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El hombre que murió

D. H. LAWRENCE

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El hombre que murió

D. H. Lawrence

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PRIMERA PARTE

Había una vez, en las proximidades de Jerusalén, un campesino, que adquirió un gallo

de pelea de lamentable aspecto, animal que, en el transcurso de la primavera, llegó a

desarrollar hermosas plumas, y que, para el tiempo en que las higueras pierden las hojas con

que aderezan los extremos de sus ramas, se había convertido, gracias a su curvo gaznate ana-

ranjado, en un magnífico ejemplar.

El labrador era pobre. Vivía en una casucha de adobe, cuyo único desahogo consistía en

un pequeño patio destartalado, donde había crecido una resistente higuera. A diario trabajaba

duro en los olivares, trigales y viñedos de su señor, y siempre regresaba para dormir a aquella

casa de atoba, situada al borde de un sendero. Pero estaba orgulloso de su lozano gallo. En

aquel mismo patio tenía también tres escuálidas gallinas, que ponían unos huevos miserables,

desperdigaban por doquier las escasas plumas que lucían y producían increíbles cantidades de

suciedad. En una de las esquinas, bajo un techado de paja, se cobijaba un asno taciturno que,

con cierta frecuencia, utilizaba el campesino para ir a su trabajo, aunque algunos días lo

dejaba en casa. No hay que olvidar a la esposa del agricultor, una mujer bastante joven, de ce-

jas negras, y no muy inclinada a trabajar, pues sus ocupaciones se limitaban a echar un poco

de grano, o las sobras de las gachas de la comida, a las gallinas, y a segar, con ayuda de una

hoz, algo de forraje verde para el burro.

Con el tiempo, aquel polluelo se convirtió en un gallo que llamaba la atención. Por

algún capricho del destino, en aquel sucio patín, habitado por tres remedos de gallinas, era

todo un gallito. Y pronto aprendió a estirar el cuello y a responder con agudos graznidos al

canto de los otros gallos, que vivían más allá de su cercado, en un mundo desconocido para él.

Emitía con vehemencia su quiquiriquí, porque los reclamos de aquellas aves lejanas le produ-

cían una insólita ansiedad.

"Mira cómo canta" -dijo el campesino, al tiempo que se levantaba de la cama y se

pasaba por la cabeza la túnica de diario.

"Ése puede con veinte gallinas" -replicó la mujer.

El campesino se asomó a la ventana y contempló con orgullo al pollo, aquel gallo

descarado

y

esplendoroso,

que

ya

había

trabado

conocimiento

íntimo

con las tres astrosas gallinas. Pero el gallito ladeaba la cabeza para mejor escuchar los

desafíos de los gallos invisibles y lejanos del mundo desconocido: eran voces fantasmales

que, misteriosamente, le instaban a abandonar su limbo, y a las que respondía con sonoros

desafíos, sin amilanarse jamás.

"El día menos pensado se nos escapa por ahí" -comentó la mujer del campesino.

Así que le tentaron con grano, lo atraparon y, aunque se resistió con alas y patas, le

ataron por una de ellas a una cuerda, y se la ciñeron por encima del espolón; el otro extremo

del cordel lo aseguraron al poste sobre el que descansaba el techado que resguardaba el

reducto del asno.

Una vez libre, el gallo dio unas cuantas zancadas encabritadas, como muestra de su

indignación hacia los humanos; llegó hasta donde la cuerda se lo permitía, dio un tirón y una

sacudida de la pata que tenía atada, y rodó por el suelo al instante. Para horror de las

miserables gallinas, se revolvió con furia en aquella hedionda superficie, hasta que, tras revol-

carse en la inmundicia, consiguió ponerse en pie, postura en la que se mantuvo, como si se

hubiera detenido a reflexionar. Tanto el labrador como su mujer se echaron a reír con ganas, y

el gallito los oyó. Fue entonces cuando supo, con melancólico presentimiento, que estaba

amarrado por una pata.

No volvió a hacer cabriolas, ni a agitar ni a erizar las plumas. Dentro de los límites de la

soga, caminaba con gesto sombrío. Aun así, se las apañaba para apoderarse de las mejores

raciones de comida, y hasta apartaba alguna tajada especialmente suculenta para la que

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consideraba su gallina preferida en cada momento. Incluso se abalanzaba con estremecida y

violenta ferocidad sobre aquel ejemplar de su triple harén que, por descuido, caía dentro de su

campo de acción, mientras emitía imperceptibles y seductores reclamos. Y respondía

desafiante a los cantos de los otros gallos que, al amanecer, se escuchaban más allá de su

limbo.

Pero comenzó a dar muestras de una feroz voracidad en la manera de engullir el

alimento, mientras daba muestras de circunspección en la celebración de sus éxitos, cuando

caía sobre una de aquellas pobres gallinas. Su canto, sobre todo, había perdido el dorado

timbre que lo caracterizaba. Estaba atado por una pata, y lo sabía. Tanto su cuerpo como su

alma y su espíritu estaban unidos a aquella cuerda.

En su fuero interno, sin embargo, su arrojo vital permanecía intacto. Tenía que romper

aquella soga. Y una mañana, justo antes del amanecer, tras despertar con repentinas y

renovadas fuerzas, dio un salto hacia delante, se ayudó con las alas, f la cuerda se rompió.

Emitió un extraño y salvaje graznido, se encaramó de un salto hasta lo alto del cercado y, una

vez allí, cantó con fuerza penetrante. Armó tal escándalo que el campesino se despertó.

En aquel mismo momento, y a la misma hora, anterior a la amanecida, de aquella

misma mañana, un hombre, amortajado, despertaba de un largo sueño. Se sintió frío y

entumecido, en aquel agujero excavado en la roca. Durante su larga modorra, había percibido

que su cuerpo estaba completamente magullado, y aún seguía muy dolorido. Aunque no

abrió los ojos, supo que estaba despierto, anquilosado, helado, agarrotado, dolorido y

amortajado. Gélidas vendas cubrían su rostro, y también sus piernas, juntas. Sólo las manos

tenía libres.

Tomó conciencia de que, si así lo quería, podía moverse. Pero no sintió deseo alguno

de hacerlo. ¿A quién le gustaría volver a la vida después de la muerte? Ante la idea de

realizar cualquier movimiento, notó cómo se removía en su interior una sensación de

profunda náusea. Se sentía realmente mal por el hecho de haber recuperado la conciencia, esa

extraña y desmedida conmoción que había tenido lugar en su ser. No había deseado tal cosa.

Hubiera preferido permanecer allí, en aquel lugar, donde hasta la memoria era como un

pedrusco muerto.

Como cuando se recibe una misiva devuelta, algo había vuelto a él, aunque permanecía

anonadado por la náusea que aquel retorno le producía. Sus manos se movieron de repente;

se alzaron frías, pesadas, doloridas. Las alzó para arrancar de su rostro las vendas que lo

cubrían, para quitárselas de los hombros. Y las dejó caer de nuevo, frías, abotargadas,

entumecidas, doloridas por el movimiento que habían realizado, y sin ganas de llevar a cabo

ninguno más.

