Fiesta por Ernest Hemingway - muestra HTML

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Libro primero

Capítulo primero

Robert Cohn había sido en un tiempo campeón de pesos medios en Princeton. No vayáis a creer que un título de boxeo me impresione en gran manera; pero, para Cohn, significaba muchísimo. No le gustaba nada el boxeo; a decir verdad, lo detestaba. Si lo había aprendido a fondo, después de arduo esfuerzo, había sido para contrarrestar el sentimiento de inferioridad y timidez que sintió al ser tratado como judío en Princeton. Le procuraba cierto consuelo íntimo saber que podía tum-bar a cualquiera que fuese insolente con él, aunque, como era muy tí-

mido y una buena persona por naturaleza, no peleó nunca excepto en el gimnasio. Era el discípulo más brillante de Spider Kelly. Spider Kelly enseñaba a todos sus jóvenes caballeros a boxear como pesos pluma, tanto si pesaban ciento cinco libras como doscientas cinco; pero, por lo que parece, a Cohn el método le sentó como un guante. Era tan bueno que Spider pronto le hizo competir con gente que lo aventajaba; la consecuencia fue que le quedó la nariz aplastada para toda la vida. Esto acentuó la aversión de Cohn por el boxeo, pero le proporcionó al mismo tiempo una extraña satisfacción y, desde luego, mejoró su nariz. En su último año en Princeton leyó demasiado y se acostumbró a llevar gafas.

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No encontré nunca a nadie de su promoción que se acordase de él, ni siquiera de que había sido campeón de pesos medios.

Desconfío de todas las personas francas y sencillas, especialmente cuando sus historias parecen tener lógica, y siempre me quedé con la sospecha de que tal vez Robert Cohn no había sido nunca campeón de pesos medios; quizá un caballo le había pisado la cara, o quizá su madre había tenido un susto o había visto algo, o quizá él, de niño, se ha-bía dado un porrazo. Pero al fin encontré a alguien que consiguió com-probar aquella historia preguntándosela al mismo Spider Kelly. Spider Kelly no sólo recordaba a Cohn, sino que se había preguntado a menudo qué se había hecho de él.

Robert Cohn pertenecía a una de las familias judías más ricas de Nueva York, por parte de su padre, y a una de las más antiguas, por parte de su madre. En la escuela militar donde se preparó para entrar en Princeton y fue al mismo tiempo un excelente extremo del equipo de fútbol, nadie le había hecho tomar conciencia de su raza. Nadie le había hecho sentir que era judío y distinto, por tanto, a todos los demás, hasta que fue a Princeton. Era un muchacho amable, afectuoso y muy tímido, y ese asunto le amargó la vida. Se desahogó boxeando, y salió de Princeton con un penoso complejo de inferioridad y con la nariz aplastada. Se casó con la primera chica que fue amable con él. Estuvo casado durante cinco años, tuvo tres hijos, perdió la mayor parte de los cincuenta mil dólares que su padre le había dejado –el resto de los bienes había ido a parar a su madre– y se templó en el poco atractivo molde de la infelicidad doméstica con una mujer rica. Y, precisamente cuando hubo tomado la resolución de dejar a su mujer, fue ella quien le dejó a él, largándose con un miniaturista. Como había estado pensando meses y meses en dejarla y no lo había hecho por considerar demasiado cruel privarla de su compañía, su partida le ocasionó un shock muy saludable.

Se tramitó el divorcio y Robert Cohn se marchó a la costa. En California fue a parar en un grupo de gente de letras y, como le quedaba todavía algo de los cincuenta mil que heredó, al cabo de poco tiempo estaba subvencionando una revista artística, que empezó a publicarse en Carmel, California, y acabó en Provincetown, Massachusets. Por aquella época, Cohn, que hasta entonces había sido considerado sólo como un mecenas y cuyo nombre había aparecido únicamente en la primera pá-

gina, en calidad de miembro de la junta consultiva, se había convertido en redactor único. El dinero era suyo, y descubrió que le gustaba la autoridad que confería el ser redactor. Cuando la revista resultó demasiado cara y tuvo que renunciar a ella, lo sintió.

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En aquellos momentos, sin embargo, eran otras las cosas que le preo-cupaban. Una dama, que esperaba ascender con la revista, le había echado el lazo; era muy enérgica y Cohn no tenía ni una sola posibilidad de evitar que le manejara. Además, estaba seguro de que la quería. Cuando la dama en cuestión vio que la revista no se levantaría, se disgustó un poco con Cohn, y decidió que más valía obtener lo que fuera posible mientras quedara todavía algo por adquirir. De modo que insistió para que se marcharan a Europa; allí Cohn podría escribir. Fueron a Europa, donde la dama había sido educada, y se quedaron tres años, de los cuales pasaron uno viajando y los dos restantes en París. Durante este tiempo Cohn tuvo dos amigos, Braddocks y yo: Braddocks era su amigo literario, yo su amigo de tenis.

La dama que lo tenía en sus manos, y que se llamaba Frances, descubrió, a fines del segundo año, que su belleza se iba marchitando, y su actitud para con Robert pasó de una despreocupada posesión y explo-tación a la decisión irrevocable de que él tenía que casarse con ella. Por esta época la madre de Robert Cohn le había fijado una asignación mensual de unos trescientos dólares. Durante dos años y medio, no creo que Robert Cohn mirara a otra mujer. Era razonablemente feliz, con la excepción de que, al igual que muchos que viven en Europa, hubiera preferido estar en América, y había descubierto el arte de escribir.

Compuso una novela que, en realidad, no era tan mala como dijeron más tarde los críticos, aunque sí muy pobre. Leía mucho, jugaba al bridge y boxeaba en un gimnasio local.

Me di cuenta por primera vez de la actitud de su dama para con él una noche en que, tras haber cenado los tres juntos en el Avenue, fuimos al Café Versailles, a tomar café y, después de unos cuantos fines, dije que iba a marcharme. Cohn había hablado de irnos los dos de viaje a algún sitio un fin de semana. Quería salir de la ciudad y dar una buena caminata. Sugerí que podíamos ir en avión hasta Estrasburgo y desde allí llegar andando hasta Sainte Odile o cualquier otro lugar de Alsacia.

–En Estrasburgo conozco a una chica que nos puede enseñar la ciudad

–dije.

Alguien me dio un puntapié por debajo de la mesa. Creí que había sido sin querer y continué:

–Hace dos años que está allí y sabe todo lo que hay que saber sobre la ciudad. Es una chica estupenda.

Me dieron otro puntapié por debajo de la mesa; miré y vi a Frances, la dama de Robert, con la barbilla levantada y el rostro endurecido.

–En fin –dije–, ¿por qué ir a Estrasburgo? Podemos ir a Brujas o a las Ardenas.

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Cohn pareció quitarse un peso de encima y yo no volví a recibir ningún puntapié. Di las buenas noches y salí. Cohn dijo que quería comprar un periódico y que me acompañaría hasta la esquina.

–¡Por Dios! –dijo–, ¿a santo de qué has dicho lo de la chica de Estrasburgo? ¿Es que no te has fijado en Frances?

–No. ¿Por qué razón tenía que ocurrírseme? Si conozco a una chica americana que vive en Estrasburgo, ¿qué caray tiene que ver eso con Frances?

–Tanto da una como otra. Cualquier chica. No podré ir, eso es todo.

–No seas imbécil.

–Tú no conoces a Frances. Absolutamente todas las chicas. ¿No viste qué cara ponía?

