve sitonia, y me estampó besos que pugnaban con ansiosa lengua, y pus o sus muslos debajo de los míos y me susurró halagos y me llamó «mi dueño» y demás palabras qu e suelen gustar. Sin embargo, mi verga, como afectada por la fría cicuta, fláccida, destruyó mis planes. Quedé echado como un tronco inerte, fachada de hombre y peso inút il (...) ¿Qué vejez me aguarda, si es que me aguarda alguna, cuando la propia juvent ud falta a sus obligaciones? (...) Ah, pues hace poco empalmé en cumplimiento de m i deber a la rubia Clidé, dos veces, a la blanca Pitó tres veces, y a Libade tres ve ces. Recuerdo que Corina me exigió en la brevedad de una noche nueve numeritos y y o se los hice. ¡Qué posturas no imaginé y preparé! Sin embargo, mi miembro quedó colgando como muerto, más vergonzosamente fláccido que la rosa marchita y ahora he aquí que cob ra vigor intempestivamente y vale, ahora pide guerra y un polvo.

¿Cuál es la reacción de la muchacha defraudada? Para que su orgullo femenino n o sufra: Sin tardanza saltó de la cama cubierta con la rozagante túnica y para que s us criados no sospecharan que iba intacta encubrió tal bochorno lavándose con agua.

Para prevenir estos contratiempos, los romanos usaban una variada gama d e afrodisíacos. El más efectivo era el polvo resultante de moler la mosca cantárida, t odavía muy usado en el Norte de Africa. Tiene el inconveniente de que una sobredos is puede acarrear la muerte, como le ocurrió a Lucrecio, el celebrado autor de De rerum natura. Otros afrodisíacos fueron herencia directa de la farmacopea griega, entre ellos el orchis morio o cojón de perro citado por Teofrasto; se hacía con lech e de cabra y facultaba para repetir hasta dos docenas de fornicios en una sola s esión. Mucho parece.

Durante las fiestas saturnales, los amigos se felicitaban con unas torta s muy especiales, cibus quos cunnos saccharatos apellet, es decir, «alimento que m ueve hacia los dulces coños». Esto parece ya más natural y civilizado. También practicar on los romanos métodos anticonceptivos de dudosa eficacia. Uno de ellos consistía en que la mujer escupiera por tres veces dentro de la boca de un sapo; de este mod o se suponía que quedaba libre de concebir en un año. Otro, citado por Plinio el Vie jo, consistía en refregar por las partes de la mujer, antes del coito, una piel de ciervo que contuviera dos lombrices.

Lupanarium y fornices

Lupanarium, fomices, dicterion... de muy diversas maneras se denominaban los prostíbulos romanos. Estos respetables establecimientos servían, en palabras de l severo Catón el Viejo, para

«que los jóvenes dominados por la lujuria vayan a los burdeles en vez de ten er que molestar a las esposas de otros hombres», una visión sorprendentemente modern a. (Porque, a la postre, los europeos actuales seguimos siendo romanos, gracias a Dios.) En Roma existieron muchas clases de prostitutas. Las había ambulantes (qu estus) o estacionarias (scrotatio). Estaban las meretrices, fichadas por la poli cía, y las prostibulae (sentadas a la puerta) que ejercían la profesión por libre. De és tas, las delicatae eran de alto standing y las lupae o ambulatarae, que merodeab an por la calle en busca de clientes, eran de más baja calidad; también se llamaron diabolariae, porque percibían dos sestercios por prestación. Las busturiae ejercían en los cementerios y se pluriempleaban como plañideras en los funerales pudientes. F

inalmente, las humildísimas putae (de puteus, pozo) eran soldaderas merodeadoras d e cuarteles y otras concentraciones de varones; también se las llama nonariae, por que les estaba prohibido ejercer antes de la hora nona (sobre las cuatro de la t arde).

A veces, se obligó a las putas a vestir un determinado atuendo que las dis tinguiera de las mujeres decentes; pero, con el tiempo, estas últimas acababan ado ptando ese atuendo y confundiéndose con las putas, lo que sumía en la más profunda con sternación a la autoridad competente y a los maridos suspicaces.

