Amor en Secreto por Hellen B. - muestra HTML

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Voy a intentarlo.

Y te tomarás dos horas de almuerzo.

¡Rebekah, no preciso eso!

Y sólo harás el trabajo con la computadora.

Ana asumió una expresión de víctima.

¿Quién dijo que fuiste nombrada mi jefa?

Yo. — Rebekah pestañeó, juguetona.

¿Y si no te obedeciera?

Puedes hasta intentarlo. .

Trabajaron juntas, con la facilidad de la experiencia. Las entregas fueron

hechas en tiempo y forma, los pedidos, encaminados de forma correcta, y todavía

hubo tiempo para una tarea de las más placenteras: ayudar a una novia a escoger su ramo para el día de su casamiento.

Ana arreglaba las rosas que acaban de llegar, maravillosas, con su color vívido,

cuando Rebekah le entregó el teléfono.

El padre de tu hijo.

Ana arregló sus cabellos.

¿Hola?

Pensé que habíamos concordado que limitarías tu tiempo ahí.

No me acuerdo de haber aceptado tu sugerencia.

Esa necedad no lleva a nada.

¿Necedad?

Ana... —la voz de él tenía un dejo de advertencia que ella se esforzó por

ignorar, permaneciendo callada. — Discutiremos eso más tarde.

Casi no puedo esperar. —y colgó, antes que su marido tuviera la oportunidad de

dar la última palabra.

No fue una buena estrategia, pues cenarían con amigos aquella noche.

Corrección: con algunos colegas de Luc y sus parejas, esposas, novias, y amantes.

Ana estaba segura que Celine se incluiría en el grupo, como un gato entre

palomas. La magnífica Celine, la reina de los felinos. . peligrosa y fatal. Las mujeres se incomodaban con su poder, los hombres quedaban aturdidos con su increíble

sensualidad.

Dejar de comparecer a la cena estaba fuera de discusión, y Ana se ponía más y

más tensa con el caer de la tarde.

Ve a tu casa —Rebekah le aconsejó. — Puedo encargarme de todo hasta la

horario de cerrar.

¿No estás cansada?

Nada que un buen baño y un retoque en el maquillaje no arreglen.

Ana la miró, sin alternativa.

Gracias.

No hay porqué. Y, Ana, ponte algo bien encantador y coloca a Celine en su lugar.

Como si fuera posible..

Entre otras ventajas, tú tienes la alianza de Luc en tu dedo y llevas a su hijo

en tu vientre.

La alianza no surtió mucho efecto. ¿Qué te hace creer que con el embarazo

será diferente?

Estamos hablando de Luc, mi querida, y no de alguien como el ratón con que me

casé, y de quién me divorcié en tiempo record.

Ana sabía del impacto que el divorcio tuvo en la vida de su hermana. El

sentimiento de rechazo, el corazón partido. Tres años curaron las heridas

superficiales, pero la decepción y la desconfianza en relación al sexo opuesto aún permanecían.

Apenas quién conocía mejor a Rebekah sabía que su aparente prepotencia era

apenas una caparazón en la que se escondiera para no sufrir demasiado.

¿Cómo reaccionaría si supiese que su cuñado usara amenazas para traer a su

hermana de regreso a casa?

¡Ve! —Rebekah ordenó. — Me encargaré del resto.

Eso no es justo. —arreglar las flores recién llegadas era uno de sus mayores

placeres. — Estoy embarazada, no enferma. Además, ya tuviste que hacer todo sola

mientras estuve fuera.

No creo que Luc se convencerá con ese argumento.

¡Luc no me manda!

Mejor no pensar mucho sobre eso, Ana decidió, al enfrentar el tránsito de

regreso a la mansión.

Luc se atrasará media hora, sra. Dimitriades.

Ana —corrigió por enésima vez, consciente que tal vez jamás ganase esa

batalla con Petros.

El hombre muchas veces parecía estar en un campo militar. No se podía

calcular su edad y había una severidad en sus maneras que causaban alguna duda

sobre su real posición en la casa. Era mayordomo, chofer, y Ana no se sorprendería si actuara como guardaespaldas también. Cuando hizo esa pregunta a su marido, Luc

afirmó que Petros ya era empleado de su padre antes de trabajar con él.

Sería irrespetuoso de mi parte tratar con familiaridad a la esposa de mi

patrón.

Exasperada, Ana exclamó:

¡Oh, olvídalo! —y se alejó apresurada, subiendo las escaleras.

Debería ser fácil escoger que ponerse con tantas opciones, pero era justo eso

lo que complicaba todo. ¿Un vestido negro clásico ó uno rojo escarlata? ¿Tal vez la túnica esmeralda? ¿Ó uno tono pastel de seda?

Quince minutos después, Ana arrojaba arriba de la cama un pantalón elegante

de seda negra, una camisa transparente del mismo color, collar y caravanas a juego y sandalias altas de tacos finísimos. Claro que escogió su ropa interior de encaje

también negro.

Cuando salió del baño, Luc todavía estaba sacándose la ropa, y el corazón de

Ana falló un latido viéndolo librarse de la camisa.

Los hombros largos eran acentuados por la musculatura firme y la piel rígida,

bronceada. Los espesos vellos del tórax desaparecían, provocantes, por la línea de la cintura.

Ana tenía una memoria vívida del contacto con aquella carne caliente, la

sensación de los músculos fuertes bajo sus dedos.. sus labios. Del cuerpo de él

escurriéndose sobre el de ella, de su respiración fuerte y entrecortada cuando

estaba por perder el control.

Recordaba inclusive su propio gemido cuando se perdía en el auge de todas las

delicias, cuando cada punto parecía cargado de electricidad.. Genuina, sin pudores, sin censura.

Luc también se sacó el pantalón, dejando toda su detallada anatomía a la vista.

Ana suspiró.

¿Pero cuál era su problema? Allí parada, todo aquel tiempo, ¿paralizada ante la

mera visión de su marido semi desnudo? ¿Cómo podía quedar tan excitada al verlo si creía tener todos los motivos de la faz de la tierra para odiarlo?

Se sentó en el borde de la cama y comenzó a ponerse sus medias finas,

pasándolas bien lentamente por sus piernas, después por los muslos. . Sin querer, su mirar se volvió y se vio preso a la de él.

Por un instante que pareció eterno, el mundo dejó de existir. Estaba sólo Luc y

la magia que los unía. Peligrosa, letal.

Con movimientos de una lentitud abrasadora, Luc se desnudó por entero y

caminó pisando fuerte hacia la ducha.

