20 gramos de arsénico por Carlos Maza Gómez. - muestra HTML

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20 gramos de arsénico

Carlos Maza Gómez

© Carlos Maza Gómez, 2012

Todos los derechos reservados

2

Índice

La confesión …………………………………………..

5

Ramón Santos ………………………………………...

15

Mª Ángeles Mancisidor ………………………………

25

Los elementos del drama ……………………………..

39

La muerte de Dionisio ………………………………..

49

La nueva explicación …………………………………

59

De cara al juicio ………………………………………

69

3

4

La confesión

Era la media tarde del 16 de diciembre de 1916.

Sábado. El fin de semana había borracheras, agresiones, alguna reyerta, un marido que daba una paliza a su mujer. En suma, casos habituales que no merecían apenas la atención de los reporteros. Así se llamaban entonces a sí mismos los periodistas de ahora, siempre en busca de alguna noticia relevante que llevar a sus redacciones antes de cerrar el día.

Fue entonces cuando llegó un hombre hasta la Dirección de Seguridad. Era de mediana estatura, aspecto distinguido, vestía bien, no parecía un cualquiera. Los reporteros se inquietaron ¿quién era el que, tras entrar por la puerta, se había dirigido a uno de los guardias? Parecía nervioso. Alguien comentó que vendría a interponer una denuncia por robo o cualquiera sabe qué. Pero los oídos ya estaban alerta.

Preguntaron al guardia. ¿Qué quería ese señor? Él se encogería de hombros: No sé, ha preguntado por el comisario jefe, creo que le va a recibir de inmediato. Algo traerá pero no sé decirles, señores, hagan el favor que no se puede pasar.

Sabían que, desde hacía poco, había instrucciones precisas para que la prensa no entrara en determinadas zonas de la Dirección de Seguridad, en particular la Brigada de Investigación Criminal donde se situaba el despacho del comisario, el Sr. Fernández Luna.

Aquel hombre había sido recibido, efectivamente. Los reporteros prestaron atención. La tarde avanzaba y no había 5

apenas nada que reseñar. Cualquier motivo para volver a la redacción con algo en la cartera sería bienvenido.

Al cabo de unos minutos asomó a la puerta de su despacho el mismo comisario. Habló con los guardias que allí había. Pareció darles órdenes porque enseguida se pusieron en marcha saliendo del edificio. Algún trámite había que hacer. ¿Tal vez detener a alguien? ¿Ese señor había venido a denunciar algún delito y se iba en busca del culpable?

Un reportero prestó su fino oído a la conversación en la puerta. El comisario dijo en voz más alta: “Que nadie me interrumpa por ningún otro asunto”. La denuncia parecía ser grave, los reporteros preguntaban sin éxito, discutían posibilidades, paseaban inquietos atisbando cualquier novedad.

Al cabo de un rato volvieron los guardias. Les acompañaba una mujer joven. Vestía también de manera elegante, aunque con sencillez, se cubría con un abrigo de terciopelo. A partir de entonces la mujer sería considerada de cierta belleza, mucho atractivo, aunque con un punto de tosquedad en su físico y, sobre todo, en sus ademanes bruscos. Venía algo convulsa, al borde de las lágrimas, ahogando un sollozo. Los reporteros estaban excitados, aquí había una noticia y podía ser una buena para llenar las páginas del periódico vespertino, desde luego de los matutinos del domingo.

El posible denunciante había sido trasladado mientras tanto a otra habitación, de manera que el comisario recibió a la mujer a solas. Poco después, un guardia trajo del brazo al hombre para que entrara también. “Un careo” dijo alguien, 6

“el señor comisario está confrontando las declaraciones”.

“Yo diría que él la ha denunciado a ella” añadió otro. Todos coincidieron en que era lo más probable.

Seguían pendientes de la puerta del despacho. Al fin, ésta se abrió. Varios guardias llevaban al hombre y a la mujer, escucharon claramente que iban al Juzgado de Guardia, en la Casa de los Canónigos. Los reporteros se adelantaron. Querían saber, preguntar. El guardia de mayor rango

los

detuvo:

“No

pueden

preguntarles.

Van

incomunicados”. De manera que los interesados fueron en grupo hacia el Juzgado, a la búsqueda de los primeros datos, que se resistían a caer. ¿Quién era esa pareja? ¿Por qué el propio denunciante iba detenido?

El juez de turno era el Sr. Robles. Recibió a los detenidos, leyó con atención el oficio policial que le había enviado el comisario jefe. No lo dudó: “Que vayan a los calabozos”

dijo

a

los

guardias

de

la

judicial,

“incomunicados”. El suceso era grave, sin duda.

Los reporteros, para entonces, a base de preguntar a unos guardias y a otros, empezaban a conocer más detalles.

Siempre terminaban sabiéndose, aquello del secreto de las actuaciones y del sumario no existía por entonces. A cambio de unos cigarrillos, un vino a la salida del trabajo, un rato de charla, los guardias resultaban la principal fuente de información.

Entonces llegó una mujer joven, bonita, llorando.

Preguntó por su hermana María Ángeles. Le dijeron que tendría que dirigirse al señor juez, que la estaba esperando.

Pero antes los reporteros la rodearon. Se llamaba Josefa, vivía 7

con el matrimonio que acababa de ser preso. Su hermana se llamaba María Ángeles Mancisidor Aquino y estaba casada en segundas nupcias con el hombre que estaba en el otro calabozo: Ramón Santos Marracci.

Él era cirujano dental, tenía una consulta y gozaba de una

posición

estable,

aunque

no

muy

boyante

económicamente. Ambos se habían conocido hacía ocho años al menos en Santander pero no habían llegado a establecer una relación sólida. De hecho, Ramón había marchado a Valencia para abrirse camino en su profesión, al parecer. El caso es que volvió a Santander y los dos reanudaron su relación.

Sólo existía un problema, pero era grave: Mª Ángeles se había casado mientras tanto con un trabajador modesto de Bilbao: Dionisio Campos Alegría. Los tres habían establecido una extraña relación, según parecía, donde el dinero lo proporcionaba el amante. Los detalles no estaban nada claros.

