40 Años de Matrimonio por Yolanda Pinto - muestra HTML

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40 AÑOS DE MATRIMONIO

YOLANDA PINTO

Al mediodía comió en el restaurante que había abajo de su apartamento un simple menú del día, después se dirigió a su casa, echó la siesta y finalmente se levantó sobre las 17.00 hroas se duchó y se preparó para llegar puntual al Hotel Ritz donde se celebraba el aniversario de sus padres. El padre de Leander era Catedrático de Filosofía en la Universidad Federal de Filosofía y Letras y la madre profesora de violín en el Conservatorio Autónomo de música de Ghadir, de su padre había aprendido a plantearse cuestiones como las formas de gobierno, la humanidad, el fin del hombre en esta vida, la diferencia entre la razón y la experiencia, el sentido de la vida, y un largo etc que su padre desde que Leander era muy pequeño le alentaba a plantearse, de su madre ni que decir tiene que había heredado y aprendido el gusto por la música y la capacidad de elevar su espíritu sintiendo las melodías.

Todos los invitados estaban en una sala contigua al restaurante del Hotel tomando los distintos aperitivos, los hombres venían todos vestidos en traje de chaqueta con corbata y las mujeres con vestidos elegantes y vaporosos, todas muy bien peinadas, era el típico evento en que las damas aprovechaban para lucir sus mejores joyas y sus mejores abrigos de pieles. Cuando se acabó el tiempo de los aperitivos entraron todos al restaurante y tomaron asiento, al lado de cada plato había un pequeño letrero con el nombre de cada invitado. Finalmente todos se sentaron donde se les indicaba, el padre de Leander que se llamaba Ezequiel Meller se dirigió a un atril que había para dar un pequeño discurso antes de que se comenzara con la cena.

--Queridos amigos, dijo Ezequiel desde el atril, estamos aquí reunidos para celebrar 40 años de matrimonio que me unen a mi esposa Elisabeth Barton. Quizás a muchos de vosotros os pueda suponer un meritorio record pero nosotros los hemos conseguido. ¿Y qué podría yo decir sobre lo que me ha aportado el matrimonio? Pues os diré la verdad, el matrimonio me ha convertido en alguien más cínico, más astuto, más analítico, más beligerante, más paciente pero más malvado quizás, recordando las palabras de Séneca cuando dijo “Vuelvo más avaro, más ambicioso, más sensual, aún más cruel y más inhumano, porque estuve entre los hombres”, pues estas palabras las hago mías para definir el efecto que ha tenido en mí el matrimonio.

--Si amigos, continuó Ezequiel me siento identificado con el gran filósofo romano, la convivencia desgasta hasta puntos indecibles, pero ha debido que existir un salvavidas en nuestro matrimonio ¿Quizás la comprensión, el culto al sacramento, quizás el amor a nuestro hijos? Sí amigos, ha sido un cúmulo de cosas que con el paso del tiempo uno no llega a descifrar del todo.

Ezequiel continuaba con su discurso, los invitados lo escuchaban atentamente, aunque la mayoría de todos se preguntaban si lo que el padre de Leander estaba dando era un discurso de alegría y satisfacción sobre su matrimonio, o por el contrario un discurso lleno de reproches y resentimiento..

Nuestro protagonista sabía perfectamente a qué cuestiones se refería su padre en su discurso, no había sido un matrimonio fácil el de sus padres, más bien la convivencia, el ego de cada uno y el instinto de posesión les había dado más de un disgusto. El padre de Leander solía acusar a Elisabeth de la sospecha sobre que mantenía affairs sexuales con alguno de los pianistas o violinistas con los que en ocasiones quedaba a solas para ensayar las obras que interpretaban en conciertos o en el conservatorio, por su parte, el padre no era tonto y sabía que la música remueve los sentimientos, el espíritu, el alma y en la intimidad sentirla a solas un hombre y una mujer no podía tener otro resultado que el de llegar a culminar entre ellos algún tipo de sensualidad o lubricidad. Elisabeth por su parte más de una vez había cogido alguna pista de las relaciones extramatrimoniales que Ezequiel mantenía con alguna de sus alumnas, en una ocasión estaban todos sentados en la mesa para comer, los padres y los cuatro hermanos, Elisabeth sacó del bolsillo de su vestido una carta metida en un sobre y dijo:

--Hijos, tengo algo que comentaros delante de vuestro padre.

