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ORIANA FALLACI

CARTA A UN NIÑO

QUE NUNCA NACIÓ

Gentileza de El Trauko

http://go.to/trauko

Oriana Fallaci: CARTA A UN NIÑO QUE NUNCA NACIÓ

Traducción: Atilio Pentimalli

© Editorial Noguer, S.A., Paseo de gracia, 96

Barcelona, 1976 para la publicación en lengua española

ISBN: 84-279-1152-1

Titulo Original: LETTERA A UN BAMBINO MAI NATO

© by Rozzoli Editore, Milán, 1975

Edición Electrónica: El Trauko

Versión 1.0 - Word 97

La Biblioteca de El Trauko

http://www.fortunecity.es/poetas/relatos/166/

http://go.to/trauko

trauko33@mixmail.com

Chile - Noviembre 2000

Texto digital # 3

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Carta a un Niño que Nunca Nació

Oriana Fallaci

CARTA A UN NIÑO QUE NUNCA NACIÓ

Oriana Fallaci

A quien no teme la duda

A quien se pregunta los porqué

Sin descanso y a costa

De sufrir de morir

A quien se plantea el dilema

De dar la vida o negarla

Está dedicado este libro

de una mujer

para todas las mujeres

Anoche supe que existías: una gota de vida que se escapó de la nada. Yo estaba con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad y, de pronto, en esa oscuridad, se encendió un relámpago de certeza: sí, ahí estabas. Existías. Fue como sentir en el pecho un disparo de fusil. Se me detuvo el corazón. Y cuando reanudó su latido con sordos retumbos, cañonazos de asombro, me di cuenta de que estaba cayendo en un pozo donde todo era inseguro y terrorífico. Ahora me hallo aquí, encerrada bajo llave en un miedo que me empapa el rostro, los cabellos y los pensamientos. Y en este miedo me pierdo.

Trata de comprender: no es miedo a los demás, que no me preocupan. No es miedo a Dios, en quien no creo, ni al dolor, que no temo. Es miedo de ti, del azar que te ha arrancado de la nada para adherirte a mi vientre. Nunca he estado preparada para recibirte, aunque te he deseado mucho. Siempre me he planteado esta atroz pregunta: ¿y si no te gustara nacer? Y si un día tú me lo reprocharas gritando:

“¿Quién te ha pedido que me trajeras al mundo, por qué me has traído, por qué?” ¡La vida es tan ardua, niño! Es una guerra que se repite cada día, y sus momentos de alegría son breves paréntesis que se pagan a elevado precio. ¿Cómo sabré que no sería más justo eliminarte; cómo sabré que no prefieres ser devuelto al silencio? Tú no puedes hablarme. Tu gota de vida es tan sólo un nudo de células apenas comenzadas. Tal vez ni siquiera es vida, sino posibilidad de vida. Y, sin embargo, no sé qué daría para que pudieras ayudarme con un gesto, un indicio. Mi madre sostiene que yo se lo di, y por eso me trajo al mundo.

Mi madre no me quería, ¿sabes? Yo empecé por error, por un instante de distracción ajena. Y, a fin de que no naciera, todas las noches mi madre diluía en el agua una medicina. Luego la bebía, llorando. La bebió hasta la noche en que me moví, dentro de su vientre, y le solté un puntapié para decirle que no me arrojase. Se estaba llevando la copa a los labios. En seguida la apartó y derramó su contenido en el suelo. Algunos meses después, yo me revolcaba al sol, victoriosa. Ignoro si eso ha sido un bien o un mal. Cuando me siento feliz pienso que ha sido un bien; cuando me siento infeliz creo que ha sido un mal. No obstante, incluso cuando soy desdichada, pienso que me disgustaría no haber nacido, porque nada es peor que la nada. Yo, te lo repito, no tengo miedo al dolor. El dolor nace y crece con nosotros, y uno se acostumbra a él como al hecho de tener dos brazos y dos piernas. En el fondo, tampoco tengo miedo de morir, porque si uno muere significa que ha nacido, que ha salido de la nada. Yo temo la nada, el no estar aquí, el tener que admitir no haber existido, aunque sólo sea por casualidad, por error, por una distracción ajena. Muchas mujeres se preguntan: ¿por qué traer un hijo al mundo? ¿Para que tenga hambre, para que pase frío, para que sufra traiciones y ofensas, para que muera avasallado por la guerra o por una enfermedad? Y niegan la esperanza de que su hambre sea aplacada, de que su frío se desvanezca al calor, de que no carezca de fidelidad y respeto, de que viva largos años para tratar de borrar las enfermedades y la guerra. Quizás esas mujeres tengan razón. Pero ¿hay que preferir la nada al sufrimiento? Yo, hasta en las pausas en que lloro sobre mis fracasos, mis desilusiones y mis dolores, llego a la conclusión de que sufrir es preferible siempre a la nada. Y si amplío esta conclusión a la vida toda, al dilema de nacer o no nacer, termino por exclamar que nacer es mejor que no nacer. Sin embargo, ¿resulta lícito imponerte a ti ese razonamiento? ¿No equivale a traerte al mundo basándome tan sólo en mi convicción? Eso no me interesa, tanto más cuanto que no te necesito para nada.

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Gentileza de El Trauko

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* * *

No me has dado puntapiés; no me has enviado respuestas. Pero ¿cómo hubieras podido

hacerlo? ¡Eres tan poca cosa! Si yo le pidiera al doctor que confirmara tu presencia, sonreiría burlón. Sin embargo, he tomado una decisión por ti: nacerás. Lo decidí tras haberte visto fotografiado. No era precisamente tu retrato, claro está; se trataba del grabado de un embrión cualquiera de tres semanas, publicado en un periódico para ilustrar un reportaje acerca de cómo se forma la vida. Y, mientras lo miraba, se me pasó el miedo con la misma rapidez con que me había invadido. Parecías una flor misteriosa, una orquídea transparente. En la parte superior se notaba una especie de cabeza con dos protuberancias que se convertirán en cerebro. Más abajo, como una cavidad que se transformará en boca. El texto correspondiente explica que a las tres semanas eres casi invisible: mides dos milímetros y medio. Y, sin embargo, crece en ti un atisbo de ojos, y algo que se asemeja a una columna vertebral, a un sistema nervioso, a un estómago, a un hígado, a unos intestinos, a unos pulmones Tu corazón ya está formado, y es grande: comparado con el mío, proporcionalmente, nueve veces mayor. Bombea sangre y late con regularidad desde el decimoctavo día: ¿cómo podría yo suprimirte? ¿Qué me importa si has comenzado por casualidad o por error? ¿Acaso el mundo en que estamos no comenzó también por casualidad y tal vez por error? Algunos sostienen que en un principio no había nada excepto una gran calma, un absoluto silencio inmóvil. Después, se produjo una chispa, un desgarrón, y lo que no era fue. A ese desgarrón pronto le siguieron otro y otro: cada vez más inesperados, más insensatos, de más imprevisibles consecuencias. Y una de tales consecuencias fue que brotó una célula, también por azar, tal vez por error, que en seguida se multiplicó por millones, por miles de millones, hasta que nacieron los árboles, los peces y los hombres. ¿Tú crees que alguien se planteó un dilema antes del estallido o de la célula? ¿Crees que se preguntó si aquello gustaría o no? ¿Crees que se preocupó por el hambre, el frío o la infelicidad? Yo no lo creo. Incluso si ese alguien hubiese existido –por ejemplo, un Dios que podamos considerar primer principio, más allá del tiempo y del espacio–, me temo que no se habría ocupado del bien y del mal. Todo ocurrió porque podía ocurrir; por tanto, tenía que ocurrir, según una prepotencia que era la única legítima. Y el argumento vale en lo que a ti se refiere. Asumo yo la responsabilidad de la elección.

Y la asumo sin egoísmo, niño; traerte al mundo, te lo juro, no me divierte. No me veo caminando por la calle con el vientre hinchado; no me imagino amamantándote, lavándote y enseñándote a hablar.

Soy una mujer que trabaja, y tengo muchos otros compromisos y curiosidades; ya te dije que no te necesito. Pero, de todos modos, llevaré adelante tu gestación, te guste o no. Te impondré esa prepotencia que nos impusieron también a mí, a mis padres, a mis abuelos, a los abuelos de mis abuelos, y así hasta el primer ser humano parido por otro, le gustara o no. Si a aquél o aquélla se le hubiese permitido elegir, probablemente habría respondido, asustado: no, no quiero nacer. Pero nadie le preguntó su opinión, y así nació, vivió y murió tras haber parido otro ser humano al que no pidió tampoco su parecer, y el ciclo prosiguió durante millones de años, hasta nosotros. Cada vez se trató de una prepotencia sin la cual no existiríamos. ¿Crees que la semilla de un árbol no necesita coraje cuando perfora la tierra y germina? Bastan una ráfaga de viento para desprendería, y la patita de un ratón para aplastarla. Sin embargo, germina, resiste y crece, derramando otras semillas, hasta convertirse en bosque. Si tú gritas un día: “¿Por qué me has traído al mundo, por qué?”; yo te habré de responder: “Hice lo que han hecho y siguen haciendo los árboles durante millones y millones de años, y creí obrar bien”.