Pasaron algunos segundos hasta que el ruido del chorro de agua quebrase el

encantamiento, y Ana consiguiera respirar con regularidad.

Aún trémula, tomó su vestido y se deslizó dentro de él, cerrando el cierre.

Los cabellos y el maquillaje demoraron un poco más de la cuenta. Sus dedos

inseguros no ayudaban en nada en la tentativa de pintar sus ojos, y por el mismo

motivo precisó hacer y rehacer el peinado dos veces para conseguir un resultado

próximo al deseado.

Escuchó a Luc retornando al cuarto, y percibió como rápidamente la afectaba.

Sintiendo la sangre correr rápido en sus venas, procuró escoger con cuidado la única joya que usaría. De nada valía que Ana estuviese atenta al ruido de la seda que

rozaba el cuerpo de él y al ruido del lino de la camisa que tocaba su piel. . que

pudiese imaginar con exactitud el pantalón que Luc colocaba sobre los muslos

gruesos y cubiertos de bello negro y espeso, y que pudiese oír el mínimo sonido del cierre cerrándose. Ella no haría ningún movimiento en su dirección.

No podía negar que la epidermis se templara con un calor sensual y sus senos

llegaban a doler por no poder tocarlo, abrazarlo.

¿Será que Luc también sentía algo? Ana lo dudaba.

Y ella estaba presa a una red de orgullo, rabia y resentimiento, que le impedía

tomar la iniciativa de aproximarse.

¿Será que Luc estaba jugando? Para un hombre siempre tan ardiente. .

De súbito, el dolor en su pecho se transformó en horror, Ana se sintió

paralizar. ¿Será que él se había encontrado con Celine en su ausencia y por eso no la deseaba más?

La mera posibilidad casi le impidió respirar.

No. Luc jurara que no le fue infiel. Hasta había documentado eso.

Pero podían ser sólo palabras. Celine era una mujer seductora, muchos

hombres tendrían dificultad en resistir a su encanto.

Los hombres son hijos de Marte, las mujeres, de Venus, ¿no era así? Bien

traducido, eso quería decir que son las mujeres que buscan el amor. Los hombres

buscan sexo.

¿Problemas?

Ya hacía algún tiempo que intentaba prender la gargantilla, y ni se dio cuenta

de eso.

No, ninguno.

Pero sus manos temblaban, tornando dificilísimo encontrar la conexión entre

los pequeños ganchos. Con la agilidad de un gato, Luc cruzó el cuarto y, tomando la joya, la prendió con facilidad.

¿Será que él se había quedado allí algunos segundos más allá de lo necesario?

¿Será que había rozado los dedos contra su cuello a propósito, ó apenas fue un roce accidental?

“¡Contente!”, se ordenó a si misma, sintiendo la necesidad de acabar con aquella

tortura. Con firmeza, se irguió en los tacos finísimos y tomó la carterita para la noche.

¿Estás pronta?

Tanto como podría estar.

Sus anfitriones residían en una mansión antigua, toda restaurada, en el corazón

de Double Bay. Era interesante su localización, ya que sus vecinos eran los cafés, las casas con terrazas estrechas que habían sido transformadas en boutiques. Se veía

mucho movimiento en la calle.

Cuando llegaron, diez invitados ya estaban reunidos en el magnífico zaguán, y

Ana sintió un enorme alivio al no ver a Celine. Pidió un jugo de naranja y se incluyó en una conversación sobre las novedades que el mercado traía en cosméticos.

“Excelente asunto”, decidió, evitando evaluar las prioridades que algunas

mujeres escogían para sus vidas. ¿Conseguirían ellas mantener fieles sus ricos

maridos, tan disputados? ¿Ó los perdían en la primera esquina contra muchachas más jóvenes, que aguardaban tras bastidores, prontas para agradarlos?

Manicuras, pedicuras, tratamiento para cabellos, masajes faciales, baños,

cremas, bronceado artificial. . Sumados a las joyas carísimas y las confecciones a medida. Todo lo que soñaban que les traería la imagen anhelada.

Cuanto más pasaban los años, más desesperadas quedaban. Tratamientos en

América, Suiza, Francia eran vitales. La búsqueda no tenía fin.

¿En qué estás pensando, querida?

No serías capaz de adivinar. —Ana quedó sin gracia, percibiendo que desviara

la atención de las obras de arte de un maestro en cirugía plástica, cuya fama crecía cada día.

Él es mismo increíble. Maravilloso. Precisas conocerlo.

En la primera oportunidad. . —Ana comenzó a decir, cuando sintió que era

enlazada por la cintura.

Pidiendo permiso, Luc se alejó algunos pasos con ella, antes de hablar,

aburrido:

Tema profundo, ¿no? “increíble, maravilloso. .” ¿Quién es ese dios a quién se

referían? —hizo una pequeña pausa — Ana, ¿precisas mantenerte tan lejos de mí?

Olvidé que tenemos que desempeñar bien nuestro papel.

¿Papel?

Que vivimos un matrimonio feliz.

Luc estrechó los ojos.

Cuidado, querida. Mi paciencia tiene un límite.

La mía también.

Fue en aquel preciso instante que todos se giraron en dirección a la entrada,

por haber oído el sonido de la carcajada ronca femenina que saludaba los primeros

conocidos. Celine Moore. Los cabellos oscuros y sedosos estaban cuidadosamente

presos en un moño alto, que dejaba algunas mechas sueltas cayendo, muy sensuales,

por su rostro. El maquillaje era perfecto. Aquella mujer podría concursar con

cualquier supermodelo internacional. Y encima agregar la mirada seductora y las

curvas increíbles. No había como negarlo, ¡ella era espléndida!

Venía acompañada por un hombre guapísimo, casi demasiado para un simple

mortal. ¿Sería modelo? ¿Tal vez un acompañante de alquiler?

“¡Que maldad!” Ana sonrió, disfrazando, con cinismo.

Los saludos de Celine le parecían a Ana demasiado afectados para ser

genuinos, su sonrisa carecía de afectividad. Como un misil teledirigido, ella caminó rápido hasta Luc, dejando claro a todos los presentes a quien fue a buscar en aquella fiesta.

Ana podía casi oír la amenaza no verbalizada, y sintió que su estómago se

contraía con la tremenda antipatía.

La atracción de la noche llegó —ella comentó, procurando mantener una

entonación desinteresada, sintiendo que los dedos de su marido apretaban con un

poco más de fuerza su cintura.

Compórtate.

