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Annotation

¿Qué relación puede haber entre un centurión romano a punto de jubilarse, Jack el Destripador y

un anodino empleado de correos del siglo XXI? ¿Puede ser la reencarnación una forma de

inmortalidad? Esta es sin duda la más sangrienta de las novelas escritas hasta la fecha por Ramón

Cerdá y con una trama absolutamente sorprendente desde el principio hasta el final. Trama que

transcurre en tres épocas totalmente distintas entre sí, y que solo la imaginación y creatividad de un

novelista como Cerdá pueden hacerla creíble y conseguir inquietarnos.

Ramón Cerdá

EL ENCANTADOR DE ABEJAS

-Jack el Destripador-

Ramón Cerdá

VERSIÓN DÉCIMO ANIVERSARIO para ebook y bBrick

Book Trailer de la novela

Titulo: El encantador de abejas

Autor: © Ramón Cerdá Sanjuán

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transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación

magnética o cualquier almacenamiento de información o sistema de reproducción, sin permiso previo

y por escrito de los titulares del Copyright.

Tabla de contenidos

Titulo

Introducción del autor

Primera parte

Cómeme

Eructaré después de comerte

El primer censo

Los santos inocentes

Niebla en 1888

La Madre de Dios

Su Señoría

Segunda parte

El Mack

Dos hermanas

Dr. Jeckill & Mr. Hyde

La vuelta al inicio de las cosas

Preludio de una muerte

La misión

Visiones

Cartero de día, asesino de noche.

El encantador de abejas

Tercera parte

Inmortal

El banquete

Las abejas

¿El final de Jack?

La casa

—NOTAS DEL AUTOR-

A mi suegra Rosario, una de mis más fieles seguidoras.

“¿Te has preguntado alguna vez adónde va la llama de una vela cuando la apagas? ¿Está muerta?

¿Ha desaparecido para siempre, o puede existir en alguna otra forma?”

Guy Murchie

Introducción del autor

EDICIÓN ESPECIAL DÉCIMO ANIVERSARIO

Importante leer esta introducción:

Querido lector, creo que antes de comenzar la novela, en este caso es interesante leer la

introducción. Actualmente son varias las novelas mías que han sido revisadas y que, por lo tanto,

disponen de distintas versiones en el mercado más o menos pulidas pero, sin duda, esta es la revisión

más radical que he hecho de una de mis obras hasta la fecha y podríamos estar hablando de una

reescritura.

¿Por qué?

EL ENCANTADOR DE ABEJA S es una novela en cierto modo distinta a las otras, cuando la

escribí, resultó ser una especie de experimento; algo así como lo que hice al escribir RECUERDOS

que es mi única novela erótica. En el caso de EL ENCANTADOR DE ABEJA S

me proponía un par de

cosas: que fuera mi novela más sangrienta, y experimentar en un tipo de prosa sin apenas diálogos,

porque tenerlos los tiene, pero pocos. Casi toda la trama corre a cargo del narrador y los diálogos

han quedado supeditados a la mínima expresión. Sé que eso es arriesgado a la hora de publicar

porque hay muchos lectores que prefieren las novelas con más páginas de diálogos, pero como

muchos otros autores, me gusta experimentar.

Otra cosa que caracterizaba (y aquí hablo en pasado porque se ha eliminado en gran parte en

esta última versión) a la novela, era la excesiva reiteración de algunas palabras, frases o hechos. Era

un recurso para darle un mayor énfasis a ciertos puntos y eso creo que la hacía demasiado repetitiva

en algunos aspectos.

¿En qué se diferencia esta EDICIÓN ESPECIAL DÉCIMO ANIVERSARIO de las anteriores

versiones?

Cuando escribí la novela, la primera versión tenía algo más de 130.000 palabras, pero antes de

publicarla con Ediciones ECU, ya hice una revisión dejándola en 125.000. Ahora se ha recortado

más, eliminando esas reiteraciones de las que hablaba antes, o escenas que no aportaban nada a la

historia. El texto ha quedado en poco más de 90.000 palabras.

La historia, no nos engañemos, sigue siendo la misma; tampoco he añadido diálogos, con lo cual

sigue siendo tan experimental como las primeras versiones en cuanto al protagonismo del narrador.

No obstante, como todo lo que se ha eliminado es narración, la proporción entre diálogos y narrativa

ha mejorado. Ahora es más ligera de leer y creo que la revisión ha valido la pena.

La novela quedaría clasificada dentro del género de Terror y de Ficción Histórica.

¿Puede defraudar a los anteriores lectores?

Pienso que no, se han suavizado algunas escenas sangrientas y se ha pulido la redacción pero

como ya he dicho, la historia es la misma, y ese punto de originalidad en cuanto a que la trama

transcurre en cuatro épocas distintas, se mantiene íntegra: época de Jesucristo, el Londres victoriano

de Jack el Destripador, la actualidad y un futuro indeterminado.

El autor

Primera parte

“La carne de los hombres sabe mejor que la de las mujeres”

Fragmento de la confesión de Dorangel Vargas[1] — 42 años

1

Cómeme

1

Cualquiera con un mínimo de sensibilidad que entrase en su casa, pronto se apercibiría de que

un gran sufrimiento había hecho mella en ella a lo largo de los años. Un sufrimiento que comenzó

poco a poco, tal vez sin grandes catástrofes y sin que nadie se percatase de lo que sucedía, pero que

con el tiempo, se apoderó de cada centímetro de sus húmedas y malolientes paredes. Era una casa de

doble planta, pequeña, y con un minúsculo sótano tan húmedo y poco agradable al olfato como el

resto de la vivienda. Las únicas cosas que unían actualmente la vieja casa con la vida moderna, eran

un anticuado ascensor que comunicaba las dos plantas altas con el pequeño sótano, y un ordenador

portátil conectado permanentemente a Internet con una línea ADSL; por lo demás, podría decirse que

sus habitantes llevaban más de un siglo de retraso con respecto a sus vecinos. En la casa no había

televisión ni nevera; tampoco teléfono, a pesar de que la línea instalada para la conexión de Internet

hubiera permitido disponer de este tipo de comunicación.

En la planta baja que daba a la calle, había un pequeño garaje que, en tiempos mejores,

guardaba de la intemperie el Triumph TR7 descapotable de Alberto. Era un deportivo amarillo de

1980, de fabricación británica y con el volante a la derecha. Durante dos años disfrutó de la

conducción del automóvil sin demasiados problemas, a pesar de que conducir por el carril de la

derecha teniendo el volante a ese mismo lado, no era lo más cómodo. Pero a Alberto le gustaba

disponer de un coche exclusivo, y el hecho de que el suyo tuviera además el volante en el lado

equivocado, lo hacía más especial. Lo había comprado de segunda mano, y con dinero de su padre,

en el taller de un conocido, que a su vez se lo acababa de comprar a un joven inglés que sensatamente

prefirió cambiarlo por otro con el volante a la izquierda cuando se estableció en España. Durante los

dos años que duró su aventura con el Triumph, iba a todas partes con él, y ambos eran inseparables.

Fueron muchas las jovencitas que, atraídas más por el coche que por él mismo, cayeron en sus

brazos, cada vez con más experiencia acumulada en mujeres. Resultaba muy excitante hacerles el

amor en el descapotable, con el cielo y las estrellas como único techo, aunque en invierno tuviera

que conformarse con hacerlo con la capota puesta. Fueron meses de ir y venir, sin nada mejor que

hacer que quemar gasolina y ligar. Pero mujeres, alcohol y deportivos nunca han hecho muy buena

combinación, y una noche ocurrió lo que desde hacía tiempo parecía inevitable. Una joven rubia lo

acompañaba y él, continuamente apartaba la vista de la carretera para centrarla en el exuberante

escote de su reciente ligue. No por ello disminuyó la velocidad, y seguía adelantando a otros

vehículos que circulaban en su mismo sentido. Fue en una de esas miradas furtivas al escote, cuando

de pronto se encontró con un vehículo que circulaba apenas a cuarenta kilómetros por hora.

—¡Al...! —gritó ella.

