El no Héroe por Juan Cristóbal E Hudtler - muestra HTML

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Cuentos cortos

 

Porqué no llegué a Berna.

Cuando volví a mi casa tenía dos malos recuerdos, un pasaporte repuesto, una visa de entrada a la URSS y una postal de Leónidas Brezhnev besando a Erich Honecker, que se había olvidado en el bar de Berlín junto con algunas hojas arrugadas con dibujos a lápiz y carboncillo,  el demente hereje cubano.

Todo comenzó cuando  mis amigos suizos me invitaron  a pasar unas semanas con ellos en Berna, por eso cuando llegaron las vacaciones de verano me compré un billete de tren y me dispuse a hacer el recorrido de más de 2,500 km en un compartimiento para cuatro personas en un barato y no muy viejo tren soviético. Iba acompañado de una amiga rusa que había conocido en la fiesta del trigésimo aniversario de nuestra universidad y desde entonces manteníamos una relación cordial pero poco determinada porque cuando nos encontrábamos juntos hacíamos el amor como una pareja común y cuando nos acostábamos con otros pensábamos el uno en el otro y guardábamos cierta fidelidad sentimental, lo que nos mantenía como novios; pero sin atavíos o compromisos legales o morales que estorbaran los encuentros ocasionales con otras personas. A pesar de que yo conocía muchas jóvenes guapas, prefería mantenerme fiel a Vlada, quien por su parte no salía con nadie, o al menos trataba de no hacerlo, desde que me había conocido, así que se podría decir que teníamos la intención de unirnos en matrimonio si se daban las condiciones adecuadas en ese difícil sistema soviético que todo lo complicaba.

Salimos de Moscú de la estación de ferrocarriles del noroeste de la ciudad un viernes por la tarde. Al llegar al andén buscamos nuestro vagón y al encontrarlo nos dirigimos a nuestro cupé, nos instalamos en las literas inferiores y sentados en la incómoda cama tabla esperamos con alegría  pensando que viajaríamos solos. Sin embargo, quince minutos después tuve que cambiarle mi cama a una señora rubia mofletuda y rubicunda que nos pidió con una actitud bastante jacarandosa y labriega  que le permitiéramos dormir en la cama de abajo, puesto que le era muy incómodo estar subiendo y bajando de la litera superior para atender las exigencias de su marido, un hombre macizo, moreno y en exceso franco que no nos quitaba de encima su mirada moviendo sus dos canicas verdes atigradas y pícaras, retorciéndose sus largos bigotes y bufando como un toro por efecto del calor. No nos quedó otro remedio que cederles  la litera y marcharnos al vagón restaurante mientras nuestros compañeros de viaje se acomodaban a sus anchas en el estrecho compartimento.

En el bar pedimos unas cervezas y ensaladillas rusas auténticas con pan negro, después nos pusimos a revisar la ruta de nuestro viaje en un mapa que nos habían prestado unos compañeros de curso. Primero teníamos que llegar a Minsk, luego a Varsovia, después a Berlín, un poco más tarde a Baden y por último a Berna. Era la primera vez que viajábamos a Europa en tren y por eso no sabíamos que nos esperaban algunas sorpresas al traspasar  la cortina de hierro del socialismo rumbo al mundo “civilizado” occidental. La  primera eventualidad, fue un bofetón propinado por el  aroma mezclado de pollo asado, vodka, pepinos marinados y olores segregados por los cuerpos de nuestros compañeros de viaje que ya roncaban al unísono cuando entramos en la cabina dormitorio. Fue una mala noche y la mayor parte del tiempo la pasamos dando vueltas en la estrecha litera y saliendo a conversar en el angosto y concurrido pasillo del vagón.  La segunda calamidad, fue una larga espera que tuvimos que hacer en el taller de trenes en Varsovia porque, como nos enteramos allí, las carretillas de los vagones tenían otra medida y había que esperar varias horas hasta que se adaptaran todos los coches cambiándoles las carretillas para seguir el trayecto hacia Berlín. Por suerte, la pareja de campesinos nos había dejado en Minsk y ahora gozábamos Vlada y yo del espacio, comodidad, aíre limpio y discreción que necesitábamos para descansar a nuestras anchas. El silencio y la tranquilidad que nos rodeaban nos sumieron en un diálogo silencioso de miradas glaucas, luego, el roce de unos rizos castaños, la provocación de una sonrisa pícara y un tibio muslo al descubierto, después, el calor de su pecho y la impaciencia de mis labios. Pasamos de los abrazos y caricias a los gemidos y palabras cariñosas que parecían cada vez más ardientes, de pronto, una sacudida violenta del vagón nos indicó que nos poníamos en marcha. La peor sorpresa nos esperaba en Berlín.

Llegamos el domingo por la tarde a la capital democrática germana y teníamos que buscar un lugar para dormir porque a la mañana siguiente saldríamos a Baden. Unos jóvenes me habían recomendado una residencia estudiantil donde se podía alquilar, por unos cuantos marcos, una habitación sencilla. Subimos al metro con nuestras enormes maletas y nos dirigimos hacia la estación que me habían indicado. Vlada, que nunca había viajado al extranjero pero que iba muy ilusionada y sorprendida por ver un país socialista pero europeo, me seguía con rapidez y no perdía la ocasión para analizar y comparar con curiosidad las diferencias entre los alemanes democráticos que entraban al vagón y sus paisanos rusos. No fue muy difícil encontrar el albergue estudiantil porque no se encontraba muy lejos de la estación del metro. Solicité una habitación y saqué cien dólares para pagar por nuestra estancia que sería solo una noche. Me llevé un chasco enorme cuando la encargada me dijo que no se aceptaba ningún tipo de divisa que no fuera el marco democrático alemán. Me puse de muy mal humor y empecé a rabiar y decir una retahíla de sandeces y ofensas contra todos los que me rodeaban.

Que me pidieran en Moscú rublos y nadie cogiera otras divisas me parecía natural porque Rusia estaba lejísimos de la cultura económica occidental, pero se suponía que la RDA estaba en Europa junto a la Alemania Federal y debía, me parecía evidente, aceptar otro tipo de transacciones monetarias, o al menos debían ser más condescendientes con los turistas despistados. Fue inútil tratar de convencer a la administradora, solo llevaba unos cinco marcos en monedas y dos billetes del metro en el bolsillo y por más que le expliqué a la encargada en ruso, inglés y español mi situación, la mujer no cedió. También traté de encontrar a algún estudiante que me cambiara de forma clandestina los malditos billetes verdes, pero me dijeron que estaba penado ese tipo de operaciones, así que tuve que ir a buscar una casa de cambio. Le dejé mis documentos y el equipaje a Vlada y me salí corriendo en busca de los marcos.

