El Evangelio de hoy- Octubre 2012 por Alfredo Ramos - muestra HTML

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LUNES 01

LUCAS 9, 46-50

 El texto se ilumina. Si anteriormente Lucas nos presentaba cómo se reunían los hombres en torno a Jesús para reconocerlo por la fe, para escucharlo y presenciar sus curaciones, ahora se abre una nueva etapa de su itinerario público. La atención a Jesús no monopoliza ya la actitud de la muchedumbre, sino que Jesús se nos presenta como el que poco a poco es quitado a los suyos para ir al Padre. Este itinerario supone el viaje a Jerusalén. Cuando está a punto de emprender este viaje, Jesús les revela el final que le espera (9,22). Después se transfigura ante ellos como para indicar el punto de partida de su “éxodo” hacia Jerusalén. Pero inmediatamente después de la experiencia de la luz en el acontecimiento de la transfiguración, Jesús vuelve a anunciar su pasión dejando a los discípulos en la inseguridad y en la turbación. Las palabras de Jesús sobre el hecho de su pasión, “el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres”, encuentran la incomprensión de los discípulos (9,45) y un temor silencioso (9,43).


• Jesús toma a un niño. El enigma de la entrega de Jesús desencadena una disputa entre los discípulos sobre a quién le corresponderá el primer puesto. Sin que sea requerido su parecer, Jesús, que como el mismo Dios lee en el corazón, interviene con un gesto simbólico. En primer lugar toma a un niño y lo pone junto a él. Este gesto indica la elección, el privilegio que se recibe en el momento en que uno pasa a ser cristiano (10,21-22). A fin de que este gesto no permanezca sin significado, Jesús continúa con una palabra de explicación: no se enfatiza la “grandeza” del niño, sino la tendencia a la “acogida”. El Señor considera “grande” al que, como el niño, sabe acoger a Dios y a sus mensajeros. La salvación presenta dos aspectos: la elección por parte de Dios simbolizada en el gesto de Jesús acogiendo al niño, y la acogida de Jesús (el Hijo) y de todo hombre por parte del que lo ha enviado, el Padre. El niño encarna a Jesús, y los dos juntos, en la pequeñez y en el sufrimiento, realizan la presencia de Dios (Bovon). Pero estos dos aspectos de la salvación son también indicativos de la fe: en el don de la elección emerge el elemento pasivo, en el servicio, el activo; son dos pilares de la existencia cristiana. Acoger a Dios o a Cristo en la fe tiene como consecuencia acoger totalmente al pequeño por parte del creyente o de la comunidad. El “ser grandes”, sobre lo cual discutían los discípulos, no es una realidad del más allá, sino que mira al momento presente y se expresa en la diaconía del servicio. El amor y la fe vividos realizan dos funciones: somos acogidos por Cristo (toma al niño), y tenemos el don singular de recibirlo (“el que acoge al niño, lo acoge a él y al Padre”, v.48). A continuación sigue un breve diálogo entre Jesús y Juan (vv-49-50). Este último discípulo es contado entre los íntimos de Jesús. Al exorcista, que no forma parte del círculo de los íntimos de Jesús, se le confía la misma función que a los discípulos. Es un exorcista que, por una parte, es externo al grupo, pero por la otra, está dentro porque ha entendido el origen cristológico de la fuerza divina que lo asiste (“en tu nombre”). La enseñanza de Jesús es evidente: un grupo cristiano no debe poner obstáculos a la acción misionera de otros grupos. No existen cristianaos más “grandes” que otros, sino que se es “grande” por el hecho de ser cada vez más cristiano. Además, la actividad misionera debe estar al servicio de Dios y no para aumentar la propia notoriedad. Es crucial el inciso sobre el poder de Jesús: se trata de una alusión a la libertad del Espíritu Santo cuya presencia en el seno de la Iglesia es segura, pero puede extenderse más allá de los ministerios constituidos u oficiales

 

MARTES 02

 

MATEO 18, 1-5.10

• Aquí, en el capítulo 18 del evangelio de Mateo inicia el cuarto gran discurso de la Nueva Ley, el Sermón de la Comunidad. Como se dijo anteriormente (el 9 de junio de 2008), el Evangelio de Mateo, escrito para las comunidades de los judíos de Galilea y Siria, presenta a Jesús como el nuevo Moisés. En el AT, la Ley de Moisés fue codificada en los cinco libros del Pentateuco. Imitando el modelo antiguo, Mateo presenta la Nueva Ley, en cinco grandes Sermones: (a) El Sermón de la Montaña (Mt 5,1 a 7,29); (b) El Sermón de la Misión (Mt 10,1-42); (c) El Sermón de las Parábolas (Mt 13,1-52); (d) El Sermón de la Comunidad (Mt 18,1-35); (e) El Sermón del Futuro del Reino (Mt 24,1 a 25,46). Las partes narrativas, intercaladas entre los cinco Sermones, describen la práctica de Jesús y muestran cómo practicaba y encarnaba la nueva Ley en su vida.


• El evangelio de hoy trae la primera parte del Sermón de la Comunidad (Mt 18,1-14) que tiene como palabra clave los “pequeños”. Los pequeños no son los niños, sino también las personas pobres y sin importancia en la sociedad y en la comunidad, inclusive los niños. Jesús pide que estos pequeños estén en el centro de las preocupaciones de la comunidad, pues "el Padre no quiere que ni uno de estos pequeños perezca" (Mt 18,14).


