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1943.

8

A. Kardiner, "The concep of basic personality structure

as an operational tool in the social sciences", en R. Lincon

(ed.), The science of man in the world crisis, Nueva York,

Columbia University Press, 1945; The individual and his

society, Nueva York, 1939. (Trad, cast: El individuo y su

sociedad, México, Fondo de Cultura Económica, 1945); The

Psychological frontier of society, Nueva York, 1945.

16

ERICHFROMM

trañar los procesos psicológicos de formación y modi-

ficación del carácter social de las distintas clases que

la integran.

Los conceptos de carácter social y adaptación diná-

mica han permitido analizar uno de los aspectos más

difíciles de la dinámica social: el de las relaciones entre

los fenómenos estructurales y los psicosociales.

Hallamos, en efecto, en esta obra de Fromm, una feliz

superación de los dos errores antitéticos del sociolo-

gismo, que olvida el elemento humano, el hecho fun-

damental de que los hombre son los actores y autores

de la historia, y quiere explicar la dinámica social

únicamente en función de fuerzas impersonales, eco-

nómicas u otras; y del psicologismo, que sólo consi-

dera las conciencias individuales sin tener en cuenta

su modo de formación y sus conexiones con las insti-

tuciones y los hechos socioculturales objetivos. El

problema que Fromm se propone en esta obra es jus-

tamente el de estudiar a través de cuáles mecanismos

psicológicos los hechos estructurales contribuyen a la

formación de la conciencia de cada uno de los grupos

específicos en que se diferencia la sociedad, y cómo

ocurre que esta conciencia a su vez llega a transformar

aquellos hechos estructurales, erigiéndose así en suje-

to del proceso, y no únicamente en su resultado. La

descripción de estos mecanismos en funcionamiento,

las distintas formas de adaptación dinámica por que

atraviesa el carácter social de las clases desde el fin

de la Edad Media, y en particular el examen de las

sucesivas adaptaciones efectuadas por la pequeña bur-

guesía durante el Renacimiento y la Reforma, y, en

Alemania, en el período transcurrido entre las dos

guerras mundiales, constituyen un ejemplo muy claro

de cómo ciertos cambios en la estructura económica

repercuten en la conciencia y en la conducta de los

hombres y cómo una y otra no se adecúan fielmente

a esos cambios, sino que, a través de una modifica-

EL MIEDO A LA LIBERTAD

17

ción de la estructura del carácter, reaccionan de manera

de influir ya sea en el mismo sentido de su dirección

primitiva, ya sea en sentido opuesto. Se llega con esto a

uno de los problemas centrales de nuestro tiempo: el

del sentido que asume la adaptación frente a los

cambios estructurales. Uno de los rasgos más ca-

racterísticos de la escena contemporánea ha sido la

irracionalidad de tales adaptaciones. La concepción

iluminista que presenta al hombre como un ser racional

capaz de asumir decisiones adecuadas a sus intereses,

siempre que tenga acceso a la información necesaria,

pareció sufrir un golpe decisivo. El problema de la

racionalidad de la acción —anticipado por sociólogos y

filósofos— se presentó dramáticamente después de la

primera guerra mundial con el surgimiento de

tendencias que negaban las aspiraciones más

arraigadas en la conciencia del hombre occidental. Esta

explosión de irracionalidad, cuyas expresiones han

abarcado todos los aspectos de la cultura, se ha

manifestado en el campo político como negación de

la libertad. Es aquí donde el psicoanálisis se revela

como un insustituible instrumento para sondear los

procesos profundos que han llevado a esta aparente

paradoja. El problema de la "falsa conciencia", es decir,

de la falta de adecuación entre la realidad y su

interpretación por parte de un grupo, de que se ocupa

la sociología del conocimiento 9, puede ser examinado

provechosamente desde el punto de vista de la

psicología profunda, pues ésta revela la raíz psicoló-

gica de las ideologías y la relación que existe entre

esa deformación de la realidad y la estructura del ca-

rácter. Tal es justamente la tarea que realiza Fromm

en este libro.

9 La expresión "falsa conciencia" es de origen marxista,

pero aquí se le da el sentido más amplio que le asigna

Mannheim en su sociología del conocimiento. Cf. Ideología

y Utopía, México, Fondo de Cultura Económica, pág. 85.

18

ERICH FROMM

Nos hemos ocupado hasta ahora del significado

que presenta esta obra desde el punto de vista de la

teoría sociológica; su propósito principal, sin embar-

go, fue el de presentar una interpretación de la cri-

sis contemporánea para contribuir así a su compren-

sión. Escrita en momentos en que no había terminado

aún la segunda guerra mundial, adquiere hoy, en esta

atormentada posguerra, el carácter de una severa ad-

vertencia.

El análisis de Fromm confirma —sobre el plano

psicológico— lo que otros estudiosos han afirmado

una y otra vez: el fascismo, esa expresión política

del miedo a la libertad, no es un fenómeno acciden-

tal de un momento de un país determinado, sino

que es la manifestación de una crisis profunda que

abarca los cimientos mismos de nuestra civilización.

Es el resultado de contradicciones que amenazan des-

truir no solamente la cultura occidental, sino al hom-

bre mismo. Eliminar el peligro del fascismo significa

fundamentalmente suprimir aquellas contradicciones

en su doble aspecto: estructural y psicológico. El fin

de la guerra no ha terminado con este peligro: tan

sólo ha abierto un paréntesis que puede ser apro-

vechado para llevar a cabo esta obra, pero hasta tanto

la estructura social y sus aspectos psicológicos corre-

lativos permanezcan invariados, la amenaza de nue-

vas servidumbres no habrá desaparecido.

Por lo pronto, y para limitarnos al aspecto psicoló-

gico, que es el que nos interesa aquí, la estabilidad

y la expansión ulterior de la democracia dependen de

la capacidad de autogobierno por parte de los ciuda-

danos, es decir, de su aptitud para asumir decisiones

racionales en aquellas esferas en las cuales, en tiempos

pasados, dominaba la tradición, la costumbre, o el

prestigio y la fuerza de una autoridad exterior. Ello

significa que la democracia puede subsistir solamente

EL MIEDO A LA LIBERTAD

19

si se logra un fortalecimiento y una expansión de la

personalidad de los individuos, que los haga dueños

de una voluntad y un pensamiento auténticamente

propios. En su dimensión psicológica, la crisis afecta

justamente a la personalidad humana. El hombre ha

llegado a emerger, tras el largo proceso de individua-

ción, iniciado desde fines de la Edad Media, co-

mo entidad separada y autónoma, pero esta nueva si-

tuación y ciertas características de la estructura social

contemporánea lo han colocado en un profundo ais-

lamiento y soledad moral. A menos que no logre res-

tablecer una vinculación con el mundo y la sociedad,

que se funde sobre la reciprocidad y la plena expan-

sión de su propio yo, el hombre contemporáneo está

llamado a refugiarse en alguna forma de evasión

a la libertad. Tal evasión se manifiesta por un lado por

la creciente estandarización de los individuos, la pau-

latina sustitución del yo auténtico por el conjunto de

funciones sociales adscritas al individuo; por el otro

se expresa con la propensión a la entrega y al some-

timiento voluntario de la propia individualidad a au-

toridades omnipotentes que la anulan.

Nada ilustra más vividamente este lado de la cri-

sis que ciertos aspectos de la filosofía existencialista.

No es un azar que entre los ismos del período posbé-

lico predomine justamente este movimiento, que pa-

rece haber realizado la dudosa hazaña de transformar

una corriente filosófica en una moda. Se trata en efecto

de una significativa expresión de la época actual y,

en especial modo, de la crisis de la personalidad.