Aunque habéis escuchado en multitud de ocasiones como vuestro padre me ningunea y me acusa de cometer infidelidades con otros intérpretes de música con los que ensayo para dar mis conciertos y todo sin fundamento, en esta ocasión esta es la prueba palpable de que cree el ladrón que todos son de su misma condición. Os leeré la carta que ilusionadamente le envía una de las alumnas de la universidad de filosofía a vuestro padre y que prueba de que si hay algún infiel en nuestro matrimonio no es otro que vuestro queridísimo padre..

La madre sacó ligeramente nerviosa la carta del sobre y comenzó a leer: --Querido profesor Ezequiel quiero agradecerle la dedicación que tuvo conmigo la tarde pasada acompañándome a mi casa, sus teorías sobre el filósofo Epicureo y su búsqueda del placer como fin supremo de la vida las he llegado a comprender después de sentir la pasión con las que usted las defendía. Además de un culto profesor es usted un fantástico amante, me encantó compartir nuestro gusto por el lenguaje del cuerpo y la exaltación de los sentidos dejando atrás la razón que tanto enquilosa a las personas.

Y bueno dijo exasperada Elisabeth: --Hasta aquí puedo leer, el resto es verdaderamente obsceno y nauseabundo.

Los cuatro hijos miraron a su padre, esperaban una respuesta convincente ante tan clarificadora misiva.

El padre se mantuvo regio y rígido sentado en la mesa, no mostró desasosiego ante la intempestiva epístola, de manera que apretó los labios mirando a Elisabeth, todos estaban espectantes para escuchar algo de su boca pero no dijo nada.

La escena era de gran tensión, segúidamente los hijos vieron como el padre seguía callado y regio sentado en uno de los extremos de la larga mesa de nogal vestida con un precioso mantel de crochet blanco, se mordió levemente el labio superior, no apartaba la mirada de la carta y de Elisabeth, pero de nuevo no dijo nada.

--Veís dijo Elisabeth triunfante, vuestro padre prefiere guardar silencio como un cobarde en vez de reconocer su culpa y dar una explicación a todo esto. Yo siempre opino, dijo Elisabeth, que cuando alguien hace algo tiene que hacerlo bien y no dejando estas burdas pistas por doquier (quizás ella se refería a que en sus andanzas ella si medía todo al milímetro para no ser delatada).

Y ya veis vuestro padre ahora no tiene argumentos, lo único que se me ocurre decirle es, “Manolo, Manolete ¿Si no sabes torear, para qué te metes?” Dijo la madre cínicamente al padre.

En ese preciso instante entró la criada con una bandeja de carne mechada con patatas, escuchó la frase de Manolete al pasar al salón.

--Griselda vuelve a la cocina con la bandeja, ya te llamaré, estamos aquí discutiendo un asunto de familia, no estamos aún para más comida, dijo Elisabeth a la criada --Señora pero se le enfriará la carne y las patatas.

--Te aseguro que lo que menos importa ahora en la familia es comernos una carne fría, dijo Elisabeth a Griselda mirando con cara de odio a Ezequiel.

--Eso sí, trae una jarra de agua, no estoy hoy para beber vino.

--De acuerdo señora, como usted diga, dijo la criada volviéndose con la bandeja entre las manos pensando que jamás pudo imaginar que una disertación sobre el arte de torear de Manolete los tuviese tan ambaucados para no importarles comerse el segundo plato frio.