Una vez con la cara al descubierto y los hombros en libertad, se quedó tumbado de

nuevo, yaciente, sumido en el reposo de la fría nada de la muerte. Era lo que más le apetecía.

Y casi logró instalarse en la desolada y absoluta nada de quien ya pertenece al otro mundo.

Pero, de repente, cuando ya estaba casi muerto, tensadas por el dolor que sentía en las

muñecas, sus manos se alzaron de nuevo, y comenzaron a desliar las vendas que unían sus

rodillas, y sus pies comenzaron a moverse, a pesar de que aún tenía el pecho helado y como

muerto.

Finalmente, abrió los ojos, en la oscuridad. ¡La misma oscuridad! Aunque debía de

haber una levísima grieta por donde una insoportable luz hendía aquella negra oscuridad. No

fue capaz de levantar la cabeza. Cerró los ojos de nuevo. Una vez más, todo había terminado.

Súbitamente, se recostó, y todo le dio vueltas. Cayeron las vendas. Estaba embutido

entre unas estrechas paredes de piedra, que le provocaron la misma angustia que padecen los

prisioneros. La luz se filtraba por algunas hendiduras. Con un esfuerzo, nacido de la misma

repugnancia que sentía, se inclinó hacia delante, en aquel angosto pozo de piedra, y dirigió

sus manos debilitadas hacia las rocas, hasta el lugar por donde se colaba la luz.

La fuerza le vino de alguna parte, probablemente de la misma repulsión que

experimentaba; se produjo un estruendo, y la luz entró a raudales. El hombre muerto se

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encontró agazapado en su cubil, mientras trataba de hacer frente a aquel insoportable torrente

de claridad, y eso que apenas había amanecido. Hasta él llegó ese único hálito de penetrante

vitalidad con que despunta el día, lo que significaba que estaba completamente despierto.

Muy despacio, con suma lentitud, salió a rastras de aquella celda de piedra, con los

miramientos de quien sabe que ha sufrido gravísimos quebrantos. Dejó atrás vendas, sudario y

aceites perfumados, y se puso en cuclillas, se apoyó en la pared de piedra, y buscó el olvido.

Con inefable dolor, observó cómo sus maltrechos pies tocaban de nuevo el suelo y contempló

aquellas escuálidas piernas, que habían perecido. Sintió dentro de sí un sufrimiento tan

irreconocible, un dolor que tenía tanto que ver con la más completa decepción corporal, que

optó por permanecer de pie, con una de sus maltratadas manos apoyada en el borde del

sepulcro.

¡Estar allí! ¡Estar allí de nuevo, después de todo lo pasado! Contempló las vendas junto

a sus pies muertos y, tras inclinarse, las recogió, las dobló y las introdujo en la cavidad rocosa

que acababa de abandonar. Echó mano a continuación del sudario perfumado, se envolvió en

él, como en una toga, y dirigió sus pasos hacia el pálido estremecimiento del alba.

Estaba solo. Tras haber muerto, se encontraba incluso más allá de la soledad.

Dominado todavía por una sensación de inefable desilusión, el hombre descendió, con

sus pies doloridos, por aquella ladera rocosa, y pasó entre unos soldados que dormían junto a

unos laureles silvestres, arrebujados en mantas de lana. En silencio, con los pies desnudos y

maltrechos, envuelto en el blanco sudario, reparó un instante en los miembros inertes y

hacinados de aquellos sayones. Aunque le resultaba repulsiva la visión de aquellos miserables

cuerpos, no dejó de sentir una cierta compasión. Se dirigió hacia el camino, no fuera a ser que

se despabilasen.

Como no tenía ningún sitio a donde ir, partió en dirección contraria a la de la ciudad

que se encaramaba en las colinas. Despacio, siguió el camino que le alejaba de ella, y dejó

atrás unos olivares, a cuyos pies, bajo el rocío matutino, languidecían rojas anémonas,

rodeadas de hierba prieta, fuerte. El mismo mundo de siempre, la naturaleza, una avalancha

de verdor; un ruiseñor, embriagador y melancólico, que canta dulcemente en unos matorrales

junto a un arroyo; la naturaleza, el mismo e imperecedero mundo, tanto al amanecer como en

el ocaso, y para el cual él ya había muerto.

Con los pies malheridos, continuó su camino, sin pertenecer a este mundo ni al que ha

de venir. Ni de aquí ni de allá; sin ver, pero no ciego, sino aturdido, se alejaba de la ciudad y

sus alrededores, sin dejar de preguntarse por qué lo hacía, dominado por la confusa sensación

que le producía la náusea de la desilusión, pero con una determinación de la que no era del

todo consciente.

Mientras andaba, en aquel estado de semiinconsciencia, junto a las piedras de la cerca

de un huerto de olivos, le llamó la atención el penetrante y estridente canto de un gallo muy

cerca de él, un sonido que le hizo estremecerse, como si hubiera recibido una descarga

eléctrica. Por encima del camino, en una rama, vio a un gallo negro y anaranjado, y a un

campesino, vestido con una túnica gris de lana, encaramado en lo más alto de un olivo. Tras

saltar sobre la hierba, apareció otra vez el gallo negro y anaranjado, con su roja cresta y una

cola de esplendorosas plumas.

"¡Atrapadlo, Señor! -gritó el campesino-; ¡que se me ha escapado!"

Tras esbozar una espontánea sonrisa, el interpelado extendió las enormes alas blancas

de su sudario ante el ave saltarina. El gallo cayó al suelo, sin dejar de graznar y de agitar las

alas. El rústico dio un salto. Se produjo un terrible batir de alas, al que siguió un zumbido de

plumas, hasta que el campesino tuvo a buen recaudo, entre sus brazos, al gallo huido, con las

alas replegadas, aunque el animal aún estiraba denodadamente la cabeza, y los redondos ojos

se le salían de sus blancos párpados.

"¡El gallo, que se me había escapado!" -dijo el labrador, mientras tranquilizaba al pájaro

con la mano izquierda y, sudoroso todavía, contemplaba la cara de aquel hombre envuelto en

un blanco sudario.

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Cuanto más miraba la macilenta y cadavérica cara del hombre que había muerto, más se

descomponía el rostro del campesino, que se había quedado perplejo: aquel rostro de palidez

mortal, al que le había crecido una barba negra, como a los muertos; aquellos oscuros ojos

negros, abiertos como platos, como los de un cadáver; aquellas cicatrices, en su cerúlea frente.

A pesar de toda su sangre fría, aquel hombre de campo se había quedado boquiabierto,

incapaz como un niño de plantar cara a una situación así.

"¡No se asuste! -le dijo el hombre del sudario-; no estoy muerto. Me enterraron antes de

tiempo. Por eso he vuelto a la vida. Aunque si me descubriesen, volverían a hacer lo

mismo..."