–¡Oh, está bien! –dije–. Vayamos a Senlis, pues.

–No te enfades.

–No estoy enfadado. Senlis es un buen sitio; podemos hospedarnos en el Grand Cerf, dar una caminata por los bosques y volver a casa.

–Bueno, eso estará bien.

–En fin, te veré mañana en el campo.

–Buenas noches, Jake –dijo, y echó a andar hacia el café.

–Te has olvidado del periódico.

–Es verdad.

Anduvo conmigo hasta el quiosco de la esquina.

–No te has molestado, ¿verdad, Jake? –preguntó volviéndose con el pe-riódico en la mano.

–No, ¿por qué iba a hacerlo?

–Nos veremos en el tenis –dijo.

Le observé mientras volvía al café con su periódico. Le tenía bastante simpatía, y era evidente que la vida que ella le proporcionaba no era lo que se dice una delicia.

Capítulo II

Aquel invierno Robert Cohn se fue a América con su novela que le fue aceptada por un buen editor. Su marcha originó, al parecer, una terrible pelea. Creo que fue entonces cuando Frances lo perdió, pues en Nueva York varias mujeres fueron amables con él y regresó muy cambiado.

Estaba más entusiasmado que nunca con los Estados Unidos, y no era ya ni tan sencillo ni tan amable. Los editores habían alabado en gran manera su novela, y eso se le había subido a la cabeza. Además, diver-sas mujeres se habían desvivido por serle agradables, cosa que trasto-5

có todos sus horizontes. Durante cuatro años se había limitado exclusi-vamente a su mujer, y durante tres más, o casi tres, no había visto más allá de Frances. Estoy seguro de que jamás en su vida se había enamorado.

Se había casado de rechazo, como reacción contra el cochino tiempo que había pasado en la Universidad, y Frances lo pescó también de rechazo, cuando él se dio cuenta de que no lo había sido todo para su primera mujer. No es que estuviera enamorado todavía, pero compro-baba que era un polo de atracción para las mujeres, y que el hecho de que una se preocupara por él y quisiera vivir con él no era sencillamente un milagro del cielo. Eso le hizo cambiar de tal forma que ya no resultaba tan agradable estar a su lado. Por otra parte, en una serie de partidas de bridge con sus amistades de Nueva York, en las que se ju-gaban cantidades algo superiores a lo que le permitían sus medios económicos, hizo apuestas y la cosa le salió bien, por lo que se embolsó unos cuantos centenares de dólares. Desde entonces se envanecía de su bridge y decía a menudo que un hombre puede siempre ganarse la vida con él, en caso de que se vea forzado a hacerlo.

Además, había otra cosa: se había dedicado a leer a W. H. Hudson. Eso parece a simple vista una ocupación inocente. Pero es que Cohn había leído y releído The purple land. The purple land es un libro sumamente funesto si uno lo lee demasiado tarde en la vida. Narra los espléndidos amores imaginarios de un intachable gentleman inglés en un país extraordinariamente romántico, de paisajes muy bien descritos. Que un hombre lo adopte a los treinta y cuatro años como guía para todos los aspectos de la vida, resulta aproximadamente tan peligroso como lo se-ría para un hombre de la misma edad pasar directamente de un con-vento francés a Wall Street, equipado con una colección completa de los más prácticos libros de Alger. Creo que Cohn se tomó cada una de las palabras de The purple land en sentido tan literal como si se tratara de un informe de R. G. Dun. Entendámonos bien; hizo algunas salvedades, pero, en conjunto, el libro le pareció intachable. Era todo lo que se necesitaba para dispararlo. No me di cuenta del grado en que lo había excitado hasta un día en que se me presentó en el despacho.

–Hola, Robert –dije–. ¿Has venido a darme ánimos?

–¿Te gustaría ir a Sudamérica, Jake? –me preguntó.

–No.

–¿Por qué no?

–No lo sé. Nunca he tenido ganas de ir. Demasiado caro. Además, en París uno puede ver a todos los sudamericanos que quiera.

–No son los auténticos sudamericanos.

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–Pues a mí me parecen terriblemente auténticos.

Tenía que llevar al barco correo un paquete con las narraciones de aquella semana y había escrito sólo la mitad.

–¿Sabes algo sucio? –pregunté.

–No.

–¿No se divorcia ninguna de tus amistades de alto copete?

–No. Oye, Jake, si yo pagase los gastos de los dos, ¿querrías venir conmigo a Sudamérica?

–¿Por qué precisamente yo?

–Porque hablas español. Y los dos juntos nos divertiríamos más.

–No –dije–. Me gusta esta ciudad, y en verano me voy a España.

–Toda mi vida he querido hacer un viaje como éste –dijo Cohn sentándose–. Y, cuando pueda, ya seré demasiado viejo.

–No seas estúpido –repliqué–. Puedes ir adonde quieras. Tienes dinero de sobra.

–Ya lo sé. Pero no soy capaz de ponerme en marcha.

–No te lo tomes tan a pecho –dije–. Ver países es lo mismo que ir al ci-ne.

Pero me dio lástima. Se le presentaban mal las cosas.

–No puedo soportar la idea de que mi vida se va con tanta rapidez y yo no la vivo realmente.

–Nadie vive su vida hasta apurarla, excepto los toreros.

–No me interesan los toreros. Es una vida anormal. Quiero volver a la vida en contacto con la naturaleza, en Sudamérica. Podríamos hacer un gran viaje.

–¿No has pensado nunca en ir a cazar al África Oriental Inglesa?

–No, no me gustaría.

–Ahí sí que te acompañaría.

–No, no me interesa.

–Es porque nunca has leído libros sobre eso. Anda, coge alguno que es-té lleno de amores con hermosas y deslumbrantes princesas negras.

–Yo quiero ir a Sudamérica.

Tenía una inflexibilidad y testarudez muy judías.

–Bajemos a beber algo.

–¿No estás trabajando?

–No –dije.

Bajamos al café que había en la planta baja de la casa. Había descubierto que era la mejor manera de zafarme de los amigos. Después de beber algo, no tenía más que decir: «Bueno, tengo que volver arriba a enviar unos cablegramas», y ya estaba. En el oficio de periodista, en cuya ética tiene tanta importancia que uno no dé nunca la impresión de 7

estar trabajando, es muy importante encontrar salidas decorosas como ésta. En fin, bajamos al bar y tomamos un whisky con soda. Cohn miraba las botellas colocadas en sus nichos por todas las paredes.

–Es un buen sitio –dijo.

–Hay una buena cantidad de alcohol –admití.

–Oye, Jake –dijo inclinándose hacia delante para apoyarse en la barra–,

¿no has tenido nunca la impresión de que tu vida se te escurre sin que tú le saques el jugo? ¿Te das cuenta de que has vivido ya casi la mitad de lo que durará tu vida?

–Sí, de vez en cuando.

–¿Sabes que dentro de treinta y cinco años habremos muerto?

–Pero, ¿qué sandeces estás diciendo, Robert? –exclamé.

–Hablo en serio.

–Es algo que no me preocupa.

–Pues tendría que preocuparte.

–Siempre he tenido quebraderos de cabeza en un momento u otro. He terminado con las preocupaciones.

–Pues yo quiero ir a Sudamérica.

–Oye, Robert, ir a otro país no cambia en absoluto las cosas. Yo lo he probado. No puedes huir de ti mismo por el mero hecho de trasladarte de un sitio a otro. No se logra nada así.