En algún momento el marido se había ido a La Habana intentando hacer fortuna pero, extrañamente, había dejado a su mujer y los dos hijos pequeños del matrimonio, a cargo del amante.

No contentos con esta situación irregular, Dionisio había vuelto muy enfermo de Cuba alojándose en Madrid, justo en la casa de la pareja formada por su mujer y Ramón.

Realmente, la situación no podía imaginarse más irregular.

De todos modos, por entonces Madrid conocía una amplia relajación de costumbres en ese sentido. Ciudad de aluvión desde hacía tiempo, tierra de oportunidades para muchos que emigraron allí desde pueblos de toda España, los sagrados 8

lazos familiares no parecían muy firmes. Las parejas, sobre todo de la clase baja, convivían sin casarse, tenían hijos fuera del matrimonio, se encargaban de ellos o los colocaban en la Inclusa o a algún familiar que permaneciese en el pueblo.

Mientras tanto, seguían intentando salir adelante. Había hombres trabajadores como mulas, otros que gustaban de obtener algún dinero fácil. Los jóvenes más favorecidos chuleaban mujeres, otros sacaban la navaja con suma facilidad para despojar a los pequeños burgueses cada noche.

Atracos, reyertas entre borrachos que se dirimían con la muerte de alguno de los contendientes, cadáveres que se encontraban en el arroyo por la mañana, mujeres que cerraban la puerta a sus maridos cuando regresaban desde la cárcel, maridos que se tomaban venganza de algún desprecio.

Nada era completamente inusual, sobre todo en los barrios más empobrecidos, aquellos que habían crecido desordenadamente en décadas anteriores, al mismo ritmo que llegaban los españoles desde tantos pueblos para malvivir en chabolas o casas sin servicio alguno, con calles enlodadas en invierno y asfixiantes en verano, descampados plagados de ratas, aguas infectas que mandaban a la tumba a muchos niños por diversas enfermedades.

Todo eso era conocido de los madrileños, como la cantidad de pordioseros que anegaba las calles más céntricas.

Pero junto a ello había un Madrid comercial que planeaba abrir grandes avenidas, se hacían múltiples negocios, empezaban a crecer las fábricas en el extrarradio, se diseñaba la primera línea de un tren que iría por debajo de tierra.

Mientras tanto, los tranvías llevaban a la gente más modesta 9

hasta el centro con una rapidez nunca vista, las barriadas periféricas ya no estaban tan alejadas como antes, se hablaba incluso de que el pueblo de Carabanchel podría formar parte de la gran urbe y beneficiarse de sus servicios. En torno a la Castellana se levantaban palacetes, casas para gente noble o simplemente adinerada. La burguesía escalaba posiciones en distintos ámbitos.

De modo que no era tan extraño que un hombre viviera con una mujer sin legalizar su unión. No eran inusuales las mantenidas incluso, mujeres que servían como amantes de hombres casados a cambio de un alojamiento, algunas joyas y medios para vivir con cierta holgura. De todas formas, que convivieran en el mismo piso el matrimonio, por alejado que estuviera entre sí, y el amante, ya aportaba la pimienta debida para hacer de aquel caso algo digno de atención.

Ahora bien, eso en sí no era delito. ¿Por qué estaba aquella pareja en sendos calabozos e incomunicados? ¿Dónde se encontraba el primer marido, ya que se decía que ahora estos dos formaban un matrimonio? La respuesta llegó enseguida: Dionisio Campos estaba muerto desde hacía dos años. Bueno, diría alguno, si llegó muy enfermo de La Habana, tampoco tiene nada de particular.

El problema más grave era otro, supieron pronto en el Juzgado. Ramón Santos Marracci había acudido al comisario jefe para confesar que entre su mujer y él habían envenenado, dos años atrás, al marido. El crimen ya buscaba algún hueco en el periódico, sin duda, pero casi planteaba más preguntas que respuestas y, sobre todo una: ¿por qué Ramón Santos 10

había llevado su confesión, tanto tiempo después, al comisario espontáneamente? Los reporteros supieron que, ante una pregunta similar del Sr. Fernández Luna, había respondido

que

el

motivo

de

confesar

eran

los

remordimientos.

Para cualquiera que haya leído “Crimen y castigo” de Dostoievski, la situación le será familiar. Hay personas que no pueden convivir con la certeza de un crimen que hayan realizado, pese a que nadie sospeche de ellas. No todos están tan endurecidos como los asesinos más despiadados y fríos.

Algunos tienen aquello que se llama conciencia y ésta les acosa hasta que buscan la expiación del único modo posible: dando a conocer su crimen.

¿Era ésta la verdadera razón de que acudiera a la Dirección de Seguridad? ¿Qué pasó realmente entre los tres protagonistas de esta historia? ¿Cómo sucedieron unos hechos que parecían concluir de manera tan inesperada? La circunstancia de que lo sucedido tuviera lugar entre una pareja de cierta posición acrecentaba la curiosidad. Alguien dijo que aquel Ramón Santos Marracci era hijo de la marquesa de Casa Santa. Seguramente, nadie había oído hablar de tal marquesado de origen italiano, pero el interés se incrementaba si había alguien de la nobleza implicado.

Fue “El Día”, periódico vespertino, el que incluyó la noticia por primera vez aquel mismo sábado. Aún no quedaban claras muchas circunstancias del caso. De hecho, se deslizaron diversos errores e imprecisiones propios de la premura con que fue llevada la crónica a la cuarta página.

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Otros crímenes estaban ya colocados en la primera cuando hubo que incluir el caso de la pareja envenenadora.

En un pueblo cercano a Calatayud, una señora de 64 años, había sido robada en su propia casa. Los ladrones, no contentos con desvalijarla y temiendo ser denunciados, la maniataron y la arrojaron a un fuego que allí había. El mundo rural era, efectivamente, un mundo bien distinto de la urbanizada Madrid. Aquí, al menos, se mataba con más refinamiento en ocasiones.