• Mateo 18,1: La pregunta de los discípulos que da pie a la enseñanza de Jesús. Los discípulos quieren saber quién es el mayor en el Reino. Sólo el hecho de que ellos hicieran esa pregunta revela que habían entendido poco o nada del mensaje de Jesús. El Sermón de la Comunidad, todo ello, es para hacer entender que entre los seguidores y las seguidoras de Jesús tiene que estar vivo el espíritu de servicio, de entrega, de perdón, de reconciliación y de amor gratuito, sin buscar el propio interés y autopromoción.


• Mateo 18,2-5: El criterio básico: el menor es el mayor. Los discípulos quieren un criterio para poder medir la importancia de las personas en la comunidad: "¿Quién es el mayor en el Reino de los Cielos?". Jesús responde que el criterio son ¡los niños! Los niños no tienen importancia social, no pertenecen al mundo de los grandes. Los discípulos tienen que hacerse como niños. En vez de crecer hacia arriba, tienen que crecer hacia abajo, hacia la periferia, donde viven los pobres, los pequeños. ¡Así serán los mayores en el Reino! Y el motivo es éste: “¡Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe!” Jesús se identifica con ellos. El amor de Jesús hacia los pequeños no tiene explicación. Los niños no tienen mérito. Es la pura gratuidad del amor de Dios que aquí se manifiesta y pide ser imitada en la comunidad por los que se dicen discípulos y discípulas de Jesús.


• Mateo 18,6-9: No escandalizar a los pequeños. Estos cuatro versículos sobre el escándalo de los pequeños fueron omitidos en el texto del evangelio de hoy. Damos un breve comentario. Escandalizar a los pequeños significa: ser motivo para que los pequeños pierdan la fe en Dios y abandonen la comunidad. Mateo conserva una frase muy dura de Jesús: “Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar”. Señal de que en aquel tiempo muchos pequeños ya no se identificaban con la comunidad y buscaban otros amparos. Y ¿hoy? En América Latina, por ejemplo, cada año alrededor de 3 millones de personas abandonan las iglesias históricas y se van hacia las iglesias evangélicas. Señal de que no se sienten en casa entre nosotros. Y muchas veces son los más pobres los que nos abandonan. ¿Qué nos falta? ¿Cuál es la causa de este escándalo de los pequeños? Para evitar el escándalo, Jesús manda cortar la mano o el pie o arrancar el ojo. Esta frase no puede tomarse al pie de la letra. Significa que hay que ser muy exigente en el combate contra el escándalo que aleja a los pequeños. No podemos permitir, de forma alguna, que los pequeños se sientan marginados en nuestra comunidad. Pues, en este caso, la comunidad dejaría de ser una señal del Reino de Dios.


• Mateo 18,10-11: Los ángeles de los pequeños están en presencia del Padre. Jesús evoca el salmo 91. Los pequeños hacen de Yavé su refugio y toman al Altísimo como defensor (Sal 91,9) y, por esto: “No podrá la desgracia dominante ni la plaga acercarse a tu morada, pues ha dado a sus ángeles la orden de protegerte en todos tus caminos. En sus manos te habrán de sostener, para que no tropiece tu pie en alguna piedra”. (Sal 91,10-12).

 

MIÉRCOLES 03

LUCAS 9, 57-62

VERSÍCULOS 57-62: ASPIRANTES A DISCÍPULOS

 

57Y aconteció que yendo ellos, uno le dijo en el camino: Señor, te seguiré donde quiera que fueres.  58Y le dijo Jesús: Las zorras tienen cuevas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recline la cabeza.  59Y dijo a otro: Sígueme.  Y él dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre.  60Y Jesús le dijo: Deja los muertos que entierren a sus muertos; y tú, ve, y anuncia el reino de Dios.  61Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor; mas déjame que me despida primero de los que están en mi casa.  62Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano al arado mira atrás, es apto para el reino de Dios.

 

 

Jesús, que está yendo hacia Jerusalén (sinónimo de la cruz) no ofrece un discipulado fácil. En estos versículos, él clarifica la naturaleza extrema de su llamado. Quienes quieren seguirlo tienen que considerar primero el costo, porque compartirán el sufrimiento de Cristo. No deben darle prioridad a ninguna otra cosa sobre Cristo, ni siquiera a las buenas cosas. “La radicalidad de las palabras de Jesús está en el reclamo de prioridad sobre lo mejor, no lo peor, de las relaciones humanas. Jesús nunca dijo que había que escogerlo a él en vez de al diablo, sino escogerlo a él por encima de la familia y lo remarcable es que quienes han hecho eso han sido liberados de poseer e idolatrar a la familia y han encontrado la distancia necesaria para amarlos” (Craddock, 144).

 

“Y aconteció que yendo ellos, uno le dijo en el camino: Señor, te seguiré donde quiera que fueres. Y le dijo Jesús: Las zorras tienen cuevas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recline la cabeza” (vv. 57-58). El compromiso de este hombre parece fuerte. Ofrece seguir a Jesús “adondequiera”, pero Jesús ofrece solamente “ningún lado”. Desde el principio Jesús “se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo” (Filipenses 2:7). Se humilló a sí mismo desde el principio de su vida, nacido en un establo y teniendo un pesebre por cuna. Se humillará a sí mismo al final de su vida, muriendo en una cruz. En medio de todo ello, él concentra su energía en servir más que en su comodidad personal, y espera que sus discípulos hagan lo mismo. Él bendice el servicio por sacrificio.

