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RESUMEN

El telepredicador Richland recibe una llamada del marchante de arte Roland Wheeler para proponerle la compra de un cuadro por veinticinco millones de dólares, un precio desorbitado que sin embargo está dispuesto a pagar. Se trata de una imagen del rostro de Cristo del siglo I, ordenada por Pilato después de la flagelación y que concede el don de la vida a su poseedor. Y el predicador está convencido de que la imagen lo curará del cáncer. T.K. Malloy, ex agente de la CIA, recibe su primera misión como detective por cuenta propia: recoger el cuadro en el banco suizo donde está depositado y entregarlo en el aeropuerto a Bob Whitefield, hombre de confianza del predicador. Pero a partir de aquí todo empezará a complicarse, porque hay varios grupos dispuestos a hacerse con la imagen a cualquier precio.

PALESTINA, SIGLO PRIMERO

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SUIZA CENTRAL, EN LA ACTUALIDAD

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PRÓLOGO

JERUSALÉN

PASCUA, 30 D. C.

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LO RECONOCERÁN POR ESTE RETRATO LOS que lo vieron en vida,

Teófanes?

—Sin duda alguna, señor —respondió el esclavo.

Teófanes no disponía de base alguna para afirmarlo, ya que los que habían conocido al Mesías judío eran también judíos y, como era sabido, los judíos se negaban a contemplar toda imagen humana.

—Pues ahora mismo no le encuentro el parecido —vaciló Pilato.

Teófanes examinó con ojo crítico al sujeto de su retrato.

El hombre iba vestido con harapos y llevaba una corona de espinas; su cabeza era una masa de contusiones sangrientas.

El esclavo había pintado al judío tal como era, aunque omitiendo los

humillantes efectos de la violencia. En sus ojos había recreado la serenidad universal de los nobles que posan para un retrato; Teófanes era un experto en aquel efecto. El hombre mostraba una robustez agradable, con bastante músculo y una buena capa de grasa contra el frío; sus facciones eran regulares, la nariz larga y ancha, y los ojos no estaban velados.

—Señor, puede que te hayas percatado de que todos los criminales tienen el mismo aspecto llegados a este punto de sus carreras. Esta —añadió, haciendo un gesto hacia el cuadro— es la cara del hombre que viste entrar en Jerusalén.

La barbilla del prefecto se elevó ligeramente a modo de respuesta y su expresión se relajó. ¡Aquel hombre! La referencia lo emocionó e hizo aumentar su confianza.

Aquel hombre había entrado en la ciudad como el rey de los judíos.

—El pelo está mal —declaró Pilato finalmente, ya que no descansaría hasta ponerle pega al trabajo de su esclavo—. ¡La barba es demasiado corta, Teófanes!

Aunque no era cierto, gracias a las caricias del látigo, Teófanes había aprendido hacía años que su amo era incapaz de comprender lo que miraba. Su única preocupación con respecto al arte (con respecto a cualquier tipo de arte) era su poder para impresionar a los compatriotas romanos y abrumar al resto de la humanidad. No comprendía que el esclavo daba color con sus impresiones a lo que veía. El pelo y la barba estaban bien, se había limitado a representar el aspecto que habría tenido su modelo al salir de unos baños romanos a última hora de la tarde, de haber entrado alguna vez en uno de ellos. En vez de discutírselo, Teófanes respondió con la primera mentira que le vino a la cabeza.

—Le he pintado el cabello y la barba al estilo de tu amigo judío, Nicodemo, señor. Espero no haber cometido una imprudencia.

A Pilato le gustó mucho la respuesta; en su opinión, Nicodemo era el judío al que todos los demás judíos deberían emular. Cooperaba con las autoridades romanas y pagaba sus favores con generosidad.

—Muy bien. Asegúrate de que lo pongan en un imago en el lugar de Tiberio... y no olvides colgar las letras en el estandarte. ¡Es lo más importante, al fin y al cabo!

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—INRI. Jesús de Nazaret, rey de los judíos.

El prefecto ya se lo había comunicado antes al esclavo, pero Teófanes estaba acostumbrado a recibir órdenes por duplicado. Los romanos, en general, creían que el resto de las naciones eran menos minuciosas que ellos.

—Cuando regrese, quiero ver el estandarte con la imagen de este hombre en la pared de mi salón de banquetes de Cesárea.

—¿Deseas que me dirija allí antes que tú, pues?

Teófanes se estremeció de miedo. Jerusalén estuvo a punto de rebelarse cuando apresaron a aquel hombre.

Dentro del palacio, detrás del escudo protector de la guardia del prefecto, podía disfrutar de alguna seguridad. Sin embargo, en las calles de Jerusalén se estaría exponiendo a la violencia de las muchedumbres ambulantes. Buscarían los objetivos más fáciles cuando estuvieran lo bastante borrachos para olvidarse del destino de los revolucionarios.

—Parte al alba. Será el principio del sabbat judío y nadie te molestará si te das prisa.

Pilato meditó un instante el asunto antes de esbozar una media sonrisa espeluznante y añadir:

—Siempre y cuando no vean lo que llevas.

Una vez dadas las órdenes, el prefecto llamó a Cornelio, su centurión más antiguo, para conducir al prisionero a su destino. Después dio la espalda a Teófanes.

También podría decirse que la historia dio la espalda a Teófanes, ya que no existe ningún registro de las vidas de los esclavos. Por lo general, se consideraban afortunados si sus señores conocían sus nombres. Con la

excepción de los conductores de cuadrigas, las vidas de los esclavos no inspiraban comentario alguno, e incluso los campeones más importantes del Circo Máximo de Roma abandonaban solos la arena por última vez, sin tan siquiera un susurro que los acompañase a la tumba.

CAPÍTULO UNO

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LAGO DE LUCERNA (SUIZA)

5 DE AGOSTO DE 20

KATE SE ZAMBULLÓ EN EL LAGO SIN HACER Ruido. Mientras aún estaba

bajo la superficie, se alejó buceando de la popa del barco y desapareció en un largo callejón oscuro que serpenteaba entre las demás embarcaciones. Ethan la siguió un minuto más tarde y emergió entre las sombras con el mismo sigilo con el que había entrado. Observó a la gente del barco de al lado por si había notado algo, pero todos los de cubierta estaban contemplando las largas vetas de fuego dorado que se desvanecían en el cielo nocturno. Ni una persona de los cientos de barcos que los rodeaban estaba pendiente de lo que pasaba en las oscuras aguas de abajo.

Más allá de las embarcaciones, el lago se picaba por culpa de una fría brisa de verano que soplaba desde los Alpes. La luz de la luna pálida y medio cubierta no bastaba para localizar a Kate; solo logró ver su silueta en la reluciente superficie del lago cuando el cielo se iluminó con una llamarada de luz blanca.

Se unió a ella y vio que ya se había quitado su traje de buceo y estaba embadurnándose la cara con pintura de camuflaje nocturno. Hacía suaves movimientos de tijera para mantener la cabeza a flote y parecía una bella dama delante de su espejo. Ethan examinó sus rasgos mientras él también se quitaba la ropa. El rostro de Kate era una agradable combinación de asombrosa delicadeza femenina y audacia aristocrática; las cejas, la nariz y la mandíbula eran prominentes y refinadas. Las cámaras la adoraban.

La curva de los párpados y los labios carnosos eran algo más que monos; su risa tenía música y malicia; mezclaba dulzura con pasión y furia con rabia.

Descendía de la realeza bastarda inglesa por ambos progenitores, se había casado con un lord inglés, ya fallecido, era rubia y alta, inteligente, y estaba bien relacionada: ambicionaba el riesgo y todo lo nuevo. Podía tramar con la paciencia de una anciana despechada y después llevarse lo que quería con la velocidad de un granuja callejero.

Se habían conocido hacía algunos años, por pura coincidencia, o eso le pareció a él en aquellos momentos.

Después supo que Kate era una mujer que siempre conseguía lo que se

proponía y nunca dejaba nada al azar. Él estaba con otros dos escaladores en los Alpes; habían llevado su equipo hasta una roca bastante difícil y pensaban pasar el día subiéndola. Kate estaba sola y únicamente cargaba con un litro de agua y una sudadera anudada a la cintura. Se acercó a ellos mientras

preparaban las cuerdas y sacaban los pitones. Sin decir palabra, aunque permitiéndose echar una mirada al musculoso cuerpo de Ethan, la mujer empezó a escalar. Ethan la observó durante un Instante antes de salir detrás de ella. Era su primera ascensión sin cuerdas, pero apenas se percató del peligro porque, de hecho, solo podía pensar en la mujer que subía por las rocas con la Página 8

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agilidad de una leona. Aunque él creía estar en muy buena forma física, no logró alcanzarla.

—¿Sueles escalar sin cuerdas? —le preguntó la mujer cuando por fin se unió a ella en la cima.

—Mi primera vez —respondió él, pasándose la mano por el corto pelo oscuro mientras sonreía, avergonzado.

En aquellos días tenía un pronunciado acento de Tennessee, aunque eso, en vez de echarla para atrás (como sucedía con muchos europeos), pareció gustarle.

—¿Y va a ser la última? —preguntó ella con curiosidad y una expresión algo desafiante.

Ethan recordaba haber sonreído y sacudido la cabeza.

Había sido la escalada más estimulante de su vida.

—Espero que no.

—Kate Kenyon —se presentó ella, ofreciéndole la mano.

A la mañana siguiente se dirigieron a los Alpes tiroleses haciendo autoestop cuando podían, y cogiendo autobuses y trenes cuando no. Una tarde, colgados de una cresta diminuta de piedra unos trescientos metros por encima de un campo de cantos rodados, Kate le preguntó:

—¿Crees que podríamos ganarnos la vida con esto?