El principal titular de aquella noche no era de rabiosa actualidad, pero sí tiene alguna relación con el caso que aquí examinamos. El periódico se hacía eco de la propuesta de Su Majestad la reina Victoria Eugenia para que las mujeres de clase media madrileñas entraran en el mundo laboral. Una mujer firmaba un artículo de defensa decidida de esta opción señalando uno de los campos en que las mujeres podían tener un gran futuro: la mecanografía, gracias a la cual llegarían a ser secretarias de gran éxito.

Ciertamente, las mujeres se movían, aspiraban al voto nada menos, a participar en política, salir de casa y de “sus labores”. Por supuesto, criar a los hijos, cuidar de la comodidad del marido, gobernar su hogar con eficacia, eran sus tareas principales. Pero todo ello les dejaba mucho tiempo libre, gracias sobre todo a la labor de las criadas, mujeres de clase baja que ellas sí se veían obligadas a tener una vida laboral.

Damas de clase media serían las que acudirían masivamente al juicio de Mª Ángeles Mancisidor un año 12

después. Mostrarían, para asombro de los reporteros, una clara simpatía hacia la acusada de envenenar al marido.

“La curiosidad femenina ante este proceso aumenta. Ayer había muchas más damas que el día anterior. Todas ellas se muestran encantadas con María de los Ángeles.

Es un ambiente de simpatía, el que esta procesada tiene, de una exageración incomprensible. Estas inconscientes señoras miran a la supuesta envenenadora de su primer marido poco menos que como una santa.

La razón de esto no se nos alcanza, y nos maravilla esa absurda corriente de simpatía por lo unánime

y

vehementísima”

(El

Liberal,

1.11.1917, p. 2).

Hay muchos aspectos que serían sorprendentes en este caso, particularmente en su giro final. Pero para entonces la muerte de Dionisio Campos a manos de aquella pareja de amantes había hecho correr numerosas especulaciones, sobre todo en cuanto a los verdaderos motivos de los hechos, tal como se iban conociendo.

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14

Ramón Santos

Desde el primer momento, los periódicos y la opinión pública con ellos, se centraron en la personalidad de los implicados en aquel crimen. Se formaron unos estereotipos difíciles de matizar posteriormente: la envenenadora, Mª

Ángeles, era decidida, manipuladora, enérgica; a su lado, Ramón, amante primero y marido después, resultaba un perfecto pusilánime, alguien sometido a la voluntad de su madre primero y de su mujer después. Junto a ellos, el fallecido y primer marido de ella, Dionisio, simplemente un vago, alguien que perdía su tiempo en las tabernas, sin deseo de trabajar en nada, un verdadero obstáculo para la pasión que sentían los otros dos. Porque lo cierto es que los culpables, desde la prisión, no hacían más que lanzarse entre sí mensajes a cual más enamorado.

Desde luego, la combinación era perfecta para hacer de aquel caso el centro de atención del público femenino, siempre ansioso en aquel tiempo de melodramas donde interviniese el amor y el crimen. En ambos casos un sentimiento apasionado emergía con la figura de Mª Ángeles, dominante como muchas mujeres deseaban ser, decidida, hasta valiente en la defensa de su amor por aquel hombre que probablemente no la merecía. ¿Pero no era ésa la historia de muchas parejas, a fin de cuentas?

Los caracteres de los implicados estaban tan definidos que los periodistas se encontraron el análisis prácticamente hecho, a fin de cuentas estos estereotipos sólo llegarían a modificarse lentamente a lo largo del tiempo. De todos 15

modos, estaba claro que la personalidad de los acusados, la excepcionalidad de su confesión espontánea, serían los temas que entrarían en debate a lo largo de aquel caso. No existía misterio aparente, ella había envenenado a su marido con la colaboración de su amante, los dos confesaron estos hechos desde el principio. Los culpables estaban claros, la historia resultaba poco original, puesto que el uso del veneno en la mujer tenía larga tradición, el crimen en sí rozaba la vulgaridad incluso, no era nada sofisticado. Además, no existía misterio alguno que añadiese algo de picante e interés al desarrollo del tema.

Entonces ¿por qué las noticias sobre “la pareja criminal”, como fue bautizada, estuvieron presentes durante varios meses en los periódicos madrileños? La curiosidad se centraba en ellos, en los protagonistas.

La gente se sintió fascinada sobre todo por la personalidad de Mª Ángeles. Su figura de algún modo encarnaba los sueños de muchas mujeres y los temores de algunos hombres. El público también se preguntaba cómo alguien con poca personalidad, como era Ramón Santos, había tenido el valor de ir a la comisaría y confesar su participación en el crimen, cuál era el verdadero motivo de que culpase a su mujer y a él mismo por unos hechos ocurridos dos años atrás y que, de otro modo, hubieran quedado impunes. ¿Encarnaba la figura trágica del arrepentimiento, del deseo de expiación, o había algún otro motivo detrás de todo ello?

En sus primeras crónicas, los reporteros ya detectaron dos momentos fundamentales en aquel caso respecto a los 16

culpables: cuándo y cómo se conocieron, de qué forma llevaron una peculiar relación a tres, como pronto se vería; y, sobre todo, cómo se habían desarrollado los hechos en aquella noche del 9 de mayo de 1914 en que Dionisio Campos resultara envenenado.

Se prestó menos atención a los hechos anteriores, a la historia previa a conocerse. Sin embargo, distintos datos se fueron deslizando gracias al empeño de los periodistas. La familia de Dionisio, en particular su madre, habló abundantemente de aquella mala pécora y el error que cometió su hijo al casarse con ella. Hubo también declaraciones más comedidas de la familia de Mª Ángeles, sobre todo por parte del padre, hombre discreto y cuyo dolor por la suerte de su hija se adivina en cada respuesta. Por su parte, la madre de Ramón, Alejandra Marracci, de 72 años, se negó a decir una sola palabra del caso, ni siquiera en el juicio, al que fue llamada y donde no compareció. Ella fue, de cualquier modo, una cuarta figura decisiva en el devenir de los hechos, como pudo saberse.

