Detrás de mi Rostro por Maritza Garcia - muestra HTML

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Detrás de mi rostro

Detrás de mi

rostro

Maritza García

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Dirección General: Maritza García

Dirección de Contenidos: Maritza García

Diseño de cubierta: Jorge López

Diagramación de interiores: Jorge López

Está prohibida la reproducción total o parcial

de este libro, su tratamiento informático, la

transmisión de cualquier forma o de

cualquier medio, ya sea electrónico,

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métodos, sin el permiso previo escrito de los

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Segunda edición en español

© MedimarSolutions, 2010

ISBN: 978-0-9828690-0-0

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A papi, que me enseñó el valor de la

libertad.

A Mima, por ayudarme a soportar la

esclavitud.

A Coro y Felipe, porque, sin ustedes,

¿cómo hubiera alcanzado mis sueños?

A Antonia, Martín y Odilia,

gracias por abrir las rejas para que

yo pudiera volar.

Agradecimientos

Jorge me impulsó a escribir este libro. Él no conocía exac-

tamente lo que yo quería expresar, pero sabía que necesitaba

escribirlo; por eso, quiero agradecerle en primer lugar por el

apoyo y la energía que me transmitió a cada momento para

que yo sacara de mi interior los sentimientos y contradicciones

que se acumularon durante mis años en Cuba y en el exilio.

A mis amigas Magda, Mónica e Ileana, que me respaldaron,

leyeron mis bocetos y me estimularon para que lo publicara.

Gracias por sus consejos, por revisar el texto con minuciosidad

y por llamar a todos sus amigos y conocidos en la búsqueda de

un camino para que mi libro viera la luz.

Gracias a todos mis amigos, también a mis enemigos y, so-

bre todo, a mis pequeños pacientes, que inspiraron los perso-

najes de este libro. En fi n, gracias a todos aquellos que, de una

manera u otra, forman parte de esta historia.

7

. Aeropuerto Internacional “José

Martí”. La Habana, Cuba -

 de agosto de . . a.m.

A pesar de la hora ya hacía calor, ese calor húmedo de Cuba

que uno olvida en la distancia y que cuando se siente de nuevo

parece imposible haberlo soportado alguna vez.

Aunque el maletín que cargaba en mi mano era pequeño,

parecía ir aumentando de peso paulatinamente, mientras me

acercaba al edifi cio del Aeropuerto Internacional “José Martí”.

Me había bajado del carro a unos 50 metros de la entrada de la

Terminal de Vuelos Internacionales, para no llegar junto con

él. Alberto continuó su camino lentamente, en aquel Chevro-

let de algún año de la década de los 50, hasta justo la entrada

principal del edifi cio. Ahí se había bajado David, sin despedi-

das, sin abrazos.

Había un grupo de personas amontonadas en la salida. Se

paraban en puntas, tratando de ver por encima de las otras

cabezas, con la esperanza de divisar al ser querido que espe-

raban. Un vuelo de Miami había llegado un rato antes y los

pasajeros sufrían una verdadera cacería de rapiñas, donde los

agentes de aduana trataban de arrancar la “pacotilla” que ve-

nía en el equipaje.

Alcancé a ver dos o tres abrazados con los ojos llenos de

lágrimas, con los rostros marcados por el sufrimiento, sobre

todo aquellos menos jóvenes, los que estaban unidos por el

amor y el dolor de la separación. Los más jóvenes tenían ros-

tros desencajados por el hambre crónica, pero, sin dudas, más

felices. Se encargaban a gusto de que no se extraviara nada de

9

Maritza García

lo que había sobrevivido a la inspección de aduana. Atravesé

con el corazón encogido toda aquella escena de dolor. Yo había

estado justamente ahí unos cuantos años atrás.

Al fi n, traspasé la primera puerta que separa al mundo de

aquel infi erno que es mi país. El aire fresco golpeó mi rostro

y, lejos de sentir alivio, mi corazón dio un vuelco y comenzó

a latir con fuerzas.

David caminaba despacio, pocos metros delante de mí. Lle-

vaba a rastras una maleta pequeña. Sus pasos parecían fi rmes,

pienso que mucho más fi rmes que los míos, mientras se acer-

caba a la ventanilla de Aeropostal.

Miré hacia los lados con indiferencia, tratando de advertir

si alguien nos estaba observando. Eran los mismos pasillos,

el mismo olor, los mismos rostros apáticos y altaneros que yo

había visto cuatro años atrás, mientras recorría los mismos pa-

sillos, con otro nombre y con otro rostro, pero con el mismo

miedo que ahora helaba mi sangre y parecía paralizar todo mi

cuerpo.

Él se detuvo detrás de un pequeño grupo de personas que es-

peraban su turno para chequear el equipaje. Un hombre baji-

to, regordete y medio calvo se detuvo detrás de él antes de que

me colocara en la fi la. Gracias a la pequeña estatura del calvo,

yo alcanzaba a ver su nuca, pero él no miró hacia los lados; se

mantuvo derecho, casi tieso, hasta que llegó su turno.

Escuché claramente el saludo de la muchacha mientras con

un gesto pedía su pasaporte. Pude ver cómo él entregaba sus

documentos y me pareció percibir un temblor fi no en sus ma-

nos. Por encima del “enano” vi el sudor recorrer el cuello y

humedecer su camisa, mientras una sensación de pánico se

apoderaba de mí.

10

. Masaya, Nicaragua - 

Cuando apenas unos meses atrás había subido a aquel avión

de Cubana de Aviación, junto con más de setenta compañeros

de curso, no habría podido imaginar lo que encontraría al salir

por primera vez de mi país. Yo, que había nacido en un pue-

blito de La Habana, que había crecido dentro de una familia

humilde y había escuchado a mi padre quejarse muchas veces

de la falta de libertad en que vivíamos bajo el gobierno de

Fidel, ahora caminaba confundida por las calles de Masaya y

me preguntaba hasta qué punto mi padre tenía razón cuando

se quejaba del gobierno, de ese mismo gobierno que me había

enviado allí.

Al concluir quinto año de Medicina, nos dieron las alterna-

tivas que teníamos para hacer el último año de la carrera (lo

que en Cuba llamamos “Internado”). Un grupo pequeño se-

ría seleccionado para cumplir una misión internacionalista en

Nicaragua, donde concluiría la carrera y serviría por dos años

más para cumplir con el Servicio Rural, después de lo cual

regresaría para hacer el posgrado (especialidad). El resto de los

internos sería ubicado en zonas remotas del país para concluir

la carrera y servirían por tres años más antes de regresar a La

Habana para estudiar la especialidad.

Era la primera vez que el gobierno enviaba internos de medi-

cina a cumplir una misión internacionalista.

No fue presión política. Pensé que Nicaragua era lo mejor,

era el camino más corto. Por otro lado, la aventura me pareció

11

Maritza García

interesante, ¡al fi n iba a conocer un país libre! Al menos eso

pensaba. Y a pesar de que yo no era una participante políti-

ca activa, el hecho de estar entre los primeros expedientes de

mi curso hizo que quedara entre los doscientos estudiantes de

todo el país seleccionados para la misión. De manera que no

fue el miedo ni la costumbre de obedecer: la expectativa de la

aventura me llevó hasta allá.

Estaba emocionada, con los ojos bien abiertos para no per-

der un solo detalle, aterrizando en la tierra de Sandino. El

aeropuerto era parecido al nuestro, pero más chico. Nos es-

peraban algunos representantes de la Misión Cubana y del

gobierno de Nicaragua, y hasta unos periodistas que cubrieron

el acontecimiento y publicaron la noticia en el Granma 1 con fotos y todo (en las que yo no salí, por cierto). Mis padres, en

Cuba, estaban orgullosos y yo también.