Tomé el metro y bajé en la estación de Alexandrplatz  donde pasé casi dos horas dando vueltas sin encontrar un lugar donde pudiera cambiar el dinero porque todo estaba cerrado. Tenía un humor de los mil demonios y maldecía en voz alta a la odiosa burocracia de los países socialistas que tenían reglas tan claras de conducta para ellos mismos, pero por desgracia, resultaban crueles y absurdas para los extranjeros. Recordé lo que siempre me decían los policías en Moscú cuando me multaban por alguna infracción: “Que no conozca las leyes no le exime de culpabilidad”

Muy decepcionado me disponía a volver al albergue para darle a Vlada la penosa noticia de que no había logrado resolver nada y que tendríamos que pasar la noche en blanco sentados a un lado de la portería del albergue o en una banquilla en algún parque cercano, pero oí unas palabras en español que me obligaron a detenerme en seco frente a un famoso mural callejero en el que dos presidentes se besaban.

Volteé para saber quien había hablado y vi a un hombre de aspecto ajado, su barba estaba descuidada, era muy moreno y canoso. Llevaba el pelo muy largo y desordenado. Tendría unos cuarenta años pero se veía muy cansado y maltratado, tenía aspecto de demente y me imaginé que la causa sería su forma de vida o algún desequilibrio mental. Me dijo que era de Santiago de Cuba y que había estudiado pintura y escultura en una academia de arte de Berlín. Le conté mi problema explicándole las peripecias que había hecho hasta aquel momento sin éxito alguno. Me miró con calma y me dijo que no me preocupara, que él me los cambiaba. Sorprendido y loco de alegría le extendí el billete de cien dólares. El santiaguero cogió el billete y acarició la calva y los labios firmes de Benjamín Franklin. Parecía que el presidente americano con su mirada firme reprobaba la actitud del desconfiado isleño quien por último, satisfecho de haber comprobado la autenticidad del billete, me dio unas monedas de aluminio y latón, dos billetes con el rostro de Clara Zetkin y tres con la cara de Goethe. Me guardé el dinero en el bolsillo y tratando de ser un poco generoso con mi salvador le sugerí que tomáramos algo en un bar.

-¿Por qué no nos tomamos una cerveza y me cuentas algo bueno de esta ciudad?- Le dije  rebosante de alegría.

-Conozco un bar cerca de aquí, no es muy caro y se come bien.- exclamó, dándose la vuelta para que lo siguiera.

El lugar era muy modesto, había carteles pegados por todos lados con leyendas y consignas comunistas escritas en ruso y una nube de humo le daba al lugar un aspecto de catacumba. Había una luz amarilla muy opaca y los camareros aparecían y desaparecían atravesando la espesa nube gris.

-Y ¿Cómo es que tú te llamas?- le pregunté, imitando el acento cubano, para ganarme su simpatía.

- Yeiskel, Yeisker- corrigió con acento más claro.-Luego, agregó,- Soy del boom de la Ye, o, i griega como la llaman oficialmente.

Sonreí y levanté mi cerveza para brindar. Él se tomó de un trago todo el tarro que le habían servido. Pidió una nueva ronda y empezó a hablar de pintura, música clásica, cine de autor, literatura prohibida, monumentos de la ciudad y finalmente de las mujeres y la teología. Entre tema y tema se bebía los tarros como si fueran de  agua. Comenzó a llamarme Yoan Carlos en lugar de Juan Carlos como le había dicho que me llamaba. Pensé que lo hacía como una forma de manifestarme su aprecio, por eso me reía cada vez que él pronunciaba muy alto y alargando mi nuevo nombre por el efecto del alcohol.

Después de una hora y media de mantener su monólogo acompañado de mis exclamaciones y gestos de aprobación dejó de hablar, bajó la mirada y permaneció un instante meditabundo. Luego, levantó la vista y al verme, o más bien dicho, al reconocerme  me dijo:

Yoan Carlo, hay una historia que te quiero contar. ¿Sabes quién era Lilith?-Inquirió, sonriendo de forma muy pícara.

-Sí, es la mujer de aquella historia judía sobre la primera esposa de Adán.- Contesté y él comenzó a reírse, se puso el índice sobre los labios, me dirigió una dura mirada con sus ojos desorbitados  y me prohibió interrumpirlo.

-Hace mucho tiempo, antes de la existencia del hombre, Dios creó a Eva para deleitarse con su belleza. Luego, tuvieron al que llamaron Adán, los tres vivieron felices hasta que el primogénito comenzó a reparar mucho la atención en las hermosas proporciones de su madre y Dios lo notó. Con su gran sabiduría, el todopoderoso se dirigió a Eva para comunicarle que crearía a otra mujer que sería diferente a ella y que tendría como objeto complacer las necesidades de su hijo. Eva se alegró mucho por la noticia. Entonces, Dios, creó a una mujer muy atractiva, pelirroja, de carnes firmes y carácter dócil y la llamó Lilith. Cuando Adán la vio se quedó mudo de alegría y empezó a embriagarse cada noche en los placeres que le brindaba su nueva compañera.

Yo no podía dar crédito a lo que estaba escuchando y me levanté para irme, no es que viera herida mi integridad cristiana, sino que aquello me parecía una blasfemia de locos, además mi sentido común me persuadía a retirarme antes de empezar a golpearle por sus blasfemias. Llamé al camarero y saqué unos marcos para liquidar la cuenta.

-¿Qué te pasa, chico? ¿Acaso estoy hiriendo tu sensibilidad? ¿Eres muy creyente?- Me inquirió cogiéndome del brazo, luego me balbuceo al oído,-Al menos quédate hasta el final de la historia, recuerda que te he hecho un favor.

No sabía qué hacer porque por un lado era cierto que estaba en deuda con él, pero por otro no tenía ninguna necesidad de soportar su impertinencia. Al final, me obligó a sentarme y, como no quería armar un borlote en tierra ajena, decidí escucharlo hasta el final y marcharme en cuanto terminara su ridícula historia.

-Bien, bien, así está mejor. ¿Puedo continuar?- dijo arrastrando las palabras por el efecto de los tarros bebidos como agua. Bajé la mirada y esperé pacientemente.

-¿En qué estaba? Ah, sí, en lo de Adán.- Se lamió los labios, se limpió con el dorso del brazo la espuma de sus bigotes, vi sus grasientas y largas uñas mal cuidadas y sentí repulsión. Pidió otro tarro de cerveza y continuó.