--Qué raros son los ricos, pensó la criada.

La verdad que aunque la conversación no iba de toros propiapiamente dicho, lo que sí iba era de cuernos, lo que podía tener su paradoja.

Los hijos miraron de nuevo al padre para que por fin éste arrancase y se defendiera de alguna forma.

Aunque el padre se mantenía firme sin pronunciar palabra, la procesión iba por dentro ( uy, uy, uy, a ver como salgo de esta, pensó, y para colmo ni comemos lo cual es peor porque al menos la comida amansa a la fieras y Elisabeth se sosegaría con el estómago lleno).

--Bueno, hijos ya veís, vuestro padre ha demostrado que llegado el momento no sabe cojer el toro por los cuernos, dijo Elisabeth.

La hija Noemí esbozó una leve sonrisa de satisfacción por el comentario de la madre aliándose con ella.

Al ver que el padre seguía sin decir nada, uno de los hijos, Eloy, en cocreto dijo aliandose mínimamente con el padre.

--Mamá quizás es muy fácil ver los toros desde la barrera.

--Tú cállate, dijo la madre airada, el que tiene que decir algo es tu padre, pero veo que no está por la labor.

--Lo que está claro continuó diciendo Elisabeth, es que del contenido de la carta se desprende que vuestro padre es un buen banderillero, picador o castigador. ¿No es así Ezequiel? preguntó cínicamente Elisabeth al marido.

En ese momento volvió a entrar de nuevo la criada con la jarra del agua, escuchó el final de la frase, eso de buen banderillero, picador o castigador. Dejó la jarra de agua sobre la mesa, y salió de nuevo del salón pensando que jamás había visto a sus jefes hablando tan entusiasmados de tauromaquia.

--Que raros están hoy con tanto rollo del toreo.

Justo cuando estaba cerrando la puerta del salón del salón la criada, sonó el teléfono de la casa.

--No lo cojas Griselda, puedes retirarte, lo cojeremos aquí nosotros, dijo Elisabeth.

--De acuerdo señora, dijo la criada cerrando por fin la puerta del salón.

--Seguro que es la amiguita de tu padre, quiere perturbar la vida familiar, así empiezan todas esas zorras que se lían con casados, empiezan a tirar de la cuerda hasta que la rompen.

El teléfono sonó con el segundo tono de llamada, nadie se movió de la mesa --¿Mamá quieres que yo coja el teléfono? Dijo su hija Noemí.

Por fin el padre abrió la boca:

--No, dijo Ezequiel, lo haré yo, creo que hasta hoy soy yo el titular de la línea sino me equivoco, así que quedaros todos sentados, contestaré yo.

El sonido de llamada sonó por tercera vez. El padre se levantó lentamente, quizás efectivamente temía que fuese su amiguita de la carta, las alumnas eran muy cotillas y si se encaprichaban de su profesor eran capaces de conseguir el teléfono de la casa familiar, en eso reconoció que Elisabeth llevaba razón.

Ezequiel comenzó a andar por el salón parsimonioso para llegar a una de sus esquinas donde estaba el teléfono posado en una mesita de cristal, por fin llegó a él, descolgó el auricular y se lo colocó en la oreja derecha mientras miraba fijamente a Elisabeth y a sus hijos, todos estos también lo miraban a él con cara de interrrogación por saber quien era el interlocutor.

El padre estaba rígidamente de pie, habló por el auricular y dijo: --Sí, luego hizo un silencio mientras escuchaba lo que le decían al otro lado de la línea, después volvió a decir: --Sí, otro silencio, y otro, --Sí, se hizo el último silencio mientras escuchaba y finalmente dijo: --No y colgó.

--Y bien, dijo Elisabeth ¿Quién era, se puede saber?

--Nadie, dijo el padre, bueno sí el centro comercial para verificar los datos de mi tarjeta de crédito por unas compras que hice la semana pasada.

