Fronteras en las letras Judías latinoamericanas por Saul Sosnowski - muestra HTML

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Revista Iberoamericana. Vol. LXVI, Núm. 191, Abril-Junio 2000, 263-278

FRONTERAS EN LAS LETRAS JUDÍAS-LATINOAMERICANAS

POR

SAÚL SOSNOWSKI

University of Maryland at College Park

—“Si hubiera una guerra entre Argentina e Israel: ¿por cuál de los dos pelearías?” La pregunta era parte de un ejercicio al que nos enfrentábamos los alumnos de las escuelas hebreas en el Buenos Aires de los años cincuenta; también se dejó oír en los setenta, me dicen, en más de un secundario nacional. Eran varias las preguntas y las respuestas que nos preparaban para una eventual visita del “Inspector”. No recuerdo si alguna vez llegó a visitarnos alguien del Ministerio o si sólo fragué la imagen de un hombre muy afeitado, bigote fino, traje con chaleco, sombrero y una sonrisa afable e igualmente tramposa que nos inducía a decirle, en confianza, claro, “y sí, por Israel”, con lo cual “clausura del colegio por deslealtad a la patria”.

La doble lealtad —es decir, el ser percibido como desleal a la nación a la cual pertenecemos por derecho de nacimiento— ha sido una constante en la formación de una ciudadanía sometida a pruebas periódicas. Las sospechas que, por cierto, no reflejaban un consenso nacional ni el sentir de toda la clase política desde el establecimiento del Estado de Israel en 1948, o desde la canalización de aportes a los pioneros radicados en Palestina y a los sobrevivientes del Holocausto, se basaban en apelativos, fisonomías, creencias y prácticas ajenas al ideario de una nación que se venía forjando desde fines del siglo XVIII y que desde mucho antes, tenía arraigados principios discriminatorios en sus bases educativas.

En el anticipado interrogante del “inspector” subyacía la mácula de la traición posible, la prueba de la ajenidad. Y con ello, para quienes debían responder, la necesidad de probarse continuamente, de demostrar que el hijo de recién venido también era criollo. Por eso Los gauchos judíos de Alberto Gerchunoff (1884-1950) es considerado texto fundacional de la literatura judía-argentina y, en general, de la judía-latinoamericana: porque apareció en 1910 para sumarse a las celebraciones del Centenario, porque articuló los ejes en torno a los cuales se dirime la integración del inmigrante que siempre estará signado por lo minoritario, porque se adelantó a la consideración de lo nacional equiparando Argentina con Sión, a la Patria elegida con el hallazgo de la Tierra Prometida. Y porque Gerchunoff lo hizo recuperando la lengua que siempre había considerado suya, inscribiéndose en la nación con el idioma español del cual metafóricamente careció durante cuatro siglos: desde el exilio impuesto en 1492 hasta su arribo al territorio que por esos mismos años había sido conquistado con el mismo ímpetu intolerante que lo condujo a ser periódicamente extraño en los villorios europeos que fueron suyos y aprendió a querer como propios.