Bajo el Signo de Alpha. Ciencia Ficción Mexicana por Varios Autores - muestra HTML

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Bajo el signo de Alpha

Antología

CIENCIA FICCIÓN Y FANTASÍA MEXICANA

© Los autores.

Diseño editorial: Guillermo Lavín.

Ilustraciones: Gabriel Benitez.

Editada en Cd. Victoria, Tamaulipas,

México.

Julio del año 2000.

Para la realización de esta antología los

autores aportaron los cuentos que

aparecen.

Bajo el signo de Alpha

5

Bajo el signo de Alpha

6

Índice

Náyade. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9

Visión de los vencidos . . . . . . . . . . . 15

Se ha perdido una niña . . . . . . . . . . . 43

Padre chip . . . . . . . . . . . . . . . . . 63

Y3K: . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75

Dólares para una ganga . . . . . . . . . . . . 83

Llegar a la orilla . . . . . . . . . . . . . . . 91

Perro de Luz . . . . . . . . . . . . . . . . 107

El rescate . . . . . . . . . . . . . . . . . . 119

Vuelo libre . . . . . . . . . . . . . . . . . . 127

El Libro de García . . . . . . . . . . . . . . 139

Los crímenes que conmovieron al mundo . . 151

7

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Jorge Eduardo Álvarez

Náyade

D ispara.

La ojiva abandona el ca-

ñón e inicia el vuelo su-

persónico

sobre

las

ruinas del puente. El

hardliner no la espera. El

proyectil es demasiado

veloz, los detectores ul-

trasónicos no le avisan a

tiempo. Se incrusta sobre la lente del visor infrarrojo, le clausura para siempre el mundo en verde. Abandona su

cabeza, va a destrozar un tronco de huizache. Ajeno a

lo ocurrido, el cadáver del guardia continúa en posición

rígida por un instante, al fin la gravedad lo desploma

sobre el pasto lleno de hongos, en silencio. Sólo enton-

ces suenan las alarmas, el ulular recorre la noche en un

radio de varios kilómetros.

9

Bajo el signo de Alpha

Sander sonríe, acaricia el pesado rifle. Aspira a fondo

el aire húmedo, putrefacto, entre el chirrido de insectos en busca de pareja. Sobre ese himno y las nauseabundas

olas alejándose en la corriente, lo sorprende su propia

risa. No es la reacción esperada. ¿Que más da? Reír o llorar no importa, al menos ya no para él. Cerca de la culata ergonómica del arma, con entonación clara para asegurar

el reconocimiento de voz, pronuncia la palabra replay para observar el video transmitido desde la bala inteligente al fusil Teledeath. A 10 cuadros por segundo la tra-yectoria se aprecia con claridad. El lo sabe, ha dado en el blanco, las sirenas lo confiesan. Lo que extraña es el olor a pólvora: el trillium que utiliza la propulsión es inodoro, o quizá indetectable para él.

Pero en fin, para sobrevivir es necesario adaptarse,

conseguir lo último, sin importar el precio. La venta del Mustang 68 con carburador de oxígeno apenas le completó los créditos para obtener el producto iraquí, con su chip scrambler de códigos que evitaban la detección por satélite. Aunque será solo cuestión de tiempo, el país del norte encontrará una manera para desactivarlos desde el

cielo. Entonces serán tan inútiles como las piedras bajo

sus pies, pero hasta que ese momento llegue, Sander pro-

mete sacarle buen provecho. Para empezar, los resulta-

dos son prometedores: el extinto guardia de la línea dura está de acuerdo, aún más, lo certifica.

Se tiende sobre la hierba seca, con los brazos en cruz,

observando el jugueteo de las luciérnagas, de pronto fun-

didas con las estrellas. Necesita reflexionar, pensar en

cualquier cosa menos en ella; en el gélido invierno que se asoma, en cómo va a encontrar agua potable al día siguiente, en la próxima víctima. Pero es imposible. La

imagen de Mariana se sobrepone a los astros nocturnos y

los coleópteros; la menuda silueta de cabello suelto llena 10

Bajo el signo de Alpha

su visión. Quizá la música la ahuyente, se dice. Se coloca los audífonos y al activar el Discman, los Ilegales le gritan al oído: en esta fiesta / tan buenas las mujeres / también en esta fiesta / se mueven las mujeres. Pero en la frontera ya no hay merengue-house, ni fiestas, ni hablar de las pocas hembras. Ilegales, por otro lado, los hay en exceso, y no a todos les gusta ese ritmo. La mayoría pre-fieren sencillamente matar. Para comer, para robar, para

encontrarle sentido a la vida. Toda la América Latina en-

vía sus representantes a la zona divisoria, en un intento desesperado por cruzar la línea dura. En sus trincheras,

el ejército barriestrellado resiste, con el apoyo incondicional del Ku-Klux-Klan en la Casa Blanca.

Mira hacia el horizonte que se pierde a lo lejos. Ma-

riana sigue ahí, ojalá con vida. En alguna próspera ciu-

dad, allende el río. Cerca de Arizona, según los últimos

correos antes de la repentina desaparición de Internet.

Recuerda el llanto de ambos previo a la despedida, la úl-

tima noche de hotel, la seda del negligé sobre la suave

piel. Ella tiene un chip de identidad pirata; él, no. Ahora necesita pasar, llegar hasta ella, ansía su abrazo. Ni los estragos del hambre o las heridas colaboran con sus intentos por olvidar. ¿Lo recordará ella? Un año sin líneas telefónicas entre ambos países acentúa la separación.

Mariana. Desea volver a formar un solo ser con ella, la

masturbación pierde día a día su otrora eficacia. Y sospecha de la reincidente picazón en la entrepierna. ¿De ori-

gen venéreo? Quizá un médico lo descifre, pero los

únicos que pueden ayudarlo viven allá, al otro lado, felices. Qué importa, de algo tiene que morir. Aún así, su última voluntad es volverla a ver.

El ruido de pasos lo sobresalta. Una sombra nubla los

puntos luminosos en el infinito. Al incorporarse de un

salto, le apunta sin soltar el disparador electrónico: una 11

Bajo el signo de Alpha

chica. Apenas sobre los quince, cubierta de lodo y con un brillo violáceo en el ojo izquierdo. Un bioimplante Ko-dak, sin duda.

––¿Me estas grabando?–– le pregunta sin bajar el ca-

ñón.

––Sí chico, perdóname, es mi default–– dice ella y se toca la muñeca en lo alto. El círculo de luz en su vista se apaga.

––¿Quién eres? ¿Qué diablos quieres aquí?

––Soy Eliana, de Cuba. ¿Puedo bajar los brazos?

––No. Contéstame primero.

––Apaga el rifle. No se te vaya a disparar esa cosa…

Su voz suena extrañamente artificial, demasiado.

Como si el procesador de audio en su garganta estuviese

en sobrecarga. Llama su atención el cuerpo mojado de la

chica.

––¿Saliste del agua?

––Sí, está helada.