Alberto en un primer momento pensó que le estaba recriminando por mirarla con tanto descaro,

y tal vez fueron esas fracciones de segundo que tardó en reaccionar, las que tornaron en inevitable lo

que de otro modo podría haberse evitado. Por el rabillo del ojo vio la trasera del vehículo que le

precedía; solo distinguió el color del coche que era blanco, y que llevaba matrícula de Burgos. Lo

esquivó iniciando una maniobra de adelantamiento muy ajustada; pero el hecho de estar sentado en la

parte derecha del vehículo, le impidió distinguir el camión que en sentido contrario se acercaba. Por

unos instantes todo pareció confluir en su contra, y su última reacción fue virar de nuevo hacia la

derecha. Esa maniobra lo precipitó contra la parte trasera del otro coche y fue lo que le salvó la

vida, pero no bastó para apartar completamente del carril izquierdo al Triumph, por lo que el camión

arremetió violentamente contra el deportivo que acabó materialmente aplastado. Su acompañante

quedó destrozada porque nueve de las dieciocho ruedas le pasaron por encima antes de que el

impacto ocasionara el vuelco del camión. El cuerpo de Alberto salió disparado debido a que no

acostumbraba llevar el cinturón de seguridad, pero las consecuencias fueron también fatales para él

porque nunca más pudo volver a caminar; y además de las secuelas físicas, tendría que afrontar el

sentimiento de culpa por haber acabado con dos vidas humanas; la de su acompañante, y la del

conductor del camión.

2

Hacía más de quince años de aquello y Alberto todavía sufría pesadillas en las que el deportivo

amarillo era engullido por el camión que tenía una monumental boca llena de dientes y se acercaba a

gran velocidad hacia el coche. Al llegar a su altura se lo tragaba por completo haciéndolo

desaparecer en su interior. En esas ocasiones se despertaba violentamente, y no pegaba ojo durante

el resto de la noche.

Su vida se limitaba desde entonces a un total enclaustramiento voluntario en casa. Apenas salía,

y solo en los últimos años retomó su contacto con el exterior; pero lo hizo utilizando su ordenador y

gracias a las posibilidades que ofrecía Internet. Vivía con su madre, aunque apenas compartía nada

con ella. Se pasaba los días enteros en el sótano sentado en su silla de ruedas frente a la pantalla,

mientras su madre, con problemas de párkinson y síntomas evidentes de senilidad, permanecía en la

planta baja de la casa, mirando a través de una de las ventanas, y murmurando en voz baja frases

ininteligibles.

Internet le permitía a Alberto comunicarse con miles de personas, para lo cual se había creado

una personalidad totalmente distinta a la real. En el ciberespacio Alberto se presentaba con el

sobrenombre de Cáncer, y cuando intimaba con alguien que lo presionaba para que le dijera su

verdadero nombre, acababa mintiendo y daba otro cualquiera. En ningún momento se sinceró con

nadie indicando cual era su situación. A nadie le había comentado lo del accidente, ni que vivía

prácticamente en la miseria en una casa que se caía a pedazos, en compañía de su anciana madre.

Según su estado de ánimo, se hacía pasar por un político importante que debía mantener oculta su

identidad por motivos de seguridad; otras veces simulaba ser un viejo profesor, e incluso en alguna

ocasión se presentó como una mujer. Internet se había convertido en la gran mentira que le permitía

sobrevivir, pero lo hacía atormentado. Atormentado por estar sentado en una silla de ruedas, y por

haber matado a dos personas. Su acción no había tenido consecuencias penales, pero su insensatez

había destrozado a dos familias, y por mucho que se lo proponía, no podía olvidarlo. En ocasiones

sentía la necesidad de relacionarse con personas de carne y hueso, harto de chatear con gente a la que

no había visto nunca. Algunos le enviaban fotos por correo electrónico, pero esas fotos posiblemente

ni siquiera eran de esas personas. ¿Cómo podía saberlo? ¿Acaso no les mentía a todos los que

chateaban con él? Estuvo tentado de quedar con alguien; con alguna chica que se sintiera sola y

quisiera compartir aunque fueran unas horas de su tiempo, pero no llegó a hacerlo nunca. Cuando

alguien se le acercaba demasiado en la red, abandonaba el chat y buscaba un foro distinto desde

donde empezar de nuevo bajo la protección de otra identidad. Se sentía incapaz de afrontar su

situación real y de adquirir compromisos que lo pudieran atar a alguien. Si mantenía las distancias,

nadie sabría quién era y por lo tanto conservaría vivas sus falsas identidades.

Para otro podría ser un simple juego, pero para él resultaba vital. Su vida no valía nada y solo

de ese modo podía vivirla. Cierto que era una ficción, pero mejor esa ficción que la cruda realidad.

Esos días atravesaba una de sus peores crisis, y por enésima vez volvía a pensar en el suicidio;

en quitarse de en medio; ¿qué aportaba a la sociedad? Nunca trabajó ni hizo nada de provecho,

siempre vivió dependiendo de sus padres por egoísmo, y ahora lo hacía a costa de su madre por

necesidad, malviviendo de una pequeña pensión de viudedad que apenas les alcanzaba para subsistir.

A menudo tenía que insistirle a su madre para que saliera a comprar comida porque siempre lo

olvidaba. Podría hacerlo él, pero algo que no había podido superar, lo obligaba a permanecer en

casa. El mundo había cambiado afuera, y se sentía un completo inadaptado físico y social. El

resultado era que su alimentación, además de escasa, no era nada buena, a pesar de lo cual, o tal vez

por ello, seguía engordando de forma inexplicable y, aunque no podía pesarse, calculaba que ya

habría sobrepasado con creces los cien kilos. Creía ser el hombre más desdichado y solitario de la

tierra, pero el suicidio, aun considerándolo necesario, no le parecía suficiente castigo para él.

3

Quince años dan para pensar mucho. Tal vez demasiado; sobre todo cuando se dispone de todo

el tiempo del mundo para reflexionar y hacer elucubraciones. Durante ese tiempo se había

convencido de que lo del accidente y el hecho de que desde entonces viviera miserablemente, no

podía ser otra cosa que un castigo divino. Un castigo por su comportamiento insolente e insolidario.

No en vano la casa resultaba tan agobiante. En ese hogar nunca había existido la felicidad; al

menos no desde que él tenía uso de razón. Muchas veces había buscado excusas para su

comportamiento, y nunca le faltaron: el carácter rígido de su padre, las continuas palizas que este le

daba a su madre en su presencia, o a él mismo cuando se descuidaba, el perenne aliento a alcohol de

su madre, la indiferencia de ambos, el hecho de que quisieran hacerlo responsable de la muerte de su

hermano pequeño que murió ahogado en el río durante la última excursión que hicieron con sus

padres, incluso del último aborto de su madre. Fue su padre el que provocó el malogro del embarazo

con una de sus palizas, pero la madre siempre lo culpaba a él porque decía que ponía de mal humor a

su padre con su actitud prepotente, y al final acababa recibiendo ella los golpes.

Si él hubiera sido de otra forma, le habría plantado cara a su padre cuando debía, y no

precisamente huyendo del hogar a la menor ocasión, o refugiándose en el coche en compañía

femenina para evitar afrontar los problemas. Puede que no fuera justo que su madre lo culpase de

todas sus desgracias, pero lo cierto es que una parte de responsabilidad sí que tenía.

Al poco de quedar parapléjico, su madre le había contado que compraron la casa antes de que

él naciera; y la habían comprado muy barata porque la familia que había vivido allí murió asesinada

a manos de uno de los hijos que perdió la cordura de la noche a la mañana y que luego se suicidó. La

casa la heredaron unos sobrinos de los propietarios que no quisieron saber nada del lugar y que

daban la sensación de que incluso hubieran pagado por deshacerse de ella. Pero su madre no se lo

contó todo, puede que porque no conociera el resto de la historia, de manera que él siguió indagando,

y solo cuando empezó a chatear se enteró de algo más. A toda la gente con la que hablaba le

preguntaba por la casa. En una ocasión alguien le contestó que en esa casa vivía una vieja loca con su

hijo paralítico que había matado a su novia porque se negaba a acostarse con él. Esa misma persona

le dijo que nunca salían y que se sospechaba que practicaban ritos con animales. Alberto intentó

profundizar más en la información, pero de repente desapareció de la red su compañero de chat sin

que pudiera volver a conectar con él.

Fue en otro foro, un año después, cuando recibió más información. Alguien que se hacía llamar

Ripper, le envió un recorte de un viejo periódico escaneado. El recorte incluía una foto demasiado

contrastada que resultaba difícil de interpretar. Se trataba de la fotografía de un cuerpo mutilado y

despedazado, repartido por una habitación. El periódico era de 1963; antes de que él naciera y antes

de que sus padres compraran la casa; pero también era anterior a las muertes que le había contado su

madre. Y la habitación, no cabía duda alguna; era su propia habitación. Todavía podía recordar el

papel pintado horroroso que la decoraba cuando era un niño. Un papel recargado, con florituras

doradas y azules. En la foto en blanco y negro del periódico, que por la fecha y el tipo de noticia

podía tratarse de El Caso, no se apreciaban los colores, pero eran perfectamente identificables los

dibujos de las florituras a pesar de la mala calidad de la imagen. Cuando amplió la fotografía en la

pantalla pudo distinguir unas siglas en la pared. Las letras estaban en mayúscula y eran la “F” y la

“M”.

