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KATE MOSSE

Traducción de Claudia Conde

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KATE MOSSE

El Laberinto

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KATE MOSSE

El Laberinto

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos

los derechos reservados

Titulo original Labyrinth

© Mosse Associates Ltd, 2005

© por la traducción Claudia Conde, 2006

© Editorial Planeta, S A, 2005

Diagonal, 662 664, 08034 Barcelona (España)

Edición digital: Edcare (Bufeo) — Colombia

Primera edición enero de 2006

Deposito Legal B 30 2006

ISBN 84-08-06587-4 (rustica)

ISBN 84-08-06501-7 (tapa dura)

ISBN 0-75286-053-4 editor Orion Books, una división de Orion Publishing Group,

Londres edición original

Composición Víctor Igual, S. L.

Impresión A&M Grafic, S. L.

Encuadernación: Encuadernaciones Balmes, S. L.

Printed in Spain - Impreso en España

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KATE MOSSE

El Laberinto

A mi padre, Richard Mosse, un hombre íntegro,

un chevalier de nuestros días

A Greg, como siempre,

por todo lo que ha sido, es y será

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KATE MOSSE

El Laberinto

NOTA DE LA AUTORA

Nota histórica

En marzo de 1208, el papa Inocencio III predicó una cruzada contra

una secta de cristianos del Languedoc. Hoy se los conoce habitualmente

con el nombre de cátaros. Ellos se llamaban a sí mismos bons chrétiens,

«buenos cristianos»; Bernardo de Claraval los denominaba albigenses,

y en los registros de la Inquisición aparecen como heretici. El papa

Inocencio se propuso expulsar a los cátaros del Mediodía francés y

restaurar la autoridad religiosa de la Iglesia católica. Los barones del

norte de Francia que se unieron a su cruzada vieron en ella la

oportunidad de adquirir tierras, riquezas y privilegios comerciales,

subyugando a una nobleza meridional ferozmente independiente

Aunque el concepto de cruzada era un rasgo importante de la

sociedad cristiana medieval ya desde finales del siglo XI, y si bien en el

asedio de Zara en 1204, durante la Cuarta Cruzada, los cruzados

empuñaron las armas contra otros cristianos, ésta fue la primera vez

que se convocó a la guerra santa contra cristianos en suelo europeo. La

persecución de los cátaros condujo directamente a la fundación de la

Inquisición en 1231, bajo los auspicios de los dominicos, los frailes

negros.

Fueran cuales fuesen las motivaciones religiosas de la Iglesia

católica y de algunas de las cabezas seglares de la cruzada, como Simón

de Monfort, la Cruzada Albigense fue en definitiva una guerra de

ocupación, que marcó un punto de inflexión en la historia de lo que hoy

es Francia. Significó el fin de la independencia del sur y la destrucción

de muchas de sus tradiciones, ideales y estilo de vida.

Lo mismo que el término «cátaro», la palabra «cruzada» no se

empleaba en los documentos medievales. El ejército era «la hueste», o

la ost en la lengua de oc. Sin embargo, como ambos términos son

actualmente de uso corriente, los he utilizado a veces para facilitar las

referencias.

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KATE MOSSE

El Laberinto

Nota sobre lenguaje

En la época medieval, el occitano o langue d’oc (a la que debe su

nombre la región del Languedoc) era la lengua del Mediodía francés,

desde Provenza hasta Aquitania. También era la lengua del Jerusalén

cristiano y de las tierras ocupadas por los cruzados a partir de 1099,

hablada asimismo en lugares del norte de España y del norte de Italia, y

estrechamente emparentada con el provenzal y el catalán.

En el siglo XIII, la langue d’oil, antecesora del francés actual, se

hablaba en el norte de lo que hoy es Francia.

En el transcurso de las invasiones del sur por parte del norte,

iniciadas en 1209, los barones franceses impusieron su lengua a la

región conquistada. Desde mediados del siglo xx se ha producido un

renacimiento de la lengua occitana, impulsado por escritores, poetas e

historiadores, como René Nelli, Jean Duvernoy, Déodat Roché, Michel

Roquebert, Anne Brenon, Claude Marti y otros. En el momento de

redactar estas líneas, hay una escuela bilingüe occitano-francesa en la

Cité, en el corazón del núcleo medieval de Carcasona, y en los

indicadores de las carreteras aparece la forma occitana de los

topónimos junto a la francesa.

En El laberinto, para distinguir entre los habitantes del Pays d’Òc y

los invasores franceses, he utilizado el occitano y el francés. Por

consiguiente, algunos nombres y lugares aparecen tanto en francés

como en occitano, por ejemplo, Carcassonne y Carcassona, Toulouse y

Tolosa, Béziers y Besièrs.

Los versos y refranes han sido extraídos de los Proverbes et dictons

de la langue d’oc, recopilados por el abad Pierre Trinquier, y de los 33

chants populaires du Languedoc.

Inevitablemente, hay diferencias entre las grafías occitanas

medievales y las normas ortográficas modernas. Para mantener la

coherencia, he utilizado como guía la obra La planqueta, diccionario

occitano-francés de André Lagarde.

Para más información, se ofrece un glosario al final de este libro.

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El Laberinto

Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

SAN JUAN 8,32

L’histoire est un roman qui a été, le roman est une histoire qui

aurait pu être. [La historia es una novela que ha sido; la novela

es una historia que hubiese podido ser.]

E. y J. GONCOURT

Ten përdu, jhamâi së rëcôbro. [El tiempo perdido nunca se

recupera.]

Proverbio occitano medieval

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El Laberinto

P R Ó L O G O

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KATE MOSSE

El Laberinto

CAPÍTULO 1

Pico de Soularac

Montes Sabarthès

Sudoeste de Francia

LUNES 4 DE JULIO DE 2005

Una línea solitaria de sangre se escurre por el pálido interior de su

brazo, una costura roja en una manga blanca.

Al principio, Alice cree que es una mosca y no le presta atención.

Los insectos son un riesgo laboral en las excavaciones, y por alguna

razón hay más moscas en lo alto de la montaña, donde está trabajando,

que en el yacimiento principal, allá abajo. Después, sobre su pierna

desnuda cae una gota de sangre, que estalla como una bengala en el

cielo de la noche de San Juan.

Esta vez sí que mira y ve que el corte del interior del codo se le ha

vuelto a abrir. Es una herida profunda, que se resiste a sanar. Suspira y

se ajusta un poco más contra la piel el vendaje de gasas y esparadrapo.

Luego, como nadie la ve, se lame la mancha roja de la muñeca.

Varios mechones de pelo, del suave color del azúcar moreno, se le

han soltado de debajo de la gorra. Se los pasa por detrás de las orejas y

se enjuga la frente con el pañuelo, antes de retorcerse otra vez la coleta

en un apretado nudo sobre la nuca.

Interrumpida su concentración, Alice se incorpora y estira las

esbeltas piernas, levemente bronceadas por el sol. Vestida con vaqueros

de perneras recortadas, camiseta blanca sin mangas y gorra, parece

poco más que una adolescente. Antes le preocupaba. Ahora que ya es un

poco más mayor, aprecia la ventaja de aparentar menos edad. El único

detalle glamuroso son los delicados pendientes de plata en forma de

estrella, que relucen como lentejuelas.

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KATE MOSSE

El Laberinto

Alice desenrosca el tapón de la botella de agua. Está tibia, pero tiene

demasiada sed para reparar en eso y se la bebe a grandes tragos. Más

abajo, la calina reverbera sobre el mellado asfalto de la carretera.

Arriba, el cielo es de un azul interminable. Las cigarras persisten en su

coro implacable, ocultas a la sombra de los pastos secos.

Es la primera vez que está en los Pirineos, pero se siente como en

casa. Le han dicho que en invierno los dentados picos de los montes

Sabarthès se cubren de nieve. En primavera, delicadas flores rosa,

malva y blancas asoman de sus escondrijos en las grandes extensiones

rocosas. A comienzos del verano, los prados son verdes y se pueblan de

ranúnculos amarillos. Pero ahora el sol ha aplastado y subyugado el

paisaje, convirtiendo los verdes en tonos tostados. «Es un lugar

hermoso —piensa—, aunque en cierto modo inhóspito. Es un lugar de

secretos, que ha visto demasiado y escondido demasiado para estar en

paz consigo mismo.»