Nuestro equipaje era casi igual. Nos habían asignado un

“módulo” que compramos en una tienda especial en La Ha-

bana, y nuestra ropa era muy parecida. Recuerdo en especial

aquella bata de casa moradita que todas teníamos y que me

duró muchos años. Además, el equipaje pesaba bastante, por-

que cada cual traía una biblioteca al hombro. La universidad

nos había entregado gratuitamente todos los libros que íbamos

a necesitar para concluir el último año de la carrera. Todos

eran “fusilados”, en Cuba, por una editorial llamada Revolu-

cionaria: el Cecil de Medicina Interna, los Nelson de Pedia-

tría, etcétera, etcétera. En esa época yo no tenía idea de lo que

era el derecho de autor; tampoco estaba muy preocupada por

eso. En defi nitiva, era lo que necesitábamos para aprender.

El primer asombro fueron las guaguas2 que nos recogieron

en el aeropuerto. No sé por qué, en Cuba, donde se hace tanta

propaganda a la miseria de otros pueblos, la mayoría de las

1 Diario ofi cial del Partido Comunista de Cuba (PCC). N. de la A.

2 Autobús. N. de la A.

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Detrás de mi rostro

personas piensan que “afuera” todo es maravilloso y moderno.

Debe ser porque nos han dicho tantas mentiras que ya no dis-

tinguimos bien las cosas.

Nuestras guaguas eran unos “buses con hocico”, supongo

que de los años 40 más o menos, llenos de estampillas religio-

sas, lo cual era casi un pecado para mí. ¿Cómo alguien iba a

exponer tan al desnudo sus creencias religiosas sin ser castiga-

do? “¡Qué atraso!”, pensé. Apenas dos años antes, en medio de

la represión que generó la crisis del Mariel, habíamos expulsado

a dos estudiantes del cuarto año de la carrera por el “delito” de

ser católicos.

Hasta yo misma estuve en riesgo de perder mi carrera en esa

época, cuando mi hermano Manolito decidió presentarse a la

policía del pueblo y decir que él era homosexual y que quería

irse del país. Fueron sus compañeros de trabajo, se atrinchera-

ron frente a nuestra casa y nos lanzaron todo tipo de insultos,

acompañados de huevos y piedras, hasta dejar dos ventanas

rotas y las paredes con manchas que no duraron tanto tiempo

como la humillación y la vergüenza de las que fuimos víc-

timas. Manolito se fue unos días después. La policía fue a

buscarlo y lo subieron a una embarcación que alguien había

traído de Miami para buscar a su familia. No supimos de él

en casi dos meses, durante los que mami y yo lloramos todos

los días y papá casi no comía. Yo pensé que iba a enfermar de

tantas libras de peso que perdió.

A mi padre le costó mucho perdonar a mi hermano. No estoy

segura si fue por los huevos y piedras, por tener que afrontar

la realidad de la homosexualidad de Manolito, o porque puso

en riesgo mi carrera, que era el mayor orgullo de mi padre. Él

no había estudiado. Desde muy joven se vio obligado a traba-

jar para ayudar al sustento de su familia. Papá soñaba con un

futuro mejor para nosotros.

Yo me las vi negras. Me “analizaron” en una reunión en la

universidad y sobreviví dentro de la carrera gracias a que hablé

13

Maritza García

lo sufi cientemente mal de mi hermano como para que quedara

claro que yo repudiaba lo que él era y lo que había hecho. La

vida es muy irónica. ¡Qué hubiera sido de mí sin Manolito! Yo

estaba tan asustada, sin oportunidad de escapar y con el riesgo

de perder lo único y más importante que tenía: mi carrera.

Haber hablado mal de mi hermano aún hoy me avergüenza.

Pero ahora estaba en aquella guagua que parecía una igle-

sia y que a duras penas lograba caminar. Mi grupo, de doce

internos, había sido asignado a una ciudad llamada Masaya,

situada aproximadamente a 30 kilómetros de Managua, la ca-

pital. Durante todo el viaje no dejé de mirar hacia afuera. La

curiosidad y el paisaje llamaban por completo mi atención.

El camino hacia Masaya, por la carretera a Tipitapa, estaba

casi despoblado. Veía mujeres caminando a orillas de la vía

con cestas enormes llenas de frutas en la cabeza, como si no

fuera necesario hacer un esfuerzo para mantener el equilibrio

y soportar la carga. Cada cierto tramo había casitas destartala-

das a uno y otro lado de la carretera, y personas descalzas que

iban y venían a la orilla del camino.

Llegamos a Masaya alrededor del mediodía. Yo pensé que

nos albergarían en una casa similar a las que ya había visto,

pero no. Antes de llegar a la entrada de la ciudad, nos desvia-

mos a la derecha y entramos a un reparto que después supe

que se llamaba Los Chilamates. La calle estaba empedrada y

las casas eran muy bonitas. A menos de 100 metros se detuvo

el autobús, frente a una casa hermosa, con portales y jardines,

que no se parecía en nada a lo que había visto hasta el mo-

mento en el camino. No puedo negar que respiré con alivio.

Ya había pasado por unas cuantas “escuelas al campo”. Había

estado en barracones que llamaban albergues, que por baño

tenían letrinas, en condiciones de higiene dudosas, y no quería

repetir esa experiencia, mucho menos porque mi compromiso

con Nicaragua era de tres años y yo no tenía idea de lo que me

deparaba el destino.

14

Detrás de mi rostro

No había en la casa un solo mueble porque, aunque nos es-

taban esperando, en mi país todo se atrasa, y digo en mi país

porque no hay que olvidar que, a pesar de que aparentemen-

te estábamos “afuera”, había una organización de control que

nos mantenía como dentro de una burbuja, una isla de Cuba

fuera de su territorio físico.

Sentados en el suelo, comimos “gallo pinto”,3 bistec, pláta-

nos maduros fritos y fresco4 de limón con granadilla. Estaba

delicioso. La comida era abundante y había sido contratada

una persona para que nos cocinara. ¡Era sensacional!

Esa noche llevaron los muebles. A las muchachas y mucha-

chos solteros nos dieron unas literas de metal. Como eran

mejores que las que teníamos en el campo, me pareció ma-

ravilloso. De todas maneras, no tuvimos tiempo de armarlas:

estábamos demasiado cansados. La jornada había sido agota-

dora y pusimos las colchonetas en el piso. Con el último hilo

de energía que me quedaba, cogí papel y lápiz, y escribí, desde

el piso, la primera carta a mis padres. No quería dejar para

después el poner en blanco y negro mis experiencias de aquel

inolvidable día de agosto, cuando por primera vez había visto,

desde lejos, la libertad.

Dos días después de la llegada, estábamos instalados y listos

para iniciar nuestro trabajo. Los otros médicos de la Brigada

Cubana en Masaya nos llevarían al hospital. Era nuestra pri-

mera visita al lugar donde íbamos a realizar el Internado. Nos

presentarían a las autoridades y al resto del personal, así que

vestimos lo más ejecutivo que pudimos, tratando de que no

coincidieran nuestras ropas.

Es cierto que ya habíamos visto cosas a las que no estábamos

habituados, pero, sin dudas, nos faltaban muchas más, y el

3 Plato nicaragüense que consiste en cocinar juntos arroz y frijoles rojos.

N. de la A.

4 Jugo de frutas naturales. N. de la A.

15

Maritza García

Hospital “Rafaela Padilla” era una de ellas. El edifi cio, por

decirle de alguna manera, era como una casa de campo vieja.

Daba la impresión de que se iría de un lado a la primera brisa.

El techo era de tejas; a juzgar por lo que se mojaba cuando

llovía, deberían faltarle unas cuantas. Justo en su entrada prin-

cipal tenía… ¡una iglesia! Encima de ésta, en la única parte

en que había dos plantas, vivían monjas que trabajaban como

enfermeras. Yo nunca había visto una monja de cerca, por lo

que me costó trabajo adaptarme a trabajar con ellas, porque

no sabía exactamente cómo debía tratarlas.