 

Nos sorprende la aguda respuesta de Jesús a la disposición al discipulado de este hombre. La razón puede ser que Jesús ve más profundamente en el corazón de lo que podemos hacerlo nosotros. Él piensa que Jesús es un hombre joven con una carrera ascendente, y quiere agarrarse por lo menos de la orilla de su manto. Jesús, sin embargo, va en su camino hacia Jerusalén y a la cruz.

 

“Y dijo a otro: Sígueme. Y él dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre (v. 59). Aunque no podemos encontrar una cita en la Ley que requiera el entierro, un cuerpo sin enterrar era una marca de desgracia (Deuteronomio 28:26; Salmo 79:2; Isaías 14:19; Jeremías 7:33; 16:4; 25:33; 34:20), y el entierro del propio padre o madre era una parte importante de honrarlos de acuerdo con la Ley (Éxodo 20:12; Deuteronomio 5:16)

 

No queda claro si el padre está muerto o cerca de morir. Es posible que el aspirante a discípulo esté pidiendo cuidar a sus padres en su ancianidad, y una vez más esto es una parte importante de honrarlos de acuerdo con la Ley. Después de que hayan partido, él podrá considerar más cuidadosamente el llamado de Jesús al discipulado. Para ese tiempo, de seguro podrá encontrar otra razón para retrasar su respuesta.

 

“Y Jesús le dijo: Deja los muertos que entierren a sus muertos; y tú, ve, y anuncia el reino de Dios” (v. 60). Ya fuera que el padre estuviera muerto o vivo, el llamado de Jesús es inequívoco. Hay que dejar que quienes estén espiritualmente muertos entierren a los que están físicamente muertos. Quienes tienen la chispa de la vida espiritual tienen una responsabilidad para con quienes todavía están vivos – aquellos cuyas vidas todavía pueden ser redimidas – quienes están habilitados para decidir por o en contra de Cristo. “Ningún servicio puede ayudar a los muertos. Los vivos son los que necesitan la proclamación del reino de Dios” (Horn, 46).

 

“Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor; mas déjame que me despida primero de los que están en mi casa” (v. 61). Esto recuerda la historia del Antiguo Testamento (1 Reyes 19:19-21) con la cual la audiencia de Jesús debía ser familiar. Eliseo estaba arando con su buey cuando Elías lo llamó. Eliseo pidió “Ruégote que me dejes besar mi padre y mi madre, y luego te seguiré”. La versión en español hace sonar este pasaje como que Elías le cumplió a Eliseo su petición, pero tanto el hebreo como la biblia griega (LXX) son obscuros en cuanto a este asunto (Tannehill, 172). De interés especial es el hecho de que Eliseo, antes de irse con Elías, mató a los bueyes con que había estado arando y, usando el yugo y arado como combustible, los cocinó para que comieran los vecinos. Esta fue una declaración gráfica de que había quemado sus puentes detrás de él. Ya no habría espacio para volver atrás.

 

“Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano al arado mira atrás, es apto para el reino de Dios” (v. 62). Habiendo perdido nuestras raíces en la agricultura, la imagen no significa mucho para nosotros hoy. Un campesino arando con un animal debe elegir un punto en el horizonte para poder arar en línea recta. Volver la vista atrás causa que el campesino zigzaguee, y haga una línea chueca, que es la marca de un aficionado. La línea chueca estará ahí para que todos la puedan ver durante todo un año, hasta la próxima época de siembra. El campesino que hace una línea chueca será el centro de muchas bromas durante el año, y tratará de hacer lo mejor que pueda para arar en líneas rectas el año siguiente. Una metáfora similar para nuestro tiempo es la persona que se voltea para mirar al asiento trasero mientras está manejando por la carretera. El conductor que se vuelve a ver en el asiento trasero es muy peligroso en una carretera con tráfico. Una menos exacta – pero más inmediata metáfora – es el conductor que se distrae usando su teléfono celular mientras va manejando.

 

Debemos ser lentos para condenar a esos aspirantes a discípulos que ofrecieron excusas. ¿Quién entre nosotros no ha hecho lo mismo? También debemos notar que los gigantes de la fe primero ofrecieron excusas antes de que finalmente aceptaran el llamado de Dios.

 –– Moisés protestó: “¿Quién soy yo, para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?” (Éxodo 3:11). Y luego argumentó “¡Ay Señor! yo no soy hombre de palabras de ayer ni de anteayer, ni aun desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua” (Éxodo 4:10).

 

–– Gedeón dijo: “Ah, Señor mío, ¿con qué tengo de salvar a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre” (Jueces 6:15).

 

–– Jeremías protestó: “¡Ah! ¡Ah! ¡Señor Yahaveh! ¡He aquí, no sé hablar, porque soy niño! (Jeremías 1:6).

 

–– Isaías dijo: “¡Ay de mí! que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Yahaveh de los ejércitos” (Isaías 6:5).

 

Y aún así, cada una de estas personas, aunque con renuencia, hicieron lo que Dios les pidió, y Dios bendijo su quejoso discipulado. Estas son buenas nuevas, porque significa que Dios no nos da una “calificación de reprobado” en tinta indeleble cuando pecamos o protestamos u ofrecemos excusas. Cada fallo es una invitación al arrepentimiento y la bendición. Nos preguntamos si alguno de estos tres hombres en el pasaje bíblico de hoy hizo a un lado sus excusas y siguió a Jesús. Nos preguntamos qué habría pasado si lo hicieron, o si no lo hicieron.