Los prostíbulos constituían uno de los más saneados negocios de las ciudades r omanas, no desdeñado incluso por los prohombres más intachables. Para comodidad del cliente, los burdeles solían concentrarse en ciertos barrios modestos y en lugares de mucho tránsito de forasteros. Se anunciaban con un falo de piedra a la puerta y, de noche, con una lámpara igualmente fálica. Por si estas señales fueran pocas, alg unos exhibían carteles con evocadoras denominaciones. Así el llamado Senatulum mulie rum (el pequeño senado de las mujeres), regentado por un griego que atendía por Heli ogábalo. Al frente de cada establecimiento existía un rufián (leno) o una madame (lena

) que cobraba al cliente por adelantado. La disposición interior del burdel era so rprendentemente funcional: un vestíbulo provisto de asientos para los clientes que esperaban, a menudo decorado con sugerentes frescos que retrataban estimulantes escenas amorosas, y una serie de compartimentos o celdas (cellae) que daban a u n pasillo. Horacio las llamaba

«pestilentes». En la puerta de cada una solía haber un cartelito con el nombre de la pupila por un lado y la palabra occupata en el reverso.

También había prostitutas en tabernas, baños y posadas, particularmente en las ventas de los caminos, donde era costumbre que el posadero preguntara al client e que alquilaba una habitación: «¿Con o sin?», significando con muchacha o sin ella. Los felices lectores del Quijote saben que esta costumbre seguía vigente en la severa España del siglo XVII.

Finalmente estaban las chicas que visitaban a domicilio, imprescindibles en los banquetes y francachelas de la época imperial. Entre estas profesionales a dquirieron justa fama nuestras compatriotas, las gaditanas (puellae gaditanae), especie de sazonada combinación de profesionales del amor y artistas de varietés. Es tas muchachas actuaban en troupes bajo la dirección de un contratista o rufián. Natu ralmente, los intelectuales y personas de orden las desdeñaban: Marcial, aragonés, i nvita a cenar a un amigo y le advierte: «El dueño de la casa no te leerá ningún manosead o manuscrito ni bailarinas de la licenciosa Cádiz exhibirán ante tus ojos sus atract ivas caderas en posturas tan libres como excitantes.» Y Juvenal: «Quizá esperes que al guna gaditana salga a provocarte con sus lascivas canciones (...), pero mi humil de casa no tolera ni se paga de semejantes frivolidades.» Juvenal nos parece más sin cero que Marcial, sobre todo si examinamos este otro texto de Marcial sobre la g aditana: «Su cuerpo, ondulado muellemente, se presta a tan dulce estremecimiento y a tan provocativas actitudes que haría desvanecerse a Hipólito, el casto.» En cuanto a las letras de sus canciones eran tan procaces «que no osarían repetirlas ni las de snudas meretrices» (Juvenal). Es pena que no sepamos más de estas hábiles muchachas ex pertas en placeres. De la nebulosa de su anonimato sólo nos ha llegado el nombre d e una de ellas, griego, evocador y musical: Telethusa. Pronunciado en voz alta p arece que resuena a rumorosos crótalos en ágiles y delgados tobillos morenos.

Pederastas y mancebos

Finalmente el amor homosexual. Casi todos los romanos fueron bisexuales, quizá más por tradición que por inclinación. El mundo antiguo, influido por la filosofía griega, idealizó la amistad pederástica hasta considerarla la relación humana ideal. L

a recomiendan cálidamente Sócrates, Platón (El banquete) y Aristóteles. El amor que exal tan los textos griegos es homosexual, ya que la relevancia social de la mujer er a prácticamente nula. De hecho, la primera imagen literaria del amor heterosexual no llegaría hasta Virgilio, cuando describe los atormentados sentimientos de la en amorada Dido.

El amor socrático o amor dorio consistía en la amistad entre un hombre adult o y un efebo imberbe, una especie de matrimonio provisional en el que el adulto ejercía la tutoría del joven.