Lo importante consiste en no cambiar de idea al recordar que los hombres no son árboles; que el sufrimiento de un ser humano supera mil veces el de un árbol porque es consciente; que a ninguno de nosotros le beneficia el convertirse en bosque; que no todas las semillas de los árboles generan nuevos árboles: en su inmensa mayoría se pierden. Semejante cambio de idea es muy posible, niño: nuestra lógica está llena de contradicciones. Apenas afirmas una cosa ya ves su contraria. Y hasta puede ocurrir que te des cuenta de que lo contrario es tan válido como lo que antes afirmabas. El razonamiento que acabo de hacer podría invertirse con un simple castañeteo de los dedos. En efecto, así es; ya me siento confundida, desorientada. Tal vez porque no puedo confiarle todo esto a nadie, salvo a ti. Soy una mujer que ha elegido vivir sola. Tu padre no vive conmigo. Y no lo lamento, aunque, de vez en cuando, mi mirada busca la puerta por la cual salió, con su paso firme, sin que yo lo detuviera, como si ya no tuviéramos nada que decirnos.

* * *

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Carta a un Niño que Nunca Nació

Oriana Fallaci

Te he llevado al médico. Más que una confirmación, yo quería algún consejo. Como respuesta, ha meneado la cabeza y me ha llamado impaciente. Ha dicho que aún no puede asegurar nada, que vuelva a pasar dentro de quince días y que me haga a la idea de que se trata de un mero producto de mi fantasía. Volveré tan sólo para demostrarle que es un ignorante. Toda su ciencia no vale lo que mi intuición, y ¿cómo podría un hombre comprender a una mujer que sostiene, antes de tiempo, que está esperando un niño? Un hombre no queda embarazado. A propósito, dime: ¿eso es una ventaja o una limitación? Hasta ayer me parecía una ventaja; más aún: un privilegio. Hoy me parece una limitación; aún más: una pobreza. Hay algo glorioso en el hecho de encerrar en el propio cuerpo otra vida, en el hecho de saberse dos y no uno. En ciertos momentos, te invade hasta una sensación de triunfo, y, en la serenidad que acompaña al triunfo, nada te preocupa: ni el dolor físico con el que habrás de enfrentarte, ni el trabajo que deberás sacrificar, ni la libertad que habrás de perder. ¿Serás un hombre o una mujer?

Quisiera que fueses mujer. Quisiera que tú experimentaras algún día lo mismo que experimento yo: no estoy en absoluto de acuerdo con mi madre, que considera una desgracia el nacer mujer. Mi madre, cuando se siente muy desdichada, se lamenta: “¡Ah, si hubiese nacido varón!”. Ya sé: nuestro mundo es un mundo fabricado por los hombres para los hombres; la dictadura de ellos es tan antigua que hasta se extiende al lenguaje. Se dice hombres para decir hombres y mujeres; se dice niño para decir niño y niña; se dice hijos para decir hijo e hija; se dice homicidio para designar el asesinato de un hombre o de una mujer. En las leyendas que los hombres han inventado para explicar la vida, la primera criatura no es una mujer, sino un hombre llamado Adán. Eva llega después, para divertirlo y armar líos. En las pinturas con que adornan sus iglesias, Dios es un viejo con barba, nunca una anciana de blanca melena. Y todos sus héroes son varones, desde aquel Prometeo que descubrió el fuego hasta ese Icaro que intentó volar, e incluso aquel Jesús que declaran hijo del Padre y del Espíritu Santo, como si la madre que lo dio a luz fuera una incubadora o una nodriza. Y, sin embargo, o tal vez justamente por esto, ser mujer es fascinante. Constituye una aventura que requiere considerable valentía; un desafío que nunca llega a aburrir. Podrás emprender muchos caminos si naces mujer. Para empezar, tendrás que batirte para sostener que si Dios existiera bien podría ser una anciana de blanca cabellera o una chica guapa. Luego, tendrás que esforzarte en explicar que el pecado no nació el día en que Eva cogió una manzana: ese día nació una espléndida virtud llamada desobediencia. Por último, tendrás que batirte para demostrar que dentro de tu cuerpo liso y redondeado hay una inteligencia pidiendo a gritos que la escuchen. La maternidad no es un oficio y tampoco un deber, sino un simple derecho entre tantos otros. Te cansaras de gritarlo. Y, a menudo, casi siempre, perderás. Pero no debes desanimarte. Batirse es mucho más hermoso que vencer; viajar, mucho más divertido que llegar: cuando has llegado o has vencido, adviertes un gran vacío. Y para superar ese vacío debes emprender viaje nuevamente, debes crearte otras metas.

Sí, espero que seas mujer; no me hagas caso si te llamo niño. Y espero que tú no digas jamás lo que dice mi madre. Yo Jamás lo he dicho.

* * *

Pero si naces varón, me sentiré igualmente contenta. Y tal vez más, porque te verás libre de muchas humillaciones, de muchas servidumbres, de muchos abusos. Si naces hombre, por ejemplo, no deberás temer que te violenten en la oscuridad de una calle. No deberás valerte de un bonito rostro para que te acepten al primer vistazo, ni de un bello cuerpo para esconder tu inteligencia. No serás objeto de juicios malévolos cuando duermas con quien te guste, ni oirás decir que el pecado nació el día en que cogiste una manzana. Te cansarás mucho menos. Podrás desobedecer sin ser escarnecido, amar sin despertarte por la noche, con la sensación de estar cayendo por un pozo; podrás defenderte sin terminar insultado. Naturalmente, te corresponderán otras esclavitudes, otras injusticias; tampoco para un hombre es fácil la vida, ¿Sabes? Dado que tendrás músculos más duros, te pedirán que lleves pesos más gravosos, y te impondrán responsabilidades arbitrarias. Puesto que tendrás barba, se reirán si lloras y hasta si necesitas ternura. Como tendrás una cola delante, te ordenarán que mates o te dejes matar en la guerra, y exigirán tu complicidad para perpetuar la tiranía que instauraron en las cavernas. Y, sin embargo –o precisamente por eso–, ser hombre constituirá una aventura maravillosa, una empresa que no te decepcionará jamás. Por lo menos, así lo espero, porque si naces varón confío en que seas un hombre como siempre lo he soñado: dulce con los débiles, feroz con los prepotentes, generoso con quien te quiere, despiadado con quien te manda. Por último, enemigo de quienquiera ande contando que los Jesús son hijos del Padre y del Espíritu Santo, y no de la madre que los dio a luz.

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Gentileza de El Trauko

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Niño, estoy tratando de explicarte que ser un hombre no significa tener una cola delante; significa ser una persona. Y a mí, ante todo, me interesa que tú seas una persona. La palabra persona es una palabra estupenda porque no pone límites a un hombre o a una mujer, no traza fronteras entre quien tiene cola y quien no la tiene. Por otra parte, la frontera que separa a quien tiene cola de quien no la tiene

¡es tan sutil...! En la práctica, se reduce a la capacidad de madurar o no una criatura en el vientre. El corazón y el cerebro no tienen sexo, y tampoco la conducta. Si eres una persona de corazón y cerebro, ten presente que yo, desde luego, no estar entre quienes te animen a que te comportes de un modo o de otro en cuanto varón o mujer. Te pediré tan sólo que explotes bien el milagro de haber nacido, y que no cedas nunca a la cobardía, que es una bestia que está siempre al acecho. Nos muerde a todos, cada día, y son pocos los que no se dejan despedazar por ella en nombre de la prudencia, de la conveniencia y a veces en nombre de la sensatez. Cobardes hasta que los amenaza un peligro, los humanos se vuelven arrogantes apenas el riesgo ha pasado. Jamás debes evitar el riesgo, aunque el miedo te frene. Venir al mundo implica ya un riesgo: el de arrepentirse de haber venido.

Quizá sea prematuro hablarte así. Tal vez yo debiera ocultarte, por ahora, las fealdades y las tristezas, y relatarte un mundo de inocencias y júbilos. Pero sería como empujarte al engaño, como inducirte a creer que la vida es una blanda alfombra sobre la cual se puede caminar descalzo, y no un camino pedregoso, niño. Con las piedras de ese camino uno tropieza, y al caer se hiere. De esas piedras hemos de protegernos con zapatos de hierro. Y ni siquiera eso es suficiente, porque mientras te proteges los pies, alguien recoge siempre una piedra para tirártela a la cabeza. Y por hoy he concluido, hijo mío, hija mía. ¿Te agradó la lección? Quién sabe qué dirían algunos si me escuchasen. ¿Me acusarían de loca o, simplemente, de cruel? He mirado tu última fotografía: a las cinco semanas, mides menos de un centímetro de longitud. Estás cambiando mucho. Más que una flor misteriosa, pareces ahora una larva muy agraciada; mejor dicho, un pececillo al que le están brotando velozmente las aletas. Cuatro aletas que se volverán brazos y piernas. Los ojos ya son dos minúsculos granitos negros, con un círculo alrededor, ¡y tu cuerpo se prolonga en una colita! El texto dice que durante este período es casi imposible distinguirte de cualquier otro embrión de mamífero; si fueras un gato tendrías más o menos el mismo aspecto que ahora presentas. En efecto, la cara no está, ni tampoco el cerebro. Yo te hablo, niño, y tú no lo sabes. En la tiniebla que te envuelve ignoras hasta que existes. Yo podría deshacerme de ti, y tú nunca lo sabrías. No tendrías la posibilidad de llegar a la conclusión de si te he hecho un daño o un regalo.

