Discurso sobre la Desigualdad Entre los Hombres por Jean Jacques Rousseau - muestra HTML

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Me detengo en estos primeros pasos y suplico a mis jueces suspendan en este punto la lectura para que consideren, solamente sobre la invención de las substantivos físicos, es decir, sobre la parte de la lengua más fácil de hallar, el camino que aún le queda para expresar todos los pensamientos de los hombres, para tomar una forma constante, para poder ser hablada públicamente e influir sobre la sociedad; les suplico que reflexionen cuánto tiempo y cuántos conocimientos han sido necesarios para descubrir los números

(21), los nombres abstractos, los aoristos (22) y todos los tiempos de los verbos, las partículas, la sintaxis; para unir los razonamientos y construir la lógica del discurso. En cuanto a mí, asustado por las dificultades, que se multiplican a cada paso, y convencido de la imposibilidad casi demostrada de que las lenguas hayan podido nacer y establecerse por medios puramente humanos, dejo a quien quiera emprenderla la discusión de este difícil problema: si ha sido más necesaria la sociedad ya establecida para la institución de las lenguas, o las lenguas ya inventadas para la constitución de la sociedad.

Sea lo que fuere de estos orígenes, se ve cuando menos, en el escaso cuidado puesto por la naturaleza para aproximar a los hombres mediante necesidades mutuas y facilitarles el uso de la palabra, cuán poco ha preparado su sociabilidad y qué poco ha puesto de su parte para que se establecieran sus relaciones. En efecto; es imposible imaginar por qué en ese estado primitivo un hombre tendrá más necesidad de otro hombre que un mono o un lobo de sus semejantes; ni, suponiendo esa necesidad, qué motivo podría inducir al otro a acceder; ni tampoco, en este último caso, cómo podrían convenir entre ellos las condiciones. Bien sé que se repite incesantemente que nada habría sido tan miserable como el hombre en ese estado; mas si es verdad, como creo haberos demostrado, que no pudo hasta muchos siglos después tener el deseo y la ocasión de salir de aquel estado, habría que acusar a la naturaleza y no a quien ella hubiese constituido de ese modo. Pero, si yo comprendo bien ese término de miserable, es una palabra que, o no tiene ningún sentido, o significa una privación dolorosa o el sufrimiento del cuerpo o del alma. Ahora bien; desearía que se me explicase cuál puede ser el género de miseria de un ser libre cuyo corazón se halla en paz y el cuerpo en salud. Yo pregunto: de la vida social o natural, ¿cuál está más sujeta a convertirse en insoportable para quienes las disfrutan? Alrededor nuestro casi sólo vemos gentes lamentándose de su existencia y aun algunos que se privan de ella en cuanto está en su poder, no bastando apenas el concurso de la ley divina y de la humana para contener este desorden. Yo pregunto si alguna vez se ha oído decir que un salvaje en libertad hubiera tan sólo pensado en quejarse de la vida o en darse la muerte. Júzguese, pues, con menos orgullo de qué lado se halla la verdadera miseria. Al contrario: nada habría sido más miserable que el hombre salvaje deslumbrado por los conocimientos, atormentado por las pasiones y razonando sobre un estado diferente al suyo. Por una sapientísima providencia, las facultades que poseía en potencia no debían desarrollarse sino en las ocasiones de ejercerlas, a fin de que no fueran para él ni superfluas ni onerosas antes de tiempo, ni tardías e inútiles en caso necesario. Tenía en su solo instinto cuanto necesitaba para vivir en el estado natural; en la razón cultivada sólo tiene lo que necesita para vivir en sociedad.

Parece a primera vista que en este estado, no teniendo los hombres entre sí ninguna clase de relación moral ni de deberes conocidos, no podrían ser ni buenos ni malos, ni tenían vicios ni virtudes, a menos que, tomando estas palabras en un sentido físico, se llamen vicios del individuo las cualidades que pueden perjudicar su propia conservación, y virtudes, las que a ella puedan contribuir; en este caso, habría que considerar como más virtuoso a quien menos resistiera los meros impulsos de la naturaleza. Pero, sin apartarnos de su sentido ordinario, conviene retener la opinión que podríamos manifestar sobre tal situación y desconfiar de nuestros prejuicios hasta que, la balanza en la mano, se haya examinado si los hombres civilizados poseen más virtudes que vicios, o si sus virtudes son más ventajosas que funestos sus vicios, o si el progreso de sus conocimientos constituye una compensación suficiente de los males que mutuamente se causan a medida que aprenden el bien que debían hacerse, o si, bien mirado, no se encontrarían en una situación más feliz no teniendo daño que temer ni bien que esperar de nadie que hallándose sometidos a una dependencia universal y obligados a recibir todo de quienes no se obligan a darles nada.