Ethan creía que se refería a la escalada profesional y se rio de ella; ella sí podía ganarse la vida así, pero a él le faltaba mucho para estar a su nivel. Unos cuantos días después volvería a los Estados Unidos para estudiar Derecho en la George Washington, de modo que todo aquello y Kate Kenyon se convertirían en un agradable recuerdo.

Sin embargo, ella no se refería a las rocas; aquella noche, en la cama, le dijo que había sido una broma, pero era una broma que no se le olvidaba. Ella quiso saber por qué tenía que volver a América, y él respondió que lo acompañase.

¿Para hacer qué? Cualquier cosa, lo que tú quieras.

—Eso podríamos hacerlo aquí —respondió ella.

Dos noches antes de su vuelo, después de lo que, en teoría, era su última escalada juntos, pasaron junto a un muro en Como; ella se rio y le dijo:

—¡Vamos!

Un instante después se metió en una finca a oscuras.

Ethan sabía lo que pretendía hacer y también sabía que lo más inteligente era largarse, pero para él no era una opción. La siguió y se lo pasó como nunca en su vida robando el collar de una señora y haciendo el amor en las sábanas de seda de unos desconocidos. Llevaba siguiendo a Kate de una propiedad a otra desde entonces. Nada la intimidaba; lo que hacía vacilar a los más valientes, a ella la llenaba de energía. Adoraba el riesgo como otros adoran el dinero o la fama. Si era posible, ella lo intentaba; si no, intentaba encontrar la forma de hacerlo posible. En términos físicos, su preparación y su fuerza todavía lo asombraban.

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En el cielo nocturno se dibujó una palmera dorada de fuegos artificiales que mantuvo su forma hasta que las últimas chispas se apagaron. En cuanto lo hicieron, un staccato de fuertes estallidos retumbó en el lago. De los barcos apiñados en el centro del mismo surgió un suspiro colectivo.

—¿Listo, Chico? '

Ethan terminó de pintarse la cara y apartó de su mente aquellas primeras semanas con Kate. Después soltó la lata de maquillaje y se puso el gorro.

—Listo, Chica.

Como si fuese un trabajo cualquiera.

Nadaron manteniendo tan solo la parte superior de la cabeza sobre la

superficie, moviéndose rápidamente hacia la península oscura que tenían más cerca. De vez en cuando, Kate se volvía en silencio y miraba tras ellos, sin frenar su avance. La única vez que Ethan la imitó vio la luz de un coche de policía recorrer una de las distantes orillas. Cuando dejaron atrás la península, caminaron por una zona pantanosa poco profunda. En el fondo, entre el barro y las malas hierbas, encontraron su lancha inflable, una Sea Eagle 9.2. Estaba justo donde la habían dejado la noche anterior, bien camuflada y cargada de equipo.

La habían robado seis semanas antes porque era ligera y se manejaba lo bastante fácil y rápidamente para llevarlos al otro lado del lago y volver.

Mientras Kate quitaba la maleza, Ethan infló la quilla y comprobó la presión de las demás cámaras. Tiraron de las cuerdas y la arrastraron hasta el agua, saltando al interior justo cuando abandonaron el pantano. Ethan encendió el motor de diez caballos y el Honda cobró vida en silencio y alejó la lancha de la orilla. Durante los tres minutos siguientes pasaron junto a las tres fincas de mayor tamaño; las grandes casas estaban a oscuras y parecían vacías, lo que las convertía en objetivos fáciles, pero no era lo que buscaban aquella noche.

Siguieron adelante y por fin llegaron a una colina con un denso bosque; en su cima había una sola mansión y, a ambos lados de la propiedad, durante casi medio kilómetro en las dos direcciones, no había nada, ni casas, ni luces ni carreteras. Se deslizaron hasta la orilla.

Kate saltó la primera y tiró de la embarcación para meterla en una zona de gravilla, mientras Ethan sacaba el equipo. Volvieron al lago con el equipo metido en una bolsa impermeable, nadaron unos cuarenta y cinco metros más, y llegaron a una roca gris que se elevaba prácticamente en vertical sobre el lago.

Kate cogió el equipo y nadó hasta la orilla. Ethan se desvió hacia el muelle privado de la propiedad, que estaba protegido por un alto muro de piedra y cerrado con unas puertas de acero. Tenía un gran varadero, construido como una réplica de la casa principal. En uno de los dos amarraderos encontró una lujosa Fountain 48 Express Cruiser. En el segundo había una Pantera 28, el barco más veloz del lago. Dos Jet Ski estaban atadas al lado de la Pantera. Ni en el varadero ni en el muelle había luces, pero el perímetro estaba protegido electrónicamente, de modo que cualquier movimiento disparaba la alarma y las Página 10

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luces de seguridad. Ethan cogió el candado para bicicletas que llevaba a la cintura, lo abrió con su código y se sumergió. Cerca de la entrada del muelle, tanteó a ciegas hasta tocar las barras de acero cubiertas de musgo, cerró el candado en torno a ellas, soltó la llave y volvió a la puerta.

Regresó a la superficie y nadó hasta Kate, que ya había dispuesto el equipo en dos ordenados montones. Antes de nada, Ethan sacó una toalla y empezó a secarse; sin quitarse el traje de buceo, se puso un chaleco antibalas, unos pantalones negros y una chaqueta a juego. Finalmente se puso unos calcetines de deporte negros y sus pies de gato. Una modista de Milán a la que Kate contrataba para todos sus trabajos había modificado los pantalones y la chaqueta, de modo que todos los objetos y herramientas que necesitaban tenían su propio compartimento reforzado pegado al cuerpo. Hizo inventario de todos mientras se lo ponía y repasó los distintos puntos del plan de Kate: un silbato silencioso, un par de finos guantes de cuero, esposas, un par de trozos de cuerda, una pequeña palanca plana de acero, una Cok Navy semiautomática de calibre con silenciador y una bala en la recámara, un cuchillo de combate, una linternita, un piolet y una granada explosiva por si las cosas se torcían.

Una vez tuvo cada cosa en su sitio, cogió una mochila en la que guardaba un fusil de dardos. La mochila se llevaba pegada al cuerpo y tenía un pequeño cordón escondido; si tiraba del cordón, se abría un paracaídas. Para acceder al fusil solo tenía que llevar la mano por encima de la cabeza. Terminó de equiparse con un pasamontañas, gafas de visión nocturna e intercomunicador.

Kate empezó a pasar una toalla por encima de la lona y la cuerda. Juntos arrastraron la lona al agua y tiraron encima las toallas. Mientras se hundían en la oscuridad, Kate susurró por el intercomunicador:

—¿Listos, Dos?

Ethan oyó al segundo equipo responder, dos voces, una detrás de otra:

—Listos, Uno.

Ethan asintió levemente con la cabeza y añadió:

—Listo, Chica.

Kate se acercó a la roca y echó la cabeza atrás para planificar su ascenso por última vez. El hizo lo mismo, aunque había estudiado el lugar varias veces desde el lago.

La estratificación era la típica de la zona y ofrecía asideros de principio a fin. A unos catorce metros, una vez finalizados los primeros tres cuartos de la escalada, la roca se inclinaba y permitía un descanso, si lo necesitaba. Mientras pensaba su siguiente movimiento, Kate empezó a subir; hizo los tres primeros metros en diez segundos.

Ethan había hecho más de doce escaladas de entrenamiento en las mismas condiciones, aunque en una roca mucho más complicada. Cuando Kate dirigía un trabajo era muy concienzuda, pero para las prácticas nocturnas iban equipados con pitones y cuerdas. Aquella era su primera escalada libre a Página 11

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oscuras, lo que hacía que se sintiera algo inquieto al principio. Se arriesgó a echar un vistazo a su compañera después de iniciar la ascensión y la vio superar la mitad del recorrido. Prestó atención durante un momento y oyó el ritmo regular de la respiración de Kate.

De repente, le dio vergüenza ir tan despacio y de manera tan metódica, así que se forzó para imitarla, lo que nunca era buena idea. Cuando miró abajo, la distancia era perfecta para matarse, demasiado cerca para poder tirar del cordón a tiempo, demasiado lejos para pensar en tener suerte con la caída.

Además, sabía con certeza cuál era la roca que lo mataría. Enfadado, aceleró y se recordó lo fácil que era la subida. Se movió rápidamente unos cuantos pasos, cambiando la mano de un apoyo a otro sin pararse a considerarlo, ni a comprobar su firmeza ni a pensar en absoluto. Igual que Kate.

Al detenerse para ver por dónde iba, Ethan notó que los nervios lo traicionaban.

Empezó a tantear en busca del siguiente asidero, pero vaciló. Kate lo esperaba justo debajo de la cima del acantilado, mirándolo. ¿Se daba cuenta de que tenía problemas? ¿Lo notaba en su respiración?

Escogió un asidero bastante alejado y descubrió que no tenía apoyo para el pie.

Retrocedió y tanteó con más cuidado.

Nada. Miró abajo y empezaron a sudarle las manos; no dejaba de pensar en la escalada del valle Bregaglia, hacía unos años. La roca lo asustaba antes de empezar y, cuando iba por la mitad, luchando cada centímetro de la subida, de repente sus dedos se soltaron, como si tuviesen voluntad propia. Era algo que a veces sucedía cuando el escalador estaba tenso, frustrado o asustado. Si llevaba arnés, podía quedarse colgado dando patadas hasta recuperar la concentración; en una escalada libre significaba la muerte.

Durante un instante no logró soltar la mano izquierda.

Era lo que le había pasado aquel día: primero los músculos se bloqueaban; después se abrían los dedos. Todavía agarrado a la roca, Ethan tanteó la pared con el pie hasta encontrar una pequeña grieta. No era lo bastante grande para sostenerlo, aunque sí para no cargar con todo el peso en los dedos. Buscó otra repisa y se dio cuenta de que empezaba a tener calambres en la mano izquierda.