No soñaría en hacer nada diferente de eso. —Ana mal terminó la frase cuando

sintió el aroma del perfume carísimo de Celine, que se apostara frente a ellos.

¡Luc, querido!

Los labios de ella estallaron ruidosos en el rostro de él, haciendo mucho más

que lo necesario para un saludo amigable. Ana por poco no fue obligada a cerrar los dientes para contenerse.

Claro que a la hora de la cena Celine manipuló los lugares. Una persona podía

hasta divertirse con tamaño descaro, Ana decidió con resignación, al sentarse

delante del acompañante de ella.

Existían muchas formas de aprovechar una noche, y observar a su marido

siendo devorado vivo por su ex-amante no era una de ellas.

Una pena que no pudiese tomar ni una copa de vino para relajarse un poco. Y ni

la comida la distraía. En realidad, por el modo como su estómago se venía

comportando, era mismo difícil saber si cualquier tipo de comida sería

recomendable.

¿Estás haciendo dieta, querida?

Siempre es bueno ser equilibrada. —Ana no faltaba a la verdad. Precisaría de

mucho equilibrio en esas horas que pasarían juntas.

Celine le lanzó un mirar desanimado, y volvió a encarar a Luc con una sonrisa

sensacional.

La conversación en la mesa continuaba fluyendo, así como el vino. Ana imaginó

si era la única en notar el comportamiento cada vez más seductor de Celine. En

determinado momento, miró a Luc directo a los ojos y humedeció los labios, como

despertando recuerdos.

Ana se mordió la lengua. Casi no contenía el deseo de tirarle el vino y la copa

encima de ella. Era lo mínimo para disminuir un poco el fuego de su oponente.

El problema era que una escena de aquellas causaría una situación

imperdonable, que haría que ella misma se sintiese muy mal.

Pero fue durante el postre que Ana sintió algo tocar su pierna. Un roce

accidental, ó realizado para llamar su atención al hecho que Celine rozaba la pierna de Luc, ó algo peor, por debajo de la mesa con la punta del pie.

«¡Basta!”

¿Perdiste tu zapato, Celine?

No. ¿Por qué preguntas?

Ana tenía que darle crédito. Era una excelente actriz. Mejor desistir. Aquel no

era ni el momento ni el lugar para un show privado. Con la mano izquierda, comenzó a picar la servilleta por debajo de la mesa, para enseguida sentir la mano de Luc sobre la suya.

¿Con qué propósito? ¿Un acto de compasión ó un intento de hacerla no ver los

movimientos de Celine?

En un gesto rápido, ella alejó la mano para uno de los muslos de él y le clavó las uñas con toda la fuerza que disponía.

Él también era un perfecto actor. Nadie percibiría la batalla que se trababa

por debajo de aquel mantel. Luc apenas tomó su mano con delicadeza y la llevó a los labios, en un gesto que hizo sonrojar a Ana.

Sólo ella podía percibir la frialdad escondida bajo aquel falso cariño.

Mantener toda su educación en las horas que siguieron exigiera mucha

habilidad. “Acostúmbrate a eso”, su interior le avisaba.

Ana intentó no reaccionar cuando Luc la enlazó, conduciéndola hacia la salida.

Aún demoró algún tiempo hasta que el último “buenas noches” fuese dicho.

Despedidas, arreglos para nuevas reuniones, comentarios sobre las que ya estaban

marcadas, la inevitable demora.

Al entrar en el auto, Ana recostó la cabeza en el asiento y cerró los párpados.

No quería rememorar las actitudes de Celine, ni ningún otro asunto desagradable.

Una música suave fluía por los parlantes, y después de un suspiro, sus músculos

tensos comenzaron a relajarse.

Una parte de ella quería llorar por el amor que no podía conquistar, otra, quería

agredir a Celine por sacarle lo poco que consiguiera.

Pero, como siempre, Ana no hizo nada, y cuando el coche entró en el garaje,

ella salió deprisa. Tan pronto Luc desactivó el sistema de seguridad, se dirigió a su cuarto, sin decir ni una palabra.

Él no la siguió.

Ana se sacó la ropa, limpió su maquillaje, soltó sus cabellos y cayó en la cama.

Sólo mucho después Luc entró en la suite. Sin demora se sacó corbata, camisa,

pantalón y saco, descalzó sus zapatos y, antes de aproximarse a la cama, observó a su mujer.

Ana parecía tan vulnerable en su sueño... casi frágil. Todo lo que él quería era

poder deslizar sus dedos por la piel aterciopelada, sentir su suavidad, alejar la

mecha rubia que caía sobre su mejilla.

¡Ana era tan femenina! Los hombros delgados, los brazos torneados y las manos

finas. Tan habilidosas, rápidas, sus uñas bien cuidadas.

Luc sonrió recordando como Ana le clavara esas mismas uñas en su carne, y los

motivos por los cuales hizo aquello.

Sabía que podía entrar debajo de las sábanas y tocarla. Perdida en el sueño,

Ana no resistiría. Sabía muy bien como se erizaría cuando tocase su nuca con los

labios, que soltaría un gemido suave cuando le pellizcase los pezones bien suave. . y como le provocaría una respuesta inmediata si colocase la mano en la parte húmeda

entre sus muslos. Sabría como persuadirla hasta que fuese suya.

Pero la quería despierta, volviendo a él porque sentía, de corazón, su falta.

Quería a Ana ardiente, llena de lujuria, como siempre fue.

Y más, mucho más que eso. Quería todo lo que ella pudiese darle. . cuerpo y

alma.

Sabía que nada de eso pasaría sin luchar mucho.

Capítulo V

Ana eligió un restaurante próximo a Flores & Buqués para almorzar con su

padre.

La ocasión prometía ser tensa. Para completar, William se atrasara mucho, y

encima llegó diciendo que tendría que irse pronto.

A pesar de eso, la saludó con afecto.

Interesante como su presencia era marcante. Tal vez su agilidad, ó el modo

como hablaba. Pero aquel día no se podía decir que estaba en su mejor forma.

Parecía triste, encogido.

Pidieron agua helada, antes de cualquier otra cosa.

¿Estás bien, papá?

¿Será que fue algo en el tono de Ana que había causado el dolor en el mirar de

él?

Luc te contó, ¿no?

Fingir que no sabía nada sería un ejercicio inútil, y Ana odió el remordimiento

que vio surgir por segundos en la expresión de él.

¿Creías que no lo haría?

William pareció avergonzado... ¿Cuál sería su reacción si le contase que Luc

usara esa arma para forzar la reconciliación entre ellos?