Elisabeth no lo creía totalmente pero tuvo que aguantarse con la respuesta, al fin y al cabo no podía probar quien llamó realmente.

--Bueno, prosiguió diciendo la mujer en tono altivo con la cara enrojecita por la cólera, ¿Vas a dar alguna explicación delante de tus hijos sobre la carta o te vas a limitar a callarte y ratificar lo evidente de tu inmoral conducta?

El padre volvió a su sitio, se sentó de nuevo en la mesa, estaba aguantando la situación como un campeón, pero sabía que dar explicaciones no era su estilo, además era un defensor del estoicismo teoría filosófica que boga por el autocontrol de las pasiones como la ira , el temor o el dolor ejercitando la razón, la impasibilidad ,nada ocurre por azar sino por un proyecto cósmido, por lo tanto no hay que perturbarse por nada, lo hecho hecho está y hay que aceptar las consecuencias por fatales que estas sean, explicándo su teoría filosófica en otras palabras se podía interpretar con el dogma de que cuanto más se remueve la mierda más huele. De esta manera indiferente el padre mirando fijamente a su mujer levantó su copa de vino y se mojó levemente los labios dando un suave trago, volvió a posar la copa en su sitio, después cogió la servilleta que tenía sobre sus muslos se limpió suavemente la boca, la posó sobre la mesa a la izquierda de su plato y dijo:

--Elisabeth, sobre la carta te diré que ¿No sabes que abrir y leer la correspondencia ajena es un delito contra la intimidad?

Elisabeth se levantó airada, y se fue a su habitación, su hija Noemí la siguió, se tiró en la cama llorando sin soltar la carta y sollozando dijo:

--¿Has visto Noemí? Ese es vuestro padre, siempre con ese aire inquisidor de machismo e insolencia.

--Te diré la verdad, dijo la madre, más que me haya sido infiel o que haya coqueteado con alguna de sus alumnas lo que más me indigna es que aún así no puede reconocer su error, sino que utiliza su cinismo para quedar él en un plano superior de autoridad moral y me acusa a mí de delincuente. Es un verdadero bastardo asqueroso, dijo Elisabeth.

--Ya está mamá, dijo Noemí, no puedes martirizarte así, habla con él quizás él esté de acuerdo en divorciarse.

--¿Divorciarme dijo Elisabeth? No le daré ese gusto a tu padre, la ropa sucia se lava en casa, pero no puedo mostrar a la sociedad que vivo este calvario con él, el divorcio es la última opción que barajo. Además lo peor de todo es que le quiero, le quiero, es un hijo de puta pero le quiero.

--De acuerdo mamá, dijo la hija entonces sigue disfrutando con tu familia, con tus hijos, con tu trabajo y tus conciertos y no le des tanta importancia, disfruta de tu parcela de felicidad y olvida sus devaneos, ya sabes que será la pitopausia, a todos los hombres maduros les gusta ligar con jovencitas, pero después no dan ningún paso hacia delante con ellas, es mero coqueteo, ensalza su vanidad y esto los enorgullece.

--Sí cariño, dijo la madre limpiandose las lágrimas de la cara, lo sé.

Encontronazos como estos ocurrieron a menudo en el matrimonio de los padres de Leander tanto Elisabeth como Ezequiel habían aprendido a sobrellevar el veneno del otro cuando se encasquillaban en una discusión y resignarse en sobrellevar esa vida, quizás habían tenido también satisfacciones en el matrimonio como las de pagar la hipoteca de la casa a medias, comer en familia cada día, pasar las navidades junto a sus hijos y recibir regalos de navidad junto al arbol navideño cada año, tener subvenciones en el transporte público, el cine o el circo como familia numerosa o hacer la declaración de renta de forma conjunta y así tener más reducciones y pagar menos al fisco.