-Pues, a Adán le comenzó a gustar eso del sexo, pero por la práctica constante y su habitual postura del misionero las relaciones sexuales comenzaron a aburrirle. Como no tenía responsabilidades, más que las de honrar a su padre y, cómo no lo iba a honrar si le había dado tan hermosa mujer para satisfacción propia, no tenía falta alguna, era el hijo ideal. Sin embargo, un día se le metió una idea a Adán en la cabeza, (He de recordarte antes de seguir, que Adán era inocente y no sabía de la perversión y del mal que gobernaría muchos siglos después nuestro hermoso planeta)-Masculló y luego siguió- y quiso experimentarla. En el momento en que se durmió Lilith, Adán trató de penetrarla dormida para derramar las últimas ansias que se le habían quedado frustradas y experimentar una nueva posición, entonces ocurrió que se equivocó de entrada y se la metió a su pareja por donde no debía.

En ese momento ya estaba decidido a marcharme, pero el efecto del alcohol y el humo del tugurio me habían mermado el cuerpo y no me mantenía muy bien en equilibrio. Me volví a sentar sometido por la presión de sus dos manazas negras. Pensé que si el mulato era ateo y no tenía dios, entonces lo que decía tenía que resultar absurdo y sus palabras eran necedades, sin embargo me sentía muy enfadado con él y la conciencia, cada vez con más fuerza, me incitaba a los golpes.

-No te preocupes, que ya voy a terminar.-dijo con su cara desfigurada por el alcohol y, seguramente, por la maldad y enajenación que lo habían hecho perder la razón con tantas historias locas.

-Lilith no sospechaba nada de las prácticas secretas de Adán y seguía siendo buena esposa, no obstante, un día Adán, habituado a su costumbre de penetrar a su esposa cuando estaba profundamente dormida, no se cercioró de que Lilith se había despertado y cuando Adán la  arremetió dominado por el deseo, Lilith pegó un grito furioso, se levantó de un salto y se fue directamente a ver a Dios para quejarse de la mala conducta de su hijo. Se armó una trifulca en la que Eva defendió a su primogénito sobre todas las cosas, Adán reconoció su culpa y prometió no volver a lastimar la integridad de su mujer.  Dios se complació con el arrepentimiento de su hijo y le ordenó a Lilith que regresara a su casa con su marido. Lilith aceptó volver a su casa con su cónyuge  pero las embestidas nocturnas de Adán, que ya era víctima del pecado, se repitieron varias ocasiones, eso no le gustó nada a Lilith y abandonó a Adán, yéndose a vivir al océano con los demonios. Luego, Dios quiso convencerla de volver pero ella prefirió quedarse sola a la orilla del mar que seguir soportando los abusos de su marido. Dios volvió al lado de Eva para comunicarle los acontecimientos pero al llegar la vio fornicando con su propio hijo y los echó de su reino, los condenó al pecado perpetuo. Esa, amigo, es toda la verdad, no lo que nos cuentan en la iglesia.

 Iba a estrellarle el primer puñetazo en la cara cuando para mi sorpresa y la de todos los clientes que estaban en el bar Yeisker empezó a gritar: “!Bluschande, bluschande, incesto, mezcla de sangre, asesinato del alma, muerte, asesino, asesino!” -Estaba fuera de sí y temblaba como si efectuara una danza salvaje. De inmediato, unos alemanes fornidos salieron para apaciguar a punta de patadas y puñetazos al escandaloso briago que no paraba de maldecir.

Pagué la cuenta de la consumición y me fui en busca del ateo cubano que había quedado como santo Cristo después de la golpiza, pero no lo encontré, ni siquiera los rastros de su sangre habían quedado sobre el hormigón de la acera. Parecía que se lo había tragado la tierra.

Alcancé a subirme al último tren que iba en dirección a Friedrichsfelde donde se encontraba la residencia estudiantil. Cuando entré al edificio la encargada cogió los marcos que le di y me entregó una llave. Le pregunté por Vlada y me dijo que hacía dos horas que se había cambiado el turno y que cuando ella había llegado no vio a nadie que se pareciera a Vladislava. Me pareció normal que Vlada hubiera buscado la forma de convencer a la empleada anterior y hubiera encontrado, finalmente, un lugar para dormir, lo único malo era que yo no sabía en qué habitación estaba y no me iba a poner a gritar su nombre a lo largo de los corredores, ni mucho menos ir tocando de puerta en puerta hasta encontrarla. Por si las dudas, hice un recorrido por todas las plantas del edificio para cerciorarme de que no estuviera mi amiga esperándome sentada por algún rincón. No la encontré ni esa noche ni mucho después. Reporté su desaparición a la policía con ayuda de unos estudiantes latinos, llamé en varias ocasiones a mis amigos de Berna preguntándoles por el paradero de Vlada, pero nadie supo decirme nada. En la ciudad de San Petersburgo, dónde radicaba Vladislava, ninguna de sus amigas ni sus familiares pudieron darme razón de ella.

 

El no héroe

 

I.       Tomando conciencia  

 

 

En definitiva es imposible que yo llegue a existir. He llegado a esa conclusión esta semana, puesto que nada de lo que era habitual se ha transformado, movido o desaparecido. Antes habían pasado cosas como esta, pero no se habían prolongado por mucho tiempo, sin embargo, esta vez me parece que es el final y que la historia a la que estaba destinado no llegará a su fin.

Fui creado como un hombre con carácter seductor y especialista en robarles el corazón a las mujeres, en cierto grado tenía que ser como don Juan Tenorio o Casanova, pero todo debía transcurrir en nuestra época, en dos ciudades modernas separadas por el océano. No eran, por supuesto, París y Buenos Aires para que no se asociaran con los trabajos de Cortázar, más bien eran dos megapolis muy diferentes como la ciudad de México y Moscú. 

Desde mi temprana juventud tenía la cualidad de agradarle a las mujeres. Podía permanecer entre ellas siendo testigo de sus confidencias sin que mi presencia las inmutara en lo más mínimo, era como si me vieran como a un hermano o a un amigo con el cual no tenían el más mínimo recato.

Esa confianza y aceptación en los círculos femeninos de la cual yo era el afortunado poseedor tendría que dejar una serie de experiencias primordiales para ser un buen seductor y yo lograba serlo en realidad. La primera prueba de lo dicho anteriormente quedó constatada cuando me hice amigo de dos compañeras de mi hermana menor, las cuales habían ido a nuestra casa para hacer un trabajo que tenían pendiente, y en el breve tiempo que tuve para relacionarme quedé ante ellas como el joven más sincero, comprensivo y atento que jamás habían conocido.

Como, al crearme, se había puesto en mis labios todo tipo de adulaciones, era muy difícil que alguien se pudiera negar a oír las cosas bellas con las que acostumbraba obnubilar a las representantes del sexo opuesto. Podía con un poco de empeño y dedicación convencer, incluso, a la chica más reacia, decente, mojigata o guapa para que se me entregara sin ninguna dificultad. Con el paso de los años mi experiencia y mi estrategia de seducción se hicieron infalibles. Podía desatar en el espíritu femenino pasiones que iban más allá de la simple necesidad de ser poseídas y satisfechas. Lo malo de todo esto, es que ese periodo duró apenas unos años porque después por algún motivo desconocido empecé a cambiar de una forma radical yendo en contra de los principios que, se suponía, debía tener muy bien arraigados. Fue cuando comencé a sospechar de la existencia de un ser exterior que me mangoneaba a su gusto sin tomar en consideración mi opinión.