Por fin apoyó parte del peso en los pies, soltó la mano e intentó que volviera a circular la sangre por ella. Mientras lo hacía, estiró la pierna izquierda en busca de otro asidero y estuvo a punto de caerse por culpa de un calambre en la cadera. Aquel era el momento de quedarse colgado y reírse un rato, siempre confiando en la persona que sujetaba la cuerda y en la cuerda en sí. El escalador perdía, la montaña ganaba; quizá lo intentara al día siguiente o quizá decidiera dedicarse al senderismo.

—A la izquierda —le dijo Kate—. Tienes una repisa decente a menos de tres metros.

Ethan intentó buscarla.

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—Confía en mí —insistió ella—, está ahí. Agárrala ya. Tómate tu tiempo, pero hazlo, no lo pienses.

No era lo que decía, sino el hecho de que estuviese allí, de que comprendiese que Ethan tenía problemas.

Se concentró en su voz, en su femenino acento británico.

Se le olvidaron los pies, el calambre y los dedos. Se le olvidó hasta la muerte.

—Tienes el pie izquierdo encima, Chico. Un poco más arriba. Bien.

Ethan siguió subiendo, llegó a una estrecha repisa y encontró otro asidero, aunque no era más que un bolsillo dentro de la piedra. Notaba las manos ligeras y el calambre de la cadera había desaparecido. Sacudió las manos, pero por pura costumbre, ya que la sangre volvía a circular y sus fuerzas regresaban.

De repente se encontró frente a Kate, los dos a punto de llegar a la cumbre.

—Creía que te iba a perder —susurró ella.

—Calambres.

—No piden permiso. ¿Estás bien ya?

—Sí.

—Equipo Dos, estamos en posición. Repito, estamos en posición.

PALACE HOTEL (LUCERNA)

Desde la azotea del Palace Hotel, sir Julián Corbeau apartó la mirada del estallido de color que se desplegaba sobre Lucerna para fijarla en la contessa Claudia de Medici, una esbelta mujer de mediana edad que se encontraba cerca del parapeto. La dama llevaba casi dos décadas en el país, pero nunca había asistido a un acontecimiento social de aquel tipo. Corbeau se preguntó si por fin habría cedido, porque estaba seguro de que no era una entusiasta de los fuegos artificiales. Los banqueros siempre la invitaban, por supuesto, aunque solo por cuestión de formas.

Su única extravagancia era su fiesta anual para lo más granado de la sociedad de Suiza, unas cien personas en total. Todos los conocidos de Corbeau asistían.

Les gustaba decir que era la fiesta del año, llena de figuras internacionales.

Cuando comenzó a organizarías, los problemas de Corbeau en Estados Unidos habían supuesto cierto escándalo, y quizá por eso la contessa no lo había invitado, pero en los últimos tiempos el antiamericanismo se había convertido en algo más que una pose, por lo que Julián Corbeau disfrutaba de una gran reputación en Europa.

Corbeau podía presumir de que volvía a estar de moda, pero, aun así, la dama seguía sin invitarlo.

Obviamente, no podía dirigirse a ella directamente, como un escolar deseoso de su atención; no pensaba darle ese gusto. Se mezcló con los demás y habló sobre política y sociedad, como solía hacerse. Incluso charló brevemente sobre un negocio con una empresa francesa. Al final surgió el nombre de la contessa y las Página 13

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famosas fiestas que daba. ¿No había estado en ninguna? Corbeau respondió que no y que, de hecho, le daba la impresión de que la dama era judía.

Aquello causó cierta sorpresa, ¡por supuesto que no!

—Fallo mío —contestó Corbeau, esbozando una leve sonrisa y comprobando con satisfacción que había sembrado la duda en su interlocutor.

—No sé ni cuántos millones tiene —repuso el caballero, como si eso

compensara los defectos de su linaje.

—Pero no pertenecerá a la famosa familia Medici, ¿verdad?

—Creo que estaba casada con un primo pobre —respondió el otro, pensativo, antes de beber de su copa de champán—. Según tengo entendido, así fue cómo obtuvo el título. Sin embargo, me parece que ella era la adinerada.

—¿Divorciada?

—En realidad no lo sé. Es muy misteriosa con su vida privada. Quizá haya muerto, ahora que lo pienso.

—¿Tiene idea de cómo consiguió su dinero?

—No estoy seguro, pero sí puedo asegurarle que tiene de sobra.

Como el hombre con el que hablaba resultaba ser directivo de uno de los principales bancos de Suiza, Corbeau estaba seguro de la autenticidad de los fondos de la contessa. De hecho, rara vez había visto tanta pasión en los ojos de un banquero suizo.

—Aun así, apenas se deja ver —comentó Corbeau, como si lo asombrara que la dama no se integrase en la sociedad suiza.

—Rara vez, ciertamente. Sobre todo, evita la publicidad. Cuando aceptó acudir esta noche, quiso que le aseguraran que no habría cámaras.

—¿Por qué lo diría?

—Aunque no lo crea, me parece que su humildad es genuina.

—Me daba la impresión de que la humildad había pasado de moda.

—Es una mujer extraordinaria, sin duda —repuso el banquero después de reírse con educación—. ¿Quiere que los presente?

La contessa tenía unos ojos preciosos, tanto que apenas se notó que se negaba a ofrecer la mano.

—He oído mucho sobre usted —le dijo a Corbeau en francés, aunque ella no era francesa.

La piel morena y los fríos ojos oscuros sugerían una raza mucho más antigua.

Llevaba un rubí exquisito en el cuello, engarzado en lo que parecía ser una hábil imitación de joyería del Imperio Romano, o puede que un original.

En vez de anillo de casada, la contessa de Medici llevaba un extraordinario anillo antiguo con camafeo en el que se veía a dos amantes cogidos de la mano.

Podría ser una fantasía barroca de Arcadia valorada en varios cientos de miles de euros, pero Corbeau sospechaba que se trataba de un original, lo que subiría su coste a un millón.

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Corbeau respondió a su cortés saludo con modestia y humor, una habilidad que le había costado mucho dominar.

—No hay que hacer caso de los rumores. Por desgracia, suelen ser demasiado precisos.

—Solo puedo permitirme rumores. Mi trabajo me mantiene demasiado

ocupada, así que no salgo mucho.

—No debería ser esclava del trabajo, ¡la vida está para vivirla!

—Soy esclava de mi pasión, sir Julián, de la investigación y la cultura.

—La contessa es una reputada autora —comentó el banquero, hablando un francés muy culto que parecía una pálida imitación al lado del de la dama.

—La Jerusalén olvidada —respondió Corbeau, utilizando su título en inglés—.

Creo que es el mejor libro que he leído sobre la ocupación romana del siglo primero.

—¿Ha leído mucha historia, sir Julián?

—Nada de valor, me temo, pero más que la mayoría, seguramente. En realidad, los libros son mi pasión, aunque procuro hacer tiempo para encontrarme de vez en cuando con los amigos, así que quizá mi pasión no sea tan absorbente como debiera.

El banquero hizo su papel y explicó que Corbeau poseía una de las mejores colecciones privadas de literatura ocultista de Europa.

—Entonces, ¿es usted un mago? —preguntó la contessa, esbozando una leve sonrisa para suavizar lo obvio: que Corbeau no le gustaba en absoluto.

El aludido normalmente despreciaba aquella pregunta.

Sin embargo, la dama parecía comprender lo que preguntaba. Estaba claro que conocía la diferencia entre los trucos de salón y el trabajo de los verdaderos magos.

—No creo en tonterías.

—Quizá debería haber dicho «adepto».

—Ah, ese es otro tema distinto. Por desgracia, no soy más que un aficionado.

Me gusta leer sobre los hombres y mujeres que poseen auténticos poderes ocultos, pero ese es mi límite. ¡No sé qué le pediría a un espíritu si de verdad pudiera convocarlo!

—Y yo que pensaba que era de los que saben exactamente lo que quieren... ¿Me disculpa?

—Una mujer extraordinaria —comentó el banquero, que la observaba alejarse.

Corbeau se ruborizó del enfado, aunque no se molestó en contestar a semejante idiota. Era extraordinaria, en efecto, pero había algo más en ella. Conocía a cientos de personas extraordinarias, ¡su trabajo consistía en conocer a gente extraordinaria! La contessa era diferente; la contessa no le tenía miedo.

LAGO DE LUCERNA

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Se pusieron los guantes mientras esperaban a que el segundo equipo contestara.

No obtuvieron respuesta durante un momento y Kate repitió por tercera vez:

—Equipo Uno en posición. ¿Me recibís?

—Ya casi estamos, Chica —respondió la voz de un anciano al cabo de un segundo—. ¡Llegamos al objetivo!

Ethan y Kate empezaron a moverse. Un instante antes de dejar la roca para pasar al muro de contención, los focos barrieron toda la propiedad y el largo ulular de una sirena rompió el silencio. Al sonido lo siguieron el estruendo agudo de una bocina y una sucesión de pitidos electrónicos. Ethan oyó por el intercomunicador a una mujer maldiciendo en un rústico dialecto alemán.

—¿Por qué ponen una puerta en medio de la carretera?

—¡Nos hemos equivocado de desvío, querida! —intentaba calmarla el hombre.

Hablaban en voz muy alta, con las ventanas bajadas para que sus voces llegasen hasta la caseta de vigilancia.

—¡No me he equivocado de desvío! —exclamó la mujer, enfadada—. ¡Alguien ha puesto una puerta en la carretera!

Era un guión bien ensayado: dos turistas austríacos borrachos en una noche de verano se dan con el guardabarros contra la cancela de la propiedad de un millonario y dejan claro que la culpa del accidente es del dueño de la hacienda.

Mientras tanto, Ethan y Kate bajaron de la pared del precipicio y se ocultaron en las sombras de los laterales de la propiedad.