* * *

Ayer cedí al malhumor. Debes disculparme por aquel discurso acerca de que podría eliminarte y tú no sabrías siquiera si te hice un daño o un regalo. Eran palabras y nada más. Mi elección no ha cambiado en absoluto, incluso si suscita sorpresa a mi alrededor. Anoche hablé con tu padre. Le dije que aquí estabas. Se lo anuncié por teléfono porque está lejos; y, a juzgar por lo que he oído, no le di una buena noticia. Me llegó, ante todo, un profundo silencio, como si se hubiera cortado la comunicación. Y

después oí una voz que balbuceaba, ronca: “¿Cuánto hará falta?”. Le contesté, sin comprender: “Nueve meses, supongo. Mejor dicho, menos de ocho, a estas alturas”. Y entonces la voz dejó de ser ronca para volverse estridente: “Hablo de dinero”. “¿Qué dinero?”, pregunté. “El dinero para deshacerse de él, ¿no?”

Sí, lo dijo exactamente así, “deshacerse”. ¡Ni que fueras un paquete! Y cuando, lo más serenamente posible, le expliqué que yo tenía muy distintas intenciones, se perdió en un largo razonamiento en el cual se alternaban ruegos y consejos, consejos y amenazas, amenazas y lisonjas. “Piensa en tu carrera, considera las responsabilidades; algún día podrías arrepentirte. ¡Qué dirán los demás!” Debe de haber gastado un dineral en esa llamada telefónica. De vez en cuando, la operadora intervenía con voz sorprendida y preguntaba: “¿Continúa?”. Yo sonreía, casi divertida. Pero me divertí mucho menos cuando, envalentonado por el hecho de que yo escuchaba en silencio, concluyó que el gasto lo podíamos compartir ambos a partes iguales: al fin y al cabo, éramos “culpables ambos”. Sentí náuseas. Me avergoncé por él. Y colgué el auricular pensando que en otro tiempo lo amé.

¿Lo amé? Un día, tú y yo tendremos que discutir un poco acerca de este asunto llamado amor.

Porque, honradamente, todavía no he comprendido de qué se trata. Tengo la sospecha de que consiste en un gigantesco embrollo inventado para que la gente se quede tranquilita y se distraiga. De amor hablan los curas, los carteles publicitarios, los literatos, los políticos y los que hacen el amor, y en nombre de ese mismo amor hieren, traicionan y matan el alma y el cuerpo. Yo odio esa palabra que aparece por todas partes y en todos los idiomas. Amo-caminar, amo-beber, amo-fumar, amo-la-libertad, amo-a-mi-amante, amo-a-mi-hijo. Trato de no usarla nunca, de no preguntarme siquiera si aquello que perturba mi 4

Carta a un Niño que Nunca Nació

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mente y mi corazón es lo que llaman amor. Pienso en ti en términos de vida. Y en cuanto a tu padre, mira, cuanto más lo pienso más creo que no lo he amado jamás. Lo he admirado, lo he deseado, pero no lo he amado. Y lo mismo ocurrió con los que le precedieron, fantasmas decepcionantes de una búsqueda siempre frustrada. ¿Frustrada? Para algo sirvió, después de todo: para comprender que nada amenaza tanto tu libertad como el misterioso impulso que una criatura siente hacia otra. Por ejemplo, un hombre hacia una mujer o una mujer hacia un hombre. No hay ligaduras, cadenas ni barreras que te obliguen a una esclavitud más ciega, a una impotencia mas desesperada. ¡Pobre de ti si te obsequias a alguien en nombre de ese impulso! No sirve más que para olvidarte de ti mismo, de tus derechos, de tu dignidad; es decir, de tu libertad. Como un perro que se afana en el agua, tratas en vano de alcanzar una orilla que no existe, la orilla que se llama Amar y ser Amado, y terminas anulado, burlado, desilusionado. En el mejor de los casos, acabas preguntándote qué te impulsó a tirarte al agua: ¿la disconformidad contigo mismo, la esperanza de hallar en otro algo que no veías en ti? ¿El miedo a la soledad, el tedio, el silencio? ¿La necesidad de poseer y ser poseído? según dicen algunos, en esto consiste el amor. Pero temo que sea mucho menos: un hambre que, una vez saciada, deja una especie de indigestión. Un vómito. Y, sin embargo, niño, debe de haber algo capaz de revelarme el significado de esa maldita palabra. Tiene que haber algo que me permita descubrir qué es; y eso, sin duda, existe. ¡Lo necesito tanto, tengo tanta hambre! Y pienso en esa necesidad, en esa hambre; tal vez sea cierto lo que siempre sostuvo mi madre: que amor es lo que experimenta una mujer hacia su hijo cuando lo toma en brazos y lo siente solo, inerme, indefenso. Por lo menos mientras es inerme e indefenso no te insulta, no te decepciona. ¿Y si te correspondiera a ti descubrirme el sentido de esas cuatro letras absurdas? ¿Precisamente a ti, que me robas a mí misma, me chupas la sangre y me respiras el aliento?

Hay un indicio. Los enamorados que están lejos uno de otro, se consuelan con las fotografías. Y

yo ando siempre con tus fotografías entre las manos. Ya se me ha convertido en una obsesión. Apenas regreso a casa cojo ese periódico, calculo tus días, tu edad, y te busco. ¡Aquí estás, a las seis semanas, tomado de espaldas! ¡Qué bonito te has vuelto! Ya no eres pececillo ni larva, ya no cosa informe; pareces ahora una criatura, con esa cabezota calva y rosada. La columna vertebral está bien definida: es una franja blanca y firme situada en medio. Tus brazos ya no son protuberancias confusas ni aletas, sino alas.

¡Te han brotado alas! Dan ganas de acariciarlas, de acariciarte. ¿Qué tal lo pasa uno allí, en el huevo?

Según las fotografías, estás suspendido en el interior de un huevo transparente que recuerda esos de cristal en los cuales se pone una rosa. Tú en el lugar de la rosa. Del huevo sale un cordón que termina en un balón blanco, lejano, veteado de rojo y manchas azules. Visto así parece la Tierra, observada desde miles y miles de kilómetros. Sí, es exactamente como si de la Tierra partiera un hilo interminable, tan largo como la idea de la vida, y desde aquella distancia remota llegara hasta ti. Todo de una manera lógica y sensata. Pero ¿cómo se atreven a decir que el ser humano es un incidente de la naturaleza?

El médico me dijo que volviera a visitarlo transcurridas seis semanas. Iré mañana. En el alma me escuecen, alternándose, agujas de inquietud y llamaradas de alegría.

* * *

En un tono que oscilaba entre solemne y alegre, ha observado una hojita de papel y ha dicho: “La felicito, señora”. Automáticamente, le he corregido: “Señorita”. Ha sido como si le hubiera dado una bofetada. Solemnidad y alegría desaparecieron, y, clavándome la mirada con voluntaria indiferencia, repuso: ,”¡Ah!”. Luego tomó la pluma, tacho “señora” y escribió “señorita”. Así, en una habitación gélida y blanca, por medio de un hombre gélidamente vestido de blanco, la Ciencia me ha dado el aviso oficial de que existes. No me impresionó en absoluto, dado que ya lo sabía yo mucho antes que ella. Pero me sorprendió que se hiciera hincapié en mi estado civil y se efectuara esa corrección en el papel. Tenía todo el aire de una advertencia, de una futura complicación. Resultó escasamente cordial incluso el modo en que la Ciencia me ordenó acto seguido que me desvistiera y me tendiera sobre la camilla. Tanto el médico como la enfermera se portaban conmigo como si les resultara antipática. No me miraban cara a cara. Para compensar, se entrecruzaban miradas como para decirse quién sabe qué. Cuando me hube tendido sobre la camilla, la enfermera se enfadó porque no había abierto las piernas y no las había apoyado en los estribos metálicos. Lo hizo ella, molesta, diciendo: “¡Aquí, aquí!”. Yo me sentía ridícula y vagamente obscena. Experimenté gratitud hacia ella cuando me cubrió el vientre con una toalla. Pero entonces ocurrió lo peor, porque el médico se puso un guante de goma y me introdujo un dedo, con rabia. Apretó por dentro, hurgó y apretó de nuevo, haciéndome daño. Tuve miedo de que te quisiera aplastar porque yo no estaba casada. Por fin sacó el dedo y sentenció: “Todo bien, todo normal”. Me dio 5

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algunos consejos: me dijo que el embarazo no es una enfermedad sino un estado natural, y que, por tanto, es oportuno que yo siga haciendo las mismas cosas que antes. Lo importante es que no fume demasiado, que no lleve a cabo esfuerzos excesivos, que no me lave con agua demasiado caliente y que no albergue propósitos criminales. “¿Criminales?”, pregunté, estupefacta. Y él: “La ley lo prohibe.

¡Recuérdelo!”. Para reforzar la amenaza me recetó algunas píldoras de luteína y me ordenó que volviera a verlo cada quince días. Me lo ordenó sin la mínima sonrisa, antes de informarme que el pago se efectuaba en caja. En cuanto a la enfermera, ni siquiera me saludó. Y hasta me pareció que, mientras cerraba la puerta, meneaba la cabeza en señal de reprobación.

Me temo que debas acostumbrarte a cosas como estas. En el mundo en que estás a punto de entrar, y pese a los discursos acerca de los tiempos que cambian, una mujer que espera un hijo sin estar casada es vista, la mayor parte de las veces, como una irresponsable. En el mejor de los casos, como una extravagante o una provocadora. O como una heroína. Nunca como una madre igual a todas las demás. El farmacéutico que me vendió las píldoras de luteína me conoce, y sabe que no tengo marido.