Visitamos cada uno de los servicios que había en el hospi-

tal: Medicina Interna, Cirugía, Pediatría, Gineco-obstetricia e

Infestología. Existía una pequeña biblioteca con muy buenos

libros. Al menos estaban todos los que necesitábamos en esos

momentos y eran ediciones originales, muy bonitas.

El salón de operaciones estaba separado del resto del edifi -

cio, en medio de lo que sería un jardín interior, en el ala dere-

cha del hospital. Tenía dos quirófanos con los que había una

perfecta comunicación. Si era necesario hablar con el cirujano,

con sólo abrir la puerta se podía conversar mientras él opera-

ba, sin uno tener que cambiarse la ropa. Nada que ver con

los conceptos de asepsia y antisepsia que habíamos aprendido

durante la carrera.

Había otro jardín interior en el ala izquierda, donde se ha-

llaba un improvisado kiosco que era la cafetería. También pa-

recía que se caería en cualquier momento, pero allí se podía

comer y tomar cualquier cosa.

En los jardines, de vez en cuando se colaba algún cerdito y el

jardinero los espantaba. En la “lavandería” se hervía con leña y

se lavaba a mano, o mejor dicho, “a golpes”. Cogían la ropa y

le daban golpes contra una especie de muro. Después, esa ropa

se ponía a secar sobre el césped del jardín, por donde mismo

paseaban los puerquitos. Una vez seca se vestían las camas… y

las mesas de operaciones. ¡Genial!

16

Detrás de mi rostro

La cocina era grande. La comida se cocinaba con carbón.

Había unos calderos enormes llenos de tizne. Todo el trabajo

era manual pero, a decir verdad, la comida quedaba divina.

Claro, yo en esa época pesaba 55 kilos y comía muchísimo.

Todo me parecía bueno.

Los pacientes deambulaban descalzos y parecían sentirse

muy a gusto con el frío que se siente en el suelo en los días

calurosos de agosto en Masaya. Yo nunca había visto perso-

nas caminando descalzas por las calles y menos dentro de un

hospital. Me preguntaba cómo sería en el invierno, pero en

Masaya nunca hace frío.

Con todo esto que estaba mirando me sentí ridícula con mi

vestido, tacones y maquillaje, y deseé haber ido con algo más

deportivo y modesto, como lo hice el resto del tiempo que

trabajé en aquel horrible lugar al que llegué a amar y al que

debo tanto.

Comenzamos nuestro trabajo dos días después. Nos divi-

dimos en cuatro grupos de tres internos cada uno y nos dis-

tribuimos por los diferentes servicios. Por suerte, mi primera

rotación fue Pediatría, que me resultaba la más difícil y que

era muy necesaria en aquel lugar.

Las guardias de veinticuatro horas correspondían cada cua-

tro días. Tres internos cubanos, junto a algunos internos ni-

caragüenses que a veces trabajaban con nosotros, eran todo el

personal médico que atendía aquel hospital, el único hospital

público de la ciudad, a partir de las 3 p.m. y todo el día duran-

te los fi nes de semana.

Al principio fue muy difícil. Recuerdo que orientarme en

un diagnóstico no era un problema; sin embargo, una vez que

pensaba: “Este paciente tiene tal cosa”, entonces no sabía qué

hacer con esa “cosa”. Por suerte, en la farmacia del hospital

nos entregaron un listado de los medicamentos que tenían en

existencia con su forma de presentación y dosis, papel que aún

conservo, muy gastado por el paso de mis manos y del tiem-

17

Maritza García

po, y que fue de inestimable ayuda en aquellos, mis primeros

pasos como médico.

Otra cosa que me confundió es que siempre me llamaban

por mi apellido. En Cuba, aunque nos llamaban doctor o doc-

tora desde tercer año, cuando empezábamos a “rotar” en hos-

pitales, yo siempre fui la doctora Natacha. Nunca nos decían

el apellido. En cambio, en Nicaragua me convertí de pronto

en la doctora Jiménez, y muchas veces me llamaban y yo se-

guía de largo, como si fuera con otro, hasta que recapacitaba

y me decía: “Ah, esa soy yo”. En Cuba volví a ser la doctora

Natacha. No fue hasta muchos años después cuando, en otro

país, me llamaron por mi apellido, pero entonces ese no era

realmente mi apellido.

La primera guardia me correspondió en el servicio de Emer-

gencias, que era una habitación grande, cuya mitad aproxima-

damente había sido dividida en tres cubículos pequeños para

la observación de pacientes, aquellos que necesitaban hidra-

tarse, tratar una crisis de asma, etcétera; cosas que pudieran

resolverse en un período prudencial de tiempo. La otra mitad

de la habitación tenía una mesa pequeña, las sillas del médico

y del paciente, y dos camillas para examinar los casos.

Allí no era como en los hospitales de La Habana donde yo

había estudiado, que existe la Emergencia de Medicina, Ciru-

gía, Ortopedia, etcétera, independientes cada una, y, además,

hospitales pediátricos con su propio Cuerpo de Guardia. Nada

de eso. Ahí estaba solamente un interno y todo lo que entrara

por la puerta, fuera lo que fuera, había que resolverlo… o al

menos hacer el intento.

La puerta era de madera, grande, y tenía una ventanilla pe-

queña de cristal a la cual colocaban por dentro un paño verde.

Durante el día se formaba una cola enorme en la parte de

afuera y la enfermera que estaba destinada a ese servicio se

encargaba de abrir y permitir la entrada de uno en uno, aun-

que había momentos en que aquello de uno en uno era muy

18

Detrás de mi rostro

relativo, y entraba un verdadero bulto de emergencias y todos

querían ser atendidos a la vez, y no les faltaba razón.

Antes de nuestra llegada, en las noches cerraban la puerta

y la enfermera sólo abría si había alguien sangrando en una

cantidad que ella juzgara sufi ciente como para ser atendido,

o una parturienta. El resto de las emergencias debían espe-

rar hasta el amanecer. Pero ya no se repetiría algo así; para

eso estábamos nosotros allí, que éramos una especie de héroes

salvando a la humanidad; aunque, a decir verdad, salvamos a

unos cuantos.

En fi n, allí estaba yo, asustada en mi primera guardia, acom-

pañada de una enfermera que no era monja, María Eugenia,

una señora mayor, delgada, con unos espejuelos grandes, muy

dulce y que siempre recordaré con mucho cariño, porque nos

ayudó y enseñó mucho.

El pueblo nicaragüense tiene algunas diferencias con el

nuestro. La más notable se puso en evidencia de inmediato:

ellos hablan “nica” y nosotros, “cubano”. Ya había salvado mis

primeros casos con la ayuda siempre oportuna de mi listado

de medicamentos; nada complicado hasta el momento, por lo

que ya me sentía en confi anza, cuando entró una señora gorda

con la cara redonda y un poco sucia, como con tizne. Traía un

niño en brazos, que en nada se parecía a ella, aunque a todas

luces era su hijo. Estaba fl aquito. Era, como decimos en Cuba,

hueso y pellejo. Lloraba un poco raro y no le salían las lá-

grimas. Tenía, además, difi cultad para respirar. No me gustó

nada aquello y traté de abrir bien mis ojos y mis orejas.

—¿Qué le sucede al bebé? —pregunté después de tomar sus

datos.

—El chavalito anda vasca, obradera y calentura —me dijo

con mucha determinación, mientras yo abría los ojos, buscan-

do algún signifi cado a aquel lenguaje. Entonces, remató—.

¡Ah, doctora, y la obradera es chingastosa, ¿sabe?!

19

Maritza García

—¡¿Qué?! —quedé perpleja. No tenía la más mínima idea

de lo que me estaba diciendo. Tuve que llamar a María Euge-

nia, quien tradujo:

—Vómitos, diarreas fl emosas y fi ebre.