Se agacharon junto a un trípode de francotirador e hincaron una rodilla en tierra, con los fusiles de dardos preparados. Durante un instante no pasó nada y pudieron dedicarse a examinar la zona de cerca por primera vez. La casa parecía un castillo que protegía el área elevada, aunque no era más que una ilusión. Solo la torre de la orilla del lago era de diseño medieval; la casa, a pesar de tener un siglo de antigüedad, estaba construida pensando en la comodidad.

Una gran terraza daba a varias puertas de cristal a ras del suelo. Sobre ella se veía un balcón con columnas que ofrecía otra vista del lago. La finca estaba protegida a ambos lados por un bosquecillo y rodeada de altos muros de piedra, salvo por la parte de atrás, donde una pared vertical de roca bajaba hasta el lago y prohibía el paso a cualquiera, salvo a los más intrépidos.

El patio abarcaba unos sesenta y cinco metros desde la casa hasta el borde del acantilado. En el centro había una pequeña pista de aterrizaje para helicópteros.

Por lo demás, era una zona abierta y verde desde la que se veía el lago y las montañas de más allá. A lo largo de cada muro, algún jardinero se había divertido hacía años plantando numerosos arbustos llenos de flores y árboles frutales bajos bien podados. Eso hacía que la zona cercana al muro

permaneciera prácticamente a oscuras, aunque las luces de seguridad

estuviesen encendidas, lo que ofrecía una protección natural contra cualquiera que mirase desde la casa o que vigilase la propiedad con cámaras.

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Lo más probable era que no hubiese nadie en la parte de atrás, ya que Kate había despertado demasiado interés con su teatro en la puerta principal. Ethan oía por el intercomunicador dos puertas que se abrían y cerraban.

La sirena se paró de golpe, aunque las luces siguieron encendidas.

—¡Supongo que se van a quedar ahí parados, presumiendo de uniformes! ¡Y se atreverán a decir que es culpa mía! —le decía la mujer a un vigilante.

Sabían que el dueño de la propiedad estaba en la ciudad como invitado VIP en la fiesta de la azotea del Palace Hotel durante los fuegos artificiales anuales. En la finca quedaban dos vigilantes. Como uno estaba en la entrada, el segundo se estaría poniendo en contacto con la policía Para informar de que no parecían necesitar ayuda.

Eso dejaba a Ethan y Kate con los dos perros, que habían salido de las perreras con la primera alarma. Como los guardas de seguridad, estaban concentrados en el problema de la entrada. Cuando Kate sopló por su silbato silencioso, se subieron a una pequeña elevación del terreno para intentar localizar el origen del silbido. No querían cambiar la emoción de la puerta por algo menos atractivo, pero sentían curiosidad.

—Ya vienen los perros —susurró Kate.

El no oía el sonido, pero los perros sí, y empezaron a correr a la vez, al principio dando saltitos casi juguetones, sin saber bien a dónde acudir. Una vez recorrida la mitad de la distancia entre la casa y Kate, la ubicaron. En cuanto lo hicieron, se prepararon para atacar. Ethan usó su silbato, y el perro que tenía más cerca cambió de dirección sin dejar de correr. Después, el intruso apuntó a la masa oscura del animal y disparó. El dóberman dio un respingo, se tambaleó y, de algún modo, logró volver a levantarse y mover como loco las patas traseras para seguir atacando.

Ethan soltó el fusil de dardos y sacó el cuchillo para enfrentarse al perro. Sin embargo, la droga había embotado las reacciones de la bestia, que cayó justo antes de alcanzarlo, dejó escapar un gruñido y se resbaló por la hierba húmeda.

Dio una sola patada para intentar levantarse, gruñó otra vez como si fuese un hombre en la cama y se quedó dormido. Ethan buscó a Kate con la mirada; su compañera estaba ya tirando del perro por la piel del cuello para esconderlo entre el follaje. Después de guardarse el cuchillo, Ethan arrastró a su perro hasta las sombras, se puso las gafas de visión nocturna y empezó a avanzar pegado al muro hacia la casa. Mientras tanto, el teatro de la puerta principal continuaba.

Al parecer, querían ver al propietario y no pensaban irse hasta solucionar el asunto.

Cuando estaba a punto de llegar a la casa, Ethan oyó decir a Kate:

—¿Listo, Chico?

—Listo, Chica.

Cruzaron el jardín hasta la terraza, cada uno por un lado. Kate llevaba al hombro un largo lazo de cuerda de escalada, como si fuera una bandolera. Se Página 17

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encontraron debajo de la casa. Ella frenó un poco antes de pisar en el muslo de Ethan y después en su hombro, dejando que el impulso la llevara arriba; alcanzó las canaletas del balcón del segundo piso, dio un par de patadas y llegó a zona segura. Desde allí podía lanzar la cuerda y el gancho al tejado, mientras Ethan neutralizaba al segundo guarda, si el equipo Dos no podía acabar con él.

Sacó la Cok y se dirigió a la esquina de la casa, asomándose primero. Un vigilante uniformado salía de la caseta con desgana para ver qué pasaba en la puerta. Ethan volvió a las sombras; el equipo Dos había atraído a los dos guardas, y la mujer lo recalcó diciendo:

—¡Y usted! ¿Usted qué quiere? ¡He dicho que quiero hablar con el propietario de esta pocilga! ¡No necesito ver más uniformes!

Su marido intentó calmarla diciendo que aquellos hombres se limitaban a hacer su trabajo, como todo el mundo, y que no debía tratarlos así, pobres.

El segundo guarda hablaba un alto alemán muy seco, como su compañero.

Informó a la pareja de que estaban en propiedad privada y de que tendrían que retroceder y marcharse si no querían acabar detenidos. ¿Preferían que los detuvieran? ¿Insistían en pasar la noche en el calabozo?

No hubo más respuesta que el inconfundible sonido de dos dardos saliendo de dos pistolas a la vez. Después, Ethan oyó el ruido de dos cuerpos al caer sobre la gravilla.

Tenían unos veinte minutos, más del doble de lo que Kate aseguraba necesitar.

Levantó la mirada y vio que Kate subía por el lateral de la torre, agarrada a la cuerda que había enganchado al tejado.

El sacó la palanca plana de la funda que llevaba pegada al muslo y abrió las puertas de cristal de la terraza con un solo giro de muñeca. Las luces de la casa estaban encendidas.

Metió la palanca en su funda y recorrió cada una de las habitaciones pegando la espalda a la pared y apuntando a los espacios vacíos con su pistola.

—¡Dos durmiendo en la puerta! —oyó decir al líder del equipo Dos por el intercomunicador—. ¡Nos vamos!

—y acabó la conexión.

Ethan terminó de recorrer la planta baja y empezó a subir por la majestuosa escalera. En el rellano oyó una explosión ahogada tanto en el intercomunicador como encima de él, lo que significaba que Kate estaba asegurando la parte superior de la torre con Semtex checo.

Ethan recorrió las habitaciones de la primera planta a saco, para no arriesgarse.

Kate le había enseñado bien su parte porque, aunque la casa tenía que estar vacía, debían ponerse en lo peor: un invitado a dormir, un guarda con el que no habían contado, que Corbeau hubiese cambiado de planes... Ella lo llamaba el factor catástrofe. Ethan regresó al vestíbulo principal y se metió en un pasillo estrecho.

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Según los planos de la casa que habían robado de urbanismo hacía meses, aquel pasillo lo llevaría a la biblioteca y la torre.

—Ya llego, Chica —dijo.

Le dio una patada a la puerta cerrada con llave y entró en una habitación preciosa. En las dos enormes paredes había estanterías empotradas, mientras que en la tercera habían colocado una serie de ventanas con vistas al lago, y un escritorio grande y bien ordenado. La cuarta pared tenía un conjunto de puertas correderas en el centro, todas cerradas; cada una de ellas estaba adornada con tres figuras de hierro forjado con forma de pequeños cuervos negros que parecían hacer las veces de pomos o algún tipo de mecanismo de cierre medieval. Por lo que sabía de su hombre, a Ethan no le dieron buena espina.

Pensaba que podían tener algún tipo de trampa gótica, mecánica y mortífera.

—La casa está vacía —dijo Ethan—, pero no te acerques a las puertas. No me gustan.

—Vamos según lo previsto, Chico —respondió Kate.

—Siete minutos.

—Mejor cinco.

PALACE HOTEL (LUCERNA)

Jeffrey Bremmer, el jefe de seguridad de Corbeau, salió de entre las sombras y le hizo señas. Corbeau se disculpó y se acercó al hombre con curiosidad, ya que Bremmer solía realizar su trabajo sin involucrar a Corbeau.

—¿Qué pasa? —le preguntó.

—Un par de borrachos dispararon la alarma en la puerta principal.

Corbeau miró hacia el lago. No le gustaban los problemas, al menos los que no había provocado él. Oficialmente, seguía siendo un fugitivo de los Estados Unidos; aunque su país no podía actuar contra él porque estaba bajo protección suiza, eso no quería decir que los cazadores de recompensas no lo intentaran. El fiscal del Estado estadounidense, llevado por la rabia después de que Corbeau hubiese huido estando bajo fianza, había ofrecido una recompensa de un millón de dólares al que fuera capaz de llevarlo a un Gobierno dispuesto a extraditarlo, es decir, al que fuera capaz de sacarlo de Suiza. En once años, dos grupos habían sido lo bastante estúpidos como para intentarlo.

—Al parecer son austríacos, un hombre y una mujer, sesentones. Les han dicho que se vayan, pero no cooperan.

—Pide a la policía que se mantenga a la espera y dales un último aviso.

—Yo me encargo.

