El Corazón del Hombre por Eric Fromm - muestra HTML

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vida del cual hay pocos recuerdos. Frecuentemente, el definitivo

quebrantamiento de la fe tiene lugar en una edad mucho más

avanzada, al ser traicionado por un amigo, por una amante, por un

maestro, por un líder religioso o político en quien se confiaba. Rara

vez es un solo hecho, sino numerosas experiencias, lo que quebranta

acumulativamente la fe de un individuo. Las reacciones a esas

experiencias varían. Un individuo puede reaccionar dejando de

depender sentimentalmente de la persona particular que le produjo el

desengaño, haciéndose más independiente y siendo capaz de

encontrar nuevos amigos, maestros o amantes en quienes confía y

siente fe. Ésta es la reacción más deseable a los desengaños. En

otros muchos casos el resultado es que el individuo se hace

escéptico, espera un milagro que le restaure la fe, prueba a las

personas, y cuando se siente desengañado de ellas somete a prueba

19

otras, o se arroja en brazos de una autoridad poderosa (la Iglesia, o

un partido político, o un líder) para recobrar la fe. Muchas veces el

individuo vence la desesperación por haber perdido la fe en la vida

con la frenética persecución de objetivos mundanos: dinero, poder o

prestigio.

Hay aún otra reacción que es importante en el ambiente de

violencia. El individuo profundamente desengañado y desilusionado

puede también empezar a odiar la vida. Si no hay nada ni nadie en

quien creer, si la fe en la bondad y la justicia no fue más que una

ilusión disparatada, si la vida la gobierna el diablo y no Dios,

entonces, realmente, la vida se hace odiosa; ya no puede uno sentir

el dolor del desengaño. Lo que se desea demostrar es que la vida es

mala, que los hombres son malos, que uno mismo es malo. El

creyente y amante de la vida desengañado se convertirá en un cínico

y un destructor. Esta destructividad es la destructividad de la

desesperación. El desengaño de la vida condujo al odio a la vida.

En mi experiencia clínica son frecuentes las experiencias

profundas de pérdida de la fe, y con frecuencia constituyen el

leitmotiv más importante de la vida de un individuo. Puede decirse

lo mismo de la vida social, en la que líderes en quienes uno tenía

confianza resultan ser malos o incompetentes. Si la reacción no es de

una independencia mayor, con frecuencia lo es de cinismo y

destructividad.

Mientras todas esas formas de violencia están aún al servicio de

la vida realista o mágicamente, o por lo menos como consecuencia

del daño a la vida o el desengaño de ella, la forma que vamos a

estudiar a continuación, la violencia compensadora, es una forma

más patológica, aun cuando no tanto como la necrofilia, que

estudiamos en el capítulo III.

Entiendo por violencia compensadora la que es sustituía de la

actividad productora en una persona impotente. Para que se entienda

el término "impotencia" tal como se usa aquí, tenemos que pasar

revista a algunas consideraciones preliminares. Aunque el hombre es

el objeto de fuerzas naturales y sociales que lo gobiernan, al mismo

tiempo no es sólo objeto de las circunstancias. Tiene voluntad,

20

capacidad y libertad para transformar y cambiar el mundo, dentro de

ciertos límites. Lo que aquí importa no es el ámbito o alcance de la

voluntad y la libertad, 6 sino el hecho de que el hombre no puede

tolerar la pasividad absoluta. Se siente impulsado a dejar su huella

en el mundo, a transformar y cambiar, y no sólo a ser transformado

y cambiado. Esta necesidad humana está expresada en las primitivas

pinturas de las cavernas, en todas las artes, en el trabajo y en la

sexualidad. Todas estas actividades son resultado de la capacidad del

hombre para dirigir su voluntad hacia una meta y prolongar su

esfuerzo hasta haberla alcanzado. La capacidad para usar así sus

facultades es potencia. (La potencia sexual es sólo una de las formas

de la potencia.) Si, por motivos de debilidad, de angustia, de

incompetencia, etc., el individuo no puede actuar, si es impotente,

sufre; ese sufrimiento debido a la impotencia tiene sus raíces en el

hecho de que ha sido perturbado el equilibrio humano, de que el

hombre no puede aceptar el estado de impotencia total sin intentar

restablecer su capacidad para actuar. Pero ¿puede hacerlo, y cómo?

Un modo es someterse a una persona o grupo que tiene poder, e

identificarse con ellos. Por esta participación simbólica en la vida de

otra persona, el hombre se hace la ilusión de actuar, cuando en

realidad no hace más que someterse a los que actúan y convertirse

en una parte de ellos. Otro modo, y éste es el que más nos interesa

en esta ocasión, es la capacidad del hombre para destruir.