 

 

 

JUEVES 04

 

LUCAS 10, 1-12

 

10:1 – 18:14: ENSEÑANZA EN LA SECCIÓN CENTRAL DE LUCAS

 

C.F. Evans anotó varios paralelos entre esta sección de Lucas – empezando por la comisión de los setenta – y Deut. 1-26.

 

- En ambos, encontramos la frase “ante su rostro” (Deut. 1:21; Lucas 10:1).

 

- Moisés mandó a doce hombres por delante para explorar el terreno, igual que Jesús acaba de mandar a los doce (Deut. 1:22-23; Lucas 9:1-6).

 

- Setenta ancianos acompañaron a Moisés a la montaña donde el Espíritu descansó sobre ellos y donde profesaron.  Jesús manda a los setenta para ofrecer paz y para proclamar que el reino de Dios se ha acercado (Éxodo 24:1, 9; Num. 11:24-25; Lucas 10:1, 5, 9).

 

- Mientras que el resto del Evangelio de Lucas sigue una cronología organizada, capítulos 10-18 parecen estar organizados en torno a pasajes de Deut. 1-26.  C.F. Evans encuentra 22 pasajes de Deut. 1-26 que se parecen a 22 pasajes de Lucas 10-18.  Evans, “comprendió el propósito de Lucas al hacer este arreglo, intentando demostrar que Jesús era un profeta prometido, como Moisés” (Craig A. Evans, 166-168, citando un ensayo por C.F. Evans de 1955).

 

Craig Evans además menciona un ensayo por James A. Sanders que demuestra similitudes entre Deuteronomio y Lucas en cuanto al tema de elección.

 

- En Deuteronomio, los elegidos eran aquéllos que obedecían la ley (aunque en ese libro no se utiliza la palabra “elegido”).  Deuteronomio prometía bendiciones sobre los fieles, y los israelitas interpretaban “bendiciones” de una manera materialista – salud y riqueza.

 

- En la época de Jesús, gente veía esta teología de manera contraria.  En vez, interpretaban salud y riqueza como algo que valoraba y demostraba el lugar de una persona ante Dios.  Enfermedad y pobreza, por lo tanto, indicaban el disgusto de Dios.  “Jesús enseñaba en contra de estas suposiciones... Otra razón por la que a Lucas le interesa este tema es que gentiles eran agrupados entre aquéllos no considerados ‘elegidos’.  Al mostrar que la merced de Dios se extiende a los que supuestamente no son elegidos, Lucas prepara la obra misionera de los gentiles, tal como demuestra en sus Hechos” (Evans, 168-169).  Esto tiene implicaciones para nuestra lección evangélica de esta semana.  Los setenta que proclaman el reino de Dios a judíos y samaritanos son precursores de los que harán ministerio a gentiles en los Hechos de los Apóstoles de Lucas.

 

 

VERSÍCULOS 1-11, 16-20: EL SEÑOR NOMBRÓ A OTROS SETENTA

 

Este es un pasaje difícil para muchos cristianos hoy:

 

- Primero, la misión de los setenta extiende el número de misionarios de Jesús más allá de los doce apóstoles, que fueron comisionados en el último capítulo (9:1-6).  La misión de los setenta muestra que la proclamación es responsabilidad de todos los discípulos – no solo de unos pocos selectos.  Esto disgusta a ambos, los que piensan de sí mismos como ‘elegidos’ y aquéllos que prefieren no involucrarse.

 

- Segundo, los setenta han de ir en pares a pueblos vecinos con un agresivo programa de proclamación con el que muchos cristianos hoy ya no se sienten cómodos.

 

- Tercero, la metáfora de la cosecha (v. 2) le da un sentido de urgencia a la evangelización que, hoy día, muchos cristianos ya no sienten.  Para un agricultor, la cosecha es la estación más urgente del año.  Algunos paralelos modernos pueden ser la estación de impuestos para un contador; la Navidad para el mercader; exámenes finales para estudiantes y profesores; despliegue para soldados; y vencimientos de plazo para periodistas.  Muchos de nosotros podemos sobrevivir un fracaso que ocurre en un día normal, pero fracasar durante las épocas de “cosecha” sería desastroso – hambre, bancarrota, o poner fin a una carrera.  Hoy, a muchos cristianos les cuesta pensar que no aceptar a Cristo pueda llevar a semejantes consecuencias desastrosas.

 

 

VERSÍCULOS 1-4: LA MIES ES MUCHA Y LOS OBREROS POCOS

 

1Y después de estas cosas, designó el Señor aun otros setenta, los cuales envió de dos en dos delante de sí (griego: pro prosopou autou – ante su rostro), a toda ciudad y lugar a donde él había de venir.  2Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies. 3Andad, he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos.  4No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis en el camino.

 

 

En 9:1-6, Jesús mandó a los doce para cumplir una misión semejante; ahora envía los setenta.  Este mayor número de participantes no solo extiende el alcance de la misión, sino que también aumenta la urgencia de la cosecha.

 

“Y después de estas cosas, designó el Señor aun otros setenta” (v. 1).  Hay manuscritos que dicen setenta y otros que dicen setenta y dos.  No podemos determinar con autoridad cuál es el número correcto.  Sin embargo, eso importa poco ya que el significado es el mismo para cualquier número:

- Seguramente, el número se refiere a Génesis 10, donde aparece una lista de naciones gentiles que descienden de Noé.  En hebreo se mencionan setenta naciones, mientras que en la versión griega  aparecen setenta y dos.  “Escójase cual sea, ...el número sugiere un evangelista para cada nación del mundo” (Stein, 304).  En el Evangelio de Lucas, por lo tanto, la mención de los setenta se refiere al ministerio hacia los gentiles, que será importante en la secuencia de Lucas, los Hechos de los Apóstoles.  Por el momento, sin embargo, Jesús manda a los setenta solo entre judíos y samaritanos.