Su voz transmitía un eco de antiquísimos agravios. ¡La humanidad! ¡Y más, los

hombres revestidos de autoridad! Tan sólo podía hacer una cosa: fijó sus ojos negros e

indiferentes en la furtiva y ansiosa mirada de aquel campesino, quien se acobardó, inerme

ante aquella expresión de mortal indiferencia, de tan fría como resuelta determinación. Tan

sólo acertó a pronunciar las palabras que más miedo le daban:

"¿Queréis esconderos en mí casa, Señor?"

"Sí; me gustaría descansar. Pero si hace algún comentario a alguien, ya sabe lo que le

ocurrirá, que tendrá que comparecer ante la justicia."

"¿Yo? No diré una palabra. ¡Démonos prisa!"

Con miedo, el campesino echó un vistazo a su alrededor, mientras se preguntaba,

mohíno, por qué se había metido en aquel lío. El hombre de los pies malheridos se encaramó

penosamente al cercado del huerto de olivos, y siguió los pasos apresurados del taciturno la-

brador por el trigal verde que crecía bajo los árboles. Sintió, bajo aquellos pies que habían

muerto, la fría suavidad del trigo nuevo, y percibió con claridad la dureza de su vida apartada.

Contempló, en los salientes de las rocas, los tiernos y alicaídos capullos, grisáceos y

plateados, de unas anémonas rojas. Pero también aquellas flores pertenecían a otro mundo. En

el suyo, el hombre se encontraba solo, desesperadamente solo. Todo lo que veía a su

alrededor formaba parte de un mundo que jamás había perecido. Pero él sí que había muerto,

o le habían matado para sacarlo de ese mundo, y lo único que le quedaba era un gran vacío,

una profunda náusea de amarga decepción.

Llegaron a una casa de adobe. Abatido, el campesino aguardó para ceder el paso a aquel

hombre.

"¡Entrad, entrad! -le dijo-; ¡nadie nos ha visto!"

El hombre del blanco sudario penetró en aquella construcción de barro, seguido por un

rastro de aromas de perfumes exóticos. El campesino cerró la puerta exterior, y franqueó otra

interior que daba al patio, donde se encontraba el asno, tras unos altos muros para que nadie

se lo robase. Con muestras de desasosiego, el campesino ató de nuevo al gallo. El hombre del

rostro como la cera se sentó en una estera cerca del hogar. Se sentía agotado, casi sin sentido.

Desde fuera, le llegó la voz susurrante del campesino: hablaba con su mujer, que había

contemplado toda la escena desde la azotea.

Al poco, entraron ambos, y la mujer se cubrió el rostro. Sirvió un vaso de agua, y puso

un poco de pan y unos higos secos en una bandeja de madera.

"¡Comed, Señor, comed! -dijo el labrador-; nadie nos ha visto"

Aunque el extraño no tenía ninguna gana, mojó un trozo de pan en el agua, y se lo llevó

a la boca. Había que hacer por la vida. Pero toda ansia, hasta la de comer y beber, habían

muerto en él. Se había levantado de su tumba sin desearlo, sin ganas de vivir siquiera, vacío

de todo, menos de la abrumadora decepción que, como una náusea, le inundaba al recordar su

vida pasada. Más profunda quizá que esa desilusión, más incluso que la conciencia

recuperada, era aquella determinación carente de deseos.

El campesino y su mujer permanecían de pie en el marco de la puerta, y le observaban.

Aterrados, se fijaron en las lívidas heridas de aquellas delgadas y pálidas manos, de los

delicados pies, de aquel extraño; en las pequeñas laceraciones de aquella frente aún muerta.

Con miedo, aspiraron el aroma de ricos perfumes que exhalaba su cuerpo, y repararon en el

fino, inmaculado y caro lino. A lo mejor se trataba, en realidad, de un rey muerto, que

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regresaba de la región de las sombras, aunque todavía permaneciera en los helados y remotos

dominios de la muerte, mientras de su cuerpo transparente emanaban aquellos aromas, como

si proviniesen de alguna flor exótica.

Tras haber tomado con dificultad un poco del pan humedecido, alzó los ojos hacia ellos.

Y los contempló tal como eran: limitados, de escasos recursos, carentes de toda gracia en

cuanto a gestos o valor. Así eran: perezosas e inevitables partes del mundo natural. No

poseían ningún rasgo noble, pero el miedo les obligaba a mostrarse compasivos.

Y el extraño se compadeció de ellos, una vez más, porque sabía que reaccionarían

mejor a la afabilidad, aunque sólo correspondieran con su torpe amabilidad.

"No se asusten -les dijo, sosegadamente-. Permítanme que me quede aquí, con ustedes,

un poco de tiempo. No será demasiado. Luego me iré para siempre. Pero no se asusten. Nada

malo les ocurrirá por culpa mía."

Le creyeron al instante, aunque el miedo no les había abandonado. Y ambos le

replicaron:

"¡Quedaos, Señor, el tiempo que queráis! ¡Descansad! ¡Descansad tranquilamente!"

Pero estaban muertos de miedo.

Así que los dejó con sus cosas. El campesino se fue encaramado en el burro. Aunque el

sol ya brillaba en todo su esplendor, en aquella casa oscura, con la puerta cerrada, el hombre

se sintió otra vez como en la tumba. Y dijo a la mujer: "Preferiría echarme un rato fuera, en el

patio".

Ella lo adecentó, y extendió una estera en el suelo. Al resguardo del cercado, el hombre

se tumbó bajo el sol matutino. Desde aquella posición, contempló las primeras hojas verdes,

vibrantes como llamas, en el extremo de las ramas de la higuera, que se perfilaban contra la

desnudez del cielo primaveral. Pero el hombre que había muerto era incapaz de mirar; sólo

estaba tendido al sol, que aún no calentaba demasiado, y no sentía deseo alguno, ni siquiera de

moverse. Inerte por completo, se mostraba yaciente al sol, con sus piernas delgadas, unos

brazos escuálidos y lechosos, mientras sus negros y perfumados cabellos le caían por las

cavidades del cuello. Mientras permanecía en esa posición, las gallinas cloqueaban y

picoteaban, y el gallo que se había escapado se agazapaba en una esquina, cautivo y con la

pata amarrada.

La mujer del campesino estaba asustada. Había mirado a hurtadillas y, tras observar que

no se movía, tembló ante la idea de que hubiera un hombre muerto allí, en su patio. Pero el sol

calentó más; él abrió los ojos, y la miró. Y en aquel instante, de nuevo se sintió atemorizada

ante el hombre que estaba vivo, pero que no hablaba.

Había abierto los ojos, y contemplaba de nuevo el mundo, reluciente como un cristal.

Aquello era la vida, de la que él ya nunca formaría parte. Pero allí estaba, resplandeciente,

fuera de su alcance, como el cielo azul y la desnuda higuera con sus minúsculos brotes verdes.

Tan brillante como un cristal, pero el hombre no se encontraba dentro del mundo, porque

carecía de todo deseo.