Cuando le di la receta arqueó las cejas y me miró asustado. Después fui al modista para encargarle un abrigo. Se acerca el invierno y quiero que estés protegido. Con la boca llena de alfileres para ir marcando la tela, el modista empezó a tomarme las medidas. Cuando le expliqué que debía tomarlas muy amplias porque estaba embarazada y durante el invierno engordaría, enrojeció violentamente. Abrió la boca y temí que se tragara los alfileres. No se los tragó, a Dios gracias, pero se le cayeron al suelo. Se le cayó también el metro, y yo sentí una especie de pena por estarle imponiendo tanta consternación. Lo mismo ocurrió con el jefe. Nos guste o no, él es la persona que compra mi trabajo y nos da el dinero para vivir: hubiera sido poco honesto no informarle de que, dentro de algún tiempo, no podré trabajar. Por tanto, entré en su despacho y le puse al corriente. Se quedó sin aliento. Después se recobró y balbuceó que respetaba mi decisión; es más, que me admiraba muchísimo por haberla asumido, que me consideraba sumamente valerosa, pero que sería oportuno no andar contándoselo a todos. “Una cosa es hablar entre nosotros, gente de mundo, y otra cosa tratar de esto con quien no puede comprender. Tanto más cuanto que usted podría cambiar de idea, ¿no?” Insistió mucho sobre este asunto del cambio de idea. Por lo menos hasta el tercer mes tenía todo el tiempo para reflexionar, dijo, y reflexionar sería prueba de buen sentido: mi carrera estaba muy bien encauzada; ¿por qué interrumpirla a causa de un sentimentalismo?

Que lo pensara bien: no se trataba de interrumpirla durante pocos meses o un año, sino de cambiar íntegramente el curso de mi vida. Ya no podría disponer de mí misma, y no olvidemos que la empresa me había apoyado basándose justamente en la disponibilidad que yo ofrecía. Él me reservaba muy buenos proyectos. Si cambiaba de parecer no tenía más que decírselo, me ayudaría.

Tu padre telefoneó por segunda vez. Le temblaba la voz. Quería saber si yo había tenido la confirmación. Le contesté que sí. Me preguntó por segunda vez cuándo habría “arreglado el asunto”. Por segunda vez colgué el auricular sin escucharlo. Lo que no entiendo es por qué, cuando una mujer anuncia que está legalmente embarazada, todos se ponen a festejaría, a quitarle de las manos los paquetes y a suplicarle que no se fatigue y que se quede tranquila. ¡Qué lindo! Felicitaciones, “pase, póngase cómoda, descanse”. Conmigo se quedan quietos, callados, o sueltan consideraciones acerca del aborto. Dirías que se trata de una conjura, de una conspiración para separarnos. Y hay momentos en que me siento inquieta, en que me pregunto quién ganará: ¿nosotros o ellos? Tal vez sea por culpa de esa llamada telefónica, que ha renovado amarguras que yo creía olvidadas y ofensas que consideraba superadas. Unas y otras me fueron infligidas por fantasmas gracias a los cuales comprendí que el amor es un enredo, una estafa. Las heridas se han cerrado y las cicatrices son apenas visibles, pero basta una llamada telefónica así para que vuelvan a doler, como las viejas fracturas de huesos cuando cambia el tiempo.

* * *

Tu universo es el huevo dentro del cual flotas, acurrucado y casi desprovisto de peso, desde hace seis semanas y media. Lo llaman bolsa amniótica, y el líquido que lo llena es una solución salina que sirve para eximirte de luchar contra la fuerza de gravedad y para protegerte de los golpes provocados por mis movimientos, y también para alimentarte. Hasta hace cuatro días, era, incluso, tu única fuente de nutrición. Mediante un proceso complicadísimo y casi incomprensible, tú tragabas una parte, absorbías otra, expelías otra más e incluso producías nuevo líquido. Desde hace cuatro días, en cambio, tu fuente de nutrición soy yo, a través del cordón umbilical. Muchas cosas han ocurrido durante estos días: me exalto y te admiro sólo pensándolo. La placenta que envuelve tu huevo como un cálido abrigo de pieles 6

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se ha reforzado; el número de tus células sanguíneas ha aumentado, y todo avanza a una velocidad loca: la trama de tus venas ya es visible. Son perfectamente visibles también las dos arterias, y la vena del cordón umbilical que te lleva mi oxígeno y las sustancias químicas que precisas. Además, se ha desarrollado tu hígado y tienes en boceto todos los órganos internos; ¡hasta tu sexo y tus órganos de reproducción han empezado a brotar! Tú ya sabes si serás hombre o mujer. Pero lo que más me exalta, niño mío, es que hasta te has construido las manitas. Ahora se te ven bien los dedos. Y ya tienes una pequeña boca ¡con labios!, un atisbo de lengua, los alvéolos para veinte dientecillos, y un par de ojos.

¡Tan minúsculo –ni siquiera un centímetro y medio– y tan liviano –menos de tres gramos–, y tienes ojos!

A mí me parece literalmente imposible que todo esto haya ocurrido en el lapso de pocas semanas. Me parece irreal. Sin embargo, en el comienzo del mundo, cuando se formó aquella célula y todo lo que nace, respira y muere para volver a nacer, debió de ocurrir lo mismo que sucede en ti: un hormiguear, un hincharse, un multiplicarse la vida cada vez más complicada, difícil, veloz, ordenada y perfectamente.

¡Cuánto trabajas, niño! ¿Quién ha dicho que duermes tranquilo, acunado por tus aguas? Tú no duermes nunca, no reposas nunca. ¿Quién ha dicho que permaneces en santa paz, en una armonía de sonidos que llegan dulcemente embotados hasta tu membrana? Estoy segura que hay un constante chapoteo junto a ti, un constante bombear, soplar y crujir; un estallido de rumores brutales. ¿Quién ha dicho que eres materia inerte, casi un vegetal que se puede extirpar con una cuchara? Sostienen que, si quiero librarme de ti, este es el momento. Mejor aún: el momento empieza ahora. En otras palabras: yo hubiera debido aguardar hasta que te volvieras un ser humano con ojos, dedos y boca, para matarte. Antes, no.

Antes eras demasiado pequeñito para ser localizado y arrancado. Están locos.

* * *

Mi amiga dice que la loca soy yo. Ella, que está casada, ha abortado cuatro veces en tres años.

Ya tenía dos hijos, y un tercero hubiera sido inadmisible. Su marido gana poco, ella tiene un empleo que le interesa y del cual, por otra parte, no puede prescindir. De los niños se ocupa su suegra, que –

¡pobrecita!– no podría hacerse cargo de un parvulario. Los romanticismos son hermosos, pero la realidad es distinta, dice mi amiga. Las gallinas tampoco traen al mundo todos los hijos que podrían tener: si de cada huevo fecundado tuviese que nacer un pollito, el mundo sería un gallinero. ¿Acaso no sabes que muchas gallinas se comen sus propios huevos? ¿No sabes que los incuban sólo una o dos veces al año?

¿Y los conejos? ¿No sabes que algunas conejas se comen las crías más débiles para poder amamantar a las otras? ¿No sería mejor eliminarías desde el principio, en lugar de traerlas al mundo para comerlas y hacérselas comer a otros? En mi opinión, lo mejor sería no concebir, directamente. Pero apenas arriesgo esa opinión, mi amiga se enoja. Contesta que ella tomaba la píldora, ¡claro que la tomaba! Le hacía daño y, sin embargo, la tomaba. Pero una noche se olvidó, y de allí el primer aborto. Con sonda, me dice. No he comprendido bien qué puede ser dicha sonda. Una aguja que mata, supongo. En compensación, me he enterado de que muchas la usan, aun sabiendo que provoca sufrimientos infinitos y que, a veces, significa la cárcel.

Te preguntas, acaso, por qué, desde hace algunos días, no hago más que hablarte de esto. No lo sé. Tal vez porque los demás me hablan del tema de una manera obsesionante, y esperan que yo tome la iniciativa. Tal vez porque, en determinado momento, yo también lo he pensado sin decírmelo. Tal vez porque no quiero confiarle a nadie otra duda que me envenena el alma. La sola idea de matarte, hoy, me mata; y, sin embargo, llego a tomarla en consideración. Me confunde aquel argumento de las gallinas. Me confunde el enfado de mi amiga cuando le muestro tu fotografía y señalo tus ojos y tus manos. Ella contesta que para ver tus ojos y tus manos de veras no bastaría ni un microscopio. Grita que vivo de fantasías y que pretendo racionalizar mis sentimientos y mis sueños. Hasta llega a exclamar: “Y

entonces, ¿por qué sacas de la fuente de tu jardín los renacuajos, a fin que no lleguen a ser ranas y te molesten croando por la noche?”. Ya sé: sigo informándote sin piedad sobre las infamias de este mundo en el que te preparas a entrar, acerca de los horrores cotidianos que nosotros cometemos, y te expongo conceptos demasiado complicados. Pero, poco a poco, va madurando en mí la certeza de que igualmente los comprendes porque ya lo sabes todo. Empezó el día en el que yo misma me torturaba el cerebro para tratar de explicarte que la Tierra es redonda como tu huevo, y que el mar está compuesto de agua igual a esa en que flotas, y no lograba expresar lo que me proponía. De repente, me paralizó la intuición de que mi esfuerzo era inútil, de que tú ya lo sabías todo y mucho más que yo, y desde entonces la sospecha de haber intuido con acierto ya no me abandona. Si en tu huevo hay un universo, ¿por qué no debería haber también un pensamiento? ¿No insinúan acaso algunos que el subconsciente es el 7

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recuerdo de la existencia que hemos vivido antes de nacer? ¿Lo es? En tal caso, tú, que lo sabes todo, dime: ¿cuándo empieza la vida? Dime, te lo suplico: ¿ha comenzado realmente la tuya? ¿Desde cuándo?