 

 

II.     La inconformidad y crítica

 

 

Un día se tergiversó todo cuando estaba por seducir a una joven muy guapa de nombre Marina, una rusa extraordinaria, con una belleza producto de la mezcla de la sangre eslava, o en términos más exactos caucásica, con hemoglobina escita, del Oriente medio.

En el carácter de esa bella mujer estaban mezclados el gélido escepticismo siberiano con el apasionamiento de la raza árabe, era todo un reto conquistarla porque mi esencia de macho latino tenía al frente una gran prueba. 

A lo largo de mis aventuras se me había dotado del convencimiento y seguridad, cualidades que me hacían superar las deficiencias físicas, pues me habían engendrado como un hombre de estatura media, cabeza pelada a rape muy redonda, ojos saltones, moreno y fornido, lo que estaba muy lejos de semejarme a un Adonis, sin embargo, con mis dotes y mi gran inteligencia no encontraba ningún problema para obtener lo que deseara y a quién deseara.

Cuando la vi entrar a la exposición de pintura en la sala principal de la Casa del Artista en Moscú, sentí una atracción tan fuerte que no podía despegar mis ojos de su bella figura, la tela azul satinada de su vestido largo y su pelo negro de caireles recogidos le daba el toque de una diosa de la antigüedad. Alta, con gran porte y una mirada tiernamente salvaje dejaba petrificado al más atrevido de los hombres.

Vi por casualidad, un cuadro moderno en el que estaban representados Pigmalión y su estatua de Galatea y pensé que por alguna razón se había puesto en ese momento dicha obra, me vinieron a la mente esas famosas palabras de Antón Chejov que decía que si había un fusil en el escenario, entonces  tendrían que dispararlo. Lo mismo pasaba con este lienzo porque si había aparecido Galatea, yo tendría que ser como Pigmalión enamorándome de ella y deseándola hasta la muerte. Traté de recordar de qué forma le había implorado el rey de Chipre a Venus que le ayudara a convertir su sueño en realidad y cuando lo recordé los objetos habían cambiado de posición y de color.

Al acercarme a la nueva mujer azul noté que su belleza era banal y austera. Noté que mi traje, elegante hacía un momento, ahora era un poco viejo y que estaba arrugado y muy ajado. Me irritó que mi voz sonara diferente y que la tierna y maléfica mirada de mi primera desaparecida interlocutora Marina, fuera, ahora, la de un halcón hambriento mirando a su presa. No supe cómo reaccionar y me quedé parado junto a esta insípida y sosa dama con la mente en blanco. Pasó un instante demasiado largo, que sospecho sería de algunos días no de los normales sino literarios, hasta que pude articular una frase estúpida: ¿Ha notado el cambio de la luz?

No hubo respuesta, claro, y en ese instante comenzaron a desaparecer y aparecer, como por arte de magia, escenas, diálogos y personas desconocidas. Me sentía como en una presentación de diapositivas, las cuales se cambiaban a voluntad por alguien que estaba estropeando toda la secuencia de la historia. Pregunté en voz baja temiendo hacer el ridículo frente a los sujetos que me miraban en ese momento, pero no solo no hubo respuesta sino que mi voz ni siquiera se oyó.

Traté de conservar la calma y analizar la situación con más sangre fría.

Las siguientes ocasiones en que sucedían cosas incoherentes me tomé la molestia de apuntar en mi memoria todo lo que sucedía para poderlo analizar en los largos momentos en que me encontraba solo y no tenía que viajar o mantener conversaciones tontas con mujeres que carecían de atractivo tanto físico como intelectual.

 

 

III.  El conflicto

 

 

Intenté de nuevo regresar a la sala de exposiciones y ponerle punto final a la escena con Marina y no con la mujer azulada, como la había llamado en el momento en que la vi con sus trapos baratos de tono turquesa, pero todo fue inútil porque no estaba ni Marina ni la mujer rapaz.  Luego, sucedieron infinidad de acontecimientos en los que me veía envuelto en relaciones pasionales y desengaños amorosos.

Muchas veces se repetían las escenas y las opiniones sobre una misma situación se expresaban desde diferentes puntos de vista. Por ejemplo, el encuentro que tuve en Madrid con una mujer sensual, misteriosa y desconocida en el salón de la rotonda del hotel Palace, fue criticado en principio desde la perspectiva, en primera persona, de un gran seductor en el que la experiencia con una espía de origen holandés le llevaba a descubrir los misterios eróticos de una sociedad secreta de cortesanas. Unas páginas después, el mismo suceso se apreciaba desde la perspectiva de un futuro muy lejano en el que el narrador desglosaba los sentimientos de cada uno de los partícipes de aquella ardiente noche de amor y yo, que había sido siempre un seductor de muy alta clase, comenzaba a quejarme  de mi desgracia en el amor y era presa de la depresión senil.

Hubo varios intentos más de ver ese encuentro como un designio divino, después desde el punto de vista de la mujer, luego la interpretación de un observador que había seguido con mucha atención a la pareja y había hecho sus propias deducciones  siguiendo un sistema complicado de deshilado del alma humana, otro aspecto que no dejó de admirarme fue la opinión del mismo Dalí que lucubraba con la posibilidad de pintar un cuadro que me representara de forma surrealista mostrando las partes más sensibles de mi integridad psíquica en el lecho de amor.

Todo ese proceso de alargamiento de la misma situación y las partes tan pesadas que seguían a cada capítulo me obligaron a pensar que mi creador tenía un problema físico que se reflejaba tanto en su carácter como en su forma de escribir.

Tuve la ligera sospecha de que se trataba del estreñimiento. ¿De qué tipo?- me pregunté.- No será solo físico, es probable que ese problema de atrición fuera también mental.

Comencé mis indagaciones repasando palabra por palabra las escenas que ya habían quedado escritas, entonces se encendió la luz y lo comprendí todo.

Comencé a cambiar los diálogos, los lugares de encuentro, mi aspecto exterior y mi forma de pensar. Cambié esas ideas huecas del erotismo como necesidad de reproducción y muerte para preservar la especie por algo realmente diabólico como lo que hacía el marqués de Sade o el inocente Gregorio de la Venus de las pieles, convertí a las inocentes ninfas de belleza angelical en prostitutas, mujeres de prominentes carnes apretujadas en vestidos estrechos y medias vulgares. Me esforcé por no repetir ni una sola de las palabras ya mencionadas con anterioridad, como resultado se produjo el colapso y comencé a oír su voz, su llanto y sus expresiones de desesperación.