No saquemos la conclusión, como Hobbes, de que, no teniendo ninguna idea de la bondad, el hombre es naturalmente malo; vicioso, porque no conoce la virtud; que niega siempre a sus semejantes los servicios que cree no deberles; que, en virtud del derecho que se arroga sobre las cosas que necesita, se imagina insensatamente ser el propietario único del universo entero. Hobbes ha visto muy bien el defecto de todas las definiciones modernas del derecho natural; pero las consecuencias que deduce de la suya demuestran que la toma en un sentido no menos falso. Razonando sobre los principios que enuncia, este autor debía decir que, siendo el estado de naturaleza aquel en que el cuidado de nuestra conservación es el menos perjudicial para la conservación de nuestros semejantes, éste era por consiguiente el estado más a propósito para la paz y el más conveniente para el género humano. Pues dice precisamente lo contrario, por haber hecho entrar, con gran desacierto, en el cuidado de la conservación del hombre salvaje la necesidad de satisfacer una multitud de pasiones que son producto de la sociedad y que han hecho necesarias las leyes. El malo, dice, es un niño fuerte. Falta saber si el hombre salvaje, es un niño fuerte. Aunque ello se concediera, ¿qué se deduciría? Que si, siendo fuerte, este hombre dependía de los demás tanto como siendo débil, no hay ninguna clase de excesos a los que no se entregara; que pegaría a su madre cuando tardase demasiado en darle de mamar; que estrangularía a uno de sus pequeños hermanos cuando estuviese enojado; que mordería al otro en la pierna cuando fuese tropezado o molestado. Pero ser fuerte y dependiente son supuestos contradictorios en el estado natural. El hombre es débil cuando está sometido a dependencia, y es libre antes de ser fuerte. Hobbes no ha visto que la misma causa que impide a los salvajes el uso de razón, como pretenden nuestros jurisconsultos, les impide al mismo tiempo el abuso de sus facultades, como él mismo pretende; de modo que podría decirse que los salvajes no son malos precisamente porque no saben qué cosa es ser buenos, toda vez que no es el desenvolvimiento de la razón ni el freno de la ley, sino la ignorancia del vicio y la calma de las pasiones, lo que los impide hacer el mal: Tanto plus in illis proficit vitiorum ignoratio, quam in his cognitio virtutis (23).

Hay además otro principio que Hobbes no ha observado, el cual, habiéndole sido dado al hombre para suavizar en ciertas circunstancias la ferocidad de su amor propio o su deseo de conservación antes del nacimiento de este amor (24), modera el ardor que siente por su bienestar con una innata repugnancia a ver sufrir a sus semejantes. No creo que deba temer una contradicción concediendo al hombre la única virtud natural que se ha visto obligado a reconocer el más furioso detractor de las virtudes humanas. Me refiero a la piedad, disposición adecuada a seres tan débiles y sujetos a tantos males como somos nosotros; virtud tanto más universal y tanto más útil al hombre cuanto que precede al uso de toda reflexión, y tan natural, que las bestias mismas dan de ella algunas veces sensibles muestras. Sin hablar de la ternura de las madres con sus pequeños y de los peligros que arrostran para protegerlos, obsérvase a diario la repugnancia que experimentan los caballos a pisotear un cuerpo vivo. Un animal no pasa nunca al lado de otro de su especie muerto sin sentir cierta inquietud; hasta hay animales que les dan una suerte de sepultura, y los tristes mugidos del ganado entrando en el matadero anuncian la impresión que recibe ante el horrible espectáculo que contempla. Con placer se ve al autor de la fábula Las abejas (25), obligado a reconocer al hombre como un ser compasivo y sensible, abandonar su estilo frío y sutil para ofrecernos la patética imagen de un hombre encerrado que ve fuera a una bestia feroz arrancar a un niño de brazos de su madre, triturar con sus mortíferos dientes sus débiles miembros y desgarrar con sus uñas las entrañas palpitantes de la criatura. ¡Qué horribles estremecimientos experimenta ese testigo de un suceso en el cual no interviene su interés personal! ¡Qué angustias sufro por no poder prestar auxilio alguno a la madre desvanecida y a la expirante criatura!

Tal es el puro movimiento de la naturaleza, anterior a toda reflexión; tal la fuerza de la piedad natural, que las costumbres más depravadas difícilmente pueden destruirla, puesto que se ve a diario en nuestros espectáculos enternecerse y llorar ante las desventuras de un infortunado a un tal que, de hallarse en el lugar del tirano, agravaría más aún los tormentos de su enemigo, semejante al sanguinario Sila, tan sensible ante las desgracias que él no había causado, o a ese Alejandro de Feres, que no osaba asistir a la representación de ninguna tragedia por temor de que se le viera llorar con Andrómaca y con Príamo, mientras escuchaba sin emocionarse los gritos de los ciudadanos que mandaba degollar todos los días.

Mollissima corda

Humano generi dare se natura fatetur,

Quae lacrymas dedit (26).

Mandeville ha comprendido perfectamente que los hombres, con toda su moral, hubieran sido siempre unos monstruos si la naturaleza no les hubiese dado la piedad en apoyo de la razón; pero no ha visto que de esta sola cualidad se derivan todas las virtudes sociales que pretende negar a los hombres. En efecto: ¿qué es la generosidad, la clemencia, la humanidad, sino la piedad aplicada a los débiles, a los culpables, o a la especie humana en general? La benevolencia y la misma amistad son, bien miradas, productos de una constante piedad fijada en un objeto particular; pues desear que alguien no sufra, ¿qué es sino desear que sea feliz? Aun cuando fuera cierto que la conmiseración es sólo un sentimiento que nos pone en el lugar de quien sufre, sentimiento obscuro y vivo en el salvaje, desarrollado pero débil en el hombre civilizado, ¿qué importaría esto a la verdad de lo que afirmo, sino para darle más fuerza? En efecto: la conmiseración será tanto más enérgica cuanto más íntimamente se identifique el animal espectador con el animal paciente. Ahora bien; es evidente que esta identificación ha debido de ser infinitamente más estrecha en el estado de naturaleza que en el estado de razonamiento. Es la razón quien engendra el amor propio, y la reflexión lo fortifica; ella repliega al hombre sobre sí mismo; ella le aparta de todo lo que le molesta o le aflige. Es la filosofía quien le aísla; por ella dice en secreto, a la vista de un hombre que sufre: «Muere si quieres; yo estoy seguro.» Sólo los peligros de la sociedad entera turban el sueño tranquilo del filósofo y le arrancan del lecho. Se puede degollar impunemente a un semejante suyo bajo sus ventanas; no tiene más que taparse los oídos y razonar un poco para impedir a la naturaleza que se subleva dentro de él identificarlo con aquel a quien se asesina (27). El hombre salvaje carece de este admirable talento; falto de razón y de prudencia, vésele siempre entregarse aturdidamente al primer sentimiento de la humanidad. En los motines, en las contiendas callejeras, acude el populacho y el hombre prudente se aparta; es la canalla, son las mujeres del mercado quienes separan a los combatientes o impiden a la gente de bien su mutuo exterminio.

