Génesis por Braulio Javaloyes Soto - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

BRAULIO J. SOTO

GÉNESIS

3

Génesis

4

Génesis

Dedicatoria:

5

Génesis

6

Génesis

Índice:

Capítulo I 9

Capítulo II 39

Capítulo III 53

Capítulo IV 63

Capítulo V 91

Capítulo VI 109

7

Génesis

8

Génesis

Capítulo I

El negro trazo que se alejaba recto hasta

convertirse en un punto indefinido en la lontananza

todavía está ahí, impávido, aguantando estoicamente el

paso del tiempo y suspirando para que las excavadoras

no lo l even al olvido, después de tantos años de

comunicación y servicio entre los pueblos. Ayer esta

carretera fue principal y también una marca que

separaba las tierras de secano y las de regadío; hoy ni

es principal ni separa riego de secano y la tan escasa

agua, cuando la hay, l ega a todos los puntos, pues la

de los pozos, cuando no están secos, se eleva ayudada

por potentes motores a las zonas altas y una buena red

de riego alcanza hasta el pie de la desnuda roca de la

sierra del fondo.

A la derecha de esa oscura cinta estaban las tierras de

sequedad, el secarral, el pedregal, el señorío de

cigarras estivales y lugar de culebras, lagartos y todo

tipo de bichos creados al inicio de los tiempos, donde el

suelo ve el agua cuando l ueve y lo hace cada muerte

de obispo. Al í, a la derecha de la tenebrosa línea,

tétrica por lo que tiene de oscuro el asfalto, donde

vegetalmente hablando sólo pueden defender sus vidas

9

Génesis

pinchudas piteras, olivos, almendros o algarrobos entre

zarzas, tomil o, romero y alguna mata de espliego, en

una ladera de suave inclinación, está ubicada la casa de

los sueños infantiles, el gran caserío donde habitaron

los abuelos y otras anteriores y posteriores

generaciones y que ahora quedó olvidado y en manos

que no son las de descendientes de las primigenias

familias de aquel os lares.

Los pequeños actores y descubridores de

antaño, implicados en este complot de casualidades,

fueron tres primos de pareja edad. Los mayores les

apodaron Sartenero, por lo oscuro de la tez facial,

Canico por el casi albor del pelo cuando le daba el sol

de estío, y Tardío por ser el pequeño de la casa y nacer

de padres mayores.

Lo que viene a continuación sucedió un verano,

en época de recesión de clases, cuando las vacaciones

están en pleno auge y las fiestas del pueblo alegran y

aúnan, más si cabe, la convivencia entre los familiares

del gran caserón.

El camaranchón de enormes dimensiones, como si de

un océano sideral e inconmensurable se tratara,

albergaba todo lo imaginable y lo que no lo es. Su

desmesurada superficie provenía de la unión de tres

10

Génesis

viviendas de campo y éstas nunca, per sé, fueron de

menguadas dimensiones, al menos en esta familia.

Anexas al cuerpo central, izquierda y derecha, formando

en apariencia exterior una sola edificación, estaban las

de los dos hijos mayores que fueron quienes

matrimoniaron primeramente. Antiguamente, en el

medio rural, conforme se daba el casamiento de los

hijos varones, los padres otorgaban, como dote de

boda, una vivienda y, por lo general, adosada a la de

el os. Era también costumbre que la novia l evara el

ajuar necesario para vestir la vivienda, mientras que el

amueblamiento corría a cargo de los padres de la novia,

de ambos novios o, la más de las veces, al ahorro del

novio que desde temprana edad, venía trabajando en

tareas agrícolas.

En los momentos a los que nos referimos, en los que

los abuelos hace ya bastante que perecieron, la parte

de en medio estaba ocupada por la hija menor que en

un principio, estando soltera, siguió habitando la

vivienda de los padres. Posteriormente cuando se unió

en matrimonio, sólo en época de verano, continuó

morando en el a. Al principio con el marido y

posteriormente, poco a poco, incluyendo a los hijos que

fueron l egando. Servía como residencia estival;

11

Génesis

aunque el verdadero servicio que realizaba no era otro

que el de servir de permanente contacto con buena

parte de la familia. Podría tomarse como fortalecimiento

del clan.