Nos limitaremos a recordar la dicotomía entre los

dos tipos de existencia: la banal y la auténtica, que

hallamos en Heidegger y en otros existencialistas. El

lector encontrará en las páginas dedicadas en este li-

bro al proceso de "conformidad automática" una des-

cripción —sobre el plano psicológico— de lo que en

la filosofía existencial es la descripción fenomenoló-

20

ERICH FROMM

gica del vivir cotidiano. Este naufragio de la persona-

lidad en la existencia impersonal, que huye de sí mis-

ma y que pierde en la conducta socialmente prescrita

toda su autenticidad, representa realmente la situación

del hombre contemporáneo, y su desesperada necesidad

de salir de la esclavitud del anónimo todo el mundo

y reconquistar su propio auténtico yo. Pero es

significativo que para el existencialismo —por lo

menos en Heidegger— esa falta de autenticidad es

una condición fatal de la vida en sociedad y no el fruto

de un momento particular de la historia del hombre,

que eventualmente podrá ser superado por otras

formas de vida. La interpretación existencialista

descubre aquí una característica de ciertos sectores de

nuestra sociedad: la visión pesimista y la disposición

a abandonar toda acción sobre el terreno social, para

refugiarse en soluciones puramente individuales, ac-

titud peculiar de las clases en decadencia. Hay, en

efecto, un profundo contraste entre la exigencia de

autenticidad, que resulta de un análisis racional de la

sociedad actual, y la autenticidad de que habla el exis-

tencialismo. En el primer caso se trata de crear las

condiciones que permitan una mayor expansión de la

personalidad, eliminando la sistemática supresión de

la espontaneidad que ahoga al yo auténtico bajo el

yo social y transforma al ser viviente en un manojo

de funciones 10. La existencia auténtica de Heidegger,

en cambio, no es una vida más plena, sino vida para

la muerte. El existencialismo abandona la vida social,

pues la considera insalvablemente perdida en la uni-

formidad y el automatismo, y al mismo tiempo la re-

conoce como necesaria para hacer posible la salva-

10 Fromm observa que el hecho de la represión analizado

por Freud en la esfera sexual se extiende en realidad a todos

los sectores de la personalidad. A resultados análogos llegan

otros sociólogos y antropólogos. Véase por ejemplo las

conclusiones de M. Mead en Sexo y Temperamento.

EL MIEDO A LA LIBERTAD

21

ción de los que logran encontrarse a sí mismos, re-

cuperando con la libertad —que no es sino libertad

para la muerte— la autenticidad de su ser; interpreta-

ción netamente nihilista y aristocrática, que no sola-

mente niega toda posibilidad de transformar la vida

social —fatalmente inauténtica—, sino que consagra

como afirmación suprema el naufragio de la existen-

cia humana.

El contraste entre estas dos interpretaciones repre-

senta de manera dramática la alternativa que se ofrece

a las generaciones actuales. O bien desarrollar aún más

aquellos principios en que se basa la cultura moderna,

destruyendo los restos feudales que impiden su

florecimiento pleno, o bien volver a la antigua escla-

vitud disfrazada en una u otra forma, a alguna es-

pecie de "libertad para la muerte". Muy significati-

vamente el dilema se presenta en los mismos térmi-

nos en dos estudiosos que han abordado el tema de

la crisis contemporánea desde dos diferentes planos,

Laski 11 y Fromm. Para ambos autores el camino de

salvación que se ofrece a la humanidad es el tránsito

de la libertad negativa a la positiva. Para el primero

—cuyo interés se dirige al aspecto estructural—, se

trata de liberar las inmensas energías potenciales que

el hombre ha creado por medio de la ciencia y la

técnica; para el segundo —que ha tratado el lado

psicológico—, es necesario asegurar la expansión de

la personalidad, realizando todas sus potencialidades

emocionales, volitivas e intelectuales, cuya existencia

ha sido hecha posible por el proceso de formación

del individuo en la sociedad moderna. Ambas solu-

ciones se complementan, y el valor de esta obra con-

siste justamente en haber destacado esta doble dimen-

11 Cf. Reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo,

Buenos Aires, Abril, 1945, La libertad en el Estado moderno,

Buenos Aires, Abril, 1946.

22

ERICH FROMM

sión de la crisis, aun dirigiéndose a su aspecto huma-

no, tantas veces olvidado por políticos y estudiosos.

La crisis actual no es la expresión del destino inevitable

de la especie humana; por el contrario, es una crisis de

crecimiento, es el resultado de la progresiva liberación

de sus inmensas potencialidades materiales y

psíquicas; el hombre se halla en el umbral de un

mundo nuevo, un mundo lleno de infinitas e im-

previsibles posibilidades; pero está también al borde

de una catástrofe total. La decisión está en sus ma-

nos; en su capacidad de comprender racionalmente y

de dirigir según sus designios los procesos sociales

que se desarrollan a su alrededor.

GINO GERMANI

PREFACIO

ESTE LIBRO forma parte de un estudio más amplio

referido a la estructura del carácter del hombre mo-

derno y a los problemas relativos a la interacción de

los factores psicológicos y sociológicos; estudio en el

cual he trabajado durante varios años y cuya termi-

nación hubiera exigido un tiempo considerablemente

mayor. Los actuales sucesos políticos y los peligros

que ellos entrañan para las más preciadas conquistas

de la cultura moderna —la individualidad y el carácter

singular y único de la personalidad—, me decidieron a

interrumpir el trabajo relativo a aquella investigación

más amplia para concentrarme en uno de sus aspectos,

de suma importancia para la crisis social y cultural de

nuestros días: el significado de la libertad para el

hombre moderno. Mi tarea en este libro resultaría más

fácil si pudiera referirme al estudio completo acerca de

la estructura del carácter humano en nuestra cultura,

puesto que el significado de la liber-tad tan sólo

puede ser entendido plenamente en base a un

análisis de toda la estructura del carácter del hombre

moderno. Pero, no habiendo sido esto posi-ble, he

debido referirme con frecuencia a ciertos conceptos y

conclusiones sin elaborarlos tan completamente como

hubiera podido hacerlo dentro de un tema más

amplio. En cuanto a otros problemas de gran

importancia, me ha sido posible mencionarlos tan

sólo al pasar, y en algunos casos me he visto

precisado a omitirlos por entero. Pero estimo que

el psicólogo debe ofrecer lo que es capaz de dar

para contribuir sin demora a la comprensión de la

crisis actual, aun cuando tenga que sacrificar el desi-

deratum de una exposición completa,

24

ERICH FROMM

Señalar el alcance de las consideraciones psicológi-

cas con respecto a la escena contemporánea, no im-

plica, según mi opinión, una excesiva valoración de

la psicología. La entidad básica del proceso social es

el individuo, sus deseos y sus temores, su razón y sus

pasiones, su disposición para el bien y para el mal.