El mozo les sirvió, y ellos almorzaron. Ambos sabían que no tendrían porqué

demorar con aquello.

Di la razón, papá.

Una mujer. . —William interrumpió lo que decía, para enseguida continuar, con

obvia renuencia: — Cuando descubrí que ella estaba colocando por lo menos tres

hombres en conflicto, yo ya había gastado una fortuna en préstamos para

satisfacerla.

La cuestión ocurrió de inmediato a Ana:

¿Qué pretendes hacer al respecto?

Vender el apartamento e intentar recuperar mi reputación, lejos de aquí.

Tengo contactos en Nueva York.

Tal vez fuese de verdad una buena estrategia, y ella le dijo eso.

¿Te gustó tu viaje, hija?

Es bueno estar de vuelta. —Ana no quería extender el asunto, ya que no estaba

dispuesta a hacer confidencias. —¿Qué te parece la idea de convertirte en abuelo?

Una sonrisa tierna afloró en el rostro de William, que cubrió la mano de ella

con la suya.

¿Estamos hablando de proyectos ó de hechos?

Hecho consumado.

Amor, ¡estoy tan feliz!

Pasaba de las dos cuando Ana volvió a la tienda. El final de la tarde pasó rápido, visto que tenía mucho que hacer actualizando los archivos del computador, lidiando con el balance financiero de Flores & Buqués, atendiendo el teléfono.

El tránsito era intenso, y demoró en llegar a Vaucluse. Soñaba con un baño,

ropas holgadas y un enorme vaso de agua helada, cuando estacionó el coche en el

garaje. Una comida leve, tal vez un video. Pero pretendía dormir temprano.

Petros surgió en la baranda, y Ana le dirigió una bella sonrisa.

Hola, ¿cómo fue tu día?

Lo de siempre, sra. Dimitriades. ¿Y el suyo?

Lo mismo. —su respuesta tenía un tono de falsa solemnidad, que el mayordomo

notó muy bien.

Luc pidió que le avisara que llegará tarde. Una cena de negocios, por lo que

entendí.

¿Entonces somos sólo el gato y yo? Por favor, sirve apenas una ensalada de

cena.

Los labios de él dejaron trasparentar una visible desaprobación.

Preparé algo más sustancial que “una ensalada”. Si usted pudiera decirme a qué

hora quiere comer, podré servirle la comida.

¿Y el gato? —Ana no pudo resistir la tentación de provocarlo, pues sabía que

Petros era contra el trato que ella y Luc resolvían darle al bichito.

Estuvo de mal humor todo el tiempo que usted estuvo fuera.

Así como el dueño de casa, Ana pensó.

Ah, entonces debo corregirlo y dedicarme más a él.

Cualquier persona deduciría que, si Luc tuviese en casa un animal de cuatro

patas, sería un perro enorme, de raza. Pero, en verdad, fue Oliver quien los

adoptara, un mes antes. Llegó hambriento, mojado y con un aire estático. Después de alimentado, continuó por allí.

Sólo le era permitido estar en la cocina y la lavandería, pero el atrevido corría

por toda la mansión, día y noche.

Una sugerencia excelente.

Ana encontró al animal dormido en el cesto de la lavandería. Él la miró, dudoso,

como decidiendo si debería levantarse para saludarla ó no. Ana no venía siendo muy presente, realmente. Pero ó la entonación cariñosa, ó el modo gentil como lo tocó, hizo que luego rodase por el piso.

Era un afecto incondicional, Ana pensaba, al subir las escaleras. Si al menos los

humanos fuesen un poco más parecidos con él, fuesen menos complicados..

Después de un baño demorado y relajante, Ana vistió un jean holgado y una

blusita fresca, presa con pequeños lazos. Recogió sus cabellos en un moño flojo y se dirigió a la cocina, donde Petros acababa de arreglar un plato con un bife suculento encima de una gruesa porción de arroz.

Ana tomó un tenedor y llevó un poco de arroz a la boca, dirigiendo al

mayordomo una sonrisa cómplice, dispuesta a quebrar la severidad de siempre.

No te preocupes con la mesa. Voy a cenar en la terraza.

Es mi trabajo servirla. —Petros intentó argumentar, después de un largo

suspiro. — Luc diría. .

Luc no está aquí. Así que hazme sólo un favor, enciende la luz.

Está bien —anunció, aunque aún en crisis con su conciencia.

El silencio y la brisa fresca nocturna en sus mejillas le traían tranquilidad. El

cielo estrellado estaba muy bonito, y la vista del puerto era espectacular.

Era fácil dejar que su mente vagase. Recordaba la primera vez que estuviera

en aquella casa. El placer de estar con el hombre que amaba, las promesas que

vivirían juntos, a pesar que parte del corazón de él le perteneciera a Emma, la joven con quién se casara y que perdiera tan pronto.

En los once años que siguieron entre el primer y el segundo casamiento de Luc,

hubo otras mujeres. Un hombre como él ejercía inevitable magnetismo sobre el sexo

opuesto.

Ana podía aceptar aquello. Podía inclusive lidiar con los flirtees inocentes que

pasaban en su ambiente social. No en tanto, a una amante ella no podría cerrar los ojos. Celine hacía de todo para que Ana creyese que la aventura entre ella y Luc

estaba viva, inclusive más ardiente que nunca. Luc juraba que no. ¿En quién debería creer?

Si ya terminó, voy a llevar su plato.

Saliendo de su devaneo, Ana se volvió hacia Petros.

Gracias, era una delicia.

¿Quiere postre? ¿Frutas?

No, gracias.

¿Tal vez un poco de té?

Cuando entre, me sirvo, gracias.

Quédese aquí mismo. —Petros miró alrededor. — Está es una noche muy

agradable.

Ana sonrió.

¿Conversando conmigo, Petros? ¿Cómo osas?

Iré a preparar su té.

Suspirando, Ana volvió su atención a Oliver, que dormía enrollado a su lado. La

acarició las orejas, le arañó la barriga, y él respondió con un ronronear satisfecho.

Bien. . —Petros dijo, atento, mientras apoyaba con cuidado la taza en la mesita.

— . . parece que él decidió hacer las paces con usted.

Oliver levantó la cabeza y encaró Petros con los ojos semicerrados, como si

aprobase lo que él decía.

Voy a buscarle un chal.

Ana recostó la cabeza en la silla acolchonada y se quedó observando las luces

que brillaban en las calles a lo lejos. Se parecían también a pequeñas estrellas.