Es, por tanto, perfectamente cierto que la piedad es un sentimiento natural que, moderando en cada individuo de su amor a sí mismo, concurre a la mutua conservación de la especie. Ella nos impulsa sin previa reflexión al socorro de aquellos a quienes vemos sufrir; ella substituye en el estado natural a las leyes, a las costumbres y a la virtud, con la ventaja de que nadie se siente tentado de desobedecer su dulce voz; ella disuadirá a un salvaje fuerte de quitar a una débil criatura o a un viejo achacoso el alimento que han adquirido penosamente, si espera hallar el suyo en otra parte; ella inspira a todos los hombres, en lugar de la sublime máxima de justicia razonada Pórtate con los demás como quieres que se porten contigo, esta otra de bondad natural, acaso menos perfecta, pero mucho más útil que la anterior: Haz tu bien con el menor daño posible para otro. En una palabra: es en este sentimiento natural, más bien que en los sutiles argumentos, donde hay que buscar la causa de la repugnancia que todo hombre siente a obrar mal, aun independientemente de los preceptos de la educación. Aunque Sócrates y los espíritus de su tiempo puedan adquirir la virtud por medio del razonamiento, hace tiempo que habría desaparecido el género humano si su conservación hubiese dependido de quienes lo componen.

Con pasiones tan poco activas y un freno tan saludable, los hombres, más bien feroces que malos, más atentos a ponerse a cubierto del mal que podían recibir que inclinados a hacer daño a otros, no estaban expuestos a contiendas muy peligrosas.

Como no tenían entre sí ninguna especie de relación; como por tanto, no conocían la vanidad, ni la consideración, ni la estima, ni el desprecio; como no tenían la menor noción del bien ni del mal, ni alguna idea verdadera de justicia; como miraban las violencias que podían recibir como daño fácil de reparar, y no como una injuria que debe ser castigada, y como ni siquiera pensaban en la venganza, a no ser tal vez maquinalmente y en el mismo momento, como el perro que muerde la piedra que se le arroja, sus disputas raramente hubieran tenido causa más importante que el alimento.

Pero veo una más peligrosa y de la cual voy a tratar.

Entre las pasiones que agitan el corazón humano hay una, ardiente, impetuosa, que hace a un sexo necesario al otro; terrible pasión que desafía todos los peligros, destruye todos los obstáculos y más parece, en su furor, propia para aniquilar el género humano que no destinada a conservarlo. ¿Qué sería de los hombres presa de esta rabia desenfrenada y brutal, sin pudor ni continencia, y disputándose cada día sus amores al precio de su sangre?

Es preciso conceder desde luego que cuanto más violentas son las pasiones más necesarias son las leyes; pero, además de que los desórdenes y los crímenes que a diario causan esas pasiones demuestran demasiado la insuficiencia de las leyes a este respecto, convendría examinar si estos desórdenes no han nacido con las leyes mismas; porque entonces, aunque fueran capaces de reprimirlos, lo menos que podría exigírseles es que detuviesen un mal que sin ellas no existiría.

Empecemos por distinguir en el sentimiento del amor lo moral y lo físico. Lo físico es ese deseo general que impulsa a un sexo a unirse con otro. Lo moral es lo que determina ese deseo y lo fija exclusivamente en un solo objeto, o que, por lo menos, le da hacia ese objeto preferido un mayor grado de energía. Ahora bien; es fácil ver que lo moral del amor es un sentimiento facticio nacido del uso de la sociedad y elogiado por las mujeres con suma habilidad y cuidado para implantar su imperio y hacer dominante el sexo que debía obedecer. Como este sentimiento está fundado sobre ciertas nociones del mérito y de la belleza que un salvaje no se halla en estado de poseer, y sobre comparaciones que éste no puede hacer, debe de ser casi nulo para él; porque del mismo modo que su espíritu no ha podido forjar ideas abstractas de regularidad y de proporción, así su corazón no es tampoco susceptible de sentimiento de admiración y de amor, los cuales nacen, sin que uno se dé cuenta, de la aplicación de esas ideas.

Únicamente escucha al temperamento que la naturaleza le ha dado, no al gusto que no ha podido adquirir, y cualquier mujer le parece buena.

Limitados a la parte física del amor y bastante felices para ignorar esas preferencias que irritan el sentimiento amoroso y aumentan las dificultades, los hombres deben de sentir menos frecuentemente y con menor viveza los ardores del temperamento, y, por consiguiente, sus disputas deben de ser más raras y menos crueles. La imaginación, que tantos estragos produce entre nosotros, no habla a esos corazones salvajes; cada uno espera tranquilamente los impulsos de la naturaleza, se entrega a ellos sin elección, con mayor placer que furor, y, satisfecha su necesidad, el deseo queda extinguido.