Incluso un pueblo tan viril y guerrero como el espartano admitió la pedera stía como método de transmisión de la virtud guerrera.

Esta concepción de la sexualidad explica que para muchos romanos la relación entre hombres fuese perfectamente normal. En realidad venía a ser un remedo de la heterosexual, en el que el efebo aceptaba el papel femenino, pasivo. Por este m otivo se dejaba crecer el cabello y hacía todo lo posible por parecerse a una muje r. Cuando comenzaba a despuntarle la barba, interrumpía su relación de pareja consid erando que tal cambio fisiológico marcaba su madurez viril a partir de la cual no sería decoroso continuar desempeñando funciones femeninas. Por eso un priapeo del si glo I d. C. exhorta a un muchacho: «Dame lo que en vano desearás dar cuando una barb a odiosa cubra tus pobladas mejillas», y, tras deslizarse por alambicados vericuet os poéticos, termina un tanto abruptamente: «Mucho más sencillo es decir en latín: Deja que te dé por culo. ¿Qué le vamos a hacer? Mi inspiración es así de basta.»

Era costumbre que, inmediatamente después de la boda, la novia cortase el cabello al mancebo de placer del novio, simbolizando que tomaba su relevo en el lecho del marido. Pero, como los encallecidos hábitos no siempre resultan fáciles de desarraigar, algunos recién casados no terminaban de adaptarse a tan fundamental mudanza. Marcial escribe a uno que se va a casar: Habitúate al abrazo de una mujer

, Víctor, habitúate

y que tu picha aprenda el oficio que desconoce.

Ya se teje el velo de la novia, ya la preparan,

ya mandará la nueva desposada rapar a tus esclavos.

Ella no consentirá a su marido deseoso que le dé por culo más que la primera vez, mientras teme las heridas del nuevo dardo.

La madre y la nodriza te prohibirán seguir haciéndolo, dirán: Ella es tu esposa, no tu esclavo.

¡Ay, cuántas calenturas, cuántas fatigas te quedan por pasar como el coño sea c osa extraña para ti!

Más vale que te pongas en manos, recluta, de una alcahueta de la Suburra: ella te hará un hombre. Una virgen no enseña nada.

Al parecer era frecuente que los que se habían habituado a mantener relaci ones sexuales con esclavillos siguieran haciéndolo incluso después del matrimonio, l o que provocaba gran indignación de sus celosas consortes. Una de esas situaciones es la que describe Marcial en cierto poema. La esposa, comprensiva, ofrece comp lacer al marido por vía anal, pero el ingrato rechaza su generosa oferta: Al cogerme con el esclavo, esposa mía, me censuras con severas palabras y me recuerdas que tú también tienes culo.

En este punto se embarca en múltiples citas mitológicas para probar que tamb ién los dioses prefirieron el amor sodomita. Luego termina, cínicamente: «Hazte a la i dea, esposa mía, que para mí tienes dos coños.»

Naturalmente, el esclavo no siempre actuaba como sujeto pasivo, como dem uestra un epigrama de Marcial:

Puesto que a tu esclavo le duele la picha, y a ti, Nevolo, el culo, no soy adivino, pero sé lo que haces.

La relación entre dos homosexuales plenamente adultos se toleraba, pero se consideraba algo viciosa, particularmente si el sujeto era bardaje, sodomita pa sivo o fututus in culum, que dará fodidencul (contracción defodido en culo). A falta de mujer uno podía convertirse en sodomita activo sin menoscabo de su virilidad.

Incluso podía sodomizar a otro hombre para castigarlo.

Algunos priapeos colocados en forma de aviso en huertos y jardines inten taban disuadir a los posibles viandantes tentados de hurtar fruta con la amenaza de una experiencia de este tipo: Cuando te acuerdes de la dulzura de los higos y te entren deseos de alargar la mano aquí vuelve la vista a mí, ladrón, y calcula el peso de la picha que has de cagar.