Para entender la dinámica del proceso social tene-

mos que entender la dinámica de los procesos psico-

lógicos que operan dentro del individuo, del mismo

modo que para entender al individuo debemos ob-

servarlo en el marco de la cultura que lo moldea. La

tesis de este libro es la de que el hombre moderno,

libertado de los lazos de la sociedad pre-individualis-

ta —lazos que a la vez lo limitaban y le otorgaban

seguridad—, no ha ganado la libertad en el sentido

positivo de la realización de su ser individual, esto es,

la expresión de su potencialidad intelectual, emocional

y sensitiva. Aun cuando la libertad le ha proporcio-

nado independencia y racionalidad, lo ha aislado y, por

lo tanto, lo ha tornado ansioso e impotente. Tal ais-

lamiento le resulta insoportable, y la alternativa que

se le ofrece es la de rehuir la responsabilidad de esta

libertad positiva, la cual se funda en la unicidad e

individualidad del hombre. Si bien este libro consti-

tuye un diagnóstico más que un pronóstico, un aná-

lisis más que una solución, sus resultados no carecen

de importancia para nuestra acción futura — puesto

que la comprensión de las causas que llevan al aban-

dono de la libertad por parte del fascismo constituye

una premisa de toda acción que se proponga la

victoria sobre las fuerzas totalitarias mismas.

Debo privarme del placer de agradecer a todos

aquellos amigos, colegas y estudiantes con quienes es-

toy en deuda por su estímulo y crítica constructiva

de mi propio pensamiento. El lector hallará en notas

de pie de página una referencia a aquellos autores

hacia los cuales me siento obligado con respecto a las

EL MIEDO A LA LIBERTAD

2 5

ideas formuladas en este libro. Sin embargo, deseo

expresar mi especial agradecimiento a los que contri-

buyeron de una manera directa a la realización de

mi obra. En primer lugar, a Miss Elizabeth Brown,

quien me proporcionó una inestimable ayuda en la or-

ganización del libro, tanto por sus sugestiones como

por su crítica. Además debo mi reconocimiento a Mr.

Woodhouse por su gran ayuda en la edición del ma-

nuscrito, y al Dr. A. Seidemann por su colaboración

en lo referente a los problemas filosóficos tocados en

el curso de este libro.

Deseo dar las gracias a los siguientes editores por

el privilegio de usar extensos trozos de sus publica-

ciones: Board of Christian Education, Filadelfia,

citas del Institute of the Christian Religion, por John

Calvin, traducción de John Allen; Columbia Studies

in History, Economics and Public Law (Columbia

University Press), Nueva York, citas de Social Reform

and the Reformation, por Jacob S. Schapiro; Wm.

B. Eerdmans Publishing Co., Grand Rapids, Mich.;

citas de The Bondage of the Will, por Marthin Lu-

ther, traducción de Henry Cole; John Murray, Lon-

dres, citas de Religion and the Rise of Capitalism,

por R. H. Tawney; Hurst and Blackett, Londres, ci-

tas de Mein Kampf, por Adolfo Hitler; Alien and

Unwin, Londres, citas de The Civilization of the Re-

naissance in Italy, por Jacob Burckhardt.

E. F.

CAPÍTULO I

LA LIBERTAD COMO PROBLEMA

PSICOLÓGICO

LA HISTORIA moderna, europea y americana, se

halla centrada en torno al esfuerzo que tiende a romper

las cadenas económicas, políticas y espirituales que

aprisionan a los hombres. Las luchas por la libertad

fueron sostenidas por los oprimidos, por aquellos que

buscaban nuevas libertades en oposición con los que

tenían privilegios que defender. Al luchar una clase

por su propia liberación del dominio ajeno creía ha-

cerlo por la libertad humana como tal y, por consi-

guiente, podía invocar un ideal y expresar aquella

aspiración a la libertad que se halla arraigada en to-

dos los oprimidos. Sin embargo, en las largas y vir-

tualmente incesantes batallas por la libertad, las cla-

ses que en una determinada etapa habían combatido

contra la opresión, se alineaban junto a los enemigos

de la libertad cuando ésta había sido ganada y les era

preciso defender los privilegios recién adquiridos.

A pesar de los muchos descalabros sufridos, la

libertad ha ganado sus batallas. Muchos perecieron en

ellas con la convicción de que era preferible morir en

la lucha contra la opresión a vivir sin libertad. Esa

muerte era la más alta afirmación de su individuali-

dad. La historia parecía probar que al hombre le era

posible gobernarse por sí mismo, tomar sus propias

decisiones y pensar y sentir como lo creyera conve-

niente. La plena expresión de las potencialidades del

hombre parecía ser la meta a la que el desarrollo so-

cial se iba acercando rápidamente. Los principios del

liberalismo económico, de la democracia política, de

la autonomía religiosa y del individualismo en la vi-

28

ERICH FROMM

da personal, dieron expresión al anhelo de libertad

y al mismo tiempo parecieron aproximar la humani-

dad de su plena realización. Una a una fueron que-

bradas las cadenas. El hombre había vencido la domi-

nación de la naturaleza, adueñándose de ella; había

sacudido la dominación de la Iglesia y del Estado ab-

solutista. La abolición de la dominación exterior pa-

recía ser una condición no sólo necesaria, sino tam-

bién suficiente para alcanzar el objetivo acariciado:

la libertad del individuo.

La guerra mundial1 fue considerada por muchos

como la última guerra; su terminación, como la vic-

toria definitiva de la libertad. Las democracias ya

existentes parecieron adquirir nuevas fuerzas, y al

mismo tiempo nuevas democracias surgieron para

reemplazar a las viejas monarquías. Pero tan sólo ha-

bían transcurridos pocos años cuando nacieron otros

sistemas que negaban todo aquello en que los hom-

bres habían creído y cuyo logro costara tantos siglos

de lucha. Porque la esencia de tales sistemas, que se

apoderaron de una manera efectiva e integral de la

vida social y personal del hombre, era la sumisión de

todos los individuos, excepto un puñado de ellos, a

una autoridad sobre la cual no ejercían vigilancia

alguna.

En un principio, muchos hallaban algún aliento en

la creencia de que la victoria del sistema autoritario

se debía a la locura de unos cuantos individuos y

que, a su debido tiempo, esa locura los conduciría al

derrumbe. Otros se satisfacían con pensar que al pue-

blo italiano, o al alemán, les faltaba una práctica su-

ficiente de la democracia, y que, por lo tanto, se po-

día esperar sin ninguna preocupación el momento en

que esos pueblos alcanzaran la madurez política de

las democracias occidentales. Otra ilusión común, qui-

1 El autor se refiere aquí a la guerra de 1914-1918. [T.]

EL MIEDO A LA LIBERTAD

2 9

zá la más peligrosa de todas, era el considerar que

hombres como Hitler habían logrado apoderarse del

vasto aparato del Estado sólo con astucias y engaños;

que ellos y sus satélites gobernaban únicamente por

la fuerza desnuda y que el resto de la población ofi-

ciaba de víctima involuntaria de la traición y del terror.

En los años que han transcurrido desde entonces, el

error de estos argumentos se ha vuelto evidente. Hemos

debido reconocer que millones de personas, en

Alemania, estaban tan ansiosas de entregar su liber-

tad como sus padres lo estuvieron de combatir por

ella; que en lugar de desear la libertad buscaban ca-

minos para rehuirla; que otros millones de individuos

permanecían indiferentes y no creían que valiera la

pena luchar o morir en su defensa. También recono-

cemos que la crisis de la democracia no es un pro-

blema peculiar de Italia o Alemania, sino que se plan-

tea en todo Estado moderno. Bien poco interesan los

símbolos bajo los cuales se cobijan los enemigos de

la libertad humana: ella no está menos amenazada

si se la ataca en nombre del antifascismo o en el del

fascismo desembozado 2. Esta verdad ha sido formu-

lada con tanta eficacia por John Dewey, que quiero

expresarla con sus mismas palabras: "La amenaza

más seria para nuestra democracia —afirma—, no es

la existencia de los Estados totalitarios extranjeros.