En el campamento principal, más abajo, en la falda de la montaña,

Alice puede ver a sus colegas de pie bajo el gran toldo de lona. Consigue

distinguir a Shelagh con su habitual traje negro. Le sorprende que ya

hayan parado. Es pronto para hacer una pausa, pero es cierto que todo

el equipo está un poco desmoralizado.

El trabajo es en su mayor parte afanoso y monótono —excavar y

raspar, catalogar y registrar—, y hasta ahora han encontrado pocas

cosas de interés que justifiquen sus esfuerzos. Unos cuantos fragmentos

de vasijas y cuencos de comienzos de la Edad Media y un par de puntas

de lanza de finales del siglo XII o comienzos del XIII, pero ni rastro del

asentamiento paleolítico que ha motivado la excavación.

Alice siente el impulso de bajar para reunirse con sus amigos y

colegas, y arreglarse el vendaje. El corte le escuece y las pantorrillas ya

le duelen de tanto estar agachada. Tiene tensos los músculos de los

hombros. Pero sabe que si se detiene, perderá el ritmo de trabajo.

Esperanzada, confía en que su suerte está a punto de cambiar. Poco

antes ha notado un destello debajo de una roca pulcramente apoyada

contra el flanco de la montaña, casi como si la hubiese colocado allí la

mano de un gigante. Aunque no adivina lo que pueda ser el objeto, ni

conoce siquiera su tamaño, ha pasado toda la mañana cavando y cree

que no le falta mucho para alcanzarlo.

Sabe que debería llamar a alguien. O por lo menos decírselo a

Shelagh, su mejor amiga, que es la directora adjunta de la excavación.

Alice no es arqueóloga de profesión, sino una simple voluntaria que

pasa parte de las vacaciones de verano haciendo algo de provecho. Pero

es su última jornada completa sobre el terreno y quiere demostrar de lo

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KATE MOSSE

El Laberinto

que es capaz. Si baja al campamento principal y les cuenta que cree

haber encontrado algo, todos querrán participar y el descubrimiento ya

no será suyo.

En los días y semanas que vendrán, Alice repasará ese momento.

Recordará la cualidad de la luz, el sabor metálico de la sangre y el polvo

en su boca, y se preguntará cómo habría sido todo si hubiese decidido

bajar en lugar de quedarse. Si hubiese jugado conforme a las reglas.

Apura la última gota de agua y arroja la botella a la mochila.

Durante toda la hora siguiente poco más o menos, mientras el sol trepa

por el cielo y la temperatura sigue subiendo, Alice no deja de trabajar.

Los únicos sonidos son el roce del metal contra la piedra, el zumbido de

los insectos y el ocasional rumor de una avioneta a lo lejos. Siente

perlas de sudor sobre el labio superior y entre los pechos, pero sigue

adelante, hasta que finalmente el hueco bajo la roca es lo bastante

grande como para deslizar una mano.

Alice se arrodilla en el suelo y afirma la mejilla y el hombro contra la

piedra para apoyarse. Después, palpitante de ansiedad, mete

profundamente los dedos en la oscura y ciega tierra. De inmediato

comprende que su instinto no le ha fallado y que ha dado con algo

digno de ser descubierto. Es suave y viscoso al tacto, de metal y no de

piedra. Aferrándolo con firmeza y diciéndose que no debe esperar

demasiado, despacio, muy despacio, saca el objeto a la luz. El suelo

parece estremecerse, renuente a ceder su tesoro.

El olor intenso y mohoso de la tierra húmeda le llena la nariz y la

garganta, aunque casi no lo nota. Ya está perdida en el pasado,

cautivada por el trozo de historia que acuna en la palma de sus manos.

Es una hebilla pesada y redonda, moteada de negro y verde por la

antigüedad y la prolongada sepultura. Alice la frota con los dedos y

sonríe cuando la plata y el cobre comienzan a revelar detalles bajo la

suciedad. A primera vista, también parece medieval, la clase de hebilla

utilizada para ceñir una capa o un manto. Ha visto otras parecidas.

Conoce el riesgo de sacar conclusiones precipitadas o de dejarse

seducir por las primeras impresiones, pero no puede resistirse a

imaginar a su dueño, muerto desde hace siglos, que debió de frecuentar

esos mismos senderos. Un extraño cuya historia aún no conoce.

La conexión es tan fuerte y Alice está tan ensimismada que no nota

que la roca se está deslizando por la base. Pero entonces algo, quizá un

sexto sentido, hace que levante la vista. Durante una fracción de

segundo, el mundo parece suspendido fuera del espacio y del tiempo.

Se queda hipnotizada mirando la roca ancestral que se balancea y se

inclina, y que grácilmente comienza a caer hacia ella.

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El Laberinto

En el último momento, la luz se fractura. El hechizo se rompe. Alice

se aparta bruscamente, medio trastabillando, medio reptando hacia un

lado, justo a tiempo para no ser aplastada. El peñasco golpea el suelo

con un ruido sordo, levantando una nube de pálido polvo marrón, y

sigue rodando sobre sí mismo, como a cámara lenta, hasta detenerse

montaña abajo.

Alice se aferra desesperadamente a los arbustos y matorrales, para

no seguir deslizándose. Por un momento, yace desmadejada en la

hierba, mareada y desorientada. Cuando por fin comprende lo cerca

que ha estado de morir aplastada, se le hiela la sangre. «Demasiado

cerca.» Hace una profunda inspiración y espera a que el mundo deje de

dar vueltas.

Poco a poco se acalla el latido en el interior de su cabeza. Se le

asienta el estómago y todo comienza a volver a la normalidad, lo

suficiente como para que pueda sentarse y hacer balance de la

situación. Tiene las rodillas raspadas y veteadas de sangre y se ha dado

un golpe en la muñeca, que ha recibido el peso del cuerpo cuando ha

caído con la hebilla aún aferrada en la mano para protegerla, pero en

conjunto sólo han sido unos pocos cortes y magulladuras. «No me he

hecho daño.»

Se pone de pie y se sacude el polvo, sintiéndose una completa

imbécil. No puede creer que haya cometido un error tan estúpido como

ha sido el de no asegurar la roca. Ahora vuelve la vista hacia el

campamento, allá abajo. Se sorprende (y se alegra) de que nadie bajo la

lona parezca haber visto u oído nada. Levanta una mano y está a punto

de llamar, cuando advierte que, en el flanco de la montaña, donde

estaba situada la roca, se ve una estrecha abertura. Como una puerta

abierta en la pared de piedra.

Se dice que esas montañas están cuajadas de cuevas y pasajes

escondidos, por lo que no se sorprende. Aun así —piensa—, de algún

modo sabía que la puerta estaba ahí, aunque no era posible verla desde

fuera. Lo sabía. «O más bien lo he adivinado.»

Vacila. Sabe que debería ir en busca de alguien para que la

acompañase. Sería tonto y posiblemente hasta peligroso entrar sola, sin

ningún tipo de ayuda. Es consciente de todo lo que podría salir mal.

De que ni siquiera debería estar allí arriba, trabajando sola. Shelagh

no lo sabe. Pero hay algo que la atrae. Algo personal. Es su

descubrimiento.

Alice se dice que no tiene sentido importunarlos a todos y alimentar

sus esperanzas para nada. Si hay algo que merezca la pena investigar,

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KATE MOSSE

El Laberinto

ya se lo dirá a alguno de ellos. Ahora no va a hacer nada. Solamente

quiere mirar.

«Sólo será un minuto.»

Vuelve a escalar hasta donde estaba. Hay una profunda depresión

en el suelo, en la boca de la cueva, donde estaba la roca montando

guardia. La tierra húmeda está viva, con las frenéticas contorsiones de

infinidad de gusanos y escarabajos repentinamente expuestos a la luz y

el calor después de tanto tiempo. Su gorra yace en el suelo, donde cayó.

También su paleta está ahí, donde la dejó.

Alice se asoma a la oscuridad. La abertura no mide más de metro y

medio de altura por uno de ancho y los bordes son irregulares y

ásperos. No parece hecha adrede, sino natural, pero cuando recorre la

piedra con los dedos, arriba y abajo, descubre, allí donde reposaba la

roca, zonas curiosamente lisas.