Crear vida es trascender la situación de uno como criatura que es

lanzada a la vida, como se lanzan los dados de un cubilete. Pero

destruir la vida también es trascenderla y escapar al insoportable

sentimiento de la pasividad total. Crear vida requiere ciertas

cualidades de que carece el individuo impotente. Destruir vida

requiere sólo una cualidad: el uso de la fuerza. El individuo

impotente, si tiene una pistola, un cuchillo o un brazo vigoroso,

puede trascender la vida destruyéndola en otros o en sí mismo. Así,

se venga de la vida porque ésta se le niega. La violencia

compensadora es precisamente la violencia que tiene sus raíces en la

6 Del problema de la libertad se trata en el capítulo VI.

21

impotencia, y que la compensa. El individuo que no puede crear

quiere destruir. Creando y destruyendo, trasciende su papel como

mera criatura. Camus expresó sucintamente esta idea cuando hace

decir a Calígula: "Vivo, mato, ejercito la arrobadora capacidad de

destruir, comparado con la cual el poder de un creador es el más

simple juego de niños." Ésta es la violencia del inválido, de los

individuos a quienes la vida negó la capacidad de expresar

positivamente sus potencias específicamente humanas. Necesitan

destruir precisamente porque son humanos, ya que ser humano es

trascender el mero estado de cosa.

Estrechamente relacionado con la violencia compensadora está el

impulso hacia el control completo y absoluto sobre un ser vivo,

animal u hombre. Este impulso es la esencia del sadismo. En el

sadismo, como dije en El miedo a la libertad, 7 el deseo de causar

dolor a otros no es lo esencial. Todas las diferentes formas de

sadismo que podemos observar se remontan a un impulso esencial, a

saber, el de tener un dominio completo sobre otra persona,

convertirla en un objeto desvalido de nuestra voluntad, ser su dios,

hacer con ella lo que se quiera. Humillarla, esclavizarla, son medios

para ese fin, y el propósito más radical es hacerla sufrir, ya que no

hay dominio mayor sobre otra persona que obligarla a aguantar el

sufrimiento sin que pueda defenderse. El placer del dominio

completo sobre otra persona (o sobre otra criatura animada) es la

esencia misma del impulso sádico. Otra manera de formular la

misma idea es decir que el fin del sadismo es convertir un hombre

en cosa, algo animado en algo inanimado, ya que mediante el

control completo y absoluto el vivir pierde una cualidad esencial de

la vida: la libertad.

Sólo si se ha experimentado plenamente la intensidad y la

frecuencia de la violencia destructora y sádica en los individuos y en

las masas, puede comprenderse que la violencia compensadora no es

algo superficial, resultado de malas influencias, de malas

costumbres, etc. Es en el hombre una fuerza tan intensa y tan fuerte

7 Paidós, Buenos Aires.

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como el deseo de vivir. Es tan fuerte precisamente porque constituye

la rebelión de la vida contra su invalidez; el hombre tiene un

potencial de violencia destructora y sádica porque es humano,

porque no es una cosa, y porque tiene que tratar de destruir la vida si

no puede crearla. El Coliseo de Roma, donde miles de individuos

impotentes gozaban su placer mayor viendo a hombres devorados

por fieras o matándose entre sí, es el gran monumento al sadismo.

De estas consideraciones se sigue algo más. La violencia

compensadora es el resultado de una vida no vivida y mutilada.

Puede suprimirla el miedo al castigo, hasta puede ser desviada por

espectáculos y diversiones de todo género. Pero sigue existiendo

como un potencial en la plenitud de su fuerza, y se manifiesta

siempre que se debilitan las fuerzas represivas. El único remedio

para la destructividad compensadora es desarrollar en el hombre un

potencial creador, desarrollar su capacidad para hacer uso

productivo de sus facultades humanas. Únicamente si deja de ser

inválido dejará el hombre de ser destructor y sádico, y sólo

circunstancias en que el hombre pueda interesarse en la vida

acabarán con los impulsos que hacen tan vergonzosa la historia

pasada y presente del hombre. La violencia compensadora no está,

como la violencia reactiva, al servicio de la vida; es el sustituto

patológico de la vida; indica la invalidez y vaciedad de la vida. Pero

en su misma negación de la vida aún demuestra la necesidad que

siente el hombre de vivir y de no ser un inválido.