–Pero tú nunca has estado en Sudamérica.

–¡Al infierno Sudamérica! Si fueras allí en tu actual estado de ánimo se-ría exactamente lo mismo. Esta es una buena ciudad. ¿Por qué no empiezas a vivir tu vida en París?

–Estoy harto de París y estoy harto del Quartier.

–Pues no te acerques por el Quartier. Dedícate a dar vueltas por ahí tú solo y ya verás lo que ocurre.

–Lo que es a mí, no me ocurre nada. Estuve andando solo durante toda una noche y no pasó nada, si no es que un guardia en bicicleta me detuvo y me pidió la documentación.

–¿Y no era bonita, de noche, la ciudad?

–No me interesa París.

Y no le pude sacar de ahí. Lo sentía por él, pero era imposible hacer nada, porque uno chocaba con una doble obstinación: Sudamérica po-día arreglar las cosas, y no le gustaba París. La primera idea la había sacado de un libro, y supongo que con la segunda había ocurrido otro tanto.

–Bueno –dije–, tengo que ir arriba a enviar unos cables.

–¿De verdad tienes que irte?

–Sí, he de despachar estos cables.

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–¿Te importa que suba y me siente en el despacho?

–No. Sube.

Se sentó en la habitación que daba al exterior y leyó los periódicos, mientras el redactor, el editor y yo trabajábamos de firme durante dos horas. Al terminar, separé las copias, las sellé y coloqué todo el material en un par de sobres grandes de papel de embalaje y llamé a un chico para que los llevara a la Gare Saint-Lazare. Entré en la otra habitación. Robert Cohn estaba dormido en el sillón, con la cabeza apoyada en los brazos. No me gustaba tener que despertarlo, pero quería cerrar el despacho y largarme. Le puse la mano en el hombro y sacudió la cabeza: «No puedo hacerlo», dijo, y hundió todavía mas la cabeza entre los brazos. «No puedo hacerlo. Nada me obligará a hacerlo.»

–Robert –dije, cogiéndolo por los hombros y zarandeándolo.

Levantó la vista, sonrió y parpadeó.

–¿He hablado en voz alta?

–Algo decías. Pero no quedaba claro.

–¡Dios mío, qué sueño más inmundo!

–¿Fue la máquina de escribir la que te hizo dormir?

–Creo que sí. No he pegado ojo en toda la noche.

–¿Qué te pasaba?

–Estuve hablando.

Me imaginé la escena. Tengo la vergonzosa costumbre de imaginarme las escenas de alcoba de mis amigos. Fuimos al Café Napolitain a tomar el aperitivo y a contemplar el gentío vespertino que pasaba por el Boulevard.

Capítulo III

Era una tibia noche de primavera. Robert se había ido y yo seguía sentado a una mesa en la terraza del Napolitain, contemplando la caída de la noche, la aparición de los anuncios luminosos, las señales rojas y verdes del tránsito, la multitud que pasaba, los coches de caballos que marchaban con su clop-clop por el borde de las compactas filas de taxis, y las poules que, solas o en parejas, iban en busca de su comida vespertina. Me fijé en una chica bien parecida; pasó por delante de mi mesa, siguió calle arriba y la perdí de vista. Mientras observaba a otra, vi que la primera volvía a acercarse. Pasó ante mí otra vez, se cruzaron nuestras miradas, y entonces vino y se sentó a la mesa. Apareció el camarero.

–¿Qué vas a tomar? –le pregunté.

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–Pernod.

–Eso no es bueno para chiquillas.

–Chiquilla lo serás tú. Dites, garçon, un pernod.

–Un pernod para mí, también.

–¿Qué? –preguntó–, ¿estamos de fiesta?

–Claro. ¿Tú no?

–No lo sé. En esta ciudad, una nunca lo sabe.

–¿No te gusta París?

–No.

–¿Por qué no te vas a otro sitio?

–No hay otro sitio.

–¡Ah, muy bien, estás satisfecha!

–¡Satisfecha! ¡Y un cuerno!

El pernod es una especie de absenta de tono verdoso. Cuando se le añade agua, se vuelve lechoso. Sabe a regaliz y levanta mucho los ánimos, pero la resaca que sigue es todavía más considerable. Estuvimos allí sentados, bebiendo. La chica parecía hosca.

–Bueno –pregunté–, ¿me vas a pagar la cena?

Sonrió, y comprendí por qué tenía por principio no reírse. Con la boca cerrada era una chica bastante bonita. Pagué las consumiciones y salimos a la calle. Hice señas a un fiacre y el cochero detuvo el caballo al borde de la acera. Instalados en el fiacre, de lento y suave andar, recorrimos la Avenue de l'Opéra, ancha, resplandeciente y casi desierta, y pasamos ante las tiendas de puertas cerradas y escaparates iluminados. El fiacre pasó por delante del despacho del New York Herald, con su escaparate lleno de relojes.

–¿Para qué sirven todos esos relojes? –preguntó ella.

–Indican la hora que es en toda América.

–No me tomes el pelo.

Doblamos la Avenue para tomar la Rue des Pyramides y, después de sortear el tránsito de la Rue de Rívoli, entramos en las Tullerías por un oscuro portal. Ella se apretó contra mí y yo la rodeé con el brazo. Levantó la cara para que la besara. Me tocó con la mano y yo se la retiré.

–No, no te molestes.

–¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?

–Sí.

–Todo el mundo está enfermo. Yo también lo estoy.

Dejamos las Tullerías y salimos de nuevo a la luz, cruzamos el Sena y subimos por la Rue des Saints Pères.

–No deberías beber pernod, si estás enfermo.

–Tú tampoco.

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–Conmigo no importa. Para una mujer no tiene importancia.

–¿Cómo te llamas?

–Georgette. ¿Y tú?

–Jacob.

–Es un nombre flamenco.

–También americano.

–¿No eres flamenco?

–No, americano.

–Mejor; detesto a los flamencos.

Estábamos ya ante el restaurante. Dije al cochero que parara. Bajamos, y Georgette no se mostró muy complacida con el aspecto del local:

–Como restaurante no es gran cosa.

–No –dije yo–. Quizá preferirías ir al Foyot. ¿Por qué no retienes el fiacre y continúas?

Me la había llevado movido por la vaga y sentimental idea de que sería bonito comer con alguien. Hacía mucho tiempo que no había cenado con una poule, y había olvidado hasta qué punto puede resultar aburrido. Entramos en el restaurante, pasamos junto a Madame Lavigne, que estaba en la caja, y nos metimos en una salita. Georgette se animó un poco a la vista de la comida.

–No se está mal aquí –dijo–. No es chic, pero la comida está bien.

–Mejor que la que comes en Lieja.

–Bruselas, querrás decir.

Tomamos otra botella de vino y Georgette hizo una broma. Esbozó una sonrisa, que puso al descubierto toda su mala dentadura, y brindamos.

–No eres mal tipo –dijo–. Es un fastidio que estés enfermo. Nos lleva-mos bien. Por cierto, ¿qué es lo que te pasa?

–Me hirieron en la guerra.

–¡Oh, esa cochina guerra!

Probablemente hubiéramos continuado discutiendo acerca de la guerra y hubiéramos estado de acuerdo en que era, realmente, una calamidad para la civilización y que tal vez hubiese sido mejor evitarla. Yo estaba bastante aburrido. Justamente en aquel momento, alguien llamó desde la otra habitación:

–¡Barnes! ¡Eh, Barnes! ¡Jacob Barnes!