 

- Hay una segunda referencia al Antiguo Testamento en Num. 11:16-25 en que Moisés eligió a setenta ancianos para ayudarle con su obra.

 

La frase “otros setenta” (v. 1) parece decir que los doce no son parte de esta misión.  Sin embargo, más adelante, dirigiéndose a los doce, Jesús dirá, “Cuando os envié sin bolsa, y sin alforja, y sin zapatos, ¿os faltó algo?” (22:35).  Las tres cosas – bolsa, alforja, y zapatos – corresponde a cosas mencionadas en la llamada de los setenta (10:4), en lugar de las ya mencionadas en la llamada de los doce (9:3).  Esto presenta algo de incertidumbre.  Seguramente los doce no son parte de los setenta, pero no lo sabemos con seguridad.

 

“Envió...  delante de sí (griego: pro prosopou autou – ante su rostro)” (v. 1).  También encontramos esta frase, “ante su rostro,” en 7:27 y 9:52.  7:27 habla de enviar a Juan el Bautista, cuya muerte Lucas ha mencionado recientemente (9:9).  “A los discípulos ahora se les ha concedido el papel de ir ante Jesús y prepararle el camino, como lo había hecho Juan” (Tannehill, 174).

 

“De dos en dos” (v. 1).  Deut. 19:15 requiere el testimonio de dos testigos, y lo más probable es que ésa sea la razón por la que Jesús les manda de dos en dos.  Sin embargo, ir de dos en dos también da fuerza a su resolución.  Una persona sola se desanima rápidamente; en cambio, una persona con compañeros está más apta para perseverar.

 

“La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos” (v. 2).  En un mundo donde pocas personas trabajan en agricultura, se nos ha olvidado la importancia de la cosecha.  La mayoría de los frutos de la siega no se pueden recoger demasiado pronto ni demasiado tarde sin sufrir una pérdida significante.  El agricultor trabaja todo el año para preparar la cosecha, la cual se debe llevar a cabo solo cuando esté lista.  No hacerlo puede ser catastrófico.

 

“Por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (v. 2).  Dada la urgencia, esperamos que Jesús les diga a los setenta que vayan rápidamente para empezar la cosecha.  Les mandará en v. 3 pero, primero, les manda rezar.  La obra de los discípulos será efectiva solo si se apresta con oraciones.  El Señor llama y da poder a quienes lo necesiten, y el poder del Señor es lo que hace posible el éxito.  Una iglesia que reza verá que puestos oficiales quedan sin llenarse por ejemplo, pero también verá que el Señor provee lo que es realmente necesario.

 

“Los obreros pocos” (v. 2).  La regla de Pareto es que el ochenta por ciento de los resultados se pueden atribuir al veinte por ciento de las causas – es decir, pocos vendedores a menudo logran la mayoría de las ventas.  La regla también se aplica a la iglesia, donde pocas personas dan la mayoría del dinero y hacen la mayor parte del trabajo.  Los que se sientan en los bancos son muchos, pero los trabajadores son pocos.  Debemos rezar para que el Señor persuada a los menos activos a estar más involucrados – también debemos confiar que el Señor proveerá las verdaderas necesidades de la iglesia.  Jesús advirtió que habría mala tierra, pero también prometió que buena tierra daría cien veces más (8:4-15).

 

“Andad, he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos” (v. 3).  Hace poco que Jesús predijo su muerte y resurrección (9:21-22, 44-45) y “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (9:51), donde sufrirá y morirá.  Fue rechazado en una aldea samaritana (9:51-56).  Les dijo a sus discípulos que ellos también llevarían una cruz y perderían sus vidas (9:23-25).  Ahora, les advierte que les manda como corderos indefensos en medio de lobos.

 

En los otros tres Evangelios (Mateo 18:12; Marcos 6:4; Juan 10), Jesús habla del pastor que protege las ovejas.  No hay mención de tal pastor en el Evangelio de Lucas.

 

“No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado” (v. 4).  Jesús tendrá instrucciones parecidas al comisionar a los doce (Lucas 9:3-5), pero la única cosa común en ambas listas es la bolsa.  El mensaje es el mismo en ambos casos.  Los discípulos han de confiar que Dios les proveerá sus necesidades, y no han de preocuparse por posesiones.

 

“A nadie saludéis en el camino” (v. 4).  Jesús no les dice a los discípulos que sean maleducados, sino que les dice que no se dejen distraer por cortesías sociales.  La misión es urgente, y requiere su completa atención.  Discípulos han de enfocarse tanto como un atleta en un partido importante – o como un bombero en un incendio – o un paramédico trabajando en un accidente.  El distraerse en estos casos puede ser fatal.  La iglesia de hoy necesita oír esto.  Muchos cristianos hoy no sienten esta urgencia – no consideran que la eternidad está en juego y sobresaltan al oír la palabra evangelizar.

 

Cuando gente toma en serio la llamada a la oración y al servicio podemos ver los resultados.  El ministerio de Madre Teresa es un ejemplo familiar.  Hay un sinnúmero de cristianos por el mundo, incluyendo algunos en su propia comunidad, que están haciendo grandes obras por Cristo.