Hay un último tipo de violencia que necesita ser descrito: la "sed

de sangre" arcaica. No es la violencia del impotente; es la sed de

sangre del hombre que aún está completamente envuelto en su

vínculo con la naturaleza. La suya es la pasión de matar como un

modo de trascender la vida, por cuanto tiene miedo de moverse

hacia adelante y de ser plenamente humano (preferencia que

estudiaré más abajo). En el hombre que busca una respuesta a la

vida regresando al estado pre-individual de existencia, haciéndose

como un animal y librándose así de la carga de la razón, la sangre se

convierte en la esencia de la vida; verter sangre es sentirse vivir, ser

fuerte, ser único, estar por encima de todos los demás. El matar se

23

convierte en la gran embriaguez, en la gran autoafirmación en el

nivel más arcaico. Por el contrario, ser muerto no es más que la

alternativa lógica de matar. Éste es el equilibrio de la vida en el

sentido arcaico: matar a todos los que se pueda, y cuando la propia

vida esté saciada de sangre, uno está dispuesto a ser muerto. El

matar en este sentido no es esencialmente amor a la muerte. Es

afirmación y trascendencia de la vida en el nivel de la regresión más

profunda. Podemos observar en individuos esta sed de sangre, a

veces en sus fantasías y sus sueños, a veces en enfermedades

mentales graves o en el asesinato. Podemos observarla en una

minoría en tiempo de guerra —internacional o civil— en que se han

suprimido las inhibiciones sociales normales. La observamos en una

sociedad primitiva, en que el matar (o ser muerto) es la polaridad

que gobierna a la vida. Podemos observar esto en fenómenos como

los sacrificios humanos de los aztecas, en la venganza de sangre

practicada en lugares como Montenegro 8 o Córcega, en el papel de

la sangre como un sacrificio a Dios en el Antiguo Testamento. Una

de las descripciones más lúcidas de esta alegría de matar se

encuentra en el cuento de Flaubert titulado La leyenda de San Julián

el Hospitalario. 9 Flaubert describe un individuo de quien se

profetizó al nacer que sería un gran conquistador y un gran santo; se

crió como un niño normal hasta que un día descubrió la emoción de

matar. Había observado algunas veces en los servicios eclesiásticos

un ratoncito que salía de un agujero de la pared; lo irritaba y estaba

decidido a librarse de él. "Así, después de cerrar la puerta y de

esparcir unas migajas de pastel por las gradas del altar, se apostó

delante del agujero con un palo en la mano. Después de un rato muy

largo, asomó una pequeña nariz roja y en seguida todo el ratón.

Descargó un golpe ligero, y se quedó estupefacto sobre aquel

cuerpecillo que ya no se movía. Manchaba la losa un poco de

sangre. La limpió rápidamente con la manga, tiró afuera el ratón y

8 Cf. el cuadro que ofrece Djilas del modo de vida montenegrino, en que presenta el matar

como el orgullo y la embriaguez mayores que puede sentir un hombre.

9 En Tres cuentos, Espasa-Calpe, Buenos Aires, Col. Austral 1259. [E.]

24

no dijo nada a nadie." Más adelante, al estrangular a un pájaro, "las

contorsiones del pájaro le hicieron latir violentamente el corazón,

llenándolo de un placer salvaje, tumultuoso". Habiendo

experimentado la exaltación del derramamiento de sangre, tuvo la

obsesión de matar animales. Ningún animal era demasiado fuerte ni

demasiado veloz para escapar a ser muerto por él. El derramamiento

de sangre llegó a ser la suprema afirmación de sí mismo como un

modo de trascender la vida. Durante años su única pasión y su único

entusiasmo fueron matar animales. Regresaba de noche, "cubierto de

sangre y lodo, y apestando a olor de bestias salvajes. Se hizo como

ellas". Casi llegó a lograr convertirse en un animal, pero no pudo

conseguirlo porque era humano. Una voz le dijo que acabaría

matando a su padre y su madre. Asustado, huyó del castillo, dejó de

matar animales y se convirtió en un temido y famoso jefe de tropas.

Como premio por una de sus mayores victorias le dieron la mano de

una mujer extraordinariamente hermosa y amable. Dejó de ser

guerrero, se dedicó con ella a una vida que podría llamarse de

arrobamiento; pero se sintió hastiado y deprimido. Un día empezó a

cazar de nuevo, pero una fuerza extraña quitaba energía a sus

proyectiles. "Entonces todos los animales que había cazado

reaparecieron y formaron un círculo cerrado alrededor de él. Unos se

sentaron sobre las ancas, otros permanecieron de pie. Julián, en

medio de ellos, quedó helado de terror, incapaz del más ligero

movimiento. Decidió regresar a su mujer y su castillo; entre tanto,

habían llegado allí sus ancianos padres, y su mujer les dejó su propia

cama. Tomándolos por su esposa y un amante, los mató. Cuando

había llegado a la sima de la regresión, tuvo lugar el gran viraje.

Llegó a ser un santo, verdaderamente; consagró su vida a los pobres

y los enfermos, y finalmente abrazó a un leproso para darle calor.

Julián ascendió a los espacios azules, cara a cara con nuestro Señor

Jesús, que lo llevó al cielo."

Flaubert describe en este cuento la esencia de la sed de sangre. Es

la embriaguez de la vida en su forma más arcaica; de ahí que una

persona, después de haber llegado a este nivel más arcaico de

conexión con la vida, pueda volver al más alto nivel de desarrollo, al

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de la afirmación de la vida, por su humanidad. Es importante

advertir que esta sed de matar, como observé arriba, no es lo mismo

que el amor a la muerte, que se describe en el capítulo III. Se siente

la sangre como la esencia de la vida; verter la sangre de otro es

fertilizar a la tierra madre con lo que necesita para ser fértil.

(Compárese la creencia azteca en la necesidad de verter sangre como

condición para que siga funcionando el cosmos, o la historia de Caín

y Abel.) Aun cuando uno vierte su propia sangre, fertiliza la tierra y

se fusiona con ella.

Parece que en este nivel de regresión la sangre es el equivalente

del semen; la tierra es la equivalente de la mujer-madre. Semen-

óvulo son las expresiones de la polaridad macho-hembra, polaridad

que se hace fundamental sólo cuando el hombre ha empezado a salir

plenamente de la tierra, hasta el punto en que la mujer se convierte

en el objeto de su deseo y su amor. 10 El derramamiento de sangre

termina en la muerte; el derramamiento de semen, en el nacimiento.