De los abuelos no puede decirse que no fueran

personas destacadas en sus tiempos, que lo fueron.

Ambos sobresalían al á donde estuviesen; aunque no

les conocieran o no pronunciasen palabra alguna de

presentación. Cuestión de imagen. La abuela Estebana

era alta, mejor afirmar que bastante más que alta,

altísima, faltaban unos centímetros para l egar a los dos

metros, flaca, huesuda, tocada en todo lo alto por una

gran coca canosa en su madurez que es de entonces

de cuando l egan los recuerdos, y vistiendo

inmisericorde, primavera, verano, otoño e invierno una

falda talar gris oscuro o negra que l egaba a rozar el

suelo; apenas se le veían las puntas de las alpargatas

que, para resaltar, eran de un inmaculado albor. El

abuelo Roque se diferenciaba de el a en la estatura; en

lo demás, físicamente, eran bastante parejos, incluso

en el color de los ojos, el izquierdo azul clarito y el

derecho de color marrón. Lo dicho, el abuelo Roque era

bajito, apenas un metro con cincuenta y cinco

centímetros, también enjuto, y, haciendo justamente

12

Génesis

honor al apodo de “Colorín”, con menos chicha que un

jilguero y en las mejil as dos rosetas rojas que no eran

producto de la bebida, sino más bien de vivir al aire libre

y al contacto diario con la naturaleza. Pareja singular en

su conjunto. Causaban admiración al á donde

estuviesen y daba gusto escuchar el ronroneo de las

gentes y las miradas furtivas que les dedicaban desde

todos los ángulos.

Era costumbre anual en el os ir a diario a la playa

durante una quincena seguida, las últimas dos semanas

de Julio. Alegaban para defensa de lo que parecía un

capricho, que en definitiva era eso, un antojo, cuestión

de gustos, que la quincena que terminaba en el italiano

ferragosto, 15 de agosto, festividad dedicada a la

Asunción, venía con menos ardores ambientales y no

apetecía en exceso el baño y los viajes. No sé yo sobre

la certeza del calor y las apetencias de playa, es más

cierto que fueran estos asertos su verdad o su manía y

nada más.

A diario, al levantar la aurora, montados sobre una

enorme moto Peugeot, de las tipo Harley Davidson, con

unos cromados súper relucientes y un depósito lacado

en color marfil, partían dirección a Torrevieja. No les

l evaba mucho tiempo, algo más de una hora, acaso

13

Génesis

hora y media. Teniendo en cuenta que Roque no era

muy amante de la velocidad y que las carreteras de hoy

no son los caminos de entonces, puede tomarse como

casi un record. Además era necesario pasar por el

centro de todas las poblaciones con un número de

vecinos no muy alto, cuestión de censo, pues en

aquel os años el Ministerio de Fomento y los Alcaldes no

habían descubierto todavía las bondades y ventajas de

la circunvalación, quedando éstas, en exclusiva, para

algunas ciudades grandes. Hoy no hay barrio minúsculo

de las afuera de un pequeño núcleo urbano que no

tenga dos circunvalaciones y cinco o seis rotondas a la

entrada y otras tantas a la salida de lo que se pretende

que creamos que se trata de, mínimo, una aldea.

Bueno, pues uno de esos días de playa, de

regreso a casa, en un pueblito entonces muy pequeño y

que debía atravesarse literalmente, en la cal e que lo

partía en dos y donde formaba ángulo de noventa

grados, al tomar la curva, Estebana que no iba sentada

a horcajadas o parranca, o sea, espatarrada, sino que

montaba con ambas piernas hacia el mismo lugar, al

tomar la moto curva tan cerrada salió despedida del

asiento dando con sus posaderas en el duro suelo y

quedando sentada en mitad de la cal e. Del mal el

14

Génesis

menos, pues no hubo percance serio alguno, sólo las

risas del personal del bar de la esquina que, a la

sombra, tomando la fresca de la tarde, mitigaba los

ardores del verano con lo que al á dicen un canario o

una paloma que no son otra cosa que la mezcla de anís

seco tipo cazal a, licor de limón, cubitos de hielo y agua

fría o bien anís seco, hielo y agua fresca,

respectivamente.