–Es un amigo que me llama –expliqué, y salí.

Allí estaba Braddocks, ante una gran mesa, con toda una pandilla: Cohn, Frances Clyne, Mrs. Braddocks y unos cuantos más que no conocía.

–Viene usted a bailar, ¿verdad? –preguntó Braddocks.

–¿A bailar?

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–Sí, hombre, los dancings, los bailes públicos. ¿No se ha enterado de que los hemos resucitado? –intervino Mrs. Braddocks.

–Tiene usted que venir, Jake. Vamos todos –dijo Frances desde el otro extremo de la mesa.

Era alta y sonreía.

–Claro que viene –dijo Braddocks–. Entre a tomar café con nosotros, Barnes.

–Bueno.

–Y tráigase a su amiga –dijo Mrs. Braddocks riendo.

Era canadiense, y poseía toda la llaneza e indulgencia en el trato social que caracteriza a la gente de su país.

–Gracias; en seguida venimos –dije, y volví a la salita.

–¿Quiénes son tus amigos? –preguntó Georgette.

–Escritores y artistas.

–Los hay a montones en este lado del río.

–Demasiados.

–Yo también lo creo así. Sin embargo, hay algunos que ganan dinero.

–¡Oh, sí!

Terminamos la comida y el vino.

–Anda –dije–, vamos a tomar café con los demás.

Georgette abrió el bolso, se retocó la cara mirándose en el pequeño espejo, se repintó los labios con el lápiz y se enderezó el sombrero.

–Bueno –dijo.

Entramos en la habitación llena de gente. Braddocks y los demás hombres que estaban sentados a la mesa se pusieron en pie.

–Permítanme que les presente a mi novia, mademoiselle Georgette Leblanc –dije.

Georgette sonrió con aquella maravillosa sonrisa suya, y repartimos apretones de manos por todos lados.

–¿Es usted pariente de Georgette Leblanc, la cantante? –preguntó Mrs.

Braddocks.

–Connais pas –contestó Georgette.

–Pues tiene usted el mismo apellido –insistió cordialmente Mrs. Braddocks.

–No –dijo Georgette–, nada de eso. Mi apellido es Hobin.

–Pero el señor Barnes la presentó como mademoiselle Georgette Leblanc. Seguro que lo hizo –insistió Mrs. Braddocks a quien la excitación de hablar francés hacía propensa a no tener ni idea de lo que estaba diciendo.

–Es un imbécil –dijo Georgette.

–¡Ah, entonces era una broma! –dijo Mrs. Braddocks.

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–Sí –dijo Georgette–. Era para reírse.

–¿Has oído eso, Henry? –gritó Mrs. Braddocks a su marido, que estaba al otro extremo de la mesa–. El señor Barnes presentó a su novia como mademoiselle Leblanc, cuando, en realidad, su nombre es Hobin.

–Claro que sí, querida: mademoiselle Hobin. Hace mucho tiempo que la conozco.

–Mademoiselle Hobin –dijo Frances Clyne, hablando en francés con mucha rapidez, pero sin parecer ni tan ufana ni tan estupefacta como Mrs.

Braddocks de que le saliera de veras francés–, ¿hace mucho tiempo que está usted en París? ¿Le gusta todo eso? Adora usted París, ¿verdad?

–¿Quién es? –preguntó Georgette volviéndose hacía mí–. ¿Tengo que contestarle?

Se volvió hacia Frances que, sentada, sonriente, y con las manos cruzadas y la cabeza en equilibrio sobre su largo cuello tenía ya los labios fruncidos para empezar a hablar de nuevo, y dijo:

–No, no me gusta París. Es caro y sucio.

–¿Sí? ¡Yo lo encuentro tan extraordinariamente limpio! Una de las ciudades más limpias de toda Europa.

–Yo la encuentro sucia.

–¡Qué raro! Tal vez es porque no hace mucho que está usted aquí.

–Hace el tiempo suficiente.

–Pero, eso sí, tiene gente encantadora; eso no se puede negar.

Georgette se volvió hacia mí:

–Tienes unos amigos muy agradables.

Frances estaba algo bebida y le hubiera gustado continuar con el tema, pero llegó el café y Lavigne trajo tos licores, tras lo cual salimos todos y nos pusimos en camino hacia el dancing de Braddocks.

El dancing era un bal musette, situado en la Rue de la Montagne Sainte Geneviève. Durante cinco noches por semana iba allí a bailar la clase trabajadora del barrio del Panthéon. Una noche por semana era un dancing club. Y los domingos por la noche estaba cerrado. Cuando llegamos estaba casi vacío, excepción hecha de un guardia sentado junto a la puerta, de la mujer del propietario, que estaba en la barra, y del propietario mismo. La hija de la casa bajaba en el instante en que entramos nosotros. Había bancos largos, mesas que iban a través de la sala y, al final de todo, una pista de baile.

–Me gustaría que la gente llegara más pronto –dijo Braddocks.

La hija vino a enterarse de qué íbamos a beber. El propietario se subió a un taburete alto, al lado de la pista de baile, y empezó a tocar el acordeón. Llevaba una hilera de cascabeles alrededor de uno de los to-13

billos y marcaba el ritmo con el pie al mismo tiempo que tocaba. Todo el mundo se puso a bailar. Hacía calor y salimos de la pista sudando.

–¡Dios mío! –dijo Georgette–. ¡Cómo se suda en este antro!

–Hace calor, sí.

–¡Calor, Dios mío!

–Quítate el sombrero.

–Es una buena idea.

Alguien sacó a bailar a Georgette y yo me fui al bar. Hacía realmente mucho calor y la música del acordeón resultaba agradable en aquella noche bochornosa. De pie en el umbral de la puerta, recibiendo el soplo de aire fresco de la calle, me bebí una cerveza. Por la empinada calle bajaban dos coches; se pararon ambos frente al bal y saltó de ellos un tropel de jóvenes, unos cuantos con jerseys, otros en mangas de camisa. A la luz que venía de la puerta, veía sus manos y su pelo recién lavado y ondulado. El guardia que estaba junto a la puerta me miró sonriendo. Entraron y, al pasar bajo la luz, vi manos blancas, pelo ondulado y caras también blancas que hacían muecas, gesticulaban, hablaban.

Con ellos iba Brett. Estaba muy atractiva y encajaba a la perfección en el grupo.

Uno de ellos vio a Georgette y dijo:

–Eso sí que es una auténtica fulana, lo juro. Voy a bailar con ella, Lett.

Tú mírame bien.

El alto y moreno llamado Lett dijo:

–No hagas tonterías.

El rubio de pelo ondulado contestó:

–No te preocupes, querido.

Y con esa gente iba Brett...

Yo estaba muy irritado. Fuera en las circunstancias que fuera, aquella clase de gente me ponía siempre de mal humor. Ya sabía que se les consideraba divertidos, y que uno ha de ser tolerante, pero tenía ganas de sacudir a uno, no importaba cuál, de hacer cualquier cosa para acabar con aquel airecillo de superioridad y aquella afectación acompañada de una sonrisa bobalicona. Pero me fui calle abajo y tomé una cerveza en la barra del bal siguiente. La cerveza no era nada buena y, para qui-tarme el mal gusto de la boca, me bebí un coñac todavía peor. Cuando volví al bal, había una aglomeración en la pista y Georgette estaba con el mozalbete alto y rubio, que bailaba con gran meneo de caderas, la cabeza inclinada hacia un lado y los ojos en blanco. Tan pronto como cesó la música, otro chico pidió a Georgette que bailara con él. La ha-bían acaparado. Adiviné entonces que todos iban a bailar con ella; son así.