 

 

IV.  El final

 

 

Con tanto escribir, reescribir, borrar y corregir el texto, mi inventor empezó a comunicarse conmigo. Fue entonces cuando le manifesté mi desacuerdo. El escuchaba con claridad mi voz y yo sentía a través de la tinta las condiciones en las que él se encontraba. Supe primero su nombre, era Cesar Martín Salomé. Tenía el hábito de fumar, tomaba mucho café, supuse que mantenía malas relaciones con la gente o simplemente era indiferente a los encuentros con las personas que lo rodeaban, comía mucha carne y nunca se negaba a ser seducido por los placeres del alcohol. Era un lector automatizado que no dejaba pasar ninguna novedad editorial. Tenía una amante que se preocupaba más por el dinero que por el placer que él le pudiera proporcionar y, bingo, padecía de estreñimiento desde hacía mucho tiempo.

Le propuse que cambiara su dieta, que se preocupara por comer más fruta, que evitara la carne y el pan en grandes cantidades, que hiciera un poco de ejercicio y que se comunicara con la gente. Todo fue inútil.

En una ocasión discutimos, un día literario entero, sobre el encuentro debajo de la vistosa rotonda del hotel madrileño con la misteriosa morena de ojos de zafiro. Le dije a Cesar que no estaba bien especular tanto con una situación tan elemental, que todo mundo tenía clarísimo que era una relación mortal por el calibre de los implicados, sin embargo a él no le interesó y por el contrario dijo que entre más se estirara el tema y se mirara como una situación imposible en el pasado, como una situación vista desde el futuro, como una situación paralela a otras relaciones que se sucedían en el mismo lugar, como la opinión del autor sobre las relaciones sentimentales de una pareja, incluso desde el punto de vista de un perro de porcelana que estaba envuelto y medio oculto entre los regalos de uno de los huéspedes que acababa de abandonar su habitación en el momento del encuentro.

No pude soportar más su negligencia y su verborrea sobre la para-literatura, la meta-literatura, la supra-literatura e infinidad de supuestos conceptos filosóficos que me terminaron por hartar.

De esa forma dejé de ser el personaje de la obra que quedó incompleta y paró en el fondo de la papelera.

No lamento lo sucedido, quizás sea mejor así. Por un lado, he tenido la fortuna de experimentar algunos sentimientos humanos y he gozado de la atención, cariño y odio de otros personajes. No saldré a la luz y me quedaré como el intento frustrado del señor Cesar Martín Salomé.

El mundo es muy pequeño y todos los caminos llevan a Roma, según dice un refrán de no sé quién, y si llego a tener suerte algún día, tal vez alguien me saque de aquí y me dé la oportunidad de convertirme en el héroe de una gran novela.

 

El asesino suicida

 

Recibió una llamada telefónica mientras cotejaba las fotos del último asesinato que le habían asignado. El timbre del aparato le impidió seguir deduciendo las causas de un crimen que ya lo había atrapado en un laberinto de ideas e hipótesis desgastadas. Decidió coger el teléfono.

-Sí, dígame.

- ¿Señor Narváez, investigador privado?

-Sí, soy yo, ¿en qué puedo ayudarle?

-Mire, se va a cometer un asesinato muy pronto y usted podría evitarlo.-Por su gran experiencia en el crimen, no se inmutó al oír una declaración tan directa del hombre que hablaba y decidió actuar con naturalidad.

-Bien, dígame todo lo que sepa y trataré de hacerlo, si no hay tiempo que perder, le urgiría que me dé algunas pistas.

-Pues. Primero, investigue de dónde ha recibido esta llamada.

Narváez pensó que estaba tratando con un psicópata y probó suerte sugiriéndole que le revelara el nombre del asesino.

-¿Es usted el asesino?

-Sí, -declaró su interlocutor.

-Eso quiere decir que tendré que ir atando cabos hasta encontrarle a usted e impedir que cometa el "genocidio", ¿no es así?

-Sí, efectivamente. Ya puede empezar y esperar la segunda pista. Adiós.

-Adiós.

Corría el año 1975 y no había ningún adelanto tecnológico que le pudiera proporcionar con rapidez la información que requería, por eso, Narváez, se fue a la empresa telefónica a solicitar la ayuda de una operadora para que le dijera de dónde se le había hecho la misteriosa llamada. Llegó a la telefónica habló con el encargado del departamento de llamadas locales y le explicó el motivo de su visita. El encargado lo condujo hasta la mesa de una hermosa joven  que en ese momento comunicaba en el conmutador a una anciana con su nieto y con poca atención escuchaba el diálogo.

-Disculpe que la interrumpa, señorita López, -dijo el empleado barrigón que jadeante miraba con ojos de rana a la operadora.

-Sí, ingeniero Manaca, ¿qué pasa?

-Mire, este hombre… -hizo una pausa para que se presentara Narváez-, y luego los dejó sin decir nada más.

Señorita López,-dijo Narváez- recibí una llamada en mi oficina a las dos de la tarde. Me llamó un psicópata que se propone realizar un asesinato y me gustaría saber si usted atendió esa llamada o sabe quién podría haberla cogido.

-No, lamento decirlo, pero no fui yo, señor Narváez. Sin embargo, mi compañera, la señora Ana me comentó precisamente eso, que había escuchado la llamada de un asesino misterioso y se espantó un poco al escuchar una rara conversación.

-¿No sabe dónde puedo encontrarla?

Si se apura un poco la encontrará en los casilleros, debe estarse cambiando para salir, es que hemos hecho el cambio de turno hace unos minutos.

-Muchas gracias, señorita, es muy amable, adiós y perdone la molestia.

Carlos Narváez salió corriendo en dirección de la puerta que le había señalado la señorita López. Encontró a la señora Ana lista para marcharse. La alcanzó y le pidió que le permitiera hablar un momento.

-Señora Ana, espere un segundo.

La señora al sentir en el tono de voz algo conocido, se detuvo en seco y volviéndose dijo:

-¿Es usted el asesino?,-lo miró con terror y trató de irse, pero Narváez la cogió fuertemente por el brazo y empezó a tranquilizarla.

-No, de ninguna manera,  está usted equivocada, yo soy detective privado y solo usted me puede ayudar, ¿podría decirme de dónde fue hecha esa llamada que escuchó?

Ella sollozando y tratando de reponerse de la impresión, le dijo que los registros de las llamadas los ponían en un cuadernillo apuntando la hora y los números de origen y destino.