Poco a poco, sus ojos se habitúan a la penumbra. El negro

aterciopelado cede el paso al gris carbón y entonces advierte que tiene

puesta la vista en un túnel largo y angosto. Siente que se le erizan los

pelillos de la nuca, como advirtiéndole que hay algo acechando en la

oscuridad que sería mejor no remover. Pero son supersticiones

infantiles que se apresura a desechar. Alice no cree en fantasmas ni en

premoniciones.

Apretando con fuerza la hebilla en una mano, como un talismán,

hace una profunda inspiración y entra en el pasaje. De inmediato, el

olor del aire subterráneo y escondido desde tiempos remotos la

envuelve y le llena la boca, la garganta y los pulmones. El ambiente es

frío y húmedo, sin indicios de los gases secos y tóxicos que según le han

advertido envenenan la atmósfera en algunas cuevas sin ventilación,

por lo que supone que por algún sitio entrará aire fresco. Por si acaso,

rebusca en los bolsillos de sus pantalones cortos hasta encontrar un

mechero. Enciende la llama y la adelanta en la oscuridad, para

comprobar que hay oxígeno. Ésta oscila con un golpe de aire, pero no se

apaga.

Nerviosa y con cierta sensación de culpa, Alice envuelve la hebilla en

un pañuelo, se la guarda en el bolsillo y da unos cuantos pasos

cautelosos. La luz de la llama es débil, pero ilumina la porción de túnel

que tiene inmediatamente por delante, arrojando sombras sobre las

abruptas paredes grises.

A medida que se adentra por el pasaje, siente el frío desapacible del

aire enroscándose como un gato en sus piernas y sus brazos. Está

bajando. Siente la pendiente del suelo bajo sus pies, pedregosa y

desigual. El crujido de las piedras y la grava resuena con fuerza en el

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El Laberinto

espacio cerrado y silencioso. La luz del día se vuelve cada vez más tenue

a sus espaldas, cuanto más profundamente se adentra en el pasadizo.

De pronto, ya no quiere proseguir. No tiene el menor deseo de estar

donde está. Pero la situación tiene algo de inevitable, algo que la

impulsa a seguir descendiendo hacia el vientre de la montaña.

Al cabo de unos diez metros más, el túnel se acaba. Alice se

encuentra a las puertas de una cámara cerrada y cavernosa, de pie

sobre una plataforma rocosa natural. Justo frente a ella, un par de

peldaños anchos y de escasa altura conducen al área principal, donde el

suelo ha sido nivelado y parece liso y plano. La caverna mide unos diez

metros de largo por cinco de ancho y, más que ser obra exclusiva de la

naturaleza, ha sido claramente modelada por la mano del hombre. El

techo es bajo y abovedado, como la cubierta de una cripta.

Alice se queda mirando, empuñando en alto la llamita vacilante,

molesta por una curiosa y punzante sensación de familiaridad que no

consigue explicarse. Está a punto de bajar los peldaños, cuando

advierte que hay letras grabadas en la piedra del escalón más alto. Se

agacha e intenta leer la inscripción. Sólo las tres primeras palabras y la

última letra (N o quizá H) son legibles. Las otras se han borrado con la

erosión o los golpes. Alice aparta el polvo con los dedos y dice las letras

en voz alta. El eco de su voz resuena hostil y amenazador en el silencio.

—P-A-S A P-A-S... Pas a pas.

¿Paso a paso? ¿Paso a paso qué? Un tenue recuerdo encrespa la

superficie de su subconsciente, como una canción hace tiempo

olvidada. Después desaparece.

—Pas a pas —susurra esta vez, pero no significa nada. ¿Una

plegaria? ¿Una advertencia? Sin saber lo que sigue, no tiene sentido.

Nerviosa, se incorpora y baja los peldaños, uno a uno. En su

interior, la curiosidad combate con la premonición, y siente que en los

delgados brazos desnudos se le pone la carne de gallina, no sabe muy

bien si por la inquietud o por el frío de la cueva.

Alice sigue manteniendo la llama en alto para iluminarse el camino,

con cuidado para no resbalar ni mover nada. Al llegar abajo se detiene.

Hace una profunda inspiración y da un paso hacia la oscuridad de

ébano. Apenas consigue distinguir la pared más alejada de la cámara.

A esa distancia, es difícil saber con certeza si se trata de una ilusión

creada por la luz o una sombra proyectada por la llama, pero parece

como si hubiera un gran motivo circular de líneas y semicírculos

pintados o grabados en la roca. Delante, en el suelo, hay una mesa de

piedra de poco más de un metro de altura, como un altar.

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KATE MOSSE

El Laberinto

Manteniendo la vista fija en el símbolo de la pared para no perder la

orientación, Alice avanza poco a poco. Ahora puede ver más claramente

el dibujo. Parece algo así como un laberinto, aunque la memoria le dice

que hay algo que no acaba de encajar. No se trata de un verdadero

laberinto. Las líneas no conducen al centro, como debieran. El dibujo

está equivocado. Alice no podría explicar por qué está tan segura, pero

sabe que está en lo cierto.

Con los ojos puestos en el laberinto, se acerca cada vez más. Su pie

topa con algo duro en el suelo. Se oye un golpe tenue y hueco, y el ruido

de algo que sale rodando, como si un objeto hubiera cambiado de

posición.

Alice baja la vista.

Le empiezan a temblar las piernas. La pálida llama parpadea en sus

manos. El horror le quita el aliento. Está de pie al borde de una tumba

poco profunda, una simple depresión en el suelo. En su interior hay dos

esqueletos que una vez fueron humanos, con los huesos lavados por el

tiempo. Las ciegas órbitas de una de las calaveras la miran fijamente

desde abajo. El otro cráneo, que ella misma ha desplazado con el pie,

yace sobre uno de sus lados, como apartando la vista para no verla.

Los cadáveres han sido colocados uno junto al otro, mirando al

altar, como bajorrelieves en un sarcófago. La disposición es simétrica y

están perfectamente alineados, pero no hay serenidad en ese sepulcro.

No hay sensación de paz. Los pómulos de una de las calaveras están

aplastados, hundidos como los de una máscara de cartón piedra. El otro

esqueleto tiene varias costillas partidas y curvadas hacia fuera,

sobresaliendo de una forma extraña, como las ramas quebradizas de un

árbol muerto.

«No pueden hacerte daño.» Resuelta a no dejarse dominar por el

miedo, Alice se obliga a agacharse, con cuidado para no tocar nada más.

Recorre con la vista la tumba. Hay un puñal junto a uno de los

esqueletos, con el filo embotado por el tiempo, y unos cuantos

fragmentos de paño. A su lado, una bolsa cerrada con una cuerda

corrediza, que por su tamaño podría contener una caja pequeña o un

libro. Alice arruga el ceño. Está segura de que ha visto antes algo

parecido, pero el recuerdo se niega a materializarse.

El objeto blanco y redondo alojado entre los dedos como garras del

esqueleto más menudo es tan pequeño que Alice ha estado a punto de

no verlo. Sin pararse a pensar si debe hacerlo o no, saca rápidamente

unas pinzas del bolsillo, se tumba en el suelo y, con infinito cuidado, lo

recoge. Después, lo levanta a la luz de la llama mientras sopla

suavemente para apartar el polvo y verlo mejor.

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KATE MOSSE

El Laberinto

Es un pequeño anillo de piedra, sin ningún rasgo particular, de

superficie lisa y redondeada. También le resulta extrañamente familiar.

Alice lo observa más de cerca. Tiene un motivo grabado por dentro. Al

principio piensa que puede ser algún tipo de sello. Después, con un

sobresalto, cae en la cuenta. Levanta la vista hacia el dibujo de la pared

al fondo de la cámara y vuelve a mirar el anillo.

Los motivos son idénticos.

Alice no es religiosa. No cree en el cielo ni en el infierno, ni tampoco

en Dios, ni en el diablo, ni en las criaturas que supuestamente

merodean por esas montañas. Pero por primera vez en su vida, la

abruma la sensación de estar en presencia de algo sobrenatural, algo

inexplicable y fuera del alcance de su experiencia y su capacidad de

comprensión. Siente que la maldad le repta por la piel, el cuero

cabelludo y las plantas de los pies.