Los excesos de la decadente época imperial provocaron la reacción de la mora l estoica y abrieron camino a una estimación de la mujer no como simple paridora d e hijos, o como objeto de placer, sino como compañera y amiga del marido. Esta nue va valoración engendraba un cierto menosprecio del sexo. «No se puede tratar a la pr opia esposa como si fuera una amante», escribió Séneca. Una ocurrencia que fue muy cel ebrada por San Jerónimo y otros padres cristianos. A finales del siglo II, una lla marada de fervor ascético abrasó los cimientos del Imperio. Incluso en las distantes provincias a donde no había llegado el libertinaje de la Roma imperial —caso probab le de España— triunfó la reacción puritana del cristianismo. Desde entonces el trato venér eo quedó sometido a rígidas restricciones. Un dios severo, forjado en los desiertos de Judea por un pueblo de pastores, escudriñaba con ceñuda mirada las confiadas alco bas del decadente Imperio. Sobre las ruinas de Roma, los nuevos rectores de la m oralidad pública proclamaban que el estado perfecto del individuo es la contención cél ibe, el autodominio y la represión de los sentidos.

CAPITULO DOS

La reacción cristiana

—Todo nos iba bien hasta que mi mujer se convirtió al cristianismo y gozábamo s de los placeres del amor, pero desde que se hizo cristiana no hace más que habla rme del castigo eterno y del pecado y las cosas marchan mal. Por eso solicito el divorcio.

El que así expone sus cuitas es un romano de los tiempos de Antonino Pío; un hombre corriente, un honrado ciudadano amante de la concordia familiar y de los sencillos placeres de la vida. No parece tener la conciencia conturbada por cue stiones teológicas; lo que reclama es que su derecho al placentero fornicio no le plantee problemas de conciencia.

Otro marido romano había consultado el oráculo de Apolo sobre a qué dios impet rar que su mujer se apartara del cristianismo. El oráculo le concedió esta solemne r espuesta: «Eso que pretendes es más difícil que escribir sobre el agua o volar por el aire.» Los propios dioses sabían que había sonado la hora del cristianismo y que estos pacientes maridos no podrían hacer nada contra la neófita tozudez de sus esposas.

Hasta los más recalcitrantes paganos acabaron pasando por el aro. En medio del estercolero del mundo pagano, el cristianismo florecía como un frondoso árbol q ue acabaría abarcándolo todo bajo su sombra protectora... y que, como el eucalipto, impediría el crecimiento de ninguna otra vegetación. También el neoplatonismo y el est oicismo eran contrarios a la excesiva carnalidad de los depravados tiempos.

El romano imperial había desarrollado una cultura hedonística basada en el d isfrute de los placeres y en la aceptación de la sensualidad inherente a la especi e humana. El cristianismo lo abolió todo, decretó que el placer era pecaminoso e imp uso un ascético código moral basado en la represión de la sensualidad. El cristianismo triunfante, es decir el paulino, abrió camino a una nueva interpretación de la hist oria, en virtud de la cual el desenfreno sexual de los romanos fue el culpable d e la decadencia del Imperio; otros opinan que precisamente la expansión del cristi anismo constituyó la principal causa de esta decadencia.

Estamos lejos de avalar la tesis de Nietzsche para quien «la moral del cri stianismo es un crimen capital contra la vida». No obstante, hemos de reconocer qu e, como en toda sociedad integrada por hombres, aunque la inspiración última proceda de lo más alto, la Iglesia ha incurrido, a lo largo de su azarosa historia, en ci ertos errorcillos y malinterpretaciones que han afligido mucho a la grey cristia na. Quizá sea conveniente hacer la salvedad de que las preven-ciones eclesiales co ntra el sexo no parten de Cristo, sino de San Pablo. El judaismo, en cuyo seno c reció Jesucristo, imponía el matrimonio y la obligación de engendrar hijos a todo varón apto para ello. En tal sentido, lo más probable es que ni siquiera Cristo fuera ex cepción. De hecho, en los Evangelios gnósticos, anteriores a los canónicos, Cristo se nos presenta casado (ver Tomás, 61, 25-28; Felipe, 107, 6-9, y 63-32).