Leyó el artículo, y nada decía sobre la casa. De lo que sí que hablaba con detalle era del

“Horrendo crimen del imitador de Jack el Destripador”. Por lo visto el que cometió esa atrocidad

había copiado hasta el último detalle conocido del último crimen que perpetró el propio Jack en

1888, incluyendo las iniciales F.M. pintadas con sangre en la pared. Al igual que entonces, se

encontraron los riñones de la víctima en una mesita cercana, y el corazón había desaparecido de la

escena del crimen. La víctima se llamaba Mari.

4

¿Cómo podía alguien hacer algo tan horrible? ¿Y por qué copiar lo que ya había hecho otro

asesino setenta y cuatro años antes? ¿Habría matado también a otras mujeres como hizo el propio

Destripador, o ese era su primer y último crimen? ¿Había sido detenido o desapareció de escena sin

que nadie llegase a conocer su identidad? Alberto intentó averiguar más cosas al respecto pero no

encontró nada. Tal vez si conseguía consultar la hemeroteca de El Caso o la de algún otro periódico

de la época, podría encontrar algo. Por Internet le resultó imposible. No encontró nada relacionado

con el crimen ni con la casa, y se preguntaba cómo habría conseguido Ripper ese recorte. Desde

luego no lo había encontrado en Internet; de eso ya no tenía ninguna duda, y nadie conservaba en casa

periódicos tan antiguos a no ser que les afectase alguna de las noticias. ¿Sería Ripper el propietario

original de la casa? ¿Tal vez la muerta era su mujer, o su hija?

Chateó durante días, intentando volver a ponerse en contacto con Ripper. Sin duda era la única

persona que podría informarle sobre el pasado de su casa. Si era necesario le diría que vivía allí

desde que nació y por eso tenía tanto interés en conocer los antecedentes. Tenía la seguridad de que

aquel lugar estaba empapado de maldad y energía negativa, y quería averiguar todo lo sucedido.

Pero a pesar de su insistencia, Ripper no contestaba. Diez días después de estar intentándolo a

todas horas, en un chat sobre crímenes sangrientos preguntó de nuevo por Ripper y se le heló la

sangre al ver la respuesta en pantalla: “¿Para qué buscas a Jack?” Alberto contestó lo primero que le

vino a la cabeza sin saber muy bien por qué: “Quiero hablar sobre un crimen de 1963 que él conoce”.

Esperó alguna otra pregunta o comentario sobre su respuesta, pero nada llegó. ¿Era una casualidad

que alguien mencionara a “Jack” cuando él preguntaba por Ripper? ¿Qué significaba Ripper?

Entró en Google e introdujo la palabra “Ripper” en el buscador. Inmediatamente se encontraron

un millón doscientas ochenta mil entradas que hacían referencia a ese nombre. Limitó la búsqueda

añadiendo la palabra “Jack” y las entradas se redujeron a doscientas veintiuna mil. Todavía eran

demasiadas, pero de pronto lo vio todo claro: “Jack the Ripper”. ¿Cómo había sido tan ciego?

Ripper era parte del apodo de Jack el Destripador. Ripper significaba algo así como

despedazador, pero en su traducción al castellano había quedado en destripador. De manera que

quien le había enviado el recorte de prensa se hacía llamar despedazador y además conservaba un

periódico desde hacía más de treinta años en el que se hablaba de un imitador de Jack. Ahora todo

estaba más claro: Ripper no era el propietario de la casa, ni un familiar dolido por la sangrienta

muerte de Mari. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

¡Ripper era el asesino!

5

Contactar de nuevo con Ripper se había convertido en una obsesión para Alberto que no cesaba

en su empeño día y noche, pero a falta de poder localizarlo, leyó todo lo que circulaba por la red

sobre Jack el Destripador. Leyó primero lo que había en castellano y tradujo gracias a Google todas

las páginas que encontró en inglés sobre “Jack the Ripper”. Era un personaje curioso que después de

cometer varios crímenes atroces había desaparecido sin dejar huella. Existían multitud de teorías

sobre su identidad, pero lo cierto es que nadie supo nunca quien fue en realidad. Se le atribuían cinco

asesinatos, aunque había quien aseguraba que otros crímenes sangrientos de la época también fueron

obra de Jack. Todas las víctimas eran prostitutas; cuatro de ellas viejas alcohólicas y la quinta mucho

más joven. ¿Qué relación podía haber con Jack el Destripador y el asesino de 1963? No podía ser el

mismo. Todo indicaba que el Destripador tendría unos cuarenta años cuando cometió los crímenes de

1888 en Londres, por lo que en 1963 habría cumplido ya los ciento catorce años. El simple hecho de

que estuviera vivo parecía imposible, y que le quedaran energías para realizar un crimen tan atroz,

todavía resultaba mucho más increíble. Aunque en lugar de tener cuarenta años en 1888, hubiera

tenido veinticinco, en 1963 sería prácticamente centenario. De todos modos resultaba imposible que

se tratara de la misma persona. Sin duda era algún imitador que había quedado hechizado por la

leyenda de Jack. Y ese imitador, con toda probabilidad seguiría vivo. Si en el momento del crimen

hubiese tenido la misma edad que se le atribuía al original de 1888, ahora tendría poco más de

ochenta años, pero si el crimen lo realizó siendo un joven de veinte años, ahora tendría sesenta. De

un modo u otro podía seguir con vida, y el hecho de que alguien se identificara como Ripper y fuera

conocedor de un crimen ocurrido tantos años antes, sin duda lo convertía en el principal sospechoso.

¿Quién podría ser sino el propio asesino? ¿Por qué contestó a su interés por lo sucedido en esa casa?

¿Dónde estaría ahora? Internet era ideal para mantener oculta la identidad, todo se limitaba a lo que

cada cual quisiera dar a conocer de sí mismo, y cuánto de lo que daba a conocer era real o mera

ficción. Ripper podría ser su vecino de la casa de al lado, o podría estar en las antípodas; a efectos

de Internet tanto daba una cosa como la otra. Pero con independencia de dónde se encontrara ahora,

de lo que no cabía duda era de que antes había estado allí. No podía ser casualidad que se acordase

de algo acontecido lejos de su residencia y, además, conservara un periódico que precisamente

hablara de esa noticia.

Estaba claro que Ripper era el asesino que guardaba como un trofeo la noticia publicada en

1963.

Tenía que confirmar si eran la misma persona, el asesino y Ripper, y quería saber más sobre él.

Necesitaba saberlo todo: quién era; qué relación tenía con el auténtico Jack el Destripador; ¿por qué

había copiado su último crimen? Quería saber también por qué mató a Mari. ¿Era una prostituta como

las de 1888? ¿Por qué lo hizo en esa casa? ¿Quién vivía allí en 1963? Creía volverse loco. Cada vez

le surgían más dudas y preguntas y tenía menos respuestas. ¿Qué había pasado con el corazón de

Mari? ¿Por qué nunca apareció? Según lo que leyó del Destripador, en varias de sus víctimas

desapareció alguna parte del cuerpo, y en una de las cartas que envió a los periódicos, decía haberse

comido frito un hígado de una de las prostitutas. Todo apuntaba, aunque no se hablaba demasiado de

ello, a que el Destripador tenía tendencias caníbales y disfrutaba comiendo partes de sus víctimas.

Posiblemente se acabó comiendo el corazón de Mari allí mismo, en su habitación. ¿Qué se sentiría al

comer carne humana? Tenía que ser algo muy especial, pero todavía sería mucho más especial ser

comido por otra persona. ¿Cual sería la sensación? Claro que eso sería prácticamente imposible de

experimentar porque estaría muerto antes de que ocurriera. No podría ver a su agresor comiéndoselo

delante de sus propios ojos.

¿O sí?

6

Nunca pensó que podría excitarle tanto una idea. Era lo más parecido a lo que sentía cuando les

hacía el amor a todas aquellas jovencitas que se dejaron conquistar por el imberbe idiota que era

entonces. Desde que tuvo el accidente había quedado incapacitado para el sexo, pero cuando

recordaba sus aventuras sexuales lo hacía con agrado, a pesar de no sentir ninguna excitación sexual

en la rememoración. En cambio, en esos momentos sentía algo muy similar, al pensar en lo que se

podría experimentar al ser comido por otra persona. Algo se agitó en su interior, y sintió verdaderos

deseos de que alguien lo utilizase para un banquete muy privado. Pero él tenía que verlo. Tenía que

ver cómo cortaban pequeños pedazos de su cuerpo y luego se los comían. ¿Qué significaba todo eso?

¿Era otro tipo de castigo lo que buscaba?, ¿una alternativa al suicidio mucho más elaborada que le

permitiera redimir sus pecados? ¿Una forma de quedar liberado de todo cuanto le atormentaba?