Fue así que Luc la encontró, durmiendo, cuando llegó. Paró delante de la

reposera, admirando sus facciones tranquilas, su cuerpo relajado. Lentamente, se

agachó, y con todo el cuidado arregló una de las mechas rubias por detrás de su

oreja.

Ana comenzó a despertar, y él puso la mano en su hombro, viéndola erguir los

párpados, aprehensiva.

¿Qué estás haciendo aquí afuera, pedhaki mou? ¿Admirando el firmamento?

Ana extendió la mano para tocar el lugar vacío donde el gato estuviera

durmiendo.

¿Dónde está Oliver?

Petros lo llevó a la cesta, en la lavandería. —en un gesto fluido, Luc se colocó

de pie y la tomó en brazos.

Puedo caminar.

Él le besó la frente.

Deja que yo haga esto.

Luc la cargaba con facilidad, aún apagando las luces y accionando las alarmas, al

caminar por los pasillos. Después subió la escalinata, dirigiéndose al cuarto de ellos.

Tú puedes. .

Él la calló con los labios, provocándola con la lengua. La caricia duró apenas un

instante. . lo suficiente para encender su deseo.

Ana pensó con tristeza en los sueños y esperanzas que tuvo, en lo que

realmente existía entre ellos y en lo que podría existir. Pensó sobretodo en aquel instante.

Luc la colocó de pie y descendió las manos, sosteniéndola por detrás. Inclinó la

cabeza, y comenzó a acariciarle la espalda y el cuello con la boca, con tamaña

dulzura que Ana sintió deseos de llorar.

No quiero continuar, Luc. —fue un susurro lleno de tristeza, que llegó directo

al corazón de él.

Entonces dime que pare.

Era imposible. A pesar de lo que dijera, Ana quería demasiado que su marido la

tocase. Todo su cuerpo ansiaba aquello, como guiado por una fuerza mayor que su

racionalidad.

Con besos suaves en los labios, en el rostro, Luc la provocaba, forzándola a

abrirse en una entrega total.

Y ella lo hizo, imaginando que protestaría, pero en realidad, deseosa de que

pudiesen profundizar más el beso.

Luc acariciaba su espalda, alcanzaba la nuca, destruía con habilidad toda y

cualquier resistencia que ella pudiese imponer.

Los dos querían mucho más que aquello, y tenían conciencia de eso.

Ana precisaba sentir su piel contra la de él, sin la barrera de la ropa. En un

gesto impulsivo, comenzó a desabotonar la camisa de lino, después el pantalón.

Luc la acompañó en el mismo instante, sacándole primero su chal, enseguida la

blusa. Ana no pudo contener el gemido ronco que se le escapó cuando él le acarició los senos por encima del sostén, antes de desabrocharlo y tirarlo lejos.

Colocándose detrás de ella, Luc continuó la caricia, envolviendo sus senos con

las manos, el pulgar provocándole los pezones rosados, excitándolos hasta que Ana

se sintiese quemar de pasión. Era como si recorriese una espiral que la llevaría a la locura.

Volvió a gemir, el sonido perdiéndose en el beso de Luc, que ya la acostaba en

la cama.

Mirándola con los ojos llenos de lujuria, la cubrió con su cuerpo muy excitado,

pronto para ella.

Ana pensó que debía gritar, exigir que interrumpiesen aquella locura, pero no

tenía fuerzas para ir contra el poderoso ardor que la envolvía.

Cuando Luc pasó a succionar sus senos con avidez, Ana sintió su sangre entrar

en ebullición. No podía soportar más la espera para que su marido la poseyera.

Casi desfalleció cuando él comenzó a penetrarla lentamente, con todo el

control del que aún disponía. Con las manos en su cintura, mantenía un lento

movimiento de vaivén, haciéndola implorar para que le diese lo que tanto anhelaba.

De a poco él aumentó el ritmo, besando sus labios con lascivia, succionándolos,

como si intentase domarla. Apenas cuando Ana dijo cuanto lo quería, él se permitió soltarse por completo, alcanzando con ella el clímax, vibrante, intenso, único.

Después de rodar de lado, manteniéndose aún abrazado a su mujer, Luc

murmuró:

Adoré tu renuencia.

Te odio.

Ajã... —Luc le mordisqueó el hombro.

Celine..

.. no forma parte de lo que tenemos juntos.

No es eso lo que ella piensa.

Luc no pudo dejar de notar la tensión que se formó de inmediato en el

semblante de Ana. El roce de sus labios fue como el posar de una mariposa, suave y sensible.

Insistes en hablar de otra mujer, cuando la única que me interesa eres tú.

Él conseguía deshacer sus defensas usando aquel tono.

Son sólo palabras, Luc.

¿Qué quieres que haga?

“Quiero que digas que me amas.” El pedido silencioso venía del fondo de su

alma. Ana estaba casi en lágrimas, sabiendo que esperaba por una declaración que

jamás oiría.

Tú eres mía, pedhaki mou. Estás embarazada de mi hijo. Y eso es suficiente.

Luc estaba equivocado. Nunca sería suficiente, pero ella no podría decírselo.

¿Aún quieres continuar esa discusión?

Con mucho esfuerzo, Ana consiguió decir con alguna firmeza:

¿Para qué? —y, a pesar del nudo en su garganta, finalizó: — No hay nada que

discutir.

Capítulo VI

¿Pretendes ir a la tienda?

Ana no quería creer en aquella pregunta.

Si.

¿Resolviste desafiarme?

Ella respiró hondo, intentando no perder la calma.

Combinamos, Rebekah y yo, que haré apenas los pedidos, lidiaré con el

computador y atenderé el teléfono. Si fuera necesario, contrataré alguien más para ayudarnos. ¿Satisfecho?

No totalmente.

Peor para ti.

Luc mostraba un mirar sombrío.

Estás jugando un juego peligroso, agape mou.

Nada cambió, Luc.

¿Crees que no?

No hubo respuesta. El celular de Ana sonó, y al leer el mensaje de texto ella se

levantó, ya tomando su cartera.

Me tengo que ir.

Luc también se levantó y se paró frente a ella, metiendo la mano por sus

cabellos mientras le daba un beso rápido y provocante, apenas atizando el deseo.

Aprovecha tu día.

Ana no quería prestar atención a la ironía de aquellas palabras. Si Luc

imaginaba que el sexo resolvía todos los problemas, estaba equivocado.

No conseguía dejar de recriminarse por haber sucumbido a la seducción de él,

despreciando la única forma de resistencia que le restaba. Pero bastaba recordar lo que viviera en sus brazos para que le subiese en el mismo instante un intenso calor.