Es la existencia en nuestras propias actitudes perso-

nales y en nuestras propias instituciones, de aquellos

mismos factores que en esos países han otorgado

la victoria a la autoridad exterior y estructurado la

disciplina, la uniformidad y la confianza en el 'lí-

der'. Por lo tanto, el campo de batalla está también

2 Uso del término fascismo o autoritarismo para deno-

minar un sistema dictatorial del tipo alemán o italiano. Cuan-

do me refiera especialmente al sistema alemán, lo llamaré

nazismo.

30

ERICH FROMM

aquí —en nosotros mismos y en nuestras institu-

ciones" 3.

Si queremos combatir el fascismo debemos enten-

derlo. El pensamiento que se deje engañar a sí mis-

mo, guiándose por el deseo, no nos ayudará. Y el

reclamar fórmulas optimistas resultará anticuado e

inútil como lo es una danza india para provocar la

lluvia.

Al lado del problema de las condiciones económi-

cas y sociales que han originado el fascismo se halla

el problema humano, que precisa ser entendido. Este

libro se propone analizar aquellos factores dinámi-

cos existentes en la estructura del carácter del hom-

bre moderno, que le hicieron desear el abandono de

la libertad en los países fascistas, y que de manera

tan amplia prevalecen entre millones de personas de

nuestro propio pueblo.

Las cuestiones fundamentales que surgen cuando

se considera el aspecto humano de la libertad, el an-

sia de sumisión y el apetito del poder, son éstas:

¿Qué es la libertad como experiencia humana? ¿Es el

deseo de libertad algo inherente a la naturaleza de los

hombres? ¿Se trata de una experiencia idéntica, cual-

quiera que sea el tipo de cultura a la cual una persona

pertenece, o se trata de algo que varía de acuerdo con

el grado de individualismo alcanzado en una sociedad

dada? ¿Es la libertad solamente ausencia de presión

exterior o es también presencia de algo? Y, siendo así,

¿qué es ese algo? ¿Cuales son los factores económicos y

sociales que llevan a luchar por la libertad? ¿Puede la

libertad volverse una carga demasiado pesada para el

hombre, al punto que trate de eludirla? ¿Cómo ocurre

entonces que la libertad resulta para muchos una

meta ansiada, mientras que

3 John Dewey, Freedom and Culture, Londres, Alien &

Unwin, 1940. (Hay traducción castellana: Libertad y Cultura,

Rosario, Ed. Rosario, 1946. [T.]

EL MIEDO A LA LIBERTAD

31

para otros no es más que una amenaza? ¿No exis-

tirá tal vez, junto a un deseo innato de libertad, un

anhelo instintivo de sumisión? Y si esto no existe,

¿cómo podemos explicar la atracción que sobre tan-

tas personas ejerce actualmente el sometimiento al

"lider"? ¿El sometimiento se dará siempre con res-

pecto a una autoridad exterior, o existe también en

relación con autoridades que se han internalizado4,

tales como el deber, o la conciencia, o con respecto a

la coerción ejercida por íntimos impulsos, o frente a

autoridades anónimas, como la opinión pública? ¿Hay

acaso una satisfacción oculta en el sometimiento? Y

si la hay, ¿en qué consiste? ¿Qué es lo que origina

en el hombre un insaciable apetito de poder? ¿Es el

impulso de su energía vital o es alguna debilidad fun-

damental y la incapacidad de experimentar la vida

de una manera espontánea y amable? ¿Cuáles son las

condiciones psicológicas que originan la fuerza de esta

codicia? ¿Cuáles las condiciones sociales sobre que se

fundan a su vez dichas condiciones psicológicas?

El análisis del aspecto humano de la libertad y de

las fuerzas autoritarias nos obliga a considerar un

problema general, a saber: el que se refiere a la fun-

ción que cumplen los factores psicológicos como fuer-

zas activas en el proceso social; y esto nos puede con-

ducir al problema de la interacción que los factores

psicológicos, económicos e ideológicos ejercen en

aquel proceso.

Todo intento por comprender la atracción que el

fascismo ejerce sobre grandes pueblos nos obliga a

reconocer la importancia de los factores psicológicos.

Pues estamos tratando aquí acerca de un sistema po-

lítico que, en su esencia, no se dirige a las fuerzas

racionales del autointerés, sino que despierta y movi-

liza aquellas fuerzas diabólicas del hombre que creía-

mos inexistentes o, por lo menos, desaparecidas hace

4 Corresponde al término inglés internalized. [T.]

32

E R I C H F R O M M

tiempo. La imagen familiar del hombre, durante los

últimos siglos, había sido la de un ser racional cuyas

acciones se hallaban determinadas por el autointerés

y por la.capacidad de obrar en consecuencia. Hasta

escritores como Hobbes, que consideraban la volun-

tad de poder y la hostilidad como las fuerzas motrices

del hombre, explicaban la existencia de tales fuerzas

como el lógico resultado del autointerés: puesto que

los hombres son iguales y tienen, por lo tanto, el

mismo deseo de felicidad, y dado que no existen bie-

nes suficientes para satisfacer a todos por igual, ne-

cesariamente deben combatirse los unos a los otros

y buscar el poder con el fin de asegurarse el goce fu-

turo de lo que poseen en el presente. Pero la imagen

de Hobbes pasó de moda. Cuanto mayor era el éxito

alcanzado por la clase media en el quebrantamiento

del poder de los antiguos dirigentes políticos y re-

ligiosos, cuanto mayor se hacía el dominio de los

hombres sobre la naturaleza, y cuanto mayor era el

número de individuos que se independizaban econó-

micamente, tanto más se veían inducidos a tener fe

en un mundo sometido a la razón y en el hombre

como ser esencialmente racional. Las oscuras y dia-

bólicas fuerzas de la naturaleza humana eran relega-

das a la Edad Media y a períodos históricos aún más

antiguos, y sus causas eran atribuidas a la ignorancia

o a los designios astutos de falaces reyes y sacerdotes.

Se miraban esos períodos del modo como se podría

mirar un volcán que desde largo tiempo ha dejado de

constituir una amenaza. Se sentía la seguridad y la

confianza de que las realizaciones de la democracia

moderna habían barrido todas las fuerzas siniestras;

el mundo parecía brillante y seguro, al modo de las

talles bien iluminadas de una ciudad moderna. Se

suponía que las guerras eran los últimos restos de los

viejos tiempos, y tan sólo parecía necesaria una gue-

rra más para acabar con todas ellas; las crisis econó-

micas eran consideradas meros accidentes, aun cuando

tales accidentes siguieran aconteciendo con cierta

regularidad.

Cuando el fascismo llegó al poder la mayoría de

la gente se hallaba desprevenida tanto desde el punto

de vista práctico como teórico. Era incapaz de

creer que el hombre llegara a mostrar tamaña pro-

pensión al mal, un apetito tal de poder, semejante

desprecio por los derechos de los débiles o parecido

anhelo de sumisión. Tan sólo unos pocos se habían

percatado de ese sordo retumbar del volcán que pre-

cede a la erupción. Nietzsche había perturbado el

complaciente optimismo del siglo XIX; lo mismo ha-

bía hecho Marx, aun cuando de una manera distinta.

Otra advertencia había llegado, algo más tarde, por

obra de Freud. Por cierto que éste y la mayoría de

sus discípulos sólo tenían una concepción muy inge-

nua de lo que ocurre en la sociedad, y la mayor parte

de las aplicaciones de su psicología a los problemas

sociales eran construcciones erróneas; y, sin embar-

go, al dedicar su interés a los fenómenos de los

trastornos emocionales y mentales del individuo, ellos

nos condujeron hasta la cima del volcán y nos hi-

cieron mirar dentro del hirviente cráter.