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Me senté a una mesa en la que estaba Cohn. Frances bailaba. La señora Braddocks trajo a un individuo al que presentó con el nombre de Robert Prentis. Era de Nueva York, pasando por Chicago. Era un novelista nuevo que empezaba a hacer carrera. Tenía una especie de acento inglés.

Le dije que tomara un trago.

–Muchas gracias –dijo–; acabo de hacerlo.

–Tome otro.

–Bueno; gracias, pues.

Hicimos acercar a la hija de la casa y pedimos un fine à l'eau para cada uno.

–Me han dicho que es usted de Kansas City –dijo él.

–Sí.

–¿Se divierte en París?

–Sí.

–¿De veras?

Yo estaba un poco achispado. No borracho en el pleno sentido de la palabra, pero sí lo suficiente para mostrarme descortés.

–¡Por el amor de Dios! –dije–. ¡Sí! ¿Usted no?

–¡Oh, con qué gracia se enfada usted! –dijo él–. Desearía tener este don.

Me levanté y fui hacia la pista. La señora Braddocks me siguió:

–No se enfade con Robert –dijo–; es todavía un chiquillo.

–No estaba enfadado –respondí–. Lo que pasó fue que creí por un momento que iba a vomitar.

La señora Braddocks miró hacia la pista, donde Georgette bailaba con el individuo alto y moreno llamado Lett.

–Su novia tiene un gran éxito.

–¿Verdad que sí?

–¡Y tanto! –dijo la señora Braddocks.

Apareció Cohn:

–¡Anda, Jake, toma un trago!

Nos dirigimos al bar.

–¿Qué te pasa? –preguntó–. Parece que algo te haya agitado tremendamente.

–No me pasa nada. Todo ese espectáculo me pone enfermo, eso es to-do.

Brett se acercó a la barra.

–¡Hola, chicos!

–¡Hola, Brett! –dije yo–. ¿Cómo es que no estás trompa?

–No me volveré a emborrachar nunca más. Oye, ¿es que no invitas a una amiga a un brandy con soda?

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Se quedó de pie, con el vaso en la mano, y observé que Robert Cohn la miraba. Seguramente era aquélla la cara que debió de poner su compatriota al contemplar la tierra prometida. Cohn era, por supuesto, mucho más joven, pero tenía la misma mirada de ávida y merecida esperanza.

Brett estaba endiabladamente atractiva. Llevaba un suéter, una falda de tweed y el pelo cepillado hacia atrás, como un chico. Era de las que pusieron eso de moda. Estaba toda hecha de curvas, como el casco de un yate de carreras, y con aquel jersey de lana no pasaba inadvertida ni una sola de ellas.

–Estás con un rebaño verdaderamente selecto, Brett –dije.

–¿Verdad que son encantadores? Pues tú no te quedas corto, querido.

¿Dónde has encontrado eso?

–En el Napolitain.

–¿No has pasado una noche agradable?

–¡Oh, no tiene precio! –contesté.

Brett se echó a reír.

–Eso no está bien de tu parte, Jake. Es un insulto para todos nosotros.

Mira a Frances, y a Jo.

Lo último iba dirigido a Cohn.

–Es algo perjudicial para el negocio –continuó Brett riéndose de nuevo.

–Estás admirablemente serena –dije.

–¿Verdad que sí? Además, cuando se está con el rebaño con el que voy,

¡puede una beber con tanta tranquilidad!

Volvió a empezar la música y Robert Cohn dijo:

–¿Quiere bailar éste conmigo, lady Brett?

Brett le sonrió:

–He prometido bailarlo con Jacob.

Se rió.

–Tienes un condenado nombre bíblico, Jake.

–¿Y qué hay del próximo? –preguntó Cohn.

–Nos vamos –contestó Brett–. Tenemos una cita en Montmartre.

Mientras bailábamos miré por encima del hombro de Brett y vi que Cohn la miraba todavía desde la barra.

–Has hecho otra conquista –le dije.

–No me hables de eso. ¡Pobre tipo! No me he dado cuenta hasta este mismo instante.

–¡Oh, vamos! –dije–. Supongo que te gusta hacer colección.

–No digas idioteces.

–¡Pero si es la verdad!

–Bueno, ¿y si lo es, qué?

–Nada –dije.

16

Bailábamos al son del acordeón, y alguien tocaba el banjo. Hacía calor y me sentía feliz. Pasamos cerca de Georgette, que bailaba con otro de aquellos individuos.

–¿Qué mosca te ha picado para traerla aquí?

–No lo sé. La he traído, y nada más.

–Te estás volviendo un buen romántico.

–No, un aburrido.

–¿Ahora?

–No, ahora no.

–Salgamos de aquí. Ella está bien acompañada.

–¿Te apetece a ti?

–¿Es que te lo pediría si no tuviera ganas?

Abandonamos la pista. Cogí la chaqueta del colgador de la pared y me la puse. Brett estaba junto a la barra y Cohn hablaba con ella. Me paré en la barra y pedí un sobre. La patrona encontró uno. Me saqué del bolsillo un billete de cincuenta francos, lo puse dentro del sobre, lo cerré y se lo entregué.

–Si la chica con la que vine pregunta por mí, le da esto –dije–. Si se va con uno de estos caballeros, ¿querrá usted guardármelo?

–C'est entendu, monsieur –dijo la patrona–. ¿Se marcha ya? ¿Tan pronto?

–Sí –dije.

Nos encaminamos hacia la puerta. Cohn estaba todavía hablando con Brett. Ella le dijo buenas noches y se colgó de mi brazo.

–Buenas noches, Cohn –dije yo.

Ya en la calle, buscamos un taxi.

–Vas a perder tus cincuenta francos –dijo Brett.

–Oh, ya lo sé.

–No hay taxis.

–Podemos ir andando hasta el Panthéon y tomar uno.

–Vamos a tomar un trago en la taberna de al lado y enviemos por uno.

–¿No quieres ni atravesar la calle?

–Si puedo evitarlo, no.

Entramos en el bar de al lado y mandé a un camarero por un taxi.

–Bueno –dije–, ya estamos lejos de ellos.

Permanecimos de pie junto a la alta barra de cinc, sin hablar, mirándonos el uno al otro. El camarero vino a decir que el coche estaba fuera.

Brett me apretó la mano con fuerza. Di un franco al camarero y salimos.

–¿Adonde le digo? –pregunté.

–Dile que vaya por ahí, es igual.

17

Dije al conductor que fuera al Parc Montsouris, entré y cerré la puerta.

Brett estaba recostada en la esquina, con los ojos cerrados. Entré y me senté junto a ella. El coche se puso en marcha con una sacudida.

–¡Oh, querido, he sido tan desgraciada! –dijo Brett.