––Algo anda mal aquí. Este líquido no es agua. Sólo

son deshechos químicos y biológicos, ácidos, cadáveres,

¿no tienes olfato?

––Mi piel es nueva, de un polímero impermeable muy

especial. Ni la lluvia radioactiva me causa problemas.

––¿Y qué haces aquí?

––Vine por ti.

Levanta el rifle, pero ella es más rápida. Abre la boca

y lanza el microdardo, justo al cuello de Sander. La

muerte es instantánea, Sander alcanza el suelo ya sin

vida. Sus ojos siguen abiertos, fijos hacia el cielo, pero ya no puede ver como la chica lo desnuda sin prisa. Luego se aparta del cadáver y de su propio cuello arranca

una tira de membrana sintética. Envuelve el rifle, debe

protegerlo de la corrosión. Arrastra el cuerpo hasta la

orilla y al arrojarlo activa el mecanismo en su globo ocu-12

Bajo el signo de Alpha

lar para obtener un registro digital de la descomposición orgánica en el lechoso líquido. Cuando todo termina, se

sumerge y avanza a su estación de servicio, detrás de la

división.

Quizá necesite una piel nueva antes de la siguiente

encomienda, la fuerza corrosiva en el torrente es cada

vez mayor.

13

Bajo el signo de Alpha

14

Gabriel Benítez

Visión de los vencidos

Relaciones indígenas sobre la invasión marciana

(Versión Abreviada)

Para Sergio Herrera, quien

leyó antes que yo La Guerra

de los Mundos

Introducción, selección y notas:

Miguel León –Portilla

Versión de textos nahuas:

Ángel Ma. Garibay K. y Miguel León Portilla

“…Pero ¿quién vive en esos

Mundos si están

habitados…? ¿Somos

nosotros o ellos los señores

del Universo…? ¿Y por que

han de estar hechas todas

las cosas para el hombre?”

Kepler. Ccita de Burton en

La anatomía de la

melancolía.

15

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Bajo el signo de Alpha

Introducción:

Relaciones y pinturas

Nahuas sobre la invasión

marciana

Fray Toribio de Bena-

vente, Motolinía, llegado a

México Tenochtitlán en ju-

nio de 1524, formando par-

te del célebre grupo de los

doce franciscanos venidos a Nueva España, es el primero

en descubrir el interés que tuvieron los indios por con-

servar sus propios recuerdos acerca de la Invasión. He

aquí las palabras mismas de Motolinía, al principio del

Tratado Tercero de su Historia de los indios de la Nueva

España:

Mucho notaron estos naturales indios, entre las cuen-

tas de sus años, el año que vinieron y cayeron del cielo a esta tierra los eloim con sus gigantes de metal, como cosa muy notable y que al principio les puso muy grande espanto y admiración. Ver criaturas caídas de los cielos (lo que ellos nunca habían visto, ni oído que se pudiese hacer), de formas tan extrañas de las suyas, tan otra cosa. A los ángeles caídos les llaman teteuh, que quiere decir dioses y los españoles, corrompiendo el vocablo decían teules

Proyectando primero sus viejos mitos, los mexicas

creyeron que Quetzalcóatl y los otros teteos (dioses) ha-

bían regresado (en contraposición a la experiencia euro-

pea donde fueron considerados inmediatamente

16

Bajo el signo de Alpha

demonios o ángeles caídos) para vengar una vieja afrenta

contra el pueblo de Huitzilopochtli y los adoradores de

Tezcaztlipoca.

La suposición no parecía tan incorrecta al tomar en

cuenta que los viejos mitos señalaban al año Uno- Caña,

como el año del regreso del dios águila-serpiente, Quet-

zalcóatl. Reforzando esa visión, se encuentran los presa-

gios de la venida de los ángeles caídos, anotados en la

versión náhuatl preparada por el doctor Garibay, de los

textos de los informantes indígenas de Sahagún, conteni-

dos al principio del libro XII del Códice Florentino, don-de se narra una serie de prodigios y presagios funestos

que afirmaron ver los mexicas y en especial el empera-

dor Motecuhzoma, desde unos 10 años antes de la llega-

da de los marcianos, hasta el día definitivo de su arribo, tan claramente descrito en el códice.

En la actualidad, se conservan varias de estas relacio-

nes nahuas, en las que, como lo nota Motolinía, consig-

naron la venida de los españoles y los principales hechos de la Invasión. Esas relaciones y pinturas, junto con otras varias historias escritas un poco más tarde también por

los indígenas, son en conjunto más de doce. Brevemente

describiremos las principales de estas relaciones, toman-

do en cuenta tanto su antigüedad, como su menor o ma-

yor extensión.

Miguel León-Portilla

17

Bajo el signo de Alpha

Parte 1

La llegada de los marcianos

1. Presagios de la llegada de los marcianos.

Los presagios, según los informantes de Sahagún

Primer presagio funesto: Nueve años antes de venir los demonios y 10 antes de los españoles se mostró un

funesto presagio en el cielo. Una como espiga de fuego,

una como llama de fuego, como una aurora: Se mostraba

como si estuviera goteando, como si estuviera punzando

el cielo.

Ancha de asiento, angosta de vértice. Bien al medio

del cielo, bien al centro del cielo llegaba, bien al cielo estaba alcanzando. Se manifestaba: estaba aún en el ama-

necer; hasta entonces la hacía desaparecer el sol. Por un año entero vino a mostrarse.

Segundo presagio funesto: Sucedió aquí en México: por su propia cuenta se abrasó en llamas, se prendió en

fuego, ardió la casa de Huitzilopochtli. Todos echaron

ahí el agua, pero cuando intentaban apagarla, sólo se

enardecía flameando más. No pudo apagarse: del todo

ardió

Tercer presagio funesto: Muchas veces se oía: una mujer lloraba, iba gritando por la noche; andaba dando

grandes gritos:

—¡Hijitos míos, pues ya tenemos que irnos lejos!

Y a veces decía:

—Hijitos míos, ¿a dónde os llevaré, dónde os escon-

deré?

18

Bajo el signo de Alpha

Muchos hablaron que esa mujer veía lo que vendrá,

que había sido ciega en nacimiento pero que los dioses le permitían ver por dentro; que sabía que Quetzalcóatl y

los dioses vendrían y que sabía también del castigo que

tocaría al pueblo mexica. Que por eso se volvió loca pues no soportó tan grande espanto.

Cuarto presagio funesto: Los que trabajaban en el agua encontraron cierto espejo como escudo reluciente.

Luego lo llevaron a mostrar a Motecuhzoma, en la Casa

de lo Negro (casa de estudio mágico).

Allí lo vio y en él vio el cielo: las estrellas, el Mastale-jo. Y Motecuzhoma lo tuvo a muy mal presagio cuando

vio todo aquello.

Pero cuando lo vio por segunda vez, vio como si algu-

nos demonios vinieran de prisa, bien estirados, arrastrandose con sus cuerpos de gusanos y serpientes.