Y, sin embargo, allí estaba; no había perecido. Pasó el día en un estado inconsciencia

y, al caer la tarde, entró en la casa. El campesino regresó, pero estaba asustado y no tenía

nada que decir. El extraño tomó unas pocas judías. A continuación, se lavó las manos, se

volvió de cara a la pared y permaneció en silencio. El matrimonio calló también la boca,

mientras contemplaba a su huésped dormido. Dado que el sueño era un estado tan cercano a

la muerte, aún podía dormir.

Cuando el sol salió de nuevo, volvió a tumbarse en el patio. El sol era lo único que le

atraía, lo único que aún ejercía una cierta influencia sobre él, porque le obligaba a anhelar el

fresco aire de la mañana que le penetraba por la nariz, a contemplar el azul del cielo allí

arriba. No le gustaba nada el hecho de que le hubiesen forzado a estar encerrado.

En cuanto salió al patio, el gallo cacareó. Su canto era frío, desganado; en sus graznidos

se percibía algo más profundo que un mero disgusto: la necesidad de vivir, incluso de

proclamar bien alto el triunfo de la vida. El hombre que había muerto se puso en pie, y

observó al gallo que se había escapado, otra vez allí, descompuesto, alzado sobre sus patas,

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con la cabeza estirada y el pico abierto, como un desafío de la vida frente a la muerte.

Continuó con sus arrogantes cacareos que, aunque amortiguados por culpa de la cuerda que

llevaba atada a la pata, no habían dejado de oírse. El hombre que había muerto echó una

ojeada indiferente sobre la vida, y contempló, por todas partes, aquella vasta determinación

que con tanta fuerza se exhibía en la cresta de las olas, tanto en bonanza como con tiempo

revuelto, en las gotas de espuma procedentes del azul invisible, en el gallo negro y anaranjado

o en las lenguas de verdor que brotaban en las ramas de la higuera. Todas las cosas y criaturas

de la primavera se presentaban henchidas de deseo, de ganas de afirmarse. Eran como rizos de

espuma de un enorme, oculto y poderoso mar, procedentes de una azul riada de deseo

incorpóreo, que surgían por doquier, coloreados y tangibles, evanescentes, inmortales en el

momento de su aparición. Y el hombre que había muerto contempló el gran salto a la

existencia de las cosas que no habían muerto, pero no captó su trémulo deseo de existir, de

ser. En su lugar, fijó su atención en aquel insistente y arrogante desafío hacia lo ya existente.

Con aquellos ojos que habían muerto bien abiertos, aunque todavía turbados, el hombre

continuó echado, mientras contemplaba la eterna determinación de la vida. Entretanto, con su

ojo inmóvil y plano, el gallo le devolvía la mirada vidriosa de cualquier ave. Pero el hombre

que había muerto no veía sólo al animal, sino también la instantánea y acerada ola de la vida

de la que el gallo no era más que la cresta. Observó los extraños movimientos de aquel ser

mientras picoteaba y engullía sobras de comida; aquella mirada propia del ojo de la vida,

siempre alerta y vigilante, arrogante y cauteloso; y su canto vital, graznido de triunfo y

afirmación, aunque disminuido por causa de un cordel circunstancial. Y hasta le pareció oír el

extraño parloteo de la vida misma, cuando el gallo imitó con gallardía el cloqueo de su gallina

favorita al poner un huevo, a pesar de que aquel canto del macho adoptara el sepulcral acento

que le imprimía la pata atada a una cuerda. El hombre le arrojó un trozo de pan, y oyó cómo

el animal emitía un arrullo de increíble ternura, al tiempo que zarandeaba y ponía a buen

recaudo el alimento para sus gallinas. Éstas acudieron con voracidad, y se llevaron el trozo de

pan más allá del campo de acción que le permitía el cordel.

Orondo, el macho iba tras ellas, hasta que, de pronto, notó un tirón en el límite de su

atadura que le obligó a desistir: se sintió hundido; decayó su entusiasmo; pareció encogerse;

se habría agazapado en la sombra, a pesar de que aún era joven, como lo re- velaban las

plumas de su cola que, a pesar de tan lustrosas como lucían, aún no se habían desarrollado/

por completo. Aquella misma tarde, la marea de la vida que llevaba dentro le indujo a olvidar

de nuevo. Cuando su gallina preferida comenzó a deambular con indiferencia cerca de él y

emitió su canto para atraerlo, el gallo se precipitó sobre ella, con las plumas erizadas. El

hombre que había muerto observó la inestable y oscilante vibración de aquel pájaro tan

resuelto. Pero no fue en el macho en lo que se fijó, sino en la cresta de la ola de la vida, la

misma que restalla a cada minuto en el vaivén de la marea del océano de la propia vida. Fue

en aquel momento cuando tuvo la sensación de que el destino de la vida le resultaba más

intenso y apremiante que el de la muerte. El hado de la muerte era como una sombra en

comparación con el feroz destino de la vida, con el oleaje de la vida y su determinación.

Cuando cayó el crepúsculo, el campesino regresó a casa en el burro, y comentó:

"¡Señor! dicen que alguien ha robado el cuerpo del huerto, que- la tumba está vacía y que han

retirado la guardia. ¡Malditos romanos! Allí estaban unas mujeres, y lloraba".

El hombre que había muerto miró al hombre que no había muerto.

"Está bien -le dijo-. No comente nada, y estaremos a salvo."

El campesino se sintió aliviado. Tenía aspecto de sucio, de alelado: nunca

resplandecería en él ni siquiera la gallardía de aquel gallo joven, al que había atado por una

pata. Carecía de arrojo. Mas el hombre que había muerto pensó: "¿Por qué debería ser

exaltado? Basta con remover los terrones para airearlos; no es preciso alzarlos. Que la tierra

siga en su sitio, y que plante cara al cielo. Me equivoqué al tratar de ensalzarla, me metí

donde no me llamaban. La reja del arado de la devastación hendirá el suelo de Judea, y la vida

de este campesino será aventada, igual que un tabón. No hay hombre capaz de impedir que la

tierra sea labrada. Se trata de eso, de cultivar, no de salvar...".

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Contempló a aquel campesino, a aquel labrador, con compasión. El hombre que

había muerto no sintió ni el más mínimo deseo de inmiscuirse en el alma del hombre que

no había muerto, y que quizá nunca moriría, aunque sí que habría de retornar a la tierra.

Que, llegado el momento, a ella regrese, y que nadie trate de entrometerse en lo que la

tierra reclama como propio. Y el hombre doliente permitió que el labriego se apartase de

él, porque carecía de la posibilidad de renacer. Sin embargo, el hombre que había muerto

se paró a reflexionar: "Es mi anfitrión".

Al amanecer, cuando se sintió mejor, el hombre que había muerto se levantó y, de

nuevo lentamente, dirigió sus pies ulcerados hacia el huerto, porque en un huerto había

sido traicionado y, también en un huerto, enterrado. Tras rodear unos macizos de laurel,

cerca ya de la pared de la roca, vio que una mujer, vestida de azul y amarillo, rondaba por

la tumba, y que introducía la cabeza, una vez más, por la entrada del sepulcro, honda como

un pozo sin fondo; pero allí no había nada. Se retorció las manos, y sollozó. Cuando se

alejaba, vio al hombre vestido de blanco, de pie, junto a los laureles, y dio un grito, no sin

pensar que se trataba de alguien que la espiaba. Acto seguido, exclamó: "¡Se lo han llevado

de aquí!".