Pero la meta de la primera, como la del segundo, es la afirmación de

la vida, aun cuando apenas por encima del nivel de la existencia

animal. El matador puede convertirse en el amante si llega a nacer

plenamente, si desecha su vínculo con la tierra y si vence su

narcisismo. Pero no puede negarse que si es incapaz de hacerlo, su

narcisismo y su fijación arcaica lo atraparán en un modo de vida que

es tan cercano al modo de muerte, que difícilmente puede percibirse

la diferencia entre el hombre sediento de sangre y el enamorado de

la muerte.

10 Cuando la historia bíblica nos habla de que Dios creó a Eva como "compañera" de Adán,

lo que hace es señalar esta nueva función.

26

III. AMOR A LA MUERTE Y AMOR A LA VIDA

EN EL capítulo anterior estudiamos formas de violencia y

agresión que aún pueden considerarse más o menos benignas, en

cuanto que sirven (o parecen servir) directa o indirectamente a

propósitos de vida. En este capítulo y los siguientes trataremos de

tendencias que se dirigen contra la vida, que forman el núcleo de

graves enfermedades mentales y que pueden considerarse como la

esencia del verdadero mal. Trataremos de tres clases diferentes de

orientación: necrofilia (biofilia), narcisismo y fijación simbiótica en

la madre.

Haré ver que las tres tienen formas benignas, que pueden ser tan

leves que ni siquiera se las puede considerar patológicas. Por lo

tanto, insistiremos principalmente sobre las formas malignas de las

tres orientaciones, que en sus formas más graves convergen y

acaban por formar el "síndrome de decadencia"; este síndrome

representa la quintaesencia del mal; es al mismo tiempo el estado

patológico más grave y raíz de la destructividad e inhumanidad más

depravadas.

No conozco mejor introducción al corazón del problema de la

necrofilia que una especie de declaración que hizo en 1936 el

filósofo español Unamuno. Fue con ocasión de un discurso del

general Millán Astray en la Universidad de Salamanca, de la que era

rector Unamuno, cuando empezaba la guerra civil española. El lema

favorito del general era "¡Viva la muerte!", y uno de sus partidarios

lo gritó desde el fondo de la sala. Cuando terminó su discurso el

general, se levantó Unamuno y dijo:

"...ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito, 'Viva la muerte'. Y yo,

que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos

que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta

ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido.

27

No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de

guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay

actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá

muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera

dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la

grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio

viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor." En este momento,

Millán Astray no se pudo detener por más tiempo, y gritó: "¡Abajo la

inteligencia! ¡Viva la muerte!", clamoreado por los falangistas. Pero Unamuno

continuó: Éste es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote.

Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza

bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para

persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me

parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho." 11

Unamuno, al hablar del carácter necrófilo del grito "¡Viva la

muerte!", tocó el corazón del problema del mal. No hay distinción

más fundamental entre los hombres, psicológica y moralmente, que

la que existe entre los que aman la muerte y los que aman la vida,

entre los necrófilos y los biófilos. No quiere esto decir de ningún

modo que una persona es necesariamente ya totalmente necrófila ya

totalmente biófila. Hay algunas que están totalmente consagradas a

la muerte, y ésas son dementes. Hay otras que están enteramente

consagradas a la vida, y éstas nos impresionan por haber alcanzado

la finalidad más alta de que es capaz el hombre. En muchas están

presentes las tendencias biófilas y las necrófilas, pero en

proporciones diferentes. Lo que importa aquí, como siempre en

fenómenos de la vida, es cuál tendencia es la más fuerte, de suerte

que determine la conducta humana, no la ausencia o la presencia

completa de una de las dos orientaciones.

Literalmente, "necrofilia" significa "amor a la muerte" (como

"biofilia" significa "amor a la vida"). Suele emplearse esta palabra

para designar una perversión sexual, a saber, el deseo de poseer el

11 Tomado de Hugh Thomas, La guerra civil española. Editions Ruedo Ibérico, París, 1961,

p. 295. [E.]

28

cadáver de una mujer para realizar el acto sexual, 12 o el deseo

morboso de estar en presencia de un cadáver. Pero, como sucede con

frecuencia, una perversión sexual no hace sino representar el cuadro

más franco y claro de una orientación que se encuentra sin mezcla

sexual en muchos individuos. Unamuno lo vio claramente cuando

aplicó la palabra "necrófilo" al discurso del general. No quiso decir

que el general estuviera obsesionado por una perversión sexual, sino

que odiaba la vida y amaba la muerte.

Es extraño que la necrofilia como orientación general no haya

sido descrita nunca en la literatura psicoanalítica, aunque se

relaciona con el carácter sádico-anal de Freud y con su instinto de

la muerte. Aunque estudiaré más adelante estas relaciones, quiero

ahora pasar a describir al individuo necrófilo.