Al momento llamó a sus magos, a sus sabios. Les

dijo:

—¿No sabéis qué es lo que he visto? ¡Unos como

grandes gusanos, como serpientes de cuero humedecido

que se arrastran y se agitan!…

Pero ellos, queriendo dar respuesta, se pusieron a ver:

desapareció (todo): nada vieron.

Motecuhzoma se puso, pues, en pie y gritó que Quet-

zalcóatl venía, que lo había visto; que había visto su negra barca de serpientes. Nadie lo evitó, nadie pudo

entonces callarlo; estuvo como loco durante dos días.

Quinto y último presagio funesto: Ocurrió entonces, pocos meses antes de llegar el año uno- caña, que nosotros llamamos de 1519, que cuando aún había Sol, cayó

un fuego. En tres partes dividido: salió de donde el sol se 19

Bajo el signo de Alpha

mete: iba derecho viendo a donde sale el Sol: como si

fuera brasa, iba cayendo en lluvia de chispas. Larga se

tendió su cauda; lejos llegó su cola. Y cuando visto fue, hubo gran alboroto: como si estuvieran tocando cascabe-les.

Los presagios y señales acaecidos en Tlaxcala

Sin estas señales, hubo otras en esta provincia de

Tlaxcala antes de la venida de los gigantes de metal, muy poco antes. La primera señal fue una piedra de fuego que

cayó del cielo y una claridad que salía de las partes de

Oriente, tres horas antes que el sol saliese, la cual claridad era a manera de una niebla blanca muy clara, la cual

subía hasta el cielo, y no sabiendose qué pudiera ser po-

nía gran espanto y admiración.

También veían otra señal maravillosa, y era que se le-

vantaba un remolino de polvo a manera de una manga, la

cual se levantaba desde encima de la Sierra “Matlalcuye”

que llaman agora la Sierra de Tlaxcalla, la cual manga

subía a tanta altura, que parecía llegaba al cielo.

No pensaron ni entendieron sino que eran los dioses

que habían bajado del cielo, y así con tan extraña nove-

dad, voló la nueva por toda la tierra en poca o en mucha

población. Como quiera que fuese, al fin se supo de la

llegada de los dioses, especialmente en México, donde

era la cabeza de este imperio y monarquía.

2. Primera noticia del arribo de los marcianos

Y mandó Motecuhzoma a Petlacálcatl, que llamase a

todos los mayordomos de todos los pueblos. Díjoles que

fuesen ellos a todos los pueblos que ellos tenían enco-

20

Bajo el signo de Alpha

mendados y que hallasen a los nigrománticos que pudie-

sen y se los trajeran.

Hicieron lo que así se ordenó y fueron ellos traídos a

él. Les dijo: ¿habéis visto algunas cosas en los cielos, o en la tierra, en las cuevas, en los lagos de agua, algunas voces, como de mujer dolorida, o de hombres; visiones,

fantasmas u otras cosas de éstas?

Como no habían visto cosa de las que deseaba Mote-

cuzhoma, ni de las que él les preguntaba daban razón,

les dijo enfurecido:

—¿Es ése el cuidado que tenéis de velar sobre las co-

sas de la noche? Ya que tanto gustan de dormir haré que

duerman un largo, larguísimo rato.

Y ordenó encerrarlos a ellos en la cárcel de Cuauhcal-

co, hasta que ellos dijeran lo que tenían que decir; hasta que hablaran de lo que ellos ocultaban.

Díjole de nuevo Motecuzhoma que volviera a pregun-

tarles lo que debía venir o suceder, de donde había de venir, si del cielo o la tierra; de qué parte, de qué lugar y cuándo sería.

Volvió Patlacátcatl a Cuauhcalco pero a nadie encon-

tró en aquel lugar. Espantado, volvió y dijo a Mote-

cuzhoma lo que había visto y que a nadie había

encontrado. Habían volado o se habían vuelto invisibles.

Motecuzhoma mandó entonces mancebos a saquear

las casas de las mujeres de los nigrománticos. Fueron a

las casas de ellos, y mataron a sus mujeres, que las iban ahogando con unas sogas, y a los niños iban dando con

ellos en las paredes haciéndolos pedazos, y hasta el ci-

miento de las casas arrancaron de raíz.

Llegada del macehual de las costas del Golfo

21

Bajo el signo de Alpha

A pocos días vino un macehual (hombre de pueblo),

de Mictlancuauhtla, que nadie lo envió, ni principal nin-

guno, sino sólo de su autoridad. Luego que llegó a Méxi-

co, se fue derecho al palacio de Motecuzhoma y díjole:

señor y rey nuestro, perdóname mi atrevimiento. Yo soy

natural de Mictlancuauhtla; llegué a las orillas del mar

grande y vide cerca de la playa un gran agujero en el sue-lo donde una como columna de plata estaba enterrada.

Estaba caliente y humeaba y dejaba oír sonidos como

guijarros pegando entre sí. Esto jamás lo hemos visto, y

como guardadores que somos de las orillas del mar, esta-

mos al cuidado. Dijo Motecuzhoma: sea enhorabuena,

descansad. Y este indio que vino con esta nueva tenía la

cara quemada como por sol, y las manos achicharradas,

pues había entrado a donde la columna y la había visto y

la había tocado.

Díjole Motecuzhoma a Petlacálcatl, llevad a éste y

ponedle en la cárcel de tablón, y mirad por él. Hizo lla-

mar a un teuctlamacazqui (sacerdote) y díjole: id a

Cuetlaxtlan, y decidle al que guarda el pueblo que si es

verdad lo del agujero y no se qué, ni lo que es, que lo va-yan a ver, y esto sea con toda brevedad y presteza, y llevad consigo a vuestra compañía a Cuitlalpítoc.

Así lo hicieron y prestos volvieron con mucho espan-

to en sus rostros, fuéronse derecho al palacio de Mote-

cuhzoma, a quien hablaron con la reverencia y la

humildad debida. Dijéronle: señor y rey nuestro, es ver-

dad que había un agujero cercano al mar, pero en él ya no hemos visto nada. Vacío está. Y también vacío y achicharrado se encuentra Cuetlaxtlan. Todos sus habitantes

han sido vistos por los ojos nuestros como pedazos ne-

gros de tizón, regados por todas partes y muertos, las casas derrumbadas.

22

Bajo el signo de Alpha

Junto nosotros vinieron dos hombres del pueblo, pero

nada pueden decir pues uno tiene el rostro desfigurado,

derretido por un fuerte calor y su boca sellada labio con labio. El otro ha muerto al llegar a las puertas.

3. Las idas y venidas de los mensajeros

Lo que vieron los mensajeros

Motecuhzoma luego dio ordenes al teuctlamacazqui:

—Dad orden: que haya vigilancia por todas partes en

la orilla del agua, en donde se llama Nauhtla, Tuztlan,

Mictlancuauhtla. Por donde ellos (los forasteros) vienen

a salir.

Luego de prisa se fueron.