Freud avanzó más allá de todos al tender hacia la

observación y el análisis de las fuerzas irracionales

e inconscientes que determinan parte de la conducta

humana. Junto con sus discípulos, dentro de la psico-

logía moderna, no solamente puso en descubierto el

sector irracional e inconsciente de la naturaleza hu-

mana, cuya existencia había sido desdeñada por el

racionalismo moderno, sino que también mostró cómo

estos fenómenos irracionales se hallan sujetos a cier-

tas leyes y, por tanto, pueden ser comprendidos ra-

cionalmente. Nos enseñó a comprender el lenguaje

de los sueños y de los síntomas somáticos, así como

las irracionalidades de la conducta humana, Descu-

34

ERICH FROMM

brío que tales irracionalidades y del mismo modo toda

la estructura del carácter de un individuo, constituían

reacciones frente a las influencias ejercidas por el

mundo exterior y, en modo especial, frente a las ex-

perimentadas durante la primera infancia.

Pero Freud estaba tan imbuido del espíritu de la

cultura a que pertenecía, que no podía ir más allá

de los límites impuestos por esa cultura misma. Esos

límites se convirtieron en vallas que llegaban hasta

a impedirle la comprensión del individuo normal y

de los fenómenos irracionales que operan en la vida

social.

Como este libro subraya la importancia de los

factores psicológicos en todo el proceso social y como

el presente análisis se asienta sobre algunos de los

descubrimientos fundamentales de Freud, especial-

mente en los que conciernen a la acción de las fuer-

zas inconscientes en el carácter del hombre y su de-

pendencia de los influjos externos, creo que consti-

tuirá una ayuda para el lector conocer ahora algunos

de los principios generales de nuestro punto de vis-

ta, así como también las principales diferencias exis-

tentes entre nuestra concepción y los conceptos freu-

dianos clásicos 5.

Freud aceptaba la creencia tradicional en una dico-

tomía básica entre hombre y sociedad, así como la

5 Un punto de vista psicoanalítico que, aun cuando se

basa en los resultados fundamentales de la teoría freudiana

difiere de ella en muchos aspectos importantes, puede ha-

llarse en la obra de Karen Horney, New Ways in Psycho-

analysis (Londres, Kegan Paul, 1939; hay traducción caste-

llana: El nuevo psicoanálisis, México, Fondo de Cultura

Económica, 1943), y en aquella de Harry Stack Sullivan.

"Conceptions of Modern Psychiatry, The First William

Alanson White Memorial Lectures" en Psychiatry, 1940,

vol. 3, n° 1. Aunque los dos autores difieren en muchos

aspectos, el punto de vista que se sostiene aquí tiene mucho

en común con ambos.

EL MIEDO A LA LIBERTAD

antigua doctrina de la maldad de la naturaleza hu-

mana. El hombre, según él, es un ser fundamental-

mente antisocial. La sociedad debe domesticarlo, con-

cederle unas cuantas satisfacciones directas de aque-

llos impulsos que, por ser biológicos, no pueden

extirparse; pero, en general, la sociedad debe puri-

ficar y moderar hábilmente los impulsos básicos del

hombre. Como consecuencia de tal represión de los

impulsos naturales por parte de la sociedad, ocurre

algo milagroso: los impulsos se transforman en ten-

dencias que poseen un valor cultural y que, por lo

tanto, llegan a constituir la base humana de la cul-

tura.

Freud eligió el término sublimación para señalar

esta extraña transformación que conduce de la re-

presión a la conducta civilizada. Si el volumen de la

represión es mayor que la capacidad de sublimación,

los individuos se tornan neuróticos y entonces se hace

preciso conceder una merma en la represión. General-

mente existe una relación inversa entre la satisfacción

de los impulsos humanos y la cultura: a mayor re-

presión mayor cultura (y mayor peligro de trastornos

neuróticos). La relación del individuo con la socie-

dad, en la teoría de Freud, es en esencia de carácter

estático: el individuo permanece virtualmente el mis-

mo, y tan sólo sufre cambios en la medida en que la

sociedad ejerce una mayor presión sobre sus impulsos

naturales (obligándolo así a una mayor sublimación)

o bien le concede mayor satisfacción (sacrificando de

este modo la cultura).

La concepción freudiana de la naturaleza humana

consistía, sobre todo, en un reflejo de los impulsos

más importantes observables en el hombre moderno,

análogos a los llamados instintos básicos que habían

sido aceptados por los psicólogos anteriores. Para

Freud, el individuo perteneciente a su cultura repre-

sentaba el "hombre" en general, y aquellas pasiones

36

ERICH FROMM

y angustias que son características del hombre en la

sociedad moderna eran consideradas como fuerzas

eternas arraigadas en la constitución biológica hu-

mana.

Si bien se podrían citar muchos casos en apoyo de

nuestra interpretación (como, por ejemplo, la base

social de la hostilidad que predomina hoy en el hom-

bre moderno, el complejo de Edipo y el llamado com-

plejo de castración en las mujeres), quiero limitarme

a un solo caso que es especialmente importante, por-

que se refiere a toda la concepción del hombre como

ser social. Freud estudia siempre al individuo en sus

relaciones con los demás. Sin embargo, esas relacio-

nes, tal como Freud las concibe, son similares a las

de orden económico, características del individuo en

una sociedad capitalista. Cada persona trabaja ante

todo para sí misma, de un modo individualista, a su

propio riesgo, y no en cooperación con los demás.

Pero el individuo no es un Robinson Crusoe; nece-

sita de los otros, como clientes, como empleados, co-

mo patrones. Debe comprar y vender, dar y tomar.

El mercado, ya sea de bienes o de trabajo, regula tales

relaciones. Así el individuo, solo y autosuficiente,

entra en relaciones económicas con el prójimo, en

tanto éste constituye un medio con vista a un fin:

vender y comprar. El concepto freudiano de las rela-

ciones humanas es esencialmente el mismo: el indi-

viduo aparece ya plenamente dotado con todos sus

impulsos de carácter biológico que deben ser satis-

fechos. Con este fin entra en relación con otros "ob-

jetos". Así, los otros individuos constituyen siempre

un medio para el fin propio, la satisfacción de ten-

dencias que, en sí mismas, se originan en el individuo

antes que éste tenga contactos con los demás. El

campo de las relaciones humanas, en el sentido de

Freud, es similar al mercado; es un intercambio de

satisfacciones de necesidades biológicas, en el cual

EL MIEDO A LA LIBERTAD

3 7

la relación con los otros individuos es un medio para

un fin y nunca un fin en sí mismo.

Contrariamente al punto de vista de Freud, el aná-

lisis que se ofrece en este libro se funda sobre el

supuesto de que el problema central de la psicología

es el que se refiere al tipo específico de conexión

del individuo con el mundo, y no el de la satisfac-

ción o frustración de una u otra necesidad instintiva

per se; y además, sobre el otro supuesto de que la

relación entre individuo y sociedad no es de carácter

estático. No acontece como si tuviéramos por un lado

al individuo dotado por la naturale2a de ciertos im-

pulsos, y por el otro a la sociedad que, como algo

separado de él, satisface o frustra aquellas tendencias

innatas. Aunque hay ciertas necesidades comunes a

todos, tales como el hambre, la sed, el apetito sexual,

aquellos impulsos que contribuyen a establecer las di-

ferencias entre los caracteres de los hombres, como

el amor, el odio, el deseo de poder y el anhelo de

sumisión, el goce de los placeres sexuales y el miedo

de este goce, todos ellos son resultantes del proceso

social. Las inclinaciones humanas más bellas, así co-

mo las más repugnantes, no forman parte de una na-

turaleza humana fija y biológicamente dada, sino que

resultan del proceso social que crea al hombre. En

otras palabras, la sociedad no ejerce solamente una

función de represión —aunque no deja de tenerla—,

sino que posee también una función creadora. La na-

turaleza del hombre, sus pasiones y angustias son un

producto cultural; en realidad el hombre mismo es la

creación más importante y la mayor hazaña de ese

incesante esfuerzo humano cuyo registro llamamos

historia.