Y el hombre le llamó: "¡Magdalena!".

La mujer se tambaleó, como si fuera a caerse, porque le había reconocido. Y él le dijo:

"¡Magdalena! No tengas miedo. Estoy vivo. Me enterraron demasiado pronto, y he retornado

a la vida. He permanecido oculto en una casa".

Sin saber qué decir, la mujer se postré a sus pies para besarlos.

"No me toques, Magdalena -le reconvino-. ¡Todavía no! Aún no estoy curado, ni he

vuelto a tener contacto con los hombres."

La mujer se echó a llorar, por. e no sabía qué hacer. Y él añadió: "Vamos a otro sitio,

ahí entre los arbustos, donde podamos hablar sin ser vistos".

Con el manto azul y la túnica amarilla, ella le siguió por entre los árboles, hasta que él

se sentó bajo unos mirtos. Y él le dijo: "Todavía no estoy recuperado del todo. ¿Qué habrá

.que hacer de ahora en adelante, Magdalena?".

"¡Maestro! -le respondió-. ¿Cuánto te hemos llorado! ¿Volverás con nosotros?

"Lo que ha concluido, bien acabado está y, para mí, el final ya es pasado -le replicó-.

El curso de agua fluirá hasta que no haya lluvia que lo abastezca; entonces, se secará. Para

mí, aquella vida se acabó."

"¿Y renunciarás a tu victoria?" -le preguntó la mujer, con un dejo de tristeza.

"Mi triunfo -le respondió- consiste en que no estoy muerto. He sobrevivido a mi

misión, y no sé nada más. En eso consiste mi victoria: he sobrevivido a la vida y a la

muerte de mi irrupción en el mundo, pero todavía soy un hombre. Aún soy joven, Mag-

dalena; ni siquiera he alcanzado la edad mediana. Estoy contento de que todo haya

terminado. Así tenía que ser. Pero, ahora, estoy encantado de que todo haya concluido, de

que ya haya pasado el día de mi intromisión. Han muerto en mí el maestro y el salvador. Y

ya puedo dedicarme a mis cosas, a llevar mi propia vida."

Ella le escuchaba sin comprenderle del todo, aunque cierto malestar crecía en su

interior, después de lo que le había oído decir.

"Pero, ¿volverás junto a nosotros?" -preguntó, con insistencia.

"No sé lo que haré -le contestó-. Cuando haya sanado por completo, lo tendré más

claro. Pero mi misión ha concluido, igual que se acabaron mis enseñanzas; la muerte me ha

librado de mi propia salvación. Magdalena, quiero llevar mi propia vida, la que me

corresponda. Se acabó mi vida pública, esa vida en la que yo era importante. Ahora

esperaré en la vida, sin decir nada, sin nadie que me traicione. Quise ser más de lo que

abarcan mis manos y mis piernas, y me traicioné a mí mismo. Sé que juzgué mal al pobre

Judas, porque he muerto, y ahora sé cuáles son mis limitaciones. Ahora puedo vivir sin

luchar para imponerme, porque mi horizonte se acaba en la punta de mis dedos, y mis

pasos no van más allá de donde me lleven mis pies. Sí, yo, el mismo que me entregaba a

las multitudes, aun sin haber estrechado de verdad a nadie entre mis brazos. Pero Judas y

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los sumos sacerdotes me libraron de mi propia salvación, y pronta podré encarar mi

destino, como un hombre que, des de el mar, arriba a cualquier playa, solo, un día cual

quiera al amanecer."

"¿Quieres estar solo en adelante? -le preguntó la mujer-. ¿Qué fue de tu misión? ¿Era

todo mentira?"

"¡Claro que no! Tampoco puede decirse que t s amantes de otro tiempo representaran

nada. Fueren mucho para ti, pero tú recibías más de lo que dabas. Y viniste a mí para que te

salvase de tus propias liviandades. Pero, en lo que se refiere a mi misión , también yo me

excedí: di mucho más de lo que recibí, y también eso produce aflicción y vanidad. Pila-tos

y los sumos sacerdotes me libraron de mis propios excesos salvadores. No pretendas

sobrepasarte en lo que a la vida se refiere, Magdalena, porque eso no es sino otra forma de

morir."

La mujer sopesó tales palabras con amargura, porque había arraigado en su interior

la necesidad de darse por completo, y no soportaba que nadie se lo reprochase.

"¿No volverás con nosotros? ¿Has vuelto tan sólo para ti?"

Percibió el sarcasmo de su pregunta, y contempló aquella hermosa cara, todavía

surcada por una imperiosa necesidad de salvación respecto de la mujer que había sido, la

hembra que manejaba a los hombres a su voluntad. Sobre ella planeaba todavía, como una

sombra, la necesidad de verse libre de la decrépita y contumaz Eva, que a tantos hombres

había abrazado, de quienes había recibido mucho más de lo que había dado. Otra forma de

perdición, sin embargo, pendía sobre ella: quería dar todo, sin recibir nada. Y eso también

resulta excesivo, cruel, para un cuerpo acogedor.

"No he resucitado de entre los muertos para ir en busca de la muerte otra vez" -le

replicó.

La mujer clavó sus ojos en él, y observó el cansancio marcado en su lívido rostro, la

tremenda desilusión de sus ojos negros, así como la indiferencia que la sustentaba. Al ver

cómo le miraba, se dijo para sí: "Ahora resultará que mis propios discípulos querrán que

muera de nuevo, y todo porque he regresado de una forma distinta a como ellos

esperaban".

"Pero, ¿volverás con nosotros, vendrás a vernos? ¿Con nosotros, que tanto te

amamos?" -le preguntó. Con una leve sonrisa, le respondió que sí. Y añadió: "¿Tienes algo

de dinero? ¿Me prestarías unas cuantas monedas? Te lo agradecería".

No llevaba mucho encima, pero se sintió encantada de ofrecérselo.

"¿Qué te parecería -le preguntó él-, si me fuera a tu casa, a vivir contigo?"

Ella le observó con sus enormes ojos azules, que emitían un extraño destello.

"¿Ahora mismo?" -le preguntó, con una singular entonación triunfal.

Y él, que en aquel momento se achicaba ante cualquier clase de victoria, propia o de

los demás, le contestó: "¡Ahora mismo, no! Más adelante, cuando esté curado, y... haya

vuelto a entrar en contacto con la carne".

Titubeó. Y supo en su corazón que nunca iría a vivir a casa de ella, porque se había

percatado de aquel fulgor triunfal en sus ojos, de la imperiosa necesidad de dar. Con

éxtasis, arrobada, ella le susurró: "Bien sabes que abandonaría todo por ti".