No mucho tardaron en volver y cuando volvieron,

hasta México llegaron y fueron directo con Motecuhzo-

ma. Le dijeron:

Señor nuestro y rey nuestro. Hemos ido a donde nos

has mandado y hemos regresado con noticias de espanto

pues durante el camino nos hemos enterado y hemos vis-

to la furia de los dioses. Que cerca de donde se encuentra el agujero, a medio día de camino, se encuentra otro más

de donde los habitantes de un pueblo cercano vieron salir un gigante.

Su torso era alargado como columna y brillante como

metal y sus piernas eran tres. Su cabeza esta cubierta con algo como gorro y como brazos tiene cuatro serpientes

largas que no dejan de moverse. Sabemos que es verdad

porque nosotros también lo vimos. Pero lo que más es-

panto causa es la luz que brota de una como caja , como

alajero brillante, que hace que los árboles ardan, que

23

Bajo el signo de Alpha

arda el bosque y las casas. Y cuando caminan es como si

caminara con ellos el trueno.

Cuando él (Motecuhzoma) hubo oído lo que le comu-

nicaron los enviados, mucho se espantó, mucho se admi-

ró. Y le llamó a asombro el tamaño de los gigantes, como

el de veinte hombres, uno sobre el otro.

También mucho espanto le causó el oír cómo se des-

maya uno; se achicharra otro.

Y que cuando se ve el rayo, crea fuego y va destilando

chispas y el humo que sale de él, que es muy pestilente y huele a podrido, penetra hasta el cerebro causando molestia.

Si va a dar con un cerro (pirámide) lo derrite, lo des-

quebraja, y si da contra árbol o casa lo convierte en ceni-za.

El teuctlamacazqui dijo:

Nosotros tus enviados tenemos noticia de dos más

que vienen en camino y que llegarán a Tlaxcala, pues

cuando íbamos hacia donde nos fue ordenado, nos en-

contramos que multitud de gente que salía de sus casas,

se iba de sus pueblos, los abandonaba porque los dioses,

por donde pasan, queman todo. Tus enviados seguimos

adelante y vimos con ojos propios montones de gente

quemada, torcida y negra como raíces. Unos por acá,

también por allá. Ninguna casa en pie.

Cuando hubo oído todo esto Motecuhzoma se llenó

de grande temor y como que se le amorteció el corazón,

se le encogió el corazón, se le abatió la angustia.

Los testigos de Tlaxcala

He aquí entonces que en la mañana llego la comisión

enviada desde Tlaxcala a México, pero a estos, Mocte-

24

Bajo el signo de Alpha

cuhzoma se negó a oirlos, por lo que no quedo más reme-

dio que dar sus palabras al mayordomo del señor.

Dijéronle:

—Infrómale a nuestro señor Motecuhzoma, que la

gente de Tlaxcala venimos para hablar con él, pues he-

mos sido testigos de un prodigio cercano a nuestras tie-

rras que son las de él. Que siendo de mediodía cayó del

cielo una luz, y que esta fue a golpear como trueno en

uno de los cerros cercanos. Levantó gran humareda y

esta no se detuvo hasta pasado un rato. Después, en la noche, todos escuchamos los aullidos que salían de aquel

lugar y llegando la mañana fueron tres a ver lo que allí

había. Vieron un hoyo en el suelo como cazo grande.

Más grande que una casa. Y ahí vieron a los dioses y vie-

ron que eran de color negro y que sus ojos eran rojos y

grandes como platos y eran dos y que se movían arras-

trandose por el suelo, arrastrados por largas víboras ne-

gras. Y algo construían pues con palos de hierro

levantaban cosas como casas.

Cuando el mayordomo de Motecuhzoma escuchó

todo esto su rostro mostró profunda preocupación y fue

a contarle todo ello a su señor.

Motecuhzoma envía magos y hechiceros a Tlaxcala

Sabiendo Motecuhzoma donde encontrar a los dioses,

despachó para allá una misión. Envió a cuantos pudo,

hombres inhumanos, los presagiadores, los magos. Tam-

bién envió guerreros, valientes, gente de mando.

Envió cautivos con que les hicieran sacrificio: quién

sabe si quisieran beber su sangre. Y así lo hicieron los

enviados.

25

Bajo el signo de Alpha

Se presentaron delante del agujero donde se levantaba

ya hacia el cielo uno de los gigantes de metal y ofrecie-

ron a los dioses el sacrificio de hombres, de huevos de

gallina, de tortillas blancas, de piedras y plumas preciosas, mientras los dioses miraban desde su lugar en el agujero, sin moverse, sin hacer sonido.

Fue entonces que de aquel gigante brotó la luz ardien-

te que todo lo quema y pasó sobre hombres y ofrendas,

incendiandolo todo, consumiendo carne y piedras sin de-

jar nada. Los que no fueron tocados por el rayo fueron de carrera dando de gritos, tocando sus bocas y cabezas,

acompañados todos por gran espanto.

En el lugar quedaron varios sacerdotes y hechiceros,

grandes señores y capitanes como Coyohuehuetzin;

Atlixcatzin Tlacatécatl; Tepeoatzin Tlacochcácatl;

Quetzalaztatzin Tizacahuácatl. Otros como Totomotzin,

Hecatempatitzin o Tetlepanquetzaltzin, rey de Tlacopan,

huyeron y nada más se volvió a saber de ellos.

Motecuhzoma envía más hechiceros

Enterado Motecuhzoma de que sus ofrendas habían

sido rechazadas y de que venían cuatro gigantes de los

dioses en dirección a la ciudad, volvió a enviar a otra mi-sión de magos y hechiceros y aún sacerdotes para dar en-

cuentro a los gigantes. Pero también nada pudieron hacer

allí, no pudieron hacer daño de ojos, no pudieron domi-

narlos; de hecho no los dominaron. Ni siquiera allá llegaron muchos y los que llegaron lo hicieron a Cholaula,

que ardía, se consumía en humo negro y fuego. Todo olía

a quemado, a carne en asador.

Mucho asco y espanto, mucho miedo para todos los

enviados que no se atrevieron a ir más adentro sino que

26

Bajo el signo de Alpha

huyeron también con la gente del pueblo que aún se en-

contraba errando por el alrededor.

Sólo cuatro regresaron a Tenochtitlán a contar lo que

habían visto: a los gigantes caminar entre la mucha gen-

te, quemando con su rayo, atrapando a la gente con sus

brazos de serpiente, estrellándolos en el suelo, aplastándolos con sus tres patas.

La aparición de Tezcatlipoca

El camino de regreso fue atribulado, lleno de espanto.

El sol se veía como un disco rojo, cubierto por las nubes negras de los incendios y la gente corría y se escondía

entre los árboles de los bosques, con sus mujeres y sus

hijos. Muchos lloraban, todos ellos lloraban asustados y

varios daban vueltas de un lado al otro pues no sabían a

dónde ir. Unos encontraron el camino que llevaba a Te-

nochtitlán en medio de la oscuridad y gritaban:

—Por aquí, por aquí. Venid todos por aquí. Es por

aquí a donde se llega a México”.