De manera que es posible reconstruir, a grandes rasgos, la historia de los tres implicados. Hay momentos decisivos en la vida de cualquier persona. Para ellos, los años que median entre 1908 y 1910 resultaron determinantes. Sin embargo, no podemos olvidar que determinadas decisiones, una carta que se envía para reanudar una relación, un preguntar por aquella muchacha tan atractiva, dependen de una oportunidad, a veces casual, pero también de un carácter forjado a lo largo de los años.

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Cuando fue preguntado en el juicio, Ramón afirmó haber nacido en Madrid. De hecho, cuando tuvo lugar el envenenamiento, el trío de protagonistas residía en la capital y allí mismo, en la glorieta de Bilbao, tenía Ramón la residencia familiar donde vivían su madre y su hermano Julio. No obstante, se cita también que llevó a cabo sus primeros estudios en Villacarriedo, pueblo de Santander.

Como luego volvería a ejercer su profesión de médico odontólogo en Santander, se puede colegir que la familia Carracci, marqueses de Casa Santa, debía oscilar por tener residencia tanto en Madrid como en Santander, de donde es posible que procedieran. En cualquier caso, Ramón nació aproximadamente en 1874 puesto que, cuando tiene lugar su confesión, se afirma de él que era hombre distinguido, elegante, de unos cuarenta años. Ciertamente, la exactitud de las fechas no era un objetivo para los periodistas, que apenas se preguntan por ellas. Así, Mª Ángeles oscilará entre los 25

y los 30 años aunque diversos datos parecen apuntar más a la segunda cifra que a la primera.

La estancia de él en Santander debió ser larga, tal vez la familia en ese momento viviera allí. En todo caso, estaba presente el 3 de noviembre de 1893, con apenas 19 años, en el puerto, observando entre el público cómo ardía un barco de vapor cuyo nombre ha pasado a la historia: “Cabo Machichaco”. La nave, cargada con bombonas de ácido sulfúrico, se prendió fuego, algo que congregó a numerosos santanderinos en el muelle. Cuando, sobre las cuatro de la tarde, los 51 kg de dinamita que portaba el barco y de los que no se tenía noticia oficial, explotaron, la tragedia se consumó.

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Hubo casi seiscientos muertos, otros tantos heridos, se recogieron restos a una distancia de kilómetros. Según sus propias manifestaciones en el juicio, uno de aquellos heridos fue el propio Ramón.

Tras llevar a cabo sus estudios, debió pasar por una época algo disipada. Él mismo afirma que su madre le casó muy joven, con apenas veinte años, con una señorita aún más joven que él, cuando ninguno de los dos se quería. Tampoco eran inusuales en aquel tiempo los matrimonios entre cónyuges de esa edad, pero lo sucedido después parece mostrar a un Ramón ansioso de libertad, con fama de gustar el trato con las mujeres, dadivoso con los amigos, amante de la juerga.

Un joven de posición, con dinero, deseoso de darse todos los caprichos posibles frente a una madre férrea, Alejandra Marracci, que desea cortarle las alas y hacerle entrar en vereda. En ningún momento se habla del marqués de Casa Santa, de donde puede deducirse que tal vez falleciera joven o bien se casó con Alejandra siendo bastante mayor que ella, otro tipo de enlace nada raro y más entre la baja aristocracia.

Varios datos hay que situar en este cuadro. Por una parte, Ramón se quejaba ante los periodistas de que su madre

“le hizo” casar muy joven, cuando él deseaba correr mundo.

Debía ser en el año de 1894, un año antes de que naciese su hija, con la que luego no hubo trato alguno aunque sí estaba localizada porque los periodistas afirman que, al suceder los hechos, tenía veintiún años y no se hablaba con la familia de su padre.

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En todo caso, Ramón se vio obligado a casarse con una chiquilla de buena familia. Que debía serlo es posible deducirlo de dos hechos: su madre no le hubiera obligado a casarse con una mujer de clase baja y, por otra parte, ella habría de morir poco tiempo después, de manera repentina,

“mientras tocaba el piano”.

Así pues, Ramón se encontró viudo con poco más de veinte años, con una hija de la que no quería saber nada y que su madre colocaría probablemente con una buena familia, o tal vez volviera con la de la fallecida. En todo caso, cuando su mujer murió él se encontraba en Lisboa, estudiando Odontología. Para entonces, según manifestó después, “su mujer y él no se hablaban siquiera”. En esas circunstancias de rechazo, acostumbrado Ramón a la vida nocturna con los amigos, Alejandra Carracci debió optar por alejar a su hijo de las habladurías de su círculo de amistades, de manera que estudiara en Lisboa. Allí, que hiciera su vida y terminara sus estudios a cambio. Ése debió ser el trato establecido entre ambos.

Sobre los años posteriores Ramón habló poco pero algo pudo saberse porque fue preguntado por ellos, siquiera someramente, en el juicio. Al parecer, se colocó como ayudante de otro médico con clínica propia en Valladolid, un tal Dr. Aguilar, pero al cabo del tiempo volvió a Portugal, tierra ya muy conocida y en la que debía tener amistades dentro del gremio, ejerciendo su carrera durante tres años.

Fue él mismo quien contradijo a los periodistas en algún momento. Se decía de él que había sido cómico, que había dilapidado parte de su vida y la hacienda de su madre, 20

viajando incansablemente por España, derrochando dinero en mujeres, juergas y alcohol. Desde la cárcel, se mostró indignado ante esa valoración.

Sin embargo, aún siendo exagerada, los que quisieron investigar en las hemerotecas de la época se encontraron la presencia de un barítono que participaba en las giras de una compañía de zarzuela, la dirigida por Pepe Morcillo y el maestro Casas. Así, de 1905 viene una noticia publicada en cierto periódico de provincias, que afirmaba:

“Las obras que se pusieron en escena fueron varias… En todas ellas obtuvo Ramón Marracci elogios y aplausos por su bien timbrada voz de barítono. Su trato con algunas personas que aquí le conocieron era en extremo agradable. Se le tenía por galanteador del bello sexo, claro está, dentro de su porte distinguido” (El Liberal, 2.1.1917, p. 2).