"¡No, no! ¡No es eso lo que te he preguntado!" 1

Como una lanzada en las entrañas, le invadió de nuevo una sensación de asco, la

enorme náusea de la desilusión en cuanto a la vida que había conocido, y se acurrucó

bajo los mirtos, sin fuerzas, aunque con los ojos abiertos. Ella le contempló de nuevo, y

comprendió que no era el Mesías. El Mesías no había resucitado: todo, entusiasmo,

ardiente pureza, arrobamiento juvenil, todo se había desvanecido. No era más que un

hombre de mediana edad, descorazonado, dominado por una insuperable desgana, y con

una voluntad tan firme que no habría amor capaz de doblegarla. No era el Maestro a

quien había adorado, el joven exaltado y espiritual, aquel que había conmovido su alma.

Estaba más cerca de los amantes que había conocido antes, pero poseído por una

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indiferencia mucho más acentuada en lo relativo a cuestiones personales, mucho menos

sensible.

Y se vio despojada de su extático y angustioso sentimiento de adoración. Aquel

hombre resucitado representaba la muerte de sus sueños.

"Debes irte ahora -le dijo-. No me toques, porque pertenezco aún a la muerte.

Regresaré a este mismo lugar dentro de tres días. Ven si quieres, al alba, y hablaremos

de nuevo."

Conturbada y apesadumbrada, se alejó de su lado. Mas, mientras caminaba, su

mente desechó la amarga realidad, recreó su capacidad de éxtasis y asombro, y decidió

que el Maestro había resucitado, que no estaba muerto. ¡Había regresado el Salvador, el

único capaz de ensalzar, el hacedor de maravillas! Había resucitado, y no como hombre,

sino corno el mismo Dios: la carne no podía rozarle, y sería arrebatado al Paraíso. Se

trataba del más glorioso y fantasmagórico de los milagros.

Mientras tanto, el hombre que había muerto se recogió en sí mismo y, lentamente,

recorrió la distancia que le separaba de la casa del campesino. Se sentía feliz de regresar a

aquel lugar, lejos de Magdalena y de sus propios discípulos. Porque aquellos labradores

participaban de la inercia de la tierra y le permitirían descansar, sin atosigarle.

La mujer estaba en la azotea; le buscaba con la mirada. Tenía miedo de que se hubiera

marchado, porque su presencia en la casa había tenido sobre ella el mismo efecto que un vino

delicado. Se apresuró a abrirle la puerta.

"¿Dónde habéis estado? -le preguntó-; ¿por qué os fuisteis?"

"He ido a dar un paseo por el huerto. He visto a una persona amiga, que me ha

prestado algo de dinero. Aquí tiene."

Y extendió su esquelética mano con la pequeña suma que representaba todo lo que

Magdalena le había entregado. Como no andaban bien de dinero, brillaron los ojos de la

mujer del campesino, quien exclamó: "¡Oh, Señor! ¿De verdad es para mí?".

"¡Ahí lo tiene! -le replicó-; sirve para comprar pan, y el pan nos da vida."

Y fue a tumbarse de nuevo en el patio, del todo aliviado por encontrarse otra vez solo.

Con aquellos campesinos podía estar a solas, cosa que sus propios amigos jamás le

permitirían. En la seguridad que le daba aquel patio, hasta el gallito le resultaba agradable,

incluso si graznaba con aquel incomparable entusiasmo suyo por la vida, aun cuando su canto

finalizase en la insalvable humillación de estar atado por una pata. Aquel día el burro estaba

en el cobertizo, y meneaba el rabo. El hombre que había muerto se tumbó, y se apartó de la

vida por completo, dominado por la enfermedad de la muerte en vida.

Pero la mujer le llevó vino, agua y unos dulces; se despabiló; y comió un poco por

complacerla. Hacía calor aquel día y, cuando ella se agachó para servirle, él contempló, bajo

su túnica, cómo se agitaban los pechos de aquel humilde cuerpo. Supo que ella, joven y no

desagradable como era, anhelaba que él la deseara. Y él, que nunca había conocido mujer, la

hubiera deseado de haber podido. Pero no sentía ningún deseo de ella, aunque se sintió

ligeramente atraído por aquel humilde cuerpo inclinado. Era incapaz de fundirse con los

pensamientos, con la vida interior de aquella mujer. Ella estaba encantada con el dinero, y

ahora quería conseguir algo más de él. Y deseó que aquel cuerpo la estrechara. Pero su pobre

alma era seca, corta de miras y pacata, y, aunque su cuerpo experimentaba cierto deseo,

carecía del sentido de cálido agradecimiento ante un regalo. En voz baja, él le dirigió unas

palabras afables, y se dio la vuelta. Se sentía incapaz de tocar aquel pequeño y triste cuerpo:

ni la pobre y limitada vida de aquella mujer, ni la de ningún otro ser. Sin dudarlo siquiera, se

apartó de todo aquello.

Aunque hubiera resucitado, había caído en la cuenta, finalmente, de que también el

cuerpo gozaba de una vida propia a su manera, aunque, más allá de él, se extendiese la vida

con mayúsculas. Era virgen, y le echaba para atrás la pobretona, pero ansiosa, vida de los

cuerpos de cada cual. Ahora sabía que también la virginidad es una forma de deseo, y que el

cuerpo está siempre dispuesto a dar y a tomar, a tomar y a dar, sin medida. Se daba cuenta

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también de que había regresado por una mujer, por las mujeres, esos seres que saben de la

vida, con mayúsculas, del cuerpo, que no conocen límites para dar ni para tomar, y con las

que podría fundir su propio cuerpo. Pero como había muerto, se había cargado de paciencia,

porque sabía que tenía tiempo, toda una eternidad. Y no se dejaba guiar por impetuosos

deseos, como tampoco se permitía entregarse a los demás ni adueñarse de nada para sí, porque

había muerto.

El campesino regresó del trabajo, y le comentó: "Señor, gracias por el dinero; pero no

era lo que pretendíamos: todo lo que tenemos es vuestro".

El hombre que había muerto se sintió entristecido, porque allí estaba aquel labrador, en

el pobre y limitado cuerpo que le había tocado en suerte, mientras sus ojos brillaban

astutamente con la esperanza de mayores y posteriores recompensas en forma de dinero.

Cierto que el campesino le había cobijado gratuitamente, y había corrido el riesgo de no

recibir nada a cambio. Pero las esperanzas que albergaba acrecentaban su sagacidad, porque

no de otra madera están hechos los seres humanos. Cuando el agricultor se aproximó para

ayudarle a incorporarse, porque ya había anochecido, el hombre que había muerto le dijo: "No

me toque, hermano, porque aún no he subido al Padre".

El sol brilló aún un instante en toda su plenitud, y el gallo joven pareció más lustroso.

Pero el campesino aseguró la cuerda, y el animal se sintió prisionero. Como, en aquel ser, la

llama de la vida había alcanzado el punto de consunción, el ave miró de soslayo y con

arrogancia al hombre que había muerto. Éste sonrió afablemente al animal, y le dijo: "Seguro

que, de entre todas las aves, tú has subido ya al Padre". A modo de respuesta, el gallo emitió

un graznido.