Es, pues, incontestable que así el amor como las demás pasiones no han adquirido sino en la sociedad ese ardor impetuoso que tan funestos los hace ser con frecuencia para los hombres. De modo que es en extremo ridículo representar a los salvajes exterminándose mutuamente y sin cesar por satisfacer su brutalidad, toda vez que esta opinión está en completa contradicción con la experiencia, pues los caribes, el pueblo que menos se ha apartado hasta aquí, entre todos los existentes, del estado natural, son precisamente los más tranquilos en sus amores y los menos sujetos a los celos, aunque viven bajo un clima abrasador, que parece dar a sus pasiones una actividad mayor.

Respecto a las consecuencias que podrían deducirse, en ciertas especies animales, de las luchas entre machos que en todo tiempo ensangrientan nuestros corrales o hacen retumbar los bosques en la primavera con sus gritos disputándose la hembra, es necesario empezar por excluir a todas aquellas especies en que la naturaleza ha establecido manifiestamente, por lo que hace al poder relativo de los sexos, distintas relaciones que entre nosotros; así, las peleas entre gallos no constituyen una inducción para la especie humana. En las especies en que la proporción está mejor observada, estas luchas sólo pueden tener por causa la escasez de hembras respecto al número de machos o los intervalos durante los cuales la hembra rehúsa constantemente ayuntarse con el macho, lo que equivale a la primer causa; porque si la hembra sólo admite al macho durante dos meses al año, es igual que si el número de hembras fuese cinco sextas partes menor. Pero ninguno de estos dos casos es aplicable a la especie humana, en la cual el número de las hembras excede generalmente al de varones, no habiéndose observado nunca tampoco, ni aun entre los salvajes, que las hembras tengan, como en las otras especies, épocas de celo y de abstención. Además, en muchas clases de animales, entrando la especie entera a la vez en mutua efervescencia, sobreviene un momento terrible de común ardor, de tumulto, desorden y combate; momento que no existe en la especie humana, porque el amor en ella no es periódico. No puede deducirse, por consiguiente, de los combates entre ciertos animales por la posesión de la hembra, que lo mismo sucedería al hombre en el estado natural; y aunque se pudiera sacar esa conclusión, así como esas luchas no destruyen esas especies, debe pensarse cuando menos que no serían más funestas para la nuestra; y aun parece que no causarían tantos estragos como causan en la sociedad, sobre todo en aquellos países en que, por respetarse todavía las costumbres, los celos de los amantes y la venganza de los maridos son diario motivo de duelos, crímenes y peores cosas; sociedad en que el deber de una eterna fidelidad sólo sirve para originar adulterios y donde las mismas leyes del honor y la continencia extienden necesariamente la corrupción y multiplican los abortos.

Concluyamos que el hombre salvaje, errante en los bosques, sin industria, sin palabra, sin domicilio, sin guerra y sin relaciones, sin necesidad alguna de sus semejantes, así como sin ningún deseo de perjudicarlos, quizá hasta sin reconocer nunca a ninguno individualmente; sujeto a pocas pasiones y bastándose a sí mismo, sólo tenía los sentimientos y las luces propias de este estado, sólo sentía sus verdaderas necesidades, sólo miraba aquello que le interesaba ver, y su inteligencia no progresaba más que su vanidad. Si por casualidad hacía algún descubrimiento, tanto menos podía comunicarlo cuanto que ni reconocía a sus hijos. El arte perecía con el inventor. No había educación ni progreso; las generaciones se multiplicaban inútilmente, y, partiendo siempre cada una del mismo punto, los siglos transcurrían en la tosquedad de las primeras edades; la especie era ya vieja, y el hombre seguía siendo siempre niño.

Si me he extendido tanto tiempo sobre la suposición de esta condición primitiva es porque, siendo necesario destruir antiguos errores y prejuicios, he creído que debía ahondar hasta las raíces para demostrar en el cuadro del verdadero estado de naturaleza cómo la desigualdad, aun natural, está lejos de tener en ese estado la realidad y la influencia que pretenden nuestros escritores.

En efecto: es fácil ver que, entre las diferencias que distinguen a los hombres, pasan por naturales muchas que son únicamente obra de la costumbre y de los diversos géneros de vida que llevan los hombres en la sociedad. Así, un temperamento fuerte o delicado, la fuerza o la debilidad que de éste dependen, proceden con frecuencia más de la manera ruda o afeminada con que uno ha sido criado que de la constitución primitiva del cuerpo. Lo mismo sucede con las fuerzas del espíritu, y no solamente la educación establece diferencias entre los espíritus cultivados y los que no lo están, sino que aumenta la que existe entre los primeros en proporción con la cultura, pues si un gigante y un enano van por el mismo camino, cada paso que adelanten dará una nueva ventaja al gigante. Ahora bien: si se compara la prodigiosa variedad de educación y de géneros de vida que reina en los diferentes órdenes del estado civil con la simplicidad y la uniformidad de la vida animal o salvaje, en la cual todos se nutren con los mismos alimentos, viven del mismo modo y hacen exactamente las mismas cosas, se comprenderá entonces cómo la diferencia de hombre a hombre debe ser menor en el estado de naturaleza que en el de sociedad, y cómo la desigualdad natural debe aumentar en la especie humana por la desigualdad de educación.

Pero aunque la naturaleza afectase en la distribución de sus dones tantas diferencias como se pretende, ¿qué ventajas gozarían los más favorecidos en perjuicio de los demás en un estado de cosas que no admitiría casi ninguna especie de relación entre ellos?

