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África

 

 

El apretón de la soga casi me parte en dos, deteniendo mi caída hacia las nubes.

Me despierto con un grito, transpirado por el agua de la cascada ¡Uf! Sólo ha sido un mal sueño, me reconforto mirando alrededor mi viejo dormitorio. Al bajar la vista, reconozco desparramado en el suelo desde mi mano dormida, al causante de mis oníricos pesares: los relatos de un cazador que recorre  los caminos de Burton y Speke, cuando buscaban el  origen del Nilo llegando al lago Victoria.

En fin, esta vez sí apago la luz, me arropo y lentamente me duermo, regreso…

Salgo del trance de monotonía sorprendido por el bache que ha debido cruzar el camioncito. Somnoliento recorro las caras de mis amigos; dos aun logran dormir y los demás se están riendo, supongo que de mis ojos enrojecidos por el sueño.

Miro mis palmas blancas e intento preguntar algo, pero lo olvido. Me siento cómodo con ellos, todos somos shonas, del mismo color chocolate  que nos distingue de otras tribus. Les pregunto hacia dónde vamos como mordiendo las palabras, me siento extraño con este lenguaje que sin embargo es el de siempre. Mosi-oa-Tunya , el humo que truena, me contestan señalando el frente del camioncito.  Me incorporo y miro por sobre la cabina. Me sobrecoge, soy minúsculo. Aunque me lo describieron no puedo abarcar toda la escena. Es una nube enorme que se alza desde el suelo y que a veces se confunde con las del cielo. Siento el tronar ominoso, cada vez más cerca que va empalideciendo el ruido del motor. Con razón los blancos pagan fortunas para verlas; ellos las llaman cataratas Victoria.

Todos somos empleados del parque nacional Dzimba dzamabwe , Zimbabue, Casa de Piedra; un trabajo nada especial, limpieza y mantenimiento mayormente.

Hace calor a mediados de abril, la época de lluvias ya alcanza su cenit y el río Zambeze ha crecido casi diez veces desbordando goloso sus orillas y ensanchando la catarata a su máxima amplitud. Un derroche natural incomparable que deberá ser purgado cruelmente mediante la terrible sequía de la época seca. Sé que a su vera pastan los hipopótamos y asechan sigilosos los cocodrilos, molestados por inmutables garzas y pelícanos. Al pasar por algunos claros creo divisar entre los árboles mopane la sombra enorme de algún elefante. Los impalas insisten en atravesarse en nuestro camino y las cebras ocupadas en comerse la sabana, nos saludan con sus extraños relinchos.

Creo que estamos más cerca, hemos perdido toda referencia de tamaño. Al ser un parque protegido y con tanta humedad, los árboles de mopane  tienen aquí una altura desorbitada. Estamos recorriendo un camino flanqueado totalmente de verde y parece terminar en una nube que sube poderosa, incontenible.

Al fin se abren los árboles y contemplamos cómo ese enorme río se precipita en una grieta de la cual no se ve salida. Me domina el atávico espanto de un mundo subterráneo donde vagarían los demonios. El camioncito nos conduce hasta el sendero donde comienzan los recorridos turísticos. Nos apeamos riéndonos de nosotros mismos, creo que más de mí, pues soy el más nuevo. Nos encaminamos directamente a la catarata, el problema es alguna rotura de la barandilla metálica de la pasarela  paralela a ella. Bromean conmigo, al llegar me atan una cuerda a la cintura y declaran burlones que esa reparación será mi iniciación y que ¡Adelante! A recorrerla y encontrar el problema ¡Llueve! De abajo hacia arriba; todo se vuelve gris y confuso. No sé dónde estoy, ni el arriba o el abajo, derecha o izquierda.

Me paralizo de miedo, grito por auxilio, creo oír algo, doy un paso y siento que estoy cayendo, irremediablemente.

El apretón de la soga casi me parte en dos, deteniendo mi caída hacia las nubes.

 

 

 

Carlos Caro

 

Paraná, 23 de marzo de 2013

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