Sin embargo a pesar de las tensiones y los desajustes que existían entre Elisabeth y su marido, los hijos eran conscientes que existía una parte del alma de su madre que era inexpugnable y que estaba blindada por un armazón.de acero a través del cual su marido no podía llegar a dañarla ni humillarla, había una parte de ella solemne y principesca que surgía cuando se involucraba en su gran pasión, la música, entonces era cuando no había nada en el mundo que pudiera perturbar su infranqueable alma llena de júbilo y enaltecimiento. Parecía como si Elisabeth tuviese una doble personalidad, una externa que mostraba en público donde a veces parecía una mujer susceptible e incluso atormentada y otra íntima que reservaba para ella misma donde se sentía una mujer plena y satisfecha, lo cual lo ensalzaba cuando practicaba con su violín en el cuarto de música que tenía perfectamente preparado para ella en la casa y sobre todo cuando deleitaba al público con sus magníficas interpretaciones del violín en teatros y conciertos. Todos los hijos ya estaban acostumbradas a ver a su madre deslumbrante y sosegada cuando en ocasiones iban a verla al Teatro Metropolitano. donde interpretaba obras de violín. Elisabeth salía al escenario exultante embutida en bellos vestidos negros largos y estrechos de gala diseñados con el corte de palabra de honor que tan bien le sentaban sobre sus voluminosos pechos, la melena la llevaba para estas actuaciones perfectamente peinada a la altura de los hombros con las puntas hacia dentro, en alguna ocasión aderezaba su pelo con una diadema de tercipelo negro y nada más pisar el escenario el público le aplaudía entusiasmado porque ya era conocida como profesora de violín y maravillosa intérprete, ella respondía con un saludo de reverencia posando su pie derecho un paso hacia atrás y flexionando la espalda hacia delante con el violín y el arco en la mano. La escena era de una gran belleza, Elisabeth parecía salir de un cuento de reinas y princesas, no mostraba ni por asomo la tensión y la celopatía que en muchas ocasiones desprendía en casa.

Después erguía con un gesto altivo su largo cuello y colocaba el final del violín entre su cuello y su barbilla con una mirada llena de vanidad y de egolatría como la que sabe que cientos de espectadores están pendientes de su actuación. Los hijos veían en estas ocasiones como el rictus de la madre cambiaba a la de una persona segura de sí misma, sin inseguridades o miedos como los que hacía entrever en las discusiones o lloros con su marido. Al lado de ella estaba un elegante pianista de más edad que ella, rondaría los 70 años, perfectamente vestido con un frac que debaja caer la cola de éste por detrás del sillón del piano, mientras se colocaba correctamente y ordenaba sus hojas de partituras en el atril del gran piano negro de cola, la tapa estaba abierta así el sonido de las notas se escucharían con más estridencia. El pianista miró a Elisabeth cuando estuvo preparado, ella también le habló con la mirada pareciéndole dar un gesto de aceptación sobre que era el momento de comenzar. Elisabeth acercó el arco a las cuerdas del violín y un sonido bello y sublime surgió del maravilloso instrumento, el concierto duró una hora y durante este tiempo Elisabeth y el pianista deleitaron al público con obras de Beethoven en concreto sus Sonatas para violín y piano número 10, opus 96, número 8 opus 30, número 5 opus 27 y número 7 opus 10. Leander mientras lo escuchaba se lamentó que en esta ocasión no tocaban la número 9 opus 47 sonata a Kreutzer una de sus favoritas, pero su madre tenía ya contratado otro concierto en el plazo de un mes en el Teatro Royal donde ella y el mismo pianista la interepretaríán. Leander comenzó a pensar en la gran pieza musical que era la sonata de piano y violín número 9 dedicada a Kreutzer, Beethoven la compuso en 1802, se compone de tres movimientos, en especial a Leander le fascinaba el tercer movimiento, admiraba como el genial compositor dio la misma importancia musical en este movimiento al violin que al piano, parecen ensarzarse en una pugna para ver quien de verdad es el que domina el movimiento, ambos se autodeterminan y parecen mantener una discusión o conversación sobre yo soy el más importante, no yo, no yo. Es genial como Beethoven en muchas ocasiones de sus obras hacía hablar a los instrumentos entre sí como ocurre en el cuarto movimiento de su novena sinfonía, donde los violonchelos y los contrabajos intentan evitar que las melodías que le ofrece la orquesta fuera el himno de la alegría y Beethoven magistralmente establece un dialógo entre ellos que podría equipararse a la lucha entre el infierno y el cielo, entre dios y el demonio, entre el bien el mal, el bien quiere triunfar, clarecerse, deslumbrar a través de la bella sinfonía de oboes, flautas y violines, y los violonchelos los contrabajos recordándoles que sólo el infierno, el mal y el demonio son los reyes de este mundo y que eso había que cambiarlo.