Fue una larga mañana. Aún esforzándose por disminuir el ritmo, Ana no paró un

segundo.

Ve a almorzar —Rebekah insistió. — Siéntate en la parte de afuera de uno de

los cafés y toma un poco de aire fresco. ¿Puedes traer un sándwich? ¿Tomates

secos en pan de centeno?

En un día tan lindo, Double Bay mantenía su estilo elegante, con sus boutiques

finas y varios cafés. Cerca del mar, la brisa refrescante amainaba la temperatura

alta.

Sintiendo necesidad de caminar, Ana atravesó la calle y siguió algunas cuadras,

eligiendo por fin un pequeño café, que apenas tenía algunas mesas desocupadas.

En ese mismo instante, un mozo la atendió, y su pedido llegó en tiempo record.

El sándwich de pollo con ensalada estaba delicioso. Ana sonrió al pensar que,

con el embarazo, su apetito le exigía por lo menos seis comidas diarias. Y no podía pasar de la hora de alimentar a su bebé, sino se sentía con náuseas.

¿Ana?

“’Oh, Dios, no! ¡Por favor, no! ¡Celine!” Ella misma, vestida como una reina en sus trajes caros e impecables, y como siempre maquillada a la perfección.

No te importa compartir conmigo, ¿no?

¿Por qué ella siempre trabajaba con el doble sentido?

¿La mesa, Celine?

Evidente, querida. Quiero apenas un café. —y se acomodó. — Y precisamos

conversar.

Ah, ¿en serio? —Ana estaba muy tentada de levantarse y salir. Pero fue una

especie de fascinación que la mantuvo en su lugar. — Sobre..

Luc, claro.

¡Imagina! ¿Qué más podría ser? Ana miró su reloj.

Tengo que volver a la tienda en pocos minutos.

Luc y yo estábamos discutiendo nuestra situación ayer.

No me digas. —pudo ver muy bien el brillo en los ojos de la otra mujer, y

arqueó una ceja.

Volvimos al pasado y. .

Era suficiente.

Esa es una buena palabra: pasado. —Ana se puso de pie y pidió la cuenta.

Tal vez debas preguntarte porqué Luc no consigue deshacerse de él.

¿Por qué siempre se sentía atacada con el veneno de Celine?

Eres tú quien debe descubrir porqué continua obsesivamente ligada a un

hombre que no te quiere más. No soy dueña de él, Celine. Si Luc cree que debe

acabar el matrimonio, es libre de hacerlo.

Con rapidez, Ana pagó, tomó el sándwich de Rebekah y salió, sin mirar en

dirección de Celine.

¿Qué pasó? ¡Pareces abatida! —Rebekah notó, ni bien Ana entró en el

establecimiento.

Tuve compañía en el almuerzo.

Celine.

Pues si. Ni precisaste tres opciones.

Ella llamó para acá. Esa mujer es una peste. ¿Qué harás al respecto,

hermanita?

¿Quieres decir además de estar loca de la vida? Estoy intentando lidiar con

eso.

Tal vez debieras dejar que Luc lidiase con esa situación.

¿Llegar a él sollozando y contarle esa historia patética? ¿Y admitir que no

consigo hacer nada al respecto? —colocó más hojas en la impresora. — No. Son mis

problemas, yo los resuelvo.

Al final de la tarde, Ana aún separaba pedidos de buqués y arreglos florales.

Aquel día, se sumaban también varias solicitudes de ornamento para trabajos de

paisagismo, puesto que Ana y Rebekah habían anunciado en una revista de moda que

Flores & Buqués también desenvolvía ese tipo de actividad.

De entre ellas, sin embargo, se topó con una que la sobresaltó. La sorpresa era

por el nombre del cliente: Celine Moore.

No había duda que la intención no era buena.

¿Qué está pasando?

Ana mostró a su hermana el pedido.

Me encargaré de eso.

No, Rebekah. Yo lo haré.

Celine, por lo visto, no tenía intensión alguna de desistir.

Una batalla más en esta guerra. —Ana esbozó una sonrisa desanimada.

Luc no va a aprobarlo.

No tiene que saberlo.

Pero lo sabrá, Ana. Celine se encargará de eso.

Voy a tratarlo como una cuestión de negocios.

Aún así, continuará siendo personal —Rebekah argumentó. — Las dos los

sabemos.

Pero, ¿y entonces? ¿Qué de malo puede pasar?

El apartamento de Celine quedaba en un condominio cerca de Rose Bay.

Evidente que su situación financiera desde el divorcio continuara muy buena.

Ya en el hall del edificio se veían cuadros de artistas famosos, caros. Cuando el

empleado abrió la puerta del apartamento, Ana pudo ver la sala de estar y

comprobar su elegancia. Toda la decoración tenía como tema a los leopardos. Sofás

blancos aterciopelados con almohadones también peludos imitaban la piel del animal.

Colecciones de leopardo en poses adornando los muebles, cuadros con lo mismo por

las paredes.

Ana pensaba que todo aquello se adecuaba muy bien a la personalidad de Celine,

cuando ella apareció de una de las puertas.

Celine la saludó, seca, pero Ana no esperaría otra cosa. No sólo iría a realizar

un trabajo, sino a una batalla más en la guerra por el hombre que ambas deseaban.

Resolvió ir directo al grano:

¿Por dónde debemos comenzar? Ayudaría se me contaras lo que planeaste.

Celine expuso con prepotencia algunas de sus ideas, incluían fuentes por la

sala, piedras carísimas, y lo que parecía más importante: las plantas en si. Enseguida, afirmó quería todo disponible por una cantidad irrisoria a los ojos de Ana, reflexionó en el mismo instante si esa mujer no estaría bromeando.

No puedes alcanzar lo que quieres por el precio que estás dispuesta a pagar —

Ana sintetizó, informando en el ornamento de algunos de los ítems, que ya pasaba el valor colocado por Celine.

¿Pero cuál es tu margen de lucros? Estás cobrando una exorbitancia.

Ana quería girarse y salir de allí. No lo hacía sólo porque vino por negocios.

Rebekah y yo sabemos muy bien la calidad de nuestro trabajo, y seguimos

siempre un mismo patrón de precio. Sugiero que consultes a otros profesionales.

La expresión de Celine era de pura arrogancia.

No perderé ni un minuto más de mi tiempo en eso. Di tu precio y lo pagaré.