Su valor flaquea. De pronto la cueva se ha vuelto gélida. El miedo se

adueña de su garganta y le congela el aire en los pulmones. Consigue

ponerse en pie. No debería estar allí, en ese lugar antiquísimo. Ansia

con desesperación salir de la cámara, lejos de los indicios de violencia y

el olor a muerte, y volver a la luminosa y segura luz del día.

Pero es tarde.

Por encima o por detrás de donde está —no sabría decirlo—, se oyen

pasos.

El sonido reverbera en el espacio cerrado, bota y rebota en las

paredes rocosas. Alguien viene.

Alice se vuelve, alarmada, y deja caer el mechero. La cueva queda

sumida en la oscuridad. Intenta correr, pero en la negrura está

desorientada y no encuentra la salida. Tropieza. Le fallan las piernas.

Se cae. El anillo sale despedido hacia la pila de huesos, el lugar

donde pertenece.

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KATE MOSSE

El Laberinto

CAPÍTULO 2

Los Seres

Sudoeste de Francia

Unos cuantos kilómetros al este en línea recta, en un pueblo perdido

de los montes Sabarthès, un hombre alto y delgado, de traje claro, está

sentado solo ante una mesa de lustrosa madera oscura.

El techo de la habitación es bajo y el suelo, de grandes baldosas

cuadradas del color de la tierra roja de las montañas, que mantienen

fresco el ambiente pese al calor que hace fuera. El postigo de la única

ventana está cerrado, de modo que reina la oscuridad, a excepción de la

charca de luz amarilla que proyecta una pequeña lámpara de aceite

colocada sobre la mesa. Junto a la lámpara hay un vaso alto, lleno casi

hasta el borde de un líquido rojo.

Hay varias hojas de grueso papel color crema dispersas por la mesa,

todas ellas cubiertas con líneas y líneas de pulcra escritura en tinta

negra. La habitación está en silencio, a excepción del rasgueo de la

pluma sobre el papel y el tintineo del hielo al chocar con los lados del

vaso, cuando el hombre bebe. Se nota un tenue aroma a alcohol y

cerezas. El tictac del reloj marca el paso del tiempo, mientras el hombre

hace una pausa, reflexiona y vuelve a escribir.

Lo que dejamos en esta vida es el recuerdo de quienes hemos

sido y de lo que hemos hecho. Una huella, nada más. He aprendido

mucho. Me he vuelto sabio. Pero ¿he hecho algo digno de mención?

No sabría decirlo. Pas a pas, se va luènh.

He visto el verde de la primavera transmutarse en el oro del

verano, y el cobre del otoño tornarse en el blanco del invierno,

mientras esperaba a que se desvaneciera la luz. Una y otra vez me he

preguntado por qué. Si hubiese sabido cómo iba a ser vivir con tanta

soledad, ser el único testigo del ciclo interminable del nacimiento, la

vida y la muerte, ¿qué habría hecho? Alaïs, me pesa mi soledad,

demasiado extrema para soportarla. He sobrevivido a esta larga vida

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KATE MOSSE

El Laberinto

con el corazón vacío, un vacío que con los años se ha ido

extendiendo hasta volverse más grande que mi propio corazón.

Me he esforzado por mantener las promesas que te hice. Una de

ellas está cumplida, la otra sigue pendiente. Hasta ahora, sigue

pendiente. Desde hace algún tiempo, siento que estás cerca. Nuestra

hora vuelve a estar próxima. Todo lo indica. Pronto se abrirá la

cueva. Siento esta certidumbre a mi alrededor. Y el libro, a salvo

durante tanto tiempo, también será hallado.

El hombre hace una pausa y coge el vaso. Los recuerdos le nublan

los ojos, pero el guignolet es fuerte y dulce, y lo reanima.

La he encontrado. Por fin. Y me pregunto, si pongo el libro en

sus manos, ¿le resultará familiar? ¿Lleva su memoria escrita en la

sangre y los huesos? ¿Recordará cómo resplandece la tapa y cambia

de color? Si suelta los lazos y lo abre con cuidado para no dañar el

pergamino seco y quebradizo, ¿recordará las palabras que

reverberan a través de los siglos?

Rezo para que por fin, cuando mis largos días se acercan a su

término, se me conceda la oportunidad de rectificar lo que una vez

hice mal y de conocer por fin la verdad. La verdad me hará libre.

El hombre se reclina en su asiento y apoya delante de él, planas

sobre la mesa, las manos manchadas por la edad. La oportunidad de

saber, después de tantísimo tiempo, lo que sucedió al final.

Es todo lo que quiere.

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KATE MOSSE

El Laberinto

CAPÍTULO 3

Chartres

Norte de Francia

Más tarde ese mismo día, casi mil kilómetros más al norte, otro

hombre de pie en un pasadizo tenuemente iluminado, bajo las calles de

Chartres, está aguardando a que dé comienzo una ceremonia.

Tiene las palmas sudorosas y la boca seca, y percibe cada nervio y

cada músculo de su cuerpo, e incluso la pulsación de sus venas en las

sienes. Se siente aturdido e incapaz de actuar con naturalidad, pero no

sabe si atribuírselo al nerviosismo y la expectación o a los efectos del

vino. La poco familiar túnica de algodón blanco le cuelga pesadamente

de los hombros y los cordones de cáñamo retorcido sobre las huesudas

caderas lo incomodan. Echa una mirada furtiva a los dos personajes

que guardan silencio junto a él, uno a cada lado, pero tienen la cara

cubierta por sendas capuchas. No puede saber si están tan nerviosos

como él o si ya han pasado muchas veces por el ritual. Van vestidos

como él, sólo que sus túnicas son doradas en lugar de blancas y van

calzados. Él está descalzo y las losas del suelo están frías.

Muy por encima de la escondida red de galerías, empiezan a sonar

las campanas de la grandiosa catedral gótica. Siente que los hombres a

su lado enderezan la espalda. Es la señal que estaban esperando. De

inmediato, baja la cabeza e intenta concentrarse en el presente.

—Je suis prêt —murmura, más para tranquilizarse que como

aseveración. Ninguno de sus acompañantes reacciona en modo alguno.

Cuando el último eco de las campanas se desvanece en el silencio, el

acólito a su izquierda da un paso al frente y, con una piedra

parcialmente oculta en la palma de la mano, golpea cinco veces la

pesada puerta. Del interior llega la respuesta.

—Dintratz. —Entren.

El hombre cree reconocer la voz de la mujer, pero no tiene tiempo

de averiguar de dónde ni de cuándo, porque ya se está abriendo la

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KATE MOSSE

El Laberinto

puerta para revelar la estancia que durante tanto tiempo ha ansiado

ver.

Con pasos sincronizados, los tres hombres avanzan lentamente. Lo

ha ensayado y sabe lo que vendrá y lo que se espera de él, pero siente

las piernas un poco inseguras. Después del frío del pasadizo, en la sala

hace calor y está oscuro. La única luz viene de las velas, dispuestas en

los nichos y sobre el altar, que proyectan sobre el suelo sombras

danzantes.

La adrenalina le recorre el cuerpo, aunque se siente extrañamente

ajeno a lo que está ocurriendo. Cuando la puerta se cierra tras él, se

sobresalta.

Los cuatro asistentes principales están situados al norte, al sur, al

este y al oeste de la estancia. Su mayor deseo sería levantar la vista y

mirar mejor, pero se obliga a mantener bajos los ojos y oculto el rostro,

tal como ha sido instruido. Puede ver las dos filas de iniciados,

alineados a ambos lados de la cámara rectangular, seis en cada uno.

Puede sentir el calor de sus cuerpos y oír el ritmo de sus respiraciones,

aunque nadie se mueve ni habla.

Ha memorizado la disposición gracias a los papeles que le han dado,

y cuando avanza hacia el sepulcro que está en mitad de la estancia,

siente las miradas en su espalda. Se pregunta si conocerá a alguno de

ellos. Colegas del trabajo, la esposa de algún conocido, cualquiera

puede ser miembro. No puede evitar que una leve sonrisa se le insinúe

en los labios cuando por un momento se permite fantasear acerca de

cómo cambiarán las cosas a raíz de su admisión en la sociedad.

Pero bruscamente regresa al presente, cuando casi se cae al tropezar

con la piedra que hace las veces de reclinatorio, en la base del sepulcro.