La persona con orientación necrófila se siente atraída y fascinada

por todo lo que no vive, por todo lo muerto: cadáveres,

marchitamiento, heces, basura. Los necrófilos son individuos

aficionados a hablar de enfermedades, de entierros, de muertes.

Empiezan a vivir precisamente cuando hablan de la muerte. Un

ejemplo claro del tipo necrófilo puro es Hitler. Lo fascinaba Ja

destrucción, y le agradaba el olor de la muerte. Aunque en los años

de su éxito quizá haya parecido que sólo quería destruir a quienes

consideraba enemigos suyos, los días de la Götterdämmerung o

Crepúsculo de los Dioses, y el final, demostraron que su satisfacción

más profunda estribaba en presenciar la destrucción total y absoluta:

la del pueblo alemán, la de los que lo rodeaban, la suya propia. Una

información de la primera Guerra Mundial, de la que no hay

pruebas, pero que tiene mucho sentido, dice, que un soldado vio a

Hitler como en estado de trance mirando fijamente un cadáver en

descomposición y negándose a alejarse.

El necrófilo vive en el pasado, nunca en el futuro. Sus emociones

son esencialmente sentimentales, es decir, alimentan el recuerdo de

emociones que tuvieron ayer, o que creen que tuvieron. Son fríos,

esquivos, devotos de "la ley y el orden". Sus valores son

12 Krafft-Ebing, Hirschfeld y otros han dado muchos ejemplos de pacientes obsesionados

con ese deseo.

29

exactamente lo contrario de los valores que relacionamos con la vida

normal: no la vida, sino la muerte los anima y satisface.

Es característica del necrófilo su actitud hacia la fuerza. Fuerza

es, según la definición de Simone Weil, la capacidad para convertir

un hombre en un cadáver. Así como la sexualidad puede crear vida,

la fuerza puede destruirla. Toda fuerza rebasa, en último análisis, en

el poder para matar. Puedo no matar a una persona, sino únicamente

privarla de su libertad; quizá quiero sólo humillarla o despojarla de

sus bienes; pero haga yo lo que haga, detrás de todas esas acciones

está mi capacidad de matar y mi deseo de hacerlo. El enamorado de

la muerte ama la fuerza inevitablemente. Para él la mayor hazaña del

hombre no es dar vida, sino destruirla; el uso de la fuerza no es una

acción transitoria que le imponen las circunstancias, es un modo de

vida.

Esto explica por qué el necrófilo está verdaderamente enamorado

de la fuerza. Así como para el enamorado de la vida la polaridad

fundamental en el hombre es la que existe entre macho y hembra,

para el necrófilo existe otra polaridad muy diferente: la de los que

tienen el poder de matar y los que carecen de él. Para él no hay más

que dos "sexos": el poderoso y el impotente; los matadores y los

muertos. Está enamorado de los matadores y desprecia a los que son

muertos. No pocas veces hay que tomar literalmente ese "estar

enamorado de los matadores"; son sus objetos de atracción y de

fantasías sexuales, aunque menos acentuadamente que en la

perversión mencionada arriba, o en la perversión de la necrofagia

(deseo de comer cadáveres), deseo que no rara vez puede

encontrarse en los sueños de los individuos necrófilos. Conozco

muchos sueños de personas necrófilas en que tienen relaciones

sexuales con una mujer o un hombre ancianos por la que de ningún

modo se sienten físicamente atraídos, sino a quien temen y admiran

por su fuerza y capacidad destructora.

La influencia de hombres como Hitler y Stalin estriba

precisamente en su capacidad para matar y la complacencia en

hacerlo. Por eso los amaron los necrófilos. De los demás, muchos

los temían, y prefirieron admirarlos a darse cuenta de su miedo;

30

otros muchos no percibían la calidad necrófila de los líderes y vieron

en ellos los constructores, los salvadores, los buenos padres. Si los

líderes necrófilos no hubieran fingido que eran constructores y

protectores, el número de individuos atraídos por ellos apenas habría

sido suficiente para ayudarlos a tomar el poder, y el número de los

repelidos por ellos probablemente no habría tardado en producir su

caída.

Mientras la vida se caracteriza por el crecimiento de una manera

estructurada, funcional, el individuo necrófilo ama todo lo que no

crece, todo lo que es mecánico. La persona necrófila es movida por

el deseo de convertir lo orgánico en inorgánico, de mirar la vida

mecánicamente, como si todas las personas vivientes fuesen cosas.

Todos los procesos, sentimientos y pensamientos de vida se

transforman en cosas. La memoria, y no la experiencia; tener, y no

ser, es lo que cuenta. El individuo necrófilo puede relacionarse con

un objeto —una flor o una persona— únicamente si lo posee; en

consecuencia, una amenaza a su posesión es una amenaza a él

mismo; si pierde la posesión, pierde el contacto con el mundo. Por

eso encontramos la paradójica reacción de que más bien perdería la

vida que la posesión, aun cuando al perder la vida el que posee deja

de existir. Ama el control, y en el acto de controlar mata la vida. Se

siente profundamente temeroso ante la vida, porque por su misma

naturaleza es desordenada e incontrolable. La mujer que pretende sin

razón ser la madre del niño, en el relato del juicio de Salomón, es

típica de esta tendencia. Preferiría tener un niño muerto y

adecuadamente dividido que perder un niño vivo. Para el individuo

necrófilo justicia significa reparto correcto, y está dispuesto a matar

o morir en obsequio de lo que llama justicia. "La ley y el orden" son

ídolos para él; todo lo que amenaza a la ley y el orden se considera

un ataque satánico a sus valores supremos.