Mientras Bremmer se iba con el móvil pegado a la oreja, un extraño temor se apoderó de Corbeau. No era la primera vez que lo sentía. En las últimas semanas había sentido náuseas en tres ocasiones distintas, y su instinto le decía Página 19

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que sus enemigos estaban más cerca de lo que creía, aunque no lograba detectar el origen. Se había convencido de que no era nada, pero, de repente, aquella nada se volvía muy insistente. Siguiendo un impulso, fue a la azotea a buscar a la contessa. Sin embargo, se había ido; seguramente había visto una cámara.

Examinó la multitud, en la que encontró algunas caras extrañas. De los que no conocía, no veía a nadie capaz de raptarlo y sacarlo del país con éxito.

Obviamente, quizá el plan consistiera en eso, pero lo más probable era que estuviese pasando algo en la casa que no fuera lo que parecía...

Bueno, ya habían avisado a la policía, y ellos podían cortar la carretera en cuestión de minutos. Todo tendría que ir...

Entonces regresó Bremmer. No hizo señal alguna, pero Corbeau entendió su expresión y se acercó a él de inmediato.

—No me responden en la caseta.

—¿Y la policía?

—Están cortando la carretera.

—Bien. Nada más. Quiero encargarme personalmente.

—Eso me pareció —respondió Bremmer, esbozando una sonrisa que dejaba

claro lo mucho que disfrutaba con su trabajo—. El todoterreno estará en la puerta cuando salgamos. El segundo equipo ya está en movimiento, llegarán a la casa en tres minutos.

LAGO DE LUCERNA

Ethan se dirigió primero a las estanterías y miró los títulos Por pura curiosidad.

Como era de esperar teniendo en cuenta quién era el dueño de la casa, casi toda la biblioteca estaba dedicada a lo esotérico. Vio Zekerboni, de Pietro Mora, un tratado sobre magia del siglo XVII que se había encontrado en posesión de Casanova y había sido esencial para acusar de brujería al famoso amante en 1755.

Vio las Confesiones de Aleister Crowley y resistió el impulso de coger el libro; estaba seguro de que se trataba de una primera edición. Crowley, en el punto culminante de sus poderes, a principios del siglo XX, era considerado el más malvado de los hombres vivos. Vio Isis, de Madame Blavatsky; las obras completas de John Dee; A través de las puertas de la muerte, de Dion Fortune; las obras maestras de Eliphas Lévi sobre magia, en sus originales franceses: Le Dome et rituel de la haute magie e Histoire de la magie. También estaban Robert Fludd, W. E. Butler, Alice Bailey, Albertus Magnus, Pieto de Albano, Papus, Rudolph Steiner, etcétera, etcétera. De haber podido llevarse la biblioteca en sí, libro a libro, le habría sacado varios millones de dólares en el mercado, pero aquello no formaba parte del plan.

Lo que querían era un solo cuadro..., si es que existía.

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Pasó a la segunda pared, en la que había biografías y material secundario relacionado con la magia. ¿Escondido a plena vista? Examinó los estantes buscando cualquier cosa que pudiera ocultar un pequeño cuadro.

—¿Lo tienes? —preguntó Kate.

—Todavía no.

—¡ Aquí no hay nada!

—Examina la mampostería. Estamos cerca, lo noto.

—Lo que yo noto es que nos quedamos sin tiempo.

—Vamos bien.

Rompió el cierre del escritorio con la palanca y sintió una punzada de culpa al destruir una obra tan maravillosa.

Dentro del único cajón encontró una Mont Blanc y un papel de carta color crema pálido con el escudo de armas de Corbeau en relieve, en el que aparecía un cuervo volando.

Bajo él se leía: «Gare le Corbeau!». Miró los dos cuadros que separaban la biblioteca de la torre. Uno de ellos era un grabado desvaído en el que se veía a una niña de unos nueve o diez años sentada desnuda en un antiguo cementerio, al parecer sobre su mortaja; tenía los ojos muy abiertos, como si la sorprendiera volver a estar viva. El marco del cuadro era de un delicado tono gris que el artesano había resaltado con una fina línea bermellón. Con letras diminutas se leía la frase «Solo lo bello es cierto», seguidas de unas iniciales y una fecha: O.

W., 29 de marzo de 1899.

—Tenemos al hombre correcto —dijo y notó que se le aceleraba el pulso.

O. W. Oscar Wilde. Había estado allí hacía un siglo.

¿Para volver a verlo? ¿Convocado? Como era un caballero, Oscar había llevado consigo un regalo, ¿algo para conmemorar su primer encuentro? ¡Lo que habría dado Ethan por conocer aquella historia!

—Nos quedamos sin tiempo, Chico.

Ethan pasó del grabado al cuadro, una imagen pequeña y oscura del Gólgota después de la ejecución. Se acercó. Era un primitivo estudio en negro sobre gris de la escena de la crucifixión después de que se hubiesen llevado los cadáveres y la multitud hubiera vuelto a casa. Acercó la mano con cuidado para tocarlo, pero el marco seguía bien pegado a la pared. Lo examinó más de cerca y vio una bisagrita diminuta detrás del cuadro. Cuando tiró de él con más fuerza, el borde se apartó de la pared como si se tratase de una puerta. Dentro encontró una palanca de metal metida en un hueco, así que tiró de ella, pero no pasó nada. Después probó a girarla. Aunque el mecanismo se movió, siguió sin pasar nada.

¿Una trampa?

Miró hacia las cabezas de cuervo de las puertas correderas.

No, los pomos de las puertas eran la única trampa que necesitaba Corbeau. El cuadro era la entrada. Los caballeros templarios usaban tres cruces vacías para Página 21

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indicar el «tesoro», o puede que la clave para hallar el tesoro, o incluso «el lugar oculto», según el contexto. No era un simbolismo muy conocido, salvo para los entusiastas de los templarios. Por otro lado, el cuervo era el adorno más importante del escudo de armas de Corbeau, subrayado por las palabras «Gare le Corbeau!», es decir, «¡Cuidado con el Cuervo!».

Intentó tirar de la palanca desde su nueva posición y descubrió, sorprendido, que las puertas correderas empezaban a abrirse. Kate estaba en la habitación a oscuras, con las gafas de visión nocturna puestas sobre el pasamontañas.

Se las quitó y se las colocó en la frente para entrar en la biblioteca. Ethan le enseñó la palanca, el cuadro y el grabado de la niña.

—Mira las iniciales.

—Oscar Wilde —dijo ella—. Quizá se lo llevara él.

—Está aquí, Chica, es la reliquia de la familia Corbeau.

Ethan entró en la torre en penumbra, donde no había ni lámparas ni enchufes, solo candelabros con velas medio gastadas por la habitación. La habitación en sí era un círculo perfecto, y en el suelo, en un mosaico, reconoció el gran sello de Salomón. Las letras de las palabras mágicas estaban escritas en alfabeto griego.

La cuerda de escalar de Kate caía sobre él y atravesaba el techo roto, a unos cuatro metros de su cabeza.

Antes de la explosión, en aquel techo había un mural.

Casi todo había desaparecido, pero Ethan distinguió el tradicional Árbol de la Vida ocultista con las diez emanaciones de Dios, cada una con su nombre en griego.

—Aquí no hay nada —susurró Kate, que parecía nerviosa por primera vez. Su corazón de ladrona tenía un reloj interno.

Ethan estudió el cuarto vacío y vio el ojo masónico de Dios. Delante de él había dos pequeños pilares de mármol con un sencillo altar de piedra entre ellos.

Caminó por la habitación examinando los bancos de piedra construidos en la pared.

—¿Dónde guardarían la parafernalia? —preguntó mientras miraba el Sello de Salomón.

—Tenemos que irnos.

—Está aquí.

—Da igual. No nos queda tiempo.

Ethan examinó con atención los intrincados diseños y letras del suelo, buscando una grieta delatora en la piedra.

Sacó la linterna y empezó a recorrer el círculo del sello.

Habían colocado la piedra hacía más de un siglo, veía diminutas fisuras y un tono amarillento, pero nada más.

—¡Tiempo! —exclamó Kate.

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Ethan volvió a mirar el altar, centrándose en el ojo. ¿Le devolvía el ojo la mirada? Se giró y miró a la pared, después caminó hacia ella, apuntando con la linterna.

Nada. Regresó a la biblioteca y tocó el cuadro de las cruces vacías. ¿Qué sería?

¿El tesoro, la clave para hallar el tesoro o el lugar oculto?

—Ahora —insistió Kate, cogiéndolo del brazo.

Ethan sacó el cuchillo y empezó a cortar el lienzo por el borde.

—Un minuto y nos vamos —respondió.

Ella miró el reloj. Detrás del lienzo no parecía haber nada, así que el cuadro en sí era la clave. Intentó girar la palanca, pero no se movía. La empujó de vuelta a la pared, y las puertas correderas empezaron a cerrarse. Observó hasta que se juntaron y después giró la palanca como antes; al tirar de ella de nuevo, las puertas se abrieron.

Antes de que terminaran de hacerlo, intentó girar la palanca y, esta vez, algo pasó: el pomo se colocó fácilmente en una posición nueva. Las puertas siguieron abriéndose, pero el revestimiento de madera de la parte inferior de la pared se metió por debajo del rodapié y dejó al descubierto tres estantes. En la parte superior vio una calavera con unas tibias cruzadas sobre un trozo de lino blanco. El lino envolvía un pequeño objeto rectangular.

—Ahí está.

Ethan sacó el paquete de debajo de los huesos y apartó la tela rápidamente hasta encontrarse cara a cara con un retrato de Cristo pintado, si las leyendas eran ciertas, dentro del Palacio de Herodes en Jerusalén por orden del prefecto de Judea, Poncio Pilato. Según la referencia más antigua a la reliquia, aquel que la mirara viviría para siempre y nunca envejecería.

Los templarios pensaban que inspiraba visiones.

—Vamos, Chico.