En otro periódico del 11 de marzo de 1905 se afirma también que “nuestro querido amigo Ramón Marracci, barítono de la Compañía que actúa en nuestro teatro” había compuesto una breve semblanza de sí mismo en forma poética antes de dejar la Compañía precisamente por un puesto de médico odontólogo. En parte, dice de sí mismo:

“Empezando mis diabluras,

yo fui de las criaturas

que se llevó más palizas

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por realizar travesuras

con mis saladas nodrizas.

De cara soy regular

y de dinero ando mal;

pero tengo una carrera

que ejerceré en Gibraltar,

a donde el sino me lleva” (Idem)

Desde luego, no pasaría a la historia de la poesía pero sí incluye algunos datos de interés. Más adelante dice su edad en ese momento (“Voy a cumplir con pesar, pronto treinta y un abriles”) de donde es posible concluir su nacimiento en la primavera de 1874. Por otra parte, se manifiesta corto de dinero. No es mucho lo que ganaban los cómicos de la época, los cantantes de compañías itinerantes de zarzuela.

Por otra parte, no se aprecia de los comentarios habidos que fuera un borracho ni le gustaran las broncas tabernarias. Por el contrario, resulta más bien el tipo de señorito diletante, aficionado a probar distintas ocupaciones, culto, de trato educado, algo que debía favorecer mucho su relación con las mujeres. De hecho, llegó a comentarse que trabajó como representante de una artista de la Compañía de zarzuela, Cándida Suárez.

Su madre, como hizo a lo largo de su vida, le ataba bien corto el dinero. No podía evitar que su hijo dilapidara su tiempo cantando por pueblos alejados de la vida cultural de Madrid. Tampoco conseguía que asentara la cabeza y ejerciera su oficio, se casara con una mujer en condiciones y tuviera nietos para ella. Pero lo que no le permitiría nunca es 22

que gastara el dinero a manos llenas, algo propio de los señoritos de la época, sobre todo en su espléndido trato con artistas y mujeres de aquel cariz más que dudoso, a ojos de la marquesa.

Llega un momento, habiendo cumplido esa barrera de los treinta años, atravesada “con pesar”, en que es necesario asentar un futuro más estable. De ahí que, acabada la aventura que había sido su juventud, Ramón Carracci decide retomar su título y ponerse a trabajar. En la letra de aquella poesía se habla de una plaza en Gibraltar que se le ha ofrecido, pero debió ser temporal, puesto que poco después afirma actuar como cirujano dental en el pueblo santanderino de Subillar.

Su presencia en la capital cántabra está atestiguada por el hecho de haber tenido un accidente de coche en el que resultó herido. Eso tuvo dos consecuencias fundamentales. La primera es que le permitieron argüir en el juicio que, a lo largo de su vida, había sufrido numerosas heridas en la cabeza, tanto al ser afectado tempranamente por la explosión del Machichaco como en ese año de 1908, cuando resultó igualmente herido en el accidente automovilístico.

La segunda consecuencia, mucho más agradable en principio, es que vería pasar cada día, frente a la ventana del hospital, a una muchacha sumamente agraciada que vivía en un portal vecino. Cuando preguntó por ella se enteró de su nombre, supo que estaba por casar. Los protagonistas no manifiestan con claridad si entraron en relaciones ya por entonces. Según él, a fin de cuentas un caballero, no hubo siquiera trato personal en esa ocasión. Los periódicos, en 23

cambio, contaban una historia diferente: hubo relación entre ellos, Ramón y Mª Ángeles, pero nada tan importante que perviviera mucho tiempo. En todo caso, él tuvo que ausentarse para viajar a Valencia con destino a otro posible trabajo en la clínica de un tal Dr. Font. En ese punto pudo acabarse la historia pero, en realidad, no había hecho más que empezar.

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Mª Ángeles Mancisidor

Cuando había transcurrido poco más de dos semanas desde la confesión de Ramón Santos ante el comisario jefe, la revista “Mundo Gráfico” se preguntaba la causa de que tal asunto hubiera atraído la atención de periódicos y público.

Entonces era habitual que algunos artículos adoptaran un tono moral en defensa de determinados valores y costumbres que en aquel tiempo iban cambiando. Por eso, esta revista afirmaba que el crimen era vulgar, que carecía de misterio.

Sin embargo, percibía que, frente a ello, la fascinación se centraba en los complicados motivos que podrían suponerse para la actuación de la pareja de supuestos asesinos.

“Los tiempos son de análisis y crítica, y se quiere a todo trance hallar al crimen y a sus protagonistas intrincadas psicologías. Ya no es bastante el espectro de la criminalidad y se auscultan los latidos del corazón y se escrutan los repliegues de la conciencia. ¿Es Ramón el hombre débil, el sujeto irresoluto y ciego que sirve de juguete a los caprichos o maldades de una mujer? ¿Es María de los Ángeles la hembra arriscada y cruel que lleva en los ojos y en los labios un poder misterioso, la mala hembra que se complace en jugar con el corazón que la quiere, como una gata con un ovillo de lana? … ¿Será verdad que el destino del hombre cambia de rumbo cuando se halla en su camino a una mujer?

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Así se pretende saber si María ha sido víctima de Ramón o si Ramón es víctima de María de los Ángeles. ¡Medradas andarían las leyes si fueran a dar oídos a todas las psicologías que se discurren en corrillos y mentideros!” (Mundo Gráfico, 3.1.1917, p. 9).