¿Desde que la gota de luz que llaman espermatozoide perforó y escindió la célula? ¿Desde que germinó en ti un corazón y empezó a bombear sangre? ¿Desde que florecieron en ti un cerebro y una médula espinal, y emprendiste el camino hacia la forma humana? ¿O bien ese momento aún no ha llegado, y sólo eres un motor en proceso de fabricación? ¡No sabes qué daría, niño, por romper tu mutismo, por penetrar en la prisión que te envuelve y que yo envuelvo; qué daría por verte, por escuchar tu respuesta!

Ciertamente, tú y yo formamos una extraña pareja. Todo en ti depende de mí, y todo en mí depende de ti: si enfermas, yo enfermo y si muero, tú mueres. Pero no puedo comunicarme contigo, ni tú conmigo. En medio de la que, tal vez, es tu sabiduría infinita, no conoces siquiera mi cara, mi edad ni el idioma en que hablo. Ignoras de dónde vengo, dónde estoy, qué hago en la vida. Si tú quisieras imaginarme no tendrías siquiera un solo elemento para adivinar si soy blanca o negra, joven o vieja, alta o baja. Y yo sigo preguntándome si eres o no una persona. Nunca dos seres extraños ligados al mismo destino fueron más extraños entre sí que nosotros. Nunca dos desconocidos que compartieran el mismo cuerpo fueron recíprocamente tan desconocidos ni estuvieron tan lejos el uno del otro.

* * *

He dormido mal y me ha dolido el bajo vientre. ¿Eras tú? Me revolvía angustiada en la cama, y el sueño era una obsesión de pesadillas absurdas. En una aparecía tu padre llorando. Nunca lo he visto llorar, y no le creía capaz de hacerlo. Sus lágrimas caían con retumbos de plomo en la fuente de mi jardín, que estaba llena de cintas interminables y gelatinosas. Dentro de las cintas había huevecillos negros que se estiraban en una especie de cola: los renacuajos. Yo no hacía caso de tu padre; me preocupaba tan sólo por los renacuajos, y los mataba para que no se convirtieran en ranas y me quitaran el sueño croando de noche. El sistema era sencillo: bastaba levantar las cintas con una rama y dejarlas sobre la hierba del jardín, donde el sol sofocaría a los renacuajos y los secaría. Pero las cintas se escurrían, resbaladizas, en rápidas volutas que volvían a caer en el agua y se hundían en el limo, y yo no lograba extenderlas sobre la hierba. Luego, tu padre no lloró más, se puso a ayudarme y conseguí mi propósito sin dificultad. Con una rama sacaba del agua aquellas cintas que a él no le resbalaban, y las amontonaba sobre la hierba, metódico y sereno. A mi todo eso me hacía sufrir, porque era como ver a decenas, a centenares de niños sofocándose y secándose al sol. Alterada, le quité la rama de las manos y grité: “¡Dejados en paz! Tú has nacido, ¿no?”. En la otra pesadilla aparecía un canguro. Era una hembra de cuyo útero había brotado una cosa tierna y viva, una especie de delicadísimo gusano. Éste miró a su alrededor, estupefacto, corno si tratara de entender dónde estaba, y empezó a trepar por el cuerpo peludo de la madre. Avanzaba lenta y fatigosamente, tropezando, resbalando y equivocándose, pero al fin llegó hasta el marsupio y, con un esfuerzo final tremendo, se arrojó dentro de cabeza. Yo me daba cuenta de que no eras tú, de que era el embrión del canguro, el cual nace así porque sale prematuramente de la prisión del huevo y completa su formación en el exterior. Pero le hablaba como si de ti se tratara. Le daba las gracias por haber venido a demostrarme que no era una cosa sino una persona. Le decía que ya no éramos dos extraños, dos desconocidos, y me reía, feliz. Reía... Pero llegó la abuela. Era muy vieja y estaba muy triste. Parecía que sobre sus hombros encorvados se asentara todo el peso del mundo. Entre sus manos estropeadas sostenía un muñequito con los ojos cerrados y la cabeza desproporcionada. “¡Estoy tan cansada! –decía– ¡Siempre pagando los abortos! He tenido ocho hijos y ocho abortos. Si hubiese sido rica habría tenido dieciséis hijos y ni un solo aborto. No es verdad que una se acostumbre; cada vez es como si fuese la primera. Pero el cura no lo entendía.” El muñequito era del tamaño de un crucifijo de bolsillo. Levantándolo precisamente como un crucifijo, la abuela entró en una iglesia, se arrodilló ante un confesionario y empezó a musitar algo ante la celosía. Desde el interior del confesionario brotó una voz cruel, la voz del cura: “¡Usted ha matado a una criatura, ha matado a una criatura!”. La abuela temblaba del miedo de que otros lo oyeran. Imploraba: “¡No grite, padre, se lo ruego!

Va usted a conseguir que me detengan! ¡Se lo ruego!”. Pero como la voz del cura no bajaba de volumen, la abuela huyó. Corría por la calle, perseguida por los policías, y era desgarrador ver a una vieja correr de ese modo. Yo me sentía desfallecer por ella, y pensaba: le estallará el corazón, se morirá. Los policías la alcanzaron junto a la puerta de casa. Le arrebataron el muñequito y le ataron los brazos. Ella dijo, altiva:

“Estoy arrepentida; sin embargo, reincidiré. Nunca lo hago de buena gana, pero no puedo mantener a tantos hijos, no puedo”. Me despertaron esos dolores en el bajo vientre.

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Carta a un Niño que Nunca Nació

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No debo ver otra vez a mi amiga. Sus argumentos son la causa de mis pesadillas. Anoche me invitó a cenar: su marido no estaba, y a ella le pareció que se trataba de una buena ocasión para hablarme de ti. Fue una tortura. Parece que un físico, el doctor H. B. Munson, está de acuerdo con las opiniones de ella. Incluso el feto, según sus declaraciones, es materia casi inerte, casi un vegetal que puede extirparse con una cuchara. Todo lo más, puede ser considerado como un “sistema coherente de potencialidades no realizadas”. Según algunos biólogos, en cambio, el ser humano empieza en el momento mismo de la concepción, porque el huevo fecundado contiene ADN, el ácido

desoxirribonucleico, constituido por las proteínas que forman un individuo. El doctor Munson rechaza esta tesis argumentando que también el espermatozoide y el huevo no fecundado contienen ADN: ¿se pretende acaso considerar que el espermatozoide o el huevo son seres humanos? Por otra parte, algunos médicos consideran el feto como ser humano sólo a partir de la semana vigésimo octava, es decir, desde que puede sobrevivir fuera del útero aunque la gestación no haya llegado a su término. Y

hay antropólogos para quienes ni siquiera el recién nacido es un ser humano hasta tanto no ha sido modelado por influencias culturales y sociales. Casi tuvimos una pelea. Mi amiga se inclinaba hacia la opinión de los antropólogos, y yo hacia la de los biólogos. Irritada, me acusó de estar del lado de los curas: ”¡Eres católica, católica, católica!”. Me sentí ofendida. No soy católica, y ella lo sabe. Además, no acepto que los curas tengan derecho a entremeterse en este asunto, y ella también lo sabe. Pero no puedo, de ningún modo, aceptar los principios arbitrarios del doctor Munson. Me resisto a comprender a las mujeres que se dejan introducir una sonda como quien toma una purga para eliminar un alimento indigesto. A menos que...

A menos que... ¿qué? ¿Estoy traicionando mi decisión? Creía sentirme ya tan segura, creía haber superado tan gloriosamente todas las incertidumbres, todas las dudas... ¿Por qué vuelven, ahora, camufladas bajo mil pretextos? ¿Acaso por este malestar que me produce mareos, por estos dolores que me acuchillan el vientre? Debo ser fuerte, niño. Debo tener fe en mí misma y en ti. He de llevarte hasta el final para que, cuando seas mayor, no te parezcas al cura que gritaba en mi sueño, ni a mi amiga, ni a su doctor Munson, ni a los policías que ataban los brazos de la abuela. El primero considera que eres propiedad de Dios, la segunda que perteneces a la madre, y los últimos que tu dueño es el Estado. Pero tú no perteneces a Dios, ni al Estado, ni me perteneces a mí. Te perteneces a ti mismo, y basta. Después de todo, fuiste tú quien tomó la iniciativa, y yo me equivocaba al creer que te imponía una elección.

Teniéndote, no hago otra cosa que plegarme a tu imposición cuando se encendió tu gota de vida. No elegí nada; sólo obedecí. Entre tú y yo, la posible víctima no eres tú, niño; soy yo. ¿Acaso no es esto lo que quieres decirme cuando te abalanzas como un vampiro contra mi cuerpo? ¿No es esto lo que quieres confirmar cuando me regalas una náusea? Me siento mal. Desde hace una semana el trabajo me fatiga.

Se me ha hinchado una pierna. Seria terrible tener que renunciar al viaje que ya he proyectado, y así parece haberlo entendido el jefe. En tono casi amenazador me ha preguntado hoy “si podré”, y añadió que espera que sí. Se trata de un proyecto importante, hecho a la medida para mí. Al jefe le importa sobremanera, y a mí también. Si no pudiera viajar... . Pero claro que iré. ¿Acaso no dijo el doctor que el embarazo no es una enfermedad sino un estado normal, y que debo seguir haciendo la vida de siempre?