A pesar de estos precedentes liberales, el cristianismo paulino incurrió e n una patológica obsesión por la castidad. La íntima explicación de esta anomalía quizá resi da en la compleja figura de San Pablo, un hombre que renunció a casarse debido a l a enfermedad crónica, posiblemente repulsiva, que padecía (véase Epístola a los gálatas, 4

, 13-15, y II Corintios, 12, 7-10). Además —argumentaba Pablo—, para qué casarse si el f in de los tiempos está a la vuelta de la esquina.

Este hombre inteligente pero orgulloso, quizá atormentado por las limitaci ones que su enfermedad le imponía, despreciaba el sexo y lo consideraba sede del p ecado. No obstante, admitía el matrimonio como mal menor, aunque pensaba que el qu e aspira a la perfección debe abstenerse de mujer. «Si no pueden guardar continencia cásense, que mejor es casarse que abrasarse» (I Cor., 7, 9). Admitía también el matrimo nio del clero, pero recomendaba que el obispo y el diácono fueran maridos de una s ola mujer. Más adelante se dispuso que esta mujer fuera doncella y que, caso de en viudar, se comprometiera a guardar fidelidad al difunto.

A partir de San Pablo, la Iglesia, ya institucionalizada, se deslizó insen siblemente hacia la misoginia y la sexofobia. Lactancio (269-325) argumentará que «l a castidad debe ser alabada

porque es antinatural» (Instituciones Divinae, IV, XIII). Otros posibles p erturbados, entre ellos Orígenes, llegaron a castrarse como mérito para alcanzar el presbiterio, en seguimiento de un confuso pasaje del Evangelio de Mateo (19-12: «H

ay eunucos que se castraron por el reino de los cielos»). Para poner coto a este f anatismo, la Iglesia tuvo que incluir la castración entre las limitaciones que imp edían alcanzar el sacerdocio.

El celibato clerical

Los santos varones del primer cristianismo nos transmiten opiniones no m enos pintorescas. San Jerónimo sostenía que el que hace el amor frecuentemente con s u esposa peca, pues todo placer sexual, incluso si es lícito, implica separación tem poral del Espíritu Santo. Lo que nos recuerda el más reciente mensaje de Juan Pablo II: «Es pecado la mirada con deseo entre los esposos, cuando ésta no va encaminada a la procreación.»

Por estos caminos se llegó al disparate de exigir el celibato clerical. Ta n absurda medida resultó acertada desde el punto de vista político, pues desde enton ces el emperador apoyó esta nueva religión cuyas célibes jerarquías no transmitirían a los hijos poder temporal alguno. Se suponía que el hombre que renunciaba al placer se xual poseía la fortaleza necesaria para asumir el liderazgo del grupo. Por otra pa rte, existía la peregrina creencia de que una persona podía prescindir de ciertos ar dores juveniles al alcanzar su verdadera madurez. Como era de esperar, estas dis paratadas doctrinas no fueron universalmente aceptadas. En el tercer concilio de Constantinopla (siglo VI), todavía se admitía que el sacerdote viviera con su mujer

, aunque debía observar castidad y, caso de ser elevado al rango episcopal, la esp osa debía ingresar en un convento. El celibato clerical sólo se impuso después del pri mer concilio de Letrán (1123).

El definitivo impulsor de los prejuicios sexuales de la Iglesia fue San Agustín, creador de la doctrina patrística del pecado que ha marcado la moral cristi ana hasta hoy. Como no hay peor cuña que la hecha de la misma madera, este convers o tardío había sido gran libertino en su juventud pero, después de haber consumido con fruición su parte de los placeres de la vida, abominó de su pasado y replegándose al más severo ascetismo fundó una casta comunidad de varones. Para San Agustín el amor es deleznable, infernal, un tumor insufrible, un cieno repulsivo, podredumbre, pus

. Muy a su pesar admite, no obstante, que para tener hijos que perpetúen la especi e humana es necesario que los maridos accedan carnalmente a sus esposas (copola cartiis, distinta de la copola fornicatoria encaminada solamente a la obtención de placer).