La tarea propia de la psicología social es la de

comprender este proceso en el que se lleva a cabo

la creación del hombre en la historia. ¿Por qué se

verifican ciertos cambios definidos en la estructura

38

ERICH FROMM

del carácter humano de una época histórica a otra?

¿Por qué es distinto el espíritu del Renacimiento del

de la Edad Media? ¿Por qué es diferente la estruc-

tura del carácter humano durante el período del capi-

talismo monopolista de la que corresponde al siglo

XIX? La psicología social debe explicar por qué sur-

gen nuevas aptitudes y nuevas pasiones, buenas o

malas. Así descubrimos, por ejemplo, que desde el

Renacimiento hasta nuestros días los hombres han ido

adquiriendo una ardorosa ambición de fama que, aun

cuando hoy nos parece muy natural, casi no existía en

el hombre de la sociedad medieval6. En el mismo

período los hombres desarrollaron un sentimiento de

la belleza natural que antes no poseían 7. Aún más,

en los países del norte de Europa, desde el siglo XVI

en adelante, el individuo experimentó un obsesivo

afán de trabajo, del que habían carecido los hombres

libres de períodos anteriores.

Pero no solamente el hombre es producto de la

historia, sino que también la historia es producto del

hombre. La solución de esta contradicción aparente

constituye el campo de la psicología social 8. Su tarea

no es solamente la de mostrar cómo cambian y se des-

arrollan pasiones, deseos y angustias, en tanto consti-

tuyeron resultados del proceso social, sino también

cómo las energías humanas, así modeladas en formas

6

Cf. Jacob Burckhardt, The Civilization of the Renais-

sance in Italy, Londres, Allen & Unwin, 1921, págs. 139 y

sigts. (Hay traducción castellana: Buenos Aires, Losada,

1942.)

7

Op. cit., págs. 299 y sigts.

8

Cf. la contribución de los sociólogos J. Dollard, K.

Mannheim y H. D. Lasswell, de los antropólogos R. Be-

nedict, J. Hallowell, R. Linton, M. Mead, E. Sapir y la

aplicación de A. Kardiner de los conceptos psicoanalíticos

a la psicología. (N. del T.: hay traducción castellana de

las obras de K. Mannheim, R. Linton, R. Benedict, M.

Mead y A. Kardiner.),

EL MIEDO A LA LIBERTAD

3 9

específicas, se tornan a su vez fuerzas productivas

que forjan el proceso social. Así, por ejemplo, el

ardiente deseo de fama y éxito y la tendencia compul-

siva hacia el trabajo son fuerzas sin las cuales el capi-

talismo moderno no hubiera podido desarrollarse; sin

ellas, y sin un cierto número de otras fuerzas huma-

nas, el hombre hubiera carecido del impulso necesario

para obrar de acuerdo con los requerimientos sociales

y económicos del moderno sistema comercial e indus-

trial.

De todo lo dicho se sigue que el punto de vista

sustentado en este libro difiere del de Freud en tanto

rechaza netamente su interpretación de la historia co-

mo el resultado de fuerzas psicológicas que, en sí mis-

mas, no se hallan socialmente condicionadas. Con

igual claridad rechaza aquellas teorías que desprecian

el papel del factor humano como uno de los elemen-

tos dinámicos del proceso social. Esta crítica no se

dirige solamente contra las doctrinas sociológicas que

tienden a eliminar explícitamente los problemas psi-

cológicos de la sociología (como las de Durkheim y

su escuela), sino también contra las teorías más o

menos matizadas con conceptos inspirados en la psi-

cología behaviorista. El supuesto común de todas es-

tas doctrinas es que la naturaleza humana no posee

un dinamismo propio, y que los cambios psicológicos

deben ser entendidos en términos de desarrollo de

nuevos "hábitos", como adaptaciones a nuevas formas

culturales. Tales teorías, aunque admiten un factor

psicológico, lo reducen al mismo tiempo a una mera

sombra de las formas culturales {cultural patterns).

Tan sólo la psicología dinámica, cuyos fundamentos

han sido formulados por Freud, puede ir más allá

de un simple reconocimiento verbal del factor huma-

no. Aun cuando no exista una naturaleza humana

prefijada, no podemos considerar dicha naturaleza co-

mo infinitamente maleable y capaz de adaptarse a

40

ERICH FROMM

toda clase de condiciones sin desarrollar un dinamismo

psicológico propio. La naturaleza humana, aun cuando

es producto de la evolución histórica, posee ciertos

mecanismos y leyes inherentes, cuyo descubrimiento

constituye la tarea de la psicología.

Llegados a este punto es menester discutir la no-

ción de adaptación, con el fin de asegurar la plena

comprensión de todo lo ya expuesto y también de

lo que habrá de seguir. Esta discusión ofrecerá, al

mismo tiempo, un ejemplo de lo que entendemos

por leyes y mecanismos psicológicos.

Nos parece útil distinguir entre la adaptación "es-

tática" y la "dinámica". Por la primera entendemos

una forma de adaptación a las normas que deje inal-

terada toda la estructura del carácter e implique sim-

plemente la adopción de un nuevo hábito. Un ejemplo

de este tipo de adaptación lo constituye el abandono

de la costumbre china en las maneras de comer, a

cambio de la europea que requiere el uso de tenedor y

cuchillo. Un chino que llegue a América se adaptará a

esta nueva norma, pero tal adaptación tendrá en sí

misma un débil efecto sobre su personalidad; no

ocasiona el surgimiento de nuevas tendencias o nuevos

rasgos del carácter.

Por adaptación dinámica entendemos aquella especie

de adaptación que ocurre, por ejemplo, cuando un niño,

sometiéndose a las órdenes de un padre severo y

amenazador —porque lo teme demasiado para proceder

de otra manera—, se transforma en un "buen" chico.

Al tiempo que se adapta a las necesidades de la

situación, hay algo que le ocurre dentro de sí mismo.

Puede desarrollar una intensa hostilidad hacia su padre,

y reprimirla, puesto que sería demasiado peligroso

expresarla o aun tener conciencia de ella. Tal hostilidad

reprimida, sin embargo, constituye un factor dinámico

de la estructura de su carácter. Puede

EL MIEDO A LA LIBERTAD

41

crear una nueva angustia y conducir así a una sumisión

aún más profunda; puede hacer surgir una vaga acti-

tud de desafío, no dirigida hacia nadie en particular,

sino más bien hacia la vida en general. Aunque aquí

también, como en el primer ejemplo, el individuo se

adapta a ciertas circunstancias exteriores, en este caso

la adaptación crea algo nuevo en él; hace surgir nue-

vos impulsos coercitivos ( drive) 9 y nuevas angustias.

Toda neurosis es un ejemplo de este tipo de adapta-

ción dinámica; ella consiste esencialmente en adaptarse

a ciertas condiciones externas —especialmente las de

la primera infancia—, que son en sí mismas irracionales

y, además, hablando en términos generales,

desfavorables al crecimiento y al desarrollo del niño.