Recibir el justo castigo por todo el daño que había hecho en su vida. Eso es lo que necesitaba.

No era suficiente con haber quedado parapléjico, cosa que podía haberle pasado a cualquiera sin que

se tratase de castigo alguno.

Las cosas no pasan porque sí. Ocurren por algún motivo. Esa había sido siempre una máxima de

su madre y, aunque no la pudiera tomar a menudo como ejemplo en vista de su forma de proceder, sí

que era cierto que a veces actuaba con lucidez. Cualquier día olvidaría quién era o dónde vivía, o

saldría a comprar y no regresaría, sencillamente porque no recordaría dónde volver. Nadie sabía

cómo podía reaccionar un enfermo de alzheimer de un día para otro. Pero fuese como fuese, él

también sabía, o al menos esa era su sensación, que las cosas no sucedían porque sí. Siempre existe

una motivación para cada cosa, aunque la mayoría de las veces se nos escape cual puede ser, o se

nos antoje del todo absurdo, pero todo está relacionado en su origen, y cualquier cosa que hagamos

desde nuestra intimidad más absoluta, acabará afectando al comportamiento de algo o de alguien en

otro punto distinto. Es por eso, entre otras cosas, que nos labramos el futuro día a día, y somos en

gran parte responsables de lo que nos pase, sea bueno o malo. El mundo de las energías está todavía

en pañales en cuanto a su interpretación, pero está ahí, y de un modo u otro; de forma más o menos

comprensible, todo afecta a todo.

¿Qué significado tendría haber contactado con el asesino de forma aparentemente accidental?

Por muchas vueltas que le daba en la semioscuridad del sótano, cuya única iluminación provenía en

esos momentos de la pantalla del ordenador, no alcanzaba a determinar ninguna teoría coherente,

aunque ¿quién decía que tuviera que ser coherente? Una cosa sí que era cierta: había contemplado

innumerables veces la posibilidad de suicidarse, pero siempre le acababa faltando el valor para

hacerlo. Lo que nunca llegó a plantearse, era la posibilidad de que alguien le quitara la vida; entre

otras cosas porque no se le ocurría quién podría estar dispuesto a hacerlo. Ningún familiar ni

conocido lo haría por cariño o amistad. No le quedaban amigos y, en cuanto a familiares, apenas

tenía contacto con ninguno salvo su madre. Tampoco podría contratar a un sicario porque no tenía

disponibilidad económica alguna para pagarle sus servicios en el supuesto de que pudiera contactar

con alguien que estuviera dispuesto a hacerlo.

En cambio ahora todo había dado un giro interesante. Su empeño en seguir averiguando cosas

sobre la casa le había llevado a entrar en contacto con alguien que, casi con total seguridad, era una

asesino sangriento. Si estaba en lo cierto, ese desconocido no se había limitado a matar a su víctima,

sino que se había regocijado hasta el último momento descuartizando el cadáver, e incluso según

todo parecía apuntar, habría llegado a comerse parte del mismo. ¿Sería todo casual? No podía serlo.

El destino lo había hecho coincidir con el asesino por algo y tenía que aprovecharlo.

Si podía volver a contactar, le pediría que regresase a la casa y que acabara con su vida, pero, a

falta de dinero debía de ofrecerle algo a cambio; y no sabía muy bien por qué, pero estaba

convencido de que si proponía ser devorado en vida, Ripper aceptaría la invitación. En esa casa

dispondría de la intimidad necesaria para hacerlo con tranquilidad, sin peligro de interrupciones

externas. O mucho se equivocaba, o pasarían semanas antes de que descubrieran su cadáver, o lo que

hubiese quedado de él después de que Ripper se encargase de devorarlo. Su madre era el único cabo

suelto que quedaba, pero nada le impedía ofrecerla también a ella en sacrificio. Una extraña sonrisa

iluminó su cara en la penumbra cuando esos pensamientos ocuparon su mente, y notó un placer que le

subía hasta el cuello. Un placer sexual. Cogió un abrecartas que tenía sobre la mesa, y sin que la

expresión de su cara cambiase ni un solo instante, lo enarboló a modo de puñal y con un golpe seco

se lo hincó en la parte superior del muslo derecho. La sangre brotó de la herida, pero no sintió dolor

alguno.

Sería un buen lugar para que Ripper comenzara a comérselo.

2

Eructaré después de comerte

1

No debería padecer artrosis, después de todo, sesenta y cuatro años no eran tantos. ¿O ya era un

viejo? Lo cierto es que nunca había sido consciente de su edad; en ningún momento de su vida. Nunca

se planteó que era joven y fuerte cuando tenía veinte años, ni se planteaba ahora que tuviese casi la

edad de jubilarse. Tampoco pensó nunca en si llegaría a viejo o no. ¿Qué importaba morir a los

sesenta si se llegaba con buena salud y se moría en plenitud de facultades? Lo peor, aunque nunca

antes había pensado en ello, era llegar a ochenta, incluso noventa años, pero hacerlo de forma

lamentable. No con los achaques propios de la edad, que después de todo no son más que eso:

achaques; sino con enfermedades que acaban despojando a la persona de su propia dignidad. ¿De qué

sirve cumplir noventa si uno necesita que le den de comer y lo lleven a mear cada vez, cuando no se

lo hace encima, o no se acuerda de lo ocurrido cinco minutos antes?

Se sentía bien, pero el simple hecho de pensar de ese modo, seguramente era debido a que

empezaba a ser consciente de que el tiempo avanzaba sin piedad. ¿Por qué si no, se le acartonaban y

deformaban los dedos a causa de la maldita artrosis? ¿Por qué pasaban semanas sin que ni una sola

erección llamase a la puerta de su bragueta? Se estaba haciendo viejo y no se había percatado de ello

hasta esa misma mañana. ¿Cómo había ocurrido? Las cosas no suceden tan de repente. Uno no es

joven hoy y viejo mañana. ¿Por qué en su caso parecía haber ocurrido de ese modo? Había tenido

una vida plena y podría decirse que feliz. Nunca se privó de nada, ni tuvo que hacer regímenes por

exceso de peso o por tener la tensión alta o baja.

Esa mañana se había levantado con cierta excitación recordando cosas que habían ocurrido

cuarenta años atrás. Tal vez por eso se sentía viejo, como una momia acartonada sin más futuro que

la quietud del museo o la oscuridad de la tumba. Habían pasado tantos años desde entonces que

incluso parecía que le hubiese ocurrido en otra vida. Lo recordaba, pero el recuerdo era difuso,

como envuelto por una densa niebla gris y espesa. Ese recuerdo le traía a la cabeza otros más

antiguos.

El origen de un deseo irreprimible.

Solo le había ocurrido una vez. No era un asesino, o al menos no se consideraba como tal,

aunque cualquiera que supiese lo que hizo cuando tenía poco más de veinte años, no pensaría así.

Quien tuviera acceso a esa información diría; no solo que era un asesino, sino que lo calificaría de

sangriento y depravado. Un asesino que muchos hubieran condenado a cadena perpetua, o incluso a la

pena de muerte. Pero habían pasado cuarenta años y nunca tuvo la tentación o la necesidad de

repetirlo. Se habló en los periódicos de que se trataba de un imitador de Jack el Destripador, pero

por entonces, ni siquiera había oído hablar del tal Jack. La primera vez que vio ese nombre fue en los

periódicos cuando hablaban de él —de él mismo; no de Jack—, de lo que le había hecho a la joven

Mari. Todos decían más o menos lo mismo, e insistían en el increíble parecido con el último crimen

que se le adjudicó al Destripador. Pero si él fuese un asesino de ese tipo, hubiera seguido matando,

sería un asesino en serie, porque nadie comete un asesinato así sin repetirlo una y otra vez hasta que

lo atrapan o hasta que muere. ¿Por qué en su caso no había ocurrido de ese modo? ¿Qué lo empujó a

hacerlo? ¿Y qué lo hizo detenerse? Ahora recordaba que tuvo unos sueños. Unos sueños muy

extraños, precisamente porque no lo parecían. Sueños en los que veía cosas que daban la sensación

de estar sucediendo en ese mismo instante. Nunca después tuvo otros tan intensamente reales. Tan

horribles. Más que sueños, sería propio hablar de pesadillas. Pesadillas en las que él era el

protagonista, aunque él... no era él. No sabría como explicarlo; por una parte estaba convencido de

que el protagonista de las pesadillas era él mismo, pero en cambio tenía otra cara. Otro cuerpo.

¿Otra personalidad?