La estancia es más pequeña de lo que había imaginado observando el

plano, más confinada y claustrofóbica. Había esperado que la distancia

entre la puerta y la piedra fuera mayor.

Cuando se arrodilla sobre la piedra, oye que alguien a escasa

distancia inhala con fuerza el aire, y se pregunta por qué. El corazón se

le acelera y cuando baja la vista ve que tiene blancos los nudillos.

Turbado, entrelaza las manos, pero en seguida se da cuenta y deja caer

los brazos a los lados del cuerpo, como le han dicho que tiene que

llevarlos.

Hay un leve declive en el centro de la piedra, cuya superficie siente

dura y fría en las rodillas, a través de la fina tela de la túnica. Se

desplaza ligeramente, tratando de adoptar una postura menos

incómoda. Pero la incomodidad le ofrece algo en que pensar y por eso la

agradece. Todavía está aturdido y le resulta difícil concentrarse y

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KATE MOSSE

El Laberinto

recordar el orden que supuestamente deben seguir los acontecimientos,

aunque lo ha repasado una y mil veces en su cabeza.

Dentro de la estancia empieza a sonar una campana, una nota aguda

y cristalina; la acompaña un canto grave y salmodiado, suave al

principio, que rápidamente se vuelve más potente a medida que se le

unen más voces. Fragmentos de palabras y de frases reverberan en su

mente: montanhas, montañas; noblesa, nobleza; libres, libros; graal,

grial...

La Sacerdotisa baja del altar elevado y recorre la sala. El hombre

apenas distingue el roce de sus pies sobre el suelo, pero imagina el

resplandor y el balanceo de su túnica dorada, a la luz vacilante de las

velas. Es el momento que ha estado esperando.

—Je suis prêt —repite entre dientes. Esta vez lo dice de verdad.

La Sacerdotisa se detiene ante él, que percibe su perfume sutil y

ligero, entre el aroma embriagador del incienso. El hombre contiene el

aliento cuando ella se inclina y lo coge de la mano. Sus dedos están fríos

y sus uñas cuidadas, y un impulso eléctrico, casi de deseo, le recorre el

brazo cuando ella le pone algo pequeño y redondeado en la palma y le

hace cerrar los dedos para que lo aferré. Ahora quisiera (más que

ninguna otra cosa que haya deseado en su vida) verle la cara. Pero

mantiene baja la vista, fija en el suelo, como le han dicho que hiciera.

Los cuatro asistentes principales abandonan sus puestos y se

acercan a la Sacerdotisa. El hombre siente que le inclinan la cabeza

hacia atrás, suavemente, y le vierten entre los labios un líquido espeso y

dulce. Es lo que estaba esperando y no opone resistencia. Mientras la

ola de tibieza se extiende por su cuerpo, levanta los brazos y sus

compañeros le echan un manto dorado sobre los hombros. El ritual es

conocido para los presentes, pero aun así el hombre percibe en ellos

cierta incomodidad.

De pronto, siente como si tuviera una argolla de hierro alrededor del

cuello, aplastándole la tráquea. Sus manos vuelan a su garganta,

mientras se debate para respirar. Intenta gritar, pero no le salen las

palabras. La nota aguda y cristalina de la campana comienza a sonar

otra vez, continua y persistente, sofocándolo. Una oleada de náuseas le

recorre el cuerpo. Piensa que va a desmayarse y, buscando alivio,

aprieta con tanta fuerza el objeto que tiene en la mano que las uñas le

desgarran la blanda carne de la palma. La aguda sensación de dolor lo

ayuda a no desplomarse. De pronto comprende que las manos apoyadas

sobre sus hombros no están ahí para reconfortarlo. No lo animan, sino

que lo sujetan. Le sobreviene otra oleada de náuseas y la piedra parece

moverse y deslizarse bajo su cuerpo.

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KATE MOSSE

El Laberinto

Ahora sus ojos están flotando y no consigue enfocar del todo las

imágenes, pero ve que la Sacerdotisa tiene un cuchillo, aunque no

comprende cómo ha podido llegar hasta su mano la hoja de plata.

Intenta ponerse de pie, pero la droga es demasiado potente y le ha

robado la fuerza. Ya no controla los brazos ni las piernas.

—Non! —intenta gritar, pero es demasiado tarde.

Al principio, cree que lo han golpeado entre los hombros, nada más.

Después, un dolor embotado comienza a rezumar a través de su cuerpo.

Algo tibio y suave se desliza poco a poco por su espalda.

Sin previo aviso, las manos que lo sujetaban lo sueltan y él cae hacia

adelante, desplomándose como un muñeco de trapo sobre un suelo que

parece subir a su encuentro. No siente dolor cuando su cabeza golpea el

pavimento, fresco y reconfortante al contacto con su piel. Ahora todo el

ruido, la confusión y el miedo se desvanecen. Sus ojos parpadean y se

cierran. Ya no percibe nada más que el sonido de la voz de ella, que

parece venir de muy lejos.

—Une leçon. Pour tous —parece estar diciendo, aunque no tiene

sentido que lo diga.

En sus últimos instantes fracturados de conciencia, el hombre

acusado de revelar secretos, condenado por haber hablado cuando

debió callar, aferra con fuerza el codiciado objeto en su mano, hasta que

ya no puede agarrarse a la vida y el pequeño disco gris, no más grande

que una moneda, rueda por el suelo.

En una de sus caras están las letras NV. En la otra, hay grabado un

laberinto.

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KATE MOSSE

El Laberinto

CAPÍTULO 4

Pico de Soularac

Montes Sabarthès

Por un momento, todo está en silencio. Después, la oscuridad se

disuelve. Alice ya no está en la cueva. Está flotando en un mundo

blanco e ingrávido, transparente, apacible y silencioso.

Está libre. A salvo.

Tiene la sensación de escapar del tiempo, como si cayera de una

dimensión a otra. La línea entre pasado y presente se está desvane-

ciendo en ese espacio intemporal e interminable.

Luego, como cuando se abre la trampilla bajo la plataforma de una

horca, Alice siente una repentina sacudida y acto seguido se desploma y

cae a través del cielo abierto, hacia la boscosa ladera de la montaña. El

aire fresco le silba en los oídos mientras se precipita en acelerado

descenso hacia el suelo.

El momento del impacto nunca llega. No hay huesos astillados

contra el gris pizarra del pedernal y las rocas. En su lugar, Alice toma

contacto con el suelo, corriendo y trastabillando por una empinada y

agreste senda en terreno boscoso, entre dos filas de árboles altos. La

arboleda es densa, alta y se yergue muy por encima de su cabeza, de

modo que le impide ver lo que hay más allá.

«Demasiado rápido.»

Intenta agarrarse a los árboles para ralentizar su avance o detener

su desbocada carrera hacia ese lugar desconocido, pero sus manos

pasan a través de las ramas como si fueran las de un fantasma o un

espíritu. Montoncitos de hojas diminutas se le quedan pegadas en las

manos, como pelos en un cepillo. No siente su tacto, pero la savia le

mancha de verde las yemas de los dedos. Se las acerca a la cara para

aspirar su perfume agrio y sutil. Tampoco puede olerlo.

Siente una punzada en un costado, pero no puede detenerse, porque

detrás de ella hay algo que se le va acercando cada vez más. El sendero

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KATE MOSSE

El Laberinto

tiene un declive pronunciado bajo sus pies. Sabe que el crujido de las

piedras y las raíces secas ha reemplazado a la tierra blanda, el musgo y

la hierba, pero no oye ningún sonido. No hay aves que canten ni voces

que llamen, no hay más que su propia respiración agitada. El sendero

vira y se enrosca sobre sí mismo, lanzándola primero en una dirección y

luego en otra, hasta que dobla un recodo y ve el silencioso muro de

llamas que bloquea el camino más adelante: un pilar de sinuosas

lenguas de fuego, blancas, doradas y rojas, plegándose sobre sí mismas

y en constante transformación.

Instintivamente, Alice levanta las manos para protegerse la cara del

intenso calor, aunque no puede sentirlo. Ve las caras atrapadas dentro

de las llamas danzarinas y las bocas desfiguradas en muda agonía, que

el fuego acaricia y quema.