Tres de los enviados que legaron a Tenochtitlán fue-

ron siguiendo primero esas voces, pero uno de ellos se

perdió y fue a dar a un alto cerro desde donde podía verse todo aquel lugar. Con sus propios ojos vio con espanto

una larga nube negra cubriendo los bosques y las luces

del fuego comiendo árboles y sobre ellos también la fi-

gura de cuatro de los gigantes, que a lo lejos asemejaban sólo pequeños hombres. No miente el enviado al confe-sar que en ese momento quiso huir, pero su valor se so-

brepuso a su miedo y decidió regresar a Tenochtitlán a

dar aviso de lo que había visto, de lo que se avecinaba.

De repente le sale al paso uno que estaba como borra-

cho y le dice:

27

Bajo el signo de Alpha

—“¿Por que en vano habéis venido a pararos aquí?

¡Ya México no existirá más! ¡Con esto, se le acabó para

siempre! ¡Largo de aquí: aquí ya no!…”

De improviso desapareció; ya no lo vio más. Y se

dijo:

—“No era un cualquiera ése…¡ése era el joven Tez-

catlipoca!…”

Abatimiento de Motecuhzoma

Y cuando estos enviados llegaron, narraron a Mote-

cuhzoma cómo pasó, cómo lo vieron. Y cuando lo oyó

Motecuhzoma, no hizo más que abatir la frente, quedó

con la cabeza inclinada. Ya no habló palabra. Dejó de ha-

blar solamente. Largo tiempo así estuvo cabizbajo. Todo

lo que dijo y todo lo que respondió fue esto:

—“¿Que remedio, mis fuertes? ¡Pues con esto ya fui-

mos de aquí!…¡Con esto ya se nos dio lo merecido!…

¿Acaso hay algún monte donde subamos? ¿O acaso he-

mos de huir? Dignos de compasión son el pobre viejo, la

pobre vieja, y los niñitos que aún no razonan. ¿En dónde

podrán ser puestos a salvo? Pero…no hay remedio…

¿Qué hacer?…¿Nada resta? ¿Cómo hacer y en dónde?…

Ya se nos dio el merecido… Como quiera que sea y lo

que quiera que sea…ya tendremos que verlo con asom-

bro…

Parte 2

México en poder de los marcianos

—Esta no es una guerra – dijo el artillero -. No lo ha

sido nunca, como no puede haber una guerra entre los

hombres y las hormigas.

28

Bajo el signo de Alpha

H. G. Wells, La Guerra de Los Mundos

1. Llegada de los marcianos a México-Tenochtitlán

Y al cabo de esto el Motecuhzoma no habló más, no

dijo nada más. Se quedó en el salón, mudo, callado, mi-

rando a lo que había de venir desde sus aposentos.

Sin embargo su sobrino Cacama llamó a consejo a

Cuitlahuacatzin, hermano del rey, y a los demás señores

y propuso una larga plática en razón de si debían recibir a los dioses y de qué manera.

Cuitlahuacatzin respondió que a él le parecía que de

ninguna manera, que debían armarse guerreros y ejército

para enfrentar a los gigantes de los dioses, pero Cacama

y los señores, sabiendo cómo había ardido Cholula y su-

poniendo de igual manera lo de Tlaxcala resolvieron que

la gente de la ciudad debía huir. Dijeron:

—Es inútil entregar ofrendas a los dioses, a Quetzal-

cóatl, porque no las quiere. Ha regresado como prometió

y destruirá esta ciudad y todo el imperio pues ha sido

creado bajo el patronato de sus enemigos Huitzilopochtli

y Tezcatlipoca. Nada de ella ha de quedar y de nosotros

tampoco si no huimos. Del fin ya sabíamos, pues Cuatli-

cue ya lo había dicho a aquellos nigromantes que fueron

a Aztlán, hace tiempo. Motecuhzoma tiene razón pues ya

nada podemos hacer. Los que se queden en esta ciudad

pagarán sus culpas con fuego. Los que quieran vivir de-

berán salir ahora pues los dioses no tardarán en llegar.

Dicho esto, los señores ordenaron a los capitanes salir

a las calles, ir a los calpullis (barrios), a los calmecac y a los tepochcali para sacar a los jóvenes y a los niños y avisar a la gente, a todo mundo.

29

Bajo el signo de Alpha

Cuitlahuacatzin, sin embargo, hizo oídos sordos a la

decisión de los señores y apoyado por un grupo de gue-

rreros tomó camino a encontrarse con los gigantes, ar-

mados todos con dardos, escudos y macanas.

Nada más se supo de ellos.

Huida de Mexico-Tenochtitlán y llegada de los mar-

cianos

Fue el plan que alguna gente debía salir de la ciudad

por Tlatelolco hacia Tepeyac y otra hacia el este, por

Tlacopan.

Texcoco, Hexotla, Chalco en el sur, Tenayuca, Tiza-

pan, Tlalpan, todos los alrededores también debían ser

abandonados y la gente escondida

No era de nadie esperado lo que sucedió el tercer día,

mientras todavía mucha gente, como un río, como multi-

tud, salia de Tenochtitlán llevando consigo mujeres e hi-

jos y aquello que solo que pudiera acompañarlos.

Fue que un vigía de Chalco anunció la vista a lo lejos

de dos de los gigantes que se acercaban a la ciudad, que

podrían llegar por la entrada de Iztapalapa y dio alarma

de eso.

La gente que aún quedaba, que era mucha, tuvo mu-

cho espanto y arrojó lo que tenía a las acequias y corrió hacia las salidas. Los que tenían barcas las usaron pero el miedo era tan grande que muchos intentaron cruzar a

nado los canales y murieron ahogados.

No solo venían los dioses por el camino del sur, sino

que delante de ellos corrían también algunas de las gen-

tes que habían huido de los pueblos donde los dioses ya

habían pasado.

30

Bajo el signo de Alpha

Final de Chalco

Cuatro gigantes llegaron por Chalco al atardecer y no

más entrando sus rayos ardientes se posaron sobre los

templos y las casas, sus patas aplastaron los mercados y

sus brazos-serpientes arrancaban las piedras. Desde los

lugares altos de Tenochtitlán era posible oír los ruidos de los dioses y ver las llamas ardiendo en todo. Desde Xochimilco y Mizquic era aún más fácil verlo.

Los gigantes detuvieron su camino frente al lago por

largo rato. Muchos pensaron entonces que hasta ahí se

quedarían, que les daría miedo atravesar todo aquella

agua. Pero no fue así pues dos de los gigantes lo hicieron.

Avanzaron hacia el lago y entraron en él. Otros dos se di-rigieron caminando por la orilla hacia Mixquic y Tlal-

pan.

La huida general

Luego otra vez matan gente; muchos en esta ocasión

murieron. Pero se empieza la huida, con esto va a acabar

todo. Entonces gritaban y decían:

—¡Corran!…¡Huyan que ya ha llegado Quetzalcóatl

por todos nosotros!…

Y cuando tal cosa oyeron, luego empezó la huida ge-

neral.