Eran ya las 4 de la madrugada y yo continuaba sentada en

la silla de madera que cada vez se ponía más dura, viendo

un paciente tras otro, buscando una y otra vez en mi listado

mágico y tratando de entender el lenguaje de aquellas perso-

nas. Al niño lo había hospitalizado y el interno que cubría

Pediatría se las ingenió para hidratarlo y sacarlo de la acidosis

metabólica que tenía. Al menos estaba mejor, lloraba menos y

su respiración era normal. Yo había ido cada vez que tenía una

oportunidad para saber de él. Aún estaba impresionada.

Cuando terminé mi primera guardia, sentía que había so-

brevivido a toda una guerra, y así sería durante el próximo

año. Menos mal que sólo tenía veintitrés años, si no, no estaría

haciendo el cuento.

Nosotros trabajábamos con la clase de más bajo nivel de vida

y cultural del país, y digo clase porque esa era una sociedad di-

vidida en clases, algo que yo no conocía. Nosotros éramos una

sola clase, amorfa, con pocas diferencias, con pocos derechos

(aunque eso no estaba tan claro para mí en aquel momento) y

pocas desigualdades.

Claro, para aquella época aún no era tan evidente aquella

segunda clase, privilegiada, escondida y pequeña que consti-

tuía el grupúsculo que ocupa el poder. El caso es que yo estaba

mirando una gran diferencia entre los infelices descalzos, con

los pies extremadamente sucios, anchos y duros por no haber

colocado nunca en ellos un par de zapatos por un lado, y por

otro lado, mis vecinos de Los Chilamates, clase media, con los

que tampoco nunca llegamos a entendernos, porque nosotros,

en realidad, no pertenecíamos ni a un grupo, ni al otro.

Al principio, la población nos temía. Se murmuraba entre

ellos que habíamos ido para hacer experimentos y que no sa-

20

Detrás de mi rostro

bíamos nada, pues ni siquiera éramos médicos. La gente decía

que en Cuba nos comíamos a los viejos enlatados y que los

niños eran separados de sus padres y criados por Fidel, lo cual

siempre me pareció muy tonto.

Por otra parte, los médicos nicaragüenses, que practicaban

medicina privada, sentían que nosotros estábamos compitien-

do con su trabajo y no veían con buenos ojos nuestra “in-

vasión”. Yo pensaba que aquella era una actitud sumamente

egoísta. En realidad, nosotros no robábamos su trabajo, sim-

plemente cubríamos una necesidad que ellos no.

Muchos de ellos, yo diría que la mayoría, comprendieron

que no éramos realmente un peligro y llegamos a ser estu-

pendos amigos. Otros, sin embargo, trataron muchas veces de

sabotear nuestro trabajo y ridiculizarnos, lo que hería nuestro

orgullo y nos hacía unirnos como un bloque en su contra,

dando la impresión de que todos apoyábamos a ciegas al go-

bierno que representábamos, lo que no era totalmente cierto;

simplemente, estábamos atrapados en medio del juego.

Por otra parte, la gente desconfi aba de que alguien los ayu-

dara de buena fe, sin pedir nada a cambio, aunque no era así

en todos los casos, porque muchos cubanos se las ingeniaban

de alguna manera y a escondidas para pedir algún pago por

sus servicios. De todas formas, resultaba mejor para ellos el

“pago” a médicos cubanos porque, a fi n de cuentas, nosotros

no éramos muy hábiles para cobrar.

En medio de esta confrontación se unió a mi grupo de

guardia un médico nicaragüense recién graduado, de apellido

Gallo, que decía haber estudiado en Argentina, lo cual since-

ramente dudo, aunque él mismo contaba que había repetido

varias veces primer año por Anatomía y que cuando fue a exa-

minarse por cuarta vez estudió “mucho”. El examen era oral y

el profesor le dijo:

—¿Sobre qué desea hablar?

—Pregunte lo que desee; yo he estudiado todo.

21

Maritza García

—Bien, hábleme de la hipófi sis.

—Bueno, la hipófi sis es una glándula…

Y respondió la localización, relaciones anatómicas, funcio-

nes, etcétera, y cuando ya había dicho todo, el profesor pre-

guntó:

—¿Y cuánto mide la hipófi sis?

—¿Cuánto mide? Eh... esto... vea... aproximadamente…

diez pulgadas.

—¡Animal! Está suspenso...

Y tuvo que repetir primer año por quinta vez. Yo pienso que

en realidad nunca pasó de ahí.

El caso es que Gallo se sumó a nuestra “causa” desde el ini-

cio, pero no era algo muy alentador. Él no maltrataba a la

población a conciencia, simplemente no sabía nada, y como

nosotros lo ayudábamos en lo que podíamos, quería demos-

trarnos su agradecimiento. ¡Pero tenía cada salida!

Recuerdo que una vez llegó una muchacha en status asmá-

tico. Llevaba varios días en crisis sin mejorar con los trata-

mientos que ella misma se había aplicado, y como vivía lejos,

cuando llegó a nosotros estaba muy mal. Entonces, Gallo le

dijo muy serio, mientras la pobre mujer casi se asfi xiaba:

—Dígame una cosa, ¿por qué esperó hasta ahora para ve-

nir?, ¿qué es lo que quiere? Ah... ya sé... usted viene a morirse

aquí para desprestigiar al hospital y a los médicos cubanos…

pues no se va a salir con la suya. Vaya, vaya... a morir a la casa,

vamos… vamos...

Y de todas formas a sacar a la pobre mujer del hospital, su-

mamente molesto por la mala intención de la paciente de da-

ñar nuestra imagen. Por supuesto que no lo dejamos, pero esa

era la mejor ayuda que teníamos.

Un sitio que conocimos al poco tiempo de llegar a Masaya

fue la laguna de Apoyo. No sé por qué se llama así. Es una

laguna de origen volcánico situada en el límite entre los de-

partamentos de Masaya y Granada. A la derecha del camino

22

Detrás de mi rostro

hacia Granada hay una entrada a un terraplén. Luego de subir

durante varios kilómetros se llega a la cima de una montaña.

Desde allí se puede ver, al otro lado, un valle en el que se en-

cuentra una inmensa laguna. Entonces, se inicia el descenso

por una carretera estrecha llena de curvas y desfi laderos hasta

llegar a la orilla de lo que parece, ya en estos momentos, una

playa, sólo que allá lejos, en el horizonte, el mar no se une con

el cielo, sino que se levanta una imponente montaña y otra,

y otra hasta rodear todo aquel mar. El agua dulce es de color

oscuro, porque el fondo está formado por rocas ígneas.

En la zona donde solíamos acampar, que parecía ser la úni-

ca asequible al hombre, había algunas casuchas maltratadas

cuyos dueños sólo utilizaban para ir de visita y otras donde

vivían personas en forma permanente. Un poco a lo lejos se

veían a menudo algunas mujeres lavando la ropa con ese modo

tan caprichoso de darle golpes contra una piedra, como si le

tuvieran odio, aunque pienso que si yo tuviera que lavar así le

pegaría con mucha más fuerza, y no sólo a la ropa.

No había electricidad, ninguna instalación turística, ni si-

quiera una cafetería. La región era maravillosamente virgen.

El hombre había hecho muy poco para modifi car la naturaleza

y ese era su principal encanto.

Como la laguna de Apoyo nos quedaba cerca y dentro del

mismo departamento de Masaya, no requeríamos permiso es-

pecial de la Misión Cubana en Managua para movernos hasta

allí, por lo que pronto se convirtió en el sitio que más frecuen-

tábamos. Además, isleños al fi n, una zambullida era lo que

más extrañábamos, y allí nos dábamos el gusto.

La primera vez que visitamos el sitio yo había hecho guardia

el día anterior y estaba muy cansada. Después de un “chapu-

zón” me acosté en una de las hamacas que colocábamos en

los portales de las casas vacías y destartaladas. Casi cuando

ya estaba dormida oí una voz que gritaba, como si no hubiera

nadie en varias millas a la redonda: “San Lutiiiiitaaaaa”. Abrí

23

Maritza García

los ojos y miré hacia la laguna. De espaldas a mí estaba el

dueño de aquella voz ronca y sin matices. Era un hombre de

45 a 50 años, aproximadamente, de complexión atlética y, sin

dudas, un gritón.