Pero volviendo a la sonata a Kreutzer Beethoven se la dedicó en un principio a su amigo violinista polaco George Bridgetower el cual era mulado, decía ser hijo de un príncipe africano y madre alemana, este violinista gran admirador de Beethoven viajó desde Londres donde vivía hasta Viena para conocer personalmente a Ludwig, de manera que Beethoven generosamente le dedicó esta sonata que ya casi tenía acabada, le entregó la partitura un día antes en que debían de tocarla juntos y estrenarla en el teatro Aurgarten Pavillion el día 24 de mayo de 1803 en Viena, Ludwig era el que tocaba el piano en ese estreno. Finalmente cuando terminó la interpretación ambos amigos se fueron de copas, en especial empezaron tomando mostos vieneses y en la tercera botella seguramente por la vehemencia y falta de tacto que produce el alcohol, el violinista mulato comenzó a insultar y lanzar improperios hacia una amiga de Beethoven que estaba delante, Ludwig se enconlerizó contra su amigo el violinista casi llegando a las manos y arrebatándole de sus manos la partitura que un día antes le había dedicado gritándole que él no era digno para llevar el nombre de una de sus obras y que se la dedicaría al mejor violinista existente Rodolphe Kreutzer, rompió por tanto en ese momento la amistad con él en medio de la discusión y cuando llegó a casa borró con la pluma de ganso mojada en el tintero la dedicatoria que le había hecho al polaco y la modificó dedicándosela a su amigo y virtuoso violinista Rodolphe Kreutzer. La partitura se la hizo llegar a Kreutzer a París, y seguramente por haberse enterado que no fue su intención dedicársela a él desde un primer momento se vengó diciendo que la partitura era intocable y que Beethoven no sabía lo que era un violín, de manera que no la ejecutó jamás. (Menudo pique había entre unos músicos y otros en esta época pensó Leander, eran una pandilla de vanidosos todos, pero bueno así es el arte y los genios, no se puede esperar de ellos otra cosa, todos de una manera o de otra están endiosados. Después decían que Ludwig estaba loco pero es que con los que se relacionaba estaban todos peor que él, madre mía, exclamó Leander en sus silenciosos pensamientos)

Leander en este momento miró la interpretación que su madre sobre el escenario, se percató de que ella también emanaba ese aire vanidoso y endiosado de todos los músicos cuando saben que dominan a la perfección no sólo la ejecución de un instrumento sino todo lo que conlleva la lectura de difíciles partituras y compases).

Esta sonata de Kreutzer no sólo es una de las piezas más populares de Beethoven sino que inspiró a otros artistas para nombrarla o realizar alguna de sus obras inspirada en ella como ocurrió con la novela La sonata a Kreutzer de Leon Tolstoi que durante muchos años estuvo prohibida por el argumento donde el protagonista asesina a su mujer por celos, o en el cuento Cambios de Luz de Leopoldo Alas y Ureña o en dos cuadros que tituló La sonata a Kreutzer el pintor y violinista francés Rena Prinet, uno que terminó en 1898 y otra versión que terminó en 1901, donde se ve la imagen del pianista besando a la violinista que lleva un precioso vestido verde dorado y que es una pintura muy famosa en el mundo entero.