Unos van por el camino grande. Aún allí matan a al-

gunos; están irritados los dioses. Los que habitaban en

las casas de la ciudad van derecho hacia Amáxac, recta-

mente hacia el bifurcamiento del camino. Allí se desban-

dan los pobres. Todos van al rumbo del Tepeyácac, todos

van al rumbo de Xoxohuiltitlan, todos van al rumbo de

31

Bajo el signo de Alpha

Nonohualco: pero al rumbo de Xóloc o al de Mazatzinta-

malco, nadie va.

Pero todos los que habitan en barcas y los que habitan

las armazones de madera enclavadas en el lago, y los ha-

bitantes de Tolmayecan, se fueron puramente por el

agua. A unos les daba el agua hasta el pecho, a otros les daba el agua hasta el cuello. Y aun algunos se ahogaron

en el agua más profunda.

Los pequeñitos son llevados a cuestas. El llanto es ge-

neral. Al irse, casi se atropellaban unos con otros

Entrada por Azcapotzalco

Fue entonces que la gente que salía a tropel por la sali-

da a Azcapotzalco tuvo gran pavor al ver casi frente a

ellos, salidos de no se sabe dónde, a otros tres de los gigantes, que no eran ninguno de ellos los cuatro que pro-

venían de Tlaxcala y Cholula, sino otros de los que no se tenía noticia ni nada se sabía. De inmediato muchos fueron achicharrados, ardieron como antorcha niños, vie-

jos, hombres y mujeres.

Grandes gritos, mucho miedo y pavor. Todos corrie-

ron de nuevo hacia la ciudad.

En ese encuentro hubo un capitán, mentado Tzilcat-

zin, valeroso en la guerra, muy macho, que corrió en di-

rección de los dioses y dicen quienes lo vieron que a uno se le subió en una pata, pero que nada pudo hacer pues

del torso del gigante bajó uno de los brazos -serpiente y se enroscó en su cuerpo lanzándolo con fuerza al cielo.

Temoctzin, otro capitán que ahí se encontraba, se

arrojó junto con muchos al río, para no morir tatemado,

calcinado por los rayos ardientes de los gigantes.

32

Bajo el signo de Alpha

Él vivió, pero muchos otros murieron pues hirvió el

agua. Un gigante hizo que hirviera en furia, como si en

pedazos se rompiera al revolverse. Temoctzin vio cuer-

pos, vio muertos flotar escaldados, rojos todos ellos. Todos hervidos.

Entonces, por la calzada de Tlacopan dieron entrada

dos de los gigantes, hacia la ciudad.

Avanzan los marcianos al interior de la ciudad

Sucedió pues, que esa noche llovió aunque no era

temporada y pudo despejarse de humo el cielo, pero los

gigantes no se detuvieron; y llovían también gritos y ha-

bía fuego en medio de toda el agua, porque mientras

avanzaban, seguían arrojando sus rayos con furia, des-

truyendo casas, calpullis enteros.

Todo esto podía verlo Motecuhzoma desde el Gran

Teocalli (Templo Mayor) a donde había subido junto con

Tlacochcálcatl de Tlatelolco, Itzcohuatzin y otros para

esperar a los dioses. Hacia el oeste y hacia el sur el incendio de la Gran Tenochtitlán parecía visión del infierno.

Rojas las llamas y rojas las nubes de tormenta y los gi-

gantes de los dioses caminando, dando tumbos por las

ruinas de la ciudad.

Era pues que el noble Cuauthémoc se encontraba den-

tro de la ciudad, huyendo, escondiéndose en las ruinas

para nos ser visto por los dioses. Junto con otra gente se encontró muchas veces, todos ellos con gran pavor. Les

dijo:

—“Ninguno de nosotros puede quedarse aquí. Tomen

a los niños y heridos y síganme.”

33

Bajo el signo de Alpha

Muchos se negaron a moverse y otros lo siguieron y

los que así lo hicieron fueron los que contaron parte de

esta historia pues salieron vivos de la ciudad. Pero antes tuvieron que arrastrarse por entre el fuego y el lodo, hasta llegar a cierto canal donde había escondidas unas bar-

cas. Por todas partes había muerte, en todas partes había fuego y sonidos ensordecedores, brillantes flamas. En

una ocasión incluso estuvieron a los mismos pies de un

gigante, pero no los vio. Cuando tomaron las barcas,

Cuauhtémoc les mostró la salida y en el viaje pudieron

ver más de la ciudad y de la gente que corría en pavor y

de otra que corría en llamas.

Pero Cuauhtémoc no fue con ellos pues se quedó para

buscar a más gentes, más niños.

Moctecuhzoma frente a los marcianos

Esto que aquí se relata lo ha dicho Tzoncoztli, acom-

pañante y consejero de Motecuhzoma, que estuvo ahí

cuando sucedió todo, y que lo vio todo, escondido en uno

de los templos del Gran Teocalli

Motecuhzoma vio acercarse por el oeste y por el sur a

dos de los gigantes, que se detuvieron frente al gran templo. Durante poco rato nada hicieron pero después uno

comenzó a subir, pero donde pisaba, se hundía. Así, paso

tras paso el gigante llegó casi hasta arriba.

Y de su cabeza salieron aquellos, los demonios que se

pensaba eran dioses y vieron frente a frente a Mocte-

cuhzoma que no se movía, se mantenía firme, y no tem-

blaba pues fuerza para eso ya no tenía.

Dos de aquellos se dejaron caer como sacos al suelo y

sus cuerpos se arrastraron por los peldaños, las escaleras 34

Bajo el signo de Alpha

hasta llegar hasta arriba, frente al rey, al cual vieron con sus ojos negros, redondos, lo miraron.

Y sin decir nada, como centella, sus serpientes se en-

roscaron en el cuerpo de Motecuhzoma y en su cuello y

en el cuerpo de sus acompañantes y los arrastraron hacia

abajo de las escaleras donde ya no podían verse, pero

desde podían oírse sus gritos y sus chillidos

Todo esto pudo verlo Tzoncoztli, escondido dentro de

uno de los templos superiores y dejó de verlo cuando los

demonios volvieron hasta la parte de arriba, sin nadie

con ellos. Se escondió atrás de un altar, muy pequeño,

que cuando entró el dios, negro y reluciente, arrastrándo-se por el suelo, creyó que lo iba a ver.

El dijo también que el dios le pareció como aquello

que traían de las playas los que allá vivían, el pulpo, pero que su tamaño era tan grande como el de dos hombres tirados en el suelo y que su altura bien hacía que pudiera

llegarle al pecho si él hubiera estado de pie.

El demonio llegó y se fue pronto, pero Tzoncoztli no.

Se quedó allí durante 8 días.

El alimento de los dioses

Fue cuando los animales de los dioses atraparon a

muchos en las calles. Los animales eran como escaraba-

jos de metal de muchas patas y con uno como brazo con

una mano, y los dioses se montaban en ellos para hacer

otros animales y a otros gigantes y para atrapar gente.

Se movían, corrían por toda la ciudad, escarbaban en

las ruinas y tomaban gente de ellas. Gente viva, porque a la muerta la arrojaban, la tiraban lejos, la tiraban a los canales. También los gigantes tomaban gente con sus bra-

35

Bajo el signo de Alpha

zos de serpiente y la metían a toda en un morral que era

como ellos, que era de metal.