Tú no me traicionaras.

* * *

Ha ocurrido una cosa que no preveía: el doctor me ordenó guardar cama. Y aquí estoy, inmóvil.

Debo quedarme acostada y quieta. No es fácil, ya me entiendes, dado que vivo sola. Si alguien pulsa el timbre, tengo que levantarme para abrir la puerta. Y además he de comer, he de lavarme. Para cocinar una sopa o ir al cuarto de baño me veo obligada a levantarme, ¿sí o no? De la Comida, por ahora, se ocupa mi amiga. Le di las llaves y viene dos veces al día para traérmela, la pobre. Exclamé: “¡No quisiste el tercer hijo y ahora te toca adoptar a una adulta!”. Repuso que una adulta es mejor que una recién nacida, pues no hay que amamantaría. ¿Me crees si te digo que mi amiga es buena? Lo es, y no sólo porque viene aquí, sino porque ya no habla de aquel Munson ni de sus antropólogos. Parece, repentinamente, muy preocupada por el temor de que te pierda. No te alarmes: ese peligro no existe. El médico ha vuelto a examinarme y ha llegado a la conclusión de que progresas. La inmovilidad es una precaución por aquellos dolores, que atribuye a diversas causas. Has cumplido dos meses y, según parece, éste es un momento muy delicado, porque el embrión se convierte en feto. Estás formando tus primeras células óseas, que reemplazan a los cartílagos. Estás estirando las piernas, exactamente como un árbol que extiende sus ramas, y también en tus piececillos florecen ya los dedos. Debemos ser 9

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cautelosos hasta el tercer mes, después del cual podremos reanudar nuestras costumbres: este asunto de quedarme quieta y acostada no durará más que un par de semanas. Por eso al jefe le hice creer que padezco una fuerte bronquitis. Lo aceptó y me aseguró que, después de todo, el viaje puede retrasarse: todavía hay que planear muchos detalles. Menos mal; si supiera la verdad podría sustituirme, e incluso despedirme, lo cual sería un buen quebradero de cabeza para mí y para ti: ¿de que viviríamos? Por otra parte, tu padre no ha vuelto a dar señales de vida. Supongo que no desea verse implicado en todo esto.

¿Lo lamentas? Yo no. Lo poco que sentía hacia él se ha extinguido en dos conversaciones telefónicas.

Más aún: en el hecho mismo de que me haya hablado por teléfono en vez de hacerlo cara a cara. Al regresar podía haber venido a verme, ¿no te parece? Sabe muy bien que no le pediría que nos casáramos, que nunca se lo he pedido, que no quiero casarme ni lo querría jamás. ¿Qué lo detiene, entonces? ¿Se siente acaso culpable de haberme amado en una cama? Un día, la abuela fue a confesarse de verdad y el cura le dio este consejo: “¡No vaya a la cama con su marido, no lo haga!”. En el fondo, para cierta clase de gente, la verdadera culpa de un hombre y una mujer consiste en amarse en una cama. Para no tener niños, dicen ellos, bastaría, sencillamente, volverse castos. De acuerdo. Visto que es un poco difícil establecer a quién le corresponde ser casto y a quién no, volvámonos castos todos y transformémonos en un planeta de viejos. Millones y millones de viejos incapaces de generar, mientras la raza humana se extingue, como en los cuentos de anticipación ambientados en Marte, sobre el fondo de maravillosas ciudades que se resquebrajan; ciudades habitadas tan sólo por fantasmas, los fantasmas de todos aquellos que hubieran podido ser y no han sido, los fantasmas de los niños que no han llegado a nacer. O bien volvámonos todos homosexuales. Total, el resultado sería el mismo: un planeta de viejos incapaces de generar, sobre el fondo de maravillosas ciudades que se resquebrajan, habitadas tan sólo por los fantasmas de los niños que no han llegado a nacer...

¿Y si, en cambio, utilizáramos a los viejos? En alguna parte he leído que se puede realizar el trasplante de embriones. Una conquista de la biología tecnológica. Se extirpa el huevo fecundado del vientre de la madre y se transfiere al vientre de otra mujer que está dispuesta a darle albergue. Se lo hace crecer allí. ¿Ves? Si otra mujer te diera albergue –por ejemplo, una vieja para la cual quedarse inmóvil no fuera una tortura–, nacerías igualmente y no estarías aquí afligiéndome. En el fondo, hacer niños es empresa de viejos. Tienen tanta paciencia los viejos... ¿Te ofendería ser trasplantado a un vientre que no fuera el mío? ¿Un buen vientre viejo que nunca te reprocharía nada? ¿Y por qué habrías de ofenderte? Yo no te negaría la vida; tan sólo te daría otro alojamiento.

Perdóname; estoy desvariando. Lo malo es que esta inmovilidad me pone nerviosa, me vuelve malvada.

* * *

Hoy tuve una dulce sorpresa. Sonó el timbre, me levanté rezongando, y era el cartero con un paquete enviado por vía aérea. Lo remitía mi madre, junto a una carta firmada por ella y por mi padre.

Hace algunos días les informé acerca de ti. Me pareció que era mi deber. Y cada mañana esperaba su respuesta, estremeciéndome ante la idea de las cosas duras o doloridas que tal vez me escribirían. Son dos personas chapadas a la antigua, ¿sabes? En cambio, esta carta dice que, aunque se sienten desorientados y sorprendidos, se alegran y te dan la bienvenida. “No somos ya más que dos árboles secos; no tenemos nada que enseñarte. Eres tú, ahora, quien tiene algo que enseñarnos. Y si esa es tu decisión, quiere decir que así debe ser. Te escribimos para decirte que aceptamos tu lección.” Tras haber leído la carta, abrí el paquete. Contenía una cajita de plástico, y dentro había un par de zapatitos blancos.

Pequeñitos, livianos y blancos. Tus primeros zapatitos. Caben en la palma de mi mano; ni siquiera llegan a cubrirla del todo. Se me hace un nudo en la garganta cuando los toco; se me derrite el corazón. Mi madre te gustará. Con ella tendrás dos madres, y será para ti una auténtica riqueza. Te gustará porque opina que sin niños se acabaría el mundo. Te gustará porque es grande y tierna, con una panza grande y tierna para que tu te sientes encima, dos brazos grandes y tiernos para protegerte y una carcajada que es un concierto de campanillas. Nunca he llegado a entender cómo consigue reírse de ese modo, pero pienso que es porque ha llorado mucho. Sólo quien ha llorado mucho puede apreciar los aspectos bellos de la vida y reír a gusto. Llorar es fácil; reír, difícil. Aprenderás rápidamente esta verdad. Tu encuentro con el mundo será un llanto desesperado. En los primeros tiempos sólo conseguirás llorar. Todo te hará llorar: la luz, el hambre y la rabia. Pasarán semanas y meses antes de que tu boca se abra en una sonrisa, antes de que tu garganta borbotee en una carcajada. Pero no debes desanimarte. Y cuando llegue la sonrisa, cuando llegue la carcajada, tendrás que regalármelas a mí para demostrarme que hice 10

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bien en no valerme de la biología tecnológica, que hice bien en no regalarte al vientre de una madre mejor y más paciente que yo.

* * *

He recortado la fotografía que te retrata a los dos meses exactos: un primer plano de tu rostro agrandado cuarenta veces. La clavé en la pared y la admiro desde aquí, desde la cama. Estoy obsesionada por tus ojos, tan grandes respecto al resto del cuerpo, tan abiertos. ¿Qué ven? ¿Agua y nada más? ¿Tan sólo las paredes de la prisión? ¿O bien las cosas que veo yo también? Una sospecha deliciosa me perturba: la sospecha de que vean a través de mí. Lamento que pronto los cierres. En el borde de tus párpados se está formando una sustancia pegajosa que dentro de algunos días adherirá los dos bordes para proteger las pupilas durante la fase final de su formación. No levantarás ya los párpados hasta el séptimo mes. Durante veinte semanas vivirás en la más completa oscuridad. ¡Lástima! O tal vez no... Sin tener nada para mirar, me escucharás mejor. Tengo todavía muchas cosas para decirte, y estos días de inmovilidad me proporcionan el tiempo adecuado, ya que mi única actividad consiste en leer o mirar la televisión. Sobre todo, tengo que prepararte para que te enfrentes a algunas novedades sumamente incómodas. La esperanza de que tú lo sepas ya todo, y mucho más que yo, no me convence demasiado, pero es difícil explicarte ciertas cosas porque tu pensamiento, si es que existe, actúa sobre hechos demasiado diferentes de los que encontrarás después. Tú estás solo, magníficamente solo allá dentro. La única experiencia que tienes es la de ti mismo. Nosotros, en cambio, somos millones y miles de millones. Cada experiencia nuestra depende de los demás, y también cada alegría, cada dolor y…

Mira, empiezo por aquí. Empiezo anunciándote que ya no estarás solo, y que si quieres librarte de los demás, de su forzosa compañía, no lo conseguirás. Aquí una persona no puede bastarse a sí misma en soledad, como lo haces tú. Si lo intenta, enloquece. En el mejor de los casos, fracasa. De vez en cuando, alguien prueba y huye al bosque o al mar jurando que no necesita de los demás, que los demás no volverán a encontrarlo nunca. Pero lo encuentran. O incluso es él quien regresa. Y así, derrotado, vuelve a formar parte del hormiguero, del engranaje, para buscar en él desesperadamente su libertad.