La revista no deseaba considerar dos aspectos que cada vez incidirían más en los procesos judiciales, sobre todo cuando se juzgaba su carácter criminal. En primer lugar, las motivaciones y atenuantes íntimos o psicológicos de los implicados en el hecho delictivo; por otra parte, el peso de la opinión pública, lega en materia judicial, pero dispuesta a tomar partido por víctimas o victimarios y, dentro de estos últimos, por unos o por otros, según su grado de participación. Dos aspectos que los tribunales iban considerando paulatinamente y que el juicio por el envenenamiento de Dionisio Campos dejaría bien de relieve.

Así, en tiempos no muy anteriores, la confesión de un culpable era causa suficiente para su condena ante el juez. En el juicio de Ramón y Mª Ángeles veremos, sin embargo, cómo sus abogados defensores cuestionarán su valor en base a los motivos psicológicos que les animaron a confesar su culpabilidad en un principio.

En todo caso, gran parte de la atención, mucha de la atracción pública por este caso, se basaba en la figura y carácter de María de los Ángeles Mancisidor. Veamos cuál fue su actuación ante aquellos dos hombres: el que le ayudara 26

a asesinar y el que resultara finalmente envenenado por su mano.

Debió nacer en Santander hacia 1886 puesto que en la fecha de la confesión, como dijimos, los periódicos le asignan unos treinta años.

De su familia no se habla mucho salvo la insistencia de la prensa en recordar que su padre Paulino era cantor de la catedral en la capital cántabra. Evidentemente, eso mostraba, además de disponer de una buena voz, que era un hombre bien considerado por la jerarquía eclesiástica santanderina.

Ello no se entendería sin gozar de una saludable posición económica y buenas relaciones. Luego veremos que no dudaba en recurrir a ellas si hacía falta en la familia.

Se puede ver su imagen entristecida, desolada, junto a su hija Josefa, la hermana más joven de Mª Ángeles, que vivía con la pareja criminal desde que padre e hija se reconciliaran, tras su boda con Ramón y la regularización de su vida familiar.

Es un hombre grueso posando en una fotografía en el cementerio donde se ha exhumado el cadáver de su antiguo yerno. Por la mañana visitó a Ramón en la cárcel, hablando con él, mostrándole de esta forma su apoyo personal, incluso en aquellas terribles circunstancias. Se habla de un encuentro emocionado, de protestas de amor irrenunciable por parte del preso hacia su cómplice, la hija de aquel hombre que se fundía en un abrazo con él antes de marchar al cementerio y luego volver con Josefa a Santander.

Así pues, Paulino Mancisidor tuvo dos hijas, la mayor de ellas Mª Ángeles. La madre de ambas era Mª de la 27

Ascensión Aquino, de la que se citan sólo dos aspectos: que en otros tiempos fue matrona y que en la actualidad, quizá disfrutando de una posición económica más desahogada, había desarrollado una serie de trastornos psiquiátricos.

Aunque Paulino lo negase ante los periodistas diciendo que gozaba de una salud normal para su edad, los testimonios de su locura, del hecho de haber intentado suicidarse en dos ocasiones, salpican los periódicos.

Se dice en ellos que en cierto momento trató de tirarse por un balcón, pero siendo un testimonio de su antigua consuegra, puede ponerse en cuestión. Sin embargo, desde varias fuentes sí se sostiene que se arrojó a la ría de Santander siendo recogida por unos pescadores que allí se encontraban. De hecho, no hay declaraciones suyas ni viaja con la familia hasta donde su hija se encuentra encerrada. Su marido trazó una línea en torno a ella que los periodistas no vieron necesario o decente traspasar.

A comienzos del siglo XX una de las tareas propias de la mujer, si deseaba trabajar, era la enseñanza primaria. De ahí que Mª Ángeles, muy jovencita, marchara a Bilbao para estudiar allí magisterio. Se alojó en casa de una tía suya, en la calle Amistad nº 5, un pequeño callejón en realidad que aún subsiste para conectar dos calles más amplias.

Hasta entonces la historia no puede ser más simple.

Lo que viene a continuación tampoco se puede calificar de excepcional. Uno de los vecinos de su tía era un muchacho llamado Alfredo Martínez que, a su vez, tenía un amigo íntimo que iba a visitarle con frecuencia: Dionisio Campos.

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Retrocedamos para saber quién es el tercer protagonista de esta historia. Dionisio era incluso algo más joven que ella, en realidad ambos lo eran bastante en aquella época. Estamos en el año de 1907 aproximadamente, él debía contar 20 años o poco más, ella tal vez le superase en uno o dos.

Dionisio proviene de una familia modesta asentada en Bilbao desde hacía bastantes años. Su padre, José Campos, era jornalero en origen pero, como tantos otros a finales del siglo XIX, marchó a la ciudad para trabajar de obrero en una fábrica llamada “La Vizcaya”, integrada en ese emporio metalúrgico que fue la “Sociedad de Altos Hornos”. Ésta ha sido la base de la riqueza de muchas familias bilbaínas de aquel tiempo y la oportunidad para que jornaleros sin beneficio en los pueblos pudiesen aspirar a algo más viviendo en la ciudad.

Cuando Dionisio terminó sus estudios primarios, su padre quiso colocarlo con él en la fundición. El muchacho entró así en “La Vizcaya” pero no duró mucho en ella.

Adivinamos desde el principio un deseo de destacar en campos literarios, a través de la prensa, tal vez con ciertas ínfulas de llegar a ser importante, más que su padre en todo caso, hombre trabajador pero socialmente limitado.

Quizá Dionisio se creyera con mayores capacidades de las que luego habría de demostrar. En una entrevista a Ángela Alegría, su madre, ésta defendería fieramente a su retoño. En primer lugar, recibiría al periodista entre ayes y lamentos por el hecho de que su pobre hijo hubiera sido envenenado por aquella pérfida mujer. Por otro lado, se 29

lamentaría de la pérdida de tres hijos, uno de ellos linotipista, en un accidente, otro por tuberculosis, el tercero envenenado.

Después de mostrarse adecuadamente contristada, empezaría una defensa a ultranza de la figura de su hijo, tomado por vago y aprovechado, además de cornudo consentidor por la prensa de la época.

“- ¡Era un santo, señor!... Un muchacho modelo.