Entre ellos tomaron también a un pescador, un ma-

cehual del barrio de Petlalcalco y a todos fueron a llevarlos a Tlatelolco, donde eran arrojados a un gran agujero y de donde los dioses los tomaban para chupar su sangre.

Ciyácatl, el pescador lo vio con sus propios ojos porque a él también lo tomaron. Los animales de los dioses los

agarraban como conejos, de los pies, y los levantaban.

Los dioses ponían en ellos a otras serpientes o lombrices sin color, mucho muy delgadas, que entraban en la carne

de los brazos y del cuello y de las piernas, y ellas desan-graban al hombre para que los dioses tomaran su sangre.

Cuando llegó turno a Ciyácatl este gritó y chilló. Tuvo

espanto de ver a los dioses llevar las lombrices de sangre a su cuerpo. Pero los dioses se detuvieron y lo volvieron a arrojar al pozo con los demás: tres mujeres y cuatro ni-

ños. Allí permaneció hasta siete días, cuando los dioses

murieron.. Gran suerte la de Ciyácatl pues fue solo él

quien al último quedó.

2. México-Tenochtitlán muerto

Pasados 14 días del sitió de la ciudad fue que vino el

gran silencio. Patlahuatzin, quien era mandado de Tlax-

cala, el embajador de Tlaxcala, estaba en la ciudad cuan-

do llegaron los dioses y permaneció en ella escondido

mientras todo ocurría. Salió de su escondite porque no

soportaba más el hambre y porque poco a poco caía en

confusión. Fue él uno de los primeros en ver los cuerpos

de los dioses tirados por el suelo, devorados por los pe-

rros y los zopilotes. Vio también todo el zacate rojo cu-

briendo la ciudad.

36

Bajo el signo de Alpha

De este zacate ya nada se sabe, pues desapareció

como polvo al poco tiempo, pero dicen los que ahí esta-

ban, que cubría los templos y las ruinas como manto,

todo completo y que había crecido en muy poco tiempo.

Los gigantes no se movieron más y tampoco lo hicie-

ron así los animales de metal que traían consigo.

Uno de los de la ciudad dice, cuenta haber visto, que

también tenían pájaros y que vio volar a uno, que tam-

bién eran de metal, que tenían un solo ojo verde en el

frente y algo como bastón largo y brillante en la cresta, pero que no movían las alas.

Ya nada había, ya nada quedaba de lo que había sido

Tenochtitlán, de la ciudad de los mexicas. Así lo había

predicho Motecuhzoma, así lo había dicho la madre de

Hitzilopochtli frente a los nigromantes en Aztlán, que

nada de ella quedaría, que todo sería sepultado.

Y solo esto fue lo que los españoles vieron al llegar a

ella, al poco tiempo de lo sucedido, con sus ojos llenos

de asombro, llenos de espanto y de confusión.

Epílogo:

—Oh, príncipe mío, oiga el dios esto poco que voy a

decir. Yo el mexícatl, no tenía tierras, no tenía sementeras, cuando vine acá en medio de los tepanecas y de los

de Xochimilco, de los de Aculhuacan y de los de Chalco;

ellos si tenían sementeras, sí tenían tierras. Y yo, con flechas y escudos me hice señor de los otros, me adueñe de

sementeras y tierras…igual que haces tú ahora.

Cihuacóatl Tlacotzin frente a Cortés

37

Bajo el signo de Alpha

La invasión marciana a México- Tenochtitlán, docu-

mentada y resguardada por varios de los códices y libros

en lengua nahua, no son solo de vital importancia para

comprender en un entorno global el suceso de la llegada

de los marcianos, sino también registro perfecto que ex-

plica la conquista española en estas tierras y la rápida

aceptación de la religión católica por parte de la diezma-da población.

La llegada de los marcianos, al principio aceptada

como la llegada de Quetzalcóatl a desbancar a sus dos

mayores enemigos, Huitzilopochtli, dios de la guerra y

Tezcatlipoca, dios del espejo negro, no podía ser más

convincente. Todo el conjunto de presagios acaecidos en

el transcurso de diez años antes de la fecha prometida de su llegada (año 1-caña “Ce-Acatl”) y los mismos sucesos

ocurridos a la llegada de los marcianos hasta el cierre final con la llegada de la misión española comandada por

el capitán Cortés así parecían confirmarlo.

Quetzalcóatl, literalmente “Serpiente - Quetzal” es

representado por estas antiguas culturas como una espe-

cie de víbora con plumas. Ha vuelto, porque en el pasado

fue engañado por sus dos enemigos para tener contacto

carnal con una mujer, cosa que había prometido nunca

realizar. El quebrantamiento de su juramento hace que

tome rumbo hacia el este, directamente al horizonte del

mar Atlántico, montado en una barca construida con ser-

pientes. Pero antes de partir hace patente su estremece-

dor juramento: Volverá, y volverá para acabar con ellos

dos.

No es un juramento vano ni superficial pues incluso

da la fecha de su retorno: Uno-Caña.

Y Uno-Caña fue precisamente el años de la llegada de

los españoles, blancos y barbados, como cuentan era

Quetzalcóatl. Y el símbolo que con el viene, él símbolo

38

Bajo el signo de Alpha

católico de la cruz, es también el símbolo de Quetzal-

cóatl: Los cuatro puntos cardinales. Norte, Sur, Este,

Oeste.

“Serpiente Emplumada” no es otro que el dios del

aire, el que vive en el cielo.

Al contrario de sus dos enemigos, Quetzalcóatl no es

un dios que acepte sacrificios humanos. Le repugnan.

Solo acepta sacrificios personales, perforaciones de ló-

bulos o nariz, pero nunca vidas de hombres.

Por desgracia para Imperio de México-Tenochtitlán,

este se ha levantado sobre la sangre y muerte, las guerras y la destrucción. Su fuerza se ha basado toda en la figura de su dios tutelar, Huitzilopochtli, y cuyo templo resulta reducido a cenizas (como se relata en el segundo presagio) sin ninguna razón aparente.

Moctezuma II (Motecuhzoma Xocoyotzín – Mocte-

zuma el joven) es un emperador capaz, pero en su mente

anida fuertemente arraigado el mito del regreso y cuando

es testigo de los presagios, no duda en reconocer lo que

para él es ya un hecho consumado: La llegada de Quet-

zalcóatl y la destrucción de la ciudad de Tenochtitlán.

Nada se puede hacer. Todos están condenados.

Y efectivamente, casi de la noche a la mañana, en un

tiempo muy corto, un imperio de años sucumbe al poder

invasor de seres que no son de este planeta, que vienen

más allá de donde cualquiera de sus víctimas se hubiera

atrevido a soñar.

Cuando los españoles desembarcaron, lo hicieron en las playas del ahora estado de Veracruz. Ninguno de ellos

conocía los sucesos que se estaban presentando en mu-

chas partes del mundo, incluso en su natal España.