Alice intenta detenerse. Tiene que detenerse. Le sangran los pies

heridos y su larga falda mojada entorpece su carrera, pero su

perseguidor le está pisando los talones y algo que no puede controlar la

impulsa hacia el fatal abrazo de las llamas.

No tiene más remedio que saltar para evitar que la consuma el

fuego. Sube en espiral por el aire, como un penacho de humo, flotando

muy por encima de los amarillos y los naranjas. El viento parece

elevarla, liberándola de la tierra.

Alguien la llama por su nombre, una voz de mujer, pero lo

pronuncia de un modo extraño.

Alaïs.

Está a salvo. Es libre.

Después, la familiar sensación de unos dedos fríos que le agarran los

tobillos y la sujetan al suelo. No, no son dedos, son cadenas. Ahora

Alice advierte que tiene algo entre las manos, un libro, cerrado con

lazos de cuero. Comprende que es eso lo que quiere. Lo que ellos

quieren. Es la pérdida de ese libro lo que ha motivado su ira.

Si por lo menos pudiera hablarles, quizá podría llegar a un acuerdo.

Pero su cabeza está vacía de palabras y su boca es incapaz de hablar. Da

una patada, se sacude con violencia para huir, pero está atrapada. El

hierro que le inmoviliza las piernas es demasiado fuerte. Empieza a

gritar y se siente arrastrada otra vez al fuego, pero no hay más que

silencio.

Vuelve a gritar, sintiendo que su voz lucha en su interior por ser

oída.

Esta vez el sonido irrumpe. Alice siente que el mundo real regresa

impetuosamente. Sonidos, luz, olores, tacto, el sabor metálico de la

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KATE MOSSE

El Laberinto

sangre en su boca. Hasta que todo eso se detiene, durante una fracción

de segundo, y se siente de repente envuelta por un frío traslúcido. No es

el frío familiar de la cueva, sino algo diferente, intenso y luminoso. En

su interior, Alice sólo puede distinguir los efímeros contornos de un

rostro, hermoso e indefinido. La misma voz vuelve a llamarla por su

nombre.

—Alaïs.

La está llamando por última vez. Es la voz de una amiga. No de

alguien que quiera hacerle daño. Alice se debate para abrir los ojos,

sabiendo que si consigue ver, podrá entender. No puede. No del todo.

El sueño empieza a desvanecerse, la está dejando ir.

«Es hora de despertar. Tengo que despertar.»

Ahora hay otra voz en su cabeza, diferente de la anterior. La

sensibilidad le está volviendo a los brazos y las piernas, a las rodillas

raspadas que le escuecen y a la piel rasguñada, que le duele donde se

golpeó. Puede sentir la mano que le aprieta con fuerza el hombro y la

sacude, devolviéndola a la vida.

— ¡Alice! ¡Alice, despierta!

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KATE MOSSE

El Laberinto

L A C I U D A D

E N L A C O L I N A

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KATE MOSSE

El Laberinto

CAPÍTULO 1

Carcassona

JULHET 1209

Alaïs despertó sobresaltada y se incorporó bruscamente, con los ojos

abiertos de par en par. El miedo aleteaba en su interior, como una

avecilla atrapada en una red que lucha por soltarse. Se apoyó una mano

sobre el pecho para apaciguar el corazón palpitante.

Por un momento no estuvo ni dormida ni despierta, como si parte

de ella se hubiera quedado atrás en el sueño. Se sentía flotar, mirándose

a sí misma desde gran altura, como las gárgolas de piedra que hacen

muecas a los transeúntes desde el techo de la catedral de Sant Nazari.

La habitación volvió a enfocarse. Estaba a salvo en su cama, en el

Château Comtal. Gradualmente, sus ojos se habituaron a la oscuridad.

Estaba a salvo de la gente escuálida de ojos oscuros que la perseguía por

la noche, que le clavaba los dedos puntiagudos y le tironeaba la ropa.

«Ahora no pueden alcanzarme.» Las frases labradas en la piedra —más

figuras que palabras—, que no significaban nada para ella... Todo se

desvanecía, como penachos de humo en el aire otoñal. También el fuego

se había esfumado, dejando sólo el recuerdo en su mente.

¿Una premonición? ¿O solamente una pesadilla?

No podía saberlo. Le daba miedo saberlo.

Alaïs extendió la mano buscando las cortinas del baldaquino, que

colgaban alrededor de la cama, como si el tacto de algo material pudiera

hacerla sentir menos transparente e insustancial. El paño desgastado,

lleno del polvo y los olores familiares del castillo, tenía una

reconfortante aspereza entre sus dedos.

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KATE MOSSE

El Laberinto

Noche tras noche, el mismo sueño. Durante toda su infancia,

cuando despertaba aterrorizada en la oscuridad, pálida y con la cara

bañada en lágrimas, su padre estaba a su lado, cuidándola como lo

hubiera hecho con un hijo varón. Mientras una vela se consumía y otra

se encendía, le contaba susurrando sus aventuras en Tierra Santa. Le

hablaba del interminable mar del desierto, de los curvos contornos de

las mezquitas y de la llamada a la plegaria de los fieles sarracenos. Le

describía las especias aromáticas, los colores vivos y el sabor picante de

la comida. Y el brillo terrible del sol rojo sangre poniéndose sobre

Jerusalén.

Durante muchos años, en aquellas horas vacías entre el crepúsculo y

el alba, mientras su hermana yacía dormida a su lado, su padre hablaba

sin parar y ponía en fuga a sus demonios. No permitía que las negras

caperuzas de los sacerdotes católicos se le acercaran, con sus

supersticiones y falsos símbolos.

Sus palabras la habían salvado.

— ¿Guilhelm? —murmuró.

Su marido estaba profundamente dormido, con los brazos estirados,

proclamando la propiedad de la mayor parte de la cama. Su largo pelo

negro, oloroso a humo, vino y establos, se abría en abanico a través de

la almohada. La luz de la luna se derramaba por la ventana, con los

postigos abiertos para dejar entrar en la alcoba el aire fresco de la

noche. A la luz incipiente, Alaïs distinguía una sombra de barba en su

mentón. La cadena que Guilhelm llevaba al cuello reverberaba y

brillaba cuando cambiaba de postura en su sueño.

Alaïs hubiese querido que despertara y le dijera que todo estaba

bien, que ya no había nada que temer. Pero no se movió y a ella no se le

ocurrió despertarlo. Valerosa en todo lo demás, era inexperta en los

arcanos del matrimonio y todavía cautelosa en el trato con su marido,

por lo que se limitó a recorrer con los dedos sus brazos lisos y

bronceados, y sus hombros, anchos y firmes por las muchas horas

transcurridas practicando para las justas con la espada y el estafermo.

Alaïs podía sentir la vida agitándose bajo la piel de él incluso cuando

dormía. Y cuando recordó cómo habían pasado la primera parte de la

noche, se le encendieron las mejillas, aunque no había nadie para verla.

Estaba impresionada por las sensaciones que Guilhelm despertaba

en ella. La deleitaban los brincos de su corazón cuando inesperada-

mente lo veía o la manera en que el suelo se movía bajo sus pies cuando

él le sonreía. Por otra parte, le desagradaba la sensación de impotencia.

Temía que ese sentimiento la estuviera volviendo débil y frívola. No

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KATE MOSSE

El Laberinto

dudaba de su amor por Guilhelm, pero sabía que no se estaba

entregando por completo.

Suspiró. Sólo podía esperar que con el tiempo todo le fuera más

fácil.

Algo en la cualidad de la luz, de negro a gris, y en la ocasional

insinuación de un canto de ave en los árboles del patio le decía que el

amanecer estaba próximo. Sabía que no volvería a dormirse.

Alaïs se escabulló entre las cortinas y atravesó la alcoba de puntillas

hasta el arcón ropero que había en la esquina opuesta de la estancia.

Las losas del suelo estaban frías y las esteras de esparto le arañaban los

pies. Abrió la tapa, retiró la bolsa de lavanda de lo alto del montón y

sacó un sencillo vestido verde oscuro. Estremeciéndose un poco, se lo

puso por los pies e introdujo los brazos por las estrechas mangas. Tiró

del paño ligeramente húmedo, para ajustárselo sobre la camisa, y se

ciñó con fuerza el cinturón.