Donde no hay amor, ¿de qué sirve la belleza? ¿De qué sirve el ingenio a gentes que no hablan nunca, y la astucia a los que no tienen negocios? Oigo repetir a cada instante que los más fuertes oprimirían a los débiles; pero explíqueseme qué se quiere decir con la palabra opresión. Unos dominarían con violencia, otros gemirían sometidos a su capricho. He aquí precisamente lo que observo entre nosotros; pero no veo cómo puede decirse esto de los hombres salvajes, a quienes difícilmente se haría comprender qué significan servidumbre y dominación. Podrá un hombre apoderarse de los frutos que otro ha cogido, de la caza que ha matado, de la caverna que le servía de asilo; pero

¿cómo conseguiría nunca hacerse obedecer y cuáles podrían ser las cadenas de la dependencia entre unos hombres que nada poseen? Si se me arroja de un árbol, libre estoy para ir a otro; si alguien me molesta en un sitio, ¿quién me impedirá marcharme a otra parte? ¿Hay un hombre de fuerza superior a la mía, y además bastante depravado, bastante perezoso, bastante feroz para obligarme a proveer a su subsistencia mientras él permanece ocioso? Pues es preciso que se resuelva a no perderme de vista un solo instante, a tenerme cuidadosamente atado durante su sueño por temor a que me escape o le mate; es decir, que se ve obligado a exponerse voluntariamente a una fatiga mucho más grande que la que quiere evitarse y que la que a mí me causa. Después de todo esto, si su vigilancia afloja un instante, si un ruido imprevisto le hace volver la cabeza, doy veinte pasos en el bosque, y mis cadenas quedan rotas y jamás en su vida vuelve a verme.

Sin necesidad de prolongar inútilmente estos detalles, cada cual debe ver que, no siendo los lazos de la servidumbre sino la dependencia mutua de los hombres y de las necesidades recíprocas que los unen, es imposible esclavizar a un hombre si antes no se le ha puesto en el caso de no poder prescindir de otro; y como esta situación no existe en el estado natural, todos se hallan libres del yugo, resultando, vana en él la ley del más fuerte.

Después de haber demostrado que la desigualdad apenas se manifiesta en el estado natural y que su influencia es casi nula, me falta explicar su origen y sus progresos en los desenvolvimientos sucesivos del espíritu humano. Después de haber demostrado que la perfectibilidad, las virtudes sociales y las demás facultades que el hombre natural había recibido en potencia no podían desarrollarse nunca por sí mismas; que para ello necesitaban el concurso fortuito de diferentes causas externas que podían no haber nacido nunca y sin las cuales el hombre natural hubiera permanecido eternamente en su condición primitiva, me falta considerar y reunir los diferentes azares que han podido, echando a perder la especie, perfeccionar la razón humana; volver malos a los seres haciéndolos sociables, y de un término tan lejano, traer al hombre y al mundo al punto en que los vemos.

Los acontecimientos que voy a describir pueden haber ocurrido de diferentes maneras; confieso, pues, que sólo me puedo decidir en su elección por conjeturas; pero, además de que estas conjeturas se convierten en razones cuando son las más probables conclusiones de la naturaleza de las cosas y los únicos medios de que puede disponerse para descubrir la verdad, las consecuencias que quiero deducir de las mías no serán por ello conjeturales, puesto que sobre los principios que he formulado no podría construirse ningún otro sistema que me proporcione los mismos resultados y del cual pueda sacar las mismas conclusiones.

Esto me dispensará de extender mis reflexiones sobre el modo como el lapso de tiempo transcurrido compensa la escasa verosimilitud de los acontecimientos; sobre el sorprendente poder de las pequeñas causas cuando obran sin descanso; sobre la imposibilidad en que nos hallamos, de un lado, de destruir ciertas hipótesis, si del otro no se les puede dar el grado de certidumbre de los hechos; sobre que, dados dos hechos como reales y habiendo que unirlos por una serie de hechos intermediarios, desconocidos o considerados como tales, corresponde a la Historia, cuando existe, procurar los hechos que sirven de enlace, o a la Filosofía, en su defecto, determinar los hechos análogos que pueden enlazarlos; y, en fin, sobre que, en materia de acontecimientos, la analogía reduce los hechos a un número mucho más pequeño de clases diferentes de lo que se imagina. Tengo suficiente con ofrecer estos temas a la consideración de mis jueces; me basta con haberme arreglado de modo que los lectores vulgares no tuvieran necesidad de considerarlos.

Segunda parte

El primer hombre a quien, cercando un terreno, se lo ocurrió decir esto es mío y halló gentes bastante simples para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad civil.

¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: «¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!» Pero parece que ya entonces las cosas habían llegado al punto de no poder seguir más como estaban, pues la idea de propiedad, dependiendo de muchas, otras ideas anteriores que sólo pudieron nacer sucesivamente, no se formó de un golpe en el espíritu humano; fueron necesarios ciertos progresos, adquirir ciertos conocimientos y cierta industria, transmitirlos y aumentarlos de época en época, antes de llegar a ese último límite del estado natural. Tomemos, pues, las cosas desde más lejos y procuremos reunir en su solo punto de vista y en su orden más natural esa lenta sucesión de acontecimientos y conocimientos.