Análogamente, aquellos fenómenos sociopsicológicos,

comparables a los fenómenos neuróticos (el porqué

no han de ser llamados neuróticos lo veremos luego),

tales como la presencia de fuertes impulsos destruc-

tivos o sádicos en los grupos sociales, ofrecen un

ejemplo de adaptación dinámica a condiciones exter-

nas —especialmente las de la primera— sociales irra-

cionales y dañosas para el desarrollo de los hombres.

Además de la cuestión referente a la especie de

adaptación que se produce, debe responderse a otras

preguntas: ¿Qué es lo que obliga a los hombres a

adaptarse a casi todas las condiciones vitales que pue-

den concebirse y cuáles son los límites de su adaptabi-

lidad? Al dar respuesta a estas cuestiones, el primer

fenómeno que debemos discutir es el hecho de que

existen ciertos sectores de la naturaleza humana que

9 Dentro de la sociología y psicología social norteameri-

cana se indica, por lo general, con el término drive "una

forma de motivación en la cual el organismo es impulsado

a obrar por factores que se hallan esencialmente fuera de

su control, sin tener en cuenta la previsión de fines". Cf.

H. P. Fairchild, Dictionary of Sociology, New York, Philo-

sophical Library, 1944, pág. 99 [T.].

42

ERICH FROMM

son más flexibles y adaptables que otros. Aquellas

tendencias y rasgos del carácter por los cuales los

hombres difieren entre sí muestran un alto grado de

elasticidad y maleabilidad: amor, propensión a destruir

sadismo, tendencia a someterse, apetito de poder, in-

diferencia, deseo de grandeza personal, pasión por la

economía, goce de placeres sensuales y miedo a la

sensualidad. Estas y muchas otras tendencias y angus-

tias que pueden hallarse en los hombres se desarro-

llan como reacción frente a ciertas condiciones vitales;

ellas no son particularmente flexibles, puesto que, una

vez introducidas como parte integrante del carácter

de una persona, no desaparecen fácilmente ni se trans-

forman en alguna otra tendencia. Pero sí lo son en

el sentido de que los individuos, en especial modo

durante su niñez, pueden desarrollar una u otra, según

el modo de existencia total que les toque vivir. Ninguna

de tales necesidades es fija y rígida, como ocurriría si

se tratara de una parte innata de la naturaleza humana

que se desarrolla y debe ser satisfecha en todas las

circunstancias.

En contraste con estas tendencias hay otras que

constituyen una parte indispensable de la naturaleza

humana y que han de hallar satisfacción de manera

imperativa. Se trata de aquellas necesidades que se

encuentran arraigadas en la organización fisiológica

del hombre, como el hambre, la sed, el sueño, etc.

Para cada una de ellas existe un determinado umbral

más allá del cual es imposible soportar la falta de

satisfacción; cuando se produce este caso, la tendencia

a satisfacer la necesidad asume el carácter de un im-

pulso todopoderoso. Todas estas necesidades fisioló-

gicamente condicionadas pueden resumirse en la no-

ción de una necesidad de autoconservación. Ésta cons-

tituye aquella parte de la naturaleza humana que debe

satisfacerse en todas las circunstancias y que forma,

EL MIEDO A LA LIBERTAD

43

por lo tanto, el motivo primario de la conducta hu-

mana.

Para expresar lo anterior con una fórmula sencilla,

podríamos decir: el hombre debe comer, beber, dor-

mir, protegerse de los enemigos, etc. Para hacer todo

esto debe trabajar y producir. El "trabajo", por otra

parte, no es algo general o abstracto. El trabajo es

siempre concreto, es decir, un tipo específico de tra-

bajo dentro de un tipo específico de sistema econó-

mico. Una persona puede trabajar como esclavo den-

tro de un sistema feudal, como campesino en un pue-

blo indio, como hombre de negocios independiente

en la sociedad capitalista, como vendedor en una

tienda moderna, como operario ante la cinta sinfín

de una gran fábrica. Estas diversas especies de trabajo

requieren rasgos de carácter completamente distintos y

contribuyen a integrar diferentes formas de conexión

con los demás. Cuando nace un hombre se le fija un

escenario. Debe comer y beber y, por ende, trabajar;

ello significa que le será preciso trabajar en aquellas

condiciones especiales y en aquellas determinadas for-

mas que le impone el tipo de sociedad en la cual

ha nacido. Ambos factores, su necesidad de vivir y

el sistema social, no pueden ser alterados por él en

tanto individuo, siendo ellos los que determinan el

desarrollo de aquellos rasgos que muestran una plas-

ticidad mayor.

Así el modo de vida, tal como se halla predetermi-

nado para el individuo por obra de las características

peculiares de un sistema económico, llega a ser el

factor primordial en la determinación de toda la es-

tructura de su carácter, por cuanto la imperiosa nece-

sidad de autoconservación lo obliga a aceptar las con-

diciones en las cuales debe vivir. Ello no significa que

no pueda intentar, juntamente con otros individuos,

la realización de ciertos cambios políticos y económi-

44

ERICH FROMM

cos; no obstante, su personalidad es moldeada esen-

cialmente por obra del tipo de existencia especial que

le ha tocado en suerte, puesto que ya desde niño ha

tenido que enfrentarlo a través del medio familiar,

medio que expresa todas las características típicas de

una sociedad o clase determinada 10.

Las necesidades fisiológicamente condicionadas no

constituyen la única parte de la naturaleza humana

que posee carácter ineludible. Hay otra parte que es

igualmente compulsiva, una parte que no se halla

arraigada en los procesos corporales, pero sí en la

esencia misma de la vida humana, en su forma y en

su práctica: la necesidad de relacionarse con el mundo

exterior, la necesidad de evitar el aislamiento. Sentirse

completamente aislado y solitario conduce a la desin-

tegración mental, del mismo modo que la inanición

conduce a la muerte. Esta conexión con los otros nada

tiene que ver con el contacto físico. Un individuo

puede estar solo en el sentido físico durante muchos

años y, sin embargo, estar relacionado con ideas, va-

lores o, por lo menos, normas sociales que le propor-

10 Me gustaría hacer una advertencia con respecto a una

confusión que con frecuencia surge acerca de este problema.

La estructura económica de una sociedad, al determinar el

modo de vida del individuo, opera, en el desarrollo de la

persona, como una condición. Estas condiciones económicas

son completamente diferentes de los motivos económicos sub-

jetivos, tales como el deseo de riqueza material, considerado

como el motivo dominante de la conducta humana por

muchos escritores, desde el Renacimiento hasta ciertos auto-

res marxistas que no lograron entender los conceptos básicos

de Marx. En realidad, el deseo omnicomprensivo de riqueza

material es una necesidad peculiar tan sólo de ciertas cul-

turas, y diferentes condiciones económicas pueden crear ras-

gos de personalidad que aborrecen la riqueza material o les

es indiferente. He discutido detalladamente este problema

en "Ueber Methode und Aufgabe einer analytischen So-

zialpsychologie", Zeitschrift für Sozialforschung, Leipzig

1932, vol. I, págs. 28 y sigts.