Tenía diecisiete años y llevaba seis meses casada, pero aún no había

adquirido la blandura ni las redondeces de una mujer. El vestido

colgaba sin forma sobre el endeble armazón de su cuerpo, como si no

fuera suyo. Apoyándose con la mano en la mesa, se calzó unas suaves

babuchas de piel y cogió su capa roja preferida del respaldo de la silla.

Los bordes y la bastilla llevaban bordado un intrincado motivo azul y

verde de cuadrados y rombos, con diminutas flores amarillas

intercaladas, que ella misma había inventado para el día de su boda.

Había tardado muchas semanas en bordarlo. Todo noviembre y todo

diciembre había trabajado en la labor, hasta que los dedos le dolían y se

le ponían rígidos de frío, mientras se daba prisa para terminar a tiempo.

Alaïs volvió su atención al capazo que estaba en el suelo junto al

arcón. Comprobó que estuvieran dentro su bolsa monedero y su

saquillo de hierbas, así como las tiras de paño que usaba para envolver

plantas y raíces, y los utensilios para cavar y cortar. Por último, se

ajustó firmemente la capa al cuello con un lazo, metió el cuchillo en la

vaina que llevaba a la cintura y se levantó la capucha para cubrirse el

pelo largo y suelto. Atravesó sigilosamente la estancia y salió al pasillo

desierto. La puerta se cerró tras ella con un ruido sordo.

Como todavía no habían dado la hora prima, no había nadie en las

salas. Alaïs recorrió a paso rápido el pasillo, oyendo el roce del borde de

la capa sobre el suelo de piedra, en dirección a la estrecha y empinada

escalera. Pasó por encima del cuerpo de un paje que dormía recostado

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KATE MOSSE

El Laberinto

contra la pared, junto a la puerta de la alcoba que su hermana Oriane

compartía con su marido.

Mientras descendía, el sonido de voces subió flotando a su

encuentro desde las cocinas del sótano. Los criados ya estaban

trabajando. Alaïs oyó el ruido de un palmetazo, seguido al poco de un

grito, señal de que algún crío desdichado había comenzado el día

recibiendo en la nuca la pesada mano del cocinero.

Uno de los niños de las cocinas venía trastabillando en su dirección,

luchando con media barrica de agua que había sacado del pozo.

Alaïs le sonrió.

—Bonjorn.

—Bonjorn, dòmna —respondió él cautelosamente.

—Espera —dijo ella, apresurándose a bajar la escalera antes que él,

para abrirle la puerta.

—Mercé, dòmna —dijo él, un poco menos tímido—. Grandmercé.

La cocina bullía de animación. Grandes volutas de vapor escapaban

ya de la enorme payrola, el caldero que colgaba de un gancho sobre el

fuego. Un criado viejo le quitó la barrica al chico, la vació en el perol y

volvió a dársela al muchacho sin añadir palabra. El chico le hizo a Alaïs

un gesto de cómica desesperación, mientras se dirigía a la escalera, para

subir y volver una vez más al pozo.

Capones, lentejas y col en conserva, en botes de barro, esperaban a

ser cocidos sobre la mesa grande del centro de la estancia, junto con

tarros de salmonete, anguila y lucio en salazón. En una punta de la

mesa había fogaças dulces en bolsas de paño, paté de ganso y rodajas

de carne de cerdo salada. En la otra, bandejas de uvas pasas,

membrillos, higos y cerezas. Un niño de nueve o diez años estaba

acodado sobre la mesa, con una mueca en el rostro que delataba lo poco

que ansiaba pasar otro día agobiante y sudoroso junto al espetón,

viendo asarse la carne. Junto al hogar, la leña ardía furiosamente en el

interior del abovedado horno de pan. La primera hornada de pan de

blat, pan de trigo, se estaba enfriando ya sobre la mesa. El olor le abrió

el apetito a Alaïs.

— ¿Puedo comerme uno de ésos?

El cocinero levantó la vista, furioso por la intrusión de una mujer en

su cocina. Pero entonces vio quién era, y su expresión malhumorada se

resquebrajó en una sonrisa ladeada, que reveló una hilera de dientes

picados.

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KATE MOSSE

El Laberinto

—Dòmna Alaïs —dijo con delectación, secándose las manos en el

delantal—. Benvenguda. ¡Qué gran honor! ¡Cuánto hace que no veníais

a visitarnos! Os hemos echado de menos.

—Jacques —respondió ella amablemente—, no quisiera importu-

narte.

— ¡Importunarme vos, señora! —rió él—. ¿Cómo podríais importu-

narme?

De pequeña, Alaïs solía pasar mucho tiempo en la cocina, mirando y

aprendiendo; a ninguna otra chica le habría permitido Jacques

traspasar el umbral de sus dominios masculinos.

—Y ahora decidme, dòmna Alaïs, ¿qué se os ofrece?

—Sólo un poco de pan, Jacques, y también algo de vino, si puedes

darme.

El hombre frunció el ceño.

—Disculpadme, pero no iréis al río, ¿no? ¿A esta hora y sin

compañía? Una señora de vuestra posición... cuando ni siquiera es de

día. Se cuentan cosas, rumores de...

Alaïs le apoyó una mano en el brazo.

—Gracias por preocuparte, Jacques. Sé que lo dices por mi bien,

pero no me pasará nada. Te doy mi palabra. Ya casi ha amanecido. Sé

exactamente adonde voy. Estaré de vuelta antes de que nadie note mi

ausencia.

— ¿Lo sabe vuestro padre?

Ella se llevó a los labios un dedo conspiratorio.

—Sabes que no; pero, por favor, guárdame el secreto. Tendré mucho

cuidado.

Jacques no parecía en absoluto convencido, pero sintiendo que ya

había dicho todo cuanto se atrevía a decir, no la contradijo. Se fue

andando lentamente hasta la mesa, le envolvió una hogaza de pan en

un lienzo blanco y ordenó a un criado que fuera a buscar una jarra de

vino. Alaïs lo miraba con el corazón encogido. Últimamente, su andar

era más lento, con una pronunciada cojera en el lado izquierdo.

— ¿Todavía te molesta la pierna?

—No mucho —mintió él.

—Te la puedo vendar más tarde, si quieres. No parece que ese corte

esté sanando como debiera.

—No está tan mal.

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KATE MOSSE

El Laberinto

— ¿Te has puesto el ungüento que te preparé? —le preguntó, viendo

por su expresión que no lo había hecho.

Jacques abrió las manos regordetas como rindiéndose a la

evidencia.

— ¡Hay tanto que hacer, dòmna, con tantos invitados! Son cientos,

si contáis sirvientes, escuderos, lacayos y doncellas, por no mencionar

los cónsules y sus familias. ¡Y cuesta tanto encontrar algunas cosas!

¡Qué os voy a decir! Ayer mismo envié a...

—Todo eso está muy bien, Jacques —dijo Alaïs—, pero tu pierna no

va a curarse sola. El corte es demasiado profundo.

De pronto se dio cuenta de que el nivel de ruido había disminuido

Levantó la vista y vio que toda la cocina estaba pendiente de su

conversación. Acodados en la mesa, los chicos más pequeños

contemplaban boquiabiertos el espectáculo de alguien — ¡y para colmo

una mujer!— interrumpiendo a su temperamental jefe cuando hablaba.

Fingiendo que no lo había notado, Alaïs bajó la voz.

— ¿Qué te parece si vuelvo más tarde y te la curo? Como

agradecimiento por esto —dijo, señalando la hogaza—. Será nuestro

segundo secreto, òc ben? ¿Es un trato?

Por un momento, Alaïs pensó que se había excedido en familiaridad

y había actuado presuntuosamente. Pero al cabo de un instante de

vacilación, Jacques sonrió.

—Ben —dijo ella—. Volveré cuando el sol esté alto y me ocuparé de

ello. A totora. Hasta entonces.

Mientras salía de la cocina y subía la escalera, Alaïs oyó a Jacques

aullando a todos que dejaran de estarse allí como unos pasmarotes y

volvieran a trabajar, como si nunca hubiese habido ninguna

interrupción. Sonrió.

Todo era tal como debía ser.

Alaïs empujó la pesada puerta que conducía a la plaza de armas y

salió al día recién nacido.