El primer sentimiento del hombre fue el de su existencia; su primer cuidado, el de su conservación. Los productos de la tierra le proveían de todo, lo necesario; el instinto le llevó a usarlos. El hambre, otros deseos hacíanle experimentar sucesivamente diferentes modos de existir, y hubo uno que le invitó a perpetuar su especie; esta ciega inclinación, desprovista de todo sentimiento del corazón, sólo engendra un acto puramente animal; satisfecho el deseo, los dos sexos ya no se reconocían, y el hijo mismo nada era para la madre en cuanto podía prescindir de ella.

Tal fue la condición del hombre al nacer; tal fue la vida de un animal limitado al principio a las puras sensaciones, aprovechando apenas los dones que le ofrecía la naturaleza, lejos de pensar en arrancarle cosa alguna. Pero bien pronto surgieron dificultades; hubo que aprender a vencerlas. La altura de los árboles, que le impedía coger sus frutos; la concurrencia de los animales que intentaban arrebatárselos para alimentarse, y la ferocidad de los que atacaban su propia vida, todo le obligó a aplicarse a los ejercicios corporales; tuvo que hacerse ágil, rápido en la carrera, fuerte en la lucha.

Las armas naturales, que son las ramas de los árboles y las piedras, pronto se hallaron en sus manos. Aprendió a dominar los obstáculos de la naturaleza, a combatir en caso necesario con los demás animales, a disputar a los hombres mismos su subsistencia o a resarcirse de lo que era preciso ceder al más fuerte.

A medida que se extendió el género humano, los trabajos se multiplicaron con los hombres. La diferencia de los terrenos, de los climas, de las estaciones, pudo forzarlos a establecerla en sus maneras de vivir. Los años estériles, los inviernos largos y crudos, los ardientes estíos, que todo consumen, exigieron de ellos una nueva industria. En las orillas del mar y de los ríos inventaron el sedal y el anzuelo, y se hicieron pescadores e ictiófagos (28). En los bosques construyéronse arcos y flechas, y fueron cazadores y guerreros. En los países fríos se cubrieron con las pieles de los animales muertos a sus manos. El rayo, un volcán o cualquier feliz azar les dio a conocer el fuego, nuevo recurso contra el rigor del invierno; aprendieron a conservar este elemento y después a reproducirlo, y, por último, a preparar con él la carne, que antes devoraban cruda.

Esta reiterada aplicación de seres distintos y de unos a otros debió naturalmente de engendrar en el espíritu del hombre la percepción de ciertas relaciones. Esas relaciones, que nosotros expresamos con las palabras grande, pequeño, fuerte, débil, rápido, lento, temeroso, arriesgado y otras ideas semejantes, produjeron al fin en él una especie de reflexión o más bien una prudencia maquinal, que le indicaba las precauciones más necesarias a su seguridad.

Las nuevas luces que resultaron de este desenvolvimiento aumentaron su superioridad sobre los demás animales haciéndosela conocer. Se ejercitó en tenderles lazos, en engañarlos de mil modos, y aunque muchos le superasen en fuerza en la lucha o en rapidez en la carrera, con el tiempo se hizo dueño de los que podían servirle y azote de los que podían perjudicarle. Y así, la primer mirada que se dirigió a sí mismo suscitó el primer movimiento de orgullo; y, sabiendo apenas distinguir las categorías y viéndose en la primera por su especie, así se preparaba de lejos a pretenderla por su individuo.

Aunque sus semejantes no fueran para él lo que son para nosotros, y aunque no tuviera con ellos mayor comercio que con los otros animales, no fueron olvidados en sus observaciones. Las semejanzas que pudo percibir con el tiempo entre ellos, su hembra y él mismo, le hicieron juzgar las que no percibía; viendo que todos se conducían como él se hubiera conducido en iguales circunstancias, dedujo que su manera de pensar y de sentir era enteramente conforme con la suya, y esta importante verdad, una vez arraigaba en su espíritu, le hizo seguir, por un presentimiento tan seguro y más vivo que la dialéctica, las reglas de conducta que, para ventaja y seguridad suya, más le convenía observar con ellos.

Instruido por la experiencia de que el amor del bienestar es el único móvil de las acciones humanas, pudo distinguir las raras ocasiones en que, por interés común, debía contar con la ayuda de sus semejantes, y aquellas otras, más raras aún, en que la concurrencia debía hacerle desconfiar de ellos. En el primer caso se unía a ellos en informe rebaño, o cuando más por una especie de asociación libre que a nadie obligaba y que sólo duraba el tiempo que la pasajera necesidad que la había formado; en el segundo, cada cual buscaba su provecho, bien a viva fuerza si creía ser más fuerte, bien por astucia y habilidad si sentíase el más débil.

He aquí cómo los hombres pudieron insensiblemente adquirir cierta idea rudimentaria de compromisos mutuos y de la ventaja de cumplirlos, pero sólo en la medida que podía exigirlos el interés presente y sensible, pues la previsión nada era para ellos, y, lejos de preocuparse de un lejano futuro, ni siquiera pensaban en el día siguiente. ¿Tratábase de cazar un ciervo? Todos comprendían que para ello debían guardar fielmente su puesto; pero si una liebre pasaba al alcance de uno de ellos, no cabe duda que la perseguiría sin ningún escrúpulo y que, cogida su presa, se cuidaría muy poco de que no se les escapase la suya a sus compañeros.

Fácil es comprender que semejantes relaciones no exigían un lenguaje mucho más refinado que el de las cornejas o los monos, que se agrupan poco más o menos del mismo modo. Durante mucho tiempo sólo debieron de componer el lenguaje universal gritos inarticulados, muchos gestos y algunos ruidos imitativos; unidos a esto en cada región algunos sonidos articulados y convencionales, cuyo origen, como ya he dicho, no es muy fácil de explicar, formáronse lenguas particulares, pero elementales, imperfectas, semejantes aproximadamente a las que aún tienen diferentes naciones salvajes de hoy día.