Pregunte usted por Dionisio Campos donde quiera. Estudió en la escuela de D. Santiago Rivero, uno de los maestros a quien más gratitud debe el pueblo de Bilbao. Pues bien, era cosa de oírle ponderar a mi hijo. Lo presentaba, siempre que tenía ocasión, como su discípulo predilecto…

- ¿Qué oficio adoptó?

- Su padre quiso que aprendiera su oficio, y estuvo dos o tres años, no lo recuerdo bien, en la fábrica; pero sus aficiones no iban por este lado…

- ¿Es cierto que llegó a escribir en algunos periódicos?

- Sí; particularmente en las páginas literarias de El Nervión. Dionisio abandonó la fábrica y entró al servicio del procurador Sr. Vidaña. Luego se trasladó a Deva, a las órdenes del procurador don Ángel Peña, y como era muy estudioso, aprovechó el tiempo y terminó la carrera de secretario judicial” (El Liberal, 22.12.1916, p. 3).

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Pues bien, es este muchacho quien, hacia 1907, coincide en la escalera o el portal con aquella chica que estudiaba para maestra y vivía en el mismo edificio que su amigo. De un modo u otro entraron en relación, no era extraño en un ambiente de buena vecindad. Mª Ángeles estaba pronta a acabar sus estudios y, al decir de su suegra, no tenía buena fama:

“- ¿Qué informes tenía usted de la muchacha?

- Pésimos, señor. Hasta sus familiares referían de la muchacha anécdotas que no dejaban muy bien librada la honestidad de una doncella. Sus condiscípulas creo que rehuían el trato con María de los Ángeles, a quien tenían por una casquivana…

- ¿Habló usted con su hijo alguna vez de María de los Ángeles?

- Sí, señor. Le puse en antecedentes de lo que se decía de la muchacha; pero él no concedía ningún crédito a esos informes, que calificaba de hablillas de las gentes” (Op. cit.).

La actitud decidida y resuelta en el trato con los demás y, en particular, con los hombres, le pasaba factura en forma de habladurías. Desde joven Mª Ángeles se nos muestra como una mujer nada pasiva, algo dominante en las relaciones con el otro sexo, dispuesta a tomar la iniciativa cuando hiciera falta. En aquel tiempo, una actitud así conllevaba una imagen de la que era fácil sospechar por parte 31

de la gente biempensante. Hay que recordar que la madre de Dionisio era portera en la calle Urazurrutia 34, dentro de un barrio que aún hoy es propio de gente de clase baja e inmigrantes. Debía estar acostumbrada a relaciones irregulares, nada formales, y aún así se precipita a señalar las malas referencias existentes sobre su nuera, que califica en diversos momentos de “bribona” y “gran pécora”.

Por otra parte, la fama dudosa de aquella muchacha en Santander puede también ser debida a algunos antecedentes que, a lo largo del proceso, no quedaron nunca claros. Es cierto

que

Ramón

estableció

relaciones

con

ella

posteriormente a su matrimonio con Dionisio y a instancias de él (aunque ella consintiera). El amante no menciona nada más y pasa de puntillas por sus primeros encuentros, pero lo cierto es que los periódicos afirmaron una historia algo distinta.

El mismo acusado manifestó que había tenido noticias de ella al verla en Santander y que le habían dicho “que estaba para casarse”. ¿Qué hubo entonces entre ellos? No lo dice, ni siquiera admite que hablaran y se limita a afirmar que haría por relacionarse con ella algún tiempo después, cuando ella ya estaba casada con Dionisio. Los periódicos, en cambio, sostuvieron que hubo una relación íntima entre ellos antes del matrimonio con Dionisio, que él la abandonó en busca de un trabajo en otra provincia y que, a la vuelta, la encontró casada y la requirió de amores aprovechando su mala situación económica.

Imposible saber qué hubiera de cierto en esta secuencia de hechos. Tal vez no fuera fundamental para 32

explicar la crisis posterior, el envenenamiento de su marido, pero indudablemente señalan a una mujer que no retrocedía en sus propósitos para defender su virtud o por la preocupación ante la opinión vecinal.

Retrocedamos donde habíamos dejado a Dionisio y Mª Ángeles. Entre ellos debió haber un noviazgo sin muchas promesas ni demasiado interés por ambas partes en cuanto ella terminara sus estudios y se viera obligada a irse de Bilbao. De hecho, tras volver ella a Santander, Dionisio consideraba que la relación que habían mantenido estaba rota.

Por entonces, había quedado cesante en su trabajo junto a los procuradores y comenzaba a practicar lo que parecía habría de ser su vocación futura. Como afirmó Ramón durante el juicio, ante la risa del público, “paseante en cortes”, es decir, ocioso y gandul, viviendo de los favores ajenos, esperando la oportunidad de triunfar que habría de venirle a sus manos sin que él intentara buscarla.

Pero Mª Ángeles no estaba dispuesta a aflojar los nudos que supuestamente la ataban a ese hombre. Fue ella quien le escribió una carta a Dionisio:

“Al cabo de más de un año de ausencia, sin que en todo este tiempo se cruzara entre ellos carta ni confidencia ninguna, escribió al cartero que reparte la correspondencia en esta calle, preguntándole si aún vivía con sus padres Dionisio. El cartero contestó afirmativamente, y entonces ella dirigió a mi hijo una carta 33

recordándole sus antiguas relaciones amorosas e invitándole a reanudarlas” (Idem).

Hasta no hace tanto tiempo, una actitud tan decidida y gustosa de tomar la iniciativa en este tipo de relaciones, era difícilmente esperable en una joven. ¿Fue, simplemente, obra de su carácter? ¿Hubo otros motivos que la indujeran a reanudar los amores con Dionisio un año después de haberle abandonado en Bilbao y sin haber dado señales de vida?