Narváez se dirigió al archivo para buscar las notas de ese día. Le dijeron que el número de teléfono estaba a nombre de Marcio Trejo, le anotaron en un papelito la dirección del hombre que vivía en una calle cercana. Narváez cogió la nota y se marchó para sorprender al asesino desconocido. En cuanto llegó al lugar indicado se puso a buscar el número 25, que no existía, y tuvo que entrar a un bar que estaba en el número 23 porque en el 27 había una oficina de correos repleta de gente. Carlos Narváez decidió entrar al local, se acercó a la barra y vio a una mujer joven atendiendo a dos borrachos que se esmeraban en seducirla haciendo alarde de sus conocimientos de fútbol. La chica ponía una expresión interesada pero sus manos y sus piernas indicaban que estaba un poco harta de los dos pesados que le hacían preguntas sobre los jugadores y los equipos. Cuando la muchacha se volteó por un instante y vio a Carlos, de inmediato se acercó hacía él haciendo una mueca de alivio y soplando por la boca como si quisiera espantar un abejorro.

-Dígame, ¿qué le sirvo?

-Nada, muchas gracias. Sólo quiero hacerle unas preguntas. –Ella lo miró fijamente y le contestó:

-Si es del fisco, yo no sé nada, hable con el dueño.

-No, no se ponga así, soy detective privado y necesito saber dónde está el número 25 de esta calle-No tuvo tiempo de seguir porque la mujer le soltó una retahíla de insultos y le gritó que fuera lo que fuera no sabía nada.-

La joven se fue y al momento salió un hombre gordo con cara de alce y voz de barítono.

-¿Qué quiere?

-Buenas tardes, mire, sólo quería saber si alguien hizo una llamada desde su teléfono está mañana y, ¿podría confirmarme si es el  594 54 39?

-Sí, es el número. Hoy por la mañana se apareció un hombre flacucho con nariz de buitre, un poco pelón y con aspecto meditabundo que pidió el teléfono para llamar, luego se tomó un Whisky doble y salió sin decir nada. Nos dejó  en la barra quinientos  pesos en un fajo de retratos de Morelos, Carranza y Juárez, ¿cómo la ve?  ¡Y ni siquiera esperó que le diéramos las gracias!

- ¿Y la ropa? ¿Cómo iba vestido?

-Pues, llevaba una chaqueta beige una camisa, tal vez, blanca y pantalón negro.

-¿Y no recuerda nada más?

-En absoluto. Sólo que estaba loco, para dejar tanto dinero se necesita estar demente.

-Bueno, gracias por la información.

Narváez salió  y vio a un hombre que lustraba zapatos. Se le acercó y le preguntó si había visto a un hombre delgaducho, pelón y feo.

-Sí, señor. Por la mañana vino un hombre con aliento alcohólico que me pidió grasa. Yo le lustré los zapatos y le di un periódico para que leyera. Tenía la cara muy triste y parecía muy abstraído.

-No, por más que quise sacarle conversación fue imposible. Sólo miró las fotos del diario y cuando terminé de darle grasa me dio un montón de monedas que sacó del bolsillo de su saco.

-¿No notó si temblaba o hablaba solo?

-Tenía los labios muy delgados y apretados como si no quisiera hablar. Lo más raro es que al irse sacó un papel y una tarjeta y me los dio sin ni siquiera mirarlos.

-¡Qué raro! ¿Podría verlos?

-Sí, mire. Aquí tiene.

Carlos cogió un papel amarillento y una tarjeta con la dirección de una tienda de golosinas. La nota decía: “Si ha llegado hasta aquí, es posible que pueda llegar al final”- Siguiente mensaje en la  tienda. Compre la bolsita de papas fritas que está en la última estantería  del fondo  de la tienda  “La gomita”. No le será fácil encontrarla porque se encuentra escondida  en el final de la balda y, además, está abierta. Carlos fue a la tienda, saludó a la encargada, se dirigió al final del pasillo y empezó a buscar la bolsita de papas. La encontró, miró en su interior y encontró otra nota escrita en el papel rancio igual a la anterior que le había dado el bolero. Fue a la caja y pagó por las frituras.

-Disculpe,-dijo con aire tranquilo-, ¿no sabe si vino por aquí un hombre flacucho y con aspecto meditabundo?

-Pues, creo que sí vi a alguien así, pero como los niños vienen mucho a robar y hacer travesuras tuve que estar atenta a lo que hacían los chamacos, pero noté que entró un hombre y luego salió sin comprar nada, incluso pensé que sería otra de las artimañas de los escuincles cabrones.

-Bueno, gracias.

Salió y leyó de inmediato la nota de las patatas que decía: “Si tiene en sus manos esta nota, hay esperanza”- Por el día de hoy es todo. Espere noticias.

Carlos se reprochó estar siguiendo este juego absurdo y decidió que el hombre era un chiflado que solo quería divertirse. Tiró el papel y se fue a comer porque tenía hambre. Por un momento  el olor de las frituras lo sedujo y estuvo a punto de comérselas, pero como era enemigo empedernido de la comida basura, decidió comerse unas tortas o tacos. Tiró la bolsita amarilla a la basura y se fue.

Al día siguiente recibió una llamada. Una voz rasposa y pausada, tal vez por la hora tan temprana, le dijo:

-¿Es usted el señor Carlos Narváez?

-Sí, ¿dígame qué pasa?

-Nada, no pasa nada. Permítame preguntarle, ¿probó las papas ayer?- Carlos se puso blanco, sabía de quién era la llamada.

-¿Quién le dio mi numero de casa?- Narváez era muy meticuloso y sabía a quién le podía confiar sus datos personales, por eso se sorprendió de que el demente, como empezó a llamarlo, supiera su teléfono.

-No se preocupe por eso, dígame, ¿probó las papas o no?

-No, no las probé. ¿Qué? ¿Tenía que hacerlo?

-Si lo hubiera hecho, ya no podría hablar con usted, tenían veneno.

A Carlos le recorrió una serpiente gélida por la espalda y sintió odio contra el hombre que le llamaba tan temprano para burlarse de él.

-¿Sabía que a Pablito, un niño muy introvertido, le encanta abrir las bolsitas de Sabritas y comérselas, luego las deja escondidas en el fondo del estante donde usted encontró las suyas ayer.

Hubo un momento de silencio en el que Carlos hizo una rápida deducción y comprendió que el niño estaba vivo.

-¿Se da cuenta de lo serio que es esto? A mí no me habría costado nada cambiar la bolsita que ese día cogió Pablito por la suya, ¿se imagina las consecuencias?

-Sí, me las imagino. Eso quiere decir que usted me propone jugar, ¿no es así?

-Digamos que sí, pero las reglas son las siguientes, es muy sencillo.-Hubo una pausa y a Carlos le pareció que el hombre reía y sintió desprecio por él.