Atravieso como una flecha multitudes de siglos, forzado por el tiempo que transcurre, por la abundancia de cosas que he de decir y por el progreso casi imperceptible de los comienzos, pues tanto más lentos eran para sucederse, tanto más rápidos son para describir.

Estos primeros progresos pusieron en fin al hombre en estado de hacer otros más rápidos. Cuanto más se esclarecía el espíritu más se perfeccionaba la industria. Bien pronto los hombres, dejando de dormir bajo el primer árbol o de guarecerse en cavernas, hallaron una especie de hachas de piedra duras y cortantes que sirvieron para cortar la madera, cavar la tierra y construir chozas con las ramas de los árboles, que en seguida aprendieron a endurecer con barro y arcilla. Fue la época de una primera revolución, que originó el establecimiento y la diferenciación de las familias e introdujo una especie de propiedad, de la cual quizá nacieron ya entonces no pocas discordias y luchas. Sin embargo, como los más fuertes fueron con toda seguridad los primeros en construirse viviendas, porque sentíanse capaces de defenderlas, es de creer que los débiles hallaron más fácil y más seguro imitarlos que intentar desalojarlos de ellas; y en cuanto a los que ya poseían cabañas, ninguno de ellos debió de intentar apropiarse la de su vecino, menos porque no le perteneciera que porque no la necesitaba y porque, además, no podía apoderarse de ella sin exponerse a una viva lucha con la familia que la ocupaba.

Las primeras exteriorizaciones del corazón fueron el efecto de un nuevo estado de cosas que reunía en una habitación común a maridos y mujeres, a padres o hijos. El hábito de vivir juntos hizo nacer los más dulces sentimientos conocidos de los hombres: el amor conyugal y el amor paternal. Cada familia fue una pequeña sociedad, tanto mejor unida cuanto que el afecto recíproco y la libertad eran los únicos vínculos.

Entonces fue cuando se estableció la primer diferencia en el modo de vivir de los dos sexos, que hasta entonces habían vivido de la misma manera. Las mujeres hiciéronse más sedentarias y se acostumbraron a guardar la cabaña y a cuidar de los hijos mientras el hombre iba a buscar la común subsistencia. Con una vida un poco más blanda, los dos sexos empezaron a perder algo de su ferocidad y de su vigor; pero si cada individuo separadamente se halló menos capaz de combatir a las fieras, fue en cambio más fácil reunirse para una resistencia común.

En este nuevo estado, llevando una vida simple y solitaria, con necesidades muy limitadas y los instrumentos que habían inventado para atenderlas, los hombres gozaban de una extremada ociosidad, que emplearon en procurarse diversas, comodidades que sus padres no habían conocido. Este fue el primer yugo que se impusieron sin pensar y la primer fuente de males que prepararon a sus descendientes; pues, además de que así continuaron debilitan de su cuerpo y su espíritu, y habiendo perdido esas comodidades, por la costumbre, todo su encanto y degenerado en verdaderas necesidades, la privación de ellas fue mucho más cruel que agradable era su posesión, y, sin ser feliz poseyéndolas, perdiéndolas érase desgraciado.

Se entrevé algo mejor en este punto cómo el uso de la palabra se estableció o se perfeccionó insensiblemente en el seno de cada familia, y aun se puede conjeturar cómo diversas causas particulares pudieron extender el lenguaje y acelerar su progreso haciéndole ser más necesario. Grandes inundaciones o temblores de tierra cercaron de aguas o de precipicios las regiones habitadas; revoluciones del globo desgarraron y cortaron en islas porciones del continente. Se concibe que entre hombres reunidos de ese modo y forzados a vivir juntos debió de formarse un idioma común, más bien que entre los que erraban libremente en los bosques de la tierra firme. Así, es muy probable que, después de sus primeros ensayos de navegación, los insulares hayan introducido entre nosotros el uso de la palabra; por lo menos es muy verosímil que la sociedad y las lenguas hayan nacido en las islas y en ellas se hayan perfeccionado antes de ser conocidas en el continente.

Todo empieza a cambiar de aspecto. Errantes hasta aquí en los bosques, los hombres, habiendo adquirido una situación más estable, van relacionándose lentamente, se reúnen en diversos agrupamientos y forman en fin en cada región una nación particular, unida en sus costumbres y caracteres, no por reglamentos y leyes, sino por el mismo género de vida y de alimentación y por la influencia del clima. Una permanente vecindad no puede dejar de engendrar en fin alguna relación entre diferentes familias. Jóvenes de distinto sexo habitan en cabañas vecinas; el pasajero comercio que exige la naturaleza bien pronto origina otro no menos dulce y más permanente por la mutua frecuentación.

Habitúanse a considerar diversos objetos y a hacer comparaciones; insensiblemente adquieren ideas de mérito y de belleza que producen sentimientos de preferencia. A fuerza de verse, no pueden pasar sin verse todavía. Un sentimiento tierno y dulce se insinúa en el alma, que a la menor oposición se cambia en furor impetuoso; los celos se despiertan con el amor, triunfa la discordia, y la más dulce de las pasiones recibe sacrificios de sangre humana.