Cerré los ojos porque el sueño me vencía, pero un rato des-

pués desperté cuando mi hamaca comenzó a mecerse. Para mi

sorpresa, allí estaba, frente a mí, el “gritón”.

“San Lutita”, como todos decían, se convirtió en mi enamo-

rado borrachín. En realidad, nunca supe su nombre. Las últi-

mas noticias que tuve de él fueron hace unos años. Un amigo

en común me dijo que estaba muy enfermo.

Él era dueño de un bar-restaurante al que nos comenzó a

invitar con frecuencia y allí tomábamos y bailábamos “soba-

queo” hasta el cansancio. Pero a mí no me gustaba el “viejo”

gritón, aunque nos divertíamos mucho con él, e independien-

temente de su interés en mí, creo que nos tenía un gran afecto

a todos. Nos pagaba todos los gastos, porque nosotros nunca

teníamos dinero. Los jefes de las brigadas nos compraban la

comida y pagaban todos los gastos relacionados con nuestra

estancia. Todos los meses nos daban algún dinero que alcan-

zaba para gastos menores como meriendas, ir al cine, etcétera,

y que reuníamos con esmero para llevar algo a nuestros seres

queridos el día que regresáramos a Cuba.

Fue en noviembre que conocí a Donald. Su papá fue hos-

pitalizado con una isquemia cerebral en la sala de Medicina

Interna y desde que lo vi me pareció guapísimo. Mayi, mi

mejor amiga, decía que no tenía nada especial; no obstante,

estaba feliz con esa amistad porque él me regalaba unos cho-

colates divinos y esa es una de las debilidades de Mayi, pero la

mía, a decir verdad, era Donald, y como me ponía “nerviosa”

cuando lo veía se me quitaba el apetito y Mayi se comía mis

chocolates.

El caso es que en diciembre nos hicimos novios en el FOX,

el bar de San Lutita. Mayi juraba que yo no sobreviviría a

24

Detrás de mi rostro

aquello, pero San Lutita no me echó en cara mi “traición”; no

obstante, yo me alejé discretamente del FOX.

Donald tenía treinta y dos años. Era un hombre educado,

cariñoso y delicado conmigo; muy bien parecido, o al menos

eso era lo que yo creía. Aunque no era rico como San Lutita,

podíamos decir que pertenecía a la clase media.

Cuando nuestro noviazgo se hizo público parecía que ha-

bía explotado una bomba en la Brigada Médica. Hicieron una

reunión del PCC (Partido Comunista de Cuba), al que per-

tenecía la gran mayoría, yo no porque era muy joven y des-

pués de lo de mi hermano me habían quitado el carné de la

UJC (Unión de Jóvenes Comunistas), pero ese asunto de mi

noviazgo con Donald era demasiado delicado y merecía otro

tratamiento, así que me llamaron a aquella reunión.

Estaba asustada porque no tenía idea de qué podía suce-

derme por tener relaciones amorosas con un extranjero. Sin

embargo, los hombres de la Brigada tenían un poco más de

libertad para relacionarse con las mujeres nicaragüenses, cosa

que ellos veían más lógica. Nunca discutí con mis jefes es-

ta diferencia porque me parecía tarea inútil; en defi nitiva, no

tengo nada en contra de esas o ninguna otra relación, pero en

ese momento comprendí lo machista que era la sociedad en

que yo había vivido y que pretendía ser tan igualitaria con los

derechos de la mujer; en realidad, sólo con ciertos derechos,

pero yo, hasta ese momento, me había tragado el cuento.

Eso sin contar que los mismos jefes que estaban censuran-

do mi noviazgo tenían relaciones o pretendían tenerlas con

todas las mujeres de la Brigada, sin importar si ellas estaban

casadas, si su esposo estaba allí o en Cuba. Muchas de ellas se

prestaban al juego para obtener algunas prebendas, como más

libertad de movimiento o más dinero, ya que ellos se queda-

ban con una buena parte del dinero que nos correspondía a

todos. Pero era algo que no se me podía ocurrir ni mencionar

si quería seguir allí y terminar mi Internado.

25

Maritza García

Me parecieron tan cínicos cuando comenzaron a hablarme

de todo lo que la Revolución había hecho por mí, para que yo

llegara a ser médico, de nuestra misión en el país hermano de

Nicaragua, del riesgo que corríamos rodeados de tantos “ene-

migos”, y que, en fi n, ellos tenían la obligación de protegernos,

por tanto, me “recomendaban” que desistiera de mi relación

con Donald, ya que él era un “tipo peligroso”, “burgués”, que

podía estar involucrado con la CIA y haberse acercado a mí

por esa razón.

Yo había permanecido en silencio, cabizbaja, pero en ese mo-

mento sentí deseos de protestar. Al fi n y al cabo, tampoco era

que yo fuera tan fea. Como era lógico, seguí callada y pensan-

do en aquel revólver que Donald tenía y que yo le había visto

en varias ocasiones… ¡era grandísimo! Al menos eso creía yo,

que nunca antes había visto un revólver de cerca, aunque des-

pués tuve que aprender a disparar con fusiles AKM rusos.

Al fi nal sólo dije que lo pensaría, respuesta que a ellos no les

hizo mucha gracia; posiblemente, esperaban más resolución.

Pero si soy sincera, a esas alturas ya estaba convencida de que

Donald era agente de la CIA y también estaba convencida de

que no lo iba a dejar aunque me matara, y no estoy muy segura

ahora si era por amor a Donald o por orgullo y rebeldía ante

tanto descaro.

Cuando salimos de la reunión se me acercó Iván, el cirujano

de la Brigada, que era además el novio de Mayi y con quien se

casó años más tarde, pero esa es otra historia. Iván me dijo:

—¿Qué piensas hacer?

—Nada —respondí. Claro, “nada” no decía nada, pero yo

estaba esquivando porque desconfi aba.

—Bueno, si piensas seguir con él, tienes mi apoyo. Ese “tipo”

es buena gente. No les hagas caso a esos hijos de putas —me

dijo en un susurro.

Respiré con alivio y le pedí ayuda. Desde ese momento, mi

relación con Donald pasó a la clandestinidad. No niego que el

26

Detrás de mi rostro

misterio y el riesgo le dieron más sabor a aquella relación. Por

suerte, la casa de los internos, donde yo vivía, quedaba lejos

del resto de la Brigada, y los internos, salvo dos excepciones

de las que tuve que cuidarme todo el tiempo, me apoyaron y

me protegieron.

No obstante, Mayi seguía pensando que Donald era agente

de la CIA y su paranoia le hizo pasar varios aprietos. Creo que

el más grande fue un día que me había escapado con él y, co-

mo siempre, andaba trasnochada. Me dormí profundamente

después de hacer el amor. Desperté pasadas las 3 a.m., y como

Mayi no se dormía hasta que yo llegaba, me aterró pensar que

diera la voz de alarma de que yo estaba perdida, secuestrada,

torturada, asesinada… en fi n, de ella yo esperaba cualquier

cosa.

Recuerdo que esa noche le eché la corbata al cuello al pobre

Donald, que estaba más dormido que yo, y lo saqué de aquel

motel a tirones, semidesnudo, con los zapatos en la mano.

Cuando llegué a la casa, Mayi estaba de pie en el portal, a

oscuras. Ya se había comido todas las uñas de las manos, pero

fue valiente y resistió hasta el fi nal. Claro, eso me costó un ser-

món que soporté con resignación. La suerte era que teníamos

mucho sueño. Tengo la impresión de que me dormí mientras

ella aún peleaba, pero en la mañana ya me había perdonado y

nos reíamos del susto.