Eso nunca llegó a saberlo, pero aun ahora que volvía a recordar, seguía convencido de ese

paralelismo en la identidad. En el sueño que más se repetía, descuartizaba a una joven en un lugar

muy triste y gris; deprimente, húmedo y sucio. La troceaba y repartía los pedazos por toda la

habitación, y después se comía con deleite su corazón todavía caliente. Ese sueño, que se estuvo

repitiendo cada noche durante cerca de un año, fue sin duda el que lo llevó a hacerlo, pero lo hizo de

manera inconsciente, sin saber lo que estaba haciendo ni por qué. La noche en que mató y descuartizó

a Mari cesaron las pesadillas.

Quedó liberado y nunca nadie llamó a su puerta para acusarlo. Ni la policía, ni los vecinos.

Nadie sospechó de él en ningún momento. Después de tantos años, lo más probable era que su crimen

hubiese prescrito; ¿aunque eso qué importaba?, de todos modos ya nadie se acordaba. Incluso él lo

había olvidado hasta que alguien que se hacía llamar Cáncer preguntó por aquella maldita casa. Todo

regresó a la memoria de inmediato; recordó dónde había guardado el periódico que daba la noticia; y

recordó el sueño cientos de veces repetido; y los otros sueños; porque había otros tan horribles como

ese. En alguna de las pesadillas él era la misma persona que se movía por lugares parecidos, y

siempre terminaba matando a alguna vieja prostituta. En otros sueños iba con vestiduras romanas,

recordando con especial intensidad, uno en el que mataba a los niños de una pequeña ciudad y se

comía sus entrañas.

2

Seguía sin entender nada de lo sucedido. Recordaba que cuando leyó por primera vez en el

periódico que se le comparaba con Jack el Destripador, se interesó por el personaje y pudo

comprobar, sin poder evitar que se le helara la sangre, que las otras pesadillas se parecían a los

distintos crímenes cometidos por el mismo individuo. Durante un tiempo tuvo miedo, llegando a

pensar que estaba poseído por algún fantasma o espíritu maligno, pero sin duda, el hecho de que las

pesadillas remitieran, o más bien desaparecieran por completo, hizo que él se relajara hasta el punto

de que todo acabaría siendo olvidado. Pero ahora regresaban a su cabeza las imágenes, y volvía a

estar convencido de que todo lo que había soñado eran hechos reales. Unos relacionados con Jack y

otros con un centurión de la época de Jesús de Nazaret. Era todo tan extraño e insensato que no sabía

qué pensar. ¿Se estaría volviendo loco o los recuerdos eran reales?

¿Quién sería el que después de tantos años se interesaba por la maldita casa? Lo más curioso es

que no parecía conocer el crimen; aunque posiblemente no fuera así y se tratara de una especie de

trampa para cazar al asesino. ¿Sería posible que alguien después de tantísimo tiempo estuviera

removiendo toda la mierda? Lo bien cierto es que el tipo seguía persiguiéndolo por la red. Habían

coincidido en varios foros y Cáncer preguntaba por él con insistencia. Quería hablar con Jack. ¿Por

qué se le había ocurrido identificarse de ese modo? Todo parecía haber sido una equivocación por

su parte, un impulso extraño; como si en cierto modo se sintiera como el propio Jack el Destripador.

Pero eso era una tontería. Lo cierto es que todo era un juego; una asociación de ideas y conceptos. El

maldito Cáncer preguntó por la casa, él le envió el artículo, y en el recorte se hablaba de Jack el

Destripador, o mejor dicho: se le comparaba a él mismo con Jack el Destripador. Tal vez por eso

utilizó el nickname de Ripper, como una especie de broma macabra, pero sin duda Cáncer acabó

relacionando unas cosas con otras y ahora se empeñaba en ponerse en contacto con él “sobre un

crimen de 1963”. ¿Hasta qué punto ese maldito internauta lo relacionaba con su persona? Después de

todo, cada día los navegantes de la red se intercambian millones de archivos. El hecho de que él

dispusiera de ese recorte de prensa no lo implicaba para nada en el asunto. Tal vez Cáncer no lo

vinculara en absoluto con el asesinato y lo único que estaba buscando era más información; pero

¿para qué? ¿Curiosidad? ¿Morbo? ¿Qué relación tenía Cáncer con la casa? ¿Sería Cáncer policía?,

¿periodista?, ¿familiar de la víctima?... ¿o solo un maldito curioso que estaba consiguiendo sacarlo

de sus casillas de la manera más tonta?

¿Era un error no contestar a Cáncer? Eso solo conseguiría aumentar sus sospechas si es que las

tenía. ¿Y qué si las tenía? ¿Y qué si las aumentaba? ¡Al carajo con Cáncer! ¡Que se joda! Pero todo

eso lo estaba poniendo nervioso al hacerle recordar ese maldito montón de atrocidades del pasado.

Ya nada volvería a ser como antes. Durante años había sido un sencillo y anodino funcionario de

Correos al que pronto jubilarían. Un maldito cartero que se pasaba el día en la calle y la noche

conectado a Internet para huir de la soledad. Un funcionario al que ya se le caían las cartas cada dos

por tres por culpa de la artrosis, aunque nadie; ni él mismo; se había dado cuenta de ello hasta ese

mismo día. Se estaba haciendo viejo.

Muy viejo.

Otros con esa edad todavía eran jóvenes, o al menos no parecían tan cansados; tan estropeados

como él. ¿Qué podía esperar de lo que le quedase de vida? ¿Sería un año o veinte? Nunca antes

había pensado en su propia muerte, y sin embargo ahora todo había cambiado, se volvía viejo y

filosófico a la vez. ¿Por qué tenía que haber despertado sus recuerdos el maldito Cáncer? Ahora

podría no contestarle; podría incluso no participar en ningún otro chat y de ese modo huir de él, pero

una cosa sería huir de Cáncer, y otra muy distinta huir de sí mismo, de sus propios recuerdos; ahora

tan frescos como si las pesadillas las hubiese tenido la noche anterior. Cáncer había pulsado alguna

tecla en su viejo cerebro y no había marcha atrás. Lo único que ahora podría salvarlo de sus

pesadillas y sus sangrientos recuerdos; de su pasado; sería el alzheimer o la propia muerte. Aunque

tal vez solo el alzheimer, porque ¿quién sabe lo que hay después de la muerte?

Pero todo eso no era lo peor. Lo realmente malo y preocupante era que algo más se había

despertado en su interior. Una extraña excitación que no había sentido en los últimos cuarenta años.

Una desazón que lo hacía concomerse y perder la paz interior que lo había hecho feliz durante

muchos años. Aunque, ¿qué es la felicidad? ¿El hecho de no tener problemas lo hace a uno feliz pese

a que su vida esté vacía? ¿Qué había hecho en toda su vida?: ¡nada! No había hecho nada que lo

sacara nunca de la soledad ni de la calma chicha en la que había permanecido su existencia. Un sopor

que no lo había vuelto loco porque había perdido toda inquietud por ser o hacer algo.

Durante lo que ahora le parecían cientos de años había estado repartiendo cartas cada día;

lloviese, nevase, o hiciese sol: publicidad, cartas de amor y de desamor, requerimientos de Hacienda

y citaciones del Juzgado, cartas cercanas y cartas que venían desde muy lejos, direcciones a veces

casi ilegibles porque quien escribía apenas sabía hacerlo, o no le quedaban fuerzas para sostener la

pluma, letras floreadas, letras temblorosas, letras anodinas, con cultura y sin ella. Miles; millones de

cartas habían pasado por sus manos y nunca había tenido la tentación de abrir ninguna, pero ahora se

daba cuenta de que si no lo había hecho, no era por profesionalidad o por una cuestión moral, sino

porque nunca le había importado un carajo lo que pudieran contener esas malditas cartas, ni le había

importado quién las enviaba o a quiénes iban dirigidas. Se limitaba a leer el nombre y la dirección y

llevarla a su destino, sin haberse preguntado nunca cuál sería la reacción del destinatario al leer su

contenido, si se llevaría una alegría por recibir noticias de un pariente lejano que no recordaba ni

que vivía, o por el contrario le invadiría la desolación por una mala noticia transmitida con palabras

apenadas y contenidas. Tampoco hablaba con sus compañeros de trabajo más de lo estrictamente

necesario. Estaba convencido de que lo consideraban una persona huraña e insociable, pero tampoco

eso se lo había planteado nunca. Era ahora cuando todo parecía convertirse en una realidad. En su

realidad.

Su horrible realidad.

Era como un despertar en un mundo nuevo, que por desconocido le causaba miedo. No se sentía

como un adolescente descubriendo el sexo con su chica en la trasera de un coche de tercera mano;

con esa tensión agradable y desagradable a la vez que sube cosquilleando por la espalda hasta llegar

a la nuca, sino como alguien al que, de repente, habían descubierto la existencia del infierno y le

acababan de comunicar que sería su próximo y ya cercano destino del cual, además, no podría nunca

regresar.

Por toda la eternidad.

Eternidad.