A medida que se suceden las ideas y los sentimientos y el espíritu y el corazón se ejercitan, la especie humana sigue domesticándose, las relaciones se extienden y se estrechan los vínculos. Los hombres se acostumbran a reunirse delante de las cabañas o, al pie de un gran árbol; el canto y la danza, verdaderos hijos del amor y del ocio, constituyen la diversión o, mejor, la ocupación de los hombres y de las mujeres agrupados y ociosos. Cada cual empezó a mirar a los demás y a querer ser mirado él mismo, y la estimación pública tuvo un precio. Aquel que mejor cantaba o bailaba, o el más hermoso, el más fuerte, el más diestro o el más elocuente, fue el más considerado; y éste fue el primer paso hacia la desigualdad y hacia el vicio al mismo tiempo. De estas primeras preferencias nacieron, por una parte, la vanidad y el desprecio; por otro, la vergüenza y la envidia, y la fermentación causada por esta nueva levadura produjo al fin compuestos fatales para la felicidad y la inocencia.

Tan pronto como los hombres empezaron a apreciarse mutuamente y se formó en su espíritu la idea de la consideración, todos pretendieron tener el mismo derecho, y no fue posible que faltase para nadie. De aquí nacieron los primeros deberes de la cortesía, aun entre los salvajes; y de aquí que toda injusticia voluntaria fuera considerada como un ultraje, porque con el daño que ocasionaba la injuria, el ofendido veía el desprecio de su persona, con frecuencia más insoportable que el daño mismo. De este modo, como cada cual castigaba el desprecio que se lo había inferido de modo proporcionado a la estima que tenía de sí mismo, las venganzas fueron terribles, y los hombres, sanguinarios y crueles. He ahí precisamente el grado a que había llegado la mayoría de los pueblos salvajes que nos son conocidos. Mas, por no haber distinguido suficientemente las ideas y observado cuán lejos se hallaban ya esos pueblos del estado natural, algunos se han precipitado a sacar la conclusión de que el hombre es naturalmente cruel y que es necesaria la autoridad para dulcificarlo, siendo así que nada hay tan dulce como él en su estado primitivo, cuando, colocado por la naturaleza a igual distancia de la estupidez de las bestias que de las nefastas luces del hombre civil, y limitado igualmente por el instinto y por la razón a defenderse del mal que le amenaza, la piedad natural le impide, sin ser impelido a ello por nada, hacer daño a nadie, ni aun después de haberlo él recibido. Porque, según el axioma del sabio Locke, no puede existir agravio donde no hay propiedad.

Pero es preciso señalar que la sociedad empezada y las relaciones ya establecidas entre los hombres exigían de éstos cualidades diferentes de las que poseían por su constitución primitiva; que, empezando a introducirse la moralidad en las acciones humanas y siendo cada uno, antes de las leyes, único juez y vengador de las ofensas recibidas, la bondad que convenía al puro estado de naturaleza no era la que convenía a la sociedad naciente; que era necesario que los castigos fueran más severos a medida que las ocasiones de ofender eran más frecuentes; que el terror de las venganzas tenía que ocupar el lugar del freno de las leyes. Así, aunque los hombres fuesen ya menos sufridos y la piedad natural ya hubiera experimentado alguna alteración, este período del desenvolvimiento de las facultades humanas, ocupando un justo medio entre la indolencia del estado primitivo y la petulante actividad de nuestro amor propio, debió de ser la época más feliz y duradera. Cuanto más se reflexiona, mejor se comprende que este estado era el menos sujeto a las revoluciones, el mejor para el hombre (29), del cual no ha debido salir sino por algún funesto azar, que, por el bien común, hubiera debido no acontecer nunca. El ejemplo de los salvajes, hallados casi todos en ese estado, parece confirmar que el género humano estaba hecho para permanecer siempre en él; que ese estado es la verdadera juventud del mundo, y que todos los progresos ulteriores han sido, en apariencia, otros tantos pasos hacia la perfección del individuo; en realidad, hacia la decrepitud de la especie.

Mientras los hombres se contentaron con sus rústicas cabañas; mientras se limitaron a coser sus vestidos de pieles con espinas vegetales o de pescado, a adornarse con plumas y conchas, a pintarse el cuerpo de distintos colores, a perfeccionar y embellecer sus arcos y sus flechas, a tallar con piedras cortantes canoas de pescadores o rudimentarios instrumentos de música; en una palabra, mientras sólo se aplicaron a trabajos que uno solo podía hacer y a las artes que no requerían el concurso de varias manos, vivieron libres, sanos, buenos y felices en la medida en que podían serlo por su naturaleza y siguieron disfrutando de las dulzuras de un trato independiente. Pero desde el instante en que mi hombre tuvo necesidad de la ayuda de otro; desde que se advirtió que era útil a uno solo poseer provisiones por dos, la igualdad desapareció, se introdujo la propiedad, el trabajo fue necesario y los bosques inmensos se trocaron en rientes campiñas que fue necesario regar con el sudor de los hombres y en las cuales viose bien pronto germinar y crecer con las cosechas la esclavitud y la miseria.

La metalurgia y la agricultura fueron las dos artes cuyo desenvolvimiento produjo esta gran revolución. Para el poeta son el oro y la plata; más para el filósofo son el hierro y el trigo los que han civilizado a los hombres y perdido al género humano. Uno y otro eran desconocidos de los salvajes de América, por lo cual han permanecido siempre los mismos; y los demás pueblos parece que siguieron bárbaros mientras no practicaron más que una sola de estas artes. Precisamente, una de las mejores razones quizá de que Europa haya sido, si no más pronto, mejor y más constantemente ordenada que las otras partes del mundo es que al mismo tiempo es la más abundante en hierro y la más fértil en trigo.