-Mire, le dejaré mensajes si usted llega a tiempo salva a una persona, si llega tarde una víctima es un punto para mí. Si alguno de nosotros llega a tres puntos la partida se termina, no soy un criminal y no quiero que por su culpa se muera media población de la ciudad, así que no me pida prorrogas  y que se muera quien tenga que morir.

-Perdone, pero no está claro, de esa forma si yo no llego a tres y me mantengo en cero o llegó a dos… ¿entiende lo que quiero decirle?

-Es un hombre inteligente, así que voy a ser claro. No hay límite de personas, hay límite de tiempo, no quiero que este caso le quite el sueño y no pueda dedicarle unas horas a su familia, si la tiene, o a su vida personal. Hagamos este trato.  Juguemos hasta el viernes a medianoche, si para las doce de la noche del día trece usted  ha dejado morir tres personas, entonces usted mismo se suicida o yo lo mato, encaso contrario muero yo, y le doy la oportunidad de ejecutarme. No hay condiciones, acepta o deja morir niños envenenados. ¡Adiós!

Carlos se quedó con el auricular en la mano, su mente era un huracán de ideas que trataban de ordenarse para encontrar una solución. Colgó  y de inmediato sonó el timbre del teléfono.

-Sí, ¿diga?

-Espero que lo haya entendido. La próxima víctima estará hoy entre las dos o tres de la tarde en  el restaurante delicias. La persona que debe salvar adora el platillo de la casa pero lo pide siempre sin pimienta, encuéntrelo y sálvelo. Mucha suerte.

Narváez se fue al restaurante indicado e indagó todo lo posible sobre los clientes que frecuentaban el sitio y, sobre todo, aquellos que pedían la especialidad de la casa sin pimienta. Le parecía una locura porque en un plato no se agrega más de una pisca de pimienta y esta por lo regular no produce más que estornudos. Pidió una lista de las mesas reservadas, preguntó el nombre de los clientes, interrogó a los cocineros sobre el origen de los alimentos y su estado y si alguien había recibido algún soborno por agregar alguna sustancia en el cocido o si alguien debía servir de forma especial el plato. No obtuvo respuestas claras y se quedó a esperar a los clientes. Primero, entró una pareja que solicitó el plato del día. Carlos les pidió a los camareros que le  preguntaran  a cada cliente si deseaba que le pusieran pimienta en el plato. La pareja fue indiferente, dijeron que daba lo mismo pero que fuera rápido porque tenían que volver a la oficina. Por desgracia, todos los clientes tenían la misma actitud y eran tantos que Carlos no alcanzaba a recibir la información exacta de la cantidad de porciones servidas, sin embargo nadie, hasta las tres menos cuarto, había pedido el plato sin pimienta.  De pronto, entró un hombre macizo, moreno y pelado a cepillo. Iba con un saco azul y una corbata roja, era gordo y tenía en su cara reflejado un cáncer del alma, pero no era muy difícil adivinar a qué se dedicaba. Su aspecto no era hospitalario y  sus guardaespaldas estaban a un lado de la puerta del negocio resguardándolo.

-Mesero, venga rápido. Tráigame el plato de la casa. Sin pimienta por favor.

Esas palabras sonaron como un campanazo en las orejas de Narváez. No sabía cuál era el objetivo pero tenía que salvar a ese hombre si no quería llegar con la cuenta de la casa llena el viernes por la noche.

-Mire, señor, no le conozco y no me importa quién sea usted, pero tengo ordenes de avisarle que su plato está envenenado. Haga lo que quiera, cómaselo o no pero es su riesgo. Yo he cumplido con mi misión.

El hombre lanzó la servilleta al piso, miro con los ojos desorbitados y enrojecidos a Carlos. Le asestó un manotazo que lo hizo rodar por el suelo y subiéndose los pantalones para ajustárselos a la cintura dio la orden de poner en marcha el coche y se fue con sus gorilas. Cuando  Narváez dejó de ver estrellas se levantó y salió enfurecido. Pensó que si quería adelantársele al desequilibrado psicópata debía adelantarse una jugada en el juego.  Así que se fue a su despacho a razonar sobre la situación. Nada más llegar, su secretaria le dijo que habían llamado dos personas que le querían consultar un servicio de investigación sobre un robo y una desaparición. Pidió un café y se sentó en su butaca para ordenar sus ideas apuntándolas en un cuadernillo. Sonó el teléfono en el momento en que su secretaria le ponía el café sobre el escritorio

-¿Sí?

-¡Qué bien que ya ha llegado! Lamento comunicarle que va perdiendo. El marcador es uno cero pero la confirmación llegará por la noche. No deje de comprar el periódico con las noticias de última hora de la tarde. No será la primera plana pero si lo busca en la sección de la Nota Roja, lo verá.

Luego, solo quedó el sonido del tono del teléfono.

 Bajó el mismo por el último diario de la tarde que se comenzaba a vender a las seis. Leyó la primera plana y no encontró nada que llamara su atención pero en la siguiente página había una noticia en la que decían que un famoso traficante de órganos humanos, narcotraficante y proxeneta, se había muerto en un lujoso departamento en una colonia céntrica.  Dos cuerpos más permanecían a su lado y las investigaciones habían comenzado. Un médico forense, decía el autor de la nota, confirmó la muerte por envenenamiento. El comunicado se refería a la entrega de unas pizzas que se habían pedido por teléfono y que era probable que llevaran veneno y provocaran la muerte de los tres hombres. Al mirar con atención Narváez vio la cara del hombre prepotente del restaurante. Por un lado, se alegró de que muriera porque se lo había deseado, después de haber recibido el fuerte tortazo, pero lamentaba que fuera el primer cadáver y que se contara como un punto en su contra, ya solo lo separaban de su propia muerte dos fiambres.

 

-¿Diga? – contestó, mal humorado, Carlos,

-¿Qué tal?- le comentó una voz sarcástica y seca.

-Mal, usted juega sucio, a esa persona sea quien sea, yo la salvé y usted faltó al trato.

-No se ponga así. ¿Sabe quién era ese hombre?

Sí, lo dicen en la noticia.

-Entonces comprenderá que él debía morir, pues aparte de lo que escriben allí. El señor Larriaga era pederasta, ¿lo podría creer? ¡Qué ironía, ¿no?! Salva usted a un niño y mata a un pederasta. Eso está muy bien. Debería estar feliz. Por cierto, ¿tiene usted algún vicio oculto?

-Sí se refiere a mi afición al tabaco o al alcohol, si los tengo pero es todo de lo que me puedo avergonzar.

-Muy bien, cuídese y espere las próximas pistas, mañana será un día duro.