Capítulo IV

El coche subió colina arriba, atravesó la plaza iluminada y, siempre ascendiendo, volvió a la oscuridad; luego, ya en terreno plano, se metió por una calle oscura, detrás de St. Etienne du Mont; bajó suavemente por el asfalto, pasó entre los árboles y el autobús parado de la Place de la Contrescarpe y giró por la empedrada Rue Mouffetard. A cada lado de la calle había bares iluminados y tiendas abiertas todavía. Íbamos separados y, al descender por la vieja calle, una sacudida nos hizo acercar. A Brett se le había caído el sombrero y tenía la cabeza echada hacia atrás. Veía su rostro a la luz de las tiendas abiertas, luego se hizo la oscuridad, y después, al desembocar en la Avenue des Gobelins, volví a verlo con claridad. El piso de la calle estaba levantado y había hombres que trabajaban a la luz de las lámparas de acetileno. La cara de Brett era blanca y la esbelta línea de su cuello se perfilaba al fulgor de las lámparas. La calle se hizo nuevamente oscura y la besé. Nuestros labios se unieron con fuerza y

luego ella se soltó y se acurrucó en un ángulo, tan lejos como pudo, con la cabeza baja.

–No me toques –dijo–. Por favor, no me toques.

–¿Qué te ocurre?

–No puedo soportarlo.

–¡Oh, Brett!

–No debes hacerlo. Vale más que lo sepas. No lo puedo soportar. ¡Querido, compréndelo, por favor!

–¿Es que no me quieres?

–¿Quererte? ¡Si toda yo me vuelvo gelatina cuando me tocas!

–¿No podríamos hacer nada?

Se había vuelto a incorporar. Le había rodeado los hombros con el brazo y tenía la cabeza apoyada contra mí. Ahora estábamos completamente serenos. Ella me miraba a los ojos con aquella manera de mirar que a uno le hacía preguntarse si veía realmente algo de lo que estaba ante ella. Sus ojos podían continuar mirando y mirando cuando todos los demás ojos hubiesen dejado de mirar. Miraba como si no hubiera 18

nada en la tierra a lo que no se atreviera a mirar así; pero, en realidad,

¡tenía miedo de tantas cosas!

–¿Y no podemos hacer nada, absolutamente nada?

–No lo sé –dijo ella–. No quiero pasar de nuevo por aquel infierno.

–Sería mejor que nos mantuviésemos a distancia uno de otro.

–¡Pero, querido, tengo necesidad de verte! Ya sabes que no es sólo por eso.

–No, pero siempre acaba por serlo.

–Es culpa mía. Pero, ¿acaso no pagamos todo lo que hacemos?

Había estado mirándome a los ojos todo el rato. Los suyos tenían profundidades diferentes; a veces resultaban completamente inexpresivos; ahora, en cambio, se podía llegar hasta su fondo.

–Cuando pienso en el infierno por el que he hecho pasar a tantos chicos... Ahora estoy pagándolo con creces.

–No digas necedades –dije–. Además, lo que me pasó a mí más parece gracioso que otra cosa. Nunca pienso en ello.

–¡Ya, ya! ¡Pondría la mano en el fuego!

–Bueno, terminemos con ese asunto.

–Yo misma me reí de eso una vez –dijo ella sin mirarme–. Un amigo de mi hermano volvió así de Mons. Me pareció un chiste siniestro. Tus compañeros no saben nada de eso, ¿verdad?

–No –dije–. Nadie sabe nada.

En realidad, casi había agotado el tema. En una u otra ocasión, lo había considerado probablemente desde casi todos los ángulos posibles, in-cluyendo el de que ciertos daños o imperfecciones que, para la persona que los tiene, resultan muy serios, son motivo de risa.

–Es divertido –dije–. Es muy divertido. Y también es muy divertido estar enamorado.

–¿Lo crees así? –sus ojos eran de nuevo inexpresivos.

–No me refiero a divertido en este sentido. Quiero decir que es un sentimiento agradable.

–¡Oh, no! Yo pienso que es el infierno en la tierra.

–Es agradable volverse a ver.

–No, yo no opino así.

–¿No lo deseas?

–Me veo obligada a hacerlo.

Ahora íbamos como dos extraños. A la derecha se hallaba el Parc Montsouris. El restaurante del vivero de truchas, en el que uno puede sentarse y contemplar el parque, estaba cerrado y oscuro. El taxista volvió la cabeza.

–¿Adonde quieres que vayamos? –pregunté.

19

Desviando la cabeza, Brett contestó:

–Vamos al Select.

–Café Select –dije al chofer. Boulevard Montparnasse.

Bajamos directamente, dando la vuelta al Lion de Belfort, que vigila el paso de los tranvías de Montrouge. Brett tenía la vista fija hacia delante. En el Boulevard Raspail, ya a la vista de las luces de Montparnasse, dijo:

–¿Te importa mucho que te pida que hagas una cosa?

–¡No seas tonta!

–Bésame una vez más antes de llegar allí.

Cuando el taxi llegó, salí y pagué. Brett salió arreglándose el sombrero y me dio la mano para bajar; estaba temblando.

–Oye, ¿no estoy demasiado hecha un adefesio?

Se inclinó hacia abajo su masculino sombrero de fieltro y echó a andar hacia la barra. En el interior, recostados contra la barra y las mesas, se hallaba la mayor parte de la gente que había estado bailando.

–Hola, chicos –dijo Brett–. Voy a tomar un trago.

–¡Brett! ¡Brett! –dijo el pequeño griego pintor de retratos que se llamaba a sí mismo duque y a quien todos llamaban Zizi dirigiéndose hacia ella–. Tengo algo muy bueno que contarle.

–Hola, Zizi –dijo Brett.

–Quiero que conozca a un amigo –dijo Zizi.

Un hombre gordo se aproximó.

–Conde de Mippipopolous, le presento a mi amiga lady Ashley.

–¿Cómo está usted? –dijo Brett.

–Pues..., ¿lo pasa bien su señoría en París? –preguntó el conde de Mippipopolous, que llevaba un colmillo de alce en la cadena de su reloj.

–Bastante.

–París es realmente una buena ciudad –dijo el conde–. Pero me imagino que usted tendrá también muchas cosas que hacer en Londres.

–Oh, sí –respondió Brett–, muchísimas.

Braddocks me llamó desde una mesa.

–Barnes –dijo–, tome una copa. Aquella chica de usted ha armado una camorra tremenda.

–¿Acerca de qué?

–De algo que dijo la hija de la patrona. Un zipizape descomunal. Estuvo magnífica. Enseñó su tarjeta amarilla y dijo a la hija de la patrona que hiciera lo mismo. Fue lo que se dice un buen escándalo, vaya.

–¿Cómo ha terminado el asunto?

–Alguien la ha acompañado a su casa. No era mal parecida la chica. ¡Y

qué maravilloso dominio del idioma! Quédese a tomar una copa.

20

–No –dije–, tengo que irme. ¿Ha visto a Cohn?

–Se fue a casa, con Frances –intervino la señora Braddocks.

–¡Pobre tipo! Parece horriblemente deprimido.

–Apuesto a que lo está –dijo la señora Braddocks.

–Tengo que irme –repetí–. Buenas noches.

Dije buenas noches a Brett, que estaba en la barra. El conde estaba comprando champán.

–¿Quiere usted tomar una copa con nosotros, señor? –preguntó.

–No. Muchísimas gracias. Tengo que irme.

–¿Te vas de verdad? –preguntó Brett.

–Sí –respondí–. He cogido una jaqueca terrible.

–¿Nos veremos mañana?

–Ven al despacho.

–Lo veo muy difícil.

–Bueno, ¿dónde nos vemos, pues?

–En cualquier sitio, hacia las cinco.

–Entonces que sea al otro lado de la ciudad.

–Bueno. Estaré en el Crillon a las cinco.

–Trata de estar allí.