EL MIEDO A LA LIBERTAD

45

cionan un sentimiento de comunión y "pertenencia"

Por otra parte, puede vivir entre la gente y no obs-

tante dejarse vencer por un sentimiento de aislamiento

total, cuyo resultado será, una vez excedidos ciertos

límites, aquel estado de insania expresado por los tras-

tornos esquizofrénicos. Esta falta de conexión con va-

lores, símbolos o normas, que podríamos llamar sole-

dad moral, es tan intolerable como la soledad física;

o, más bien, la soledad física se vuelve intolerable

tan sólo si implica también soledad moral. La conexión

espiritual con el mundo puede asumir distintas for-

mas; en sus respectivas celdas, el monje que cree en

Dios y el misionero político aislado de todos los de-

más, pero que se siente unido con sus compañeros de

lucha, no están moralmente solos. Ni lo está el inglés

que viste su smoking en el ambiente más exótico, ni

el pequeño burgués que, aun cuando se halla profun-

damente aislado de los otros hombres, se siente unido

a su nación y a sus símbolos. El tipo de conexión con

el mundo puede ser noble o trivial, pero aun cuando

se relacione con la forma más baja y ruin de la es-

tructura social, es, de todos modos, mil veces preferi-

ble a la soledad. La religión y el nacionalismo, así

como cualquier otra costumbre o creencia, por más

que sean absurdas o degradantes, siempre que logren

unir al individuo con los demás constituyen refugios

contra lo que el hombre teme con mayor intensidad:

el aislamiento.

Esta necesidad compulsiva de evitar el aislamiento

moral ha sido descrita con mucha eficacia por Balzac

en el siguiente fragmento de Los sufrimientos del in-

ventor:

Pero debes aprender una cosa, imprimirla en tu mente to-

davía maleable: el hombre tiene horror a la soledad. Y de

todas las especies de soledad, la soledad moral es la más

terrible. Los primeros ermitaños vivían con Dios. Habitaban

46

ERICH FROMM

en el más poblado de los mundos: el mundo de los espíri-

tus. El primer pensamiento del hombre, sea un leproso o

un prisionero, un pecador o un inválido, es éste: tener

un compañero en su desgracia. Para satisfacer este impulso,

que es la vida misma, emplea toda su fuerza, todo su poder,

las energías de toda su vida. ¿Hubiera encontrado compa-

ñeros Satanás, sin ese deseo todopoderoso? Sobre este tema

se podría escribir todo un poema épico, que sería el prólogo del

Paraíso Perdido, porque el Paraíso Perdido no es más que la

apología de la rebelión.

Todo intento de contestar por qué el miedo al ais-

lamiento es tan poderoso en el hombre nos alejaría

mucho del tema principal de este libro. Sin embar-

go, para mostrar al lector que esa necesidad de sen-

tirse unido a los otros no posee ninguna calidad mis-

teriosa, deseo señalar la dirección en la cual, según

mi opinión, puede hallarse la respuesta.

Un elemento importante lo constituye el hecho de

que los hombres no pueden vivir si carecen de for-

mas de mutua cooperación. En cualquier tipo posi-

ble de cultura el hombre necesita de la cooperación

de los demás si quiere sobrevivir; debe cooperar ya

sea para defenderse de los enemigos o de los peli-

gros naturales, ya sea para poder trabajar y produ-

cir. Hasta Robinson Crusoe se hallaba acompañado

por su servidor Viernes; sin éste probablemente no

sólo hubiera enloquecido, sino que hubiera muerto.

Cada uno de nosotros ha experimentado en la ni-

ñez, de una manera muy severa, esta necesidad de

ayuda ajena. A causa de la incapacidad material, por

parte del niño, de cuidarse por sí mismo en lo con-

cerniente a las funciones de fundamental importan-

cia, la comunicación con los otos es paa él una cues-

tión de vida o muerte. La posibilidad de ser aban-

donado a sí mismo es necesariamente la amenaza más

seria a toda la existencia del niño.

EL MIEDO A LA LIBERTAD

4 7

Hay, sin embargo, otro elemento que hace de la

"pertenencia" (need to belong) una necesidad tan

compulsiva: el hecho de la autoconciencia subjetiva,

de la facultad mental por cuyo medio el hombre

tiene conciencia de sí mismo como de una entidad

individual, distinta de la naturaleza exterior y de las

otras personas. Aunque el grado de autoconciencia

varía, como será puesto de relieve en el próximo

capítulo, su existencia le plantea al hombre un pro-

blema que es esencialmente humano: al tener con-

ciencia de sí mismo como de algo distinto a la na-

turaleza y a los demás individuos, al tener concien-

cia —aun oscuramente— de la muerte, la enferme-

dad y la vejez, el individuo debe sentir necesaria-

mente su insignificancia y pequenez en comparación

con el universo y con todos los demás que no sean

"él". A menos que pertenezca a algo, a menos que

su vida posea algún significado y dirección, se sen-

tirá como una partícula de polvo y se verá aplasta-

do por la insignificancia de su individualidad. No

será capaz de relacionarse con algún sistema que pro-

porcione significado y dirección a su vida, estará hen-

chido de duda, y ésta, con el tiempo, llegará a pa-

ralizar su capacidad de obrar, es decir, su vida.

Antes de continuar, es conveniente resumir lo que

hemos señalado con respecto a nuestro punto de vista

general sobre los problemas de la psicología social.

La naturaleza humana no es ni la suma total de

impulsos innatos fijados por la biología, ni tampoco

la sombra sin vida de formas culturales a las cuales se

adapta de una manera uniforme y fácil; es el producto

de la evolución humana, pero posee también ciertos

mecanismos y leyes que le son inherentes. Hay

ciertos factores en la naturaleza del hombre que

aparecen fijos e inmutables: la necesidad de

satisfacer los impulsos biológicos y la necesidad de

evitar el aislamiento y la soledad moral. Hemos

48

E R I C H F R O M M

visto que el individuo debe aceptar el modo de vida

arraigado en el sistema de producción y de dis-

tribución propio de cada sociedad determinada. En

el proceso de la adaptación dinámica a la cultura se

desarrolla un cierto número de impulsos poderosos

que motivan las acciones y los sentimientos del in-

dividuo. Éste puede o no tener conciencia de tales

impulsos, pero, en todos los casos ellos son enérgicos

y exigen ser satisfechos una vez que se han desarro-

llado. Se transforman así en fuerzas poderosas que

a su vez contribuyen de una manera efectiva a forjar

el proceso social. Más tarde, al analizar la Reforma y

el fascismo 11, nos ocuparemos del modo de interacción

que existe entre los factores económicos, psicológicos e

ideológicos y se discutirán las conclusiones generales a

que se puede llegar con respecto a tal interacción.

Esta discusión se hallará siempre enfocada hacia el

tema central del libro: el hombre, cuanto más gana en

libertad, en el sentido de su emergencia de la primitiva

unidad indistinta con los demás y la naturaleza, y

cuanto más se transforma en "individuo", tanto más

se ve en la disyuntiva de unirse al mundo en la

espontaneidad del amor y del trabajo creador o bien de

buscar alguna forma de seguridad que acuda a vínculos

tales que destruirán su libertad y la integridad de su yo

individual12.

11

En el apéndice I discutiré con mayores detalles as

pectos generales de la interrelación entre las fuerzas psico

lógicas y las socio-económicas.

12

Después de haber terminado esta obra, apareció Free-

dom. Its meaning, planeado y editado por R. N. Anshen

(Nueva York, Harcourt & Brace, 1940), estudio sobre los

diferentes aspectos de la libertad. Me complazco en citar

aquí especialmente los trabajos de H. Bergson, J. Dewey,

R. M. Mac Iver, K. Riezler, P. Tillich. C. también Carl

Steuemann, Der Mensch auf der Flucht, Berlin, Fischer,