Oirás hablar mucho de libertad. En nuestro mundo es una palabra casi tan explotada como el término amor, que, ya te lo dije, es el más explotado de todos. Encontrarás hombres que se dejan despedazar en aras de la libertad, sufriendo torturas e incluso aceptando la muerte. Y confío en que seas uno de esos hombres. Empero, en el momento mismo en que te hagas destrozar en aras de la libertad, descubrirás que ésta no existe, que, todo lo más, existía mientras la buscabas: sería como un sueño, como una idea nacida del recuerdo de tu vida prenatal, cuando eras libre porque estabas solo. Yo repito siempre que estás aprisionado ahí dentro; sigo pensando que tienes poco espacio y que desde ahora incluso estarás a oscuras, pero en esa oscuridad, en ese reducido espacio, eres libre como no lo serás jamás en este mundo inmenso y despiadado. A nadie has de pedir permiso, ahí dentro, ni ayuda, porque nadie está a tu lado e ignoras qué es la esclavitud. Aquí afuera, en cambio, tendrás mil amos. Y el primer amo seré yo, que, sin quererlo –tal vez sin siquiera darme cuenta–, te someteré a imposiciones que son justas para mí pero no para ti. Esos lindos zapatitos, por ejemplo, son lindos para mí, mas ¿para ti?

Gritarás, chillarás cuando te los ponga. Te molestarán, estoy segura, pero yo te los pondré igualmente, argumentando quizá que tienes frío. Poco a poco, te acostumbrarás a ellos. Te plegarás, domado, hasta el punto de sufrir si te faltan tus zapatitos. Y así comenzará una larga cadena de esclavitudes cuyo primer eslabón estará siempre representado por mí, de quien no podrás prescindir. Seré yo quien te alimente, quien te cubra, quien te lave, quien te lleve en brazos. Luego empezarás a caminar por tus propios medios, a comer solo, a elegir dónde ir y cuándo lavarte. Aparecerán entonces otras esclavitudes: mis consejos, mis enseñanzas, mis exhortaciones y tu propio miedo de causarme dolor al obrar de manera distinta a como yo te habré enseñado. Pasará mucho tiempo, a tus ojos, hasta que yo te deje partir como los pájaros arrojados del nido por sus progenitores cuando ya saben volar solos. Por fin ese momento llegará, y yo te dejaré partir, te permitiré atravesar la calle solo, con semáforo verde o rojo. Te empujaré a ello. Pero esto no aumentará tu libertad, porque quedarás encadenado a mí por la esclavitud de los afectos y las añoranzas. Algunos la llaman esclavitud de la familia. Yo no creo en la familia. La familia es una mentira construida por quien organizó este mundo para poder controlar mejor a la gente y explotar mejor la obediencia a las normas y a las leyendas. Uno se rebela más fácilmente si está solo, y se resigna mejor si vive en compañía de otros. La familia no es más que el portavoz de un sistema que no puede permitirte desobedecer, y su santidad no es tal. Sólo existen grupos de hombres, mujeres y niños 11

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obligados a llevar el mismo nombre y a vivir bajo el mismo techo, a menudo detestándose, odiándose. Y

también existen la añoranza y las ataduras, arraigadas en nosotros como árboles que no ceden ni siquiera ante un huracán, inevitables como la sed y el hambre. Nunca puedes librarte de ellas, incluso silo intentas con toda la fuerza de tu voluntad y de tu lógica. Acaso crees haber logrado superarlas cuando, un día, vuelven a aflorar irremediablemente, y más despiadadas que cualquier verdugo, te anudan al cuello una soga y te estrangulan.

Junto con esas esclavitudes conocerás las que te serán impuestas por los otros, es decir, por los miles y miles de habitantes del hormiguero: sus costumbres y sus leyes. No imaginas hasta qué punto son asfixiantes sus costumbres, que has de imitar, y sus leyes, que has de respetar: no hagas esto, no hagas lo otro, haz esto y haz lo otro... Y todo ello, tolerable cuando vives entre buenas gentes que tienen cierta idea de la libertad, se vuelve infernal cuando vives entre prepotentes que te niegan hasta el lujo de soñar esa libertad, de realizarla en tu fantasía. Las leyes de los prepotentes sólo ofrecen una ventaja: puedes reaccionar contra ellas luchando y muriendo. Las leyes de las buenas gentes, en cambio, no te dejan escapatoria porque te inducen a convencerte de que es noble aceptarías. Cualquiera que sea el sistema en que vivas, no puedes rebelarte contra una ley que otorga siempre la victoria al más fuerte, al más prepotente, al menos generoso. Menos aún puedes contravenir la ley de que hace falta dinero para comer, para dormir, para caminar dentro de un par de zapatos y para calentarte en invierno, y que para tener dinero hace falta trabajar. Te explicarán un montón de cuentos acerca de la necesidad, la alegría y la dignidad del trabajo. No les creas jamás. Se trata de otra mentira inventada para conveniencia de quien organizó este mundo. El trabajo es un chantaje que sigue siendo tal incluso si te gusta. Trabajas siempre para alguien, nunca para ti mismo. Trabajas siempre con fatiga, nunca con alegría. Y jamás en el momento que te apetece. Aunque no dependas de nadie y cultives tu trozo de tierra, debes trabajar cuando lo quieran el sol, la lluvia y las estaciones. Aunque no obedezcas a nadie y te dediques al arte, es decir, te liberes, debes plegarte a las exigencias o los avasallamientos de otros. Quizás en un pasado muy lejano, tan lejano que toda memoria de él se ha perdido, las cosas no funcionaban así, y trabajar era una fiesta, una alegría. Pero existían pocas personas, en aquel tiempo, y podían aislarse y estar solas. Tú vienes al mundo mil novecientos setenta y cinco años después del nacimiento de un hombre que llaman Cristo, quien vino al mundo centenares de miles de años después de otro hombre cuyo nombre se ignora; y en estos tiempos las cosas están como te he dicho. Una estadística reciente afirma que ya somos cuatro mil millones. ¡Y cómo añorarás tu solitario chapotear en el agua, niño!

* * *

He escrito para ti tres fábulas. Mejor dicho, no las he escrito realmente porque, estando tendida en la cama, no puedo: sencillamente, las he pensado. Te cuento una. Había una vez una niña enamorada de una magnolia. La magnolia estaba en medio de un jardín, y la niña se pasaba días enteros mirándola. Desde arriba, porque vivía en el último piso de una casa que daba a ese jardín, y desde una ventanita que era la única abertura sobre aquel lugar. La niña era muy pequeñita, y para ver la magnolia tenía que trepar a una silla donde la sorprendía su madre, que se ponía a gritar: “¡Dios mío, se cae, se cae abajo!”. La magnolia era grande, y grandes eran sus ramas, sus hojas y las flores que se abrían como pañuelos limpios y que nadie cogía porque estaban demasiado altas. En efecto, tenían todo el tiempo necesario para envejecer, marchitarse y caer al suelo produciendo un leve ruido. La niña soñaba igualmente que alguien lograba coger una flor mientras era blanca, y en esa espera se quedaba mirando desde la ventana, con los brazos apoyados en el antepecho y el mentón apoyado sobre los brazos.

Enfrente y alrededor no había casas; sólo un muro que se erguía abrupto junto al jardín y terminaba en una terraza con ropas puestas a secar. Se notaba cuando estaban secas por cómo restallaban al viento, y entonces llegaba una mujer que las recogía, las colocaba dentro de una cesta y se las llevaba. Pero un día la mujer llegó y, en vez de recoger las ropas, se puso también a mirar la magnolia, como si estuviera calculando la manera de coger una flor. Se quedó allí largo rato, pensando, mientras las ropas se agitaban al viento. Después llegó un hombre y la abrazó. También ella lo abrazó, y pronto cayeron a tierra, donde, juntos, se estremecieron largamente; por fin, se quedaron dormidos. La niña estaba asombrada, pues no comprendía por qué se quedaban durmiendo en la terraza en vez de ocuparse de la magnolia, de tratar de coger alguna flor, y esperaba pacientemente que despertasen, cuando apareció otro hombre muy enfadado. No dijo nada, pero era evidente que estaba furioso, porque de inmediato se arrojó sobre los otros dos. Primero sobre el hombre, quien, empero, dio un salto y huyó; después sobre la mujer, que echó a correr entre las ropas. Él también corría, para atraparla, y por fin lo consiguió. La 12

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levantó como si no pesara y la arrojó al vacío, sobre la magnolia. La mujer empleó mucho tiempo en alcanzar el árbol, pero al fin llegó y se poso en las ramas con un rumor más sordo que el de las flores marchitas que caían al suelo. Una rama se rompió y, en el instante mismo en que se quebraba, la mujer se aferró a una flor, la arrancó y se quedó allí, quieta, con su flor en la mano. Entonces la niña llamó a su madre y le dijo:

“Mamá, han tirado a una mujer sobre la magnolia y ha cogido una flor”. La madre acudió y gritó que la mujer estaba muerta, y desde aquel día la niña creció convencida de que para coger una flor, una mujer tenía que morirse.

Aquella niña era yo, y quiera Dios que tú no tengas que aprender, como tuve que hacerlo yo, que gana siempre el más fuerte, el más prepotente, el menos generoso. Dios quiera que no lo aprendas tan pronto como yo y no te convenzas, además, de que una mujer es quien primero paga por esa realidad.