El otro apuro más grande con Donald lo pasé yo misma el

31 de diciembre. Nos habíamos reunido en el patio de nuestra

casa todos los miembros de la Brigada. Estábamos celebrando

y esperando el 1 de enero (triunfo de la Revolución). Aunque

habíamos acordado que él no vendría, se apareció faltando

poco para las 12 de la noche. Él sabía que su relación conmigo

no era bien vista por mis jefes, por lo que era discreto en pre-

sencia de ellos y se comportaba como un amigo más. Lo que

yo nunca le dije fue lo de su supuesta militancia en la CIA.

27

Maritza García

Esa noche a las 12, después de los abrazos y besos, se le

ocurrió sacar el revólver y disparar al aire. ¡Para qué decir la

que se armó! Hasta ese momento, lo del revólver sólo lo sabía

yo. A Mayi se le salieron los ojos de las órbitas. Iván, medio

borracho, le pidió el revólver a Donald para disparar él tam-

bién. Mayi le gritaba enfurecida a Iván por coger el arma, yo

a Donald por sacarla, Mayi a mí por permitirlo. ¡Ni que yo

controlara los movimientos del otro!

Lo que hacían y decían los demás, nunca lo supe; lo cierto es

que en medio de tanta confusión di media vuelta y salí como

un cohete de aquel sitio, con la cabeza bien alta. Tan empi-

nada iba que no vi que el suelo estaba mojado, resbalé y traté

de evitar la caída, aguantándome de una mesa que no pudo

contener mi impulso y se fue de largo junto conmigo. Fue

tanto el estruendo que se produjo un silencio sepulcral. Todas

las miradas cayeron sobre mi desafortunada fi gura, tendida

en el suelo a todo lo largo. Allí estuve unos dos segundos que

me parecieron dos siglos. Me paré ante el asombro de todos,

que a juzgar por el ruido pensarían que por lo menos estaría

inconciente, y continué mi huida, esta vez menos empinada,

por si había otro charco y también porque no podía estirarme

mucho, aunque lo disimulé lo mejor que pude.

Donald me siguió y un rato después ya habíamos hecho las

paces. A Mayi le duró más el insulto. Por suerte, aquello no

tuvo muchas consecuencias para nosotros, porque todos ha-

bíamos tomado lo sufi ciente como para que el incidente se

olvidara pronto.

El día siguiente, sábado 1 de enero, me correspondió la

guardia en el servicio de Pediatría, y aunque me había acos-

tado a las 3 de la mañana, ya a las 6 estaba en pie. La guardia

comenzaba a las 7.

La sala de Pediatría estaba al fondo del “edifi cio princi-

pal”. Tenía aproximadamente cuarenta camas y una salita de

Diarreas Agudas, que consistía en una hilera de colchonetas

28

Detrás de mi rostro

pequeñas colocadas una detrás de otra, sobre una especie de

mesa angosta y larga, de forma tal que prácticamente un pa-

ciente defecaba sobre la cabeza del otro.

En aquel desastre sanitario, los niños eran los más casti-

gados. Las enfermedades diarreicas y respiratorias causaban

estragos en la población infantil. Desconozco los índices de

mortalidad y morbilidad infantil en aquella época, pero sin

dudas eran muy elevados, y lo más triste es que las causas de

muerte eran fácilmente evitables. Me resultaba increíble que

en los umbrales del siglo XXI murieran niños por tétanos,

enfermedad que yo nunca había visto y cuya vacuna había

sido creada tanto tiempo atrás. Las enfermedades diarreicas y

neumonías eran la causa más frecuente de muerte.

Yo nunca había visto morir a un niño. Durante mis estudios

universitarios, había estado seis meses en un hospital pediátri-

co, pero las muertes se producían en servicios cerrados, como

Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) u Oncología. Para

nosotros eso era algo excepcional y lejano, ya que no entrába-

mos a estas unidades cerradas.

Quizá por este motivo me impactó tanto aquella situación,

y no sólo la muerte en sí, sino todo lo que la rodeaba: la ex-

trema resignación de las madres, la indolencia de los médicos

y algo que hasta hoy me asombra. Resulta que en Masaya, en

esa época, no existían servicios funerarios, al menos como era

costumbre en mi país, por tanto, los cadáveres eran transpor-

tados en vehículos privados que las personas alquilaban para

tal efecto, pero como lo que iban a trasladar era un muerto,

cobraban bastante caro por ello. Por esa razón, cuando llegaba

alguien muy enfermo al hospital, con infarto, por accidente,

etcétera, la primera pregunta que hacían los familiares era si la

persona iba a morir. En estas circunstancias, y mucho menos

con nuestra experiencia, es muy difícil afi rmar o negar esto,

pero era prácticamente una exigencia de la familia que noso-

tros adivináramos el futuro inmediato del paciente, ya que

29

Maritza García

ellos preferían llevarlo moribundo a la casa y rezar hasta que

muriera que transportarlo una vez muerto, porque les salía

muy caro y no tenían “reales”. Así que, en varias ocasiones, vi

salir del hospital a pacientes moribundos, o al menos eso creía

yo, para ser llevados a morir a su casa. Desconozco si alguno

de ellos al fi nal sobrevivió, pero si lo hizo, nadie me reclamó.

Seguro, pensaron que había sido un milagro.

El ejemplo más impresionante de lo costosos que resultaban

para los pobres los servicios funerarios lo tuvimos con Michel,

un paciente que ya estaba hospitalizado en la sala de Infesto-

logía del hospital cuando nosotros llegamos a Masaya. Era un

hombre joven que había recibido una herida de bala en la es-

palda durante un combate en la frontera. Como consecuencia,

se había quedado parapléjico. No movía ni sentía las piernas;

no controlaba esfínteres. Su familia era de la montaña y nun-

ca fue a verlo. Él nos contaba que tenía dos niños. Hizo una

escara en la región sacra como yo nunca había visto ni volví

a ver en mi vida. Eran tan profundas que llegaban al hueso,

lo que desencadenó una osteomielitis. Cuando lo curábamos,

sacábamos fragmentos de hueso que se habían desprendido

debido a la infección. ¡Era impresionante!

Michel se deprimió tanto que dejó de comer. Prefería morir

antes que continuar así. No hubo nada que pudiéramos hacer

para ayudarlo, así que murió. Entonces, nos vimos con otro

problema: nadie reclamó el cadáver y no teníamos qué hacer

con él. Se reunieron los médicos nicaragüenses de la Junta Di-

rectiva del hospital durante horas. Al fi nal, mandaron a buscar

al jardinero. Éste cogió una pala, cavó una fosa en el jardín

del hospital y allí enterraron a Michel. Pusieron una cruz de

madera sobre la tumba sin nombre. Nadie rezó por él.

Pero en Pediatría las cosas eran diferentes. Siempre teníamos

la opción de luchar hasta el fi nal, principalmente con los niños

pequeños, ya que si uno de estos moría, la mamá lo cargaba en

hombros, lo tapaba con una sábana y subía al autobús, simu-

30

Detrás de mi rostro

lando que el niño dormía. Aunque corría el riesgo de ser des-

cubierta y bajada ahí mismo de la guagua, quedaba la opción

de subirse a otra.

Recuerdo ese 1 de enero como si fuera hoy. Yo tenía bastante

sueño y, en general, la mañana había estado tranquila, por lo

que logré dormir un rato en el cuarto de internos. Al medio-

día, ingresó al servicio un bebito de tres meses de edad con

un cuadro diarreico agudo. Estaba muy deshidratado y tenía

una acidosis metabólica severa, cuadro que diagnosticábamos

por la clínica, porque no teníamos equipo de laboratorio para

medir los gases y el PH de la sangre. Así que le calculé los

líquidos, los medicamentos pertinentes y la forma en que de-

bían administrarse, de acuerdo con su peso, y le entregué las

indicaciones a la enfermera.