Cuando, al amanecer del tercer día, el hombre se dirigía al huerto, caminaba absorto,

sin dejar de pensar en la vida del cuerpo con mayúsculas, la que va más allá de la pequeña y

limitada vida de cada cual. Dejó atrás los tupidos macizos de laurel y mirtos, y se llegó hasta

la roca, cuando, de pronto, observó que había tres mujeres junto a la tumba. Una era

Magdalena; otra era aquella mujer que había sido su madre; la tercera resultó ser una mujer a

quien conocía, llamada Juana. Alzó la vista y miró a las tres. Ellas le vieron, y sintieron

miedo.

Se paró a cierta distancia, porque sabía que le iban a exigir que regresase físicamente.

Pero él no quería volver con ellas en modo alguno. Desde su palidez, en aquella mañana gris

que amenazaba lluvia, las vio y se alejó. Pero Magdalena echó a correr tras él.

"No he sido yo quien las ha traído -le dijo-; vinieron por sí mismas. Te he conseguido

más dinero... ¿No vas a hablar con ellas?"

La mujer le dio unas monedas de oro; él las tomó, y repuso: "¿Puedo quedarme con este

dinero? Lo necesitaré. No puedo hablarles, porque aún no he subido al Padre. Tengo que

irme".

"Y, ¿adónde vas?" -gritó la mujer.

Él la miró, y percibió cómo se aferraba al hombre que en él había muerto, y que muerto

estaba; al hombre que había sido en su juventud, cuando llevaba a cabo su misión, al casto y

apocado; a lo que había sido su vida con minúsculas, cuando daba sin tomar nada a cambio.

"¡Tengo que subir hasta el Padre!" -le respondió.

"¿Vas a dejarnos así? ¡Ahí tienes a tu madre!" -le espetó, con aquella angustia familiar,

que todavía le resultaba agradable.

"Debo ascender hasta mi Padre" -le replicó-. Dio unos pasos hacia atrás, en dirección a

los matorrales, se volvió y se fue, mientras decía para sí: "No pertenezco a nadie, y carezco de

ataduras; misión o evangelio se han alejado de mí. Y aun así no puedo hacer mi propia vida.

¿Qué tengo que salvar?.. Aprenderé a estar solo".

Y regresó a casa del campesino, al patio en el que estaba el gallo joven, atado por una

pata, con un cordel. Y no deseó estar con nadie, porque era mejor permanecer a solas, y la

presencia de la gente le hacía sentirse solo. El sol y el sutil ungüento de la primavera curaron

sus quebrantos. Hasta comenzó a cerrarse la herida abierta de la desilusión que le traspasaba

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las entrañas. Y también notaba los progresos de la curación en cuanto a lo que necesitaba de

hombres y mujeres, en el ardor que ponía en poseerlos y en verse salvado gracias a ellos. Algo

había sucedido entre él y el género humano, porque, en adelante, se aproximaría a ellos sin

entrometerse, sin apremiar. Y comentó para sí: "Traté de forzarles a vivir; por eso, ellos me

obligaron a morir. Siempre ocurre eso cuando alguien atosiga: la cautela frena cualquier

avance. Ha llegado mi hora de estar solo".

En consecuencia, no volvió por el huerto. Pero gustaba de tumbarse y mirar al sol; de

caminar, al atardecer, entre los olivos retorcidos o por el trigo verde, que crecía un palmo cada

día que hacía bueno. Y no dejaba de pensar: "Qué bien que ya haya concluido mi misión, y

que me encuentre más allá de todo. Ahora podré estar solo, y que las cosas sigan su curso, que

la higuera sea estéril si ése es su deseo, o que los ricos puedan serlo sin más. Lo que haga,

sólo de mí depende".

Y los verdes brotes de las hojas de la higuera se desarrollaron con ayuda de la brillante,

traslúcida y verde sangre del árbol. Y el gallo joven mejoró, y se puso más lustroso con el

calor del sol, aunque seguía atado por una pata, con un cordel. Y el ocaso resultó aún más

impresionante, cada vez más lejos de las bocanadas de aquel aire dorado y rojo. El hombre

que había muerto tomó conciencia de todo eso, y pensó:

"La Palabra es como una mosca que nos molesta al anochecer. El hombre vive

atormentado por las palabras, que son como moscas, y que le persiguen hasta la tumba,

aunque éstas no puedan ir más allá. Yo ya me encuentro en una posición en la que las palabras

no pueden morderme, y el aire está limpio, y no hay nada que decir: estoy a solas, dentro de

mi propia piel, que es como la cerca de mi propiedad."

Se curó de sus heridas, y disfrutó de la inmortalidad de estar vivo, ajeno a toda

inquietud. Porque en la tumba se había despojado de los lazos que conocemos como

preocupaciones; allí había dejado el deseo de imponerse, que se afirma y se hace valer por sí

mismo. Curado del desprendimiento de su propio ser, complacido en su fuero interno, sonrió

para sus adentros en absoluta soledad, que es también una forma de inmortalidad.

Y se dijo: "Vagaré por la tierra, y no diré nada, porque nada resulta tan maravilloso

como estar a solas, apartado, en un mundo de fenómenos cambiantes. No me fijé bien: cuando

estaba en él, me cegó mi propia confusión. Erraré por el conmovedor y agitado mundo

exterior, porque sólo la emoción, que vive en todas las cosas, me permite estar en perfecta

soledad".

Hablaba consigo mismo, y decidió hacerse médico, porque todavía conservaba el poder

de sanar a cualquier adulto o niño que le moviesen a compasión. Se cortó el pelo y se afeitó la

barba, según los usos del momento, y sonrió para sus adentros. Se compró unas sandalias, una

túnica adecuada y se cubrió la cabeza para ocultar todas aquellas pequeñas cicatrices. Y el

campesino le preguntó: "Señor, ¿os iréis de nuestro lado?".

"Sí, porque ha llegado la hora de que vuelva con los hombres." Entregó una moneda al

labrador, y le dijo: "Déme el gallo que se escapó, y que tiene atado por la pata. Quiero

llevármelo conmigo".

A cambio de la moneda, el campesino le entregó el ave al hombre que había muerto. Y,

al amanecer, el hombre que había muerto orientó sus pasos hacia el mundo exterior, para

verse saciado de su propia soledad en medio de él. Pero ni siquiera entonces estaba

completamente a solas, ya que, bajo el brazo, y mientras caminaba, llevaba el gallo, cuya cola

ondeaba alegremente por detrás, y que estiraba la cabeza, preso de gran agitación, porque se

aventuraba también, por vez primera, en el anchuroso mundo exterior, que capaz es de

conmover hasta el cuerpo de los gallos. La mujer del campesino derramó unas lágrimas, y se

metió en casa, como campesina que era, para echar otro vistazo a las monedas. Hasta le

pareció que aquellas piezas de metal emitían maravillosos destellos.