–No te preocupes –dijo Brett–. Nunca te he dejado plantado, ¿verdad?

–¿Has tenido noticias de Mike?

–Una carta, hoy.

–Buenas noches, señor –dijo el conde.

Salí y bajé andando por la acera en dirección al Boulevard Saint Michel; pasé por delante de las mesas de la Rotonde, todavía abarrotadas, y miré hacia el Dome, al otro lado de la calle, con sus mesas esparcidas hasta el borde de la acera. Alguien me hizo señas con la mano desde una mesa; no vi quién era y continué andando. Quería llegar a casa. El Boulevard Montparnasse estaba desierto. El Lavigne estaba totalmente cerrado y, delante de la Cloiserie des Lilas, estaban amontonando las mesas. Pasé ante la estatua de Ney, que se erguía por entre las hojas nuevas de los castaños, a la luz de los arcos voltaicos. Apoyada en la base, había una marchita corona de color púrpura. Me paré a leer la inscripción: de los grupos bonapartistas, y una fecha que no recuerdo.

Estaba muy bien el mariscal Ney, con sus botas altas y haciendo un pomposo gesto con la espada, por entre las verdes hojas nuevas de los castaños de Indias. Mi apartamento estaba exactamente al otro lado de la calle, bajando un poco por el Boulevard Saint Michel.

Había luz en la portería; llamé con los nudillos y la portera me dio el correo. Le deseé las buenas noches y subí. Había dos cartas y algunos pe-riódicos; los miré a la luz de gas del comedor. Las cartas eran de los 21

Estados Unidos. Una era un informe bancario; indicaba un balance de 2.432,60 dólares. Saqué mi carnet de cheques y desconté cuatro que había extendido desde principios de mes; descubrí que me quedaban 1.832,60 dólares, y lo escribí al dorso del informe. La otra carta era una participación de boda. El señor y la señora Aloysius Kirby anunciaban la boda de su hija Katherine. No conocía ni a la chica ni al hombre con el que se casaba. Debían de haber mandado circulares a toda la ciudad.

Era un nombre curioso, de buen católico, y estaba seguro de acordarme de cualquiera que lo llevara. Encima del encabezamiento había un blasón. Igual que Zizi, el duque griego. Igual que el conde; era divertido el conde. Brett también tenía un título: lady Ashley. Al infierno Brett. ¡Ve-te al infierno, lady Ashley!

Encendí la lámpara que estaba junto a la cama, cerré el gas y abrí las espaciosas ventanas. La cama estaba atrás, lejos de las ventanas; me senté junto a ella y me desnudé, con las ventanas abiertas. Afuera, por los raíles del tranvía, pasó corriendo un tren nocturno que llevaba verduras a los mercados. Cuando uno no podía dormir por la noche, resultaban muy ruidosos. Mientras me desnudaba, me miré al espejo del gran armario que estaba al lado de la cama. Era una manera típicamen-te francesa de arreglar una habitación. Y supongo que también era práctica: fuese como fuese, uno se lastimaba. Me puse el pijama y me metí en la cama. Cogí los dos periódicos taurinos y saqué sus envolturas; una era naranja y la otra amarilla. Ambos llevarían las mismas noticias; por lo tanto, cualquiera que fuese el primero que leyera, el segundo estaba echado a perder. Le Toril era el mejor y empecé por él.

Lo leí de cabo a rabo, incluida la Petite correspondance y los Cornigra-mmes. Apagué la lámpara. Tal vez conseguiría dormir.

Mi cabeza empezó a trabajar. La vieja injusticia. Porque fue una cochina manera de ser herido, y más volando sobre un frente de risa, como era el italiano. En el hospital italiano íbamos a formar una sociedad. En italiano tenía un nombre divertido. Me pregunté qué se había hecho de los demás, de los italianos. Era en el Ospedale Mag-giore de Milán, Padiglione Ponte. El edificio siguiente era el Padiglione Zonda. Había una estatua de Ponte; o tal vez era de Zonda. Ahí fue donde el coronel vino a visitarme. Fue cómico; fue la primera cosa cómica. Yo estaba vendado de arriba abajo, pero le habían explicado el caso. Entonces él pronunció esta maravillosa frase: «Usted, extranjero, inglés (cualquier extranjero era un inglés), ha dado más que su vida.» ¡Qué sentencia! Hubiese querido tenerla grabada para colgarla en el despacho. No se rió en absoluto. Supongo que se ponía en mi lugar: Che mala fortuna! Che mala fortuna!

22

Creo que nunca me hice plenamente a la idea de ello. Trataba de to-mármelo a broma y de no causar molestias a la gente. Probablemente no hubiera tenido nunca ningún problema de no haberme tropezado con Brett cuando me enviaron en barco a Inglaterra. Supongo que ella sólo quería lo que no podía tener; la gente es así. ¡Al infierno la gente! La Iglesia católica tenía una fórmula genial para manipular aquellos asuntos. Fuera como fuera, era un buen consejo: no pensar en ello. ¡Oh, sí, era un buen consejo! Tratad de seguirlo alguna vez; tratad de seguirlo...

Estaba desvelado; pensaba, y mi cabeza saltaba de una cosa a otra.

Luego ya no pude sacarme aquello de la cabeza, empecé a pensar en Brett y todo el resto desapareció. Pensando en Brett, mi cerebro dejó de dar saltos y empezó a marchar a un ritmo de ondas suaves, para decirlo de algún modo. Y, de repente, me puse a llorar. Al cabo de un rato, me sentí mejor. Acostado en la cama, oí los pesados tranvías que pasaban calle abajo; luego me dormí.

Me desperté al oír las voces de una pelea que se estaba desarrollando fuera. Escuché y creí reconocer una de las voces. Me puse el batín y fui hacia la puerta. La portera estaba hablando abajo, muy enojada. Oí mi nombre y llamé por la escalera.

–¿Es usted, señor Barnes? –preguntó la portera.

–Sí, soy yo.

–Está ahí una especie de mujer que ha despertado a toda la calle. ¡Va-ya una hora de venir con asuntos sucios! Dice que tiene que verle a usted. Le he dicho que estaba durmiendo.

Entonces oí la voz de Brett. Medio dormido, hubiese jurado que era Georgette. No sé por qué, ya que no era posible que tuviera mi dirección.

–¿Quiere decirle que suba, por favor?

Brett subió. Vi que estaba borracha.

–¡Qué cosa más estúpida he hecho! –dijo–. He organizado un horrible escándalo. Oye, tú no estarías durmiendo, ¿verdad?

–¿Pues qué te crees que hacía?

–No lo sé. ¿Qué hora es?

Miré el reloj. Eran las cuatro y media.

–No tenía ni idea de la hora que era –dijo Brett–. Oye, ¿puede una sentarse? No te enfades, querido. Acabo de dejar al conde; él me trajo hasta aquí.

–¿Cómo es? –pregunté, mientras traía brandy, soda y vasos.

–Sólo un poco –dijo Brett–. No intentes emborracharme. ¿El conde? No está mal. Como uno de nosotros.

23

–¿Es conde?

–Ahí está el busilis. Yo me inclino a creer que sí, ¿sabes? Sea como sea, merece serlo. Sabe tantas cosas acerca de la gente como el mismísimo diablo. No sé de dónde lo ha sacado todo. Tiene una cadena de confiterías en los Estados Unidos.

Bebió un sorbo de su vaso.