La eternidad es algo que el cerebro humano apenas puede imaginar; es tan inconmensurable que

todos los parámetros con los que estamos acostumbrados a medir y cuantificar las cosas, resultan del

todo inútiles. La eternidad es algo de lo que el ser humano ha oído hablar desde su niñez, pero lo

cierto es que nadie entiende con un razonamiento lógico, porque es un concepto que no forma parte

de la lógica. La eternidad es...

... lo desconocido.

¿Quién puede explicar con palabras lo que es la eternidad? Cualquier explicación no será más

que un sucedáneo muy alejado de la realidad.

Pero ahora parecía darse cuenta; parecía entender el significado de esa eternidad, y no sabía por

qué. No sabía a qué se debía esa sensación de angustia que lo envolvía. De golpe y porrazo toda la

calma que rodeaba su vida quedaba transformada en una pesada carga sobre sus hombros. Toda su

vida parecía vacía; al menos durante los últimos cuarenta años. Vacía y sin sentido. Había estado

perdiendo el tiempo repartiendo estúpidas cartas. Se sentía culpable de no haber vivido con mayor

intensidad; culpable de no haber compartido nada con nadie. Pero, ¿qué hubiera podido compartir?

¿La soledad?... pero la soledad no se puede compartir porque dejaría de ser soledad. La soledad es

algo íntimo. Tal vez lo único que es propiedad de quien la posee.

Las lágrimas le llenaban los ojos.

Después de cuarenta años sentía de nuevo deseos de matar.

3

¿Matar? Sí; pero no solo matar. Deseaba algo más fuerte, algo truculento y sangriento. No sabía

a qué se debía esa especie de sed animal, pero era algo que no le ocurría por primera vez. El

detonante había sido Cáncer al hacerlo volver al pasado, pero se preguntaba a qué pasado lo había

devuelto. ¿Al pasado de su juventud, cuando tenía poco más de veinte años y de la noche a la mañana

se convirtió en un ser sangriento? ¿O a un pasado anterior? Un pasado en el que él no era él mismo,

en el que era otra persona. ¿Qué significaba todo eso? No había tomado ninguna droga, de hecho no

las había tomado nunca; ni siquiera fumaba. ¿Puede alguien tener alucinaciones sin estar drogado o

bebido? ¿Cómo se puede distinguir lo que es real de lo que no lo es? ¿Quién lo decide? ¿El cerebro?

El cerebro... esa extraña maquinaria que funciona a base de segregar un montón de endorfinas que

después de todo no son más que drogas. ¿Cuántas realidades existen? Nadie lo sabe. Quien crea

saberlo está equivocado.

Después de sentir esos instintos violentos y de hacerse cientos de preguntas sobre su pasado —

sus pasados—, fue cuando había decidido contestar al insistente Cáncer: “Aquí me tienes. ¿Qué

quieres de mí?” —parecía que se hubiese entregado; como dándose por vencido tras una larga

persecución, pero en realidad era una gran curiosidad lo que experimentaba. Se sentía vivo de nuevo;

incluso la artrosis había dejado de molestarle desde que empezó a sentir esas extrañas sensaciones

que le subían desde el coxis. Excitación y ausencia de dolor transmutadas en euforia, sin duda a

causa de una dosis elevada y recién fabricada de esas maravillosas endorfinas. “Aquí me tienes”,

había dicho en voz alta. Era como un desafío, en el fondo no le importaba si quien se hacía llamar

Cáncer era un maldito policía o un jovencito aficionado a las películas gore que solo buscaba morbo.

De un modo u otro estaba dispuesto a enfrentarse a él cara a cara si era necesario. Se sentía un

hombre nuevo a pesar de sus sesenta y cuatro años, la edad había dejado de pesarle, ahora era capaz

de hacer lo mismo que a los veinte años; incluso un deseo sexual se dejaba notar entre las piernas.

Cáncer le había dicho que estaba interesado en lo ocurrido en 1963, y en cualquier otra

circunstancia sangrienta que él conociera respecto a la casa. ¿A qué venía tanto interés por esa

mierda de casa? Todavía la recordaba; no demasiado grande, pero húmeda y oscura a pesar de que

era de reciente construcción por aquel entonces —ahora, desde luego habría envejecido como le

había ocurrido a él—. El pequeño sótano era horrendo; y el papel de las paredes... indescriptible.

Solo el maldito papel con sus colores extravagantes estaba pidiendo a gritos sangre. Mucha sangre.

¿Cómo sería ahora la casa? Suponía que después de tantos años el papel no habría sobrevivido,

puede que hubiera sido sustituido por otro más moderno, aunque lo más probable es que fuese

arrancado y suplido por pintura. El papel pintado era como un signo de otra época; de decadencia

incluso, ahora primaban las pinturas y otro tipo de decoraciones. Seguro que después de lo ocurrido,

lo primero que habría desaparecido era ese horrible papel; al menos el de la habitación de Mari, la

joven Mari, tan bella, tan tierna... tan sabrosa... porque el papel pintado se podía lavar; al menos eso

decían los fabricantes, pero ¿quién iba a lavar las paredes para quitar la sangre que las cubría

pudiendo arrancar el papel y con ello todos los restos de lo ocurrido? Pero nada de eso importaba

porque la casa seguiría siendo tan nefasta como antes. Esa casa había nacido marcada por la

iniquidad y, hasta su completa destrucción, nada de lo que en ella se hiciera cambiaría su espíritu.

Tendrían que pasar cientos; tal vez miles de años, para que todo resto de esa energía negativa que

cubría aquel espacio desapareciera o decidiera trasladarse a otro lugar más apto para permanecer,

para perdurar y quién sabe si también para medrar. ¿Cómo sabía tanto de esa casa si solo había

estado una vez? ¿Quién podría decirlo? Era una verdad inmutable que le había sido transmitida de

algún modo, una verdad que no era nueva, sino que procedía de otros tiempos, y que le sobreviviría a

él y a muchas futuras generaciones. Lo importante era que él sabía que esa casa era malvada, y ahora

alguien más estaba interesado en ella. Tal vez esa persona había notado algo en la casa, o le había

sido dicho o transmitido de algún modo. Fuera una cosa u otra, Cáncer no le quiso dar demasiadas

pistas al principio. Era muy reservado y solo quería respuestas, pero no quería dar información. “Lo

siento chico” —le había dicho él— “pero no tendrás más información si primero no me dices quién

eres y a qué viene tanto interés”.

Tuvieron que pasar un par de días más antes de que volvieran a compartir chat, o al menos antes

de que ambos se identificaran para seguir la conversación, porque al igual que él había estado

usando otros nicknames, lo más probable era que Cáncer hubiera estado haciendo lo mismo. Ninguno

de los dos parecía fiarse demasiado del otro. Ambos querían recibir la máxima información al más

bajo coste; sin darse a conocer, pero Cáncer cedió antes que él. Tal vez porque era más joven y con

menos experiencia, porque tenía un mayor deseo de ponerse en contacto, o simplemente porque tenía

menos que perder.

—Me llamo Al, y vivo en la casa.

—¿En qué casa?

—¿Es necesario dar la dirección? Sabes a qué casa me estoy refiriendo. Tú la conoces.

—¿Qué te hace pensar que la conozco?

—Tú enviaste la foto, y sé que tú has estado aquí antes. Hace mucho tiempo. Sé lo que significa

Ripper, y sé por qué utilizas ese nombre.

—Dudo que lo sepas:-)

—No juegues conmigo. Tú lo hiciste... y... quiero que vuelvas.

—¿Volver?

—Volver.

—No te entiendo...

—Sí me entiendes. Tengo algo para ti, sé que te hará muy feliz, te gustará y nadie lo sabrá

nunca. Solo tu, yo... y otra persona.

—¿Otra persona? ¿Quién?

—No importa; esa persona no podrá decir nada cuando todo esto termine.

—¿Qué es lo que ha de terminar?

—No le demos tantas vueltas, los dos sabemos a qué nos estamos refiriendo. Estoy poniendo a

tu disposición un verdadero festín. Quiero proponerte algo que nadie antes te habrá propuesto. Algo

que te gustará.

—¿Por qué no vas al grano?

—Quiero... que me comas.

En ese punto se interrumpió la conversación. ¿Era posible que alguien le estuviera proponiendo

que se lo comiera? Ese alguien, o estaba loco, o le estaba tendiendo una trampa. Probablemente

ambas cosas, porque nadie en su sano juicio le tendería una trampa en esas condiciones. ¿Qué se

proponía su interlocutor? De pronto se le ocurrió otra posibilidad. ¿A qué demonios se estaba

refiriendo? Él había interpretado el verbo comer en su sentido literal porque no sería la primera vez

que comía carne humana, ¿pero Cáncer estaría hablando en los mismos términos? ¿No sería un

condenado gay que le estaba tirando los tejos? ¿Cómo no lo había pensado? Hasta era posible que le

estuviera proponiendo un trío. Había hablado de una tercera persona. Una tercera persona que “no

podrá decir nada cuando todo esto termine”.