 

 

VERSÍCULOS 5-6: PAZ SEA A ESTA CASA

 

5En cualquiera casa donde entrareis, primeramente decid: Paz sea a esta casa.  6Y si hubiere allí algún hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; y si no, se volverá a vosotros.

 

 

Mientras que los setenta no han de distraerse por el camino con cortesías sociales (v. 4), sí han de observarlas una vez que lleguen a su destino.

 

La paz que se ofrece es más que un simple saludo.  Es un regalo substancial – la paz de Dios (Num. 6:26; Isa. 26:12; Lucas 1:79; 2:14; Hechos 10:36; Rom. 5:1) – un regalo de salvación que bendice a todo el que la reciba y que regresa al que la da al ser rechazada.  El castigo por rehusarla es, simplemente, la pérdida de la paz – los setenta no han de vengarse contra aquéllos que les rechazan (véase 9:5, 54-56).

 

Jesús pide a los setenta que ofrezcan la paz sin primero averiguar el valor del recipiente y sin adivinar si el recipiente la aceptará o rechazará.  “Uno no debe resentir el conceder la paz mesiánica: porque la paz no permanecerá donde no se aprecia.  Pero en caso de que si permanezca, el mensajero, en efecto, se ha reproducido, tal como Elías hizo al final de su ministerio al pasar la obra a Eliseo (2 Reyes 2:15)” (Nolland).

 

 

VERSÍCULOS 7-11: SE HA LLEGADO A VOSOTROS EL REINO DE DIOS

 

7Y posad en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que os dieren; porque el obrero digno es de su salario. No os paséis de casa en casa.  8Y en cualquiera ciudad donde entrareis, y os recibieren, comed lo que os pusieren delante; 9Y sanad los enfermos que en ella hubiere, y decidles: Se ha llegado a vosotros el reino de Dios. 10Mas en cualquier ciudad donde entrareis, y no os recibieren, saliendo por sus calles, decid: 11Aun el polvo que se nos ha pegado de vuestra ciudad a nuestros pies, sacudimos en vosotros: esto empero sabed, que el reino de los cielos se ha llegado a vosotros.

 

 

“Y posad en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que os dieren” (v. 7).  Un discípulo aprovechado se sentiría tentado a ir de casa en casa buscando hospitalidad – siempre buscando mejor comida y alojamiento.  Jesús manda a los setenta que dejen ese comportamiento aprovechado y que se fijen en el propósito por el que han venido.  Ir de casa en casa no solo les robaría de fuerzas y tiempo, sino que también ofendería a aquéllos cuya hospitalidad han rechazado.  Los setenta han de estar al tanto de los sentimientos de otros, no vaya a ser que pierdan una oportunidad de ganárselos para Cristo.

 

“Porque el obrero digno es de su salario” (v. 7).  Habitantes locales han de proveer hospitalidad para los setenta, quienes son dignos de ella (véase Gal. 6:6; 1 Timoteo 5:18).  Discípulos pueden esperar que se provean sus necesidades, pero no deben esperar que se haga con lujo.

 

“Comed lo que os pusieren delante” (v. 8).  Por el momento, el caso solo se refiere a la calidad de la comida y si está autorizada por ley judía o no – los setenta se encontrarán trabajando entre judíos y samaritanos que observan leyes dietéticas.  Años después, sin embargo, misionarios cristianos entrarán en barrios gentiles donde no se observan las leyes de la dieta judía.  En este caso, han de hacer lo mismo – testimonio efectivo es más importante que las sensibilidades personales del discípulo (Hechos 10; Rom. 14:13-23; 1 Cor. 8).

 

“Y sanad los enfermos que en ella hubiere, y decidles: Se ha llegado a vosotros el reino de Dios” (v. 9).  Sanar enfermos en un acto de compasión, pero también recuerda que el reino de Dios se ha acercado.  Esta combinación de compasión y proclamación – obra y palabra – sirve de testimonio poderoso aún hoy.  La persona hambrienta a quien se le da de comer – la persona sin hogar que es alojada – el enfermo sanado – el herido cuyas heridas son curadas – esta gente se encontrará atraída hacia la persona que les ha ayudado – y también a la fe de esa persona.  Es importante que en el momento de servir dejemos saber a los que ayudamos que lo hacemos por nuestro amor a Jesús, quién primero nos amó a nosotros.  De otra manera, no harán la conexión  entre la ayuda que han recibido y el Cristo que nos motivó a dársela.  En ese caso nuestro mayor propósito, que es la proclamación del reino de Dios, será perdido.   

“Aun el polvo que se nos ha pegado de vuestra ciudad a nuestros pies, sacudimos en vosotros” (v. 11).  Recientemente, samaritanos han rechazado a Jesús (9:52-54).  Ahora, Jesús les prepara para ser recibidos de la misma manera.  Si son rechazados, los discípulos han de sacudir el polvo de sus pies, un acto de repudiación.  Han de hacerlo de manera pública, declarando su motivo, y de nuevo han de proclamar, “ha llegado el reino de Dios.”  Éste es un aviso, no una retaliación – intencionada para convertir – no para herir.  Aquéllos que observen la repudiación pueden ser persuadidos a escuchar.  El Dios de la Segunda Oportunidad todavía está obrando.