Ahora bien, después de padecer esta contrariedad conducente a la procreación de la prole, los esposos cristianos deben guardar castidad. Sólo así se acercarán a D

ios. La renuncia al placer se convierte en saludable ejercicio y desarrolla toda una mística del sacrificio.

En esta línea de rechazo de la concupiscencia, Clemente de Alejandría dictó la s normas que debían regular este desagradable aspecto del matrimonio. Se prohibió tr ato carnal durante el día, en horas de oración, al regreso del mercado, en Cuaresma, en fiestas de guardar, en vísperas de fiestas, tres días antes de tomar la comunión, el día de la comunión... etc. Los días azules hábiles para la efusión amorosa, con ser poc os, tampoco se sustraían de la prohibición más importante: durante la cópula los esposos cristianos no debían apasionarse ni perder de vista que aquella operación no tenía más objeto que cumplir con el mandato bíblico de «creced y multiplicaos», última justificación de la institución matrimonial. La gozosa coyunda comienza a recibir esas negativa s calificaciones de los venerables pastores eclesiásticos que, enmendadas y aument adas, la acompañan hasta nuestros días: es animal (Guillermo de Auvernia), es pestil ente (San Buenaventura), es suciedad, cosa vil (Tomás de Aquino), es propio de cer dos (Bernardo de Claraval). El cuerpo es cloaca, es vaso de podredumbre, es porq uería y abominación, es un montón de estiércol nevado (en bella metáfora de San Juan de Av ila), es «algo que te provocará asco en cuanto pienses en ello». Para escapar de esta podredumbre cualquier sacrificio es poco: algunos ascetas se revuelcan en hormig ueros (Macario), otros en espinos (Benedicto), otros en porquería (Antonio). Otros se van directos a la raíz del mal: San Simeón el Estilita apedreaba a las mujeres; por este camino se llegó a la simple negación de lo físico y a una reinterpretación func ional de las diversas partes del cuerpo donde parece residir el pecado. El jesui ta Spiegel enseña que «las nalgas le han sido dadas al hombre para que, al poderse s entar cómodamente, pueda también dedicarse al estudio de las cosas divinas».

Naturalmente, esta castidad neurotizante daba sus sazonados frutos. La m oderna psicología establece que la abstinencia es causa de trastornos mentales; lo prueban casos relativamente recientes como el de San Alfonso María de Ligorio, pe ro los hay más antiguos que nos ofrecen detalles especialmente enjundiosos: San Hi larión, cuando se echaba a dormir, se veía rodeado de mujeres desnudas; a San Hipólito lo perseguía el diablo en forma de bella mujer; a Santa Margarita de Cortuna en f orma de apuesto mancebo que «le cantaba las canciones más procaces». Como es obvio, es ta Iglesia dirigida por reprimidos sexuales desarrolló una moralina obsesionada co n los aspectos pecaminosos de la carne y se convirtió en caldo de cultivo de compl ejos, histeria, frigidez, miedo, hipocresía y frustraciones. La sexualidad reprimi da y enfermiza de estos seres va almacenando en los terrados del subconsciente l ibidinosas consa-graciones de monjas como novias de Cristo y templos del Señor, éxta sis orgásmicos, parafernalias sadomasoquistas de la Pasión, lanzas, llagas, espinas, cilicios, azotes, ayunos, mortificaciones y otras manifestaciones igualmente fr ustrantes.

Estas mentes enfermas, en cuyas manos estuvo la dirección moral de la soci edad, desarrollaron una casuística neurotizante y enfermiza: se empieza por distin guir entre partes deshonestas (inhonestae), que son los genitales, y las menos h onestas (minus honestae), los muslos y el pecho. Se declaran situs ultra modum —es decir, posiciones indebidas y por consiguiente pecaminosas— todas las posturas de l coito a excepción de la frontal (llamada hoy