—Define “comer”.

—Masticar y desmenuzar el alimento en la boca y pasarlo al estómago. Tomar alimento.

El tipo debía de estar como una cabra. No se refería a nada sexual; o al menos a nada

exclusivamente sexual. ¿Qué podía perder? ¿De qué clase de trampa podría estar tratándose? Estaba

decidido. Tomaría sus precauciones y acudiría a la cita. Pero a una cita sin concretar; no le daría esa

ventaja a Cáncer. Sería él quien decidiera cuándo ir sin previo aviso, de manera que si se trataba de

una trampa, tendrían que estar ojo avizor las veinticuatro horas del día para cazarlo. Reanudó y

finalizó la conversación con una sola frase: “Eructaré después de comerte”.

3

El primer censo

Antes de Jesucristo

1

De que eran otros tiempos no cabía duda alguna. Que ella apenas podía imaginar que las cosas

llegasen a ser de otro modo, también resultaba indiscutible. Apenas con quince años y ya casada.

Casada y pobre. Casada con un hombre pocos años mayor que ella y con escasas habilidades. Nada

le podía hacer imaginar lo que en su vida ocurriría a partir de entonces, ni la trascendencia que

tendría cientos, miles de años después. Y no es que saliera de pobre, que nunca su nivel pecuniario

cambió; al menos no para mejor. Nunca tuvo más que lo justo para vestirse, y si algo había de más

calidad, era su deber tejer ropas para su marido; que ella con cualquier cosa pasaba. Siempre, eso sí,

manteniendo la dignidad, que cuando el ser humano no tiene apenas para comer y vestir, debe con

más motivo mantener su dignidad. Otro tanto ocurría con el calzado, que solo unas modestas

alpargatas tenía su marido y al hombro las llevaba cuando podía para que más le durasen; pero ni

para eso le alcanzaba a ella que tenía que ir a la fuente todos los días a por agua, que tampoco agua

corriente en casa había por entonces. Y a la fuente iba descalza, como descalza iba a recoger bostas

secas del ganado para prender fuego en casa. Apestaban más que calentaban, pero el calorcillo era

reconfortante, aunque poco duradero por perderse entre las grietas de la casa. Grietas que daban al

exterior y hacia donde iba el calor y por donde entraba el frío. Por donde entraba el frío y la luz, que

de buena mañana, incluso antes de que cantasen los gallos, ya se despertaban su marido y ella,

aunque a veces esperaban a que fuesen los gallos de los vecinos quienes les avisasen de que ya era

hora de empezar una nueva jornada; porque gallo propio que les avisase tampoco tenían. Sí poseían

en cambio un pequeño burro; pequeño porque no había crecido, no por joven; que edad ya tenía la

suya. Más de veinticinco años decía su marido que tenía, porque antes de nacer él ya iba el burro por

el mundo dando coces; y es sabido que, aunque los burros son más longevos que los caballos y

algunos llegan hasta los cincuenta años, muchos no pasaban de los treinta, y salud a este no le

sobraba, que ya cojeaba cuando se le hacía caminar más de una hora seguida.

No es que ella se quejara, que al fin y al cabo era mujer, y como tal resignada; que el mundo es

de los hombres y a ellas solo acatar los deseos de ellos les queda. Que su marido no la maltrataba y

siempre había comida suficiente para ambos. Por supuesto que él comía antes y elegía siempre los

mejores bocados, y a ella solo las sobras le quedaban, pero eran sobras suficientes, que con hambre

nunca quedaba. Después de todo, tampoco él comía en exceso, que aunque no quedaban con hambre,

sí que es cierto que echaban de menos alimentos más sabrosos y sustanciosos que los consabidos

garbanzos y, en ocasiones, aunque las menos, unas lentejas. Lentejas y garbanzos que acompañaban

con el pan que ella misma cocía cuando disponía de harina suficiente. Cuando podían, con aceite

complementaban la dieta, y cuando no, sin él comían. Agua no les faltaba, porque aunque lejos

quedaba la fuente, ella todos los días hacía acopio de más de la necesaria; incluso para las

abluciones diarias disponían siempre.

Frágil, débil y menuda era, pero sacaba la energía suficiente de los garbanzos para no

desfallecer después de cada arduo día de trabajo. Que quejarse no se quejaba; que su marido también

tenía que trabajar, y aunque no era excesivamente habilidoso, se ganaba el pan como carpintero de la

construcción. Todos los días se desplazaba a la ciudad con el pequeño y viejo burro cargado de

tablas. Desfallecido llegaba el burro y cansado lo hacía él. Volvía a casa después de haber estado

todo el día bajo el sol cortando y clavando tablas a las órdenes de un no demasiado amable capataz.

Tan cansado llegaba que nunca tenía ganas, aunque tiempo le quedara a veces, de reparar las

grietas de la casa, y en especial las de la puerta y las de la parte de atrás del tejado, por donde se

colaba alegremente y a borbotones el agua cada vez que llovía, y por donde entraba el viento

silbando. Que a veces por allí entraba y salía por la puerta, y otras, cuando soplaba por levante, por

la puerta entraba y por el tejado salía; que el mismo sonido aullante hacía cuando venía de un lado

que cuando venía del otro, aunque por la finura del oído de él, o quizás por el hecho de haberlo

escuchado cientos de veces, ya sabía de dónde llegaba, y por el olfato sabía cuándo amenazaba agua

y cuando no. Que cuando el agua estaba por venir ya se encargaba su mujer de poner algunos cuencos

y palanganas —los pocos que tenían por casa— donde ya se sabía que iba a correr el agua.

Noches enteras habían pasado sin pegar ojo escuchando los silbidos del viento y los insufribles

y cadenciosos chapoteos del agua al caer en las palanganas. Esas noches permanecía el candil

encendido, alumbrando el interior de la morada de forma insegura; que ya era bastante con no poder

dormir. Al menos de ese modo, la débil luz les hacía cierta compañía. Era también en esas noches

cuando el marido se quedaba mirando a su mujer y esta entendía lo que se requería de ella, que como

mujer casada sabía de sus obligaciones para con su marido, y siempre sabía cuando debía levantar lo

suficiente la parte inferior de su túnica y apartar sus ojos de la mirada de él. A partir de ahí, era cosa

de su marido lo que había que hacer, que ella, con facilitarle las cosas separando levemente las

piernas, ya cumplía con su obligación.

Con eso, y con darle los hijos que vinieran; que solo las mujeres podían procrear, y solo en eso

aventajaban a los hombres, aunque éstos tampoco les arrendaban las ganancias en estas lides, porque

los sufrimientos, y más los que los hijos provocan al venir al mundo, y luego durante años de

convivencia, son cosa de ellas; que el marido con traer pan a casa y acudir a la sinagoga tiene la

tarea cumplida.

Ella nunca sabía si él la miraba o no mientras sus carnes se mezclaban entrando la de él en la de

ella, porque además de apartar la mirada y cerrar los ojos cuando se levantaba la túnica, nunca los

abría antes de que él se hubiera retirado de encima de ella. Solo cuando ya quedaba acostado a su

lado, y previsiblemente mirando al techo, o tal vez dormido después del desahogo; solo entonces

volvía a abrir los ojos. Siempre procuraba permanecer en silencio, que solo las rameras hacen

aspavientos y gimen, fingidamente o no, para equivocadamente darles más placer a los hombres que

acuden a ellas a cambio de unos pocos denarios. Una esposa nunca debe gemir ni mostrar placer

alguno en esos menesteres, aunque tenía que admitir, y cuando en eso pensaba se sonrojaba, que en

alguna ocasión no pudo evitar emitir algún pequeño gemido. Gemido que por suerte quedaba apagado

entre los estertores del marido. Porque eso parecía que saliese de la garganta de él. Estertores, que

aun no proviniendo de enfermedad alguna ni de la cercanía de la muerte, a veces lo parecía. Que en

más de una ocasión; al menos al principio de casada, había tenido la tentación de abrir los ojos para

ver el rostro de él. Al principio por sincera preocupación; luego tal vez por morbo, que aunque todo

esto ocurría hace miles de años, el morbo es tan antiguo o quizás más que el propio ser humano. Ella

imaginaba el rostro desencajado y con la boca entreabierta de él, mirándola con los ojos muy

abiertos. No sabía muy bien por qué lo imaginaba así, y seguramente nunca sabría con certeza si esa

era o no su apariencia cuando lo oía hacer esos ruidos justo antes de que la llenara con su simiente.