Al individuo necrófilo lo atraen la oscuridad y la noche. En la

mitología y la poesía es atraído por las cavernas, o por los abismos

del océano, o se le representa ciego. (Son un buen ejemplo los

31

enanos del Peer Gynt de Ibsen; son ciegos, 13 viven en cavernas, su

único valor es el narcisista de algo "preparado en casa" o de

producción casera.) Le atrae todo lo que se aparta de la vida o se

dirige contra ella. Quiere regresar a la oscuridad del útero y al

pasado de existencia inorgánica o animal. Está orientado

esencialmente hacia el pasado, no hacia el futuro que odia y teme.

Con esto se relaciona su anhelo de certidumbre o seguridad. Pero la

vida nunca es segura, nunca es previsible, nunca es controlables para

hacerla controlable, hay que convertirla en muerte; la muerte es,

ciertamente, la única seguridad de la vida.

Las tendencias necrófilas suelen manifestarse de la manera más

clara en los sueños de una persona. Esos sueños tratan de asesinatos,

sangre, cadáveres, calaveras, heces; en ocasiones también de

hombres transformados en máquinas o que actúan como máquinas.

De vez en cuando puede tener lugar un sueño de este tipo en muchos

individuos sin que indique necrofilia. En el individuo necrófilo los

sueños de este tipo son frecuentes y a veces se repiten.

Al individuo muy necrófilo se le puede reconocer con frecuencia

por su aspecto y sus gestos. Es frío, tiene una piel que parece muerta

y con frecuencia su cara tiene una expresión como si estuviera

oliendo un mal olor. (Esta expresión podía verse claramente en la

cara de Hitler.) Es ordenado, obsesivo, pedante. Este aspecto de la

persona necrófila fue mostrado al mundo en la figura de Eichmann.

Éste se sentía fascinado por el orden burocrático y por la muerte.

Sus valores supremos eran la obediencia y el funcionamiento

adecuado de la organización. Transportaba judíos como hubiera

podido transportar carbón. Que fueran seres humanos es cosa que no

entraba en el campo de su visión, y en consecuencia no tiene

importancia el problema de si odiaba o no a sus víctimas.

Pero no se encuentran sólo entre los inquisidores, entre los Hitler

y los Eichmann, ejemplos del carácter necrófilo. Hay muchos

individuos que no tienen oportunidad ni poder para matar, pero cuya

necrofilia se expresa de otras maneras más inofensivas, vistas

13 Este significado simbólico de la ceguera es completamente distinto de aquel en que

significa "verdadera introspección".

32

superficialmente. Un ejemplo es la madre que se interesa siempre

por las enfermedades de su hijo, por sus defectos y sus malos

pronósticos para el futuro; al mismo tiempo, no la impresionará un

cambio favorable; no responderá a la alegría del niño, no advertirá

que está naciendo en él algo nuevo. Podemos advertir que sus

sueños tratan de enfermedades, de muerte, de cadáveres, de sangre.

No dañará a su hijo de un modo manifiesto, pero quizá estrangule

lentamente su alegría de vivir, su fe en el crecimiento, y al fin lo

infectará de su propia orientación necrófila.

Muchas veces la orientación necrófila entra en conflicto con

tendencias opuestas, de modo que se establece un peculiar

equilibrio. Ejemplo notable de este tipo de carácter necrófilo fue C.

G. Jung. En su autobiografía, 14 publicada póstumamente, da

amplias pruebas de ello. Sus sueños solían estar llenos de cadáveres,

de sangre, de muertes. Como manifestación típica de esta

orientación necrófila en la vida real, mencionaré lo siguiente:

Mientras se estaba construyendo la casa de Jung en Bollingen, se

encontró el cadáver de un soldado francés que se había ahogado

hacía 150 años, cuando Napoleón invadió Suiza. Jung hizo una

fotografía del cadáver y la colgó en una pared. Volvió a enterrar el

cadáver y disparó tres tiros sobre la tumba, como saludo militar.

Vista superficialmente, esta acción puede parecer ligeramente rara

pero sin ninguna importancia, por lo demás. Pero es una de las

muchas acciones "insignificantes" que expresan una orientación

subyacente con más claridad que los actos intencionales e

importantes. El mismo Freud observó muchos años antes la

orientación de Jung hacia la muerte. Cuando los dos se embarcaban

para los Estados Unidos, Jung habló mucho de los cadáveres bien

conservados que se habían encontrado en las marismas cerca de

Hamburgo. A Freud le desagradó aquel tipo de conversación y le

dijo a Jung que hablaba tanto de aquellos cadáveres porque estaba

lleno de deseos de muerte contra él (Freud). Jung lo negó,

14 Memories, Dreams. Reflections, por C. G. Jung, ed. por Aniéla Jaffé, Nueva York

Pantheon Books, 1963. Cf. mi estudio sobre este libro en el Scientific American de

septiembre de 1963.