Era un día soleado aquél en el que el hombre que había muerto se echó a andar. A

medida que caminaba, miraba a todas partes; se hizo a un lado al paso de una recua que iba en

dirección a la ciudad. Y se dijo:

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"¡Sucio y limpio a un tiempo! ¡Qué extraño es el ancho mundo de las cosas! Soy el

mismo, pero me siento apartado, mientras la vida bulle de maneras distintas. ¿Por qué me

empeñaría en que ese borboteo fuera idéntico para todos? ¿Qué es lo que he predicado? Es

más fácil que un sermón se apelmace como el fango, o se ciegue como un manantial, a que

eso ocurra con un salmo o con un cantar. Me confundí. Y entiendo que me ajusticiaran por

haber predicado. Aunque, finalmente, no lo han conseguido, porque he resurgido en mi propia

soledad, y heredo la tierra, puesto que ya no tengo pretensiones sobre ella. Estaré solo en

medio de este barullo. Para siempre, y esto es lo primero y fundamental, estaré solo. Tengo

que arrojar a este pájaro a ese hervidero, porque tiene que hacer su vida. ¡Con qué pasión la

contempla! En algún sitio, muy pronto, lo dejaré con unas gallinas. Y quizás alguna noche

encuentre yo a una mujer que espabile mi cuerpo resucitado, sin que deba renunciar a mi

soledad. Porque ha muerto el deseo en mi cuerpo, y ya no pertenezco a ningún sitio, bien lo

sé. Este gallo resplandece en su estruendosa soledad, y aun así es capaz de dar respuesta a la

llamada de las gallinas. Tengo que darme prisa en llegar a aquel pueblo que está más adelante,

encaramado en la colina. Porque ya estoy cansado y me siento débil, y quiero cerrar los ojos a

todo lo que me rodea."

Al apresurar la marcha con la esperanza de llegar pronto, alcanzó a dos hombres, que

caminaban despacio, mientras charlaban. Como sus pasos eran sigilosos, les oyó que hablaban

de él. Y los reconoció, porque les había conocido durante su vida, en el tiempo de su misión.

Les saludó, pero no se dio a conocer, a la luz del atardecer. Ellos no se dieron cuenta de que

se trataba de él. Y les preguntó:

"¿Qué fue de aquel hombre que decía ser rey y que fue condenado a muerte por ello?"

Con una sombra de suspicacia, ellos le respondieron: "¿Por qué quieres saber de él?".

"Le conocí, y he pensado muchas veces en él" -fue su respuesta.

Ellos le aseguraron: "Ha resucitado".

"¡Vaya! Y, ¿dónde se encuentra? ¿Cómo vive?"

"No lo sabemos, porque no nos ha sido revelado. Sólo sabemos que ha resucitado y que,

dentro de poco, subirá al Padre."

"¡Ya! Y, ¿dónde está su Padre?"

"Si no lo sabes, es que eres un gentil. Su Padre está en los cielos, sobre las nubes y el

firmamento."

"¿De verdad? Y, ¿cómo ascenderá hasta allí?" "Será arrebatado en toda su gloria, como

Elías, el profeta."

"¿Hasta el cielo?"

"Así es."

"Entonces no habrá resucitado en carne y hueso." "Ha resucitado en carne y hueso."

"Y, ¿ascenderá así al cielo?"

"Nuestro Padre de los cielos se lo llevará con Él."

El hombre que había muerto no dijo nada más, porque no tenía nada más que decir, y

las palabras sólo engendran palabras, como los mosquitos. Pero, los dos hombres le

preguntaron: "¿Por qué llevas un gallo?".

"Soy curandero -les respondió-, y el gallo tiene poderes."

"¿No eres creyente?"

"¡Sí! Creo que este ave rebosa de vida y poderes."

Tras decir esto, siguieron su camino en silencio. Pero él se percató de que no les había

gustado su respuesta. Y sonrió para sí, porque los hombres de mente estrecha son uno de esos

peligrosos fenómenos que se dan en el mundo, ya que niegan el derecho de sus semejantes a

permanecer solos. Cuando llegaban a las afueras del pueblo, el hombre que había muerto se

plantó ante ellos, a la luz del crepúsculo, y les preguntó con su voz de antes: "¿No me

reconocéis?"."¡Maestro!" -exclamaron, llenos de miedo.

"¡Sí!" -les respondió, con un amago de sonrisa-. Pero torció de repente por una

callejuela lateral, y cruzó las murallas antes de que tuvieran tiempo de reaccionar.

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Llegó a una posada, donde había unos burros en el patio. Pidió unos buñuelos, y se los

prepararon. Luego, se quedó dormido en un cobertizo. A la mañana siguiente, le despertó un

tremendo graznido, al tiempo que el canto del gallo que llevaba le retumbaba en los oídos. Y

vio al gallo de la posada, seguido por numerosas gallinas, que se aprestaba a pelear. Entonces,

el ave del hombre que había muerto aleteó hacia adelante, y comenzó una pelea entre ambos.

El posadero acudió a toda prisa para poner a salvo a su animal, pero el hombre que había

muerto le dijo: "Si gana mi gallo, te lo regalo; si pierde, podrás comértelo".

Los dos lucharon encarnizadamente, hasta que el gallo del hombre que había muerto

acabó con la vida del de la posada. Y el hombre que había muerto habló así al animal: "Tú al

menos has alcanzado ya tu reino, y las hembras adecuadas. Tu soledad llegará a ser

esplendorosa gracias al seductor aderezo de las gallinas".

Y allí abandonó al gallo, y se fue para introducirse más en el mundo exterior, que no es

sino un vasto complejo de enredos y alicientes. Y se hizo a sí mismo una última pregunta:

"¿De qué y para qué habría que salvar a este torbellino?".

Siguió su camino, a solas. Pero los pálpitos del mundo le parecían increíbles, a medida

que observaba, por todas partes, aquel peculiar enredo de pasiones, circunstancias y

coacciones, como si no hubiese nada más que el pavoroso insomnio del apremio. Lo que

volvía locos a los hombres era el miedo, el temor ante la muerte definitiva. Y se vio obligado

a cambiar de lugar continuamente, porque si permanecía en un mismo sitio, sus vecinos

percibían el dominio que tenía sobre ese miedo y recibía amenazas. No había nada que

pudiera hacer, porque, como en una insana afirmación de su propio ser, todo trataba de

apremiarle, lo que representaba una violación de su soledad intrínseca. Una única obsesión se

hacía presente en todas las ciudades, en todas las sociedades, hasta en cada uno de sus

anfitriones: atosigar a cada hombre, a todos los humanos. Porque todos, hombres y mujeres

por igual, estaban locos por culpa de aquel miedo egoísta ante su propia nada. Y pensaba en lo

que había sido su misión, en cómo había luchado por que aflorase el amor en todos los hom-

bres. Y sintió de nuevo la antigua náusea, porque no había relación posible sin que se

produjese un intento, aunque sutil, de llevar a cabo algún tipo de apremio. Y él ya había sido

urgido bastante, incluso hasta la muerte. La náusea abrió sus viejas heridas y las dejó en carne

viva, y contempló de nuevo el mundo, pero con repulsión, temeroso ante su sórdido contacto.