Ana describió todo lo que utilizaría en los mínimos detalles, verificó todos los

valores, hizo firmar a Celine la nota y le entregó la copia del cliente.

La rival dobló el papel, apretándolo con sus uñas pecadoras.

Por esta cantidad, espero perfección.

Será difícil que tengas algún reclamo.

Ana estaba segura que Celine haría de todo para denigrar la imagen de Flores

& Buqués por el puro placer de hacerlo. Sabía que debería seguir sus instintos y rechazar la tarea. ¿Por qué no lo hacía, entonces?

Pura terquedad. No quería que Celine triunfase de forma alguna.

Espero que no creas haber vencido.

Ah, ¡hasta que al fin surgía el motivo de su presencia allí!

No sabía que había una competición.

No te hagas la tonta. Sólo recuérdalo, querida. —Celine exhibió una sonrisa

llena de falsedad. — Tuve a Luc antes de ti. Piensa en eso, e imagina si algún día tú pudiste ser una sustituta a la altura.

Pero tú te casaste con otra persona. ¿Por qué? ¿Luc no te pidió casamiento?

Los ojos de Celine relampaguearon. Antes que ella pudiese responder, Ana

continuó:

Vive tu vida, Celine. Y mantente alejada de la mía.

No hay la menor oportunidad de eso. Nada de lo que puedas hacer ó decir me

hará desistir.

Estoy embarazada.

Celine levantó una de sus cejas, con desprecio.

¿Y crees que eso hace alguna diferencia?

Me olvidé que no tienes escrúpulos, sentido de la moral ó algo parecido.

No creas que tienes alguna ventaja por llevar al heredero de los Dimitriades. —

Celine la midió de arriba a abajo. — Aún porque gestantes barrigonas son tan

sensuales como ballenas preñadas.

Es una pena que sólo tengas una visión superficial. . Sé que tú nunca pudiste

sentir a un hombre enamorado de tu barriga, por el hijo que juntos concibieron.

¡Pobre Ana! Llena de ilusiones sobre los hombres.

Hora de salir. Ya había oído mucho más de lo que debería.

Que tengas una buena tarde, Celine.

Ana se concentraba en sus pasos hasta la salida, procurando no fallar en

ninguno de ellos. Sólo consiguió respirar después de haber salido de aquel lugar.

Tomó el celular y percibió que había dos mensajes en su correo de voz: Luc y

Rebekah. Su hermana fue la elegida.

¿Problemas?

¡Es lo que yo pregunto! ¿Cómo fueron las cosas con Celine?

Podrían haber sido peores. Estaré ahí en quince minutos.

Luc fue localizado en su línea privada.

Dimitriades.

Me dejaste un recado.

Lo hice, si. —él parecía cansado, y Ana pudo imaginarlo recostándose en el

respaldo del sillón.

Estoy metiéndome en el coche para salir.

Debo ser rápido, ¿es eso?

El mal humor fue claro en su tono, pero Ana se rehusó a ser ni pensar:

Ó hablamos después.

Jace estará llegando de Nueva York el domingo. Invita a Rebekah a cenar con

nosotros.

El tan codiciado Jace Dimitriades. Los hombres de la familia Dimitriades eran

muy parecidos. Personalidades marcantes, encantadores, vigorosos. En fin, dinamita pura para las mujeres.

¿Vas a hacer de cupido, Luc?

La sugerencia partió de Jace —Luc hablaba de un modo casi divertido.

Ana recordó la tensión existente entre su hermana y el primo de Luc.

No sé si mi hermana va a querer ir.

¡No! —Rebekah rechazó, enfática, veinte minutos después. — ¡De ninguna

manera!

Está bien.

¿Cómo “está bien”? ¿No vas a intentar persuadirme, adularme, agarrar mi

brazo?

No.

Jace es. .

Ana le dirigió una sonrisa cínica.

¿otro Luc?

...perfectamente capaz de invitarme por si mismo.

Lo que te daría el enorme placer de rechazarlo.

¿Cómo adivinaste?

Fue hasta bueno que el teléfono sonara en aquel momento. Rebekah lo atendió,

y Ana volvió a la computadora.

Rebekah tapó el receptor y le dijo a su hermana:

Es papá. —paró para conversar con él algunos segundos y volvió a dirigirse a

Ana: — No invitó a cenar esta noche. Dice que es muy importante. ¿Tienes idea de

qué se trata?

Ana sabía que no podía revelar toda la verdad, pero por lo menos parte de ella.

Comentó que había hecho algunos contactos de trabajo en Nueva York, cuando

almorzamos juntos.

¿Crees que puede estar pensando en mudarse para allá?

Es posible. Bueno, nos va a contar en la cena. —Ana quería terminar el asunto

de una vez. Odiaba omitir cualquier cosa a Rebekah.

Llamó enseguida a Luc, para avisarle que no cenaría en casa. Como él estaba en

una reunión, le dejó un recado en el celular.

Luc pidió que le avisase que va a llegar después de las seis y media —Petros le

informó ni bien entró en la mansión.

Con suerte, para esa hora, ya estaría con William y Rebekah.

Gracias.

Ana tomó un baño y vistió un conjunto elegante de pantalón y camisa de seda

violeta.

Estaba haciendo los últimos retoques en su maquillaje cuando Luc entró en la

suite. ¡Él era increíble! Aún un tanto abatido, sin la corbata y con los primeros

botones de la camisa abiertos, Ana sentía que su corazón latía fuerte al verlo. Tenía una sofisticación mezclada a una masculinidad casi ruda, sensual, que le provocaba escalofríos. Todo lo que deseaba era cruzar el espacio que había entre ellos y tocar su rostro, besarlo, encantarse con todas las promesas que ese gesto les traería.

Quería sonreír y preguntar: “¿Muy cansado?” Enseguida, ayudarlo a reposar en

sus brazos.

Pero no hizo nada de eso. Al contrario, tomó su cartera y las llaves.

¿Oíste mi mensaje?

Luc tiró el saco sobre la cama y comenzó a sacarse los zapatos.

Lo oí, si —se sacó la camisa y bajó el cierre del pantalón. — Petros te llevará.

Llámame cuando quieras volverte, e iré a buscarte.

¡No seas ridículo! Yo misma manejo.

No. No manejarás.

La rabia comenzó a subir por las mejillas de Ana.

Claro que..

Luc la interrumpió. Su mirar era brillante y feroz.

Podemos hacer esto del modo más difícil, mi ángel. Pero aún así, el resultado

será el mismo.

¿No estás siendo muy presuncioso?