Ethan guardó la pintura en una bolsita impermeable y metió la bolsa en la estructura metálica que había entre la espalda de Kate y su mochila.

—¿Alguna visión? —le preguntó a su compañera.

—Veo problemas.

—Pues vámonos ya.

Justo cuando Ethan lo decía, un hombre apareció en la puerta. Iba de esmoquin y llevaba una pistola semiautomática en la mano derecha, como quien lleva una copa.

Era alto y atlético, en la treintena, y no parecía sorprenderle mucho encontrar a dos intrusos con pasamontañas de seda negros dentro de la biblioteca de Julián Corbeau.

De hecho, era como si lo esperase. Tanto Ethan como Kate reaccionaron: ella fue a coger su pistola mientras él sacaba la suya. El hombre estaba listo y parecía muy relajado cuando apuntó a Kate con su arma y disparó.

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Ella retrocedió por el impacto de la bala; Ethan sacó su Cok de la pistolera, y el hombre volvió su arma hacia él tranquilamente y disparó de nuevo, pero falló.

La pistola de Kate disparó desde el suelo a la vez, y el hombre del esmoquin cayó de espaldas contra la puerta. Medio segundo después, la Colt de Ethan le dio en el cuello.

Al agacharse para ver cómo estaba Kate, cuya pistola humeante todavía apuntaba a la puerta, Ethan vio que tenía un agujero de bala a la altura del corazón.

—Estoy bien..., creo —gruñó ella.

Él metió el dedo en el agujero y encontró un trozo de plomo caliente aplastado.

—Me encantan estos chalecos —susurró.

Kate se puso en pie poco a poco y juntos miraron al hombre muerto que había quedado sentado contra la puerta.

—¿De dónde ha salido?

—No lo sé, pero si tenía amigos...

Oyeron voces hablando en alemán por la escalera.

¿Dos? ¿Tres? Ethan no lo sabía y no deseaba averiguarlo.

—Tendremos problemas —terminó la frase.

—Sal de aquí con el cuadro —repuso él, señalando la cuerda—. Yo los

entretendré.

Se acercó a la puerta de la biblioteca y le quitó el silenciador a la Colt Navy; después cogió el arma del hombre muerto con la mano izquierda.

—¿Los has cogido? —preguntó alguien en alemán.

—¡Vete! —le siseó Ethan a Kate, que todavía lo miraba Nos encontraremos abajo.

Era mentira y, probablemente, lo último que le diría, pero no importaba. El problema era sacar de allí a Kate con vida. Lo único que debía hacer era vivir lo suficiente para darle una oportunidad; ella se encargaría del resto. Bajó sin miedo hasta el estrecho pasillo, sin recordar haber sido nunca tan valiente. La vida de Kate dependía de él y de lo que hiciera en los siguientes segundos; era lo único que importaba.

Dos hombres con esmoquin dispararon a la vez desde la escalera mientras Ethan rodaba por el pasillo. Se irguió con una rodilla en el suelo y ambas pistolas apuntándolos, y disparó las armas, una tras otra. Un hombre cayó, pero el segundo retrocedió. Otra voz los llamó desde abajo.

Oyó pisadas que subían por las escaleras y se puso de nuevo en pie; no podía retroceder. Entonces, Kate salió y empezó a disparar su Cok Navy sin el silenciador. Uno de los hombres gritó y los demás retrocedieron. Ethan disparó dos veces mientras cruzaba el espacio abierto y volvía a entrar en el estrecho pasillo.

—Vete —le dijo a su compañera—. ¡Los contendré hasta que salgas!

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Se volvió y disparó tres veces más para mantener a los hombres alejados mientras Kate corría hacia la torre.

Después sacó su granada, quitó el seguro y la dejó caer en los limitados confines del pasillo. Kate ya estaba casi fuera de la torre cuando Ethan cogió la cuerda y empezó a trepar por ella a toda velocidad, colocando una mano después de otra. Oyó las voces de dos hombres que subían la escalera, pero la granada estalló antes de que llegaran, lo que los frenó lo suficiente para que Ethan llegase al tejado.

Se subió a él con la ayuda de su piolet.

Kate lanzó su granada al interior de la torre para cubrirlo y tiró de la cuerda.

Después recolocó el gancho y empezó a bajar por el lateral de la torre. Ethan examinó el patio mientras lo hacía, pero no salió nadie. Oyó el estallido de la granada dentro de la torre justo cuando saltaba del tejado y empezaba a bajar haciendo rápel. Una vez en el suelo, corrió hacia el muro. Las luces de la casa se apagaron y una ráfaga de disparos de automáticas surgió desde tres puntos distintos de la planta baja.

—AK-47 —susurró Kate después de la primera andanada.

Cuando comenzó la segunda, un hombre salió corriendo de la casa y avanzó rápidamente entre las sombras del muro que tenían frente a ellos.

—Uno en el patio —dijo Ethan, retrocediendo con precaución hasta encontrar un árbol y una roca que pudieran ofrecerle algo más de protección—. ¡Voy a atraer sus disparos!

Disparó a ciegas una vez, apuntando a la casa. Al hacerlo, el pistolero del patio respondió con una ráfaga larga; Ethan notó la tierra que le salpicaba la cara y las astillas de piedra que se le clavaban en el cuello y las manos.

En cuanto el pistolero abrió fuego, Kate respondió con tres disparos rápidos que acabaron con un grito de dolor del guarda. Kate salió corriendo hacia el acantilado.

Ethan empezó a disparar una y otra vez hacia las armas de la casa, y siguió disparando hasta levantarse y atravesar el patio iluminado. Disparó hasta quedarse sin munición, dejó caer ambas armas y corrió hacia el precipicio.

Kate ya se había tirado, se veía su paracaídas especial inflado sobre ella.

Aunque tanto tiro les había concedido casi dos segundos de silencio, las armas automáticas empezaron a disparar de nuevo. Ethan sentía las piernas pesadas y poco colaboradoras; el suelo se agitaba como loco bajo sus pies.

Oyó el sonido de las balas al pasar junto a su cabeza. Lógicamente, sabía que podía recorrer aquellos veintidós metros en tres o cuatro segundos, pero sin cobertura y con fuego de dos automáticas distintas sobre él, los dos últimos segundos le parecieron diez.

Cayó una vez, rodó para ponerse en pie, las piernas le traicionaron y tuvo que tambalearse hacia el borde del acantilado. Tocó el cordón del paracaídas un paso antes de tirarse, justo como había practicado con Kate. Notó el calor de Página 25

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una bala pasarle cerca al tirar del cordón y supo, con repentino júbilo, que lo había conseguido.

Entonces, la espalda le estalló de dolor. En vez de saltar como había hecho Kate, gruñó al sentir el impacto y cayó por el muro de contención. El paracaídas se abrió, y el tirón lo puso derecho. Empezó a flotar hacia el agua sin que él hiciese nada; como todavía llevaba las gafas de visión nocturna apoyadas en la frente, fue a ciegas hasta caer al lago.

Esperó a que su flotabilidad lo llevara a la superficie, y después forcejeó para librarse de las cuerdas y la tela.

Probó el agua del lago y estuvo a punto de volver a hundirse hasta que por fin logró soltarse. Buscó pistoleros en la cima del acantilado, pero solo vio una masa de roca y el cielo nocturno. Estarían de camino a las embarcaciones.

Una luz en el agua le llamó la atención y susurró:

—¿Me ves?

No obtuvo respuesta. Había perdido el intercomunicador y las gafas al caer al agua. Silbó, no lo consiguió, encontró su linterna e hizo una señal con ella, después vaciló y la movió dos veces más. Kate encendió una vez la suya y Ethan oyó que el motor del fueraborda ronroneaba.

Miró de nuevo a lo alto del acantilado, que seguía vacío.

Kate se acercó con el fueraborda y le ofreció una mano; él se agarró de la muñeca y la cuerda del bote, y cayó dentro como un peso muerto.

Corbeau los oyó alejarse con un pequeño fueraborda mientras él subía a su lancha. Hizo señas a Bremmer para que cogiese una de las Jet Ski y utilizó el teclado que había junto al timón para abrir las puertas del muelle. Los tres motores de la lancha cobraron vida, pero las puertas no se movieron.

—¡Abrid las puertas! —gritó.

—¡Atascadas! —contestó Bremmer después de probar el panel.

Corbeau, enfadado, soltó una palabrota y apagó el motor.

—¡Llama a la policía!

Mientras Bremmer hablaba por teléfono, Corbeau lamentó haber sido tan insensato y se puso a dar vueltas por cubierta. Llevaba días esperando otro intento de secuestro, sin imaginarse el verdadero peligro.

Y ya era demasiado tarde.

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CAPÍTULO DOS

CIUDAD DE NUEVA YORK

3 DE OCTUBRE DE 2006

COMO NUNCA SE HABÍA QUITADO EL GUSANILLO DEL trabajo de campo,

Jane Harrison apareció por el lado occidental del parque y se subió a un terreno elevado con la única intención de observar a Thomas Malloy leyendo el periódico. Malloy hizo lo que pudo por no darse cuenta. Jane había sido su jefa durante muchos años, así que tenía que dejarla conservar su orgullo.

Estaba sentado bajo un toldo de hojas doradas, junto a uno de los caminos que recorrían Central Park al lado de la Quinta Avenida. Malloy tenía cantos rodados a la espalda, y un arroyo y árboles que cubrían su flanco izquierdo. Era temprano, hacía frío y estaba nublado, por lo que no había mucha gente en el parque. Justo cuando él le había indicado que debían reunirse, Jane bajó de la colina, cruzó un trozo de acera y se sentó a su lado. Con aspecto de señora del Upper West Side, se acomodó en el banco y empezó a trabajar en una

impresionante labor de punto. Malloy desconocía que poseyera tal habilidad.