La señora fue socorrida de inmediato, pero por más

gritos que dieron a Roque, éste no se enteró que había

perdido a la pasajera. Notó la falta cuando l egó a casa

y esperó a que se apease; pero observando que no lo

hacía, se giró y comprobó que había l egado solo.

Retomó entonces el camino recién dejado, despacito y

comprobando que no pasaba de largo nuevamente y

buscando con honda preocupación y minuciosidad a la

esposa abandonada sin mediar divorcio, entonces estas

cosas eran propias de ricos, y así hasta l egar a San

Miguel de Salinas, muy cerca de Torrevieja que era el

pueblo en cuestión donde la buena mujer asentó el

trasero en mitad de la calzada.

Ni decir que medio pueblo esperaba la aparición de la

gran moto que por obra del demonio o de algún ángel

bueno l egaría por arte de birlibirloque a recoger a la

15

Génesis

pasajera. Y tenía su porqué la expectación, pues el

motero, a decir de los testigos y pregonado por el

pueblo, apenas sobresalía del asiento, pues recostado

para lograr alcanzar el manil ar, era lo más parecido a

un pequeño punto redondo que sobresalía del depósito,

sin que pudiera adivinarse a qué artilugio o persona

pudiera pertenecer.

Protegía el piloto la cabeza y los ojos por una especie

de pasamontañas de cuero marrón oscuro y unas

grandes gafas sujetas por una extensible goma cosida

por la parte de atrás a una correa de cuero. Estebana

no, el a nunca usó de extraños atavíos. Con el pañuelo

tenía suficiente. Cuando circulaban en su Peugeot, era

como ver una moto grande con una señora sentada

lateralmente, una capaza donde l evaba las viandas

para pasar el día sobre las rodil as, pañuelo negro a la

cabeza para no despeinarse y un ingenio a motor que

era gobernado a control remoto y nada más.

Del abuelo Roque dicen que no era de los que

gustara de largas pláticas ni tampoco de hablar con

demasiada frecuencia o con quienes le salieran al

paso. Cuentan que era bonachón, casi un santón de los

que derraman bondad; pero no acabo de creerlo. La

gente de campo de aquel os años podía ser bonachona

16

Génesis

y la mayoría de el os lo eran; pero en el mejor de los

casos no creo que se les pudiera denominar santones,

porque no eran tiempos de meditación o santidad y si de

trabajo y olvido. Después de una guerra civil como la

que hubo en España quedaron pocos santos vivos, son

los primeros que hicieron desfilar por la pasarela del

paredón. Santo campesino hubo uno hace mucho

tiempo y fue San Isidro; no me suena ningún otro,

aunque puede que lo haya, el santoral eclesiástico es

muy largo y viene añadiendo nombres desde el siglo

uno.

Como para que estuviese compensada la pareja,

además de por la diferencia de estatura, el a hablaba

por él y cinco más, pesaba como cinco, era grande

cómo cinco, trabajaba en el caserío como lo hicieran

cinco personas y su número predilecto, según el a, el

que le gustaba, no era el cinco sino el cuatro. Por no

permanecer cal ada, era capaz de trabar conversación

con el lucero del alba y de l evar la contraria al Obispo

de Roma; aunque tuviera que disertar del sexo de los

ángeles, del enrol amiento del caracol o de lo que

viniera al caso, la cuestión era cascar, cotorrear. Era

evidente que se encontraba sola, necesitaba

escucharse; pero hablar consigo misma era peligroso en

17

Génesis

aquel as épocas, imagino que ahora también; aunque

entonces te tomaban por orate a las primeras de cambio

y acababas recluso en un manicomio. Así que cuando

tenía oportunidad de charlar con alguien ¡pobre incauto!

era capaz de no comer por una conversación larga y

tendida.

18

Génesis

En el principio creó Díos el cielo y la tierra. La

tierra era un caos y confusión: oscuridad cubría el

abismo, y un viento de Díos aleteaba por encima de las