Las negociaciones no están abiertas —reafirmó, sacándose de una vez el

pantalón. — ¿Qué quieres? ¿Estar rodando por la ciudad en busca de un lugar para

estacionar? ¿Andar sola por la calle oscura hasta el restaurante? ¿Hacer lo mismo

de regreso? —hizo una pausa. — ¿De verdad crees que yo permitiré eso?

Se sacó también el calzoncillo y salió desnudo por el cuarto.

Ana no se sentía dispuesta a una discusión. Aún más con Luc de aquel modo.

Lógico que quería tener la última palabra, ¿pero en qué la compensaría?

Descendió las escaleras, en dirección al hall, donde Petros con certeza ya la

esperaba.

Tendrás que jugar de chofer, Petros. —y lo siguió hasta el Mercedes de su

marido.

Las intenciones de él son las mejores.

Él es un dictador, eso si. ¡Un tirano!

Usted es la esposa de un hombre que es lo suficientemente sensato para no

correr riesgos innecesarios.

Entonces, cállese y baile al son de su música. ¿Es así?

Algunas personas encontrarían eso como lo máximo.

Pues esta a persona en especial no le gusta recibir órdenes.

William y Rebekah ya estaban en una de las mesas. Ana los saludó con

efusividad y se sentó también.

William Stanford no esperó ni siquiera que el mozo tomase los pedidos.

Ya coloqué mi apartamento a la venda, en una inmobiliaria. Partiré para Nueva

York mañana temprano.

Rebekah hizo algunas pocas preguntas a su padre, pero luego se tranquilizó,

percibiendo que él daba vueltas, omitiendo informaciones.

William se levantó después de terminar la comida. Se disculpó por salir

apresurado, justificando que aún tenía mucho que organizar antes de su partida.

Ni bien se fue su padre, Rebekah se volvió hacia Ana.

Tú ya lo sabías, ¿no?

De la posibilidad de que se mudase, si.

¿Por qué así, tan de repente? ¿Y por qué vender el apartamento? Es evidente

que hay algo mal. —los ojos de ella se estrecharon. — Papá tiene problemas. Y tengo un pálpito que Luc está involucrado, es más, tiene algo que ver con el banco. Y tú puedes colocarme a la par de todo. ¡Todo! No apenas lo que crees que yo debería

saber.

No había elección. Así, Ana le contó toda la conversación que tuvo con William

en aquel almuerzo, y lo que Luc le dijo.

Apenas dime que tú no hiciste nada para que Luc no lo procesara —Rebekah

gimió. — Lo mataría si supiese que te hizo volver a un casamiento que no querías

mantener.

Ella era inteligente, pero apenas estaba probando. No sabía todos los hechos.

Rebekah, me alejé de Luc sólo porque quería un corte a aquella intrusión de

Celine.

¿Y lo conseguiste?

Era lo máximo que Ana podía admitir. Tuvo que esforzarse para no cruzar los

dedos atrás de si de forma de suavizar la mentira.

Si. —de repente, le pareció oportuno un cambio de tema. — ¿Juras que no

aceptarás la invitación de Luc para cenar?

Lo juro. No puedo soportar a aquel hombre.

¿Jace?

Si.

¿Por qué?

Ana se acordó que los dos se habían encontrado en su casa, en otra ocasión en

que Jace visitara Sydney.

Pero ellos no llegaron a tener nada. No que Ana supiese.

¿Él dijo algo que no te gustó? ¿Fue poco delicado?

Era claro que había más allí de lo que Ana sabía.

No. Sólo no quiero encontrarlo.

Pero tienes que saber un porqué.

Lo sé muy bien. Y ya no quiero explorar esos porqués.

Tal vez debieras.

No juegues a la amante psicóloga.

No fue mi intensión.

¡Oh, está bien! — Rebekah se fingió enojada. — Iré a esa cena. Al final, ¿por

qué ahorrarme el placer de colocar a Jace Dimitriades en su debido lugar?

Ana apenas asintió. Estaba exhausta. Fueron muchos los acontecimientos en

aquel día.

Voy a llamar un taxi.

¿Estás sin auto? Te llevo entonces Ana.

Luc estaba parado delante de la mansión, cuando llegaron.

Listo, fuiste entregada a tu ángel de la guarda —Rebekah bromeó,

despidiéndose con un beso rápido a su hermana. — Te veo de mañana. Y gracias.

¿Por qué?

Por ser tú misma.

Ana salió del vehículo, esperó hasta que Rebekah se alejase y se aproximó a

Luc, sintiendo que él la examinaba.

Estaba esperando tu llamada —dijo, un tanto amenazante.

¿Por qué te llamaría si Rebekah se ofreció a traerme?

Ya es tarde.

Nosotros conversamos mucho.

Él estudió su rostro pálido y las ojeras bajo sus ojos.

Deberías haber llegado más temprano.

No hagas esto, Luc. No me digas algo que ya sé.

Todos los últimos acontecimientos, Celine, su padre, no poder ser totalmente

honesta con Rebekah.. Su cabeza no aguantaría más nada. Nada.

Ve a la cama. ¿Quieres que te lleve algo?

“Sólo a ti. Como era antes. Antes que Celine reapareciese en escena.” Pero las

palabras no fueron pronunciadas, y Ana meneó la cabeza, sintiéndose desamparada, a pesar del gesto cariñoso de él.

Daría cualquier cosa por creer que a su marido ella le importaba, y no apenas el

bebé que cargaba en su vientre.

Se acostaron al mismo tiempo. Luc apagó la luz de la portátil y la empujó más

cerca de él. Calló sus protestas con un leve roce de labios, que sólo la hizo quererlo más y más.

Lentamente, acarició todo su cuerpo, deleitándose con la suavidad de sus

senos, causándole una intensa respuesta cuando trazó una línea de fuego en su

barriga, cuando exploró con dulzura la parte interna de sus muslos.

Luc la acariciaba con tanta delicadeza, mostrando conocerla tan bien, que sin

poder contenerse Ana lloró sin reservas, en una mezcla de cansancio y emoción.

Luc sólo la abrazó por algún tiempo, besando, afectuoso, sus lágrimas de

cuando en cuando, sin cuestionar nada.

De a poco, las caricias fueron reiniciadas y el llanto sustituido por la

excitación. Todo lo que Ana quería era que él la poseyera con toda energía, para que nada más en el mundo existiese más allá de dos cuerpos unidos por la lujuria.

Capítulo VII

¿Está todo ahí, Harry?

Media hora habría sido suficiente, pero ya habían pasado dos.