A Leander le gustaba recrear en su mente todas las experiencias que había vivido con sus padres mientras vivió con ellos, a pesar de la tempestuosidad que en ocasiones se vivía en la casa familiar por el fuerte ego que tenían sus dos padres sin embargo estas etapas venían conciliadas por momentos de calma cuando ambos brillaban con gran esplendor ejecutando sus profesiones. De todas maneras Leander admiraba más a su madre y todo lo que le había enseñado acerca del arte de la música y la capacidad para evadirse de los problemas terrenales, desde muy pequeño siempre estuvo muy unido a ella, y ejecutaba en casa sonatas y bagatelas él con el piano y su madre con el violín, por eso había sentido una simbiosis con su madre que nunca la tuvo con su padre, el cual era una persona más fría y dedicado a las clases y corrección de exámenes de sus alumnos en la Universidad de Filosofía de Ghadir, también el padre para aumentar su prestigio escribió algunos libros filosóficos como “Si Séneca levantara la cabeza”, “La nación y el discurso” o “Viviendo o existiendo” Leander volvió al presente y abandonó sus pensamientos de los conciertos de su madre, aún su padre estaba subido en el atril del salón del restaurante del Hotel Ritz terminando su discurso, y agredeciendo a todos los presentes que hubiesen acudido a la celebración del 40 aniversario de boda.

--Bien dijo el padre, ahora es el momento de hacer un brindis con champagne antes de comenzar la cena, dijo Ezequiel a todos los presentes.

Se dirigió a su sitio, abrazó a Elisabeth por el hombro y levantaron ambos las copas al unísono con todos los invitados, al tiempo que decía: --Porque el destino nos dé fuerzas y entereza para aguantar 40 años más casados, si es que vivimos, y este brindis también en especial va por mi, por mi sacrificio en el matrimonio aún siendo un filosófo, porque ya lo decía Nietzsche, “El filósofo casado, es para decirlo claro, una figura ridícula”.

--Y sí amigos así me he sentido yo muchas veces en la instutución del matrimonio, un ser ridículo donde me preguntaba una y otra vez ¿Qué hago yo casado? Soy un filósofo, conozco la naturaleza del ser humano y sé que casarse no es más que una locura que se hace en un momento por la cual en la mayoría de las veces te arrepientes toda la vida. Y aquí me veis, yo he soportado quizás como un estúpido, o como un ser ridículo, pero he sido un vencedor, no me he rendido nunca. Así que por todo esto amigos, brindemos, dijo finalmente el padre levantando su copa de champagne.

Fue una frase extraña, de nuevo no se sabía si lo que expresaba era un deseo o una llamada de ayuda y socorro al entorno o una expresión de la repugnanacia que sentía hacía el matrimonio y que por sus valores éticos no lo esclarecía con total libertad sino camuflado en esa verborrea filosófica citando frases de filósófos que por otra parte a nadie de la cena le interesaban.

Y así fue, parece que nadie recapacitó sobre el trasfondo de sus frases, quizás porque ya estaban cansados de tanto discurso y parafernalia y estaban hambriendos como lobos esperando comenzar a degustar los platos de la cena, así eran este tipos de personajes de la sociedad, los invitados acudían más con la idea de llenar gratis el buche que con la de congratular y alegrarse en este caso de los años de matrimonio que celebraba la pareja, que por otra parte a casi nadie de los allí presentes les importaba lo mínimo a excepción quizás de sus hijos.

Después del discurso Ezequiel se sentó junto a su esposa y sus hijos, comenzó la cena, todos los invitados quedaron satisfechos con la amena velada, sobre las 12 de la noche Elisabeth y Ezequiel se fueron despidiendo de todos sus amigos y familiares para regresar a sus casas.

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