 

“La actividad misionera es contraria a la que ahora asociamos con la obra misionera de la iglesia.  En este caso no existía la proclamación continua de buenas noticias, no había paciencia para los que dudaban ni con los recalcitrados, no se esperaba hasta que la oposición se arrepintiera: en vez, existía una urgencia temerosa de todo ello.  ‘Ahora o nunca.’  Existe una oportunidad, ... como si se tratase de una misión de rescate en un barco que se hunde” (Kee y Gomes, 50).

 

“Sabed, que el reino de los cielos se ha llegado a vosotros” (v. 11).  Acepte o rechace el oyente este mensaje, este hecho permanece.  El oyente será responsable por su respuesta.  La promesa de Dios se convierte en un juicio para aquél que la rechace.

 

 

VERSÍCULOS 12-15: LOS DE SODOMA TENDRÁN MÁS REMISIÓN

 

12Y os digo que los de Sodoma tendrán más remisión aquel día, que aquella ciudad.  13¡Ay de ti, Corazaín! ¡Ay de ti, Betsaida! que si en Tiro y en Sidón hubieran sido hechas las maravillas que se han hecho en vosotras, ya días ha que, sentados en cilicio y ceniza, se habrían arrepentido.  14Por tanto, Tiro y Sidón tendrán más remisión que vosotras en el juicio.  15Y tú, Capernaum, que hasta los cielos estás levantada, hasta los infiernos serás abajada.

 

 

El leccionario se salta estos versículos, pero es bueno recordar que están ahí.  Versículo 12 es importante, particularmente porque acompaña a los versículos previos y explica las calamidades que esperan a los que rechazan la proclamación del reino de Dios.

 

Corazaín, Betsaida, y Capernaum son ciudades en la orilla norte del Mar Galileo, no están lejos de donde Jesús pasó su niñez.  Como adulto, Jesús hizo su hogar en Capernaum (Mateo 4:13) y pasó bastante tiempo enseñando allí.  Se fue a Capernaum inmediatamente después de cumplir su primer milagro en Cana (Juan 2:12), y su segundo milagro era sanar a un niño de Capernaum (Juan 4:46-54).  En otras palabras, Capernaum ya conocía bien a Jesús, y tuvo varias oportunidades para observar sus enseñanzas y el poder de Dios.  Como resultado, serán juzgados aún más severamente que Tiro y Sidón, cuyos pecados podrían haber sido peores, pero que no hubieran beneficiado de conocer a Jesús personalmente.  Versículos 12-15 refuerzan el mensaje de responsabilidad que encontramos en 7-11.

 

 

VERSÍCULO 16: EL QUE A VOSO TROS OYE, A MI OYE

 

16El que a vosotros oye, a mí oye; y el que a vosotros desecha, a mí desecha; y el que a mí desecha, desecha al que me envió.

 

 

El que es enviado tiene la autoridad del que le envía.  El agente del rey está envuelto en la identidad del rey.  El rey observará para ver como son recibidos sus emisarios, y responderá según lo que observa.

 

 

VERSÍCULOS 17-20: Y VOLVIERON LOS SETENTA CON GOZO

 

17Y volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre.  18Y les dijo: Yo veía a Satanás, como un rayo, que caía del cielo.  19He aquí os doy potestad de hollar sobre las serpientes y sobre los escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará.  20Mas no os gocéis de esto, que los espíritus se os sujetan; antes gozaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.

 

 

“Y volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre” (v. 17).  Al enviar a los doce, Jesús les concedió poder sobre los demonios (9:1), pero no mencionó demonios al comisionar a los setenta.  En el capítulo previo, los discípulos fallaron al exorcizar un demonio (9:40).  Sin embargo, sabemos ahora que han ganado el poder sobre los demonios y que se asombran por su nuevo poder, el cual se hace aún mejor dada la reciente derrota sobre un demonio.  Su victoria vino a través del nombre de Jesús.  En Hechos de los Apóstoles, Lucas continuará relatando como los discípulos encuentran poder y autoridad a través del nombre de Jesús (Hechos 2:21; 3:6, 16; 4:7-12, 17-20; 10:43; 16:18).

 

“Y les dijo: Yo veía a Satanás, como un rayo, que caía del cielo” (v. 18).  “‘Satanás’ es la transliteración de la palabra hebrea que describe el archienemigo de Dios y de la humanidad... Generalmente es traducido al griego con la palabra ‘demonio,’ aunque en los Hechos de Lucas también se utiliza ‘Satanás’.”  Aunque Isaías 14:12 se refiera a la caída original de Satanás, la mayoría de las referencias a él se refieren a su futura caída o derrota” (Stein, 309).

 

“Jesús acababa de utilizar imágenes de Isaías para describir el descenso a Capernaum (v. 15; Isaías 14:1-27); lo mismo se utiliza ahora en cuanto a Satanás, cuya pretensión a la gloria y la alianza (cf. 4:5-7; cf. Isaías 14:13) lo antecede y hasta manda su caída.  El uso de imágenes de Isaías es importante para Lucas, que después relaciona la posición de Capernaum y de Satanás como terminadas contra Dios” (Green, 418).

 

Las escrituras incluyen varias referencias a Satanás viviendo en el cielo (Job 1:6; 2:1; Zacarías 3:1), la caída del cielo de Satanás (Isaías 14:12; Juan 12:31; Rev. 12:7-9), y la derrota de Satanás (Hebreos 2:14).  Su posición en el cielo le dio poder, y su expulsión del cielo representa su derrota.  “Mientras Jesús mira, Satanás estalla con una explosión de luz fugaz, como una vela romana, y la catarata de chispas cae lentamente hacia la tierra.  Satanás ya no puede ser restaurado a su antiguo lugar poderoso mucho menos que alguien pudiera recomponer la vela romana después de quemarla.  Para Satanás, se acabó el programa” (Ringe, 154).