Las hojas del olmo que se alzaba en el centro del recinto, a cuya

sombra el vizconde Trencavel administraba justicia, parecían negras

sobre la noche agonizante. Alondras y currucas animaban las ramas con

sus gorjeos, agudos y penetrantes en el aire del alba

El abuelo de Raymond-Roger Trencavel había construido el Château

Comtal más de cien años antes, como sede desde la cual gobernar sus

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KATE MOSSE

El Laberinto

territorios en expansión. Sus tierras se extendían desde Albí, al norte,

hasta Narbona, al sur, y desde Béziers, al este, hasta Carcasona, al

oeste.

El castillo se levantaba en torno a una amplia plaza de armas

rectangular e incorporaba, en el flanco de poniente, los vestigios de un

castillo más antiguo. Formaba parte del refuerzo de la sección

occidental de las murallas que protegían la Cité, un anillo de sólida

piedra que dominaba desde su altura el río Aude y las ciénagas del

norte a lo lejos.

El donjon, o torre del homenaje, donde se reunían los cónsules y se

firmaban los documentos importantes, se alzaba bien protegido en la

esquina suroccidental de la plaza de armas. A la luz tenue, Alaïs

distinguió algo apoyado contra el muro. Forzando la vista, vio que era

un perro, enroscado y dormido en el suelo. Un par de niños, apostados

como cuervos en la cerca del corral de las ocas, intentaban despertar al

animal arrojándole piedras. En el silencio, Alaïs podía oír el monótono

y seco golpeteo de sus talones contra las estacas.

Había dos vías de entrada y salida del Château Comtal. La ancha y

arqueada puerta del oeste se abría a las laderas cubiertas de hierba que

conducían a las murallas y por lo general estaba cerrada. La puerta del

este, pequeña y estrecha, parecía comprimida entre dos altas torres y

llevaba directamente a las calles de la Cité, la población que rodeaba el

castillo.

La comunicación entre los niveles superior e inferior de las torres

que flanqueaban la puerta sólo era posible mediante escalas de madera

y una serie de trampillas. En su infancia, uno de los juegos favoritos de

Alaïs había sido subir y bajar por las torres con los niños de las cocinas,

tratando de eludir a los guardias. Alaïs era rápida. Siempre ganaba.

Ajustándose la capa al cuerpo, atravesó la plaza a buen paso. Tras el

toque de queda, y una vez cerradas las puertas para la noche y

establecida la guardia, se suponía que nadie podía pasar sin la

autorización del padre de Alaïs. Aunque no era cónsul, Bertran Pelletier

ocupaba una posición elevada y singular en la casa, y pocos se atrevían

a desobedecerle.

Siempre le había disgustado la costumbre de su hija de escabullirse

a la Cité antes del amanecer, pero en aquellos días insistía aún más en

que permaneciera entre los muros del castillo por la noche. Suponía

que su marido sería de la misma opinión, aunque Guilhelm nunca había

dicho nada al respecto. Pero sólo en el silencio y el anonimato del alba,

libre de las restricciones y los límites de su casa, Alaïs se sentía

realmente ella misma. No la hija, ni la hermana, ni la esposa de nadie.

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KATE MOSSE

El Laberinto

En el fondo, siempre había creído que su padre la comprendía. Por

mucho que le disgustara desobedecerlo, no quería renunciar a esos

momentos de libertad.

La mayoría de los guardias hacían como que no se enteraban de sus

idas y venidas. O al menos así había sido antes. Desde que habían

empezado a circular rumores de guerra, la plaza se había vuelto más

precavida. Superficialmente, la vida continuaba como siempre, y

aunque de vez en cuando llegaban nuevos refugiados a la Cité, sus

historias de ataques o de persecución religiosa no le parecían a Alaïs

nada fuera de lo corriente. Las incursiones militares salidas de la nada,

que caían como una tormenta de verano antes de alejarse y

desaparecer, eran una realidad de la vida para cualquiera que viviera

fuera de la seguridad de una ciudadela fortificada. Las historias que se

contaban eran las mismas de siempre, ni más ni menos que lo habitual.

Guilhelm no parecía particularmente inquieto por los rumores de

conflicto, o al menos ella no lo percibía. Él nunca le hablaba de esas

cosas. Sin embargo, Oriane decía que una hueste francesa de cruzados y

clérigos se estaba preparando para atacar las tierras del Pays d’Òc.

Decía también que la campaña contaba con el apoyo del papa y del rey

de Francia. Alaïs sabía por experiencia que mucho de lo que decía

Oriane no tenía otro propósito que fastidiarla a ella. Aun así, muchas

veces su hermana parecía enterarse de las cosas antes que el resto de

los miembros de la casa, y era indudable que el número de mensajeros

que entraban y salían a diario del castillo iba en aumento. También era

innegable que las arrugas en la cara de su padre se estaban volviendo

más profundas y oscuras, y los huecos de sus mejillas, más

pronunciados.

Los gardians d’armas que montaban guardia en la puerta del este

estaban alerta, aunque sus ojos tenían rojos los contornos después de la

larga noche. Llevaban los plateados y angulosos yelmos echados hacia

atrás, en lo alto de la cabeza, y las lorigas de cota de malla parecían

grises a la pálida luz del alba. Con los escudos cansinamente

suspendidos de los hombros y las espadas envainadas, parecían más

dispuestos a irse a dormir que a entrar en batalla.

Al acercarse, fue un alivio para Alaïs reconocer a Berengier. Cuando

él la vio, le sonrió y la saludó con una inclinación de cabeza.

—Bonjorn, dòmna Alaïs. Habéis salido pronto.

Ella sonrió.

—No podía dormir.

— ¿Y a ese marido vuestro no se le ocurre nada para llenaros las

noches? —dijo el otro, con un guiño salaz. Tenía la cara picada de

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KATE MOSSE

El Laberinto

viruela y las uñas de los dedos mordisqueadas y sangrantes. El aliento

le olía a comida rancia y cerveza.

Alaïs lo ignoró.

— ¿Cómo está tu mujer, Berengier?

—Bien, dòmna. Ya vuelve a ser la misma de siempre.

— ¿Y tu hijo?

—Cada día más grande. Come tanto que uno de estos días nos

echará de casa, porque no cabremos todos.

— ¡Desde luego, tiene a quién salir! —replicó ella, palmoteándole la

enorme barriga.

—Es lo mismo que dice mi mujer.

—Dale recuerdos míos, Berengier, ¿lo harás?

—Os agradecerá que la recordéis, dòmna. —Hizo una pausa.

Supongo que querréis que os deje pasar.

—Solamente voy a la Cité, quizá al río. Será un momento.

—No podemos dejar pasar a nadie —gruñó su compañero—.

Órdenes del senescal Pelletier.

—Nadie te ha preguntado nada —replicó Berengier secamente—. No

es eso, dòmna —prosiguió, sosegando el tono de voz—. Pero ya sabéis

cómo están las cosas. Si os sucediera algo y se supiera que fui yo quien

os dejó pasar, vuestro padre me...

Alaïs le apoyó una mano en el brazo.

—Lo sé, lo sé —dijo suavemente—. Pero de verdad, no hay motivo

para preocuparse. Sé cuidarme. Además... —añadió, desviando

ostensiblemente la mirada hacia el otro guardia, que para entonces se

estaba limpiando los dedos en la manga después de hurgarse la nariz—,

cualquier cosa que pueda sucederme en el río difícilmente será peor que

lo que tú soportas aquí.

Berengier se echó a reír.

—Prometedme que tendréis cuidado, ¿eh?

Alaïs hizo un gesto afirmativo y se abrió por un momento la capa,

para enseñarle el cuchillo de caza que llevaba a la cintura.

—Lo tendré. Te doy mi palabra.

Había que franquear dos puertas. Berengier quitó los cerrojos de

ambas, levantó la pesada viga de roble que aseguraba la puerta exterior

y la empujó, abriéndola justo lo suficiente para dejar paso a Alaïs. Con

una sonrisa de agradecimiento, la joven se agachó para pasar bajo el

brazo del guardia y salió al mundo exterior.

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KATE MOSSE

El Laberinto

CAPÍTULO 2

Cuando emergió de las sombras entre las torres de la entrada, Alaïs

sintió que el corazón le echaba a volar. Era libre. Al menos por un rato.

Una pasarela levadiza de madera conectaba el portal con el puente

plano de piedra que unía el Château Comtal con las calles de Carcasona.