—Te has convertido en un alma cándida desde tu jubilación, T. K.

Jane Harrison tenía sesenta y dos años, y seguía tan elegante y poco atractiva como el día en que la había conocido.

No se había cambiado el pelo en veinticinco años; incluso el color, un aburrido cabello entrecano, permanecía igual. Jane llevaba tanto tiempo en Langley que todos se imaginaban que ya estaba allí cuando se abrió la agencia, pero el padre de Malloy le había dicho hacía años que Jane comenzó su carrera profesional en Europa, haciendo de expatriada con poco apego a su país.

Después de una serie de asaltos y asesinatos sangrientos de los comunistas italianos, que se dedicaban a pegar tiros a los turistas estadounidenses, entre otras víctimas, Jane fue transferida sin mucho ruido a Langley, donde cambió las cuentas de colores, el pelo largo y el amor libre por el uniforme de burócrata. Trabajó como analista durante un tiempo, y después cruzó el pasillo y se unió de nuevo a operaciones, aunque como supervisora.

Malloy no tenía confirmación de la historia, pero la leyenda decía que Ted Kennedy, en su juventud, no tuvo suerte con ella en una fiesta. Al quejarse amargamente al respecto, la había llamado la Dama de Hierro. Cierto o no, el Página 27

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apodo caló y casi todos seguían refiriéndose a ella por aquel nombre; al menos, a sus espaldas.

Malloy la había conocido poco después de que Reagan iniciase su segundo mandato. Él era un joven espía cuyo primer trabajo en el extranjero había concluido de manera desastrosa. Esperaba acabar sentenciado de por vida a trabajo administrativo en Langley, seguramente como chico para todo de la Dama de Hierro. Sin embargo, Jane lo sorprendió ofreciéndole la oportunidad de redimirse con la misión más deseada de la agencia en el extranjero: tres años de servicio en Suiza como agente sin cobertura oficial. Años después, Malloy se dio cuenta del valor que tuvo que reunir Jane para hacerlo, aunque incluso de joven ya admiraba la confianza que su jefa había depositado en él.

—Jane, tengo una reunión en Central Park con la subdirectora de operaciones de una agencia gubernamental conocida por su paranoia. Eso significa que habrá ángeles guardianes por todas partes. ¿Por qué no iba a aprovecharme de la seguridad extra disfrutando de mi periódico?

—Nunca supongas nada, amigo mío. ¿Es que no te lo enseñé?

Malloy dobló el periódico y empezó a mirar los clasificados.

Habían publicado de nuevo el mensaje de Jane y también su respuesta.

No veía a Jane Harrison desde su fiesta de jubilación.

Jane le había dicho que, cuando llegara el momento oportuno, le pasaría todo el trabajo subcontratado que pudiera aceptar, aunque lo cierto era que se había quedado sin nada durante un tiempo. No era la típica promesa que solían hacer los supervisores en las típicas fiestas de jubilación tras un servicio de treinta o treinta y cinco años. Malloy no era un viejo caballo de guerra al que se lleva a pastar y se le hacen promesas para que mantenga su dignidad intacta, sino un espía experto al que el nuevo director de operaciones había dejado de lado. En vez de quedarse detrás de un escritorio, había decidido coger su pensión de veinte años de servicio y largarse. Jane hizo su promesa y, como un buen espía, Malloy se sentó y esperó. Leía los clasificados todas las mañanas, el Times cuando estaba en el país, el Herald Tribune cuando estaba fuera. Dos días atrás, Jane por fin había publicado su anuncio en la sección de contactos, tal como habían acordado. La respuesta de Malloy con los datos para la cita apareció a la mañana siguiente.

—¿Qué tienes para mí? —preguntó.

—No te va a gustar —respondió ella, concentrada en su labor.

—Mi bola de cristal dice que tienes algo que implica romper varias leyes federales sin inmunidad posible.

Jane tejió un par de puntos con sus agujas mientras otra persona haciendo footing pasaba delante de ellos.

—Nada escandaloso, me parece. Tan punible como saltarse un semáforo en rojo, aunque, dado el clima político actual, es probable que nos convenga poder negarlo todo con cierta credibilidad, por si acaso. Un ex espía resentido, Página 28

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deseoso de venganza y conocido por su tendencia a escupir contra el viento nos servirá para esta ocasión.

—Encajo en el perfil.

—Supongo que conoces a J. W. Richland.

—¿El televangelista?

Malloy se contuvo para no protestar, pero ella captó su tono.

—Es un amigo de la Administración, T. K.

—Dime que quieres que le corte la lengua. Lo haré gratis.

Aunque Jane era una buena soldado, sonrió.

—Nadie tiene que saberlo. Está claro que nosotros no vamos a dejar constancia escrita, y tampoco creo que Richland lo haga.

—Yo lo sabré. ¿No basta con eso?

—¿No me digas que te has comprado una conciencia?

—Llevo pensando en comprarme una desde que salí de la agencia..., siempre que no cuesten demasiado.

—Cuestan mucho, T. K., y no te dan nada más que problemas.

—¿Lo dices por experiencia?

Jane miró al otro lado del parque, esbozando una ligera sonrisa. Italia...

¿Viviendo su tapadera? Era difícil imaginarse a Jane con una vida sexual, y más difícil todavía pensar que pertenecía a la generación del amor libre.

—Dejé las Girl Scouts hace años, T. K.

—Nadie lo diría.

—A Richland le han robado un cuadro. Hace unas semanas recibió la llamada de un marchante de arte de Zúrich que quería vendérselo.

—¿Un rescate?

—Si el predicador le paga veinticinco millones, le devuelven el cuadro.

—¿Millones?

—¿Quién iba a decir que el Señor fuera tan rentable?

Malloy se lo pensó durante un momento y finalmente decidió preguntar lo obvio, solo por oír la explicación de Jane.

—¿Por qué no va a la policía?

—Imagino que por algún problema con el origen del cuadro.

—¿El reverendo J. W. Richland metido en el mercado negro del arte? Al Times le encantaría.

—Mercado negro es una expresión muy fea, T. K.

—Casi tan fea como contrabando.

—Contrabando es justo lo que no tendrás que hacer.

Charlie le ha pedido a Bob Whitefield que lo lleve en una valija diplomática.

Solo tienes que hacer el intercambio y entregárselo a Whitefield en el aeropuerto de Zúrich.

Cuando salga de la aduana en casa, recoges el objeto y haces la entrega.

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—¿Y por qué no puede encargarse Whitefield de todo?

—Si algo sale mal, no será en la aduana, no con una valija diplomática. El riesgo lo corres tú. Richland sabe que va a tener que pagar por esto, por cierto. Como favor hacia mí, espero que se lo cobres con ganas.

—¿Algo que te haga sospechar de que podría salir mal?

—He llegado a vieja porque siempre espero que algo salga mal.

—Creo haber leído que Richland se está muriendo.

—No estás a la última. Los médicos le dieron seis meses de vida hace ocho o diez meses. Según su nuevo libro, el predicador los despidió a todos y se puso de rodillas.

—Es verdad, Reza por un milagro. Probé a hacerlo, pero no funciona: el tío sigue en la tele.

Jane guardó silencio, esperando. Lo cierto era que él no contemplaba la posibilidad de negarse; se había comprometido al responder el anuncio de Jane.

Si se alejaba de aquello, se alejaba para siempre y no estaba listo para hacerlo.

—Bueno, ¿dónde lo encuentro?

—Está en el Plaza —respondió Jane, señalando con la cabeza el extremo sur del parque—. Pregunta por el señor Gideon.

Malloy sacó su pistola de ciudad, una Sigma 380, de la pistolera e intentó entregársela al musculoso guarda de seguridad vestido de paisano que protegía la suite de J. W. Richland.

—No hace falta —respondió el joven, Mike, con una voz curiosamente dulce—, pero necesito eso —añadió señalando el móvil de Malloy.

El asintió para darle permiso mientras se guardaba la pistola en la diminuta pistolera de la espalda. El hombretón dejó el teléfono con mucha delicadeza sobre una mesa y sacó una varita de su pistolera. La pasó por el cuerpo de Malloy de nuevo, con su permiso; buscaba dispositivos de transmisión.

—Qué mundo más raro —comentó Malloy de buen humor—: un teléfono es

mucho más peligroso que una pistola.

Mike lo palpó con cuidado solo para asegurarse de que Malloy no llevara algo tan anticuado como una grabadora en miniatura y asintió amablemente,

dándole la razón: lo era. Dio un paso atrás, llamó a la puerta con sus enormes nudillos y Malloy oyó la voz ahogada de J. W. Richland.

La suite era un estudio en hueso: alfombra, paredes, Muebles y cortinas. En la ventana que daba al parque había un hombre de cabello plateado que se volvió alegremente para recibir a Malloy. Una joven estaba sentada en un sofá cercano.

Richland era de altura media y rondaría los sesenta años; llevaba un traje azul marino sin la chaqueta, una camisa blanca, una corbata escarlata y tirantes a juego. La mujer tendría treinta y uno o treinta y dos; tenía el cabello peinado hacia atrás, muy tirante, sin un mechón fuera de su sitio, además de unos lustrosos ojos oscuros que no se perdían nada, y unos labios carnosos y sensuales. Malloy suponía que los pechos eran comprados.

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La mujer examinó brevemente a Malloy con el aire de alguien que inspecciona al servicio, para después volver a concentrarse en Richland. Aquello habría bastado para romperle el corazón a cualquier hombre menos fuerte que Malloy.

—¡Señor Malloy! —exclamó Richland con afecto.

Tenía puesta su sonrisa de la tele y no se dejaba llevar por su acento del suroeste estadounidense. Miró a Malloy a los ojos (los del predicador eran azules y hacían pensar en alguien inteligente), y Malloy decidió que Richland no parecía un hombre sentenciado a muerte por los médicos, por mucho que estos dijeran. Quizá fuera por el arrogante optimismo que solían derrochar los renacidos en la fe.