 

“He aquí os doy potestad de hollar sobre las serpientes y sobre los escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará” (v. 19).  Jesús les dio a los discípulos poder sobre lo malvado, representado aquí por símbolos del mal: serpientes y escorpiones.  Algunos cristianos hoy, que toman este versículo de manera literal, creen que manipular serpientes venenosas es una prueba de fe.  Sin embargo, “‘nada os dañará’ también se podría traducir como ‘en nada te dañará (el enemigo)’... La segunda traducción es más adecuada para la segunda narrativa” (Tannehill, 178).  Traducido de esta manera, Jesús promete protección contra el enemigo – Satanás – en vez de protección contra serpientes y escorpiones.

 

“Mas no os gocéis de esto, que los espíritus se os sujetan; antes gozaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (v. 20).  Tener sus nombres escritos en el cielo les da mucho más privilegio que el que les da su recién encontrado poder sobre demonios.  Los discípulos han sido ciudadanos de una pequeña nación ocupada – obligados a pagar tributos a los romanos – obligados a cargar las penas del soldado romano de milla a milla – requeridos a obedecer al gobernador romano.  Ahora son ciudadanos del reino de Dios.  Su poder sobre demonios sí es causa para regocijo, pero su ciudadanía en el reino es el mayor regalo.

 

VIERNES 05

 

LUCAS 10, 13-16

El evangelio de hoy da continuidad al envío de los setenta y dos discípulos y discípulas (Lc 10,1-12). Al final de este envío Jesús decía que había que sacudirse el polvo de los zapatos cuando los misioneros no fueran recibidos (Lc 10,10-12). El evangelio de hoy acentúa y amplía las amenazas a los que no aceptan recibir la Buena Noticia.


Lucas 10,13-14: Ay de ti Corazón y Betsaida. El espacio por donde Jesús anduvo durante aquellos tres años de su vida misionera era pequeño. Abarcaba unos pocos kilómetros cuadrados a lo largo del Mar de Galilea alrededor de las ciudades de Cafarnaún, Betsaida y Corazín. Fue en este espacio tan pequeño que Jesús realizó la mayor parte de sus discursos y milagros. El vino a salvar a la humanidad entera, y casi no salió del limitado espacio de su tierra. Trágicamente, Jesús tuvo que constatar que la gente de aquellas ciudades no quiso aceptar el mensaje del Reino y no se convirtió. Las ciudades se encerraron en la rigidez de sus creencias, tradiciones y costumbres y no aceptaron la invitación de Jesús para mudar de vida. “¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que, sentados con sayal y ceniza, se habrían convertido.” Jesús compara las dos ciudades con Tiro y Sidón que, en el pasado, fueron enemigos temibles de Israel, maltrataron al pueblo de Dios. Por eso, fueron maldecidas por los profetas (Is 23,1; Jr 25,22; 47,4; Ez 26,3; 27,2; 28,2; Jl 4,4; Am 1,10). Y ahora, Jesús dice que estas mismas ciudades, símbolos de toda la maldad hecha al pueblo en el pasado, se hubieran convertido si hubieran acontecido tantos milagros como en Corazón y en Betsaida.


Lucas 10,15: ¡Ay de ti Cafarnaúm! “Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Jesús evoca la condena que el profeta Isaías lanzó contra Babilonia. Orgullosa y prepotente, Babilonia pensaba:”Voy a subir hasta el cielo, y levantaré mi trono encima de las estrellas de Dios; me sentaré en la montaña donde se reúnen los dioses, allá donde el Norte se termina; subiré a la cumbre de las nubes, seré igual al Altísimo" (Is 14,13-14). ¡Pensaba! Pero se engañaba de lo lindo. Aconteció lo contrario. Dice el profeta: “Mas, ¡ay! has caído en las honduras del abismo, en el lugar adonde van los muertos” (Is 14,15). Jesús compara Cafarnaúm a esta terrible Babilonia que destruyó la monarquía y el templo y llevó al pueblo al cautiverio del cual no se recupero nunca jamás. Al igual que Babilonia, Cafarnaúm pensaba ser algo, pero fue a parar en la cima del infierno. El evangelio de Mateo compara Cafarnaúm con la ciudad de Sodoma, símbolo de la peor perversión, que fue destruida por la ira de Dios (Gén 18,16 a 19,29). Sodoma se hubiese convertido si hubiese visto los milagros que Jesús hizo en Cafarnaúm (Mt 11,23-24). Hoy sigue la misma paradoja. Muchos de nosotros, que somos católicos desde la infancia, tenemos tantas convicciones consolidadas, que nadie es capaz de convertirnos. Y en algunos lugares, el cristianismo, en vez de ser fuente de cambio y de conversión, se ha vuelto el reducto de las fuerzas más reaccionarias de la política del país.


Lucas 10,16: Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado. La frase acentúa la identificación de los discípulos con Jesús en cuanto rechazado por las autoridades. En Mateo la misma frase de Jesús colocada en otro contexto, acentúa la identificación de los discípulos con Jesús en cuanto acogido por el pueblo (Mt 10,40). Tanto en el uno como en el otro caso, es en la entrega total que los discípulos se identifican con Jesús y que se realiza su encuentro con Dios, y que Dios se deja encontrar por aquel que le busca.