Empezamos a sospechar que los motivos pudieran ser otros cuando conocemos qué sucedió después. El muchacho manifestó seguir sintiendo lo mismo por Mª Ángeles, pero adujo que le era imposible casarse por no disponer de bienes ni tener trabajo por entonces. Fue en ese momento cuando sucede algo extraño: Paulino Mancisidor, el padre de la muchacha, escribe una carta a Dionisio.

Ante la sorpresa de la familia Campos, le dice que en realidad su situación cesante no es un obstáculo para la boda puesto que, si se trasladase a Santander, él podría mover sus relaciones para que consiga trabajar en el Ferrocarril Vasco-Cantábrico. “Por lo visto”, comenta el periodista, “urgía concertar ese matrimonio”. “En efecto”, contesta la madre del fallecido.

Así pues, habiendo cumplido Paulino su promesa, se celebró la boda a la que asistió, naturalmente, la familia del novio.

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“- ¿En qué concepto se tenía a María de los Ángeles en Santander? –seguí preguntando a mi interlocutora.

- Los informes que adquirí no eran más halagüeños que los recogidos en Bilbao. Sobre todo, circulaba un rumor gravísimo, que me resistí a creer…” (Idem).

El cuadro empieza a concretarse. Los protagonistas son renuentes a hablar de ese momento, el porqué de las prisas para celebrar el matrimonio, en qué consistía ese rumor gravísimo. Un periódico lo dice sólo una vez hablando de las vicisitudes del caso: Se dice que Lino, el primer hijo de la pareja, no fue en realidad de Dionisio.

Se

podría

sospechar

por

tanto

que

hubo,

efectivamente, una relación íntima entre aquel señorito distinguido y educado, galanteador de las mujeres guapas, llamado Ramón Santos y aquella muchacha decidida, dispuesta a todo con tal de vivir con el hombre que amase.

Que fruto de esa relación Mª Ángeles pudo quedar embarazada y, en esas circunstancias, Ramón pusiera pies en polvorosa, camino de un supuesto trabajo en otra provincia.

Habiendo quedado sola y deshonrada, la muchacha se acordó de aquel bilbaíno que la había requerido de amores un año antes y al que había dejado sin respuesta.

La insistencia del padre, su generosa oferta para que el yerno, al que ni siquiera conocía personalmente, tuviera un trabajo y se casara con su hija, parece denotar la misma situación. Evidentemente, todos los implicados quedaban mal 35

parados en una boda así: ella por ser una perdida, su padre por no vigilarla adecuadamente, el amante por cobarde y el futuro marido por consentidor de una situación que le deshonraba. De ahí que nadie admitiera luego públicamente nada y los reporteros dieran por supuesto que el buen lector habría de entenderlo.

Lo cierto es que, en muy poco tiempo, Mª Ángeles habría cargado con dos hijos: Lino y Dionisio. Pero parecía existir una buena relación en el matrimonio, no sin que los padres de ella temieran encontrar otra situación. Cuando, tras la boda, pasaron una temporada en Bilbao, Dionisio tuvo que marchar prontamente a Santander para tomar posesión del puesto concedido en la empresa del ferrocarril. Va en la línea de lo señalado más arriba que, ya por entonces, tenían un hijo, bastante tempranero puesto que a su supuesto padre ni siquiera le había dado tiempo a empezar a trabajar.

Se conserva una cariñosa carta escrita por Dionisio desde Santander a su mujer, aún residente en casa de su suegra en Bilbao, donde se expresan sentimientos amorosos pero también temores de la familia de ella al verle llegar solo:

“Adorada Ángeles: He llegado bastante bien, encontrando a todos buenos, no me esperaban en la estación pero, en cambio, tan pronto me vieron, salieron hasta los perros a recibirme, todos muy cariñosos, no me esperaban solo y sí contigo y con Linín; me preguntaron repetidas veces y con apresuramiento y temor por ti y les tranquilicé diciéndoles vendrías hoy; tu madre insistió varias 36

veces en la pregunta temerosa de que no quisieras venir o hubiésemos andado por ahí a estacazos, mucho se alegraron cuando les dije que fuimos juntos y sin disgustos…” (El País, 28.12.1916, p.

3).

Todo parecía rodar dentro de la normalidad. Si Mª

Ángeles cometiera algún pecado se le habría de perdonar por regularizar su situación matrimonial, aunque fuera con otro hombre.

Dionisio,

deambulando

por

Bilbao

entre

aspiraciones a una grandeza imposible, encontraba un trabajo en Santander, al amparo de su familia política, asentaba la cabeza y podía ejercer como marido y padre responsable.

Pero la naturaleza de las personas es terca y en ocasiones no cede ante la conveniencia social. Un tiempo después, Dionisio se encontraría sin trabajo de nuevo, no se dice

por

qué

pero

seguramente

por

su

propia

irresponsabilidad en el mismo. La empresa era puntera por aquel tiempo, no despedía fácilmente a trabajadores formados dentro de la misma. La posición del suegro seguía siendo honorable y sin tacha, tras haber regularizado la situación de su hija mayor. De manera que, si perdió el trabajo, sería por algún motivo achacable a él mismo.

Mª Ángeles empezó a sentirse decepcionada de su marido, que no parecía tener prisa en encontrar un nuevo jornal con el que sostener su casa. A fin de cuentas, su suegro siempre habría de proveer. Ella, que aún no había utilizado su título de maestra, se vio obligada a cuidar de sus dos hijos al tiempo que abría una escuela dando clase a niños. Podría 37

entenderse que sería una especie de clases a grupos reducidos de alumnos. Al menos, constituía el único sustento que entraba en la casa, visto que el marido flojeaba en su búsqueda de trabajo y dedicaba el día a pasear y estar con los amigos en la taberna.

Fue entonces, cuando las condiciones eran peores en lo económico, cuando regresó Ramón Santos Marracci a Santander. Él afirmaba que encontrar a Mª Ángeles fue algo casual, dando a entender que, cuando estuvo hospitalizado por su accidente de automóvil, vio pasar a aquella guapa muchacha de la que anteriormente sólo sabía su nombre. Más que probablemente, mentía. El futuro drama entre los tres comenzaba a tejerse.

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