Carlos se quedó con el mal sabor de la bilis en la boca, estaba claro que había caído en las redes de un anormal y que mientras no se le adelantara tendría que sufrir sus burlas. Se la pasó hasta la madrugada atando cabos, recordando casos parecidos, revisó sus archivos para ver si era un cliente inconforme que había decidido vengarse, o un ex convicto que había parado en la cárcel por su culpa.

 

Se despertó para coger el teléfono que sonaba con insistencia.

-Le escucho, diga, ¿qué pasa?

-No deja de asombrarme su gran capacidad. Ha sido una buena elección el invitarle a jugar. Mire, le aviso que a mediodía una mujer joven comprará su perfume favorito en un gran almacén comercial del centro de la ciudad, se llama Liverpool, y en la sección de perfumería dicha mujer caerá fulminada por un gas muy tóxico, salvo que usted lo impida, morirá sin remedio y tendrá usted, en miércoles, dos cadáveres que arrastrar sobre su conciencia.

-¿Podría darme más pistas?- Carlos, hizo un intento por provocar al asesino y le iba a hacer otra pregunta, cuando el otro agregó:

-Ah, se me olvidaba. ¿Conoce el centro comercial El Palacio de Hierro?- y sin esperar respuesta, añadió- está exactamente enfrente del Liverpool, pues, ¿sabe? allí estará una mujer con una niña de cinco años y en la cafetería pedirán hamburguesas o perros calientes, si piden lo primero morirán sin duda las dos pero si sólo lo pide una de ellas la otra se salvará. ¡Que tenga mucha suerte!

Carlos le dio una patada a la mesa y casi la rompe, luego llamó a su secretaria y le pidió que fuera a la central telefónica a investigar de donde provenían las llamadas que le había hecho los últimos tres días, le ordenó que apuntara los teléfonos de las operadoras y el jefe del departamento de llamadas locales, le describió el bar de donde había recibido la primera llamada y le escribió la lista de preguntas que tendría que hacerle a las personas y se fue a indagar sobre la pizzería en la que se había solicitado la que mató al mafioso.

Narváez supo que el repartidor de la pizza se había cruzado en su camino con un hombre que le dio quinientos pesos por dejarle entregar el pedido. El chico se asombró por lo poco habitual de la situación, pero la jugosa ganancia le hizo perder sus principios morales y aceptó con la condición de que el hombre le devolviera la factura de entrega firmada por el cliente.

-Me trajo la factura firmada y me dio los quinientos pesos, luego se fue.

-¿El hombre era delgado, llevaba chaqueta beige y pantalones negros?

-Sí, además su boca parecía estar pegada con goma, su gesto era muy desagradable y olía mal.

-Gracias, chico, te lo agradezco.

Carlos se fue a la avenida conmemorativa de la revolución donde se encontraban los dos centros comerciales, había decidido que lo más importante era salvar a la niña, ya que era de más prioridad una vida en retoño que una vida ya medio hecha y quién sabe con qué defectos y virtudes. Entró a la grandísima tienda y se fue a la cafetería a esperar a la mujer con la niña, había poco personal y los clientes que tomaban algo eran matrimonios, mujeres solas o empleados de la misma tienda. Alrededor de  las doce del día de un día miércoles era normal que todo mundo estuviera en la escuela y el trabajo. Pasó casi una hora desde que se acurrucara en su punto estratégico para observar a todos los visitantes y, al menos cuarto, apareció una mujer rechoncha que llevaba de la mano a una niña pequeña. Se sentaron un poco para descansar y luego se pusieron a decidir que iban a tomar. La señora se decidió por una hamburguesa y la pequeña quería un perro caliente, Narváez que se había pedido una torta de pollo y la había mordisqueado con desconfianza se levantó y fue directamente hasta donde estaba la señora-

-No coma esa cosa señora, aquí las hamburguesas saben mal, pídase algo más rico y más sano.-La señora con cara de hambrienta y al mismo tiempo desconcertada no sabía qué decir y mirando a la niña le preguntó qué quería.

-Yo mejor una torta de jamón.

-Pues, me va a perdonar señor, pero yo me como dos hot dogs.

-Bueno, como quiera, que conste que se lo advertí, eh.-Y sonriendo hipócritamente se alejó para ver si podía alcanzar a salvarle la vida a la joven en la sección de perfumería de complejo comercial de enfrente.

Eran ya las doce y diez y Narváez tenía el presentimiento de que lo habían engañado o algo malo estaba por ocurrir. A las doce y media se le acercó una joven morena con el uniforme de las vendedoras de la sección de perfumería.

-Oiga, ¿Es usted el señor Narváez?

-Sí, soy yo, ¿En qué puedo servirla?

-No sé cómo explicárselo. Es que ha venido un hombre muy raro y me ha dicho que le entregara a usted este papel si lo veía por aquí. Como el raro ese me comentó que vendría un hombre con aspecto preocupado y traje gris y estaría rondando por el departamento de perfumería, me he dicho a mi misma que sería usted. Tome, esto es lo que el hombre me dejó.-Y le extendió un papel como los anteriores que ya le empezaban a ser familiares. Le agradeció su atención y se fue sabiendo que el loco había estado allí y sabía por anticipado a quién trataría de salvar. Se reprochó un poco el no haber ido a la cocina del otro centro comercial y decirles a los cocineros que la carne estaba mala y que no hicieran hamburguesas, sin embargo al leer la nota se quedó frío.

“Estimado Sr. Narváez, sigue siendo un profesional, ¿sabía que el veneno estaba en los perros calientes?, ja,ja,ja… En este momento debe haber una ambulancia recogiendo un cadáver, ¿por qué no se asoma un poco y echa un vistazo?  Enhorabuena, lleva ya dos cuerpos, se acerca el final”

Narváez salió corriendo y encontró en la acera de enfrente una ambulancia. Se dirigió hacia ella deseando, en forma de rezo, que no fuera la niña la víctima. Le dijeron que la mujer había tenido un colapso después de terminarse lo que se estaba comiendo y que después no había podido reaccionar. Preguntó por la niña y le dijeron que estaría bajo la custodia de la policía mientras se encontrara a los familiares.

Carlos volvió a su oficina sabiendo que al llegar le llamaría el demente que ya le estaba hartando.

Sonó el teléfono y sin ni siquiera contestar, Narváez se dispuso a escuchar.

-Lo felicito señor Narváez, es usted muy bueno, aunque siempre predecible. ¿Sabe quién era esa mujer a la que no pudo salvar? ¿No? Pues, una de las mejores colaboradoras del señor Larriaga , la Mona, así le decían a la mujer, era en realidad Chole Soriana, una mujer muy cruel e inmisericorde que trataba mal a los niños y era completamente insensible al dolor humano. Ahora, gracias a usted se encuentra gozando de una mejor vida. Lo malo es que se le han acumulado dos presas y estamos apenas a media semana, ¿Qué hacer? ¿Quiere una oportunidad?