Pero me equivoco al esperar lo contrario. Tengo que desearte, en cambio, que pierdas pronto esa virginidad que se llama infancia o ilusión. Debo prepararte desde ahora para que te defiendas, para que seas más rápido y más fuerte, y arrojes tú al otro de la terraza. Especialmente si eres una mujer. Esa también es una ley no escrita, pero obligatoria. O tú o yo; o me salvo yo o te salvas tú. Tales son los términos de esta ley. ¡Ay de quien la olvida! Aquí, en este mundo, todos causan daño a alguien, niño. Si no lo hace, sucumbe. Y no hagas caso a quien te dice que sucumbe el mejor. Sucumbe el más débil, que no es necesariamente el mejor. Yo nunca he pretendido que las mujeres fuesen mejores que los hombres, y que por su bondad merezcan no morir. Ser buenos o malos no viene a cuento; aquí la vida no depende de eso sino de una relación de fuerzas basada en la violencia. La supervivencia es violencia.

Calzarás zapatos de cuero porque alguien ha matado una vaca y la ha desollado para utilizar su piel. Te protegerás con un abrigo de pieles porque alguien ha matado a una bestia, a cien bestias, para utilizar sus pieles. Comerás higadillos de pollo porque alguien ha matado pollos que no hacían el menor daño a nadie. Y esto tampoco es cierto, porque también los pollos hacen daño a alguien: devoran los gusanitos que mordisqueaban en paz su ensalada. Hay siempre alguien que se come a otro para sobrevivir, desde los hombres hasta los peces. También estos últimos se comen entre ellos: los más grandes se tragan a los más pequeños. Y así las aves, los insectos y todos los demás. Que yo sepa, sólo plantas y árboles no devoran a nadie; se alimentan de agua, de sol y de nada más. Pero, a veces, se roban entre ellos el sol y el agua, ahogándose y exterminándose unos a otros. ¿Es oportuno que tú te enteres de semejantes horrores, tú que vives, te alimentas y te calientas sin matar a nadie?

* * *

Esta es también una fábula. Había una vez una niña a la que gustaba mucho el chocolate. No obstante, cuanto más le gustaba menos comía ¿Y sabes por qué? En otros tiempos le habían dado todo el chocolate que deseaba; eran los tiempos en que vivía en una casa llena de cielo que entraba por las ventanas. Pero un día se despertó en una casa sin cielo y sin chocolate. Desde sus ventanas, situadas casi junto al cielorraso y protegidas por una reja, como en las cárceles, se veían tan sólo pies que iban y venían. También se veían perros, y de momento producía satisfacción ver los perros enteros, incluida la cabeza. Pero luego levantaban la pata y hacían pis sobre la reja mientras la mamá de la niña se lamentaba: “¡Eso no, eso no!”. La mamá, por otra parte, lloraba siempre, incluso cuando se dirigía a la gran panza que le levantaba el delantal; le hablaba a alguien que estaba encerrado allí dentro, y le decía:

“¡No hubieras podido elegir un momento peor!”. Tras lo cual papá empezaba a toser, en la cama, con una tos que lo dejaba como muerto. Papá se quedaba en la cama incluso de día, con el rostro amarillo y los ojos brillantes y tristes. Según los cálculos de la niña, el fin del chocolate coincidió con la enfermedad del papá y la mudanza a aquella casa sin cielo y sin alegría. En otras palabras, con la falta de dinero.

Para conseguir dinero, la mamá de la niña iba a limpiar la casa de una hermosa señora a la que tuteaba y que la tuteaba. Se trataba de una tía suya, rica, que siempre cambiaba de vestido. Hasta se murmuraba que tenía un bolso para cada vestido y un par de zapatos por cada bolso. Su casa estaba junto al río, y por las ventanas entraba todo el cielo de la ciudad. Pero aun así la bella señora estaba disconforme. Siempre se quejaba: porque un sombrero no le quedaba bien, porque su gato estornudaba o porque su criada se había ido un mes al campo y no daba señales de regreso. La mamá de la niña, por tanto, sustituía a aquella sirvienta desconsiderada: todos los días, de nueve a una. Dejaba a su marido solo, y se llevaba a la niña porque –decía– tomar el aire le iría mejor que quedarse junto a un hombre con los pulmones agujereados. La llevaba a pie, en un largo viaje, recorriendo calles que nunca se acababan.

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Gentileza de El Trauko

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Caminando, se preguntaba siempre qué nueva desdicha expondría aquella vez la hermosa señora. Antes de pulsar el timbre, murmuraba:

“¡Ánimo!”. Al sonido del timbre respondía una voz arrastrada, luego un paso mas arrastrado todavía, y la puerta se abría ante una bata larga hasta los pies: unas veces blanca y otras rosa o azul.

Entraban pisando alfombras, y la mamá depositaba a la niña en una banqueta, como si fuera un paquete.

Le decía que se quedara quieta y callada y que no molestase. Luego, desaparecía en la cocina para lavar los platos. La bella señora, en cambio, se recostaba en un diván, leyendo el periódico y fumando con boquilla. Evidentemente, no tenía otra cosa que hacer. Y la niña no entendía por qué motivo no se lavaba ella misma los platos, en vez de hacérselos lavar a mamá, que tenía la panza tan hinchada.

Aquella mañana, la bella señora se quejaba por un asunto de dinero. Había empezado mientras mamá lavaba los platos y seguía mientras limpiaba la sala. “¿Te das cuenta? –repetía–. Sólo quiere darme esa cifra.” Y cuando la mamá de la niña repuso que “con esa cifra yo me sentiría una princesa”, la otra se enfadó. “A mí apenas si me alcanza para el taxi –dijo– ¡No querrás compararte conmigo, supongo!” La mamá de la niña se ruborizó, y con la excusa de quitar el polvo de la alfombra se arrodilló en el suelo e inclinó la cara sobre la alfombra. La niña sintió como un picor en la garganta. Y estaba por soltar las lágrimas que le ardían en los ojos cuando su atención fue captada por unos objetos de oro que brillaban al sol: una bombonera de cristal llena de bombones. Pero no se trataba de bombones normales, sino de bombones dos o tres veces mayores que los que acostumbraba comer en los remotos días de la casa con cielo. De pronto, el picor de la garganta desapareció y, en su lugar, se formó un líquido que tenía el sabor del chocolate. Su mamá se dio cuenta. Le clavó una mirada para advertirle: si pides algo,

¡te arrepentirás! La niña comprendió y se puso a mirar el cielorraso fijamente, con dignidad. Estaba observando el techo cuando la bella señora se levantó y, con aire aburrido, se dirigió al balcón, donde se quedó acariciándose una muñeca. El balcón se asomaba sobre otro balcón, más grande. Y en el segundo balcón había dos niños ricos. A la niña así le constaba porque los vio una vez, y comprendió que eran ricos porque eran hermosos. Poseían la misma belleza que la señora. Siempre acariciándose la muñeca, ésta los divisó. Sonrió, extasiada, y se asomó para llamarlos: “Bonjour, mes petits pigeons! Ca va, aujourd'hui?”. Y luego: “Attendez, attendez! Il y a quelque chose pour vous!”. Entró en la sala, tomó la bombonera de cristal, la destapó, la llevó hasta el balcón sosteniéndola con delicadeza, y empezó a arrojar bombones hacia abajo. Los arrojaba y decía: “¡Bombones para mis pichoncitos! ¡Bombones para mis pichoncitos!”. Arrojó más de la mitad, entre un restallar de risas; por fin dejó nuevamente la bombonera sobre la mesa y sacó otro bombón. Lo despojó lentamente de su papel de oro, lo levantó un instante pensando quién sabe qué, y se lo comió. Mientras, la niña miraba.

Desde aquel día no puedo comer chocolate. Si lo como, vomito. Pero espero que el chocolate te guste, hijo, porque quiero comprarte mucho, mucho. Quiero cubrirte de chocolate para que tú lo comas por mí, hasta la náusea, hasta el olvido de aquella injusticia que todavía llevo a cuestas con rencor.

Conocerás la injusticia tan bien como la violencia: he de prepararte también para eso. Y no me refiero a la injusticia de matar un pollo para comerlo, una vaca para desollarla o a una mujer para castigarla; aludo a la injusticia que separa al que tiene del que no tiene. Es la injusticia que deja este veneno en la boca, mientras la madre embarazada limpia la alfombra ajena. Cómo se puede resolver este problema, no lo sé. Todos aquellos que lo han intentado sólo consiguieron sustituir la persona que limpia la alfombra. En cualquier sistema que nazcas, bajo cualquier ideología, siempre hay un fulano que limpia la alfombra de otro, hay siempre una niña humillada por un deseo de bombones. Nunca encontrarás un sistema, una ideología, que pueda cambiar el corazón de los hombres y borrar de él la maldad. Cuando te digan con-nosotros-es-distinto, contesta: ¡mentiroso! Luego desafíalo a que te demuestre que en su sistema no existen comidas para ricos y comidas para pobres, casas para ricos y casas para pobres, temporadas para ricos y temporadas para pobres. El invierno es una temporada para ricos. Si eres rico, el frío se vuelve un juego porque te compras un abrigo de pieles, te instalas calefacción y vas a esquiar. Si eres pobre, en cambio, el frío se convierte en una maldición y aprendes a odiar hasta la belleza de un blanco paisaje bajo la nieve. La igualdad, hijo, existe sólo donde tú estás ahora, lo mismo que la libertad. En el huevo somos todos iguales. Pero ¿es oportuno que tú hayas de conocer ahora semejantes injusticias, tú que vives allí sin ser siervo de nadie?

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Carta a un Niño que Nunca Nació

Oriana Fallaci