33

indignado, pero unos años después, hacia el tiempo de su ruptura

con Freud, tuvo el siguiente sueño. Sintió que, en compañía de un

nativo negro, tenía que matar a Sigfrido. Salió con un rifle, y cuando

Sigfrido apareció en la cresta de una montaña lo mató. Después se

sintió horrorizado y temeroso de que pudiera descubrirse su crimen.

Jung despertó pensando que tenía que matarse si no comprendía el

sueño. Tras alguna reflexión, llegó a la siguiente “comprensión”:

matar a Sigfrido significa matar al héroe dentro de uno, expresando

así su humildad. El ligero cambio de Sigmundo a Sigfrido bastó para

permitir a un hombre cuyo mayor talento era la interpretación de

sueños, ocultarse a sí mismo el sentido real de aquel sueño. Si uno

se pregunta cómo es posible una represión tan intensa, la respuesta

es que el sueño era una manifestación de su orientación necrófila, y

como toda esta orientación estaba intensamente reprimida, Jung no

podía conocer el sentido de aquel sueño, el cual encaja dentro del

panorama de que Jung se sentía fascinado por el pasado, y rara vez

por el presente y el futuro; que las piedras eran su material favorito y

que siendo niño se había imaginado que Dios dejaba caer una gran

basura sobre una iglesia, destruyéndola. Sus simpatías por Hitler y

sus teorías raciales son otra expresión de su afinidad con la gente

enamorada de la muerte.

Pero Jung era una persona extraordinariamente creadora, y la

creación es lo más opuesto a la necrofilia. Resolvió el conflicto

dentro de sí mismo equilibrando sus poderes destructores con su

deseo y su capacidad de curar, y haciendo de su interés en el pasado,

en la muerte y en la destrucción, materia de brillantes

especulaciones.

En esta descripción de la orientación necrófila, quizá di la

impresión de que todos los rasgos descritos se encuentran

necesariamente en el individuo necrófilo. Es cierto que rasgos tan

divergentes como el deseo de matar, el culto de la fuerza, la

atracción de la muerte y la inmundicia, el sadismo, el deseo de

transformar lo orgánico en inorgánico mediante el “orden”, son

todos ellos parte de la misma orientación fundamental. Pero en lo

que concierne a los individuos, hay diferencias considerables

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respecto de la fuerza de las respectivas tendencias. Cualquiera de los

rasgos aquí mencionados puede ser más pronunciado en una persona

que en otra; además, el grado en que una persona es consciente de

sus tendencias necrófilas, o las racionaliza, varía considerablemente

de individuo a individuo. Pero el concepto del tipo necrófilo no es

de ningún modo una abstracción ni un compendio de varias

tendencias dispares de la conducta. La necrofilia constituye una

orientación fundamental; es la única respuesta a la vida que está en

completa oposición con la vida; es la orientación hacia la vida más

morbosa y más peligrosa de que es capaz el hombre. Es la verdadera

perversión: aunque se está vivo, no es la vida sino la muerte lo que

se ama, no el crecimiento, sino la destrucción. El individuo

necrófilo, si se atreve a darse cuenta de lo que existe, expresa el

lema de su vida cuando dice “!Viva la muerte!”

Lo opuesto a la orientación necrófila es la orientación biófila; su

esencia es el amor a la vida, en contraste con el amor a la muerte.

Como la necrofilia, la biofilia no está constituida por un rasgo único,

sino que representa una orientación total, todo un modo de ser. Se

manifiesta en los procesos corporales de una persona, en sus

emociones, en sus pensamientos, en sus gestos; la orientación biófila

se expresa en todo el hombre. La forma más elemental de esta

orientación se expresa en la tendencia a vivir de todos los

organismos vivos. En contraste con el supuesto de Freud relativo al

"instinto de la muerte", estoy de acuerdo con el supuesto de muchos

biólogos y filósofos de que es una cualidad inherente a toda materia

viva el vivir, el conservar la existencia; como dijo Spinoza: "Todas

las cosas, en cuanto son, se esfuerzan por persistir en su ser." 15 A

ese esfuerzo lo llamó la esencia misma de la cosa en cuestión. 16

Observamos esta tendencia a vivir en toda la materia viva que

nos rodea; en la hierba que crece entre las piedras en busca de luz y

de vida; en el animal que luchará hasta lo último para escapar a la

muerte; en el hombre que dará casi cualquier cosa para conservar la

15 Ética, III, Prop. VI.

16 Ibid., Prop. VII.

35

vida.

La tendencia a conservar la vida y a luchar contra la muerte es la

forma más elemental de la orientación biófila, y es común a toda la

materia viva. En cuanto es una tendencia a conservar la vida y a

combatir la muerte, sólo representa un aspecto de la tendencia a

vivir. El otro aspecto es más positivo: la materia viva tiene la

tendencia a integrar y unir; tiende a fundirse con entidades diferentes

y opuestas, y a crecer de un modo estructural. Unificación y

crecimiento integrado son características de todos los procesos

vitales, no sólo por lo que concierne a las células, sino también

respecto del sentimiento y el pensamiento.