Como ya la guardia se empezó a poner “movidita”, conti-

nué viendo otros casos y otros y otros hasta que, varias horas

después, la enfermera me llamó con urgencia porque este pri-

mer nene estaba sobrehidratado. Se había abierto la llave de la

venoclisis (tampoco teníamos microgoteros para controlar la

cantidad de gotas de fl uidos por minuto que se pasan en un

suero) y los líquidos pasaron de forma desmedida, provocando

un cuadro de extrema gravedad. Como si esto fuera poco, la

mamá decía que era consecuencia del experimento que estaba

haciendo la doctora cubana, que, por supuesto, era yo.

La difi cultad respiratoria del niño iba en aumento. Sus pár-

pados estaban infl amados y su corazoncito galopaba a un

ritmo de doscientos latidos por minutos. Las diarreas conti-

nuaban. En la mirada de la madre había una mezcla de súplica

y recelo.

Un sudor frío me recorrió el cuerpo. Mi corazón empezó

a competir con el del niño. Hubiera deseado desaparecer o

al menos gritar “¡Un médico!”, pero no había nadie a quien

pedir ayuda. Sólo quedaba un camino, así que, sin pensarlo,

tomé al bebé en mis brazos y lo llevé a un salón pequeño que

31

Maritza García

teníamos reservado para los casos más graves. Senté a la mamá

a su lado para que viera lo que yo hacía y comencé a dar órde-

nes a la pobre enfermera, que estaba más asustada que yo.

Ella administraba los medicamentos que le indicaba: diu-

réticos, digoxina, etcétera, y varias horas después, la disnea

había disminuido y la frecuencia cardiaca se normalizó, pe-

ro aparecieron crisis convulsivas que al inicio eran en todo el

cuerpo y después se focalizaron en una mano, y no cedían con

los anticonvulsivantes. Vi con angustia cómo las crisis focales

de la mano se prolongaron durante más de dos horas sin que

tuviera a mi alcance otro recurso para detenerlas.

Casi a medianoche, comenzó a presentar crisis de apnea. Su

respiración se detenía por un tiempo para reiniciarse después

con una frecuencia elevada, que disminuía lentamente hasta

detenerse de nuevo. Salí a toda carrera hasta la sala de Ma-

ternidad, donde se encontraba el único ambú5 pediátrico que

existía en el hospital. No había tubos endotraqueales peque-

ños ni ventiladores para colocarlo en ventilación mecánica,

como él necesitaba; tampoco tenía la opción de trasladarlo a

Managua en aquel estado y sin ambulancia, así que comencé

a ventilarlo manualmente. Sólo estábamos allí, en medio de

la noche, una mamá desesperada, un niño que se moría, el

ambú y yo.

Me senté a la cabecera de su cama, coloqué la mascarita so-

bre su boca y nariz, y comencé a vaciar el globo rítmicamente.

Las horas pasaban con la lentitud increíble de la madrugada.

El niño ya no convulsionaba, pero su respiración continuaba

dependiendo de mi mano adolorida que apretaba una y otra

vez el globo del ambú. Por ratos recuperaba la mecánica res-

piratoria, pero se agotaba y volvía la apnea, y yo volvía a bom-

bear aire a sus pulmones.

5 Balón de resucitación autoinfl able para ventilar manualmente a un paciente. N. de la A.

32

Detrás de mi rostro

Así nos sorprendió el amanecer. Mi pacientito aún vivía y

con un ligero estímulo sobre su tórax se ventilaba espontánea-

mente sin necesidad de mi ayuda, por lo que temprano en la

mañana logré trasladarlo a Managua a un servicio de Terapia

Intensiva. Cuando salió del hospital ya respiraba sin ayuda.

Era domingo 2 de enero. Masaya estaba dormida aún cuan-

do salí del hospital. Caminé despacio por sus calles vacías. Me

recordaba mucho a mi pueblo natal, Bejucal, con su parque y

su iglesia; sólo el olor a azufre que llenaba la ciudad cuando

el viento soplaba del Oeste, trayendo las cenizas del volcán

Santiago, hacía la diferencia. Todo era tan raro, tan triste, tan

alegre, su gente tan buena, tan pobre, tan feliz… ¡Qué mezcla

tan inexplicable!

Llegué al sitio donde había quedado en encontrarme con

Donald. Allí me estaba esperando. Subí a su auto y nos aleja-

mos rumbo a la laguna de Apoyo. Él llevaba comida y bebida

sufi ciente para pasar un día al aire libre. Yo lo necesitaba tanto, necesitaba liberar todo aquel estrés; necesitaba tomar, amar;

necesitaba cariño, comprensión y sexo, y todo lo tuve ese día.

Alrededor de las 10 de la noche llegué a la casa, muy cansada,

pero relajada. Tomé un baño, me fui directo a la cama y al fi n

dormí una noche completa.

Unos meses después, me detuvo una mujer a la entrada del

hospital. Tenía un niño en los brazos, al que no reconocí, pero

aquel rostro indio me era familiar. Sonrió y con los ojos llenos

de lágrimas, dijo:

—Quería decirle que mi chavalito se salvó.

Aquel gesto me conmovió. Al menos ella sabía que yo nunca

quise hacerle daño.

33

. Aeropuerto Internacional “José

Martí”. La Habana, Cuba -  de agosto

de . . a.m.

La mujer miró el pasaporte y después me miró con deteni-

miento. Fingí una sonrisa leve que habrá quedado como una

mueca, porque ella miró de nuevo el pasaporte. Yo no quería

hablar por temor a que el acento me delatara, incluso, por

temor a olvidar mi propio nombre, porque ese día yo no me

llamaba David. Recordé las palabras de Natacha: “Si hablas

algo, no te preocupes tanto por tu acento, que es bastante neu-

tro, pero no te olvides de decir la palabra ‘vaina’ en cuanto

puedas”.

—¿Sólo vino por cinco días?

—Sí —respondí.

—Es muy poco tiempo para un turista, ¿verdad?

—Vine a acompañar a mi esposa y a mi hija, que está enfer-

ma y necesitaba una cirugía.

—¡Ah! Disculpe. ¿Y cómo está su hija?, ¿ya la operaron?

—Sí, la operaron hace dos días de una vaina en la cabeza.

Usted sabe que los médicos cubanos son muy buenos. Allá

me dijeron que no había nada que hacer y aquí me la van a

curar.

—Bueno, espero que esté bien. ¿Ese es todo su equipaje?

—Sí.

Miró mi maleta pequeña. Había allí un poco de ropa que

Natacha me había traído y que me quedaba grande. Sólo las

medias y los zapatos me servían. Al menos algo permanecía

igual. Lo único mío, realmente mío, y que era toda mi fortu-

35

Maritza García

na, estaba en el maletín que ella llevaba en sus manos, dentro

de un sobre manila: mis títulos de Médico y Neurocirujano,

mi inscripción de nacimiento con mi licencia de conducir y

unas fotos de mis padres, viejas y maltratadas por el tiempo.

En algunas de ellas estaba yo, pequeño, en brazos de mi padre,

y en otras, con mi hermana.

El tiempo que estuve de pie frente a aquella mujer nunca

lo sabré. Puede haber sido un siglo, da igual. Al fi nal, me de-

volvió el pasaporte con el pase de abordar y me señaló una

puerta.

—Buen viaje, señor Borgel. Que su hija mejore.

—Gracias.

Salí de allí con deseos de correr hacia la puerta, pero no lo

hice. Traté de caminar despacio. No quería mirar hacia atrás

y tuve que hacer un esfuerzo muy grande para no hacerlo.

“¿Dónde estará ella? ¿La detendrán ahora? ¿Sabrán ellos lo que

estamos haciendo? ¿Ya me habrán identifi cado y sólo están

esperando para capturar a mi cómplice?”.

Los pensamientos se agolpaban en mi mente angustiosamen-

te, torturándome. No podía controlarlos. Recordaba que mi

padre, cuando yo era muy pequeño y algo me asustaba, siem-

pre me decía: “No tengas miedo. Los hombres nunca sienten

miedo”, pero ese día, el día que se lo llevaron, yo vi el miedo

en sus ojos y desde entonces supe que los hombres también

sentimos miedo.