–Creo que dijo una cadena o algo parecido. Todas enlazadas. Me habló un poco de ello. Endiabladamente interesante. Pero es uno de los nuestros. ¡Oh, sí, por completo! Seguro. Uno puede siempre decirlo.

Tomó otro trago.

–Estoy charlando como una cotorra. A ti todo eso no te interesa, ¿verdad? ¿Sabes que está gastando mucho dinero en Zizi?

–¿Es también Zizi un duque de verdad?

–No me extrañaría. Es griego, ¿sabes? Un pintor muy mediocre. Me gustaba más el conde.

–¿Adonde has ido con él?

–A todas partes. Me ha traído aquí hace sólo un instante. Me ha ofreci-do diez mil dólares si iba con él a Biarritz. ¿Cuántas libras son?

–Unas dos mil.

–Mucho dinero. Le dije que no podía y se lo tomó muy bien. Le dije que conocía a demasiada gente en Biarritz.

Brett rió.

–Oye, eres muy lento en eso de empinar el codo –dijo.

Sólo había bebido unos sorbos de mi brandy con soda. Bebí un largo trago.

–Eso está mejor. Muy divertido –dijo Brett–. Entonces quiso que fuera a Cannes con él. Le dije que conocía a demasiada gente en Cannes. Montecarlo. Le dije que conocía a demasiada gente en Montecarlo. Le dije que conocía a demasiada gente en todas partes. Además, es cierto. De forma que le dije que me trajera aquí.

Me miró, con la mano en la mesa y el vaso en alto.

–No mires así –dijo–. Le conté que estaba enamorada de ti. También es verdad. No me mires así. Cuando lo supo, se mostró terriblemente amable. Quiere llevarnos a cenar mañana por la noche. ¿Te gustaría ir?

–¿Por qué no?

–Ahora es mejor que me vaya.

–¿Por qué?

–Sólo quería verte. Una maldita y estúpida idea. ¿Quieres vestirte y bajar? Tiene el coche ahí mismo, en esta calle, un poco más arriba.

–¿El conde?

24

–Él en persona. Y un chofer con librea. Va a llevarme a dar una vuelta y a desayunar al Bois. Cestas de comida. Las compró en la casa Zelli. Una docena de botellas de Mumms. ¿Te tienta el plan?

–Tengo que trabajar por la mañana –dije–. Además, te llevo demasiado retraso para atraparte y ser un poco divertido.

–No seas asno.

–No puedo.

–Está bien. ¿Le mando un afectuoso saludo de tu parte?

–Todo lo que quieras.

–Buenas noches, querido.

–No seas sentimental.

–Me pones enferma.

Nos dimos las buenas noches con un beso. Brett temblaba.

–Es mejor que me vaya –dijo–. Buenas noches, querido.

–No tienes por qué irte.

–Sí

Nos besamos de nuevo en la escalera. Llamé para pedir el cordón y la portera murmuró algo desde detrás de la puerta. Volví arriba y, por la ventana abierta, contemplé a Brett que subía calle arriba hacia la gran limousine parada al borde de la acera, bajo la luz del farol. Subió y el coche se puso en marcha. Me volví. Sobre la mesa había un vaso vacío y otro lleno a medias de brandy con soda. Los llevé a la cocina y vacié el que estaba a medio llenar en el fregadero. Apagué la luz del comedor, me saqué las zapatillas de un puntapié, sentado en la cama, y me acosté. Ésta era la Brett por quien yo había estado llorando. Luego la recordé mientras iba calle arriba y subía al coche, tal como la había visto por última vez y, por supuesto, al cabo de unos momentos volvía a estar en el infierno. Durante el día es extraordinariamente fácil dárselas de duro sobre cualquier asunto, pero por la noche es otro cantar.

Capítulo V

Por la mañana bajé por el Boulevard hacia la Rue Soufflot, para tomar café y un brioche. Era una hermosa mañana. Los castaños de Indias de los jardines del Luxembourg estaban en flor, y se sentía la agradable impresión que proporcionan las primeras horas de un día caluroso. Con el café, leí los periódicos, y luego fumé un cigarrillo. Las floristas iban llegando del mercado y ponían en orden el surtido del día. Los estudiantes pasaban, hacia arriba, en dirección a la Facultad de Derecho, o hacia abajo, a la Sorbona. El Boulevard bullía de tranvías y de gente que 25

iba a trabajar. Subí a un autobús de la línea S y, de pie en la plataforma trasera, bajé hasta la Madeleine. Desde allí recorrí andando el Boulevard des Capucines hasta la Ópera, en dirección a mi despacho. Pasé por delante del hombre de las ranas saltarinas y del de los muñecos boxeadores. Me desvié para no tropezar con el hilo con el que la chica que ayudaba a este último manipulaba los muñecos. Estaba de pie, mirando a otro sitio, con el hilo entre las manos enlazadas. El hombre ins-taba a dos turistas a que compraran, y tres turistas más se habían parado a mirar. Continué andando detrás de un hombre que empujaba un rodillo que imprimía sobre la acera el nombre CINZANO, con húmedas letras. Por todas partes, gente que iba a trabajar. Era una sensación agradable ir a trabajar. Atravesé la avenida y me metí en mi oficina.

Al llegar arriba, después de leer los periódicos franceses de la mañana y fumar, me senté ante la máquina de escribir y me quité de encima una buena cantidad de trabajo. A las once, fui en taxi al Quai d'Orsay, entré y me senté con una docena más de corresponsales, mientras que el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, un joven diplomático de la Nouvelle Revue Française con gafas de montura de concha, hablaba y respondía a las preguntas que se le hacían durante media hora. El Presidente del Consejo estaba en Lyon, dando una conferencia; mejor dicho, estaba en el viaje de regreso. Unos cuantos individuos hicieron preguntas para escucharse a sí mismos, y unos agentes de servicios de información preguntaron un par de cosas con la intención de conocer las respuestas. No había información. Para volver del Quai d'Orsay to-mé un taxi con Woolsey y Krum.

–¿Qué haces por las noches, Jake? –preguntó Krum–. No te veo nunca por ahí.

–Es que estoy al otro lado, en el Quartier.

–Voy a ir cualquier noche. Al Dingo. Es el gran sitio, ¿no?

–Sí. O él o este nuevo antro, el Select.

–Siempre me propongo ir –dijo Krum–. Pero ya sabes lo que pasa cuando se tiene mujer e hijos.

–¿Juegas al tenis? –preguntó Woolsey.

–No –respondió Krum–. No puedo decir que haya jugado nada este año.

He tratado de escaparme, pero los domingos ha llovido siempre, y las pistas están condenadamente abarrotadas.

–Todos los ingleses tienen el sábado libre –dijo Woolsey.

–¡Afortunados mortales! –dijo Krum–. Bueno, te diré: algún día dejaré de trabajar para una agencia, y tendré todo el tiempo que quiera para salir al campo.

–Eso es lo que hay que hacer. Vivir en el campo y tener un cochecito.

26

–He estado pensando un poco en comprar un coche el año que viene.

Golpeé en el cristal y el chofer se paró.

–Ésta es mi calle –dije–. Venid a tomar un trago.

–Gracias, viejo –dijo Krum.

Woolsey sacudió la cabeza:

–Tengo que hilvanar el discurso que soltó aquel individuo esta mañana.

Puse una moneda de dos francos en la mano de Krum.

–Estás loco, Jake –dijo–. De esto me encargo yo.

–De todas formas es a cuenta de la oficina...