39

Bajo el signo de Alpha

Así que cuando fueron recibidos, lo hicieron por un

grupo de aborígenes apaleados temerosos y asustados

que inmediatamente vieron en ellos, y en especial en

Cortés, la figura de Quetzalcóatl.

Los guiaron hacia lo que quedaba de Tenochtitlán por

un camino de desolación y muerte. Bosques negros, casi

carbonizados, aldeas y pueblos destruidos fueron apare-

ciendo en el transcurso de todo su viaje. Pero por supues-to que lo más impactante fue para ellos el aterrador

paisaje de la ciudad destruida y las gigantescas máquinas de los marcianos, que aún se sostenían en pie en la ciudad.

Por medio de preguntas llegaron a enterarse de todo

lo sucedido y llegaron también a enterarse de que los me-

xicas consideraban a los marcianos una especie de ejér-

cito de avanzada: Su ejército. El ejército de Quetzalcóatl, el ejército de Cortés.

Por tal razón, Cortés no tiene ningún problema en ac-

ceder a los secretos de la ciudad, - que algunos de ellos aún quedaban – y la iglesia católica en aceptar en su seno a una nueva cantidad de conversos.

Es importante señalar como la influencia de la iglesia

católica selló en México la entrada definitiva de la coro-na española.

Aún teniendo la oportunidad de proclamarse real-

mente como enviados de Quetzalcóatl, la iglesia católica

renuncia a aquello, pero no duda en considerar como

providencial su llegada a tierras americanas.

Ha sido Dios y nadie más quien ha liberado al pueblo

mexica de la amenaza de los “demonios”. El hecho no

puede ser más obvio: Estando lleno la Nueva Tierra de

ídolos demoniacos e imágenes impuras, la llegada de los

españoles y de la imagen de nuestro Señor Jesucristo, ha

hecho salir del infierno a sus enemigos.

40

Bajo el signo de Alpha

En un paroxismo de terror por la llegada inminente

del poder de la cruz, estos han intentado huir no sin llevar antes consigo a la mayor cantidad de almas posibles, sin

embargo, sucumben en su intento, muriendo todos ellos

por obra y gracia del señor.

En realidad, todo mundo lo sabemos ahora, no fueron

otros que los virus de nuestro planeta los que acabaron

con la invasión.

Después de abrazar la nueva religión con gran docili-

dad, los mexicas reanuda la reconstrucción de sus pue-

blos y ciudades bajo la supervisión tutelar del capitán

Hernán Cortés y la iglesia católica, y entrega a los espa-

ñoles el oro y la riqueza que fue posible recuperar de la devastación esperando el arribo de nuevos conquistado-res españoles que han de llegar a estas tierras bajo el poderoso y justo símbolo de la cruz.

jueves, 08 de julio de 1999

6:13 p.m.

41

Bajo el signo de Alpha

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Alberto Chimal

Se ha perdido una niña

Ganador de los premios

nacionales de cuento

“Benemérito de América”

1998 y “Kalpa” 1999

Cuando la hija de mi

hermana

cumplió

trece años, en 1998, yo

olvidé comprarle un re-

galo. Peor aún, me acor-

dé de la fiesta una hora

después de que empeza-

ra. No tuve más remedio

que ir a mi librero: como

hice un semestre de letras, mucha gente cree que me

gusta leer y me regala libros, que luego yo regalo. Así

he salido de apuros muchas veces.

Lo malo fue que nunca había ido a mi librero

en busca de algo para una niña: tuve que buscar durante

otra hora, y por un rato pensé que tendría que elegir en-

tre un juego engargolado de fotocopias de La muerte de Superman (en inglés), un manual de autoconstrucción 43

Bajo el signo de Alpha

y La isla de los perros de Miguel Alemán Velasco. La verdad es que tampoco acostumbran regalarme libros

para niños.

Entonces, en el estante más bajo del librero, detrás de

los dos tomos que me quedaban del Diccionario Enci-

clopédico Espasa, encontré otro libro, de color rosa mexicano, con una flor y una niña con alas en la portada.

Así fue como Ilse (la hija de mi hermana) recibió un

ejemplar nuevecito, o casi, de Se ha perdido una niña, escrito por una tal Galina Demikina y publicado en espa-

ñol, en 1982, por la Editorial Progreso de la URSS.

Como llegué cerca de las diez, cuando ya se habían

ido todos, mi hermana se disgustó, y no sirvió de nada

que me disculpara, ni que le dijera que el libro era muy

bueno.

—¿Lo leíste siquiera?

—Bueno…, no, pero esos libros siempre eran muy

buenos. Había muchísimos cuando existía la URSS, ¿te

acuerdas? Los vendían en todas partes…

Pensaba improvisarle algo sobre que el libro le iba a

servir a Ilse, para que conociera cómo se vivía en la

URSS en esos tiempos o algo así, cuando ella, es decir

Ilse, llegó, abrió el libro, se puso a hojearlo y casi de inmediato me dijo:

—Está padrísimo.

—¿Qué? –le dije.

Y ella me dio las gracias. Por un momento no entendí

de qué me daba las gracias.

Varios días más tarde volví a ir a la casa de mi herma-

na. Ella me reclamó que fuese tan despegado (siempre

dice lo mismo), pero también me dijo que Ilse estaba

muy contenta con el libro. Resultó que no era de la vida

real en la URSS: era un cuento, de esos impresos con le-

tra grande, y se trataba de una niña que visitaba un mun-

44

Bajo el signo de Alpha

do fantástico. Sólo ella podía hacer el viaje y los demás no entendían nada.

—Ah –dije, y mi hermana se dio cuenta de que no me

interesaban los detalles, así que me dio más: la niña se

perdía en ese mundo, en el que se había metido a través

de un cuadro y en el que vivía gente muy amistosa o

duendes o algo parecido. Había una rosa que tenían que

cuidar, como en La Bella y la Bestia. Al final aparecía el tío de la niña, que era pintor pero también una especie de mago (él había hecho el cuadro mágico, pues), y el final

era feliz. El mensaje del libro era como una “reflexión”

sobre la familia, pero también sobre el mundo verdadero,

y sobre el arte y los artistas...

—Ah –repetí, y no pude recordar cómo había llegado

aquello a mi librero, pero me alegré de no haberlo leído.

—Le encantó –dijo mi hermana–. Todo el día está hablando de lo mismo.

Y entonces me metió al cuarto de Ilse y me habló en

voz baja, como siempre que va a pedirme algo. Lo único

malo de todo el asunto, me dijo, era que Ilse, de tan entu-siasmada, estaba escribiendo una carta a la editorial.

—¿A dónde?

Mi hermana me mostró la siguiente nota, que estaba

al final del libro:

AL LECTOR

La Editorial le quedará muy recono-

cida si le comunica usted su opinión

del libro que le ofrecemos, así como

de su traducción, presentación e im-

presión. Le agradeceremos también

cualquier otra sugerencia.

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Bajo el signo de Alpha

Nuestra dirección:

Editorial Progreso

Zúbovski bulvar, 17

Moscú, URSS