Mostré los documentos al ofi cial de la puerta. Apenas me

miró. Con un gesto, me indicó que colocara el bolso de mano

en la estera y que pasara al otro lado. Así lo hice. Recogí el

bolso y nadie me detuvo. Caminé en un amplio salón, bus-

cando una silla que me permitiera un buen ángulo de visión

y me senté. Entonces, la vi a través de las paredes de made-

ra y cristal. Caminaba segura, moviendo graciosamente sus

caderas. Estaba rara. Era y no era ella. Ya no tenía las cejas

copiosas; ahora estaban muy fi nas y arqueadas, y admito que

36

Detrás de mi rostro

aquel pelo corto y rizado, con tono rojizo, le quedaba muy

bonito, pero yo recordaba su pelo castaño claro balanceán-

dose rítmicamente sobre sus hombros desnudos mientras me

hacía el amor. Y aún en aquellos momentos de tanta tensión,

mientras ella caminaba decidida hacia el mismo ofi cial de la

estera, yo tenía aquella imagen tan clara en mi mente, como

tantas otras veces.

Mis manos sudorosas temblaban cuando saqué el libro que

llevaba en mi bolso para simular que leía, mientras me mante-

nía atento a la estera. Ella traía el maletín en una mano y sus

documentos en la otra. El corazón me dio un vuelco cuando

puso el maletín sobre la estera.

La persona que revisaba el equipaje a través de los rayos X la

detuvo y le dijo algo que yo no pude escuchar. Conversaron

por algunos segundos en los cuales todo parecía desvanecerse

a mi alrededor. “¡Dios mío, a ella no… a ella no!” era lo úni-

co que pasaba por mi mente. El hombre le había pedido que

abriera el maletín. ¿Qué iba a pasar si descubrían mis papeles

allí? Sacaban las cosas y rebuscaban en el interior. Entonces

lo vi: el hombre tenía en sus manos el sobre color manila con

mis documentos que yo le había entregado a ella sólo un rato

antes y se disponía a abrirlo. En ese momento lo supe: yo no

me dejaría atrapar. Ese iba a ser el día de mi muerte, pero no

me importaba. Casi sentí alivio.

37

. Nueva Gerona, Isla de Pinos,

Cuba - 

Cuando aquel ruido me despertó en medio de la noche, yo no

sabía exactamente la hora. Después supe que eran alrededor de

las 9.30 p.m. Yo me había dormido en cuanto me acosté porque

estaba muy cansado. Había jugado todo el día con mis primos

y todos los amiguitos que habían ido a mi cumpleaños.

Salí corriendo descalzo, asustado por los gritos y quejidos de

mamá. La encontré en la sala. Aún no se reponía de la caída

porque ya la barriga la tenía grande. Vivian nacería sólo dos

meses después.

Entonces, vi a los hombres que habían entrado a la casa

empujando a mamá, vestidos de verde oliva, con botas que

retumbaban cuando caminaban. Traían a papá a empujones

y también ellos gritaban, pero eran palabras que yo no com-

prendía.

Mamá me abrazó con fuerza. Temblaba y lloraba. Quería

protegerme tratando de que yo no viera, pero yo quería ver,

quería saber qué le estaba pasando a mi papá. Fue en ese ins-

tante, en que sus ojos aterrados se cruzaron con los míos cuan-

do supe que no lo volvería a ver nunca más.

Los días que siguieron a ese 22 de enero son muy confusos

para mí. Sólo recuerdo claramente mi miedo, a mamá lloran-

do, a la tía Margot que me llevó para su casa mientras yo gri-

taba porque no quería que me separaran de mamá.

Papá había sido sargento del Ejército. Había trabajado en el

Presidio Modelo de Isla de Pinos por más de diez años. Co-

39

Maritza García

menzó como soldado y en el 59 era sargento. En Nueva Ge-

rona, había conocido a mamá. Mis abuelos tenían un negocio

relacionado con la pesca de la langosta, pero no les fue bien

y resolvieron regresar a La Habana para el año 52. Entonces,

mis padres se casaron y se quedaron en Gerona.

Yo nací en Nueva Gerona, en el 54. Mi mamá tuvo un

parto complicado y por poco muere. El médico le dijo que

era muy difícil que volviera a embarazarse de nuevo y mamá

se deprimió mucho, porque a papá le encantaban los niños.

Ellos habían planeado tener unos cuantos. Ella pensó que él

la abandonaría, pero papá adoraba a mamá. Cuando ella salió

embarazada de nuevo, él era el hombre más feliz del mundo.

A papá lo fusilaron el 12 de febrero, a los veintiún días de su

detención, después de un juicio sumario. No llegó a conocer

a su segunda hija.

Mamá regresó de La Habana con el cadáver de papá. Ese fue

el enero más frío de mi vida. Allí terminó mi infancia, el día

que cumplí seis años. Después de eso nunca más celebramos

mi cumpleaños; jamás volví a escuchar “Japy beibi,6 David”.

Vivian nació a fi nales de marzo. Era muy enfermiza y llora-

ba mucho, yo creo que a consecuencia de la tristeza de mamá.

Pasamos una época muy difícil, porque papá era el sostén de

la casa. Mamá nunca había trabajado en nada y ahora estaba

sola con dos hijos. Yo tuve que asumir el papel de hombre de la

casa y colaborar en todo lo posible, pero como en la Isla todos

nos conocían, la situación se hizo insoportable para la familia.

Eso, unido a las carencias que atravesábamos, la llevó a tomar

la decisión de regresar a La Habana, a la casa de sus padres,

que vivían en un reparto llamado Los Pinos.

Mis abuelos no habían sido muy felices con el matrimonio

de mamá. Para la época en que se conocieron, mi padre era sol-

dado y mis abuelos querían algo mejor para mami. Mi abuelo

6 Happy birthday. N. de la A.

40

Detrás de mi rostro

era un hombre simple, sin mucha instrucción académica, pero

con mucha inteligencia para la vida. Siempre había tenido sus

negocios, de los cuales vivía, aunque no le dieron riqueza. En

el 59, tenía una fonda a sólo unas cuadras de la casa y en el 69,

cuando se la intervinieron, le dieron una jubilación y de eso

vivió hasta su muerte.

Abuela peleaba constantemente. Todo lo que hacíamos le

molestaba, pero en el fondo, yo creo que nos quería mucho.

Imagino ahora lo que debe haber signifi cado para ella aco-

gernos a todos en su casa y cuidarnos cuando mamá al fi n

consiguió trabajo.

La tía Margot, la única hermana de papá, fue otra ayuda

que tuvimos, pero ella quedó devastada con la muerte de pa-

pá y un año después abandonó el país junto con su esposo y

mis dos primos, Juan Carlos y José Luis. Nosotros no tuvimos

contacto con ellos durante mucho tiempo. No fue hasta mu-

chos, muchos años después que volví a verla, pero estaba tan

viejita que no me recordaba. Me confundió con papá y me

hablaba como si yo fuera él.

Vivian era la mayor alegría de la casa. Era muy ocurrente y

había que estar todo el tiempo pendiente de ella, porque hacía

muchos disparates. El día que caminó por primera vez se paró

y salió corriendo hasta que se cayó. Así mismo fue la primera

vez que montó una bicicleta. Se subió y empezó a darle a los

pedales hasta que el poste de la luz de la esquina la paró en

seco y perdió dos dientes de leche.

Yo me ponía en “cuatro patas” y ella cabalgaba encima de

mí por toda la casa, como si yo fuera un caballo. ¡Se agarraba

de mi pelo y me daba cada patada! Abuela empezaba a pelear

porque en más de una ocasión le rompimos un adorno que era

el recuerdo de algo o de alguien, y resultaba que siempre era

el recuerdo más preciado que ella tenía y al fi nal al que casti-

gaban era a mí.

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