La expresión más elemental de esta tendencia es la fusión de

células y organismos, desde la fusión celular sexual hasta la unión

sexual de los animales y del hombre. En este último, la unión sexual

se basa en la atracción entre los polos masculino y femenino. La

polaridad masculino-femenino constituye el núcleo de la necesidad

de fusión de que depende la vida de la especie humana. Parece que

por esta razón la naturaleza proporcionó al hombre el placer más

intenso en la fusión de los dos polos. Biológicamente, el resultado

de esa fusión es normalmente la creación de un ser nuevo. El ciclo

de la vida es unión, nacimiento y crecimiento, así como el ciclo de la

muerte es cesación de crecimiento, desintegración, descomposición.

Pero aun el instinto sexual, aunque biológicamente sirve a la

vida, no es necesariamente el único que expresa la biofilia

psicológicamente. Parece que no hay una sola emoción intensa que

no pueda ser atraída al instinto vital y combinarse con él. La

vanidad, el deseo de riquezas o de aventuras, y hasta la atracción de

la muerte, pueden, por así decirlo, poner a su servicio el instinto

sexual. Por qué es así, es materia que se presta a especulaciones. Se

siente uno tentado a pensar que es una treta de la naturaleza el hacer

tan dócil el instinto sexual, que lo movilice cualquier clase de deseo

intenso, aun los que son contrarios a la vida. Pero, cualquiera que

sea la razón, difícilmente puede dudarse de la combinación de deseo

sexual y destructividad. (Freud señaló esta mezcla, especialmente en

su estudio sobre la combinación del instinto de la muerte con el

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instinto de la vida, como ocurre en el sadismo y el masoquismo.) El

sadismo, el masoquismo, la necrofagia y la coprofagia son

perversiones, no porque se desvían de las normas habituales de la

conducta sexual, sino porque significan la única perversión

fundamental: la mezcla de la vida y la muerte. 17

El pleno despliegue de la biofilia hay que buscarlo en la

orientación productiva. 18 La persona que ama plenamente la vida es

atraída por el proceso de la vida y el crecimiento en todas las

esferas. Prefiere construir a conservar. Es capaz de admirarse, y

prefiere ver algo nuevo a la seguridad de encontrar la confirmación

de lo viejo. Ama la aventura de vivir más que la seguridad. Su

sentido de la vida es funcional y no mecanicista. Ve el todo y no

únicamente las partes, estructuras y no sumas. Quiere moldear e

influir por el amor, por la razón, por su ejemplo, no por la fuerza, no

aislando las cosas ni por el modo burocrático de administrar a las

gentes como si fuesen cosas. Goza de la vida y de todas sus

manifestaciones, y no de la mera agitación.

La ética biófila tiene su propio principio del bien y del mal.

Bueno es todo lo que sirve a la vida; malo todo lo que sirve a la

muerte. Bueno es la reverencia para la vida, 19 todo lo que fortifica

la vida, el crecimiento, el desarrollo. Malo es todo lo que ahoga la

vida, lo que la angosta, lo que la parte en trozos. La alegría es

virtuosa y la tristeza es pecaminosa. Es, pues, desde el punto de vista

de la ética biófila como menciona la Biblia el pecado fundamental

de los hebreos: "Por cuanto no serviste a Jehová tu Dios con alegría

y con gozo de corazón, por la abundancia de todas las cosas" (Deut.,

28, 47). La conciencia de la persona biófila no es la de obligarse a

abstenerse del mal y hacer el bien. No es el super-ego descrito por

17 Muchos ritos relativos a la separación de lo limpio (la vida) y lo sucio (la muerte)

acentúan la importancia de evitar esa perversión.

18 Cf. el estudio de la orientación productiva en E. Fromm, Ética y psicoanálisis, F. C. E.,

México, Breviario 74, 4ª. ed., 1963.

19 Ésta es la tesis principal de Albert Schweitzer, uno de los grandes representantes del

amor a la vida, tanto en sus escritos como en su persona.

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Freud, que es un capataz estricto que es sádico contra sí mismo en

obsequio a la virtud. La conciencia biófila es movida por la

atracción de la vida y de la alegría; el esfuerzo moral consiste en

fortalecer la parte de uno mismo amante de la vida. Por esta razón el

biófilo no vive en el remordimiento y la culpa, que no son, después

de todo, más que aspectos de la aversión a sí mismo y de la tristeza.

Se orienta rápidamente hacia la vida y procura hacer el bien. La

Ética de Spinoza es un ejemplo notable de moral biófila. "El placer

—dice— no es en sí mismo malo, sino bueno; por el contrario, el

dolor es malo en sí mismo." 20 Y con el mismo espíritu: "Un hombre

libre piensa en la muerte menos que en cualquier otra cosa, y su

sabiduría es una meditación no sobre la muerte sino sobre la vida."

21 El amor a la vida está en la base de las diferentes versiones de la

filosofía humanista. En diferentes formas conceptuales, esas