Cuán ridículo estaría si el rostro se le transformaba como ella imaginaba. Incluso en una ocasión

soñó que abría los ojos mientras él se vaciaba, y se quedaron mirando uno a la otra. Ella con el

rostro tranquilo y calmado, aunque algo sonrojado por la vergüenza que todavía ahora sentía cuando

debía abrirse de piernas. Él, por el contrario, con el rostro tan desencajado como siempre imaginaba.

Boca entreabierta y torcida. El extremo de su lengua ligeramente sobresaliendo de sus labios. Un hilo

de saliva saliendo de su boca. Las mejillas ardientes y sudadas. Los ojos abiertos hasta lo imposible.

2

Casi treinta años al servicio de la legión son muchos años, y las arrugas habían hecho mella en

su rostro castigado por el sol y las inclemencias. Castigado por las excesivas responsabilidades que

un hombre sencillo como él había tenido que asumir debido a las circunstancias que lo habían

llevado a ser nombrado centurión años atrás. Tenía bajo su mando de forma directa a cien hombres.

El ejército romano se dividía por aquel entonces en legiones de aproximadamente seis mil hombres

cada una de ellas. Cada legión estaba dividida a su vez en diez cohortes, y cada cohorte era

compuesta por seis centurias, que como su nombre indica, quedaba formada por cien hombres;

aunque esto fue solo hasta el mandato de Trajano[2], el cual redujo el número de hombres de cada

centuria a ochenta, sin que por ello cambiase la denominación de tal, ni la de centurión. No todos los

centuriones tenían el mismo rango, aunque sí que tenían responsabilidades muy similares. No

pertenecía a la primera cohorte, pero tampoco pretendía seguir ascendiendo. De hecho esperaba

poder retirarse en su actual cargo y provisionalmente había pedido que se le apartara de sus

obligaciones en la legión. Después sabría a quién dirigirse para que lo nombraran recaudador de

impuestos. Con el salario de su nuevo cargo y lo que tuviese ahorrado de los años en que había

ejercido como centurión, podría vivir cómodamente hasta su muerte. Sin sobresaltos. Sin tantas

responsabilidades como ahora tenía. Cierto es que no podía quejarse; su sueldo superaba los dos mil

quinientos denarios, lo cual, comparados con los apenas quinientos que cobraba un pretoriano, eran

una pequeña fortuna.

Siempre llevaba su bastón de vid a todas partes, como si temiera no ser reconocido como

centurión. En cierto modo se sentía como si no mereciera el puesto que ocupaba. No dejaba de

pensar en que no era más que un plebeyo que entró en la legión como un simple soldado regular, y

que todavía no sabía cómo, llegó muy joven al rango de centurión. Durante años disfrutó de su cargo,

y en numerosas ocasiones había utilizado ese mismo bastón para azotar a sus subordinados, pero

ahora todo le pesaba y solo tenía en mente la idea de jubilarse. Al solicitar un cargo de menor

responsabilidad, cosa que sinceramente no pensaba que se le concedería, se le encomendó que

comunicara al pueblo con ayuda de sus soldados, los deseos de César Augusto[3]. Ni más ni menos

que se le había ocurrido realizar un censo completo de los habitantes de todo el reino de Herodes[4].

Su misión y la de sus hombres sería la de hacer pública esta iniciativa y hacer saber a todos los

habitantes que tuviesen su domicilio en cualquiera de las provincias gobernadas por Publio Sulpicio

Quirino[5], que estaban obligados a censarse. Y no solo eso, sino que debían ser censados en la

propia ciudad de donde fuesen nacidos, por lo que ello iba a producir numerosos desplazamientos ya

que, como resultaba lógico, muchos no vivían en la misma ciudad que les había visto nacer. Era una

de las cosas que no veía demasiado claras; para él resultaba mucho más razonable que el censo se

realizase en las ciudades donde se vivía, y no donde se hubiese nacido, pero él era un simple

centurión con el que a veces se contaba para que diera su opinión en temas militares, pero esto nada

tenía que ver con la milicia y, además, se le había encargado por su insistencia en apartarse de la

legión, por lo que se limitaría a obedecer las órdenes recibidas y a transmitir los deseos de César

Augusto.

Esperaba terminar pronto esta última misión y poder retirarse antes de que algún cambio de

planes de sus superiores lo llevaran de vuelta al campo de batalla y ello le obligase de nuevo a hacer

aquello que siempre había intentado evitar pero que algo más fuerte que él le empujaba una y otra vez

a repetir. Se despreciaba a sí mismo por ello, y hacía todo lo posible por ocultarlo ante los demás

porque, aunque era conocedor de que no era el único que se comportaba de aquel modo en la legión,

sobre todo desde su contacto con los vascones, no quería por nada del mundo que se conociese de él

tal circunstancia. Antes muerto que humillado hasta aquel punto.

La sangre era la desencadenante de todo. A veces bastaba con que le viniesen a la cabeza

escenas sangrientas de alguna batalla en la que había participado, para que esos instintos escondidos

quisieran salir a la luz. Por mucho que pusiera de su parte, algo en su interior acababa rebelándose

contra su sentido común. Se sentía miserable, pero no sabía qué hacer para evitarlo. Mientras

siguiese como centurión, estaría en el peligro de caer de nuevo en la tentación; de ahí sus deseos de

jubilarse cuanto antes. Si conseguía el puesto de recaudador de impuestos, se alejaría definitivamente

de los campos de batalla y de la sangre, y por lo tanto sería más difícil volver a reincidir. Hasta ese

momento, seguiría pregonando los deseos de César Augusto.

3

En verdad ella ya lo sabía, porque las mujeres saben de eso de una forma instintiva. Nadie

sabría explicarlo, pero muchas de ellas tienen la certeza de haber quedado grávidas prácticamente en

el mismo instante de producirse tal acontecimiento. Otras desde luego no lo saben de inmediato, pero

sí que lo notan en su interior mucho antes de que comience la primera falta. ¿Formará acaso ello

parte del instinto maternal? ¿Quién puede saberlo? Lo cierto es que ella lo sabía, y sabía que había

ocurrido la noche anterior. La noche de la tormenta en la que su marido la miró con ese deseo animal

que ella no aprobaba pero que consentía. Sabía que era su deber como esposa, y también como futura

madre. ¿Cómo sino iba a poder ofrecerle hijos al que compartía la vida con ella? Era todavía muy

joven, pero no más que la mayoría de las mujeres de su entorno. Todas se casaron temprano y

temprano quedaron encinta por primera vez. Y a esta primera vez le sucedía otra y otra más, por lo

que no resultaba raro tener cuatro o cinco hijos con apenas veinte años cumplidos.

Pero aunque lo sabía, no se atrevía a decírselo a él. Todavía no. ¿Acaso era porque no estaba

totalmente segura y temía equivocarse? ¿Temía a su reacción en el caso de que sus predicciones no

fueran exactas? Después de todo era su primera vez, y aunque algo en su interior le decía y le repetía

que estaba en lo cierto, no tenía con quien consultar, ni sabría cómo hacerlo. ¿Cómo describir esos

sentimientos tan íntimos y personales? Eso que apenas eran unas sensaciones. No se trataba de unos

síntomas físicos. Nada le dolía, ni nada fuera de lo normal sentía en su cuerpo, pero sin embargo, sí

que había experimentado un cambio que no acababa de comprender. Lo cierto es que no se atrevía a

decírselo porque le guardaba un respeto reverencial, y ni a dirigirle la palabra creía tener derecho.

Era tanta la superioridad del varón, que incluso éstos daban gracias a Dios cada día por no haberlos

hecho hembras; porque también ante Dios ellas eran inferiores. Para entrar las mujeres en la sinagoga

lo tenían que hacer por la puerta lateral, y nunca comenzaba el culto mientras no hubiese hombres

suficientes en el interior. Los escritos reflejaban también numerosos aspectos en los que quedaba

clara la superioridad del varón. Incluso se decía que no se conversase inútilmente con la mujer; ni

con la propia ni con la del prójimo.

Quien lo haga innecesariamente, se condenará.

Estaba absorta en esos, sus pensamientos, cuando llamaron a la puerta, lo cual la sobresaltó

porque no esperaba visita, y todavía era pronto para que su marido regresase a casa. Tampoco

preguntó quién llamaba, sino que se limitó a abrir la puerta. Al hacerlo, vio a un hombre joven al otro

lado. Joven pero de aspecto muy pobre. Mucho más de lo que ellos mismos eran. Casi parecía un

indigente, por lo que pensó que venía a pedir limosna. Dónde has ido a pedir -pensó.

La presencia del hombre joven, estando ella sola en casa, la llenó de azoramiento, y ni siquiera

se atrevió a mirarlo a los ojos cuando le habló.

—¿Qué desea?

—Vengo a anunciarte una buena nueva.

—¿Una buena nueva? —repitió tímidamente sin saber a qué atenerse.