—¡Gracias por venir con tan poca antelación! —añadió.

Malloy estaba bastante seguro de que nadie en las últimas dos décadas se había negado a reunirse con J. W.

Richland, al margen de la antelación, pero respondió en el mismo espíritu.

—Es un placer, reverendo.

Cuando se estrecharon la mano pasó algo curioso:

Richland miró a Malloy a los ojos y alargó el momento un segundo más de lo necesario. No estaba seguro de lo que esperaba lograr el predicador con aquello, hasta que, de repente, lo entendió: era puro hábito. Se suponía que debía ser un gran momento para Malloy, no tan solo una ceremonia rápida; seguramente algún día querría contar a todos que ¡le había dado la mano a J. W.

Richland! Daba igual que lo odiases o lo amases, tan importante era aquel hombre.

—Viene muy bien recomendado por algunas personas a las que respeto —

anunció Richland.

—Me alegra oírlo.

—¿Es tan bueno como dicen? —añadió el otro sin soltar la mano de Malloy.

—Ya sabe cómo son las cosas —respondió, sonriendo y soltándose del

predicador; en la afirmación de su cliente había un matiz de desafío, pero lo dejó pasar—. Uno es tan bueno como su relaciones públicas.

—¡El peligro es empezar a creerse lo que dicen de ti, se lo digo yo! —repuso Richland; su risa era tan auténtica que resultaba imposible no apreciarla.

—Soy un escéptico redomado, reverendo, sobre todo en lo que respecta a mi imagen pública.

—Pero ¿sabe hacer su trabajo? Eso es lo que me han dicho.

Era una pregunta seria, quería garantías. Malloy no se lo esperaba, así que se guardó el dato para pensar en él más tarde.

—Cuando tenía veinticuatro años, un médico militar me dijo en Beirut que no es fácil matarme, señor. Es lo único que puedo prometerle.

Richland se rio majestuosamente y dio unas palmadas.

Era un gesto que Malloy le había visto hacer en la tele, acompañado de las palabras: «¡Decid amén conmigo!».

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—¡Que es difícil matarlo! ¡Muy bueno!

Se volvió hacia la mujer, que seguía sentada junto a la ventana, y le dijo:

—¡Este es de los míos, Nikki!

Después, para explicarse, como si fuera necesario, añadió:

—Hace once meses tres médicos se sentaron conmigo para explicarme que no aguantaría vivo más de seis meses, señor Malloy. ¿Sabe lo que hice?

—Sí, señor.

—¡Los despedí! —siguió diciendo Richland, que no pensaba dejar que

interrumpieran su historia, la conociese Malloy o no—. ¡Tiré la medicina que me recetaban por el fregadero! ¡Después me puse de rodillas y hablé con el único que tiene algo que decir al respecto!

Malloy sonrió amablemente, intentando calcular cuánto podía subir su tarifa.

—Nikki, ¡ven aquí a conocer a otro hombre que ha burlado a la muerte!

La mujer se levantó y se acercó a ellos. Iba vestida para los negocios, con un traje pantalón azul marino y una blusa blanca con un collar de lustrosas perlas grises, aunque, al pisar, cruzaba un pie delante del otro, como si la hubieran entrenado para dar placer a los hombres. A Malloy le recordaba al licor envenenado de una licorera de cristal. Se preguntó si su aventura amorosa habría empezado poco antes del cáncer de Richland o si, como el ángel de la muerte, había aparecido después de la sentencia fatal.

—La doctora Nicole North —la presentó Richland—, el señor Thomas Külion Malloy.

—Encantada —dijo ella, muy falsa.

En su voz se notaba un ligero susurro texano, pero Malloy, que tenía un gran oído para los idiomas y los acentos, estaba bastante seguro de que se remontaba a tres o cuatro generaciones.

—¡Siéntese! —exclamó el predicador, agitando una mano en dirección al sofá y el sillón que había en el centro del cuarto—. ¿Quiere tomar algo? ¿Un croissant, café, zumo? Nosotros ya hemos desayunado, pero puedo pedirle algo, si le apetece.

—No, gracias —respondió Malloy; aunque había estado despierto hasta tarde y lo del café sonaba bien, no quería posponer la reunión mientras esperaban el tentempié.

—Pues vamos al grano, ¿qué le parece?

—Necesita traer un cuadro a los Estados Unidos sin tener que pasar por los trámites habituales.

—Es un poco más complicado —repuso Richland; se notaba que no le gustaba la forma en que lo había expresado, y, por primera vez desde la llegada de Malloy, el predicador perdió la sonrisa.

—¿Por qué no me informa?

J. W. Richland miró a Nicole North como si quisiera sentirse más seguro antes de hablar, lo que no resultaba demasiado interesante, ya que el hombre trataba Página 32

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con un experto agente de inteligencia y lo sabía. Era lógico que supusiera que Malloy era capaz de captar una mentira con la misma facilidad con la que las contaba. Lo que Malloy quería saber y no averiguaba atendiendo al lenguaje corporal del predicador era si le estaba contando la misma historia a todo el mundo.

—Adquirí el cuadro hace algunos años, cuando no se tenía tan en cuenta la...

Miró a Nicole North en busca de ayuda.

—Herencia cultural —dijo ella.

—En teoría es algo bueno —siguió Richland después de asentir y repetir la expresión en voz alta—, pero, en la práctica, si empezamos a devolver todo lo que hemos desenterrado en el último siglo... Bueno, ¡habría que cerrar todos los museos del mundo occidental!

—¿Cree que alguien podría tener derecho a reclamar su cuadro?

—Ese no es el problema, señor Malloy. Cualquier reclamación o interferencia haría que no volviera a ver mi propiedad.

Malloy asintió, como si lo aceptase.

La doctora North notó el aparente escepticismo de Malloy.

—El cuadro lo descubrió en un emplazamiento arqueológico hace muchos años mi tío, Jonás Starr.

Esperó a una reacción ante aquel nombre, pero Malloy no la tuvo. Nunca había oído hablar de él.

—Es un retrato de Cristo del siglo XII.

—Cuando lo vi, le dije a Jonás que así era justo como siempre me había imaginado a Cristo —explicó Richland ¿Sabe qué hizo él? ¡Me lo regaló sin más!

—¿Dónde estaba el emplazamiento arqueológico?

Nicole North meditó la pregunta sin responder. Malloy no sabía si estaba inventándose algo o si calculaba cuánto podía contarle.

—Al sur de Turquía —respondió al fin—. No lejos de la ciudad de Altinbasak.

—¿Y creen que el Gobierno turco intentaría reclamarlo?

—Estamos bastante seguros de que lo harían si descubrieran su existencia.

También creemos que contarían con mucho apoyo si nos llevasen ante un tribunal no estadounidense.

—No creo que tengamos problemas una vez esté aquí —añadió Richland con una sonrisa que confirmaba su amistad con el presidente.

—La cuestión es que no estamos seguros de poder confiar en la gente con la que tratamos —le dijo North Es bastante posible que, después del intercambio, alguien decida pasar la información a la aduana suiza. Los suizos son muy conscientes del gran apoyo del doctor Richland al presidente y les encantaría provocar un incidente para avergonzarlo.

—¿Los suizos? —preguntó Malloy, sorprendido. Sabía que los suizos nunca habían aspirado a crear ningún incidente internacional con nadie.

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—No se les ha olvidado la presión de los Estados Unidos en el asunto de las cuentas bancadas de las víctimas del holocausto.

Daba la coincidencia de que Malloy sabía más sobre las cuentas bancarias de las víctimas del holocausto de lo que podía reconocer. También era, en círculos selectos, un experto reconocido en relaciones suizo-estadounidenses.

Que la doctora North pretendiera ser una experta en el asunto indicaba que no lo sabía.

—¿Cuándo exactamente perdió su cuadro, reverendo?

—El invierno pasado —respondió Richland, mirando a Malloy a los ojos.

Era la clase de mirada que utilizaban los aficionados para la Gran Mentira, lo que resultaba extraño, ya que era un detalle sencillo y de poca importancia. Más por curiosidad que por otra cosa, Malloy lanzó una mirada acusadora a Nicole North. A diferencia del predicador, ella no temía mucho su capacidad de discernimiento. En aquel momento, Malloy decidió que le estaban contando la misma historia a todo el mundo. Seguramente al presidente no le interesaba poner en duda a un viejo amigo, pero estaba convencido de que Jane y Charlie no se dejaban engañar tan fácilmente.

—¿El invierno pasado? —preguntó, consiguiendo parecer suspicaz, como si los cuadros rara vez se robaran en invierno.

—En febrero, ¿no, Nicole? —preguntó Richland, agitándose en su asiento como un niño que no quiere estar en la escuela dominical.

—Creo que sí. Sí —respondió ella, mintiendo bastante mejor que el predicador.

Lo cierto era que parecía avergonzada por la incomodidad de Richland.

—Imagino que irían a la policía.

Richland parecía desconcertado y sacudió la cabeza mientras se ruborizaba.

—No, no...

Su vacilación resultaba falsa, pero Malloy pensó que, como mínimo, la había practicado bastante.

—El doctor Richland debe tener mucho cuidado con la información que ofrece al público —explicó North—. En aquel momento nos pareció que si ponía una denuncia acabaría exponiéndose a las peores críticas.

Los dos parecían encantados con la respuesta, así que les sorprendió que Malloy preguntase, incrédulo:

—¿Me intentan decir que ni siquiera informaron a su compañía de seguros?

Daba la impresión de que solo habían pensado en la policía, no en la compañía de seguros, porque Nicole North abrió los ojos un poco más de la cuenta mientras Richland se internaba en territorio desconocido.